Colinas que arden, lagos de fuego

Javier Reverte

Fragmento

Prólogo

Volver a las colinas, las praderas, los bosques y los lagos del este de África, después de varios años de ausencia, acelera los latidos del corazón y renueva los fluidos del espíritu. Además de eso, recorrer a pie alguno de sus senderos, igual que lo hicieron los antiguos exploradores, resulta tan emocionante como diferente a otro tipo de viaje. Caminándola, se percibe mejor la esencia de África, que no es otra que la esencia misma de la palabra «aventura».

No lo digo en vano. Viajar en largas jornadas de marcha, durmiendo en campamentos al aire libre, o al arrimo de un kraal, o manyatta,1 se te antoja libre y sensual al tiempo que despierta tus temores infantiles. Durante el día, caminas pegado a los olores de la tierra, escuchando el jadeo y las sonoras ventosidades de los animales de carga; cruzas cerca del trote de las bestias salvajes, siguiendo las mismas sendas que ellas o adaptado al paso de los camellos en los cauces de ríos secos, esos lugga2 que los campesinos y ganaderos samburu, kalenjín o masai3 recorren en busca de agua o hacia un mercado en donde vender sus reses; y descansas a duras penas, durante la noche, próximo a los rugidos de los felinos y a los chillidos histéricos de las hienas, con duermevelas que te hacen imaginar el jadeo de una fiera cerca de tu garganta. Viajando de tal guisa, gozas de África en estado puro, con asombro y temor al mismo tiempo, disfrutas de un África a la medida humana.

Además de eso, volver después de un largo tiempo de ausencia a las Tierras Altas de Kenia y Tanzania, que tantas veces recorrí en tren y en autobús años atrás, me ofrecía la sensación de que regresaba a una época más joven de mi vida. Quizá porque allí, a 1.800 metros de altura, el aire es libre, dulce y fresco, y extrañamente huele a tormentas venidas de los océanos, como en los días de mi niñez en el campo madrileño. El horizonte, bajo la luz del sol cegador y en las proximidades del Ecuador, se vuelve en esas tierras azul y acuoso: no hay otro color o cualidad para las grandes distancias.

En buena parte, a diferencia de los viajes que realicé en solitario años antes, en estos últimos me moví casi todo el tiempo unido a grupos de amigos que yo mismo elegí. Fue una experiencia nueva. Y además, necesaria. Porque, para caminar por África, precisas de compañía. Y también de ayuda, de asistentes que hagan el trabajo de cargar los equipajes, organizar las comidas y las acampadas, y atinar con los rumbos correctos que un escritor urbanita como yo no es capaz de localizar. También, en los senderos africanos, necesitas camellos o coches para trasladar los utensilios de cocina y los pesados fardos con que levantar a la atardecida el campamento.

En fin, había una tercera razón para ir en grupo: que durante años, varios buenos amigos y algunos familiares me venían pidiendo organizar con ellos un viaje por África. Y yo no he aprendido todavía a decir que no a la gente que quiero.

Pero no sólo hubo caminatas, sino también esos maravillosos recorridos en autobuses populares, los matatu, o en cálidos trenes atiborrados de gente curiosa y hospitalaria y, cómo no, en los viejos transbordadores que cruzan los ríos y los lagos africanos. ¡Ay, esos barcos carcamálicos y repletos de pasajeros que muy pronto desaparecerán!

Espero irme del mundo antes que ellos, a tiempo de no tener que llorarlos en un triste funeral.

El viaje que recojo en este libro en realidad son dos. El primero de ellos me llevó, junto con otros cinco amigos, desde Nairobi hasta el lago Turkana. Y en el segundo, con otros siete compañeros, a cubrir la ruta entre Dar-es-Salaam y el lago Tanganika. Viajes, pues, de colinas y llanuras calcinadas por el sol y de superficies lacustres cuyas aguas parecían hervir. Viajes de polvo y sudor, de euforia y miedo. Viajes de alegre camaradería casi infantil. Viajes, en suma, inolvidables.

La primera parte de este texto cubre el recorrido que realicé por las geografías del norte keniano en un tiempo difícil. Finalizaba el mes de enero de 2008 cuando emprendimos la marcha y, desde algo más de un mes, el oeste de Kenia y la misma Nairobi vivían tiempos de revolución y de matanzas. En las proximidades del lago Victoria, en los alrededores del lago Nakuru y en algunos suburbios de la capital, los policías mataban a los revoltosos a tiros y los revoltosos incendiaban los coches y las comisarías de la policía. Mientras tanto, los kikuyu, la etnia dominante en el país y monopolizadora del gobierno desde los días de la independencia, combatían a machete y a flechazos en numerosas aldeas contra los kalenjín y los luo, dos de las etnias apartadas de todos los privilegios del poder desde el tiempo de la independencia. El país era un airado festival de sangre y los amigos y los familiares nos aconsejaban que suspendiésemos el viaje que llevábamos un par de meses preparando.

Pero fuimos. Y disfrutamos de una singular situación: apenas había en el país otros turistas que nosotros. De modo que los precios eran risibles, casi todos los hoteles estaban vacíos y en los parques y en los caminos kenianos no encontramos más que unos pocos blancos. Creo que incluso los leones se daban un respiro y se relajaban descansando del agobio del turismo, de esos mirones que van en coche y no les dejan cazar, comer, defecar y aparearse a su gusto. Por supuesto que evitamos pasar por cualquier región en estado de guerra. Se puede ser algo inconsciente, pero no completamente estúpido.

Comenzamos nuestro viaje en coche desde Nairobi y, tras acampar en las faldas del monte Kenia, la montaña sagrada de los kikuyu, nos desplazamos por carretera hasta la ciudad de Mararal, que fue hogar, durante unos cuantos años, del famoso británico Wilfred Thesiger, un aristócrata inglés no exento de mérito que se bautizó a sí mismo, con cierta pretenciosidad, como «el último explorador». Desde allí emprendimos nuestra marcha a pie, apoyados por camellos y coches, a través de territorio samburu, por los valles que forman los cauces secos del río Milgis y sus afluentes, una sabana trazada de lugga que son como cicatrices en la tierra rojiza, cubierta por ralos bosques de acacias de espinos. Avanzábamos en jornadas de seis o siete horas, al pie de las calcinadas cordilleras de los Ndoto y los Matthews, aisladas regiones por donde señorean bandas de pokot, irreductible etnia de cuatreros a la que no consigue domeñar el gobierno central de Nairobi y que es temida por todas las otras etnias locales a causa de su carácter belicoso. Son territorios de históricas luchas durante el período colonial y hoy campos sin ley, repletos de animales salvajes, en donde casi todo el mundo va armado de viejos fusiles o de Kalashnikovs. Un escenario de aventura y primitivismo como hay pocos en el África de nuestros días.

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