Índice
Franco y el imperio japonés
Prólogo
Introducción
Agradecimientos
Abreviaturas
1. Lo distinto y lo distante
1. Reacciones ante lo diferente
2. Los contactos históricos
2. Expectativa de un orden nuevo
1. Un nuevo objetivo para los viejos aliados
2. Japón y la relación exterior de la posguerra
3. El ataque a la URSS y Japón
4. Consecuencias duraderas
3. Colaboración en Asia Oriental
1. La distante Manchuria
2. El gobierno de Wang Jingwei
3. Los españoles y el Ejército japonés en China
4. La Tailandia projaponesa
5. Ambiciones en Filipinas
6. El difícil olvido
4. Victorias de Japón
1. El resplandor de Pearl Harbor
2. Un «japonismo» más antinorteamericano
3. España ante la mundialización de la guerra
4. Ayuda a la victoria
5. La desconfianza
6. Caída de Serrano Suñer
5. La amistad embarazosa
1. Nuevo ministro, nuevo contexto
2. La colaboración continúa
3. Españoles bajo un Japón en guerra
4. Vuelta a las imágenes tradicionales
6. Las imposibles negociaciones
1. Un cambio de tendencia
2. La preferencia por las Filipinas ante China
3. El Incidente Laurel
4. La tensión se hace pública
5. Las incertidumbres de Jordana
7. Japón y la posguerra española
1. Una nueva postura hacia Japón
2. Masacre en Manila
3. La ruptura paulatina
4. Los entresijos de una posible guerra
5. Últimas relaciones
Conclusión
Fuentes documentales y bibiliografía
Notas
Biografía
Créditos
Acerca de Random House Mondadori
A los culés madrileños y a los aficionados taurinos catalanes.
A Amateresa.
PRÓLOGO
La singular posición del régimen de Franco durante la Segunda Guerra Mundial ha atraído la atención de los historiadores. Siendo «no-beligerante» durante una buena parte de la guerra y no ciertamente neutral, el gobierno de Franco era, en palabras de Javier Tusell, «mucho más del Eje que fue Finlandia», aun cuando este último país entró oficialmente en guerra en el frente oriental.
La Segunda Guerra Mundial ha constituido un período importante y difícil en la historia de España, el último en el que la tradicional «ideología española» católico-derechista motivó poderosamente las relaciones exteriores del país y el concepto oficial del lugar de España en la Historia. Este fue, por supuesto, comprometido y complicado por el carácter ideológicamente fascista del partido del Estado franquista y por la pronunciada inclinación del régimen hacia el Eje, aunque la forma en que Madrid percibía el «Orden Nuevo» en Europa era mucho más semejante a una restauración tradicionalista que la de los líderes en Berlín o Roma. El régimen español aspiraba a una posición de preeminencia cultural e ideológica en Hispanoamérica y a la ocupación imperial de una buena parte del África noroccidental. Sus activistas más ambiciosos deseaban incluso ir más allá.
La ambición española, impulsada por una ideología peculiarmente híbrida de neotradicionalismo y fascismo, escaló rápidamente en 1940 siguiendo los éxitos del esfuerzo de guerra alemán, y por razones similares empezó a declinar desde una fecha tan temprana como 1942, y más aún durante la segunda mitad de la guerra, hasta que desapareció por completo. Breves como fueron, estas ambiciones representarían la última encarnación histórica del expansionismo español, aunque no se logró nada en concreto más allá de la ocupación temporal de Tánger.
La bibliografía sobre la política española durante estos años se ha enfocado principalmente en Europa y, de forma secundaria, en el continente americano. Buena parte de ella se ha preocupado por las relaciones con el Eje, pero ha ignorado el otro gran escenario de la Segunda Guerra Mundial: el Pacífico occidental y Asia oriental. Es cierto que las dos mitades del conflicto se desarrollaron de forma separada en su mayor parte, siendo las fuerzas angloamericanas las únicas que estuvieron implicadas ampliamente en ambas áreas de conflicto. Alemania e Italia, por ejemplo, no colaboraron con Japón de forma significativa alguna, lo que tiene relación con el escaso interés de los historiadores por las relaciones entre Europa Occidental y el Asia Oriental durante este período, una despreocupación solamente acentuada por la ignorancia general de las lenguas asiáticas entre los académicos europeos.
El nuevo trabajo de Florentino Rodao colma, por tanto, una laguna importante en la historiografía de España durante la Segunda Guerra Mundial, y es una tarea para la que él está extraordinariamente preparado gracias a sus amplios conocimientos en estudios japoneses y el conocimiento efectivo de su lengua. Es, de hecho, uno de los trabajos más ampliamente investigados y documentados llevados a cabo sobre aspecto alguno de la política española durante estos años, habiendo recogido datos de Estados Unidos, de otros países europeos, así como de España y Japón.
Aunque las relaciones españolas con Japón no eran tan importantes como las que tuvo con otras primeras potencias occidentales, tienen, junto con las de Portugal, una más larga historia que las de cualquier otro país europeo. Además, España había tenido un interés importante en los asuntos del Asia Oriental durante más de tres siglos, y el legado de su prolongado gobierno sobre las Filipinas mantuvo una cierta importancia durante la primera mitad del siglo XX. España también fue la primera potencia occidental en sentir sus intereses amenazados por las primeras etapas del expansionismo japonés a fines del siglo XIX.
A la inversa, como resultado de su rápida transformación y sus nuevos logros, Japón había adquirido hacia comienzos del pasado siglo una imagen única, a menudo positiva, muy diferente de la del resto de Asia. Su política de apoyo hacia el régimen de Franco invirtió la relación antagonista entre Japón y España a propósito de la toma de Manchuria, que había sido la característica de la diplomacia republicana. El nuevo Estado español estaba por tanto preparado para unas relaciones amistosas con un Japón, que estaba acercándose cada vez más a sus asociados del Eje, y ciertamente las excelentes relaciones entre ese país e Italia, que había llegado a ser el aliado más cercano a los nacionales, fue un factor definitivo para promover el acercamiento Tokio-Madrid. Rodao explica muy claramente la imagen positiva que Japón gozaba entre los líderes del nuevo Estado español. Su combinación peculiar de un creciente dominio de la tecnología moderna junto con el código Bushido de los valores militares parecía ser un paralelo de la hibridez tradicionalista y fascisto-modernista del régimen franquista. Su liderazgo del anticomunismo en Asia Oriental le identificaba con uno de los valores más destacados del Estado español, y su defensa de un «Nuevo Orden» en Asia Oriental parecía paralelo a los objetivos de Roma, Berlín y Madrid. El nuevo Japón imperial era considerado, así, por haber superado las características negativas del estereotipo del «otro» asiático y haber llegado a ser, por comparación con los antiguos estereotipos, una cultura «no-asiática» que había trascendido la mera «asianidad».
En España esta actitud fue más fuerte entre los falangistas, y notablemente más débil entre los conservadores, menos deseosos de los cambios radicales en el sistema internacional, o más interesados por defender los intereses económicos en las Filipinas. Como un no-beligerante inclinado hacia las potencias del Tripartito, al gobierno español se le pidió que asumiera la representación de los intereses japoneses en los estados beligerantes, mientras que diplomáticos españoles y personajes de los medios de comunicación llegaron incluso a formar una red de espionaje (formada parcialmente alrededor del periodista falangista Ángel Alcázar de Velasco) con el fin de proveer información desde Estados Unidos y Gran Bretaña para Tokio.
Hubo sin embargo limitaciones severas a estas relaciones positivas, proviniendo en primer lugar de las grandes distancias entre los dos países y del carácter restringido de cualquier interés común. Las dos preocupaciones más concretas del gobierno español tuvieron que ver con los súbditos españoles y con los intereses económicos (especialmente en las Filipinas) por un lado, y con el amplio trabajo y la libertad de los misioneros católicos en Asia Oriental, por otro. Ninguna de estas preocupaciones, según resultó, fue especialmente bien servida por el Japón en guerra durante su ocupación de gran parte de China y de todo el archipiélago filipino. Las relaciones económicas directas fueron muy escasas y las severas medidas japonesas se acumularon poco a poco, pero de forma constante, mientras que los diplomáticos españoles parecen haber tenido escaso celo en su cuidado por los intereses bajo su supervisión nominal.
Las relaciones con Japón se vieron inevitablemente afectadas por el cambio en la política general española que siguió a la salida de Serrano Suñer de Exteriores en septiembre de 1942 y el comienzo de la «desfascistización» general del sistema político español, que comenzó tras el colapso del régimen de Mussolini diez meses más tarde. Además, la actitud personal de Franco hacia Japón parece haber sido siempre más fría y escéptica que la de algunas otras figuras en el régimen.
Resultaba irónico que lo más cercano a una crisis abierta entre Madrid y Washington estallara a finales de 1943, después de que las actitudes y la política española hacía algún tiempo que habían empezado a cambiar. El «Incidente Laurel», retrospectivamente, parece haber sido un asunto fabricado y de alguna forma artificial. El mensaje a José Laurel, un nuevo presidente simbólico para las Filipinas impuesto por los japoneses, no significaba un reconocimiento oficial de su administración marioneta por el gobierno español. Para entonces, las autoridades españolas se daban cuenta cada vez más del peligro que para los intereses españoles había creado la ocupación japonesa. Madrid había claramente rehusado reconocer la nueva República Social Italiana de Mussolini durante los meses anteriores, aunque el régimen neofascista apoyado por los alemanes probablemente tenía más apoyo popular que la administración de Laurel en las Filipinas. Sólo un mes antes (noviembre de 1943), el ministro de Exteriores Jordana había tenido éxito en reemplazar la «no-beligerancia» de España con una vuelta a la neutralidad oficial. En este momento, fue cuando Washington estaba determinado a apretar los tornillos a Madrid y se aprovechó de una comunicación anodina para provocar una crisis menor. Gracias al inusual amplio rango de su documentación, Florentino Rodao ha sido capaz de proveernos con un relato mucho más completo de este incidente del que teníamos hasta ahora. Con el fin de preservar la dignidad del Estado español, Jordana rehusó negar tener nada que ver sobre la comunicación con Manila, mientras que el resultado aumentó la creciente alienación española del Japón imperial.
La verdadera crisis en las relaciones entre Madrid y Washington se desarrolló unos meses más tarde, durante el invierno y comienzos de la primavera de 1944, cuando los gobiernos aliados pusieron al gobierno de Franco bajo una severa presión para cambiar aspectos claves de su política hacia Alemania, bajo pena de estrangulamiento económico. Los aliados tuvieron éxito en imponer su deseo y el resultante distanciamiento de Alemania hizo incluso más fácil la adopción de una política cada vez más negativa hacia Japón.
Durante la segunda mitad de la guerra, Franco hizo referencia en ocasiones a un concepto de «tres guerras» de distinto carácter —el conflicto entre el Eje y las potencias occidentales—, en el que España era neutral; la lucha entre el Eje y la Unión Soviética, en el que Madrid básicamente apoyaba al Eje, y la guerra contra Japón, en la que España esencialmente apoyaba a los aliados. Esto ha sido considerado como una racionalización oportunista y con alguna justificación, ya que hasta fines de 1943 Madrid apoyó al Eje indirectamente contra las potencias occidentales. Pero hay evidencia de que ya a fines de 1942 Franco había adoptado de hecho tal actitud hacia Japón, aunque sólo llegó a ser claramente antagonista durante los acontecimientos de 1944.
El punto de ruptura sólo llegó, sin embargo, con los horrores de la batalla de Manila, en la que fuerzas japonesas asesinaron deliberadamente miles de filipinos, incluyendo algunos miembros de la colonia española. La lucha por la ciudad por parte de los norteamericanos produjo una gran destrucción, con un efecto particularmente negativo en el distrito de la parte vieja española, una gran proporción de la cual resultó destruida o tuvo que ser arrasada después. Esto puso a España a punto de declarar la guerra, aun cuando tal gesto no habría sido más que simbólico y político. Fue extremadamente irónico que el régimen de Franco, tan celoso por enfatizar la «hispanidad», fuera forzado a observar la destrucción de las obras y los intereses españoles por una potencia que anteriormente había aclamado como un amigo especial.
Rodao demuestra claramente que a fines de la Segunda Guerra Mundial las actitudes oficiales de España hacia Japón, junto con las imágenes formadas de este país en España, habían dado un giro de 180 grados. Japón era de nuevo parte del «otro» asiático, siniestro y antagonista. Las ideas de los valores y los intereses mutuos habían desaparecido por completo. Sólo después de una transformación básica de Japón (y también de España) se desarrollarían las relaciones armoniosamente.
Este trabajo constituye por tanto un ejemplo significativo del progreso de la historiografía española en la última generación. Basada en investigación internacional y multilingüe, emplea materiales de muy diferentes archivos y países para proveer una narración esencial y genuinamente detallada de uno de los aspectos más olvidados de las relaciones exteriores de España durante la Segunda Guerra Mundial. En el proceso, provee una perspectiva objetiva y sofisticada sobre las relaciones internacionales, sobre los intereses españoles en Extremo Oriente y sobre la formación de las decisiones políticas en Madrid. Igualmente importante es su investigación de los aspectos culturales de estos problemas, y la mutación de las actitudes y las imágenes, que en ocasiones cambian muy rápidamente. En conjunto, es muestra del nuevo crecimiento y la madurez de la historia internacional y diplomática en España, cuya investigación y metodología ha llegado a ser global en cuanto a su ámbito y que ahora abarca también lenguas y culturas anteriormente fuera de su alcance. Igualmente, cumple con las normas más exigentes de la reciente historia internacional al situar a las relaciones exteriores dentro del contexto de la política interior. Así, ilumina no sólo el amplio rango de las relaciones españolas con Japón, sino también el proceso de gobierno y de toma de decisiones en Madrid durante estos años. Es una prueba de la creciente madurez de la historiografía española al comenzar un siglo que tendrá un carácter verdaderamente más global que el que acaba de concluir.
STANLEY G. PAYNE
INTRODUCCIÓN
El órgano falangista ¡Arriba! publicó en febrero de 1944 un artículo que, dentro de la florida retórica de la época, traslucía un claro resentimiento hacia Japón: «La prensa y, en general, la opinión entera de la nación [española] mantuvieron frente a la empresa guerrera [nipona] una actitud de la que el Japón no podía tener la menor sombra de queja.» Así, reconocía sin ambages los errores del pasado «japonismo» y de su ingenuidad ante la amenaza del Imperio del Sol Naciente. Este mea culpa falangista fue agrio y patético pero, sobre todo, llamó la atención, al admitir en primera página y de forma tan abierta el periódico sus antiguos desaciertos. La sorpresa, en buena parte, fue porque esas mismas páginas de ¡Arriba! habían sido hasta hace poco un baluarte de esa defensa de la empresa guerrera nipona, pero también porque no es muy normal reconocer errores públicamente, menos aún en una dictadura como la franquista, y a cargo del periódico que pasaba por ser el portavoz oficioso del régimen.
El artículo hizo elucubrar a sus contemporáneos sobre el futuro del régimen, sobre un posible giro en la relación exterior de Madrid o sobre la relación entre el texto y las directrices gubernamentales. Pasados los años ese artículo tan insólito ayuda a comprender, antes bien, la característica principal de los contactos entre España y Japón entre los años 1939 y 1945: la brusquedad. Es un reflejo claro de por qué el gobierno de Madrid pudo pasar de la idealización de Japón a querer declararle la guerra en apenas un par de años. Otros países cuya empresa guerrera también había devenido en estrepitoso fracaso, como Italia o Alemania, no sufrieron de tales críticas, pero Japón sí. En los contactos con Tokio se podía cambiar de actitud, e incluso girar de forma brusca, hasta el punto de posibilitar el arrepentimiento más destemplado. El borrón y cuenta nueva era factible con Japón, pero no con otros países.
Este viraje español tan radical hacia Tokio se vio favorecido por un contexto internacional especialmente violento durante los años que cubre este estudio, con tres guerras que afectaron de pleno a los contactos hispano-nipones: la Chino-Japonesa, la Segunda Guerra Mundial en Europa y la del Pacífico, precedidas por la guerra civil española. Pero, a fin de profundizar en la brusquedad de ese viraje y en por qué se pudo llevar a cabo, el conocimiento de las percepciones y la evolución de las imágenes mutuas es la mejor puerta para penetrar más allá de los argumentos esgrimidos por los participantes. Para poder captar la evolución inherente de las relaciones, es necesario analizar la estructura, formación y características de estas imágenes, esto es, por qué evolucionaron de la forma en que lo hicieron y cómo se pudieron producir los cambios de la forma en que ocurrieron. Además, en el caso de la relación entre España y Japón durante los años de la Segunda Guerra Mundial, el papel de las percepciones y las imágenes fue más importante del que normalmente juegan, tanto porque la importancia de la propaganda las hizo estar presentes en todo momento como porque cubrieron el vacío relativo dejado por las otras facetas de las relaciones, ya fueran el comercio mutuo o las relaciones políticas de períodos normales. Afectados tanto España como Japón de una forma tan directa por el resultado de unas guerras en las que nunca participaron en el mismo tiempo y en el mismo espacio, modificar y adaptar esas percepciones y esas imágenes a los intereses políticos fue un objetivo que, en ocasiones, llegó a ser tan importante como el perseguido con las armas en el campo de batalla.
Resulta crucial estudiarlo para comprender lo ocurrido entre ambos países y por eso nos vamos a detener en ello a lo largo de esta introducción, so pena de resultar excesivamente aburridos.
Las imágenes
Según señala el Diccionario de la Real Academia Española, las imágenes son «figura, representación, semejanza y apariencia de una cosa»; se definen también como actitudes emocionales enfatizadas. Emilio Lamo de Espinosa las descubre como «ese activo intangible en un sinfín de esferas: política, economía, cultura, etc.», y de una forma más visual pueden ser entendidas como el cristal a través del cual se percibe la realidad. Están presentes en todas las facetas de la actividad humana, poseen componentes afectivos, cognitivos, de comportamiento, e incluso rasgos abstraídos de su ambiente. Son producto de la economía del pensamiento, que amalgama los mensajes recibidos simplificando una realidad para hacerla manejable y comprensible, en unas ocasiones de forma más simple e intuitiva y en otras con estructuras complejas y formalmente articuladas. Para poder comprender esa realidad exterior que no puede abarcar, la mente abstrae rasgos y los agrupa de una forma plural, destacándolos tanto en función de su contraste como por su semejanza con otros. Son esenciales para entender la actividad humana.
Las imágenes, por otro lado, nunca dejan de descontextualizar esos rasgos ni la abstracción de esa realidad exterior deja de ser cuestionable porque, por su propia naturaleza, jamás pueden llegar a ser un reflejo exacto de esa realidad tan amplia en un espacio tan pequeño como es la mente humana. Resulta difícil, además, conocerlas y describirlas. Su representación verbal o escrita de forma fidedigna es prácticamente imposible porque, tal como escribió el filósofo británico David Hume, las imágenes pueden ser comparadas con otras imágenes, pero no con la propia realidad.1 Su propia dinámica interna, su capacidad de regeneración y su devenir emancipado, por otro lado, impiden prever su futuro. Además, abarcan todo tipo de referencias culturales, desde procesos dinámicos o personajes literarios hasta rasgos identificadores de una cultura, tanto icónicos como arquitectónicos o de otra índole. Su estructura, su dinamismo y sus múltiples y variados orígenes impiden a las imágenes captar el brillo por el que transmiten su parte de la realidad. Su capacidad de autorregeneración, la multitud de rasgos que sugieren al simplificar o esa vida propia independiente tras su nacimiento son susceptibles de ser captadas parcialmente, pero nunca entendidas en su totalidad.
Los confines de las imágenes con otros conceptos son borrosos y proclives a la confusión. La opinión, por ejemplo, es más específica, más intelectualizada y más limitada que la imagen y el prejuicio es un elemento ocasional de las imágenes. El estereotipo es el que provoca más confusión, porque no es sino el producto de una degradación, la probable pero no segura de la imagen. La parcialidad puede ser un elemento de la imagen, pero ese origen, por importante que sea, nunca podrá llegar a suplantar la propia imagen, que siempre se nutrirá de otros datos. La tendencia a la degeneración, además, está presente en toda imagen. Puede ser mayor o menor según su grado de dificultad, su acercamiento a la realidad y su resistencia al cambio, y el cuadro que las imágenes forman de la realidad puede cuajar o no en un estereotipo. Walter Lippmann define los estereotipos como conceptos simples, más falsos que verdaderos, adquiridos de segunda mano más que por experiencia directa y fuertemente resistentes al cambio.2 Pero no se puede identificar ese grado de estereotipación de toda imagen con un estereotipo, porque la distinción entre una y otro llega al propio proceso de evolución por esa posibilidad de la primera de poseer nuevos atributos, adicionales e independientes, que no puede tener el estereotipo. La diferencia, así, aparece de forma sutil porque, al contrario que el estereotipo, la imagen no es necesariamente ni falsa ni duradera, por lo que en los casos en que así ocurre lo procedente es referirse a un subproducto, la imagen estereotipada.
Por su propia esencia, en definitiva, la imaginería o conjunto de imágenes, articula toda suerte de relación del ser humano con el medio, pero es imposible de medir y no permite sino una aproximación tangencial a la realidad. Dificultan su comprensión, pero también son un medio necesario para que el ser humano pueda captar el mundo que le rodea, en una contradicción aparente que sólo puede ser explicada por su dualidad intrínseca. Si no cumplen su función, por fuerza imperfecta, de abstraer, las imágenes no sirven.
Las imágenes también son ámbito de lo plural. Afectan a la relación del individuo con el medio, pero son asimismo espacio del grupo. Al interactuar constantemente con los hechos forman, además, parte de lo colectivo y pueden afectar y ser patrimonio de grupos amplios. Entre todo el espectro de imágenes que son producto de experiencias compartidas, las más importantes para las relaciones entre países son las de carácter nacional y las de clase social, junto con las que se forman a partir de los sistemas de creencias. Las primeras, porque reflejan el marco de referencia más obligado en un estudio de este tipo; las segundas, por las comparaciones que generan, y las terceras porque también son un recurso utilizado continuamente y determinan en buena medida el marco de referencia de los personajes y las decisiones recogidos en este libro. No siempre se manifiestan claramente y en ocasiones se utilizan de manera inconsciente, pero es conveniente detenernos en sus características.
Las imágenes nacionales son las que una nación tiene de sí misma y de las demás. Tienden a la autoalimentación (permiten percibir sólo aquello que está en concordancia con lo que ya creemos ser la realidad), a la simetría (buscan una congruencia y una complementariedad cada vez mayor entre la imagen del otro y la propia) y, además, suelen llevar hacia la validación de fantasías, eróticas, políticas, o de otra clase.3 Dentro de su diversidad, la llamada autoimagen histórica es quizás la más decisiva para su fortalecimiento. Kenneth Thompson señala que «la Historia es el mejor maestro, pero sus lecciones no están a primera vista»,4 y ciertamente por medio de la autoconciencia popular la influencia de estas imágenes supera la mera demarcación geográfica. La imagen histórica tiende a reforzar las creencias establecidas y es un factor decisivo para determinar qué imágenes influyen a la hora de interpretar la información entrante, ya sea por medio de analogías y contrastes como a través de hechos vividos de primera mano.
Las imágenes nacionales pueden ser tipificadas como literarias, científicas o populares. Las imágenes de carácter científico son las que tienden a utilizar aquellos que toman las decisiones en el sistema internacional. Son imágenes encuadrables en un término medio entre las otras dos categorías y tienen la ventaja de comportar menos volubilidad, aunque la comprobación de la realidad sea más difícil y a un coste relativamente alto cuando es necesario corregir errores. Tienen importantes carencias, pero no tienen alternativa posible. Para la visión de otros países las imágenes nacionales influyen principalmente por medio del factor geográfico, del sentimiento de amistad y de la sofisticación. Debido a la propensión a dividir las naciones de forma simplista entre buenas y malas, la carencia de sofisticación puede llegar a ejercer un impacto fuertemente negativo, que dificulta sobremanera la adición progresiva de nuevos datos. Las imágenes pueden esforzarse tercamente en la simplicidad. Así lo señala Boulding, uno de los principales teóricos en este campo, para quien la imagen nacional «es el último gran baluarte de la falta de sofisticación».5 Su emotividad las convierte en el más claro ejemplo de la capacidad de vida propia y de autoalimentación de las imágenes, e incluso de poder llegar a presentarse como más reales que la realidad misma. Resultado de las experiencias compartidas por la principal colectividad donde el individuo se identifica —la nación—, la imagen histórica es un motivo de referencia continuo pero, precisamente por ello, puede resultar especialmente peligrosa. En momentos determinados no sólo pueden limitarse a reflejar una realidad, sino también provocar una distorsión que haga a las propias imágenes ser el origen de una inestabilidad.
Las imágenes sociales también son determinantes. Producen un comportamiento de grupo que difiere del individual en aspectos importantes y sirven como roles de identidad social. Las comparaciones y categorizaciones entre el grupo propio y el entorno ajeno al grupo son continuas y pueden degenerar en estereotipos en momentos críticos, o cuando los objetivos de bienestar o prosperidad futuros no se vean cumplidos. Los peligros de dirigir tales exaltaciones compartidas de la frustración en dirección a otros grupos son múltiples, desde identificar otros grupos responsables de sus propios problemas como chivos expiatorios; deshumanizarles o brutalizarles para justificar su explotación y maltrato o ensalzar la autoestima propia acusando al grupo opuesto de injusticia.
Los sistemas de creencias y a las ideologías, por último, son uno de los cristales más usados para comprender el mundo exterior, tanto en el plano particular como en el colectivo. Las ideas estructuran el medio externo, ayudan a considerar las diferentes posibilidades para actuar y racionalizan las opciones, estableciendo tanto unos objetivos como un rango de preferencias.
La relación entre creencias e ideologías es difusa. Algunos consideran ambos términos intercambiables, diferenciándoles por su énfasis. John MacLean lo califica como la forma débil, es decir, como unos componentes más o menos explícitos tanto de las ideologías como de otros comportamientos. También se pueden diferenciar y considerar la expresión «sistemas de creencias» como la más genérica. Estas se dividen entre las categóricas (sobre la naturaleza de los actores específicos, objetos o hechos que son asociados con condiciones relevantes a un problema dado), las causativas (sobre relaciones causales entre actores, objetos o hechos que son asociados con reservas o restricciones dentro del mundo en relación con un problema dado) y las llamadas del «resultado deseado» (el decisor mantiene la creencia con respecto a lo que necesita conseguir con el fin de resolver una situación problemática). En cuanto a las ideologías, se puede hablar de dos clases, las formales, que se acoplan más con la definición tradicional de ideología como grupo de creencias políticas, y las informales, más asemejables con la noción antropológica de cultura. Estas últimas se definen como el conjunto de valores culturales, preferencias, prejuicios, predisposiciones, hábitos y proposiciones sobre la realidad ampliamente compartidos en un lugar y en un momento por un grupo de personas. Este bagaje de sistemas de creencias e ideologías ayuda a interpretar el sistema social de una forma más coherente y por ello son necesarios para comprender el medio que nos rodea. Pero igual que puede facilitar su comprensión, la pueden impedir o dificultar. De la misma forma que las creencias pueden ser funcionales al ayudarnos a concentrar la visión en unos aspectos o mecanismos concretos, pueden ser disfuncionales al desdeñar otros. La propia naturaleza de las ideologías es dual, como las imágenes. Siendo necesarias, tienen dimensiones potencialmente muy peligrosas.6
Las imágenes colectivas, por último, son influidas por los propios sujetos objetos de la percepción, ya sean naciones, grupos o individuos. Estos esfuerzos por modificar las imágenes que los demás reciben de uno mismo provienen en buena parte de la necesidad de economizar, realizando cambios menores y utilizando códigos operacionales (creencias sobre qué comportamiento llevará a los actores a responder de formas específicas),7 las naciones tratan de proyectar una imagen deseada, que puede llegar a convencer (o engañar, en su caso) y conseguir unos beneficios de una forma más sencilla que por otros medios.8 Esta manipulación de símbolos para influir en la imagen de los demás puede ser considerada genéricamente como propaganda, aunque la diferencia con otros conceptos es escasa. En el caso de las relaciones públicas, es principalmente semántica y ambas palabras pueden ser intercambiadas según Michael Kunczik,9 mientras que unos paralelismos asimilables ocurren al comparar la propaganda y la función educativa. Según Edward L. Bernays, «la única diferencia entre “propaganda” y “educación” en realidad radica en el punto de vista. La defensa de aquello en lo que creemos es educación. La defensa de lo que no creemos es propaganda».10
Las imágenes, en definitiva, ofrecen un amplio rango de posibilidades, matices y razonamientos, y utilizan cualquier contexto para ofrecerse a colorear la percepción final de ese individuo o grupo de individuos. Colectivas o no, es necesario conocerlas en su proceso generativo tanto como en el momento final, porque ese cristal puede estar distorsionado por tintes de varios colores, aplicados en diferentes momentos y con intenciones diversas. Aún así, es imposible determinar el contenido de las imágenes, porque no se pueden contrastar ante la realidad. Este imperfecto paso, no obstante, no es sino el necesario comienzo para conocer su incidencia ulterior en las relaciones entre Estados.
Su influencia, además, se expresa con claridad en pocas ocasiones. Esta es la razón principal de la parsimonia teórica y la economía de investigaciones que están en el origen, según Ole Holsti, uno de los autores punteros en esta materia, de la escasa preocupación de las principales escuelas de pensamiento en el campo de las relaciones internacionales. El propio Holsti señala las dificultades de este enfoque: «No es muy provechoso asumir conexiones directas entre creencias y acciones en la política exterior, porque el papel que las creencias pueden jugar en la elaboración política es más sutil y menos directo. Más que actuar como guías directas para la acción, forman uno de los varios grupos de variables intervinientes que pueden definir y constreñir el comportamiento en la toma de decisiones»,11 y prueba de esa preocupación por el dato concreto lo muestra el hecho que sus estudiosos han tendido a enfocarse en estudios empíricos.
Para estudiar cómo afectan esas imágenes al sujeto receptor, sea una persona, un grupo o una nación, en definitiva, es necesario profundizar en su composición y en cómo esta va cambiando, porque no llegan a un sujeto pasivo, sino a uno que percibe y las modifica convirtiéndolas en percepciones.
Las percepciones
La diferencia entre imágenes y percepciones es sutil, pero crucial. Estas son un proceso del receptor, posterior a la recepción del input exterior en forma de imagen, o «la acción y efecto de percibir». También son un paso obligado, porque, después de colorear la visión exterior del individuo o del grupo, las imágenes no tienen un significado intrínseco para el perceptor hasta que son interpretadas o percibidas. Este proceso es tan complicado como el de la propia formación y transmisión de las imágenes, puesto que es influido por todo tipo de factores, cognoscitivos y motivacionales, conscientes o inconscientes. Así, tras llegar una imagen, primero es interpretada para luego afectar a la cognición o al comportamiento, al menos al consciente, que llevan a una decisión. Una persona ha de construir un modelo mental del mundo exterior en el que se explique a sí misma, por ejemplo, por qué aquel al que está escuchando u oyendo está haciendo lo que está haciendo. En esta interpretación confluyen esa información entrante o imagen y su medio psicológico con el conocimiento relevante ya adquirido. Cualquiera de estos dos factores puede predominar.
Acabado este proceso, la representación final nunca está definida en exclusiva por esa imagen a través de la cual el sujeto ha percibido la realidad, sino que es moldeada también por el propio comportamiento humano o social en el momento de esa recepción, influyendo decisivamente circunstancias como el aprendizaje, la motivación o la predisposición. Ese resultado final puede parecerse más a ese input exterior o a ese bagaje previo, pero sobre todo, el proceso deductivo está predispuesto al error y a la distorsión, máxime en situaciones prolongadas o vividas con intensidad. En estos casos, ya sea por descansar en unas hipótesis que no se acoplan a la situación actual o en una expectativas erróneas, no sólo aumenta la posibilidad de que ese mundo interno predomine sobre el externo, sino de que la representación final sea una distorsión irreconocible de la imagen previa. Los dos procesos cognitivos más decisivos en la interpretación son el proceso de la información y la estructura del conocimiento, que tratamos más adelante, para pasar a los factores motivaciones, conscientes e inconscientes, y acabar con los procesos de grupo.
El procesamiento de información a cargo de la mente humana es clave para esa interpretación. La mayoría de los modelos sobre esta fase asumen dos componentes estructurales básicos, la memoria a largo plazo y la memoria inmediata (working memory). La primera está organizada asociativamente para que paquetes significativos de información puedan ser recordados al tiempo, representándose por lo común como una red de nodos conectados, cada uno de los cuales contiene información conceptual y donde cada conexión representa asociaciones conceptuales. La memoria inmediata, por su parte, son aquellas cosas a las que prestamos atención activamente en un momento determinado. Es el asiento del procesamiento consciente y donde se construyen las interpretaciones, pero también el cuello de botella de la cognición, por su limitada capacidad y por la lenta transferencia de las asociaciones aprendidas desde la memoria a largo plazo.12 La investigación actual sugiere que este proceso perceptivo es secuencial, resultado de combinaciones de «procesos de información elementales» sobre los cuales la mente descansa tanto en el conocimiento general de solución de problemas como en el conocimiento específico sobre la materia y el proceso en sí. En el campo de la toma de decisiones de la política exterior, Charles Taber indica también que los actores procesan la información en esa memoria inmediata limitada por su transitoriedad y por poder acomodar sólo un procesamiento serial. Recuperan la información en ese momento ya sea del medio o de esa memoria a largo plazo organizada de forma asociativa, relativamente ilimitada y capaz de un procesamiento en paralelo, pero esa limitación de la memoria inmediata (aunque puede recoger tanto simples conceptos como esquemas de conocimiento asociados), supone un nuevo cuello de botella que puede limitar la racionalidad de las decisiones. Tendemos a procesar la información por pasos, es decir, a pensar en una cosa al tiempo, mientras que la memoria que utilizamos para decidir es finita.
El conocimiento reside en estructuras moleculares compuestas de entidades menores, más atomizadas, según la mayoría de los científicos. Estas moléculas funcionan como bloques en los que residen los conceptos y las relaciones conceptuales, y están insertas dentro de la red asociativa de la memoria a largo plazo. Taber distingue tres tipos principales, idénticos en procesos y arquitectura cognitiva, pero diferentes funcionalmente según la secuencia de hechos: esquemas, guiones y casos. Unos y otros son grupos complejos de conocimiento semántico general que la gente puede usar para conceder un significado y para sacar consecuencias sobre un estímulo, y están organizados alrededor de categorías semánticas. Su principal función, no obstante, es que todos requieren un esfuerzo cognitivo pequeño por parte de los receptores de los mensajes; sobre todo en el caso de los guiones, donde «parece que la gente descansa fuertemente en las expectativas para comprender qué ocurre y cómo deben responder».13 Pensar significaría por ello escoger cual es el guión más apropiado para utilizar, más que generar nuevas ideas o preguntas. La ley del mínimo esfuerzo también existe en la mente y puede llevar a importantes malentendidos en el proceso interpretativo.
Los factores motivacionales, por su lado, son también esenciales en la interpretación. Un fuerte afecto desde los primeros momentos puede influir decisivamente en la conclusión final, al igual que un aprendizaje que no siga una progresión de lo sencillo a lo complejo. Pero las motivaciones influyen sobre todo en los procesos siguientes, cuando los nodos son activados en la memoria a largo plazo, una vez que se acoplan parcialmente a las conclusiones de la memoria inmediata. Cuando la información es discordante, puede llegar a modificar las estructuras en la memoria y hacer que pasen incluso a asentarse y suplantar a las antiguas en la memoria a largo plazo. La motivación puede ser asimismo la causa de que se busque más información en pos de una mayor exactitud, pero también pueden ser interpretaciones erróneas.
Robet Jervis ha definido las confusiones perceptuales en su libro Perception and Misconception in International Relations: satisfacción perceptual (una imagen será formada sobre la base de poca información si hay presiones para llegar a una rápida conclusión); rigidez cognitiva (tendencia a reconocer lo que se espera ver y a asimilar la nueva información a modelos preexistentes), reducción de la disonancia (alterar creencias o evitar información psicológicamente incómodas), congruencia cognitiva (búsqueda de una complementariedad cada vez mayor entre las imágenes de los otros y la propia), equilibrio cognitivo (la gente asimila o rechaza la información con el fin de maximizar la congruencia, normalmente para complementar una visión positiva con otra negativa) o el cierre cognitivo prematuro (rechazo inmediato de la información discrepante). Todas ellas son diferentes manifestaciones de la fuerte tendencia hacia la consistencia cognitiva. La gente construye posturas defensivas para justificar su propio comportamiento y para ello reorganiza sus percepciones, sus evaluaciones y sus opiniones añadiendo presiones psicológicas.14
La mente se resiste a abandonar una imagen que ha encontrado útil. Los individuos, decisores de la política exterior o no, hacen uso de mecanismos preservadores para mantener las estructuras mentales el mayor tiempo posible, ya sea pasando por alto el valor discrepante de la nueva información, rechazando su validez o desacreditándola. Sin embargo, cuando esa información exterior no deja otra posibilidad sino cambiar esas estructuras, se modifican lo mínimo posible desarrollando subimágenes que permitan un acoplamiento parcial, o preservando las tácticas y el comportamiento ya utilizados, que tienden a mantenerse por un tiempo después de que la representación ya está obsoleta, tal como se puede observar actualmente, tras el final de la guerra fría. Incluso las volátiles imágenes ofrecen resistencia al cambio.
Existen problemas interpretativos de carácter motivacional. Los valores emocionales, las preocupaciones o incluso un momento inadecuado también pueden conducir a errores. Una imagen que influya en la autoimagen positiva, por ejemplo, será más difícil que cambie e incluso puede llegar a anular totalmente la cognición, mientras que cuando está cargada de valor emocional puede provocar un cambio repentino de los objetivos, recuperar otros anteriores o incluso generar una respuesta adecuada sin que se modifiquen las cogniciones.15 La predisposición perceptual, por su lado, explica que hay casos donde se presta más atención al hecho que ocurre temprano, al que resulta familiar o al que es experimentado de primera mano o afecta a aquellos con los que el sujeto se identifica, mientras que otros tienden a ser desdeñados y a enseñar menos, como una crisis evitada, compromisos tranquilos o transformaciones pacíficas. La psicología de la recompensa insuficiente, por ejemplo, nos dice que cuanto mayores hayan sido los incentivos para tomar una decisión, menor será la disposición a cambiarla. Por otro lado, un compromiso al que se ha llegado por la necesidad de cumplir con unas personas o con una tradición («se nos dijo que lo hiciéramos así» / «la práctica nos obligó») resulta más fácil de abandonar que cuando se han internalizado de los objetivos o los valores («lo hicimos porque pensamos que era lo mejor que se podía hacer»). Según la teoría de la atribución, la gente puede interpretar la información entrante según lo que les concierne en el momento en que llega (impacto del grupo evocado) o determinados hechos pueden ser dotados de cualidades que no son suyas cuando aún no son conocidos de forma suficiente.16 El estrés, en conclusión, tanto personal como social o político, puede causar un fuerte impacto en el proceso de percepción de las imágenes, pero otros estados mentales más relajados también influyen de forma determinante en las representaciones finales.
Los procesos en grupo tienden a aminorar los comportamientos extremos, aunque tampoco evitan errores perceptuales. Dentro del juego de minorías y mayorías, por ejemplo, se ha demostrado la efectividad de la presión del grupo sobre los individuos para que se conformen a la interpretación mayoritaria. Pueden también encontrarse un buen número de tendencias hacia la distorsión de las imágenes producto de procesos psicológicos en los que la voluntad del individuo sobre el resultado final es relativamente marginal y en los que influye más la imagen recibida o esa memoria almacenada para el proceso de percepción.
Los deseos y las expectativas proveen una nueva fuente de distorsión, sobre todo porque juegan con los cálculos y ambiciones sobre el futuro. El papel de las expectativas es crucial; William James, el primero que definió la confusión inicial percibida por los ciegos que recuperan la vista, afirmaba en 1899 que «cuando escuchamos a una persona hablar o leemos una página de un impreso, mucho de lo que pensamos que vemos u oímos está suplido por nuestra propia memoria».17 Es un recurso frecuente suministrar por medio de la propia imaginación las lagunas de la información defectuosa o inconveniente. Los deseos poseen un componente emocional e interesado y las expectativas pueden ser tanto de confirmación o de negación; suelen converger, pero cuando entran en conflicto, suelen prevalecer las expectativas, según afirma Jervis.18 La propia persona o grupo, además, puede usar a su conveniencia los inputs y las representaciones llegan a ser, según los autores Sylvan y Haddad, un producto de la discriminación en la adquisición de la información y en las distintas interpretaciones causales.19 El proceso de percepción, en definitiva, es complejo y en él están implicados tanto procesos psicológicos como ambiciones, deseos y preocupaciones, imágenes de lo pasado y expectativas de futuro. Las representaciones finales, ya sean de un grupo o de un individuo, son instrumentales a los objetivos de los portadores. Tanto connotan sobre el sujeto como denotan el impulso recibido. Ayudan a conocer mejor al actor que a la obra. A la postre, el resultado final puede estar bastante alejado del problema inicial.
Representación del problema
A través de esos procesos de transmisión de imágenes y de interpretación, la posibilidad de que la representación del problema sufra de malentendidos o manipulaciones es importante, o de que la consistencia cognitiva en sus diversas manifestaciones lastre irremediablemente las decisiones. Siendo un grupo de personas, o el propio Estado, esa posibilidad de distorsión se reduce, sobre todo cuando el proceso de decisiones está disperso, tal como ocurre en los estados democráticos, pero nunca desaparece. No sólo porque los estados o los grupos están formados por personas sino también porque algunas de las carencias, tanto en el proceso de formación de imágenes como en la interpretación, se dan también en grupos amplios, tales como los impactos emocionales que afectan a generaciones enteras.
Es necesario tomar estos factores en cuenta, por tanto, en el siguiente paso tras llegar a la representación de la realidad: el deseo de influir sobre esta por medio de la toma de decisiones. Es en este momento donde las principales escuelas de pensamiento en las relaciones internacionales centran su estudio, analizando la discusión y selección de un número de opciones, considerando la lucha por el poder como el denominador común para evaluar las negociaciones y disputas, y centrándose en el Estado como la unidad de análisis para las relaciones internacionales. El medio operacional, donde la política se lleva a cabo, ha sido el gran escenario de estudio, pero aparece muy restringido ante la gran diversidad de procesos que suponen la acción y la respuesta en las relaciones internacionales.
Comprender el medio psicológico, o el mundo según lo ve el actor, aporta un aspecto crucial. Para considerarlo con su debida importancia es necesario analizar una serie de factores adicionales. El grupo, por ejemplo, es conveniente que sea visto también como un foro complejo para la interacción de los decisores, en el cual las decisiones implican mucho más que escoger entre varias opciones, mientras que la construcción psicológica de la representación del problema y los problemas que han llevado a esa decisión de actuar han de recibir una atención tan grande como la predisposición a escoger una solución particular en un proceso de toma de decisiones. Ya que la representación inicial del problema, como señala Taber, constriñe el comportamiento subsecuente, es necesario profundizar también en las creencias de los decisores sobre el mundo y sobre otros actores, en sus procesos psicológicos, en la jerarquía de objetivos, y en las predicciones sobre el comportamiento de los demás, realzando también el análisis de conceptos como «salvar la cara», el prestigio, la buena voluntad, la gratitud, la generosidad, el ser digno de confianza o las ilusiones vanas. Las percepciones erróneas, por otro lado, no son accidente fortuitos, como señala Jervis, por lo que es necesario detectar los moldes por los que difieren de la realidad y comprender las razones que conducen a ello.20 Es necesario contar, en definitiva, con una explicación alternativa al proceso de decisiones que aporte un cuadro más amplio y coloreado de matices que permitan ahondar también en el estudio de las relaciones internacionales. Siguiendo de
