Para Cecilia
Muy pocos hombres —las soledades se extienden hacia el oeste, hacia el norte, hacia el este, inmensas, y terminan por invadirlo todo—, tierras yermas, ciénagas, ríos vagabundos y landas, bosquecillos, pastizales, todas las formas degradadas del bosque que subsisten después de los zarzales y de los quemadores de bosques —de tanto en tanto claros, un suelo conquistado esta vez, pero que sin embargo apenas ha sido dominado, surcos irrisorios que instrumentos de madera arrastrados por flacos bueyes han trazado sobre una tierra reacia; en este espacio nutridor del que aún están ausentes las grandes empresas, los campos que se dejan en barbecho uno, dos, tres años, diez a veces, para que se reconstituyan naturalmente los principios de su fertilidad (chozas de piedra, de barro o de ramas, reunidas en pequeñas aldeas, rodeadas por cercas de espinos y por huertos), a veces, en medio de las empalizadas que protegen la residencia de un jefe, una construcción en madera, graneros, los cobertizos de los esclavos y las cocinas, que se mantienen apartados—, de tarde en tarde, una ciudad, penetrada por la naturaleza rural, que no es más que el esqueleto rejuvenecido de una ciudad romana, barrios enteros de ruinas contorneados por los arados, una muralla tal vez reparada, edificios de piedra que datan del Imperio, convertidos en iglesias o en ciudadelas; no lejos de ellas algunas docenas de cabañas en las que viven viticultores, tejedores, herreros, aquellos artesanos domésticos que fabrican para la guarnición o para el señor obispo armas y ornamentos; por último, dos o tres familias de judíos que prestan un poco de dinero a interés; caminos, largas filas de hombres obligados al transporte de mercancías, flotillas de embarcaciones en todos los cursos de agua: así es el Occidente en el año 1000. Un mundo salvaje. Un mundo acechado por el hambre (...).
Sin embargo, desde hace cierto tiempo, movimientos imperceptibles empujan a esta humanidad miserable a emerger lentamente de la barbarie.
GEORGES DUBY
La época de las catedrales
La más fuerte impresión de nuestra primera juventud —teníamos a la sazón siete años—, de la que conservamos todavía un vívido recuerdo fue la emoción que provocó, en nuestra alma de niño, la vista de una catedral gótica (...). Después, la visión se transformó, el hábito modificó el carácter vivo y patético de aquel primer contacto, pero jamás hemos podido dejar de sentir una especie de arrobamiento ante estos bellos libros de imágenes que se levantan en nuestras ciudades y que despliegan hacia el cielo sus hojas esculpidas en piedra.
FULCANELLI
El misterio de las catedrales
Preámbulo
Éste es un viaje en el tiempo y en la geografía. En el tiempo, hacia el pasado, hacia la época en la que se construyeron esos maravillosos edificios que han sobrevivido al tiempo como representaciones de la ciudad de Dios en la Tierra y que conocemos como catedrales, y, en la geografía, a través de un país que es un mosaico de regiones tan diferentes como sus paisajes.
Lo emprendí cuando empezaba el tercer milenio y lo acabaré algún día, espero, después de haber recorrido todas las catedrales de ese país. Setenta y cinco exactamente, sin contar las que lo fueron, pero dejaron de serlo en algún momento. Advierto a este respecto que en mi periplo he seguido la terminología eclesiástica, que es la que determina lo que es una catedral: la iglesia en la que tiene su cátedra el obispo. Así que he dejado fuera, además de a las catedrales que ya dejaron de serlo, salvo alguna, como la de Roda, en Huesca, por mi debilidad por ella, a las llamadas concatedrales, confuso término que define a las iglesias habilitadas como catedrales cuando el obispo vive fuera de la sede episcopal, cosa que sucede a veces cuando ésta no coincide con la ciudad más grande de la diócesis o no es la capital de la provincia (las de Vigo, Soria, Cáceres, Alicante o Castellón serían algunos de esos ejemplos). Del mismo modo que advierto, para que nadie malinterprete mis intenciones, que, cuando me refiero a España, lo hago como territorio, el que lleva ese nombre en la actualidad, sin entrar en la discusión política existente sobre su identidad, como tampoco entro en la de su actual división autonómica. De hecho, me guío por la división antigua, más coherente a mi parecer, que por la que está en vigor, demasiado artificial en muchos casos.
Por lo demás, no establezco ninguna teoría ni pretendo llegar a ninguna conclusión. Al revés, me limito, como hago siempre que viajo, a contar lo que he visto y me ha sucedido, sin pretender convertir mi viaje en una lección. Ni de historia, ni de arte, ni, mucho menos, de espiritualidad. Como ya he dicho más de una vez, el único sentido de los viajes es enfrentarse a otras realidades para confrontarlas luego con la que uno vive.
Qué es lo que me llevó a elegir esos edificios para este nuevo viaje literario —el cuarto de los que escribo y el más ambicioso, sin duda, de todos ellos— tampoco sabría decirlo. Intuyo que la atracción que siempre me han producido las catedrales desde que, cuando era niño, entré por primera vez en la de León y también, acaso, la preferencia que siento por esos mundos que han quedado a desmano de la historia o simplemente de la realidad. Y las catedrales, por más que algunos pretendan, no son ya más que espejismos, reliquias de un tiempo ido que quedó aprisionado en ellas.
A deshojarlas como si fueran rosas de piedra, enormes rosas arquitectónicas surgidas en nuestras ciudades hace ya cientos de años y hoy olvidadas por la mayoría, he dedicado este libro cuya primera parte adelanto ahora, mientras sigo recorriendo y mirando las restantes para deshojarlas en una segunda entrega. Y todo ello, ya digo, sin otra voluntad que la viajera y sin otra intención que la literaria. Esa que sigue la estela de los antiguos viajeros, aquellos que partían por partir, en palabras de Rimbaud, o que preferían un mal camino a una buena venta, en las de Cervantes. Los viajeros, en suma, que iban buscando la magia que el mundo ofrece a los que lo andan.
JULIO LLAMAZARES

A los pies del señor Santiago
Dicen los santiagueses que en Compostela la lluvia es arte y debe de ser verdad. Basta mirar los tejados, las galerías, los soportales, hasta los canalones y los desagües por los que esta ciudad recibe y se libera de la lluvia que cae sobre sus tejados trescientos veinte de los trescientos sesenta y cinco días del año, según datos oficiales, para imaginar la melancolía que tiene que impregnarla en ese tiempo y aun la música que debe de brotar de sus tejados y sus calles.
Pero, para sorpresa del viajero, la mañana en la que éste empieza en ella su viaje (a los pies del señor Santiago, como no podía ser de otro modo, tratándose aquél de las catedrales de España) amanece esplendorosa, como si fuera un día de fiesta. No lo es (al contrario: es primer lunes de septiembre, el día en que mucha gente regresa a la actividad después de sus vacaciones), pero el sol, que ya ha salido, brilla con toda su fuerza, anunciando un día magnífico en la ciudad y en toda Galicia. Por la Compostela vieja, la gente se dirige a sus trabajos entre el olor a café que sale de las cafeterías y los saludos de los tenderos que abren de nuevo sus tiendas después del fin de semana. Entre ellos, confundido, con el sueño todavía agarrado de los ojos y el periódico del día bajo el brazo (lo termina de comprar, junto con una guía de la ciudad, en la papelería El Sol), va un viajero que llegó de la meseta con las primeras luces del alba y al que el amanecer sorprendió ya cerca de la ciudad.
Pero el viajero no es el único que ha madrugado este día. Ni siquiera es el más madrugador. Aparte de los tenderos y de los vendedores callejeros que ya ocupan sus lugares en los distintos caminos que llevan a la catedral, el viajero, mientras se aproxima a ésta, va encontrando a numerosos peregrinos que esta noche han debido de dormir cerca de ella para hacer su entrada en Santiago con las primeras luces del día, que es lo que manda la tradición. Los hay de todos los tipos: españoles, extranjeros, en grupos, en solitario, jóvenes, viejos, mujeres, niños, inválidos... Todos con los distintivos tradicionales del peregrino (el bordón y la concha, sobre todo) y todos muy felices por haber cumplido viaje. El viajero, a pesar de su indumentaria, podría pasar por uno de ellos, pero no quiere engañar a nadie. El viajero empieza su viaje donde los demás lo acaban y no le importa decirlo, aunque ello le suponga renunciar a los privilegios que aquí tiene el peregrino. Al viajero le gusta andar a contracorriente tanto por los caminos como en la vida y está ya acostumbrado a asumir las consecuencias:
—¿Cómo ha venido?
—En coche.
—¡¿En coche?!... Entonces, no le puedo dar la Compostelana —le comunica una de las chicas de la Oficina del Peregrino, que se encuentra en su camino, al lado ya de la catedral.
—Pero yo he venido a Santiago...
—Ya. Pero es que la Compostelana —le explica aquélla, un tanto molesta— sólo se da a quien demuestre que ha hecho andando los cien últimos kilómetros del camino o los doscientos últimos en bicicleta.
—¿Y cuatrocientos en coche no sirven?
—No sirven, no, señor.
—Bueno, pues nada. Qué se le va a hacer, mujer —se disculpa el viajero, volviendo afuera, con la sensación de haber molestado por preguntar.
La sensación de haber molestado, o de estar a punto de hacerlo, le perseguirá durante todo el día, tanto dentro como fuera de la catedral. El santiagués es amable y hospitalario con los turistas (no en vano vive de ellos), pero, como buen gallego, no le gustan demasiado las preguntas. Sobre todo si el que las hace no es peregrino ni se sabe bien qué busca en la ciudad.
—¿Peregrino?
—No.
—¿Turista?
—Tampoco.
—¿Viaje de negocios?
—Menos.
—¿Entonces?... —le miró con desconfianza la recepcionista de la Hospedería Xelmírez, cuando llegó esta mañana.
—Digamos que estoy de viaje —dijo el viajero, sonriendo, recogiendo su maleta para subirla a la habitación.
Pero eso fue hace ya un rato. Ahora el viajero está en plena plaza del Obradoiro, confundido con el mar de peregrinos y turistas que desembocan en ella, como en un inmenso puerto de granito, desde todas las calles de alrededor. La imagen, por conocida, no deja de sorprender. Abierta al pie de la catedral, que alza sus torres sobre ella al tiempo que la domina con la gran escalinata de granito que le hicieron en el siglo XVIII para salvar el desnivel que había entre ambas, la plaza del Obradoiro está ya llena de gente, a pesar de que es muy temprano. La vieja plaza del Hospital, el lugar donde un día estuvo el obradoiro de los canteros que tallaron piedra a piedra la fachada principal y sus dos torres (la de la Carraca y la de las Campanas), sigue siendo el lugar cosmopolita que ya era en la Edad Media, cuando se generalizaron en toda Europa las peregrinaciones hacia Santiago. Hay gente por todas partes, peregrinos llegados de todos los países que deambulan por la plaza con sus conchas y bordones, saludándose unos a otros, haciéndose fotografías para el recuerdo y comprando todo lo que les ofrecen los mil y un vendedores que se disputan la plaza y las calles aledañas. Crucifijos, conchas, postales, grabaciones con canciones de la tuna, botafumeiros de alpaca, nada que tenga que ver con la ciudad y su catedral o que simplemente pueda ser vendido a los turistas está fuera del comercio en este inmenso Babel que es la gran plaza del Obradoiro en este bello día de septiembre que el viajero ha elegido para comenzar su viaje.
Y lo hace precisamente aquí, en el corazón del mundo, en el mítico lugar donde confluyen caminos y peregrinos procedentes de todos los países de la Tierra, siguiendo las pisadas de otros muchos anteriores que, a lo largo de los siglos, llegaron a esta ciudad atraídos por su estrella y su fama milagrosa, igual que hiciera años antes —en el 813— el obispo de Iria Flavia Teodomiro, que fue el primero en llegar y el que descubrió el sepulcro sobre el que hoy se levanta la catedral. Una catedral que es, como la mayoría de ellas, el resumen de muchas catedrales superpuestas, desde aquel templo inicial que ordenó construir el rey Alfonso II el Casto a raíz del descubrimiento de los restos del apóstol y en torno al que surgiría la ciudad de Compostela.
Por si faltara algo, además, el viajero accede a ella por la puerta más hermosa de la Tierra: el pórtico de la Gloria, la obra en piedra más fabulosa de todas las de su estilo posiblemente del mundo. Debida a la inspiración del Maestro Mateo, el artista más genial de cuantos intervinieron en este templo, y al impulso económico y político del monarca leonés Fernando II, que fue quien lo financió, el pórtico de la Gloria constituye, según la guía del viajero, «la representación en piedra más completa y más hermosa de la teología cristiana». No será él quien lo niegue. Al contrario, cuando por fin llega al pórtico, empujado por la gente que se agolpa en la escalera, se queda tan extasiado, tan impactado por su belleza, que, durante unos minutos, permanece ajeno a la gente y al ceremonial extraño que se desarrolla delante de él: tras admirar brevemente el pórtico, que merecería toda una vida, los peregrinos van pasando bajo él, poniendo la mano abierta en el parteluz central (el que sirve de soporte a la imagen del apóstol), y, después, al dorso de éste, se arrodillan o se inclinan para dar tres cabezazos sobre el misterioso busto que la tradición pretende sea el del Maestro Mateo, pese a que los compostelanos lo han bautizado hace tiempo con el más castizo nombre de Santo dos Croques, o de los Coscorrones en castellano. El viajero, a pesar de su agnosticismo, cuando le llega su turno, hace lo mismo que aquéllos, pero, una vez termina, se entera de que no lo ha hecho muy bien. La muchacha que vigila el buen orden de la fila le confiesa entre sonrisas que, al poner los dedos en la columna (que representa, según le dice, el árbol genealógico de Cristo, desde David a la Virgen María), hay que pedir tres deseos (el viajero, antes, pidió uno solo), y que los cabezazos al Maestro no se le dan por dárselos, sino para que éste trasmita al que se los da algo de su inteligencia. Obediente, el viajero vuelve a ponerse en la fila, llevando a cabo, ahora sí, el ritual como Dios manda. Al poner los dedos en la columna, solicita tres deseos: larga vida y feliz para su hijo, lo mismo para sí mismo y para quienes le acompañan en el viaje de la suya y suerte para este que empieza hoy, mientras que al Maestro Mateo le pide inteligencia y fuerzas para escribirlo. Las mismas al menos que él tuvo para hacer de este gran bloque de granito una de las filigranas más hermosas y perfectas de la Tierra.
—¿Qué tal ahora? —le pregunta la chica, cuando termina con el ritual, después de tanto deseo.
—Bien —dice el viajero, sonriendo y frotándose la frente con la mano para quitarse la sensación de haberse hecho un chinchón contra el Maestro.
Para recuperarse del todo (del coscorrón y de la impresión del pórtico), va a sentarse en uno de los bancos de la nave principal, donde ahora empieza una misa. Es la misa de las doce, la de los peregrinos, según anuncia en seguida una voz angelical cuya dueña el viajero no alcanza a ver (tan grande es la catedral), y se promete importante, a juzgar por el número de los concelebrantes: seis sacerdotes que avanzan por el pasillo central mientras, detrás de ellos, vienen cerrando el acceso dos jóvenes sacristanes (se ve que, aquí, los tradicionales ya han pasado a mejor vida). El oficiante, antes de empezar la misa, saluda a los peregrinos. Los hay de todos los sitios: de Portugal, de Inglaterra, de Francia, de Alemania, de Brasil... Incluso, dice, cuatro de los sacerdotes que concelebrarán la misa con él son también peregrinos ellos mismos: un alemán, un francés y dos polacos misioneros en Brasil. De entre los españoles, las procedencias son también muy diferentes. Lo mismo que los lugares donde se echaron a andar: Roncesvalles, Somport, Pamplona, León, Astorga, Ponferrada... Del que no dice nada, por supuesto, es del viajero, ya que, al haber venido en coche, la chica de la Oficina del Peregrino le negó el pan y la sal y no consta como tal en ningún sitio.
En cualquier caso, al viajero tampoco eso le importa mucho. Como tampoco le importa estar atrapado ahora en el medio de la nave principal, obligado a oír una misa que se promete bastante larga a juzgar por las apariencias. Se está bien allí sentado y, además, desde allí ve, no sólo la catedral, sino cuanto ocurre en ella. Que no es sólo la misa. Al contrario, pese a la solemnidad de ésta, la actividad no se para en las tres puertas de entrada ni en las naves laterales, que es donde están los confesionarios. Son quince, algunos con idiomas optativos para los peregrinos que llegan de otros países. En la catedral de Santiago de Compostela se confiesa en italiano, en inglés y hasta en gallego. Todo con tal de garantizar la salvación eterna a quien la desee. Aunque el único confesionario que se ve ocupado ahora es el que lleva el número dos, donde sólo confiesan en castellano.
La nave principal, por lo demás, es lo suficientemente grande como para que al viajero se le pase la misa sin sentirla admirando desde su banco sus dimensiones (97 metros de largo, según la guía), así como los distintos elementos que la adornan y decoran. A falta del coro pétreo que realizó también el Maestro Mateo, algunas de cuyas piezas están ahora en el museo, y del que lo sustituyó a principios del XVII (que fue, a su vez, desmontado y llevado pieza a pieza al cercano monasterio de Sobrado de los Monjes), la atención del visitante se la disputan ahora los dos órganos barrocos decorados por el gallego Miguel de Romay a comienzos del siglo XVIII y el curioso mecanismo construido por el aragonés Juan Bautista Celma para soporte del botafumeiro, el gigantesco incensario que sólo se desempolva en las grandes ocasiones y que, teniendo que ser tirado por varios hombres, es el objeto más conocido y popular de la catedral. Aunque al viajero le llaman más la atención las lámparas, construidas por el francés Baladier en el siglo XVIII, y, al fondo, tras el altar, el barroco camarín con la imagen del apóstol (apenas un fogonazo de oro entre tanta luz) y el fastuoso baldaquino que envuelve todo el conjunto y cuyo pedestal sujetan ocho hermosísimos ángeles. Sumido en su contemplación, mientras trascurre la misa, el viajero apenas advierte que la monja que tiene al lado y que también canta como los ángeles se acerca a darle la paz, ni que los dos sacristanes pasan ahora pidiendo con sendos cestos y vestidos con el hábito morado de Santiago. En cambio, se da cuenta en seguida de un detalle que le llama la atención más que los otros: cuando llega la hora de la comunión, dos de los concelebrantes se introducen repartiéndola entre el público, acompañados cada uno de ellos por dos chicas con paraguas.
—¿Y eso?
—Es para que les vean —le confiesa una de éstas, cuando termina la misa, decepcionando al viajero, que pensaba que el paraguas era un símbolo litúrgico moderno.
—¡Ah! —se disculpa el viajero, decepcionado.
Acabada la misa, los bancos se desalojan y la catedral de Santiago se convierte en una auténtica romería. Sin nadie que se lo impida, los turistas van y vienen por las naves laterales, se saludan, se hacen fotos, se agolpan ante las tiendas de souvenirs, forman grupos y tertulias, como si la catedral fuera una prolongación de la plaza del Obradoiro y no un espacio sagrado. El viajero, en medio de ellos, recorre también el templo esquivando los cepillos y a los grupos de turistas y sintiéndose cada vez más extraño entre la gente. Pese a ser seguramente el único que ha llegado hasta aquí en coche, es el que más interés demuestra por el templo como tal. De hecho, es el único que pregunta, no hoy, sino desde hace ya tiempo, por la pila bautismal del siglo IX en la que, según las guías, el caudillo árabe Almanzor hizo abrevar al caballo o por el sitio en el que se guarda, al decir de la leyenda, el bordón de San Francisco, según le dice, al hacerlo, uno de los vigilantes. En cualquier caso, tampoco escapa de cumplir con los rituales que la catedral de Santiago impone a todos los peregrinos, incluidos los ateos como él. El principal, por supuesto, hacer cola ante el apóstol para abrazarle en su camarín (por detrás y de uno en uno) y, después, seguir aquélla para, en la cripta inferior, contemplar la arqueta de plata donde, según la creencia, guardan sus venerables reliquias en el mismo lugar en que reposan desde hace veinte siglos, cuando sus seguidores las trajeron en un carro desde el mar, y cuyo descubrimiento dio origen al fenómeno místico y religioso que el viajero tiene ahora en torno a él. Aunque no todo es religioso ni místico en este sitio. Al contrario, a poco que uno se fije, observará que la mayoría de la gente está de paso, por más que haya hecho el Camino andando, de la misma manera que, en Compostela, la mayor parte de los vecinos se toman éste como un negocio. Un negocio que crece de día en día desde su recuperación turística hace ahora algunos años y que les reporta a los santiagueses una gran parte de sus ingresos, aunque haya quien se queje, por supuesto, como siempre, del reparto:
—¡Una vergüenza!... La gente les da a los curas, pero a nosotros nada. ¿Qué es, que sólo comen los curas? —se lamenta en la puerta de las Platerías, bajo la representación de la Adoración de Cristo, el mendigo que la vigila.
El mendigo no es, no obstante, el único que está allí. Alrededor de la puerta de las Platerías y en las escalinatas que llevan hacia la plaza, numerosos peregrinos se disputan a esta hora la balaustrada y los escalones. Es mediodía y todos buscan la sombra, aunque los hay que están tumbados al sol, como los lagartos. Después de tanta penumbra, después de tanta piedra y tanto arte, la cabeza no da para mucho más y se agradecen la luz del sol y un cigarro. Aunque el viajero, que ya no fuma, cosa de la que se arrepiente ahora, prefiere sustituirlo por la contemplación del pórtico, el único que perdura de la primitiva basílica románica (y en el que destacan, por su solemnidad, una imagen de David tocando el arpa y, por su curiosidad, la de la Mujer Adúltera, así llamada popularmente por representar a una figura femenina que sostiene en su vientre una calavera, la de su amante, asesinado por su marido, y a la que debe besar cada día como castigo), y, después, por un paseo alrededor de la catedral, que es donde se encuentra ahora el verdadero pórtico de la Gloria. El paso de la mañana y la afluencia de peregrinos han reunido en torno a aquélla a todos los pedigüeños y pícaros de Santiago. Que son muchos y variados. Desde el músico que toca la guitarra con la cara cubierta por una media (para darse más misterio, se supone) hasta los muchos tunos que cantan por todas partes, algunos de los cuales podrían, por su edad, ser catedráticos. Aunque ninguno con la imaginación de Suárez, un pintor con aspecto de parisino que ha montado el caballete en la esquina de la calle de Fonseca y que explica, mientras pinta, su pintura a los turistas sin excesiva modestia ni precaución:
—Aquí donde me ven, yo he hecho un largo camino hasta encontrar este estilo, esta síntesis entre la pincelada esquizofrénica de Van Gogh y la elegancia y la finezza de Renoir —dice, contemplando el lienzo que pinta en este momento y que representa a dos chicas peinándose ante un espejo.
—¿Y cómo se llama el cuadro? —le pregunta el viajero, interesándose por él.
—Como usted quiera —le dice Suárez, sonriendo, sabedor de que el cliente siempre tiene la razón.
La voz de Suárez queda detrás, confundida entre las voces de la gente, mientras el viajero se aleja de la catedral, huyendo de los turistas y de los peregrinos y buscando un lugar donde comer. Son las dos del mediodía y ya empieza a tener hambre. No tardará en encontrarlo. El restaurante San Jaime, a dos pasos de la calle de Fonseca, no es el mejor de Santiago, pero parece limpio y honrado y ofrece, sobre todo, desde su emplazamiento en un primer piso, una soleada vista a la plaza de la que ha tomado su nombre. Un caldo y una mariscada (que, en efecto, como el viajero preveía, no es lo mejor de Santiago) le sirven, sin embargo, para sentirse un privilegiado y, sobre todo, para recuperar las fuerzas, que ya empezaban a abandonarlo. Hoy ha hecho muchos kilómetros y lleva ya diez horas levantado.
De vuelta a la catedral, el viajero se sienta a tomar café en una de las terrazas que se extienden por la plaza de la Quintana. Lo hace en las de la parte baja, la de los Muertos, como le llaman a ésta los santiagueses por oposición a la de los Vivos, que ocupa el nivel más alto, sin saber que lo está haciendo (hasta que lo lee en la guía) sobre un viejo cementerio muy apreciado en su tiempo por cuanto ser enterrado en él suponía estar al lado de la tumba del apóstol. Pero el viajero no está habituado a tomar café con los muertos, por más antiguos que sean, y, en cuanto termina el suyo, se levanta y se va de la terraza decidido a poner tierra por medio y a reanudar la visita a la catedral que interrumpió en este mismo punto hace ahora ya dos horas, según le indica el reloj de la torre a la que nombra.
Antes de entrar en ella, no obstante, el viajero le da una vuelta entera al edificio. Lo hace en dirección contraria a la de las agujas de aquél (o, mejor dicho, la aguja, puesto que sólo le hicieron una) y parándose a admirar cada una de las puertas que le van saliendo al paso: la de la Quintana, también llamada Real por el escudo que la preside; la célebre Puerta Santa, solitaria y cerrada hasta que llegue un nuevo año de jubileo (que ocurrirá cuando la festividad de Santiago Apóstol caiga otra vez en domingo); la de los Abades, más modesta y sin el nombre de las otras, y, ya al norte, en la plaza de la Azabachería, así llamada, como la de las Platerías, por las artesanías que aquí tenían su comercio, la antigua puerta del Paraíso, también llamada Francígena por acabar en ella el Camino Francés. Una puerta que, durante muchos siglos, fue la principal del templo (no en vano se accedía a éste por ella), pero que, derribada, junto con la fachada entera, en el siglo XVIII debido a su mal estado y sustituida por la actual, de inspiración neoclásica, languidece desde entonces prácticamente olvidada por todos, salvo por algún vendedor de figas (amuletos de azabache que protegen a su vuelta al peregrino) y por un mendigo inválido que resume su tragedia en un cartel: CASADO. OPERADO DE CADERA. POR CARIDAD SU AYUDA: PTS 4.700. PARA IR A CASA: A VALLADOLID. Compungido, el viajero le da unas pocas monedas (muchas menos de las que necesita) y se introduce en la catedral dispuesto a ver las capillas, que, esta mañana, ante la aglomeración de gente, tuvo que dejar de lado. Son por lo menos una docena, sin contar las de la nave principal. Entrando por la puerta de la Azabachería y empezando por la izquierda, como él hace, la de San Antonio, la de San Andrés, la de la Corticela (de gran fervor entre los compostelanos, que aquí vienen a rezarle y a pedirle en un papel un deseo a la imagen de Jesús), la del Espíritu Santo y, ya en el deambulatorio, rodeando la capilla principal (la que guarda el camarín con la imagen del Apóstol), la de San Bartolomé, la de San Juan Apóstol —cuya estructura románica se conserva casi intacta—, la de la Virgen Blanca y las tres más importantes, a saber: la del Salvador, situada en el centro de la girola, por donde empezó a levantarse la catedral, como recuerda todavía una inscripción en un muro lateral con la fecha del inicio de las obras: año 1075; la de Mondragón, llamada así por haberla construido un canónigo de ese apellido y que conserva un retablo de terracota con figuras de tamaño natural, y la del Pilar, que fue mandada erigir por el arzobispo Monroy para albergar una sacristía, pero que se acabó convirtiendo en su propia tumba. Aunque el viajero se para también un rato, entre la del Salvador y la del Pilar, en la de la Virgen de la Azucena o de Doña Mencía, así llamada indistintamente por la Virgen que se expone en el retablo y por el nombre de su benefactora, cuyo sepulcro reposa al lado, y, a la derecha de la puerta de la Azabachería, en la de Santa Catalina, hoy sin mayor interés, pero que albergó en su día el Panteón de los Reyes hasta que éste fue trasladado, a principios del siglo XVI, a su actual emplazamiento en la capilla de las Reliquias.
—Pues todavía le quedan más —le comenta un vigilante que le ve ir y venir de capilla en capilla sin descanso.
—Ya lo veo —dice el viajero, sonriendo, comprobando desde lejos las que aún le faltan por ver.
Antes de seguir con ellas (si es que sigue, que eso ya lo decidirá después; tampoco tiene por qué visitarlas todas), decide sentarse un rato. Lo hace en un banco, como por la mañana, y, como por la mañana, le sorprende una nueva misa apenas se ha acabado de sentar. Por fortuna, ésta es de un solo cura, aunque tampoco le faltan los alicientes: aparte de algunos místicos y de los inevitables peregrinos entregados a la causa, a la mitad de la ceremonia aparecen por la puerta del Obradoiro unos compañeros de éstos vestidos de tiroleses y cantando en alemán.
—¿Y éstos? —le pregunta el viajero al hombre de su derecha.
—No lo sé. Deben de ser boy scouts —dice éste, confundido por el aspecto de los austriacos o alemanes.
Los tiroleses (austriacos o alemanes, vaya usted a preguntárselo) desaparecen por el crucero sin dejar de cantar ni romper la formación y la misa recupera la atención que aquéllos le arrebataron por un momento. Aunque el viajero está más pendiente de lo que ocurre en los confesionarios. Sobre todo, en uno de la derecha, donde un niño se confiesa mientras su padre le graba en vídeo, como si el niño estuviera haciendo una valentía.
Lo que queda de la tarde el viajero lo utiliza en visitar el museo catedralicio, que en Compostela tiene tres partes: una en la cripta del pórtico, a la que se accede desde el Obradoiro, otra en el antiguo claustro y la tercera —la del Tesoro— en la capilla de las Reliquias y en la contigua de San Fernando. En cualquiera de las tres, la concentración de arte es tan fabulosa que, cuando acaba su recorrido, el viajero ya no sabe lo que ha visto ni, puesto en la tesitura, lo que le gustaría llevarse a casa. Quizá las tallas del siglo XIII del antiguo coro pétreo que se salvaron de la destrucción o quizá el Codex Calixtinus, la legendaria obra del peregrino francés Aymeric Picaud fechada en el siglo XII que se guarda entre los fondos del Archivo; quizá la custodia de Antonio de Arfe, considerada la joya del Tesoro a pesar de las muchas que integran éste, o tal vez el relicario de la Cabeza de Santiago Alfeo, pieza de plata sobredorada y con incrustación de piedras preciosas que contiene, según dicen, la cabeza de verdad del menor de los Santiagos. Aunque, puesto a llevarse a casa y si pudiera con ella, el viajero elegiría la hermosa pila de piedra labrada en forma de concha que durante muchos siglos estuvo situada ante la puerta del Paraíso y en la que se lavaban los peregrinos antes de entrar en la catedral y que ahora languidece en mitad del claustro.
—Podrían al menos ponerle agua... —le sugiere al vigilante antes de irse.
—Cuando llueve —responde éste sin interés.
Cae la tarde sobre el claustro, sobre las torres y los tejados y el campanario de la catedral, donde se observa ahora a un obrero (¿qué estará haciendo allá arriba?), cuando el viajero da por fin por acabada su visita, coincidiendo con la hora en la que cierra. Poco a poco, la gente se ha ido marchando y, cuando él la abandona (por el pórtico de la Gloria, por donde entró al llegar), es ya uno de los últimos. La mayoría de los turistas están ahora en la plaza contemplando con la gente de Santiago el atardecer sobre la ciudad, que es otro gran espectáculo. Son las ocho de la tarde y, entre el repique de las campanas, el murmullo de los pájaros, el sonido de las gaitas y los reclamos de los vendedores, la plaza del Obradoiro parece ahora otro sueño, sobre todo con el sol arrancándole destellos al oro pétreo de la fachada. El viajero, lentamente, se va alejando de ésta con intención de verla mejor, hasta que, al final, se sienta en la terraza del Parador (el antiguo hospital de peregrinos), donde otros como él han hecho también lo mismo para poder contemplar delante de una cerveza el espectáculo del atardecer sobre la catedral de Santiago. Un espectáculo que se repite todas las tardes, pero que, en días como hoy, cobra otra dimensión por el color que toma la piedra al contacto con el sol cuando se pone. Y es que, en Santiago de Compostela, no sólo la lluvia es arte.
La barca del Miño
Galicia de arriba abajo, de Santiago hasta la raya portuguesa. El viajero, que ha madrugado de nuevo, recoge sus pertenencias y abandona la ciudad con la satisfacción del deber cumplido y con la sensación de haber comenzado con buena estrella su viaje. ¿Será la estrella de Compostela?
La estrella de Compostela le acompaña unos kilómetros por la autopista que va hacia Vigo hasta que desaparece en el horizonte. Tarda en hacerlo, pues su resplandor es largo.
Hasta la ría de Pontevedra, la autopista va cruzando un paisaje de colinas y de valles sucesivos en los que se alinean los pueblos entre los eucaliptos y los viñedos y los campos de maíz y de hortalizas que se suceden uno tras otro. Huele a mar y a tierra húmeda y, a partir de Pontevedra, a pescado y a detritos industriales. Igual que sucede en Vigo, que queda a un lado, frente al Atlántico, y en Porriño, más pequeño, pero tan industrializado proporcionalmente como las dos capitales de las Rías Bajas. Por fin, aparece Tuy, más serena y elegante, como corresponde a la ciudad que fuera —hasta 1833— capital de toda la zona y, junto con Betanzos, Santiago de Compostela, La Coruña, Lugo, Orense y Mondoñedo, una de las capitales del Reino de Galicia, y que continúa ostentando, aun compartida ahora con Vigo, la sede episcopal y religiosa de todas las comarcas que se extienden al noroeste del río Miño.
Pero, hoy, la vieja capital sueva, la ciudad que conociera a lo largo de su historia la presencia de los celtas, los romanos, los normandos, los portugueses o los franceses y en cuyo puerto fluvial se embarcaba hasta hace poco vino, sal, madera, carne y toda suerte de mercancías, amén de servir de base para las barcas que pasaban a Portugal, languidece junto al Miño, rodeada de carreteras y de viñedos que reverberan como en los sueños bajo el sol que los alumbra esta mañana. Un sol que también alumbra el caserío de la ciudad.
El caserío de Tuy, en el que el viajero entra después de varios intentos (tan mal anunciado está), se arracima como un nido a la orilla del río Miño, que pasa majestuoso lamiéndole los cimientos. Enfrente, en el horizonte, se ve Valença do Minho, la primera ciudad de Portugal, y, al fondo, sobre las casas, la fortaleza que ocupa la cumbre de la colina y que no es otra cosa al fin que la propia catedral. Y es que la catedral de Tuy, que fue sueva antes que gótica y, antes que todo ello, un castillo, cumplió también mucho tiempo funciones de fortaleza, de las que conserva aún sus torres llenas de almenas y su aspecto amenazante. Aunque, vista desde más cerca, la belleza de sus puertas dulcifique la impresión que produce desde lejos.
El viajero lo comprueba después de dejar el coche y de acomodar sus cosas en un hotel de la parte nueva, a medida que se acerca hacia la vieja por la calle de Augusto González Besada, primero, y, luego ya, por la Corredera, que es el nombre de la rúa principal de la ciudad. Una calle que separa la Tuy nueva de la vieja y por la que ahora pasean docenas de jubilados.
—¡Buenos días!
—¡Buenos días! —le responden cortésmente todos ellos, en gallego o en castellano.
La parte antigua de Tuy es, en realidad, pequeña; apenas un laberinto de callejuelas que se aprietan en el cerro que corona la ciudad y que cerca, por un lado, el río Miño y, por el otro, los trozos supervivientes de sus viejas murallas medievales. Que son todavía bastantes. No en vano Tuy continúa siendo, como Valença do Minho del otro lado, la primera avanzadilla fronteriza entre España y Portugal. Entre ellos, por la puerta de la Pía, por donde la ciudad vieja se abrió a la nueva cuando Tuy desbordó sus muros a mediados del siglo XIX, el viajero entra en aquélla con la sensación de estar penetrando en un mundo medieval y misterioso; sensación a la que contribuye la poca gente que hay y, al llegar a la plaza del Ayuntamiento, el sonido de unas campanas que han comenzado a tocar a muerto.
—Tocan por un vecino que murió ayer —le comenta el policía que vigila el Consistorio y que es el único ser humano que el viajero se cruza por la plaza.
Con el sonido de las campanas, que le dan a Tuy un aspecto todavía más antiguo, y las palabras del policía retumbando a sus espaldas, el viajero se enfrenta al fin a la primera visión de la catedral. Y lo hace con su parte más antigua, la de la fachada norte, construida en el siglo XII sobre los cimientos del antiguo templo suevo, época de la que conserva aún, aparte de otros detalles arquitectónicos, una magnífica puerta románica; una portada de piedra, enmarcada por tres arcos y dos torres superpuestas (la torre de San Andrés, edificada en el siglo XV por el obispo don Juan Fernández de Sotomayor II, y la de las Campanas, también de la misma época, pero con un cuerpo añadido en el XVI por un sucesor de aquél), que presenta motivos decorativos florales y geométricos y que preside desde lo alto San Epitacio, el primer obispo de Tuy, quien, según la tradición, rigió la sede en el siglo I, pese a lo cual la puerta ha pasado a un segundo plano, desplazada por la de poniente, que es la principal ahora.
Y lo merece. Sin duda que lo merece. No porque aquélla no fuera buena, sino porque ésta, amén de más soleada, esconde bajo el saliente que le sirve de antesala una de las portadas góticas más bellas de toda España. Los obreros que trabajan frente a ella, al pie de la escalinata, se lo dicen al viajero a su manera, cuando le ven contemplarla:
—¿Qué le parece?
—Preciosa —les dice él, halagándolos.
Los obreros siguen con su trabajo y el viajero se queda un rato en el pórtico, admirando el gran conjunto escultórico, que, como el del pórtico de la Gloria de Compostela, conserva aún en algunas zonas restos de sus colores originales. En conjunto, el pórtico lo componen ocho pares de columnas que sostienen seis imágenes de profetas y de apóstoles y otras dos que representan, según unos, al rey Fernando II y a su esposa doña Urraca, grandes mecenas de la ciudad, y, según otros, más fantasiosos, a Salomón y a la reina de Saba. Sean quienes sean los reyes y reconociendo la perfección de las esculturas, el viajero prefiere el tímpano, esculpido en tres alturas y dividido en varias escenas que representan, de abajo arriba y por orden, el Anuncio del Ángel a María, el Anuncio a los Pastores, el Nacimiento del Niño Jesús y la Adoración de los Reyes Magos y que rematan una visión de la ciudad de Jerusalén y ocho esbeltas arquivoltas decoradas con motivos vegetales. Lo que no quita para que también se fije en la impresionante puerta, de castaño del país, y en la solemnidad del hombre que la guarda esta mañana. Ironías de la vida, un portugués que ejerce aquí de mendigo, pese a que, como la mayoría de sus compatriotas, tenga nombre de aristócrata: Avelino Fernando da Silva Castro.
Mientras conversa con él, aparece por la plaza el primer grupo de turistas. Se trata de jubilados que están visitando Tuy y que, después de ver la ciudad, se disponen a entrar en la catedral. El viajero, que estaba a punto de hacer lo mismo, aprovecha la ocasión y se une a ellos, no sin antes pedir permiso a la guía.
La muchacha, que es de Tuy y que conoce la catedral como su propia casa, se lo da de buen grado y le lleva, junto con los jubilados, a todo lo largo de ella, recitando la historia del viejo templo y deteniéndose cada poco para contar una anécdota o mostrar algún detalle interesante. La historia no debe de variar mucho de la que contarán los libros (que dos colegas de aquélla venden en una mesa en un lateral), pero las anécdotas son más curiosas. Gracias a ellas, el viajero se entera, por ejemplo, de que Herodes tenía sarna (por eso se está rascando en el pórtico) o de que, en otra escena de éste, la Virgen está pariendo y, por eso, está en la cama. Y, también, de que al San Benito que hay al lado de la puerta le traen huevos los vecinos para que les proteja de las enfermedades de la piel (se ve que Herodes no se ha enterado) o de que al San Francisco Javier que se expone en un retablo, a la derecha de la sacristía, lo llaman popularmente el santo do puro por el «puro» que, en efecto, tiene en una de sus manos y que, según parece, no es otra cosa que el trozo que se conserva del lirio que tuvo en tiempos. En cualquier caso, lo que a los jubilados les impresiona más es la noticia del pasadizo que, según dice la guía, arranca bajo una losa de la capilla de las Reliquias y lleva hasta el río Miño y, sobre todo, la razón de los tirantes que atraviesan todo el templo impidiendo verlo bien y que no es otra que la de servirle de sujeción ante los desplazamientos sufridos por su estructura a raíz del terremoto de Lisboa, que lo afectó en gran medida, como se puede ver en la nave sur, cuyos arcos y columnas aparecen desplazados y torcidos.
—A ver si se va a caer... —bromean los jubilados con el optimismo típico de los de su condición.
Los jubilados se van antes de que se les caiga encima y la catedral de Tuy recupera la paz que necesitaba. Una paz que ahora comparten los dos chicos de la entrada, más el que vigila el claustro, y los cinco o seis turistas que deambulan en silencio por las naves. El viajero la aprovecha para, sentado en un banco, tomar algunas notas, ajeno al ruido de los obreros y al calor que hace en la plaza. Son ya las doce del mediodía y el sol calienta sin compasión.
Dentro de la catedral, en cambio, la temperatura es muy agradable; tan agradable como la música que suena por la megafonía y que pertenece al tiempo en el que las catedrales eran lugares de culto y no, como ahora, museos. Al menos, esta de Tuy lo parece, de tan vacía como se ve. Quizá influya en eso el hecho de que el obispo se haya trasladado a Vigo o la propia pequeñez de la ciudad. Sea por lo que fuere, lo cierto es que, esta mañana, la catedral de Tuy está desierta y no parece que otras mañanas la cosa sea distinta. Al menos, eso confiesan los chicos de los souvenirs, que, en realidad, no son empleados de ella, sino estudiantes de la ciudad que trabajan aquí por el verano. En invierno, le dicen al viajero, la catedral suele estar cerrada.
Así que el viajero, piensa, ha tenido suerte. Suerte de encontrarla abierta y suerte de poder verla, primero de la mano de la guía y después en solitario, puesto que apenas hay nadie más que él. Los turistas que había antes ya se han ido y él es el único que deambula ahora por las naves de este silencioso templo que, aunque vacío y casi olvidado, sigue siendo uno de los más hermosos de Galicia y de toda la Península. O qué decir de una catedral que, además de poseer la primera obra gótica que se realizó en España (el pórtico de poniente) y de conservar aún su claustro gótico original (la única en toda Galicia), ofrece al visitante la planta de cruz latina característica del románico, además de una serie de restos del mismo estilo, como las bóvedas del crucero o los muchos capiteles que hay en éste, y un sinfín de retablos y de imágenes, a cuál más interesante. Como el retablo de las Reliquias, que guarda las de San Telmo, patrón de la ciudad y de la diócesis —y de los navegantes—, junto con las de otros santos y santas, y cuyas puertas sólo se abren el día de su festividad, o como el de la Expectación, realizado en el siglo XVIII por el escultor gallego Antonio del Villar y que guarda en su camarín la Virgen del mismo nombre, también llamada la Virgen de la O o la Preñada. Aunque, sin lugar a dudas, lo mejor de la catedral, al menos para el viajero, es la sillería del coro, desplazada tras el altar en 1954 y que representa escenas de la vida de San Telmo y de la Virgen, y la capilla de San Andrés, la única que la guía no enseñó a los jubilados («porque está expuesto el Santísimo») y que, aislada como está de la nave principal por un cristal, permite casi oír la respiración de los distintos obispos que hay enterrados en ella, entre otros el último muerto en Tuy: el Excmo. y Rvdmo. D. Enmanuel Vidal et Boullon, fallecido el 26 de enero de 1929 y que espera desde entonces la resurrección y la vida eterna bajo una pesada losa de mármol blanco.
Acongojado por tanta muerte (las campanas, además, vuelven a tocar a muerto) e impresionado por tanta paz, el viajero abandona la capilla y regresa a la nave principal, donde los dos muchachos que la vigilan y los ruidos que llegan desde la plaza le devuelven a la realidad. Avelino, sin embargo, ya no está. Debe de haberse ido a comer, lo mismo que los obreros, y en la plaza apenas se ve ni gente. Sólo un perro en una esquina y dos hombres que la cruzan, en dirección a la parte nueva, con pasos cortos y rápidos. Es la una y media del mediodía y se ve que ya aprieta el hambre.
El viajero la contiene, sin embargo, para ver un poco Tuy mientras, por sus callejuelas, busca O Cabalo Furado, el restaurante que le recomendó la guía y que, al parecer, cuenta con dos establecimientos, el viejo, más popular, y el nuevo, más elegante y dirigido principalmente al turismo. Como es lógico, el viajero busca el viejo y no tarda en encontrarlo. Junto a la puerta de la Pía y frente a la Pensión Obdulia (HABITACIONES, dice un cartel en cada ventana), abre las suyas esta casa de comidas que debe su extraño nombre al cuadro que la preside (un cuadro que representa a un caballo corneado por un toro) y que, en sus mesas corridas, reúne en este momento a la mitad de la gente que debe de haber en Tuy. Lo cual no es inconveniente para que el viajero encuentre también un sitio y pida el menú del día, que hoy lo componen, según le dicen, un salpicón de bonito y un arroz con calamares. Ambos platos, por supuesto, en copiosas y sabrosas cantidades.
Atiborrado, con el estómago lleno y el bonito recordándole sus sabores y sus salsas indigestas, el viajero abandona el restaurante y se lanza cuesta arriba por la calle en dirección de nuevo a la catedral. No es que desee volver a ésta tan pronto. Lo que quiere es rodearla para llegar hasta el río Miño, que está justo detrás de ella. ¿Qué mejor lugar que el río para tirarse un rato a la sombra, con el sofocón que tiene?
En efecto, en las orillas del Miño, hasta las que el viajero llega no sin algún esfuerzo, sobre todo en la subida hacia la seo, la calma y la soledad acompañan a esta hora la corriente, que pasa sin hacer ruido, como si fuera un canal de agua. Enfrente, en la orilla opuesta, se ven los pueblos de Portugal y los coches que transitan entre ellos y, en el centro, se refleja la ciudad. Un perfil que delimitan los tejados y los muros de las casas y, presidiéndolo todo, la silueta almenada de la catedral.
El ruido de la corriente, el murmullo de los chopos, el rumor de la ciudad y de los pájaros... Tendido sobre la hierba, con la cabeza sobre una piedra y el alma llena de agua, el viajero, cumplido al fin su objetivo, se va quedando traspuesto, contemplando cómo el río va llevándose sus penas y, con ellas, las imágenes que se reflejan en su superficie: los chopos, la Comandancia Naval, las barcas de la ribera, el perfil de las higueras y las casas y esa gran mole de piedra, oscura, desafiante, que domina la ciudad y el horizonte, pero que se desgaja de él como si fuera una enorme barca. Una barca que se aleja poco a poco por el río en dirección al océano Atlántico...
Al viajero le despiertan de repente unas campanas. No son de aquélla (de la gran barca), sino de alguna de las iglesias de los pueblos portugueses que se ven en la otra orilla. Aunque pronto les responden las de Tuy. Son las cinco de la tarde, una hora menos, según los usos, en Portugal.
El viajero, tras contarlas, se incorpora con esfuerzo, calculando el tiempo que debe de haber dormido: una hora, por lo menos, pues llegó allí hacia las cuatro. Pese a ello, le cuesta ponerse en pie. Hoy ha vuelto a madrugar y no está habituado a hacerlo.
Aunque más le va a costar volver a la catedral. Cuesta arriba y con el sol cayendo a plomo sobre las calles, al viajero la subida se le hace interminable. Y eso que, por el camino, le ayudan un lavadero de piedra, hermoso, majestuoso, tan fresco como una iglesia, y el zaguán de un convento de clausura, donde se repone un rato (gracias a Dios, las monjitas no le han oído llegar). Por fin, tras muchos esfuerzos, llega al pie de la gran barca y se zambulle dentro de ella como un náufrago llegado de alta mar.
La catedral está tan desierta como cuando la dejó hace un rato. Incluso parece ahora más solitaria que antes. Solamente los tres chicos que vigilan sus dos puertas (la de la entrada y la del museo) permanecen en sus sitios esperando a unos turistas que no llegan.
Así que el viajero tiene toda la catedral para él. Aunque, como ya la ha visto, le da una vuelta muy rápida (sin poder ver la sacristía, que era lo que pretendía; sigue cerrada, como por la mañana) y les compra a los muchachos el billete para acceder al museo, que está justo detrás de ellos. El billete permite acceder también, según dice en su reverso, al museo diocesano, vecino a la catedral, y a la iglesia de Santo Domingo, situada a orillas del Miño y que perteneció, al parecer, a un monasterio desamortizado.
La capilla de Santa Catalina, llamada así por su advocación, pese a que ahora haga de museo, reúne, como corresponde a éste, una ingente colección de obras de arte alineadas en vitrinas o protegidas de los ladrones en grandes urnas blindadas. Sin llegar al valor del de Compostela, el de la catedral de Tuy es también digno de elogio. Hay cruces, aguamaniles, casullas, petos, joyas, imágenes... De entre todos los objetos que se exponen, los folletos encarecen la imagen de la Virgen con el Niño conocida como la Patrona (una talla del XIV que presidió, al parecer, la capilla mayor hasta el XVII), la custodia procesional realizada en Valladolid en el mismo siglo, el báculo y la casulla del obispo Manuel Lago, natural de la ciudad, y el relieve del Descendimiento, obra en piedra del siglo XVI del portugués Jacomé de Brancas y que perteneció al primitivo retablo mayor de la catedral. Aunque el viajero, quizá por su heterodoxia, añadiría también a la lista el pintoresco Copón de Coco, un cáliz del siglo XV cuyo cuerpo lo constituye, en efecto, una corteza de coco, el llamado Atril de la China, hecho realmente en Japón para los misioneros jesuitas, y el barco de plata blanca realizado en el siglo XVIII por el artista local Simón Pérez de la Rocha en honor del patrón San Telmo.
La sección más valiosa del museo está, no obstante, en el claustro. La componen los restos arqueológicos de las distintas excavaciones realizadas en la catedral, aunque la mejor pieza es el propio claustro, un espacio conservado prácticamente como cuando lo construyeron allá por el siglo XIII (gótico puro, por tanto) y al que se accede por una pequeña puerta entre el retablo de la Expectación y la capilla de las Reliquias. El patio, rectangular, con un ciprés en el centro y rodeado por grandes muros, lo componen cuatro largas galerías trufadas de hermosos arcos (que cobijan, a su vez, otros dos arcos menores) e incluye, en su lado este, la antigua sala capitular, la única parte románica, y, en la esquina suroeste, dando vista al río Miño, una torre defensiva construida en el siglo XV por el obispo don Juan Fernández de Sotomayor II, el gran artífice de la catedral de Tuy, y desde la que se domina posiblemente la mejor perspectiva de ésta, de la ciudad y de Portugal. Un paisaje atravesado por el Miño y salpicado de casas y huertos de labrantío que destella a esta hora bajo el sol que ya empieza a declinar hacia el oeste y del que nadie diría, viéndolo desde allá arriba, que lleva siglos partido entre dos países.
—¿Qué le pareció?
—Precioso —le responde el viajero al de la puerta, cuando éste le pregunta a su regreso, sin saber si se refiere al claustro o al paisaje.
En cualquier caso, piensa el viajero, el adjetivo sirve para los dos. Como también serviría para la catedral entera, de no ser por el vacío enorme que ahora la invade. Un vacío que parece acrecentarse con el paso de las horas y que nadie viene a romper, ni siquiera los canónigos que deberían estar encargados de ello.
—Sólo hay uno: don Ricardo —le dicen los dos chicos de la puerta, respondiendo a su pregunta, con el gesto de paciencia de quien ya está acostumbrado a hacerlo—. Pero ahora está en un entierro.
—¿Y el cabildo?
—No hay... Bueno, lo hay, pero como si no lo hubiera.
—¿Y eso?
—Está en Vigo, con el obispo.
—¡Pues vaya! —dice el viajero.
Lo dice por decir algo. Pero, en el fondo, le da pena de estos chicos que se pasan aquí solos todo el día, esperando a que llegue algún turista para venderle una postal o una entrada para el museo. Como también le da pena de la catedral en sí, sobre todo ahora que la tarde la va llenando de sombras y dejando al descubierto su grandiosa e inquietante soledad. Una soledad que, dicen, comenzó hace ya mucho tiempo con el declinar de Tuy, pero que se consolidó a partir del año 1959, cuando el obispo se trasladó a vivir a Vigo, llevándose consigo el obispado.
—¿Y no viene nunca aquí?
—Poco, cada vez menos —dicen los chicos, indiferentes, pero, en el fondo, molestos, como todos sus vecinos, con la nueva situación episcopal.
Cae la tarde sobre Tuy cuando el viajero, dejada la catedral (que no cierra hasta las nueve), regresa sobre sus pasos en busca del hotel y de un buen baño. Se ha prometido a sí mismo ir a cenar esta noche al otro lado de la frontera, a la ciudad que ahora ve a lo lejos, y quiere descansar un poco. Por el camino, no obstante, se demora contemplando la animación que hay en la Corredera, que está llena de familias y de niños, y admirando las terrazas de los bares que jalonan el paseo frente a la iglesia de San Francisco y el Seminario. Pero Portugal le llama con su música de fados (que se imagina, más que escuchar) y, en cuanto recorre aquél, regresa hacia el hotel y se da el baño y, con el anochecer caído, atraviesa el viejo puente sobre el Miño y se llega hasta Valença, la ciudad hermana de Tuy (y como ella y por la misma causa amurallada), donde, después de un paseo, se da una cena de lujo, más por el sitio que por el bacalhau à brás, rodeado de casonas y palacios portugueses y contemplando a lo lejos la catedral de Tuy, que parece una estrella ahora en el horizonte, iluminada como está bajo la noche. Una estrella que se rompe al contacto con las aguas del río Miño, que pasa abajo, en silencio, esperando desde siempre a que se caiga a su cauce para llevarla con él.
Las maravillas de Orense
De nuevo al norte, hacia el interior, el viajero, al día siguiente, vuelve a pasar por Porriño, donde toma la autovía que va a Orense remontando en paralelo el cauce del río Miño. Es la vieja carretera de Madrid, que ha sido convertida en autovía.
La autovía, sin embargo, conserva en su mayor parte el sinuoso trazado de su predecesora, lo que hace que el trayecto siga siendo complicado. Pero el paisaje es hermoso. Sobre todo esta mañana, que ha amanecido nubosa, pero que se empieza a abrir a medida que el sol va cogiendo altura. Como la propia autovía, que, a medida que se aleja de la costa, va dejando detrás de ella la compañía de los eucaliptos para internarse entre los carvallos y las matas de piorno de las sierras orensanas. Durante bastantes kilómetros, además, el Miño corre muy lejos, encajonado tras las montañas, lo que hace que el paisaje apenas se vea habitado. Sólo alguna antigua aldea encaramada en el horizonte y quizá ya abandonada y alguna casa de campo saludan desde los montes el paso de la autovía hasta llegar casi a Orense. Rivadavia, el único pueblo grande que queda al lado de ésta, está tan encajonado que apenas se ve a lo lejos.
Orense, en cambio, se ve desde mucho antes. De trazado tan angosto y difícil como el río, a cuyo estrecho cauce se adapta siguiendo sus torceduras, se prolonga largo rato por sus márgenes saltando de puente en puente y provocando en el visitante la impresión de ser mayor de lo que dicen las guías: apenas ciento veinte mil almas.
En cualquier caso, o las guías se equivocan u Orense está mal organizada. Si no, ¿cómo se explica que el viajero tarde tres cuartos de hora en alcanzar el centro de la ciudad? El viajero, la verdad, no es que sea una lumbrera, pero tampoco se considera un idiota, pese a lo cual da mil vueltas antes de llegar al centro, que es adonde se dirige, y ello a pesar de las informaciones de los múltiples vecinos que le indican o corrigen la dirección en cada semáforo; que deben de ser tantos como aquéllos, a juzgar por los que lleva ya cruzados. Por fin, tras dar muchas vueltas, llega al pie del casco antiguo y, tras estacionar el coche al lado de un gran mercado, se encamina hacia la catedral, que está muy cerca de allí, según le dice la gente, pero que, por el momento, no se ve por ningún lado.
Y es que la primera sorpresa que la catedral de Orense depara es su propia situación en la ciudad. No por su emplazamiento, que es el mismo de todas las ciudades: en el corazón de su parte vieja, sino por su ocultamiento entre los edificios que la rodean. Al revés que la de Tuy o la de Santiago, que se avistan desde lejos, incluso desde antes de llegar a la ciudad, la catedral de Orense está tan metida en ésta que apenas si se ve hasta que se la tiene encima. Al viajero, al menos, así le pasa cuando, después de cruzar el Ayuntamiento y de buscarla durante un rato con ayuda de sus guías y sus planos, se la encuentra de repente frente a sí, surgiendo tras una esquina.
La segunda sorpresa que la catedral de Orense depara es su propia sobriedad arquitectónica. Pequeña y sin grandes torres, como si fuera una iglesia más, surge en medio de las casas sin llamar demasiado la atención en un principio. Pero en seguida se advierte su relevancia. A poco que uno se fije, descubrirá su vetusto sello, que la sitúa en la transición de los siglos XII y XIII, y la influencia en su construcción de su vecina la de Santiago de Compostela. Lo que, unido a su pureza y a la limpieza de su estructura, hace que se la considere una de las catedrales románicas más bellas de este país.
El viajero lo comprueba después de desayunar en un bar cercano a ella desde la plaza del Trigo, la pequeña plazoleta que se abre al mediodía y desde la que se divisa, sin duda alguna, la mejor perspectiva del templo; no sólo por el ángulo que ofrece, sino por la hermosa puerta a la que antecede: la del sur, construida en el siglo XII en el más puro estilo románico y que es la única de las tres que se conserva como fue hecha, pese a la burda intromisión que supone la presencia de la torre del Reloj, construida siglos más tarde prácticamente encima de ella. Aunque eso no le importe a la gitana que está pidiendo a la puerta ni a los periodistas de la televisión gallega que ahora toman imágenes de ella:
—Perdone. ¿Se puede quitar del medio? —le suplican al viajero, al ver que no se ha enterado.
—Por supuesto —responde éste, entrando en la catedral.
La primera impresión que ésta produce (la tercera ya en la lista del viajero) es la de que es muy oscura. Algo con lo que no está de acuerdo el canónigo don José Gómez, un cura alto y delgado al que el viajero descubre en la sacristía y al que en seguida acude en busca de una guía y de conversación. La guía se la vende el sacristán, un tipo gordo y extraño que la saca de un armario lateral lleno de polvo, mientras que el canónigo le acompaña hasta el exterior de aquélla para demostrarle que la catedral de Orense no sólo no es muy oscura, como el viajero pretende, sino que tiene una gran luminosidad:
—¿Ve usted? —dice, llevándole bajo el cimborrio, en el eje de las naves principal y del crucero y por el que se cuela ahora la magnífica luz de la mañana—. Y eso que la puerta principal está cerrada —añade, señalándole al fondo la de poniente.
—Pues es verdad —dice el viajero, asintiendo a la vez que contempla en torno suyo la armonía y la belleza del conjunto. A pesar de su oscuridad, el interior de la catedral produce una impresión de equilibrio difícil de imaginar desde fuera.
—Es que las maravillas hay que ir descubriéndolas poco a poco —le dice don José Gómez, volviendo a la sacristía, donde le espera Benito, que así se llama el sacristán.
El viajero, por su parte, se queda un rato en el mismo sitio. Bajo la bella luz del cimborrio, que aún entra muy ladeada, contempla esta maravilla que es la catedral de Orense, como bien dijo el canónigo. Una maravilla en piedra, pero maravilla al fin. No sólo por su pureza, sino por su proporcionalidad.
Lo que ya no es tan proporcional es la abundancia de petos, cepillos y limosneros que la recorren de punta a rabo. En su primera vuelta a la iglesia (vuelta de reconocimiento, como le gusta hacer al viajero), éste descubre no menos de quince o veinte, repartidos por todos los rincones: en las capillas, en los retablos, en cada esquina de las paredes. Las causas son muy diversas: para San Roque, para las Ánimas, para Santa Olaya, para el culto de la Virgen de Belén, para el Santísimo, para la Virgen de las Nieves, para el Sagrado Corazón de Jesús, para San Martiño (el patrón de la catedral), para la Virgen del Pilar, para la Dolorosa, para San Pablo, para los Pobres... Todo ello sin hablar de los cajones con las velas (a cien pesetas la pieza) y de los interruptores que encienden cada capilla, que apenas duran unos minutos y solamente funcionan con monedas de la misma cantidad.
El asunto no es baladí. Mientras los iba contando, el viajero ha visto también cómo cada cierto tiempo personas de todas las edades iban dejando sus óbolos en los distintos cepillos después de rezar un rato. Al revés que la de Tuy, que parecía casi un museo, se ve que esta catedral continúa viva. Lo demuestran las continuas visitas que recibe y los múltiples exvotos que se ven por todas partes y que le dan a la catedral un aspecto un tanto tétrico, sobre todo en sus zonas más oscuras.
Pese a ello, el viajero la ve a sus anchas. Comenzando por la sacristía y terminando por la girola, la recorre lentamente, sin que nadie le interrumpa ni le venga a molestar. Ni siquiera el sacristán, que cada poco se cruza en su recorrido, atendiendo a sus ocupaciones.
En cualquier caso, lo mejor de la catedral de Orense, ahora que está cerrado el museo, es, como dicen las guías, el pórtico del Paraíso, esa gran joya escultórica de la que aquéllas señalan que es una réplica del de la Gloria de Compostela, si bien que a escala menor, y del que el viajero puede añadir que se vería mucho mejor si la puerta principal estuviera abierta. Aunque, eso sí, en ese caso, el cabildo perdería los dineros que el visitante debe soltar para poder verlo iluminado. Que es lo que también sucede en la capilla del Santo Cristo, ese delirio barroco que guarda y muestra la imagen de mayor devoción en la ciudad, o con el retablo del altar mayor, obra gótica de magnífica belleza atribuida a Cornelius de Holanda, que constituyen sin duda alguna, junto con el pórtico y el museo, las principales maravillas de la catedral de Orense. Aunque el viajero añadiría también a ellas los varios sepulcros góticos, de obispos y principales, y el más pequeño de la Infantina (llamado así, al parecer, por creerse que guardaba los restos de una infanta de Castilla, aunque nadie ha podido demostrarlo) que aparecen alineados a lo largo de las naves laterales y el conjunto de curiosos tragaluces que señalan la existencia de una escalera interior en un ángulo del brazo del crucero —el de la fachada norte— y cuya irregularidad y espontaneidad los hacen todavía mucho más interesantes: hay un hombre que se asoma por un ojo, otro que porta una maza, otro que lucha con una quimera, una rosa que rodea a otro gran ojo... Por el contrario, y en el extremo opuesto, lo peor de la catedral es el deambulatorio, construido en el siglo XVII a costa de la antigua cabecera (la primitiva románica), y, dentro de él, la escultura que homenajea, frente a la sacristía, al Beato Faustino Míguez de la Encarnación, escolapio fundador del Instituto Calasancio Hijas de la Divina Pastora y nacido en Acevedo del Río, Orense, según la placa que tiene al lado. Una escultura que, con ser la más nueva de la catedral (está fechada el año 2000), es también la peor con diferencia, pese a que el canónigo don José Gómez, que sale ahora de la sacristía, diga que no está tan mal. Lo que ocurre, señala, contemplándola, es que hay que acostumbrarse a verla.

—Don José, a esto no se acostumbra nadie...
A la una y media en punto (¡qué pronto se ha pasado la mañana!), la catedral de Orense cierra sus puertas, al revés que las de Santiago y Tuy. No se sabe si porque en ella no está expuesto el Santísimo o en función del horario del sacristán. Que es el que cierra las puertas, un poco antes de la hora, ante la contrariedad de alguna beata:
—Todavía no son y media.
—¡Hmmmm! —le gruñe aquél, alejándose.
Al viajero, en cambio, no le molesta su celo. Al contrario, tiene hambre y, antes de ir a comer, quiere dar una vuelta por Orense. Al menos hasta las burgas, los manantiales de agua termal que provocaron su poblamiento en tiempo de los romanos y que están muy cerca de allí, a apenas quinientos metros, según ha visto en el plano.
—¿Quema?
—Toque... —le invita a comprobarlo la señora que llena una garrafa en una de ellas.
A 67 grados. A esa temperatura sale el agua en estas fuentes, según dicen los letreros, cosa que el viajero no pone en duda, a la vista del vapor que emana de ellas. Un vapor denso y ardiente, como surgido del mismo infierno, que envuelve los manantiales y que hace que el calor del mediodía sea aún mayor a su lado. Huyendo de él, el viajero regresa sobre sus pasos y se interna de nuevo en la parte antigua, que a esta hora se ve más animada. Sobre todo, la calle de San Miguel, que es donde están los mesones. A voleo, guiándose por su instinto (y por el nombre, que le llama la atención), el viajero elige el Pingallo, una casa de comidas parecida a la de Tuy, pero con peor comida. Menos mal que la salva la terraza, interior y muy pequeña, pero cubierta por un gran plátano, y la locuacidad del dueño, quien, a preguntas de aquél acerca del nombre del local (que, en realidad, según dice, no quiere significar nada), le cuenta toda su vida y la del restaurante que rige desde hace años y en el que, según asegura con mucho orgullo, se reunía la flor y nata de la intelectualidad orensana de la posguerra. Y, para demostrarlo, le muestra una por una todas las fotografías que adornan las paredes del local y en las que aparecen retratados, entre otros, Antón y Vicente Risco, Nogueira, Baltar, Piñeiro, Otero Pedrayo...
—¿Qué le parece?
—Impresionante —dice el viajero, halagándolo.
Pero ni así logra librarse de él. Ni por decirle lo buena que estaba la comida ni lo maravilloso que es su local, el viajero consigue zafarse de Luis Ranluy, que así asegura llamarse el hombre, pese a que el apellido no parezca muy gallego que digamos.
—Es aragonés —señala—. Pero yo nací en Orense.
—Bueno, pues encantado —aprovecha el viajero la ocasión para darle la mano y despedirse. Y, antes de que sea tarde, se escabulle a toda prisa en dirección a la catedral.
Calle abajo, sin embargo, el viajero se detiene a contemplar las tiendas y los comercios que perviven alrededor de ella. Son tiendas viejas, pequeñas, con nombres como La Dalia o Cuchillería Formoso (que está encajada en la catedral, bajo la puerta del Paraíso: «Estoy en el Purgatorio», dice la chica que la regenta) y negocios tan vetustos como el de la sombrerería La Lucha, la licencia fiscal más veterana de Orense, según pretende su dueño, y la única de su género que queda abierta en toda Galicia. De hecho, todavía conserva en el mostrador el conformador que se utilizaba para ensanchar las tejas de los canónigos, que todavía siguen vendiendo, pese a que apenas las compre nadie. En cambio, lo que no hay son talleres de zapatero, como el viajero comprueba con gran disgusto, puesto que necesita uno con toda urgencia: al regresar del Pingallo, y quizá por escapar a toda prisa, se rompió la correa de una sandalia y ahora la lleva arrastrando. Según le dice un vecino, de los cuatro zapateros que había aquí, dos se han jubilado ya y los otros están de baja.
Así que al viajero no le queda otro remedio que regresar a la catedral arrastrando la sandalia o volver hasta su coche para cambiar de calzado. Algo que no le apetece, y menos con la hora que ya es: las cuatro y media, según indica el reloj de la catedral ahora.
—¡Buenas tardes!
—¡Hmmmmm!
El gruñido, cómo no, corresponde al sacristán. Está sentado en un banco, justo enfrente de la puerta, con cara de tener sueño. Se ve que acaba de abrir después de dormir la siesta y que ésta ha sido muy corta o no le ha sentado bien. Pese a ello, el viajero se atreve a preguntarle:
—¿A qué hora abren el museo?
Pero el hombre no le responde. Le mira de arriba abajo con gesto de abatimiento y ni siquiera le contesta con un gruñido, como acostumbra. Al contrario, se levanta y se va a la sacristía, dejándole desconcertado.
Pero, al instante, vuelve con unas llaves. Le hace un gesto con la cara, no se sabe en qué sentido, y se dirige, arrastrando los pies como acostumbra, hacia el lugar donde está el museo: en la nave de la Epístola, en lo que debería haber sido el claustro, pero que, según las guías, se quedó, por mor de las penurias económicas de la época, en apenas un arranque mutilado.
El espacio, sin embargo, es lo suficientemente hermoso como para que mereciera la pena verlo, con independencia de lo que en él ofrece el museo; que es más de lo que el viajero podría soñar siquiera. Bajo los cuatro arcos de impresionante factura gótica que dan idea de lo ambicioso de la concepción original del espacio, se exponen en vitrinas o alineadas en paneles las auténticas maravillas de la catedral de Orense. Que no son el pórtico del Paraíso ni la capilla del Santo Cristo, sino las piezas que aquí se exhiben, especialmente el Misal Auriense (el incunable más antiguo que se conserva en toda Galicia: del 1494) y, sobre todo, los esmaltes de Limoges del siglo XIII supervivientes de alguna arqueta o de un altar-relicario y el llamado Tesoro de San Rosendo, compuesto por un conjunto de piezas de los siglos X al XV (hay peines, mitras de tela, báculos, cálices, joyas y hasta piezas para el juego de ajedrez) que pertenecieron al santo del mismo nombre y que fueron traídos de Celanova, que es donde antes estaban. Y, si no, que se lo pregunten al sacristán, que también vino de allí, según le cuenta al viajero, aunque, en su caso, eso sí, después de estar en Suiza trabajando unos cuantos años.
—¿Cuántos?
—Veintitrés —precisa el hombre, sin demostrar emoción ninguna.
Lo hace, además, guturalmente, arrastrando las palabras como hace con los pies, lo que obliga al viajero a un gran esfuerzo de entendimiento. Pero el hombre, aparte de ello, se muestra amable con él. Lo prueba el que no le quiera cobrar la entrada para el museo y, más tarde, nuevamente, cuando, sentado aquél en un banco, se le acerca con sigilo por detrás.
—A usted le gusta el arte, ¿verdad? —le dice, sobresaltándolo. Y, sin esperar respuesta, le lleva a la capilla del Santo Cristo, cuya puerta abre dela
