Adolfo Suárez

Gregorio Morán

Fragmento

Introduccion en tres tiempos

Introducción en tres tiempos

PRIMERO

EL PERSONAJE

Quizá nos hicimos mayores cuando descubrimos que era el pasado el que cambiaba siempre, y que el presente seguía en general inmutable. Bastaba echar un vistazo a la llamada «transición democrática» para que nos expusiera, como en un espejo, lo mucho que había ido cambiando nuestro pasado y la resistencia del presente a transformarse.

En 1979, cuando empecé a estudiar la transición, que había pasado ya su ecuador, aparecía como un encaje de bolillos con tres encajeras: Torcuato Fernández Miranda, Adolfo Suárez y el Rey. Había también unos cuantos más apostados a la vera de la mesa, observando y metiendo baza, pero los que marcaban las reglas del juego eran tres.

Luego, el tiempo fue aparcando a uno. Torcuato se convirtió en una especie de espectro paterno de Hamlet, al que quitaron la posibilidad de decir sus frases, y que quedaría desde entonces al fondo del escenario, sin la posibilidad de hablar, mudo para siempre. Moriría en un hospital de Londres, en julio de 1980, cuando visitaba a uno de sus hijos. Adolfo Suárez, aún presidente del Gobierno, manifestó con rotundidad que no asistiría a su funeral, y allí estuvo el reclinatorio, esperándole ostentosamente.

Y por fin le tocó a él. El turno de Suárez llegó en enero de 1981. Aguantó hasta bastante más allá de lo que sus adversarios calculaban, y fue muy arrogante en su derrota, pero por más que se revolvía, tratando de sacar pecho y cabeza, no hubo manera. Fue entonces cuando volvió a cambiar el pasado, y aseguraron que había asumido el ostracismo político con enorme dignidad. Todo más falso que el papel moneda. Puro referente.

Al final se quedó el Rey, el motor de la transición y el cambio, solo, apenas con algún «mecánico», que es como se llamaban antiguamente a los conductores que además servían un poco para todo.

Y entonces llegó la foto y aparecieron las puertas del cielo: el homenaje al sacrificado. El Rey, de espaldas, echándole el brazo por detrás a un Adolfo Suárez en camisa, recogida hasta los codos, y algo encogido por la enfermedad implacable. En la instantánea caminaban juntos, y tan al unísono, que basta ver el pie derecho de ambos, en la misma disposición de marcha hacia la espesura de un jardín umbroso. Fin de la secuencia. Uno enfermo de Alzheimer y el otro sano de supervivencia cerraban en ese plano final con fundido a rosa una turbulenta historia, paseando tranquilamente —el Rey lleva una mano en el bolsillo— hacia la naturaleza, siempre acogedora, y dándole la espalda al fotógrafo, a nosotros, al pasado. La más hermosa imagen: la alta política convertida en un gesto sencillo y humano que iluminará a quienes pretendan mirar hacia atrás. Y se toparán con esa foto, casi un cuadro de época, que enseña sin ningún género de duda lo grandes, dignos, magnánimos, valientes y sufridores que fuimos todos, sin excepción.

Esa foto fue preparada, disparada, retocada, edulcorada y enviada a los españoles, y quedará como el magno resumen del tándem que forjó la democracia. Sin ninguna duda se trabajó a conciencia, con sentido de la oportunidad, y no sin cierta alevosía. ¡Imagínense si ese retrato viene a cerrar un pasado, que se hizo público el 18 de julio de 2008! ¿Nadie recuerda ya aquel otro 18 de julio, y todos los 18 de julios festivos que siguieron a aquel primero de 1936? Pues no; ni se acuerdan, ni tiene ya sentido alguno hacerlo.

Un retrato sacado en el último momento, en el tiempo de descuento final de ese hombre que fue Adolfo Suárez González, ex presidente del último gobierno autoritario y del primero de la democracia. Protagonista de excepción de la transición de la dictadura a la democracia, en el instante postrero posa de espaldas para inmortalizar la definitiva consagración de un pasado y del principal superviviente, el que conservó el poder en las más procelosas situaciones, el Rey.

Esa foto de Adolfo Suárez de espaldas marchando con Juan Carlos, que en gesto cariñoso le pasa el brazo por el hombro, quedará como el icono definitivo de una época; pelillos a la mar y que nos quiten lo bailado. Atribuida, no sin candidez, al hijo de Suárez, Adolfo S. Illana, que de ser cierto hubiera demostrado, con su golpe de vista y una buena cámara, que al menos algo sabía hacer bien. No se precisa ser un experto del Photoshop electrónico para detectar en esa instantánea la mano de un profesional. Lo delata a gritos la profundidad de campo, el encuadre, la nitidez, incluso la magnificencia de un fotógrafo de cámara. Bastaría la ayuda de Alberto Aza, profesional donde los haya; el mismo que ayer fue jefe del gabinete del presidente Suárez hasta el día de su dimisión, y hoy lo es del Rey Juan Carlos.

Porque hay muchas cosas que están condensadas en esa foto. Y no sólo porque sea la última instantánea en que salen juntos los dos supervivientes del período más sorprendente, políticamente hablando, del siglo XX español. Resulta obligado empezar por ahí. Dos hombres de espaldas al espectador, donde uno ayuda a caminar al otro, ahora que la maldita enfermedad de la memoria le ha castigado a no saber quién es él y quién es el otro, y quiénes son quienes le rodean y le observan, y le han convertido en el icono en vida de esa transición, desde la dictadura más larga y brutal de nuestra historia moderna hasta la democracia más larga y asentada que ha conocido España. Ese Adolfo Suárez o, más exactamente, lo que queda de aquel hombre que fue odiado hasta la patología, cuyo nombre representó para sus odiadores innúmeros la vileza y la mentira, y que llegó de derrota en derrota hasta la victoria final. Porque la gran victoria de Adolfo Suárez sobre sus enemigos es póstuma. Esperaron a verle humillado y derrotado para exclamar todos a una: ¡Qué grande fuiste, Adolfo!

Cuando esa música se hizo coro, resultó que el protagonista ya no podía oír; se había quedado sordo, medio ciego y con esa cara de idiota enfadado que ponen los enfermos de Alzheimer para afrontar la angustia que es vivir sin enterarse de nada que no sea lo que tienen delante. Pero la crueldad de la paradoja está ahí; le cantaron las glorias y las mañanitas cuando ya no podía oírlas, y esperaron a hacerlo cuando estuviera políticamente muerto. Porque un político muere en el momento que ha perdido toda esperanza de ejercer el poder, cualquiera que sea ese poder.

La vida de Adolfo Suárez como político —¿acaso era otra cosa?, ¿un analista, un profeta, un intelectual, un agudo contemplador de la realidad?, político y punto—, esa vida, digo, terminó en mayo de 1991 al dimitir de la presidencia de su partido, el CDS, o unos meses más tarde, en octubre, cuando renunció a su escaño de diputado. Era lo único que le quedaba, aquella ruina de partido que se llevó sus últimas esperanzas, el Centro Democrático y Social, que aguantó una década. Ahí es nada, una década sufriendo la política como un paria, volviendo a cruzar el desierto de la peor manera, porque ya conocía de los goces del disfrute del poder, ese oasis del que le echaron. ¿Le echaron o se fue? Ya lo veremos a su debido tiempo. Ahora quedémonos con esa travesía del desierto, tan suya e intransferible, que duró diez años, diez. ¡Y pensar que todos le recordarán por haber sido presidente del Gobierno durante menos de cinco!

Lo curioso de este hombre es que su vida no tuvo claroscuros. Siempre estuvo bajo la atención de los focos; con mayor o menor interés de los cámaras, pero a la luz siempre. Y he aquí que cada quien tiene su visión del personaje y son ellos quienes introducen los claroscuros, señalando cuánto les gustó aquel gesto valiente de Suárez en el 23-F. O su intervención en TVE cerrando la campaña posconstitucional del 79, cuando gritó su imperecedero «¡que viene el lobo!», o lo que es lo mismo, la izquierda, el socialismo, y resultó que la manada de asilvestrados la tenía dentro y acabaron devorándole a él, como si fuera Caperucita. Casi cada testigo de aquella época tiene su Adolfo Suárez particular; un rasgo que le hace simpático, en ocasiones entrañable. «Me quieren, se nota que me quieren, pero no me votan», decía él en plena travesía del desierto.

Vivimos en una época de gentes tan acostumbradas a engañarse a sí mismas y a tratar de ampliarlo a los demás, que aún es el día que sus partidarios más fervorosos se niegan a admitir que a Suárez, como tal Suárez, es decir, como político, no le votaron más que una vez, la primera, allá por el año 77, quizá dos, e incluso en algunos casos de fans berroqueños de última hora, ni siquiera una vez. Pero la cosa se ha puesto tan emperifollada de superlativos, que se hace necesario volver a hacernos las mismas preguntas de aquel verano de 1976, con Franco apenas muerto y el franquismo aún vivo. Le faltaban dos meses para cumplir los cuarenta y cuatro años cuando fue nombrado presidente del Gobierno. Una razón para sentirse orgulloso de su carrera. Franco, a quien entonces se consideraba aún la medida de todas las cosas, había llegado a la jefatura del Estado dieciocho días más viejo que Suárez a presidente, si es que puede hablarse de vejez a esas edades.

Medía un metro setenta y siete centímetros y pesaba setenta y tres kilos cuando llegó su hora estelar. Físicamente estaba bien; ninguna enfermedad digna de ser tenida en cuenta; alguna lipotimia a lo largo de su carrera, por exceso de tensión y movimiento, y pequeños dolores circunstanciales. Casi como todo el mundo. No podía considerarse un hombre de desarrollo físico proporcionado, porque la alimentación de la infancia no había sido muy equilibrada; hasta que le operaron de la hernia no empezó a crecer, y desde aquel momento su estatura no correspondía con la estructura interior de su cuerpo. Esto le dio el aspecto un poco encogido que hubo de ir corrigiendo, gracias a los trajes de hombreras reforzadas, y ampliando los tacones de sus zapatos, para dar la apariencia de mayor estatura. Su sastre, Pajares, tuvo siempre en cuenta esos detalles.

El rostro, con el tiempo, se haría más firme, con algunos movimientos extraños en las comisuras de los labios, y unas ojeras demasiado pronunciadas para una cara tan flaca. Los nervios a veces se le concentraban en la lengua, obligándole a pasarla por el incisivo izquierdo, como si sintiera deseos de morder y se contuviera. Una broma o un acto fallido, hubiera dicho un psicólogo. En sus intervenciones ante las Cortes o por televisión, aprovechaba las pausas para hacer ese gesto característico de hinchar el labio inferior con el peso de la lengua. Sólo los ojos le traicionaban, porque, obligado a llevar gafas, no sabía distinguir con facilidad las reacciones de quien estaba frente a él, y entonces mantenía la mirada fija, como si bebiera las palabras del interlocutor. Si éste no es perspicaz, no notará que uno de los ojos está más vivo que el otro, mientras mantiene fijamente la vista, como si quisiera impresionar por su atención. Esa coquetería de no llevar gafas le provocaba que las cejas no fueran al unísono de esa mirada cargada de interés ficticio, y a veces se movían contrayéndose, como en un bostezo interrumpido.

Las fotografías de Suárez mirando a la cámara parecen las de un mozo algo tímido que pretenda ocultarlo con arrojo. Por eso no le gustaba ponerse de frente a los fotógrafos, porque no controlaba su mirada y le salía un gesto frío, retador, como si les estuviera provocando. Entonces no sabía disimular, a menos que sus ojos pasaran a un segundo plano y otras partes de su cuerpo fueran las protagonistas. Consideraba que la nariz y el pecho eran las partes más desproporcionadas de su figura; parecían un reto a la mesura y un borrón en un tipo cuya apariencia física resultaba agradable, pero que no llamaba la atención por ningún detalle, como no fueran sus ojos, lo más débil y lo más humano de su persona.

La parte baja de la cara tenía el color amoratado de las barbas cerradas a las que una máquina eléctrica nunca termina de afeitar bien, especialmente si carece de la paciencia necesaria para insistir más de tres minutos. El pelo formaba lo más inmóvil de su aspecto; corto, con raya lateral, conservando el mismo aire que tenía cuando era un estudiante de provincias. Quizá el peinado resultaba relamido, alambicado, como si acabara siempre de dejar al peluquero; antes de las audiencias con el almirante Carrero Blanco pasaba siempre por la peluquería.

El lado fuerte estaba en la boca y en las manos; respondían a sus estímulos. Las iniciativas de Adolfo se manifestaban en una enorme gama de matices a partir de esos instrumentos. Pero esa característica limitaba en parte su capacidad de convicción; le obligaba a poner en práctica sus recursos siempre en privado, o ante un círculo pequeño de personas. De ahí que fuera imbatible en la entrevista personal, en el cara a cara sin testigos, en aquellos lugares donde estuviera sentado y a pocos metros de sus interlocutores, donde pudiera manejar las manos y los gestos de su boca dominaran al resto de su figura.

La sonrisa de Suárez no se puede separar de la risa a mandíbula batiente, a menos que estuviera nervioso. No conocía la sonrisa; ese esbozo con los labios apenas despegados y un rictus de entendimiento. No, o se reía o es que estaba incómodo. La seriedad, sin embargo, daba unos rasgos a su boca de conmiseración, como si pidiera disculpas y fuera obligado sentir piedad por el mal momento que estaba pasando. Su risa siempre fue la de un compañero de tienda de campaña en el Frente de Juventudes: abierta, segura de sí, confiada, con la plenitud de que todo está dicho y la complicidad no necesita de firmas ni de pactos. Adolfo se hacía entender más por el gesto que por la reflexión; cuando llegaba ésta, el adversario o el cómplice ya estaban en su casa creyendo que se habían ganado la confianza del presidente.

Las manos siempre necesitaban tocar algo, para evitar los tembleques. Le gustaba coger del brazo, pasar la mano por encima del hombro, como hace el Rey en la foto de marras, e incluso dar golpes con el codo en señal de asentimiento. Las manos respondían al estímulo de su boca, mientras miraba fijamente, o sencillamente los ojos estaban en otra cosa, traicionándole. Porque sus brazos eran la parte más comunicativa era por lo que nadie abrazaba como él, por lo que nadie apretaba la mano en el saludo con su vigor cálido. Ni siquiera nadie era capaz de ofrecer cigarrillos o fuego con aquel aire de dar algo íntimo, importante. Era un gran actor; algo antiguo, pero muy eficaz.

Carecía de pasiones personales fuera de la política. Vivía para, de y con ella desde la mañana hasta la noche, y no lo hacía con una concepción profesional de la cosa pública, por interés en la incidencia social o por estar imbuido de ínfulas de liderazgo, sino porque el poder político para él era como una montaña rusa que, conforme avanzaba, iba aumentando su velocidad, embriagándose por el hecho de ir más deprisa. Más que un hombre con vocación política, Adolfo fue un hombre con vocación de poder.

Ser un «chusquero de la política», según sus propias palabras, un hombre que había empezado desde los niveles más bajos del escalafón, obliga a considerar el poder como la medida de todas las cosas. Todo debía estar subordinado a ese poder y, por tanto, lo que ayudara a ejercerlo sin cortapisas era positivo, y aquello que lo dificultara, negativo. Durante la primera parte de su vida no hubo otro objetivo que alcanzar la cima. Durante la segunda, no vivió más que para mantener y acrecentar ese poder que tanto le había costado conseguir. ¿Y la tercera? Se le fue en un intento baldío por recuperarlo.

¿Qué condiciones exige una carrera de este tipo? En primer lugar, conviene detenerse en las posibilidades que tenía un hombre como Adolfo Suárez para introducirse en la vida política de la España de Franco. Para un joven que nació en 1932 y que, por tanto, no participó en la guerra civil, sin una carrera profesional brillante, sin medios económicos y sin relaciones familiares, no era fácil penetrar en el escalafón del viejo Régimen. La única vía abierta se reducía a la búsqueda de padrinos políticos: Herrero Tejedor, Alonso Vega, López Rodó, Fernández Miranda. Lo curioso es que conforme fue avanzando, gracias a esa labor de «padrinazgo», no corrigió ninguna de sus limitaciones. Si exceptuamos el terreno económico, en el que obviamente se movió de manera espasmódica desde que fue consciente de que la carrera política obligaba a un saneado patrimonio, en los otros campos no hizo ningún esfuerzo. Como abogado, asistió en Madrid a un curso de doctorado —más precisamente de «ampliación de conocimientos»— sobre Derecho del Trabajo y no se preocupó ni de trasladar su expediente académico de Salamanca a Madrid, condición obligada para intentar doctorarse en la Complutense. Lo hizo en 1963, y no volvió a insistir en este campo hasta el gracioso intento de cursar la carrera de Económicas en 1974.

Y por lo que respecta a las relaciones íntimas, se casó con una dama discreta, honesta hasta la beatería, bellísima persona, de un nivel algo superior al suyo, como no se cansaba de resaltar su suegro. Una chica anticuada de provincias, que podía leer en francés e inglés aunque no lo practicara, tímida y discreta, muy religiosa y poco adecuada para servir de muleta a un hombre que aspiraba a llegar lejos y de la manera que se terciara. En el cultivo del «padrinazgo» y de las amistades íntimas fue donde Adolfo ejecutó auténticos encajes de bolillos; si no bellos, al menos, sí eficaces.

Su desdén por la cultura y por aprender cosas que luego sirvieran para el ejercicio de la política fue tan notorio, que cabe preguntarse si entre sus preocupaciones estaba la de superar su ínfimo nivel cultural, evitándose levantar sospechas. Nunca leyó un libro de la primera página a la última; en cierta ocasión avanzó mucho con un best-seller de su época, Papillon, de Henri Charrière, pero se cansó antes de terminarlo. Su desprecio por la música estaba agudizado por un oído de corcho. En 1978 pensó en utilizar un abono de ópera y lo aprovechó junto a su amigo, y vicepresidente a la sazón, Fernando Abril. Llegaron al teatro los dos matrimonios, se sentaron y cinco minutos después abandonaban el palco las dos personalidades políticas. Él mismo narraba la escena a quien quisiera oírla: «Las dejamos a ellas allí, y Fernando y yo vinimos a Moncloa para ver el partido de fútbol que daban en la tele». Su universal ignorancia sorprendió a una dama tan poco inclinada a las veleidades intelectuales como la premier británica Margaret Thatcher, cuando visitó España.

A una persona de estas características se le exige para triunfar, además de un encanto personal —al que él debió posiblemente el 70 por ciento de su carrera—, una gran sensibilidad para percibir dónde está el poder y cómo llegar a él. Con el corolario de que no deben existir escrúpulos ni tabúes que limiten el aprovechamiento de los puntos flacos del adversario, o del objetivo digno de conquista. Una tarea lenta, concienzuda, en la que se mezclaba siempre la vanidad de los profesionales de la política y la capacidad envolvente de Adolfo. En un régimen dictatorial como era el de Franco, no había más ascensos que por servicios a la causa y a las personas que la representaban. Por eso él hubo de subir peldaño a peldaño. A finales de los años sesenta, su fino olfato le orientó a servir, por encima de cualquier otra cosa, a un hombre que entonces no parecía tener mucho futuro, pero que podía llegar a tenerlo algún día: Juan Carlos de Borbón. Una opción política que —conviene decirlo ahora que todos aseguran ser «juancarlistas» desde niños— muy pocos la percibieron en su momento y cabe considerarla una decisión de alcance y de clarividencia, a tenor de cómo rodaron luego los acontecimientos.

Para llegar arriba por el procedimiento del «padrinazgo» resulta inevitable el servilismo y la fidelidad, aunque sean transitorias, a unos caballeros que no le valorarán más que en su categoría de siervo. Y esa condición de criado —y, por tanto, inofensivo— debía ser una máscara que se prolongara en el tiempo tanto como fuera necesario para culminar el objetivo. En algunos casos, la meta consistía en ser director general; en otros, ministro; pero cuando se desea llegar a presidente, cargo que no admite ser compartido por nadie, y que entonces sólo se podía conseguir por iniciativa del Rey, no debe extrañar que el recurso a la adulación, a la promesa incumplida, al engaño y a la astucia, no sólo fuera moneda corriente, sino un procedimiento inexcusable.

No existía entonces más fuente de poder que una, y conquistarla exigía un plan de trabajo minucioso, constante, reiterado hasta hacerlo irreversible. Adolfo Suárez llega a la presidencia por primera vez en 1976 gracias a una coincidencia de intereses, en los que él desempeña un papel subsidiario. Los años de paciencia y servilismo tuvieron su prenda, pero el largo y tortuoso camino para llegar hasta ahí no consintió amigos ni relaciones sociales muy estables. Conservaría algunas desde Ávila: la de Fernando Alcón, por ejemplo, y durante mucho tiempo la de su cuñado Aurelio Delgado.

Desde que descubrió su vocación de poder, no existieron más íntimos que sus superiores —Herrero Tejedor, Camilo Alonso Vega, Carrero Blanco, Fernández Miranda—, y posteriormente, ya presidente, ninguno que no fuera su albacea político —Abril Martorell, Rodríguez Sahagún—, cuya primera y única condición era la fidelidad. De sus «amigos» del lado económico y financiero sólo hubo uno que durara hasta el final, José Luis Graullera, el hombre de los siete velos sobre oscuras historias. «¡Si Graullera hablara!», aseguran los veteranos del «suarismo». Pero Graullera conservó esa caballerosidad siciliana y nunca habló como no fuera para ensalzar a Adolfo.

Con poder o sin él, su frialdad política no le impedía emocionarse. Al contrario, fue siempre muy sensible al llanto y es probable que esas lágrimas con las que ha cerrado algunos de los momentos más significativos de su vida, no fueran más que la descarga emocional, inseparable de ese gran actor que lleva dentro todo hombre de poder, que conoce sus recursos y sabe utilizarlos en el momento oportuno. Porque en la superficie de todo político hay un par de papeles superpuestos: el del vendedor, que exalta su mercancía, y el del actor, que representa la figura del hombre sencillo, tan natural como nosotros mismos. Quizá el secreto mejor guardado de su vida se redujera a algo tan difícil e inasequible como eso: que Adolfo Suárez acabó siendo lo que nosotros quisimos que fuera. Siempre habrá un Suárez para cada uno.

Y sin embargo durante muchos años nadie le perdonó sus orígenes políticos, su paso por el Movimiento Nacional, como si esa parte del pasado hubiera sido la principal culpable de sus limitaciones. Y no es cierto, y bastaría para probarlo apelar a esos mismos que le rodearon y cuyo pasado fue tan lacayuno y vicario como el suyo. ¿Adónde hubiera llegado hombre tan soberbio y limitado como Leopoldo Calvo Sotelo sin su pasado nacional-católico, reforzado con el braguetazo político de casarse con la hija de Ibáñez Martín, uno de los ministros de Franco más influyentes? ¿Y Alfonso Osorio, una mediocridad política cuya carrera da un triple salto mortal tras la boda con otra hija de un ministro de Franco, nada menos que Iturmendi? ¿Y Lavilla, el algodonoso? ¿Y Herrero de Miñón, el apóstol de la democracia interna y la traición externa? ¿Cuántas veces juraron y perjuraron por Franco y el Movimiento para acceder a sus capellanías en los ministerios? ¿Y qué decir del incorruptible Fernández Ordóñez? ¿Alguien se cree que se llega incólume a la presidencia del INI, tras tantos años de fiscal y bastantes más de secretario del piadoso ministro Alberto Monreal? ¿Y el Garrigues burlón? ¿Cuánto no hicieron su padre y sus tíos adobando al Caudillo en la misa, en la bolsa y en la vida, para que Joaquín llegara con holgado patrimonio al Gobierno, donde él, Suárez, hubo de meterle?

Es verdad que habrá muchos capaces de decir que el Régimen de Franco no fue el suyo, que no medraron, se enriquecieron, se formaron y se deformaron en él, hasta que un buen día se sumaron al carro del más vulgar de los suyos, uno de la cantera del Movimiento. Ellos, que habían dejado de leer el diario Arriba por oficialista, pero que leían y escribían en el Ya nacional-católico, o en el ABC aposento de cadáveres, o en Informaciones, que aún conservaba la huella de su nazismo inasequible, o en el flamante Madrid, aguamanil de monseñor Escrivá de Balaguer. Más o menos oficiales eran todos.

Y eso los de su generación, más o menos; los que no habían llegado a tiempo a la guerra, pero que la ganaron. No digamos ya los veteranos incólumes, los senadores del franquismo —los que se lo debían casi todo y que hicieron de vestales en la transición—, los mismos que asumieron, no sólo con su silencio sino también con la palabra y la arrogancia, las bajezas con las que el viejo Régimen jalonó su historia. Por eso debe figurar como imperecedera dentro de su cinismo la descripción que hará de Suárez un veterano de la casquería, Pío Cabanillas, en comentario confidencial a Leopoldo Calvo Sotelo, poco antes de que asumiera la presidencia del Gobierno que le regaló el propio Suárez: «Superficialidad e instinto».

Ahí queda eso: «Superficialidad e instinto». Eso es Adolfo Suárez enunciado por un hombre cuya profundidad se medía entonces en gallegadas, muy jaleadas por sus ganapanes, y cuyo instinto siempre se limitó a una propiedad del corcho, flotar. Pero así se escribe la historia, mientras otros la hacen.

Y es verdad que tras los primeros años del poder, en ese punto de inflexión entre el arrollador ascenso y el comienzo de la pendiente, que cabe situar a finales de 1979, pronunciará aquella frase definitiva: «De aquí no me sacarán si no es con los pies por delante». Decirlo no era ni siquiera un gesto de arrogancia, sino la reacción de quien empieza a sentir el frío de la soledad y la traición. Era un Suárez que había cumplido tres años, tres, en la presidencia. Jalonados por diferentes límites que obligan a situar su manera de gobernar y su categoría política. La reforma, las elecciones libres, los Pactos de la Moncloa, la Constitución, las autonomías, todo se irá viendo a partir del hilo conductor de esa intrincada madeja. Por acción o por omisión, el presidente Suárez será ese hilo, a partir del cual cabe entender o juzgar esos decisivos tres primeros años de la democracia.

La declaración más plástica y precisa de lo que significó Adolfo Suárez en aquellos años la hizo él mismo en unas declaraciones al Süddeutsche Zeitung, en abril de 1977, vísperas de las primeras elecciones democráticas: «Mi punto fuerte es, creo yo, ser un hombre normal. Completamente normal. No hay sitio para los genios en nuestra actual situación». Una reflexión que nos lleva de la mano a entender el papel de Suárez en sus tres primeros años como presidente.

A diferencia de casi todos los líderes políticos que en el mundo han sido, Suárez empezó a existir políticamente tras su nombramiento como presidente del Gobierno. Las etapas anteriores que se recogen en este libro pueden tener interés por los rasgos humanos o por las facetas políticas de su entorno, pero carecen de relevancia histórica. Incluso los seis meses que desempeña la cartera del Movimiento, tras la muerte de Franco, serán decisivos sólo en la medida que ya conocemos que alcanzará la presidencia, pero en cuanto a «política ministerial», presentan matices más ricos las genialidades de Manuel Fraga en Gobernación, los viajes de Areilza en Exteriores o los modos de no abordar la economía de Villar Mir.

Ahora bien, no cabe ninguna duda de que bastaría con su labor de esos tres años para que ocupara ya un lugar en la historia de España. Es el hombre que en su figura representará la transición de la dictadura a la democracia, sin que eso signifique la majadería expresada por su hijo Suárez Illana, cuando señaló, probablemente en uno de sus días tórridos, que su padre «fue quien trajo la democracia», que es cosa mucho más compleja que traer y llevar. La entrada de Suárez en la historia coincide con uno de los episodios más interesantes de la época contemporánea.

Luego llegó el 23-F de 1981, trascendental por tantas cosas, como se cuentan en este libro, que giraban en torno a él, porque para Tejero y los golpistas había una coincidencia con la chuscada enunciada por el chico Suárez Illana, y es que ellos, que nada sabían de la democracia, pensaban que la había traído Suárez y por eso era el más culpable de todos. La gallardía, el valor fehaciente de Adolfo Suárez aquel día en el Congreso de los Diputados, cuando los rufianes lo asaltaron, causó un impacto que aún hoy, cuando repasamos las imágenes, nos conmueve. Porque de Adolfo Suárez se había dicho de todo, empezando por cobarde; pero el valor físico que exhibió hizo enmudecer hasta a los más zafios, los que se jactaban del derroche de testosterona de Tejero, el pirata armado.

Ofendido y castigado, pero no humillado, salió Suárez del Congreso, para encontrarse fuera con la sorpresa de que el derroche de dignidad que él había exhibido —sin saber siquiera que iba a quedar grabado— contrastaba con el chumacero comportamiento de las instituciones. Mientras unos mantenían enhiesto el pabellón, por decirlo en castizo, otros trataban de neutralizar a sus colegas golpistas con gestos de camaradería profesional. Su dignidad frente a las gentes armadas no le valió para nada. Fue políticamente inútil. Pasó de ser un día de gloria para su patrimonio personal como líder, a convertirse en algo tan inocuo, tan desapercibido, como el contemplar a Leopoldo Calvo Sotelo, que sería su sustituto, cuando se levantaba, limpiándose las rodilleras del polvo del suelo, que no de la humillación. Que era tanta a repartir y entre tantos, que a la postre no se notaría.

O sea que los blandos y conciliadores fueron premiados, y Adolfo Suárez, asumiendo el papel de justiciero defensor de la democracia, sería sancionado con el ostracismo. Y debe decirse y muy alto. Fue la sociedad y sus variados representantes los que ejecutaron tan insólita sentencia. La responsabilidad asumida por Suárez le costó arrostrar desde entonces la derrota, cuando no la marginalidad política: sus diez años del Centro Democrático y Social. La frivolidad del Rey fue premiada; el rigor de Suárez, penalizado.

Sus pacatos defensores dentro de la UCD, que él había creado, hubieran podido al menos prolongar su ya crepuscular carrera política. Tampoco ellos serían ya nunca lo que habían sido, pero mantuvieron sus prebendas. Esa frase, inconmensurable en su precisión y su crueldad, que dejará caer un resentido Leopoldo Calvo Sotelo a los periodistas de la camada, lo dice todo: «Lo malo de Suárez es que nunca se ha dado cuenta de por qué es duque».1

Fue duque en recompensa de que ya no le dejarían ser otra cosa, pese a sus intentos de retar al destino. Su tiempo había terminado y él se negaba a admitirlo. Hasta entonces había tenido por hábito imponerse y lo había conseguido, pero allí estaban ellos —y eran muchos— para demostrarle que era un bien amortizado, y que corrían el riesgo de que se transformara en una provocación para sus intereses. Será entonces cuando aparezca ese elemento secundario para la historia y capital para el personaje, que impregnará la política de la derecha durante los años ochenta: el miedo al Duque.

La derecha española, en la Banca, en la Empresa, en el Ejército, en la Corona, en las clases medias, en los medios de comunicación, abominó de Adolfo Suárez, convencida de que estaban ante un nuevo Kerenski que acercaría al poder a los «nuevos bolcheviques» del PSOE. Parece una secuencia de Billy Wilder, pero fue así, por más que ahora lo nieguen y le hayan ascendido —derrotado, quebrado y enfermo— a la categoría de icono. Y por liquidar a Suárez, que les parecía un presidente conciliador, que no sabía ponerle freno a aquella izquierda hirsuta que trataba de capitalizar una transición que habían protagonizado ellos, y nada más que ellos, llevaron a la izquierda al poder y le facilitaron la mayoría absoluta. Algo que no había logrado nadie desde que reinventaron la democracia en junio de 1977.

Por eso su mala conciencia fue tan absoluta que se lo ocultaron hasta a ellos mismos, porque si algo queda diáfano durante la transición no es otra cosa que la evidencia de que Adolfo Suárez hubiera podido seguir. No sólo porque tenía más razón que ellos, sino porque era un profesional de la política más curtido que ellos. Todos y cada uno de los reproches que le hicieron a él, los mismos y multiplicados, los cometerán ellos en la oposición primero y cuando lleguen al poder después. ¡Pero tardarán catorce años! Catorce años, que se dice pronto, de gobiernos socialistas hasta volver a gobernar, en 1996, en una situación aún más precaria que la de Adolfo Suárez.

No fue la escalera el símbolo de la carrera política de Adolfo Suárez. Eso hubiera sido posible en otros países menos crispados y de pasados menos borrascosos. Lo suyo, muy español, fue la cucaña, que se diferencia de la escalera en todo. Empezando porque la escalera está hecha para subir e incluso para bajar, pero la cucaña está pensada para que te vean sufrir conforme haces el esfuerzo de coronarla, y porque sólo es susceptible de trepar por ella quien asume el reto de romperse la crisma en el intento.

SEGUNDO

EL ICONO

La historia de Adolfo Suárez, como historia trascendente, es decir, como personaje de la historia, se acaba en 1991. Adolfo Suárez González, duque de Suárez, ha de renunciar a cualquier ambición política. Fracasada su experiencia como inventor de una nueva formación, el CDS, que logró sobrevivir y tuvo sus oportunidades durante diez años, se retiró de la brega política. Abandonó, según la expresión manida, la primera fila del escenario para dedicarse a su vida privada.

En 1991 —no lo olvidemos ni adelantemos acontecimientos—, Adolfo es un marido, si no modelo —¡acaso alguien sabe qué es un marido modelo, salvo la mujer que lo sufre!—, al menos cumplidor de los rituales del matrimonio y de la familia. No hay entonces enfermedad alguna que sobrevuele malignamente a los suyos; eso vendrá después, a finales de 1993. Cuando se retira ese año 1991 va a cumplir sesenta años, y ya no tiene opción política a la que adaptarse, ni tampoco la edad ni el prestigio para crear una nueva. Su credibilidad está por los suelos; es un líder derrotado hasta la humillación y el ridículo. Incluso su invento, el CDS, se lo compra de saldo, como es su estilo, un arribista que está en la cima de todo —las finanzas, la cultura, los medios de comunicación— y que se propone llegar al poder político. Es Mario Conde, y desde que ha conquistado Banesto en 1987, y hasta la intervención del banco a finales de diciembre de 1993, no tiene medida en su ambición. Algún día habrá que explicar cómo fue posible que este prototipo de trepador con talento fuera capaz de poner al país al borde de la quiebra institucional.

No es el tema de este libro, pero es imprescindible referirnos a Mario Conde por varias razones. No sólo por la influencia y los «donativos» que suministró al CDS, sino también por el más audaz de los chantajes a que sometió al Gobierno, al Estado y a la sociedad, y en el que iba a jugar un papel Adolfo Suárez en el infausto 1995. Un año ya crepuscular para Conde, que se había visto en la cima de la gloria cuando la Universidad Complutense (Madrid) le invistió doctor «honoris causa» el 9 de junio de 1993, en presencia de lo más principal de los poderes del Estado, empezando por los Reyes, y donde tampoco faltó Adolfo Suárez. Pero también ese mismo año, el 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, el gobierno de Felipe González decidirá intervenir Banesto, primer paso hacia los tribunales y la cárcel.

Para cualquiera de los que conocían a Adolfo Suárez en su dimensión humana, que dejara la política les debía de parecer una imposibilidad biológica. No sólo no sabía hacer otra cosa, sino que tampoco quería; ni se le pasaba por la cabeza. Incluso las variadas incursiones económicas que realizará a partir de entonces obviamente se harán a la sombra de la política.

No podía ser de otro modo. Rondaría lo inimaginable pensar que se inventara un hobby obsesivo, como la filatelia, o la lectura, o la música... Nada fuera de la pasión política podía interesarle, y como ocurre a los viejos apasionados que ya no tienen recursos físicos para saciar su sed y no les queda otro remedio que la evocación de las bellezas inasequibles, así fue él adaptando lo que había sido ambición política a ese sucedáneo llamado pasión política. Esa tortuosa situación, circunscrita al terreno del erotismo, que describió con delicada brutalidad el narrador japonés Kawabata en la hermosa y desazonadora Casa de las bellas durmientes. Pero Adolfo no leyó nunca y, por tanto, jamás hubiera tenido ese aliciente de la complicidad. La única inclinación fuera de la política que alcanzó a reconocer sería el golf. Tanto empeño le puso, que acabó con una fractura de costillas en 1996.

Como le había ocurrido ya otra vez en su vida —que ustedes podrán leer en el capítulo 11 de este libro—, Suárez se volcó en algo que nunca fue capital en su trayectoria, el dinero. Por mantener el estatus al que se creía merecedor, y por ser duque, y por borrar de su presente esa eterna cantinela de deberle siempre algo a alguien. Y también, por qué no, para gozar de ese estadio de la vida que se define como el de abuelo, conciliador y satisfecho, con sus hijos, sus nietos y una familia que pudiera partir con paso franco, muy lejos de lo que habían sido sus ya olvidados comienzos.

Para mantener satisfecha la pasión política, ya que no la ambición, es preciso moverse y convivir entre los grandes, disponer de medios casi ilimitados; porque no basta con amplias casas en las que asentarse, sino de mansiones para exhibirse. Nadie pasa a la condición de retirado egregio si no dispone del boato que marca haber sido lo que fue. En mayor grado aun que la belleza, de la que se deduce que «quien tuvo, retuvo», en este caso se exige acumular mucho para poder ser visto sin el puntillo de desprecio que provocan los que fueron grandes y un día dejaron de serlo.

Reanudó entonces el mortecino bufete que ya se había montado tras la dimisión del 81, en la calle Antonio Maura, lugar emblemático, en el barrio señorial por excelencia de Madrid, en vecindad con el Prado y el Ritz, con la Bolsa y la Carrera de San Jerónimo, y entretejió aún más su relación con el muñidor más importante de la transición española, Antonio Navalón. Uno de sus biógrafos más entusiastas, José García Abad, escribió: «Antonio Navalón “administró” la figura y la marca de Adolfo Suárez durante las dos últimas décadas. Resulta duro decirlo, pero el presidente de la transición estaba en su cuadra».2

Antonio Navalón, personaje que en este libro aparece sólo en su tercera y última parte, será quien consiga buena parte del patrimonio que acumulará el duque de Suárez —incluido su hijo, Adolfo S. Illana, a quien colocará Navalón en su despacho—. También será quien le enseñe Nueva York, donde se había establecido este intermediario para todo, cuando la justicia española empezó a ponerle la lupa encima. Personaje interesante en la medida de haberse convertido, con éxito, en el mayor corruptor de mayores de la España de finales del siglo XX y parte del XXI hasta su establecimiento en tierras americanas, primero en Estados Unidos y luego en México donde ha seguido haciendo de las suyas. Es difícil encontrar a un español que haya sido alguien en los últimos treinta años y que no haya conocido a Antonio Navalón; un relaciones públicas solicitadísimo y ubicuo, exclusivamente reservado a las grandes fortunas y los grandes bufetes, oculto a los medios de comunicación, que ha sabido manejar y manipular como pocos.

Lo que son las cosas. El tal Navalón comenzó su irresistible carrera hacia las cumbres borrascosas trabajando para Adolfo Suárez. A él dedicó un libro, deleznable en todo, empezando por la prosa.3 Pertenece por derecho propio a la primera generación de periodistas posmodernos; los que no saben escribir y tampoco lo echan de menos. El libro, del que nadie se acordará nunca, ni probablemente sus autores, apareció en 1987, exactamente el mismo año que se cambiaron las tornas, y pasó Suárez a trabajar para Navalón, quien le pondría en relación con Mario Conde.

Desde el mismo año de su retirada forzosa de la política hasta 1993, el bufete de Adolfo Suárez —A. S., Abogados— recibió de las compañías eléctricas muchos millones de pesetas, canalizados por Antonio Navalón, con denominación profesional: Euroibérica Internacional de Estudios, S.A. (EIESA). El despacho de Adolfo Suárez hubo de pagar a Hacienda 15 millones de pesetas (1991), 53 millones (1992) y 29 millones (1993).4

Si la pasión política le deslizaba entonces hacia conseguir un patrimonio por la vía más rápida y a no abandonar la relación con los grandes, eso habría de traducirse en un objeto preciadísimo, como era hacerse una mansión en Mallorca: el lugar de veraneo de los Reyes, y donde Mario Conde atracaba, probablemente en su doble sentido, el yate Alexandra, preparado para recibir a majestades y duques. Lo logró. Cuatro mil metros cuadrados en la exclusivísima zona de Son Vida. Un periódico, que años más tarde se derretiría ante el icono de Adolfo Suárez, escribió: «A tenor de su casa en Palma de Mallorca, Adolfo Suárez hubiera pasado por un presidente de Estados Unidos bastante megalómano...». La inauguración oficial de la mansión tendría lugar en 1997.

Pero antes transcurrió ese año crucial para su vida que fue 1995, el comienzo de su consideración social como el hombre definitivamente amortizado, convertido en el icono más representativo de la democracia; primer paso para la canonización que vendría después y su definitiva ubicación en el Olimpo. Hasta tal punto este año, que sería el último de Felipe González y de los socialistas en el Gobierno, marcó un jalón en la apreciación de su figura, que la naturaleza de ese proceso exige una explicación que nos ayude a comprenderlo.

Y como son hechos entremezclados y no pertenecen directamente al Adolfo Suárez político sino al entorno en el que se moverá «el Duque», exigen al menos un pequeño relato, que debería empezar en ese bies, ese embozo último del gobierno de Felipe González, vísperas de la victoria electoral de José María Aznar y del Partido Popular.

A la altura de 1995, con Mario Conde procesado desde noviembre de 1994, Adolfo Suárez parecía como si se hubiera distanciado del ex banquero, pero los tribunales seguían su marcha implacable y apareció entonces un lote de 300 millones de pesetas que Conde-Banesto habían «regalado» a Adolfo durante la etapa del CDS. Un episodio que pertenece por derecho propio a la biografía de Suárez y que se explica con algún detalle en el capítulo 13.

Resulta una obviedad afirmar que no había nadie en 1995 deseoso de amalgamar al duque de Suárez en el mismo saco de Mario Conde. Cuando declaró ante el juez, en los primeros días de junio, nadie, ni siquiera el abogado del sindicato UGT que le había reclamado, osó hacerle la más mínima pregunta, ¡y había en la sala diez letrados para interrogar! Hubo de ser el propio juez, García Castellón, para cubrir el expediente, quien le interrogara unos minutos, los suficientes para que Adolfo, que en un principio lo había reconocido, no sólo negara lo de los 300 millones de marras, sino que bordeó la intención de que ni siquiera conocía a Mario Conde.5

Unos días después, y tras un almuerzo íntimo entre un Mario Conde contra las cuerdas de los tribunales y un duque de Suárez obligado a devolver los favores, tendrá lugar en el palacio de la Moncloa una de las reuniones más increíbles de la democracia española. El 23 de junio de aquel inabarcable 1995, y a petición de Adolfo Suárez, el presidente González recibe al abogado de Mario Conde, Jesús Santaella —que, por cierto, había sido asesor de la presidencia del Gobierno durante el mandato de Suárez—, en presencia del ministro de Justicia e Interior, Juan Alberto Belloch.

La intención de Mario Conde, expuesta en términos muy claritos por su abogado, se reduce a un chantaje al Gobierno y al Estado. A cambio de no hacer públicos los documentos reservados que un agente del Centro Superior de Inteligencia había robado —los que se harían famosos como «papeles de Perote»— y que comprometían al Gobierno en temas tan sensibles como la lucha contra ETA, y especialmente la creación de los GAL, Mario Conde, que ha comprado esos papeles, ofrece al Gobierno que no trasciendan, pero exige a cambio quedarse libre de cargos y 14.000 millones de pesetas.6 Confieso, yo, quien escribe, que cada vez que me detengo a pensar en este asunto lo que me resulta más llamativo es lo del estrambote de los 14.000 millones. ¿Acaso no le parecía suficiente quitarse los cargos? ¡Los ricos son insaciables! No perdonan nada. Carecen de sentido de la medida en todo lo que se refiere a ellos.

El papel de Adolfo Suárez, como intermediario en aquel inequívoco chantaje, no sólo afectaba a su honra, sino que además podía ponerle al borde del delito. Para evitar males mayores, hizo público un comunicado en el que reconocía su mediación, pero afirmaba desconocer el contenido de lo que iba a ser tratado. Posteriormente alegaría que su agradecimiento hacia Mario Conde se debía a un supuesto préstamo que le había otorgado para el tratamiento de su hija. Un argumento harto forzado, porque la intervención de Banesto por el Gobierno y el descubrimiento inicial de un cáncer de mama a su hija Mariam son prácticamente simultáneos.

El bueno de su biógrafo Abad no puede menos que concluir así el balance de las relaciones entre Suárez y Mario Conde: «El Duque se ganó el dinero recibido, muy poco en comparación con el que Conde aplicó a comprar influencia por medio de la adquisición de periódicos y periodistas, de camelarse a Don Juan para acceder a su hijo y a otros miembros de la familia del Rey y de cuidarse de la cartera de inversiones de este último ... Suárez fue muy lejos en su compromiso con el banquero y no dudó en recabar la ayuda del Rey, a quien puso en una situación comprometida por sus imprudentes relaciones con Mario Conde».7

Las casualidades no existen —afirman que decía el divino Giulio Andreotti—, son la voluntad de Dios. Quizá sea así y entonces no podremos desentrañar el misterio, que no la casualidad, de que en ese atiborrado año 1995 fueran a coincidir una serie de testimonios que levantaron alguna esquina de la alfombra extendida sobre la dimisión de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno, aquel frío enero de 1981. Por ignotas razones divinas, o casuales, o vayan ustedes a saber, casi quince años después nos adentrábamos en aquella trama. ¿Qué actualidad tenía en 1995, cuando el PSOE de Felipe González daba sus últimas boqueadas y le arrancaba el poder José María Aznar, cumpliéndose al fin la reiterada monodia de «Váyase, señor González»? La única certeza es que a partir de entonces la figura de Adolfo Suárez inició su proceso de canonización, y el pasado de la primera transición, transcurrido un tiempo prudencial, empezaría a cambiar.

Los testimonios novedosos van a ser tres, y tendrán como soportes otros tantos libros, humildes de hechura, y escritos según esa norma a la que parece tan dado el gremio periodístico español de escribir al dictado de sus protagonistas. Pero en este caso, como los protagonistas son de fuste, el interés resulta sobresaliente. Se titulan Nosotros, la transición, El quinto poder y Sabino Fernández Campo: la sombra del Rey, publicados los tres ese mismo año de 1995 y en la misma colección —Temas de Hoy— de la Editorial Planeta. Los tres fueron pergeñados por periodistas avezados en los vericuetos de la transición, con efímeras participaciones en la política. El primero, firmado por Julia Navarro, hija de una de las plumas más feraces y falaces del franquismo, Felipe Navarro «Yale». El otro, por Abel Hernández, que dio el salto del sacerdocio, y la cura de almas a llenarlas, sin demasiada preocupación por si el alimento era de buena o deplorable calidad; participó en todas las operaciones de Suárez durante y después de la presidencia del Gobierno, incluso llegó a presentarse como candidato electoral del CDS. El tercero, Manuel Soriano, desde su tierna edad media colaboró activamente con la UCD y posteriormente con el PP. A los tres se deberán aportaciones importantes sobre Adolfo Suárez y su dimisión, debidas principalmente al cardenal Tarancón, confidente de Suárez durante su presidencia,8 y a Sabino Fernández Campo, jefe de la secretaría del Rey durante los acontecimientos de 1981.

La actitud de Adolfo Suárez ante estas nuevas aportaciones fue de rechazo total, en especial a todo lo que hiciera referencia al Rey o a sus colaboradores. De tal modo que en 1995 se dio la curiosidad de que sabíamos más pero estábamos aún más confundidos. Ahora bien, lo que sí fue cierto es que la virulenta reacción de Suárez ante las revelaciones de Abel Hernández, por ejemplo, reforzó el carácter de secretismo total sobre lo sucedido en los primeros meses de 1981, esa cadena que liga los prolegómenos de la dimisión de Suárez y el golpe del 23-F. A partir de ahí empezó a cambiar, y sustancialmente, el pasado. También por primera vez el ex presidente Adolfo Suárez explicaba, urbi et orbi, la que sería a partir de entonces la versión canónica: la táctica de acoso y derribo a la que le sometió el PSOE había sido la causa de su dimisión.9

No es baladí que estas «casualidades» sucedieran en 1995, cuando el ciclo socialista, iniciado en octubre de 1982, podía darse por finalizado tras las elecciones municipales de mayo y el cambio de hegemonía; un cambio incontestable que se confirmaría al año siguiente con la victoria del PP en las elecciones generales. Estaba en el ambiente que el pasado iba a cambiar, como si se tratara de una exigencia del presente. Nadie lo expresaría con tanta rotundidad como José María Aznar, el líder emergente, en ese mismo año y en plena vorágine de junio: «El nacimiento de la España contemporánea, moderna y democrática, está asociado al nombre de Adolfo Suárez». Y era verdad, sin duda, pero para eso no era menester tergiversar el pasado, bastaba con dejarlo como estaba.

De todas las manipulaciones a las que se ha sometido la transición, el proceso de beatificación de Suárez es quizá de las más logradas, porque con ella se libraban del elemento más contradictorio y a su vez la clave de todo el período, la piedra angular de la transición tout court. En vez de sentir pena por ellos y sus vergüenzas, se las transferían a Adolfo Suárez, con nostalgia y agradecimiento. «¡Ahora te queremos, Adolfo! ¡Fueron ellos quienes te impidieron gobernar!» La revisión de la figura de Suárez pasará del «maldito Duque» a la beatería más escandalosa.

Si en enero era el Rey quien le hacía entrega en Toledo del Premio Internacional Alfonso X el Sabio, el año se cerraba con un reportaje en TVE, con entrevista y semblanza, donde Suárez aparecía, después de muchos años de premeditado olvido, en actitud de canonizable. La victoria del Partido Popular en marzo de 1996 aumentaría la intensidad, pero no el sentido, ya trazado desde el año anterior. Los amigos más distantes y los enemigos más contumaces saltaron a coro para confirmar que el más grande caballero que había conocido la democracia restaurada no era otro que el simpar Adolfo Suárez González, duque de Suárez. Serían necesarios unos años más y el flagelo de las enfermedades de su mujer y de una de sus hijas para que el icono alcanzara la canonización en la más sublime de las trascendencias que conoció la cultura de Occidente, la trágica mitología griega. Así, García Abad titulaba sus apuntes biográficos sobre el ex presidente como Adolfo Suárez, una tragedia griega (2005). Se entiende pues que el Rey, dos años más tarde, se aprestara a concederle el Toisón de Oro, la más grande distinción de la Corona, que consta de un collar con el vellocino de oro de la mitología helénica.

Para llegar hasta ahí, fueron necesarias todas las medallas: la de oro de Castilla y León, entregada por su presidente Juan José Lucas, del PP, que le llamó «timonel de la transición»; el Premio Blanquerna que otorga la Generalitat de Cataluña a personalidades no catalanas, que le fue impuesto por Jordi Pujol; el Príncipe de Asturias a la Concordia, y varios más que harían este relato interminable. Y también todos los elogios, hasta la desmesura y la falsedad manifiesta. Un editorial periodístico en su homenaje propalará esta descomunal falacia: «Tras retirarse de la política activa, dimitiendo como presidente del CDS, para dedicarse en exclusiva al cuidado de su esposa e hija enfermas...».10 Quienes evoquen su etapa como presidente alcanzarán auténticos tonos elegíacos: «Parece más valioso reparar en la actitud de Suárez ... que fue el respeto a los demás, el respeto a los disidentes, a las minorías, a los contrarios. El respeto que predicaba Suárez no lo tuvieron con él cuando tras las elecciones de 1979 el Partido Socialista puso en marcha un “ejercicio de demolición” contra su persona».11

Pero no se crean que las desmesuras fueron patrimonio de un determinado sector, sino que se convirtieron en clamor. Si el periodista José Oneto reconocía que «hemos sido injustos con él», el intelectual Félix de Azúa iba más allá: «¡Qué nostalgia de Suárez!». Si el periodista Miguel Ángel Aguilar admitía que «realmente nos pasamos, no volveríamos a escribir lo que dijimos», la escritora Elvira Lindo le elevaba de grados: «El hombre del que no supimos apreciar el valor político». El periodista, empresario y académico Juan Luis Cebrián admitió en tono autocrítico: «Se vio más tarde que los equivocados éramos nosotros». Francisco Umbral le hizo una peana para la ocasión: «Suárez generaba en los españoles —y en mí genera todavía— el respeto práctico de un Doncel de Sigüenza y la lozanía de un Juan de Austria». Y ya puestos en derrames históricos, se puede escoger entre personajes de ficción —«nuestro rey Lear» (Pedro J. Ramírez)— o rotundos e incontestables —como «Alejandro el Magno» (González de la Vega)— o más cercanos en el tiempo —«nuestro (almirante) Nelson» (Pedro J. Ramírez)—. El historiador democristiano Javier Tusell, que había colaborado en su defenestración después de haber sido alto cargo de su Gobierno, empezó comparándole con Giolitti, el estadista italiano, para años después elevarle a la consideración del «mejor político del siglo XX». Historiadores e hispanistas, todos consagraron como mínimo un óbolo a su ahora descomunal figura: Julián Marías, Raymond Carr, Seco Serrano...

No habría espacio para tanta quincalla de homenajes y grandilocuencias. Merecerían por sí solas un libro, porque en vez de explicar al político ninguneado, nos delatan a nosotros. «Fue un elegido de los dioses, que le llevaron al poder y a la gloria en plenitud de gracia y juventud, y desde allí le protegieron como a uno de los suyos, como a Aquiles, Paris o Ulises, de las turbulencias de un viaje por los procelosos mares de la transición.»12 ¡Ahí queda eso, inmarcesible! «Adolfo Suárez tuvo la suficiente generosidad política para convertir al líder de la oposición en parte de su proyecto de gobierno», perspectiva tan novedosa, enunciada por Pedro J. Ramírez,13 que de no saber que quien lo escribe fue un activo colaborador en la defenestración de Suárez, uno pensaría que está escribiendo sobre otra persona. «No, Adolfo Suárez no está gagá, ni tiene Alzheimer. Lo que le ocurre es que está triste...»14 En fin, dejémoslo por fin aquí, remitiéndonos a una perla, no sé si la más esplendorosa pero, en mi opinión, la más divertida, obra de su hagiógrafo Abad: «Adolfo Suárez fue un personaje ambicioso pero sólo de poder...».15

Probablemente nadie en la historia de la España moderna alcanzó tales ditirambos en vida y sin tener el mando. Los elogios a Cánovas del Castillo fueron sobre todo póstumos. Los del Caudillo Franco, mientras gobernó y entretanto se enfriaba el cadáver. No hay precedentes. Menos aún en su duración, hasta hoy mismo, y por tanto casi sobrepasan los quince años y que, según Ortega, definían una generación. Cabe entonces la obligatoriedad de preguntarnos por qué. Qué hay o había en Adolfo Suárez que se convirtió en una obligación política ensalzarle hasta lo imposible, y por los mismos que cavaron su fosa, logrando, no sin muchos esfuerzos, enterrarle políticamente.

Yo no creo que haya otra explicación que una sencilla, muy católica y escasamente freudiana. Salvándole a él, nos salvamos nosotros. Apoderándonos de la figura de Suárez, hacemos verdad una ambición política ya truncada. Adolfo Suárez —hay que repetirlo de nuevo— acaba siendo lo que nosotros queremos que sea.

Como a esos ancianos a los que perdonamos sus intemperancias y sus contradicciones, Adolfo Suárez se fue convirtiendo en un referente obligado de la derecha, en un momento en que buscaba legitimarse en el pasado. José María Aznar lo entendió así y habló con su entonces amigo y presidente de Telefónica, Juan Villalonga. Adolfo quedó nombrado asesor de la compañía para Latinoamérica; 60 millones de 1996, al año.

Ya afectado, porque la vida se le complicaba y, como ocurre siempre, porque no estamos preparados para ser viejos, el hombre ponía voluntad para acertar, pero desbarraba un poco. Cuando nadie le exigía que dijera esta boca es mía, su pasión política —ese remedo de la ambición— le forzaba a intervenir. En el vigésimo quinto aniversario de las primeras elecciones democráticas aprovechó para decir, desde el Parlamento reunido para la ocasión, que José María Aznar era «el mejor presidente que ha tenido la democracia española». Como entonces Aznar era quien mandaba, nadie tuvo la menor duda, y menos aún el propio Aznar. Como Adolfo estaba amortizado, lo que hacía era pedir para su hijo una buena plaza en las filas del PP.

Y así fue, porque al joven Suárez Illana lo incorporó Aznar al Comité Ejecutivo del PP desde el mismo día de su inscripción en el partido. Resultó un fiasco; al año siguiente se presentó de candidato a la presidencia de Castilla-La Mancha y rozó la catástrofe electoral. Pero su padre hizo todo lo que pudo. Lo avaló en la que sería la última intervención pública de Suárez, una patética tarde de mayo de 2003, en Albacete. Se trataba del mitin de presentación del chaval, un mentecato que pensaba que la política entraba por vía sanguínea. Adolfo llevaba el discurso escrito y lo empezó a leer con dificultad hasta que llegó un momento en que se paró y no pudo seguir. Se dirigió al público con esa risa en la cara que tantos éxitos le había deparado en otros tiempos, y reconoció: «¡Tengo un lío de mil diablos con los papeles!». Y aún añadió: «¡Qué voy a decir de mi hijo! ¡Que es estupendo!». Y todos, con el presidente Aznar a la cabeza, se echaron a reír entre ovaciones.

La maldición del Alzheimer acababa de hacer su presentación en público con Suárez de protagonista. Fueron los primeros síntomas. Sin embargo, hay quien asegura, no sin mala intención, que esos fallos reiterados en un hombre de tan fino olfato pudieron producirse en fechas anteriores, exactamente un año antes, durante el debate dentro del PP sobre la sustitución de Aznar. A pesar de que Suárez siempre detestó a Jaime Mayor Oreja, cuyo papel en el País Vasco juzgó como una reiterada traición a la UCD y una entrega sin contrapartidas a la antigua Alianza Popular, sorprendentemente le dio su apoyo frente a Mariano Rajoy. Pero también cabía otra interpretación. Las desgracias personales de Adolfo le habían vuelto muy religioso. Volvió al entorno del Opus Dei, y en ese mundo Jaime Mayor Oreja tenía un peso.

El fallecimiento de su esposa en 2001 fue más que un golpe. Eran muchos años y muchas historias juntos y cinco hijos, y qué duda cabe que hubiera sido para él la cuidadora ideal de todo lo que iba a venir. Pero no pudo ser. Amparo Illana murió a los sesenta y seis años de un cáncer que le habían diagnosticado en 1994. Un año después de enterarse de que su hija Mariam lo padecía.

La chica era la mayor de los hijos, la más vinculada a su padre, y también la más relacionada con la Obra de monseñor Escrivá de Balaguer. Mariam Suárez Illana convirtió sus once años de lucha contra la enfermedad, que coincidió en un principio con el embarazo de su segundo hijo, en un testimonio de fe y de voluntad. Una experiencia que trasladó a un libro —Diagnóstico cáncer. Mi lucha por la vida (2000)— y llegó a éxito editorial. Fallecería el domingo 7 de marzo de 2004. Su padre no llegó a enterarse, sumido ya en el Alzheimer.

El hombre de la memoria in

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