La vida es eterna

Mario Amorós

Fragmento

Presentación

Presentación

«Las canciones le brotaban como flores silvestres», escribió de Víctor Jara el periodista Luis Alberto Mansilla.1 Estas forman parte de la memoria de varias generaciones en Chile, España, Europa, América Latina y otros países. Después del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, y de su brutal asesinato cuatro días más tarde en el Estadio Chile (en circunstancias esclarecidas por la justicia chilena en los últimos años), adquirieron una dimensión diferente, puesto que su figura, como la del presidente Salvador Allende, pasó a representar universalmente el sufrimiento y la tragedia de su pueblo. Hoy perduran, las escuchamos, las cantamos, por su ternura, sensibilidad, autenticidad, por su vitalidad, su compromiso con la transformación de la sociedad, su canto al amor, la igualdad y la fraternidad. Por su belleza. Las compuso instintivamente, sin haber estudiado música, sin saber escribir las partituras; las interpretó con su guitarra con un estilo que evocaba el de la provincia de Ñuble, donde vivió sus primeros años.

«La vida es eterna en cinco minutos», nos susurró en la más universal de sus composiciones, «Te recuerdo Amanda», que creó durante una larga estancia en Inglaterra en 1968, conmovido por la separación de su esposa, Joan Turner, y sus hijas, Manuela y Amanda. Esta biografía, construida a partir de la documentación de doce archivos de seis países, testimonios y una amplísima bibliografía, comienza con el relato de su infancia en el mundo rural, una etapa en la que su madre, Amanda, cantora popular, le transmitió, como un tesoro, la devoción por la música folclórica.

El traslado con su familia a Santiago de Chile, cuando tenía unos diez años, sus estudios primarios y posteriormente de contabilidad, el internamiento en un seminario católico, el servicio militar en el Ejército, su ingreso en la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile y sus inicios en el mundo de la música (con el conjunto folclórico Cuncumén a partir de 1958) se relatan con detalle. Y también merecen una especial atención aquellos primeros años sesenta en los que se convirtió en uno de los grandes directores de escena del país, con obras como Parecido a la felicidad, Ánimas de día claro o La remolienda (escritas por su amigo Alejandro Sieveking y con la actriz Bélgica Castro en papeles protagónicos),2 con las que viajó a Argentina, Uruguay e incluso Cuba, donde en abril de 1960 conoció a Ernesto Che Guevara, a quien en 1967 dedicaría su canción «El aparecido».

A partir de 1965 cantó como solista en la legendaria peña de los Parra y empezó a grabar sus primeros discos, con una gran acogida. Junto con Patricio Manns, Isabel y Ángel Parra y Rolando Alarcón, fue protagonista del nacimiento y desarrollo de la Nueva Canción Chilena y, entre 1966 y 1969, dirigió el conjunto Quilapayún. A principios de 1970, ante la campaña electoral que finalmente llevaría a Salvador Allende a La Moneda, decidió relegar su actividad teatral y volcarse con su guitarra y sus canciones en el apoyo a la Unidad Popular, como militante de las Juventudes Comunistas (JJCC). La evolución de su vida y de su trabajo la «escuchamos» también de su propia voz, a través de las citas de numerosas entrevistas de prensa, muchas de ellas olvidadas hasta hoy, publicadas en Perú, México, Cuba, Uruguay y Chile.

De este modo, conocemos el origen y las motivaciones de sus principales discos (Pongo en tus manos abiertas, Canto libre, El derecho de vivir en paz, La población y el póstumo Manifiesto) y cómo participó y sintió la experiencia revolucionaria encabezada por Allende entre el 3 de noviembre de 1970 y el 11 de septiembre de 1973. «Víctor Jara, al igual que Violeta Parra, funde su vida con su oficio, es decir, no concibe su existencia sin aquel compromiso de ser voz de todos», ha escrito Patricia Díaz-Inostroza.3

El día trágico del golpe de Estado, cuando decidió ir a la Universidad Técnica; su detención el 12 de septiembre junto a centenares de estudiantes, empleados y profesores allí mismo, un recinto que fue cañoneado por los golpistas; su reclusión en el Estadio Chile y las brutales torturas que sufrió, así como las circunstancias de su cruel asesinato, se narran a través de una documentación excepcional: las más de trece mil páginas del sumario judicial abierto a raíz de la querella criminal presentada por su familia en agosto de 1999.

El 15 de octubre de 1973, Joan Turner y sus hijas partieron al exilio como tantas familias chilenas. Durante años, ella recorrió el mundo para denunciar la represión del régimen de Pinochet y convocar a la solidaridad, y lo hizo adoptando el apellido de su esposo, que figuraba en su pasaporte británico, su nombre ya para siempre, Joan Jara. Junto con Manuela y Amanda y los compañeros y amigos de Víctor Jara, ha sido parte de la lucha tenaz, indesmayable, contra la impunidad y por la memoria, la que finalmente ha rendido sus frutos: en junio de 2018, el magistrado Miguel Vásquez condenó a nueve exoficiales del Ejército por su asesinato y el de Littré Quiroga, penas ampliadas a fines de 2021 por la Corte de Apelaciones de Santiago. Para su cumplimiento efectivo, aún falta que la Corte Suprema vea la causa y resuelva acerca de los recursos de casación presentados por los abogados de los condenados.

A medio siglo de su muerte, cuando solo tenía cuarenta años, Víctor Jara es un artista y creador de dimensión universal.4 Joan Manuel Serrat, Raimon, Silvio Rodríguez, Mercedes Sosa, José Mercé, Quilapayún, Inti-Illimani, Illapu, Ana Tijoux, Isabel Parra, Ismael Serrano, Mon Laferte, Manuel García, Víctor Manuel y Ana Belén, Roger Waters, Nano Stern... han interpretado, con profundo cariño, las composiciones más representativas de su repertorio, que también cantan, en Chile y otros países, innumerables artistas menos conocidos, con idéntico respeto y reconocimiento hacia quien les inspira.

Y en las semanas finales de 2019, cuando Chile vivió una revuelta popular contra el modelo neoliberal impuesto a sangre y fuego por la dictadura del general Augusto Pinochet, en el corazón de una de las mayores manifestaciones ciudadanas de la historia nacional Víctor Jara apareció como un símbolo de dignidad, lucha y resistencia frente a la violencia represiva desencadenada por el Gobierno del presidente Sebastián Piñera.5 Fue entonces, en un país bajo estado de emergencia, cuando miles de personas cantaron, unidas, «El derecho de vivir en paz», la canción que en 1971 dedicara a la lucha heroica del pueblo vietnamita.

«Fue realmente emocionante», señaló Amanda Jara unos días después. «Yo le dije a mi mami: “Oye, mamá, el papi está ahí, lo está representando, él sí está ahí, en la calle. Está con todo el mundo en la calle...”».6 Como en tantos días luminosos y memorables, acompañó entonces a su pueblo, que le rendirá tributo de nuevo en septiembre de 2023, cuando se cumplan cincuenta años de la abyecta traición de los generales golpistas, medio siglo de la barbarie que acabó con su vida, pero no con su canto. Porque, como auguró en «Manifiesto», «Canto que ha sido valiente / siempre será canción nueva».

Capítulo I

EL LEGADO DE AMANDA

Víctor Jara creció acompañado de la guitarra de su madre. En las proximidades de Chillán, primero, y en Lonquén después, sus primeros diez años transcurrieron en el mundo rural como hijo de campesinos sin tierra. Tuvo una infancia marcada por el trabajo agrícola, el contacto con la naturaleza y un conocimiento intuitivo de la música a través del folclore campesino que interpretaba Amanda Martínez. También por la figura de un padre violento y autoritario que abandonó a la familia cuando esta se trasladó a vivir a Santiago de Chile hacia 1942. Allí, Víctor pudo concluir la enseñanza primaria e incluso estudiar contabilidad, pero el súbito fallecimiento de su madre, cuando tenía unos quince años, significó la disolución de la familia y una soledad profunda que le indujo a ingresar durante dos años en un seminario católico. Después de finalizar el servicio militar en 1953, fue admitido en el Coro de la Universidad de Chile para participar en el estreno de Carmina Burana en el Teatro Municipal, donde también descubrió la compañía de mimos de Enrique Noisvander, en la que participó durante un año, y donde vio bailar a una esbelta británica llamada Joan Turner. En abril de 1956, superó las pruebas de admisión de la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile.

Hijo de la tierra y del trabajo

Víctor Lidio Jara Martínez nació el 28 de septiembre de 1932, a las cinco de la tarde, en Santiago de Chile... no en las proximidades de Chillán, como se ha señalado casi siempre. Así consta tanto en los certificados de nacimiento y defunción expedidos por el Registro Civil en noviembre de 1990 para la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación como en el libro de inscripción de nacimientos de la circunscripción de Santiago del Registro Civil, trámite que su madre realizó el 14 de octubre de aquel año.1 En una entrevista de 1966, él mismo señaló que había nacido en la capital del país; sin embargo, en esa misma publicación contribuyó a la confusión duradera en torno a la fecha de su nacimiento, que durante mucho tiempo se situó en 1938, cuando respondió de manera telegráfica a una pregunta esquemática acerca de sus «datos personales»: «Chileno; nacido en Santiago hace aproximadamente 28 años, casado».2 En cambio, en una entrevista que concedió en 1972, indicó que fue Chillán su lugar de nacimiento.3

Vivió sus primeros años en un fundo de Quiriquina, un pueblo de la comuna de San Ignacio situado a unos cuatrocientos kilómetros al sur de la capital y a unos treinta de Chillán, en la región natal del prócer Bernardo O’Higgins, el gran pianista Claudio Arrau y Violeta Parra. Fue el cuarto de los seis hijos (María, Georgina, Eduardo, Víctor, Roberto y Adriana)4 del matrimonio formado por Manuel Jara, natural de la localidad de El Monte, y Amanda Martínez, originaria de Quiriquina y con algunos ascendientes de sangre mapuche,5 quien entonces tenía treinta años.6 «En el cuerpo de Chile, la provincia de Ñuble puede ser la cintura. Mediterránea, adherida a la cordillera de los Andes por el este (...). Es tierra de dos estaciones solamente y, por supuesto, tierra de terremotos. El invierno es contundente y puebla sus campiñas y colinas, sus bosques, sus ríos, sus montañas, con decisiva ferocidad. A veces la nieve desciende hasta Chillán, su capital», describió Patricio Manns en 1978.7

Vino al mundo en un momento de encrucijada en la historia de Chile del siglo xx. Tras la caída de la dictadura de Carlos Ibáñez del Campo en julio de 1931 y la sucesión de varios gabinetes de corta existencia, incluida la efímera República Socialista de junio de 1932, el triunfo del liberal Arturo Alessandri en las elecciones presidenciales del 30 de octubre de ese año clausuró casi una década de intervencionismo militar, autoritarismo y anarquía. Por fin la Constitución de 1925 entró en vigor y el país conoció un periodo de cuatro décadas de progresivo desarrollo político y estabilidad institucional que los generales golpistas destruyeron de manera dramática el 11 de septiembre de 1973. Por otra parte, Chile sufría entonces los efectos devastadores de la Gran Depresión tras el crack bursátil de 1929, que golpeaban a una economía basada en la exportación de cultivos de plantación y materias primas mineras, principalmente salitre y cobre.

A principios de aquel mes de septiembre de 1932, Salvador Allende, a sus veinticuatro años, estaba detenido y había sido sometido a una corte marcial por su participación como dirigente estudiantil en los sucesos de la República Socialista, lo que interrumpió la etapa final de sus estudios de Medicina en la Universidad de Chile y su internado en el hospital Carlos Van Buren de Valparaíso. En aquellos días su padre, Salvador Allende Castro, notario, estaba gravemente enfermo y obtuvo permiso para visitarlo antes de que falleciera en su hogar de Viña del Mar el 8 de septiembre.8 En el funeral hizo una promesa de hondo calado, según relató a Régis Debray en las primeras semanas de su mandato presidencial: «Hablé para decir que me consagraría a la lucha social...».9 En abril de 1933 participó desde Valparaíso en la fundación del Partido Socialista, en el que pronto empezaría una ascensión meteórica.

Por su parte, a fines de agosto, Pablo Neruda iniciaba sus funciones como jefe de la biblioteca del Ministerio de Trabajo.10 Con veintiocho años, había sido recibido en abril, al retorno de su etapa de un lustro en el cargo de cónsul en diferentes ciudades asiáticas, como un «gran poeta nacional» por la prensa y los círculos intelectuales. El autor de Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924) anhelaba desde hacía varios años la publicación de Residencia en la tierra, obra que vería por fin la luz en enero de 1933. En agosto de ese mismo año, regresaría al servicio exterior con su designación en Buenos Aires, donde pronto conocería, completamente fascinado, a Federico García Lorca, con quien se reencontró en Madrid el 1 de junio de 1934, a su llegada como diplomático a la España republicana.

Mientras tanto, en Valparaíso, Augusto Pinochet fracasaba estrepitosamente en los estudios. En 1932, a sus dieciséis años, no superaría el cuarto curso de la enseñanza secundaria en el colegio de los Sagrados Corazones, al reprobar las materias de Inglés, Francés, Castellano, Matemáticas, Ciencias, Física, Química y Dibujo.11 En marzo de 1933, en la última oportunidad de que disponía, fue admitido como cadete en la Escuela Militar y empezó una carrera en el Ejército que, de manera inopinada, se prolongó durante sesenta y cinco años.

Lejos de Viña del Mar, Santiago de Chile y Valparaíso, los primeros años de Víctor Jara transcurrieron en el medio rural, puesto que sus padres trabajaban como «inquilinos»; es decir, eran campesinos que vivían en un latifundio y que, a cambio de su labor durante todo el año, apenas recibían del patrón la cesión de una modesta vivienda (construida usualmente de adobe o madera), una pequeña chacra para procurarse los alimentos básicos y criar animales de corral, así como herramientas y aperos, junto con un salario ínfimo. Era una relación precapitalista, casi feudal, y marcadamente paternalista, resabio de los tiempos coloniales.12 El trabajo de tantas familias como la suya fue esencial para la explotación de las grandes haciendas que definieron el paisaje del valle central hasta la reforma agraria (1967-1973).13 Además, el sistema de inquilinaje contribuía a la pervivencia del latifundio y este, con sus redes caciquiles y clientelares, garantizaba el poder económico y político de los terratenientes, así como su prestigio social.14

En algunas ocasiones, Víctor Jara hizo referencia a la miseria en que creció, la explotación sufrida por sus padres y las privaciones materiales que padeció. La dureza del trabajo en el campo, de sol a sol, el frío que durante los largos inviernos se filtraba por los muros de su hogar, que carecía de luz eléctrica y agua potable, y la alimentación precaria marcaron aquellos años. «Cuando comíamos carne era una fiesta. Yo no sabía por qué, después supe», evocó en 1971.15 Muchas noches, su madre les cubría a sus hermanos y a él con el poncho campesino de su padre, el mismo tipo de prenda que utilizaría años después en tantos recitales.

Respecto a Manuel Jara, subrayó siempre su condición de trabajador de la tierra: «Mi padre me paseaba tardes enteras sobre el arado, mientras la tierra se abría en surcos para recibir la semilla».16 Precisamente, una de las primeras canciones que compuso fue «El arado», parte esencial del repertorio que a partir de 1965 ofreció en sus conciertos y que en sus primeros versos dice: «Aprieto firme mi mano / y hundo el arado en la tierra, / hace años que vivo en ella, / cómo no estar agotao».17

También en alguna ocasión dejó traslucir la tragedia que nubló su infancia: «Como en todos los hogares del pueblo el peor problema era el alcoholismo de los hombres y de eso sí que tengo un triste recuerdo».18 Fue a su esposa a quien relató aquel drama y la pena por una relación entre sus progenitores en la que faltó el amor e imperó la tensión desde los primeros años de su vida. La figura de un padre alcohólico y ausente, al principio solo durante periodos breves, cuando dejaba todas las obligaciones y el trabajo a su madre, fue lo más amargo de su infancia. «Solía volver borracho y agresivo, discutía con ella y la golpeaba», ha escrito Joan Jara. «Después de castigar también a los hijos, Manuel se sentaba a esperar que lo atendieran y alimentaran. Estas escenas de violencia familiar despertaron en Víctor un sentimiento de rencor hacia su padre, sentimiento que nunca le abandonó».19 Su canción «La luna es siempre muy linda» empieza así: «Recuerdo el rostro de mi padre / como un hueco en la muralla, / sábanas manchadas de barro, / piso de tierra, / mi madre día y noche trabajando, / llantos y gritos».

Amanda Martínez debía cuidar de la casa y los hijos, atender los cultivos familiares y los animales domésticos y posiblemente también cumplir labores de servicio doméstico en la casa patronal, como era la costumbre.20 Lo único que distinguía a aquella humilde familia era su instrumento musical. «En mi casa siempre había una guitarra porque mi mamá era cantora», explicó Víctor Jara el 17 de julio de 1973 en Lima, durante el concierto que ofreció ante las cámaras de Panamericana TV.21

Aquel niño creció escuchando las canciones de los campesinos, composiciones transmitidas de generación en generación por la tradición oral, surgidas para celebrar la vida y mitigar la muerte, aliviar el trabajo esforzado en las tierras ajenas, compartir el paso cadencioso de los días, la sucesión monótona de los años... Canciones aprendidas e interpretadas por su madre, quien recibía invitaciones para acompañar con su guitarra la alegría de las bodas o los bautizos, también la pesadumbre de los funerales, singularmente de tantos niños y niñas que fallecían a una edad temprana: «los angelitos».

Así, cuando en agosto de 1970 le preguntaron por «las raíces de su obra», afirmó que residían «en el canto del pueblo». «Desde que nací escuché cantar en Chillán. Mi madre era cantora (...). Después me desarrollé y adquirí mi propio lenguaje y personalidad».22 «Desde muy niño recuerdo haber tenido una vivencia muy fuerte de la música», expresó en junio de 1971.23 «Víctor Jara no llegó a la música campesina, nació en ella, más aún, nació de ella», subraya Jorge Coulon, uno de los fundadores de Inti-Illimani.24

En numerosas ocasiones, Amanda Martínez llevó consigo a su hijo a aquellos lugares donde aguardaban el sonido de su leal compañera de seis cuerdas, acompañado del timbre de su voz dulce y melodiosa, embellecida por una sonrisa amplia y radiante. «Me parece que nunca la molesté, me gustaba oírla cantar».25 Con profundo amor filial, escuchaba a su madre mientras los rasguidos de la guitarra acariciaban su alma y empezaban a forjar un conocimiento intuitivo del universo invisible y mágico de la música. «Era una mujer luchadora y valiente. Trató de engañarnos para que fuéramos felices. Fui un niño feliz gracias a ella».26 Amanda le transmitió los valores de sacrificio, tenacidad, constancia y trabajo que le permitirían cambiar el curso de su vida.

En octubre de 1964, Víctor Jara le daría el nombre de su madre a su hija recién nacida y en 1968 estampó el de ambas en el título de su canción más universal... en la que también aparece Manuel.

De Chillán a Lonquén

Hacia 1937, antes del sismo que devastó Chillán la noche del 24 de enero de 1939, Manuel Jara, Amanda Martínez y sus hijos se trasladaron a Lonquén, un núcleo rural perteneciente a Talagante (a unos cincuenta kilómetros al sur de Santiago), vecino de la localidad natal del cabeza de familia.27

A lo largo de 1938, Chile vivió una disputada elección presidencial que enfrentó al derechista Gustavo Ross y a Pedro Aguirre Cerda, candidato del único Frente Popular que se constituyó en América. El 25 de octubre, el ajustado triunfo de Aguirre Cerda, en cuya campaña tuvieron un papel relevante tanto el diputado Salvador Allende como Pablo Neruda (presidente de la Alianza de Intelectuales en Defensa de la Cultura), clausuró el largo siglo de hegemonía oligárquica e inauguró una década de gobiernos progresistas, mientras los Aliados enfrentaban y derrotaban la amenaza del nazifascismo en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial.

El Gobierno del Frente Popular marcó un viraje decisivo no solo en la economía nacional (con la creación de la Corporación de Fomento de la Producción y las políticas de industrialización), sino también en la evolución cultural, puesto que respaldó iniciativas muy importantes vinculadas a la Universidad de Chile, una de las instituciones más importantes del país, fundada por Andrés Bello en 1842. Así, en octubre de 1940, una ley creó el Instituto de Extensión Musical (IEM), que se financiaba con un impuesto al cine y los espectáculos y desde 1942 se integró a la Casa de Bello. Bajo sus auspicios se fundaron la Orquesta Sinfónica de Chile, el Ballet Nacional Chileno y el Coro de la Universidad de Chile, así como una moderna Escuela de Danza.28

Pero el incipiente desarrollo cultural quedaba muy lejos de Lonquén, donde Víctor Jara solo escuchaba las guitarras campesinas y la «música» permanente de la naturaleza, hija del viento, la lluvia y los animales. «Mis vivencias de esa época son claras y luminosas. Me acuerdo del cerro de la Pata del Diablo, adonde iba a cortar huilla y jugar con las culebras. Tenía mi mundo propio. Me perdía por horas jugando en los cerros, siempre me andaban buscando».29 Fue un niño solitario, retraído, que no solía participar en las actividades de los otros muchachos, sino que prefería observar los colores y formas de aquel horizonte infinito o atender a los sonidos del entorno.

Allí su padre continuó trabajando la tierra, entonces un pequeño terreno cerca de Melipilla que pertenecía a un individuo llamado Fernando Prieto,30 y vendía leche por la zona, mientras que Amanda Martínez trabajaba en el fundo Santa Elena. Manuel Jara era analfabeto... y aun así rechazaba que sus hijos acudieran al colegio para que se dedicaran a trabajar con él o ayudar en casa. Sin embargo, gracias a la insistencia de su madre, que sí poseía una instrucción mínima, entre 1938 y 1940 pudo ir al colegio público local (fundado en 1924), al que, al igual que otros muchos niños, acudía descalzo, a pata pelá, o provisto tan solo de unas rudimentarias ojotas.31 La denominada oficialmente Escuela Nº 269 de la provincia de Santiago carecía de bancos y tampoco tenía ventanas; era un simple galpón dividido en tres estancias sin luz natural, razón por la que a aquellos niños les llamaban «los topos».32 En cambio, los hijos de los patrones iban a la escuela parroquial, mucho mejor acondicionada.

De aquel tiempo en Lonquén evocó siempre, con singular emoción, las noches en que los campesinos se reunían a la luz de la luna, bajo un manto inmarcesible de estrellas, para proceder a la deshoja de las mazorcas de maíz apiladas por centenares. Y mientras los niños se rebelaban contra el sueño cuando avanzaba la madrugada, los mayores trabajaban y al mismo tiempo cantaban acompañados por las guitarras o relataban leyendas protagonizadas por personajes malignos. De su memoria, como de un manantial, brotaron siempre aquellos momentos entrelazados con la figura entrañable de Amanda. «Yo me acurrucaba mirando las estrellas y escuchando la guitarra», evocó en enero de 1971.33 «Recuerdo haberme quedado dormido en el regazo de mi madre escuchando a esa gente maravillosa», señaló en octubre de 1972.34

Además, durante algún tiempo sus padres arrendaron una habitación al maestro de la escuela parroquial, quien sabía manejar la guitarra y acostumbraba entonar melodías tradicionales. A una cierta distancia, conmovido y envuelto en un silencio profundo, Víctor le observaba.35

Aquella fue su vida hasta que se aproximó a los diez años: la escuela, las canciones de Amanda, las correrías en medio de la naturaleza; también tareas como recoger leña con sus hermanos mayores o el trabajo junto a su padre, a quien ayudaba en las duras faenas del campo con la rastra y el arado.36 Sin embargo, hacia 1942 su hermana María sufrió un grave accidente doméstico y tuvo que ser internada en un hospital de Santiago; por esa razón, Amanda Martínez se trasladó a la capital con sus hijos, mientras su esposo dejó de vivir con ellos.

En la gran ciudad

Como tantas otras familias, se instalaron en los alrededores de la Estación Central de ferrocarriles, la puerta de entrada desde el sur a una urbe que en aquellos años experimentaba un acelerado crecimiento demográfico: si el Censo de 1940 le otorgaba 952.075 habitantes, en 1952 alcanzaría 1.350.409.37 Inicialmente, se asentaron en alguno de aquellos campamentos marginales formados por casas de madera con suelo de tierra que brotaban en la periferia; frágiles viviendas que en invierno se hundían en el barro y en verano se abrasaban, desprovistas de las mínimas condiciones de dignidad. En 1971, Víctor recordó que vivían en «una mejora de piso de tierra» y que entonces compartía cama con algunos de sus hermanos: «Porque no había más hueco. Pero estábamos acostumbrados porque en el campo era igual».38

Su madre trabajó como cocinera en un restaurante y algún tiempo después pudo adquirir un negocio de comidas en la Vega Poniente, el centro de abastecimiento de productos agrícolas levantado en 1926 entre las vías del ferrocarril que mueren en la Estación Central y el Club Hípico, una ocupación que le obligaba a salir en la madrugada. Por su parte, él prosiguió sus estudios primarios en la Escuela Superior Francisco Javier Ruiz Tagle (hoy denominada Liceo Ruiz Tagle), situada en la calle Federico Scotto de la comuna de Estación Central, regida entonces por los Hermanos Catequistas del Santísimo Sacramento. La única información contrastada de su paso por aquel establecimiento es que en 1943 superó el quinto curso de la enseñanza básica con excelentes calificaciones en todas las materias (Catecismo, Historia Sagrada, Gramática, Ortografía, Redacción, Lectura y Recitación, Aritmética, Geometría, Historia, Geografía, Ciencias, Caligrafía, Dibujo, Solfeo y Canto y Gimnasia), a excepción de Trabajos Manuales.39

En sus aulas entabló amistad con un muchacho llamado Julio Morgado, quien recuerda las andanzas que compartieron: «Pasábamos el rato en la cancha de fútbol o nos reuníamos en alguna plaza. A Víctor ya le gustaba mucho cantar. A veces decía: “Chiquillos, ¿les canto?”. Y cogía el palo de una escoba haciendo ver que era una guitarra y se ponía a cantar canciones de Lucho Gatica o cuecas del folclore chileno. Era muy buena onda».40

A partir de entonces construyó una amistad entrañable con la familia Morgado, que se estrechó cuando se instaló junto con su madre y sus hermanos en Los Nogales, donde vivían. Esta población de la comuna de Estación Central, delimitada por las calles Arzobispo Subercaseaux, Hermanos Carrera, General Velásquez y Las Cañas en sus cuatro puntos cardinales, «nació» la mañana del 8 de enero de 1947 con la llegada de noventa familias procedentes de Barrancas, cuyo territorio hoy se divide entre las localidades de Pudahuel, Lo Prado y Cerro Navia.41

Su surgimiento remite a aquel proceso histórico del que la familia Jara Martínez fue parte: el éxodo hacia las grandes ciudades, singularmente Santiago, de campesinos de todo el país, que propició que ya a partir de los años cincuenta la mayoría de la población nacional fuera urbana. Familias que huían de las condiciones miserables de vida y de trabajo, expulsadas además por la incipiente mecanización de la agricultura y atraídas por la industrialización, para enfrentar la precariedad del mundo urbano que, al mismo tiempo y a modo de símbolo de la modernidad, refulgía como un horizonte de esperanzas. Familias, también, que se organizaron de manera comunitaria para luchar por mejorar su situación, con la influencia en el caso de Los Nogales de varios militantes comunistas llegados del Norte Grande. Escapaban de la represión desencadenada por el Gobierno del presidente Gabriel González Videla, quien en 1948 promovió la Ley de Defensa Permanente de la Democracia (conocida como la «Ley Maldita»), que proscribió al PCCh hasta su derogación en 1958, con episodios especialmente ominosos como el del campo de concentración de la caleta de Pisagua.

Algún tiempo después se trasladaron al barrio Pila del Ganso, vecino de Los Nogales y levantado a fines del siglo xix por soldados veteranos de la guerra del Pacífico y trabajadores ferroviarios. Se mudaron a una casona de la calle Jotabeche con varias habitaciones, una mejora sustancial de las condiciones de vida porque, por primera vez, tuvieron una vivienda digna. En su recorrido cotidiano por las calles adyacentes llegó, atraído por el sonido de la guitarra, hasta el umbral de la casa donde vivía un joven llamado Omar Pulgar, quien recordó que cuando practicaba con su instrumento, en muchas ocasiones se detenía en la puerta sin decirle nada, ni tampoco importunarle. Así un día tras otro, hasta que lo invitó a entrar y finalmente le propuso enseñarle. «Y, como el propio Víctor dijo,42 aprendió “de oído no más”».43

Pronto también debió de fijarse en las obras que en 1948 se iniciaron sobre las ruinas del teatro Politeama, destruido en 1941 por un incendio. En aquel solar, a espaldas del Portal Edwards, empezó a construirse un recinto polideportivo cubierto, diseñado por el arquitecto Mario Recordón, que no se inauguraría hasta el 14 de abril de 1969, con el nombre de Estadio Chile y capacidad para más de seis mil personas.

Después de concluir los estudios primarios, por deseo expreso de su madre, se matriculó en el Instituto Comercial Nº 2, situado entonces en el número 1071 de la calle Santa Rosa, para iniciar una formación de seis años en Contabilidad.44

Además, se integró en un centro cultural de Acción Católica que funcionaba en la iglesia de los padres redentoristas de la cercana calle Blanco Encalada. Fue consagrado como miembro de esta organización (fundada en Chile en 1931 fruto de un llamamiento de Pío XI)45 en una ceremonia en la que, tras escuchar misa y recibir la comunión, otros jóvenes y él se dirigieron al centro del altar para recibir un escudo de bronce con una cruz en la que estaban grabadas las iniciales AC.

Arnaldo Guerrero, uno de sus compañeros en aquel espacio, lo recuerda como un joven proclive a la meditación tras las oraciones diarias y con una personalidad en la que convivían la alegría y una cierta melancolía. Señaló, además, que sus hermanos y él eran llamados «los Charaguas», apelativo heredado de su padre, conocido como «el Charagua», posiblemente porque en su labor de vender leche tenía la picardía de añadirle agua a fin de disponer de una mayor cantidad. Asimismo, destacó sus cualidades innatas: «A pesar del origen rural de su familia, Víctor estaba dotado de una serie de condiciones poco comunes, una dentadura perfecta, una sonrisa cinematográfica, que no tenía relación con la vida dura que había llevado. Se veía un niño guapo, con el pelo rizado y un rostro bien armonioso. Pero por encima de su físico, lo que destacaba en Víctor era una predisposición extraordinaria para lo artístico». Por ejemplo, mencionó su capacidad para imitar el vuelo de las aves o de las mariposas a través de movimientos en los que agitaba todo su cuerpo.

La participación en Acción Católica le permitió una primera aproximación a la actividad cultural, puesto que con cierta frecuencia en el auditorio de una parroquia de la calle San Alfonso representaban fragmentos de o

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