México. Mirando hacia dentro. Tomo 4 (1930-1960)

Varios autores

Fragmento

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Cultura mexicana

Durante el periodo de 1930 a 1960, el nacionalismo fue la guía fundamental de la cultura mexicana. Sin embargo ya desde los años veinte y treinta, pero sobre todo a partir de la II Guerra Mundial y con creciente vehemencia durante los años cincuenta, una importante vertiente favorable a modelos norteamericanos se advirtió en distintos ámbitos nacionales. Las dos vertientes, la constante afirmación de valores propios y la muestra incesante de las posibles aportaciones mexicanas, ya fueran indígenas, tradicionales o contemporáneas, a la cultura universal, definieron las principales manifestaciones artísticas y humanísticas del país. Una oferta que trató de satisfacer a un público local y foráneo, consumidor de recursos culturales principalmente locales y orientó el quehacer de artistas, literatos, músicos, cineastas, humanistas y científicos en general. La emergencia vigorosa de los medios de comunicación masiva, principalmente la prensa, la radio, el cine y eventualmente la televisión, en clara alianza con los grupos políticos y económicos que se consolidaban en el poder, desempeñaron un papel determinante en la construcción y difusión de la cultura mexicana de esta primera mitad del siglo XX.

La consolidación del nacionalismo cultural surgido de la Revolución Mexicana se manifestó en múltiples vertientes, desde la novelística hasta los estudios psicosociales, desde las danzas folclóricas hasta las museografías, desde la continuación del muralismo surgido en la década anterior hasta la música popular. La novela de la revolución siguió dando frutos relevantes a lo largo de los años treinta tales como Tropa Vieja, de Francisco L. Urquizo publicada en 1931, o El resplandor, de Mauricio Magdaleno, que vio la luz pública en 1937. En manos de Diego Rivera, a través de su labor en diversas instituciones norteamericanas, entre polémicas y de compromiso, el muralismo continuó mostrando su vigor; José Clemente Orozco concluyó varias obras maestras durante estos años: murales monumentales de la Universidad, el Palacio Nacional y el hospicio Cabañas en Guadalajara, y la biblioteca pública Gabino Ortiz, de Jiquilpan, Michoacán. Carlos Chávez y Silvestre Revueltas demostraron en esa década el ánimo del nacionalismo musical con magnas piezas como La sinfonía india del primero y La noche de los mayas del segundo. Obras de gran envergadura que se preguntaron por una especie de «esencia» nacional, llamada «mexicanidad» o «lo mexicano» con claros visos de identidad y grandilocuentes, capaces de ser manipulados por los gobiernos en turno, y piezas monumentales que pretendieron resumir la «Marcha de la Humanidad» vista desde México, contrastaron con otras aportaciones más modestas que analizaron las cotidianidades rurales, recrearon los espacios humildes y se ocuparon de manifestaciones tradicionales de grupos étnicos en «zonas de refugio».

La cultura mexicana fue protagonista en exposiciones internacionales y en numerosas ocasiones reveló la grandeza de las civilizaciones prehispánicas y la vitalidad de la escuela revolucionaria de pintura mural y sus secuelas. La literatura y las humanidades pretendieron convertirse en vanguardias latinoamericanas mientras la industria cinematográfica se erigió en un magno exportador de estereotipos rancheros y urbanos, de cómicos y canciones populares, de madres abnegadas y padres irresponsables, de rumberas y orquestas tropicales. Dirigidas principalmente al consumo interno, aunque sin desdeñar los mercados internacionales, las expresiones culturales mexicanas ganaron prestigio local y mundial, gracias al paulatino impulso de los medios de comunicación claramente vinculados a un proyecto de modernización relativamente exitoso que se conoció como el «desarrollismo estabilizador». Así la cultura de la «mexicanidad» y una supuesta prosperidad económica local corrieron de la mano, expandiendo en sus espacios de difusión el renombre y las múltiples representaciones de un pueblo que aparecía orgulloso de sí mismo, de su pasado, su presente y su porvenir.

Tanto en el mundo de la academia como en el de la cultura vernácula, el nacionalismo impulsó una corriente de creación y pensamiento que pretendió reivindicar a un México grande, altivo y espectacular. En la arquitectura y la ingeniería encontró una dimensión benevolente cuando los últimos gobiernos militares y los primeros regímenes civilistas blasonaban sus parabienes a la hora de mostrar al mundo la Monumental Plaza de Toros de México, el gigantesco cine Estadio, la flamante Ciudad Universitaria o el edificio más alto del subcontinente, la Torre Latinoamericana, en un país cuyo desarrollo económico prometía un crecimiento anual por lo demás envidiable.

Sin embargo había quienes, como el historiador Edmundo O’Gorman, opinaban que el florecimiento de la cultura mexicana podía testimoniarse también en otras dimensiones. En 1960, al celebrar los 50 años de la Revolución Mexicana, refiriéndose al propio análisis del pasado y a la proyección hacia el futuro de los estudios históricos y humanísticos mexicanos, dijo:

Ese avance se registra en otras obras menos espectaculares y menos aplaudidas y difundidas por la extrañeza que provoca su moderna orientación filosófica, pero en las cuales hay un intento muy serio de comprender nuestro pasado a la luz de la noción de ser mexicano como una posibilidad siempre abierta, siempre en trance de realización […]

El mexicano y su ser

La búsqueda del «ser mexicano» se había emprendido desde los años revolucionarios y llevaba un tiempo nutriendo confrontaciones y debates. Tal vez una de las más célebres se suscitó justo en los inicios de la década de 1930 y tocó sobre todo al mundo literario. Esta polémica fue protagonizada de un lado por escritores con claras tendencias nacionalistas como Ermilo Abreu Gómez, Héctor Pérez Martínez, José Rubén Romero y Carlos Gutiérrez Cruz y del otro por el grupo conocido como Los Contemporáneos, una especie de «archipiélago de soledades» integrado por Jaime Torres Bodet, Jorge Cuesta, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Carlos Pellicer, José Gorostiza, Agustín Lazo, Elías Nandino y Gilberto Owen, entre otros, capitaneados sin demasiado protagonismo por Alfonso Reyes y Genaro Estrada. La disputa parecía revivir las viejas confrontaciones entre criollistas y cosmopolitistas, o si se quiere, entre nativistas y universalistas, de larga trayectoria en la cultura mexicana. Mientras los primeros reivindicaban los materiales, los temas y el lenguaje mexicanista al servicio de un compromiso social muy en boga en aquellos primeros años treinta, los segundos se identificaban más con las vanguardias europeas del momento, que buscaban en el hermetismo y en la expresión personal sus profundidades y minucias. El debate tomó diversos cauces que confrontaron extremos y los mismos autores llegaron a referirse a la contienda intelectual como «la vanguardia contra el nacionalismo, el hermetismo contra el propósito social, el arte contra la realidad, o incluso el afeminamiento contra la masculinidad».

Esta discusión entre lo nacional y lo extranjerizante trascendió el ámbito literario y tocó múltiples áreas culturales que iban desde la pintura a la música, pasando desde luego por la filosofía y otras letras escritas como el periodismo y el ensayo; también llegó a expresarse en algunos medios como la radio y el cine. Pero más que un desacuerdo irreductible, el debate mostró, sobre todo, que existía una búsqueda semejante en las diversas tendencias literarias y artísticas que participaron en la misma; a saber: se quería encontrar una expresión adecuada para el México posrevolucionario, que poco a poco lograba forjar expresiones culturales propias. La polémica tuvo entonces un tono fundacional, puesto que ahí se forjaron los cimientos de una literatura y un arte puntualmente acordes con el México de entonces, capaces de abrevar en su pasado y su presente pero también expuesto a las influencias foráneas.

Al inicio de los años treinta el nacionalismo manipulado por las élites políticas y económicas también conoció algunos excesos. La organización de semanas y eventos públicos con fuertes cargas reivindicativas de lo propio fue encabezada por el débil gobierno de Pascual Ortiz Rubio. Con semanas nacionalistas y festivales de la «mexicanidad» se intentaban paliar las consecuencias de la crisis económica recién vivida en los mercados bursátiles occidentales. También se pretendía incluir al país en una corriente de pensamiento que se estaba poniendo en boga a través de los nuevos usos de los medios de comunicación y la propaganda: el nacionalismo corporativista totalitario, ya fuera conservador, fascista o socialista.

Desde los poderes ejecutivos y legislativos, tanto locales como federales, se lanzaron consignas como «¡Consume lo que el país produce!» y no faltaron campañas para promover, de manera un tanto demagógica, la reactivación económica que incluía propaganda que lo mismo se mostraba a favor, por ejemplo, de sólo fumar cigarrillos mexicanos mientras se insistía en el compromiso gubernamental de impulsar el incipiente cine nacional frente a los embates de Hollywood. El régimen incluso llegó a pretender que el público mexicano, en pleno auge comercial navideño de 1930, sustituyese al occidental Santa Claus por un simbólico y prehispánico Quetzalcóatl bonachón, que hiciera las veces de portador de juguetes para los niños y las buenas intenciones de Año Nuevo.

Pero además de estas exageraciones, los ánimos culturales, al igual que los políticos, se encontraban en un proceso de radicalización que produciría severas divisiones en la propia sociedad mexicana del momento. La interpretación del pasado fue un campo privilegiado para mostrar esta fractura. Por un lado existía una visión reivindicativa del mestizaje que dio origen a los mexicanos, sin preocuparse mucho por la ponderación de las reconocidas vertientes iniciales: la indígena y la española; pero por otro estas dos raíces tenían sendos panegiristas que demostraban sus aficiones e intereses a favor de una u otra, negando

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