
Escribo este libro para ti, que aún oyes la voz de nuestra madre y sientes lo sagrado sin requerir más templo que la cúpula de hojas de un bosque. Tú que deseas ver el mundo desde los ojos de un ave, florecer como las amapolas que anuncian el verano, vivir la plenitud meciéndote al sol como el trigo.
En este libro quiero animarte a vivir una espiritualidad basada no en divinidades externas a nosotros, sino en algo mucho más primario y ancestral: en reencontrar nuestro lugar como parte del gran todo divino y lleno de magia que es la naturaleza. No solo fuera de nosotros, sino también en lo más profundo de nuestro interior, porque, aunque en estos tiempos se haya olvidado, somos naturaleza en cada célula de nuestro cuerpo, en cada pensamiento, en cada rincón de nuestro espíritu y de nuestro ser.
Te llamo a despertar, a volver a nuestra madre y devolverle su voz en nuestro interior. A valorar lo que nos entrega y recuperar nuestra conexión con ella, nuestra pertenencia, nuestro hogar. Te invito a conocerte profundamente, a ver lo sagrado del mundo que nos rodea y lo sagrado en nosotros como parte de él. A tomar una forma de vivir enfocada a sentir cada instante y a disfrutar del presente, escucharnos de verdad y aceptar nuestros ciclos naturales, nuestras luces y sombras. Quiero llamarte a experimentar y disfrutar la espiritualidad mediante la consciencia, el agradecimiento, la magia y la belleza del día a día para enfocarnos en aquello que nos hace crecer, ser felices y sentirnos en paz.
Creo que la espiritualidad basada en la naturaleza es para todos, incluso para aquellas personas que viven en la ciudad y que a menudo son las que más se beneficiarían de recuperar la conexión con ella. Por este motivo, quiero presentar propuestas aptas para realizar en cualquier entorno en el que se habite, y pese a las actividades propias de entornos naturales, hacer especial hincapié en el trabajo con la naturaleza contenida en nosotros mismos y en los ciclos de los que somos parte vivamos donde vivamos. Al fin y al cabo, es fácil realizar una actividad espiritual cuando nos hallamos en un lugar natural inspirador, pero no lo es tanto cuando nuestra rutina no incluye ningún espacio verde cercano. Sin embargo, es en este día a día cuando tenemos la oportunidad de cultivar nuestra conexión con más fuerza y enriquecernos más con ella. Es cuando aceptamos nuestras circunstancias e intentamos ver y aprovechar sus posibilidades en lugar de rechazarlas que podemos avanzar, y tener una rutina lejos del medio natural no tiene que ser un impedimento para vivir una espiritualidad natural plena cada día.
Quiero plantear este libro como una especie de viaje de regreso a nuestra espiritualidad más esencial, y para ello lo he dividido en tres etapas:
La primera es el origen: un apartado para echar la vista atrás y comprender la motivación detrás de nuestro deseo de regresar a considerar la naturaleza como sagrada. Aprender de nuestros ancestros, oír las voces del pasado que nos enseñan con su experiencia a volver a distinguir lo primigenio y lo importante, a comprender quiénes somos.
En la segunda etapa, la reconexión. La transición para volver a escuchar a nuestro verdadero ser y sentirnos de nuevo conectados con aquello que nutre nuestro cuerpo físico y nuestro espíritu. En este apartado trabajaremos las bases sobre las cuales construir nuestra espiritualidad, los fundamentos que nos ayudarán a percibir el mundo con otros ojos y a dirigirnos a una vida más serena y en paz. Este camino se recorre por un importantísimo sendero: la consciencia. Consciencia del mundo que nos rodea y consciencia de nuestro mundo interior.
Finalmente, la última etapa es el culmen del viaje, el regreso al hogar con todo lo aprendido, con todas las herramientas adquiridas listas para aplicarlas en un nuevo comienzo. Quiero dar ideas para mantener esta conexión sostenida en el tiempo y que forme parte de nuestra vida. Al fin y al cabo, la espiritualidad verdaderamente enriquecedora es aquella que tenemos presente en nuestra rutina, en nuestro día a día, llevándonos a un estilo de vida alineado con quienes somos y aquello que nos hace felices.
Es a través de la experiencia como aprendemos de verdad, nos damos cuenta de lo que nos funciona y experimentamos las vivencias más enriquecedoras y hermosas. Por eso, este es un libro que busca salirse de la teoría y animar a poner en práctica, experimentar y sentir mediante diversos ejercicios e ideas sobre los temas que se presentan. Te invito a disfrutar de él probando aquellas actividades que más resuenen con tu curiosidad, con ganas de pasar tiempo contigo y de descubrir cosas nuevas.
Deseo que este viaje te aporte experiencias gratificantes y llenas de magia. Espero de corazón que disfrutes de su contenido y que termines de leerlo con nuevas ilusiones, ideas y recursos para mantener libre y fresca tu conexión con nuestra madre. Gracias por leer mis palabras.


Desde el principio de su existencia, el ser humano ha sobrevivido, crecido y prosperado gracias a la conexión con su entorno. La humanidad no se concebía a sí misma como un ser externo a la naturaleza, sino como un elemento que formaba parte de ella, íntimamente ligado a sus recursos, sus ciclos y los demás seres que la habitaban.
El reconocimiento de los ciclos naturales contribuyó enormemente a que la especie humana prosperara en sus etapas tempranas. Los primeros grupos se movían por el territorio siguiendo las migraciones periódicas de los animales y las variaciones climáticas más favorables, que facilitaban la recolección y la supervivencia frente a climas más duros. Posteriormente, con el desarrollo de la agricultura que promovió que muchos pueblos comenzaran a establecerse de modo sedentario, la vida comenzó a girar alrededor de los cultivos y del clima local formando un intrincado entramado de actividades estacionales.
Habitar en un mismo lugar hacía mucho más claro y comprensible el ciclo anual natural, que repetía patrones climáticos y conductuales de los seres vivos en círculo año tras año. El ascenso y el descenso del sol, el balance de horas de luz, la temperatura, las lluvias y la reproducción de los animales servían a un aparente orden establecido sobre el cual el ser humano no tenía el control, pero podía construir sus predicciones y costumbres: la siembra debía darse en una época determinada, los cultivos crecían bien si las lluvias eran favorables llegado cierto momento, debía almacenarse alimento para el regreso del frío... Cabe decir que muchas de estas actividades formaban parte de una construcción social, pero lo cierto es que también respondían a factores genéticos y ritmos biológicos en gran medida: dormir por la noche y estar activo durante el día, reducir la actividad durante el invierno para ahorrar energía, sentir más impulso sexual durante la fase fértil del ciclo menstrual...
No fue hasta unos pocos siglos atrás cuando la evolución social permitió que en algunos lugares una buena parte de la población nos desligáramos del contacto directo con las actividades del medio natural y pudiéramos dedicar nuestro tiempo a nuevas tareas y oficios. Paulatinamente, fuimos olvidando nuestra conexión con la naturaleza, desvinculándonos de nuestros orígenes y cambiando nuestra percepción de ella: aquello a lo que antes pertenecíamos pasó a pertenecernos y a convertirse en una simple mina de recursos que explotar a nuestra voluntad, despojada de su parte espiritual.
Y, sin embargo, pese a haberlo olvidado, los seres humanos seguimos siendo seres íntimamente entrelazados con nuestro entorno. Vivimos ligados a nuestra sociedad y familia, al lugar donde habitamos y a los ciclos estacionales del mismo modo que lo hacían nuestros antepasados. Tenemos ciclos internos que responden al mundo que nos rodea y a nuestra condición de seres de la naturaleza, pero a causa de nuestro distanciamiento hemos dejado en gran medida de ser conscientes de ellos, por mucho que sean una información ampliamente constatada. Hemos olvidado que, por muy desarrollados que estemos, seguimos siendo los mismos humanos que hace miles de años, con las mismas necesidades, características genéticas y ritmos biológicos.
Nuestra sociedad evoluciona mucho más deprisa de lo que lo hace nuestra especie, y existe un desfase entre lo que esta nos exige para estar a la altura de su hiperdesarrollo y lo que realmente es bueno para nosotros como seres humanos. El respeto a nuestros ciclos y a nuestra humanidad, el reconocimiento de la naturaleza y todos sus seres como un igual, como parte de nosotros, es algo que parece contraponerse a las exigencias de un entorno social que prima la productividad y la explotación de recursos por encima de todo. El resultado de esto no es tan solo la destrucción del medio, sino también una variedad de problemas físicos y psicológicos que afectan a las sociedades desarrolladas actuales, las más distanciadas de la naturaleza.
Aun así, esto no significa que debamos retroceder en nuestro desarrollo y volver a vivir como hace miles de años. Es innegable que la evolución sociocultural ha aportado un progreso increíble y ha aumentado de forma impresionante nuestra seguridad y calidad de vida, y no es cuestión de que renunciemos a esos avances o de que nos vayamos todos a vivir al campo: es simplemente una cuestión de consciencia. Consciencia de que nuestros recursos siguen proviniendo de la naturaleza y que es nuestra responsabilidad cuidar el entorno y las criaturas del ecosistema del que, queramos verlo o no, nosotros formamos parte y en el que no somos más importantes que cualquier otro ser o elemento. Consciencia de quiénes somos como individuos, como comunidad, como especie y como parte del mundo en el que vivimos.
Esta consciencia comienza en el ámbito privado, en el hogar y el corazón de cada persona, volviendo a reconocernos como hijos y como parte de nuestra madre tierra y redescubriendo y devolviendo el espacio que merecen nuestros ciclos, nuestras necesidades, nuestros ascensos y descensos naturales.
Hay muchas formas de recuperar y mantener esta conexión con la naturaleza. Para muchas personas, un camino a ella pueden ser deportes al aire libre, paseos por parques o parajes naturales, tener un huerto en casa o realizar artesanías usando materiales nobles. Entre las infinitas posibilidades, que cada persona elige en función de lo que más le resuena, la espiritualidad basada en la naturaleza es una de ellas.
Si de algo sabían nuestros ancestros antes de la expansión de las religiones monoteístas es de espiritualidad basada en la naturaleza. Por ello, echar la vista atrás y recuperar su conocimiento ancestral es una preciosa forma de reconectar con ella, con el agradecimiento a aquellos que nos dieron la vida y con un gran número de herramientas para construir una nueva espiritualidad natural adaptada a nuestros tiempos. Aquí comienza nuestro viaje.
El animismo como principio de la espiritualidad natural
EL ANIMISMO COMO PRINCIPIO DE LA ESPIRITUALIDAD NATURAL
El mundo está lleno de personas,
solo algunas de las cuales son humanas.
GRAHAM HARVEY, 2005
Entre los primeros grupos humanos, la espiritualidad se encontraba tan ligada al medio natural como el resto de aspectos de su vida. La mayoría de los pueblos primitivos eran en mayor o menor grado animistas, es decir, que creían que los elementos naturales del entorno poseían, igual que el ser humano, una especie de alma o esencia. Estos elementos podían ser desde seres más evidentemente vivos como animales, árboles o plantas, a objetos, minerales, herramientas creadas con materiales nobles, sucesos meteorológicos o elementos del paisaje como ríos y montañas. Para estos pueblos, todo a nuestro alrededor estaba vivo. El espíritu presente en todos estos elementos no solo les daba una consideración de seres animados, sino que les atribuía en mayor o menor medida una especie de inteligencia o voluntad, de tal modo que el hombre pudiera interactuar con ellos, comunicarse.
El animismo fue, según la teoría del antropólogo Edward Burnett Tylor, la base para que se formaran las primeras creencias religiosas y poco a poco se establecieran los cultos a deidades de la naturaleza. En un universo en el que se atribuía vida a aquellos elementos del entorno más grandes y poderosos que el hombre, como el sol, la lluvia, los bosques, la tierra o los ríos, era una conclusión lógica el deseo de estar en buenos términos con dichas entidades, pues al fin y al cabo poseían el poder tanto de favorecer como de perjudicar al ser humano. Mediante la observación y las experiencias vividas con ellos se les comenzó a dotar de nombres y a reconocer carácter propio, inquietudes y motivaciones, entendiéndolos cada vez más como seres de pensamiento similar al de las personas. La transmisión de ese conocimiento generación tras generación fue lo que hizo surgir el rico entramado de panteones politeístas, leyendas y mitologías.
El animismo no es una creencia que se quedara estancada en el pasado, sino que muchos pueblos, religiones y creencias espirituales y folclóricas actuales se siguen apoyando en él en mayor o menor medida. Buenas expresiones de ello son el sintoísmo japonés, el chamanismo en diferentes partes del mundo o el hinduismo, pero incluso en las religiones monoteístas mayoritarias hay a menudo un sustrato animista. Por ejemplo, en el catolicismo, son en cierto grado creencias animistas los lugares sagrados, la adoración de figuras o imágenes que se sienten inducidas de espíritu divino o el uso de medallas o crucifijos como amuletos, siendo estas dos últimas, además, formas de fetichismo. Incluso entre gente que desconoce el tema, algunas supersticiones populares como la herradura de siete clavos que trae buena suerte, tocar madera para obtener protección o los pozos de los deseos son costumbres de origen animista.

La espiritualidad basada en la naturaleza se apoya, ya sea más o menos, en cierto grado de animismo. Si bien no para todos una piedra posee un alma o una esencia espiritual o mágica, sí que se da en general una creencia animista respecto a la naturaleza entendida de forma global: se entiende como una entidad viva e inteligente (aunque esta inteligencia no sea exactamente como la humana) y con una esencia espiritual más allá de lo que es físicamente. Se reconoce como lugar sagrado, como madre creadora y proveedora, como maestra o incluso como divinidad. Esta concepción espiritual se expresa comúnmente a través de ritos e interacciones que la tratan como a una persona consciente: con actos de agradecimiento, con entrega de ofrendas y regalos o con la celebración de sus ciclos y eventos naturales.
Otro ejemplo de creencia animista muy extendida en la espiritualidad basada en la naturaleza hoy en día se refiere a los árboles y plantas, a los que se considera, por lo general, entidades muy sensibles y nobles y se les atribuye una gran capacidad de comunicación, sabiduría y purificación. Una forma común de expresión de esta creencia, por ejemplo, es el acto de pedirles permiso o disculparse al cortarlos para ser usados como recursos. Para muchas personas, los bosques siguen siendo lugares sagrados tal y como lo eran para la mayoría de los pueblos de la Europa precristiana, y se les reconoce una esencia o carácter propio, siendo algunos de ellos hostiles a los humanos, pero la mayoría lugares de serenidad, sabiduría y conexión espiritual.
Dentro del animismo, es también común la creencia en la persistencia del alma tras la muerte, pues se suele considerar que el espíritu que habita en el cuerpo no desaparece cuando este fallece y se desintegra. Esta es la base del culto a los ancestros, uno de los más antiguos y extendidos que existen en casi todo el mundo y que es aún muy persistente en la actualidad.
En las religiones con sustrato animista, existen infinidad de creencias espirituales y religiosas sobre el alma y su trascendencia, cada cual con sus ideas particulares acerca de qué sucede con dicho espíritu tras su salida del cuerpo. En algunas de ellas el alma del difunto parte a otro lugar o se instaura en un nuevo cuerpo nonato, no siendo posible comunicarse con él hasta encontrarse de nuevo tras la muerte. En muchas otras, sin embargo, se considera la posibilidad de que los difuntos puedan interactuar con los seres vivos o ser percibidos de algún modo,
