Una zona de oscuridad

V.S. Naipaul

Fragmento

cap-1

Prólogo

El viaje para Una zona de oscuridad siguió inmediatamente a la escritura de The Middle Passage. Por aquel entonces yo vivía, muy feliz, en el sur de Londres, y la sucursal de Streatham de una agencia se encargó de solucionar las complicaciones del viaje a la India, en avión y en barco. No resultaba fácil volver a fijar las fechas, y tuve que darme prisa con The Middle Passage para no perder las reservas para el libro posterior. Se me había ocurrido la idea de un libro como Una zona de oscuridad mientras escribía Una casa para el señor Biswas, una tarea que me llevó dos años, y en esa época en la que todo se movía más lentamente para mí empecé a tener la impresión de que llevaba demasiado tiempo dedicado a la ficción. La idea de otro género, el ensayo, empezó a parecerme una liberación y llegué a un acuerdo con André Deutsch para escribir un libro sobre la India, aunque hasta entonces había escrito muy poco ensayo y no podía decirse que supiera desenvolverme con las dificultades especiales del género.

Al fin estuve preparado para marcharme. Recuerdo un viaje invernal en tren por Francia y también recuerdo un caballo grande y blanco arando, una visión de doliente romanticismo. El resto de ese viaje a la India queda recogido en estas páginas. Antes de marcharme de Inglaterra había intentado colocar un par de artículos en un periódico inglés, sin éxito. Yo no era conocido. Solo recuerdo una carta de un periódico que decía que la India era «inagotable» y que les encantaría ver qué podía presentarles más adelante.

Quizá la India fuera inagotable, pero mi India no era como la de los ingleses o los británicos. Mi India estaba llena de dolor. Unos sesenta años antes mis antepasados habían hecho el larguísimo viaje desde la India hasta el Caribe, de al menos seis semanas, y aunque apenas se hablaba de ello cuando yo era pequeño, a medida que fui haciéndome mayor empezó a preocuparme cada vez más. De modo que, a pesar de ser escritor, yo no iba a la India de Forster o de Kipling. Iba a una India que solamente existía en mi cabeza. La India que encontré los primeros días era triste, simple y repetitiva, demasiado repetitiva para un libro, y empecé a pensar que André Deutsch no tendría su libro. Me salvó una inquietud más profunda que me acompañó durante todo el viaje, la preocupación de que después de Una casa para el señor Biswas hubiera agotado el material de ficción y de que la vida se me hiciera muy difícil en el futuro; quizá tuviera que dejar de escribir. Esa inquietud se manifestó de diversas formas, mentales y físicas, y una combinación de ambas. La que más me desgastaba era creer que iba a perder el don del habla. Estaba detrás de cuanto hacía, de todo cuanto aparece en las primeras páginas de Una zona de oscuridad. La India fue físicamente como un golpe. Exageré el calor, la sordidez, todo cuanto podía contribuir a mi descontento. Me planteaba cómo iba a aguantar el año que había pensado pasar en el país. Y como ya he dicho, sentía continuamente la imperiosa necesidad de empezar una novela, y no porque tuviera un tema, sino tan solo por hacer algo que me confirmara que aún seguiría siendo escritor.

Fui a Cachemira. Encontré un hotel rústico pero acogedor en el lago Dal, en Srinagar. Hacía más fresco; podía pensar más racionalmente; el lector de estas páginas averiguará cómo me organicé la vida allí. Y de repente tuve un poco de suerte. Se me ocurrió una idea para una novela y me dediqué durante tres meses a escribir esa novela. Ese trabajo fue una auténtica bendición. Me dio un punto de reposo; permitió que la vida de la India fluyera lentamente a mi alrededor, aportándome material para una narración india, que fue desarrollándose a medida que el asunto crecía en mi máquina de escribir. Sin esa tarea, ese punto de reposo, no habría podido quedarme en la India; me habría sentido demasiado mal; quizá tendría que haber vuelto a Inglaterra: un fracaso en todos los sentidos. Y es extraño recordar que fue ese pequeño relato, ese pequeño golpe de suerte, lo que hizo posible que continuara en la India y lo que dio lugar al crecimiento fructífero de los dos o tres años siguientes.

Después de ese golpe de suerte, Una zona de oscuridad se escribió solo. Yo podía ser tan flexible como quisiera. Podía volver al principio del viaje o a la historia de mi familia. Seguí desde Cachemira como rellenando, como ampliando un país que ya conocía a medias. Podía centrarme en lo grande o en lo pequeño; todo podía encajar; resultó una experiencia deslumbrante, y aunque después no se me ocurrió otra narración fácilmente, siguió acompañándome el recuerdo de esa escritura relajada, calibró mis posibilidades y contribuyó a que los siguientes ensayos o proyectos resultaran más manejables.

V. S. NAIPAUL

cap-2

Preludio del viajero. Un poco de papeleo

En cuanto bajaron nuestra bandera de la cuarentena y hubo abandonado el barco el último policía descalzo, uniformado de azul, de las Autoridades Sanitarias del Puerto de Bombay, subió a bordo Coelho, el goano y, tras hacerme señas con un largo dedo para llevarme al bar, susurró: «¿Tiene eso?».

La agencia de viajes había enviado a Coelho para que me ayudase en la aduana. Era alto y delgado, desastrado y nervioso, y supuse que se refería a alguna clase de contrabando. Así era. Quería queso, una exquisitez en la India. Las importaciones estaban restringidas, y los indios aún no habían aprendido a hacer queso, como tampoco habían aprendido a blanquear el papel de prensa. Pero yo no podía ayudar a Coelho. El queso del carguero griego no era bueno. Durante las tres semanas de travesía desde Alejandría me había quejado al impasible sobrecargo, y no me sentía capaz de pedírselo para bajar a tierra.

«Vale, vale», Coelho, sin creerme y sin ganas de perder el tiempo escuchando excusas. Salió del bar y echó a andar por el corredor con paso ligero, examinando los nombres encima de las puertas.

Yo me fui a mi camarote. Abrí una botella de whisky y tomé un sorbo. Después abrí una botella de metaxá y también tomé un sorbo. Eran las dos botellas de alcohol que esperaba llevar a la Bombay de la ley seca, y era la precaución que me había aconsejado mi amigo del Departamento de Turismo Indio, pues me confiscarían las botellas llenas.

Coelho y yo nos vimos más tarde en el comedor. Ya no estaba tan nervioso. Llevaba una muñeca griega muy grande con vestimenta típica, muy vistosa en comparación con su camisa y sus pantalones andrajosos, las mejillas sonrosadas y los ojos azules de mirada fija, serenos junto a la cara alargada, delgada y melancólica de Coelho. Al ver las botellas abiertas volvió a ponerse nervioso.

—Abiertas. ¿Por qué?

—¿No es lo que dice la ley?

—Escóndalas.

—La de metaxá es demasiado alta para esconderla.

—Pues tumbada.

—No me fío del corcho. Pero ¿no dejan entrar dos botellas?

—No sé, no sé. Sujete esta muñeca. En la mano. Diga que es un recuerdo. ¿Lleva la tarjeta turística de presentación? Bien. Un documento muy valioso. Con ese documento no le registrarán. ¿Por qué no esconde las botellas?

Dio unas palmadas e inmediatamente apareció un hombre descalzo, huesudo y raquítico que se puso a recoger nuestras maletas. Había estado esperando, inadvertido y desatendido, desde que Coelho subió a bordo. Cargados únicamente con la muñeca y la bolsa de las botellas, bajamos a la lancha. El criado de Coelho dejó las maletas en un rincón y se acuclilló en el suelo, encogiéndose en el menor espacio posible, como si quisiera disculparse por su presencia, incluso en la popa desprotegida, en la lancha en la que viajaba su amo. El amo, que de vez en cuando lanzaba una rápida ojeada a la muñeca que yo llevaba sobre las rodillas, miraba fijamente al frente, con expresión ominosa.

Para mí, Oriente había empezado semanas antes. Ya en Grecia había notado que Europa iba desapareciendo. Oriente estaba en la comida, en la importancia de los dulces, algunos de los cuales conocía de mi infancia; en los carteles de películas indias con la actriz Nargis, favorita del público griego, según me dijeron; en las amistades inmediatas, las invitaciones a casas y a comer. Grecia fue una preparación para Egipto: Alejandría al atardecer, un ancho arco brillando sobre el mar invernal; más allá del rompeolas, el yate blanco del antiguo rey vislumbrado entre la fina lluvia; el motor del barco apagado, y de repente, como obedeciendo a una señal, un estruendo en el muelle, gritos, riñas y palabras incoherentes de hombres de yibahs mugrientas que en un momento invadieron la embarcación ya abarrotada y se pusieron a correr por ella. Y saltaba a la vista que era allí, no en Grecia, donde empezaba Oriente, en el caótico derroche de movimiento, el alboroto que se espoleaba a sí mismo, la repentina sensación de inseguridad, la convicción de que todos los hombres no son hermanos y de que el equipaje corría peligro.

Allí habría de aprender la importancia del guía, del hombre que conocía las costumbres del lugar, el negociador, para quien no guardaban secretos los formularios plagados de errores y mal impresos. «Escriba aquí», dijo mi guía en el edificio de Aduanas, con un remolino de mozos, guías, funcionarios, vagos, policías, viajeros y un refugiado griego que me susurró al oído: «Tengo que advertírselo. Esta noche están robando». «Escriba aquí. Una Kodak». El guía señaló la línea de puntos que decía fecha. «Y aquí escriba ni oro, ni adornos ni piedras preciosas», añadió señalando firma. Me opuse. «Escriba.» Sonó como una palabra árabe. Era un hombre alto, serio, siniestro al estilo de Hollywood; llevaba fez y se daba leves golpecitos en un muslo con el bastón. Lo escribí, y funcionó. «Y ahora vamos al hotel», masculló, cambiándose el fez que decía «Agente de viajes» por otro con «Hotel X».

A partir de entonces, Oriente, conocido únicamente por los libros, siguió revelándose, una peculiaridad tras otra, y cada vez que reconocía algo suponía un descubrimiento, como había sido toda una revelación ver la yibah, una prenda casi legendaria por las innumerables fotografías y descripciones, en personas de carne y hueso. En el deslucido hotel, que parecía rebosante de recuerdos del Imperio británico en la India, se presentía el sistema de castas. El viejo camarero francés se dedicaba únicamente a servir; tenía sus recaderos, silenciosos negros de ojos tristes con fez y faja que trajinaban y recogían. En el vestíbulo había innumerables botones negros de atuendo pintoresco. Y en la calle estaba el Oriente que te esperabas: los niños, la suciedad, la enfermedad, la desnutrición, los gritos de bakchich, los vendedores ambulantes, los charlatanes, la visión fugaz de los minaretes. Los recordatorios de imperialismos que se habían replegado estaban en las vitrinas de oscuras tiendas de estilo europeo, languideciendo por falta de clientela, en el triste susurro de la peluquera francesa quejándose de que no podían obtenerse perfumes franceses y había que conformarse con los intensos aromas egipcios; en las despectivas alusiones del empresario libanés a los «nativos», de todos los cuales desconfiaba, salvo de su ayudante, que en voz baja me dijo que llegaría el día que echarían del país a todos los libaneses y europeos.

Una peculiaridad tras otra, el Oriente sobre el que había leído. En el tren hacia El Cairo un hombre al otro lado del pasillo carraspeó dos veces, con lengua experta formó una bola con la flema, se sacó la bola de la boca entre el pulgar y el índice, la examinó y la frotó entre las palmas de las manos. Llevaba un traje de tres piezas y un transistor a todo volumen. El Cairo desveló el significado del bazar: calles estrechas con mugre incrustada, apestosas incluso en ese día de invierno; tiendas minúsculas llenas de artículos de pacotilla; muchedumbres; el estruendo, ya de por sí apenas soportable, empeorado por el continuo estrépito del claxon de los coches; edificios medievales parcialmente desmoronados, otros erigidos sobre escombros antiguos, con retazos de azulejos, turquesa y azul real aquí y allá, evocaciones de un pasado de belleza y orden, fuentes cristalinas y aventuras amorosas, como quizá las hubiera habido siempre en el pasado no menos desorganizado.

Y en ese bazar, un zapatero. Con casquete blanco, rostro arrugado, gafas de montura de acero y barba blanca, podría haber posado para una fotografía de la National Geographic Magazine, el hábil y paciente artesano oriental. Se me había soltado la suela de un zapato. ¿Podía arreglármela? Sentado casi a ras del suelo, encorvado sobre su trabajo, miró con los ojos entornados mis zapatos, mis pantalones y mi impermeable. «Cincuenta piastras.» Le dije: «Cuatro». Asintió con la cabeza, me quitó el zapato y se puso a clavar con un martillo de carpintero un clavo de más de dos centímetros. Agarré el zapato; él, sonriente, martillo en ristre, siguió sujetándolo. Tiré; él lo soltó.

Las pirámides, cuya función de retretes públicos no menciona ninguna guía turística, eran inaccesibles gracias a los guías, «vigilantes», conductores de camellos y chicos cuyos burros se llamaban Whisky con Soda. Bakchich! Bakchich! «Venga a tomar un café. No quiero que compre nada. Solo quiero mantener una conversación inteligente. El señor Nehru es un gran hombre. Vamos a intercambiar ideas. Yo soy licenciado universitario.» Tomé el autobús del desierto para volver a Alejandría y me refugié en el carguero griego dos días antes de lo previsto.

Después vino el tedio de los puertos africanos. Daban la sensación de ser pequeños claros en las lindes de un vasto continente, y comprendías que, a pesar de los negros, Egipto no era África, ni Oriente, a pesar de tantos minaretes y yibahs, sino el final de Europa. En Yida las yibahs eran más limpias, los coches estadounidenses más nuevos y numerosos y eran conducidos con gran estilo. No nos permitieron desembarcar y solo pudimos ver la vida del puerto. En los muelles estaban descargando camellos y cabras de cochambrosos barcos de vapor con grúas y eslingas; iban a ser sacrificados para la fiesta ritual que señala el final del Ramadán. Levantados en volandas, los camellos extendían las patas, repentinamente inútiles; al tocar tierra, suavemente o de golpe, se agachaban y después corrían hacia sus congéneres y se frotaban contra ellos. En una lancha se desató un incendio; nuestro barco hizo sonar la alarma y en cuestión de minutos llegaron los bomberos. «La autocracia tiene sus encantos», observó el joven estudiante paquistaní.

Habíamos tocado África, y cuatro pasajeros no se habían vacunado contra la fiebre amarilla. Una epidemia de viruela procedente de Pakistán estaba propagándose por Gran Bretaña, y temíamos medidas severas en Karachi. Las autoridades paquistaníes subieron a bordo, bebieron bastante y no aplicaron la cuarentena. Sin embargo, en Bombay las autoridades indias rechazaron el alcohol y ni siquiera se terminaron las Coca-Colas que les ofrecieron. Lo lamentaban, pero los cuatro pasajeros tendrían que ir al hospital de infecciosos de Santa Cruz; o eso o el barco tendría que quedarse al pairo. Dos de los pasajeros sin vacunar eran los padres del capitán. Nos quedamos al pairo.

Había sido un viaje lento, de impresiones variadas y superficiales, pero también una preparación para Oriente. Tras el bazar de El Cairo, el bazar de Karachi no supuso una sorpresa, y bakchich era igual en las dos lenguas. El cambio del invierno mediterráneo al pegajoso verano del mar Rojo había sido rápido, pero otros cambios se produjeron con más lentitud. Desde Atenas hasta Bombay había ido definiéndose gradualmente una idea distinta del hombre, un nuevo tipo de autoridad y subordinación. Las características físicas de Europa se habían disuelto primero en las de África, y después, a través de la Arabia semítica, en las de la Asia aria. Los hombres habían mermado y se habían deformado; suplicaban y gimoteaban. Yo reaccioné con histerismo y una brutalidad dictada por una nueva conciencia de mí mismo como ser humano completo, y la decisión, salpicada de miedo, de seguir siendo lo que era. Poco importaba a través de los ojos de quién estuviera viendo Oriente; todavía no había tenido tiempo para esa clase de autoevaluación.

Impresiones superficiales, reacciones desmedidas, pero seguía acompañándome un recuerdo, e intenté aferrarme a él durante el día al pairo en Bombay, cuando vi la puesta de sol tras el hotel Taj Mahal y pensé que ojalá Bombay fuera solamente un puerto más como los que habíamos tocado durante la travesía, un puerto que el pasajero del carguero podía explorar o rechazar.

Fue en Alejandría. Allí nos habían incordiado sobre todo los taxis tirados por caballos. A los caballos se les contaban las costillas; la carrocería de los vehículos estaba tan destrozada como la ropa de los conductores. Los conductores te llamaban; llevaban el coche a tu lado y no te dejaban hasta que se les presentaba otra posible carrera. Había sido un alivio escapar de ellos y observarlos desde la seguridad del barco asaltando a otros. Era como ver una película muda: la víctima avistada, el coche raudo, la víctima captada, la gesticulación, el coche siguiendo a la víctima, al mismo paso, al principio rápido, después exageradamente lento, a continuación regular.

Y una mañana la inmensidad desierta del muelle se despertó con gran actividad, como si la película muda se hubiera transformado en una epopeya muda. Ante el edificio de la terminal estaban estacionados taxis bicolores en largas hileras; diseminadas por toda la zona portuaria, como esperando la señal del director para la acción, había pequeñas aglomeraciones negras de coches de caballos, y por las puertas del muelle, en el extremo derecho, entraban ininterrumpidamente más taxis y coches. Los caballos galopaban; las manos de los conductores se afanaban con el látigo. La exaltación duró poco. A cada coche le llegó el reposo muy pronto, al lado de un grupo de vehículos. En breve se vio el motivo de tanto entusiasmo: un gran transatlántico blanco, que posiblemente llevaba turistas, o posiblemente emigrantes con pasaje barato a Australia. Lenta, silenciosamente, fue poniéndose al ralentí. Y por las puertas siguieron entrando a raudales más taxis, y más coches de caballos que corrieron enfebrecidos hasta los morrales del pienso y la hierba, un anticlímax.

El transatlántico atracó de buena mañana. Hasta mediodía no empezaron a salir los primeros pasajeros del edificio de la terminal al erial del muelle. Fue como la orden del director. Recogieron rápidamente la hierba del asfalto y la metieron en cajas bajo los asientos de los conductores, y cada pasajero se convirtió en el blanco convergente de varios ataques. A nosotros esos pasajeros nos parecían sonrosados, inexpertos, tímidos y vulnerables. Llevaban cestas y cámaras de fotos, sombreros de paja y camisas de algodón de vivos colores para el invierno egipcio (soplaba un viento cortante desde el mar). Pero nuestras simpatías habían cambiado; nos pusimos de parte de los alejandrinos. Llevaban toda la mañana esperando; habían llegado con enorme brío y fogosidad; queríamos que convencieran, conquistaran y sacaran a sus víctimas por las puertas del muelle.

Pero no pudo ser. Justo cuando los pasajeros habían sido acorralados por taxis y coches de caballos y la calma se había impuesto a los gestos de protesta, de modo que la huida parecía imposible y la captura segura, dos autocares relucientes atravesaron las puertas del muelle. Desde el barco parecían juguetes caros. Despejaron un camino entre coches y taxis que volvió a cerrarse y a abrirse para permitir que los autocares diesen lentamente un amplio giro, y donde antes había turistas con alegre ropa de algodón solo quedó el asfalto. Como reacios a aceptar aquella desaparición definitiva, los coches de caballos retrocedieron y a continuación avanzaron, como lanzándose a la persecución. Después volvieron sin prisas a sus respectivos estacionamientos, donde los caballos rescataron del asfalto la hierba que se había librado de la precipitada recogida de los conductores.

Taxis y coches de caballos se quedaron allí toda la tarde, esperando a los pasajeros que no se habían ido en los autocares. Esos pasajeros eran escasos; llegaban de uno en uno o de dos en dos, y parecían preferir los taxis. Pero el entusiasmo de los coches de caballos no decreció. Cuando aparecía un pasajero, los conductores saltaban a sus asientos, daban de latigazos a los flacos caballos para ponerlos en movimiento y salían zumbando, pasando de vagos con bufandas y abrigos viejos a personajes decididos y hábiles. A veces los contrataban; con frecuencia estallaban disputas entre ellos y los pasajeros se retraían. Otras veces un coche acompañaba a un pasajero hasta las mismas puertas del muelle. En ocasiones, al llegar a ese punto, veíamos al minúsculo peatón detenerse, y a continuación, triunfal y aliviado, subirse al coche. Pero raramente.

La luz fue desvaneciéndose. Los coches de caballos dejaron de ir al galope. Iban rodando al paso. El viento arreció; el puerto se oscureció; aparecieron luces. Pero los coches siguieron allí. Hasta más tarde, cuando el transatlántico resplandecía e incluso las chimeneas estaban iluminadas, ya con la esperanza completamente perdida, no se marcharon, uno a uno, dejando briznas de hierba y estiércol donde habían estado los caballos.

Esa noche subí a cubierta, un poco después. No muy lejos, bajo una farola, había un coche de caballos solitario. Estaba allí desde las últimas horas de la tarde; se había apartado pronto del tumulto de la terminal. No había hecho ninguna carrera, y ya no haría ninguna. El farol del coche tenía la llama baja; el caballo comía hierba de un somero montoncito en la carretera. Arropado para protegerse del viento, el conductor estaba frotando la capota, de débiles brillos, con un trapo. Cuando acabó de frotar, quitó el polvo y cepilló el caballo breve y enérgicamente. Pasado menos de un minuto volvió a salir del coche y se puso a frotar, limpiar y cepillar otra vez. Entró una vez más; salió. Actuaba de una forma compulsiva. El animal masticaba; su pelo brillaba; el coche resplandecía. Y ni un solo cliente. A la mañana siguiente desapareció el transatlántico, y el puerto volvió a quedarse desierto.

Sentado en la lancha a punto de atracar en el embarcadero de Bombay donde los nombres de las grúas y los edificios eran curiosamente ingleses, con una sensación incómoda al pensar en el animal mudo agazapado en el suelo, detrás de su amo, y una sensación parecida al ver las figuras del muelle, nada románticas, como deberían serlo las primeras figuras que se ven en tierra extranjera, sino con un aspecto frágil y desastrado que contrastaba con los edificios de piedra y las grúas de metal, intenté recordar que en Bombay, como en Alejandría, el poder no podía encerrar orgullo, y que dar rienda suelta a la ira y el desprecio significaba sentir asco de ti mismo más adelante.

Y por supuesto, Coelho, el guía, el negociador, el que conocía los impresos oficiales, tenía razón. Bombay era estrictamente seca, y de mis dos botellas de alcohol abiertas se incautaron los agentes de aduanas vestidos de blanco, que avisaron a un hombre de azul y aspecto deprimido para que las precintara «en mi presencia». El hombre de azul se aplicó a esa tarea manual y, por consiguiente, degradante, lentamente, con fruición; su actitud proclamaba que era un funcionario reconocido, aunque degradado. Me entregaron un recibo y me dijeron que podría recuperar las botellas cuando consiguiera un permiso de bebidas alcohólicas. Coelho no lo veía tan claro; dijo que las botellas incautadas tenían la costumbre de romperse. Pero sus preocupaciones se habían acabado. No habían registrado; su muñeca griega había pasado sin más averiguaciones. La recogió; también sus honorarios, y desapareció en Bombay. No volví a verlo.

Estar en Bombay agotaba. El calor húmedo minaba las fuerzas y la voluntad, y pasaron varios días hasta que me decidí a recuperar las botellas. Lo decidí por la mañana; me puse a ello por la tarde. A la sombra de la estación de Churchgate me debatí, incapaz de saber si tenía valor para cruzar la calle desprotegida hasta la Oficina de Turismo. Se me fue el santo al cielo con el debate interno; tardé varios minutos en cruzar. Aún quedaba un tramo de escaleras. Me senté bajo un ventilador a descansar. Me tentó un aliciente mayor que un permiso de bebidas alcohólicas: arriba, en las oficinas, había aire acondicionado. En eso la India era un país organizado, incluso con lujos. El diseño era contemporáneo; había mapas y fotografías de colores en las paredes y unas pequeñas estanterías de madera con folletos. Mi turno llegó demasiado pronto; se acabó la pereza. Rellené el impreso. El administrativo rellenó los suyos, dos más que yo, hizo anotaciones en diversos registros y me entregó un manojo de folios, el permiso de bebidas alcohólicas. Había sido rápido y atento. Le di las gracias. No las merecían, dijo; solo era un poco de papeleo.

Una cosa cada día; esa era mi norma. Y hasta la tarde siguiente no volví al puerto, en taxi. A los agentes de Aduanas vestidos de blanco y al funcionario degradado de azul les sorprendió verme.

—¿Se dejó algo aquí?

—Dejé dos botellas de alcohol.

—No. Le requisamos dos botellas. Fueron precintadas en su presencia.

—Eso quería decir. He venido a que me las devuelvan.

—Pero nosotros no guardamos las bebidas alcohólicas requisadas. Todo lo que requisamos y precintamos se envía inmediatamente al nuevo edificio de Aduanas.

Al salir registraron mi taxi.

El nuevo edificio de Aduanas era una gran construcción del Ministerio de Obras Públicas, de dos plantas y lobreguez administrativa, tan abarrotado como un juzgado. Había gente en la entrada, en las galerías, en las escaleras, en los pasillos. «Alcohol, alcohol», repetí, y me mandaron de un despacho a otro, todos ellos rebosantes de jóvenes encogidos con gafas y camisa blanca sentados ante escritorios cubiertos de papelotes. Alguien me dijo que fuera arriba. En el rellano me topé con un grupo de personas descalzas sentadas en el suelo de piedra. Al principio pensé que estaban jugando a las cartas, un pasatiempo muy popular en las calles de Bombay. Pero estaban clasificando paquetes. Uno de ellos me dijo que me habían dado mal las indicaciones, que tenía que ir al edificio de atrás. A juzgar por la cantidad de ropa andrajosa que se veía en una de las habitaciones de abajo, parecía una casa de vecinos, y a juzgar por el número de sillas rotas y muebles llenos de polvo e inútiles, una tienda de baratillo. Pero era el sitio donde se guardaban los equipajes sin reclamar y, por consiguiente, el sitio que yo buscaba. En el piso de arriba me puse en una cola que avanzaba lentamente, al final de la cual solo me encontré con un contable.

—No es a mí a quien necesita. Es ese empleado, el de los pantalones blancos. Allí. Es muy amable.

Fui a verlo.

—¿Tiene el permiso de bebidas alcohólicas?

Le enseñé el montón de hojas timbradas y firmadas.

—¿Tiene el permiso de transporte? —Era la

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