Retrato de un hombre desnudo

Juan Cruz Ruiz

Fragmento

Contents
Índice
Portadilla
Índice
Dedicatorias
Citas
Los días del mar
Alimento del miedo
Sueños
Mentiras
Visita
Adiós
1966
Huella
Sombra
Soledad de la locura
Arena del regreso
Los pies en la duna
El observatorio
Sol en las dunas
El ruido desnudo
Mano del mar
Paciencia de la orilla
Dibujo del viaje
Cobardía
Ilusión del horizonte
Misterio dibujado
La voz dormida
Portofino
1973
La Punta del Viento
Berberechos
1973
La maldad de los niños
Pudor en el vestuario
La marca de agua
La edad del miedo
El miedo y el mar
El mar y la vidriera
Un golfo en el muelle
El viaje
La luz opaca
Regreso de invierno
La mar al revés
Las cosas rotas
Máncora
Pavor del sueño
Amor
Fantasía
Impaciencia del mar
La mujer de Bergen
La veo reír
La llamada
Habitación 212
Adagio del mar
Ese día
Julio va al cine
Fin de trayecto
En el restaurante
El accidente
Utopía
Ven
Perrier en Cannes
Aquí es agosto
Es de noche
Crónica del espejo
Arena en el libro
Bochorno
Miedo
Silencio
Arroz y risas
Laberinto
Despedida en Bangkok
De viaje
Arroz con frijoles
Una melancolía
Tres tristes tigres
Regreso del tiempo
Helechos los de aquel patio
Ahora vuelvo a la cueva
El mar de la pasión y de la traición
Sudor de la ciudad
El Puerto
Fin de partida
Créditos
Grupo Santillana
Dedicatorias

Para Dulce Chacón

Para Ana Menasanch

Para Diego Talavera

Para Rafael Cobiella

Citas

Mi problema con los libros es que son sucesivos y yo soy simultáneo: todo lo veo y lo siento y lo quiero a la vez.

El tiempo es sucesivo como un libro al que hay que irle pasando las hojas.

FERNANDO VALLEJO

Mi hermano el alcalde

Evoco ahora lo que no he vivido.

Es utensilio extraño la memoria.

JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD

Diario de Argónida

los_dias_del_mar

Los días del mar

Miro a mi alrededor, éste es mi paisaje, el lugar de mi regreso; éste es el sitio de un sonámbulo que ahora vuelve para mezclarlo todo, nunca he sabido vivir en la realidad, y ahora tampoco, se mezclan los tiempos, las sensaciones y los recuerdos, y sufro la impresión de estar viviendo al tiempo varias épocas de mi vida, de las que sobresale la adolescencia; ni la edad, ni las heridas del tiempo y de la vida, ni las ausencias reiteradas, ni la muerte ni el estupor, ni la desolación de haber estado solo, ni la realidad ni sus pesadillas, ni los sentimientos torcidos que siguen causándome perplejidad y cansancio, nada de lo ruin que me sucede, lo que yo produzco o lo que yo mismo sufro, ha sido capaz nunca de desnudar la ingenuidad que sigo sintiendo como el lugar en el que se producen mis días, aún no sé por qué suceden las cosas, ni sé el origen del dolor ni de la alegría sé nada, no soy un niño ni soy un adulto, soy una sombra desplazándose al amanecer desde la cama, como un adolescente ante este espejo que ahora me ve lavarme rápidamente, limpiarme los dientes, afeitarme aún soñoliento la barba que me interroga, el pelo blanco, el cerco senil de los ojos, ése soy yo, y a lo largo del día ese que se ha mirado en el espejo se olvida de sí mismo, ya es el otro para los otros, ha salido al campo, por así decirlo, y se encuentra solo, tan solo riendo, le echa leña a la conversación ajena, se siente servicial y actúa como tal, vacía su espíritu y su cuerpo, se agota en aviones y en conferencias, escucha a artistas y a sus representantes, envía flores, tarjetas, felicita cumpleaños, y vive en secreto dos o tres vidas, o cuatro, no es él quien está, o quizá no está en ninguna parte, es sin duda el adolescente que fue y salió huyendo de esa edad como si quemara, en algunos resquicios de su alma le descubro a veces, ennegrecido de hastío, buscándome, y luego llega aquí, exhausto, me cuenta los accidentes sentimentales de su historia, le escucho como si yo mismo fuera su escribano, aquí llega, cansado del aire y del viento y de las mujeres y de los hombres y de su trabajo y de su descanso y de sus días libres, está obsesionado con el tiempo, cómo ha de pasar, para qué valen las estaciones si no valen para defenderte del tiempo, de qué vale el tiempo si no va a tu favor, se sienta y escribe, es un milagro verlo quieto, de soslayo se le puede ver hojeando libros ajenos, y si le ves desde muy cerca cuando se halla con otros, y le miras los ojos llenos de melancolía, descubrirás en el interior oscuro y aún adolescente de su mirada la enfermedad de la adolescencia, cómo la cuida, cómo le ha hecho, hasta qué punto no sería nada, o sería aún más solitario, si no tuviera también cerca el corazón lleno de melancolía, mi madre me decía que la melancolía estaba en las manos, y es cierto, ahora que pasa el tiempo veo que estas pecas que van manchando mis manos son efectivamente la melancolía, vive en las manos, se desplaza con ellas por el aire, hoy he hallado más manchas que nunca en la piel de mis manos, el tiempo es su melancolía, de la melancolía vive, ella le hace contar, la madre y la melancolía juntas le acompañan a lo largo de este paisaje que le ve mirar, está solo. Él es quien habla, yo soy él también, pero sólo soy su escribano cuando se atreve a decir, y esto ocurre cuando tiene tanto tiempo por delante como para no sentir miedo al inicio de la travesía; la travesía es para él el pudor de las páginas que le quedan por contar, no me atreveré, se dice en el espejo, y en el espejo llora, al menos dice llorar, porque nunca ha llorado de otra forma que así, es decir, diciendo que llora siendo otro, siempre es otro, no logro despojarlo de la ropa con la que asiste a las verbenas.

Lo cuenta en primera persona, junto al mar; los sucesos se le van mezclando, a veces cree que le pasó a otros, pero a él le sucedió todo. Para contarlo viaja, se desplaza, va de un sitio al otro, pero siempre está con la vista puesta en el mar; cuando cierra los ojos es porque no puede soportar su claridad.

alimento

Alimento del miedo

En el mar o lejos de él, siguen persiguiéndome historias antiquísimas que alguna vez me sucedieron saliendo de una escalera, en un ascensor, solo, en la soledad o en las compañías que no he deseado; y sigo viviendo esas historias con el mismo rumor de platos rotos o con el sonido innumerable de la alegría propia de los niños o de los perros cuando llegas a casa y ellos rompen el silencio de la indiferencia y se lanzan a tu cuello como si fueras la novedad más grande, la aventura con la que habían estado ellos mismos soñando; y así camino a veces, por Madrid, por México, por Tenerife, por cualquier parte, imaginando que de una esquina o de una avenida o de una cueva o de la carretera o del monte o de la orilla del mar saldrá una mano cuyas arrugas ya conoces, y con esa mano vas a seguir camino, por esa orilla o por el mundo, y a veces no es una mano sino una mujer o un hombre, sientes una emoción casi ajena pero cierta en el interior de tu cuerpo, se aloja en el estómago o por ahí y sientes ganas de abrazarla o de abrazarlo, en esos momentos soy como el perro que me viene a abrazar cuando menos lo espero, en medio de las aceras o en el monte, siempre me asaltan figuras difuminadas como esa que vi en la adolescencia llegando a mi cuarto de enfermo, aquella habitación del Sagrado Corazón de Jesús, risas y melancolía, aquel hombre se situó ante mí y le dije, No, cuando él me dijo, ¿Te quieres venir conmigo? Qué sé yo si era la muerte, o sus múltiples sucedáneos, sé ahora que aquello alimentó mi terror, y hoy sigo aterrorizado por la oscuridad de las enfermedades o del silencio, por el terror que te produce la incertidumbre que luego se toca, como si se hubiera hecho sólida, la piedra del tiempo cayendo sobre tu memoria, y es lo único cierto, el final de la vida, el precipicio en el que poco a poco se va cayendo la alegría, en el hueco del tiempo, la perplejidad de advertir que nada es eterno, y si yo me hubiera quedado quieto, en medio del barranco, junto a mi padre, ambos escuchando cómo se cantan en las huertas del sur, cerca del mar, en medio del secarral, los corridos mexicanos, y si nunca nos hubiéramos movido de allí, si aquel instante hubiera durado siempre, si no nos hubiéramos levantado con nuestros petates y nuestro cansancio, al lado de los lagartos, si hubiéramos sido siempre figuras de piedra o de tierra o de arena en las tierras del sur, ¿habría venido alguna vez la muerte a llevárselo, me habría llevado a mí, nos habría llevado la vida mar afuera, nos habría enterrado, el tiempo habría sido capaz de tocarnos si nosotros no hubiéramos salido al tiempo y a la calle y a aquel coche sudoroso en el que ahora dormito y le miro las manos arrugadas mientras me dice, Juanillo, dame la mano, mira a ver si tengo fiebre, se habría muerto mi padre, nos habríamos muerto, moriremos todos en la estela del tiempo que nos hace huir, de eso no tengas duda, moriremos todos, habría muerto mi padre, habríamos muerto todos, y mi madre también habría muerto? La muerte, tan pronto. Mi sentimiento es ése, viajo con ese sentimiento de orfandad que va viniendo como si ahogara mi garganta, y de esa sensación que padezco solo, que procuro aliviarle a la gente que me rodea, se alimenta mi melancolía, la oculto para que viva sola, que nadie toque mi melancolía, lo que decía Juan Ramón de la rosa, pues la melancolía soy yo, y no la toques ya más que así es la rosa. Lo que ocurrió y lo que soñé mientras ocurrió, las amistades y las despedidas, los libros y sus tachaduras, todo sigue siendo cierto, como si lo estuviera haciendo ahora mismo, al despertar de esta cama que ya me soporta desde hace tantos años, o como si lo hubiera hecho ayer, mientras caminaba bajo el frío del otoño de Madrid, rebuscando en los escaparates las bufandas que me puedan abrigar como me abrigaba hace años la ropa vieja que mi madre guardaba en los armarios, los suéteres rotos por los codos y mi amigo Amador viene por los pasillos largos y fríos de la Universidad de La Laguna, Cómo vas con esa facha, Es así como me gusta ir, con esta facha, los dos reímos y nos metemos en el bar, él lleva sus gafitas de montura de carey, ríe más que yo, es asmático también, los dos sabemos lo que vale el aire, así que él pide coñac, siempre que pide coñac es por el asma, yo le imito, y los dos caemos borrachos, yo con su suéter, él se ha despojado de su suéter, le da vergüenza que yo vaya a la universidad con el suéter roto por los codos, de modo que ahora él va con mi suéter, y así él mismo se dice que es Yo Mismo, tú eres tu ropa, si yo llevo tu ropa yo soy tú mismo, los dos jugamos a cambiarnos las identidades, hasta que van a cerrar el bar, y así muchas veces al año en aquel bar en el que, como creo que hemos dicho algunas veces, se hacía la vida universitaria pues era el único bar del mundo que tenía universidad, a Amador le costó mucho más que a mí volver al Colegio Mayor, había bebido más, pero cuando caí en la cama encontré que en el interior de un zapato alguien había dejado una enorme bosta de mierda, algún mensaje oscuro y tenebroso, alguien quiso vengarse, Quién te quiere mal, me dije ante el espejo, quién te quiere mal, y luego caí rendido, a nadie le dije nada del incidente; soy del criterio, imaginé que trataba de convencerme a mí mismo al despertar, de que es mejor mostrar indiferencia ante las ofensas, y, además, por qué tienes que caerle bien a todo el mundo; así que arrojé el zapato por la ventana como quien se deshace de un balde de agua vieja. Ahora que miro hacia abajo veo que cayó en un buen sitio, entre los escombros. Luego vino Amador a verme, quería su suéter, yo se lo di, guiñándole un ojo, y volví a dormir, era tan fácil entonces. Rencor, ahora que lo recuerdo: el mal haciendo su sombra perversa, engañando a los espejos, en la comisura de los labios se concentra ese desdén; Huye de él, no caigas, me digo dormitando, es muy difícil volver de un mal olvido. El rencor te despierta; ahuyéntalo.

suenos

Sueños

A veces tengo, al dormitar, esta misma sensación que ahora me alcanza: mientras leo, cuando estoy a punto de dormir, surgen en mi memoria imágenes imposibles, a veces viajo por encima de enormes piedras marinas, vuelo entre ellas como si fuera poderoso y saludable, un hombre volando entre los vientos benéficos del sur, donde estoy ahora, diálogos cuyo origen no acierto a apresar, y me voy navegando en ellos como si me dejara hacer el amor en un abismo, escuchando rumores que no identifico, caricias que jamás tienen origen ni destino, todo queda a medias en esa duermevela, y en las ensoñaciones entra muchas veces el disparo de la realidad, sucesos que pasaron realmente, personas que fueron mi realidad o mi sueño, y esta misma noche, antes de entrar en este cuarto abigarrado y lleno de respiraciones y de libros, en la casa nueva de Madrid, mirando hacia una iglesia que da las horas y las misas, rodeado de libros que no he podido leer, la frustración de no haber leído los libros suficientes, o la frustración de no saber leer ni los libros que has leído, la mala conciencia de no haber cultivado ni tu alma ni tu escritura, observo que he soñado, o acaso ha venido en la duermevela, ahí está la imagen de Dulce, un año después de su muerte, claramente riéndose en ese sueño que viene y va, de pronto tiene en su mano un teléfono móvil, y ya luego tiene otro, y en ambos teléfonos hay formas distintas, como si en uno estuviera la alegría y ya de pronto en el otro estuviera la tristeza, la desaparición que ella intuye y la que verdaderamente ocurriría luego, de qué teléfono viene su llamada, uno no puede abandonar jamás la realidad, no te puedes desprender de lo que sabes, de lo que sucede o de lo que imaginas que va a suceder, porque siempre viene a verte, en la vida o en sueños, y en esta ocasión la he visto con tal claridad, ha hablado, se ha reído como se reía, sincopadamente, diciendo siempre al tiempo una pregunta, Y por qué, una pregunta que lleva dentro también la ingenuidad de querer saber aún más de lo que sucede, y, claro, ésta no es su voz ahora o en sueños, porque ya sólo se produce desde la distancia que le ponen los muertos a las palabras, pero la escucho antes, cuando aún vivía, yo estoy en la playa con mi amigo Juan, estamos justamente aquí, en este risco que está delante de la casa del mar, y suena y suena y suena en la bolsa en la que lo llevamos mi propio teléfono móvil y yo siento mientras lo voy a recoger como el hueco que se hace en la mitad del verano, la sensación que hay de vitalidad irreversible que tiene la estación, como si el mundo se fuera a dividir en dos, y ya empieza la segunda parte, y entonces tomo la llamada, Es Dulce, en el móvil dice Dulce, así pues sólo puede ser Dulce, después de su muerte, durante meses, también decía Dulce la agenda del teléfono pero éste ya no sonó, cómo iba a sonar nunca más ese número, no vino de él llamada alguna, cómo iba a venir, y de pronto Dulce dice, sólo dice, Estoy triste. Ni una palabra más, un sonido virgen y total, como de aire quieto y al mismo tiempo preciso, como un diagnóstico sin remedio. Delante estaba el mar, claro, la claridad del aire, el viento y los windsurfistas, la tremenda vitalidad de las olas, el agua del mar subiendo y subiendo y siendo siempre la misma agua del mar, y esa voz que es incontrovertible, la voz de Dulce dice, Estoy triste, y ahora cuando lo recuerdo me viene a la memoria una imagen de ayer por la mañana, subía yo por la Gran Vía, tomaba un taxi, acababa de luchar contra el frío de las esquinas, buscaba libros o gente, y cuando iba a abrir la puerta del coche, frente a mí, una joven que conduce su coche, un automóvil pequeño, de tres puertas, llora al volante, mira al semáforo y llora sin consuelo, va sola, cómo puedo hacer para acercarme, preguntarle qué le ocurre, pero de pronto yo entro en el taxi y ella también se va, se ha abierto el semáforo, pues con esa misma sensación escuché a Dulce su declaración de tristeza, y después vinieron las preguntas, la aclaración de los diagnósticos, los juicios preliminares de los médicos, La Depresión, y una psiquiatra que trata de seguirle el ánimo hasta que lo recupere, ella también está en la playa, en Málaga, rodeada, siempre lo estuvo, de familias y de palabras, Qué hacer, qué debo hacer, y nosotros en medio del sol y del ruido del mar, dónde hay respuestas cuando te hacen esas preguntas, de dónde vas a sacar el ánimo de una respuesta, así que le dije que esas cosas siempre surgen al final de un gran cansancio, y de hecho yo estaba al final de un gran cansancio, así que ahora pienso que en ocasiones así uno da la respuesta que tiene su cuerpo, es incapaz de ponerse en el cuerpo ajeno, así que le dije, A la vuelta del verano, siempre decimos eso, como si la vuelta del verano fuera un sitio, una época, un tiempo, una ciudad o un ánimo, la vuelta del verano, pues a la vuelta del verano vamos a ver al doctor Lozano, ¿recuerdas, el doctor Lozano?, el mismo que me había aconsejado que buscara una playa, un refugio, un lugar en el que huir del hastío, aún huía, sabía que el verano me iba a dejar con el mismo cansancio, el sabor de hormigas que se queda en la boca después de la fiebre, y ella dijo, Sí, iremos, y yo le añadí, Y te vas a curar, verás que sí. Hubo un silencio, y porque no quería que aquella llamada dejara en la playa la oscuridad absoluta de su melancolía, le pedí que repitiera Sí conmigo y ella lo hizo con la risa que ahora ha reiterado en el sueño, ¡¡¡Sííííííí!!!, casi con todas esas interjecciones, y yo me quedé con el ánimo dentro del Sí como si me hubieran lanzado al rostro el hielo de un tiempo que no sería capaz de disolver; semanas después se hizo el fin del verano, siempre llega ese momento en el que el aire se vuelve otra vez el aire de las ciudades y deja de ser el aire de las orillas, el aire que ahora mismo ya no puede ser, sonó el teléfono otra vez, un fin de semana, yo tenía un pie sobre la mesa de madera, leía un periódico del domingo, palabras desgastadas, reportajes, artículos, horóscopos, siempre miro los horóscopos, y cuando me traen malas noticias para mí, para ti, para ti, para ti y para ti, miro hacia otro lado, siempre quiero que lo que temo se ahuyente a sí mismo, se vaya con el rumor del día o de las otras noticias, así que de nuevo suena el teléfono y dice Dulce, es ella de nuevo, Ya sabes, no hace falta Lozano, la voz opaca, como si se dijera detrás del silencio, y el relato de los hechos, uno a uno, como si le estuviera sucediendo a otra persona ella desgrana sus convicciones con datos en la mano, hasta que el diagnóstico concluye en la razón de su pesimismo. Recuerdo entonces que un médico que fue como Lozano, ya murió él mismo, se halló en sus primeras consultas a una mujer como ésta, rodeada de la certidumbre de los diagnósticos, y él le puso sobre los hombros sus manos calientes, tan cálidas como calientes, Que no, mujer, usted va a salir adelante, ya lo verá, y así fue, y esa mujer vivió con la gratitud de esa frase hasta que pasaron los años y los años, y ya fue leyenda en todas partes el poder simple que tenían las palabras para dar salud o para quitarla, bueno, eso ya viene en la Biblia, lo mejor de la Biblia, Una palabra tuya bastará para sanarme, las palabras tienen ese poder terapéutico, el silencio y después las palabras, a veces busco el silencio como el lugar en el que se concentra la energía que perdemos por culpa de la abundancia de las palabras, así que cuando Dulce terminó de decir, Ya no hace falta Lozano, salté de la silla, con el teléfono en mi mano, y deambulé por la habitación mirando cuadros y libros, y discos, y suelo, hasta que al fin me asomé a la ventana, abrí aquel inicio del otoño, me asomé hasta el árbol que allí, en aquel edificio, convivía con la basura, y a veces se llenaba de flores blancas, miré al árbol y le dije, Ya verás como ese diagnóstico está equivocado, y seguí animándola hasta que conseguí que dijera, ¡¡¡Sí!!! cuando la animé a pensar que se iba a poner bien, todo ese diagnóstico está equivocado, y fue entonces cuando ella volvió a reír, pero ya se sabía su risa opaca, había que saber de su risa para conocer entonces que ya era una risa dicha detrás del silencio, vencida por la certidumbre de los diagnósticos.

Ella sabía más que su silencio.

mentiras

Mentiras

No me sirven las novelas cuando estoy solo; necesito la ficción para ser otro, está bien en los aviones o en los trenes o en los bares o en las bibliotecas, está bien en los cines o frente al televisor, en el dvd de los ordenadores, mientras viajo en los transoceánicos y rebusco entre las imágenes la relación con la tierra, o en los grandes barcos y se hace eterna la llegada a puerto, ahí están bien las novelas; las novelas con sus personajes de hueso o de cartón, incluso de sangre, espadachines o víctimas de los espadachines, autores que lo saben todo diciendo lo que saben de la gente o de los paisajes, con su ruido y con su nomenclatura, este sabor de pasta hecha que sientes cuando las acabas de leer, el sentimiento de historia terminada cuando ya han acabado de existir sus personajes, bien hechos o hechos a pinceladas torpes o rotundas, personajes construidos para que tú creas que eres como ellos, o construidos para que tú sepas que nunca serás como ellos, ideales de la vida, o vidas sin ideales, seres que te atrapan o seres que se te resbalan como el jabón con el que se limpian los peces. Ahí están bien las novelas, empiezan y se acaban, se difuminan al final como si tú las hubieras soñado, soñado, soñado siempre, siempre soñando las novelas que tú has soñado, procedes de un sueño, siempre procedes de un sueño, como los hombres y como las novelas, y es como si estuvieras soñando también cuando las lees.

Pero cuando me quedo solo, en este paisaje o en cualquier lugar del mundo, en Tenerife, en México o en Caracas, incluso en Londres, tan novelesco, tan abigarrado y tan falso, ese olor a guardado que tiene Londres, y ahora, Londres tan ensangrentado, de pronto la sangre de los hombres y la sangre de las ciudades son como la sangre de la memoria, derramándose siempre por las laderas de tu infancia, los primeros muertos, los muertos que han seguido, y Londres ensangrentado, Londres como Viena o como Estocolmo o como Asuán, las calles frías, implacables, la gente con sus bufandas y con su frío, o con sus colorines en verano, la gente en invierno y la gente en verano, los dos espacios de la vida humana, ahora estamos en invierno, no es lo mismo que escribir en verano, está encapotado el cielo de Madrid, me llaman de Nápoles y está encapotado el cielo de Nápoles, suenan los móviles desde cualquier lugar del país y también está encapotado el cielo de Canarias, como si de pronto el clima se pusiera a comunicar de una manera igual, simétrica, el clima diciéndose a sí mismo que ha de estar igual en todas partes, pero acabo de regresar de México, y allí hacía sol, hacía sol al menos en Guadalajara, Jalisco, sol en Jalisco, sobre la azotea donde nació Juan Rulfo hacía sol y lagartos, siempre que se mueren escritores como Juan Rulfo sobre sus huellas caen sol y lagartos, y se mueren tan pocos escritores como Juan Rulfo. En esta casa, por cierto, tengo un cuadro del pintor José Hernández, en su casa estaba Dulce cuando ella llamó a la playa aquel verano, cuando llamó y yo estaba en la playa, ya no se llama a las casas sino al espacio donde uno esté, ella estaba en la casa de José Hernández, y ese cuadro de José Hernández que está en el salón de esta casa reproduce fielmente, como en una gigantesca fotografía, la casa rota en la que vivió Juan Rulfo de niño, jamás le pregunté a José Hernández por qué Rulfo, él fue quien me vendió el primer cuadro que tuve, también estuvo ese cuadro por ahí, ahora debe de estar en otro lugar de la casa, pero aquella otra vez que llamó Dulce, Ya no hace falta Lozano, allí estaba aquel cuadro de figuras retorcidas y perplejas, él fue después quien haría la portada de Cuando ya no importe, la última novela de Juan Carlos Onetti, buscando y buscando en aquella librería de Montevideo, Linardi, hallé una primera edición de Para una tumba sin nombre, de Onetti, Dulce me acompañó aquella mañana gélida de enero a entrevistarle, llevábamos un magnetófono, le dije, Cuidado, que Onetti es como Rulfo, porque años antes, en Canarias, les pusimos a Rulfo y a Onetti, precisamente, un magnetófono, y Rulfo lo disolvió, grabó todo menos la voz de Rulfo, contaba Carlos Fuentes que Rulfo tenía un poder enorme sobre los aparatos y un día estuvo a punto de hacer descender violentamente un avión lleno de escritores mexicanos contra un cementerio donde descansaba la vida cruel, despiadada, de uno de los más famosos bandidos de aquel territorio, y mientras el autor de Pedro Páramo se reía diabólicamente dentro del avión éste dio de pronto un vuelco y ascendió otra vez para tranquilidad final de los pasajeros, éstos dieron con sus suspiros la sensación de que habían nacido de nuevo, eso es lo que hace el aire de los pulmones, transpirar la sensación de inmortalidad porque al fin te has salvado, como si te hubieras salvado para siempre, así que Dulce y yo colocamos el magnetófono al borde de la cama y Onetti empezó a hablar y hablar y hablar, con su camiseta blanca raída por el cuello, una camiseta que también parecía la camiseta blanca de un futbolista, y luego ella misma transcribió la cinta, el porvenir perdió esa cinta, mudanzas, casas nuevas, extravíos, de cualquier viaje siempre me traigo un extravío, cintas magnetofónicas, teléfonos, carteras, pasaportes, libros, siempre queda algo extraviado en cualquier lugar del mundo, viajas para perder, estuvimos días y días buscándola, yo se lo recordé, ¿Tendrás esa cinta?, como el eco lejano que nos unía, la cinta y nosotros, la voz de Onetti, en definitiva, y estuvimos buscándola en medio de grandes cantidades de basura que acumuló el tiempo, hasta que un día ella llamó otra vez riéndose, pero entonces se reía aún sin que su voz fuera opaca, la voz feliz de los viajes, un día fuimos a Lisboa, a finales de año, en tren, el viaje acariciaba lentamente el suelo de la Península Ibérica, fotografías en los museos y en los puertos, ella posaba recostándose contra los muros, y bajando la cabeza así, hacia su lado derecho, ¿o era hacia su lado izquierdo?, y yo, Endereza la cabeza, que la foto queda de este lado, el extraordinario puente del 25 de Abril, Santarem, el Chiado, el olor del puerto, voces grises en los autobuses y en los ascensores, los cafés donde tomaba vino Fernando Pessoa, A Brasileira, ahí nos pusimos los dos, junto a Pessoa en la estatua, tomando un café o un vino, allí estamos, las fotografías inmortalizan las ocurrencias, y aquella foto era la ocurrencia obvia de una pareja en Lisboa a finales del año, pongamos, 1994, si la memoria no me falla, así que allí estábamos, paseando, mirando escaparates y autobuses, telediarios portugueses y personas, siempre en ciudades así —como La Habana, por cierto, o como La Orotava, en mi tierra— tengo la impresión de que los automóviles pasan por los mismos

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos