Prólogo
Me prometí no volver a engañar a nadie, mucho menos a mí misma. Y acabo de hacerlo, así que dejadme aclarar un par de cosas.
En primer lugar, mi nombre es Ana. Sydney Bristow es tan solo un pseudónimo que llevo utilizando muchos años para escribir en ForoCoches, un foro de internet en el que, al igual que tantos otros, todos podemos ser quien queremos ser amparados en el anonimato.
En segundo lugar, jamás he visto el nido de un cuco. Tampoco sé volar. Lo más parecido a hacerlo que recuerdo es haber saltado de un puente, en plena autovía, con la clara intención de ponerle fin a mi vida.
Esas son las dos grandes mentiras de este libro. Nada mal, teniendo en cuenta que aún no has comenzado su lectura, ¿no? Habrá quien se sienta defraudado, devuelva este ejemplar a la estantería y se aleje con una mueca de desaprobación. No le culpo.
Para el resto, para los que aun así queréis conocer mi historia, bienvenidos. Como ya he dicho, mi nombre es Ana. Tengo 32 años, abogada y residente en Madrid, y en apariencia, una chica normal y corriente.
Y os garantizo que lo que viene a continuación es el más verídico relato de los 37 días que le dieron la vuelta a mi mundo hace unos meses, de algo extraordinario. De una experiencia que llevaré en el corazón de por vida.
Y me gustaría que vosotros la llevarais conmigo.
Dicho esto, gracias por continuar leyendo.
ANA
Día 0
El ingreso
Mi padre se despide:
—No me permiten entrar contigo. Nos vemos en nada. Hasta pronto, Syd.
No contesto, porque estoy cabreada. No debería estar aquí. Yo no debería estar aquí, me he tirado un puto mes en La Paz y he pasado por dos operaciones. La primera, la que reparó mi columna vertebral, me fue bastante indiferente. Pero la segunda, la que reconstruyó los huesos de mis pies y de la pierna derecha, esa sí la sufrí. Vaya que sí. Ahí supe lo que es el dolor, el verdadero dolor. Por suerte también supe lo que es la morfina, aunque cuando te la retiran a los cinco días, por no sé qué rollo de efectos secundarios, el maldito dolor persiste. Es injusto. ¿Quién se creen los médicos que son y por qué deciden por mí? Me gustaba mi morfina, y a ella le gustaba yo. Los supuestos fatales daños a mi organismo o la posible adicción me importaba poco en este otro hospital. Y, en cualquier caso, insisto, yo no debería estar aquí. Hace menos de una hora me han subido a una ambulancia haciéndome creer que volvía por fin al calor de mi cuarto, a la soledad mitigada por la reconfortante compañía de mis gatas, a un lugar en el que me despertarían los pájaros del jardín y no la enfermera del turno de mañana con su carrito para comprobar la evolución de mis heridas. Me habían hecho creer que volvía a casa. A mi hogar. Me habían engañado. Porque este sitio tan blanco, grande y reluciente, desde luego no era La Paz, pero tampoco era mi casa. Y mi padre lo sabía, lo supo desde hace días y mantuvo la mentira hasta este mismo momento en el que trataba de despedirse. Así que no, lo siento pero no le voy a contestar. Aprieto fuerte la boca para que vea que no quiero hablar. Aprieto tan fuerte que se me saltan las lágrimas. Dejo de apretar y respondo:
—Adiós, papá.
Se abren las puertas de seguridad y entro en la Unidad. Una luz, otra luz, luz, luz, luz, luz, luz. Pero ¿qué cojones? Vale, ya entiendo, es porque estoy tumbada en una camilla. Me llevan dos celadores, acompañados por un guardia de seguridad. Que es el protocolo, me dicen. Empiezo a pensar de qué manera podría convertir todo en una masacre —teniendo las dos piernas rotas— y no se me ocurre ninguna. Vaya mierda de protocolo.
Más tarde me daré cuenta de que sí es útil.
Llegamos a mi habitación, 419. «No es un número feo», pienso. Está cerca del control de enfermeras y no muy al final del pasillo. Es amplia. Y para mí sola. Un gusto estar sola después de tantos días compartiendo cuarto con otras pacientes en la UCI y en Traumatología. Aunque las echo de menos. Arancha, superviviente de un accidente de tráfico. Perdió a su marido. Su hijo de ocho años, ileso. Recuerdo cómo la ingresaron, cómo fue mejorando, cómo me pregunté qué sería de ella y de su nueva vida al ser trasladada a planta yo misma. Después, más y más compañeras. Natalia, Sofía, Alexandra, María, Manuela... Al final te encariñabas con ellas y viceversa, y llegado el momento se despedían para volver a su hogar, ya recuperadas. Pero aquí no. Aquí iba a estar sola.
—Sydney. ¿Sydney? ¡Sydney! —Me sacan de mis pensamientos.
—Somos Jesús y Adelaida, los enfermeros del turno de noche.
—Ah. Hola.
—Tenemos que quitarte las vendas de los pies.
—Pero me han operado hace solo cinco días.
—Sí, cariño, pero aquí no puedes llevar vendas.
—¿Por si me ahorco con ellas?
—Es el protocolo.
Todo es el protocolo. Todo es el puto protocolo. Estoy cagada de miedo. Hasta esta misma noche me han tratado fenomenal, tocándome los pies con cariño, cuidando que nada me rozara los vendajes ni por supuesto que quedaran zonas a la intemperie. Y ahora es así como los tengo. Expuestos totalmente. En carne viva, y con los sesenta puntos al aire. No sé si por humanidad o para evitar alterarme más, me los cubrieron con algo parecido a una mallita blanca. Y eso fue todo.
—Hoy es tarde, pero durante esta semana te irán informando de las normas de la planta.
—¿Son muchas?
—Las que dicta el protocolo.
Apagaron la luz, salieron y cerraron la puerta con llave. Me puse a llorar. Me fijé en una cámara que había en la esquina del cuarto, con una luz roja, apuntándome. Me pregunté qué dictaría el protocolo sobre las chicas que lloran. Me arropé aún más fuerte y seguí sollozando hasta que por fin pude conciliar el sueño.
Día 1
Brummel
Entran en la 419.
—Sydney, arriba.
«¿Dónde cojones estoy? ¿Qué hora es?» Abro los ojos y empiezo a recordar. Miro al sillón que hay al lado de la cama para despertar a mi padre y me doy cuenta de que no, que aquí no admiten acompañantes. Claro, el protocolo.
Me incorporo. Me duele la espalda, mucho. Me vuelvo a tumbar y ahí me quedo, como en La Paz, esperando a que vengan a hacerme el aseo. Pienso en cómo lo harán con este pijama que me han puesto, allí era muy fácil con el camisón. Me veo a mí misma haciendo un Homer y me río.
Entra en el cuarto un celador. Aún no lo sé, pero le juraré odio eterno. Pero eso será diez minutos después. Por ahora solo me fijo en que apesta a Brummel. Me marea. Me dice su nombre, pero ni siquiera lo retengo. Para mí siempre será Brummel. El Puto Brummel.
Le digo tímidamente que quiero ir al baño, ya que llevaba un buen rato haciéndome pis. En La Paz era muy fácil porque estuve todo el tiempo sondada, pero aquí no sé cómo iba a ser la cosa. El día anterior pedí una sonda, pero me dijeron que no. ¿A ver si adivináis por qué? ¡Correcto! Por el protocolo. Me dice que sí, que sin problema. Se va.
Vuelve a los dos minutos. Trae un cacharro en la mano. Le pregunto que qué es. «Un andador», me dice. «¿Un andador? Pero, capullo, si no puedo apoyar los pies bajo ninguna circunstancia en ocho semanas.» Tenía los talones reventados y me los han reconstruido a base de tornillos y placas de metal hace seis días. «No puedo apoyar los pies, gilipollas.» «No puedo apoyar los pies», omito el «gilipollas». Brummel me dice que sí, que ha leído el informe y que pone que puedo apoyarlos. Insisto en que no puedo. Él insiste en que sí. Yo digo que no. Me pone el andador en las manos. El baño está a solo tres metros y ya no aguanto más. Intento dar un paso pero el pie me quema, el dolor es demasiado grande. Termino dando cuatro. Siento que algo va mal por dentro. Me niego a andar, se lo digo claramente.
Brummel me dice: «Pues si no hay andador, no hay baño». Y ya deja de ser Brummel para convertirse en Puto Brummel. Se va.
Me bajo de la cama de rodillas, y voy a cuatro patas arrastrándome hasta el baño. Intento subir al váter, pero no hay manera. Intentad hacerlo en casa sin apoyar los talones, no se puede. Vuelvo a la habitación, cojo el andador, me arrastro con él en la mano de nuevo al baño, lo utilizo para trepar al váter, pero nada, no funciona. Me duele todo, estoy agotada, me siento muy mal, esto no está pasando.
Quince minutos después me encuentra una enfermera desmayada en el suelo del baño de mi habitación. Me había hecho pis encima.
Dos días tardó el cuarto en dejar de oler a meado. Y una semana en dejar de oler a Brummel.
Día 2
Alicia
Hay lío en el pasillo, me despierto antes de que entre el celador en el cuarto. Apenas recuerdo nada de ayer, sé que me dieron medicación y me ducharon, pero en mi mente está todo muy difuso. Y el resto del día lo pasé en el cuarto, en la cama. Tuve visita de mi padre a las 7, le conté lo que había pasado con Puto Brummel, se asustó mucho y dijo que lo trataría con quien fuera conveniente. Espero que hoy no me atienda él. Por favor, que no me atienda.
—Hola, Sydney, uy, qué pelo más sucio.
No me lo creo. ¿Van a hacer que me lave el pelo? Pero si no tengo aquí mis cosas de aseo, ni el cepillo, ni nada. Y no lo tengo tan sucio. No me jodas.
—Soy Alicia. Venga, vamos a la ducha.
Espero que no me traiga un andador. Estoy temblando. Alicia acerca el sillón que hay al lado de mi cama (el del no-acompañante) y entre las dos conseguimos sentarme ahí. Ni rastro del andador. Suspiro aliviada. La miro. Se parece a Helen Hunt. Sonríe mucho. Es servicial y amable. Parece buena profesional.
El sillón tiene ruedas. Me transporta empujándome hasta el baño. Utilizo la palabra «transportar» porque es la que corresponde, esa silla es un mamotreto de cuidado, me siento ridícula ahí subida, es tres veces más grande que yo. Entramos en el baño —malamente, apenas giramos en la puerta— y finalmente me coloca en una silla de plástico. En cada pierna me ha puesto una bolsa de basura atada con esparadrapo. Todo este proceso ha durado unos quince minutos. Estamos sudando las dos.
Retira el sillón y hace amago de abrir el agua de la ducha. Le digo que, por favor, el pelo no. La abre de todos modos. Y ahí estoy, sentada en una silla «demigrante», despatarrada, sin depilarme desde hace un mes, con bolsas de basura en las piernas, enjabonándome el pelo con gel, con una tipa sentada en el váter vigilando que no me corte las venas (¿con mis propias uñas?) y siento que soy la pura imagen de la miseria. No sé cómo he llegado hasta esta situación, hasta este extremo. Hace diez años lo tenía todo, y ahora estoy aquí. Viviendo esto. No es un capítulo de Callejeros, no, soy yo. Es mi propia imagen. Me doy asco. Toda yo. Toda mi existencia. Ojalá el puente hubiera sido más alto. Ojalá hubiera tenido más suerte. ¿O sería menos suerte?
—¿Te vas a tirar ahí toda la mañana? Al final te conviertes en sirenita, verás.
Alicia apaga el agua y me acerca una toalla para que me seque. Después repetimos el traslado silla-sillón-cama, donde me quedaré todo el día. Es domingo. Mañana veré por primera vez a mi psiquiatra y seguramente entre ya en la rutina de los demás pacientes: comidas, terapias, actividades. ¿Salidas?
—¿Con qué me peino?
—¿Qué?
—Que con qué cojones me peino. Me has obligado a lavarme el pelo, ahora tendrás que darme algo para peinarme, digo yo.
Alicia se va y vuelve al minuto con un peine de púas. Un puto peine de púas para mí, que tengo el pelo por la cintura. Esta tía es gilipollas.
Los siguientes cuarenta minutos los pasaré desenredándome el pelo. La siguiente hora, maldiciendo a Alicia.
Y aún no lo sé, pero los siguientes 35 días, Alicia, la doble demacrada de Helen Hunt, la nazi que me obligó a ducharme, la zorra del peine de púas... se convertirá en mi segunda madre, en el abrazo que me faltaba, en mi mejor apoyo en este frío lugar.
Día 3
Doctora Vázquez, mi psiquiatra
—Buenos días, Sydney, veo que ya estás levantada.
—Hola, Alicia.
Me incorporo y me sonríe. Es la única persona que me ha sonreído desde que he entrado aquí. Tampoco es que haya visto a muchas. Y siendo sincera, tampoco es que yo haya sido el colmo de la simpatía, las cosas como son. Pero es que yo no debería estar aquí. Tengo derecho a estar cabreada.
Alicia me vuelve a sonreír y acerca el sillón. Repetimos el «demigrante» procedimiento de ayer, me ducho, vuelvo a la cama y me trae el desayuno. Una bandejita con: una barra de pan cortada por la mitad, un tarrito de plástico con margarina y otro tarrito de plástico con mermelada. Un vaso de leche. Una cucharilla.
Procedo a untar el pan con la mermelada (la margarina no la toco ni muerta de hambre) y le pido a Alicia un cuchillo. Me dice sonriendo que no se permiten cuchillos en las habitaciones.
—Es el protocolo —decimos al unísono.
Nos reímos mientras unto torpemente el pan con la mermelada utilizando la cucharilla. Después doy tres mordiscos y lo dejo ahí, soy bastante tiquismiquis con los desayunos. Alicia lo entiende y se lleva la bandeja. Me da pena que se vaya. Me quedo mirando a la puerta como un perrito hasta que recuerdo que hay cámaras, y entonces vuelvo a actuar normal. Cojo uno de los libros que me trajo mi padre ayer, una novela de Rosamunde Pilcher y me dispongo a leer. Será por tiempo...
Una hora después me llega una oleada de Brummel. Me incorporo antes de que él entre por la puerta. Estoy casi temblando. Por favor, que no traiga su puñetero andador. No, entra casi con las manos en alto, menos mal. Ni siquiera le miro, en parte por miedo, en parte por orgullo. Me traslada al sillón chuchú y me dice:
—La doctora Vázquez te espera.
Salimos al pasillo. ¡Por fin veo gente! Pijameros como yo, deambulando por el pasillo. Parecen gente normal, ninguno se da cabezazos contra la pared, ni gritan, ni hablan solos, ni llevan camisas de fuerza. En parte me decepciona un poco. Ya he estado en más psiquiátricos y sé que no son como en las pelis, pero siempre queda un atisbo de duda. «Igual en este hay locos, locos de verdad.» Si los hay, por ahora no lo parecen.
De hecho la más loca parezco yo, con unas mallas en las piernas y subida en un sillón chuchú empujada por un tatuado apestando a colonia rancia. El resto me mira. Obviamente soy la nueva, y se preguntan qué me pasa. Puto Brummel me deja aparcada delante de una puerta y se marcha. Los pacientes me siguen mirando y empiezan a acercarse. Cada vez más. A lo tonto a lo tonto me están rodeando. Nadie dice nada. Suelto un «Hola» bastante acojonada y siguen sin decir nada. Coño, que estoy en un chuchú y no puedo correr. Estoy cagada. ¿Y si me tiran? Uno se acerca y me toca con un dedo, de la misma forma que tocarías algo en una tienda para ver si está blandito. Esto es surrealista. Puto Brummel me ha dejado a merced de los locos. Quiere acabar conmigo.
En esto se abre la puerta, respiro aliviada. Sale una chica monilla, un poco rollo la de la serie Felicity, pero veinte años después.
—Chicos, alejaos. No te preocupes, Sydney, es que son curiosos. Pasa, anda, pasa.
Me quedo mirándola con cara de gilipollas, ¿cómo coño voy a pasar? Si soy una jodida inválida, mi chuchú no se puede autoempujar. Ella se da cuenta y llama a un auxiliar para que me meta en su despacho. Ahí ya me empecé a mosquear. Sé que es médico, sé que no es su trabajo, pero ¿tanto le cuesta empujarme tres metros dentro del despacho? ¿En serio?
Una vez dentro, se presenta. Se llama María Vázquez y es mi psiquiatra asignada. Quiere que le cuente toda mi historia, desde la infancia hasta el momento en que la ambulancia me recogió en la autovía. Y yo empiezo a contar. Los cambios de casa... Los cambios de colegio... Las peleas con mi madre, los problemas en la carrera, las drogas, el vivir sola, la puta anorexia que se lo llevó todo, la ruptura con mi ex que me dejó en la mierda, el escuchar su nombre en todas partes —David, David, David—, la oscuridad, las persianas cerradas de casa, los fines de semana debajo del edredón, la báscula, la familia ausente, el móvil apagado cada día, David y más David aun no sabiendo ya nada de él, el ingreso por infrapeso en febrero y el tener que dejar mi casa por ello y todo lo que me dolió, mi no-libertad, el volver a casa de mis padres, ver a mi madre otra vez... Volver del trabajo y sin ni siquiera pensarlo tomar veinticuatro gelocatiles. Esperar. Y la impaciencia. Y asomarme al puente. Y quitarme los tacones, mirar a la autovía, mirar al arcén. Y saltar.
Tenía la boca seca de tanto hablar. Ella no decía nada, solo apuntaba. Al final de mi relato, simplemente dijo:
—Lo que has hecho es muy grave.
Y yo contesté:
—Ya lo sé.
Ella insistió:
—Muy muy grave.
Yo le volví a repetir que ya lo sabía. Le pregunté que cuánto tiempo iba a quedarme ingresada. Me dijo que «el suficiente para que reflexiones sobre lo que ha pasado, porque me parece que no lo has hecho». ¿Qué mierda de respuesta es esa?
Llamó de nuevo a un auxiliar para que me sacara del despacho y me llevara a mi cuarto.
Y sí, me pasé toda la tarde reflexionando. Pero no sobre lo que había hecho, sino sobre la mala espina que me daba La doctora Vázquez. Era la psiquiatra que me correspondía en la planta 4, la Unidad en la que permanecen internos los pacientes con enfermedades mentales. En mi caso se trataba de un ingreso involuntario en la Unidad debido a un intento de suicidio, entre otras cosas. Una vez dentro, ni tú misma, ni tus padres, ni siquiera la policía, pueden sacarte de allí. Solamente puede hacerlo un juez y en muy contadas excepciones, entre las cuales no me encontraba. En resumen: La doctora Vázquez. Mi estancia ahí dependía de ella, y solo de ella. Y creo que no nos íbamos a llevar nada nada bien.
Día 4
Naiala, dulce Naiala
Aún no conocía formalmente a mis vecinas de habitación, pero sí de oídas. Literalmente. A una de ellas, por los gritos que daba y cómo las enfermeras la mandaban callar, 417, Sonia. A la 421 por cómo la saludaban todas las mañanas, Naiala. De esta última no conocía su voz, pero en cambio sí la había visto, ayer. Cuando Puto Brummel me llevó de audiencia ante OhLadyVázquez ella estaba asomada tímidamente a la puerta de su cuarto y me saludó con la mano. Me sonrió. Ya van dos personas que me sonríen en cuatro días, not bad. A ellas las mataré las últimas.
Era martes. El martes en el que me sacarían de mi zona de confort. Después de que Alicia y yo nos diéramos la ducha «demigrante» de cada día (digo «diéramos» porque el baño era pequeño y ella solía terminar mojada también), me disponía a meterme de nuevo en mi cama cuando me suelta:
—No, Syd, hoy ya desayunas con tus compañeros.
Casi se me saltan los puntos del susto.
—Quieres decir, ¿ahí fuera?
—Claro, tonta, ¿dónde va a ser?
Me daba pánico todo. Tener que salir, conocer a tanta gente de golpe, ser la nueva, enfrentarme a miradas, a preguntas, a más miradas, a caras de sospecha... Todo esto en un sitio del que no puedes escapar. No ya por ser un recinto cerrado, que lo era, sino por estar yo en mi jodido sillón chuchú del que no podía mover ni un milímetro de rueda ni aunque quisiera. Iba a estar totalmente a merced de ellos. Y encima comiendo, joder. A mí me gusta comer sola. Siempre me ha gustado comer sola.
Me saca Alicia en el chuchú. Y hay una silueta esperándome fuera. Una voz dulce, dulcísima, dice:
—Yo me ocupo, trrranquela. —Acento rumano.
La miro. Joder. La chica más guapa que os podáis imaginar. Una especie de Kate Moss, en morena, con ojeras, en pijama y hecha polvo, eso sí.
—Vale, Naiala, cuídamela.
Parece que Alicia confía en ella. Y yo confío en Alicia.
Naiala empuja mi chuchú hasta el comedor, donde esperan ya sentados el resto de los internos. Hay dos mesas muy largas a los lados, y una mesa chiquitita redonda entre ellas, pegada a la pared. Me pregunta que dónde me apetece sentarme. Le indico que en la mesa redonda, es la única que permanece totalmente libre. Me dice que le parece muy bien. Me coloca en la mesita —no sin dificultad— y sonriendo pregunta si puede desayunar a mi lado. No me importa tener compañía esta vez, le devuelvo la sonrisa y le digo que sí.
Los auxiliares empiezan a repartir las bandejas. Miro a mi alrededor y observo al resto de la gente, la verdad es que todos parecen desganados y hartos de estar en este lugar, no me extraña. Hay una televisión en lo alto de la pared y al lado un reloj digital que marca las 09.04. Este reloj será el que mire unas cien veces al día, y cada vez me parecerá que avance más lento. También indica la fecha. Al principio me fijaré mucho en cada día, teniendo fe en que será el último. Luego realmente me dejará de importar.
Naiala me da conversación durante todo el desayuno. Habla bajito, pero de manera reconfortante:
—¿Qui tal te encuentrras?
—Bien, bien, gracias.
—Tus pies. ¿Hace daño?
—Bueno, a veces duelen, pero estoy bien. No soy paralítica ni nada de eso, no te preocupes, es solo que me caí.
—Bien, bueno, no te prrreocupes tú, yo voy a cuidarr tú, no te prrreocupes tú, trranquila, ¿vale?
Y me cogía la mano y me miraba.
—Anda, come —me decía.
No probé el pan, había una naranja y es lo que tomé. A Naiala le pareció bien. Después ella devolvió mi bandeja al carrito sin que yo dijera nada. Joder, era un amor esta chica, me habría casado con ella. Me mataba de pena que estuviera allí.
Durante el resto de la mañana teníamos actividades de terapia. De 10 a 11 tiempo libre (ver la tele, leer, colorear, hablar con el resto de los compañeros, hacer una llamada, o lo que saliera de esas cabecitas locas que no incluyera entrar en las habitaciones, que estaban cerradas con llave). A las 11 gimnasia. A las 12 terapia ocupacional (escribir una historia entre todos). A la 1 comida.
Toda esa mañana la pasé con Naiala a mi lado. Actuando como una madre, como una hermana, como una amiga. Me llevaba, me traía, me cuidaba. Me iba presentando a la gente, dejaba que interactuara con ellos, pero siempre con cuidado de que los más raritos no me dieran demasiado el coñazo o de que no empezaran a tocarme como un muñeco de feria. Y siempre siempre, dulce. Mi dulce Naiala.
Me estuvo contando que llegó de Rumanía hace diez años. Que se casó hace siete con su compañero de pupitre del colegio. Que tenía una hija de cinco añitos. Que era feliz, muy feliz. Y que estaba internada porque «necesitaba paz». No conseguí sacar más.
Miré el reloj, las 12.54. Casi la hora de la comida. La terapia ocupacional estaba terminando, ya habíamos escrito la historia «demigrante» entre todos y algunos ni prestábamos atención. Miré a Naiala, estaba coloreando unos mandalas. En su tiempo libre (que era mucho, nos sobraba tiempo libre) siempre coloreaba. Y siempre mandalas o caballos con largas crines de todos los colores. Eran dibujos para su hija, decía. Seguí inmersa en mi libro. No estaba mal la novela. Tenía una historia de amor que transcurría durante la Segunda Guerra Mundial, la protagonista...
—¡¡Noooo!! ¡¡Juderrrr!! —Lloros—. ¡¡Noooo!!
Chillidos y más chillidos. En rumano. Miles de gritos. No entiendo nada. ¿Qué está pasando? Giro la cabeza en el chuchú y veo a Naiala arrancándose la piel de la cara con las uñas y señalando su dibujo. ¿¿Pero qué coño?? La terapeuta está en la sala de control despidiéndose de las enfermeras. Nadie hace nada. Naiala tiene la cara llena de sangre y no para de zarandear en el aire el precioso unicornio que antes coloreaba y de llorar a lágrima viva y de balbucear en rumano. En sus ojos ya no veo nada de dulce, solo hay desesperación. Javi se levanta, va corriendo al Control y vuelve con dos auxiliares. Se llevan a Naiala a la fuerza. Un par de internos lloran. Otros dos preguntan en tono monótono que cuánto falta para la comida.
Como en la mesita redonda. A mi lado se sienta Vioka, la segunda rumana de la Unidad. Tiene una relación de amor-odio con Naiala. Terminaré de conocerla durante mi estancia, no me caerá ni bien ni mal. Está allí porque aparentemente su marido le dio una paliza, cosa que no me cuadra mucho. Es muy mandona. Me da mala espina. Le darán el alta en trece días y se reconciliará con su pareja. Vioka no llega a ser amiga mía, pero me traduce las palabras de Naiala:
—Este dibujo me ha quedado muy feo y a mi hija no le gustará.
¡No le gustará!
Al terminar de comer, un auxiliar me lleva a mi habitación a dormir la siesta. Cuando cruzamos el comedor en el chuchú me fijo en el suelo, y allí está el dibujo de Naiala a medio colorear: un Pegaso volando con las crines rosas y azules, manchado de sangre en una esquina.
El resto de la tarde lo pasaré con los pacientes. Pero no volví a ver a Naiala, dulce Naiala, hasta dos días después.
Día 5
Castigada
Como de costumbre, me levanto antes de que entren en mi cuarto. Me voy acostumbrando a los gritos de 417, perdón, de Sonia. Cada mañana es una pelea constante con ella. Hoy parece ser que no encuentra su cepillo de pelo y de ahí los gritos. Señor, dame paciencia.
Desayuno con Javi y Mireia. Mireia es una chica de mi edad, tiene veintinueve años, cordobesa. Está contenta porque hoy le dan el alta. Me alegro por ella, aunque a mí lo que realmente me interesa es cuántos días ha pasado aquí. Estoy preguntando a todos los pacientes para hacerme una idea de la estancia media. También he visto un cartel en el control de enfermería que dice «Unidad de Hospitalización de Estancias Breves». Total, que haciendo cuentas no creo que me quede en este sitio más de diez días. ¿Verdad? ¿Verdad?
Otra vez tenemos gimnasia. No me apetece nada. En principio no es obligatorio y te puedes quedar en la sala (en el comedor, vamos), pero Saray, la terapeuta, te insiste fuertemente para que vayas a la clase. En fin, qué remedio. Allá vamos. Digo «vamos» porque no puedo ir yo sola, siempre tiene que ir alguien empujando mi sillón chuchú. Hoy parece que es Mireia la que se apiada de mí.
La clase de gimnasia es un esperpento. Imaginaos a veinte colgaos (porque es lo que somos, veinte colgaos) a tope de medicación, desganaos, cabreados con el mundo, descoordinados, exdrogadictos o con mono, enfermos en general, intentando bailar a Lady Gaga con un juego de la Wii que maneja la terapeuta. Y yo en primera fila, ahí, con el chuchú, moviendo solo los brazos como una lombriz a punto de ser sacrificada. Y detrás mi cuerpo de baile. Una escena dantesca.
Ya me estaba dando la risa tonta cuando de repente entran dos auxiliares, Puto Brummel (long time no see you my friend) y un segurata. Nos quedamos todos parados —con Lady Gaga sonando de fondo— y el otro auxiliar anuncia:
—Venimos a por Sydney Bristow.
El resto respira aliviado. «Respirad, cabrones, que ahora os llegará la oleada de Brummel», pienso.
—¿A dónde me llevan? —pregunto.
—A Rayos —dice el otro auxiliar.
—¿Por qué?
—Verás, el otro día hubo un error con tu informe y caminaste cuando no debías hacerlo, queremos comprobar que todo sigue bien por ahí abajo —contesta señalando mis pies.
Eso lo dijo el otro auxiliar. Puto Brummel permaneció callado todo el tiempo el muy cabrón. Me recordó a la típica frase de «Deja que tu colonia hable por ti». No, si ya habla, y muy bien, so capullo. Me hervía la sangre. En el fondo deseaba que los clavos de los pies estuvieran al revés para que me tuviera que pedir perdón de rodillas, y abofetearle, abofetearle hasta que le doliera la cara y hasta que sus lágrimas borraran todo rastro de esa mierda de perfume. Eso sí sería suficiente. Sí, eso estaría bien.
Pues eso, otra imagen bastante rocambolesca. Yo transportada por el hospital en silla de ruedas (sí, me habían pasado a una sillita de ruedas), con los pies hinchados como chorizos de Pamplona, acompañada por dos auxiliares y un segurata que no se apartaba de mí. Me molaba cómo nos miraba la gente, a saber qué estarían pensando de mí. ¿Creerían que era peligrosa? Me daba la risa. Me gustaría haber troleado, babear, poner los ojos en blanco, etc. Debería haberlo hecho.
En fin, que me hicieron las radiografías de rigor y volvimos a planta. Al confort de mi chuchú. Lo echaba de menos. En cuanto subí se me empezaron a deshinchar las piernas.
Comer, siesta, visita de mi padre, cena... El resto de la tarde transcurrió con normalidad. A las 9 ya habíamos terminado de cenar. Normalmente a las 9.15 la auxiliar o enfermera que estuviera en el turno me llevaba en el chuchú al cuarto y me acostaba, ya que por el tema de la vértebra tenía recomendado reposo. Esto es, no estar mucho tiempo de pie (evidentemente, cosa imposible por ahora) ni sentada. Por eso, desde que llegué, ni un día había permanecido incorporada más allá de las 9. Pero ya eran las 9.30. Y nadie venía a llevarme al cuarto. Me dolían mucho las lumbares y estaba empezando a desesperarme. El resto de los internos veía la tele.
Pasó una auxiliar. Le hice un gesto para ver si podía venir. Me dijo que ahora mismo. 9.45. No se acercó nadie. Yo seguía inmóvil en el chuchú. Dos enfermeras. Las llamé. Ni puto caso. 10. Otra auxiliar. Que ah
