Padres conscientes

Dra. Shefali Tsabary

Fragmento

Prefacio

PREFACIO

El Dalai Lama

En este libro, la doctora Shefali Tsabary describe la importancia de la compasión en términos sencillos y seculares, y habla de cómo podemos aprender a desarrollarla partiendo de la relación con nuestros hijos.

Aunque tengo setenta y cinco años, todavía recuerdo el amor espontáneo y el afecto desinteresado de mi madre. Si lo pienso hoy, aún me llega una sensación de paz y calma interior. En el mundo moderno, uno de los desafíos que afrontamos es cómo conservar el agradecimiento por esta entrega generosa a lo largo de la vida. Cuando crecemos, nuestra errada inteligencia tiende a volvernos miopes, lo que da lugar al miedo, la agresividad, los celos, la cólera y la frustración, y todo ello reduce nuestro potencial.

Cuando nacemos quizá no tengamos el concepto que nos lleva a decir «esta es mi madre», pero sí tenemos una conexión espontánea basada en nuestras necesidades biológicas básicas. Por el lado de la madre, hay un tremendo impulso a atender las necesidades físicas del niño, a consolarlo y alimentarlo. Eso no tiene nada que ver con valores abstractos, sino que surge de forma natural, por la mera constitución biológica.

Según mi limitada experiencia, la fuente esencial de toda felicidad es el amor y la compasión, una actitud de generosidad y afecto hacia los demás. Si podemos ser cordiales y confiar en los otros, estamos más tranquilos y relajados. Perdemos esa sensación de miedo y recelo que mostramos a menudo hacia otras personas cuando no las conocemos bien o si percibimos que nos amenazan o compiten de algún modo con nosotros. Si estamos relajados y tranquilos, podremos usar mejor nuestra capacidad mental para pensar con claridad, así que, hagamos lo que hagamos, estudiemos o trabajemos, seremos capaces de hacerlo mejor.

Ante la amabilidad todo el mundo responde de forma positiva; es evidente para cualquiera que haya sido padre o madre. Una de las causas del fuerte vínculo entre padres e hijos es la amabilidad natural que existe entre ellos. Desde el momento de la concepción en el vientre materno hasta que somos capaces de cuidar de nosotros mismos recibimos mucha generosidad de muchas personas distintas; sin ella no sobreviviríamos. Reflexionar sobre esto y sobre el hecho de que solo somos seres humanos, ricos o pobres, con educación o sin ella, pertenecientes a una nación, una cultura, una religión o a otras, acaso nos mueva a devolver la amabilidad y la generosidad recibidas siendo nosotros amables y generosos con los demás.

Nota para los padres

Nota para los padres

Ser padres perfectos es un espejismo. No existe el progenitor ideal, como tampoco existe el hijo ideal.

Padres y madres conscientes pone de relieve los desafíos que constituyen una parte natural de la educación de un niño, bien entendido que, como padres, cada uno intenta hacer lo máximo con los recursos de que dispone.

El objetivo de este libro es esclarecer cómo podemos identificar y sacar partido de las lecciones emocionales y espirituales inherentes al proceso parental, para así poder utilizarlas para nuestro propio desarrollo, lo cual a su vez se traducirá en la capacidad para ser padre o madre de una manera más efectiva. Como parte de este planteamiento, se nos pide que seamos receptivos a la posibilidad de que las imperfecciones propias sean realmente las herramientas más valiosas para el cambio.

Durante la lectura de estas páginas, quizás haya veces en que el material remueva sensaciones incómodas. Invito a todo aquel que experimente esas sensaciones a que tome nota de esa energía. Haz una pausa en la lectura y reconcíliate con los sentimientos que te broten. Puede que mientras lo haces te des cuenta de que los metabolizas de manera espontánea. De pronto, lo que se está diciendo empieza a adquirir más sentido.

Padres y madres conscientes está escrito pensando en cualquiera que se relacione con un niño de cualquier edad. Da lo mismo si se trata de un progenitor soltero, un adulto joven que planea formar una familia o acaba de formarla, un padre o una madre con hijos adolescentes o un abuelo que cuida los nietos, en todos los casos, comprometerse con los principios generales esbozados en el libro puede facilitar la transformación tanto en el adulto como en el niño.

Si está costándote educar a un hijo por tu cuenta y apenas tienes ayuda, Padres y madres conscientes puede aligerar tu carga. Si eres una madre o un padre dedicado a los hijos a tiempo completo, Padres y madres conscientes quizás enriquezca tu experiencia. En el caso de quienes pueden tener ayuda para educar a sus hijos, tal vez sea conveniente buscar a alguien comprometido con los principios expuestos en este libro, sobre todo si el niño tiene menos de seis años.

Me da una continua lección de humildad la enorme oportunidad que ofrece la crianza de un hijo para deshacernos de nuestra vieja piel, liberarnos de patrones trasnochados, implicarnos en nuevas formas de ser y evolucionar, y convertirnos en padres más conscientes.

Namaste,

SHEFALI

1. Una persona real como yo

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Una persona real como yo

Una mañana, mi hija, muy agitada, me despertó a sacudidas. «El ratoncito te ha dejado un regalo increíble —susurraba—. ¡Mira lo que te ha dejado el ratoncito Pérez!»

Busqué debajo de la almohada y encontré un billete de un dólar cortado exactamente por la mitad. Mi hija me explicó: «El ratoncito te ha dejado la mitad; la otra mitad está bajo la almohada de papá.»

Me quedé sin habla.

Al mismo tiempo me vi en un dilema. Se me agolparon en la cabeza todos aquellos mensajes de que el dinero no crece en los árboles o lo importante que era para mi hija valorar eso. ¿Tenía que aprovechar la ocasión para explicarle que no hay que tirar el dinero y que un billete de un dólar cortado por la mitad no vale nada?

Comprendí que era un momento en el que mi manera de responder podía ser decisiva para el espíritu de mi hija. Menos mal que decidí archivar la lección y decirle lo orgullosa que me sentía de su generosidad con su único dólar. Mientras le daba las gracias al ratoncito por su buen corazón y su sentido de la ecuanimidad al repartirlo a partes iguales entre papá y mamá, los ojos de mi hija reaccionaron con un destello que iluminó la habitación entera.

ESTÁS EDUCANDO UN ESPÍRITU QUE PALPITA

CON SU PROPIA FIRMA

La paternidad y la maternidad proporcionan muchas ocasiones en las que se enfrentan la cabeza y el corazón, con lo que educar a un niño se parece a caminar por la cuerda floja. Una sola respuesta equivocada puede marchitar su espíritu, mientras que el comentario adecuado puede ayudarlo a crecer. En cada momento podemos ser determinantes, alimentar o paralizar.

Cuando los hijos van a su aire, se muestran indiferentes ante las cosas con las que los padres nos obsesionamos tan a menudo. Lo que son las cosas para los demás, los logros, progresar... en los planes de un niño no está ninguno de esos problemas que tanto preocupan a los adultos. En vez de implicarse en el mundo con un estado mental ansioso, los niños suelen lanzarse de cabeza a la experiencia de la vida, dispuestos a arriesgarlo todo.

La mañana que el ratoncito Pérez visitó mi dormitorio, mi hija no estaba pensando ni en el valor del dinero ni en la cuestión relacionada con el ego de si me impresionaría que ella hubiera compartido su dólar. Tampoco le importó despertarme tan temprano. No era más que su yo, maravillosamente creativo, que expresaba jubiloso su generosidad y ella estaba encantada de ver que sus padres descubrían que, para variar, el ratoncito nos había visitado.

Como madre, me encuentro una y otra vez en la situación de responder a mi hija como si fuera una persona real como yo, con todas las sensaciones que yo experimento, las nostalgias, los deseos, el entusiasmo, la imaginación, la inventiva, la sensación de asombro, la capacidad para el placer... Sin embargo, como muchos padres y madres, estoy tan atrapada en mi día a día que suelo desperdiciar la oportunidad brindada por esos momentos. Me encuentro tan impulsada a sermonear, tan orientada a enseñar, que con frecuencia soy insensible a los fabulosos medios por los que mi hija revela su singularidad, que es distinta de la de cualquier otro ser que haya pisado este planeta.

Si tienes un hijo, es fundamental comprender que no estás criando a un miniyo, sino a un espíritu que palpita con su propia firma. Por esa razón, es importante separar quién eres tú de quiénes son cada uno de tus hijos. De ninguna manera son propiedades nuestras. Cuando asimilamos eso en lo más hondo del alma, adaptamos la educación a sus necesidades en vez de moldearlos para que satisfagan las nuestras.

En lugar de satisfacer las necesidades individuales de los hijos, tendemos a proyectar en ellos nuestras ideas y expectativas. Incluso cuando tenemos las mejores intenciones de animarlos a ser fieles a sí mismos, la mayoría de nosotros, sin darnos cuenta, caemos en la trampa de imponerles nuestros planes. Por consiguiente, la relación entre padres e hijos a menudo insensibiliza el espíritu del niño en vez de darle vida. Esa es una razón clave por la que muchos críos crecen atribulados y, en muchos casos, llenos de disfunciones.

Cada uno de nosotros inicia el viaje parental con una idea de cómo va a ser. Por lo general, esa es una fantasía. Tenemos creencias, valores y prejuicios que jamás hemos analizado; ni siquiera vemos la necesidad de poner en entredicho nuestras ideas porque creemos tener razón y no tenemos nada que reconsiderar. Basándonos en nuestra cosmovisión no examinada, sin darnos cuenta, establecemos expectativas rígidas sobre cómo deben expresarse nuestros hijos. No comprendemos que, al imponerles nuestro estilo, limitamos su espíritu.

Por ejemplo, si tenemos mucho éxito en lo que hacemos, probablemente esperaremos que los hijos lo tengan también. Si somos artísticos, quizás empujemos a los hijos a ser artísticos. Si fuimos unos genios intelectuales en la escuela, tendemos a desear fervientemente que nuestros hijos sean brillantes. Si no nos fue tan bien en los estudios y, como consecuencia de ello, en la vida hemos tenido dificultades, quizá vivamos con el temor de que los niños acaben como nosotros, lo cual nos impulsará a hacer lo que esté en nuestra mano para intentar prevenir esa posibilidad.

Queremos lo que consideramos mejor para nuestros hijos, pero eso nos lleva a no tener en cuenta que la cuestión más importante es su derecho a ser personas autónomas y a dirigir su vida con arreglo a su espíritu único.

Los niños viven en el mundo de lo que es, no en un mundo de lo que no es. Acuden a nosotros con su ser rebosando potencial. Cada hijo tiene que vivir su destino particular, su propio karma, si se prefiere. Como los niños llevan dentro un anteproyecto, a menudo ya están en contacto con quiénes son y qué quieren ser en el mundo. Como padres suyos, nosotros hemos decidido ayudarlos a hacerlo realidad. El problema es que si no les prestamos mucha atención, les quitamos su derecho a vivir su destino. Acabamos imponiéndoles nuestra visión y reescribiendo su meta espiritual conforme a nuestros caprichos.

No es de extrañar que no logremos sintonizar con la esencia de nuestros hijos. ¿Cómo vamos a escucharlos cuando a veces apenas nos escuchamos a nosotros mismos? ¿Cómo vamos a percibir su espíritu y a oír el latido de su corazón si no lo hacemos en nuestra propia vida? Cuando, como padres, hemos perdido la brújula interna, ¿es extraño que tantos niños crezcan sin rumbo, desconectados y desalentados? Al perder contacto con nuestro mundo interior, anulamos la capacidad de ejercer como padres desde nuestro ser esencial tal como requiere la crianza consciente de los hijos.

Dicho esto, quiero que este libro lance un salvavidas a los padres que solo están intentando sobrevivir, sobre todo los que tienen hijos adolescentes. Partiendo de mi experiencia con adolescentes, estoy convencida de que, aunque tengamos un hijo con el que nos cuesta permanecer conectados, no es demasiado tarde. Si los hijos son pequeños, cuanto antes comencemos a construir una conexión fuerte, mejor, desde luego.

TODOS EMPEZAMOS EN LA CRIANZA

INCONSCIENTE

Una de las tareas más exigentes que acometemos es traer al mundo a un ser humano y criarlo. No obstante, la mayoría de nosotros enfocamos este cometido de una forma muy distinta a como nos plantearíamos nuestra vida profesional. Por ejemplo, si tuviéramos que dirigir una organización de mil millones de dólares, diseñaríamos un proyecto con sumo cuidado. Sabríamos cuál es el objetivo y el modo de alcanzarlo. En el proceso de llevarlo a cabo, nos familiarizaríamos con el personal y sabríamos cómo aprovechar al máximo su potencial. Como parte de nuestra estrategia, identificaríamos los puntos fuertes y resolveríamos cómo sacar de ellos el máximo partido; al mismo tiempo, identificaríamos los débiles para minimizar su impacto. El éxito de la organización resultaría de elaborar estrategias para el éxito.

Es útil hacernos algunas preguntas: «¿Cuál es mi proyecto parental, mi filosofía parental? ¿Cómo lo pongo de manifiesto en la interacción cotidiana con mi hijo? ¿He planeado una misión seria, consciente, como haría si dirigiese una organización importante?»

Tanto si sois una pareja como si eres un padre o una madre solo, vale la pena que analices detenidamente el enfoque que le das a la relación con los hijos a la luz de las investigaciones sobre lo que funciona y lo que no. A veces no se tienen en cuenta cómo afecta el estilo parental a los hijos y hay bastante gente que si lo pensara, posiblemente, cambiaría su planteamiento: ¿el método que usas contempla escuchar el espíritu del niño? ¿Estarías dispuesto a cambiar la manera de interaccionar con tu hijo si quedara claro que lo que haces no funciona?

Cada uno de nosotros se imagina que es el mejor padre que puede ser y, de hecho, casi todos somos buenas personas que sentimos un gran amor hacia nuestros hijos. No imponemos nuestra voluntad a los hijos por falta de amor, desde luego, sino, más bien, por falta de conciencia. La realidad es que muchos de nosotros no somos conscientes de la dinámica que se genera en nuestra relación con los hijos.

No nos gusta pensar que somos inconscientes: por el contrario, es un concepto que tendemos a negar. Muchos estamos tan a la defensiva que si alguien dice algo sobre nuestro estilo parental, saltamos en el acto. Sin embargo, cuando empezamos a ser conscientes, rediseñamos la dinámica que compartimos con los hijos.

Si carecemos de conciencia, nuestros hijos pagan un alto precio. Demasiado consentidos, bastante medicados y con demasiadas marcas encima, muchos son desdichados. Por eso, a causa de la inconsciencia, les legamos nuestras necesidades no resueltas, nuestras expectativas insatisfechas o nuestros sueños frustrados. Pese a las mejores intenciones, los sometemos a la herencia emocional recibida de nuestros padres, atándolos al debilitante legado de los antepasados. La naturaleza de la inconsciencia es tal que, hasta que sea metabolizada, se irá filtrando de una generación a otra. Solo mediante la conciencia puede terminar el ciclo de dolor que va reproduciéndose en las familias.

PARA CONECTAR CON TUS HIJOS, CONECTA

PRIMERO CONTIGO MISMO

Hasta que comprendemos con precisión cómo hemos estado funcionando en modo inconsciente, solemos negarnos a aceptar un planteamiento del estilo parental que se base en ideales totalmente distintos de aquellos en los que nos hemos basado hasta ahora.

Tradicionalmente, la paternidad se ha ejercido de forma jerárquica. Los padres gobiernan de arriba abajo. Al fin y al cabo, ¿no es el niño un inferior que debemos transformar nosotros puesto que somos los entendidos en la materia? Como los niños son pequeños y no saben tanto como los padres, estos dan por sentado que tienen derecho a controlarlos. De hecho, estamos tan acostumbrados a que en la familia los padres ejerzan el control que ni siquiera se nos pasa por la imaginación que quizás eso no sea bueno para los hijos ni para nosotros.

Por lo que respecta a los padres, el problema de aplicar ese enfoque tradicional al estilo parental es que, con sus vanas ilusiones de poder, le da rigidez al ego. Como los niños son muy inocentes y susceptibles de recibir la influencia de los padres, suelen ofrecer poca resistencia cuando les imponemos nuestro ego, una situación que puede fortalecer aún más el ego.

Si quieres iniciar un estado de conexión pura con tu hijo, puedes lograrlo prescindiendo de todo sentimiento de superioridad. Al no esconderte tras una imagen egoica, serás capaz de interaccionar con la criatura como una persona real, como tú.

Utilizo la palabra «imagen» en conexión con el ego de forma intencionada; por eso quiero aclarar qué quiero decir exactamente con ego y el adjetivo que se deriva: egoico. Por mi experiencia, la gente tiende a pensar que el ego es sinónimo de uno mismo, en el sentido de quiénes son como personas. Así pues, el adjetivo «egoico» se referiría a una concepción sobredimensionada de uno mismo, como el que relacionamos con la vanidad.

Ahora bien, para entender este libro es crucial tener en cuenta que estoy utilizando estos términos de una manera muy distinta. Propongo que lo que consideramos el ego no sea de ningún modo el verdadero uno mismo. Entiendo el ego más como una imagen nuestra que llevamos en la cabeza, una imagen que tenemos de nosotros mismos y que acaso tenga muy poco que ver con quiénes somos en esencia. Todos crecemos con una imagen así de nosotros y esa imagen comienza a formarse cuando somos pequeños, en gran parte a partir de las interacciones con los demás.

El ego, tal como uso aquí el término, es una sensación artificial de nosotros mismos. Es una idea sobre nosotros basada sobre todo en las opiniones de los demás. Es la persona que uno llega a creer y pensar que es. Esa autoimagen está superpuesta a quienes somos en esencia. En cuanto nos hemos formado la imagen de nosotros mismos en la infancia, tendemos a conservarla con todo el afán.

Si bien la idea de quiénes somos es estrecha y limitada, nuestro ser nuclear —ser fundamental, o esencia— no tiene límites. Al existir en libertad total, no tiene expectativas de los demás ni miedo ni sentimientos de culpa. Aunque vivir en un estado así acaso suene a algo extrañamente distanciado, en realidad nos habilita para conectar con los otros de una manera verdaderamente significativa porque es un estado auténtico. En cuanto nos distanciamos de nuestras expectativas sobre cómo debe comportarse otra persona y la contemplamos como lo que es en realidad, la aceptación que inevitablemente le expresamos produce la conexión de forma natural; ocurre porque la autenticidad sintoniza de manera automática con la autenticidad.

Como estamos tan pegados al ego, hasta el punto de imaginar que es lo que somos, acaso sea difícil reconocerlo. De hecho, aparte de sus manifestaciones más obvias, como la jactancia o la grandilocuencia, el ego suele estar en su mayor parte disfrazado y así nos hace creer que es nuestro ser genuino.

Como ejemplo de que el ego se hace pasar por nuestro verdadero ser, muchos de nosotros no somos conscientes de que muchas de nuestras emociones consisten en ego disfrazado. Por ejemplo, cuando decimos «tengo hambre», imaginamos que el que tiene hambre es el ser esencial, pero puede que la realidad sea bien distinta; es muy posible que, de alguna manera, estemos, efectivamente, oponiendo resistencia a determinada situación porque prefiramos no dejar de creer cómo deberían ser las cosas. Si después nos enfadamos con los demás, estamos ante una manifestación de ego en toda regla.

Lo sabemos todos por experiencia propia: el apego a la cólera u otras emociones como los celos, la decepción, la culpa o la tristeza, provoca, en última instancia, una sensación de separación entre nosotros y los otros. Eso pasa porque, al no identificar el enfado como una reacción egoica, creemos que es parte de lo que somos en esencia. Si se hacen pasar como nuestro verdadero ser, los apegos egoicos debilitan la capacidad para permanecer en un estado de dicha y unión con todos.

A veces, el ego se canaliza a través de la profesión, los intereses o la identidad nacional. Decimos «soy tenista», «soy religioso» o «soy estadounidense», pero dentro no llevamos nada de todo esto. Son más bien roles a los que nos vinculamos, a menudo sin darnos cuenta, por lo que pronto crean un sentido del yo. Si alguien pone en duda alguno de nuestros roles, nos sentimos amenazados, imaginamos que nos atacan. Cuando eso sucede, en vez de rendir el vínculo egoico al sentido del yo, tendemos a retenerlo con más fuerza. Esta relación con el ego es la causa de muchos conflictos, divorcios y guerras.

No quiero dar a entender que el ego sea malo y no debería existir. Por el contrario, el ego, por su naturaleza intrínseca, no es bueno ni malo: solo es. Se trata de una fase de nuestro desarrollo que contribuye a una finalidad, algo parecido al huevo en el que se forma el polluelo hasta que nace. La cáscara de

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