Busca tu propio ángel

Liliana Gebel

Fragmento

PRÓLOGO

Este no es un libro que hable de ángeles o de apariciones místicas; aun así, me gustaría contarte una historia que transcurrió durante un caluroso diciembre de 2003 en Argentina. Estábamos a punto de estrenar una obra teatral en el estadio Luna Park, de Buenos Aires, y un día antes nos tocaba la prueba de sonido y el ensayo general.

En la industria del entretenimiento, se ha acuñado la frase: “En la víspera, siempre faltarán cosas por probar y, aun así, el show debe comenzar”. Y, en efecto, estábamos por confirmarlo ese mismo día. Obviamente, la jornada de ensayo se nos pasó volando; llegó la madrugada y el personal necesitaba ir a descansar, aun a sabiendas de que al día siguiente no podríamos continuar con las pruebas, puesto que el público llegaría pasado el mediodía para la primera función. Aún faltaba verificar parte de las escenografías, las pantallas y la iluminación, y lo fundamental en una puesta teatral: ensayar con el vestuario y ver si se llegaba a tiempo con los cambios. O sea, era un verdadero caos.

Aquella noche nos fuimos a la cama con una sensación de angustia muy profunda; la recuerdo como una de las más preocupantes de toda nuestra vida.

Liliana siempre tuvo una sensibilidad espiritual asombrosa, así que, sin perder la calma, recuerdo que me dijo:

—No tienes de que preocuparte, todo saldrá bien.

—¿Qué te hace pensar que todo saldrá bien, si ni siquiera hemos terminado el ensayo técnico? —respondí enfadado.

—Bueno… —replicó calmadamente—, no hay mucho más que podamos hacer.

—¡Tiene que haber algo más! ¡Mañana es el espectáculo!

—Bueno, supongo que aún podemos orar para que Dios envíe a sus ángeles a hacer lo que resta.

Parecía una idea descabellada, pero era muy tarde y nos habíamos quedado sin opciones. Y aunque sonaba más bien a un paso de comedia, eso fue lo que hicimos.

Después de todo, ella estaba calmada y supongo que podía pensar con más claridad que yo.

Pedimos que Dios asignara ángeles en el escenario y en las escenografías, en las luces y en las pantallas. ¡Y estoy seguro de que rogamos por una buena docena de querubines para el sonido, incluyendo a su ingeniero!

Finalmente, quedamos exhaustos mientras tratábamos de recordar a dónde más podríamos enviar a algún ángel desocupado a esas altas horas de la madrugada.

Ahora viene lo mejor de la historia, y trataré de relatarla tal como ocurrió.

A la mañana siguiente, Liliana se despertó primero y dirigió los ojos hacia un espejo que estaba frente a la cama. Y fue allí cuando lo vio.

Un ángel. Tal como te lo cuento: un ángel.

No estaba soñando, mucho menos alucinando y, lo que es más sorprende, no entró en pánico. Ahora entiendo por qué los profetas o la mismísima virgen María no comenzaron a gritar neuróticamente al encontrarse con uno de ellos: Liliana vio un ángel en nuestra habitación y sintió una extraña sensación de paz.

Sé que mueres por los detalles y trataré de recordar algunos.

Ella relata que era medianamente alto, con cabello rojizo y crespo, y, al parecer, cumplía con su guardia nocturna apostado en nuestra habitación. Como un soldado en lo alto de un muro, protegiendo el fuerte. Ida y vuelta, una y otra vez, trazando una suerte de camino invisible paralelo a nuestra cama. Suponemos que el Señor no le advirtió a su ángel que Él, por alguna razón, le abriría los ojos espirituales a Liliana para que pudiera ver a su emisario celestial.

Llegamos a esa conclusión porque, cuando Liliana apartó sus ojos del espejo para verlo cara a cara…, ¡el ángel se sorprendió de manera evidente! Supongo que él daba por sentado que no lo estaban viendo. Liliana sonrió y el ángel se esfumó, no sin antes hacer un gesto del tipo: “Bueno, supongo que ya me viste, ¿no es así?”.

Cabe aclarar que no tuve parte alguna en este encuentro cósmico; dormía profundamente, que es lo que se supone que uno hace cuando un ser celestial vela por tu descanso.

—No tienes de qué preocuparte —me dijo Liliana apenas me desperté—. Los ángeles ya están haciendo las tareas a donde le pedimos a Dios anoche que los enviara.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

—Acabo de ver a uno de ellos, justamente aquí, en el dormitorio.

Te aclaré al inicio que este no es un libro sobre ángeles, pero aun así, me pareció oportuno relatarte este maravilloso incidente, luego de preguntarle a Liliana si me permitía hacerlo. Quizá porque me pareció que la esencia de estas páginas le hace honor al título. Deja que intente explicártelo de esta manera: hay cosas que solo pueden resolverse en el mundo sobrenatural, situaciones que no tendrán salida posible a menos que Dios y sus ángeles intervengan en la ecuación. De hecho, me gusta saber que hay cosas en nuestras vidas que no resisten explicación lógica y que no podrían haberse llevado a cabo sin una intervención sobrenatural.

Aquella noche en el estadio Luna Park fue el vívido ejemplo. Todo salió a la perfección. Ya sea que lo creas o no, estamos seguros de que el Señor envió por lo menos a un centenar de ángeles en nuestra ayuda. Me gusta pensar que muchas situaciones de la vida no admiten explicaciones racionales. Celebro todo aquello que no pueda ser explicable si lo sobrenatural está en medio del asunto.

Pero hay ciertas cosas en las que Dios no intervendrá, a menos que hagamos lo que nos corresponde. Un ángel no te enviará un empleo mientras duermes hasta el mediodía. Otro ángel no te enviará un cónyuge mientras tienes lástima de ti mismo y ni siquiera te acicalas para lucir presentable. Una compañía o una iglesia no crecerán mientras sus líderes se dedican a viajar en un crucero o a dormir doce horas diarias. Y un cuerpo y una mente no se mantendrán saludables mientras su dueño tenga una vida desordenada, ingiera cualquier tipo de comida chatarra en cantidades industriales y descuide su mente y su corazón.

Por eso, a Liliana le asiste más de una razón para escribir este libro de una manera magistral; porque estoy convencido de que cualquier persona que hubiera tenido un encuentro sobrenatural con un ángel, como le sucedió a ella, si tuviera la posibilidad, escribiría todo un libro sobre el tema, intentando sumar testimonios de otros casos similares. Y acto seguido, añadiría unas cuantas lecciones de cómo cruzarte de brazos mientras los seres celestiales hacen el trabajo por ti. Sin embargo, en esta ocasión, la autora aborda una temática que será un parteaguas respecto a todo lo que hemos leído hasta la fecha, ya que quizá fue justamente aquella experiencia la que, de alguna manera, la llevó a plantearse una pregunta crucial para poder navegar mar adentro por las páginas de este libro: ¿Y si, en algunas cuestiones específicas, nuestro ángel asignado… fuéramos nosotros mismos? El solo planteamiento de la interrogante hace que quiera devorarme todos los capítulos en una sola noche, aun con lo controversial que esto puede sonar.

“Hay muchas situaciones que sabemos que no podemos evitar, pero la mayor parte está en nuestras manos —escribe Liliana en un fragmento de esta obra, y agrega—: En ti está la voluntad para tomar la decisión de tratar, curar y superar los problemas que quizá han aquejado tu mente durante años”.

Fui un mudo testigo del arduo trabajo de Liliana al investigar acerca del cuidado de nuestro templo, incluyendo sus distintas habitaciones, como el cuerpo, el alma, la mente y el espíritu. Y luego de casi tres largos años (en los cuales ella enfermó gravemente de la vista y, por si fuera poco, tuvimos que afrontar un tratamiento para lo que casi pudo ser una enfermedad en los riñones de uno de nuestros niños) trabajó para plasmar conceptos muy prácticos que te ayudarán a direccionar tu vida de manera integral. Algo así como una reingeniería de base, un cambio radical en la manera de plantearnos nuestra forma de vivir.

“Amarás al Señor con toda tu mente, alma, corazón y fuerzas” es el pilar que sostiene la estructura de estas páginas. Y lo que hace Liliana con precisión quirúrgica es plantear cada capítulo como si fueran vagones de un tren que transitan sobre el riel de la pregunta: ¿Cómo lograremos amar a Dios en cuatro dimensiones si no cuidamos, como un celoso ángel asignado, esos cuatro componentes?

Tienes en tus manos un libro muy atinado para la época en que vivimos. Percibo que será uno de esos manuscritos que nunca pasarán de moda porque no está apegado a una teología novedosa y mucho menos pretende ser una oda ponderando la idea preconcebida del feminismo mal entendido.

Este es un proyecto que llega en el momento oportuno por la simple razón de que hoy los especialistas han arribado a los mismos principios que la Biblia ha pregonado por años. Todo lo que no cuides repercutirá en tu espíritu, se somatizará en tu salud y perjudicará tu calidad de vida.

Cuando la gente es neurótica, cuando tiene un sentido de prisa interior permanente, es propensa a tener el doble de riesgo de sufrir un infarto. Cuando alguien es pesimista, tiene mucho más riesgo de gestar enfermedades autoinmunes y de padecer cáncer.

Si, además, no logra tener paz, corre un mayor riesgo de desarrollar enfermedades degenerativas y de dañar su sistema inmunológico. El dolor no solo es una cuestión de opioides porque, cuando algo te duele, te duele también la vida; y tarde o temprano todo termina gravitando en tu salud.

“No creas que es un libro de recetas o de ejercicios —señala Liliana—. Sin embargo, te compartiré todo aquello que me ha funcionado y todos los secretos que, gracias a lo curiosa que soy, he descubierto a lo largo de estos años”.

Y otra vez le asiste la razón porque, a lo largo de cada capítulo, Liliana, con habilidad, entreteje magistralmente la gran literatura, sumada a las verdades bíblicas, con ejemplos concretos de la vida y principios orientadores. Ella utiliza un estilo ameno y transparente, logrando que sea un placer leerlos. El enfoque persuasivo de su autora les confiere a estas páginas un tono personal único. Si a ello le sumas el trasfondo de Liliana como health y life coach y en el asesoramiento de imagen, entre otras áreas, eso añade un plus que nos provee herramientas para lograr una vida que ame y honre a Dios en sus cuatro dimensiones.

Con absoluta objetividad, quiero destacar que Liliana tiene un don para crear un tapiz elegante mediante su prosa cautivadora, adornado siempre con su experiencia personal, del cual emana una convicción profunda de querer hacer cambios intencionales.

¡Las mujeres lo van a devorar, y los hombres también deberían hacerlo!

En resumen, este maravilloso libro provee una gran oportunidad para hacer una pausa y reflexionar sobre cómo incorporar nuevos hábitos espirituales, pero sobre todo prácticos.

Te doy mi palabra de que, al leerlo, vas a escuchar solo la voz de Liliana, como en medio de una charla de café. Ella comienza a conducirte por aguas mansas entre la conjunción de la sencillez y lo cotidiano, pero poco a poco te adentra en las profundidades de las verdades bíblicas de cada principio.

Te animo a hacer este maravilloso tour por la flora, las cascadas y los accidentes del terreno de la literatura sencilla, pero profunda. Te aseguro que mucho antes de arribar a las últimas páginas te habrás convencido de que tu ángel ha estado mucho más cerca de ti de lo que pensabas.

DANTE GEBEL

INTRODUCCIÓN

¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?

1 CORINTIOS 6:191

Durante mucho tiempo, hemos pensado en la figura de un ángel protector, un guardaespaldas asignado divinamente, lo cual es una verdad inescrutable: “Pues Él dará órdenes a sus ángeles acerca de ti, para que te guarden en todos tus caminos”2. Pero ¿y si de alguna manera nosotros también fuésemos nuestro propio ángel? ¿Y si estuvieses abortando el plan de Dios para tu vida por el simple hecho de no cuidar y proteger tu propio templo del Espíritu? ¿Y si ese ángel asignado estuviese justamente frente a tu espejo?

Seguramente me conoces como la esposa del evangelista Dante Gebel. Puede ser que también hayas leído mi libro anterior El sueño de toda mujer o quizá por primera vez cruzamos nuestros caminos… En cualquier caso, puedo contarte que llevo casi tres décadas dedicada al ministerio cristiano tras bambalinas, pero he trabajado arduamente todo ese tiempo para aportar mi granito de arena propagando mi fe y promoviendo que cada persona la viva de manera integral, manifestándola en cada aspecto de su ser.

Durante todos estos años de trabajo ministerial he podido convivir con cientos…, con miles de personas y, especialmente, con muchísimas mujeres que, si bien dedican sus vidas a Dios, sirven fielmente, se congregan con regularidad e, incluso, muchas son pilares fundamentales en sus iglesias, lamentablemente no son un testimonio vivo de esa fe que profesan. ¿Por qué?, te estarás preguntando. Pues porque no hay concordancia en sus vidas. Muchas, como también me sucedió a mí en algún momento, nos preocupamos por crecer espiritualmente, pero dejamos atrás nuestras emociones, no cuidamos de nuestra mente, no progresamos intelectualmente y nuestros cuerpos quedan en el más completo abandono, como si fueran un lastre o el pecado mismo, del cual hay que escapar a como dé lugar.

No pienses que hablo desde la superficialidad y que ahora me he convertido en una fanática del físico, pues no se trata de cubrir solo un aspecto de nuestro yo. Cada parte es vital.

A lo largo de todos estos años, por ejemplo, he visto a miles de personas que, aunque se declaran fieles servidoras de Dios, viven deprimidas, llenas de resentimiento, batallando cada día en sus relaciones familiares, con problemas de salud, sobrepeso, frustradas y amargadas. Y por años, me he preguntado ¿por qué hay tantos cristianos deprimidos, enfermos y obesos si la Biblia contiene todas las claves para evitarlo? ¿Cuál es la causa de este desequilibrio que no nos deja ser reflejo de Dios desde el cabello hasta los pies, con cada palabra que emitimos, con nuestras acciones y nuestra forma de enfrentarnos a la vida?

Sucede que, paradójicamente, aunque tenemos el “manual del fabricante de nuestras vidas” —la Biblia— disponible a toda hora y podemos recitar los versículos de memoria, mantenemos malos hábitos en nuestra alimentación o llevamos un estilo de vida sedentario, por ejemplo. Y eso, aunque no lo creas, implica no dejar a Dios actuar de verdad en nosotros, pues, aunque Él realice su labor de restauración en nuestro corazón, no le permitimos seguir trabajando a cabalidad en el proyecto maravilloso de transformar todo nuestro ser a su imagen y semejanza.

No sé si te pasa lo mismo que a mí, pero por regla general jamás me iría a arreglar el cabello con quien no luce el suyo con un estilo prolijo o, al menos, bien cuidado. Por eso, siempre me he preguntado en qué minuto los cristianos olvidamos la cita bíblica con que comienza este libro, la cual nos llama a cuidar de nuestro propio templo, de nuestro cuerpo, sin mutilarlo: es decir, sin separarlo del corazón, del alma y de la mente. Y es que este cascarón que podemos tocar, alimentar, vestir o ejercitar es mucho más que eso. Es el sagrado contenedor que hemos recibido para conservar, cuidar y desarrollar todas esas áreas que nos forman como individuos: una mente maravillosa, un corazón que nos da vida, un alma que nos anima y un armazón complejo, pero creado a la perfección para permitir que cada sección de nuestro yo crezca, se desarrolle y honre el regalo de la vida. Y entonces… ¿por qué los ignoramos?

De la misma manera en que esa pregunta se ha vuelto recurrente en mi vida, también he doblado mis rodillas pidiendo orientación y sabiduría para encontrar la respuesta. ¡Y la encontré! ¿Sabes dónde? En mi propia historia.

Como seguramente sabes, soy de nacionalidad argentina y, como buena sureña del extremo más austral del continente, me crié entre un universo de sabores, siempre girando en torno a la comida. Seguramente te sucedió lo mismo, pues en la mayoría de nuestros países la vida, el afecto, las celebraciones y todo lo demás giran en torno a los alimentos, al festejo y a la buena mesa. Y aunque mi familia era bastante humilde, prácticamente durante toda mi adolescencia tuve problemas con el peso por el tipo de alimentos que consumíamos.

Casi todos estamos de acuerdo en que la mejor manera de llevar la vida es saludablemente, libre de enfermedades. Pero cuando queremos aplicar ese princip

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