Dalai Lama. Hombre, monje, místico

Mayank Chhaya

Fragmento

Preambulo

Preámbulo

Desde hace quince años, el XIV Dalai Lama parece cada vez más un defensor ambulante de la paz y la compasión que tanto puede apoyar una causa concreta como no hacerlo. Desde 1989, cuando ganó el premio Nobel de la Paz, su mensaje se ha ido alejando paulatinamente de una entidad geopolítica específica, concretamente el Tíbet. Tal vez haya gente que ni siquiera relacione inmediatamente al Dalai Lama con el conflicto de la ocupación china del Tíbet.

Sin embargo, la coincidencia de las violentas protestas de los tibetanos en Lhasa y el resto del Tíbet y el 49 aniversario del levantamiento del 10 de marzo de 1959 sirvió para recordar que el principal contexto del monje budista de setenta y tres años es el Tíbet y su máxima preocupación, el futuro de su pueblo. Teniendo en cuenta que esta biografía verá la luz después de que Lhasa explotara con una rabia que probablemente llevaba casi veinte años gestándose, es de esperar que ayude a los lectores a comprender las cuestiones y conflictos que definen no solo al Tíbet sino al propio Dalai Lama. También ayudará a comprender sus motivaciones y su extraordinaria posición como monje en el centro justo de uno de los conflictos más graves del planeta de los últimos tiempos.

El conflicto entre China y el Tíbet viene de lejos, lo bastante para que la gente olvide su importancia y sus consecuencias, sobre todo cuando la parte predominante de la disputa, China, ha sorprendido al mundo con su increíble progreso económico de los últimos treinta años y ha conseguido disimular eficazmente los aspectos espinosos de su proceso. De ahí que las protestas tibetanas de marzo de 2008 y su vehemencia lograran el objetivo histórico de ayudar a dirigir la atención internacional hacia las cuestiones fundamentales del conflicto.

Mientras se documentaba para el libro, el autor tuvo la posibilidad de entrever que la joven generación de tibetanos no comparte el compromiso con la no violencia a cualquier precio del Dalai Lama. El libro recoge la posibilidad de que los tibetanos de a pie se cansen del enfoque pacifista del Dalai Lama y elijan una vía que él desaprueba rotundamente. Su formación desde niño como monje budista le exige seguir el camino de la no violencia por muy duros que sean los desafíos y difíciles las circunstancias. Las últimas protestas pusieron a prueba dicho compromiso, ya que los tibetanos le pidieron que no las detuviera. El Dalai Lama reconoció que tenía un mal presentimiento con respecto a esa crisis, como le había ocurrido durante el levantamiento del 10 de marzo de 1959. Dijo que, según un documento militar chino, entre marzo de 1959 y septiembre de 1960, ochenta y siete mil personas perdieron la vida. Siguiendo la trayectoria de la vida del Dalai Lama desde que fue declarado reencarnación del XIII Dalai Lama, esta biografía intenta explicar las circunstancias históricas que han forjado su personalidad y su filosofía. Es tanto una crónica de lo que aconteció en las últimas cinco décadas como una conjetura razonable sobre qué futuro le espera a la institución del Dalai Lama, una institución con seis siglos de antigüedad.

Resulta fascinante que incluso cuando se trata de analizar si el último estallido de protestas vuelve superfluo el papel del Dalai Lama, uno no pueda evitar centrarse principalmente en su persona y en lo que defiende. Las protestas han puesto sobre la mesa, inevitablemente, la cuestión de si el Dalai Lama goza del mismo respeto y cuenta con tantos seguidores como en otros tiempos. Él atribuye que haya personas tan contrarias a su enfoque a la cultura de la democracia que él mismo ha promovido dentro de la comunidad tibetana exiliada desde principios de la década de los sesenta. La biografía hace hincapié en los esfuerzos por democratizar la institución tantas veces acusada de fomentar la servidumbre.

Quienes se apresuran a anunciar el fin de la institución del Dalai Lama olvidan que incluso después de llevar casi cinco décadas fuera de su tierra natal, a los tibetanos sigue sin importarles que la policía china haga redadas para evitar que exhiban su retrato en sus hogares. Más que ninguna otra persona, el Dalai Lama ha estudiado y aplicado reformas para lograr que la estructura de gobierno tibetana esté más en consonancia con los tiempos modernos. Suele decir de sí mismo que lleva una vida «medio retirada» y señala que su papel en un gobierno futuro sería limitado.

Él no eligió voluntariamente ser Dalai Lama. Lo eligieron por él a una edad en la que la única decisión que tomaba era qué caramelo llevarse a la boca. Dadas las circunstancias, el Dalai Lama no ha cesado de adaptarse a papeles que no siempre le ha gustado interpretar. Por ejemplo, su papel como defensor de la no violencia y la compasión es innato, pero le crea a menudo un conflicto directo con sus propios electores.

A juzgar por las interpretaciones procedentes de fuera del Tíbet y por la reacción del Dalai Lama, quedaba claro que después de casi seis décadas el pulso entre China y el Tíbet podía estar llegando a una fase decisiva. Eso sorprende particularmente porque no había indicios evidentes que apuntaran hacia una muestra de desafección tan agresiva. Aunque los seis millones de tibetanos están ostensiblemente mal equipados para enfrentarse a la poderosa autoridad china, el momento de las protestas estaba cargado de historia y tenía la posibilidad de alterar la ecuación.

Si el objetivo de los manifestantes era atraer la atención internacional a su difícil situación, no hay duda de que lo lograron sobradamente, pues la situación acaparó los titulares de todo el mundo durante días y, en cierto modo, obligó a China a ponerse a la defensiva. Si una China a la defensiva es una China mejor dispuesta ya es otra cuestión. Si nos fijamos en la historia, a China no le gusta que la obliguen a negociar, sobre todo cuando se trata de nacionalidades como la tibetana, a la que considera supeditada a la identidad china. La fuerte reacción del primer ministro chino Wen Jiabao, que dijo que los alborotadores se habían empleado de forma «sumamente cruel» para perjudicar los Juegos, lo demuestra.

«Tenemos pruebas más que suficientes que confirman que los disturbios fueron planeados, organizados e instigados por la camarilla del Dalai», dijo Wen en su primera conferencia de prensa después de ser elegido por los legisladores nacionales para un segundo mandato de cinco años.

«Además, se ha puesto de manifiesto que las afirmaciones de esa camarilla de que no buscan la independencia sino el diálogo pacífico son solo embustes», añadió.

Aunque el Dalai Lama se ha acostumbrado a que los chinos lo tachen de «separatista» y «propagandista» desde que se exilió en la India en 1959, el grado de violencia de las protestas le afectó lo suficiente para anunciar que si estas continuaban, dimitiría como jefe del gobierno en el exilio en McLeod Ganj, la India. Fue una declaración sincera, pero, sobre todo, expresaba hasta qué punto desaprueba cualquier medio que no sea pacífico para tratar la cuestión.

El Dalai Lama ha reconocido que su «camino del medio» no ha dado resultados concretos; sin embargo, ha permanecido completamente fiel al mismo. Su dimisión como jefe del gobierno en el exilio no significa nada desde el punto de vista práctico, porque seguirá siendo el líder espiritual y, como tal, seguirá dirigiendo el destino del pueblo tibetano. Según las tradiciones tibetanas, los Dalai Lama no renuncian, solo se reencarnan.

En el momento de imprimirse este libro no está claro qué consecuencias tendrán las protestas. Lo que sí está claro es que han conseguido el objetivo de reavivar el interés del mundo por el Tíbet y por el papel que desempeña el Dalai Lama en la solución del conflicto. Ahora que el problema del Tíbet vuelve a ocupar una posición destacada y el mundo pide una solución pacífica, esta biografía dará a quienes desconocen qué está en juego una visión histórica y una idea sobre su principal protagonista.

Introduccion

Introducción

El XIV Dalai Lama y el Tíbet constituyen la parte más enigmática de las leyendas que acompañaron mi infancia. Todo lo que escuchaba acerca del hombre y su tierra —relatos místicos de reencarnaciones que tenían lugar en neblinosos valles al pie de heladas montañas, a más de cuatro mil metros de altitud— era fabuloso. Los monjes tonsurados, con sus hábitos de color ocre que contrastaban con el blanco paisaje nevado del Himalaya, me parecían tan pintorescos que poco me importaba que un mundo así existiera realmente. Me daba igual que las historias fueran reales o ficticias siempre y cuando me cautivaran. Eran muchas las probabilidades de que el Tíbet y el Dalai Lama existieran de verdad, pero durante mi niñez en la India, a principios de la década de los sesenta, ambos parecían pertenecer más al folclore mágico que a la realidad. En un país donde lo real y lo mágico se mezclaban y se metamorfoseaban constantemente, ¿qué importancia tenía que ese mundo existiera o no? Sea como fuere, para un niño que no había cumplido aún los diez lo mágico resultaba mucho más atractivo que lo real.

Esta visión cambiaba con la llegada del invierno, cuando centenares de fotos y retratos del Dalai Lama adornaban las aceras de mi pueblo junto con montañas de jerséis de vivos colores que los refugiados tibetanos traían para vender. Al menos era cierto que los tibetanos existían. Y por tanto, parecía bastante probable que alguien a quien llamaban Dalai Lama también existiera. Recuerdo que un día le pregunté a una mujer tibetana quién era la «figura adulta con aspecto de bebé de la foto». «Es Su Santidad, el Buda viviente», me contestó. No entendí ni lo de «Su Santidad» ni lo del «Buda viviente». Yo solo sabía de un Buda, y llevaba muerto dos mil quinientos años. Aquello me dejó intrigado. Si Buda Gautama había fallecido hacía tanto tiempo, ¿cómo era posible que siguiera vivo? Tardé quince años en desentrañar el misterio.

Teniendo en cuenta que crecí en un país donde abundan los renunciantes y los ascetas, no era probable que un monje más lograra llamar mi atención, y menos aún uno que vivía a mil quinientos kilómetros de mi pueblo, en la cordillera de Dhauladhar, el noroeste de la India. En las décadas de los sesenta y los setenta el Dalai Lama salía con frecuencia en los periódicos locales indios, sobre todo después de la desastrosa guerra con China de 1962. En mi barrio había gente tremendamente mal informada que creía a pie juntillas que la India podía vengar su humillante derrota contra China empleando los poderes tántricos del Dalai Lama, que identificaban con prácticas ocultas o magia negra. Según su lógica, aunque erróneamente, el Dalai Lama, obligado tres años antes a huir del Tíbet tras recibir serias amenazas de muerte por parte del ejército invasor chino, estaría encantado de desquitarse. ¿Y qué arma más poderosa podía existir para un monje budista reencarnado que la magia negra?

En 1967, cinco años después de la guerra entre la India y China, uno de mis vecinos reunió a un grupo de niños tan influenciables como yo e invocó una imagen del Dalai Lama entrando en un trance profundo y desencadenando una poderosa energía destructiva sobre el Ejército Popular de Liberación. Como provenía de las tierras del monte Kailash, supuesto centro del dios hindú Shiva, mi vecino nos contó que el Dalai Lama tenía tres ojos, uno de ellos justo en medio de la frente, y que todo su poder de destrucción cósmica residía en ese tercer ojo. Si lo abría, China no tendría posibilidad alguna de sobrevivir. Aseguraba que el primer ministro de la India en aquel entonces, Jawaharlal Nehru, había persuadido al Dalai Lama de que invocara la ira devastadora que debía pulverizar de forma instantánea al ejército chino. Tales fábulas, pregonadas por mi fantasioso vecino, solo hacían que reforzar mi percepción de que el Dalai Lama era más fantástico que real.

Mi primer encuentro con el Dalai Lama real tuvo lugar en la década de los ochenta, cuando me encontraba en Bombay asistiendo a un congreso sobre síntesis entre ciencia y religión. No lo busqué conscientemente, pero de todos modos me tranquilizó comprobar que no tenía un tercer ojo. Recordaba vagamente que el cuentista de mi barrio había matizado que el tercer ojo del Dalai Lama solo se manifestaba en ocasiones especiales. Estaba claro que aquel congreso no era una de ellas. Como periodista que debía cubrir el evento, se esperaba de mí que escribiera un artículo original, aunque no tuviera necesariamente un valor informativo inmediato. Recuerdo que pregunté al Dalai Lama: «¿Cree que nos hallamos en una etapa de la historia donde la línea divisoria entre ciencia y religión está desapareciendo rápidamente?». El Dalai Lama rio abiertamente y contestó: «La religión es ciencia con fe. La ciencia es religión en busca de fe». Incluso mientras hablaba comprendí que aquella observación no iba a salir publicada ni ese día ni ningún otro. Me alegro de que tuviera que hibernar cerca de veinte años, porque ahora ha encontrado un lugar en el contexto más enjundioso de un libro.

La presencia del Dalai Lama en mi conciencia ha ido aumentando a lo largo de los últimos quince años. Lecturas esporádicas sobre su persona, sobre el Tíbet, China y el budismo marcaron el período previo a mi primer encuentro importante con él en 1996. El Dalai Lama nunca estuvo en mi punto de mira profesional hasta ese año, cuando empecé a trabajar en un tema de portada para India Abroad, un semanario con sede central en Nueva York. El ámbito del artículo era muy amplio y debía recoger aspectos del Tíbet desde perspectivas muy diferentes. Fue en ese contexto cuando concerté por primera vez una entrevista con el Dalai Lama, la cual tuvo lugar al margen del Shoton, un festival de Lhamo que se estaba celebrando en el Instituto Tibetano de las Artes Interpretativas (TIPA) de McLeod Ganj, población india donde el Dalai Lama vivía su exilio desde hacía cuatro décadas. Lhamo es una tradición tibetana de 580 años de antigüedad que tiene su origen en el proyecto de Thangtong Gyalpo, erudito del siglo XIV, de construir un puente sobre el río Kyichu cerca de Lhasa. La leyenda cuenta que Gyalpo, necesitado de dinero para construir el puente, recurrió a siete hermanas de su plantilla que destacaban como cantantes y bailarinas. El erudito creó un estilo operístico acorde con el talento de las siete hermanas y viajó con ellas por todo el Tíbet ofreciendo representaciones destinadas a recaudar fondos para el puente. Con sus vigorosos bailes y sus agudas voces marciales, las hermanas se ganaron el sobrenombre de «diosas que bailan celestialmente» o Lhamo. El puente cristalizó, y también la ópera tibetana.

Finalizada la entrevista, los asesores del Dalai Lama invitaron a mi esposa Kesumi y a mi hijo Jashn a una ceremonia de bendición. Kesumi es una indonesia musulmana nacida en Sri Lanka, país de mayoría budista. Acostumbrada a que los monjes budistas no se codeen con los legos, se acercó al Dalai Lama con suma circunspección, incluso con temor. Si narro este incidente con cierto detalle es porque creo que influyó en la decisión del Dalai Lama de darme su autorización para escribir este libro. El Dalai Lama se levantó rápidamente de su silla, caminó hasta la puerta, donde mi esposa aguardaba con mi hijo, le dio un abrazo paternal, acarició vigorosamente la cabeza de mi hijo y los invitó a pasar. Atónita por el gesto, mi esposa declaró espontáneamente que ella era musulmana, yo agnóstico y que a lo mejor nuestro hijo se hacía budista. Advertí, durante una fracción de segundo, que las palabras de mi esposa conmovían al Dalai Lama.

Más tarde, en una de mis numerosas visitas a McLeod Ganj, un monje muy veterano que me hizo jurar que nunca desvelaría su nombre me dijo: «No cometa el error de pensar que usted fue elegido por razones mundanas». No se extendió, dejando ese enigma suspendido para siempre sobre mi cabeza. Sea como fuere, me escogieron para escribir este ambicioso libro. No importa por qué.

Las últimas cuatro décadas han sido testigo de uno de los enfrentamientos más intrincados del siglo XX, un enfrentamiento librado fundamentalmente entre un solo individuo y una de las naciones más poderosas del mundo. Por un lado tenemos una nación que desde siempre se ha considerado no solo el centro del mundo, sino una entidad geopolítica que en todo momento debe mantener abierta la posibilidad de ampliar sus fronteras. Es una nación fuerte que ha mantenido a sus más de mil millones de ciudadanos reprimidos en una camisa de fuerza política, cultural y económica mientras consolidaba su posición como una de las voces más decisivas en cuestiones internacionales.

Por otro lado tenemos a un monje sencillo pero profundamente sabio y evolucionado, que con su mera presencia hace que millones de seguidores se emocionen. Predica y practica una tolerancia ejemplar pese al genocidio sistemático que sufre su pueblo a manos de su gigantesco adversario. Incluso dejando a un lado que sus seguidores lo vean como la reencarnación de una de las figuras más veneradas y adoradas de la historia del ser humano, el conflicto entre el Dalai Lama y China constituye una lucha cautivadora. La personalidad increíblemente atractiva del Dalai Lama da a esa confrontación un tono sumamente dramático.

Como periodista, he enfocado este libro estrictamente como una historia cuyos personajes son reales y contemporáneos. Además, a lo largo de mis siete años de investigación he descubierto facetas del Dalai Lama que muy pocas personas han tenido el privilegio de explorar. Muchos de mis amigos tibetanos me dicen que se dan por más que satisfechos con haber tenido delante al Dalai Lama unos segundos. «En cambio tú has tenido la fortuna de sentarte con Su Santidad y charlar con él no una vez ni dos, sino muchas. Nunca olvides que algo así no ocurre porque sí», me dijo durante una conversación Migmar, uno de los miles de refugiados tibetanos de las calles de McLeod Ganj.

Para mí, el principal desafío profesional ha sido rescatar de un océano de obras a menudo contradictorias la imagen de un personaje que fuera no solo fiel, sino incluso original, y ofrecer un perfil que no se hubiera presentado antes. Dada la atención que ha recibido el Dalai Lama por parte de los medios de comunicación durante los últimos quince años en Occidente en general y en Estados Unidos en particular, no es fácil encontrar material fresco. Además de libros y artículos de periódico se han hecho películas y documentales sobre esta cuestión. Es probable que actualmente el Tíbet y el Dalai Lama se cuenten entre los temas sobre los que más se ha escrito en el mundo. Todo eso, como es lógico, me ha obligado a ser aún más riguroso en mi trabajo.

Según reconoce el propio Dalai Lama y comentan numerosos analistas, el largo exilio del Tíbet no solo ha tenido un claro impacto en él en el aspecto personal, sino que ha influido significativamente en la evolución de la institución del Dalai Lama en

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