Unas palabras de bienvenida
No es casual que tengas este libro en tus manos. Siempre he pensado que las personas, los libros y las experiencias nos llegan y aparecen en nuestra vida en el momento oportuno: cuando estamos preparados para recibirlos.
Quizá tengas curiosidad por saber en qué consiste la crianza consciente. Puede que ya practiques la crianza respetuosa, de apego o natural y creas que necesitas renovar y profundizar tu mirada hacia los niños y sus vivencias internas. O tal vez sientas que la relación con tus hijos no es como te gustaría que fuese, notas que algo necesita revisión y es el momento de empezar a hacer cambios. Siéntete bienvenida/o independientemente de la razón que te ha traído hasta aquí. El lugar donde cada uno de nosotros está ahora es perfecto y legítimo.
Concibo la crianza como un largo camino por el que vamos avanzando día a día, tenemos claro dónde queremos llegar, pero no es un trayecto en línea recta. No importa en qué tramo nos encontremos ahora, lo verdaderamente esencial es que tomemos la dirección correcta y que seamos conscientes de que en este momento solo podemos (y debemos) seguir avanzando. Deseo que la lectura de Dar voz al niño sea una gran zancada en esta andadura, que te mueva emocionalmente y te inspire para conocerte un poco más, para explorarte, para transformarte e incluso para sanarte dando lo que quizá nunca has tenido.
Como ves, el propósito de este libro es muy ambicioso, pretendo que ahorremos tiempo a la hora de recorrer el camino necesario para poder llegar a ser el padre o la madre que nuestros hijos necesitan. No se trata de hacerlo mejor ni peor que nuestros padres o nuestros abuelos. Simplemente propongo llevarlo a cabo teniendo en cuenta la verdadera realidad infantil, la verdadera naturaleza humana.
La crianza consciente consiste en acercarnos al verdadero diseño original del niño respetando, validando y complaciendo en la medida de lo posible sus necesidades y ritmos. Mirar y sentir a los niños desde este lugar neutral y empático quizá no nos sea fácil, ya que muy pocos hemos sido tratados de esta forma y resulta muy difícil dar lo que no se ha tenido. La infancia es la etapa más corta en la vida de un ser humano; no obstante, esos años nos marcarán, guiarán y dejarán huella para el resto de nuestra existencia, aunque no seamos conscientes de ello. Es durante la infancia cuando más vulnerables somos y más cuidado y amor precisamos para sobrevivir. Contando con esta información, hoy podemos romper muchas cadenas transgeneracionales y cambiar el final de muchas historias.
Necesito poner de manifiesto que, en ocasiones, lo imposible es posible; que muchas experiencias ordinarias son simplemente extraordinarias. Yo soy una madre que de niña, adolescente y joven adulta tuvo que luchar contra un destino trágico. Tras superar y elaborar todo ese sufrimiento, logré cambiar el curso de mi propia historia poniendo mi experiencia profesional y personal al servicio de los demás, en particular al de mis tres hijos y mi pareja. Poder llegar a dar a Ainara, Urtzi y Naikari lo que yo nunca tuve me sanó y, por ello, prometí compartirlo.
Sin duda, para mejorar la humanidad tenemos que empezar por casa, por los nuestros, por revisar cómo nos relacionamos los unos con los otros en nuestros ámbitos más reducidos. Especialmente, debemos observar cómo nos relacionamos con los niños, cómo los estamos criando y educando. Si cada adulto que trata con niños pequeños o adolescentes tuviera el propósito de conseguir relaciones más amorosas y pacíficas permitiéndoles y ayudándoles a llegar a ser quienes han venido a ser —liberándoles de nuestros juicios, críticas, expectativas y necesidad de controlarlos—, estoy convencida de que en tan solo una generación veríamos grandes progresos.
El cambio colectivo y social siempre comienza con el cambio individual. En este sentido, el libro que tienes en tus manos es provocador, ya que propone explorar muchas de nuestras reacciones emocionales automáticas, romper viejas creencias y viejos patrones de comportamiento. En definitiva, se trata de salir de nuestra zona de confort, de sentirnos muy incómodos en ocasiones y muy probablemente con unas ganas tremendas de empezar a hacer las cosas de otra forma.
Me gustaría pedirte que mientras leas los capítulos de este libro seas muy consciente de qué te pasa a ti, qué piensas y qué sientes tú cada vez que algo te resulte nuevo o diferente. Fíjate en si lo aceptas como verdad, si lo cuestionas, lo juzgas, lo criticas, lo niegas, conectas o si te inspira. Para poder cambiar ciertas actitudes, deberemos primero tomar conciencia de las creencias que las alimentan, cuestionarlas y reconocer nuestras propias vivencias infantiles. Necesitamos dar más voz a los niños que fuimos para poder también conectar y oír la voz de los niños de nuestra vida. Tras ello, estaremos libres para empezar a sentir y, finalmente, poder transformarnos gracias al cambio de mentalidad. Te invito a subrayar, marcar con colores, dibujar… las ideas que te remueven, que te crean resistencia, las que te apasionan. Es fundamental que hagas tuyo el libro y pases cada palabra por tu registro interno, tu sistema de pensamiento, para que tengan sentido para ti.
No es tarea fácil criar a nuestros hijos en la crianza consciente, ya que probablemente muchos de nosotros no recibimos ese trato, ni esa mirada, ni esa atención ni mucho menos esa presencia de nuestra propia madre. Seguramente, en ese camino encontraremos cuestas, pero también descensos, y en ocasiones nos sentiremos muy solas o muy solos. Por ello, Dar voz al niño está preparado para usarse a modo de consulta en momentos difíciles. Si sientes que vuelves a patrones antiguos, pierdes el control… no dudes en releer capítulos para empoderarte y reconectarte de nuevo. Seguramente, ante una situación de conflicto o desafiante, comprobarás que intelectualizar y leer no es suficiente (ya he comentado que es necesario bajar todo lo intelectualizado —cada palabra, cada frase, cada idea— al sentir). El libro cuenta con varios ejercicios prácticos con el fin de inspirarte y acercar la crianza consciente a tu día a día. Cortar la cadena requiere de trabajo personal, confrontación con nuestro pasado y una gran responsabilidad. Se necesita tiempo y práctica, pero con amor todo se puede.
Mi gran esperanza es que, poco a poco, en esta generación y la próxima, muchos tomemos conciencia de que un cambio de paradigma en la crianza actual no solamente es posible, sino urgente. Hacer las cosas desde otro lugar es posible. Solo necesitas tomar una decisión consciente ahora mismo y responsabilizarte. ¿Quieres llegar a ser la madre o el padre que tus hijos necesitan que seas? Yo sí, hace años decidí anteponer la relación con mis hijos y mi pareja a todo lo demás; me comprometí con que la paz, la armonía y el amor reinaran en mi vida y en mi hogar la mayor parte del tiempo. Por este motivo escribo todo lo que necesito seguir practicando, aprendiendo y recordando. Mi mayor deseo y propósito es que al leerlo también te ayude y te inspire a ti.
Gracias por estar aquí.
YVONNE LABORDA
Introducción
¿Realmente crees que has elegido pensar y creer que los niños necesitan tantos límites arbitrarios, órdenes, ser castigados o premiados? ¿O que si les respetas abusarán de ti? ¿De dónde vienen tus creencias basadas en la mano dura, los gritos y las amenazas en la crianza?
La verdad es que no hemos escogido, nos hemos dejado llevar sin pensar y sin cuestionarnos casi nada. Si de niños no pudimos decidir ni teníamos voz, de adultos seguiremos igual. Si piensas de esta forma es porque mucha gente a tu alrededor aún piensa y actúa así, y porque tu madre y tu padre pensaban y siguen pensando y actuando del mismo modo. Lo que sucede es que no tienes otro ejemplo: no hemos vivido ni visto otro modelo de crianza. Aquel era nuestro escenario de infancia, pero si hubiese sido distinto, nuestra realidad sería muy diferente.
Imagina a un adulto que de niño no fue castigado ni amenazado, sino escuchado, un adulto al que de niño se le habló con respeto, se le tuvo en cuenta, se le permitió tomar decisiones y elegir. ¿Crees que una persona que ha tenido estas vivencias optaría por castigar, premiar, amenazar, pegar, gritar, no escuchar o no respetar a sus propios hijos o a los demás niños? Personalmente, pienso que no.
Me gustaría pedirte que leas con atención los siguientes puntos y revises tus respuestas, escríbelas si así lo sientes.
• ¿Por qué solemos pensar que el problema siempre es del niño en lugar de revisar qué responsabilidad tenemos nosotros ante su malestar?
• ¿Por qué respetar, escuchar, complacer y sentir emocionalmente a un niño se considera y se confunde con malcriar? ¿De quién hemos aprendido a pensar así? ¿Quién nos ha tratado de esta forma?
• ¿Por qué la mayoría de los adultos tiende a castigar, premiar o amenazar a los niños? ¿Por qué necesitamos usar el poder y el control sobre ellos?
• ¿Por qué casi siempre nos ponemos del lado del adulto y no del niño cuando hay malestar o se produce un conflicto?
La vivencia infantil de cada niño demuestra que aún estamos muy lejos de respetarlos, tratarlos y amarlos como legítimamente merecen y necesitan. Considero que ha llegado el momento de cuestionarnos qué hacemos con los niños de nuestra vida: cómo los criamos y educamos, con qué objetivo, y desde dónde lo hacemos y por qué es así. Es el momento de detenerse, tomar nuevas decisiones importantes y responsabilizarnos. Si quieres cambiar o simplemente mejorar la forma de relacionarte con los niños de tu vida, empieza ahora mismo:
¿Qué deseas que tus hijos recuerden y cuenten de su infancia y su relación contigo?
La crianza consciente propone criar desde otro lugar, teniendo en cuenta la verdadera realidad infantil, la verdadera naturaleza humana. Y no se trata de una moda o una invención moderna ni algo alternativo, porque, en verdad, la crianza consciente siempre ha estado ahí. Es tan simple como recuperar el verdadero diseño humano, aquello que la naturaleza programó para nuestra especie pero que hemos olvidado. Se trata de conectar emocionalmente con el niño, tan solo sintiendo su experiencia y dejando de lado nuestra interpretación de los hechos.
Los niños resultan perfectos tal y como son, están absolutamente conectados con su ser esencial. Somos nosotros, los adultos, quienes nos hemos desconectado hace mucho tiempo y nos cuesta aceptar a nuestros hijos y demás niños de manera natural, y por ello nos empeñamos en moldearlos, corregirlos o arreglarlos. Siempre contamos con razones para no respetar sus necesidades y ritmos: responsabilizamos al trabajo, al colegio, a los horarios o al qué dirán nuestros familiares o amigos. Vamos muy errados al haber naturalizado muchos hábitos y costumbres alejadas de nuestra verdadera esencia, y no nos damos cuenta de que nos hacemos daño cuando nos tratamos de una forma opuesta a nuestra naturaleza: estamos diseñados para amar y ser amados.
Si ponemos nuestra mirada tan solo en su comportamiento, en lugar de en su sentir o en su ser, no podremos darles voz ni amarlos incondicionalmente. ¿Qué entendemos por amar en la crianza consciente? Amar es respetar, acompañar, complacer, escuchar, guiar, inspirar, proteger, estar presente, validar, nombrar, sentir y dar voz a nuestros hijos. El amor incondicional es lo que todo ser humano realmente necesita para llegar a ser quien ha venido a ser. Y la triste verdad es que hay muchas ocasiones en las que sí podríamos ofrecérselo; sin embargo, elegimos no hacerlo.
¿Qué entendemos por amar en la crianza consciente?
Satisfacer la demanda del niño nos será más difícil y doloroso según el grado de vacío emocional del que provengamos, ya que estaremos más conectados con nuestra necesidad que con la suya. En Dar voz al niño te presento mi visión de la crianza consciente, mi gran mirada. Lo que me transformó y después se convirtió en mi pasión y vocación fue darme cuenta de que el hecho de que la crianza deba ser respetuosa, natural o de apego, etc., no es lo importante, sino que va muchísimo más allá. Y ese algo que transciende a los hábitos que practicamos es la conciencia que tenemos de todo aquello que nos pasa cuando criamos a nuestros hijos y de lo que les pasa a ellos cuando nosotros no estamos emocionalmente bien. De cómo nos ahoga dar presencia, de cómo nos alteramos cuando nuestros pequeños no tienen su necesidad motriz satisfecha y empiezan a moverse más de lo que podemos sostener, de a partir de qué momento somos una madre autoritaria, controladora o abusiva. Con todo, lo importante no es eso que nos pasa, sino cómo lo vivimos y qué hacemos con ello.
Sanar nuestra herida primaria de infancia es posible si tomamos conciencia de nuestras propias vivencias infantiles no resueltas, nuestros introyectos y nuestras creencias limitantes. Conectar y sentir al niño que fuimos será el primer paso para poder sentir hoy a nuestros hijos y demás personas. Comprender y sanar requiere de un trabajo personal profundo y honesto, que muy pocos adultos estamos dispuestos a enfrentar porque quizá nuestra infancia no fue todo lo feliz que creíamos. Esto puede ser muy duro de admitir, pero la verdad no es ni buena ni mala, simplemente es la que es. La verdad sana, aceptarla es lo que nos liberará de todas esas reacciones emocionales automáticas que nos imposibilitan llegar a ser la madre o el padre que nuestros hijos necesitan.
Nuestra falta de mirada hacia los niños, de control ante muchas situaciones, genera malestar en ellos y perpetúa aquellos comportamientos que nos molestan. Es nuestra responsabilidad entender por qué nuestro hijo hace lo que hace: la causa originaria del malestar que provocó tal actitud y la necesidad no satisfecha que hay tras ello. Creo firmemente que nuestro mayor propósito es lograr ser algún día el padre o la madre que cada uno de nuestros hijos necesita que seamos. No se trata de ser perfectos, sino de tener la capacidad y la madurez emocional suficientes para observar, dar, satisfacer y amar a cada niño tal y como él lo manifiesta y necesita.
Sanamos al tratar a los niños de nuestra vida como nos hubiese gustado que nos trataran a nosotros. Démosles todo el amor incondicional, la presencia y la mirada que a nosotros nos faltó y cambiemos el final de su historia. Empecemos a hacer algo por y para ellos con el fin de que se sientan mejor.
Desde que supe que mi propósito de vida es inspirar y ayudar compartiendo mi saber, mi visión, mis conocimientos y experiencias con la crianza consciente, trabajé para poder ofrecer un mensaje claro, accesible e inspirador que ayudara no solamente a mejorar el vínculo afectivo con los niños de nuestra vida, sino también a mantener dicho vínculo o crearlo si nunca lo tuvimos. Mi mensaje también nos ayudará a poder corregir, e incluso usar a nuestro favor, todos aquellos errores que hayamos cometido en el pasado tanto en los hogares con nuestros hijos, como en la escuela o en cualquier otro lugar donde nos relacionemos con niños y adolescentes. Mi gran misión de vida es ayudar a mejorar nuestras relaciones dando más voz a los niños y conectando con su verdadera esencia y biología.
Para ello he elegido empezar por el origen y la base de todo ser. Los niños son como una semilla que un buen día llegará a ser un gran árbol que a su vez dará maravillosos y deliciosos frutos, siempre y cuando reciba todos los nutrientes desde sus raíces y el entorno sea favorable. Usando esta misma metáfora, he creado las cuatro raíces de la crianza consciente que todo niño necesita para poder llegar a ser quien ha venido a ser. Estas raíces no son métodos ni estrategias para que los pequeños sean como nosotros deseamos o para que nos obedezcan, son los pilares que le permitirán crecer mientras nutrimos su alma y su corazón. Las raíces no son visibles, están fuera de nuestro alcance; no obstante, determinarán la salud del árbol. Sin tener en cuenta estas cuatro raíces —que se complementan entre sí y nos muestran una verdad muy invisible para muchas personas—, el niño no podrá florecer: necesitaremos regarlas, cuidarlas, mantenerlas sanas y fuertes, algo imprescindible para permitir al niño llegar a SER. A continuación, te las presento:
DAR PRESENCIA: Estar presente no es simplemente acompañar o compartir un espacio, es estar por y para nuestros hijos con toda nuestra atención, tanto si son pequeños como adolescentes, y, a ser posible, con los cinco sentidos. Nuestra presencia les confirma que los amamos y que son importantes para nosotros.
VALIDAR: Es esencial poner en palabras y traducir lo que cada niño siente o necesita, legítimamente hablando, para que ellos noten y sientan que son escuchados, aceptados, respetados y amados incondicionalmente a pesar de su malestar o de su actitud.
NOMBRAR: Ser sinceros y honestos con nuestros hijos sobre nuestro sentir; es legítimo expresarlo sobre todo cuando algo nos afecta emocionalmente. Decir la verdad sobre los hechos o sobre lo que sentimos resulta de gran importancia para que los niños puedan comprender lo que sucede a su alrededor. Por otro lado, es importante que demos voz a nuestros hijos nombrando su realidad cuando estén con otras personas. El problema es que por lo general no vemos la necesidad del niño, solo la del adulto.
INTIMIDAD EMOCIONAL: Hablar y escuchar desde nuestro sentir sin juzgar ni criticar. Crear intimidad emocional es vital para vivir en un ambiente seguro donde se produzca una comunicación conectiva, emocional y empática. Explicarles cómo nos sentimos, qué nos pasa o qué necesitamos fortalecerá la relación y a su vez creará un entorno lo suficientemente seguro e íntimo para que se sientan libres de compartir, si así lo desean o necesitan.
Deberíamos recordar siempre que es mucho más fácil respetar, validar, complacer y amar a un niño que sanar a un adulto. Espero que la lectura de este libro te demuestre que es posible romper la cadena transgeneracional de desconexión y desamor y recuperar lo que siempre estuvo allí pero olvidamos. Estoy convencida de que nuestros nietos tendrán padres más conscientes y más respetuosos con los procesos naturales y necesidades de los pequeños. Todos esos niños amados, complacidos y respetados serán quienes darán el paso para un nuevo mundo más pacífico y amoroso.
¿A qué estamos esperando?


¿Por qué nos cuesta tanto dar voz a los niños y sentirlos emocionalmente?
En primer lugar, debo decir que el principal y más lamentable motivo por el que no nos es posible dar voz a los niños es porque en nuestra infancia nosotros tuvimos muy poca o ninguna voz. No contamos con un registro emocional de haber sido suficientemente escuchados, respetados y amados como necesitábamos. Nuestros padres nos han dado en la medida en que ellos recibieron, y la triste verdad es que no siempre obtuvimos lo que legítimamente precisábamos.
Antiguamente se castigaba a los niños con severidad, incluso físicamente, tanto en el colegio como en casa, y a casi nadie le parecía mal. Y no nos debe sorprender que muchos niños a muy corta edad tenían que trabajar duramente. Después de varias generaciones nos hemos dado cuenta de que el castigo físico es inhumano, por lo que en muchos países es ilegal. No obstante, aún existen lugares en el mundo en los que pegar a los niños se considera una práctica normal e incluso está bien visto. Si los adultos pegamos, insultamos, humillamos y castigamos a los niños es porque nosotros también fuimos víctimas de violencia, desamparo y abuso.
Mi gran esperanza es que en un futuro próximo nos demos cuenta del grado de violencia y abuso que aún ejercemos, hoy en día, sobre nuestros pequeños. Muchos adultos pensamos que no somos violentos ni autoritarios con nuestros hijos ya que no les pegamos. Y si bien es verdad que no hay tanta violencia activa visible en la actualidad, seguimos siendo violentos en nuestra forma de hablarles y tratarlos. La vivencia infantil de cada niño nos demuestra que aún estamos muy lejos de respetarlos, tratarlos y amarlos como legítimamente merecen y necesitan. Nos es muy difícil entender y conectar con la vivencia interna de un niño, no somos capaces de sentirlos, escucharlos ni comprenderlos, pues solo somos capaces de sentir nuestro malestar y nuestro vacío emocional interior, y no el de ellos.
Perdimos la capacidad de ver, de sentir, de empatizar con el otro porque no fuimos suficientemente vistos, mirados ni sentidos por nuestras madres, padres y demás adultos. Por tanto, ahora que somos mayores seguimos precisando recibir lo que no obtuvimos de pequeños y ese vacío emocional es lo que nos impide poder dar y satisfacer a nuestros hijos y demás niños. No somos capaces de ser la madre o el padre que nuestros hijos necesitan que seamos: sentimos nuestras necesidades de poder, control, autoridad, silencio, paz, orden, calma… y les pedimos y les exigimos que nos las satisfagan sin tener en cuenta primero las suyas. Nadie puede ni podrá saciar las necesidades de otra persona si primero no ha sentido las suyas satisfechas, o al menos escuchadas y validadas, siendo niños. Somos los adultos quienes debemos dar primero a nuestros niños para que ellos a su vez puedan dar cuando crezcan. Aprendemos a dar y a amar habiendo sido amados incondicionalmente. Si no recibimos en la primera infancia y durante la adolescencia, no podremos ni sabremos dar en las posteriores etapas de nuestra vida.
Aprendemos a dar y a amar habiendo sido amados.
¿Cómo puede un niño satisfacernos y tener en cuenta nuestras necesidades si no hemos tenido en cuenta las suyas?
Las necesidades no satisfechas en la niñez no desaparecen, sino que se postergan a la siguiente etapa o gener
