Introducción
Virgilio Fernández del Real entró por la puerta de mi piso de Madrid en silla de ruedas, vestido tan teatralmente como siempre. Una capa salmantina gruesa, negra y granate le envolvía la parte superior del cuerpo y le evitaba así el frío de marzo. En la boina negra llevaba clavada una cinta con las franjas roja, gualda y morada de la ya extinta Segunda República y un emblema con los mismos colores y el símbolo triangular de las Brigadas Internacionales. Una poblada barba blanca, ojos azules y cejas blancas y tupidas ocupaban gran parte del espacio libre entre la boina y la capa. Al verlo, de entrada, la gente reaccionaba de formas diferentes. Algunos veían en él una especie de dignidad severa; otros, a un adorable abuelo. En cualquier caso, causaba sensación.
Sin embargo, ese día de marzo de 2018, Virgilio era una sombra del vigoroso nonagenario que había conocido apenas tres semanas antes. Tenía un aspecto pálido, dolorido y apático. Dos semanas enfermo y en el hospital debilitan a cualquiera, pero mucho más a los 99 años. Le había ofrecido un lugar donde recuperarse de las secuelas de una infección vírica hasta que se sintiera con fuerzas para volver a su casa de México, pero, a pesar de las palabras siempre tranquilizadoras de su esposa, Estela Cordero, me entró el pánico de que no fuera a recuperarse nunca. A la mañana siguiente, Virgilio, vestido con ropa de andar por casa de color rojo intenso, seguía pálido, pero cuando me ofrecí a prepararle el desayuno, me pidió que le friera dos huevos con chistorra. Estaba claro que se encontraba mejor.
Virgilio venía de Guanajuato, una pintoresca ciudad con abundantes restos de la época colonial y famosa por sus minas de plata, que formaban una red de túneles bajo la localidad en la empinada ladera de un valle fluvial. Este pediatra jubilado tenía su domicilio en una hacienda restaurada de la época colonial, con un jardín cerrado lleno de plantas exóticas. En la actualidad, funciona como centro de arte, con el nombre de su difunta primera esposa, la artista canadiense Gene Byron. Durante la década anterior, Virgilio había regresado a Madrid cada año, más o menos, en respuesta a la llamada de quienes pretendían recordar a los más de 35.000 voluntarios extranjeros que vinieron a España a luchar en una guerra que enfrentó a las tropas y armas de los fascistas —que Hitler y Mussolini proporcionaron al general reaccionario Francisco Franco— contra los defensores de la República democrática. Para algunos, Virgilio era un héroe. La cola de gente que desfiló por nuestra cocina para rendirle homenaje en los días posteriores fue impresionante. Para otros, en cambio, en mi barrio conservador, donde una arraigada desconfianza hacia la izquierda se ha transmitido de generación en generación, era una especie de viejo demonio.
Al cabo de algo más de un año, en mayo de 2019, Virgilio me envió un mensaje después de que en las elecciones municipales de Madrid los conservadores se hicieran con la alcaldía gracias al apoyo de un nuevo partido de derecha radical, Vox. «Tenemos que demostrar que somos la inmensa mayoría, y esos fascistas, que se vayan preparando para irse a tomar por culo», dijo. Virgilio, que ya era centenario y seguía confesándose comunista, no había perdido ni un ápice de la pasión política que lo había llevado a unirse con 18 años a las Brigadas Internacionales como anestesista ad hoc.
A principios de ese mismo mes yo tenía previsto visitar a Geoffrey Servante, el único brigadista británico que quedaba con vida, en su casa de retiro en el Bosque de Dean. La experiencia española de Servante comenzó en el verano de 1937 con una apuesta en un pub del Soho londinense, donde oyó a alguien decir que ya no era posible enrolarse en las Brigadas Internacionales. Le dijeron que la política de apaciguamiento con respecto a los fascistas (enmascarada como de «no intervención» en la Guerra Civil española) había obligado a los franceses a cerrar la frontera terrestre con España mientras los buques de guerra de Gran Bretaña y otros países patrullaban las costas. «Te apuesto cien libras a que lo consigo», intervino Servante, exmiembro de la Marina Real británica, educado en los jesuitas y apolítico. En efecto, burló el bloqueo.
A diferencia de los voluntarios británicos que murieron (una quinta parte)[1] y de un número considerable de heridos, Servante resultó ileso.[2] Su pequeña unidad de artillería, de hecho, no participó en grandes batallas y las historias que contaba indican que para él España fue más que nada una aventura. Puede que para él todo en este mundo lo fuera: en las fotografías de la época, luce en el rostro una sonrisa pícara, pero también en otras más recientes. Sin embargo, Servante no llegó a cobrar el dinero de la apuesta, ya que el hombre con quien la hizo murió antes de que él regresara a Inglaterra. Yo acababa de obtener el correo electrónico de la hija de Servante y estaba escribiéndole un mensaje cuando introduje el apellido de la familia en un buscador de internet para comprobar cómo se escribía (se parece mucho al apellido español Cervantes, pero figura en los registros de la zona del Bosque de Dean desde hace siglos). Así fue como me enteré de que Servante había muerto dos semanas antes, a los 99 años. Ya había hablado con otros brigadistas de Gran Bretaña, Estados Unidos y otros países —y siempre me impresionó la intensidad con que recordaban su experiencia—, pero me entristeció particularmente no haber llegado a hablar con Servante. Era una de las pocas voces supervivientes que encajaba sin lugar a dudas con el tipo al que los brigadistas más comprometidos políticamente —a los que algunos apodaban «los del cien por cien»— tachaban de «aventureros». Los «aventureros» no se tomaban su vivencia tan en serio, y aunque apenas tengamos noticias suyas, es probable que fueran más numerosos de lo que imaginamos.
Virgilio no regresó a España. En noviembre de 2019 me envió un vídeo en el que, con voz jadeante, lanzaba una especie de proclama final: «Cumpliré 101 años el 26 de diciembre», decía, para luego reivindicar unas condiciones laborales justas para los empleados domésticos en México y exclamar: «¡Viva la República española!». No llegó a celebrar dicho cumpleaños: murió cuando solo le faltaban nueve días. «Lo abrazo y es como si aún estuviera aquí, pero lejos al mismo tiempo», escribió Estela en un mensaje enviado a los quince minutos de su muerte.
En la actualidad, solo nos consta que sigan vivos otros dos veteranos de las Brigadas Internacionales, residentes en Francia y en España (ya que las Brigadas, en una parte de su historia que la mayoría pasa por alto, también reclutaron soldados en este país, y Virgilio —nacido en Larache, Marruecos, en 1918— fue uno de los primeros españoles en incorporarse a ellas, tras lo cual se convirtió en uno más de la diáspora de exiliados republicanos al término de la guerra). Incluso puede que ya no estén con nosotros cuando esta historia llegue a manos de los lectores, lo cual, en cierto modo, supone cierto alivio: nadie podrá sentirse ofendido o con ganas de discutir, y eso que los brigadistas eran un grupo que se distinguía por su fuerza de voluntad y su carácter polémico. Por eso también es un buen momento para escribir sobre ellos. Aparte de su relevancia histórica, merecen ser recordados no solo por aquellos que simpatizan con su ideología política, mayoritariamente de izquierdas, sino por cualquiera que crea que las democracias occidentales tenían razón al luchar contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial. El gran senador republicano y veterano de Vietnam John McCain —que no tenía nada de izquierdista radical— señaló, poco antes de morir en 2018, que muchos brigadistas «habían ido solo a luchar contra los fascistas y a defender una democracia. […] Siempre he admirado su valor y su sacrificio».[3]
La guerra suele ser binaria. Se gana o se pierde, sales vencedor o vencido. Por lo general, solo hay dos bandos, lo que obliga a elegir entre rivales a menudo imperfectos. Los voluntarios que se alistaron en las Brigadas Internacionales formaron una verdadera torre de Babel, una cacofonía de lenguas de todo el mundo. Todos los países de Europa y América, excepto algún que otro archipiélago o Estado insular, estaban representados, sin predominio de nacionalidad alguna. Más de la mitad de los voluntarios extranjeros eran comunistas y sus partidos nacionales, bien estructurados, fueron decisivos en la organización y el reclutamiento. Sin embargo, esto no define a los brigadistas. Los voluntarios no juraban lealtad a la causa comunista. Tampoco se les debe llamar «ejército de la Comintern» a secas, insinuando con ello que recibían órdenes de Moscú a través de la Internacional Comunista, aunque esta supervisara tanto la creación como la organización de las Brigadas. Políticamente, los brigadistas se veían como algo parecido a la República que venían a defender: un Frente Popular amplio como los que los electores tanto de España como de Francia habían llevado al Gobierno. En sus filas había izquierdistas de todo tipo, centristas, un puñado de demócratas conservadores, católicos, protestantes, ateos, judíos practicantes o no, musulmanes y también aventureros agnósticos. Dado que engrosaron sus filas personas de China, Vietnam, Indonesia, Siria, Abisinia, Turquía y latinoamericanos de sangre europea, africana, nativa o mestiza, eran un grupo de lo más variado en cuestión de fe.[4] Tantos judíos llegados de todo el mundo nos brindan un relato alternativo al tradicional lamento por la pasividad de su pueblo ante la inminencia del Holocausto. En España lucharon a conciencia contra el fascismo, con valentía y destreza.
La mayoría de los brigadistas encajaban en una de dos categorías que se solapaban: los devotos y los desplazados. Los primeros estaban muy politizados, mientras que los segundos pertenecían a una diáspora de migrantes de primera o segunda generación en Europa y América que habían sufrido las dificultades del exilio económico o político. No se trataba solo de «buenas personas», como resulta evidente en esta historia. Eso es demasiado pedir a 35.000 soldados, por muy idealista que sea su misión. Abundaban los desertores y se mataba a los prisioneros. En sus filas hubo cobardes, psicópatas y violadores. Ese idealismo —que fue extraordinario en el aspecto racial (en el que, por ejemplo, por primera vez encontramos a negros estadounidenses al mando de soldados blancos) y en su afán de unir a la gente más allá de las fronteras nacionales y culturales— no lo abarcaba todo. El estalinismo estaba al acecho, y no solo entre bastidores. La homosexualidad era punible. Las mujeres eran despreciadas o maltratadas, entre otros, por el misógino jefe de las Brigadas Internacionales, André Marty. Las mujeres que se unieron a las Brigadas sirvieron en su mayoría en calidad de médicas, enfermeras, traductoras o propagandistas. La primera línea de combate estaba reservada casi en exclusiva a los hombres. Sin embargo, los escritos de estas mujeres y de otras observadoras suelen ser más reveladores que las obedientes memorias de los hombres que lucharon o que, en una organización obsesionada con su propio relato, fueron contratados para escribirlo. Separar la verdad de la ilusión y la propaganda es el mayor reto que debe afrontar cualquiera que investigue sobre las Brigadas Internacionales.
Aunque se las suele calificar de «ejército transnacional», nunca constituyeron un «ejército» independiente y autosuficiente, desde el punto de vista operativo, ni una unidad autónoma de ninguna clase, sino que proporcionaron unidades de choque al ejército republicano (y también unidades más reducidas de artillería, antiaéreas y médicas). La media docena de brigadas funcionaban como unidades distintas, de las que a veces se desgajaban algunos de los batallones que las constituían (de tres a seis), así como compañías más pequeñas, para incorporarlas temporalmente a brigadas o divisiones españolas. Dicho de otro modo, las Brigadas Internacionales constituían una unidad de reclutamiento, instrucción y administración, y a veces luchaban juntas, pero siempre a las órdenes del Gobierno de la República. En su punto álgido, contaban con más de 42.000 hombres, según consta en la documentación de los pagadores de diciembre de 1937.[5] Por sus filas pasaron unos 32.500 voluntarios extranjeros, tal como consta en los archivos de las Brigadas, mientras que el resto eran reclutas españoles como Virgilio, que en muchos casos se exiliaron después de la guerra. Sin embargo, teniendo en cuenta lo caótico de la documentación conservada en relación con los inicios de las Brigadas Internacionales, calculo que la cifra total de brigadistas extranjeros debió de ascender a 35.000.
A pesar de la avalancha de bibliografía de, o sobre, los brigadistas internacionales (una lista no exhaustiva incluye 2.317 libros en docenas de idiomas),[6] no se ha publicado un estudio a fondo del tema en inglés en los últimos cuarenta años.[7] Incluso en español, y con la excepción de Novedad en el frente, escrito en 2006 por Rémi Skoutelsky —excelente, aunque con una perspectiva francesa—, la edición de 1974 de Las Brigadas Internacionales de la guerra de España, de Andreu Castells sigue siendo el estudio más completo e imparcial. Casi todos los libros publicados sobre el tema se centran en experiencias individuales o en los voluntarios de una misma nacionalidad. Con posterioridad a la última fecha mencionada, hemos podido contar con una gran cantidad de fuentes primarias nuevas, sobre todo gracias a la apertura de lo que queda del propio archivo de las Brigadas en Moscú. Tengo la suerte de haber sido el primer historiador de las Brigadas con acceso ilimitado a este, ya que se puso a disposición del público una versión digitalizada del archivo antes de que yo empezara mis investigaciones, hace seis años. El presente libro ha utilizado a fondo el archivo, y muchos otros, en lugares a veces situados tan al este como Varsovia y tan al oeste como Stanford (California) para reconstruir su relato y reevaluar el papel y la influencia de las Brigadas, que van mucho más allá de España y de los años de la Guerra Civil.
Uno de los resultados de mi investigación es que el número de países que enviaron voluntarios debe revisarse al alza. La cifra que se suele dar es de 52, pero en los archivos de la Comintern se mencionan 65 países.[8] Y aunque cinco de ellos —Palestina, Armenia, Chipre, Etiopía y Puerto Rico— no eran estricta y totalmente independientes en aquella época, también es cierto que muchos de los estados soberanos actuales no existían o formaban parte de un mundo todavía dominado por los grandes imperios. La verdad es que en las Brigadas participaron hombres y mujeres de casi el 80 por ciento de los estados soberanos del mundo. Los voluntarios de los imperios suelen aparecer con la bandera de su metrópoli; así, por ejemplo, los argelinos, los vietnamitas y algunos marroquíes constan en la documentación como franceses. La media docena de voluntarios indios aparecen en su mayoría como británicos (aunque Gopal Mukund Huddar, de 35 años, de Nagpur, que usaba el nombre de guerra John Smith, también figura como procedente de Irak). El médico chino indonesio Tio Oen Bik figura entre los holandeses.[9] Los etíopes (entonces abisinios) mencionados por algunos brigadistas es de suponer que constaran como italianos. De hecho, la historia de los voluntarios negros va más allá de los estadounidenses y cubanos que suelen citarse, e incluye a Yvan Dinah, un estudiante de derecho francés de 23 años y comandante de batallón, oriundo de Martinica.
La nacionalidad de algunos voluntarios es imposible de precisar. ¿Quién es el «moro» solitario que entra en España desde Francia a finales de 1937? ¿Un mauritano, un marroquí o acaso el comunista palestino Najati Sidqi quien dijo que venía «a defender Jerusalén en Córdoba»? [10] ¿Dónde deberíamos colocar a los procedentes de la Ciudad Libre de Danzig, o de la Zona Internacional de Tánger? Si nos guiáramos por la geografía política actual, tendríamos que repartir a los voluntarios yugoslavos entre siete países distintos, o a los de Checoslovaquia entre dos. Entre los reclutas indios figuraban hombres como el doctor Ayub Ahmed Khan Naqshbandi, de Lahore, actualmente en Pakistán. No he podido determinar cuántos de los casi 200 voluntarios «rusos» en el exilio eran originarios de lo que hoy es Rusia y cuántos del resto de la Unión Soviética.[11] Los voluntarios procedían, pues, de 60 estados soberanos (o en su mayoría independientes) en 1936, y de más de 80 países actuales.
¿Cuántos murieron? A finales de marzo de 1938, cuando aún no se había puesto en marcha la carnicería de la batalla del Ebro, las Brigadas daban una cifra de 4.575 voluntarios extranjeros muertos, o sea, el 15 por ciento. La cifra total es mucho más alta, ya que otro 18 por ciento de los voluntarios había desaparecido en combate o tras desertar, y los muertos en la batalla del Ebro fueron entre el 10 y el 15 por ciento del total de fallecidos. De hecho, a esas alturas más de la mitad de los voluntarios ya estaban fuera de combate, ya que al 16 por ciento los habían repatriado (normalmente tras resultar heridos o no aptos) y el 7 por ciento estaban hospitalizados en España. Los estudios nacionales más fiables, en los casos de Francia, Canadá y Reino Unido, elevan el porcentaje de muertos hasta el 25 por ciento, según la nacionalidad. Mi cálculo final y conservador es que uno de cada cinco voluntarios murió y se convirtió, en palabras del panegírico de Hemingway a los estadounidenses caídos, en «parte de la tierra de España».[12]
Solo una categoría política y moral vale para casi todos los brigadistas: eran antifascistas. La elección binaria crucial para los extranjeros en la Guerra Civil española, en los tres años previos al estallido de la Segunda Guerra Mundial, era entre el fascismo y el antifascismo. En su momento, fue una elección explícita y evidente, ante el envío de tropas de Hitler y Mussolini en ayuda de Franco, y expresada a menudo en forma de temor por el futuro. Aunque pocos llegaran a imaginar en todo su horror dicho futuro, en la práctica se trataba de elegir entre la inminente agresión fascista de la Segunda Guerra Mundial, incluido el Holocausto, y su contrario más elemental: la ausencia de gobiernos fascistas, de genocidios y de guerras de superioridad racial en Europa. Como acabarían comprobando las democracias occidentales, para esta lucha hacía falta la ayuda de la Unión Soviética.
Para los españoles, la guerra fue un enfrentamiento mucho más complejo, alimentado tanto por la historia nacional como por la ideología. Ni Franco ni los generales que destruyeron la democracia española eran verdaderos «fascistas» de pura cepa. Su ideología híbrida era una mezcla de la intolerancia extrema de la España reaccionaria y privilegiada con el ceremonial de saludos a la romana y las nuevas ideas propugnadas por Mussolini y Hitler. Franco incorporó a los partidos fascistas y su ideología para cementar una amalgama de creencias políticas que de otro modo hubiera sido endeble y, algo fundamental, habría perdido la guerra sin la ayuda de las fuerzas armadas de Hitler y Mussolini.
Entre quienes reconocieron el carácter violento, peligroso y despiadado del fascismo español, de directrices totalitarias y en estrecha relación con los nazis y los fascistas italianos, estaba Franklin Delano Roosevelt.[13] Fue la Luftwaffe de Hitler la que, por orden personal del Führer, transportó en sus aviones a la fuerza de combate más potente y experimentada de España —el ejército de África, con sus encallecidos legionarios y mercenarios coloniales— a la Península. De lo contrario, el bando rebelde habría sido derrotado en semanas. Y luego, los cerca de 90.000 soldados bien entrenados que enviaron Hitler y Mussolini (el doble del total de brigadistas y otros voluntarios extranjeros que apoyaron la República) ayudaron a inclinar la balanza. Representaban dos tercios de una aviación que acabó dominando el espacio aéreo. Por eso no es de extrañar que, en el lenguaje común de los brigadistas, los demás republicanos y sus partidarios en el extranjero, el ejército de Franco fuera calificado de «fascista». La República, abandonada por las demás democracias, pidió el apoyo de la lejana y poco fiable Unión Soviética de Iósif Stalin.
Los dictadores utilizaron España para entrenar a los soldados, perfeccionar la estrategia, probar las armas y, sobre todo, ver hasta dónde estaban dispuestos a llegar en su política de apaciguamiento Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos. La lección más importante, desde luego, fue que estos países estaban dispuestos a llegar muy lejos. Los alemanes también comprobaron la genialidad de la Blitzkrieg y se convencieron de los beneficios tácticos del bombardeo de saturación de ciudades y de sembrar el terror entre la población. La Guerra Civil fue, en muchos sentidos, el primer enfrentamiento de la Segunda Guerra Mundial. Y, de hecho, la mayoría de los voluntarios la consideraron un «ensayo general» de la gran batalla contra el fascismo que la sucedió.
Con las experiencias recientes de Afganistán y Siria, ya no parece tan extraño que de pronto surjan ejércitos de «voluntarios» internacionales, por mucho que estos puedan divergir de las Brigadas Internacionales en sus orígenes e ideales. En los años treinta, sin embargo, solo podían compararse a las cruzadas. Al igual que en estas, las Brigadas Internacionales se formaron en una época en la que aún era raro que la gente viajara más allá de las fronteras de su país. Los que optaron por alistarse, pues, estaban haciendo algo que parecía extraño, aunque muchos ya fueran migrantes y algunos, marineros. Abandonaban puestos de trabajo, familias y un futuro asegurado (aunque algunos también huyeran del paro).
Los brigadistas fascinaron a sus contemporáneos, en especial a los testigos de una contienda cuyo impacto en el debate público mundial superó incluso el que tendría, al cabo de treinta años, la guerra de Vietnam. Escritores como Ernest Hemingway, André Malraux, George Orwell y John Dos Passos vinieron a admirarlos o a contribuir a la misma lucha. Así como España fue la experiencia más importante de la vida de muchos veteranos de las Brigadas Internacionales —para los que llegó a eclipsar su lucha posterior contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial—, también sirvió de inspiración de grandes obras de la literatura. La novela de Hemingway Por quién doblan las campanas, la Estética de la resistencia, de Peter Weiss, y —en otro sentido— el Homenaje a Cataluña, de Orwell, se inspiraron en las experiencias de los voluntarios extranjeros en España. La guerra en sí se convirtió, en palabras del poeta británico Stephen Spender, en «el centro de la lucha por el alma de Europa» y en «una guerra de poetas».[14]También fue aclamada como la primera «guerra de los fotógrafos», en la que figuras como Robert Capa y Gerda Taro se hicieron famosas y produjeron imágenes icónicas de los brigadistas. Grandes políticos e intelectuales del futuro, como el que sería canciller alemán, Willy Brandt, el primer ministro de la India independiente, Jawaharlal Nehru, o la filósofa francesa Simone Weil, también vinieron a mirar, aprender o participar.
Los brigadistas no se veían como personajes históricos, pero su influencia futura fue considerable. Dos de mis ejemplos favoritos provienen de Gran Bretaña, donde en 1974 un brigadista veterano, sir Alfred Sherman, era el apóstol del liberalismo económico de la futura primera ministra Margaret Thatcher, mientras que a otro, el líder del Sindicato de Trabajadores del Transporte (Transport and General Workers Union, TGWU), Jack Jones, las encuestas de la época lo consideraban «el hombre más poderoso de Gran Bretaña».[15] El último capítulo de este libro aborda su considerable importancia futura como luchadores de la resistencia y de los partisanos, espías, generales, jefes de policía, embajadores, políticos, ministros, presidentes de Gobierno y, sobre todo al otro lado del Telón de Acero, jerarcas comunistas. En ese sentido, fueron una cantera de élites tan potente como cualquier universidad de la Costa Este de Estados Unidos, Oxford o Cambridge en Gran Bretaña o las Grandes Écoles francesas.
Suele incluirse a los brigadistas entre los vencidos y no entre los vencedores, algo con lo que no estoy de acuerdo, porque no tiene en cuenta la causa por la que luchaban: la destrucción del fascismo mundial. Es cierto que Franco logró la victoria en el campo de batalla y se mantuvo en el poder como vengativo dictador de España hasta 1975. Nadie lo plasmó con tanta agudeza como W. H. Auden en su clarividente poema de 1937 España, que no solo vio la urgencia de «hoy la lucha», sino que también reconoció que «a los vencidos la Historia / puede ofrecer piedad pero no ayuda ni perdón». Ahora bien, los brigadistas tenían una perspectiva más amplia, de alcance planetario, de la lucha contra el fascismo. Siguieron combatiendo al estallar la Segunda Guerra Mundial a los cinco meses de concluir la guerra de España, y desempeñaron un papel fundamental en los movimientos de resistencia en toda Europa. La mayoría de los ciudadanos decentes del mundo occidental (y de muchos otros lugares) siguieron su ejemplo como antifascistas declarados, y la derrota de Hitler y Mussolini se convirtió en su victoria final. Desde luego, los voluntarios de las Brigadas Internacionales y demás extranjeros que defendieron la República española sin unirse a sus filas (algunos de los cuales también se mencionan aquí) pueden reclamar para sí la virtud moral de haber empezado la lucha antes de que los demás se dieran cuenta de que era necesaria.
Para impedir la propagación de una ideología destructiva o corruptora, lo primero que hay que hacer es identificarla como tal. Eso es exactamente lo que hicieron con el fascismo los hombres y mujeres que aparecen en este libro: empuñar las armas contra una ideología que más tarde asesinaría sistemáticamente a más de seis millones de judíos, así como a un número desconocido de gitanos, homosexuales, personas discapacitadas y otras, además de provocar una guerra mundial que se cobraría cincuenta millones de muertos, sin contar los de Extremo Oriente. Fueron los primeros que estuvieron dispuestos a jugarse la vida para detener el descenso al infierno. Eso no hace de ellos santos ni sirve de disculpa para las opciones políticas o actividades posteriores de algunos en la Europa central y del Este durante la dominación soviética, que también se abordan en este libro. Algunos individuos, desde luego, no superarían un mínimo examen de decencia o de afán de promoción de la libertad y la democracia. No nos engañemos. Pero es mejor dejar el veredicto final a la España libre y democrática que resurgió a finales de los años setenta tras la muerte de Franco. Una ley aprobada por todos los partidos en las Cortes en 1996 concedió a los veteranos de las Brigadas Internacionales la nacionalidad española, al tiempo que elogiaba su defensa de la democracia y les daba formalmente las gracias en nombre de toda la nación.[16] Es una buena manera de pasar a la historia.
Madrid, junio de 2020

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Bienvenidos a los Juegos
Barcelona, 19 de julio de 1936
Corría el verano de 1936 y Muriel Rukeyser, joven poeta y escritora estadounidense a la que enviaban por primera vez fuera de Estados Unidos o de Gran Bretaña como corresponsal de una revista, pasaba la noche en una habitación de hotel barata y sin ventanas de Perpiñán, en el sudeste de Francia. A primera hora de la mañana siguiente, tomó un tren hacia la frontera con España.[1] Después de hacer transbordo a otro con bancos de madera en la estación fronteriza de Port Bou, el 19 de julio de 1936, atravesó un paisaje de ondulantes campos de olivos y almendros. Destellos esporádicos de un azul brillante anunciaban la presencia del Mediterráneo a lo lejos. En ciudades y pueblos, de las ramas de los árboles en flor, colgaban niños que silbaban al paso del tren. Rukeyser, una joven de 22 años, alta, de rostro henchido y apasionada, anotó en su cuaderno una serie de breves impresiones telegráficas: alcornoques, olivos, campesinas en su vagón de tercera clase y, en todas partes, «política» y «discusión».[2] Cerca de donde estaba sentada, se encontraba Otto Boch, un joven ebanista alemán exiliado con «rostro de mirada bruegheliana, frente y ojos cuadrados, torso fuerte y también cuadrado […] caderas estrechas de velocista».[3]
Rukeyser entabló pronto una profunda conversación con Boch y otros pasajeros internacionales que viajaban en el tren, que iban desde un grupo de bailarinas inglesas, rubias oxigenadas que se disponían a actuar en Barcelona, hasta un director de cine de Hollywood y su cámara.[4] Le resultó útil que, antes de enviarla, su editor de la revista londinense Life and Letters Today le entregara una Guía de los 25 idiomas de Europa, ya que, aparte de los pasajeros españoles y franceses que eran de esperar, el tren estaba lleno de jóvenes deportistas suizos y húngaros que se dirigían a Barcelona, a unos Juegos Olímpicos alternativos, la llamada «Olimpiada Popular», que debían inaugurarse con un desfile a la luz de antorchas al atardecer de ese mismo día.[5] El libro de frases abarcaba desde el finlandés hasta el esperanto, pero constataron contrariados que no incluía el idioma de las poblaciones medianas y pequeñas por las que viajaban, el catalán.
El tren recorría un país donde las llamaradas ideológicas que pronto consumirían la Europa de Hitler, Mussolini, Stalin y quienes les temían amenazaban con estallar en cualquier momento. De hecho, el tren, que avanzaba traqueteando por el norte de Cataluña, fue disminuyendo gradualmente de velocidad hasta detenerse en la estación de la pequeña ciudad industrial de Montcada i Reixac, a 24 kilómetros de Barcelona, donde hicieron su aparición unos hombres armados. Algo pasaba en la ciudad. En una España ya acostumbrada a estallidos periódicos de violencia política, circulaban toda clase de conjeturas. ¿Una rebelión anarquista? ¿Un golpe fascista? ¿Una revolución comunista? Incluso hubo quien suponía que era un intento desesperado de sabotear la Olimpiada Popular.
La industrialización en España había progresado a ritmo renqueante y peculiar, junto con las pasiones políticas que conllevaba. En un siglo que pronto estaría dominado por los violentos enfrentamientos provocados por las ideologías casi religiosas de la izquierda y la derecha radicales, España también sirvió de campo de pruebas en el que todo podía estallar espontáneamente en cualquier momento. Un observador lúcido la compararía más tarde con un «reñidero». Aunque dicho observador se refiriese al enfrentamiento soterrado entre los españoles, su metáfora también sirve para describir España como un lugar al que los grandes ideólogos podían enviar a pavonearse y a luchar a sus paladines emplumados (así como a gallitos prescindibles, de menor envergadura) ante los ojos del resto del mundo, que, desde la barrera, apostaba por los ganadores.
Mientras Rukeyser, Boch y sus compañeros de viaje deportistas avanzaban por territorio español, Barcelona era un hervidero de rumores e intrigas. El gran puerto mediterráneo era una olla a presión de humanidad, desde su bien ordenado barrio de pescadores hasta la cuadrícula matemática de manzanas de pisos decimonónicos de la burguesía, pasando por las calles estrechas, engalanadas con ropa puesta a tender, de su centro gótico, todo ello rodeado, a su vez, de fábricas con grandes chimeneas y talleres textiles, que alternaban aquí y allá con pequeñas explotaciones agrícolas y lujosas mansiones que trepaban por las empinadas laderas de vegetación rala de las montañas circundantes. Parecía como si, debido a los efectos de la gravedad, el sistema nervioso central y la energía de la ciudad bajaran hacia su abarrotado casco antiguo y, tras pasar por las concurridas Ramblas, llegaran al puerto, el gran centro mercantil edificado sobre siglos de comercio por el Mediterráneo y su posterior expansión a Cuba y América Latina. Pero el puerto estaba paralizado por una huelga de estibadores.[6] El periódico matutino de la ciudad, La Vanguardia, publicaba otros avisos de los conflictos que se avecinaban: habían detenido a un grupo de anarquistas sospechosos de haber herido a tres guardias civiles en un tiroteo, mientras que en los domicilios de dos radicales de derechas habían requisado un arsenal de pistolas, fusiles y un sable. El Gobierno autonómico catalán, mientras tanto, se había visto obligado a desmentir que estuviera armando a milicias obreras contra la amenaza de un golpe militar.
Barcelona había crecido rápidamente a principios del siglo XX, y la Primera Guerra Mundial había impulsado el desarrollo de un país neutral encantado de proporcionar alimentos y combustible a unos contendientes que se mataban unos a otros por unas tierras o por orgullo nacional. Su estructura social era muy inestable. La alta burguesía rica y francófila se codeaba con una clase media de nacionalistas catalanes idealistas o chovinistas, mientras los anarquistas conspiraban para acabar con los dos grupos anteriores. La ideología ácrata, importada de Rusia a través de Italia, había atraído a las masas industriales de la ciudad, así como a los campesinos sin tierra y jornaleros de todo el país, lo que había convertido España en la capital mundial del anarquismo político. Inmigrantes con el respaldo roto de las partes más pobres del país lucharon para ganarse la vida entre las chozas y chabolas de la colina y las playas. Con la fuerza del comercio, Barcelona se jactaba de ser más cosmopolita que la lejana capital, Madrid, que se encontraba a 600 kilómetros de distancia, en el centro de la Meseta.
Era un verano relativamente benigno, pero incluso por la noche las temperaturas se mantenían tenazmente por encima de los 20 grados, mientras que la humedad diurna superaba un agobiante 65 por ciento.[7] Por la noche, cuando refrescaba, las Ramblas se llenaban de gente. Los cines proyectaban películas subtituladas de Hollywood, con Johnny Weissmüller en el papel de Tarzán de los monos, mientras que Clark Gable y Joan Crawford continuaban con su romance cinematográfico intermitente en Encadenada.[8] Esa tarde, el «Himno a la alegría» de la Novena sinfonía de Beethoven resonó en el Palau de la Música, una sala de conciertos modernista recubierta de intrincados ornamentos de cerámica esmaltada. El gran violonchelista catalán Pau Casals llevaba la batuta. Su orquesta sinfónica ensayaba para la ceremonia inaugural de la Olimpiada Popular, que se presentaba como alternativa a los inminentes Juegos Olímpicos de Berlín, que se iban a celebrar en agosto y que Hitler ya estaba preparando como ejercicio de propaganda de un envalentonado régimen nazi que había liquidado la democracia en Alemania en cuestión de semanas en 1933.
Al otro lado del océano Atlántico, un atleta estadounidense de raza negra, Jesse Owens, se entrenaba para los Juegos de Berlín en Cleveland (Ohio). Presionado por la comunidad internacional, Hitler había revocado la decisión de impedir la participación de negros y judíos en los Juegos. A principios de ese verano, dieron orden a la policía de Berlín de que retirara los carteles que decían: «No se admiten judíos» que habían proliferado desde que las Leyes de Núremberg de 1935 les habían privado de la ciudadanía alemana y habían prohibido a los judíos casarse con alemanes «puros». En Cleveland, el propio Owens no era ajeno a las leyes racistas. El año anterior había establecido tres récords mundiales de atletismo en el espacio de tan solo 45 minutos, una hazaña que probablemente permanecerá inigualada para siempre, pese a lo cual se veía obligado a comer en restaurantes «solo para negros» y a dormir en hoteles «solo para negros». Nadie sabía todavía que serían sus piernas, sus músculos y sus ágiles zancadas[9] los que ridiculizarían el sueño hitleriano de utilizar las Olimpiadas para demostrar la superioridad de la raza aria dominante. Pero la mayoría de los países del mundo hacían la vista gorda y permitían al Führer realizar sus delirios de grandeza, hasta el punto de que Rukeyser, a su paso por Londres, ya percibía «a Hitler en el ambiente, muy apreciado por muchos, [y] percibía a Mussolini».[10]
En marcado contraste, uno de los tres rostros que figuraban en el cartel oficial de la Olimpiada Popular era el de un atleta negro. Los organizadores solicitaron específicamente que el equipo de Estados Unidos incluyera a «deportistas negros», porque «estamos defendiendo el verdadero espíritu olímpico, que representa la fraternidad entre las razas y los pueblos. […] Nuestras Olimpiadas darán una oportunidad a las razas proscritas o discriminadas, como los negros, los judíos y los árabes».[11] Así pues, en el equipo de Estados Unidos figuraban Charles Burley, una joven promesa del boxeo negro de 19 años, campeón amateur, originario de Pittsburgh (49 peleas, 43 victorias, con 13 nocauts, y 6 derrotas) que se había negado a presentarse a las pruebas para el equipo olímpico de Estados Unidos en protesta por «la discriminación racial y religiosa en la Alemania nazi».[12] La sindicalista negra, velocista y vallista Dorothy DotTucker también cruzó el Atlántico con el equipo de diez personas.[13] Para entrenarse, vestidos con camisetas blancas de tirantes, Burley e Irv Jenkins, un peso pesado de la Universidad de Cornell, habían combatido en la cubierta del transatlántico que los llevaba a Europa, algo que resultaba insólito tanto en Estados Unidos como en Europa, donde las barreras de raza, educación y clase no solían saltarse de forma tan manifiesta.
El amigo alemán de Rukeyser, que pronto se convertiría en el amor de su vida, Otto Boch, así como los deportistas suizos y húngaros que los acompañaban en el tren, acudían a participar en un acontecimiento que debía comenzar ese mismo domingo por la tarde con una ceremonia de bienvenida a seis mil deportistas en el estadio situado en lo alto de la montaña de Montjuïc. El equipo británico formado para la ocasión se alojaba en un hotel del barrio chino de la ciudad, donde se concentraba la prostitución, cerca del puerto.[14] Dos londinenses del East End, del Clarion Cycling Club (cuyo agudo e irónico lema era «No tenemos nada que perder salvo las cadenas»), Nat Cohen y Sam Masters, habían cruzado Francia a golpe de pedal para participar como espectadores. En la ciudad, se habían incorporado a la organización de los Juegos numerosos jóvenes idealistas, entre los que había un puñado de extranjeros. Uno de los más llamativos era la periodista independiente neerlandesa Fanny Schoonheyt, alta y rubia, fumadora empedernida, de 24 años. Los voluntarios españoles contemplaban asombrados a la imponente Schoonheyt, que les parecía una estrella nórdica del celuloide.[15]
Para los barceloneses, los Juegos eran una oportunidad de conocer a gente nueva y aprender cosas de otras culturas. En Barcelona, las calles estaban empapeladas de carteles que anunciaban una «semana popular de deportes y folklore». La curiosa y a veces incompatible amalgama de radicalismo ideológico y de nacionalismo local de Cataluña hizo que los Juegos se convirtieran en una proclama internacionalista de solidaridad con la izquierda y, al mismo tiempo, en una celebración de la tradición regional. Algunas de las naciones más pequeñas, colonizadas o incluso inexistentes del mundo habían sido invitadas. Había selecciones de Alsacia, Argelia y Palestina, en representación de lugares donde, al igual que en el País Vasco y la propia Cataluña, la gente soñaba con ser independiente. También esperaban a selecciones de «marroquíes» y «judíos», según un folleto en el que se pedía a la población que les proporcionaran alojamiento.[16] El puño levantado, la delicada pero insulsa sardana y los castells catalanes, torres humanas construidas con personas encaramadas sobre los hombros de otras que desafían la gravedad, debían ser los símbolos de este abigarrado acontecimiento deportivo, en el que contaban con la participación incluso de cantores de yodel suizos, algunos de los cuales iban en el tren de Rukeyser.
En público, por lo menos, se trataba de recuperar los ideales de «juego limpio» y auténtica deportividad frente al uso beligerante e intimidatorio de las Olimpiadas por parte de Hitler. «El deporte es la guerra sin tiros», concluyó el escritor George Orwell, que apareció en la ciudad al cabo de unos meses, para denunciar la utilización cada vez más nacionalista del deporte.[17] Los detractores de la Olimpiada, que algunos visitantes llamaban la Espartaquiada, la denunciaban una y otra vez como una apoteosis del comunismo, el anarquismo, el separatismo…, o las tres cosas a la vez. «Mientras los comunistas y socialistas de todos los países se distraigan jugando a pelota, boxeando, nadando, hartándose de correr, podemos estar seguros de que no harán la revolución», se mofaba el periódico barcelonés conservador La Veu de Catalunya.[18]
Los hoteles estaban llenos, especialmente en los aledaños de la plaza de España, a los pies de Montjuïc, donde todavía se levantaban los grandes edificios construidos para la Exposición Internacional de 1929. Los visitantes deambulaban ociosos por las Ramblas ante los puestos de venta de flores y los kioscos. A otros los atraían los encantos del barrio chino. El gimnasta estadounidense Bernie Danchik se llevaría a casa una fotografía de una prostituta española posando sobre el capó de un reluciente Citroën, cuyo símbolo en forma de doble chevrón envolvía sus pechos, y una tarjeta de un establecimiento dirigido por Madam Albina, que prometía «comodidades modernas» y «discreción».[19] Mientras tanto, algunos deportistas subían la empinada cuesta hasta el estadio para las sesiones de entrenamiento de última hora y, para terminar, en otros lugares de la ciudad y del resto de España, otros se preparaban para un tipo de espectáculo público diferente y más sangriento: un golpe de Estado encabezado por los militares con el apoyo de los fascistas.
Turistas y barceloneses recorrían las calles en un clima de tensión cada vez mayor en el bochorno de la noche. Tras varias décadas de luchas internas, que habían provocado la fragmentación de la izquierda en un abanico multicolor de socialdemócratas, republicanos, socialistas, trotskistas, comunistas prosoviéticos y anarquistas, los deportistas congregados en Barcelona eran también la expresión de una nueva, aunque frágil, paz reinante en toda la izquierda, que recién empezaba a reagruparse ante la amenaza del fascismo, con la formación de alianzas de gobierno denominadas «Frente Popular» tanto en España como en Francia, en los cinco meses precedentes.
Barcelona hacía mucho tiempo que era una ciudad sacudida por estallidos esporádicos de violencia política. No hacía ni 27 años de los disturbios de la Semana Trágica, cuando las organizaciones obreras se rebelaron contra la convocatoria masiva de reservistas a los que enviaban a las colonias rebeldes españolas en el norte de África. «¡Abajo la guerra! ¡Que vayan los ricos!», habían gritado mientras quemaban unas ochenta iglesias y edificios religiosos, debido a la convicción popular de que la Iglesia católica era un pilar de las élites explotadoras. Llamaron a intervenir al ejército, y en los disturbios murieron 75 personas. A principios de los años veinte, la violencia anarquista atemorizaba a los dueños y directores de las fábricas, quienes, a su vez, tenían pistoleros a sueldo para que asesinaran a los dirigentes sindicales, de modo que los tiroteos eran algo habitual. Cuando los mineros de Asturias llamaron a la huelga revolucionaria en 1934, el Gobierno autónomo de Cataluña aprovechó la oportunidad para proclamar el «Estado catalán [dentro] de la República Federal Española» (aunque España no fuera una república federal ni lo hubiera sido nunca). Hubo barricadas en las calles, rebeldes en las Ramblas y ametralladoras en la plaza de Cataluña. En el conjunto de Cataluña, murieron 46 personas.
En las semanas previas a la Olimpiada, la policía había descubierto pequeños arsenales de armas en manos de presuntos fascistas. El dilatado conflicto entre el gerente británico de la fábrica textil L’Escocesa, Joseph Mitchell, y sus empleados había acabado con el asesinato a tiros de Mitchell.[20] Corría el rumor de que los generales, con el apoyo de partidos de derechas, estaban preparando un golpe de Estado. Dado que Barcelona había sido el núcleo del último golpe de Estado que había triunfado en el país, cuando las élites y los conservadores catalanes enviaron con entusiasmo al capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, a Madrid para instaurar una dictadura, apoyada por el monarca (que llamaría a Primo «mi Mussolini»), era lógico que la ciudad fuera una vez más un objetivo prioritario.
Max Friedemann, un exiliado político de la Alemania nazi, se encontraba ayudando a preparar la Olimpiada y participando en patrullas de obreros desarmados que vigilaban el puerto y los cuarteles. La ciudad se había convertido en un discreto punto de encuentro para los exiliados de Alemania, Italia, Polonia y otros lugares donde se perseguía a los izquierdistas. Mientras que Francia, Suiza y, hasta cierto punto, Checoslovaquia, seguían siendo los santuarios preferidos, un número significativo de socialdemócratas, anarquistas, comunistas y socialistas habían encontrado refugio en Barcelona y en otros lugares, formando grupos de apoyo en función de la nacionalidad o la orientación política. La persecución nazi en Alemania había provocado la llegada de varios miles de judíos a la ciudad. Algunos pasaron sus primeras noches acurrucados en los bancos de las Ramblas, a los que irónicamente llamaban «hotel Catalonia». Uno de los atractivos era que, en la República, que contaba con cinco años de vida, los judíos podían practicar abiertamente su religión.[21] Un grupo de izquierda llamado Asociación Cultural Judía, que contaba con más de cien miembros, participaba en la preparación de la Olimpiada, bajo la estrecha vigilancia de agentes nazis, que también estaban activos en la ciudad.[22]
El 18 de julio comenzaron a llegar noticias de los acontecimientos que se estaban produciendo en otros lugares de España. En Canarias y en el Marruecos español, unidades del ejército se habían rebelado contra el Gobierno electo. Lo más preocupante era que había sucedido lo mismo en Sevilla, donde los rebeldes parecían haberse apoderado de la ciudad más importante del sur. Aparentemente, se había puesto en marcha un pronunciamiento, un tipo de golpe relativamente incruento que España había sufrido en docenas de ocasiones en los cien años previos, por obra y gracia de toda clase de facciones ideológicas. Esta vez, los rebeldes pertenecían a la derecha reaccionaria, una alianza de católicos autoritarios, terratenientes y oficiales del ejército. En el Palau de la Música, un mensajero nervioso interrumpió bruscamente los ensayos: «Se espera un alzamiento en la ciudad de un momento a otro. Se han suspendido el concierto y los Juegos. Deben salir todos inmediatamente».[23] Pero Pau Casals —un hombre calvo, que usaba gafas y zapatos con polainas bien lustrados— levantó la batuta por última vez, insistiendo en que volvieran a interpretar el «Himno a la alegría» de Beethoven.[24] «Nosotros cantábamos el himno inmortal a la hermandad mientras en las calles de Barcelona —y otras tantas ciudades— se preparaba una lucha fratricida», recordó más tarde. El «Himno a la alegría», repetido en la radio, formaría parte de la banda sonora de los acontecimientos de los próximos días.[25]
Esa noche, la normalmente bulliciosa vida nocturna de Barcelona se vio ensombrecida por la inquietud. Una periodista neerlandesa anónima —quizá la rival freelance de Schoonheyt, la actriz ocasional y escritora Marijke van Tooren— había quedado con sus amigos en un restaurante junto al mar, que estaba medio vacío. Camareros, chefs, bármanes y el chico de los cigarrillos se apiñaban en torno a la radio para escuchar las noticias del alzamiento. El clima, según la anónima periodista, era de «alto voltaje». Los invitados extranjeros a la cena hablaron de los frecuentes estallidos de violencia y estuvieron de acuerdo en que hacía meses que se veía venir el desastre. El grupo trató de ir a bailar, pero se encontró con el cantante del club Miramar actuando a la luz de las velas para un mero puñado de personas, mientras que los únicos bailarines que se deslizaban por la pista eran los del propio local. Los extranjeros se tomaron sus whiskies y se fueron al cabo de una hora. «Es igual de aburrido que en el resto de Europa —se quejó uno de los participantes—. Barcelona es la única ciudad que queda con una vida nocturna decente. ¡Qué lástima!»[26]
Mientras algunos estaban de fiesta, otros se preparaban para lo peor. Varios miembros del grupo de alemanes de Friedemann —junto con un puñado de exiliados polacos, húngaros y checos— habían pasado dos horas el día anterior visitando tiendas de material de caza en el centro de la ciudad, comprando escopetas y un solitario revólver.[27] «Estos fueron nuestros primeros trofeos», recordaría más tarde el exiliado polaco Josef Winkler.[28] Friedemann y su esposa Golda estaban agotados después de dos días de poco sueño. Esa noche, tomaron un tren de cercanías para volver a su casa de Sarrià, un barrio situado al pie del Tibidabo.
Sobre las 4 de la madrugada siguiente, Max y Golda se despertaron con el estallido de la violencia. Las unidades militares de los cuarteles de las afueras de la ciudad se dirigían hacia el centro con caballos, vehículos blindados y artillería. No todos los soldados se daban cuenta de lo que hacían: algunos pensaban que los habían enviado a proteger la Olimpiada.[29] Pronto se encontraron con el fuego de fuerzas de la policía fieles a la República, que esperaban algún tipo de disturbio y contaron enseguida con el apoyo de sindicalistas armados.[30] Los deportistas se despertaron con ruido de botas y órdenes a voz en grito seguidas de descargas de fusilería y el estruendo de cañones. El velocista estadounidense Frank Payton oyó lo que le parecieron «miles de ametralladoras y rifles».[31] Al salir el sol sobre el puerto, continuaban los encarnizados combates. El corresponsal de The New York Times, Lawrence Fernsworth, vio «caballos sin jinete que galopaban sobre los cuerpos de los muertos y moribundos. Desde las ventanas y azoteas de todas las casas escupían su fuego fusiles y ametralladoras […] por las calles volaban los obuses, que rebanaban los árboles y estallaban contra los edificios o destrozaban tranvías y automóviles».[32] Exageraba, pero no mucho.
Se produjeron enfrentamientos en el exterior de los hoteles de la plaza de España donde se alojaban muchos deportistas. Algunos soldados rebeldes consiguieron entrar en los edificios que rodeaban el extenso cuadrilátero de la plaza de Cataluña, en el extremo superior de las Ramblas, la bisagra entre el casco antiguo y el Ensanche de Barcelona. Estos y otros edificios clave ocupados por los rebeldes fueron desalojados, piso por piso, en brutales combates cuerpo a cuerpo. En las breves horas de la madrugada y el amanecer, la lucha fue encarnizada.[33]
Los trenes, autobuses y tranvías de la ciudad habían dejado de funcionar, así que Max y Golda Friedemann volvieron andando antes de separarse en la avenida Diagonal para poder ir a la plaza de España a ver a los deportistas visitantes. Max corrió de puerta en puerta o buscando refugio detrás de los árboles mientras se dirigía a las oficinas del Partido Comunista, donde le habían dicho que habría armas, pero al llegar le informaron de que no quedaba ninguna. Si las quería, tendría que conseguirlas en otro lugar. A nadie le pareció raro darle semejante consejo a un hombre con acento alemán. Ya más avanzada la mañana, a pesar de que proseguían los combates en varios puntos de la ciudad, el cónsul estadounidense Lynn Franklin se sintió lo bastante seguro como para ir a pie hasta su despacho de la plaza de Cataluña, que encontró llena de tranvías vacíos y cadáveres de mulas. Un hombre muerto yacía postrado junto a una ametralladora en la acera.
Barcelona permaneció gran parte de ese día caluroso y soleado en una parálisis espeluznante, salpicada de batallas ocasionales que estallaban en los cruces de calles o en los edificios principales. La mayoría de la gente se escondió en casa. A mediodía del 19 de julio, el general Manuel Goded, que debía encabezar el alzamiento en Barcelona, aterrizó en el puerto en un hidroavión militar y se dirigió directamente a la capitanía, situada allí mismo, en lo que había sido un gran convento.
El edificio ya estaba rodeado de milicianos, incluido Friedemann, uno más de los que se agazapaban detrás de los árboles y en los edificios cercanos. En un tenso enfrentamiento, los soldados estaban parapetados tras las ventanas protegidas con sacos de arena, mientras que la abigarrada multitud que se encontraba en el exterior —una minoría de los cuales iban armados con pistolas, escopetas de caza y carabinas— llevaba pañuelos de algodón con los colores o banderas de los sindicatos y partidos políticos. Entonces llegó una unidad del ejército leal y, de un solo tiro de cañón, abrió las puertas. Friedemann fue uno de los que se precipitaron hacia el interior, donde, según comenta:[34] «Los soldados ni siquiera nos dispararon. Solo unos pocos oficiales se resistieron. Estaban desbordados. Avanzamos hacia la armería y confiscamos todo el arsenal de armas y municiones», que fue trasladado de inmediato a las sedes de los sindicatos y partidos políticos.
Ante el asombro de algunos observadores, y de muchos de los participantes, los enfrentamientos callejeros de ese día no fueron solo cosa de hombres. Fanny Schoonheyt, ataviada con una blusa de manga corta de color amarillo intenso, se unió a un grupo que avanzaba con cautela por los tejados próximos a capitanía. «Tuve que robar mi primera arma», escribió emocionada en una carta a una amiga de Rotterdam, a la que informó también de que su blusa «tan llamativa» la convertía en un blanco fácil. «Es un milagro que no me hayan pegado un tiro. Puede que se quedaran tan sorprendidos que no supieran reaccionar.»[35]
Con las calles vacías, las tiendas cerradas y disparos cada vez más esporádicos, solo los curiosos o temerarios salían a ver qué pasaba. Felicia Browne, una joven y atrevida pintora británica, graduada en la Slade School of Art, que había viajado a España unos días antes en busca de inspiración artística, no consiguió entrar en el «campo de batalla» de la plaza de Cataluña porque un policía escondido en un portal le dio el alto con un toque de silbato. «Entre tiro y tiro, se oía el viento pasar entre los árboles, como si todo estuviera de lo más tranquilo», escribió en una carta a los suyos.[36] Para Browne, que lo veía todo a través de sus gafas de montura circular que asomaban por debajo de un corte de pelo de tazón, aquello era un emocionante contraste con su cómoda vida en Londres, donde temía «asfixiarse en la tupida moqueta del domicilio familiar».[37]
Al finalizar el día, los rebeldes habían sido neutralizados y se habían refugiado en unos cuarteles, un convento y un puñado de edificios dispersos por la ciudad, donde los bombardeaba la aviación fiel a la República. El general Goded fue capturado, reconoció su fracaso y ordenó a los pocos soldados que aún lo apoyaban que se rindieran. «La suerte me ha sido adversa y he caído prisionero; si queréis evitar que continúe el derramamiento de sangre, quedáis desligados del compromiso que teníais conmigo», dijo en una emisión de radio que se escuchó en toda España.[38]
Franklin no tenía ninguna duda sobre las simpatías políticas de los militares rebeldes. «Sublevación fascista en Barcelona» fue el titular que escogió para la nota informativa que envió por telégrafo esa tarde. «A las seis [de la tarde] se podían contabilizar cinco incendios en la ciudad, tres de los cuales, según fuentes fiables, correspondían a iglesias», rezaba su última actualización.[39]Aunque Franklin considerase «fascistas» a los reaccionarios antigubernamentales como Goded, eso no significa que aprobara a los que luchaban contra ellos. De hecho, pronto quedó claro que las calles ya no estaban en manos del Gobierno, sino de los sindicatos y los partidos de izquierda que armaban a los suyos. Algunos de ellos retomaron una de las actividades habituales de los obreros enfurecidos de Barcelona: la quema de iglesias.
El día, que había empezado con un golpe fascista, dio paso a algo muy diferente: una contrarrevolución de izquierdas dirigida por una amalgama de grupos de obreros y sindicalistas radicales. «En muchos de los automóviles de los sindicalistas van mujeres de aspecto duro en compañía de hombres armados, y saludan a los que encuentran a su paso, a pie o en automóvil, con el puño en alto», informó Franklin. Felicia Browne estaba entusiasmada. «Las mujeres son fantásticas», le escribió a un amigo.[40]
Algunos atletas creyeron, al principio, que las explosiones y los tiros formaban parte de un espectáculo de fuegos artificiales para los Juegos. Los deportistas estadounidenses se escondieron en su hotel junto al mercado de la Boquería, a 400 metros de la plaza de Cataluña. «Aquí no hacen las cosas a medias —escribió Bernie Danchik—. Cada vez que asomamos la cabeza por la ventana, nos disparan.» Desde esta posición privilegiada en el centro de la ciudad, pronto se dio cuenta de que el levantamiento derechista se había transmutado en algo completamente diferente. «Domingo: ¡ya está aquí la Revolución!», anotó en sus papeles.[41]
El alemán Gerhard Wohlrath había acampado con su novia suiza Käthe Hempel durante la noche en la playa de Arenys de Mar, 40 kilómetros al norte de Barcelona, al término de lo que creían que sería la penúltima etapa de su viaje en bicicleta para ver la Olimpiada Popular. Se despertaron con un estruendo que parecía una tormenta eléctrica sobre Barcelona, de donde, a lo lejos, veían ascender columnas de humo negro. En las ciudades pequeñas como Arenys y Montcada —donde se habían quedado bloqueados Muriel Rukeyser y su amante Otto Boch—, la contrarrevolución de izquierdas comenzó de inmediato. «Las casas situadas a lo largo de la carretera de la costa estaban decoradas con banderas catalanas o rojas. La gente se agolpaba en las calles alrededor de los altavoces. Algunos llevaban fusiles al hombro o pistolas en el cinturón», recordó Wohlrath.[42]
Al atardecer se impuso una calma relativa. Las milicias armadas pintarrajearon con sus siglas los vehículos requisados, por cuyas ventanillas asomaban las armas que les daban el aspecto de «puercoespines», según Rukeyser, mientras recorrían Barcelona a todo gas. Los milicianos se dedicaban a detener a rebeldes reales o imaginarios y a sus partidarios, mientras otros aprovechaban el caos de las horas iniciales para saquear o quemar iglesias. Uno de los entretenimientos más macabros consistía en abrir las tumbas de las monjas y los frailes para exhibir en público sus cadáveres embalsamados. El mayor arsenal de Barcelona, en un cuartel del barrio de Sant Andreu, cayó esa noche en manos de los anarquistas, que se repartieron unos 30.000 fusiles. Los anarquistas armados, informó Franklin, eran ahora la máxima amenaza.
En un momento dado, los deportistas neerlandeses se sorprendieron al ver que su mentora, Fanny Schoonheyt, entraba en el hotel Olímpic con un arma colgada al hombro, su particular trofeo del asalto del día anterior a capitanía. Les informó de que ella y los hombres armados que la acompañaban estaban allí para «inspeccionar» sus habitaciones. Rukeyser y Boch, mientras tanto, habían conseguido que los llevaran a Barcelona. Había nidos de ametralladoras en los cruces de carreteras, por encima de cadáveres de animales muertos y carcasas de coches quemados, muchos de los cuales simplemente habían chocado entre sí mientras jóvenes excitados circulaban con ellos a todo gas por la ciudad. De balcones y ventanas colgaban sábanas blancas para proclamar el carácter no beligerante de la vivienda y mantener a distancia a los hombres armados. Incluso los civiles que andaban por la calle procuraban llevar pañuelos blancos. Los francotiradores de los rebeldes, llamados «pacos», seguían siendo un problema. «Se oye el ruido de disparos, una y otra vez, pero no de cañones o ametralladoras (con alguna excepción), sino de armas ligeras. Siento la vibración en los dientes —cuenta Rukeyser—. Delante de nosotros cae un hombre, y nuestro camión hace una ese para tomar un desvío mientras estalla la lucha en una esquina de la calle.» Más tarde, Rukeyser anota lo que ve en la ciudad desde la azotea del hotel Olímpic: «Coches volcados, animales muertos, volutas y columnas de humo que surgen de las iglesias. Por las calles solo circulan coches armados y con iniciales o nombres [de organizaciones políticas]».[43]
Esa noche llevaron a Rukeyser a una cena en el Estadio Olímpico en un coche lleno de agujeros de bala y manchas de sangre.[44] Los tiros no venían solo de los francotiradores fascistas. En algunos barrios ya se recurría a la violencia para atacar, en señal de venganza, pequeñas empresas, propiedades de la Iglesia, sacerdotes, derechistas o para saldar cuentas personales. Con la apertura de las puertas de la cárcel Modelo, los anarquistas liberaron a los delincuentes comunes allí encerrados para que regresaran a la ciudad, donde, como anotó debidamente un funcionario de la prisión en sus papeles, al parecer algunos aprovecharon el caos para volver a las andadas: «En el día de hoy se ha evadido violentamente el recluso […] de la Prisión en unión de todos los demás».[45]
Fanny Schoonheyt no era la única extranjera participante en los combates: un deportista estadounidense acabó levantando adoquines con una palanca para construir barricadas.[46] Por su parte, el corredor de larga distancia francés Ange Cassar declaró que había visto caer a tres deportistas ante las balas de los rebeldes, aunque no dio sus nombres.[47] Y se dice que un atleta austriaco, conocido solo como Mechter, murió durante el asalto a un cuartel militar.[48] Sin embargo, a los que trataban de ayudar a las milicias lo más habitual era que los regañaran diciéndoles que aquello no era asunto suyo.[49]
Después de una emotiva marcha y ceremonia de despedida en la plaza empedrada de Sant Jaume, los atletas olímpicos fueron escoltados por las Ramblas hacia los muelles, bajo la mirada de la estatua de Cristóbal Colón, en lo alto de su imponente columna. Incluso los francotiradores parecían respetar su paso. «Cuando llegamos a una esquina, paran la guerra para que podamos pasar», comentó Danchik.[50] Las fachadas de los edificios situados a lo largo del camino presentaban huellas de bala, y los lugares donde la gente había muerto durante los combates estaban marcados con banderitas o ramos de flores. Los combates habían revestido especial intensidad alrededor de los cuarteles de artillería que se encontraban en los astilleros medievales, las Atarazanas, al final de las Ramblas. Un pequeño barco de pasajeros, el Ciudad de Ibiza, esperaba para llevar a Rukeyser y a los representantes de Bélgica y Hungría al puerto francés de Sète. Había viajado de noche, ya que se rumoreaba que submarinos de la Italia fascista patrullaban la costa, listos para hundir la flota republicana. «Vinisteis a ver los Juegos; y os habéis quedado a presenciar el triunfo de nuestro Frente Popular —dijeron a los atletas en uno de los muchos discursos de despedida—. Vuestra misión actual está clara: regresar a vuestros países y difundir por el mundo la noticia de lo que habéis visto en España.»[51]
Sin embargo, no todos subieron al barco. Emmanuel Mink, un futbolista amateur polaco de 23 años exiliado en Bélgica, ya había acordado con su compañero de equipo Abrasha Krasnowieski que se quedarían. Se habían topado con el grupo de exiliados armados de Winkler y les habían invitado a incorporarse.[52] De los que subieron a los barcos de evacuación, varios —como el fondista francés Jules Burgot y el entrenador de lucha libre estadounidense Alfred Chick Chakin— volverían a España al cabo de unos meses, cuando empezó a correr la noticia de que se estaba formando un extraordinario ejército de voluntarios extranjeros, las llamadas Brigadas Internacionales.[53]
Algunos de los que decidieron quedarse a luchar eran mujeres. Kate Hempel y su novio Wohlrath se quedaron, al igual que Clara Thälmann, simpatizante anarquista suiza y nadadora atraída por el «tono revolucionario» de la ciudad. «No quiero irme de este país», escribió en una carta a los suyos Felicia Browne, que también evitó el éxodo supervisado por los distintos consulados.[54] En estos primeros días era habitual ver a mujeres con armas. El fotógrafo alemán Hans Guttman ya había tomado una foto icónica de la guerra inminente, en la que aparecía Marina Ginestà, una amiga de 17 años de Schoonheyt y colaboradora en la organización de la Olimpiada Popular, sonriendo en una azotea con vistas a la plaza de Cataluña. Esta sería la primera gran guerra para los fotógrafos de prensa y parecía como si, al igual que la Revolución rusa, también fuera una de las primeras de Europa en las que combatirían mujeres. El rostro de Ginestà transmitía una imagen sonriente e ingenua de desafío: la de una joven hermosa y atrevida, aparentemente dispuesta a luchar por la vida y la libertad. Lo cierto es que ese fue el único día en que Ginestà, traductora e intérprete de francés, llevó un fusil. En esos momentos, todavía estaba convencida de que, más que un golpe, la violencia era un simple intento de detener los Juegos. No era la única en creerlo, ni mucho menos.
Entre el puñado de deportistas que hicieron caso omiso a las instrucciones de abandonar el país estaba Otto Boch. Desde el primer día, cuando su tren se detuvo en Montcada, se sintió liberado. «¡Si supieras qué alegría nos produjo aquel domingo poder levantar el puño [el saludo del Frente Rojo alemán] al cabo de tres años de no haber podido hacerlo!», explicó.[55] Tras años de exilio político en Francia e Italia, el joven bávaro por fin tenía la oportunidad de luchar contra el fascismo. Boch le dijo a Rukeyser que no iba a desaprovecharla. «Otto, en el muelle, me miró fijamente. “Haz lo que puedas en América —me dijo—, y yo lo haré en España.” Sonrió, feliz […]. Hablamos de mi vuelta a España, pero sin acabar de creérnosla. No veíamos nada más allá de unos pocos días. “Un regalo de la Revolución”, me dijo. Llevaba esperando luchar contra el fascismo desde que Hitler llegó al poder», escribió Rukeyser.[56]
Muchos de los exiliados que ya estaban en España no tenían adónde ir, o compartían el idealismo político de quienes imponían un nuevo espíritu revolucionario en la ciudad. Ya formaban parte del tumulto mundial provocado por lo que el historiador angloalemán Eric Hobsbawm, entonces estudiante en Cambridge, llamaría más tarde «la Era de los Extremos». Dicho espíritu era cada vez más visible en las calles, donde la gente estaba abandonando las corbatas y chaquetas por monos de algodón azules, como los de los obreros, a los que solían añadir los colores de la facción política predilecta, ya fuera el rojo de los socialistas y comunistas, el rojo y negro de los anarquistas o el rojo y oro del nacionalismo catalán. Algunos extranjeros habían llegado al hotel Falcón de las Ramblas, para dormir en su suelo ajedrezado y en los sofás tapizados de damasco de su «sala de lectura» modernista. El Falcón era donde se congregaban aquellos cuya ideología política no encajaba con la de los anarquistas o el comunismo estalinista soviético, reunidos en torno al influyente POUM —el Partido Obrero de Unificación Marxista, un partido comunista local antiestalinista— y encabezados por el austriaco Kurt Landau. Entre ellos había miembros del Partido Socialista Obrero Alemán (SAP), como un joven de 22 años y rostro anguloso llamado Willy Brandt,[57] o militantes y simpatizantes del Partido Laborista Independiente de Gran Bretaña, entre los que figuraría George Orwell, que se alistó en sus milicias en diciembre de 1936.[58] El estadounidense Mark Sharron —que más tarde sería guardaespaldas de Lev Trotski— roncaba tan fuerte que los alojados en la sala de lectura del hotel Falcón intentaron cerrarle la boca con tiritas.[59]
En el momento en que Rukeyser y los atletas subían al Ciudad de Ibiza, Barcelona ya se había salvado de los generales. Aparte de los posteriores bombardeos de barrios civiles por parte de aviones italianos enviados por Mussolini, y de enfrentamientos violentos entre facciones republicanas rivales, la ciudad sería escenario de relativamente pocos combates en la guerra que se avecinaba. Sin embargo, aquí, en la segunda ciudad de España, una joven judía de Nueva York y un alemán de Baviera ya habían desafiado, a su manera, la intolerancia fanática del fascismo y sus aliados. La mezcla de amor, sexo, guerra y revolución, todo un caleidoscopio de emociones en unos pocos días, había resultado embriagadora. Los jóvenes amantes no se volverían a ver, ya que Boch, que fue uno de los primeros extranjeros en tomar las armas en defensa de España, fue asimismo uno de los muchos que murieron por ella. Rukeyser nunca le olvidó, y volvió una y otra vez a esa semana singular en su poesía. Para ella, representó, el «comienzo del orgullo», un momento en el que «vio el futuro que se erguía / libre y vivo».[60]
España estaba a punto de convertirse en mucho más que la inspiración de una poeta o el telón de fondo romántico de una joven pareja unida por circunstancias apasionantes y exóticas. La noticia del intento de golpe de Estado circuló enseguida por todo el mundo. Para la gente de lugares lejanos, la Guerra Civil española sería la cuestión palpitante de los tres años siguientes, que atraería como un imán a idealistas, aventureros, periodistas, artistas, escritores y, sobre todo, a quienes estaban convencidos de que esa era la primera parte de una batalla mucho más grande, contra los ideales tenebrosos y destructivos del fascismo. En las fábricas y los salones intelectuales de toda Europa y desde la Casa Blanca de Washington hasta el Kremlin de Moscú, España pasó a ser objeto de acalorados debates. Para la mayoría de los cerca de 40.000 voluntarios extranjeros que se calcula que acabaron acudiendo a luchar en defensa de la República fue, cuando no su tumba, una experiencia que los marcaría de por vida.
2
Los obreros y el ejército
Madrid, 20 de julio de 1936
Mika Etchebéhère había llegado a Madrid pocos días antes de que los generales y sus aliados fascistas se rebelaran. Esta argentina morena y de amplia sonrisa de 34 años, cuyos padres judíos habían huido del régimen zarista en Rusia, había llegado para reunirse con su marido francoargentino Hipólito, Hipo, que padecía de ataques recurrentes de tuberculosis, pero llevaba dos meses en la capital, escribiendo sobre el novedoso experimento del Gobierno del Frente Popular de izquierdas para la revista parisina Que Faire? Mika se dio cuenta enseguida de las tensiones políticas que sufría la República, que ya tenía cinco años, y sus últimos episodios con el Gobierno del Frente Popular, que había llegado al poder tras las elecciones celebradas apenas hacía cinco meses. «Una dolorosa tensión nos mantiene a todos despiertos —observó Mika—, como velando a un agonizante.»[1] A los cuatro días de su llegada, se incorporó a uno de los muchos grupos de obreros que, a medida que aparecían noticias de lo ocurrido en Barcelona y en el resto de España, iban de acá para allá exigiendo al Gobierno que les proporcionaran armas.
Hacía semanas que corrían por Madrid rumores de golpe de Estado. De hecho, habían comenzado el mismo día en que la izquierda ganó las elecciones de febrero,[2] cuando también dieron comienzo las tramas golpistas, a las que los sectores más reaccionarios de la derecha política, de la Iglesia, algunos empresarios ricos y, sobre todo, oficiales del ejército —en especial, los del experimentado ejército de África— estaban más que dispuestos a unirse.
Hombres armados recorrían las calles nocturnas de Madrid en sus coches. De promedio, había un asesinato político o policial en la ciudad cada dos días.[3] Unas setenta personas morían cada mes, víctimas de la violencia política o policial en toda España. Aunque dicha cifra no bastara para que la gente temiera por su seguridad personal, permitía a los conspiradores crear una imagen de hundimiento en el caos, la anarquía y el desorden. El conflicto de fondo era entre las ordenadas y eternas jerarquías de la Iglesia, el ejército y los terratenientes, por un lado, y, por el otro, las masas proletarias urbanas de la España moderna e industrial y sus aliados campesinos de una España rural asolada por la pobreza.
Los izquierdistas moderados que dirigían el Gobierno del Frente Popular se negaban a creer que el ejército fuera a rebelarse. Suponían que el golpe de Estado fallido contra la República que había encabezado el general José Sanjurjo en 1932 había disuadido al ejército de semejantes aventuras. Cuando algunos oficiales trasladaron al presidente del Consejo de Ministros, Santiago Casares Quiroga, las pruebas de un inminente levantamiento el 16 de julio, Casares los echó.[4] El presidente del Consejo era de Izquierda Republicana, el mismo partido moderado que el presidente de la República, Manuel Azaña, y dirigía lo que el bien informado periodista británico Henry Buckley —probablemente el único corresponsal extranjero que, en aquel entonces, entendía España en toda su complejidad— veía como un Gobierno de «liberales apacibles de clase media» (pues los socialistas se habían negado a incorporarse al mismo) que hacía que el liberal británico David Lloyd George pareciera radical en comparación. El Gobierno creía que habían garantizado la paz enviando a los generales potencialmente más problemáticos a plazas lejanas. El general Francisco Franco, joven, despiadado y con una brillante trayectoria, se encontraba en Tenerife, mientras que el líder de los golpistas de 1932, el general Sanjurjo, vivía exiliado en Portugal: Azaña le había conmutado la pena de muerte, haciendo caso omiso de una advertencia del presidente mexicano Plutarco Elías Calles de que «para evitar un baño de sangre» debía ejecutar a Sanjurjo.[5]
El típico golpe de Estado se produce en la capital, con la toma de los edificios gubernamentales más importantes. Sin embargo, los conspiradores planeaban algo muy diferente. Su golpe de Estado comenzaría fuera de la capital, e iría seguido de una rápida y corta guerra mientras las columnas rebeldes caían sobre Madrid. La fuerza cada vez mayor de la clase obrera madrileña, que había exhibido músculo en una serie de huelgas, hacía que resultara difícil que triunfara allí una revuelta de derechas.[6] La capital de España había crecido rápidamente durante los cincuenta años anteriores, en los que había duplicado su tamaño para competir con Barcelona por el título de ciudad más poblada del país. Lo que le faltaba en arquitectura antigua, lo compensaba en animación callejera. Madrid era famosa por tener cafeterías que no cerraban nunca. En Chicote, un bar nuevo con interiores art decó en la céntrica Gran Vía, camareros ataviados con pajarita servían lo que para algunos eran los mejores cócteles del sur de Europa. Obreros, funcionarios, aristócratas y visitantes extranjeros, mientras tanto, acudían en masa a la meca mundial de la tauromaquia: la flamante plaza de toros neomudéjar de Las Ventas, con arcos de herradura, azulejos de colores y cenefas de ladrillos. Sin embargo, durante aquellos días, los toreros, en su mayoría conservadores, estaban en huelga para protestar contra la competencia de los matadores mexicanos.
El auge del sector de la construcción y la tímida industrialización habían hecho aumentar el tamaño de la clase obrera en Madrid, cada vez más organizada. Aunque el Partido Comunista era mucho más pequeño que el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), había cuadruplicado el número de afiliados hasta alcanzar los 83.000 en solo cuatro meses, y las juventudes de ambos partidos, que entre los dos partidos sumaban 140.000 militantes, acababan de fusionarse.[7] El líder de estas juventudes en expansión acelerada era Santiago Carrillo, un socialista revolucionario de 21 años, de rostro regordete, que había vuelto entusiasmado de una reciente visita a Moscú. Mientras tanto, el cabecilla de la poderosa ala radical del PSOE, Francisco Largo Caballero, declaraba que «la revolución no se hace con gritos de viva el socialismo, viva el comunismo y viva el anarquismo. Se hace violentamente, luchando en la calle con el enemigo».[8] Por soflamas parecidas habían dado a este antiguo estuquista de 67 años el apodo de «Lenin español». Pero Largo había dividido al PSOE, al que el moderado Indalecio Prieto había puesto en guardia contra el auge del «infantilismo revolucionario» con motivo del Primero de Mayo de 1936.[9] Los comunistas se mostraban igualmente críticos con Largo. Hacía meses que les preocupaba que las huelgas, los discursos sobre la revolución y la violencia —en especial por parte de los anarquistas, cuyo sindicato, la CNT, tenía siete veces más afiliados que el Partido Comunista— provocaran un golpe de Estado.[10] De hecho, las directrices marcadas desde Moscú a partir de 1935 señalaban que los gobiernos democráticos de Frente Popular eran la mejor respuesta al crecimiento fascista en Europa occidental. Esto hacía de los comunistas una voz relativamente moderada y racional.[11] La revolución podía y, de hecho, debía esperar.[12] Sin embargo, los disciplinados e impresionantes desfiles de los comunistas durante el Primero de Mayo habían contribuido a atemorizar a los madrileños que apoyaban un golpe de Estado.
Para que tuviera éxito el golpe, era indispensable el ejército de África. Su base de operaciones, en el Marruecos español, estaba tan lejos que Madrid apenas lo consideraba una amenaza. Años más tarde, Franco declararía: «Allí nació la posibilidad de rescate de la España grande. […] Sin África, yo apenas puedo explicarme a mí mismo.[13] Este ejército de 35.000 efectivos era un mundo propio, un hervidero de teorías de la conspiración y de resentimiento por unas reformas que habían provocado que algunos oficiales resultaran degradados. Se consideraba el adalid del orgullo nacional, garante del protectorado español frente a la encarnizada resistencia local. Su núcleo era la Legión española, fundada en 1920 por el coronel José Millán-Astray, cubierto de cicatrices de combate, irascible y manco, con la ayuda del entonces joven comandante Francisco Franco. Este último era muy admirado como brillante e intrépido oficial, a pesar de su naturaleza mojigata, su baja estatura, su voz aguda y su abundante trasero, que le había hecho acreedor del apodo «Paca la Culona», acuñado por un compañero de armas aficionado a la bebida, Gonzalo Queipo de Llano. Los legionarios expresaban un viril desdén por el peligro en su grito de batalla suicida: «¡Viva la muerte!».
El general Emilio Mola, un veterano del ejército de África resentido que firmaba sus instrucciones secretas con el alias de «el Director», se convirtió en el principal arquitecto de un complot que originalmente tenía por objetivo instaurar a Sanjurjo como dictador.[14] Mola tenía su cuartel general en Pamplona, donde, de forma harto conveniente para sus fines, los monárquicos carlistas ultraconservadores eran más fuertes. Los carlistas tenían su propio candidato al trono y una milicia de 25.000 combatientes, el requeté.[15] El apoyo al golpe de Estado por parte de la mayoría de una oficialidad sobredimensionada también era indispensable. Los oficiales constituían una clase media conservadora subvencionada por el Estado, compuesta por 21.000 hombres entre los que, hasta hacía poco, había 800 generales para solo 80 puestos. El golpe contaba asimismo con el apoyo de la mayoría de los 115.000 eclesiásticos (hombres y mujeres) del país, que suponían casi uno de cada 200 españoles.[16]
El Gobierno de Casares Quiroga desperdició varias oportunidades de sofocar el golpe antes de que se pusiera en marcha. El presidente del Consejo se entrevistó personalmente con uno de los principales conspiradores, el teniente coronel Juan Yagüe Blanco, para sondear su lealtad en junio. «Me ha dado su palabra… y los hombres como Yagüe mantienen su palabra», diría después.[17] De igual manera, se rechazó una petición de arresto contra Mola cuando este participaba en una cumbre secreta con los jefes de varias guarniciones del norte ese mismo mes. «El general Mola es un republicano leal que merece el respeto de las autoridades», insistió Casares Quiroga.[18] Una carta farragosa de Franco del 23 de junio manifestaba su lealtad, pero advertía de un «estado de inquietud moral y material» en los cuerpos de oficiales y suboficiales, y proseguía: «Faltan a la verdad quienes le presentan al Ejército como desafecto a la República; le engañan quienes simulan complots a la medida de sus turbias pasiones; prestan un desdichado servicio a la patria quienes disfracen la inquietud, dignidad y patriotismo de la oficialidad, haciéndoles aparecer como símbolos de conspiración y desafecto».[19] En realidad, Franco mareaba la perdiz y jugaba con dos barajas hasta decidir cuál era la que más le convenía. Los conspiradores, en efecto, aún no estaban seguros de si Franco los apoyaría, y se quejaban de sus «vacilaciones y parsimonia».[20]
A medida que la conspiración avanzaba, Mola comenzó a dar instrucciones precisas. Exigió el uso de la violencia extrema y el arresto o castigo de todos los políticos del bando contrario. En la región de Ketama, en las montañas del Rif de Marruecos, durante las maniobras realizadas poco antes del golpe, la tienda de campaña de Yagüe fue el centro de la trama de lo que él ya llamaba «la cruzada».[21] En una cena de despedida, jóvenes oficiales borrachos corearon saludos falangistas secretos como «CAFÉ» (las siglas de «¡Camaradas! ¡Arriba Falange Española!»).[22]
Mientras los conspiradores se preparaban para dar su golpe, la Falange avivaba las tensiones en las calles de Madrid. Este pequeño partido apoyado, entre otros, por Mussolini no había obtenido ningún escaño parlamentario en las elecciones de febrero.[23] El líder de la Falange era José Antonio Primo de Rivera, el hijo alto, culto y guapo del último hombre que había culminado con éxito un golpe de Estado en España, el general Miguel Primo de Rivera. Su padre había encabezado una dictadura con el apoyo de la monarquía de 1923 a 1930. Escoltado por gorilas armados y adorado por sus seguidores, José Antonio pronunciaba discursos enérgicos que no dejaban títere con cabeza, desde el socialismo y el anarquismo hasta el capitalismo desenfrenado. Un partido católico autoritario, la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), lideraba la oposición de derechas en las Cortes españolas, mientras que la Falange la lideraba en las luchas callejeras y los asesinatos. Por encima de todo, la Falange era nacionalista, y prometía llevar a cabo una «guerra civil santa para rescatar la patria». Sus militantes estaban llamados a ser «mitad monjes, mitad soldados».[24] Pero para los observadores extranjeros, y muchos españoles, no eran más que «fascistas». En las semanas anteriores al alzamiento, la Falange había asesinado a diestro y siniestro. Entre sus víctimas figuraban periodistas, un juez, policías y obreros. Entre sus acciones, cabe destacar como especialmente provocador el ametrallamiento de un grupo de obreros de la construcción en huelga.
A falta de solo seis días para la intentona golpista, el 12 de julio, pistoleros falangistas asesinaron a José del Castillo, un teniente izquierdista de la Guardia de Asalto (creada como contrapeso urbano de la Guardia Civil, rural y conservadora). Al parecer, tres semanas antes, a punto de contraer matrimonio con Del Castillo, la novia de este había recibido una carta que le preguntaba: «¿Por qué casarse con un hombre que pronto será un cadáver?».[25] En un arrebato de ira, los compañeros de Del Castillo detuvieron y asesinaron a uno de los políticos de derechas más destacados y reaccionarios del país, José Calvo Sotelo. Muchos consideraron su asesinato como el desencadenante de la rebelión de los generales, cuando, en realidad, sirvió como lo que Buckley —un periodista favorable a la República que en aquella época escribía para The Daily Telegraph— llamó «el gran golpe de efecto que sirvió de pistoletazo para un golpe de Estado que llevaba aplazándose desde febrero».[26]
La logística del golpe se había preparado en lugares tan lejanos como Roma, Lisboa y Londres. El 1 de julio habían encargado a Roma 43 aviones italianos y 220 toneladas de bombas,[27] con el aval del empresario Juan March, un antiguo contrabandista de tabaco que se había convertido en uno de los hombres más ricos de España. Durante un almuerzo en el restaurante londinense Simpson’s, los conspiradores habían pedido al editor católico de derechas Douglas Jerrold que alquilara un avión que pudiera volar a Canarias para transportar a Franco a Marruecos, con el fin de que asumiera el mando del ejército de África en cuanto comenzara el golpe. Pidieron que en el avión viajaran a Canarias algunas «rubias platino» inglesas para que pareciera un viaje turístico. Jerrold llamó a un piloto, el capitán Cecil Bebb, que finalmente emprendió el vuelo con un grupo de pasajeros en el que se encontraban el comandante del ejército en la reserva Hugh Pollard, su hija Diana y una amiga de esta, Dorothy. Salieron del aeropuerto de Croydon en un De Havilland Dragon Rapide el 11 de julio, dos días antes del asesinato de Calvo Sotelo.[28]
El 17 de julio, llegó al Gobierno de Madrid la noticia de que había estallado una rebelión en la plaza norteafricana de Melilla, donde los conspiradores habían adelantado el alzamiento un día para evitar que descubriera su plan el comandante local, el general Manuel Romerales Quintero (al que un historiador definió como «el más gordo de los cuatrocientos generales españoles y uno de los más fáciles de engañar»),[29] quien, llegado el momento, no supo cómo reaccionar. Los sublevados siguieron las instrucciones de Mola de utilizar la violencia extrema,[30] y unos 225 soldados y civiles fueron fusilados esa noche en una ciudad de 62.000 habitantes, una cifra que triplicaba el número «mensual» de víctimas en toda España de la violencia política de la que los conspiradores decían salvar a sus compatriotas. El mismo destino le esperaba a Romerales, a quien consideraron un «extremista» por oponerse al golpe.[31] El plan tuvo que adelantarse, y Franco se hizo con la situación en Canarias antes de volar en el Dragon Rapide para asumir el mando del ejército de África, que también se había sublevado en ciudades como Tetuán, Ceuta y Larache.[32]
En Madrid, poca gente se enteró. Los censores del Gobierno prohibieron a la prensa que informara del tema, aunque a medianoche todos los periodistas de la ciudad lo sabían. Eduardo de Guzmán, del periódico anarquista Libertad, sorprendido por la apariencia de normalidad de la mayoría de la gente, que parecía ignorar la tormenta que se avecinaba,[33] escribió: «Un buen burgués no advertiría nada extraño. No sabría que entre los grupos de cómicos y músicos que otras noches llenan las aceras de Sol, hay esta noche un puñado de obreros. Hablan y pasean pacíficamente, pero llevan la mano en el bolsillo. Y en el bolsillo la pistola que hace unos minutos engrasaron cuidadosa, amorosamente».[34]
A la mañana siguiente el Gobierno continuó negando la evidencia. Los boletines de radio afirmaban que en la Península nadie se había rebelado. Casares Quiroga aseguró que Franco estaba «bien guardado en Canarias» y le dijo a un amigo que «está garantizado el fracaso de la intentona. El Gobierno es dueño de la situación. Dentro de poco todo habrá terminado».[35] Los portavoces del Gobierno seguían afirmando que el general Mola y otros permanecían leales a la República al mismo tiempo que llegaba la noticia de que Mola y otros se habían sublevado y que las ciudades del norte iban cayendo en manos de sus hombres. Pese al deterioro de la situación, Casares Quiroga estaba paralizado.
El alzamiento, no obstante, arrancó más despacio en Madrid que en casi ninguna otra parte de España. Un importante conspirador madrileño, el coronel Valentín Galarza, había sido arrestado la semana anterior y otros conspiradores como él estaban escondidos. En los cuarteles de los alrededores de la capital, los oficiales permanecieron despiertos hasta altas horas de la noche, discutiendo si se rebelaban o no,[36] lo que fue un golpe de suerte para el Gobierno, también atenazado por la indecisión. Las multitudes se agolpaban en las calles gritando: «¡Armas! ¡Armas! ¡Armas!» y el Gobierno tenía que decidir si se las daba.[37] «No había un solo ministro, desde el presidente del Consejo hasta el último, al que no repugnara la idea de armar a las masas y que ignorase el riesgo que entrañaba», escribió Buckley.[38] Sin embargo, en caso de triunfar el golpe, la alternativa era la dictadura militar. Así pues, Casares Quiroga cedió y acto seguido presentó su dimisión. En apenas catorce horas, España tuvo tres gobiernos, ya que se nombró un gabinete interino (que intentó sin éxito negociar con los rebeldes), que luego se disolvió, para ceder su sitio a un tercer Gobierno liderado por el apacible y miope profesor de química José Giral.[39] Aun así, en Madrid todavía no había nada que indicara un golpe de Estado. La ciudad permanecía en vilo.
El domingo 19 de julio, el general reaccionario Joaquín Fanjul, de 57 años, vestido de paisano, se coló en el enorme cuartel de la Montaña, que se encuentra justo detrás de la plaza de España, al final de la avenida central de Madrid, la Gran Vía.[40] Había venido a ponerse al frente del alzamiento en Madrid. La imponente fortaleza rectangular, de tres pisos de altura, estaba situada en lo alto de una colina que bajaba hacia el río Manzanares hasta el lugar donde trabajaban las lavanderas de la ciudad. Sus dos enormes patios interiores servían de escenario para los desfiles. Sus altos muros y el reducido número de entradas lo convertían en un lugar perfecto para que los rebeldes se agruparan a la espera de las columnas que debían descender sobre la capital desde el resto de España para rescatarlos. Sin embargo, era el punto álgido del verano y la mitad de los hombres estaban de vacaciones (al igual que muchos de los diplomáticos, corresponsales de prensa y funcionarios del Gobierno de Madrid). Solo había unos 1.400 soldados en el cuartel, aunque se escabulleron en su interior falangistas armados, oficiales en la reserva y otros golpistas para unirse a ellos. Situaron ametralladoras en la puerta principal, mientras, en las calles de los alrededores, se apiñaba una abigarrada multitud, que incluía guardias de asalto y milicianos, la mayoría de los cuales todavía no tenían armas. Ya se habían repartido algunos fusiles, pero a muchos les faltaba el cerrojo —se decía que había 47.000 en el interior del cuartel de la Montaña—.[41] Un camión de reparto de cerveza ayudó a situar dos piezas de artillería en posición y lanzaron panfletos instando a los rebeldes a rendirse.[42]
Mika e Hipo Etchebéhère, por su parte, seguían a la muchedumbre que recorría la ciudad en busca de armas. Comenzaron en el cuartel general de las Juventudes Socialistas, donde un joven les dijo que solo habían recibido dos rifles y cinco pistolas. «Llegarán al amanecer», les dijeron. En el caos de los primeros días, algunas unidades de milicianos estaban dispuestas a aceptar a cualquier voluntario. «Cosa extraña, nadie nos pregunta si pertenecemos a la JSU —cuenta Mika—. Por derecho revolucionario, todo aquel que quiere combatir merece empuñar un arma.» En un local sucio y lleno de humo del que se ha apoderado el POUM, Mika observa que «sentados en bancos o en el suelo, la pequeña sala contiene unos cien hombres y varias mujeres, algunas de ellas de aspecto raro. Me entero de que entre ellas hay varias de un burdel vecino que vienen a enrolarse en las milicias».[43] Vistas con sus ojos de clase media, le inspiran más miedo que los generales.
No fue hasta el día 20 de julio por la mañana cuando se iniciaron los combates propiamente dichos con el asalto al cuartel de la Montaña. A esas alturas, otros cuarteles de los alrededores de la capital habían manifestado su lealtad al Gobierno o habían caído en manos de este. Algunos soldados sencillamente se habían amotinado contra sus oficiales traidores.[44] El asalto al cuartel de la Montaña fue un primer aviso de lo chapucera que sería la maquinaria militar de la República en los primeros meses de la próxima guerra. Cuando apareció una sábana blanca en una ventana, unos milicianos se precipitaron hacia las puertas, solo para caer abatidos por disparos de ametralladora desde otra posición. El fuego de artillería finalmente abrió brechas en las paredes, por las que al cabo de unas horas entraron soldados y milicianos. Mientras que las unidades leales del ejército republicano tomaban prisioneros, los milicianos, no. El escritor Arturo Barea vio a un miliciano gigante arrojando soldados uno por uno desde las galerías superiores del patio. Uno de ellos «cayó por el aire como un muñeco de trapo, y se estrelló contra las piedras con un ruido sordo».[45] Pronto los patios se llenaron de cadáveres, muchos de los cuales parecían haber sido ametrallados indiscriminadamente, mientras que otros se habían suicidado. Un soldado republicano se encontró sentados en torno a una mesa de comedor a más de una docena de oficiales y suboficiales muertos. «En la cabeza había un comandante que presentaba un orificio de bala en el corazón; todos los demás estaban desplomados sobre la mesa con orificios de bala parecidos», escribe Barea.[46]
Una enfermera inglesa, Mary Bingham, vio a un niño de diez años que salvaba a su padre tras suplicar a los milicianos alegando que su familia era republicana.[47] Virgilio Fernández, un ordenanza médico de 17 años, agitó su carnet del Partido Comunista frente a los pistoleros anarquistas que querían disparar a algunos de los heridos en su hospital. «Les dije que primero había que curarlos y después ya podrían juzgarlos y fusilarlos», cuenta.[48] La mayoría de los falangistas y oficiales fueron asesinados. Otros serían ejecutados a los pocos días o asesinados por los milicianos en Paracuellos de Jarama, a las afueras de Madrid, al cabo de varios meses. Algunos se refugiaron en embajadas extranjeras, junto con otros partidarios del golpe de Estado y miembros asustados de la clase alta o de las élites derechistas. Fue necesario llevar un carro blindado al cuartel para evitar que lincharan a Fanjul —«un hombrecillo de lo más pomposo», según Buckley—, al que, en vez de eso, sometieron a consejo de guerra y fusilaron. La armería fue saqueada, repartieron los 47.000 cerrojos de fusil y, en la práctica, el golpe quedó neutralizado en Madrid. Muchedumbres extáticas blandían sus armas recién requisadas o hacían desfilar a sus prisioneros. Aquello, para algunos, fue la versión madrileña del asalto al Palacio de Invierno de Petrogrado. La revolución estaba en el aire.
Se habían producido combates en los cuarteles de otros barrios, pero como la mayor parte de la policía y la aviación se había mantenido leal, el resto de la ciudad había salido en gran medida indemne.[49] En Madrid reinaba la euforia. El golpe de Estado, al parecer, estaba destinado a fracasar. Buckley, después de comparar vertiginosamente la toma del cuartel de la Montaña con la caída de la Bastilla, estaba seguro de que la sublevación no triunfaría. «Un golpe militar que no tiene éxito en las primeras veinticuatro horas ha fracasado», escribió con confianza. En términos históricos, tenía razón. Pero España sería la excepción que confirmase la regla. De hecho, los planes de Mola dejaban claro que los conspiradores siempre habían sabido que sería casi imposible triunfar en Madrid, por culpa de «la clase obrera», de modo que El Director dio instrucciones a las columnas rebeldes de otras ciudades de que convergieran en la capital. Dicho de otro modo, los generales rebeldes habían previsto una guerra civil.[50]
Al finalizar la tercera semana de julio, por lo menos 46 edificios religiosos habían sido ya objeto de ataques incendiarios, grandes o pequeños.[51] Grupos de anarquistas apilaban bancos, cuadros y estatuas para luego prenderles fuego. Mika Etchebéhère encontró una multitud que jaleaba con sus cantos la quema de una iglesia. Buckley pasó por la iglesia de Covadonga en la plaza de Manuel Becerra después de que fuera incendiada por milicianos que afirmaban que los sacerdotes les habían disparado. Un obrero corría por la calle persiguiendo a un niño que había robado una silla de la misma iglesia. Se la confiscó y luego la hizo astillas. «Esto —le dijo al chico— es la revolución, no el latrocinio.»[52] En todas partes los milicianos afirmaban que los curas, o alguien más, les disparaban desde lo alto de los campanarios. Buckley no logró encontrar ninguna prueba de ello, pero sí de que otros edificios eclesiásticos —incluido uno de la calle Ayala— servían de apostadero de francotiradores.[53] Barea vio cómo se llevaban en camilla a su antiguo profesor de química, el anciano y canoso padre Fulgencio, de 80 años, del interior de las Escuelas Pías, envuelta en llamas. Barea estaba convencido de que la Iglesia era una fuerza maligna, pero le inquietaba la suerte que habrían corrido los manuscritos iluminados y los preciosos libros de ciencia que había consultado en la biblioteca.[54]
Algunas de las armas incautadas, incluida una ametralladora sin trípode, llegaron finalmente al local del POUM donde se habían instalado Mika e Hipo Etchebéhère. Los milicianos no sabían muy bien qué hacer con ellas, así que Hipo se ofreció a instruirlos. Eso les bastó para nombrarlo su jefe, y formaron un grupo de milicianos independientes de cien hombres y mujeres (contando a Mika, que más tarde estaría personalmente al mando de la unidad) con dos camiones, tres coches, la ametralladora y treinta fusiles. Era solo uno de los muchos grupos inexpertos y mal coordinados que se crearon casi de la noche a la mañana.
El 21 de julio salieron sin un objetivo concreto, buscando —sin éxito— la columna del general Mola que avanzaba hacia Madrid procedente de Pamplona. En el camino de vuelta, se detuvieron en un convento convertido en cuartel del Partido Comunista y se encontraron con la legendaria agitadora Dolores Ibárruri, de 40 años, miembro de la cúpula del PCE que utilizaba el apodo de la Pasionaria (en alusión no solo a los sentimientos inflamados, sino también, irónicamente o no, a la Pasión de Cristo). Al recordarle que el partido de los milicianos, el POUM, estaba del lado del archienemigo de Stalin, Trotski, la Pasionaria les respondió: «No tiene ninguna importancia […], ya que estamos juntos en el mismo combate». Al día siguiente, su pequeña unidad se incorporó a una columna más numerosa y creada ex profeso con milicianos de todos los colores políticos, bajo el mando de un capitán del ejército regular, y partieron en tren hacia el frente, cerca de Sigüenza, a 120 kilómetros al este.[55]
La pareja francoargentina estaba ahora plenamente integrada en la lucha, al igual que docenas, posiblemente cientos, de extranjeros a los que había arrastrado la ola de entusiasmo que se desató en las ciudades donde, gracias a una rápida reacción y a que habían armado a grupos de trabajadores, habían aplastado el intento inicial de derrocar al Gobierno. Había más extranjeros en camino, ya fuese individualmente o en grupos reducidos, que se dirigían a la frontera con Francia en trenes, camiones, autobuses o, incluso, bicicletas. Para ellos, era una lucha que iba mucho más allá de España y su política interna.
Los primeros voluntarios, como Mika e Hipo Etchebéhère en Madrid, u Otto Boch, Felicia Brown y Fanny Schoonheyt en Barcelona, o la amalgama de opositores a Mussolini que se agruparon en una columna de italianos,[56] estaban seguros de que la guerra terminaría en cuestión de semanas. La victoria parecía segura. Y algunos ansiaban también que, cuando la hubieran alcanzado, los revolucionarios que ahora pululaban por las calles de Barcelona y Madrid estuvieran al frente del país.
3
Guerreros aficionados
Tardienta, agosto-septiembre de 1936
Fanny Schoonheyt observó por la mira de su ametralladora a los falangistas armados y uniformados de color azul que avanzaban en fila india por un campo de trigo hacia su posición en lo alto de un montículo de las afueras de Tardienta, en el norte de Aragón. Un campesino, que fustigaba frenético al caballo que arrastraba su carro, había avisado al grupito que se ocupaba de la ametralladora de que se acercaba el enemigo, lo que les había dado tiempo para prepararse para la lucha en un frente en el que ninguno de los dos bandos sabía muy bien cómo hacer la guerra. «Con esos uniformes azules, los puedes distinguir en un trigal a kilómetros de distancia», dijo Fanny. Una ráfaga de fuego abatió a los soldados de la primera línea, que llevaban el uniforme de la Falange. Los demás dieron media vuelta y huyeron, pero en vez de dispersarse permanecieron en fila. «¡Presa fácil!», recordó la neerlandesa más tarde.[1] Una bala le había agujereado la cantimplora de metal, pero eso era todo.
En un momento dado, un joven fotógrafo español llamado Agustí Centelles vio a Fanny delante de la sede del Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC), un partido de creación reciente que había reunido a socialistas y comunistas catalanes, en el hotel Colón de la plaza de Cataluña. Centelles sacó su Leica y tomó una foto de la neerlandesa alta y rubia vestida de uniforme. Fanny, sonriente y sin armas, posa junto a los sacos de arena de las columnas de la entrada, con gorro isabelino con borla y camisa caqui holgada colgando de los hombros. Como era habitual en una joven deportista de clase media alta de Rotterdam, al parecer Schoonheyt sabía disparar. También era fuerte, de complexión atlética y ancha de hombros. Por todo ello, resultaba muy valiosa para quienes ahora patrullaban la ciudad con armas que apenas sabían usar. En los primeros días, Fanny ayudó a cazar francotiradores, arrastrándose por los tejados y disparando desde la calle.[2]
Sin embargo, su verdadero bautismo de fuego se produjo después de que se incorporase a una columna blindada del PSUC de 2.000 hombres y mujeres que salió de Barcelona el 24 de julio con destino a Tardienta y Huesca que, como Zaragoza, había caído en manos de los generales rebeldes.[3] La voladura de puentes a lo largo del camino frenaba su avance y, mientras esperaban para cruzar uno, aparecieron bombarderos enemigos. La mayoría de las bombas cayeron lejos del objetivo, pero a un hombre que estaba cerca de Fanny y que acababa de encender un cigarrillo le volaron la cabeza. Inmediatamente después del ataque aéreo, el número de integrantes de la columna cayó en picado porque muchos se dieron media vuelta y se volvieron para casa. Pero no Schoonheyt, a quien asignaron a una unidad de ametralladoras de cincuenta combatientes, entre los que pronto causó sensación por su frescura, resistencia y habilidad. Cuenta la leyenda que era capaz de abatir aviones en pleno vuelo y andar durante kilómetros y kilómetros con una ametralladora pesada a la espalda; sin embargo, incluso ella reconocía que los demás exageraban sus hazañas. Un visitante la vio en el frente, en el interior de una choza de paja que había levantado ella misma, morena como el café, con pantalón corto y camiseta de hombre. Fanny declaró que no estaba allí solo para luchar por la República, sino también para enseñar a las españolas a cumplir con su deber en un país «donde hombres y mujeres tendrán los mismos derechos independientes».[4]
Schoonheyt no era en absoluto la única persona extranjera en el caótico frente de Huesca, que consistía en poco más que una serie de posiciones vagamente conectadas en los alrededores de Tardienta. El novio de Rukeyser, Otto Boch, era también ametrallador en la misma columna.[5] En una postal enviada el 31 de julio desde el frente, le dice a Rukeyser que lo acompañaban diez compatriotas alemanes.[6] Muchos de los demás deportistas y de los exiliados de Barcelona que se habían ofrecido como voluntarios para «luchar contra los fascistas» se encontraban en el mismo frente. Schoonheyt recordó a un grupo de italianos que participaron en una ofensiva contra el pueblo de Almudévar mientras ella disparaba la ametralladora.[7] Los encabezaba un hombre que llevaba «pantalones grises, americana y sombrero, como si anduviera por las Ramblas». Cuando la ofensiva fracasó y el grupo tuvo que retirarse, el hombre regresó caminando tranquilamente por detrás del grupo, a pesar de que el enemigo le apuntaba directamente. Es muy posible que fuera Carlo Rosselli, un líder del movimiento antifascista Giustizia e Libertà que reunía a opositores al régimen de Mussolini de distintas orientaciones políticas. Había ayudado a formar una columna italiana de varios cientos de combatientes. Al menos diez italianos morirían en este frente en los dos meses posteriores.[8]
A principios de agosto, después de haber sido rechazada varias veces por no hablar español o catalán, la artista Felicia Browne se incorporó a la misma columna con una nueva tanda de voluntarios cuyos uniformes desiguales les daban un aspecto, según ella, de «piratas».[9] A Felicia, que se mostraba vacilante e insegura en sus cartas anteriores, la guerra le había ayudado a dar un sentido a su vida. Un periodista afirmó que la había oído recalcar con firmeza que no tenía miedo y que podía «luchar tan bien como cualquier hombre».[10] Como si quisiera demostrarlo, se ofreció voluntaria para unirse a un grupo de diez personas que se infiltraron detrás de las líneas enemigas para sabotear un tren de municiones el 22 de agosto, solo para ver al tren pasar por encima de la carga de dinamita sin que esta llegara a explotar. Lo único que ocurrió fue que el detonador produjo una leve humareda.[11] A continuación, una patrulla enemiga les disparó y Felicia corrió en auxilio de un combatiente italiano herido, al que arrastró detrás de una roca mientras atraía el fuego enemigo hasta que, según uno de los integrantes del comando, «con varias heridas en el pecho y una en la espalda, Felicia […] cayó muerta al suelo».[12]
Las mujeres eran una parte muy popular del heterogéneo ejército que surgió espontáneamente de la amalgama de militares leales a la República, grupos de obreros y voluntarios comunes y corrientes. Golda Friedemann también estaba en los alrededores de Tardienta, después de haber ayudado a su marido a formar una de las primeras unidades extranjeras, el grupo Thälmann,[13] así llamado en honor al político comunista alemán Ernst Thälmann, quien había obtenido el 13 por ciento de los votos en las elecciones presidenciales de 1932, antes de ser detenido por la Gestapo y encarcelado. (Permaneció en confinamiento solitario hasta su ejecución en Buchenwald en 1944, por orden personal de Hitler.) Aunque al principio el grupo Thälmann solo tenía quince integrantes, figuraban en él tres parejas cuando se incorporó a la columna Carlos Marx que salió de Barcelona en dirección noroeste hacia Huesca.[14] Una fotografía de estas semanas muestra a los miembros del grupo Thälmann desfilando de tres en fondo por una plaza. Sus uniformes, armamento y alturas desiguales se ajustan como un guante a la descripción que hace Felicia Browne del ejército de «piratas» de la República. En una época en que las unidades de milicianos se negaban a aceptar elementos «burgueses» como el rango, la disciplina y —a veces— las órdenes, la forma de desfilar del grupo debía de parecer de lo más extraño. Se diría que uno de los espectadores se rasca la cabeza en señal de incredulidad.[15]
A diferencia de muchos de los combatientes españoles, los Thälmann no se marchaban a casa por la noche, convencidos de que la guerra era una actividad diurna. Este era solo uno de varios grupos de voluntarios internacionales. Browne declaraba haber visto «un montón de franceses» y quedó muy impresionada al encontrarse con «tres sastres judacas de Stepney» (en la terminología propia de la época) que habían llegado en bicicleta. En aquellos primeros meses, un corresponsal del periódico Manchester Guardian informó de que había visto a voluntarios procedentes de Italia, Francia, Bélgica, Alemania y a una joven a la que describía como medio checa, medio británica. Esta última no era otra que Liesel Carritt, traductora alemana exiliada en Gran Bretaña, que había insistido ante los miembros del grupo Thälmann en que quería combatir con un fusil en la mano en vez de hacer de enfermera. Después de largas deliberaciones, le permitieron incorporarse al grupo Thälmann, donde la consideraron «bien preparada y con buena iniciativa».[16] En otros lugares de España, aparecieron voluntarios extranjeros solos o en grupos reducidos. En la ciudad fronteriza vasca de Irún, la policía francesa contó 226 voluntarios internacionales que cruzaron la frontera antes de su cierre el 5 de septiembre. Un grupo de ametralladores polacos lucharía valientemente en el País Vasco, aunque la mayoría muriese.[17] Era evidente que la lucha armada contra el fascismo en Europa empezaba a cobrar impulso y, por distintas razones, muchos ciudadanos no españoles sentían la urgente necesidad de participar en ella.
Un número considerable de mujeres se convirtió en leyenda en esta fase de la guerra. El periodista francés Louis Delaprée apodó Amalia la Amazona a una famosa miliciana de Granada cuyo verdadero nombre era Amalia Bonilla, a la que encontró con una unidad de caballería mientras acompañaba a un grupo de parlamentarios británicos en una visita. «Mis dos hijas eran milicianas. A la más joven la mataron», explicó la mujer mientras caracoleaba sobre un purasangre tordo, recién capturado e inquieto. «Esta mujer, que ha matado a cinco hombres, resultó ser una excelente introducción a la guerra de España para los visitantes ingleses», comentó Delaprée.[18] Muchas mujeres lucharon a favor de la República durante las primeras semanas y meses, y el embajador alemán ante Franco se escandalizó al ver que este aprobaba la ejecución de un grupo de milicianas capturadas sin apenas hacer un alto en el almuerzo.[19]
El entusiasmo oficial por las milicianas no duró mucho tiempo. A finales de agosto, el periódico de las juventudes socialistas Juventud proclamaba que «en estos momentos el papel de la mujer es ayudar a los hombres, no suplantarlos».[20] Las mujeres combatientes (incluidas las extranjeras) duraron más tiempo en las unidades anarquistas y del POUM, sobre todo porque a estas les preocupaba menos la jerarquía. Mika Etchebéhère, por ejemplo, se describió como una «capitana-madre que cuida de sus hijos soldados» y afirmó que no sabía mandar: «Mejor dicho, no necesito imponerme. Cuando llega una orden, la comunico a la compañía y la cumplimos entre todos». Etchebéhère incluso reclutó a dos mujeres de una columna comunista, donde habían limpiado platos y ropa.[21] «No vine al frente a morir con un paño de cocina en la mano», se quejaba una.[22] Pese a todo, Etchebéhère acabó discutiendo con su comandante anarquista, Cipriano Mera, después de que este le dijera, al verla llorar ante un adolescente herido de muerte en su unidad: «Vamos, moza, deja de llorar. Llorando con lo valiente que eres. Claro, mujer al fin», a lo que ella replicó: «Y tú, con todo tu anarquismo, hombre al fin, podrido de prejuicios como un varón cualquiera».[23]
La República, sin embargo, pronto decidió que no quería a las mujeres en el frente y comenzó a dar instrucciones de que se retiraran al cabo de solo tres meses.[24] Quedarían excepciones, entre ellas Fanny Schoonheyt y Mika Etchebéhère, pero a los varios centenares de mujeres que llegarían más tarde del extranjero les resultaría casi imposible incorporarse a unidades de combate.[25] Las que más cerca estaban eran las sanitarias que cuidaban de los heridos cerca del frente. Dos de estas voluntarias, las enfermeras alemanas Augusta Marx y Georgette Kokoeznynsgy, seguirían a Felicia Browne a la tumba en octubre después de morir quemadas cuando se escondían en un pajar, donde, en palabras del periódico La Vanguardia, fueron víctimas de un «acto de barbarie fascista».[26] Margarita Zimbal, una alemana de 19 años que ya había participado en el desembarco republicano fallido en la isla de Mallorca, también murió ese mes. Las descripciones nos la presentan como «combatiente y enfermera».[27] Después de que la situación se estabilizara tras la primera semana de guerra, parecía probable que los generales reaccionarios y sus aliados se encaminaran hacia una rápida derrota. Su unidad de combate más importante era el ejército de África, pero este se encontraba en su mayor parte atrapado en el otro lado del Estrecho, debido a que los oficiales de menor graduación de la marina española habían seguido el ejemplo de los demás marineros europeos, que constituían el sector más declaradamente izquierdista de las fuerzas armadas. Un oficial de tercera del cuerpo auxiliar de radiotelegrafistas de la marina en Madrid, Benjamín Balboa, había interceptado el mensaje de Franco en el que anunciaba el alzamiento e inmediatamente arrestó a su propio comandante por estar implicado en la trama. Luego advirtió a todos los radiotelegrafistas de la marina española «que vigilen a sus jefes, una cuadrilla de fascistas».[28] Una cañonera, el Dato, fue el único barco importante que terminó en manos de los rebeldes en el norte de África. En un célebre mensaje, la tripulación del acorazado Jaime I, que había recibido la orden de zarpar de la base naval de El Ferrol rumbo al sur, comunicó al Ministerio de Marina: «Destituidos jefes y oficiales francos de servicio. Resistiendo jefe y oficiales de servicio en el puente. Rendidos violentamente […]. Rogamos urgentemente instrucciones respecto cadáveres». Se les ordenó que arrojaran los cadáveres de los oficiales rebeldes por la borda «con sobriedad respetuosa».[29] En El Ferrol, los buques de guerra rivales intercambiaron fuego antes de que los rebeldes se adueñaran de la base.[30]
Hasta ese momento, en todos los lugares en los que habían entregado armas de inmediato a los grupos de obreros locales, estos casi siempre se habían impuesto a los conspiradores. Las 46 capitales de provincia españolas, donde solían concentrarse las principales unidades del ejército, tenían un papel clave y permitían dominar el territorio circundante.[31] Eso facilitó a los rebeldes reaccionarios el control de una pequeña parte del suroeste de España, donde Queipo de Llano se había apoderado de la ciudad de Sevilla y estaba llevando a cabo su amenaza de cazar a «esos alborotadores […] como alimañas».[32] Poblaciones cercanas como Córdoba y los puertos meridionales de Cádiz, Algeciras y Huelva también estaban en manos de los golpistas, aunque los republicanos conservaban muchas de las ciudades y pueblos con mayor número de habitantes. Al principio, la ciudad de Granada quedó dividida en dos, pero los golpistas acabaron imponiéndose y el célebre poeta y dramaturgo granadino Federico García Lorca fue asesinado. Una franja del norte y el centro de España, que se extendía desde Teruel, Zaragoza y Huesca en el este hasta la frontera portuguesa y la costa atlántica occidental de Galicia, estaba asimismo en manos de los rebeldes. Al norte, las grandes ciudades industriales y portuarias del golfo de Vizcaya —entre ellas Santander, Bilbao y Gijón (donde, sin embargo, varios cientos de rebeldes resistirían en sus cuarteles durante un mes)— y las zonas rurales de los alrededores permanecían leales al Gobierno legítimo.
El 20 de julio, en un aeródromo portugués, el líder in pectore del golpe, el general Sanjurjo, saltó con entusiasmo a bordo de una avioneta De Havilland Puss Moth con la maleta llena de uniformes y medallas, dispuesto a volar a España. El peso de las medallas, o algo más, hizo que el avión no consiguiera elevarse por encima de los pinos que circundaban el aeródromo. El piloto salió disparado del aparato y sobrevivió. Sanjurjo, que estaba previsto que fuera el «caudillo» de una nueva dictadura española, murió abrasado.[33]
No estaba nada claro quién asumiría su papel. En Sevilla, Queipo de Llano utilizaba la radio para intimidar y aterrorizar con palabras, mientras las tropas que tenía a su mando se dedicaban a cumplir sus amenazas. En la primera de sus emisiones regulares, al prometer que el ejército de África estaba en camino, dejó muy claro dónde radicaba la auténtica fuerza de los rebeldes e identificó su mayor problema.[34] Porque si Franco no lograba atravesar el Estrecho con su ejército desde Marruecos, no serviría de nada.
4
Ya están aquí los fascistas
Sevilla, agosto de 1936
Adolf Hitler dirigió su atención por primera vez hacia los sucesos de España después de asistir a una representación del Sigfrido de Richard Wagner en el festival de Bayreuth la noche del 25 de julio de 1936.[1] Se alojó durante todo el festival en la villa Wahnfried, que había pertenecido al compositor profundamente antisemita cuya música tanto le cautivaba e inspiraba. La ópera animó al Führer, como siempre, y cuando llegaron emisarios de Franco pidiendo aviones de transporte, cazas, cañones antiaéreos y fusiles, Hitler dejó de lado sus dudas iniciales acerca de la mala planificación de los conspiradores para hablar de la amenaza global del bolchevismo y bautizar su operación contra la República española con el nombre de Operación Fuego Mágico, por el pasaje de la ópera de Wagner en el que Sigfrido se abre paso entre las llamas para rescatar a Brunilda. Así, Hitler envió veinte aviones de transporte Junkers JU-52 de gran capacidad para llevar el ejército de África a la Península. Su decisión convirtió un golpe militar fallido en una larga guerra civil,[2] y de paso transformó un conflicto local en una guerra internacional.
El Führer no había sido consultado antes del alzamiento. Mussolini, en cambio, había prometido a los generales reaccionarios ayuda en forma de aviones, aunque, llegada la hora de cumplir sus promesas, le asaltaron las dudas. Quería ver si Francia, Gran Bretaña o Rusia ayudarían a la República española, en cuyo caso podría verse arrastrado a una guerra europea que aún no deseaba. Sin embargo, en una semana se convenció de que Francia y Gran Bretaña no iban a intervenir, en parte porque el Gobierno conservador de Londres prefería a los generales rebeldes a la contrarrevolución de izquierdas en las calles de Barcelona, Madrid y otros lugares. La Unión Soviética, por su parte, tampoco parecía dispuesta —al menos al principio— a dejarse arrastrar por el caos de una contrarrevolución que no controlaba y que amenazaba sus pretensiones de crear una alianza contra Alemania. Mussolini firmó el 27 de julio el envío de un primer contingente de bombarderos Savoia SM81, una docena de los cuales despegó hacia Marruecos el 28, aunque los fuertes vientos de proa hicieron que dos aparatos se estrellaran y que otro se viera obligado a aterrizar en el Marruecos francés, alertando así al mundo de la decisión de Mussolini de unirse a la lucha.
La primera gran operación militar aerotransportada de la historia comenzó, pues, el 28 de julio y, gracias a la protección de buques de guerra alemanes al transporte de tropas por mar, unos 15.000 soldados del ejército de África llegaban a Sevilla y sus alrededores al cabo de diez días.[3] El peso de la operación recayó en los JU-52 de Hitler y, gracias a ella y al suministro regular de armas y municiones por parte de Hitler y de Mussolini, se salvó el golpe de los generales, que pudo convertirse en una guerra civil, en la que solo uno de los dos bandos contaba con un ejército experimentado, dirigido con eficacia y bien pertrechado.[4]
Entre las primeras tropas que llegaron estaban las de la Legión, cuya fama de despiadadas les precedía. Arturo Barea, que había servido como sargento de ingenieros, había acompañado a la Legión mientras arrasaba pueblos de la zona de Beni Arós en 1921. «Cuando atacaba, el Tercio no reconocía límites a su venganza. Cuando abandonaba un pueblo, no quedaba más que incendios y los cadáveres de hombres, mujeres y niños», escribió.[5] Sin embargo, la mayoría de los soldados del ejército de África eran mercenarios marroquíes, agrupados en regimientos coloniales bajo el mando de oficiales españoles. El paradigma de la fama de crueles de los oficiales del ejército de África seguramente fuera el teniente coronel Juan Yagüe Blanco, que había sido la mano derecha de Franco durante la sublevación de los mineros de Asturias de 1934, en cuya represión se había recreado con tanto sadismo que el oficial superior al mando, el general Eduardo López Ochoa, ordenó la retirada de sus hombres al descubrir que mutilaban a cuchillo los cadáveres de los mineros cautivos. «Decapitaron o ahorcaron a los presos, y les cortaron los pies, manos, orejas, lenguas, ¡hasta los genitales! A los pocos días, uno de mis oficiales, hombre de toda mi confianza, me comunicó que unos legionarios se paseaban luciendo orejas ensartadas en alambres, a manera de collar, que serían de las víctimas», informó. «También me llegaron las hazañas de los Regulares del Tabor [un batallón de tropas marroquíes] de Ceuta: violaciones, asesinatos, saqueos. Mandé fusilar a seis moros.»[6]
Franco voló en persona de Marruecos a Sevilla el 6 de agosto. Las bravatas y la brutalidad habían permitido de momento a los rebeldes resistir en la pequeña parte de Andalucía que dominaban. Ahora Franco podía ser mucho más ambicioso y dividió sus fuerzas en dos en su avance hacia Madrid. Una parte de las tropas, bajo el mando del infame Yagüe, se dirigió al norte hacia Badajoz —donde la imagen de la matanza de cientos de prisioneros desarmados en la plaza de toros llevó al periodista portugués Mário Neves al borde de la locura— para luego virar hacia el este, hacia Madrid. La segunda columna, bajo el mando del coronel José Enrique Varela, recorrió gran parte de Andalucía, consolidando la zona en manos de los nacionales tras enlazar con las guarniciones rebeldes de Córdoba, Granada y Huelva. Mola, por su parte, concentró sus fuerzas en mantener estable el frente oriental de Aragón mientras intentaba reducir la extensión de la gran bolsa republicana del norte, que incluía Bilbao y gran parte de la industria pesada española.
La superioridad aérea conseguida gracias a los pilotos de las fuerzas aéreas italianas y alemanas sería vital. Pronto llegaron dos buques de la marina mercante con doce cazas Fiat CR32, junto con sus tripulaciones, personal de apoyo y municiones.[7] Fueron los primeros de los 377 aviones de este tipo que formaron el grueso de los cazas de la aviación franquista.[8]
El primer ministro francés, Léon Blum, que también encabezaba un Gobierno de Frente Popular, al principio quiso ayudar a la República, pero cambió de opinión tras un viaje a Londres diez días después del inicio de los combates, probablemente porque el primer ministro británico Stanley Baldwin le dijo que no le ayudaría si Italia declaraba la guerra a Francia. Gran Bretaña no estaba preparada para luchar en otra gran guerra en Europa, aunque tampoco quería que España fuese territorio fascista si dicha guerra estallaba. Cuando Blum propuso un acuerdo de no intervención a principios de agosto, Gran Bretaña se apresuró a darle su apoyo.[9] Otros gobiernos se adhirieron pronto a dicho acuerdo, lo que anuló las posibilidades de la República de sofocar la rebelión antes de que pudiera extenderse.
Mientras los gobiernos británico y francés ayudaban a crear un comité formal para supervisar la no intervención, tanto Hitler como Mussolini se mostraban en teoría encantados con la iniciativa, aunque en la práctica la burlasen descaradamente. La impunidad con que Mussolini había invadido Abisinia en 1935 ya había puesto de manifiesto que el expansionismo fascista era tolerado fuera de Europa. El acuerdo de no intervención, firmado en agosto de 1936, fue una primera señal de que a las potencias fascistas también se les permitiría actuar con relativa impunidad en el continente europeo. Mientras tanto, el Comité de No Intervención creado para supervisar y, en última instancia, imponer la no intervención se convirtió en lo que un embajador americano llamó «el grupo más cínico y lamentablemente deshonesto que la historia haya conocido».[10]
Hitler y Mussolini siguieron fingiendo que no tenían nada que ver con el levantamiento de los militares reaccionarios. A finales de agosto, el periodista y escritor húngaro políglota Arthur Koestler, otro hombre de la Comintern, utilizó sus credenciales de prensa para viajar a Sevilla. Quería averiguar si eran ciertos los informes de que los aviadores de Hitler y Mussolini estaban ayudando a los generales rebeldes. Koestler había solicitado en un principio la incorporación al ejército republicano, pero le dijeron que, en vez de eso, aprovechara su condición de periodista para espiar a favor de la República, en consonancia con sus opiniones políticas. En Sevilla, pronto encontró a un grupo de oficiales de la Luftwaffe que bebían jerez y disfrutaban de un almuerzo en uno de los hoteles más lujosos de la ciudad, el Cristina, con el periodista pronazi Hans Strindberg —hijo del gran dramaturgo sueco August Strindberg—, que conocía a Koestler porque habían trabajado juntos en un periódico alemán. Strindberg también sabía que Koestler era un izquierdista convencido, por lo que el encuentro estuvo a punto de acabar mal para este:
Hitler negaba haber enviado aviones a España y Franco negaba haberlos recibido, mientras, ante mis asombrados ojos, pilotos alemanes rubios, que eran la prueba palpable de lo contrario, consumían grandes cantidades de pescado español y, con los monóculos clavados sobre los ojos, leían el Völkischer Beobachter. Había cuatro de estos caballeros en el hotel Cristina de Sevilla a la hora del almuerzo del 28 de agosto de 1936. […] Cuando entré en el salón, los cuatro pilotos estaban sentados en torno a una mesa, bebiendo jerez. El pescado llegó más tarde. Sus uniformes consistían en el mono blanco que usaban los aviadores españoles; en el pecho llevaban dos alas bordadas con una pequeña esvástica dentro de un círculo. […]
Los cinco caballeros juntaron sus cabezas, a lo que siguió una maniobra estratégica: dos de los aviadores se dirigieron hacia la puerta —evidentemente, para cortarme la retirada—; el tercero fue a la garita del portero para telefonear —por supuesto, a la policía—; el cuarto piloto y Strindberg iban de un lado a otro del salón. […] su amigo, el aviador número cuatro, se unió a la discusión. Tras una leve reverencia, me dijo su nombre, Von Bernhardt, y me pidió que le enseñara mi documentación. La pequeña farsa se desarrolló por entero en alemán.
Pregunté con qué derecho el señor Von Bernhardt, un extranjero, exigía que le enseñara la documentación. Herr Von Bernhardt replicó que, como oficial del ejército español, tenía derecho a pedir la documentación a «cualquier personaje sospechoso». De no haber estado tan agitado, me habría abalanzado sobre esta afirmación como sobre una golosina. Que un hombre con una esvástica en el pecho reconociera en alemán que era oficial del ejército de Franco era todo un bombón […].[11]
Los únicos países que parecían dispuestos a ayudar a la República sitiada eran México y la Unión Soviética, aunque Stalin se mostró cauto a la hora de involucrarse demasiado en una guerra lejana. Desde ambos países, enviaron armas, combustible y material de apoyo. Stalin también mandó asesores militares para instruir al ejército republicano. Cientos de soviéticos combatieron asimismo en calidad de pilotos, artilleros antiaéreos o conductores de tanques, hasta que los republicanos pudieron contar con combatientes formados. Sin embargo, se trataba de un contingente mucho más pequeño de soldados regulares y profesionales que los que enviarían más tarde Hitler —con su Legión Cóndor procedente de la Luftwaffe— y Mussolini, que acabó mandando a España divisiones enteras del ejército italiano.
El número de centurias de voluntarios extranjeros fue en aumento. Los italianos, cuyos partidos de la oposición al régimen llevaban diez años coordinándose en el exilio, figuraban entre los más activos, con más de 300 combatientes ya en España de los 650 que acabarían integrando la columna italiana de Rosselli.[12] En lo que sería un ensayo para posteriores reclutamientos, el 31 de agosto un grupo de 400 voluntarios de varias nacionalidades —entre ellos, muchos exiliados políticos alemanes, italianos y polacos— había llegado a Barcelona procedente de Francia. Era el mayor contingente de voluntarios extranjeros hasta la fecha y había sido coordinado por los comunistas, que se aseguraron de apuntarse una victoria propagandística. A su paso, en cada una de las estaciones se habían congregado multitudes que los vitoreaban, y al llegar a Barcelona, el presidente de Cataluña, Lluís Companys, los esperaba en el andén. «Abrumados por los gritos, las flores y los abrazos, formamos una apretada columna y, precedidos por una banda militar, recorrimos las principales calles de la ciudad hasta el cuartel Carlos Marx», recuerda Antoni Mrowiec, un exiliado polaco que vivía en Alès (Francia).[13] Sin embargo, en ese momento la República estaba más preocupada por Madrid que por el estancado frente de Aragón, que se alimentaba de las tropas de Barcelona. Mrowiec y otras tres docenas de polacos y húngaros se incorporaron a la columna Libertad, que se disponía a partir hacia la capital de España.
Ya entonces era evidente, por la afluencia de personas que cruzaban la frontera por cuenta propia hacia España, que numerosos voluntarios extranjeros estaban dispuestos a defender la República. De hecho, ya eran más de mil. Si se lograba aprovechar y organizar el abundante caudal de simpatía por la República, todo un ejército acudiría en su defensa.
La idea empezaba a ganar apoyos en Moscú. Stalin no quería comprometer al ejército rojo, pero el comunismo internacional de corte soviético contaba con una organización global bien estructurada, que estaba acostumbrada a operar en la clandestinidad, con eficiencia y disciplina: la Comintern. Su reciente política de buscar alianzas de Frente Popular con otros grupos de izquierda más moderados en Europa y en el resto del mundo le había granjeado numerosas simpatías y había ampliado el abanico de aliados dispuestos a seguir su liderazgo.
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Una opinión profesional
Huesca, mediados de septiembre de 1936
Tom Wintringham contempló la ciudad de Huesca, pequeña pero claramente visible en la distancia gracias al reluciente sol de septiembre.[1] Al fondo, las montañas pirenaicas de color gris plateado se alzaban «abruptas y fantásticas, como si estuvieran pintadas en el telón de fondo de un teatro».[2] Calvo, atlético y con bigote, este exoficial del ejército británico de 38 años, abogado con estudios en Oxford, había ido al frente gracias a otro tipo de voluntario: un estudiante de medicina del St. Bartholomew’s Hospital de Londres llamado Kenneth Sinclair-Loutit, que haciendo caso omiso de la amenaza de su padre de que lo desheredaría si se iba a España,[3] había llevado una unidad de asistencia médica al frente desde Gran Bretaña.[4] Esta fue la primera ayuda a la República española debidamente organizada que llegó de Gran Bretaña, con el apoyo entusiasta de grandes personalidades de la izquierda y la literatura como Rebecca West y Victor Gollancz.
Habían pasado dos meses desde el alzamiento de los generales. Fanny Schoonheyt había vuelto a Barcelona, donde se recuperaba de «agotamiento nervioso» (según un periódico) o, más probablemente, de una larga enfermedad renal. Se había convertido en una celebridad menor en Barcelona, donde los periodistas locales afirmaban que la habitación del hospital que ocupaba esta mujer rubia y bronceada parecía más bien «el camerino de una vedette». No parece que regresara al frente, pero su habilidad con la ametralladora era demasiada para desperdiciarla, y por eso la enviaron como instructora y comisaria política a un campo de instrucción situado en las afueras de Barcelona.[5]
A estas alturas, grupos de todos los colores políticos estaban reclutando a extranjeros. Había rótulos en la estación principal de tren de Barcelona que indicaban la dirección de las oficinas de reclutamiento. Los anarquistas y otros se unían a las dos grandes columnas organizadas por la Federación Anarquista Ibérica (FAI) y el sindicato también anarquista Confederación Nacional del Trabajo (CNT), encabezadas, la primera, por Buenaventura Durruti y la segunda, por miembros de la familia Ascaso. Entre los extranjeros se encontraba una filósofa francesa de 26 años, Simone Weil, que se incorporó a una sección internacional de 22 miembros de la columna Durruti, aunque tuvieron que enviarla de vuelta a Francia después de que le pidieran que cocinara y se escaldara el pie con aceite de oliva hirviendo.[6] Como muchos de los que viajaron a España, Weil tuvo que hacer un esfuerzo para deshacerse de los ideales pacifistas que la izquierda había mantenido durante la Primera Guerra Mundial y después de la misma, que muchos izquierdistas consideraban una «guerra imperialista», urdida por las codiciosas élites europeas y pagada con la sangre de la clase obrera. «No me gusta la guerra —se justifica Weil—; pero […] cuando me di cuenta de que, a pesar de todos mis esfuerzos, no podía evitar participar moralmente en esta guerra, es decir, que no podía evitar desear cada día, a todas horas, la victoria de un bando y la derrota del otro, me dije que, para mí, París era la retaguardia y tomé un tren a Barcelona».[7] Sin embargo, le sorprendió la despreocupación con que los anarquistas asesinaban a los sacerdotes y a las demás personas que se suponía que simpatizaban con los fascistas. La muerte de un combatiente falangista de 15 años capturado por sus compañeros voluntarios, y que prefirió que lo fusilasen antes que arrepentirse, pesó sobre su conciencia, «aunque no lo haya sabido sino después».[8]
Tom Wintringham había ido a Huesca para visitar al grupo Thälmann, y así fue como acabó sirviéndole un plato de alubias calientes y picantes el cocinero guasón y exatleta de la Olimpiada Popular Abrasha Krasnowieski, cuyo alegre comportamiento hacía de él el corazón y el alma de los Thälmann. «¡Cómete el puñetero desayuno!», le ordenó en broma Krasnowieski, utilizando para ello lo que aparentemente era todo su vocabulario en inglés, ante la hilaridad del pinche de cocina español. Sam Masters, uno de los sastres judíos de Stepney a los que había mencionado Felicia Browne, se había unido a este grupo de quince, cuyos miembros se comunicaban principalmente entre sí en alemán, español y yidis.[9] Como las hostilidades reales eran poco frecuentes, Masters se había ganado la fama de «no estar muy interesado en la guerra», pero sí de poseer una gran habilidad para saquear los viñedos y huertos de la extensa tierra de nadie que los separaba del enemigo. Así, invitaron a Wintringham a darse un atracón de pegajosas uvas azules.
A Wintringham le gustó la camaradería, pero le disgustaron muchas otras cosas. Durante la Primera Guerra Mundial, las trincheras del frente a veces estaban a solo 50 metros de distancia del enemigo. Pero en Huesca se hallaban a 800 metros, por lo que el fuego de ametralladora que recibió al correr entre dos posiciones republicanas no eran más que disparos al azar y un desperdicio de munición.[10] Ambos bandos actuaban igual. En las hostilidades reales, había que atravesar la tierra de nadie en audaces incursiones, pero estas eran una rareza. Eso no impedía que Wintringham se lanzara automáticamente a un hoyo en cuanto oía disparos. La experiencia de la Primera Guerra Mundial se le había quedado grabada en la memoria. Por mala puntería que tuvieran, según él, le disparaban con balas de verdad. Mientras corría de un hoyo a otro, le preocupaba que su calva, al brillar al sol, atrajera el fuego enemigo, y, aunque no dijera nada, le enfurecía la negligencia con que los voluntarios extranjeros se exponían al peligro.
Los españoles, a ojos de Wintringham, eran aún más descuidados, como un soldado que caminaba tan tranquilo por el campo, con medio quintal de tomates y fruta variada sobre los hombros, haciendo caso omiso del fuego de los francotiradores. Wintringham pronto comprobó que no se consideraba varonil que un español se lanzara a un hoyo solo porque alguien le disparase. «¿Tenía miedo? Pues claro que tenía miedo. Es propio del soldado sentir miedo a su debido tiempo», escribió. También era propio de los soldados cavar trincheras, fortificar posiciones y hacer guardia, pero esto se hacía de cualquier manera, si es que llegaba a hacerse. Para ir de una posición a otra que hacía tiempo que deberían estar unidas mediante trincheras, todavía era preciso salir corriendo a campo raso, mientras que las trincheras que sí habían cavado no eran lo bastante profundas o formaban una línea recta fácil de rebasar. En otras palabras, esta era todavía una guerra de aficionados en la que correr riesgos innecesarios era parte de la «emoción». Wintringham discutió con Wohlrath, Friedemann y el resto de los voluntarios extranjeros, quienes compartían la ilusa creencia de que, a pesar de que en dos meses no habían logrado más que pequeños avances, Huesca estaba a punto de caer en manos de los republicanos. «Todos detestamos cavar. Además, no estaremos aquí mucho más tiempo», alegó uno de ell
