La expedición de Humphry Clinker

Tobias Smollett

Fragmento

cap-1

INTRODUCCIÓN

Considerada ampliamente la mejor novela de Tobias Smollett, La expedición de Humphry Clinker se publicó en junio de 1771, tres meses antes de su muerte, a la edad de cincuenta años. Hacía tres había dejado Inglaterra para exiliarse en Italia, donde creó el personaje de Matthew Bramble, un terrateniente enfermo de gota, malhumorado y en apariencia misántropo que recorre Inglaterra y Escocia con sus sobrinos Jery y Lydia; la harpía de su hermana, Tabitha («una solterona de cuarenta y cinco años, muy estirada, vana y ridícula»); una doncella galesa, y su criado, Humphry Clinker. Durante sus viajes por el país, en un carruaje estrecho e incómodo, sufriendo las sacudidas y balanceos pertinentes, y abandonando unas habitaciones ruidosas y abarrotadas por otras, Bramble despotrica contra la degeneración de los tiempos y evoca, con todo lujo de detalles escabrosos, un mundo que le parece cada vez más inhóspito. Como él, Smollett no gozó de buena salud y era propenso a la hipocondría, pero, mientras que Bramble añoraba «el aire limpio, elástico y salutífero» y la paz y tranquilidad de su casa en la campiña de Monmouthshire, Smollett pasó la mayor parte de su vida laboral en el mundo endogámico y conflictivo de la calle Grub y del Londres literario. Se marchó de Inglaterra en parte por su salud y en parte porque no podía soportar más la vida que llevaba. Se le criticó a lo largo de su vida y, curiosamente, también desde entonces.

A pesar de contarse, como es debido, entre los fundadores de la novela inglesa —junto a Samuel Richardson, Laurence Sterne, y su gran rival, Henry Fielding—, durante demasiado tiempo Smollett ha sido ignorado sin razón. Se le valoró mucho en vida, y supuso una influencia capital, y muy obvia, para el joven Charles Dickens,[1] pero después cayó en desgracia y ha sido abandonado en el limbo desde entonces. A los victorianos tardíos les escandalizaba la ordinariez, la brutalidad y el humor escatológico de Smollett; a los críticos académicos, que preferían a los novelistas difíciles y rebuscados (como Sterne) o sentenciosos y prolijos (como Fielding), les desconcertó su franqueza y consideraron que los personajes eran, en esencia, cómicos y grotescos, faltos de ambigüedad, introspección y evolución, por lo que no merecían especial atención. George Orwell y V. S. Pritchett sentían gran admiración por él, pero su opinión era aislada, y después de sus reseñas, publicadas hace ya más de medio siglo, el silencio ha vuelto a reinar, por lo menos en este lado del Atlántico.[2] Sin duda, para aquellos espíritus intrépidos que quieran dar cuenta de uno de los más divertidos, escandalosos y agudos novelistas británicos, Humphry Clinker resulta la obra perfecta para empezar. Comparte con la otra gran novela de Smollett, Las aventuras de Roderick Random (1748), la energía y el ritmo de la picaresca, y es conmovedora y tierna, hecho sorprendente viniendo de un novelista tan huraño. A pesar de que a Smollett siempre se le ha menospreciado por considerarse basto su estilo literario, carente de sutilezas y matices, Humphry Clinker es una obra extraordinariamente sofisticada, una novela epistolar que intercala y contrapone cinco narradores muy diferentes entre sí y que, como algunos críticos han observado, se anticipa a James Joyce en el uso de juegos de palabras y dobles sentidos. Como Roderick Random, Humphry Clinker también contiene referencias autobiográficas, por lo que, teniendo en cuenta que la vida del autor es tan desconocida como su obra, será conveniente ofrecer una breve biografía que permita relacionar los momentos importantes de su carrera con los diversos temas que recorren sus textos.

Tobias Smollett nació cerca de Dunbarton, al oeste de Escocia, en marzo de 1721. Su hogar estaba situado entre el lago Lomond y el río Clyde: en los últimos años de su vida recordaría las verdes colinas de su infancia como un paraíso perdido. Lo expresa con especial elocuencia en las escenas escocesas de Humphry Clinker, cuando el terrateniente Bramble y su séquito visitan ese país por primera vez. Smollett era descendiente de una saga de soldados y abogados, y su abuelo, sir James, fue uno de los comisionados designados para negociar las condiciones del Acta de Unión de 1707, mediante la cual el Parlamento escocés votó a favor de su desaparición y se formó el Reino Unido. La unión con Inglaterra proporcionaba un sinfín de oportunidades a los jóvenes y ambiciosos escoceses, sobre todo en las fuerzas armadas, las colonias y la medicina, pero era un arma de doble filo. Muchos de ellos, como Smollett, se encontraban divididos entre el orgullo beligerante por su país de origen y el anhelo de demostrar su valía como británicos para aprovechar las mayores posibilidades del nuevo escenario. Los palacios ventosos de los barones fueron desbancados por las villas paladianas, las barbas dieron paso a las pelucas, y el dialecto escocés se empezó a considerar como algo provinciano y vergonzoso. A pesar de que más adelante, en el mismo siglo, la Edimburgo del economista Adam Smith, el filósofo David Hume y el arquitecto Robert Adam sería aclamada como la Atenas del Norte, persistió el sentimiento de inferioridad provincial, y los escoceses que tenían ambiciones sociales, políticas, intelectuales o literarias se esforzaban para hablar como sus homólogos de Londres. Como escocés que pasó la mayor parte de su vida en Inglaterra, Smollett era la viva imagen de esta ambivalencia. El editor influyente de revistas detestaba el uso de «escocesismos» de sus colaboradores, pero sus ojos se humedecían cuando, después de un largo tiempo lejos del hogar, divisaba, desde Boulogne y a través del canal de la Mancha, los acantilados de Dover. Aun así, solo se asociaba con compatriotas exiliados en la capital inglesa y le ofendían la crueldad y la inquina contra los escoceses imperantes en Inglaterra a lo largo del siglo XVIII. «Estoy por entero harto de esta tierra de indiferencia y apatía donde las más bellas sensaciones del alma no se tienen en consideración, la felicidad consiste solo en emborracharse con oporto y en un par de muslos enormes, y donde se ha perdido la genialidad, aprender está infravalorado y el buen gusto ausente: la ignorancia prevalece hasta tal punto que uno de nuestro club en Chelsea me ha preguntado si hacía buen tiempo cuando he cruzado el mar volviendo de Escocia», se quejó a su viejo amigo, el pastor de la Iglesia de Escocia, Alexander Carlyle. Los ingleses consideraban que los escoceses eran sectarios, los veían como unos forasteros egoístas que les robaban los mejores trabajos, y los tachaban de piojosos, de «sawnies»[3] paletos y de entusiastas de la falda escocesa y las gachas. En sus poco frecuentes visitas a Escocia, Smollett debió de experimentar la misma rabia que el señor Bramble hacia las consignas antiescocesas que atestaban la carretera hacia el norte, y se sirvió del cascarrabias y patilargo teniente Obadiah Lismahago, el lúgubre admirador de Tabitha, para dar rienda suelta a sus sentimientos de resentimiento y frustración patrios. (No obstante, con todo ese rencor patriótico, el viejo soldado malcarado se alegra de pasar el ocaso de sus días al sur de la frontera).

Después de asistir a la Grammar School de Dunbarton, Smollett se m

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