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Siguiendo mitos, buscando la aventura
Si cierro los ojos, todavía alcanzo a ver, como si lo tuviera delante, el paisaje de aquella isla sobre el río Yukon, en el noroeste de Canadá, muy cerca de la frontera con Alaska. La imagen es tan poderosa que, incluso, me parece percibir sus olores. Arriba, en los altos del cielo, una tibia luz azul acariciaba nubes que transitaban perezosas por las anchuras del espacio. Debajo, una ceñuda cordillera de faldas color cobalto cerraba el horizonte corriente arriba. Más cerca, en las caderas de una colina de lomas azuladas, se dibujaba una apretada formación de esbeltas coníferas, teñidas de hosco verdor, con las copas recortadas al ras como un bigote a manos de un avezado barbero. La isla en donde me encontraba ese día del luminoso verano austral de 2006 tenía una forma alargada y medía unos cuatrocientos metros de longitud por unos doscientos en su punto más ancho. En mi mapa, aparecía sin nombre y era un feo médano sin otra vegetación que algunos livianos arbustos de ramas ralas mecidos por el viento. Decenas de troncos de árboles, arrancados y pelados por las crecidas del río, se amontonaban pálidos en sus orillas cenagosas. Había numerosas huellas de animales en el arenal. Las más rotundas eran de un alce grande y las más recientes pertenecían a un lobo ártico de buen tamaño.
A nuestro alrededor, el Yukon formaba numerosos canales en aquel paraje tachonado de islotes y de riberas en donde crecían bosques de abetos, de arces y de álamos, un escenario en el que el río parecía un curso de agua sereno y tímido, manso e inofensivo. Y sin embargo, mis compañeros y yo sabíamos que se trataba de uno de los ríos más vigorosos y salvajes de América del Norte. Incluso habíamos sufrido su violencia unos días antes, al cruzar los rápidos de Five Fingers.
En la orilla de la derecha, cerca de la desembocadura del río Stewart y junto a un pequeño afluente llamado Henderson Creek, se tendía una isla mucho mayor que la nuestra, cubierta de profusa vegetación. Habíamos decidido no acampar allí, pues las plantas atraen a los mosquitos que, en el verano del Yukon, surgen en miríadas de los lagos y pantanos y pican con extremo furor. Yo sabía que era la isla en donde Jack London pasó el invierno de 1897-1898, atrapado por los hielos y la nieve, ciento cincuenta kilómetros antes de alcanzar Dawson City, la ciudad que atrajo en aquellos años de finales del XIX a decenas de miles de personas en busca del oro del río Klondike, uno de los tributarios del gran Yukon.
Me emocionaba sentirme muy cerca de uno de los mitos literarios de mi infancia, de aquel escritor que relató en hermosas y vehementes narraciones la epopeya del Gold Rush, la carrera del oro. Y casi podía percibir su presencia al contemplar el mismo hermoso paisaje que él había contemplado y descrito algo más de un siglo antes. También esa tarde, la anterior a nuestra llegada a Dawson City, sentía el orgullo de haber recorrido setecientos cincuenta kilómetros del río en canoa, junto con mis cinco compañeros de viaje, soportado frecuentes tormentas y salvado duros tramos de rápidos y corrientes.
Al mismo tiempo, trataba de averiguar qué podía decirme el Yukon. Unos años antes, viajando por el Amazonas, había escrito:
Un río es algo más que un gran caudal de agua. Yo creo en el alma singular de los grandes ríos. En cierto modo, nos hablan, y no siempre lo que nos dicen posee un significado benigno. Lo he sentido en todo momento cuando los he navegado. Los ríos han estado en un par de ocasiones a punto de matarme y luego, con cierto desdén, me han perdonado la vida. Pero también me han enseñado mucho sobre los hombres y sobre mí mismo.
En aquella ocasión llamé al Amazonas el río de la desolación. Ahora, en las orillas salvajes del Yukon, tras doce días navegando a remo sobre sus aguas, pensé que lo más apropiado era llamarle el río de la luz.
A cada tramo que recorría, el Yukon me decía: ¡vive!
¿Y cuáles eran los olores? Por encima de todos, permanece en mi memoria olfativa el de las hogueras que encendíamos cada noche junto al río. El viento jugaba con sus humaredas, traía sus vaharadas hasta cegar mis ojos, y después lo llevaba lejos y lo elevaba hacia la altura. A veces, un súbito chaparrón apagaba el fuego y debíamos buscar el lugar más tupido del bosque para encenderlo de nuevo y tratar de prepararnos una cena caliente con la que templar el estómago.
Cuando volví a España después de casi tres meses vagando por Alaska y Canadá, mis ropas despedían aún el perfume de la humedad y de las fogatas. Hice mal en tirar algunas de ellas y lavar las otras. Al menos debería haber conservado, tal y como quedaron, las camisetas que usé durante el viaje, para husmearlas a solas en mi habitación antes de irme a la cama, y recobrar así el preciso aroma de las noches de lluvia al arrimo de la hoguera. Y con suerte, recuperar en sueños la viva intensidad de los días felices del Yukon.
Eso fue durante el mes de julio de 2006. Cuatro años antes, en 2002, había navegado otro río, el Amazonas, y había estado a punto de morir a causa de la malaria. Y otros cuatro años más atrás, en 1998, mientras surcaba las aguas del río Congo, un grupo de soldados borrachos y drogados me amenazaron de muerte y casi me ejecutan ante mi negativa de decirles en dónde escondía el dinero que trataban de robarme.
Parecía, pues, que los genios maléficos de los ríos estuvieran en mi contra. Y algún amigo, bromeando antes de emprender viaje al Yukon, me advirtió sobre ello usando de ese viejo refrán que dice que, a la tercera, va la vencida. No fue así, sino todo lo contrario.
Porque el Yukon me insufló torbellinos de luz en el alma, despertó en mi ánimo un nuevo anhelo de gozar de la existencia y me devolvió el optimismo que la malaria contraída en el Amazonas me había arrebatado y que a duras penas había logrado recuperar en una pequeña parte. Salté a la canoa del Yukon con la languidez y el decaimiento con que las secuelas del paludismo atenazaban mi espíritu. Y desembarqué trece días después pletórico de vida. Un río me había convertido en un pusilánime deprimido, y otro río, cuatro años más tarde, me devolvía la alegría de vivir.
Los seis compañeros del Yukon navegábamos nueve o diez horas al día en tres canoas, remando sin pausa salvo los cincuenta o sesenta minutos que nos concedíamos descanso para el almuerzo del mediodía. Llovía a menudo por las tardes, pero seguíamos remando bajo la tormenta, humillados y encogidos dentro de nuestros empapados chubasqueros. Atracábamos para dormir en islas vacías de vegetación o en orillas boscosas. Atravesamos un peligroso lago, el Laberge, en donde se desatan súbitos temporales en los que el agua hierve y hay que buscar refugio en tierra a toda prisa para no naufragar. Cruzamos algunos rápidos y, en los que se conocen como los Five Fingers, mi compañero Pere Vilanova y yo volcamos y nos fuimos al agua. Por las noches, agotados tras tantas horas de usar el remo, aún debíamos descargar las barcas, preparar la cena, montar el campamento y encerrar en las cubas estancas los alimentos y los restos de la cena para que no acudieran los osos, animales con muy fino sentido del olfato. Vencidos por el cansancio, dormíamos como niños y ninguna noche pude escuchar el aullido del lobo, aunque me acostaba todas ellas con la esperanza de oírlo. Por las mañanas debíamos preparar el desayuno y luego recoger el campamento; y cargar las canoas, procurando equilibrar el peso de las vituallas y los equipajes para no volcar. Durante las primeras jornadas, me dolían los brazos y la espalda, pero más adelante mis músculos se fortalecieron, al tiempo que mi espíritu se llenaba de vigor. En aquellos trece días inolvidables entre Whitehorse y Dawson City, orgullosos de nuestro esfuerzo y de nuestra voluntad, recorrimos un total de setecientos cincuenta kilómetros de río. Para mí fue una ducha de juventud. En el camino cumplí sesenta y dos años.
Recuerdo el momento en que Jaime Barrallo, jefe y guía del grupo, nos explicó en la orilla del río, poco antes de la partida, cómo se rema en canoa. No lo había hecho en mi vida y, al dar la primera palada en el agua y comenzar el viaje, me dije mentalmente lo que tantas veces se dicen los viajeros en lugares y circunstancias distintas: «¿Y qué demonios se te ha perdido aquí?».
Pero el viaje empezó mucho antes y terminó mucho después de aquellos días de navegación en canoa. Mi intención era llegar al río siguiendo el recorrido que el joven Jack London y otros miles de buscadores de oro realizaron en 1897, algunos navegando desde las ciudades de San Francisco y Seattle, y otros desde la más cercana de Vancouver, hasta alcanzar Alaska a través de los peligrosos estrechos y canales del Inside Passage, el Paso del Interior, que recorre las costas de la provincia canadiense de la Columbia Británica. Cruzar luego, como ellos hicieron, los pasos de montaña que llevan a los lagos en donde nace el Yukon, ya en Canadá, descender desde allí a la ciudad de Whitehorse y seguir río abajo hasta Dawson City, la urbe que era el destino de aquella carrera de miles de hombres y mujeres acometidos por la fiebre del oro.
Sin embargo, yo no pretendía que el viaje concluyese en Dawson, sino que quería continuar en pos de las huellas de London, quien, tras fracasar en su búsqueda de oro, decidió regresar a Estados Unidos en 1898. No lo hizo volviendo sobre sus pasos, esto es, río arriba, sino en sentido contrario, río abajo, recorriendo con su barca una distancia superior a los dos mil trescientos kilómetros por los territorios salvajes de Alaska, hasta llegar al puerto de Saint Michael, en el mar de Bering, cerca del delta que forma la desembocadura del Yukon, a más de tres mil doscientos kilómetros de su nacimiento. Fue en ese puerto en donde London tomó un barco de regreso al sur, abandonando para siempre Canadá y Alaska.
Pero ya que iba a andar por aquellas lejanas latitudes, ¿por qué no ir a otros lugares?, me dije mientras planeaba mi viaje. De modo que pensé que podía intentar acercarme hasta Nome, en el noroeste de Alaska, en donde se produjeron los últimos descubrimientos de oro en Estados Unidos, y bajar desde allí al sur del estado, para disfrutar unos días de la naturaleza antes de regresar a Canadá. Y en fin, en este último tramo del viaje, tal vez podría recorrer en tren el sur canadiense, de Vancouver a Quebec, buscar allí un carguero para salir navegando por el río San Lorenzo hacia el Atlántico Norte y cruzar el océano hasta Europa.
Y así lo hice.
No obstante, el viaje que aquí se cuenta comenzó cuando yo era un niño y leía las historias de Jack London referidas a los buscadores de oro del río Klondike, aventuras que yo soñaba con emular. La historia real de aquella epopeya comenzó así:
El 14 de julio de 1897 llegaba a los muelles de San Francisco el buque Excelsior, y tres días más tarde, el 17, atracaba en el puerto de Seattle el Portland. Ambos barcos venían desde el puerto de Saint Michael, en Alaska, y traían a bordo, cada uno de ellos, varias decenas de hombres que, durante el final del invierno y la primavera de 1897, habían permanecido extrayendo oro del río Klondike y sus pequeños afluentes. El Klondike es un tributario del gran Yukon, cuyas aguas se encuentran junto a Dawson City, una pequeña localidad fundada aquel mismo invierno de 1897 por los buscadores del codiciado metal.
Las escenas fueron muy similares en los dos puertos. La multitud abarrotaba los muelles y lanzaba «hurras» a aquellos hombres barbudos y casi harapientos que gritaban a su vez «¡Oro, oro!», mientras mostraban sus sacos repletos de pepitas y polvo dorado. La policía, armada con rifles, tuvo que abrir paso a los buscadores para que lograsen llevar sus fortunas sin percance a los establecimientos bancarios.
En los días siguientes, los periódicos publicaron las cifras de la carga que traían los mineros: el Portland transportaba casi dos toneladas de oro, mientras que en el Excelsior viajaba una cantidad algo menor. Se hizo famoso un tal Tom Lobby, viajero del Excelsior; mientras descendía a tierra por la pasarela, abrió su abrigo y mostró los sacos cosidos a su forro: llevaba cincuenta mil dólares en oro puro, una verdadera fortuna si se tiene en cuenta que, en aquella época, el alquiler de un apartamento grande costaba cinco dólares al mes, una comida caliente salía a veinticinco céntimos de dólar y por cuarenta céntimos podía comprarse un cuarto del mejor whisky de Kentucky.
El mundo entero fue sacudido por la noticia. Y para primeros de septiembre, cerca de diez mil personas habían embarcado en Seattle y San Francisco camino de Vancouver y del Paso del Interior, rumbo al lejano Yukon, una marea humana proveniente de Europa, Oceanía, Asia y de toda América —pero en particular y sobre todo de Estados Unidos—, que un periodista bautizó con tino como la «estampida del Klondike».
Viajaban buscavidas, jóvenes aristócratas europeos ávidos de nuevas experiencias, hombres de negocios y comerciantes arruinados, delincuentes recién salidos de prisión, funcionarios aburridos, banqueros, prostitutas, periodistas, taberneros, músicos, bailarinas, escritores y todo un universo variopinto de personas atacadas de «klondikitis». ¿Era sólo el oro lo que les atraía?
Antes del Klondike se habían encontrado yacimientos muy importantes, incluso mucho mayores, en varias partes del mundo, como en California, Australia o Sudáfrica. Pero ninguno desató, en tan corto espacio de tiempo, una estampida semejante a la que se movió como un ejército de voraces termitas rumbo a los territorios del Yukon, a causa de las noticias que publicaron los periódicos, en las que se prometía oro en abundancia para cualquiera que se atraviese a llevar a cabo el penoso viaje.
Uno de los historiadores del Gold Rush, Karl Gurke, señala:
Aquello fue un verdadero acontecimiento mediático, pues casi todas las personas que accedieron al Klondike lo hicieron porque habían leído algo en los periódicos. La cobertura mediática era muy importante. Una gran cantidad de historias aparecían cada día en los periódicos del mundo entero y ello alimentaba la carrera hacia el Klondike. Junto con los buscadores de oro que viajaban hacia el Gran Norte, iban muchos periodistas que enviaban sus historias para los lectores que permanecían en sus casas. Y viajaban también muchos fotógrafos profesionales y también aficionados. En esa época, Kodak y otros fabricantes acababan de inventar aparatos y películas para el gran público. Cualquiera podía ya tomar su propia foto, sin tener que permanecer inmóvil durante varios segundos con la cabeza dentro de la oscuridad de una bolsa de tela negra y la cámara colocada sobre un trípode.
Al contrario que en los hallazgos anteriores de oro, la prensa vivía la plenitud del que se bautizó como «periodismo amarillo», esto es, el periodismo sensacionalista. Los gigantes de aquella época de la prensa eran John Gordon Bennet, Joseph Pulitzer y William Randolph Hearst, que se disputaban con cierta histeria, y a golpe de talonario, un nuevo mercado. Gordon Bennet había logrado años antes una gran exclusiva cuando su reportero Henry Stanley encontró en el corazón de África al famoso misionero-explorador escocés David Livingstone, mientras el mundo le daba ya por perdido. Hearst sería, en febrero de 1898, poco después de desatarse el Gold Rush, el animador de la guerra entre Estados Unidos y España en la isla de Cuba.
Cuando el Excelsior llegó al puerto de San Francisco, los periódicos de Hearst, el Examiner, de la misma ciudad, y el Journal de Nueva York, apenas dieron unas pocas líneas sobre la noticia, mientras que Gordon Bennet consiguió comprar la crónica del diario de San Francisco The Call, enviarla por telégrafo a Nueva York y dar la exclusiva en su The New York Herald. Hearst enfureció. Y su furor se multiplicó aún más cuando un periódico de Seattle, el Post-Intelligencer, envió a bordo del segundo barco que venía de Alaska, el Portland, un equipo de reporteros, antes de que el barco arribase a la ciudad, para que escribieran un reportaje. Cuando el Portland atracó en el puerto, los periodistas habían telegrafiado sus crónicas y el periódico ya estaba en la calle. Su primera página decía: «¡ORO, ORO, ORO! 68 HOMBRES RICOS EN EL VAPOR PORTLAND. ¡MONTONES DE METAL AMARILLO!». La crónica de su reportero Beriah Brown comenzaba así: «A las tres de esta mañana, el vapor Portland, viniendo de Saint Michael a Seattle, cruzó el estrecho con más de una tonelada de oro sólido a bordo…». Brown sabía que, dando como noticia el peso del oro en lugar de su valor, resultaba mucho más llamativo para el público. La expresión «una tonelada de oro» se reprodujo en los periódicos de medio mundo. Y aunque su rival, The Seattle Times, redujo con prudencia el peso a media tonelada, el cálculo de Brown resultó corto: eran casi dos.
Hearst, el magnate en el que se inspiró Orson Welles para su Ciudadano Kane, no podía quedarse cruzado de brazos. Y de inmediato preparó un equipo de cinco reporteros para que se desplazasen al Klondike, con la orden de exagerar la importancia del yacimiento y abundar en la idea de que era sencillo para la gente hacerse rica de pronto. Los otros grandes periódicos le imitaron y despacharon sus enviados especiales. Y a pesar de que, en agosto, un mes después del arribo de los barcos, el secretario de Interior de EE.UU. y su colega canadiense advirtieron de los peligros que suponía ir al territorio del Yukon ante la proximidad del invierno, los periodistas de Hearst y de otros diarios convencieron a la opinión pública de que el viaje no era tan dificultoso y podía realizarse con relativa facilidad. Ese mes, veinticinco vapores y barcos de vela navegaban cargados de mineros hacia las costas de Alaska y otros cuantos se preparaban para zarpar de inmediato. Para el primer día de septiembre, cerca de diez mil personas se habían embarcado en Seattle y San Francisco en pos de la fortuna.
En realidad, en buena parte, aquello fue un espejismo, tal y como tituló Chaplin la película que realizó sobre el Gold Rush, La quimera del oro. De las casi cien mil personas que, entre 1897 y 1899, intentaron llegar al Klondike, sólo lograron alcanzarlo unas treinta mil. Muchos de los viajeros perdieron la vida, unos cuatro mil encontraron algo de oro y sólo unos pocos cientos se hicieron ricos. Lo cierto es que la mayor parte de los tramos de los arroyos auríferos del Klondike tenían ya concesionario cuando las noticias del hallazgo llegaron a Seattle y San Francisco y, desde allí, al mundo entero. La inmensa mayoría de quienes viajaron en las semanas y meses siguientes a la llegada de dos barcos repletos de oro a la costa Oeste de Estados Unidos lo hicieron en vano. No sólo no ganaron nada, sino que perdieron casi todo cuanto poseían. Pero eso no le resta un ápice de grandeza y vesania a la epopeya.
Y esa loca epopeya tuvo un escenario: parte del curso de un río que, desde su nacimiento en los lagos canadienses Lindeman y Bennet, hasta su salida al mar de Bering, recorre alrededor de tres mil doscientos kilómetros, un coloso fluvial que nace a cincuenta y cinco kilómetros del Pacífico, se interna hacia el norte formando una cuenca de casi un millón de kilómetros cuadrados, llega a alcanzar una anchura de casi cincuenta kilómetros en la región de los Yukon Flats, cruza la línea de Ártico, regresa luego hacia el sur camino del mar de Bering, alcanza un delta de unos ciento cincuenta kilómetros de anchura formado por multitud de canales inextricables y arroja al océano 6.500 metros cúbicos de agua por segundo. Durante 210 días de cada año, entre mediados de octubre y mediados de mayo, se hiela por completo, y la ruptura de sus hielos constituye uno de los más imponentes espectáculos que ofrece la naturaleza. En su cuenca, comprendidas las ciudades de Whitehorse y Dawson City, habitan poco más de veintitrés mil personas.
Por fortuna, uno de aquellos buscadores, que quedó atrapado por el invierno en una cabaña de las orillas del Yukon, un centenar de kilómetros río arriba antes de Dawson City, dedicó su tiempo a oír y memorizar las historias que traían los viajeros sobre animales salvajes y perros que se asilvestraban, cazadores de lobos y de osos, buscadores de oro, comerciantes de pieles, indios salvajes y aventureros locos. Años después, aquel muchacho que de niño, antes de ir al Yukon, leía las novelas de Flaubert, Kipling y Twain en la biblioteca de Oakland, convertiría las historias escuchadas en su cabaña del río en espléndidas narraciones que llenaron los sueños de aventura de generaciones de niños y de hombres.
Jack London era un joven de veintiún años aquel mes de julio de 1897, pero poseía la experiencia de alguien que tuviera tres veces su edad. Había nacido en enero de 1876 en San Francisco, hijo natural de Florence Wellman, una mujer inestable aficionada al espiritismo, y de William Chaney, un astrólogo charlatán que recorría California prediciendo el futuro y haciendo horóscopos. Poco después del nacimiento de Jack, William Chaney se marchó para siempre, y unos meses más tarde Florence conoció a John Griffith London, un veterano de la guerra de Secesión, viudo y con dos hijas, Eliza e Ida, mayores que Jack. Florence y John se casaron y éste trató al chico desde el principio como si fuera su propio hijo, al tiempo que la hermanastra Eliza se convirtió para él en una sustituta de su madre, pues la inestable Florence jamás dio muestras de cariño hacia el futuro escritor.
John London se dedicó a la agricultura y tuvo un cierto éxito. Pero en los años siguientes, por capricho de Florence, la familia se trasladó primero a la pequeña localidad de Oakland, de nuevo regresó a San Francisco y, finalmente, otra vez a Oakland. En ese ir y venir, los proyectos de John entraron en bancarrota y el matrimonio y los tres hijos hubieron de quedarse a vivir en la parte más pobre de la población, en West Oakland, sobre la bahía de San Francisco, una comunidad habitada mayoritariamente por emigrantes y chinos explotados como mano de obra barata. En los muelles de la zona, los delincuentes tenían mayor poder que la policía, y las peleas, el alcohol y las prostitutas eran las principales fuentes de diversión y placer para los jóvenes. Cada semana, West Oakland ofrecía una amplia nómina de muertes violentas.
Jack tenía catorce años cuando tuvo que ponerse a trabajar en una fábrica de conservas para llevar algo de dinero a casa. Comenzó a visitar los muelles y se aficionó al whisky. Su padrastro sufrió entonces un accidente que le dejó incapacitado para trabajar y a causa del cual murió dos años después, lo que convirtió a Jack en «el hombre de la casa». Harto de ser explotado y ganar una miseria en la fábrica, pidió dinero prestado, compró una balandra, la Razzle Dazzle, un pequeño velero de un solo palo, y se dedicó al lucrativo negocio de robar ostras de los criaderos y venderlas en los hoteles y en las tabernas. Sólo en una noche actuando como «pirata de ostras» —así se denominaba a quienes se dedicaban al hurto de estos moluscos— ganaba lo que en un mes en la conservera. Pagó su deuda, comenzó a llevar a su madre cantidades de dinero suficientes para mantener a la familia con holgura y siguió visitando las tabernas y bebiendo hasta perder la conciencia. En ese tiempo practicó por primera vez el sexo con una prostituta que se llamaba Mammie. En aquel mundo de asesinatos, peleas a cuchillo, sexo comprado y alcoholismo, Jack se movía como pez en el agua. Y pese a su frenética actividad como ladrón y juerguista, jugándose cada noche la vida si era sorprendido por los guardias de los criaderos de ostras, seguía sacando tiempo para leer con voracidad en la biblioteca de la población.
Pero el muchacho no quería ser un ladrón y, a los pocos meses de iniciar su carrera de «pirata de ostras», se pasó de bando y comenzó a trabajar para la Patrulla de Pesca de la policía. No ganaba tanto, pero tenía un trabajo honrado. Siguió, no obstante, emborrachándose cada día en las tabernas del puerto y acabó cayendo en el alcoholismo. Durante toda su existencia arrastraría la dependencia de la bebida, que a la postre sería una de las causas de su temprana muerte. Ese camino de ida sin retorno hacia los abismos del alcohol lo recogió en su novela John Barbelycorn, en buena parte autobiográfica.
Fue al cumplir los diecisiete años cuando decidió terminar con aquella manera de vivir que, como escribió años después, «me llevaba a la muerte demasiado pronto para mi juventud y vitalidad». Y se dio cuenta de que «solamente había una manera de escapar de esa peligrosa forma de vida: saliendo de ella».
Más tarde se enroló como remero de una de las barcas que llevaba la goleta Sophia Sutherland para la caza de focas. La tripulación la formaban veintidós hombres y la nave pesaba ochenta toneladas. Entre las pocas pertenencias con que embarcó se contaban algunos libros de Twain, el Madame Bovary de Flaubert, y una edición de Ana Karenina, de Tolstoi. Durante los ocho meses que duró el viaje, cazó focas en el mar de Bering hasta que las bodegas del Sophia Sutherland se llenaron y, en una curiosa derrota de la nave, pisó por dos veces tierra en Japón, una en el viaje de ida y otra en el de vuelta. Regresó a Oakland en agosto de 1893. Sus recuerdos de aquellas terribles matanzas de animales los reflejó años más tarde en su novela El lobo de mar.
De nuevo, la pobreza le cercaba. Trabajó en una fábrica de yute y más tarde paleando carbón en una central eléctrica. Pero lo dejó todo para alistarse a la marcha del «ejército» de Jacob Coxey, un tipo algo mesiánico que lanzó la idea, cuando el país se encontraba en plena crisis industrial y sumido en una honda depresión económica, de organizar marchas de trabajadores en paro desde todos los puntos de la Unión con el fin de llegar a Washington y exigir justicia. London viajó como polizón en trenes de mercancías, y a menudo a pie. Coxey había movilizado a miles de hombres, pero antes de la fecha prevista para llegar a Washington, a finales de abril de 1894, la mayoría de los integrantes de la marcha se habían vuelto a sus casas o quedado en el camino y tan sólo quedaban cuatrocientos de aquel ejército de desarrapados, entre ellos Jack.
Coxey trató de entregar al Congreso una carta en la que solicitaba que se creasen puestos de trabajo para los parados del país con la construcción de caminos, pero la policía le arrestó, acusándole del delito de pisar el césped del Capitolio. Y los integrantes de la marcha se disolvieron y emprendieron el regreso a sus hogares, cada uno como buenamente pudo.
Jack fue detenido por vagabundo y pasó un mes en prisión. Cuando llegó de nuevo a Oakland, siguió desempeñando empleos de mala muerte, pero lograba sacar tiempo para leer todo cuanto encontraba a mano, sobre todo textos de Nietzsche, Darwin y Spencer. Uno de los libros que le impresionó con mayor hondura fue el Manifiesto comunista, de Carlos Marx. De inmediato adoptó las ideas revolucionarias. A partir de entonces, y durante toda su vida, se manifestaría como un ardoroso socialista.
Después de un paso fugaz por la Universidad de Berkeley, intentó salir adelante escribiendo ensayos, cuentos y poemas para las revistas especializadas, pero no logró que le publicasen nada. No le quedó otra salida que entrar a trabajar en la lavandería de una escuela militar, en donde, por un sueldo miserable, planchaba y almidonaba ropa durante diez horas diarias.
Y llegó julio. Y dos barcos arribaron a San Francisco y Seattle cargados de oro. Y se desató la «estampida» hacia el Yukon. Y Jack London decidió unirse de inmediato a una de las más enloquecidas aventuras colectivas de la historia humana. Era una aventura, por otra parte, muy a la medida de los Estados Unidos de aquel tiempo, en que algunos visionarios convocaban a la nación a lo que se conoció como el de Destino Manifiesto: convertir al país en la primera potencia de la Tierra, la nación escogida por Dios para dirigir el mundo.
Estados Unidos crecía sobre los pilares de unos principios que aún palpitan en la base de su fundación: el reto de la voluntad, la lucha física contra lo que parece imposible de lograr, la rendición de la naturaleza a los pies del hombre…, esto es: una locura que ahora se dirigía hacia su última frontera, la de Alaska, para trazar el último capítulo de la épica de la Conquista del Oeste.
2
Niñas, marineros y escritores borrachos
Llegué a Vancouver a media tarde de un día de junio. El vigoroso sol del verano austral lucía implacable y el cielo, sin rastro de nubes, brillaba como un límpido océano. Era ese metálico y hermoso cielo del Norte, sin intermediarios entre la luz del aire y la superficie del mar, en el que los perfiles glaucos de las montañas brillaban tachonados de nieve y las penínsulas e islotes recortaban con precisión sus contornos sobre el agua azul añil. Hacía calor y corría una brisa muy húmeda.
El taxista que me recogió en el aeropuerto era un paquistaní de mediana edad, regordete, que hablaba inglés con un acento parecido al de Peter Sellers en la película El guateque. Vivía desde hacía quince años en Vancouver y era musulmán.
—Aquí viene gente de muchos sitios. Y ahora, los que más llegan son chinos de Hong Kong. Como allí manda el comunismo, se escapan en cuanto pueden y se traen montones de dinero. Sean bienvenidos con sus millones. Pero que dejen tranquilos a los osos.
—¿Los matan?
—Deben de matarlos, porque en el mercado nocturno de Chinatown venden testículos de oso. Dicen que son buenos para no sé qué enfermedades.
—¿No está prohibido?
—No todo lo que está prohibido deja de existir.
—¿Usted los ha visto?
—No…, pero es lo que se dice.
Zanjó el asunto y me contó que su padre había trabajado como albañil en España, contratado por Arabia Saudí para la construcción de la mezquita de Madrid.
—Aquí tenemos tres mezquitas, somos muchos musulmanes. Pero no tema, todos estamos contra el terrorismo y Bin Laden, ¡Dios le maldiga! Cuando asoma por aquí alguno de esos con largas barbas hablando del yihad, lo echamos a patadas de las mezquitas. Yo lo metería en un avión y lo arrojaría en paracaídas sobre Afganistán, para que se quede con los talibanes. Canadá nos ha aceptado a los que llegamos aquí pobres y nos ha dado la oportunidad de ganarnos la vida dignamente. Sería de bandidos engañarlos.
—¿Cuántos musulmanes hay en Vancouver?
—Creo que más de mil, pero no estoy seguro. Y por cierto, que lamento mucho lo de las bombas en los trenes de Madrid.
—Gracias. ¿Beben alcohol los musulmanes de aquí?
—Algunos. Yo no, desde luego. El alcohol es un problema muy grande en Canadá. Y en Vancouver más que en ningún sitio, ya lo verá.

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Vancouver es una bella ciudad, crecida en las orillas de la bahía de Burrard, en el Canadá oriental, y la ciudad más grande de la Columbia Británica. En opinión de la mayoría de quienes la conocen, se trata sin duda de la urbe más hermosa del país. Vancouver se asienta en el extremo del sudoeste del Canadá continental, muy próxima a Estados Unidos, ya que apenas en cuatro horas de viaje en automóvil por una autopista bien trazada, se llega a la ciudad de Seattle, la ciudad más importante del estado de Washington.
Al sudeste del centro de la urbe se encuentra la isla de Vancouver, cuya ciudad principal es Victoria, capital de la Columbia Británica cuando esta provincia decidió confederarse con el resto de Canadá. La orilla sur de la isla fue el territorio que alcanzaron los primeros exploradores europeos del Pacífico Norte, en busca del mítico Paso del Noroeste. Y puesto que los adelantados de esos primeros europeos eran españoles, no es extraño ni casual que muchos de los nombres de estas costas sean hispanos.
Vancouver no es tan apabullante en su gigantismo como Toronto, ni tan pretenciosa como Montreal, ni tan pulcramente delicada como Quebec. A mí me cautivó de inmediato, igual que sucede con un amor a primera vista. En los días posteriores a mi llegada, me iría gustando aún más. Sobre todo, debido a su carácter cosmopolita y tolerante. La habitan gentes venidas de casi cada rincón del planeta y las diversas comunidades conviven en armonía, aunque algunas de ellas organicen su existencia al margen de las otras. Sucede así, por ejemplo, con la colonia china. Vancouver cuenta con uno de los chinatowns más grandes de América del Norte, con puertas custodiadas por dragones de piedra, armados de colmillos de felino y colas de saurio, que delimitan con fiereza su espacio. Es una especie de ciudad dentro de la ciudad. Los chinos de Vancouver, como en cualquier lugar del mundo fuera de su patria, sonríen a diestro y siniestro al tiempo que no quieren saber nada de ti ni que tú sepas nada sobre ellos.
El downtown, el centro de la urbe, tiene la forma de un dedo gordo que sale desde la orilla sur de la bahía. La imaginaria falange la ocupan calles trazadas en su mayoría a cordel, que albergan la zona comercial; junto al mar se extiende Canada Place, un bello espacio desde donde contemplar el paisaje de las islas, los viajes de los ferries, el despegue y amerizaje de los hidroaviones y las montañas, boscosas en su base y pétreas y nevadas en las alturas, que cierran el horizonte. En el extremo del dedo hay un inmenso espacio verde, con playas naturales, que se conoce como Stanley Park, un lugar espléndido para holgazanear y relajarse. En las noches de verano, parejas de enamorados de todos los pelajes pululan en sus arboledas y praderas.
El centro de Vancouver ofrece también la cara menos amable de Canadá: un pequeño dédalo de calles estrechas llamado Gastown, cuya parte norte es moderna y turística, en tanto que la sur, junto a la ancha vía East Hastings, aparece a toda hora, día y noche, habitada por drogadictos y borrachos, muchos de ellos en situación casi terminal. Creo que no he visto nunca un escenario semejante, salvo en el antiguo Bowery neoyorquino. El nombre del barrio le viene de un marino inglés, un tal «Gassy» Jack Deighton, que decidió quedarse en tierra cuando, en 1867, su barco atracó en los muelles de Burrard. Gassy abrió una taberna próxima a unos aserraderos y fue tanto su éxito que alrededor del bar comenzó a nacer una ciudad. Esa ciudad, que a finales de siglo superaba en habitantes a su vecina Victoria, se llamó luego Vancouver y se convirtió muy pronto en la metrópoli de la Columbia Británica.
De modo que la urbe más hermosa de Canadá, aunque les pese a los puritanos, nació en los barriles de whisky, ron y cerveza de un marinero borrachín y avispado a quien el ayuntamiento, como es de justicia, le ha alzado una estatua en la plazuela en donde estuvo su garito.
Por cierto, que la efigie muestra a Gassy subido en una cuba de cerveza y con aire de llevar un par de copas de más. Que yo sepa, no hay en todo el mundo otras estatuas esculpidas en honor de borrachos…, a excepción de las de los múltiples escritores que fueron aficionados a empinar el codo. Pero se les recuerda por otros aspectos de su actividad más que por el gusto de darle al trago.
Hay en Vancouver, en todo caso, algo que la hace inolvidable. Y creo que no he sabido bien qué era hasta este mismo instante, cuando escribo recordando la ciudad. No es otra cosa que la sensación, al pasear por sus calles, de que vives en el aire. El cielo limpio de nubes, la fuerza del sol, el viento acerado que baja de las montañas y la presencia del mar por todas partes, recogiendo durante las horas largas de los días estivales el reflejo del cielo, producen un espejismo en tu imaginación que te hace sentir que vuelas.
Como sucede con muchas de las grandes urbes de América del Norte, se llamen Washington, Nueva Orleans o México, la ciudad de Vancouver intenta presentarse ante el recién llegado como una ciudad antigua, un empeño tan grotesco como inútil. Cuando me arrimé al mostrador de información turística del aeropuerto en busca de un hotel en donde alojarme, la amable señorita de turno, una rubia grande como una joven percherona, me guiñó un ojo con aire de complicidad:
—Le aconsejo Hasting Street, la zona más liberal de la ciudad. Y no deje de acercarse esta misma noche a Gastown —indicándome el lugar en el mapa gratuito para los turistas—. Allí tenemos el reloj más antiguo de Canadá. Es del siglo XVIII, funciona a vapor, ¡y todavía lo hace!
No sé con qué cara llegué a Vancouver aquella tarde tras muchas horas de vuelo. Pero la recomendación de «zona liberal» tenía que ver, imagino, con algunos lugares en donde es fácil obtener marihuana, aunque no sea legal la venta en el país, y donde se puede fumar públicamente, cosa que sí está permitido en algunos sitios del pequeño barrio que llaman Little Amsterdam. La verdad es que se equivocó conmigo, porque no soy aficionado a la marihuana: siempre que la fumo, primero me convierto en un idiota que se ríe sin cesar y luego me adormezco y me largo de inmediato a la cama.
El hotel era un desastre. Y por lo que al reloj se refiere, se trataba de un trasto colocado sobre una columna de ladrillos, una de esas maquinarias feas y anticuadas de las que había hace unos años centenares en toda Europa y que han acabado, por lo general con merecimiento, en las chatarrerías o el desgüace.
Quizás, aquella caballuna muchacha de la información turística del aeropuerto estaba haciendo un curso de prácticas, o era simplemente una amiga de la titular, a la que había dado el relevo durante unos minutos mientras ésta iba al baño.
El primer europeo que tocó la isla de Vancouver se llamaba Juan Pérez, que partió en enero de 1774 desde el puerto mexicano de San Blas, setenta kilómetros al norte de Puerto Vallarta, a bordo de la Santiago, una fragata de 225 toneladas en la que viajaban 84 tripulantes y 24 pasajeros.
Es curioso que en un tiempo como aquél, en el que la mayoría de los europeos y, entre ellos, los españoles, consideraban a los nativos de otros continentes poco menos que subespecies humanas, el virrey español de Nueva España, don Antonio María Bucareli y Ursúa, entregara a Pérez un pliego de órdenes entre las que se incluían las siguientes:
No se tomará nada que pertenezca a los indios contra su voluntad. Todos deberán ser tratados con gentileza y amabilidad, que es el medio más eficiente de ganar y establecer una fuerte estima. Bajo ninguna circunstancia se tomará por la fuerza posesión de sus tierras. La fuerza no se empleará jamás, salvo en defensa propia. De esa forma, aquellos que regresen más adelante a aquellas tierras con ánimo de crear establecimientos permanentes serán bien recibidos.
Pérez cumplió con escrúpulo las instrucciones de Bucareli y nunca, en todas las expediciones españolas que siguieron a la costa occidental canadiense y Alaska, hubo enfrentamientos armados ni sangre derramada entre los extranjeros y los indígenas, cosa que no sucedió, por cierto, con marinos tan afamados como James Cook.
En el primer viaje, Pérez atracó en lo que hoy se conoce como Nootka Sound, y que él bautizó como Surgidero de San Lorenzo. También llegó hasta el extremo norte de las Queen Charlotte Islands, en las cercanías de Alaska.
Siguieron nuevas expediciones españolas que entraron ya en Alaska, en las cercanías de la actual Sitka. Al sur de la ciudad de Craig, una bahía fue nominada por los españoles con el nombre de Bucary. Hasta el año 1794, en el que el gobierno de Madrid renunció a seguir enviando expediciones al Pacífico Noroeste, hubo siete grandes viajes españoles a los por entonces lejanos y desconocidos mares y territorios. Los marinos hispanos llegaron a alcanzar el actual Prince Charles Sound, la isla Kodiak y el sur de la península de Kenai. Y establecieron excelentes relaciones con nativos de la región, como los indios haidas y los inuit o esquimales alutiiq, de los que recabaron abundante información para llevarla a Madrid. La mayoría de las piezas recogidas en aquellos viajes se conservan en el Museo de América y en el Museo Naval de la capital española.
En 1778 llegó a la zona James Cook, en el último de sus tres legendarios viajes. Rebautizó San Lorenzo como Nootka y tuvo enfrentamientos armados con los indios. Él abrió la ruta a los navegantes ingleses, que comenzaron a rivalizar con los españoles. Cook murió a manos de nativos polinesios en Hawai, cuando regresaba a Inglaterra en el año 1788. Pero en 1792 ya había veinte barcos europeos, la mayoría ingleses y norteamericanos, comerciando con pieles en Nootka.
Los franceses, que también habían intentado asentar su presencia en los nuevos territorios, corrieron peor suerte que españoles y británicos. Jean-François Galaup de la Pérouse alcanzó con su barco Boussole las costas del noroeste en julio de 1786. Perdió un buen número de hombres a causa de los temporales y los enfrentamientos con los indígenas. Cuando regresaba a Europa con los supervivientes de su expedición, un tifón se tragó a su barco con la tripulación entera, él incluido, en el sudoeste del Pacífico.
En 1790, la disputa entre Londres y Madrid sobre los territorios del noroeste americano había encontrado un punto de difícil retorno, e incluso llegó a producirse una amenaza de declaración de guerra por parte de Inglaterra.
En 1791 alcanzó aquellas latitudes Alejandro Malaspina, marino italiano al servicio de la Corona española, en calidad de comandante de una expedición científico-política formada por las naves Descubierta y Atrevida. Venía dando la vuelta al mundo por todas las posesiones españolas, recabando datos científicos y cartografiando zonas no especificadas con detalle en los mapas de la época.
Malaspina buscaba, entre otras cosas, el mítico Paso del Noroeste, una supuesta comunicación entre los océanos Atlántico y Pacífico que se pensaba podría encontrarse entre los 45 y los 60 grados de latitud norte. Era un propósito que también habían alentado Pérez y Cook, y después Vancouver, en el que todos fracasaron. El Paso estaba mucho más arriba, como comprobaría el noruego Amundsen más de un siglo después. Pero ésa es otra historia.
Malaspina lo intentó en la costa de Alaska, cerca de Yakutat. Entró en una estrecha bahía, siguió un canal hacia el norte y se topó con un enorme glaciar. No había paso. «Fuimos decepcionados, pero encontramos la verdad de la mano de la experiencia», escribió en su cuaderno de bitácora aquel hombre cultivado y crecido en las ideas de la Ilustración. Bautizó el lugar como Bahía del Desengaño, nombre que perdura en los mapas en su traducción inglesa, Disenchantment Bay. El glaciar era el mayor de los más de trescientos que existen en Alaska y hoy se le conoce como Malaspina. Con cierto afán poético y abrumado ante tanta magnificencia, el navegante italo-español escribió: «¿Cuál sería, pues, la masa enorme de hielo que cubra la parte opuesta a la cordillera, adonde no alcanza jamás la dirección de los rayos del sol y adonde operan más directamente los vientos invernales del Norte? ¿Cuáles los pies humanos que hayan de transitarla?».
En 1794 puso rumbo a España. Desde meses antes, otro navegante, un inglés llamado Vancouver, se encontraba en Londres de regreso de las mismas latitudes que había recorrido Malaspina. Y cuando el marino italo-español alcanzó el puerto de Cádiz, Inglaterra y España habían llegado ya a un acuerdo que daba libre acceso a la zona a las dos naciones. Un año después, en 1795, Madrid ordenó a todos los españoles evacuar Nootka: sus problemas políticos en las posesiones de América del Sur y en Europa no le permitían esfuerzos en otros lugares de la Tierra.
Cabe añadir que Manuel de Godoy, el primer ministro español responsable de la desastrosa política del reinado de Carlos IV, envió durante diez años a la cárcel a Malaspina y prohibió la publicación de sus logros geográficos y científicos.
Durante las décadas que siguieron, los establecimientos ingleses fueron extendiéndose por toda la isla y por el cercano continente. Nacía así la Columbia Británica que, por qué no, bien podría haber sido, en otras circunstancias políticas, la Columbia Española.
Vancouver, con gentileza —cosa que no hizo Cook—, respetó muchos de los nombres dados por los navegantes españoles a los lugares que cartografiaban por vez primera. Y él mismo homenajeó a Malaspina manteniendo su apellido para denominar al mayor glaciar de Alaska.
Si uno viaja por la Columbia Británica puede encontrarse, en la costa del Paso del Interior, nombres como éstos: islas Gabriola, Galiano, San Juan, Vargas, Bonilla, Aristizábal, Cuadra y Flores; estrecho de Juan de Fuca, cabo Sutil y punta Ferrer; canales de las Goletas, de Laredo, de Cordero y Malaspina (aparte del glaciar); ensenada de la Esperanza, fiordo Boca de Quadra, y localidades como Santa-Boca o López. Y hay muchos más.
De modo que la ciudad se llama Vancouver y no Gassy a causa de aquel magnífico navegante que fue el citado George Vancouver, un experimentado marino que había viajado en las dos últimas grandes expediciones de James Cook, formando parte de la tripulación. Entre 1792 y 1795, Vancouver recorrió las costas de la Columbia Británica y una buena parte de las de Alaska e hizo entrar a sus barcos en cada ensenada, estrecho, canal o fiordo que encontraba a su paso. Cartografió al completo el Paso del Interior y, en Alaska, atracó en las bahías en donde hoy se cobijan las ciudades de Juneau y Anchorage, además de ser el primer europeo en divisar desde la lejanía el imponente monte McKinley, el techo de América del Norte. Durante el viaje, puso además nombre, en los mapas de la época, a 383 puntos geográficos.
Así que la ciudad prefirió ser bautizada con el nombre de un prestigioso navegante y geógrafo mejor que con el de un afamado borracho.
Mi alojamiento resultó no ser tan céntrico como me había anunciado la equina informante del aeropuerto ni tan cómodo como pregonaba su descripción en el folleto que me había ofrecido. Vaya usted a saber a quién se le había ocurrido llamarle Paradise, quizás a alguien con una cierta capacidad en el manejo de la ironía. Era un edificio destartalado, en la calle East Hastings, y mi habitación, en el quinto piso del ala del sudoeste, resultaba ser una sauna, con el duro sol batiendo a toda hora contra mi ventana. Intenté cambiarla por una que diera al norte, pero no había otra libre. Así que me largué a dar mi primer paseo por la ciudad, esperando que cayera el sol para poder abrir la ventana y recibir el aire de la noche.
En el autobús, camino del downtown viajaban unos cuantos mendigos, un par de ellos con trazas de alcoholismo en el rostro. Me fijé, en las sucesivas paradas,
