El telón de acero

Anne Applebaum

Fragmento

capp

La pérdida de la libertad, la tiranía, el maltrato y el hambre habrían sido más fáciles de soportar sin la obligación de llamarlos libertad, justicia, el bien del pueblo. […] Las mentiras, por su propia naturaleza parcial y efímera, se revelan como tales cuando se enfrentan con los esfuerzos del lenguaje por descubrir la verdad. Pero aquí todos los medios de revelación habían sido confiscados de manera permanente por la policía.

ALEKSANDER WAT, Mi siglo

El individuo no está obligado a creer todas estas mistificaciones, pero ha de comportarse como si las creyera o, por lo menos, tiene que soportarlas en silencio o comportarse bien con los que se basan en ellas. Por tanto, está obligado a vivir en la mentira.

VÁCLAV HAVEL, El poder de los sin poder

Este libro está dedicado a aquellos europeos del Este que se negaron a vivir en la mentira.

Nota sobre las siglas y los acrónimos

Las siglas y los acrónimos se utilizaron de manera profusa para hacer referencia a multitud de organizaciones políticas en la época que se describe en este libro —la Unión Soviética tenía una suerte de obsesión con ellos—, pero al gran público pueden resultarles muy confusos, sobre todo porque cambiaban con bastante frecuencia. Por consiguiente, los he evitado en la medida de lo posible y a menudo he utilizado «partido comunista» en lugar de «Partido Obrero Unificado Polaco», por ejemplo, o «grupo de jóvenes comunistas» en lugar de FDJ o ZMP. Sin embargo, resulta imposible evitar las siglas por completo, y se utilizan con frecuencia en otros libros de historia o de memorias. A continuación aparece una lista de las más importantes:

EN ALEMÁN

CDU

Christlich Demokratische Union: Unión Demócrata Cristiana

DDR

Deutsche Demokratische Republik: República Democrática Alemana, también llamada RDA o Alemania oriental

FDJ

Freie Deutsche Jugend: Juventud Libre Alemana, las juventudes del partido comunista, activadas en 1946

FDP

Freie Demokratische Partei: Partido Democrático Libre, a menudo llamado Partido Liberal

KPD

Kommunistische Partei Deutschlands: Partido Comunista de Alemania, fundado en 1919 y disuelto en la zona soviética de Alemania en 1946

SED

Sozialistische Einheitspartei Deutschlands: Partido Socialista Unificado de Alemania, nombre que recibió el Partido Comunista de Alemania tras su unificación con el Partido Socialdemócrata de Alemania en 1946

SMAD

Sowjetische Militäradministration in Deutschland: el nombre en alemán de la Administración Militar Soviética de Alemania, 1945-1949

SPD

Sozialdemokratische Partei Deutschlands: Partido Socialdemócrata de Alemania, fundado de nuevo en 1945 y disuelto en la zona soviética de Alemania en 1946

SVAG

Sovietskaia Voennaia Administratsia v Germanii: el nombre en ruso de la Administración Soviética en Alemania, 1945-1959

EN HÚNGARO

ÁVH

Államvédelmi Hatóság: Autoridad de Protección del Estado, la policía secreta húngara de 1950 a 1956

ÁVO

Államvédelmi Osztály: Agencia de Seguridad del Estado, la policía secreta de 1945 a 1950

DISZ

Dolgozó Ifjúság Szövetsége: Unión de la Juventud Trabajadora, movimiento de juventudes comunistas, 1950-1956

Kalot

Katolikus Agrárifjúsági Legényegyesületek Országos Testülete: Secretaría Nacional Católica de Jóvenes Agricultores, organización de jóvenes católicos, 1935-1947

Madisz

Magyar Demokratikus Ifjúsági Szövetség: Asociación de Jóvenes Demócratas de Hungría, el movimiento coordinador de jóvenes apoyado por el comunismo, 1944-1950

MDP

Magyar Dolgozók Pártja: Partido de los Trabajadores Húngaros, 1948-1956, el partido comunista después de la unificación con los socialdemócratas húngaros

Mefesz

Magyar Egyetemisták és Fóiskolai Egyesületek Szövetsége: Asociaciones Universitarias y de Escuelas Superiores Húngaras, grupo estudiantil que existió de 1945 a 1950 y se reactivó brevemente en 1956

MKP

Magyar Kommunista Párt: Partido comunista de Hungría, 1918-1948

MSzMP

Magyar Szocialista Munkáspárt: Partido Socialista Obrero Húngaro, el partido comunista, 1956-1989

Nékosz

Népi Kollégiumok Országos Szövetsége: Asociación Nacional de Universidades Populares

SZDP

Szociáldemokrata Párt: Partido Socialdemócrata de Hungría, fundado en 1890, se disolvió para convertirse en el MPD en 1948 después de la unificación con los comunistas

EN POLACO

KPP

Komunistyczna Partia Polski: Partido Comunista de Polonia, fundado en 1918, disuelto por Stalin en 1938

KRN

Krajowa Rada Narodowa: Consejo Nacional

PKWN

Polski Komitet Wyzwolenia Narodowego: Comité Polaco de Liberación Nacional

PPR

Polska Partia Robotnicza: Partido Obrero Polaco, nombre del resucitado Partido Comunista de Polonia entre 1942 y 1948

PPS

Polska Partia Socjalistyczna: el Partido Socialista Polaco, fundado en 1892 y disuelto a la fuerza para convertirse en el Partido Obrero Unificado Polaco en 1948

PRL

Polska Rzeczpospolita Ludowa: República Popular de Polonia, Polonia comunista

PSL

Polskie Stronnictwo Ludowe: Partido Campesino Polaco, fundado en 1918, opuesto al comunismo desde 1944 a 1946, y que después formó parte del régimen

PZPR

Polska Zjednoczona Partia Robotnicza: Partido Obrero Unificado Polaco, nombre del Partido Comunista Polaco después de 1948

SB

Słuzba Bezpieczenstwa: Policía Secreta de Polonia, 1956-1990

UB

Urzad Bezpieczenstwa: Policía Secreta de Polonia, 1944-1956

WiN

Wolnosc i Niezawisłosc: Libertad e Independencia, la resistencia anticomunista de 1945 hasta aproximadamente 1950

ZMP

Zwiazek Młodziezi Polskiej: Unión de Jóvenes Polacos, el grupo de juventudes comunistas de 1948 a 1957

ZWM

Zwiazek Walki Młodych: Unión de la Juventud Combatiente de Polonia, el grupo de juventudes comunistas de 1943 a 1948

EN OTROS IDIOMAS

OUN

Organizatsia Ukrainskij Natsionalistov: Organización de los Nacionalistas Ucranianos

StB

Státní bezpecnost: Seguridad del Estado, policía secreta checoslovaca

UPA

Ukrainska Povstanska Armia: Ejército Insurgente Ucraniano

MAPAS

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Introducción

Desde Stettin, en el Báltico, hasta Trieste, en el Adriático, ha caído sobre el continente un telón de acero. Detrás de esa línea se encuentran todas las capitales de los antiguos estados de Europa central y del Este. Varsovia, Berlín, Praga, Viena, Budapest, Belgrado, Bucarest y Sofía, todas esas ciudades famosas y las poblaciones que las rodean quedan dentro de lo que debo llamar la esfera soviética, y todas están sometidas, de una manera u otra, no solo a la influencia soviética, sino a una altísima y, en muchos casos, creciente medida de control por parte de Moscú.

WINSTON CHURCHILL, discurso en Fulton,

Missouri, 5 de marzo de 1946

Entre muchas otras cosas, el año 1945 marcó uno de los desplazamientos de población más extraordinarios de la historia europea. Por todo el continente, cientos de miles de personas regresaban del exilio soviético, de trabajos forzados en Alemania, de campos de concentración y campos de prisioneros de guerra, de escondites y refugios de toda clase. Las carreteras, caminos, senderos y trenes iban atestados de gente andrajosa, hambrienta y sucia.

Las escenas que se producían en las estaciones de ferrocarril eran especialmente horrorosas. Madres famélicas, niños enfermos y, en ocasiones, familias enteras acampadas sobre mugrientos suelos de cemento durante días y días, esperando un tren al que pudieran subir. Las epidemias y el hambre amenazaban con ensañarse con ellos. Pero en la ciudad de Łódz, en el centro de Polonia, un grupo de mujeres decidió evitar más tragedias. Lideradas por antiguas miembros de la Liga Kobiet, la Liga de Mujeres Polacas, una organización benéfica y patriótica fundada en 1913, las mujeres se pusieron manos a la obra. En la estación de trenes de Łódz, las activistas de la Liga de Mujeres crearon un refugio para mujeres y niños, en el que les proporcionaban comida caliente, medicamentos y mantas, además de la asistencia de voluntarios y enfermeras.

En la primavera de 1945, la motivación de esas mujeres era la misma que habría sido en 1925 o en 1935. Estaban siendo testigos de una emergencia social, de modo que se organizaron para ayudar. Nadie les pidió que lo hicieran, nadie se lo ordenó ni les pagó por ello. Janina Suska-Janakowska, una mujer de casi noventa años cuando la conocí, me contó que recordaba aquellos esfuerzos tempranos en Łódz como actos totalmente apolíticos: «Nadie recibió dinero por aquel trabajo benéfico […] todo aquel que tenía un minuto de tiempo libre, ayudaba».1 Más allá de prestar ayuda a los desesperados viajeros, la Liga de Mujeres de Łódz, en su formación inicial, no tenía un programa político.

Transcurrieron cinco años. En 1950, la Liga de Mujeres Polacas se había convertido en algo muy distinto. Contaba con una sede central en Varsovia. Disponía de un órgano rector nacional y centralizado que podía disolver y disolvió las divisiones locales que no acataban las órdenes. Tenía una secretaria general, Izolda Kowalska-Kiryluk, que no describía las tareas principales de la liga en términos patrióticos o benéficos, sino que utilizaba un lenguaje político e ideológico: «Debemos profundizar en nuestra labor organizativa y movilizar a un grupo numeroso de mujeres activas, educarlas y convertirlas en activistas sociales concienciadas. Día tras día, debemos acrecentar la conciencia social de las mujeres y unirnos en la grandiosa misión de la reconstrucción social de la Polonia popular para convertirla en una Polonia socialista».

La Liga de las Mujeres también organizó congresos nacionales, como el de 1951 en el que Zofia Wasilkowska, entonces la vicepresidenta de la organización, expuso abiertamente un programa político: «El objetivo principal y reglamentario del activismo de la Liga es el de llevar a cabo una labor educativa, instructiva. […] El de acrecentar la concienciación de las mujeres hasta un nivel infinitamente más alto y movilizarlas para que sean plenamente conscientes de los objetivos del Plan Sexenal».2

En otras palabras, en 1950 la Liga de Mujeres Polacas se había convertido en la sección femenina del partido comunista de Polonia. Con esa función, la liga animaba a las mujeres a seguir la línea del partido en asuntos de política y de relaciones internacionales. Alentaba a las mujeres a desfilar el Primero de Mayo y a firmar peticiones que contenían denuncias del imperialismo occidental. Empleaba a equipos de agitadores que asistían a cursos y aprendían a difundir aún más el mensaje del partido. Quienquiera que se opusiera a hacer cualquiera de esas cosas —que se negara, por ejemplo, a desfilar el Primero de Mayo o a asistir a las celebraciones por el cumpleaños de Stalin— podía ser expulsada de la Liga de Mujeres, lo que sucedió con algunas de ellas. Otras dimitieron. Las que permanecieron en la Liga dejaron de ser voluntarias para convertirse en burócratas que trabajaban al servicio del Estado y del partido comunista.

Habían transcurrido cinco años. En esos cinco años, la Liga de Mujeres Polacas e infinidad de organizaciones similares habían experimentado una transformación absoluta. ¿Qué había sucedido? ¿Quién había causado tales cambios? ¿Por qué decidieron aceptarlos? Las respuestas a estas preguntas constituyen el tema principal de este libro.

Aunque se ha utilizado con mayor frecuencia para describir la Alemania nazi y la Unión Soviética de Stalin, la palabra «totalitario» o «totalitarismo» se utilizó por primera vez en el contexto del fascismo italiano. Inventado por uno de sus detractores, Benito Mussolini adoptó el término con entusiasmo, y en uno de sus discursos ofreció la que sigue siendo la mejor definición de la palabra: «Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado».3 En su definición estricta, un régimen totalitario es aquel que prohíbe todas las instituciones excepto las que han sido aprobadas de manera oficial. Así pues, un régimen totalitario consta de un partido político, un sistema educativo, un credo artístico, una economía de planificación central, unos medios de difusión unificados y un código moral. En un Estado totalitario no hay escuelas independientes, negocios privados, organizaciones de base ni pensamiento crítico. Mussolini y su filósofo preferido, Giovanni Gentile, escribieron sobre una «concepción del Estado que lo abarca todo; fuera de él no pueden existir valores humanos o espirituales, y mucho menos tener valor».4

A partir del italiano, la palabra «totalitarismo» pasó a todas las lenguas de Europa y del mundo. Sin embargo, tras el fallecimiento de Mussolini, eran pocos los que defendían abiertamente el concepto y, con el tiempo, la palabra pasó a ser definida por sus detractores, muchos de los cuales figuran entre los más importantes pensadores del siglo XX.5 Camino de servidumbre, de Friedrich Hayek, es una respuesta filosófica al desafío del totalitarismo, al igual que La sociedad abierta y sus enemigos, de Karl Popper. La obra de George Orwell 1984 ofrece una visión distópica de un mundo totalmente dominado por regímenes totalitarios.

Es probable que la estudiosa más importante de la política totalitaria fuera Hannah Arendt, quien definió el totalitarismo en su libro de 1949 Los orígenes del totalitarismo como «una forma novedosa de gobierno» propiciada por la llegada de la modernidad. Según ella, la destrucción de las sociedades y formas de vida tradicionales había creado las condiciones necesarias para la evolución de la «personalidad totalitaria», de hombres y mujeres cuya identidad dependía por completo del Estado. Arendt es famosa por haber sostenido la tesis de que tanto la Alemania nazi como la Unión Soviética fueron regímenes totalitarios y, como tales, hubo entre ambos más similitudes que diferencias.6 Carl J. Friedrich y Zbigniew Brzezinski llevaron ese razonamiento un poco más lejos en su obra Totalitarian Dictatorship and Autocracy, publicada en 1956, y buscaron una definición más eficaz. Los regímenes totalitarios, sostuvieron, tenían al menos cinco puntos en común: una ideología dominante, un único partido en el poder, una fuerza policial secreta dispuesta a utilizar el terror, el monopolio de la información y una economía planificada. Según esos criterios, los regímenes nazi y soviético no fueron los únicos estados totalitarios. Otros, como el de la China de Mao, por ejemplo, cumplieron también todos los requisitos.7

Sin embargo, a finales de la década de 1940 y a principios de la de 1950, el «totalitarismo» era más que un mero concepto teórico. Durante los primeros años de la guerra fría, el término adquirió también connotaciones políticas concretas. En un discurso fundamental pronunciado en 1947, el presidente Harry Truman declaró que todos los estadounidenses debían estar «dispuestos a ayudar a los pueblos libres para que puedan mantener sus instituciones libres y su integridad nacional contra movimientos agresivos que pretenden imponerles regímenes totalitarios».8 Esta medida recibió el nombre de Doctrina Truman. El presidente Dwight Eisenhower también utilizó el término durante su campaña presidencial de 1952, en la que declaró su intención de ir a Corea y terminar la guerra allí: «Conozco algo esa mentalidad totalitaria. Durante los años de la Segunda Guerra Mundial tuve que asumir la dura responsabilidad de tener que tomar decisiones en la cruzada del mundo libre contra la tiranía que entonces nos amenazaba a todos».9

Como los guerreros de la guerra fría estadounidenses se posicionaron abiertamente como opositores del totalitarismo, los escépticos con la guerra fría empezaron a cuestionar el término y a preguntarse su significado. ¿Constituía el totalitarismo una amenaza real o era tan solo una exageración, una suerte de hombre del saco, una invención del senador Joseph McCarthy? A lo largo de las décadas de 1970 y 1980, los historiadores revisionistas de la URSS sostuvieron que ni siquiera la Unión Soviética de Stalin había sido realmente totalitaria. Mantuvieron que no todas las decisiones de la Unión Soviética se tomaban en Moscú; que la policía local estaba tan inclinada a imponer el terror como quienes estaban en lo más alto de la jerarquía; que los planificadores centrales no siempre tenían éxito en sus intentos por controlar la economía; que el terror colectivo había creado «oportunidades» para muchos en la sociedad.10 Entre algunos, el término «totalitarista» llegó a cobrar un significado burdo, impreciso y excesivamente ideológico.

En realidad, muchos de los teóricos «ortodoxos» del totalitarismo habían señalado también varias de esas cuestiones. Eran pocos los que mantenían que el totalitarismo funcionaba. Al contrario, «como el gobierno totalitario aspira a lo imposible y pretende poner a su disposición la personalidad del hombre y su destino, solo puede llevarse a cabo de manera fragmentaria —escribió Friedrich—. Y esa es, precisamente, la razón por la que las consecuencias de la reivindicación totalitaria del poder son tan peligrosas y opresivas, porque son tan vagas, tan incalculables y tan difíciles de demostrar. […] Esta contorsión se sigue de la aspiración irrealizable de poder: describe la vida bajo tal régimen y hace que a la gente de fuera le resulte sumamente difícil de entender».11

En años más recientes, los teóricos políticos han profundizado más en este argumento revisionista. Algunos han argumentado que el término «totalitario» es realmente útil solo en teoría, como un negativo contra el que los demócratas liberales pueden definirse a sí mismos.12 Otros consideran que la palabra no tiene ningún sentido y argumentan que se ha convertido en un término que tan solo significa «la antítesis teórica de la sociedad occidental», o simplemente «gente que no nos gusta». Una interpretación más siniestra sostiene que la palabra «totalitarismo» sirve a sus propios intereses: la utilizamos únicamente para realzar la legitimidad de la democracia occidental.13

En el habla común, la palabra «totalitario», más que servir a sus propios intereses, se utiliza de manera abusiva. Algunos políticos elegidos de manera democrática son descritos como totalitarios (por ejemplo, «los instintos totalitarios de Rick Santorum»), como sucede también con gobiernos o incluso compañías (alguna vez hemos leído sobre «la marcha de Estados Unidos hacia el totalitarismo» o hemos descubierto que Apple mantiene «un enfoque totalitario con respecto a su tienda de aplicaciones»).14 Los liberales libertarios, de Ayn Rand en adelante, han utilizado la palabra para describir a los liberales progresistas. Los liberales progresistas (y, por supuesto, los conservadores) han utilizado la palabra para referirse a Ayn Rand.15 Hoy en día, la palabra se aplica a tantas personas e instituciones que a veces puede resultar vacía de significado.

Sin embargo, aunque la idea de «control absoluto» pueda ahora parecer absurda, ridícula, exagerada o tonta, y aunque la propia palabra haya perdido la capacidad de impresionar, es importante recordar que el «totalitarismo» es algo más que un insulto mal definido. Históricamente hubo regímenes que aspiraron al control absoluto. Si esperamos entenderlos —si esperamos entender la historia del siglo XX—, tenemos que comprender cómo funcionaba el totalitarismo, tanto en la teoría como en la práctica. Además, el concepto de control absoluto no está totalmente pasado de moda. El régimen de Corea del Norte, establecido en la línea del de Stalin, ha cambiado poco en setenta años. Si bien las nuevas tecnologías parecen dificultar la aspiración al control absoluto, y aún más su consecución, no podemos estar seguros de que los teléfonos móviles, internet y las fotografías por satélite no terminen convirtiéndose en herramientas de control en manos de regímenes que también aspiran a «abarcarlo todo».16 El término «totalitarismo» sigue siendo una descripción empírica útil y necesaria. Ya va siendo hora de recuperarlo.

Un régimen en particular comprendió tan bien las técnicas y los métodos del control totalitario que los exportó exitosamente: tras el final de la Segunda Guerra Mundial y el avance del Ejército Rojo hacia Berlín, los dirigentes de la Unión Soviética hicieron grandes esfuerzos para imponer un sistema totalitario de gobierno en los países europeos que ocupaban en ese momento, igual que habían intentado imponer un sistema totalitario en las distintas regiones de la propia URSS. Sus esfuerzos fueron verdaderamente letales. Stalin, sus oficiales militares y su policía secreta —que entre 1934 y 1946 recibió el nombre de Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (Narodny Komissariat Vnutrennij Del o NKVD), y más adelante se convertiría en el KGB—, junto con sus aliados locales, no intentaban expresar su opinión sobre Ayn Rand o los liberales progresistas cuando crearon los estados totalitarios de Europa del Este. Parafraseando a Mussolini, lo que realmente querían era crear sociedades en las que todo estuviera dentro del Estado, nada fuera del Estado y nada contra el Estado, y querían hacerlo con rapidez.

Es cierto que los ocho países europeos que el Ejército Rojo ocupó en 1945, en su totalidad o en parte, tenían culturas, tradiciones políticas y estructuras económicas sumamente distintas. Los nuevos territorios incluían la otrora democrática Checoslovaquia y la Alemania anteriormente fascista, además de monarquías, autocracias y estados semifeudales. Los habitantes de esa región eran católicos, ortodoxos, protestantes, judíos y musulmanes. Hablaban lenguas eslavas, románicas, ugrofinesas y germánicas. Incluía a rusófilos y rusófobos; la industrializada Bohemia y la rural Albania; la cosmopolita Berlín y minúsculas aldeas en los Cárpatos. Entre ellos se encontraban antiguos súbditos del Imperio austrohúngaro, prusiano, otomano, así como del ruso.

Sin embargo, estadounidenses y europeos occidentales de ese período llegaron a considerar las naciones de una Europa dominada por el comunismo pero no soviética —Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Alemania del Este, Rumanía, Bulgaria, Albania y Yugoslavia— como un «bloque» que a la larga llegó a denominarse «Europa del Este». Este es un término político e histórico, no geográfico. No incluye otros países del Este como Grecia, que jamás fue un país comunista. Tampoco incluye los estados bálticos o Moldavia, que aunque histórica y culturalmente eran similares a los de la Europa del Este, en ese período fueron incorporados a la Unión Soviética. Existían similitudes entre las experiencias de los estados bálticos y los de Polonia en particular, pero también había importantes diferencias: la sovietización, para los bálticos, significó la pérdida de incluso la soberanía nominal.

En los años que siguieron a la muerte de Stalin —especialmente desde 1989—, las ocho naciones de Europa del Este tomaron caminos muy distintos, y ya se ha convertido en algo habitual comentar que, en realidad, jamás tuvieron nada en común. Es absolutamente cierto: antes de 1945 nunca se habían unido de ningún modo y aún hoy resulta asombroso lo poco que tienen en común, aparte de la memoria histórica del comunismo. Aun así, durante un tiempo, entre 1945 y 1989, esas ocho naciones de Europa del Este compartieron muchas cosas. Por motivos de sencillez, familiaridad y precisión histórica, utilizaré el término «Europa del Este» para referirme a ellas a lo largo de este libro.17

Durante un período muy breve, entre 1945 y 1953, pareció que la URSS conseguiría convertir las muy distintas naciones de Europa del Este en una región ideológica y políticamente homogénea. De los enemigos de Hitler y los aliados de Hitler lograron, en esa época, crear un grupo de organizaciones políticas en apariencia idénticas.18 A principios de la década de 1950, todas las capitales grises y castigadas por la guerra de los «antiguos estados» de la región, en palabras de Churchill, fueron patrulladas por la misma clase de policías de gesto adusto, diseñadas por los mismos arquitectos del realismo socialista y cubiertas de los mismos pósters de propaganda. En toda la región se rendía culto a Stalin, cuyo nombre se veneraba en la URSS como «símbolo de la victoria próxima del comunismo», así como también a otros líderes de partidos políticos locales.19 Millones de personas participaban en desfiles y celebraciones del poder comunista organizadas por el Estado. En esa época, el «Telón de Acero» era mucho más que una metáfora: muros, vallas y alambradas separaban literalmente la Europa del Este de la del Oeste. En 1961, año en que se construyó el muro de Berlín, parecía que esas barreras se mantendrían para siempre.

Al volver la vista atrás, la velocidad con que se produjo esa transformación resulta asombrosa. En la propia Unión Soviética, la evolución de un Estado totalitario se había producido a lo largo de dos décadas, y a trompicones. Los bolcheviques no empezaron con un plan rector. Tras la Revolución rusa, siguieron un curso en zigzag, a veces más severo, a veces más liberal, a medida que sus políticas fracasaban en el intento de proporcionar las prometidas ganancias económicas. A las políticas colectivistas del «comunismo de guerra» y el «terror rojo» de la época de la Guerra Civil rusa, siguió la Nueva Política Económica de Lenin, más liberal, que permitió la privatización de algunas industrias y empresas. La Nueva Política Económica se abolió en 1928 y fue reemplazada por un Plan Quinquenal y una nueva serie de políticas que con el tiempo se conocerían como estalinismo: un impulso para la rápida industrialización, la colectivización forzada, la planificación centralizada; restricciones draconianas en la expresión, la literatura, los medios y las artes; y la expansión del Gulag, el sistema de campos de trabajos forzados. Los términos «estalinismo» y «totalitarismo» a menudo se utilizan con el mismo significado, y con toda la razón.

Sin embargo, a finales de la década de 1930 el estalinismo también estaba en crisis. Las condiciones de vida no estaban mejorando tan rápidamente como el partido había prometido. Las inversiones mal planificadas empezaban a fracasar. La gran hambruna en Ucrania y en la región meridional de Rusia a principios de la década de 1930, si bien tuvo cierta utilidad política para el régimen, había provocado miedo en lugar de admiración. En 1937, la policía secreta soviética lanzó una campaña pública de detenciones, encarcelamientos y ejecuciones, dirigida inicialmente a los saboteadores, espías y «destructores» que, supuestamente, estaban interfiriendo en el progreso de la sociedad y que finalmente se hizo extensiva a los círculos más elevados del partido comunista soviético. La Gran Purga no supuso la primera oleada de arrestos en la Unión Soviética y tampoco la mayor: con anterioridad, ya se había aterrorizado a campesinos y a minorías étnicas, en particular a los que vivían cerca de la frontera soviética. Sin embargo, esa fue la primera vez que el terror se dirigía a las más altas esferas del partido, y causó una profunda inquietud tanto en la Unión Soviética como entre los comunistas de otros países. A la larga, la Gran Purga podría haber provocado una enorme desilusión. Pero el estalinismo —y Stalin— fue rescatado de manera fortuita por la Segunda Guerra Mundial. Pese al caos y los errores, pese a la multitud de muertes y a la destrucción masiva, la victoria reforzó la legitimidad del sistema y su líder, «demostrando» así su valía. A raíz de la victoria, el culto casi religioso que se rendía a Stalin alcanzó nuevas cotas. La propaganda describía al dirigente soviético como «la encarnación de su propio heroísmo, su propio patriotismo, su propia devoción a la patria socialista».20

Al mismo tiempo, la guerra proporcionó a Stalin una ocasión sin precedentes para imponer su particular visión de sociedad comunista sobre sus vecinos. La primera oportunidad llegó muy al principio, en 1939, después de que la Unión Soviética y la Alemania nazi firmaran el Pacto Molótov-Ribbentrop y acordaran dividir Polonia, Rumanía, Finlandia y los estados bálticos en zonas de influencia germana y soviética. El 1 de septiembre, Hitler invadió Polonia desde el oeste. El 17 de septiembre, Stalin invadió Polonia desde el este. Transcurridos unos meses, las tropas soviéticas habían ocupado los estados bálticos, partes de Rumanía y también el este de Finlandia. Si bien la Europa ocupada por los nazis finalmente fue liberada, Stalin jamás devolvió los territorios que ocupó durante esa primera fase de la guerra. El este de Polonia, el este de Finlandia, las naciones bálticas, Bucovina y Besarabia, ahora llamada Moldavia, fueron incorporados a la Unión Soviética. Los territorios orientales de Polonia forman parte de las actuales Ucrania y Bielorrusia.

En su zona de ocupación, los oficiales del Ejército Rojo y los del NKVD empezaron de inmediato a imponer su propio sistema. A partir de 1939 se sirvieron de colaboradores locales, miembros del movimiento comunista internacional, la violencia y las deportaciones masivas a los campos de concentración del Gulag para «sovietizar» a la población local. Stalin aprendió valiosas lecciones de esa experiencia y ganó aliados igualmente valiosos: la invasión soviética de la parte este de Polonia y los estados bálticos en 1939 produjo un cuadro de oficiales del NKVD preparados y dispuestos a repetirlo. Inmediatamente, incluso antes de la invasión nazi de la URSS en 1941, las autoridades soviéticas empezaron a preparar el terreno para una transformación similar en Europa del Este.

Este último punto resulta controvertido, puesto que en la historiografía oficial la historia de posguerra de la región suele dividirse en fases.21 Primero hubo una democracia auténtica, durante 1944-1945; a continuación una falsa democracia, como escribió Hugh Seton-Watson; y después, en 1947-1948, un abrupto cambio de política y una toma de poder en toda regla: se intensificó el terror político, se amordazó a los medios de comunicación y se manipularon las elecciones. Cualquier pretensión de autonomía nacional fue abandonada.

Desde entonces, algunos historiadores y politólogos han atribuido este cambio en la atmósfera política al comienzo de la guerra fría, con la que coincidió. En ocasiones, de esta aparición del estalinismo en Europa del Este se ha culpado a los guerreros de la guerra fría en Occidente, cuya retórica agresiva «obligó» al dirigente soviético a afianzarse en la región. En 1959, William Appleman Williams dotó a este argumento «revisionista» general su forma clásica al argumentar que la guerra fría no había sido causada por la expansión comunista, sino por la ofensiva estadounidense para conseguir mercados internacionales abiertos. Más recientemente, un destacado estudioso alemán ha argumentado que la división de Alemania no fue causada por el intento de alcanzar políticas totalitarias en Alemania del Este después de 1945, sino por el fracaso de las potencias occidentales a la hora de aprovechar las tentativas pacíficas de Stalin.22

Cualquier examen riguroso de lo que estaba sucediendo en la región entre 1944 y 1947 revela los profundos errores de estos argumentos; y, gracias a la disponibilidad de archivos tanto soviéticos como de Europa del Este, ahora es posible hacer un examen riguroso.23 Nuevas fuentes han ayudado a los historiadores a comprender que este primer período «liberal» no fue, en realidad, tan liberal como a veces se ha considerado. Es cierto que no todos los elementos del sistema político soviético fueron importados a la región en cuanto el Ejército Rojo cruzó las fronteras, y por supuesto no hay pruebas de que Stalin pretendiera crear un «bloque» comunista rápidamente. En 1944, su ministro de Asuntos Exteriores, Iván Maiski, escribió una nota en la que predecía que todas las naciones de Europa llegarían a convertirse en estados comunistas, pero que para ello faltaban aún tres o quizá cuatro décadas. (También previó que en la Europa del futuro debería haber tan solo una potencia terrestre, la URSS, y una potencia marítima, Gran Bretaña.) Entretanto, Maiski pensaba que la Unión Soviética no debía intentar fomentar «revoluciones proletarias» en Europa del Este, y sí mantener buenas relaciones con las democracias occidentales.24

Esta visión a largo plazo estaba sin duda en consonancia con la ideología marxista-leninista tal como Stalin la entendía. Él creía que los capitalistas no serían capaces de colaborar entre sí para siempre. Tarde o temprano, su afanoso imperialismo los conduciría al conflicto, y la Unión Soviética se beneficiaría de ello. «Las contradicciones entre Inglaterra y Estados Unidos aún están por llegar —dijo a sus compañeros unos meses después de que terminara la guerra—. Los conflictos sociales en Estados Unidos se extienden a un ritmo creciente. Los laboristas han prometido a los trabajadores ingleses tantas cosas en relación con el socialismo que les resultará difícil echarse atrás. Pronto tendrán conflictos, no solo con su burguesía, sino también con los imperialistas estadounidenses.»25

Si la URSS no tenía prisa, tampoco la tenían los dirigentes comunistas de Europa del Este, de los cuales muy pocos esperaban hacerse con el poder de manera inmediata. En la década de 1930, muchos habían participado en coaliciones del «frente nacional» junto con partidos centristas y socialistas, o habían observado el éxito de algunas coaliciones del frente nacional en varios países, particularmente en España y Francia. El historiador Tony Judt ha llegado a describir España como «un ensayo para la toma de poder en Europa del Este después de 1945».26 Estas primeras coaliciones del frente nacional se habían creado para oponerse a Hitler. En el período que siguió a la guerra, muchos se prepararon para crearlas de nuevo con el propósito de combatir el capitalismo occidental. Stalin adoptó una visión a largo plazo: la revolución proletaria llegaría a su debido momento, pero antes de que pudiera producirse era necesario que en la región hubiera primero una revolución burguesa. Según la esquemática interpretación soviética de la historia, la necesaria revolución burguesa aún no había acontecido.

Sin embargo, como se explicará en la primera parte de este libro, la Unión Soviética introdujo ciertos elementos fundamentales del sistema soviético en todas las naciones ocupadas por el Ejército Rojo desde el principio. En primer lugar, el NKVD soviético, en colaboración con los partidos comunistas locales, creó de inmediato una fuerza policial secreta a su imagen y semejanza, utilizando con frecuencia a gente a la que ya habían formado en Moscú. Allí donde fuera el Ejército Rojo —incluso en Checoslovaquia, de donde finalmente se retiraron las tropas soviéticas— esos nuevos agentes de la policía secreta comenzaron de inmediato a utilizar la violencia selectiva, eligiendo cuidadosamente a sus enemigos políticos según listas y criterios elaborados con anterioridad. En algunos casos elegían también a grupos étnicos enemigos. Además, se hicieron con el control de los ministerios del Interior de la región, y en algunos casos también con el de los ministerios de Defensa, y participaron en la confiscación y redistribución inmediatas de la tierra.

En segundo lugar, en todas las naciones ocupadas las autoridades soviéticas colocaron a comunistas de confianza al frente del medio de comunicación más poderoso de la época: la radio. Aunque en la mayor parte de Europa del Este era posible publicar periódicos o revistas de contenido no comunista durante los primeros meses después de la guerra, y aunque los no comunistas tenían permitido el control de otros monopolios estatales, las emisoras de radio nacionales, que llegaban a toda la población, desde los campesinos analfabetos a los intelectuales más sofisticados, se mantuvieron bajo el firme control del partido comunista. Las autoridades confiaban en que, a la larga, la radio, junto con la propaganda y los cambios introducidos en el sistema educativo, ayudarían a atraer multitudes hacia el bando comunista.

En tercer lugar, allí donde fuera el Ejército Rojo los comunistas soviéticos y locales acosaban, perseguían y finalmente prohibían muchas de las organizaciones independientes de lo que ahora llamaríamos «sociedad civil»: la Liga de Mujeres Polacas, las agrupaciones alemanas antifascistas, grupos religiosos y escuelas. En particular, y desde los primeros días de la ocupación, se obsesionaron con los grupos de jóvenes: jóvenes socialdemócratas, organizaciones de jóvenes católicos o protestantes, boy scouts y girl scouts. Incluso antes de prohibir los partidos políticos independientes para adultos, e incluso antes de declarar ilegales organizaciones religiosas y sindicatos independientes, sometieron a las organizaciones de jóvenes a la más estricta vigilancia y les impusieron limitaciones severas.

Finalmente, allí donde les fue posible las autoridades soviéticas, de nuevo en colaboración con los partidos comunistas locales, llevaron a cabo políticas de limpieza étnica masiva y forzaron el desplazamiento de millones de alemanes, polacos, ucranianos, húngaros y gente de otras ciudades y pueblos en los que habían vivido durante siglos. Camiones y trenes trasladaron a gente y sus escasas pertenencias a campamentos de refugiados y a casas situadas a cientos de kilómetros del lugar donde habían nacido. Desorientados y desplazados, los refugiados podían ser manipulados y controlados con mucha más facilidad. Hasta cierto punto, Estados Unidos y Gran Bretaña fueron cómplices de esa política —la limpieza étnica de los alemanes sería incluida en el Tratado de Potsdam—, pero pocos en Occidente sabían en ese momento hasta qué punto se extendería y se volvería violenta la limpieza étnica por parte del poder soviético.

Otros elementos del capitalismo e incluso del liberalismo se mantuvieron invariables durante un tiempo. Las explotaciones agrícolas privadas, las empresas privadas y el comercio privado se mantuvieron a lo largo de 1945 y 1946, y en ocasiones durante más tiempo. Algunos periódicos y revistas independientes siguieron publicando, y algunas iglesias permanecieron abiertas. En algunos lugares, los partidos políticos no comunistas pudieron seguir en activo, al igual que algunos políticos no comunistas elegidos. Sin embargo, esto no sucedió porque los comunistas soviéticos y sus aliados de Europa del Este fueran demócratas de mentalidad liberal. Sucedió porque creían que esas cosas eran menos importantes a corto plazo que la policía secreta, la radio, la limpieza étnica y el dominio de grupos de juventudes y otras organizaciones cívicas. No fue casualidad que los jóvenes comunistas ambiciosos empezaran siempre en una de esas áreas. Cuando se unió al partido en 1945, al escritor comunista Wiktor Woroszylski le presentaron tres opciones: el movimiento de juventudes comunistas, la policía secreta o el departamento de propaganda, relacionado con los medios de comunicación.27

Las elecciones libres que se celebraron en algunos países en 1945 y 1946 tampoco fueron una señal de tolerancia comunista. Los partidos comunistas soviéticos y de Europa del Este permitieron esas elecciones porque pensaron que con el control de la policía secreta y la radio, y con la fuerte influencia que ejercían sobre los jóvenes, les bastaría para ganar. Los comunistas de todos los países creían en el poder de su propaganda, y durante los primeros años tras el final de la guerra tuvieron razones de peso para mantener esa creencia. La gente se adhirió al partido, ya fuera por desesperación, desorientación, pragmatismo, cinismo o ideología, y no solo en Europa del Este, sino también en Francia, Italia y Gran Bretaña. En Yugoslavia, el partido comunista de Tito fue realmente popular, gracias al papel que desempeñó en la resistencia. En Checoslovaquia —ocupada por Hitler en 1938 gracias a la línea contemporizadora de Occidente—, al principio depositaron auténticas esperanzas en la Unión Soviética, con la confianza de que sería una potencia más favorable. Incluso en Polonia y Alemania, países que tenían razones para sospechar de los motivos de los soviéticos, el impacto psicológico de la guerra también determinó la percepción de muchos ciudadanos. El capitalismo y la democracia liberal habían fracasado estrepitosamente a lo largo de la década de 1930. Muchos creyeron que había llegado el momento de probar algo distinto.

Por mucho que en ocasiones nos cueste entenderlo, los comunistas creían en su propia doctrina. Aunque ahora, con la perspectiva del tiempo, la ideología comunista nos parezca desatinada, eso no significa que en su momento no inspirara fervorosas creencias. La mayoría de los líderes comunistas de Europa del Este —y muchos de sus seguidores— pensaban realmente que tarde o temprano la mayor parte de la clase obrera adquiriría conciencia de clase, comprendería su destino histórico y votaría un régimen comunista.

Se equivocaron. Pese a la intimidación, pese a la propaganda e incluso pese a la atracción que el comunismo despertaba en algunas personas abatidas por la guerra, los partidos comunistas perdieron las primeras elecciones en Alemania, Austria y Hungría por un amplio margen. En Polonia, los comunistas tantearon el terreno con un referéndum, y al descubrir que contaban con apoyo escaso sus líderes abandonaron las elecciones libres. En Checoslovaquia, el partido comunista obtuvo buenos resultados en un primer ciclo de elecciones, en 1946, en las que consiguieron un tercio de los votos. Sin embargo, cuando se hizo evidente que en las siguientes elecciones de 1948 los resultados serían mucho peores, los dirigentes del partido dieron un golpe de Estado. Las severas políticas impuestas sobre el bloque del Este en 1947 y 1948 no fueron una mera reacción a la guerra fría. También fueron una reacción al fracaso. La Unión Soviética y sus aliados locales no habían conseguido hacerse con el poder de manera pacífica. No lograron alcanzar un control absoluto, ni siquiera adecuado. Pese a su influencia mediante la radio y la policía secreta, no eran populares ni los admiraba todo el mundo. El número de sus seguidores disminuía con velocidad, incluso en países como Checoslovaquia y Bulgaria, donde al principio habían gozado de verdadero apoyo.28

Como resultado, los comunistas locales, aconsejados por sus aliados soviéticos, recurrieron a las tácticas más severas que se habían utilizado con anterioridad —y con éxito— en la URSS. La segunda parte de este libro describe esas técnicas: una nueva oleada de arrestos, la expansión de los campos de trabajos forzados, y un control mucho más estricto de los medios de comunicación, los intelectuales y las artes. En casi todas partes se siguieron determinados patrones: en primer lugar, la eliminación de partidos «derechistas» o anticomunistas, a continuación la destrucción de la izquierda no comunista y después la eliminación de la oposición dentro del propio partido comunista. En algunos países, las autoridades comunistas incluso llevaron a cabo juicios amañados al estilo soviético. Finalmente, los partidos comunistas de la región intentarían eliminar todas las organizaciones independientes que pudieran quedar, reclutar seguidores para organizaciones masivas dirigidas por el Estado, establecer controles mucho más severos sobre la educación y socavar las bases de las iglesias católica y protestante. Crearon nuevas y globales formas de propaganda educativa, patrocinaron desfiles y discursos públicos, colgaron pancartas y carteles, organizaron campañas de recogida de firmas y acontecimientos deportivos.

Sin embargo, volverían a fracasar. Tras la muerte de Stalin en 1953, por toda la región estallaron rebeliones de distinta importancia. En 1953, los berlineses del Este organizaron una manifestación de protesta que fue reprimida por los tanques soviéticos. En 1956 se produjeron otros dos levantamientos destacados, en Polonia y en Hungría. A raíz de esos levantamientos, los comunistas de Europa del Este volvieron a moderar sus tácticas. Y siguieron fracasando —y cambiando de tácticas—, hasta que por fin se rindieron y abandonaron el poder en 1989.

Entre 1945 y 1953, la Unión Soviética transformó de manera radical toda una región, desde el Báltico al Adriático, desde el corazón del continente europeo hasta la periferia del sur y el este. Sin embargo, en este libro me centraré en Europa central. Aunque haré referencia a Checoslovaquia, Rumanía, Bulgaria y Yugoslavia, centraré la atención en Hungría, Polonia y Alemania del Este. He elegido estos tres países no por sus similitudes, sino porque fueron sumamente distintos.

Fundamentalmente, tuvieron experiencias distintas de la guerra. Por supuesto, Alemania había sido el principal agresor y el mayor perdedor. Polonia había luchado con fuerza contra la ocupación alemana y fue uno de los países aliados, aunque no recibió ningún fruto de la victoria. Hungría había tenido un papel intermedio, pues experimentó con el autoritarismo, colaboró con Alemania, intentó cambiar de bando y por fin se dio cuenta de que era demasiado tarde. Estos tres países también habían vivido experiencias históricas muy diferentes. Alemania había sido la potencia política y económica de Europa central durante décadas. Polonia, si bien había sido en el siglo XVII un imperio continental, en el XVIII estuvo repartida entre tres imperios y en 1795 perdió su soberanía, que no volvería a recuperar hasta 1918. Mientras tanto, el poder y la influencia de Hungría habían alcanzado su momento más álgido a principios del siglo XX. Tras la Primera Guerra Mundial, Hungría perdió dos tercios de su territorio, una experiencia tan traumática que hoy en día sigue resonando en la política húngara.

En sentido estricto, ninguno de los tres países había sido democrático durante el período que precedió inmediatamente a la guerra. Sin embargo, todos habían experimentado liberalismo político, un gobierno constitucional y elecciones. Todos habían tenido mercados de valores, inversión extranjera, sociedades limitadas y leyes que protegían los derechos de la propiedad. Todos habían tenido instituciones civiles —iglesias, organizaciones de jóvenes, asociaciones comerciales— de cientos de años de antigüedad, así como una larga tradición de prensa y publicaciones. El primer periódico polaco apareció en 1661. Los alemanes habían producido una enorme variedad de medios de difusión que competían entre sí antes de que Hitler se alzara con el poder en 1933. Todos tuvieron estrechos vínculos económicos y culturales con Europa occidental, que en la década de 1930 eran mucho más fuertes que los que mantenían con Rusia. No había nada en su historia ni en su cultura que los destinara automáticamente a convertirse en dictaduras totalitarias. Alemania occidental, si bien desde el punto de vista cultural era idéntica a la del Este, se convirtió en una democracia liberal como también lo hizo Austria, que durante mucho tiempo había formado parte del Imperio de Habsburgo junto con Checoslovaquia y Hungría.

Al volver la vista atrás, a veces la historia parece inevitable, y en las décadas que siguieron a la imposición del comunismo algunos intentaron encontrar motivos a posteriori para explicar los regímenes comunistas de Europa del Este. Se decía que la parte oriental del continente era más pobre que la occidental (por supuesto, con la excepción de Alemania); se decía también que las naciones de la región estaban menos desarrolladas (aunque en comparación con Grecia, España y Portugal, Hungría y Polonia no lo estuvieran) o menos industrializadas (si bien el territorio checo estaba entre los más industrializados de Europa). Sin embargo, desde la perspectiva de 1945 nadie pudo prever que Hungría, con sus prolongados lazos con las tierras de habla alemana del oeste; Polonia, con su fiera tradición antibolchevique; o la Alemania oriental, con su pasado nazi, permanecerían bajo el control político soviético durante casi medio siglo.

Cuando cayeron bajo ese control político soviético, pocos fuera de la región entendieron lo que había sucedido y el porqué. Incluso hoy en día, mucha gente sigue viendo a Europa del Este únicamente a través del prisma de la guerra fría. Con algunas excepciones, los libros occidentales sobre la Europa del Este posterior a la guerra se han centrado en el conflicto Este-Oeste, en la división de Alemania («la cuestión alemana»), y en la creación de la OTAN y el Pacto de Varsovia.29 La propia Hannah Arendt desestimó la historia de posguerra de la región como poco interesante: «Era como si los gobernantes rusos repitieran apresuradamente todos los estadios de la Revolución de octubre hasta la emergencia de una dictadura totalitaria; por consiguiente, la historia, si bien es sumamente terrible, carece de interés por sí sola y aporta muy pocas variaciones».30

Sin embargo, Arendt se equivocaba: «Los gobernantes rusos» no siguieron los enrevesados estadios de la Revolución de octubre en Europa del Este. Aplicaron solo aquellas técnicas que sabían que podían resultar exitosas y debilitaron únicamente aquellas instituciones que consideraban absolutamente necesario destruir. Es por ello que su historia está llena de interés: nos cuenta más cosas acerca del modo de pensar totalitario, de las prioridades soviéticas y del pensamiento soviético que cualquier estudio dedicado a la historia soviética. Y lo que es más importante, un estudio de la región nos descubre más sobre el modo en que reaccionan los seres humanos a la imposición del totalitarismo de lo que lo haría cualquier estudio sobre un país en particular.

En años más recientes, son muchos los especialistas que han empezado a reconocerlo. En las dos décadas transcurridas desde el hundimiento del comunismo y la apertura de archivos por toda Europa central, Alemania y Rusia, se ha dedicado a la región una extensa obra académica. En el mundo anglófono se han abordado particularmente bien las consecuencias físicas y humanas de la Segunda Guerra Mundial —sobre todo en las obras de Jan Gross, Timothy Snyder y Bradley Abrams—, así como la historia de la limpieza étnica en la región.31 La política internacional de la región ha llegado a entenderse aún mejor. Institutos enteros se dedican ahora al estudio de los orígenes de la guerra fría y del conflicto Estados Unidos-Unión Soviética.32 Al tratar estos asuntos, me he basado principalmente en fuentes secundarias.

Lo mismo puede decirse de la historia política de Europa del Este, que se ha explicado muy bien utilizando fondos documentales en lenguas regionales. No he intentado reproducir la obra de excelentes historiadores como Andrzej Paczkowski y Krystyna Kersten, cuyos escritos sobre la cúpula comunista y la policía secreta polaca siguen siendo los mejores; Norman Naimark, cuyo libro acerca de la ocupación soviética de Alemania del Este es la obra fundamental en inglés; Peter Kenez y László Borhi, quienes han explicado de manera magnífica las maquinaciones políticas en Hungría; Bradley Abrams, Mary Heimann y Karel Kaplan, que han descrito el período en Checoslovaquia.33 De algunos asuntos más concretos se han ocupado excelentes artículos y libros enteros. Entre los mejores en inglés, incluiría el trabajo de John Connelly sobre la estalinización de las universidades de Europa del Este; el de Catherine Epstein y Marci Shore sobre los intelectuales comunistas y de izquierdas; el de Mária Schmidt sobre los juicios amañados; el de Martin Mevius sobre el simbolismo nacional en Hungría, y el de Mark Kramer acerca de la desestalinización y los sucesos de 1956.34

Las historias generales de toda la región son mucho menos habituales, para empezar por las dificultades logísticas. No es fácil encontrar a un historiador que pueda leer en tres o cuatro lenguas, y mucho menos en nueve o diez. Las antologías son a menudo la respuesta y entre las más recientes hay por lo menos dos muy buenas: Stalinism Revisited: The Establishment of Communist Regimes in East-Central Europe and the Dynamic of the Soviet Bloc, publicado por Vladimir Tismaneau, y The Establishment of Communist Regimes in Eastern Europe, 1944-1949, publicado por Norman Naimark y Leonid Gibianski. Aunque ambos volúmenes contienen ensayos excelentes, las antologías no buscan necesariamente modelos ni establecen comparaciones. Y como eso es exactamente lo que yo quería hacer, conté con la ayuda de dos magníficos investigadores y traductores, ambos también escritores, mientras trabajaba en este libro: Regine Wosnitza en Berlín y Attila Mong en Budapest. Confié en mis conocimientos de ruso y polaco.

Aunque se han escrito muchas cosas sobre ese período, aún quedan numerosas historias por contar. Mientras me preparaba para escribir este libro, trabajé en antiguos archivos de la policía secreta —PN en Varsovia, ÁBTL en Hungría, BStU (archivos de la Stasi) en Berlín—, así como en archivos de ministerios gubernamentales, academias de arte alemanas, el instituto de cine de Hungría, la radio polaca y de Alemania del Este, por mencionar solo unos cuantos. También utilicé algunas colecciones nuevas, o relativamente nuevas, de documentos soviéticos sobre el período. Estas incluyen los dos volúmenes de Vostochnaia Yevropa v dokumentaj rosiskij arjivov, 1944-1953 (Europa del Este en los documentos de los archivos rusos, 1944-1953), los dos volúmenes de Sovetski faktor v vostochnoi yevrope, 1944-1953 (El factor soviético en Europa del Este, 1944-1953) y una serie de tres volúmenes sobre la política de ocupación soviética en Alemania del Este, todos ellos publicados en Moscú, con editores rusos, además de una serie de siete volúmenes sobre el mismo asunto publicada por el archivo estatal ruso.35 Una comisión conjunta de historiadores polacos y ucranianos han reunido una impresionante serie de documentos sobre su historia mutua. Además, el Archivo Militar Polaco de Varsovia cuenta con una extensa colección de documentos copiados de los archivos rusos a principios de la década de 1990. La editorial Central European University Press también ha publicado dos excelentes colecciones de documentos sobre los levantamientos en Alemania en 1953 y en Hungría en 1956. Se ha publicado también una extensa variedad de documentos en polaco, húngaro y alemán.

Además de consultar archivos, realicé una serie de entrevistas en Polonia, Hungría y Alemania con el fin de hablar con personas que vivieron ese período y oírlas describir los acontecimientos y las emociones de la época con sus propias palabras. Soy muy consciente de que esa pudo ser mi última oportunidad para llevar a cabo un proyecto de este tipo, y mientras escribía este libro fallecieron varias de las personas a las que había entrevistado al principio. Les estoy sumamente agradecida, a ellas y a sus familias, por haberme permitido hacerles numerosas preguntas en ese momento de su vida.

Los objetivos de esta investigación fueron variados. En los documentos de la época busqué pruebas de la destrucción deliberada de la sociedad civil y de pequeños negocios. Investigué los fenómenos del realismo social y la educación comunista. Reuní toda la información que me fue posible acerca de la fundación y el desarrollo temprano de la policía secreta de la región. A través de lecturas y conversaciones, me propuse entender el modo en que la gente corriente aprendió a hacer frente a los nuevos regímenes, cómo colaboró, de manera voluntaria o no, cómo y por qué se adhirió al partido y a otras instituciones estatales, cómo resistió, de manera activa o pasiva, y cómo llegó a tomar decisiones espantosas que la mayoría de nosotros, hoy en día en Occidente, no tenemos que afrontar. Y por encima de todo, intenté llegar a entender el verdadero totalitarismo —no el totalitarismo en teoría, sino en la práctica— y el modo en que determinó la vida de millones de europeos durante el siglo XX.

Primera parte

EL FALSO AMANECER

1

La hora cero

El caso demencial de ruinas, alambres enredados, cadáveres retorcidos, caballos muertos, trozos de puentes volados vueltos del revés, pezuñas sangrientas que se habían arrancado de caballos, pistolas rotas, munición desperdigada, orinales, palanganas oxidadas, pedazos de paja y entrañas de caballos flotando en los charcos turbios, mezcladas con sangre, cámaras, coches destrozados y partes de tanques: todo ello es testigo del terrible sufrimiento de una ciudad…

TAMÁS LOSSONCZY, Budapest, 19451

Cómo encontrar las palabras que describan de manera fiel y ajustada la imagen de una gran capital destruida casi hasta el punto de que no se la reconoce; de una nación en el pasado poderosa que ha dejado de existir; de un pueblo conquistador tan brutalmente arrogante y absolutamente seguro de su misión como raza superior […] a quienes ahora ves husmeando entre sus ruinas, seres humanos rotos, desorientados, temblorosos y hambrientos, sin voluntad, sin objetivos ni dirección.

WILLIAM SHIRER, Berlín, 19452

Me dio la impresión de estar caminando sobre cadáveres, como si en cualquier momento fuera a meter el pie en un charco de sangre.

JANINA GODYCKA-CWIRKO, Varsovia, 19453

Las explosiones retumbaron a lo largo de la noche y el fuego de artillería se oyó durante todo el día. En toda Europa del Este, el ruido de los bombardeos, las ametralladoras, los tanques, los motores y los edificios en llamas anunció la cercanía del Ejército Rojo. A medida que la primera línea de combate se aproximaba, el suelo daba sacudidas, las paredes temblaban y los niños gritaban. Después, todo cesó.

El final de la guerra, se produjera donde y cuando se produjese, siempre traía consigo un silencio abrupto e inquietante. «La noche fue excesivamente silenciosa», escribió una cronista anónima sobre el final de la guerra en Berlín.4 La mañana del 27 de abril de 1945 salió a la puerta de su casa y no vio a nadie: «No hay ni un solo ciudadano a la vista. Los rusos tienen las calles para ellos. Pero debajo de cada edificio la gente susurra temblorosa. ¿Quién podría haber imaginado un mundo así, aquí escondido, tan asustado, justo en medio de la gran ciudad?»

La mañana del 12 de febrero de 1945, el día que terminó el sitio de la ciudad, un funcionario húngaro oyó el mismo silencio en las calles de Budapest. «Me acerqué al distrito del castillo y no había ni un alma. Caminé por la calle Werbóczy. Solo cadáveres y ruinas, carros de suministros y carretas […] Llegué a la plaza Szentháromság y decidí echar un vistazo al ayuntamiento, por si había alguien allí. Desierto. Todo vuelto del revés y ni un alma a la vista…»5

Incluso Varsovia, una ciudad que ya estaba destruida al término de la guerra —los ocupantes nazis la habían arrasado tras el levantamiento de otoño—, se volvió silenciosa cuando el ejército alemán por fin se batió en retirada el 16 de enero de 1945. Władysław Szpilman, que formaba parte del reducido grupo de gente que se ocultaba entre las ruinas de la ciudad, percibió el cambio. «Reinó el silencio —escribió en sus memorias El pianista del gueto de Varsovia—, un silencio que ni la propia Varsovia, una ciudad muerta durante los últimos tres meses, había conocido antes. Ni siquiera se oían los pasos de los guardias en el exterior del edificio. Yo no lo comprendía.» A la mañana siguiente, rompió el silencio «un ruido confuso y penetrante, el último sonido que habría esperado»: había llegado el Ejército Rojo y los altavoces de radio anunciaban en polaco la noticia de la liberación de la ciudad.6

Ese fue el momento que a veces se ha llamado «la hora cero», Stunde Null: el final de la guerra, la retirada de Alemania, la llegada de la Unión Soviética, el momento en que cesó la batalla y la vida comenzó de nuevo. La mayoría de las historias de la toma del poder comunista en Europa del Este empiezan precisamente en este momento, y es lógico que así sea.7 Para quienes vivieron ese cambio de poder, la hora cero supuso un momento crucial: algo muy concreto llegó a su fin, y algo muy nuevo comenzó. A partir de ese momento, mucha gente creyó que todo sería diferente. Y así fue.

Sin embargo, aunque es lógico comenzar cualquier historia de la toma del poder comunista en Europa del Este a partir del término de la guerra, en cierto sentido resulta muy engañoso. Las gentes de la región no se encontraban frente a una página en blanco en 1944 o 1945, y no podía decirse que estuvieran empezando de cero. Y tampoco surgieron de la nada, sin experiencias previas, dispuestos a comenzar de nuevo. En realidad, subieron de los sótanos de sus casas destrozadas, o salieron de los bosques donde habían vivido como partisanos, o de los campos de trabajos forzados en los que habían estado encerrados y, si estaban lo bastante sanos, se embarcaron en largos y complicados viajes para regresar a su tierra. Algunos de ellos ni siquiera dejaron de luchar cuando los alemanes se rindieron.

Cuando emergieron de entre las ruinas, no encontraron un territorio virgen, sino destrucción. «La guerra terminó como lo hace el camino que lleva al final de un túnel —escribió la biógrafa checa Heda Kovály—. De lejos se veía la luz al final, un brillo cada vez más intenso, y ese resplandor parecía más deslumbrante ahí dentro, acurrucados en la oscuridad, cuanto más esperábamos para alcanzarlo. Pero cuando por fin el tren salió a la gloriosa luz del sol, lo único que vimos fue un erial sembrado de hierbajos, piedras y montones de basura.»8

Las fotografías de toda Europa del Este en esa época muestran escenas de un apocalipsis. Ciudades asoladas, hectáreas de escombros, pueblos incendiados y ruinas calcinadas y humeantes allí donde antes había habido casas. Marañas de alambre, restos de campos de concentración, campos de trabajos forzados, campos de prisioneros de guerra; terrenos yermos, hundidos por las marcas que dejaron los tanques, sin la menor señal de agricultura, cultivos o vida de ninguna clase. En las ciudades destruidas recientemente, en el ambiente flotaba el olor a cadáveres. «Las descripciones que he leído siempre utilizan la expresión “olor dulzón”, pero es demasiado vaga, totalmente inadecuada —escribió un superviviente alemán—. Los gases no son un olor, sino algo más sólido, más grueso, un vapor caldoso que se concentra frente a la cara y los agujeros de la nariz, tan mohoso y denso que cuesta respirar. Te golpea como si tuviera puños.»9

Las zonas de entierro provisionales estaban por todas partes y la gente paseaba por las calles con cuidado, como si cruzara un cementerio.10 Después llegó el momento de exhumar los cuerpos, que se sacaron de patios y parques y se llevaron a fosas comunes. Los funerales y las ceremonias en las que se volvían a enterrar los cuerpos eran frecuentes, aunque en Varsovia, una se vio interrumpida de manera llamativa. En el verano de 1945, una marcha fúnebre avanzaba lentamente por las calles de Varsovia cuando los dolientes, vestidos de negro, vieron algo maravilloso: «Un tranvía rojo de Varsovia en marcha», el primero en recorrer la ciudad desde el final de la guerra. «Los transeúntes que iban por la acera se detuvieron, otros echaron a correr junto al tranvía al tiempo que aplaudían y gritaban con entusiasmo. Sorprendentemente, el cortejo fúnebre también se detuvo, y los dolientes que acompañaban al fallecido, contagiados por el estado de ánimo general, se volvieron hacia el tranvía y también empezaron a aplaudir.»11

Eso también era habitual. A veces, una extraña euforia parecía apoderarse de los supervivientes. Estar vivo era un alivio y el dolor se mezclaba con la alegría, y el comercio, los negocios y la reconstrucción empezaron de inmediato, de manera espontánea. En el verano de 1945, Varsovia rebosaba actividad. Stefan Kisielewski escribió: «Entre las ruinas de las calles hay un alboroto como no se había conocido hasta ahora. El comercio: bulle. El trabajo: en auge. El humor: en todas partes. La vida fluye en las calles y nadie pensaría que esta multitud la constituyen las víctimas de un terrible desastre, gente que apenas se ha recuperado de una catástrofe o que vive en condiciones extremas e inhumanas…».12 Sándor Márai describió Budapest en este período en una de sus novelas:

Y lo que quedaba de una ciudad y de una sociedad renació con una alegría tan apasionada y testaruda, con una fuerza tan persistente y astuta como si nada hubiera pasado […] en las avenidas del centro de Pest, bajo los soportales, ya se podía comprar toda clase de comidas deliciosas, artículos de tocador, ropa, calzado, todo lo que se podía imaginar. Monedas de oro de la época de Napoleón, morfina, manteca de cerdo… Los judíos salieron tambaleándose de las casas marcadas con la estrella y, al cabo de una o dos semanas, ya se podía regatear en Budapest, entre restos de caballos, cadáveres humanos aún sin enterrar y edificios en ruinas, para comprar gruesas telas inglesas, perfumes franceses, aguardientes holandeses y relojes suizos…13

Este entusiasmo por el trabajo y la renovación habría de durar muchos años. El sociólogo británico Arthur Marwick aventuró en una ocasión que la experiencia de fracaso nacional tal vez sirviera a los alemanes occidentales como estímulo para reconstruirse y recuperar la noción de orgullo nacional. Argumentó también que la propia magnitud del desastre nacional quizá contribuyera al auge de posguerra: habiendo experimentado tal catástrofe económica y personal, los alemanes se dedicaron de inmediato a la reconstrucción.14 Pero Alemania, del Este y del Oeste, no estaba sola en su iniciativa de recuperarse y recobrar la «normalidad». Una y otra vez, polacos y húngaros comentan en sus memorias y en entrevistas sobre el período de posguerra lo desesperados que estaban por conseguir educación, un trabajo corriente, una vida sin violencia y trastornos constantes. Los partidos comunistas estaban más que preparados para aprovecharse de esos deseos de paz.

En cualquier caso, los daños a la propiedad eran más fáciles de reparar que el daño demográfico en Europa del Este, donde la magnitud de la violencia había sido mayor que la de ninguna otra circunstancia que se hubiera vivido en la mitad oriental del continente. Durante la guerra, Europa del Este había experimentado lo peor de la locura ideológica de Stalin y Hitler. En 1945, la mayor parte del territorio entre Poznan, al oeste, y Smolensk, al este, había sido ocupado no una vez, sino en dos o incluso en tres ocasiones. Tras el Pacto Molótov-Ribbentrop en 1939, Hitler había invadido la región desde el oeste, ocupando la parte occidental de Polonia. Stalin la había invadido desde el este, ocupando la parte oriental de Polonia, los estados bálticos y Besarabia. En 1941, Hitler invadió de nuevo los mismos territorios desde el oeste. En 1943 se repitió la historia y el Ejército Rojo ocupó la misma región una vez más, desde el este.

En otras palabras, en 1945 los letales ejércitos y la sanguinaria policía secreta de no uno sino de dos estados totalitarios habían ocupado una y otra vez la región, provocando en cada ocasión profundos cambios políticos y étnicos. Por mencionar un ejemplo, la ciudad de Lvov fue ocupada dos veces por el Ejército Rojo y una vez por la Wehrmacht. Después de que terminara la guerra dejó de llamarse Lvov y pasó a llamarse Lviv; dejó de pertenecer a la parte este de Polonia para incorporarse a la parte occidental de la República Socialista Soviética de Ucrania y la población polaca y judía que había vivido allí antes de la guerra fue asesinada o deportada y reemplazada por población ucraniana procedente de los campos de los alrededores.

Europa del Este, junto con Ucrania y los estados bálticos, fue también la zona donde se produjeron la mayoría de los asesinatos por motivos políticos en Europa. «Hitler y Stalin se hicieron con el poder en Berlín y en Moscú —escribe Timothy Snyder en Tierras de sangre, un relato insuperable de los asesinatos masivos de esa época—, pero su visión de transformación implicaba, sobre todo, a los territorios de en medio.»15 Stalin y Hitler compartían el desprecio por la noción de soberanía nacional para cualquiera de las naciones de Europa del Este y, juntos, lucharon por eliminar a sus élites. Los alemanes consideraban a los eslavos seres infrahumanos, no muy por encima de los judíos, y en los territorios entre Sachsenhausen y Babi Yar no dudaron en ordenar asesinatos callejeros arbitrarios, ejecuciones públicas o el incendio de pueblos enteros como venganza por la muerte de un nazi. La Unión Soviética, entretanto, veía a sus vecinos occidentales como antisoviéticos y auténticos baluartes del capitalismo cuya existencia planteaba un problema a la URSS. En 1939, y de nuevo en 1944 y en 1945, el Ejército Rojo y el NKVD detendrían no solo a los nazis y colaboradores en sus territorios recién conquistados, sino a cualquiera que, teóricamente, se opusiera a la administración soviética: socialdemócratas, antifascistas, empresarios, banqueros y comerciantes; prácticamente, la misma gente señalada por los nazis. Aunque en Europa del Este hubo víctimas civiles, además de episodios de robos, mala conducta y malos tratos cometidos por los ejércitos británico y estadounidense, la mayoría de las tropas anglosajonas se centraron en asesinar a nazis, y no a los posibles dirigentes de las naciones liberadas. Y, en su mayoría, trataron a los líderes de la resistencia con respeto y no con recelo.

En el Este es también donde los nazis llevaron a cabo con mayor fuerza el Holocausto, donde establecieron la gran mayoría de los guetos, campos de concentración y campos de exterminio. Snyder señala que los judíos representaban menos del 1 por ciento de la población alemana cuando Hitler se alzó con el poder en 1933, y muchos de ellos lograron escapar. El deseo de Hitler de una Europa «libre de judíos» solo pudo realizarse cuando la Wehrmacht invadió Polonia, Checoslovaquia, Bielorrusia, Ucrania y los estados bálticos, y finalmente Hungría y los Balcanes, que era donde vivían la mayoría de los judíos europeos. De los 5,4 millones de judíos que murieron en el Holocausto, la inmensa mayoría eran de Europa del Este. De los restantes muchos fueron llevados a la región para ser asesinados. El desprecio que los nazis sentían por todos los europeos del Este influyó en su decisión de llevar a los judíos de toda Europa al Este para ejecutarlos. Allí, en una tierra de criaturas infrahumanas, era posible cometer hechos inhumanos.16

Sobre todo, en Europa del Este es donde el nazismo y el comunismo soviético entraron en conflicto. Si bien empezaron la guerra como aliados, Hitler siempre había deseado iniciar una guerra de destrucción contra la URSS, y tras la invasión de Hitler Stalin prometió lo mismo. Las batallas entre el Ejército Rojo y la Wehrmacht fueron, por consiguiente, más feroces y sangrientas en el Este que las que tuvieron lugar más hacia el Oeste. Los soldados alemanes temían a las «hordas» bolcheviques, sobre las que habían oído contar multitud de historias terribles, y hacia el final de la guerra lucharon contra ellas con especial desesperación. Su desprecio hacia la población civil era particularmente profundo y el respeto por la cultura e infraestructura local, simplemente inexistente. Un general alemán desafió las órdenes de Hitler y dejó París en pie por motivos sentimentales y de respeto hacia la ciudad, pero otros generales alemanes asolaron Varsovia y destruyeron gran parte de Budapest sin pensárselo dos veces. Las fuerzas aéreas occidentales tampoco parecían demasiado preocupadas por la antigua arquitectura de la región: los bombarderos aliados contribuyeron a incrementar las cifras de muertos y de edificios destruidos al bombardear no solo Berlín y Dresde, sino también Danzig y Königsberg, Gdansk y Kaliningrado, entre muchos otros lugares.

Con la penetración del frente oriental en Alemania, la batalla se intensificó. El Ejército Rojo se centró en su ofensiva contra Berlín con una actitud rayana en la obsesión. Desde el inicio de la guerra, los soldados soviéticos se despedían con el grito de: «Nos vemos en Berlín». Stalin estaba desesperado por llegar a la ciudad antes de que lo hicieran los otros aliados. Sus comandantes lo entendieron, como también lo hicieron los comandantes estadounidenses. El general Eisenhower, plenamente consciente de que los alemanes lucharían a muerte en Berlín, decidió salvar vidas estadounidenses y dejó que Stalin tomara la ciudad. Churchill argumentó en contra de esta política: «Si los rusos toman Berlín, ¿acaso no grabará en sus mentes la impresión de que han sido el aplastante colaborador a la victoria común y no planteará esto graves y temibles dificultades en el futuro?».17 Sin embargo, finalmente se impuso la prudencia del general estadounidense y sus tropas y las británicas avanzaron lentamente hacia el este, después de que el general George C. Marshall declarara que se resistía a «arriesgar vidas estadounidenses por razones estrictamente políticas», y de que sir Alan Brooke argumentara que «el avance en el país tenía que coincidir, hasta cierto punto, con los que serían nuestros límites definitivos.»18 Mientras tanto, el Ejército Rojo avanzaba directamente hacia la capital alemana, dejando una estela de destrucción tras de sí.

Cuando se suman las cifras, el resultado es desolador. En Gran Bretaña, la guerra se cobró la vida de 360.000 personas y en Francia, de 590.000. Es una cifra de víctimas espantosa, pero aun así representa menos del 1,5 por ciento de la población de esos países. En comparación, el Instituto Polaco de la Memoria Nacional estima que hubo unos 5,5 millones de muertos durante la guerra en el país, de los cuales aproximadamente 3 millones eran judíos. En total, un 20 por ciento de la población polaca, una de cada cinco personas no sobrevivió. Incluso en los países en que la lucha no fue tan sangrienta, la proporción de muertes fue más elevada que en Occidente. Yugoslavia perdió 1,5 millones de personas, lo que supone el 10 por ciento de su población. Un 6,2 por ciento de húngaros y un 3,7 por ciento de la población checa antes de la guerra también fallecieron.19 En Alemania, el número de víctimas se sitúa entre los 6 y los 9 millones de personas —según a quienes consideremos «alemanes», teniendo en cuenta todos los cambios en la delimitación de fronteras—, o lo que es lo mismo, un 10 por ciento de la población.20 En la Europa del Este de 1945 habría sido difícil encontrar una sola familia que no hubiera sufrido una grave pérdida.

Cuando hubo pasado la tormenta, se hizo evidente que muchos de los que no habían muerto estaban viviendo en otro sitio. En 1945, la demografía, la distribución de la población y la composición étnica de muchos países de la región eran muy distintas de lo que lo habían sido en 1938. Hasta un extremo que aún no se ha comprendido plenamente en Occidente, la ocupación nazi de Europa del Este había provocado importantes desplazamientos de población como consecuencia de oleadas de deportaciones y reasentamientos. Los «colonos» alemanes se habían desplazado a la Polonia y la Checoslovaquia ocupadas con el propósito de cambiar la composición étnica de algunas regiones en particular, mientras se expulsaba o se asesinaba a los nativos. Los polacos y los judíos fueron desalojados de sus hogares en los mejores barrios de Łódz para hacer lugar a los administradores alemanes ya a principios de diciembre de 1939. En los años posteriores, unos 200.000 polacos tuvieron que abandonar la ciudad para realizar trabajos forzados en Alemania, mientras que los judíos fueron amontonados en el gueto de Łódz, donde la mayoría de ellos murieron.21 El régimen de ocupación alemán instaló a los alemanes en su lugar, entre ellos personas de origen alemán que vivían en los estados bálticos y en Rumanía, algunos de los cuales creyeron que estaban recibiendo propiedades que habían sido abandonadas.22

Muchos de esos cambios se invertirían o vengarían en el período de posguerra. Los años 1945, 1946 y 1947 fueron años de refugiados: los alemanes se desplazaron hacia el oeste, los polacos y checos regresaron al este desde campos de trabajos forzados y de concentración en Alemania, los deportados volvieron de la Unión Soviética, soldados de toda clase regresaron de otras zonas, los fugitivos volvieron de su exilio británico, francés o marroquí. Algunos de esos refugiados regresaron a su tierra, pero al descubrir que ya no era lo que había sido partieron en busca de nuevos territorios. Jan Gross considera que entre 1939 y 1943 unos 30 millones de europeos se dispersaron, o fueron reubicados o deportados. Entre 1943 y 1948, 20 millones más de personas fueron también trasladadas.23 Krystyna Kersten señala que entre 1939 y 1950 uno de cada cuatro polacos cambió de lugar de residencia.24

La inmensa mayoría de esa gente llegó a su país sin nada. Inmediatamente se vieron obligados a buscar ayuda —de iglesias, instituciones benéficas o del Estado— de la forma que fuera. Familias enteras, que antes de la guerra habían sido autosuficientes, se vieron obligadas a hacer largas colas ante oficinas gubernamentales a la espera de que se les asignara una casa o un apartamento. Hombres que en el pasado habían tenido un trabajo y un sueldo se encontraron pidiendo cartillas de racionamiento, con la esperanza de conseguir un empleo dentro de la burocracia estatal. La mentalidad de un refugiado, que ha sido expulsado por la fuerza de su hogar, no es la misma que la de un emigrante que parte en busca de fortuna: sus circunstancias crean una dependencia y una sensación de indefensión que, probablemente, no hubiera experimentado con anterioridad.

Para colmo de males, la gran destrucción física en Europa del Este era comparable a la gran destrucción económica, y a una escala igualmente incomprensible. No todas las naciones de Europa del Este eran ricas antes de la guerra, pero la región tampoco se encontraba en tal inferioridad de condiciones con respecto a la mitad occidental del continente en 1939 como quedó en 1945. Si bien algunos grupos se habían beneficiado durante la guerra de la demanda de armas y tanques —varios historiadores económicos han analizado la expansión de la clase obrera industrial durante esos años, en particular en Bohemia y Moravia—, la segunda mitad de la guerra supuso una catástrofe para casi toda la población.25 En 1945 y 1946, el producto nacional bruto de Hungría fue tan solo la mitad del de 1939. Según los cálculos, los meses finales de la guerra habían destruido alrededor de un 40 por ciento de la infraestructura económica del país.26 En Budapest, la capital, resultaron dañadas las tres cuartas partes de sus edificios, de los cuales un 4 por ciento quedaron destruidos por completo y un 22 por ciento, inhabitables. La población se redujo en un tercio.27 Cuando se marcharon, los alemanes se llevaron gran parte del material rodante ferroviario del país; el ejército soviético, con el pretexto de repararlo, se llevó casi todo el resto.28

En Polonia se estima que los daños ascendieron a una cifra cercana al 40 por ciento, pero algunas zonas quedaron destruidas por completo. La infraestructura de transportes del país resultó especialmente afectada: más de la mitad de los puentes desaparecieron, junto con puertos, instalaciones portuarias y dos quintas partes de las vías ferroviarias. La mayoría de las grandes ciudades polacas sufrieron daños considerables, lo que significa que perdieron casas y apartamentos, antiguos monumentos arquitectónicos, obras de arte, universidades y escuelas. En el centro de Varsovia, alrededor de un 90 por ciento de los edificios quedaron total o parcialmente destruidos después de que los alemanes los volaran de manera sistemática durante su retirada.29

Las ciudades alemanas también resultaron gravemente dañadas, a causa tanto de los bombardeos aéreos de los aliados, que provocaron enormes tormentas de fuego, como de la insistencia de Hitler para que sus soldados combatieran hasta el final, calle por calle. Incluso en Checoslovaquia, Bulgaria y Rumanía, donde la devastación no fue tan extensa y donde no se produjeron bombardeos aéreos, los daños fueron considerables. Por ejemplo, Rumanía perdió sus yacimientos petrolíferos, que habían aportado un tercio de los ingresos nacionales antes de 1938.30

La guerra también había alterado la economía de la región en otros aspectos más difíciles de cuantificar. En dos ensayos justamente célebres sobre las consecuencias sociales de la guerra, Jan Gross y Bradley Abrams señalan que en gran parte de la región —sin duda en Hungría, Checoslovaquia, Polonia y Rumanía, además de en la propia Alemania—, la expropiación de la propiedad privada a gran escala empezó en realidad durante la guerra, bajo los regímenes nazi y fascista, y no después, en tiempos del comunismo. A la confiscación masiva de propiedades y negocios de los judíos en Europa central, ya fuera por parte del Estado o por los ocupantes alemanes, le siguió una mayor germanización durante los últimos años de la ocupación. A veces, esto ocurría furtivamente: en el territorio checo, los bancos alemanes controlaban los bancos checos, y así podían «establecer si una compañía o un banco checos eran o no solventes y, en los casos de insolvencia, las compañías o bancos alemanes se hacían cargo de las operaciones de rescate, haciéndose así con su control».31 En ocasiones, el control se imponía abiertamente. En Polonia era habitual que pusieran a directores y encargados alemanes al mando de fábricas y negocios que, en rigor, seguían perteneciendo a los polacos.

La ocupación también reorientó la economía de la región. Entre 1939 y 1945, las exportaciones a Alemania se duplicaron y triplicaron, como también lo hizo la inversión alemana en la industria local. Desde principios de la década de 1930, los economistas alemanes habían dado razones en favor del establecimiento de colonias económicas en Europa del Este; durante la ocupación, las empresas alemanas empezaron a crearlas, con frecuencia apropiándose de fábricas y negocios de propiedad judía, o incluso no judía.32 La región se convirtió en un mercado autónomo y cerrado, lo que nunca había sido en el pasado.33 Esto supuso que cuando Alemania se hundió, también lo hicieron las relaciones comerciales internacionales de la región, circunstancia que a la larga facilitó a la Unión Soviética ocupar el lugar de Alemania.

Por razones similares, el hundimiento de Alemania creó también una crisis de propiedad. Al término de la guerra, los emprendedores, administradores e inversores alemanes huyeron o fueron asesinados. Muchas fábricas quedaron abandonadas y sin dueño. Algunas pasaron a manos de consejos de trabajadores. Las autoridades locales tomaron el control de algunas otras. La mayoría de esas propiedades abandonadas fueron finalmente nacionalizadas —si no se habían traspasado ya por completo a la Unión Soviética, que consideraba todas las propiedades «alemanas» legítimas reparaciones de guerra— con sorprendentemente escasa oposición.34 En 1945, la idea de que las autoridades gobernantes podían confiscar la propiedad privada sin ofrecer ninguna compensación era un principio establecido en Europa del Este. Cuando comenzó la nacionalización a una escala mayor, nadie se sorprendió lo más mínimo.

De todos los daños provocados por la Segunda Guerra Mundial, el más difícil de cuantificar es el daño psicológico y emocional. La brutalidad de la Primera Guerra Mundial creó una generación de dirigentes fascistas, intelectuales idealistas y artistas expresionistas que retorcieron la figura humana hasta convertirla en un conjunto de formas y colores inhumanos en un intento de plasmar su desorientación. Pero dado que implicó ocupación, deportación y desplazamientos masivos de población civil además de lucha, la Segunda Guerra Mundial penetró de una manera mucho más profunda en la vida cotidiana de la gente. La violencia constante y diaria configuró la psique humana de innumerables maneras, no todas ellas fáciles de describir.

También esto marcó una diferencia con respecto a lo que sucedió en Occidente, en particular en los países anglosajones. El poeta polaco Czesław Miłosz, en un intento de explicar las diferencias mentales entre la Europa y los Estados Unidos de posguerra, escribió sobre el modo en que la guerra destruye la noción de un hombre acerca del orden natural de las cosas: «En el pasado, si un hombre se hubiera tropezado con un cadáver por la calle, habría llamado a la policía. Se habría congregado una multitud y se habrían oído comentarios y cuchicheos. Ahora sabe que debe evitar el cuerpo oscuro que yace en la cuneta y abstenerse de hacer preguntas innecesarias».

Durante la ocupación, ciudadanos respetables dejaron de considerar el bandidaje como un delito, escribió Miłosz, por lo menos si estaba al servicio de la resistencia. Muchachos jóvenes de familias respetables de clase media que observaban la ley se convirtieron en delincuentes habituales: «El asesinato de un hombre no constituye para ellos ningún problema moral importante». Durante la ocupación, llegó a ser normal cambiar de nombre y de profesión, viajar con documentación falsa, aprenderse de memoria una biografía inventada, ver cómo todo el dinero que se tenía perdía su valor de la noche a la mañana, ver a la gente reunida en la calle como si fuera ganado.35

Los tabúes acerca de la propiedad se destruyeron y el robo se convirtió en una rutina, incluso en un gesto patriótico. La gente robaba para mantener vivo a su grupo de partisanos, para alimentar a la resistencia, o para alimentar a sus propios hijos. Y se observaba con rencor cuando robaban los otros: los nazis, los delincuentes, los partisanos. A medida que se aproximaba el final de la guerra, la epidemia de robos se intensificó. En la novela de Sándor Márai La mujer justa, uno de los personajes se maravilla ante el espíritu emprendedor de los ladrones que peinaban las ruinas de los edificios bombardeados: «Pensaban que había llegado la hora de salvar por su cuenta lo que no habían robado los nazis y los cruces flechadas, y más tarde los rusos y nuestros comunistas, que se habían dado prisa en volver… Pensaban que era un deber patriótico poner sus manos sobre todo lo que se podía coger… por eso empezaron a “salvar” cosas».36

En Polonia, como ha escrito Marcin Zaremba, el intervalo entre la retirada de los ocupantes nazis y la llegada del Ejército Rojo estuvo marcado por oleadas de saqueos en Lublin, Radom, Cracovia y Rzeszów, cuando los polacos irrumpieron en casas y tiendas vacías de alemanes, como uno de ellos explicó: «No en busca de nada en particular, ni para llevarnos cosas, sino para robar a los alemanes, para hacernos con propiedades alemanas después de que ellos nos lo hubieran quitado todo».37

En los meses que siguieron al final de la guerra, una oleada de saqueos todavía más organizada barrió los territorios de Alemania, en Silesia y Prusia Oriental, que ahora se habían convertido en propiedad de Polonia. Grupos de saqueadores en coches, camiones y otros vehículos recorrieron ciudades medio vacías en busca de muebles, ropa, maquinaria y otros objetos de valor. Los saqueadores «especializados» buscaron cafeteras exprés y equipos de cocina en Wrocław y Gdansk para los restaurantes y cafeterías de Varsovia. «Al principio, los saqueadores no estaban muy interesados en los libros singulares —recuerda un biógrafo—, pero pronto aparecieron expertos en ese campo.» Las antiguas propiedades de los judíos de todo el país fueron también asaltadas, al igual que los cementerios judíos, donde los campesinos esperaban encontrar tesoros escondidos o dientes de oro. Sin embargo, la mayoría de los saqueadores actuaban de manera totalmente indiscriminada y atacaban propiedades de judíos y gentiles por igual. Después del Alzamiento de Varsovia, los saqueos se desataron en la destruida capital polaca cuando todo el mundo —«vecinos, transeúntes, soldados»— se dispuso a desvalijar tiendas vacías y edificios de apartamentos medio destruidos tras la trágica última batalla de la resistencia polaca. Los buscadores de tesoros levantaron los campos de los alrededores de Treblinka en 1946, pero en septiembre de ese mismo año los transeúntes también se abalanzaron sobre las víctimas de un accidente de tren cerca de Łódz, no para ayudarlas, sino en busca de objetos de valor.38

Si bien la fiebre saqueadora finalmente se apagó en Polonia y en otros países, es posible que contribuyera a crear tolerancia hacia la corrupción y el robo de propiedades privadas que fueron tan comunes más adelante. La violencia también se había convertido en algo habitual, y siguió siendo así durante muchos años. Hechos que unos meses antes habrían provocado una respuesta de indignación generalizada dejaron de molestar a la población. Más de setenta años después, un húngaro me contó que todavía recordaba con claridad una terrible escena sucedida en una calle de Budapest: la detención repentina de un hombre, sin motivo, que iba con sus dos hijos pequeños. «El padre llevaba a los niños en un carrito por la calle, pero a los soldados soviéticos no les importó, se llevaron al padre y dejaron a los niños en medio de la calle.» A nadie que pasara por allí le resultó extraño.39 Cuando tras el cese oficial de las hostilidades se impuso aún más violencia —la brutal expulsión de alemanes y otros grupos, los ataques a los judíos que regresaban a su tierra, las detenciones de hombres y mujeres que habían combatido contra Hitler, las continuas guerras de guerrillas en Polonia y en los estados bálticos—, tampoco a nadie le resultó extraño.

No toda la violencia tenía un motivo étnico o político. «No hay actividad en el pueblo que no termine en pelea», recordó un maestro de pueblo polaco.40 Seguía habiendo armas y las cifras de asesinatos eran elevadas. En muchas partes de Europa del Este, bandas armadas deambulaban por las zonas rurales, algunas de ellas haciéndose llamar miembros de la resistencia aunque no tuvieran relación con ninguna estructura organizada de resistencia, y vivían de robar y asesinar. En todas las ciudades de Europa del Este actuaban bandas de antiguos soldados desorientados, y la violencia criminal empezó a mezclarse con la violencia política, hasta tal punto que los informes públicos no siempre aclaran de qué clase fue en cada caso. A finales del verano de 1945, en tan solo dos semanas la policía de un solo municipio de Polonia registró 20 asesinatos, 86 robos, 1.084 casos de allanamiento de morada, 440 «delitos políticos» (no definidos), así como 125 casos de resistencia a la autoridad, otros 29 delitos contra la autoridad, 92 incendios provocados y 45 delitos sexuales. «El problema principal de la gente es la seguridad —explicó el informe policial—, sería mejor si hubiera tranquilidad en la zona, y no ataques y robos.»41

El hundimiento institucional acompañó al hundimiento moral. Las instituciones sociales y políticas polacas habían dejado de funcionar en 1939. Las de Hungría lo hicieron en 1944 y las alemanas 1945. Esta catástrofe provocó en la población un profundo recelo sobre las sociedades en las que habían crecido y los valores en los que se habían educado, y no es de extrañar: esas sociedades habían sido débiles, y los valores habían quedado anulados con suma facilidad. La experiencia de la derrota nacional —ya fuera mediante la invasión y ocupación nazi en 1939 o mediante la invasión y ocupación aliada en 1945, o ambas— resultó extraordinariamente complicada para quienes la vivieron.

Desde entonces, muchos han tratado de describir lo que se siente al soportar la desintegración de toda tu civilización, al ver cómo se desmoronan los edificios y paisajes de tu infancia, al entender que el mundo moral de tus padres y profesores ya no existe y al descubrir que tus respetados dirigentes nacionales han fracasado. Sin embargo, quienes no lo han experimentado no pueden entenderlo fácilmente. Palabras como «vacío» o «desolación», cuando se utilizan para describir la catástrofe nacional que conlleva una ocupación extranjera, simplemente no son suficientes: no logran transmitir la ira de la gente contra sus dirigentes antes y durante la guerra, por el fracaso de sus sistemas políticos, su ingenuo patriotismo y las ilusiones de sus padres y profesores. La destrucción generalizada —la pérdida de hogares, familias, escuelas— condenó a millones de personas a una soledad extrema. Distintas zonas de Europa del Este experimentaron tal desmoronamiento en momentos distintos, y la experiencia no fue igual en todas partes. Sin embargo, llegara cuando llegase y en cualquier forma que adoptase, el fracaso nacional tenía efectos profundos, particularmente en los jóvenes, muchos de los cuales concluyeron que todo aquello que alguna vez habían creído cierto era falso. Además, la guerra los había dejado sin una estructura social y sin contexto. Muchos de ellos se asemejaban a la «personalidad totalitaria» que describe Hannah Arendt, al «ser humano completamente aislado, que, sin otros lazos sociales con la familia, los amigos, los camaradas o los simples conocidos, deriva su sensación de ocupar un lugar en el mundo únicamente a partir de su pertenencia a un movimiento, de su afiliación al partido».42

Sin duda, eso fue lo que le sucedió a Tadeusz Konwicki, un novelista polaco que fue partisano durante la guerra. Criado en una familia patriótica cerca de Vilna, en lo que entonces era Polonia oriental, Konwicki se unió al brazo armado de la resistencia polaca, el Ejército Nacional, durante la guerra. Primero luchó contra los nazis. Después, durante un tiempo, su unidad combatió contra el Ejército Rojo. En algún momento, su lucha empezó a degenerar y a derivar hacia los robos a mano armada y la violencia gratuita, y Konwicki se descubrió preguntándose por qué seguía luchando. Finalmente salió de los bosques y se trasladó a Polonia, un Estado cuyas nuevas fronteras ya no incluían el hogar de su familia. A su llegada se dio cuenta de que no tenía nada. A los diecinueve años tenía un abrigo, una mochila pequeña y un puñado de documentos falsos. No tenía familia, amigos, ni una educación superior. Esta fue una experiencia bastante común. Lucjan Grabowski, un joven guerrillero del Ejército Nacional que combatía cerca de Białystok, entregó las armas aproximadamente en la misma época, y después también se dio cuenta de que no tenía nada: «No tenía traje, porque los de antes de la guerra me quedaban pequeños […] mi cartera estaba vacía, tenía un único billete de dólar que me dio alguien y unos pocos miles de zlotys que mi padre había pedido prestados a nuestro vecino. Y eso era lo que me quedaba después de cuatro años luchando contra los ocupantes».43

Konwicki también había perdido la fe en mucho de lo que había creído cierto en el pasado. «Durante la guerra vi mucha masacre. Vi el hundimiento de todo un mundo de ideas, humanismo y moralidad. Me encontraba solo en este país en ruinas. ¿Qué podía hacer? ¿Qué camino debía tomar?»44 Konwicki anduvo sin rumbo durante muchos meses, se planteó escapar a Occidente, intentó redescubrir sus raíces «proletarias» trabajando como albañil. Finalmente, y casi de manera accidental, cayó en el mundo literario comunista y en el partido comunista: algo que jamás habría creído posible antes de 1939. Durante un breve período de tiempo, se convirtió incluso en un escritor «estalinista» al adoptar el estilo y las peculiaridades que dictaba el partido.

El suyo fue un destino dramático, pero nada inusual. La socióloga polaca Hanna Swida-Ziemba también ha intentado reconstruir la moralidad de preguerra de su generación —gente nacida a finales de la década de 1920 y principios de la de 1930— y ha descrito un panorama muy similar. Su generación creció con una fe intensa en el Estado polaco, con la convicción de que le esperaba un destino especial. El propio concepto de «Polonia», escribe, era especialmente importante para su generación porque el Estado polaco moderno no se había creado hasta 1918, y ella perteneció al primer grupo de escolares que se educaron en ese sistema. Aprendieron a objetivar la nación, a aspirar a «servirla», a relacionarse con ella utilizando otras categorías, como la fe o la traición. Cuando la nación se desplomó, no les quedó nada.45 Muchos dirigieron su decepción hacia los políticos de antes de la guerra, la derecha autoritaria y los generales que habían fracasado de manera tan estrepitosa en preparar a Polonia para la guerra. Otro escritor polaco, Tadeusz Borowski, satirizó el patriotismo almibarado de los políticos de preguerra: «Tu patria: un rincón pacífico y un leño ardiendo obediente en el fuego. Mi patria: una casa quemada y una citación del NKVD».46

Para los nazis jóvenes, la experiencia del fracaso fue aún más apocalíptica, ya que a ellos no solo les habían enseñado patriotismo, sino que creían firmemente en la superioridad mental y física de los alemanes. Hans Modrow —más adelante, un destacado comunista de Alemania del Este— tenía más o menos la edad de Konwicki en 1946 y estaba igualmente desorientado. Miembro leal de las Juventudes Hitlerianas, se había alistado a la Volkssturm, la «milicia del pueblo» que opuso resistencia al Ejército Rojo durante los últimos días de la guerra. En esa época sentía un intenso odio hacia los bolcheviques, a los que consideraba criaturas infrahumanas, inferiores física y moralmente a los alemanes. Pero en 1945 fue capturado por el Ejército Rojo e inmediatamente experimentó un momento de profunda desilusión. Los subieron, a él y a otro grupo de prisioneros de guerra alemanes, a un camión y los llevaron a trabajar a una granja:

Era joven y quería ayudar. Me levanté en el camión y empecé a darle a cada uno su mochila, y después di mi mochila a alguien para poder saltar del camión. Cuando hube bajado me di cuenta de que me la habían robado. Nunca la recuperé. Y no fue un soldado soviético, sino uno de nosotros, los alemanes. Al día siguiente, el Ejército Rojo nos volvió a todos iguales: nos quitaron las mochilas a todos y nos dieron una taza y una cuchara con la que comer. A raíz de ese episodio empecé a pensar en la supuesta camaradería alemana de manera diferente.47

Unos días después, lo nombraron conductor de un capitán soviético, que le preguntó sobre el poeta alemán Heinrich Heine. Modrow no había oído hablar de Heine y se avergonzó al pensar que la gente a la que había considerado «infrahumana» parecía saber más sobre la cultura alemana que él mismo. Finalmente, a Modrow lo trasladaron a un campo de prisioneros de guerra cerca de Moscú, donde fue seleccionado para asistir a una escuela «antifascista» y recibir formación en marxismo-leninismo; formación que, en ese momento, él estaba más que dispuesto a recibir. Tan intensa fue su experiencia del fracaso de Alemania que pasó rápidamente a abrazar una ideología que le habían enseñado a odiar durante su infancia. Con el tiempo, también sintió algo parecido a la gratitud. El partido comunista le ofreció la posibilidad de compensar los errores del pasado: los errores de Alemania, además de los suyos. La vergüenza que sentía por haber sido un nazi fanático pudo por fin borrarse.

Sin embargo, los recuerdos de la guerra no podían borrarse. Como tampoco el pasado podía explicarse fácilmente a la gente de fuera que no había experimentado el mismo nivel de destrucción y que no había presenciado la indiferencia que los seres humanos eran capaces de mostrar ante el sufrimiento ajeno. «El hombre del Este no puede tomarse a los estadounidenses [o a otros occidentales] en serio», escribió Miłosz. Como no habían pasado por tales experiencias, «su falta de imaginación es terrible».48 Miłosz se olvidó de añadir que también sucedía lo contrario: los europeos del Este tenían unas expectativas muy poco realistas sobre sus vecinos occidentales.

Los europeos occidentales y los estadounidenses nunca fueron indiferentes al comunismo soviético, ni antes ni después de la guerra. Mucho antes de 1945, en la mayoría de las capitales occidentales se habían mantenido encendidos debates sobre la naturaleza del nuevo régimen bolchevique y sobre el comunismo en general. Ya en 1918, los periódicos estadounidenses habían publicado vívidos artículos sobre el «Peligro rojo». En Washington, Londres y París, gran parte de los debates públicos durante las décadas de 1920 y 1930 se ocupaban de la amenaza comunista a la democracia liberal.

Incluso durante su alianza en tiempos de guerra con Stalin, la mayoría de los estadistas británicos y estadounidenses que trataban directamente con Rusia tenían multitud de dudas sobre sus intenciones tras la guerra y entendían a la perfección la naturaleza de su régimen. «Las revelaciones de los alemanes son probablemente ciertas —Winston Churchill a dirigentes polacos en el exilio después de que los nazis encontraran los restos de miles de oficiales polacos enterrados en el bosque de Katín, donde habían sido asesinados por la policía secreta soviética—: los bolcheviques pueden ser muy crueles.»49 George Kennan, el diplomático estadounidense que diseñaría la política de posguerra dirigida a la URSS, pasó los años de la guerra en Moscú, desde donde «bombardeó a los niveles más bajos de la burocracia de Washington con análisis sobre el mal comunista».50 Dean Acheson, por entonces vicesecretario de Estado, comparó las negociaciones con los delegados soviéticos durante el verano de 1944 con «tratar con una máquina tragaperras anticuada. […] Se podría acelerar el proceso agitándola con fuerza, pero es inútil hablar con ella».51

Aunque tampoco importaba demasiado. En sus memorias, Acheson resumió sus observaciones sobre esas negociaciones comentando que: «Para quienes formábamos el Estado, sin embargo, este frustrante intervalo ruso se olvidó pronto en mitad de acontecimientos más importantes e inminentes».52 A decir verdad, el Washington y el Londres en tiempos de guerra casi siempre tuvieron «acontecimientos más importantes» de los que preocuparse, al menos hasta 1945. Hasta el final de la guerra, el comportamiento de Rusia en Europa del Este siempre fue una cuestión secundaria.

Esto se hace más que evidente en los informes oficiales y no oficiales de las conferencias de Teherán y Yalta en noviembre de 1943 y febrero de 1945, en las que Stalin, Roosevelt y Churchill decidieron el destino de enormes extensiones de Europa con sorprendente indiferencia. Cuando el asunto de las fronteras de Polonia salió a relucir en la primera reunión de los tres grandes aliados en Teherán, Churchill le dijo a Stalin que podía quedarse con la parte oriental de Polonia que había invadido en 1939, y que Polonia podría «desplazarse hacia el oeste, como el soldado que da dos pasos lateralmente hacia la izquierda» como compensación. A continuación, «demostró con la ayuda de tres cerillas la idea del desplazamiento de Polonia hacia el oeste», lo cual, según consta en el acta, «complació al mariscal Stalin».53 En Yalta, Roosevelt sugirió con desgana que la frontera oriental de Polonia podría ampliarse para incorporar la ciudad de Lvov y los yacimientos petrolíferos de los alrededores. Stalin pareció estar de acuerdo, pero nadie insistió y finalmente esa idea se abandonó. Así fue como se decidieron las identidades nacionales de cientos de miles de personas.

Esto no reflejaba animadversión alguna hacia la región, tan solo las distintas prioridades. La principal preocupación de Roosevelt en Yalta era la forma que adoptarían las nuevas Naciones Unidas, que él concebía como un organismo capaz de prevenir guerras en un futuro, y necesitaba la colaboración soviética para construir ese nuevo sistema internacional. También quería la ayuda soviética en la invasión de Manchuria, así como la posibilidad de utilizar las bases rusas de Extremo Oriente. Estas consideraciones eran más importantes para él que el destino de Polonia o Checoslovaquia, y había también otros asuntos en juego, desde el futuro de la monarquía italiana hasta el petróleo de Oriente Próximo. Si bien en los planes de posguerra de Stalin suponía un asunto central, Europa del Este tenía tan solo un interés marginal para el presidente de Estados Unidos.54

Churchill, entretanto, era plenamente consciente de la debilidad británica. Sabía que una vez que el Ejército Rojo estuviera en Polonia, Hungría o Checoslovaquia, Gran Bretaña no tendría la fuerza para obligarlo a marcharse. En sus memorias, Churchill recuerda haberle dicho a Roosevelt justo antes de la cumbre de Yalta que «deberíamos ocupar tanto territorio austríaco como nos sea posible, ya que era “indeseable que los rusos ocupen más parte de Europa occidental de lo que sea estrictamente necesario”». No queda claro el criterio por el cual Austria formaba más parte de la Europa «occidental» en ese momento que Hungría o Checoslovaquia. Sin embargo, el fatalismo de Churchill se trasluce con claridad: una vez que el Ejército Rojo ocupara su lugar, no se movería de él.55

Ambos líderes sabían también que, cuando terminara la guerra, sus votantes esperarían ansiosos el regreso a casa de sus maridos, hermanos e hijos. Sería extremadamente difícil «vender» un nuevo conflicto con la URSS. La propaganda durante la guerra había retratado a Stalin como a un jovial «tío Joe», el amigo algo tosco de los obreros, y tanto Churchill como Roosevelt lo habían elogiado en sus declaraciones públicas. En Londres, sus simpatizantes habían organizado conciertos benéficos en favor de la Unión Soviética y erigido una estatua de Lenin frente a una de las buhardillas londinenses en las que vivió el líder bolchevique.56 En Estados Unidos, los empresarios ya estaban deseando aprovecharse de esa nueva amistad: «Rusia será, si no el mayor, sí nuestro cliente más entusiasta cuando termine la guerra», declaró el presidente de la Cámara de Comercio de Estados Unidos.57 Echarse atrás y decir a la población británica y estadounidense cansada de la guerra que tenían que quedarse en Europa para combatir contra la Unión Soviética habría sido políticamente difícil, si no imposible.

Las dificultades logísticas eran aún peores. Churchill, que nunca se alegró de la ocupación soviética de Berlín, en la primavera de 1945 ordenó a sus planificadores militares que investigaran la posibilidad de un ataque aliado sobre las fuerzas soviéticas en Europa central, posiblemente utilizando tropas polacas o incluso alemanas. El resultado, un plan para la Operación Impensable, se desestimó de inmediato por poco práctico. Sus autores advirtieron al primer ministro británico que las tropas del Ejército Rojo triplicaban en número a las británicas, y que el resultado podría ser una campaña militar «larga y costosa», incluso una «guerra total». El propio Churchill anotó en un margen del borrador que un ataque al Ejército Rojo era «sumamente improbable», si bien algunos elementos de la Operación Impensable formaron parte más tarde de la planificación de un posible ataque soviético sobre Gran Bretaña.58

Había también un elemento de ingenuidad por parte de Occidente, como había observado Miłosz: Roosevelt, especialmente hacia el final de su vida, expresó con frecuencia su fe en las buenas intenciones de Stalin. «No se preocupe —le dijo al líder polaco en el exilio Stanisław Mikołajczyk en 1944—, Stalin no pretende arrebatarle la libertad a Polonia. No se atrevería a hacerlo porque sabe que el gobierno de Estados Unidos lo respalda unánimemente.»59 Aproximadamente un año más tarde, los negociadores estadounidenses y británicos acordaron otorgar a la Unión Soviética el mando de la Comisión de Control Aliada en Budapest —el organismo establecido para gestionar el país después de la guerra— con la estricta condición de que la URSS consultara con los otros aliados antes de dar cualquier instrucción al gobierno húngaro. Llegado el momento, ni siquiera fingió la intención de hacerlo.60

Más adelante, algunos arguyeron que los simpatizantes comunistas en el gobierno estadounidense y los «elementos prosoviéticos» en Washington también habían influido sobre la política estadounidense de posguerra.61 Aunque Alger Hiss, probablemente el agente soviético más conocido, se encontraba en Yalta como parte del equipo de negociación estadounidense, su influencia —si es que tenía alguna— habría resultado innecesaria. Las transcripciones demuestran claramente que Churchill y Roosevelt tenían intereses muy definidos, y que sacar a la Unión Soviética de Europa del Este no era uno de ellos.62 Quienes estuvieron presentes eran pragmatistas. «Lo único que Yalta hizo fue reconocer la realidad de los hechos tal como existían y como se estaban produciendo —recordó un general estadounidense—. Para mí, no hubo posibilidad de elegir.»63

Tal vez de manera confusa, esa fue la situación durante la guerra fría. Incluso cuando la retórica occidental se volvió ferozmente antisoviética, siempre se puso mucho cuidado para evitar un nuevo conflicto europeo. Ni Estados Unidos ni Gran Bretaña querían una guerra con la Unión Soviética, ni en ese momento ni más adelante. En 1953, tras la muerte de Stalin, cuando en Berlín oriental estallaron las huelgas y los disturbios, las autoridades aliadas de Berlín occidental se mostraron muy contenidas, llegando incluso a advertir a los alemanes occidentales de que no cruzaran la frontera para dar apoyo a las huelgas.64 En la época de la Revolución húngara en 1956, el secretario de Estado de Estados Unidos, John Foster Dulles, un declarado guerrero de la guerra fría, también se tomó muchas molestias para negar cualquier implicación estadounidense en los hechos, y para comunicar a la Unión Soviética que «no consideramos a estas naciones posibles aliados militares».65

En realidad, los europeos del Este fueron con frecuencia más ingenuos que los aliados occidentales. En Hungría, los políticos probritánicos se aferraron a la creencia de que su país sería liberado por los británicos. Muchos estaban «animados por la idea irracional de la supuesta importancia geopolítica de Hungría», en palabras del historiador László Borhi,66 y esperaban una invasión británica de los Balcanes bien entrado el año 1944. Como su país había sido un bastión de la cristiandad occidental en su lucha contra el Imperio otomano, pensaron que durante el siglo XX seguirían desempeñando ese papel. «Las potencias occidentales no podrían permitir la dominación rusa de una zona geográficamente importante [de Hungría]», declaró con seguridad un diplomático húngaro. Los polacos, cuyo futuro político había sido objeto de discusiones acaloradas entre los dirigentes aliados, estaban igualmente convencidos de que los británicos no abandonarían el país en cuyo nombre habían declarado en un principio la guerra a Alemania, y Estados Unidos no podría abandonarlos porque el lobby polaco-estadounidense lo evitaría: tarde o temprano habría una Tercera Guerra Mundial. Más adelante, a los alemanes orientales les costó creer que Occidente pudiera acceder a la fortificación de la frontera interalemana. Sin duda, Occidente no podría permitir una Alemania dividida.

Sin embargo, Occidente pudo permitirlo y aceptarlo, igual que aceptó también una Europa dividida. Si bien nadie en Occidente —nadie en Washington, Londres o París— fue capaz de prever la magnitud de los cambios físicos, psicológicos y políticos que el Ejército Rojo impondría en todos los países que ocupó, lo cierto es que tampoco nadie hizo grandes esfuerzos para evitar que se produjeran.

2

Los vencedores

Durante los últimos meses bajo el régimen nazi, casi todos estábamos a favor de los rusos. Esperamos la luz del Este. Pero ha quemado a demasiada gente. Han sucedido demasiadas cosas que no se pueden entender. En las oscuras calles aún resuenan todas las noches los gritos desgarradores y angustiados de las mujeres.

RUTH ANDREAS-FRIEDRICH1

Los rusos […] aniquilaron a la población nativa de un modo sin parangón desde los tiempos de las hordas asiáticas.

GEORGE KENNAN2

En Budapest, John Lukacs vio «un océano de rusos gris verdoso, todos ellos entrando por el este».3 En un barrio de la zona este de Berlín, Lutz Rackow vio «tanques, tanques, tanques y más tanques» y soldados caminando junto a ellos, entre ellos «amazonas con trenzas rubias».4 Ese era el Ejército Rojo: mujeres y hombres hambrientos, enfadados, exhaustos, avezados en la lucha, algunos con los mismos uniformes que habían llevado en Stalingrado o Kursk dos años antes, todos ellos cargados con recuerdos de violencia espantosa, todos ellos insensibilizados por lo que habían visto, oído y hecho.

La ofensiva soviética final empezó en enero de 1945, cuando el Ejército Rojo cruzó el Vístula, el río que recorre el centro de Polonia. Avanzando rápidamente a través de la devastada Polonia oriental y los estados bálticos, los «Ivanes» habían conquistado Budapest después de un terrible sitio a mediados de febrero, y Silesia en marzo. Su asalto a Königsberg, en Prusia Oriental, terminó en abril. En ese momento, dos numerosas unidades militares, el Primer Frente Bielorruso y el Primer Frente Ucraniano, se encontraban en las afueras de Berlín, preparadas para el asalto final. Hitler se suicidó el 30 de abril. Una semana después, el 7 de mayo, el general Alfred Jodl se rindió sin condiciones a los aliados en nombre del Alto Mando de la Wehrmacht.

Incluso hoy en día, no es fácil determinar lo que sucedió en Europa del Este durante esos últimos cinco meses de la guerra porque no todo el mundo recuerda los acontecimientos de esos meses de batalla sangrienta del mismo modo. En la historiografía soviética, la última fase de la guerra siempre se presenta inequívocamente como una serie de liberaciones. Según el discurso habitual, las ciudades de Varsovia, Budapest, Praga, Viena y Berlín fueron liberadas del yugo de la Alemania nazi, encadenando un triunfo tras otro, los fascistas fueron destruidos, la población se alegró enormemente y se restableció la libertad.

Otros cuentan la historia de manera diferente. Durante muchas décadas, los alemanes, y en particular los berlineses, hablaron muy poco de los acontecimientos sucedidos en mayo de 1945 y posteriormente. Hoy en día, sin embargo, recuerdan a la perfección los saqueos, la violencia arbitraria y, sobre todo, las violaciones masivas que siguieron a la invasión soviética. En otros lugares de Europa del Este, se recuerda también al Ejército Rojo por sus ataques a partisanos locales que habían luchado contra los alemanes pero que no eran comunistas, y por las oleadas de violencia, tanto indiscriminada como selectiva, que llegaron a continuación. En Polonia, Hungría, Alemania, Checoslovaquia, Rumanía y Bulgaria, la llegada del Ejército Rojo raramente se recuerda como una simple liberación. Al contrario, se recuerda como el brutal inicio de una nueva ocupación.

Aun así, para mucha gente, ninguna de estas dos perspectivas opuestas ofrece la historia completa. Es cierto que la llegada del Ejército Rojo anunció la libertad para millones de personas. Los soldados soviéticos abrieron las puertas de Auschwitz-Birke

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