Introducción
Durante nuestro último encuentro, pregunté a Grace Kelly Grimaldi si tenía previsto escribir su autobiografía o autorizar a algún escritor para que trazara la historia de su vida. «¡Me gusta pensar que todavía soy demasiado joven para eso!», me dijo entre risas. Y sin el menor atisbo premonitorio añadió: «Donald, lo mejor sería que esperaras a que hubieran transcurrido veinticinco años de mi muerte para contarlo todo». He cumplido su petición: Grace nos dejó en septiembre de 1982, y yo empecé a trabajar en este libro a comienzos de 2007.
Desde nuestra primera reunión la tarde del 22 de septiembre de 1975, durante varios años pasé muchas horas en compañía de tan notable mujer. Enseguida me brindó su amistad, que se fue haciendo más profunda con el paso del tiempo. Cuando nos conocimos en su hogar de París, estaba preparando el traslado de su apartamento en la avenue Foch a otra residencia no lejos de allí. Había cajas de embalaje por todas partes y el personal de la mudanza trabajaba con silenciosa eficiencia. Mis grabaciones de esa tarde indican que solo hubo tres breves interrupciones en nuestra larga conversación.
La primera ocurrió cuando un anciano criado, el único que vi en la casa ese día, quiso saber si podía ofrecerme algo y Grace me preguntó si me apetecía un té con galletas. La segunda se produjo un poco después, cuando Grace se disculpó y se levantó para abrir la puerta de cristal de la terraza y dejar entrar a su gato, que estaba impaciente por olfatear al desconocido visitante. Más tarde la hija menor de Grace, la princesa Estefanía, que entonces contaba diez años, salió de su habitación y dijo: «Mamá, no encuentro mi suéter amarillo». Su madre le indicó que mirara en el lugar mas lógico, los cajones de la cómoda. Estefanía regresó al cabo de unos minutos, incapaz de dar con su querida prenda. Grace se disculpó, fue a ayudar a Estefanía y reapareció tras haber resuelto rápidamente el problema.
Ningún criado se había hecho cargo del asunto ni se ocupó de la niña durante mi visita. «Espero que no le molesten estas breves interrupciones —me dijo Grace más tarde—. No nos gusta dejar a los niños en manos de niñeras o cuidadoras. Preferimos ayudarlos personalmente. Sabemos qué hay que decirles cuando tienen que hacer algo por sí solos. No siempre tienen a alguien detrás que se lo hace todo, se lo aseguro.»
Mi visita de ese día formaba parte importante de las labores de documentación para mi primer libro, El arte de Alfred Hitchcock, el primer trabajo en el que analizaba todas las películas del maestro. Sabía que Grace raramente concedía entrevistas, de modo que no albergaba grandes esperanzas cuando escribí a su secretario del palacio de Mónaco desde mi casa de Nueva York. Hasta 1975, en mi currículo como escritor solo constaban unos cuantos artículos en revistas y un ensayo; por lo tanto, creía que no tenía muchas posibilidades de entrevistar a la princesa, que se veía constantemente asediada por peticiones de esa índole.
Sin embargo, dos semanas después recibí la respuesta de su secretario, Paul Choisit, quien me preguntaba si me gustaría hablar con su alteza serenísima en su casa de París ese mes de septiembre. ¡Y tanto que me gustaría! Así pues, partí para encontrarme con Grace poco después de haber pasado dos semanas en compañía de Alfred Hitchcock, quien aquel verano de 1975 rodaba la que sería su última película: La trama. Cuando le comenté que tenía una cita para entrevistar a Grace, me dijo con una sonrisa irónica: «Seguro que será interesante».
Mi primera conversación con Grace esa tarde de septiembre giró principalmente en torno a las tres películas que había interpretado a las órdenes de Hitchcock entre julio de 1953 y agosto de 1954. Sus recuerdos eran vívidos y divertidos y estaban llenos de anécdotas reveladoras. Tanto ese día como en ocasiones posteriores me habló también de otros directores, sobre todo Fred Zinnemann y John Ford, básicamente para comparar sus métodos y estilos con los de Hitchcock. Eran indudables el respeto y el cariño que sentía hacia este, y el profundo conocimiento que tenía de él como cineasta y como hombre. Más adelante me contó su vida y algunos hechos que me pidió no revelara «mientras yo esté en este mundo». Le di mi palabra.
En ese primer encuentro me impresionó su falta de afectación y de toda actitud regia. Llevaba un sencillo traje de chaqueta azul marino y, según recuerdo, muy pocas joyas. No se daba aires, era divertida e irónica, poseía una memoria extraordinaria y me contó unas cuantas anécdotas jugosas de Hollywood. Era una mujer realista y nada altanera, y se mostró tan interesada por mi vida como yo por la suya. Me sentí muy a gusto en su compañía. Nos pasamos la tarde sentados en un cómodo sofá, disfrutando del té y de unas deliciosas galletas, hasta que oscureció.
Cuando me disponía a marcharme, tuve una gran sorpresa.
Estábamos a punto de concluir la entrevista cuando Grace me preguntó si alguien iba a escribir un prólogo para mi obra. Le contesté que, dado que El arte de Alfred Hitchcock era mi primer libro, no había pensado en prefacios ni introducciones de nadie, y que tenía suerte de haber encontrado una pequeña editorial que quisiera publicarlo. «No dejan de pedirme que patrocine toda clase de productos —añadió—, comente libros o diga algo sobre alguna película. Me resulta imposible por diversas razones; sin embargo, en su caso haré una excepción. ¿Le gustaría que escribiera el prólogo? Si lo desea, mándeme el manuscrito cuando esté acabado.»
En diciembre le envié la versión definitiva de El arte de Alfred Hitchcock, y el 16 de enero de 1976 un correo diplomático se presentó en mi apartamento de Nueva York con el prólogo de Grace y una amabilísima carta de esta: «Le adjunto el prólogo y las galeradas, con cuya lectura he disfrutado mucho. Sin duda será un magnífico libro sobre Alfred Hitchcock».
La obra se publicó en agosto de ese año con la introducción de Grace. Treinta y tres años más tarde sigue reeditándose, han aparecido numerosas traducciones y el prólogo de Grace continúa honrando mi debut como escritor. Su acto de generosidad constituyó un importante complemento e hizo que se fijaran en el libro personas que, de otra manera, no le habrían prestado atención. Y sí, también me dio permiso para aprovechar su nombre y sus palabras a la hora de promocionar la obra.
En el verano de 1976 Grace me invitó al palacio de Mónaco, donde le hice obsequio del segundo ejemplar del libro. El primero, claro está, había ido a parar a manos de Hitchcock. Era un día tórrido y húmedo, y ella había vuelto de su casa de campo especialmente para la reunión. Fui conducido a las dependencias reales, donde Grace, ataviada con un vestido de gasa naranja, intentaba abrocharse una pulsera. «Oh, Donald —me dijo con una sonrisa al verme, y me tendió la muñeca—, ¿te importaría ayudarme?»
«¿Qué te apetece beber?», me preguntó cuando nos acomodamos en un sofá colocado frente a las vidrieras de la terraza, que estaban abiertas para que entrara el aire. Al final pedimos agua con gas. Ese día conocí a la princesa Carolina, una joven lozana y de notable belleza, que se sentó un rato con nosotros. Su madre se mostró orgullosa cuando me presentó a su hija, inteligente y serena, que en aquel entonces estudiaba en París. Me habían hecho un hueco de una hora en la agenda de Grace al final de la mañana, pero ella insistió en que me quedara a comer.
Desde 1975 hasta la muerte de Hitchcock en 1980, fui una especie de recadero que llevaba mensajes de Mónaco a Hollywood durante mis frecuentes visitas a Hitch y a Grace. Con la probable excepción de su esposa, el director no se confiaba fácilmente a nadie, pero yo me había convertido en una especie de acólito y conmigo se quitaba la máscara de timidez, en especial durante los elaborados almuerzos preparados para los dos en el comedor de sus oficinas en los estudios Universal. En dichas ocasiones se mostraba más abierto y franco que cuando hacíamos una entrevista formal. Rara vez reía, pero le vi llorar al hablar, por ejemplo, de su hermana, que había fallecido hacía poco.
Por su parte, Grace fue siempre directa y espontánea cuando se dio cuenta de que podía confiar en mí. Creo que esa fue una de las razones que la llevaron a ofrecerse a escribir el prólogo de mi libro y hablarme tanto de su colaboración con Hitchcock como de su trayectoria profesional y su vida.
Cuando Grace murió, la Radio Nacional Pública de Estados Unidos me pidió que preparara un programa en su honor. Fue uno de los encargos más difíciles que he tenido. Hablé brevemente de nuestra amistad y de nuestras numerosas conversaciones sobre las cosas grandes y pequeñas de la vida.
El libro que tienen en las manos es la historia de una vida de trabajo, desde la época en que Grace era modelo y actriz de televisión hasta su última película, rodada poco antes de su muerte. Dicha película, aunque no se ha llegado a estrenar, demuestra sin lugar a dudas que Grace era una de las actrices más destacadas de su tiempo, de nuestro tiempo y de cualquier tiempo. Tengo la suerte de poder hablar con detalle de esa postrera e inaccesible cinta, lo mismo que de sus apariciones en televisión, que hasta la fecha todos sus biógrafos han pasado por alto.
Salvo escasas excepciones, creo que quienes han escrito sobre Grace no han contado bien su historia. Aparte de una sorprendente serie de errores de hecho y omisiones, hay un sinfín de episodios inventados y fantasías sobre diversos aspectos de su vida, en especial aventuras amorosas que carecen de todo fundamento. Como he escrito más adelante, Grace era sin duda una mujer sana y hermosa con deseos de lo más corrientes, pero sobre todo con una gran capacidad de amar y ser amada. Tal como me dijo, antes de casarse con el príncipe Rainiero se «enamoraba constantemente». Pero enamorarse de alguien no significaba por fuerza acostarse con esa persona. He intentado corregir los equívocos en esta y otras materias importantes, pero sin rehuir la verdad, cosa que ella sin duda habría desaprobado.
Los logros de Grace resultaron notables en muchos aspectos. Uno de ellos, y no el menor, fue el considerable número de interpretaciones cinematográficas que realizó en muy poco tiempo. En el verano de 1950, trabajó durante dos días en una película, y a partir de entonces —entre septiembre de 1951 y marzo de 1956— intervino en otras diez en solo cuatro años y seis meses. Sin embargo, dado que durante ese período hubo un paréntesis de un año, sería más exacto afirmar que actuó en diez películas en solo cuarenta y dos meses. Se mire como se mire, constituye un récord formidable. Por si fuera poco, entre 1948 y 1954 participó en no menos de treinta y seis representaciones dramáticas en directo para televisión y en dos obras de Broadway.
Ha sido un privilegio escribir este libro, ya que es tanto una biografía como un testimonio de nuestra amistad. Repitiendo un tópico: Grace era mucho más que una cara bonita.
La idea de que mi vida ha sido como un cuento es, en sí misma, un cuento.
GRACE KELLY GRIMALDI, princesa
de Mónaco, a DONALD SPOTO
PRIMERA PARTE

Fundido de apertura
1929-1951
Ejerciendo de modelo en Nueva York, en la primavera de 1948, a los dieciocho años.
1
Al margen de lo establecido
Nunca me sentí guapa, inteligente o desenvuelta en el trato social.
GRACE KELLY
A finales de los años veinte, el hospital universitario Hahnemann, situado en la esquina de Broad Street y Vine Street de Filadelfia, era una de las clínicas privadas más importantes de Estados Unidos. Sus habitaciones contaban con una serie de lujos muy poco frecuentes en la época: había una radio y un teléfono en la mesilla de noche, se podía llamar a las enfermeras mediante un intercomunicador y los ascensores de alta velocidad llevaban a los visitantes en un suspiro hasta las diversas plantas. Aunque el Hahnemann atendía casos de emergencia de los más variados estratos sociales, era bien sabido que se ocupaba principalmente de la salud de las clases más acomodadas de la zona este de Pensilvania.
A primera hora de la mañana del martes 12 de noviembre de 1929, John B. Kelly acompañó al Hahnemann a su esposa, Margaret Majer Kelly, quien tras un parto sin complicaciones dio a luz a su tercer bebé y segunda niña. El 1 de diciembre, los Kelly llevaron a la recién nacida a la iglesia católica romana de Saint Bridget, que se hallaba a menos de un kilómetro de su casa, situada en el acomodado barrio de Filadelfia conocido como East Falls. La criatura fue bautizada con el nombre de Grace Patricia en recuerdo de una tía que había fallecido a edad temprana y porque (al menos así lo creía Grace Kelly) «era una niña de martes», que, según Mamá Ganso, estaba «llena de gracia».
Ubicado a orillas del río Schuylkill, East Falls siempre ha sido un tranquilo barrio residencial, conocido por su fácil acceso al centro de la ciudad de Filadelfia. Las familias más rancias y respetadas —protestantes con bienes de abolengo como los Drexel, Biddle, Clark, Cadwalader y Widener— vivían al otro lado del río, a lo largo de Main Line, en dieciocho comunidades (entre ellas, Overbrook, Merion, Wynnewood, Ardmore, Haverford, Bryn Mawr, Rosemont y Radnor). El río constituía una especie de línea divisoria social.
Sin embargo, el hecho de pertenecer o no a la élite social de Filadelfia dependía más de condicionantes históricos que geográficos. Una persona formaba parte de la «sociedad» solo si su familia se remontaba a la época colonial, antes de la guerra de Independencia. Las diferencias de clase resultaban tan inamovibles que los Kelly sabían que nunca serían aceptados en la alta sociedad, fuera cual fuese su fortuna. Los Kelly eran irlandeses, católicos romanos y demócratas. La alta sociedad de Filadelfia era inglesa, episcopaliana y republicana. «Si hubiéramos querido, podríamos haber formado parte de la sociedad más selecta, los llamados “Cuatrocientos” —comentaba la madre de Grace—, pero teníamos mejores cosas que hacer.»1 Si de verdad lo creía así, era una ingenua incurable. En cambio, su marido sabía que las cosas eran diferentes y, en consecuencia, puso todo su empeño en triunfar en los negocios, el deporte y la política.
Cuando Grace nació, el país sufría una terrible crisis financiera. A finales de octubre el desplome de la bolsa inauguró el desastre económico que condujo a la Gran Depresión. Decenas de bancos quebraron de la noche a la mañana, incontables empresas cerraron sus puertas para siempre y millones de norteamericanos se encontraron de pronto sin hogar ni trabajo, arrojados a la más absoluta pobreza y enfrentados a un futuro sin perspectivas de mejora. La desesperación se apoderó del país, y los diarios daban cuenta de la trágica oleada de suicidios.
Sin embargo, algunas familias salieron indemnes del desastre que afectaba a la vida nacional, y la de Grace fue una de ellas. Su padre, John B. Kelly, nunca había especulado en el mercado bursátil y tenía su riqueza, acumulada durante el auge de la construcción ocurrido tras la Primera Guerra Mundial, en metálico e invertida en bonos del Estado. Su mansión de diecisiete habitaciones, situada en el 3.901 de Henry Avenue, se levantaba entre ondulante césped y contaba con una pista de tenis y un parque de juegos para los bulliciosos niños. La propiedad se hallaba libre de cargas hipotecarias, al igual que la casa de veraneo que los Kelly tenían en Ocean City, New Jersey. Durante la Depresión la familia disfrutó de un nivel de vida privilegiado y refinado: los niños estudiaban en colegios privados y vestían ropa de la mejor calidad, y en la casa había criados y jardineros.
Grace tenía una hermana y un hermano mayores que ella: Margaret (Peggy), nacida en septiembre de 1925, y John (Kell), nacido en mayo de 1927. En junio de 1933 la familia quedó completa con la llegada de Elizabeth Anne (Lizanne). «Yo no era una niña fuerte como mis hermanos —contaría Grace años más tarde—, y mi familia solía decirme que creían que había nacido resfriada porque siempre estaba sorbiéndome los mocos, tosiendo o luchando contra alguna dolencia respiratoria.» Con la intención de reforzar la resistencia y la salud de su hija, su madre tenía la costumbre de reservar los jugos de los asados familiares para la frágil Grace.
«Mis otros hijos eran robustos y extravertidos, pero Gracie era tímida y retraída —recordaba su madre—. También era de salud delicada y estaba enferma buena parte del tiempo.»2 La niña dedicaba muchas de las horas que pasaba en casa o en cama inventando historias y situaciones para ella y su colección de muñecas. «Grace ponía una voz distinta a cada una de sus muñecas para darles una personalidad diferente. Le encantaba que le prestaran atención cuando lo hacía, pero no lloraba si no lo conseguía.»3
Delgada y reservada, Grace prefería leer historias sobre mitología, cuentos y libros sobre danza y bailarines. De hecho, vestía a sus muñecas favoritas como pequeñas bailarinas, con zapatillas de punta y tutús. También le encantaba leer poesía, e incluso llegó a escribir algunos versos:
I hate to see the sun go down
And squeeze itself into the ground,
Since some warm night it might get stuck
And in the morning not get up! 4*
Grace no mostraba ningún interés por la actividad física: «Me gustaba nadar, pero hacía todo lo posible para evitar otros deportes y juegos». Esta actitud la convirtió hasta cierto punto en el bicho raro de la familia. Su padre había sido deportista olímpico, y su madre, campeona de natación y profesora de educación física. Ambos animaban a sus hijos a destacar en los deportes de competición; es más, casi se lo exigían. La preferencia de Grace por los libros y los juegos basados en la imaginación no gustaba a su padre, un hombre que no sentía la menor inclinación por cuestiones intelectuales o culturales.
Nacido en 1889, John B. (Jack) Kelly era el menor de los diez hijos de un matrimonio de inmigrantes irlandeses. Dejó el colegio siendo adolescente y empezó a trabajar en la empresa familiar como albañil, al tiempo que perfeccionaba su habilidad en el scull, remando en el río. Durante el servicio militar, que prestó en la Primera Guerra Mundial, llegó a ser campeón de boxeo. Cuando regresó a la vida civil, Jack se reincorporó a la empresa de su padre, Kelly for Brickwork, y gracias al auge que experimentó el sector de la construcción tras la contienda, se convirtió rápidamente en millonario. No obstante, no lo logró por sí solo, como a menudo dio a entender, y la suya no era tampoco la clásica historia del sueño americano hecho realidad. «Se han empeñado en repetir ese cuento del albañil y se aferran a esa idea a lo Horatio Alger», llegó a comentar su hermano George, que se encaró con Jack por el autobombo que se daba. «¿Y qué es esa historia de que tenías callos en las manos de tanto poner ladrillos? ¡Solo recuerdo haber visto callos en tus manos por las horas que pasabas remando con el scull por el río Schuylkill!»5
El dinero proporcionó a Jack tiempo libre para consagrar largas horas al remo. Tras ganar seis campeonatos nacionales quiso participar en la regata Henley, en Inglaterra, la prueba más famosa de scull, pero en 1920 su solicitud de inscripción fue rechazada en el último momento, ya que los jueces decidieron que los años que había dedicado a las tareas manuales y el desarrollo muscular resultante de su trabajo de albañil le otorgaban una ventaja injusta sobre los demás deportistas, que eran «caballeros». Sin embargo, la verdadera razón fue que las autoridades inglesas no deseaban correr el riesgo de tener que dar el primer premio a un católico norteamericano de origen irlandés. El escándalo que se organizó fue de tal calibre que en 1937 las normas de la regata Henley dejaron de excluir de la competición a trabajadores manuales, artesanos y mecánicos.
Más decidido que nunca tras semejante rechazo, ese mismo año Kelly participó en los Juegos Olímpicos de verano, que se celebraban en Amberes, Bélgica, donde ganó dos medallas de oro: la primera en la categoría de scull individual y la segunda, hora y media después, en scull doble, prueba en la que compitió junto a un primo suyo. Posteriormente la familia aseguraría que era cierto que envió por correo su gorra de remero al rey Jorge V de Inglaterra con una nota que rezaba: «Saludos de un albañil». Cuatro años más tarde, en el verano de 1924, Kelly y su primo repitieron el éxito en los Juegos Olímpicos de París, hazaña que lo convirtió en el «primer albañil irlandés» en ganar tres medallas de oro olímpicas y en uno de los deportistas más famosos de su generación. Su nombre pasó a formar parte del Salón de la Fama Olímpico de Estados Unidos. Más tarde el presidente Franklin Delano Roosevelt, que lo consideraba un buen amigo, lo nombró director nacional de deporte.
El 30 de junio de 1924, antes de su triunfo parisino, Kelly había renunciado a la soltería (pero no a su vocación de conquistador) contrayendo matrimonio con Margaret Majer en la iglesia de Saint Bridget. Ella era nueve años menor que él y tan guapa como atractivo era Kelly. Se habían conocido en el club de natación donde Margaret competía con éxito. También era una de las modelos de portadas de revista más solicitadas de Filadelfia. Licenciada en educación física, fue la primera mujer que dio clases de esa materia en la Universidad de Pensilvania y la Facultad de Medicina para Mujeres. Abandonó el luteranismo para abrazar la religión de su prometido pocos días antes de la boda.
«Yo provenía de una familia alemana muy estricta —comentaba Margaret años más tarde—. Mis padres creían en el valor de la disciplina, y yo también. No me refiero a la tiranía ni a nada parecido, pero sí a cierta firmeza.»6 La necesidad de cuidar las formas y guardar el decoro en todo momento, la importancia de los modales, todo eso era de observancia obligatoria para Margaret Majer Kelly. Así pues, educó a sus hijos para que aprendieran a controlarse, para que ocultaran el dolor y el desengaño, para que reprimieran sus emociones en público, disimularan el esfuerzo y se empeñaran en alcanzar la perfección sin demostrarlo. Sus enseñanzas resultaron más fructíferas con Grace que con sus otros hijos.
Al parecer la disciplina de Margaret no remitía nunca. Kell la llamaba «el general prusiano»7 a causa de su mano dura, y Grace recordaba bien cómo insistía en que sus hijas destacaran no solo en la competición deportiva, sino también en la cocina, la costura, la confección de vestidos y la jardinería. «Mi madre era la que imponía los castigos en casa —comentaba—. Mi padre era muy amable y nunca era el primero en reprender o dar unos azotes. Mi madre se encargaba de eso. Ahora bien, cuando mi padre alzaba la voz, todos corríamos.»8 La vida en el hogar de los Kelly se basaba en el continuo desarrollo de nuevas habilidades y en una discreta asunción de responsabilidades, y la educación de los hijos se convirtió en la principal ocupación de Margaret. Entretanto su marido se dedicaba a los negocios, la política local y los deportes, y llevaba una vida social (y amorosa) de la que no participaba su familia.
Cuando Jack estaba en casa, a menudo recibían visitas de deportistas famosos llegados de diversas partes del mundo. Tanto para los padres como para Peggy, Kell y Lizanne su compañía era estimulante; en cambio, a Grace le resultaba aburrida y en su presencia se sentía más aislada que nunca. «Nunca me sentí guapa, inteligente o desenvuelta en el trato social, y las conversaciones sobre deportes, política o negocios me dejaban fría.» Con frecuencia la gente confundía su timidez con una actitud de superioridad o, más adelante, de altanería. Lo cierto era que, aparte de tener unos intereses e inclinaciones distintos, era muy miope. Apenas veía sin sus odiadas gafas y le costaba mucho reconocer a las personas. «Era tan corta de vista que sin gafas no veía a tres metros»,9 recordaba Howell Conant, que años después se convirtió en su fotógrafo predilecto.
La autoestima de Grace también estuvo condicionada por el favoritismo de su padre, que, como les ocurre a todos los niños, le causó cierta inseguridad. «Mi hermana mayor era la preferida de mi padre —reflexionaba Grace años más tarde—, después estaba Kell, que era el único chico. Luego venía yo y, a continuación, mi hermana pequeña, de quien estaba muy celosa por las atenciones que recibía. Yo siempre estaba en el regazo de mi madre, era una cría pegajosa, pero ella me apartó de su lado, así que durante años guardé rencor a mi hermana.»10
«De los cuatro hijos, Peggy era la favorita de Jack —comentaba Dorothea Sitley, una amiga de toda la vida de la familia—. Grace era la introvertida, la callada, la tranquila, y se sentía excluida. Peggy y su padre estaban siempre juntos.»11 Jack reconocía su preferencia por su hija mayor: «Yo pensaba que sería Peggy la que algún día sería famosa. Todo lo que Grace sabía hacer, Peggy lo hacía siempre mejor».12 Al menos eso creía él.
«Según él, Peggy estaba destinada a ser la estrella de la familia —recordaba Rupert Allan, publicista y buen amigo de Grace, que más tarde se convertiría en el cónsul general de Mónaco en Los Ángeles—. Jack nunca prestó demasiada atención a Grace… La aceptaba, pero no llegó a comprenderla. En cambio, ella lo adoraba y siempre buscó su aprobación.»13 Jack Kelly era «una persona muy agradable —recordaba Judith Balaban Kanter Quine, la amiga de Grace—, pero era un hombre sin la menor sensibilidad».14
A pesar de saber que su hermana mayor era la preferida del padre, Grace deseaba su aprobación tanto como la de Jack. «Ayudaba a mi hermana a vender flores a los transeúntes a fin de recaudar dinero para las obras benéficas favoritas de mi madre, en la Facultad de Medicina para Mujeres y el hospital de Pensilvania. Como es natural, la mayor parte de nuestros clientes eran vecinos del barrio. Qué poco sabían ellos que algunas de las flores provenían de sus propios jardines. Mi hermana Peggy me mandaba a cortarlas por la noche, y a la mañana siguiente, con total descaro, vendíamos las flores a sus propietarios.»15
Según la actriz Rita Gam, buena amiga de Grace, esta intentaba ganarse la amistad de su hermana y «admiraba a su padre, pero creía que él no la apreciaba. Jack siempre prefirió a Peggy y nunca vio con buenos ojos la trayectoria profesional de Grace. En cuanto a su madre, era una mujer muy severa y no demasiado cariñosa. Ambos dijeron haberse sentido muy sorprendidos y perplejos con el posterior triunfo de Grace. Siempre que ella hablaba de este tema, su voz denotaba cierta tristeza; pero era una persona muy fiel y protectora de su familia».16 Lo que podría considerarse la condición marginal de Grace en una familia donde primaba la competitividad despertaba en ella un conmovedor deseo de que le demostraran afecto. «De niña —recordaba su hermana Lizanne—, le encantaba que la cogieran en brazos, la estrecharan y la besaran.»17 Esa necesidad de recibir muestras de cariño fue en aumento con los años.
Grace y su padre siguieron siendo prácticamente unos desconocidos el uno para el otro hasta la muerte de este en 1960. Ella nunca abordó el tema de forma directa, pero comentó que a su padre le gustaba estar con niños fuertes y seguros de sí mismos, que cuando se caían en el campo de juego enseguida se ponían en pie. Lo que cabía deducir de sus palabras era evidente: eso no encajaba con la descripción de Grace a ninguna edad, y por eso se sentía lejos de la órbita de la aprobación paterna. Judy Quine se mostraba de acuerdo: «Jack Kelly nunca se sintió próximo a Grace. Entendía de deportes, de política y de negocios, pero nunca la entendió a ella. Al final de su vida la aceptó. Vio la influencia que tenía en el mundo y empezó a mostrarle cierto respeto. Eso fue lo que padre e hija compartieron al final de la vida de Jack: un profundo respeto».18
Así pues, puede que resultara inevitable que el mayor de los criados de la casa, llamado Godfrey Ford, se convirtiera en una especie de figura paterna. Todo el mundo lo llamaba Fordie y era el chófer y factótum de la familia. Los niños lo recordaban con cariño, especialmente Grace. «Se ocupaba de los coches, que siempre tenía impecables —recordaba Elaine Cruice Beyer, una amiga de los Kelly en la infancia—. Sabía servir, organizar fiestas por todo lo alto, supervisar los bufets y a los camareros, y se encargaba de que los jardines estuvieran siempre inmaculados.»19 El respeto y el cariño que Grace sentía por aquel chófer negro le infundieron un odio de por vida hacia toda forma de racismo.
Los jueves, día en que libraba la niñera, Fordie era el responsable de acostar a los críos. «Gracie me pedía opinión sobre esto y lo otro —recordaba años después—. Yo le decía lo que pensaba, y ella acostumbraba a seguir mi consejo.»20 Años más tarde le daría sus primeras lecciones de conducir en el largo camino de acceso a la casa, «pero nunca fue buena aparcando».
Poco antes de cumplir los seis años, en noviembre de 1935, Grace empezó su educación uniéndose a Peggy en la academia Ravenhill, un colegio de monjas para niñas situado a menos de un kilómetro de su casa, en School House Lane. Construido en el siglo XIX como residencia familiar por el multimillonario William Weightman, Ravenhill es un gran edificio de estilo gótico victoriano tardío, con paredes revestidas de madera oscura, chimeneas ornamentadas, escalinatas espectaculares y salones elegantes. La hija de Weightman donó posteriormente la enorme mansión a la archidiócesis católica de Filadelfia y, cuando Dennis Dougherty fue nombrado arzobispo en 1918, una de sus primeras decisiones fue invitar a las Religiosas de la Asunción —una orden de monjas dedicadas a la enseñanza, con las que había trabajado siendo obispo en Filipinas— a que se trasladaran desde Manila y fundaran un colegio para señoritas en Ravenhill, cosa que hicieron en 1919. La admisión de alumnas estaba estrictamente controlada, y en su momento de mayor expansión solo contaba con unas cincuenta entre los doce cursos.
«Eran unas mujeres extraordinarias —me comentó Grace— y les tomé mucho cariño. Eran estrictas en lo referente al estudio, pero también muy bondadosas. Sus largos hábitos negros constituían simplemente el atuendo formal de unas maestras excepcionales y, por muy rigurosa que fuera su vida de religiosas, las monjas comprendían a las chicas y se dedicaban por entero a nuestra educación y bienestar espiritual.» Las monjas insistían, entre otras normas de decoro, en que las niñas llevaran guantes blancos cuando iban y volvían del colegio, una costumbre que Grace ya conocía por la educación que había recibido de su madre.
Las maestras de Grace en Ravenhill la animaron a ampliar sus lecturas, a dibujar, a cumplir su deseo de aprender a hacer arreglos florales para las aulas y la capilla, y a continuar con su costumbre de escribir sencillas poesías líricas en una libreta:
Little flower, you’re the lucky one-
you soak in all the lovely sun,
you stand and watch it all go by
and never once do bat an eye
while others have to fight and strain
against the world and its every pain
of living.
But you too must have wars to fight
the cold bleak darkness of every night,
of a bigger vine that seeks to grow
and is able to stand the rain and snow
and yet you never let it show
on your pretty face.21*
En 1943 Grace empezó los cuatro años de enseñanza media en la cercana y laica escuela Stevens. En aquella época era infrecuente que una familia católica enviara a sus hijas a un colegio que no lo fuera, sobre todo si habían pasado unos años en Ravenhill, pero los Kelly no eran especialmente religiosos. «Aparte de ir a misa los domingos y decir nuestras oraciones antes de acostarnos, no hacíamos más —recordaba Lizanne—. No comíamos carne los viernes, pero ni siquiera nuestra madre era demasiado estricta en ese sentido. Solía decirnos: “Si por casualidad estáis en casa de alguien un viernes y os sirven carne, comedla. No quiero que se sientan incómodos por vuestra causa”.»22 Hay que reconocer en honor de Margaret que su sentido común en materia religiosa y su actitud «liberal» a ese respecto no eran habituales entre los católicos de Estados Unidos.
«Mi padre no era una persona muy religiosa —comentaba Kell años más tarde—. Iba a la iglesia más por su hijos, por mí y mis hermanas, que por la sinceridad de sus creencias. Mi madre, naturalmente, no era católica antes de casarse. Cumplía con las obligaciones básicas, pero ni siquiera en la actualidad [1976] se la puede considerar una católica practicante. La gente que no la conoce suele creer que lo es, pero no le ha molestado que yo me distanciase de los puntos de vista católicos, salvo porque eso puede haber dado la impresión de que no es una madre tan perfecta.»23 En cuanto a Grace, gracias tanto a las sabias monjas de Ravenhill como a su familia, nunca sufrió el neurótico sentimiento de culpa que a menudo acosa a los más escrupulosos. Por otra parte, siempre se tomó en serio su fe, tanto más a medida que se acumulaban las exigencias y los desengaños de la vida.
A los catorce años ya casi había alcanzado el metro sesenta y siete que sería su estatura de adulta. Grácil y serena, de ojos azules y cabello rubio tirando a castaño, había superado las dolencias respiratorias de la infancia, que sin embargo le habían dejado un tono de voz apagado y nasal que tardaría años en neutralizar.
Dado que los hospitales de todo el país estaban abarrotados de heridos de la Segunda Guerra Mundial, aparecían voluntarios de todas las edades y capas sociales, y muchas jóvenes estudiantes pasaban varias horas a la semana ayudando a las enfermeras sobrecargadas de trabajo. A pesar de ser tímida y sensible, Grace hizo gala de una gran serenidad y eficiencia a la hora de realizar las tareas más desagradables. Además, enseguida comprendió lo importante que era su presencia para los jóvenes ingresados, puesto que al fin y al cabo era una joven sumamente atractiva.
La escuela Stevens, situada en Walnut Lane, en el barrio vecino de Germantown, se había creado «para jóvenes casaderas que estén interesadas en formar un hogar ideal y satisfactorio y en administrarlo de forma eficiente con criterios científicos». Tan grandilocuente declaración, escrita a comienzos del siglo XX, constituía el programa de lo que en realidad era un colegio de perfeccionamiento para las hijas de las familias adineradas de Filadelfia. Sin embargo, en la época de Grace el centro había adoptado una orientación más académica, y ella superó los cuatro cursos con buenas calificaciones, salvo en las asignaturas de ciencias y matemáticas, que la aburrían.
«Es una de las bellezas de la clase —reza el anuario del colegio de 1947—. Divertida y siempre con ganas de reír, no le cuesta hacer amigos. Es una comedianta nata y se ha hecho famosa por su talento interpretativo, que encontró su mejor exponente en su encarnación de Peter Pan en la obra de primavera.» Grace era miembro de la coral y de los equipos de hockey y natación, destacaba en baile moderno y fue nombrada «presidenta del Comité de Vestuario y Buenas Maneras», lo que sin duda debió de complacer a su madre. Su actor y actriz favoritos, según dijo ese año, eran Joseph Cotten e Ingrid Bergman, que habían aparecido juntos en Luz de gas, una película que vio repetidas veces. «Ingrid Bergman me causó una gran impresión —comentaba Grace—. No podía imaginar de dónde salía semejante talento interpretativo.» Su lugar de vacaciones predilecto era Ocean City, donde la familia tenía su casa de veraneo. Su bebida preferida era el batido de chocolate. En cuanto a la música clásica, su pieza favorita era «Claro de luna», de Debussy. La orquesta que más le gustaba era la de Benny Goodman, y sentía debilidad por la cantante Jo Stafford.
Pero lo que más atraía a Grace era actuar con la asociación de amigos del teatro del instituto y con los grupos aficionados de su localidad. Sus padres estaban mudos de asombro al ver que su tímida y reservada hija florecía no compitiendo, sino participando en el esfuerzo colectivo que realiza un reparto en el escenario para dejar un recuerdo imborrable en el público. Quiso la casualidad que su primera inspiración en ese sentido se la proporcionara un hermano de su padre.
Su mentor teatral no fue, como suele creerse, el tío Walter Kelly, que era dieciséis años mayor que el padre de Grace. La familia lo había visto sobre las tablas y en algunas películas, pero era más bien un personaje siniestro. Era un comediante de fama nacional, labrada con una serie de monólogos que unos años después habrían resultado inadmisibles por su abierto y explícito racismo. Corpulento y de rostro abotargado, Walter Kelly representaba «El juez de Virginia», una serie siempre cambiante de sketches en los que no solo interpretaba al juez, sino también a toda una legión de negros caracterizados por su ignorancia y estulticia. Tanto el magistrado como los malhechores, encarnados todos por Walter, aparecían ante un falso tribunal donde la «gente de color» intentaba defenderse en vano de las acusaciones más especiosas que cabía imaginar.
Walter puso en escena sus números sobre «negritos» y «comeplátanos» (según sus propias palabras) en clubes, teatros y salas de music hall durante más de veinte años. También realizó una serie de grabaciones de gran éxito e intervino en siete espectáculos de Broadway y en media docena de películas. Grace vio algunas de sus actuaciones en el teatro y unas pocas de sus películas, pero solo una le pareció divertida y congruente: la película McFad den’s Flats, de 1935, acerca de un albañil que amasaba una fortuna construyendo apartamentos. Walter Kelly falleció en 1939 a consecuencia de las heridas que sufrió al ser atropellado en una calle de Los Ángeles por un camión que circulaba a toda velocidad. Tenía sesenta y cinco años, nunca se había casado y, debido a su tren de vida, había dilapidado una fortuna.
El mentor de Grace fue otro de los hermanos de su padre, George Kelly, cuya fama ha perdurado justamente y que se convirtió en el gurú teatral de Grace y en su defensor de por vida. Primero como actor y después como uno de los dramaturgos de mayor éxito de Estados Unidos, George era
