Desastre

Niall Ferguson

Fragmento

Introducción

Introducción

Mas ¡bien estás comparado conmigo!

Es el presente tu único enemigo:

pero, ¡ay!, ¡yo miro hacia atrás y veo, amigo,

un sombrío camino!

Y, si miro adelante a oscuras sigo,

porque miedo me da cuanto adivino.

ROBERT BURNS, «A un ratón de campo»[*]

CONFESIONES DE UN SUPERCONTAGIADOR

Parece ser que jamás en toda nuestra vida ha existido un momento de mayor incertidumbre sobre el futuro y mayor ignorancia con respecto del pasado que el actual. Muy pocos fueron, a principios de 2020, los que entendieron de verdad la importancia de aquellas noticias sobre un nuevo coronavirus que nos llegaban de Wuhan. La primera vez que hablé y escribí públicamente sobre la probabilidad, cada vez mayor, de que se desatara una pandemia global, el 26 de enero de 2020,[1] se me tildó de excéntrico (en concreto, lo hicieron la mayoría de los delegados del Foro Económico Mundial de Davos, los cuales parecían vivir ajenos al peligro). En aquel momento la creencia general, sostenida desde Fox News hasta The Washington Post, era que para los estadounidenses el coronavirus no representaba una amenaza mayor que la de cualquier ola de gripe invernal. El 2 de febrero escribí: «Estamos asistiendo hoy, en el país más poblado del mundo, al desarrollo de una epidemia que tiene muchas posibilidades de convertirse en una pandemia global [...]. El reto está [...] en resistirnos a ese extraño fatalismo que a la mayoría nos lleva a no cancelar los viajes que tenemos planeados y a no querer usar las incómodas mascarillas, aunque haya un peligroso virus propagándose de manera exponencial».[2] Cuando ahora releo estas frases, las entiendo como una confesión velada. En enero y febrero estuve viajando sin parar, y así llevaba gran parte de los últimos veinte años. En enero tomé una serie de aviones: de Londres a Dallas, de Dallas a San Francisco y, de allí, a Hong Kong (8 de enero), Taipéi (10 de enero), Singapur (13 de enero), Zúrich (19 de enero), de nuevo a San Francisco (24 de enero) y, después, a Fort Lauderdale (27 de enero). Me puse una mascarilla un par de veces, pero me resultaba insoportable llevarla puesta más de una hora y me la quitaba. Durante el mes de febrero, viajé en avión casi con la misma frecuencia, pero menos lejos: a Nueva York, Sun Valley, Bozeman, Washington D. C. y Lyford Cay. Es posible que el lector se pregunte qué clase de vida era esa; yo solía decir en broma que el circuito de charlas y conferencias había hecho de mí un «hombre de historia internacional». Solo después llegué a darme cuenta de que es muy probable que yo fuera uno de esos «supercontagiadores» cuya hiperactiva agenda de viajes estaba haciendo que el virus se propagara, desde Asia, por el resto del mundo.

Durante la primera mitad de 2020, mi columna periodística semanal se convirtió en una especie de diario de la peste, aunque no mencioné ni una sola vez el hecho de que durante la mayor parte de febrero estuve enfermo, con una molesta tos que no conseguía quitarme de encima. (Para conseguir dar mis charlas, recurría en buena medida al whisky). «Preocupémonos por los abuelos —escribí el 29 de febrero—; la tasa de mortalidad entre las personas de ochenta años está por encima del 14 por ciento, mientras que entre los menores de cuarenta es casi cero». Omití las cifras, menos tranquilizadoras, relativas a la población de hombres asmáticos mayores de cincuenta. También me callé que había ido al médico dos veces y me había dicho que —como ocurría entonces más o menos en todo Estados Unidos— no había disponibles pruebas de detección de la COVID-19. Todo lo que yo sabía era que se trataba de algo grave, y no solo para mi familia y para mí:

Quienes dicen alegremente «esto no es peor que una gripe» [...] no entienden su importancia [...].

Está rodeado de incertidumbre porque es muy difícil detectarlo en sus primeras fases, momento en el que muchos de los portadores son contagiosos y asintomáticos. No sabemos con certeza cuántas personas lo tienen, por lo que no conocemos exactamente ni su ritmo de reproducción ni su tasa de mortalidad. No hay vacuna ni tampoco cura.[3]

En otro artículo, publicado en The Wall Street Journal el 8 de marzo, dije lo siguiente: «Si Estados Unidos llega a tener, proporcionalmente, la misma cantidad de casos que Corea del Sur, alcanzaría pronto los 46.000 contagiados y más de trescientos fallecidos. Tendríamos 1.200 muertos si la tasa de mortalidad resulta ser tan alta como la de Italia».[4] En aquel momento, el total de casos confirmados en Estados Unidos era de solo 541; el de fallecidos, veintidós. Solo dos semanas después, el 24 de marzo, superamos los 46.000 casos y el 25 de marzo, las 1.200 muertes.[5] El 15 de marzo señalé: «El aeropuerto John F. Kennedy estaba ayer atestado de gente haciendo lo que las personas hemos hecho desde tiempos inmemoriales cuando azota la peste: huir de la gran ciudad (y propagar el virus) [...]. Estamos entrando en la fase de pánico de la pandemia».[6] Ese mismo día, junto con mi mujer y mis dos hijos pequeños, viajé en avión desde California hasta Montana. Llevo ahí desde entonces.

Durante la primera mitad de 2020 no escribí ni pensé sobre muchas otras cosas. ¿Por qué esta preocupación acuciante? La respuesta es que, aunque soy especialista en historia económica, siempre me ha interesado mucho el papel que ha desempeñado la enfermedad en el transcurso de la historia, desde que (cuando hacía el doctorado, hace más de treinta años) estudié la epidemia de cólera que azotó Hamburgo en 1892. El meticuloso y detallado estudio elaborado por Richard Evans sobre dicho episodio me descubrió la idea de que el alcance de la mortalidad causada por un patógeno letal refleja, en parte, el orden social y político al que ataca. Lo que ocasionó la muerte de tantas personas en Hamburgo, afirma Evans, fue la estructura de clases en igual medida que la bacteria Vibrio cholerae, porque el férreo poder que ejercían los dueños de inmuebles de la ciudad fue un obstáculo inamovible para la mejora de los anticuados sistemas de alcantarillado y canalización del agua. La tasa de mortalidad entre las clases pobres fue trece veces mayor que entre los ricos.[7] Durante la investigación que realicé para escribir The Pity of War, algunos años después, me sorprendió descubrir que las estadísticas indicaban que la deba

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