Prólogo
Recuerdo el momento en que, como madre, toqué fondo.
Eran las cinco de una fría mañana de diciembre. Estaba tumbada en la cama, con el mismo suéter del día anterior. No me había lavado el cabello en días.
Fuera, el cielo seguía siendo azul oscuro; aún se notaba la luz amarillenta de las farolas. En casa, el silencio era inquietante. Todo lo que podía oírse era la respiración de Mango, nuestro pastor alemán, a los pies de la cama. Todos dormían excepto yo. Estaba totalmente desvelada.
Me preparaba para la batalla. Cavilaba sobre cómo abordar mi próxima escaramuza con el enemigo. ¿Qué haré cuando vuelva a atacarme, cuando me pegue, me dé patadas o me muerda?
Es horrible decir que mi hija es «el enemigo». Dios sabe que la quiero más que a mi vida. Y, en muchos aspectos, es una personita maravillosa. Es muy lista, valiente como pocas, y tiene la fuerza de un buey, tanto física como mentalmente. Cuando Rosy se cae al suelo, se levanta de un salto. Ni se queja ni lloriquea.
¿Y he mencionado su olor? Oh, me encanta cómo huele, sobre todo su cabeza. Cuando estoy de viaje de trabajo para la NPR, es lo que más echo de menos: su olor, una mezcla de miel, lirios y tierra húmeda.
Esa dulce fragancia es cautivadora. Pero también es engañosa. Rosy tiene una hoguera en su barriguita. Un fuego vivo que la impulsa, que le hace arrasar el mundo con ferocidad. Como dijo una amiga: es una destructora de mundos.
Cuando era un bebé, lloraba una barbaridad. Durante horas y horas cada noche.
—Si no está comiendo o durmiendo, está llorando —le dijo mi marido, aterrado, a la pediatra.
Ella se encogió de hombros. No era la primera vez que lo oía.
—Bueno, es que es un bebé —respondió.
Pero Rosy ya tenía tres años, y su llanto se había transformado en berrinches y un maltrato constante a sus padres. Cuando tenía una crisis y yo la cogía en brazos, solía darme una bofetada. Algunas mañanas salía de casa con la marca de su palma en la cara. Era algo verdaderamente doloroso.
Aquella silenciosa mañana de diciembre, mientras estaba tumbada en la cama, me permití aceptar una verdad lacerante. Entre Rosy y yo se estaba alzando un muro. Empezaba a recelar del tiempo que íbamos a pasar juntas por lo que pudiera ocurrir: tenía miedo de perder los estribos (de nuevo), miedo de hacerla llorar (de nuevo), miedo de solo empeorar su comportamiento (de nuevo). Y, a consecuencia de ello, temía que Rosy y yo nos volviéramos enemigas.

Crecí en un hogar conflictivo. Gritar, dar portazos, e incluso lanzar zapatos, era el medio de comunicación fundamental entre mis padres, mis tres hermanos y yo. De modo que, al principio, reaccioné a las pataletas de Rosy como lo habían hecho mis padres conmigo: con una mezcla de ira, severidad y, en ocasiones, palabras subidas de tono. Esa reacción era contraproducente: Rosy arqueaba la espalda, chillaba como un halcón y se tiraba al suelo. Además, yo quería hacerlo mejor que mis padres. Quería que Rosy creciera en un entorno apacible, y quería enseñarle formas de comunicarse más productivas que lanzar una bota Dr. Martens a la cabeza de alguien.
Así que consulté al doctor Google, y decidí que la «estrategia educativa óptima» para acabar con los berrinches de Rosy era la «autoritaria». En mi opinión, «autoritario» significaba «firme y amable». De modo que puse todo mi empeño en hacer precisamente eso. Pero nunca fue efectiva puesto que, una y otra vez, la estrategia autoritaria fracasaba. Rosy percibía que yo seguía enfadada y volvíamos a caer en la misma rutina. Mi enfado empeoraba su comportamiento. Entonces, me enfadaba más. Y, al final, sus berrinches llegaban a un nivel nuclear: me mordía, sacudía los brazos y empezaba a correr por toda la casa tumbando hasta los muebles.
Incluso las tareas más sencillas —como prepararse para ir al parvulario por las mañanas— se habían convertido en una guerra abierta. «¿Puedes hacer el favor de ponerte los zapatos?», le rogaba por quinta vez. «¡No!», gritaba en respuesta, y luego procedía a quitarse el vestido y la ropa interior.
Una mañana me sentía tan mal que me arrodillé debajo del fregadero de la cocina y, con la cabeza pegada al armario, grité en silencio: «¿Por qué es tan duro? ¿Por qué no me escucha? ¿Qué estoy haciendo mal?».
Si era sincera, no tenía ni idea de cómo tratar a Rosy. No sabía cómo detener sus berrinches, por no hablar de cómo empezar el proceso de enseñarle a ser una buena persona: una persona amable, útil y preocupada por los demás.
La verdad es que no sabía cómo ser una buena madre. Nunca había sido tan incompetente en algo en lo que quería ser buena. Nunca la distancia entre la habilidad que tenía y la que quería conseguir había sido tan desoladoramente difícil de salvar.
Así que allí estaba en la cama, antes del amanecer, temiendo el momento en que mi pequeña —la hija querida que había deseado durante tantos años— se despertara. Me devanaba los sesos buscando la manera de conectar con una personita que, muchos días, era una maníaca rabiosa. Quería salir del desastre en el que me encontraba.
Me sentía perdida. Me sentía cansada. Y estaba desesperada. Si me proyectaba hacia el futuro, solo podía ver más de lo mismo: Rosy y yo nos quedaríamos enzarzadas en una batalla constante, y ella crecería y sería más y más fuerte con el paso del tiempo.
Sin embargo, no fue eso lo que ocurrió, y en este libro relato el cambio inesperado y transformador que tuvo lugar en nuestras vidas. Comenzó con un viaje a México, donde una experiencia reveladora dio lugar a otros viajes, a diferentes lugares del mundo, siempre con Rosy como compañera. Por el camino, conocí a un puñado de padres y madres extraordinarios que, generosamente, me transmitieron conocimientos increíbles sobre la crianza. Esas mujeres y esos hombres no solo me enseñaron a capear los berrinches de Rosy, sino también a comunicarme con ella sin gritos, coacciones ni castigos, una forma de criar que refuerza la confianza del niño en lugar de fomentar la tensión y el conflicto con los padres. Y quizá lo más importante es que supe enseñar a Rosy a que fuera amable y generosa conmigo, con su familia y con sus amigos. Y en parte ello fue posible porque esas madres y esos padres me enseñaron a mí cómo tratar bien y querer a mi hija de una forma totalmente diferente.
Como me dijo una madre inuit, Elizabeth Tegumiar, en nuestro último día en el Ártico: «Creo que ahora ya sabes cómo tratarla mejor». Y es cierto.
La educación de los hijos es algo exquisitamente personal. Los detalles no solo dependen de cada cultura, sino también de cada comunidad, e incluso de cada familia. Y, aun así, si viajamos por el mundo actual se puede detectar un hilo común que entreteje la gran mayoría de las culturas. Desde la tundra ártica, pasando por la selva de Yucatán y la sabana de Tanzania, hasta las laderas filipinas, existe una manera común de relacionarse con los niños. Es algo que sobre todo se cumple en las culturas que crían niños especialmente atentos y serviciales, niños que se despiertan por la mañana y, de inmediato, se ponen a lavar los platos. Niños que desean compartir caramelos con sus hermanos.
Esta visión universal de la crianza tiene cuatro elementos fundamentales. En la actualidad siguen presentes en algunas zonas de Europa y, hasta no hace mucho, eran habituales en Estados Unidos. El primer objetivo de este libro es comprender todos los detalles de esos elementos y aprender a aplicarlos en casa para que nuestra vida sea más fácil.
Dada su omnipresencia en todo el globo y entre las comunidades de cazadores-recolectores, este estilo de crianza universal tiene, probablemente, una antigüedad de decenas de miles de años, e incluso de cientos de miles de años. Los biólogos sostienen convincentemente que la relación entre padres e hijos evolucionó para adoptar esa forma. Y cuando vemos este estilo de crianza en acción —ya sea que estemos haciendo tortillas en un pueblo maya o pescando truchas alpinas en el océano Ártico—, experimentamos esa sensación abrumadora de «Oh, de modo que es así como se supone que se educa...». El niño y el padre encajan como en un machihembrado, a caja y espiga, o, incluso mejor, como dos piezas de Nejire kumi tsugi, el arte japonés de las uniones en madera, que encajan entre sí sin clavos ni tornillos. Es precioso.

Nunca olvidaré la primera vez que presencié ese estilo de crianza. Sentí que se modificaba mi centro de gravedad.
Por entonces, hacía seis años que era reportera para la NPR. Antes, había trabajado siete años como química, formada en Berkeley. Así que, como periodista, me centré en noticias sobre medicina: enfermedades infecciosas, vacunas y salud infantil. La mayoría de las veces trabajaba en mi escritorio de San Francisco. Pero, de vez en cuando, la NPR me enviaba a algún lugar recóndito del mundo para informar sobre una enfermedad exótica. Fui a Liberia durante el pico del brote de ébola, cavé en el permafrost del Ártico en busca del virus de la gripe en descongelamiento, y me adentré en una cueva de murciélagos de Borneo mientras un investigador especializado en virus me advertía de la futura pandemia de coronavirus (fue en el otoño de 2017).
Después de que Rosy llegara a nuestras vidas, esos viajes adquirieron un nuevo significado. Empecé a observar a los padres y madres del mundo, no tanto como periodista o científica, sino como una madre exhausta que buscaba desesperadamente alguna perla de sabiduría sobre la educación de los hijos. «Tiene que haber otra opción mejor —pensaba—. Tiene que haberla.»
Tiene que haber otra opción mejor.
Tiene que haberla.
Después, en un viaje a Yucatán vi, de cerca y en persona, la forma de crianza universal. La experiencia me afectó profundamente. Volví a casa y empecé a reorientar por completo mi carrera profesional. En lugar de estudiar sobre virus y bioquímica, quería aprender todo lo posible acerca de esa forma de relacionarse con los pequeños humanos: esa manera tan cautivadora y bondadosa de criar niños serviciales y autónomos.
En primer lugar, si estás leyendo este libro, gracias. Gracias por tu tiempo y tu atención. Sé lo valiosos que son para los padres. Con el apoyo de un equipo fantástico, me he esforzado mucho para que este libro valga la pena para ti y para tu familia.
En segundo lugar, lo más probable es que te hayas sentido un poco como yo y mi marido: desesperados por tener mejores herramientas y consejos. Es posible que ya hayas leído varios libros y que, como un científico, hayas experimentado con diferentes métodos con tus hijos. Quizá al principio te emocionaste porque el experimento parecía prometedor, solo para sentirte peor cuando, unos días después, por desgracia, todo se iba al traste. He vivido ese ciclo frustrante durante los dos primeros años y medio de la vida de Rosy. Los experimentos fracasaron una y otra vez.
Uno de los grandes objetivos de este libro es ayudarte a detener ese ciclo frustrante. Al aprender esta forma de educación universal, tendrás una idea de cómo se han criado a los niños durante decenas de miles de años, cómo están diseñados para ser educados. Empezarás a comprender por qué se comportan mal, y tendrás la capacidad de evitarlo cortándolo de raíz. Aprenderás una manera de relacionarte con tus hijos que, durante milenios, padres y madres de los seis continentes han puesto en práctica, una manera que, actualmente, no aparece en los libros sobre cómo educar a los niños.
El problema principal de los consejos sobre la educación de los hijos es que, la mayoría de ellos, provienen de la perspectiva euro-americana. Sin duda, el libro de Amy Chua Madre tigre, hijos leones: una forma diferente de educar a las fieras de la casa aportó una mirada refrescante a la educación china para criar bien a los niños, pero, en líneas generales, las ideas contemporáneas sobre la educación se basan casi exclusivamente en el paradigma occidental. De modo que los padres y madres estadounidenses solo ven el panorama de la educación a través de una diminuta ranura. Esta visión estrecha no solo impide ver las zonas más cautivadoras (y útiles) del panorama, sino que tiene implicaciones de largo alcance: es una de las razones de por qué educar a los hijos es tan estresante hoy día, y también de por qué los niños y los adolescentes estadounidenses son cada vez más solitarios, tienen más ansiedad y están más deprimidos.
Actualmente, alrededor de un tercio de los adolescentes tiene síntomas que encajan con los criterios de un trastorno de ansiedad, según un estudio de Harvard.[1] Más del 60 por ciento de los estudiantes universitarios afirman sentir una ansiedad «abrumadora»,[2] y la generación Z, en la que se incluyen los adultos nacidos entre mediados de la década de 1990 y principios del nuevo siglo, es la generación más solitaria de las últimas décadas.[3] Y, aun así, el estilo de educación que predomina en Estados Unidos va en la dirección de exacerbar esos problemas, en lugar de resolverlos. «Los padres han adoptado el modo control —afirmó la psicoterapeuta B. Janet Hibbs en 2019—. Solían incentivar la autonomía [...]. Pero ahora ejercen cada vez más control, lo cual provoca que sus hijos sientan más ansiedad y que estén menos preparados para lo impredecible.»[4]
Si el estado «normal» de los adolescentes en nuestra cultura contemporánea es la ansiedad y la soledad, tal vez haya llegado el momento de que los padres examinen lo que es una educación «normal». Si de verdad queremos comprender a nuestros maravillosos hijos —conectar realmente con ellos—, quizá tendremos que salir de nuestra zona de confort cultural y aprender de otros padres de los que apenas oímos hablar.
Tal vez haya llegado la hora de ampliar nuestro estrecho campo de visión y ver lo hermosa —y poderosa— que puede ser la educación.
Es otro de los objetivos de este libro: empezar a rellenar las lagunas de conocimiento que tenemos sobre la educación. Y, para ello, vamos a fijarnos en culturas que ofrecen una gran cantidad de conocimientos útiles: la de los cazadores-recolectores y otras culturas indígenas con valores parecidos. Esas culturas han perfeccionado sus estrategias educativas durante miles de años. Los abuelos y las abuelas han transmitido sus conocimientos de generación en generación, y han equipado a los nuevos padres y madres con un enorme cofre lleno de herramientas diversas y potentes. De manera que los padres saben cómo lograr que los niños hagan sus tareas sin tener que pedírselo, que los hermanos cooperen (y no se peleen) y cómo disciplinar sin gritar, regañar o aislar. Son maestros de la motivación y expertos en fomentar las funciones ejecutivas de los niños, y les aportan habilidades como la resiliencia, la paciencia y el control de la ira.
Lo más sorprendente es que, en muchas culturas de cazadores-recolectores, los padres crean una relación con sus hijos que es notablemente diferente de la que tenemos en Estados Unidos: se basa en la cooperación en lugar de en el conflicto, en la confianza en lugar de en el miedo, y en las necesidades personales en lugar de unos niveles de desarrollo estandarizados.
Así que, mientras que yo criaba a Rosy con una sola herramienta —un martillo muy potente y ruidoso—, muchos otros padres del planeta cuentan con un conjunto extenso de instrumentos de precisión, como destornilladores, poleas y niveladores, y pueden utilizarlos siempre que los necesiten. En este libro aprenderemos todo lo que podamos sobre estas superherramientas y, en especial, sobre cómo utilizarlas en el hogar.
Y, para ello, accederé a la fuente original de información: los padres y madres. Visitaremos tres culturas —la maya, la hadza y la inuit— que sobresalen en algunos aspectos de la educación que son problemáticos en Occidente. Las madres mayas son unas maestras en la crianza. Han desarrollado una forma de colaboración sofisticada que no solo enseña a los hermanos a llevarse bien, sino también a trabajar juntos.[5] Los padres hadza son expertos mundiales en criar niños desenvueltos y autónomos.[6] La ansiedad y la depresión que observamos en Estados Unidos es desconocida en las comunidades hadza. Y los inuit han desarrollado una manera notablemente efectiva de enseñar a los niños la inteligencia emocional, sobre todo para controlar la ira y respetar a los demás.[7]
En el libro dedicaremos una parte a cada cultura. Y en cada parte del libro, conoceremos a varias familias y sus rutinas diarias. Veremos cómo los padres preparan a los niños para que vayan al colegio, cómo los acuestan y cómo los motivan para que compartan, traten bien a sus hermanos y asuman nuevas responsabilidades de forma personalizada.
Además, a esos superpadres y supermadres les plantearemos un desafío, una encrucijada educativa que deberán resolver delante de mí. Les daremos a Rosy.
Sí, has leído bien. Para escribir este libro, me he embarcado en un viaje épico y, según algunos, descabellado. Con mi hija a la espalda, he viajado a tres comunidades veneradas de todo el mundo, hemos vivido con sus familias y hemos aprendido todos los detalles sobre su forma de educar. Rosy y yo dormimos en una hamaca bajo la luna llena de los mayas, ayudamos a un abuelo inuit a pescar narvales en el océano Ártico y aprendimos a encontrar tubérculos con las madres hadza de Tanzania.
Por el camino, contacté con antropólogos y biólogos evolutivos para comprender cómo estas estrategias educativas no son específicas de esas familias y culturas, sino que son generalizadas en el mundo actual y a lo largo de la historia humana. Leerás lo que psicólogos y neurocientíficos me explicaron al respecto de en qué manera las herramientas y los consejos pueden influir en la salud mental y el desarrollo de los niños.

En cada parte del libro encontrarás guías prácticas para aplicar esos consejos con tus propios hijos. Te ofreceré recomendaciones para que pongas en práctica con tus niños esas estrategias y veas si funcionan, y también una guía más extensa para integrarlas en tu vida diaria. Estas secciones prácticas provienen de mi experiencia personal, así como de la de mis amigos, de educar a niños en San Francisco.
Cuando salgamos de Estados Unidos, veremos con nuevos ojos la forma de educar occidental. Comprobaremos que nuestra cultura tiene con frecuencia elementos contraproducentes respecto a los niños: interferimos mucho, no creemos lo suficiente en ellos, no confiamos en su habilidad innata para saber qué necesitan para crecer. Y, en muchos casos, no hablamos su mismo idioma.
En particular, nuestra cultura se centra casi completamente en un aspecto de la relación padres-hijos.[8] Es el control: cuánto control puede ejercer el progenitor sobre su hijo, y cuánto control trata de ejercer el hijo sobre su progenitor. Los «estilos» educativos más comunes están relacionados con el control. Los padres «helicóptero» ejercen el control máximo. Los padres «vuelo libre» ejercen un control mínimo. En nuestra cultura, se considera que, o bien el progenitor tiene el control, o bien lo tiene el niño.
Esta visión educativa plasma un problema fundamental: nos predispone a una lucha de poder, con peleas, gritos y lágrimas. A nadie le gusta que lo controlen. Tanto los padres como los hijos se rebelan contra ello. De manera que, cuando interactuamos con nuestros hijos en términos de control —ya sea el progenitor controlando al niño o al revés—, establecemos una relación de adversarios. La tensión aumenta. Comienzan las discusiones. Las luchas de poder son inevitables. Para un niño de dos o tres años, que no puede gestionar sus emociones, esas tensiones provocan un estallido físico.
Este libro te introducirá en una nueva dimensión de la educación que, en gran medida, se ha dejado de lado en Estados Unidos durante el último medio siglo. Es una forma de relacionarse con los niños que no tiene nada que ver con el control, ni en términos de tomarlo ni en términos de ceder ante él.

Quizá todavía no te hayas percatado de cuántas de tus dificultades como padre tienen su origen en el control. Pero, cuando suprimimos el control de la ecuación educativa (o, al menos, cuando lo limitamos), es increíble lo rápido que se deshacen las dificultades y la resistencia, como la mantequilla en una sartén. ¡Ánimo! Prueba lo que te propongo y comprobarás que esos momentos tan frustrantes —cuando te lanzan los zapatos, cuando tienen una pataleta en el súper, cuando no quieren irse a dormir— ocurren cada vez con menor frecuencia, hasta que acaban por desaparecer.
Por último, unas pocas palabras sobre las intenciones que persigo con este libro.
Lo último que quiero, con cualquier parte de este libro, es que sientas que, como padre o madre, lo estás haciendo mal. Los padres ya tenemos un montón de dudas e inseguridades, y no deseo añadir más. Mi propósito es precisamente lo contrario: empoderarte y apoyarte como padre, al tiempo que te ofrezco un conjunto de herramientas y consejos que actualmente está fuera del debate educativo. He escrito este libro con el propósito de que sea el que me habría gustado tener cuando estaba tumbada en la oscuridad aquella fría mañana de diciembre sintiendo que había tocado fondo como madre.
Mi otro deseo es hacer justicia a los padres que presento en este libro, que nos abrieron sus hogares y sus vidas a Rosy y a mí. Son familias de culturas diferentes a la mía y, probablemente, también diferentes a la tuya. Hay muchas formas de considerar esas diferencias. En Estados Unidos, a menudo nos centramos en los problemas y las dificultades de esas culturas. Incluso censuramos a los padres de culturas diferentes cuando no siguen las normas de la nuestra. En otras ocasiones, nos decantamos en exceso en el sentido opuesto y las idealizamos al creer que poseen una «magia antigua» o que viven en un «paraíso perdido». Ambas líneas de pensamiento están categóricamente equivocadas.
No hay duda de que en estas culturas la vida puede ser difícil, como en cualquier otra. Las comunidades han sufrido y sufren tragedias, enfermedades y tiempos convulsos (a veces, provocados por la cultura occidental). Igual que tú y yo, esos padres trabajan con ahínco, con frecuencia en diversos empleos. Cometen errores con sus hijos y acaban arrepintiéndose de algunas decisiones. Igual que tú y yo, no son perfectos.
A la vez, ninguna de esas culturas es una reliquia congelada en el tiempo. Nada más lejos de la realidad. Las familias de este libro son tan «contemporáneas» (a falta de una palabra mejor) como tú y yo. Tienen teléfonos inteligentes, tienen cuentas en Facebook (a menudo), siguen CSI, y les encanta Frozen y Coco. Los niños comen Froot Loops para desayunar y ven películas después de la cena. Los adultos se apresuran por la mañana para que los niños se preparen para el colegio y comparten cervezas con los amigos durante las relajadas tardes de los sábados.
Pero esas culturas sí poseen algo que falta en la cultura occidental contemporánea: tradiciones educativas profundamente arraigadas y la riqueza de conocimientos que las acompaña. Y no cabe duda de que los padres de este libro tienen una habilidad increíble para comunicarse, motivar y cooperar con los niños. Si pasamos una hora o dos con esas familias, lo veremos con claridad.
Por lo tanto, en este libro, mi objetivo explícito es centrarme en las excelentes habilidades de esos padres. Durante mis viajes, quise conocer a otros seres humanos, conectar con ellos de la forma más auténtica posible y aprender de sus amplias experiencias. Para luego, también, hacerte partícipe de ellas, lector. Al compartir estas historias contigo, quiero honrar y respetar a las personas (y las comunidades) que aparecen en ellas, tan bien como pueda. Y deseo devolverles el favor. Así pues, el 35 por ciento de mi anticipo por este libro irá a las familias y las comunidades que estás a punto de conocer. Para exponer de forma ecuánime las opiniones de todos a lo largo del libro, utilizaré el nombre de cada persona cuando me refiera a ella por segunda vez.
De acuerdo, pues. Pero antes de que nos embarquemos en este viaje y nos sumerjamos en tres de las culturas más venerables del mundo, debemos ocuparnos aún de una cuestión. Tenemos que echarnos un vistazo a nosotros mismos y averiguar por qué educamos a nuestros hijos como lo hacemos. Veremos que muchas de las técnicas y las herramientas que damos por sentadas —y de las que nos enorgullecemos— tienen unos orígenes bastante endebles y sorprendentes.
PRIMERA PARTE
El raro y salvaje Occidente
1
Los padres más raros del mundo
En la primavera de 2018 estaba sentada, casi en un estado de apoplejía, en el aeropuerto de Cancún. Contemplaba los aviones mientras me asaltaban los pensamientos de lo que acababa de presenciar. ¿Era cierto?
¿De verdad la educación podía ser tan fácil?
Solo unos días antes había viajado a un pequeño pueblo maya en medio de la península de Yucatán. Había acudido a documentarme para un reportaje radiofónico sobre la capacidad de concentración de los niños. Un estudio afirmaba que los niños mayas tenían, en ciertas situaciones, mayor capacidad de concentración que los niños estadounidenses, y quería saber por qué.
Pero después de pasar un día en el pueblo, enseguida vislumbré una investigación más importante bajo los techos de paja. Algo mucho más importante.
Dediqué horas y horas a entrevistar a madres y abuelas sobre la crianza de los hijos, y las observé mientras gestionaban los berrinches de los bebés, o motivaban a los niños para hacer los deberes y los persuadían para que se sentaran a la mesa para cenar. Básicamente, un ejemplo de la rutina diaria. También les hice preguntas sobre los aspectos más duros de la educación, por ejemplo, acerca de cómo se preparaban para salir cada mañana de casa y acostar a los niños por la noche.
Lo que presencié me dejó sin palabras. Nunca había visto nada parecido. Era distinto de los métodos empleados por las supermamás de San Francisco, distinto de lo que yo había vivido de niña y prácticamente lo opuesto de lo que estaba haciendo con Rosy.
Mi forma de educar era un descenso aterrador por unos rápidos vertiginosos, con dramas, gritos y lágrimas en abundancia (por no hablar de las rondas inacabables de negociación y disputas por ambas partes). Con las madres mayas, en cambio, me sentí navegar por un río ancho y sereno, serpenteando un valle montañoso, con un cauce constante y suave. Agradable. Fácil. Y con muy pocos dramas. No había gritos, ni se daban órdenes (en ninguna dirección) ni se atosigaban. Pero era efectivo. ¡Muy efectivo! Los niños eran respetuosos, amables y colaboradores, no solo con su madre y su padre, sino también con sus hermanos. Parecía increíble, pues la mitad de las veces los padres ni siquiera tenían que pedir a sus hijos que compartieran una bolsa de patatas fritas con sus hermanos pequeños. Lo hacían voluntariamente.
Pero lo que más me sorprendió fue la buena disposición de los niños. Allí donde fui, vi a niños de todas las edades ayudando de buena gana a sus padres. Una niña de nueve años se bajó de la bici y fue corriendo para abrir la llave de paso de una manguera que su madre se disponía a usar. Otra niña de cuatro años se ofreció voluntaria para ir corriendo al colmado de la esquina y comprar unos tomates (con la promesa de un caramelo, eso sí).
Y después, la última mañana de mi visita, presencié el acto definitivo de buena disposición, y provino de alguien que, en principio, no debía de estar muy predispuesta: una chica preadolescente, durante sus vacaciones de Semana Santa.
Yo estaba sentada en la cocina de esa familia, hablando con la madre, María de los Ángeles Tun Burgos, mientras cocinaba unos frijoles sobre un fogón de carbón. María llevaba su larga melena negra recogida en una elegante cola de caballo y un vestido azul marino acampanado sujeto por la cintura.
—Las dos mayores todavía están durmiendo —dijo María al tiempo que se sentaba en una hamaca para descansar.
Al parecer, la noche anterior ambas chicas se habían quedado despiertas hasta tarde viendo una película de tiburones terrorífica.
—Y las encontré juntas en una hamaca, a medianoche, hechas un ovillo —concluyó María, que rio suavemente y luego sonrió—. Así que voy a dejar que duerman un poco más.
María trabaja muchísimo. Se ocupa de todas las tareas de la casa, prepara todas las comidas —hablamos de tortillas recién hechas cada día, con maíz que muele a la piedra— y ayuda con el negocio familiar. Y, sin importarle el caos que la rodeaba durante nuestra visita, María siempre estaba fresca como una rosa. Incluso cuando advirtió a su hija más pequeña, Alexa, que no tocara el fogón de carbón, se lo dijo con una voz calmada y el rostro relajado. No transmitía ni urgencia, ni ansiedad ni estrés. Y, en contrapartida, sus hijas eran maravillosas con ella. Respetaban sus peticiones (casi todas). No discutían ni le respondían.
Charlamos durante unos minutos más y luego, al levantarme para irme, la hija de doce años de María, Ángela, salió del dormitorio. Llevaba unos pantalones piratas negros, una camiseta roja y unos pendientes dorados, como cualquier preadolescente de California. Pero hizo algo que nunca he visto en California. Pasó entre nosotras y, sin mediar palabra, cogió un balde de agua jabonosa y se puso a lavar los platos del desayuno. Nadie se lo había pedido. No había ningún programa de tareas de la casa colgado de la pared. (De hecho, como veremos, es posible que los programas de tareas inhiban este tipo de actos voluntarios.) En lugar de ello, Ángela, sencillamente, vio que había platos sucios en el fregadero y se puso manos a la obra, a pesar de que estaba de vacaciones.
—¡Caramba! —exclamé—. ¿Ángela se ofrece voluntaria para ayudar?
Yo estaba anonadada, pero María ni se inmutó.
—No lo hace todos los días, pero bastantes sí —respondió—. Si ve que hay algo que hacer, no se lo piensa. Una vez llevé a la pequeña a la clínica y, cuando regresé, Ángela había limpiado toda la casa.

Me acerqué a Ángela y le pregunté por qué había decidido fregar los platos. La respuesta me derritió el corazón.
—Me gusta ayudar a mi madre —contestó en español mientras lavaba un plato amarillo.
—Y cuando no ayudas a tu madre, ¿qué haces? —pregunté.
—Ayudo a mi hermana pequeña —dijo con orgullo.
Me dejó con la boca abierta. «¿Qué niña de doce años se levanta de la cama y, antes de hacer cualquier cosa, se pone a fregar los platos? —me pregunté—. Y, por si fuera poco, cuando está de vacaciones... ¿Esto está pasando de verdad?»
De modo que, varios días después, mientras esperaba en el concurrido aeropuerto de Cancún contemplando los aviones, no podía dejar de pensar en Ángela, en su deseo auténtico de ayudar y en su adorable amor por la familia. ¿Cómo lo lograban María y el resto de las madres mayas? ¿Cómo educan a unos hijos tan cooperativos y respetuosos?
Esas mujeres hacían que criar a un hijo pareciera, y me atrevo a decirlo, fácil. Y yo quería conocer sus secretos. Quería que mi relación con Rosy fuera igual de calmada y relajada. Quería salir de los aterradores rápidos y navegar por un río ancho y serpenteante.
Después, dejé de observar los aviones y me fijé en los turistas estadounidenses que estaban sentados delante de mí, preparándose para embarcar en el avión hacia San Francisco. Y en ese momento vi la luz: ¿era posible que yo tuviera tantos problemas con Rosy, no porque fuera una mala madre, sino porque nadie me había enseñado a ser una buena madre? ¿Acaso mi cultura había olvidado cuál era la mejor forma de educar a los hijos?
He aquí un experimento rápido. Fíjate en estas dos líneas. ¿Cuál es la más corta? ¿La de la figura A o la de la figura B?

La respuesta es evidente, ¿verdad? ¿O no?
Si se lo preguntáramos a un pastor de ganado de Kenia, ¿qué diría? ¿Y un cazador-recolector de una diminuta isla de Filipinas? ¿Cuál de los dos respondería correctamente? ¿Y a quién le engañaría la ilusión óptica?
En la década de 1880, un joven psiquiatra alemán, Franz Carl Müller-Lyer, se propuso estudiar el modo en que el cerebro humano percibe el mundo.[1] Con apenas treinta años ya era una estrella en su disciplina. En aquella época, las ilusiones ópticas estaban de moda en la psicología. Y Franz pensó que podía revolucionarla. Así que empezó a dibujar. Trazó dos líneas de igual longitud: una con puntas de flecha convencionales, como la figura A, y otra con puntas de flecha a la inversa, como la figura B. Franz se dio cuenta enseguida de que, aunque las líneas tenían exactamente la misma longitud, parecían diferentes. La forma de las puntas engaña al cerebro haciéndole creer que B es más larga que A.
Con ese dibujo creó la que se convertiría en la ilusión óptica más famosa de la historia.
Franz la publicó en 1889 y, de inmediato, los científicos trataron de averiguar por qué la vista —o el cerebro— nos engaña. ¿Por qué no vemos las líneas como son, es decir, de igual longitud? La ilusión revela algo universal sobre la percepción humana.
Después, un siglo más tarde, un equipo de investigadores revolucionó la psicología para siempre y cambió nuestra comprensión de la ilusión Müller-Lyer, lo cual nos ayudó a entender el cerebro humano.
En 2006, Joe Henrich acababa de trasladarse a su nuevo despacho en la Universidad de la Columbia Británica, en Vancouver, cuando, en el pasillo, se hizo amigo de otro psicólogo. Poco podía sospechar que esa amistad iba a provocar un cambio fundamental en los estudios de psicología, o, como dijo el propio Joe, «una verdadera puñalada en el corazón de la psicología».
Joe es un gran pensador. Estudia qué motiva a las personas a colaborar con otras, o, a la inversa, qué las empuja a declararse la guerra, y cómo esas decisiones de colaboración han hecho de nuestra especie la más dominante de la tierra.
Joe también forma parte de una rara estirpe de psicólogos llamados «interculturales». No hace experimentos únicamente con europeos o estadounidenses, sino que viaja a otros lugares, como Fiji o la Amazonia, para estudiar cómo responden a los experimentos personas de otras culturas.
En ese mismo pasillo también trabajaba otro psicólogo intercultural llamado Steve Heine. Estudiaba qué es lo que para las personas da «sentido» a su vida y cómo esa percepción cambia en diferentes lugares del mundo. Igual que Joe, Steve quería saber cómo funciona el cerebro humano, no solo el cerebro occidental.
Puesto que a ambos les interesaban otras culturas, Joe y Steve quedaban para almorzar cada mes. Se iban a la cafetería de la universidad, pedían comida china para llevar y charlaban sobre sus investigaciones en curso. Una y otra vez, Joe y Steve detectaron un patrón: los europeos y los estadounidenses solían comportarse de forma diferente a las personas de otras culturas. «Precisamente, hacíamos experimentos a gente rara —dijo Joe—. Steve y yo estábamos perplejos. Y empezamos a preguntarnos: ¿era posible que los norteamericanos fueran los más raros de todo el planeta?»
En aquel momento, la idea solo era una hipótesis surgida durante un almuerzo. Pero a Joe y Steve les picó tanto la curiosidad que decidieron hacer algunas pruebas. La pareja incorporó al equipo a su colega Ara Norenzayan, un psicólogo que estudia cómo se divulgan las religiones y generan cooperación. Juntos empezaron a revisar metódicamente docenas de estudios en psicología, ciencias cognitivas, economía y sociología.
Desde el primer momento, se dieron cuenta de que había un problema grave. La psicología tiene un sesgo masivo. La gran mayoría de los estudios —alrededor del 96 por ciento— solo examina a personas con ascendentes europeos.[2] Y, sin embargo, los descendientes de europeos únicamente constituyen el 12 por ciento de la población mundial. «De modo que la disciplina completa de la psicología solo estudia una pequeña parte de la humanidad», advirtió Joe.
Ese sesgo occidental no es un problema si el objetivo de la investigación es estudiar cómo piensan y se comportan los occidentales. Pero es un gran obstáculo si el objetivo es estudiar cómo piensan y se comportan los humanos, sobre todo cuando la parte de la humanidad que se estudia es una rareza, como resulta que somos los occidentales. Es como entrar en una heladería Baskin-Robbins y probar solo el sabor de chicle rosa, ignorar el resto y publicar un artículo en el que se afirma que todos los helados tienen trozos de chicle.
¿Qué ocurre cuando también se selecciona el resto de los sabores?
Para saberlo, Joe, Steve y Ara analizaron los pocos experimentos que se llevaron a cabo sobre personas ajenas a Estados Unidos y después los compararon con los que se hicieron sobre los occidentales. Con mucha frecuencia, los resultados no concordaban. Los occidentales se escoraban en un extremo del espectro del comportamiento, mientras que las personas de culturas indígenas solían agruparse en la parte media del espectro.
La conclusión de estos análisis fue sorprendente: las personas de las sociedades occidentales, «incluyendo los niños, están entre las poblaciones menos representativas que pueden encontrarse a la hora de generalizar sobre los seres humanos», escribió el equipo en 2010.[3] Incluso acuñaron un acrónimo pegadizo para describir el fenómeno, y denominaron a nuestra cultura con la palabra WEIRD (rara) que, por sus siglas en inglés, significa Occidental, Educada, Industrializada, Rica y Democrática.
Joe y sus colegas publicaron un artículo de veintitrés páginas titulado «¿La gente más rara del mundo?». Y, en un segundo, la visión etnocéntrica de la psicología se derrumbó. No consistía tanto en que el emperador fuera desnudo, sino que era más como si estuviera bailando con ropa occidental y fingiera representar a toda la humanidad.
Las personas WEIRD son raras en más de una docena de aspectos, concluía el estudio, sobre todo en su forma de cooperar, gestionar el castigo, impartir justicia, pensar en el «yo», elegir valores y ver el espacio tridimensional.
Fijémonos, por ejemplo, en la ilusión óptica anterior.
En la década de los cincuenta y los sesenta, los científicos testaron la ilusión de Müller-Lyer en, al menos, catorce culturas, entre ellas, los pescadores de Nigeria, los recolectores del desierto del Kalahari y los cazadores-recolectores de la Australia rural.[4] También la probaron con sudafricanos de ascendencia europea, así como con adultos y niños de Evanston, Illinois.
El experimento era sencillo. Los investigadores mostraban las ilustraciones y les preguntaban qué diferencias veían. Lo que descubrieron fue tan sorprendente que a algunos psicólogos les costó creérselo, y todavía se debate la causa subyacente de los resultados.[5]
Los estadounidenses fueron bastante susceptibles a la ilusión. De media, los voluntarios de Illinois creyeron que la línea B era un 20 por ciento más larga que la línea A. Eran resultados que concordaban con estudios anteriores. Nada nuevo.
Pero cuando los investigadores analizaron los resultados de otras culturas, la cuestión se reveló interesante. En algunas culturas indígenas, como en la de los cazadores-recolectores del sur de África y en la de los agricultores de Costa de Marfil, la ilusión no engañaba a nadie.[6] Veían las líneas tal como eran: de igual longitud. En el resto de las culturas, la susceptibilidad a la ilusión estaba entre los dos extremos: los crédulos estadounidenses y los imperturbables africanos. Los integrantes de las otras catorce culturas pensaron que las líneas eran de longitud diferente, pero no tan diferente como creían los estadounidenses.
La hipótesis de los investigadores fue que los estadounidenses se engañan más porque vivimos en «entornos de carpintero», o de ángulos rectos.[7] Es decir, estamos rodeados de cajas. Allí donde miremos, hay cajas. Vivimos en ellas (casas), dormimos en ellas (camas), cocinamos en ellas (cocinas), nos transportamos en ellas (trenes) y llenamos nuestros hogares de cajas (armarios, escritorios, sofás, cómodas, etcétera).
Los investigadores coligen que esta exposición a las cajas formatea nuestro cerebro para percibir la ilusión Müller-Lyer de forma peculiar: al ver las dos flechas, el cerebro toma un atajo.[8] De manera inconsciente, convertimos las líneas bidimensionales de la página en los bordes de cajas tridimensionales (o, más específicamente, en dibujos de bordes). ¿Por qué esta modificación inconsciente nos hace creer que la línea de arriba es más corta que la de abajo? Imaginemos que las dos líneas son los bordes de un edificio. La línea de abajo, con las puntas hacia fuera, parece un borde que se aleje de nuestro punto de vista, o que está más lejos de nosotros. La línea de arriba, con las puntas convencionales, parece un borde que apunta hacia nosotros, o que está más cerca de nosotros. Por esta razón el cerebro alarga la línea de abajo, porque cree que está más alejada que la de arriba, que percibimos más cerca.
Sin embargo, en muchas otras culturas las personas no están rodeadas de cajas ni de ángulos rectos, sino, por el contrario, de figuras curvadas y romas. Los hogares y los edificios, con frecuencia, tienen diseños parecidos a cúpulas o están fabricados con materiales más maleables, como juncos o arcilla. Y cuando esas personas salen de casa no caminan por una acera con farolas (que forman ángulos rectos), sino que deambulan por la naturaleza. Una naturaleza que es exuberante: árboles, plantas, animales y tierra. Y la naturaleza prescinde de los ángulos rectos: ama las curvas.
De modo que cuando una mujer san del desierto del Kalahari mira las dos líneas de la ilusión Müller-Lyer en un papel, no se deja engañar por las puntas de flecha. Su cerebro no colige de manera automática que esas líneas representan los bordes tridimensionales de una caja. En lugar de ello, ve lo que realmente está dibujado en la hoja: dos líneas de igual longitud.
Al llevar a cabo la prueba Müller-Lyer en diferentes culturas, los investigadores expusieron una fisura colosal en los fundamentos de la psicología. Los descubrimientos mostraron que la cultura y el entorno en el que crecemos pueden configurar profundamente las funciones cerebrales básica
