Índice
Portadilla
Índice
Dedicatoria
Las residencias de los Astor, 1928
Introducción
1. Infancia
2. Entro en el servicio
3. Conocer a los Astor
4. Mi señora y mis responsabilidades
5. Adaptándome al trabajo
6. Recepciones a lo grande
7. La familia Astor
8. Una familia en tiempos de guerra
9. Conseguir mi ambición
10. Religión y política
11. Los últimos años
Notas
Sobre la autora
Si te ha gustado este libro, no te pierdas…
Créditos
Grupo Santillana
Para Leigh Reggie Crutchley,
que lo hizo posible
Introducción
Además de mis experiencias en el servicio doméstico, este libro trata de mucha gente, y en especial de una persona, Lady Nancy Astor. Se ha escrito bastante sobre la vida política y personal de mi señora. Algunos la alababan y otros han sido brutalmente críticos. Yo no pretendo ni lo uno ni lo otro. Para empezar no tengo su dominio del lenguaje, su educación ni sus circunstancias personales, por eso he evitado hablar de aquellas partes de la vida de Lady Astor que no soy capaz de comprender y me he limitado a escribir sobre aquello que sí podía. Es posible que esto haga que mi retrato de ella sea algo desigual, pero todos escribimos desde una perspectiva determinada, y la mía al menos me permitió estar con ella cada día durante treinta y cinco años. Hubo momentos y lugares en los que no pude observarla tan de cerca, y para reflejar esas ocasiones me he ayudado de la memoria de otros empleados que estaban presentes. Eso sí, siempre buscando la visión que sus sirvientes tenían de ella, no la opinión de colegas y amistades de su clase.
Mi vida con la señora fue un constante desafío y un conflicto continuado que disfrutamos inmensamente a pesar de hacernos daño la una a la otra de vez en cuando. Aunque nos separaban la posición y el dinero, teníamos caracteres parecidos y creo poder decir que siempre hubo un respeto mutuo. Espero que mis palabras no hieran ninguna sensibilidad, pues no es en absoluto mi intención y lo último que quisiera hacer es dañar la imagen de una dama que con el paso de los años acabó convirtiéndose en el reflejo de mi propia vida. Sea lo que fuere, este libro es la verdad tal y como yo la percibí.
Debo agradecer la ayuda de muchas personas en la elaboración de esta obra; entre ellas, Cyril Price, Frank y Ronald Lucas de Walton-on-Thames, Edwin Lee, Charles Dean, Frank Copcutt, Noel Wiseman y Gordon Grimmett, que me ayudaron a llenar los vacíos de mi memoria. A mis hermanas Olive y Ann por mantener su fe en mí y darme tanto coraje. A Desmond Elliott, mi agente, a Michael Legat y Mary Griffith, mis editores. A Jenny Boreham, que redactó y volvió a redactar mis palabras una y otra vez mostrando una energía inagotable, y finalmente a Leigh Reggie Crutchley, a quien dedico este libro.
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Infancia
Nací en 1899 en Aldfield, una pequeña y hermosa aldea cerca de Ripon, en Yorkshire, a poca distancia de las famosas ruinas de la abadía de Fountains. En aquella época la aldea y las tierras colindantes eran propiedad del marqués de Ripon, que vivía en Studley Royal. Aunque no tengo recuerdos tangibles de ello supongo que el marqués controlaba nuestras vidas y las de todas las personas que vivíamos en su propiedad, de agricultores para abajo. Era como un dictador benévolo y, ante él o la marquesa, los hombres debían inclinarse o quitarse la gorra y las mujeres hacer una reverencia, de lo contrario podía ofenderse. Aunque esto nunca fue un problema en mi familia, pues nosotros sabíamos cuál era nuestro sitio. Con ello no quiero decir que fuéramos excesivamente serviles. En aquella época saber el lugar de uno era una especie de código de comportamiento que seguíamos al pie de la letra. De todas formas no había tiempo para pensar en lo bueno y lo malo de nuestra situación: la gente estaba demasiado ocupada trabajando y sacando adelante a la familia.
El marqués de Ripon contrató a mi padre como cantero, un oficio especializado en el que cortaba piedra y pizarra, y reparaba los edificios de la propiedad. También trabajaba en la conservación de la abadía de Fountains, y por todo ello ganaba una libra a la semana. Por otra parte, era sacristán y cuidaba de las iglesias de Aldfield y de Studley, lo cual nos reportaba otros treinta chelines al año, algo más si había bodas o funerales. Además era sepulturero y ganaba unos chelines extra ocupándose de las tumbas, desherbándolas y cuidando las flores. En verano incluso hacía algo más de dinero segando la hierba del patio de la iglesia, metiéndola en pequeños almiares y vendiéndolos a un granjero de la vecindad.
Antes de casarse mi madre trabajaba de lavandera en Tranby Croft y Studley Royal, y allí conoció a mi padre. Debían de estar contentos con su trabajo, pues cuando padre y ella empezaron a vivir juntos siguió lavando la ropa interior y la lencería de los marqueses en casa. ¡Ropa! Cuando era pequeña odiaba siquiera verla, pues el único momento en que nuestra cocina no estaba llena de ella era los sábados y los domingos. Para cuando dejé la casa de mis padres creo que ya había visto demasiada ropa interior. Sólo veíamos los fogones los fines de semana, o cuando cocinábamos, porque el resto del tiempo estaban cubiertos y rodeados de montañas de ropa. Padre refunfuñaba a menudo por ello aunque sabía que no había motivo para quejarse, pues suponía un dinero extra necesario. Nunca supe de cuánto se trataba, ni creo que lo supiera padre, pero madre siempre parecía tener suficiente para salir de cualquier crisis.
Éramos cuatro hermanos: yo era la mayor, luego estaba mi hermano Francis y mis hermanas Suzanne y Olive, cada uno separado por dos años. Me bautizaron con el nombre de Rosina, pero viendo que era probable que se abreviara a Rose, el nombre de mi madre, y dado que ella no estaba dispuesta a que la conocieran como Rose «vieja», mi familia siempre me ha llamado Ena. Es una de esas situaciones que mi familia debería haber previsto antes de bautizarme, porque ha causado mucha confusión e irritación a lo largo de mi vida.
Me han dicho muchas veces que tengo suerte por haber crecido en una aldea rural, con toda la libertad de los campos y las praderas, la sencillez de la vida rodeada de animales y, sobre todo, de paz. Ahora que escribo de ello suena muy lírico, y quizá lo fuera, pero la gente suele olvidar, y entre ellos me incluyo, que he dedicado gran parte de mi vida al trabajo, incluso de niña. Desde que tuvimos uso de razón todos nosotros empezamos a participar en el funcionamiento de la casa. Madre y yo nos levantábamos cada mañana antes de las seis. Padre tenía que salir a trabajar a las seis y media. Caminaba hasta el pabellón de la abadía de Fountains para que su capataz le indicara qué tareas debía realizar aquella jornada. Durante algún tiempo iba en bicicleta, pero un día lo alcanzó un rayo y no volvió a montarse en una.
Mi primer trabajo fue recoger leña y encender el fuego. Utilizábamos leños que padre y yo cortábamos con una sierra de mano de un cargamento de madera que compraba en la propiedad. No utilizábamos carbón, ya que no era necesario y costaba dinero. También horneábamos a leña, cortando pequeños trozos de madera para ponerlos debajo del horno para calentarlo lo suficiente. Íbamos a sacar agua con cubos de una bomba fuera de la casa, y en veranos calurosos o cuando el pozo se secaba la cogíamos de una bomba al otro lado de la aldea. La pequeña caldera tenía que estar llena, pues además de la tetera era nuestro único suministro de agua caliente. Después de ayudar a madre con el desayuno de padre me encargaba de despertar a mis hermanos, y los vestía, generalmente metiéndoles prisa y regañándoles.
Para mí la escuela era un verdadero alivio. Me gustaba aprender. El edificio era típico de la época. Sólo tenía dos aulas y nuestros únicos maestros eran el director y su esposa, los Lister, que nos enseñaban a leer, escribir y a sumar y restar, además de un poco de geografía, historia, arte y costura y bordado para las niñas. Enfrente de la escuela había un campo donde solíamos jugar al fútbol. El señor Lister y yo nos poníamos de porteros. Aquello me encantaba, porque además de ser bastante buena y encajar pocos goles era una oportunidad para dar voces. No paraba de animar dando órdenes a mis compañeros y se me podía oír por toda la aldea de principio a fin del partido. Cuando regresaba a casa, mi madre me regañaba por comportarme de manera tan poco femenina, pero a mí me daba igual, y sabía que al día siguiente volvería a hacer lo mismo. Mis zapatos acababan agujereados de tanto jugar, hasta que mi madre me hizo llevar unos zuecos de cuero, lo cual no me importaba, pues era el calzado de Yorkshire. Recuerdo que una vez me vistió con una torerita y una falda ancha, y me dijo que cuidara bien de la ropa. Luego no pude resistir la tentación de jugar al fútbol, se me enganchó el zapato en el dobladillo de la falda y casi la desgarro. No me atrevía a volver a casa y que madre viera el estropicio, de modo que fui a la escuela y entre la señora Lister y yo zurcimos la falda.
En la escuela aprendí muchas cosas que me fueron de gran utilidad en mi vida posterior, especialmente a través de la lectura y la escritura. Siempre me ha gustado escribir y recibir cartas, y guardé muchas que creo me ayudarán a refrescar la memoria para escribir este libro. La mayoría de los niños abandonaban la escuela a los 14 años, pero yo seguí estudiando hasta los 16, ya que madre y yo teníamos planes para mi futuro. En mi opinión esos dos años en los que el señor y la señora Lister me dieron tutorías individuales de forma ocasional fueron muy importantes para mí.
En el descanso del almuerzo, o como solíamos llamarlo, la hora de la comida, yo iba a casa. Cuando terminaba entraba en la lavandería y giraba el rodillo mientras madre metía la colada de la mañana. Por la tarde, cuando acababan las clases, volvía a casa a ayudar a madre a preparar el té de padre, la comida más importante del día para él. Una vez recogido todo, me ponía a tejer calcetines para padre, una tarea que me resultaba muy poco gratificante porque parecía que no le duraban nada, aunque el tiempo me demostró lo contrario, pues lo mantuve abastecido durante muchos años.
Después de tejer tocaba coser, zurcir y remendar, luego acostar a los niños y meterme en la cama. Los sábados, además de las tareas habituales, tenía que limpiar la cocina y pulir la estufa de la cocina con grafito. El grafito venía en bloques como el jabón y lo guardábamos en un tarro de mermelada. Cada vez que lo iba a utilizar tenía que echarle agua fría y trabajarlo hasta que quedaba hecho una especie de pasta. Luego lo frotaba sobre la cocina hasta que quedaba reluciente. Siempre acababa con un aspecto lamentable, pues tenía la piel muy porosa y absorbía todo el grafito que tocaba. Quizá por eso se reían tanto de mí en casa los sábados. Entonces me parecía muy cruel y aún hoy cuando lo recuerdo.
Debo decir que cuando terminaba de limpiarla, la estufa quedaba reluciente. Tenía que estarlo, pues era el mueble más importante de la casa, si es que se puede considerar un mueble. Era nuestro medio de subsistencia. Nunca olvidaré aquella estufa. Tenía un hornillo a un lado, y la caldera al otro, y entre ambos estaba la rejilla y una especie de barra de hierro que atravesaba la parte superior. De esta barra colgábamos un hierro negro grande que teníamos en el fuego prácticamente todo el día, la tetera, y, cuando hacía falta, una sartén con un mango largo vertical que colgaba sobre las llamas. La distancia del fuego se podía ajustar con una cadena unida a la barra. Por la noche nuestros dos gatos entraban en la cocina y se subían a ambos lados de la parrilla. Uno se sentaba sobre la caldera y el otro sobre el horno. Es la típica imagen familiar que uno jamás olvida.
Otra de mis tareas del sábado era limpiar las botas de padre para el domingo. Por la tarde, si hacía buen tiempo, los cuatro hermanos íbamos a recoger leña para el fuego. Studley Park era un buen terreno de caza y teníamos un bosquecillo cerca, pero no nos atrevíamos a ir demasiado a menudo porque criaban faisanes y los vigilantes no dejaban que nadie los molestara. De hecho, cuando había tormenta o mucho viento durante la semana era un gran alivio, pues sabíamos que nuestra tarea del sábado sería mucho más fácil.
Según fui haciéndome mayor padre empezó a tener lo que en aquellos tiempos llamábamos un corazón débil y el resto de la familia tuvimos que sustituirlo en cuantas labores podíamos. Así fue como empecé a encargarme de otra tarea de sábado: prender y ocuparme de las estufas de la iglesia y ayudar a madre a limpiar el templo. El sábado también era día de baño, lo cual me venía muy bien después de una jornada de trabajo tan sucio. En invierno tenía que conformarme con una especie de aclarado con agua en un barreño de hojalata delante del fuego de la cocina, pero en verano me daba el gusto de ir al lavadero fuera de casa, calentar el agua en la caldera y llenar la cuba. Un día padre volvió de Studley Royal con un precioso polibán que habían tirado. Recuerdo que a partir de entonces nos sentimos como millonarios, pero no supe lo que era tumbarse en una bañera hasta que empecé a trabajar en el servicio.
Los domingos eran algo distintos, pero tampoco eran un día de descanso. Me levantaba más o menos a la hora de costumbre e iba a la iglesia a ocuparme de la calefacción. Si había servicio de comunión a las ocho, tocaba la campana de la iglesia y hacía de ayudante al párroco. Luego volvía a casa a desayunar y nos preparábamos para ir a misa. Padre y yo cantábamos en el coro. Me gustaba mucho, de vez en cuando nos tocaba cantar un solo, y eso me encantaba. La comida del domingo era una especie de ritual cada semana. Era el momento en que disfrutábamos de lo mejor que quedaba en la despensa, además del imprescindible budín de Yorkshire seguido de pasteles y tartaletas.
Nadie puede acusar a mis padres de sectarismo, porque en cuanto terminábamos de comer y recoger nos enviaban a la escuela dominical de la capilla wesleyana. Un día pregunté a mi madre por qué lo hacían y me contestó: «porque es un lugar tan bueno como cualquier otro, y así sé dónde estáis y que no estáis haciendo diabluras». Supongo que hasta cierto punto influyó en nuestra vida, además de alimentar la biblioteca de casa, ya que como asistentes habituales recibíamos un libro cada año para completar nuestro aprendizaje, como John Hallifax, Gentleman. Este último me resultó demasiado arduo y no logré leerlo hasta muchos años después.
Por la noche volvíamos a la iglesia y, aunque pueda dar la impresión de que debíamos estar hartos de tanta religión, yo nunca me cansaba. Uno de los recuerdos que más atesoro es el de los oficios en la iglesia de Studley. Eran momentos felices en los que los granjeros y los aldeanos se arreglaban y lucían sus mejores galas, y cantaban con todo el alma. Estas reuniones semanales arraigaban en nosotros un sentimiento de comunidad y una especie de orgullo de pertenecer a la aldea. La iglesia de Studley era preciosa, y era nuestra. Durante toda mi vida en el servicio doméstico la religión y los recuerdos de la infancia relacionados con ella me han ayudado mucho, pues, aunque debíamos comportarnos de manera cristiana, casi nunca nos era posible acudir a la iglesia y practicar nuestra religión porque interferiría con nuestras responsabilidades. Y no lo digo con rencor, sino simplemente como un hecho.
El domingo era el único día en el que la sala de estar cobraba vida, ya que durante el resto de la semana nadie podía entrar. Y lo mismo ocurría en todas las casas de la aldea. Teníamos un piano como una especie de símbolo de respetabilidad, que madre había comprado con el dinero de sus labores de lavandería. Conforme fuimos creciendo, los cuatro hermanos recibimos clases por cuatro peniques semanales, y aunque ninguno llegamos a dominarlo, sabíamos tocar unas cuantas notas, las suficientes para acompañar nuestras canciones. Cuando estalló la guerra de 1914 construyeron campamentos militares en los alrededores, y los domingos por la noche en casa de los Harrison se convirtieron en un gran acontecimiento para los soldados y para nosotros. Madre estaba exultante al cantar «Goodbye Dolly Gray», «Two Little Girls in Blue», «Keep the Home Fires Burning» y otras canciones populares de la época, y hasta padre parecía relajarse y disfrutar, probablemente ayudado por la bebida que traían los soldados. Es curioso, pero yo recuerdo la guerra como una época feliz, en la que la aldea y el campo se animaron con los desfiles, las armas y los uniformes. Se celebraban bailes y conciertos para la guarnición, en general había más diversión y, como es de esperar, más nacimientos de los habituales.
Eso sí, el trabajo no se detenía y los lunes llegaban cargados de cestas de ropa para lavar y en la cocina volvían a izarse las banderas de batalla. Dicho sea de paso, la labor de madre no consistía en «ser lavandera» simplemente: el suyo era un trabajo a jornada completa, un oficio especializado. Como ya he mencionado, trabajaba para la marquesa y el marqués de Ripon, pero también se encargaba de las prendas personales y alguna de la ropa de casa más delicada de lady Baron, de Sawley Hall. De hecho, cuando dejaban el campo para pasar la temporada en Londres, seguían mandando la ropa a mi madre por ferrocarril. Eran personas peculiares y podían permitírselo. En estos tiempos en los que parece que todo el mundo compite por tener la ropa más blanca resulta interesante recordar que mi madre se las arreglaba sin las ayudas mecánicas y de otro tipo que hoy tenemos a disposición de todos. Recogía agua de lluvia en dos enormes barriles dispuestos en un volado del tejado. Cubo a cubo iba llenando una caldera que se construyó con ladrillo en una esquina del lavadero y la calentaba con carbón de coque sobre una rejilla. Cuando rompía a hervir la pasaba a una tina de madera, donde lavaba cuidadosamente las prendas a mano y con el mejor jabón, que en aquella época era Knight’s Castile. La ropa no solía estar demasiado sucia, así que no necesitaba frotar, pero si era necesario lo hacía sobre una tabla de madera, parecida a lo que se utilizaba en tiempos de la música pop como instrumento de percusión.
Una vez limpia, pasaba la ropa a tres tinas distintas para aclarar con la ayuda de un agitador, que era un palo con tres soportes en la parte inferior que se giraba a mano para mover las prendas dentro del agua. Si tenían que hervirse una segunda vez se volvían a meter en la caldera y se aclaraban de nuevo. Después se pasaban por el rodillo y se tendían en dos largas cuerdas dispuestas en ángulo en el jardín donde se secaban con el aire limpio del campo. Siempre lavaba a mano las prendas más delicadas.
El planchado se hacía sobre una mesa especial que había junto a la ventana de la cocina. Teníamos un accesorio que se ponía sobre el fuego de la cocina con dos salientes donde se colocaban las planchas. Madre lo calentaba al rojo vivo y ponía entre ocho y diez planchas a la vez. Había una plancha pequeña y redonda con la que hacía los cuellos y las pecheras almidonadas de las camisas de vestir de caballero hasta hacerlos relucir, y aún conservo las tenacillas con las que curvaba el relleno de enaguas y vestidos de noche para que se mantuvieran abombados. Una vez planchado todo, lo colgaba junto al fuego para que se aireara y lo envolvía amorosamente en papel de seda antes de meterlo en las cestas de lavandería. Uno de los recuerdos más hermosos de mi infancia es el olor de las cestas antes de cerrarlas. Nunca ponía bolsas de lavanda, no lo necesitaba porque ya tenían su propio olor a limpio, más delicioso que la hierba recién cortada.
Cuando hoy hablo a la gente de los ingresos de mi padre y de los chelines que madre ganaba lavando y cómo consiguieron sacar adelante a cuatro hijos, alimentando, vistiendo y proveyéndoles de todo cuanto necesitaban, suelen restarle importancia diciendo que en aquellos tiempos las cosas eran distintas y el dinero valía mucho más. En efecto, era distinto. No había seguridad social, lo cual generaba un gran temor a caer enfermo, perder el trabajo, envejecer sin una familia para cuidar de uno y acabar enterrado en una sepultura para pobres. Tampoco había electricidad, alcantarillado, agua corriente o refrigeración; la fruta y las hortalizas iban y venían con las temporadas, y todo ello por no hablar de la radio, la televisión, los aparatos de música, los coches y otros avances de ese tipo. Pero uno no echa en falta lo que nunca ha tenido, y hay cosas que quizá sea mejor no tener.
En aquella época los treinta chelines mensuales que ingresaba nuestra familia, aunque nunca lo sabré con certeza, apenas nos llegaban para sobrevivir y eso contando con que t
