Karl Marx

Francis Wheen

Fragmento

cap-1

 

Prólogo

En los años noventa, en lo más crudo de la posmodernidad, yo estudiaba en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense. Entre otras cosas, me interesaba lo que, a grandes rasgos, se podría denominar la tradición materialista: un conjunto de autores de muy distintas disciplinas —desde la historia a la teoría literaria, pasando por la economía— que se consideraban a sí mismos afines al legado intelectual y político de Marx.

En aquel momento era un área de estudios crepuscular. El juicio unánime sobre la economía marxista era que se trataba de un cadáver conceptual que solo interesaba a un puñado de académicos que lo mismo podían haberse dedicado a discutir sobre los epiciclos ptolemaicos. La sociología de Marx, se decía, no recogía ni la complejidad de las relaciones laborales del capitalismo postindustrial ni la autopercepción de la mayor parte de la gente, que se veía a sí misma como de clase media. En términos políticos, el marxismo parecía incompatible con los nuevos movimientos sociales relacionados con la identidad cultural, el género o el medio ambiente. Y, por supuesto, para la mayor parte de los filósofos se trataba de una doctrina groseramente esencialista que había quedado superada tras el fin de los grandes «metarrelatos».

Así que, básicamente, uno tenía que estar disculpándose todo el rato por estudiar a Marx. Por ejemplo, Jacques Attali comenzaba su biografía de Marx justificando su interés por un pensador al que «casi nadie estudia» y es considerado «responsable de algunos de los mayores crímenes de la Historia». Incluso entre los marxólogos se consideraba de mal tono hablar de sus obras más conocidas y energéticas, como el Manifiesto comunista. En cambio, se preferían textos oscuros y supuestamente filosóficos, como los Grundrisse. La idea era que hurgando en el caos bibliográfico de la obra de Marx uno iba a encontrar una piedra de Rosetta que modulara su herencia teórica para adaptarla al medioambiente intelectual posmoderno.

En la segunda década del siglo XXI, las cosas han cambiado muchísimo. Tras el estallido de la crisis económica en 2008, Marx ha retornado a las bibliografías universitarias y a los anaqueles de las librerías con mucha fuerza. En 2010, el diario Público regalaba con el periódico el resumen clásico de El capital de Gabriel Deville. En la Feria del Libro de Madrid de 2012, el libro más vendido fue una edición ilustrada del Manifiesto comunista. El filósofo vivo más conocido del mundo, Slavoj Zizek, es un materialista dialéctico experto en ideología. El ensayo más comentado de 2014 ha sido un libro titulado El capital en el siglo XXI…

Este proceso de muerte y resurrección del marxismo no es, en realidad, tan novedoso. La presencia de Marx siempre ha sido muy guadianesca. El marxismo se ha ido transformando, apareciendo y desapareciendo a lo largo de la historia del capitalismo. Por supuesto, su declive a finales del siglo pasado tuvo mucho que ver con la vertiginosa e inesperada descomposición del bloque soviético a partir de 1989. Durante cincuenta años, casi un tercio de la humanidad vivió en países en los que una versión espuria y degradada del pensamiento de Marx se consideraba la «filosofía oficial». Su rostro barbudo era ubicuo en billetes de banco, monumentos públicos o instituciones oficiales. Así que no es de extrañar que el derrumbe del socialismo real arrastrara consigo el interés por el materialismo histórico al menos en Europa del Este. El marxismo occidental, por su parte, se había distanciado de forma generalizada de la ideología soviética a costa de convertir la crítica del capitalismo en una exquisita obra de orfebrería conceptual, sin duda sofisticada pero carente de punch político e incapaz de interpelar a una mayoría social.

Los neoliberales recorrieron exactamente el camino contrario. Después de la Segunda Guerra Mundial, el liberalismo radical se había convertido en una escuela marginal, una extravagancia académica que sobrevivía en unos cuantos departamentos de economía. Tres décadas después, en el contexto de la crisis de los estados del bienestar de los años setenta, los defensores del mercado libre iniciaron el asalto a los centros de poder político y económico occidentales e impulsaron una revolución ideológica que cambió la manera de pensar de millones de personas. Grandes masas de votantes de clase trabajadora apoyaron con entusiasmo políticas que apenas unos años antes hubieran considerado un atentado evidente contra sus intereses materiales más inmediatos.

Los neoliberales lograron crear un nuevo sentido común político que transformó lo que se consideraba socialmente posible, imposible, deseable y aberrante. En su estrategia ideológica desempeñó un papel importante la reactivación del marxismo —que, en realidad, en esa época no atravesaba un momento particularmente vigoroso— como enemigo de las convicciones políticas de la mayoría. En Estados Unidos, Ronald Reagan reavivó la guerra fría y el temor a la amenaza militar de la Unión Soviética. En el Reino Unido, Margaret Thatcher identificó el socialismo como responsable de una insidiosa corrupción moral e institucional que atentaba contra la libertad, la creatividad y la responsabilidad personal. «Marks and Spencer han derrotado a Marx y Engels», declaró en cierta ocasión.

Thatcher tenía razón. Más allá de las cuestiones doctrinales, la popularidad de las obras de Marx ha sido un buen termómetro histórico de la vitalidad de los movimientos antagonistas críticos del capitalismo. Y tras la caída del muro de Berlín, no parecía haber ninguna alternativa al libre mercado mundial desregulado. Los neoliberales consiguieron presentar su programa no como una opción política en disputa con otras, sino como un ecosistema social que emergía de la obsolescencia de los enfrentamientos pasados y que definía el espectro de posibilidades históricas disponibles. Uno podía escoger entre un capitalismo global despiadado y otro de rostro humano, pero las viejas categorías políticas —el conflicto entre capital y trabajo, la explotación, el intercambio desigual…— habían quedado superadas. Los grandes problemas sociales debían ser afrontados mediante una sabia combinación de mercado libre, tecnología punta y cosmopolitismo.

Así que, de algún modo, el retorno contemporáneo de Marx es el síntoma de una especie de venganza del siglo XX. La globalización capitalista decretó en falso la muerte de un conjunto de conflictos que hoy han resucitado con una violencia salvaje. La gran crisis contemporánea del capitalismo nos ha hecho descubrir que la lucha de clases, la desigualdad, la cleptocracia especulativa, la expropiación de los bienes comunes y la mercantilización extrema vivían larvados entre el multiculturalismo, el consumo sofisticado, la sociedad red y la economía del conocimiento. El siglo pasado lidió con estos desafíos a través de estrategias que, al menos en parte, se entendieron a sí mismas como recepciones antagónicas del legado marxista. Tanto los partidarios como los detractores de Marx desarrollaron una gran cantidad de interpretaciones divergentes de sus teorías, ya fuera para seguirlas u oponerse a ellas. Y hoy, de nuevo, volver a Marx es decidir a qué Marx volver.

No es un problema sencillo porque la propia recepción académica de la obra de Marx ha estado marcada por las convulsiones históricas modernas. Según algunos análisis bibliométricos, Marx es el autor científico más influyente de la historia o, al menos, el más citado. Sin embargo, por extraño que resulte, a día de hoy aún no existe una edición crítica completa en lengua alemana de sus obras. En 1921, David Riazánov fundó en Moscú el Instituto Marx-Engels donde, al año siguiente, inició un ambicioso proyecto: la publicación de las Marx-Engels Gesamtausgabe, las obras completas de Marx y Engels en 36 volúmenes (lo que se conoce como «primera MEGA»). Sin embargo, Stalin paralizó el proyecto y fusiló a Riazánov. Hubo que esperar a mediados de la década de 1970 para que, tras el deshielo, en la RDA se volviera a plantear una iniciativa de edición filológicamente rigurosa de los textos originales de Marx. Pero, de nuevo, la historia volvió a inmiscuirse. La implosión del bloque socialista interrumpió el proceso de publicación, que se reanudó a finales de la década de 1990 gracias al esfuerzo coordinado de institutos de investigación de Alemania, Holanda y Rusia. El proyecto, conocido como «segunda MEGA», es una obra editorial faraónica que avanza a buen ritmo y se espera que alcance los 120 volúmenes.

La cuestión de fondo es que la propia producción de Marx es una pesadilla editorial. Sus obras completas son un cúmulo de textos publicados en muy distintas circunstancias —libelos, tratados teóricos, artículos filosóficos, artículos de prensa…—, libros inéditos o abandonados, correspondencia y, sobre todo, una enorme cantidad de apuntes, cuadernos y anotaciones. Por supuesto, no es el único autor importante con el que pasa algo así. Leibniz o Peirce también nos han dejado auténticas montañas de papeles inmanejables. La diferencia es que, en el caso de Marx, algunos de esos textos han circulado muchísimo y son considerados una parte fundamental de su doctrina de un modo no siempre justificado. Por ejemplo, Marx declinó explícitamente publicar La ideología alemana, que, sin embargo, es la obra de referencia del materialismo histórico de la que proceden algunas de sus citas más famosas. Lo mismo ocurre con la famosísima declaración «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo», una anotación marginal de un Marx veinteañero que jamás pretendió que viera la luz pública. El Manifiesto comunista —tal vez el texto político más influyente de la historia— fue escrito urgentemente y por encargo en los albores del estallido revolucionario de 1848, cuando Marx aún no había cumplido los treinta años. Aún peor, Marx no llegó a publicar en vida al menos dos tercios de El capital, su obra teórica más significativa. Engels tuvo que editar en solitario los libros segundo y tercero a partir de varios metros cúbicos de papeles manuscritos oscuros e incompletos que se han convertido en un rompecabezas para varias generaciones de investigadores expertos.

Por otro lado, la mayor parte de los escritos de Marx son incomprensibles si se leen sin tener en consideración el contexto biográfico e histórico en el que fueron producidos y publicados (o no). Marx simultaneó durante toda su vida la actividad teórica y la militancia política, y buena parte de sus obras consiste en textos de intervención que no pueden ser tomados como declaraciones teóricas generales. La vida de Marx fue tumultuosa, a menudo desgraciada, y eso afectó decisivamente a sus escritos. Sin embargo, los estudios biográficos sobre Marx no han ayudado mucho a cartografiar esta compleja orografía personal. La mayor parte de las biografías disponibles son o bien hagiografías muy ideologizadas o bien ataques furibundos. Otras indagan en la vida de Marx con el objeto de elucidar cuestiones teóricas que han preocupado a sus herederos.

En ese sentido al menos, esta biografía de Francis Wheen es una afortunada excepción. Se trata de uno de los pocos intentos que se han realizado por relacionar los acontecimientos de la vida de Marx con su entorno cultural y político de un modo comprensible y empático, por entender a Marx no como un héroe, un demonio o un santo, sino como un ser humano que vivió con intensidad su propia época. El Karl Marx de Wheen es «un hombre que pasó la mayor parte de su edad adulta en la pobreza, afectado de forúnculos y de enfermedades hepáticas, y que en una ocasión fue perseguido por las calles de Londres por la policía tras una noche de excesos tabernarios».

Wheen nos presenta a un Marx más modesto y limitado que el titán teórico y político —bastante antipático y sentencioso, por otro lado— que erigió la tradición socialista a mayor gloria de la revolución. Creo que también más útil y cercano a nuestra percepción cotidiana de la realidad política, marcada por incertidumbres que inevitablemente afrontamos a tientas. Los diagnósticos teóricos que realiza Marx de los procesos de acumulación ampliada de capital o sobre la naturaleza de la lucha de clases no nos proporcionan respuestas sencillas a nuestros desafíos sociales, sino que más bien señalan dilemas desgarradores, tal vez irresolubles. Al fin y al cabo, Marx explicó con un vocabulario propio del siglo XIX una realidad —el capitalismo— que en su tiempo era casi marginal y que solo en nuestra época ha llegado a consolidarse. Hoy es cuando, finalmente, todo se ha mercantilizado y está sujeto a la ley del plusvalor. Eso hace que, un siglo y medio después, el elenco de respuestas teóricas que nos proporcionó sea inevitablemente limitado mientras que las preguntas que planteó resulten más insoslayables que nunca.

Marx vivió en la encrucijada histórica entre dos inmensos procesos de transformación social que mantenían una relación conflictiva entre sí. En primer lugar, las revoluciones burguesas hicieron saltar por los aires los antiguos privilegios feudales y crearon un entorno de igualdad jurídica. Sin embargo, estas conquistas políticas se veían sistemáticamente truncadas por la desigualdad material, que en la época heroica del capitalismo se estaba incrementando con gran rapidez. La libertad de expresión, por ejemplo, es un derecho vacío si las clases privilegiadas monopolizan la propiedad y el uso de los medios de comunicación.

En segundo lugar, la revolución industrial también se caracterizaba por una dinámica contradictoria y autolimitada. El capitalismo era increíblemente expansivo pero también caótico y, así, incapaz de sacar partido de su propia potencia creativa, de su asombrosa capacidad para desarrollar las fuerzas productivas. Por eso transformaba sistemáticamente en problemas lo que intuitivamente deberían ser soluciones. En vez de abundancia, bienestar y ocio, el desarrollo económico capitalista generaba crisis de sobreproducción, desigualdad, pobreza y desempleo.

Como muchos de sus contemporáneos, Marx creía que era necesaria una confluencia de ambos procesos históricos. La revolución política y la revolución industrial tenían que ajustar cuentas. Los derechos de ciudadanía necesitaban extenderse también al ámbito de la igualdad material. La esfera económica requería de alguna tutela política que impidiera que los salarios, la producción o las condiciones laborales quedaran abandonados al azar del mercado.

Lo que ocurrió, en cambio, fue que la economía se impuso a la emancipación política. Desde mediados del siglo XIX, el conflicto entre democracia y capitalismo se resolvió a favor de este último. La economía estableció los límites que ninguna otra institución social —religiosa, política, familiar o cultural— podía rebasar. Los márgenes de beneficio de las élites económicas delimitaron los márgenes de maniobra políticos de la mayoría. La consecuencia fue un incremento de los dilemas, tensiones y conflictos relacionados con la economía y la producción que, ya en el siglo XX, condujeron a dos guerras mundiales y la mayor crisis económica que ha conocido la humanidad. La historia del marxismo se fue forjando en oposición a ese gigantesco cataclismo histórico y a menudo condujo a senderos cegados y a opciones políticas monstruosas.

Todo ello hubiera dejado perplejo a Marx, que fue mucho más optimista y nunca pensó que seríamos tan idiotas como para permitir que el capitalismo alcanzara esos niveles de degradación o que el socialismo se convirtiera en un proyecto autoritario. Así que volver al Marx histórico —liberado, por tanto, de las adherencias políticas que ha ido adquiriendo en los últimos ciento cincuenta años— es reencontrarnos con un personaje profundamente comprometido con la democracia radical en un momento en el que era una reivindicación peligrosa (ningún país europeo, por ejemplo, instauró el sufragio universal hasta bien entrado el siglo XX). Un autor que creía que la deliberación en común de la mayoría era la herramienta fundamental del progreso moral y político, no la sabiduría de las élites culturales o la destrucción creativa del mercado.

Seguramente eso es lo que hace que nos resulte tan actual. Hoy la exigencia de democracia vuelve a ser subversiva. Marx se hubiera sentido muy identificado con el lema del 15-M: «No somos mercancía en manos de políticos y banqueros». Cada vez somos más conscientes de que hemos entregado al mercado dimensiones esenciales de nuestra soberanía política, hasta el punto de que hemos incorporado esa subordinación a nuestros códigos legales fundamentales. En 2011 bastó una carta del presidente del Banco Central Europeo para que el presidente José Luis Rodríguez Zapatero y el entonces líder de la oposición Mariano Rajoy pactaran en secreto y a toda velocidad una reforma de la Carta Magna que limitaba la autonomía de nuestro país en ciertos aspectos económicos cruciales y nos sometía constitucionalmente al austericidio neoliberal.

El Marx del que nos habla Wheen —ese periodista brillante y de pluma afilada, de origen pequeñoburgués, admirador rendido del poeta Heine, preocupado por sus hijos, mal administrador…— es, en definitiva, un autor muy cercano a nuestras intuiciones morales más básicas. Noam Chomsky suele recordar que en 1976, con motivo del bicentenario de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, se realizó una encuesta en la que se presentaban distintas afirmaciones entre las que los entrevistados tenían que elegir aquellas que pensaban que estaban recogidas en la Constitución de ese país. Una de las que obtuvo una amplia mayoría de respuestas afirmativas fue: «De cada cual según su capacidad. A cada cual según sus necesidades». En realidad, es una cita de Marx procedente de la Crítica del Programa de Gotha.

CÉSAR RENDUELES

cap-2

 

Introducción

Tan solo once personas asistieron al entierro de Karl Marx el 17 de marzo de 1883. «Su nombre y su obra perdurarán durante muchos siglos», predijo Friedrich Engels en la oración pronunciada junto a su tumba en el cementerio de Highgate de Londres. Parecía una afirmación exagerada y jactanciosa, pero tenía mucha razón.

La historia del siglo XX ha sido el legado de Marx. Stalin, Mao, Che Guevara, Fidel Castro —ídolos y monstruos de la historia contemporánea— se han considerado a sí mismos herederos suyos. Otra cosa es que él les hubiese reconocido como tales. Incluso en vida, las andanzas de sus autoproclamados discípulos le hicieron perder la paciencia. Al enterarse de que había surgido un nuevo partido en Francia que se declaraba marxista, comentó: «Soy yo entonces el que no es marxista». A pesar de todo, cien años después de su muerte la mitad de la población mundial estaba gobernada por regímenes que profesaban el marxismo. Sus ideas transformaron el estudio de la economía, la historia, la geografía, la sociología y la literatura. Desde Jesucristo, ningún otro oscuro indigente había inspirado una devoción a escala tan grande, o había sido tan tremendamente tergiversado.

Es el momento de echar a un lado la mitología e intentar mostrar a Karl Marx en tanto que persona. Se han publicado miles de libros sobre marxismo, pero casi todos han sido escritos por intelectuales y fanáticos para los cuales era casi una blasfemia tratar a Marx como un ser de carne y hueso —un refugiado prusiano convertido en gentleman de clase media—; un agitador radical que pasó gran parte de su vida adulta en el académico silencio de la sala de lectura del Museo Británico; un sociable y cordial anfitrión que se enemistó con casi todos sus amigos; un abnegado padre de familia que dejó embarazada a la criada; y un filósofo profundamente serio al que le encantaba beber, fumar puros y contar chistes.

Para el mundo occidental, durante la guerra fría, fue el maléfico causante de todos los males del mundo, fundador de un culto siniestro, el hombre cuya funesta influencia era preciso eliminar. En la Unión Soviética de mediados del siglo XX asumió la categoría de un Dios secularizado, junto con Lenin, con Juan Bautista y, por supuesto, con el camarada Stalin en el papel de Mesías redentor. Solo esto ha sido más que suficiente para condenar a Marx como cómplice de las masacres y de las purgas: si hubiese vivido unos años más, seguro que algún osado periodista le habría señalado como principal sospechoso de los crímenes de Jack el Destripador. ¿Por qué? Evidentemente, el propio Marx jamás hubiera querido ser incluido dentro de esa Trinidad, además de que se habría sentido consternado por los crímenes cometidos en su nombre. Los credos espurios defendidos por Stalin, Mao o Kim Il-sung trataron sus obras como los cristianos actuales utilizan el Antiguo Testamento: descartan o pasan por alto una gran parte de su contenido, en tanto que unos cuantos grandilocuentes eslóganes («el opio del pueblo», «la dictadura del proletariado») son arrancados de su contexto, vueltos del revés y citados después como justificación aparentemente divina para las más brutales atrocidades. Kipling, como tantas veces, supo encontrar las palabras adecuadas:

El que tenga un evangelio

Para dárselo a la humanidad,

Aunque le dedique lo mejor de sí –

Cuerpo, alma y mente –

Aunque vaya al Calvario

Todos los días para su mejor gloria –

Será su discípulo

Quien haga vano su esfuerzo.

Solo un necio haría responsable a Marx del gulag; pero, lamentablemente, la provisión de necios es abundante. «De una u otra forma, los hechos más importantes de nuestro tiempo nos remontan a un hombre: Karl Marx —escribió Leopold Schwarzschild en 1947, en el prefacio de su iracunda biografía El prusiano rojo—. Apenas habrá nadie que ponga en duda que él está presente en la propia existencia de la Rusia soviética, y especialmente en los métodos soviéticos.» El parecido entre los métodos de Marx y los del «Tío José Stalin» era aparentemente tan incontestable que Schwarzschild no se molestó en presentar prueba alguna de su absurda afirmación, limitándose a la observación de que «al árbol se le conoce por sus frutos» (que, como sucede con muchos proverbios, contiene menos verdad de lo que pudiera parecer). ¿Acaso debemos culpar a los filósofos por todas y cada una de las posteriores mutilaciones de sus ideas? Si Herr Schwarzschild se hubiese encontrado en su huerto frutas caídas comidas por las avispas —o, por ejemplo, le hubieran servido una empanada de manzana requemada en la comida—, ¿habría cogido un hacha y habría administrado justicia sumarísima al árbol culpable?

Del mismo modo que sus seguidores, necios o sedientos de poder, divinizaron a Marx, sus críticos a menudo han incurrido en el idéntico pero contrario error de imaginárselo como un enviado de Satanás. «Hubo momentos en que Marx parecía estar poseído por demonios —escribe Robert Payne, un biógrafo reciente—. Tenía una visión del mundo demoníaca, y la maldad del propio diablo. A veces parecía saber que estaba realizando acciones malignas.» Esta escuela de pensamiento —más que una escuela parece un correccional— llega a su más absurda conclusión en Was Karl Marx a Satanist?, un peculiar libro publicado en 1976 por un famoso predicador fundamentalista estadounidense, el reverendo Richard Wurmbrand, autor de obras maestras imperecederas como Tortured for Christ («más de dos millones de ejemplares vendidos») y The Answer to Moscow’s Bible.

Según Wurmbrand, el joven Karl Marx fue iniciado en una «iglesia satánica ultrasecreta», a la que luego sirvió fiel y siniestramente durante el resto de su vida. Por supuesto, no existen pruebas, pero ello solo sirve para reforzar el pálpito de este detective con alzacuellos: «Como la secta satánica era ultrasecreta, tan solo tenemos algunos indicios acerca de la posibilidad de su relación con ella». ¿Cuáles son esos «indicios»? En su época de estudiante, Marx escribió una obra de teatro en verso cuyo título, Oulanem, es más o menos un anagrama de Emanuel, el nombre bíblico de Jesús (lo que «nos recuerda las inversiones de la misa negra satánica»). De lo más incriminador; pero hay más. «¿Se han fijado ustedes —nos pregunta Wurmbrand— en el peinado de Marx? En aquella época, los hombres solían llevar barba, pero no este tipo de barba… el aspecto personal de Marx era característico de los discípulos de Joanna Southcott, una sacerdotisa satánica que creía estar en contacto con el demonio Silo.» La verdad es que en la Inglaterra en la que vivió Marx eran frecuentes los caballeros de poblada barba, desde el jugador de críquet W. G. Grace hasta el político lord Salisbury. ¿Se relacionaban estrechamente, ellos también, con el demonio Silo?

Con el fin de la guerra fría y el aparente triunfo de Dios sobre Satán, innumerables sabelotodos afirmaron que habíamos llegado a lo que Francis Fukuyama, petulantemente, llamaba el final de la historia. El comunismo estaba tan muerto como el propio Marx, y la espeluznante amenaza con la que terminaba el Manifiesto comunista, el panfleto político más influyente de todos los tiempos, ahora no parecía sino una pintoresca reliquia histórica: «Las clases dominantes pueden temblar ante una revolución comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar. ¡Proletarios de todos los países, uníos!». Las únicas cadenas que atan a la clase obrera en la actualidad son las de las imitaciones de los relojes Rolex, y los proletarios actuales tienen muchas más cosas que no les gustaría perder: los hornos de microondas, las vacaciones en tiempo compartido y las antenas parabólicas. Son propietarios de sus viviendas y accionistas de las empresas públicas privatizadas; consiguieron beneficios sustanciosos cuando su sociedad de ahorro y préstamo para la vivienda se convirtió en banco. En definitiva, hoy todos somos burgueses. Hasta el Partido Laborista británico se ha hecho thatcherista.

Cuando empecé la investigación para esta biografía, muchos amigos me miraban llenos de lástima e incredulidad. ¿Por qué, se preguntaban, querría nadie escribir (y menos leer) sobre una figura tan desacreditada, irrelevante y pasada de moda? Yo continué sin hacerles caso; sorprendentemente, cuanto más estudiaba a Marx, más actual me parecía. A los expertos y los políticos que se creen los pensadores de hoy se les llena la boca hablando de globalización, un latiguillo que sueltan a la menor oportunidad, sin caer en la cuenta de que Marx ya lo había advertido en 1848. El ámbito mundial en el que se mueve McDonald’s o Coca-Cola no le habría sorprendido lo más mínimo. El traslado del poder financiero del Atlántico al Pacífico —gracias a la economía del tigre asiático y al auge de la informática en la Costa Oeste de Estados Unidos— lo había predicho Marx más de un siglo antes de que naciera Bill Gates.

Hay, con todo, algo que ni Marx ni yo habíamos previsto: que, de repente, a finales de la década de 1990, mucho después de que hubiese sido enterrado tanto por los liberales a la moda o por los izquierdosos posmodernos, fuese ensalzado como un genio por los mismísimos y perversos capitalistas burgueses de toda la vida. El primer signo de esta extraña revisión de posiciones apareció en octubre de 1997, cuando en un número especial de la revista New Yorker se proclamaba a Karl Marx como «el gran pensador del futuro», un hombre que tiene mucho que enseñarnos sobre la corrupción política, la monopolización, la alienación, la desigualdad y los mercados mundiales. «Cuanto más tiempo paso en Wall Street, más me convenzo de que Marx estaba en lo cierto —declaró un rico banquero a la revista—. Estoy absolutamente convencido de que el método de Marx es el mejor para estudiar el capitalismo.» Desde entonces, economistas y periodistas de derechas han hecho cola para rendirle análogo homenaje. Olvidemos todas las monsergas de los comunistas, decían. Marx, en realidad, era un «estudioso del capitalismo».

Hasta este intencionado halago solo sirve para menospreciarle. Karl Marx era filósofo, historiador, economista, lingüista, crítico literario y revolucionario. Aunque jamás tuvo un «empleo» en ninguno de estos campos, fue un extraordinario trabajador: sus obras completas, pocas de las cuales fueron publicadas en vida, llenan cincuenta volúmenes. Lo que ninguno de sus enemigos ni de sus discípulos están dispuestos a reconocer es la más evidente —y sorprendente— de sus cualidades: que este ogro y santo mítico era un ser humano. La caza de brujas del senador McCarthy en los años cincuenta, las guerras de Vietnam y Corea, la crisis de los misiles con Cuba, las invasiones de Checoslovaquia y Hungría, la masacre de los estudiantes en la plaza de Tiananmen, todas estas vergüenzas de la historia del siglo XX fueron justificadas en nombre del marxismo o del antimarxismo. Una hazaña nada despreciable para un hombre que pasó la mayor parte de su edad adulta en la pobreza, afectado de forúnculos y de enfermedades hepáticas, y que en una ocasión fue perseguido por las calles de Londres por la policía tras una noche de excesos tabernarios.

cap-3

1

El desconocido

Un tren rechina lentamente por el valle del Mosela: inmensos pinos, viñedos en terrazas, preciosos pueblecitos, humo sereno en el cielo invernal. Un joven español que apenas puede respirar en un repleto camión de ganado, capturado cuando luchaba con la Resistencia francesa, cuenta los días y las noches mientras él y los demás prisioneros son trasladados inexorablemente desde Compiègne hasta el campo de exterminio nazi de Buchenwald. Al detenerse el tren en la estación, contempla el letrero: TRIER (Tréveris). De repente, desde el andén, un niño tira una piedra hacia la rejilla tras la cual se esconden los sentenciados pasajeros.

Así empieza la gran novela de Jorge Semprún sobre el Holocausto, El largo viaje, y nada de aquel viaje hacia la muerte —ni siquiera el conocimiento de los horrores que les aguardaban en Buchenwald— afecta de forma más agónica el corazón del narrador que ese niño cuando tira la piedra.

«—¡Oh, dios, rediós, sandiós, mierda!… Es una mierda, el colmo de la estupidez, que sea Tréveris, precisamente —se lamenta.

»—¿Por qué? —pregunta un francés perplejo—. ¿Lo conocías?

»—No, es decir, nunca he estado aquí.

»—¿Pues conoces a alguien de aquí?

»—Eso es, desde luego, eso es… —Es un amigo de la infancia, le explica. Pero en realidad está pensando en alguien anterior, un niño judío, nacido en Tréveris en las primeras horas del día 5 de mayo de 1818.»*

«Bienaventurado aquel que no tenga familia», decía quejumbroso Marx en una carta a Friedrich Engels de junio de 1854.1 Tenía treinta y seis años y hacía tiempo que había cortado sus propias relaciones familiares. Su padre había muerto, al igual que tres de sus hermanos y una de sus cinco hermanas; otra hermana moriría dos años después, e incluso los supervivientes tuvieron muy pocas relaciones con él. Las relaciones con su madre fueron frías y distantes, entre otras cosas no menos importantes por haber tenido la poca consideración de vivir y privar de su herencia al rebelde heredero.

Marx era un judío burgués en una ciudad predominantemente católica, de un país cuya religión oficial era el protestantismo evangélico. Murió ateo y apátrida, habiendo dedicado su vida a predecir el derrocamiento de la burguesía y la disolución del Estado-nación. En este distanciamiento de la religión, de la estructura de clases y de la nacionalidad personificaba la alienación, a la que identificaba como maldición infligida por el capitalismo sobre la humanidad.

Tal vez este respetable alemán de clase media pueda parecer poco representativo de las masas oprimidas, pero su emblemática posición social no hubiese sorprendido al propio Marx, que creía que los individuos son un reflejo del mundo en el que viven. Su educación le enseñó todo lo que había que saber sobre la tiranía seductora de la religión, armándole con la elocuencia didáctica y con la confianza en sí mismo que le capacitase para exhortar a la humanidad a desprenderse de sus grilletes.

«Era un narrador de historias incomparable, excepcional2 —explicó su hija Eleanor, en una de las pocas anécdotas que se conservan de la infancia de su padre—. He oído decir a mis tías que cuando era pequeño era terriblemente déspota con sus hermanas, sobre las que “cabalgaba” a toda velocidad por Markusberg en Tréveris, y lo que es peor, insistía en que se comiesen los “pasteles” que hacía con masa sucia y manos aún más sucias. Pero soportaban las “cabalgadas” y se comían los “pasteles” sin rechistar, a cambio de las historias que Karl les contaría como recompensa a su virtud.» Más tarde —cuando las traviesas niñas se convirtieron en respetables mujeres casadas— fueron menos indulgentes hacia su caprichoso hermano. Luise Marx, que emigró a Sudáfrica, cenó una vez en su casa durante una visita a Londres. «No podía soportar que su hermano fuese dirigente de los socialistas —declaró otro de los invitados— e insistió, en mi presencia, en que ambos pertenecían a la respetada familia de un abogado que contaba con el cariño de toda la población de Tréveris.»3

Los denodados esfuerzos de Marx para desprenderse de la influencia de la familia, la religión, la clase social y la nacionalidad nunca lograron por completo su objetivo. Cuando ya era un venerable anciano de grises barbas siguió siendo siempre el hijo pródigo, escribiendo cartas a diestro y siniestro a sus ricos tíos o tratando de congraciarse con primos lejanos dispuestos ya a redactar sus testamentos. A su muerte, encontraron en el bolsillo de su chaleco un daguerrotipo de su padre, que fue colocado en su ataúd y enterrado con él en el cementerio de Highgate.

Fue atrapado —aunque contra su voluntad— por la fuerza de su propia lógica. En un precoz trabajo escolar, Reflexiones de un joven sobre la elección de profesión, un Karl Marx de diecisiete años observaba que «no siempre podemos conseguir el puesto para el que creemos haber sido llamados; nuestras relaciones en la sociedad empiezan a establecerse, hasta cierto punto, antes de que estemos en situación de decidirlas».4 Tal vez exagerase Franz Mehring, su primer biógrafo, al detectar el germen del marxismo en esta frase, pero no le faltaba razón. Incluso en plena madurez, Marx insistía en que los seres humanos no pueden aislarse o hacer abstracción de sus circunstancias sociales y económicas, o de la gélida impronta de sus antepasados. «La tradición de todas las generaciones muertas —escribió en El dieciocho de brumario de Luis Bonaparte— oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos.»*

Uno de los antepasados de Marx por línea paterna, Joshue Heschel Lwow, había sido rabino de Tréveris ya en 1723, y el cargo se había convertido en una especie de sinecura familiar desde entonces. A su abuelo, Meier Halevi Marx, le sucedió Samuel, tío de Karl, como rabino de la ciudad. Aún más generaciones muertas habrían de añadirse por parte de Henriette, la madre de Karl, judía holandesa en cuya familia «los hijos habían sido rabinos durante siglos»,5 entre ellos, su propio padre. Como hijo mayor de una familia así, Karl no hubiera podido escapar de su propio y rabínico destino de no ser por esas «circunstancias sociales y económicas».

Al peso de las pasadas generaciones habría de añadirse la asfixiante tradición espiritual de Tréveris, la ciudad más antigua de Renania. Tal como Goethe observó, pesimista, tras una visita en 1793: «Dentro de sus muros está llena, mejor dicho, oprimida, por iglesias y capillas y claustros y colegios y edificios dedicados a las órdenes de caballería y a las órdenes religiosas, por no hablar de las abadías, cartujas e instituciones que la caracterizan, mejor dicho, que la cercan».6 Sin embargo, en el período de anexión a Francia durante las guerras napoleónicas, sus habitantes habían estado expuestos a unos conceptos tan poco germánicos como la libertad de prensa, la libertad constitucional y —lo más significativo para la familia de Marx— la tolerancia religiosa. Aunque Renania se incorporó de nuevo a la Prusia imperial en el Congreso de Viena, tres años antes del nacimiento de Marx, aún perduraba el aroma seductor de la Ilustración francesa.

Hirschel, padre de Karl, era propietario de varios viñedos en la región del Mosela, y miembro moderadamente próspero de la educada clase media. Pero, además, era judío. Aunque nunca se llegaron a emancipar por completo bajo el dominio francés, los judíos renanos habían saboreado lo suficiente la libertad como para anhelarla en mayor medida. Cuando Prusia arrancó a Renania de las manos de Napoleón, Hirschel hizo una petición al nuevo gobierno para que pusiera fin a la discriminación legal contra él y sus «compañeros en la fe». Todo fue en vano: en 1812 se publicó un edicto prusiano contra los judíos, en el que se les excluía de los cargos públicos y de la práctica de las profesiones liberales. Como no quería aceptar las penalidades sociales y económicas que suponía ser un ciudadano de segunda clase, Hirschel nació de nuevo con el nombre de Heinrich Marx, alemán patriótico y cristiano luterano. Su judaísmo hacía mucho que era tan solo un accidente heredado, más que una fe profunda y sincera. («No recibí nada de mi familia —dijo—, excepto, debo confesar, el amor de mi madre.») Desconocemos la fecha de su bautismo, pero con seguridad ya se había convertido al nacer Karl: los registros oficiales nos muestran que Hirschel empezó a trabajar como abogado en 1815, y en 1819 quiso celebrar la nueva respetabilidad alcanzada por la familia trasladándose de su piso alquilado de cinco habitaciones a una casa de diez, con jardín, cerca de la antigua puerta romana de la ciudad, la Porta Nigra.

Tal vez el catolicismo hubiese sido la opción más lógica para lo que en esencia no era sino un matrimonio de conveniencia: la Iglesia de la que ahora era miembro tenía apenas 300 feligreses, en una ciudad cuya población rondaba los 11.400. Pero resulta que entre ellos se contaban algunos de los hombres más poderosos de Tréveris. Como ha observado un historiador: «Para el Estado prusiano, los miembros de su religión establecida representaban el núcleo sólido, fiable y leal en una Renania predominantemente católica y romana, y peligrosamente afrancesada».7

No es que Hirschel fuese inmune a los encantos galos: durante los años de dominio napoleónico había experimentado la influencia de las ideas liberales francesas en cuestión de política, religión, vida y arte, convirtiéndose en «un auténtico “francés” del siglo XVIII, que sabía citar de memoria a Voltaire y a Rousseau». También era miembro activo del Club Casino de Tréveris, donde los ciudadanos más cultos se reunían para mantener debates políticos y literarios. En enero de 1834, cuando Karl tenía quince años, Heinrich organizó un banquete en el club como homenaje a los diputados «liberales» de la Asamblea de Renania, recientemente elegidos, levantando una estruendosa ovación al brindar por el rey de Prusia, «con cuya magnanimidad estamos en deuda por las primeras instituciones de representación popular. En la plenitud de su omnipotencia, por propia voluntad ha dispuesto la convocatoria de las dietas para que la verdad logre alcanzar los peldaños de su trono».

Esta desmesura adulatoria hacia un rey débil y antisemita puede parecer sarcástica, y probablemente así fuese tomada por los más radicales de los allí reunidos. («La plenitud de su omnipotencia», en verdad.) Pero Heinrich era completamente sincero; no era un revolucionario. No obstante, la mera alusión a la «representación popular», por muy cuidadosamente disfrazada que estuviese de adulación y moderación, fue suficiente para poner en guardia a las autoridades de Berlín: la ironía es a menudo la única arma que tiene el disidente en un país de censores y de informadores policiales, y a los agentes del Estado prusiano —siempre alertas— les encantaba detectar la sátira donde no la había. A la prensa local se le prohibió publicar el discurso. Tras una reunión del Club Casino, ocho días después, en la que los socios cantaron La Marsellesa y otros himnos revolucionarios, el gobierno sometió el edificio a vigilancia policial, reprendió al gobernador de la provincia por permitir estas reuniones de traidores y fichó a Heinrich Marx como agitador peligroso.

¿Qué pensaba su mujer de todo aquello? Es posible que él le hubiese ocultado la noticia. Henriette Marx no compartía las preocupaciones intelectuales de su marido: carecía de cultura —de hecho, apenas sabía leer— y sus intereses empezaban y terminaban en su familia, a la cual dedicaba todos sus desvelos. Admitía padecer un «exceso de amor materno», y en una de las pocas cartas a su hijo que se conservan —escrita cuando él estaba en la universidad— justifica ampliamente el diagnóstico: «Déjame decir, querido Carl, que jamás deberás considerar la limpieza y el orden como algo secundario, pues la salud y la alegría dependen de ellos. Sé estricto en que frieguen el suelo de tu cuarto con frecuencia y establece una hora determinada para que lo hagan; y por lo que a ti respecta, querido Carl, lávate una vez a la semana con esponja y jabón. ¿Cómo te las arreglas con el café, lo haces tú mismo? Cuéntame, por favor, todo sobre tu casa».8 Esta imagen de la señora Marx como persona amable que se preocupa por todo fue confirmada por Heinrich: «Ya conoces a tu madre y cómo se preocupa…».

Después de independizarse, Karl tuvo muy poca relación con su madre, excepto cuando intentaba, casi nunca con éxito, engatusarla para conseguir dinero de la buena señora. Muchos años después, tras la muerte de Mary Burns, la compañera de Engels, Marx envió a su amigo una cruel carta de pésame: «Me están atosigando para que pague la cuenta del colegio, el alquiler … ¿Acaso el lugar de Mary no debería haberlo ocupado mi madre, que en cualquier caso es propensa a las enfermedades y cuya vida ya se ha alargado lo suficiente?».9

Karl Marx nació en el cuarto de arriba de una casa situada en el 664 de Brückergasse, una calle con mucho movimiento que baja haciendo curvas hasta el puente sobre el Mosela. Su padre había alquilado el edificio un mes antes y se trasladaron de allí cuando Karl tenía quince meses. A pesar de ello, su lugar de nacimiento, del que nada recordaba, fue comprado en abril de 1928 por el Partido Socialdemócrata Alemán y desde entonces ha sido un museo dedicado a su vida y su época, excepto durante un terrible período entre 1933 y 1945, en el que fue ocupado por los nazis y utilizado como sede de uno de sus periódicos de partido. Al concluir la guerra se enviaron cartas a muchas personas pidiendo dinero para reparar los daños causados por el salvajismo de los ocupantes hitlerianos. Una de las respuestas, fechada el 19 de marzo de 1947, procedía del secretario de relaciones internacionales del Partido Laborista británico: «Querido camarada: Siento que al Partido Laborista británico no le sea posible como organización apoyar a su comité internacional para la reconstrucción de la casa de Karl Marx en Tréveris, ya que sus fondos [para estos fines] están dedicados al mantenimiento de análogos monumentos de Karl Marx en Inglaterra. Un saludo fraternal, Denis Healey». Es probable que fuera cierto; pero los londinenses fracasarían en su intento si buscaran esos monumentos a los que, según Healey, se «dedicaban» los recursos del partido. A pesar de todo, al menos se conserva la casa. A unos cien metros se encuentra el lugar donde se levantaba la antigua sinagoga de Tréveris, a cuyo cargo estuvieron numerosos antepasados de Marx. Lo único que delata su presencia en la actualidad es un cartel fijado a una farola en la esquina de la calle: «Hier stand die frühere Trierer Synagoge, die in der Pogromnacht in November 1938 durch die Nationalsozialisten zerstört wurde».

Poco se conoce sobre los primeros años de la infancia de Karl Marx, aparte de su costumbre de obligar a sus hermanas a comer empanadas manchadas de barro. Al parecer, recibió enseñanza en su propia casa hasta 1830, fecha en que ingresó en la Escuela Superior de Tréveris, cuyo director, Hugo Wyttenbach, era amigo de Heinrich Marx y uno de los fundadores del Club Casino. Aunque luego Marx calificaría despectivamente a sus compañeros de colegio de «paletos de pueblo», los profesores en su mayor parte eran humanistas liberales, que hacían cuanto podían para civilizar a sus alumnos. En 1832, después de una concentración en Hambach en defensa de la libertad de expresión, la policía hizo una redada en el colegio, donde averiguó que la literatura sediciosa —entre ella, los discursos de la manifestación de Hambach— circulaba entre los alumnos. Uno de los chicos fue arrestado, y Wyttenbach fue sometido a estrecha vigilancia. Dos años después, a los profesores de matemáticas y de hebreo se les acusó de los despreciables y gravísimos crímenes de «ateísmo» y «materialismo» tras la famosa cena en el casino de enero de 1834. Para contrarrestar la influencia de Wyttenbach, las autoridades nombraron codirector a un lúgubre reaccionario de nombre Loers.

«Pensé que la posición del bueno de Herr Wyttenbach era extremadamente dolorosa —dijo Heinrich a su hijo tras asistir a la ceremonia de toma de posesión de Loers—. Casi se me saltan las lágrimas ante las ofensas infligidas a este hombre, cuyo único pecado es ser demasiado bondadoso. Hice cuanto pude para mostrarle la consideración en que le tengo y, entre otras cosas, le dije lo mucho que le aprecias…».10 Pero cuando Marx, para demostrar su aprecio, se negó a dirigirle la palabra al intruso conservador, se ganó la reprimenda de su padre. «Herr Loers no ha visto bien el que no le hicieses una visita de despedida —escribió Heinrich después de matricularse Karl en 1835—. Tú y Clemens [otro de los niños] fuisteis los únicos … Tuve que echar mano de una mentira piadosa y decirle que fuimos a verle un día que no estaba.»11 Esta es la auténtica voz de Heinrich Marx, irritado pero tímido, descontento pero obediente, siempre dejando que un «no me atrevo» vaya en pos del «yo quisiera», como el pobre gato del cuento.*

Su hijo, por el contrario, prefería siempre imitar al tigre en sus acciones.* «Las reformas sociales —escribió Karl Marx advirtiendo a la clase obrera para que no esperase filantropías del capitalismo— jamás se llevan a cabo gracias a las debilidades del fuerte; siempre es merced a la fortaleza del débil.»12 Podría pensarse que él encarnaba este principio. Aunque su capacidad intelectual en raras ocasiones le falló, el cuerpo que habría de mantener esta tremenda fecundidad creativa era un recipiente verdaderamente débil. Podría decirse que al desafiar sus limitaciones físicas y sacar la fuerza de su propia debilidad, era como si hubiese decidido probar en su persona lo que propugnaba para el proletariado.

Incluso en el momento más vigoroso de su juventud —antes de que la pobreza, la falta de sueño, la mala alimentación, los excesos con la bebida y el tabaco le hubiesen pasado su inexorable factura— era una persona débil. «Nueve asignaturas me parecen excesivas y no me gustaría que hicieses más de lo que tu cuerpo y tu mente puedan aguantar»,13 le aconsejaba Heinrich Marx poco después de que, en 1835, su hijo de diecisiete años comenzase a estudiar en la Universidad de Bonn. «Al proveerte de alimento realmente saludable y vigoroso para tu mente, no olvides que en este miserable mundo siempre va acompañada por el cuerpo, del que depende el bienestar de toda la máquina. Un estudiante enfermizo es el ser más desgraciado de la tierra. Así pues, no estudies más de lo que tu salud te permita.» Ni entonces ni nunca Karl hizo caso alguno; más tarde, a menudo trabajaba durante toda la noche, a base de cerveza barata y nauseabundos cigarros.

Con su habitual e impetuoso candor, el muchacho respondió que la verdad era que su salud no era muy buena, con lo que provocó otro serio sermón de su persistente padre. «Los pecados de juventud en toda diversión inmoderada o incluso dañina por sí misma acarrean su terrible castigo. Triste ejemplo de ello lo tenemos aquí en Herr Günster. Cierto, en su caso no es cuestión de vicios, pero fumar y beber han agravado sus problemas respiratorios y es probable que muera antes del verano».14 Su madre, más preocupada que nunca, añadió su propia lista de mandamientos: «Deberás evitar todo aquello que empeore la situación, no te debes acalorar en exceso, no debes beber en exceso vino o café, ni comer cosas fuertes, con pimienta u otras especias. No deberás fumar ninguna clase de tabaco, ni trasnochar en exceso, y has de levantarte temprano. Ten cuidado de no coger frío y, querido Carl, hasta que te recuperes, no vuelvas a bailar».15 Como se puede comprobar, Frau Marx no se andaba con bromas.

Poco después de cumplir dieciocho años, Marx fue eximido del servicio militar por sus problemas respiratorios, aunque tal vez exagerase la nota. (La sospecha de que fingía la enfermedad se ve confirmada en una carta de su padre en la que le aconseja cómo librarse del reclutamiento: «Querido Karl: Si puedes, haz lo posible para que te den certificados de médicos competentes y conocidos, no has de tener mala conciencia por ello … Pero para ser coherente, no fumes demasiado».) La supuesta incapacidad no le impidió disfrutar de las juergas estudiantiles. En un «Certificado de Estudios» oficial, emitido después de que Marx pasase un año en la Universidad de Bonn, a la vez que se alaban sus méritos académicos («excelente diligencia y atención»), advertía que «ha sido castigado con un día sin salir por perturbar la paz, por alboroto y ebriedad nocturnos … Posteriormente fue acusado de haber llevado armas prohibidas en Colonia. La investigación aún sigue su curso. No es sospechoso de participación en ninguna asociación prohibida de estudiantes».16

Las autoridades de la universidad no sabían de la misa la media. Era verdad que el Club de Poetas —al que se unió en el primer trimestre— no era una «asociación prohibida», pero tampoco era tan inocente como el nombre sugiere: los debates de poesía y retórica eran una tapadera para otras discusiones de carácter más sedicioso. «Tu pequeño club me gusta mucho más, como bien puedes comprender, que las reuniones en la cervecería», escribió Heinrich Marx, imaginando, feliz, que su hijo aprovechaba su tiempo al máximo en serios debates literarios.

En realidad, Marx también era aficionado a las tabernas. Era copresidente del Club de la Taberna de Tréveris, una asociación de unos treinta estudiantes universitarios de su ciudad cuyo objetivo fundamental era emborracharse con la máxima frecuencia y desenfreno posibles: después de una de estas correrías, el joven Karl fue detenido durante veinticuatro horas, aunque su encarcelamiento no impidió que sus amigos le llevaran más bebidas y juegos de naipes para aliviar su sentencia. En 1836 hubo una serie de peleas en las tabernas entre la banda de Tréveris y una pandilla de jóvenes del Borussia Korps, que obligaban a los estudiantes a arrodillarse y jurar lealtad a la aristocracia prusiana. Marx compró una pistola para defenderse de estas humillaciones, y cuando estuvo en Colonia, en abril, el «arma prohibida» le fue descubierta durante un registro policial. Heinrich Marx consiguió, mediante una carta de súplica a un juez de Colonia, que las autoridades no presentasen cargos. Dos meses después, tras otra trifulca con el Borussia Korps, Marx aceptó el desafío a batirse en duelo. El resultado de este enfrentamiento entre un miope empollón y un soldado experimentado era predecible, y tuvo suerte de salir parado con tan solo una pequeña herida sobre el ojo izquierdo. «¿Acaso el duelo está tan íntimamente relacionado con la filosofía? —le preguntaba, desesperado, su padre—. No permitas que esta inclinación, y si no es inclinación, esta locura, arraigue. Al final, conseguirás privarte a ti y a tus padres de las mejores expectativas que la vida puede ofrecerte.»17

Después de un año de «violentos altercados en Bonn», Heinrich Marx autorizó satisfecho el traslado de su hijo a la Universidad de Berlín, donde habría menos tentaciones extracurriculares. «Aquí no hay posibilidad de beber, de batirse en duelo o de hacer agradables excursiones en grupo —había comentado el filósofo Ludwig Feuerbach cuando estudió allí diez años antes—. En ninguna otra universidad se puede hallar una pasión tal por el trabajo … En comparación con este templo de laboriosidad, las otras universidades son como tabernas.» No sorprende, pues, que Heinrich tuviese tantas ganas de firmar los impresos necesarios para permitir el traslado. «No solo concedo el permiso a mi hijo Karl Marx, sino que es mi deseo que ingrese en la Universidad de Berlín el próximo curso para continuar allí sus estudios de derecho…»

Las esperanzas de que el díscolo joven se concentrase ahora en sus estudios, sin distracciones, se truncaron bien pronto: Karl Marx se había enamorado.

El único amigo del colegio de Tréveris con el que Marx mantuvo contacto de mayor fue Edgar von Westphalen, un tipo afable y algo chiflado, un diletante con inclinaciones revolucionarias. Esta perdurable amistad no tenía nada que ver con las cualidades de Edgar, sino con su hermana, la encantadora Johanna Bertha Julie Jenny von Westphalen, a la que todos conocían como Jenny, y que sería la primera y única mujer de Karl Marx.

Ella era un buen partido. Al hacer una visita a su ciudad muchos años después, Karl escribió orgulloso a Jenny: «En todas partes y a todas horas me preguntan por la que fue “la niña más linda de Tréveris” y “reina del baile”. Ciertamente, es muy agradable para un hombre saber que su mujer es tenida como una “princesa encantada” en la imaginación de toda una ciudad».18 Puede sorprender que una princesa de veintidós años perteneciente a la clase dirigente prusiana —hija del barón Ludwig von Westphalen— se enamorase de un tunante burgués y judío, cuatro años más joven, y no de un noble de uniforme lleno de entorchados y con rentas propias; pero Jenny era una chica inteligente y de ideas liberales que encontraba irresistible la arrogancia intelectual de Marx. Tras dejar plantado a su novio oficial, un respetable y joven alférez, comenzó a salir con Karl en las vacaciones de verano de 1836. Él estaba tan orgulloso que no podía reprimirse de presumir ante sus padres, pero la noticia se la ocultaron a la familia de Jenny durante casi un año.

A primera vista, las razones de este prolongado secreto son evidentes. El barón Ludwig von Westphalen, oficial de alta graduación del Real Gobierno Provincial Prusiano, era un hombre de doble linaje aristocrático: su padre había sido jefe de Estado Mayor durante la guerra de los Siete Años, y su madre, Anne Wishart, era escocesa, descendiente de los condes de Argyll. Un personaje de tan alta alcurnia difícilmente hubiese querido que su hija cargara con un descendiente, sin títulos, de un extenso linaje de rabinos.

Si nos detenemos un poco más, no obstante, la ocultación resulta más desconcertante; Von Westphalen no era ni un estirado ni un reaccionario. Después de un matrimonio convencional con una mujer de clase alta, que le dio cuatro convencionales hijos de clase alta —uno de los cuales, Ferdinand, sería luego el terriblemente tiránico ministro del Interior del gobierno prusiano—, el barón, en aquella época, estaba casado con Caroline Heubel, una sencilla y honrada hija de la clase media alemana, que fue la madre de Jenny y Edgar. (Su primera mujer, Lisette Veltheim, había muerto en 1807.) Al no estar ya obligado a darse aires o a preocuparse por su situación social, el barón Ludwig había dado rienda suelta a los aspectos más naturales de su carácter culto, liberal y tolerante. Como protestante en una ciudad católica, podría haberse sentido como un intruso; sin embargo, simpatizaba con los marginados de la sociedad. En los informes oficiales que enviaba a Berlín, llamaba la atención hacia «la inmensa y cada vez mayor pobreza» de las clases bajas de Tréveris, aunque sin plantear sus causas o los posibles remedios. Era un ejemplar casi perfecto del conservador liberal de buenas intenciones, afligido por las privaciones de los pobres pero disfrutando de las comodidades de su propia situación.

De hecho, la suya era una situación parecida a la de Heinrich Marx. Ambos hombres se conocieron poco después de que Von Westphalen fuese destinado a Tréveris en 1816, y descubrieron que tenían muchas cosas en común, entre ellas su amor por la literatura y por la filosofía de la Ilustración. Aunque eran incondicionales monárquicos y patriotas, ambos propugnaban —sotto voce y con la máxima educación— tibias reformas que pudiesen suavizar los excesos del absolutismo prusiano. Al igual que Heinrich Marx, Ludwig von Westphalen se hizo socio del Club Casino, y, por tanto, recibió un trato de suspicaz cautela por parte de sus sup

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos