Lecciones de estoicismo

John Sellars

Fragmento

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PRÓLOGO

 

 

 

 

¿Y si alguien te dijera que gran parte de tu sufrimiento es solo una consecuencia de tu modo de pensar? No me refiero al sufrimiento físico, al dolor o al hambre, sino a esas otras cosas que enturbian nuestra vida: la ansiedad, la frustración, el miedo, la desilusión, la cólera, la insatisfacción en general. ¿Qué dirías si alguien afirmara que puede enseñarte a evitar todo eso, puesto que todo eso no es más que el resultado de mirar el mundo de manera equivocada? ¿Te imaginas que evitarlo estuviera a tu alcance, que dependiera solo de ti?

Esto es lo que afirman en sus respectivas obras los tres grandes filósofos estoicos de la antigua Roma: Séneca, Epicteto y Marco Aurelio. Los tres vivieron en los siglos I y II de nuestra era. Séneca fue tutor del emperador Nerón; Epicteto, un esclavo que consiguió la libertad y que fundó una escuela de filosofía, y Marco Aurelio, emperador de Roma. Sus vidas no podrían haber sido más distintas, y, sin embargo, los tres abrazaron el estoicismo como guía para vivir una vida buena.

En la época en que escribían nuestros tres filósofos romanos, la filosofía estoica tenía ya tres siglos de antigüedad. El fundador de la escuela se llamó Zenón y procedía de Chipre. Alrededor del año 300 a. C. visitó Atenas como representante del negocio familiar —era hijo de un mercader— y entró en contacto con algunos filósofos. Muy pronto empezó a estudiar con los maestros de las numerosas escuelas que había en la ciudad, las cuales competían entre sí. En lugar de adscribirse a alguna de ellas, decidió crear la suya propia y empezó a impartir lecciones en la Stoa Pintada, un pórtico que se encontraba en el centro de Atenas. No tardó en tener seguidores, a quienes se les conoció con el nombre de «estoicos» por su costumbre de reunirse en la susodicha stoa. La escuela estoica la perfeccionaron dos discípulos de Zenón, Cleantes y Crisipo. Los dos procedían de Asia menor. Los estoicos posteriores provenían incluso de más lejos, y de más al este, como Diógenes de Babilonia. Ninguna de las obras de estos primeros filósofos estoicos sobrevivió; ninguna llegó a pasar de los rollos de papiro a los pergaminos medievales, y todo lo que sabemos de ellas se basa en citas y resúmenes elaborados por otros autores más tardíos.

Nuestros tres filósofos romanos, en cambio, sí que nos han legado un importante corpus literario. De Séneca, por ejemplo, se han conservado ensayos sobre temas filosóficos variados, un conjunto de cartas a su amigo Lucilio y unas cuantas tragedias. De Epicteto, contamos con una serie de disertaciones escritas por su discípulo Arriano, que recogen enseñanzas de la escuela, y un breve manual que contiene algunos de los temas clave de dichas disertaciones. De Marco Aurelio tenemos algo muy diferente, unos apuntes privados en los que brega con las principales ideas del estoicismo y trata de llevarlas a la práctica en su propia vida.

Las obras de estos tres estoicos romanos han inspirado desde entonces a multitud de lectores y les han enseñado a enfrentarse a las dificultades cotidianas con las que tropezamos, cada uno de nosotros, en nuestro recorrido vital. El tema principal de esas obras es cómo vivir, esto es: cómo llegar a comprender nuestro lugar en el mundo, cómo sobreponernos cuando las cosas no nos salen como nos gustaría, cómo manejarnos con nuestras pasiones, cómo comportarnos con el prójimo. Cómo vivir, en suma, una vida buena, digna de un ser racional como lo es el ser humano. En los próximos capítulos analizaremos en profundidad algunos de estos temas. Empezaremos teniendo en cuenta lo que los estoicos pensaban que podía ofrecernos su filosofía, esto es, una terapia para la mente; exploraremos qué cosas están bajo nuestro control y cuáles se nos escapan; comprobaremos cómo nuestro modo de discurrir puede generar a veces emociones dañinas; a continuación prestaremos atención a nuestra forma de relacionarnos con el mundo exterior y al lugar que ocupamos en él, y terminaremos centrándonos en nuestras relaciones con los demás, de las que proceden tanto las alegrías como las tensiones de la vida diaria. Como veremos, la imagen típica que representa al estoico como un ser aislado e infeliz no le hace justicia a la rica corriente de pensamiento que recorre las obras de nuestros tres filósofos romanos. Sus libros han sido clásicos eternos, inagotables, y con razón. Su popularidad se mantiene intacta hoy en día. Y las nuevas generaciones no dejan de acudir a ellos en busca de lecciones provechosas.

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