A modo de prólogo
¡Hola! Si estás empezando a leer este libro es que eres un valiente (o una valiente) y crees que es posible educar en un mundo lleno de pantallas; o que al menos merece la pena intentarlo. Enhorabuena, porque ese es sin duda el primer paso: tu actitud para querer integrar el entorno digital de una manera proactiva en la educación de tus hijos.
Los padres y los educadores nos enfrentamos con frecuencia a una batalla interior constante porque oímos mensajes contradictorios. Muchas veces pensamos en la educación con respecto a las pantallas como blanco o negro. Las corrientes de la opinión pública no ayudan; pasamos de un extremo a otro con relativa facilidad: de promover el acceso a una pantalla desde que nacen a defender que lo mejor es que no tengan móvil hasta los dieciocho años.
La realidad probablemente se parece más a una escala de grises. En España, a los diez años, un 20 por ciento ya tiene móvil propio; a los doce años, un 67 por ciento, y a los catorce años, más de un 90 por ciento.[1] Esta situación conlleva algunos riesgos que querríamos evitar y muchos retos pendientes para conseguir una convivencia saludable con la tecnología. Aunque todavía hay muchas incógnitas sobre cuál es el mejor modo de educar en un mundo lleno de pantallas, también hay muchas certezas.
En Empantallados llevamos más de cinco años dedicados a escuchar las dudas y las preocupaciones de padres y madres; a investigar cuál es el impacto de las pantallas en la vida familiar, y a hablar con numerosos expertos de la educación, la salud y la tecnología.
Lo cierto es que la mayoría de las situaciones que nos plantean los padres son similares. Y lo que a primera vista parece imposible de solucionar… puede mejorarse cambiando determinados hábitos y teniendo en cuenta algunas propuestas que encontrarás en estas páginas.
UNA OPORTUNIDAD PARA EDUCAR
Nuestros hijos no han elegido nacer ahora, pero nosotros sí tenemos la responsabilidad de acompañarlos. Quizá no sea una tarea fácil, pero sabemos que si tú como padre o educador te implicas, muchas cosas cambiarán.
En primer lugar, es difícil porque no tienes una tradición familiar previa a la que apelar en caso de duda: ¿cómo hacía mi padre o mi madre para que no usase tanto el móvil?, ¿cómo gestionaba mi abuela las comidas familiares con tanta pantalla?
Y, en segundo lugar, está claro que cada época tiene su afán y sus retos educativos propios. Nicholas Carr, famoso por su artículo «Is Google Making Us Stupid?» y su libro Superficiales, subraya que internet está modificando nuestro cerebro. Es verdad que un uso abusivo de las pantallas puede perjudicarnos, pero es interesante ver como ese mismo autor reconoce que en la época de Sócrates muchos se llevaron las manos a la cabeza con la introducción de la escritura, que consideraban una amenaza que los convertiría en «pensadores menos profundos».
«Mucho mejor que una palabra escrita en el agua de la tinta es una palabra grabada por la inteligencia en el alma del que aprende», afirmaban. Esta sentencia es el reflejo de las tensiones creadas por la transición de una cultura oral a otra escrita. Hoy día resulta obvio el valor de la alfabetización y nadie querría ser analfabeto... Estamos convencidos de que, igual que la escritura y los libros, las pantallas son una herramienta que, bien utilizada, puede llevarnos muy lejos.
A raíz del confinamiento por la COVID-19, la tecnología nos demostró su gran capacidad para permitirnos estar conectados, trabajando, con clases online… (¡qué diferente hubiera sido el confinamiento sin internet!). Pero también nos hemos dado cuenta de que es más necesario que nunca pararse a reflexionar sobre cuál queremos que sea el papel de las pantallas en nuestra vida y en la de nuestros hijos: aprovechando todas las potencialidades y canalizando las facetas que no son tan positivas. Puede que se te haya ido de las manos el uso que hacéis en casa de las pantallas, pero nunca es tarde para poner un poco de orden.

El momento es ahora; nunca es demasiado pronto y nunca es demasiado tarde para empezar.

En definitiva, la tecnología y el entorno digital pueden ser una gran oportunidad para educar. También en muchos aspectos que a primera vista no tienen nada que ver con las pantallas sino con educar el carácter de los más jóvenes, y que los llevarán a ser más felices hoy y en el futuro.
¿QUÉ ENCONTRARÁS EN ESTE LIBRO?
Nuestra intención es que este libro te ayude en tu tarea educadora, por lo que hablaremos no solo de lo que caracteriza a esta nueva generación (el diagnóstico), sino cómo poder educarla (pautas educativas, que puedas poner en práctica a partir de hoy mismo). Subraya y toma notas de lo que más te ha llamado la atención y podrás incluirlo en el Plan Digital de tu familia, que crearás en la segunda parte.
Asimismo, queremos que este libro te sirva como manual de consulta: podrás acudir al índice por edades y también a la sección de preguntas frecuentes.
Es un libro que quiere acompañar a padres y educadores en las diferentes fases: podrás regalarlo a alguien que acaba de tener un hijo, o a quien te comenta que no sabe qué hacer con su hijo adolescente que no suelta el móvil. Además, te ayudará a ti a tener una relación más consciente con la tecnología.
¡Empezamos!
Introducción: ¿una cuestión de tecnología o una cuestión de educación?
No nos sorprende estar en un restaurante y ver como el niño de la mesa de al lado abre absorto la boca mientras su padre sostiene con una mano el smartphone y con la otra trata de atinar la cuchara dentro de la boca del pequeño.
Tampoco nos impresiona ver en una sala de espera la tranquilidad de un niño de cinco años mientras sus pulgares se mueven ágilmente por la tablet para matar marcianos.
Niños que saben hacer scroll antes que hacer la pinza con los dedos para sostener un lápiz. Apps educativas que prometen horas de sosiego a los padres mientras los niños aprenden idiomas, números o letras a ritmo de animaciones y canciones.
La tecnología nos acompaña en la educación de nuestros hijos como si fuera un miembro más de la familia. Interactúan con ella, ríen, se asombran y lloran si no les dejamos estar más tiempo junto a ella. ¿Es buena esa nanny digital que nos permite hacer un descanso mientras nuestros hijos parecen estar aprendiendo siempre algo nuevo?
Si educar significa ayudar a nuestros hijos a crecer como personas para que sean felices, ¿busca la tecnología ese mismo objetivo?
Como padres, sabemos que la educación es una carrera de fondo cuya culminación no se vislumbra hasta pasado un tiempo. Desafíos, progresos, errores, alegrías, metas que parecen lejanas, objetivos que no creíamos alcanzar y que un buen día están presentes en la rutina de nuestros hijos.
La clave de educar no es otra que querer educar. Querer que nuestros hijos sean mejores revela un deseo, un acto voluntario en el que somos responsables del compromiso que hacemos desde la razón y el corazón. No hay tecnología diseñada para eso. El algoritmo educativo se encuentra en nosotros mismos: los padres.
EL ENTORNO EDUCATIVO: HOGARES MULTIPANTALLAS
Según nuestro informe «El impacto de las pantallas en la vida familiar», publicado en colaboración con GAD3, cada hogar español aglutina una media de cinco dispositivos. Si lo pensamos en frío, en cada casa hay más pantallas que hijos, más pantallas que mascotas o más pantallas que dormitorios. ¿Qué desafío educativo supone esta situación?
Empezando por asumir que esto lo hemos querido así nosotros mismos, nos encontramos ante una realidad que hemos decidido incorporar libremente en nuestro entorno familiar sin protocolos ni manuales de uso. Hemos pensado de antemano que estos dispositivos digitales son siempre una mejora de calidad de vida y de confort familiar: smartphones de última generación para hacer videollamadas con familiares, pantallas de plasma para ver películas en HD como en el cine, sistemas para programar la calefacción a distancia, tablets para leer toda la prensa desde el sofá, videoconsolas para que nuestros hijos jueguen con sus amigos...
Sin darnos cuenta, poco a poco, todo ello nos configura y está determinando nuestra manera de concebir el mundo y de cómo relacionarnos con él. Si la era digital lleva en sí el sello de la innovación y la facilidad para la comunicación, ¿cómo no va a afectar este entorno a la educación de nuestros hijos? ¿Cómo podemos educar en la era de la inmediatez en que la paciencia, la tranquilidad o el tiempo libre brillan por su ausencia?
SIN TRADICIÓN DIGITAL, TODO ES POSIBLE
Como todo reto educativo, los padres del siglo XXI debemos manejar recursos sencillos y eficientes que nos ayuden a alcanzar nuestro objetivo a largo plazo. Para bien o para mal, como ya hemos comentado, no tenemos una tradición tecnológica familiar a la que apelar en caso de duda. Ese modus operandi que guardamos en nuestra memoria de la manera en la que se hacían las cosas en nuestra casa y que sienta las bases sobre la educación que el día de mañana nuestros hijos querrán transmitir a los suyos.
Crear esa tradición desde cero supone un desafío mayor, ya que hay que trazar un mapa mental por adelantado de cómo queremos que nuestros hijos se relacionen con la tecnología desde que nacen hasta que se independizan. Sabemos que el objetivo es el uso responsable y equilibrado que los haga ser mejores personas, pero ¿cómo sabemos si lo estamos consiguiendo a los tres, seis o quince años? ¿Puede un hábito adquirido con tres años determinar la manera en que nuestro hijo conciba la tecnología con quince?
Existen muchos caminos para llegar al mismo objetivo, pero desde nuestra experiencia en Empantallados queremos proponerte tres reglas del juego que es recomendable que todo padre/madre tenga presentes en la educación de sus hijos en entornos digitales:
1. Actitud proactiva: ya no basta con decir «no quiero que mi hijo toque un móvil hasta los dieciocho». La tecnología no es una moda pasajera que será sucedida por otra (además, la pandemia lo ha acelerado todo). Nuestros hijos vivirán en ese entorno multipantalla con total naturalidad, por lo que nosotros debemos adelantarnos y trazar ese mapa de ruta que queremos que sigan de nuestra mano. Se trata de pasar de la preocupación a la ocupación, siendo nosotros los responsables últimos de lo que ocurre en nuestra casa. ¿Quién manda en tu casa: nosotros o las pantallas? Hacernos de vez en cuando esa pregunta nos puede aclarar si estamos poniendo en práctica esta actitud.
2. Informados ante todo: sin información no hay formación y sin formación, no hay libertad de decisión. Tenemos que acudir a las fuentes fiables que nos garanticen que lo que estamos leyendo no es publicidad encubierta. Por ejemplo, hoy en día existen muchas apps que prometen multitud de beneficios para tu bebé, pero la pregunta es: «¿Quiero que mi bebé juegue con una app?». En Empantallados tenemos como tarea ayudar a los padres a formarse un criterio y estar al día. También en estas páginas te hablaremos de otros expertos y fuentes de referencia.
3. Recursos prácticos offline para lo online: parkings de pantallas, plan digital familiar, contratos para el móvil o los videojuegos... Para educar en entornos digitales tenemos que apoyarnos en recursos creativos tangibles offline que sean prácticos y divertidos. El mundo online promete horas y horas de entretenimiento sin límites, por eso desde nuestro hogar tenemos que ponerlos nosotros de manera natural con recursos creativos a modo de juego. Sí, los límites también pueden ser divertidos si sabemos cómo implementarlos. A lo largo de estas páginas te enseñaremos cómo hacerlo: están identificados con el icono
y puedes descargártelos todos en www.empantallados.com/libro.
Teniendo claras estas tres premisas, ya podemos empezar a esbozar nuestro mapa educativo tecnológico. Para trazarlo, tan solo hay que tener claros cuáles son los desafíos del entorno en que nos movemos y los pasos que hay que ir dando según la edad de tus hijos. Pero recuerda: no estás solo en esta tarea. En Empantallados queremos ir contigo de la mano.
SOCIEDAD TECNOLÓGICA VERSUS DESAFÍOS EDUCATIVOS
Tener claro cómo son las inercias de la sociedad tecnológica de hoy nos ayuda a conocer más a fondo el escenario donde vamos a educar a nuestros hijos. Si analizamos el entorno y detectamos sus desafíos, podremos trabajar con mayor acierto algunos aspectos educativos que ayudarán a nuestros hijos a desenvolverse mejor. Lo resumimos en cinco puntos:
• Gratificación instantánea: del deseo a la materialización hay un paso: un clic. Vivimos en una sociedad donde se consume mucho y rápido. Lo quiero, lo tengo. No hay tiempo para sopesar los pros y los contras. Para evitar lo que la experta en tendencias María Zalbidea llama «niños Amazon» debemos insistir mucho en ejercitar desde casa la paciencia. ¿Cómo? No dar inmediatamente lo que piden puede ser un buen comienzo.
• Fracaso en la gestión de la abundancia: la sobreinformación a la que estamos expuestos en la era de internet acaba, paradójicamente, por desinformarnos. Ante el exceso de información nos colapsamos y acabamos siendo vulnerables al engaño. Si a nosotros nos pasa, ¿cómo no les va a pasar a nuestros hijos? Para ello es importante que les enseñemos desde muy pequeños a elegir y saber discernir lo importante. Podemos empezar por limitar las ofertas. En vez de darles a elegir entre el catálogo infantil de Netflix, darles dos opciones concretas: A o B. De esa manera se sienten autónomos y seguros (ellos son los que están eligiendo).
• Preferencia por lo superficial: Siri te recuerda eventos, wazeamos para llegar a un destino, googleamos información o wikipeamos datos históricos. En tres palabras: nos cuesta profundizar. Al tener todo a golpe de clic de manera inmediata eso nos hace prescindir de la memoria. Para que a nuestros hijos no les suceda, tenemos que practicar más en casa las actividades de esfuerzo, tiempo de lectura prolongado (más de diez minutos), juegos de memoria visual, memorizar canciones, etc.
• Economía de la atención: nuestra atención y nuestros datos personales son la moneda de cambio de la industria tecnológica. La capacidad de retener nuestra atención es el modelo de negocio actual por antonomasia. Por ello, para contrarrestar esta inercia tenemos que insistir desde casa en la importancia del aprovechamiento del tiempo. Tres horas haciendo scroll no resulta edificante para nadie. Bueno, sí, solo para las empresas tecnológicas…
• Adictos a las emociones: nuestra sociedad está expuesta constantemente a experiencias vibrantes. Viajes, actividades de ocio nocturnas, productos que te prometen vivir emociones intensas. No sentir ni vivir todo ello te hace ser un perfil inanimado sin likes poco interesante de seguir en las redes sociales. Debemos cuestionar esta burbuja vibrante de felicidad y enseñar a nuestros hijos que a veces lo auténtico es amigo de la no exposición. Y si de paso los ayudamos a gestionar el aburrimiento desde casa, estamos ejercitando dosis de creatividad y mundo interior, mucho más rico que cualquier experiencia «vibrante» de su alrededor.
Con estas pinceladas del escenario donde nos movemos, sabiendo que cada inercia social puede ser contrarrestada desde casa con pequeños gestos, vamos a ir avanzando en nuestro mapa educativo tecnológico.

La tecnología ha llegado para quedarse, aprovechémosla como una oportunidad para educar.

La educación que no tenga en cuenta el entorno digital no será una educación completa. Entender el papel de la tecnología en sus vidas es el primer paso, que intentaremos abordar en las siguientes páginas.
PRIMERA PARTE
Educar en una montaña rusa de emociones
En esta parte te contaremos los principales rasgos de esta generación y cómo tenerlos en cuenta en la educación de tus hijos. En segundo lugar, haremos un recorrido por las diferentes edades y cómo puedes acompañar a tus hijos en el entorno digital. Por último, dedicaremos un capítulo a los padres y educadores.

Los niños del «todo ya»
Si hace cien años hubiésemos preguntado a nuestros antepasados qué cambios se imaginaban en el futuro, muy pocos habrían predicho que podríamos pedir cualquier cosa a través de una pantalla y que nos llegaría en unas horas a la puerta de casa. Hemos presenciado la irrupción de novedades tecnológicas en muy poco tiempo y hay una gran diferencia entre la infancia que vivimos nosotros y la que viven nuestros hijos. Algunas de estas diferencias son evidentes, como el acceso a internet o la posibilidad de crear vínculos con personas totalmente desconocidas desde casa. Y las consecuencias de estos cambios que hay que tener en cuenta en nuestro modo de educar son innumerables.
La relación entre un niño y sus padres, para un extraño que lo mira desde fuera, es muy curiosa. Todos hemos vivido situaciones complicadas que requieren un «por hoy ya es suficiente». Desde moderar la comida a atender las preguntas interminables de los más pequeños. La naturaleza del niño lo lleva a pedir más y nuestra responsabilidad como padres consiste en ayudarlo a dimensionar sus necesidades, a descubrir qué puede esperar hasta el día siguiente y a agradecer lo que tiene ahora.
En este contexto, internet genera un nuevo modo de pedir más. Un modo que no se acaba nunca, que no requiere la disponibilidad de un adulto y que, por otra parte, nunca nos dice «por hoy ya es suficiente».
Imagínate que puedes volver a tener ocho años
