Vagabundo en África (Trilogía de África 2)

Javier Reverte

Fragmento

1. LA IRRESISTIBLE ATRACCIÓN DE LAS LEYENDAS

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LA IRRESISTIBLE ATRACCIÓN DE LAS LEYENDAS

En mis ensoñaciones había un río que era grande como un mar, el Congo, «el río que se bebe todos los ríos», y había cruzado media África, desde Ciudad del Cabo al océano Índico, atravesando las grandes sabanas y las Tierras Altas, para llegar hasta Kinshasa, capital de la República Democrática del Congo, pocos meses después de que terminara la guerra de 1997. Había logrado pasaje en el Akongo-Mohela, un remolcador que empujaba dos barcazas repletas de mercancías y pasajeros río arriba. Navegaba entre selvas e islas, en anchas lagunas donde no podían divisarse ninguna de las dos orillas, entre canales cercados de pétreos murallones y de bosques de ceibas y cocoteros, admirando la pericia del capitán para sortear fondos arenosos donde el barco corría el riesgo de quedar embarrancado, mecido por las canciones alegres de las gentes que atestaban las cubiertas de las barcazas, fascinado por las súbitas tormentas nocturnas que hacían hervir el agua y arrojaban sobre la nave sopapos de lluvia con la violencia de los cañonazos, agobiado por el sol del trópico de los mediodías, bajo el aire sensual, envuelto por el griterío de los pájaros y los monos, y borracho de olor a jungla virgen. Viajaba en la estela de Joseph Conrad, dejando ya muy atrás el puerto de Kinshasa y en dirección al lejano Kisangani, el conradiano «corazón de las tinieblas», en el río que también habían navegado André Gide y Graham Greene y por donde mucho antes descendieron las canoas de los exploradores Stanley y Brazza. La euforia de cumplir un acariciado propósito hacía de mí un viajero feliz.

Y de pronto el río se tornó una entidad maligna y un atisbo del «horror» del que hablaba Conrad se mostró ante mí. Eran las primeras horas de la noche de un miércoles de octubre, el sexto día de navegación en el Akongo-Mohela, una oscura noche sin luna y de un cielo cosido por millones de estrellas. Habíamos atracado en el puerto de Bolobo, a trescientos treinta kilómetros de Kinshasa, obligados a detenernos allí por un control militar. Yo estaba en el camarote, tomando notas en mi cuaderno de viaje, cuando la puerta se abrió y entró un soldado armado con un fusil automático. Vestía una camiseta amarilla sin mangas y un pantalón de camuflaje. En su cinturón se ajustaban varias bombas de mano. Su cara era redonda y pequeña, de frente estrecha, y sus ojos navegaban en una humedad amarilla de alcohol y marihuana. Sonreía y mostraba los dientes separados bajo la pelusa del bigotillo. Se sentó frente a mí, dejando el arma sobre la mesa y apuntándome. Me habló en un francés poco comprensible, sin abandonar su sonrisa, y arrastrando las palabras con lentitud. Su actitud me hacía pensar en antiguas y mediocres películas de Hollywood donde los bandidos, por lo general mexicanos, componen un gesto irónico y chulesco, cortés y cruel a la vez. Quizá aquel soldado había visto decenas de ellas en las salas de vídeo africanas y se sentía ufano de interpretar su soñado papel ante un blanco desarmado. Cuando le dije que yo era un simple turista, soltó una cinematográfica carcajada. «No, no, monsieur, usted no es un turista; usted es un espía y un enemigo del Congo», dijo. Luego añadió: «Su vida vale doscientos dólares. Démelos o le mato». Yo pensé que era al contrario: que si aceptaba dárselos, acabaría conmigo.

En la más bella noche del río Congo, en el pequeño puerto de Bolobo, tenía enfrente de mí a un hombre que podía matarme. Era una macabra ironía: yo había llegado hasta allí para buscar el paisaje de un magnífico libro, El corazón de las tinieblas, y el espíritu que inspiró aquella obra literaria se me mostraba como una realidad letal: tenía delante una de las caras del «horror» conradiano. «La imaginación —escribió Conrad—, y no la invención, es el maestro tanto del arte como de la vida.» Allí estaba, en la boca del fusil del soldado, la prueba de aquella imponente verdad de la literatura.

Las grandes obras literarias, y la épica de la historia, despiertan en muchos de nosotros, los apasionados lectores, un impulso irrefrenable por revivir la aventura. «Viajamos literariamente», como dijo Chatwin, con un ansia algo neurótica por ganarle terreno al tiempo, añado yo. Joseph Conrad navegó el Congo en 1890, impulsado por un deseo de aventura que le hacía compararse a sí mismo con Don Quijote. Aquel viaje, en el que recorrió mil setecientos kilómetros del río, desde Leopoldville (hoy Kinshasa) hasta Stanleyville (hoy Kisangani), despertó en el alma del entonces marino una profunda conciencia de escritor. «Antes del Congo —escribió luego en una de sus cartas—, yo era tan sólo un animal.» Y le reveló una verdad que es vieja en la literatura y que impregna toda la obra conradiana: la imaginación es una forma creativa de ordenar la experiencia, y es también maestra de la vida y del arte. El propio Conrad escribió en el prefacio de la edición de su novela en 1902: «El corazón de las tinieblas es experiencia llevada un poco (y solamente un poco) más allá de los hechos reales, con el propósito, perfectamente legítimo en mi opinión, de traerla a las mentes y al corazón de los lectores». Conrad vio algo profundo en el Congo y luego escribió sobre ello, eso que llaman «el lado oscuro», un aroma muy poco frecuente en las obras literarias y que todos los lectores admiramos sin comprenderlo en su exacta dimensión.

André Gide, en el curso de su viaje del río, en 1925, leyó por cuarta vez El corazón de las tinieblas, y escribió: «Este libro admirable sigue siendo profundamente verdadero. No hay exageración en sus páginas, es cruelmente exacto». Graham Greene recorrió un tramo del río en 1957, «en busca de un personaje», prometiéndose una y otra vez no volver a leer a Conrad para no verse influido por su enorme talento. Pese a ello, Quarry, el protagonista de su novela Un caso acabado, es un alma que busca los límites de su condición humana enfrentada al vacío de la vida y al absurdo de la muerte, un tema de fondo muy conradiano. Y en fin, cuando el director de cine Francis Ford Coppola quiso hacer un retrato salvaje de la intervención americana en el sudeste asiático, eligió el argumento de la novela de Conrad para realizar su Apocalypse Now, y puso a navegar río arriba, en el Vietnam, a un grupo de soldados dirigidos sin saberlo hacia el horror.

El libro de Conrad es una parábola sobre cómo el alma humana, impulsada por ideales nobles, puede deslizarse hasta el límite de la barbarie, una cuestión que ha impregnado la historia y la literatura del siglo XX y que Conrad adelantó con lucidez. Es un libro enigmático y su río es un camino de perversión, donde la belleza y la maldad se dan la mano; es un curso inmenso de agua rodeado de selvas donde se avanza sin remedio hacia lo irracional y lo maligno, donde la lucidez llega a ser mezquina, la valentía conduce a la locura y la conciencia moral arrastra al asesinato. El personaje narrador del libro, el marino Marlow, álter ego de Conrad, lo advierte ya al comienzo de la h

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