Prólogo
Poco después de las dos de la tarde de un cálido 11 de mayo de 2019, como en las fechas más solemnes, se abría la Puerta de los Leones de las Cortes para dar acceso hacia el pórtico de columnas al féretro, cargado por policías y guardias civiles, que contenía los restos mortales de Alfredo Pérez Rubalcaba. Detrás caminaba su viuda, Pilar Goya, acompañada del presidente del Gobierno y la presidenta del Congreso. Delante, al fondo de las escalinatas que descienden hacia la Carrera de San Jerónimo, esperaba una multitud que quería despedir a un repentino héroe nacional y ofrecer consuelo a sus familiares. Los aplausos sonaron con vigor. «¡Mucho ánimo, Pilar!», se escuchó gritar. «¡Viva el Partido Socialista!» «¡Viva España!» Se respiraba emoción sincera y contenida. Aunque se decía adiós a un político, aquello no era un acto político ni una convocatoria organizada por un partido, sino una verdadera concentración de afecto, una explosión espontánea de reconocimiento y, seguramente, de nostalgia. Los reyes de España, Felipe y Letizia, y los anteriores portadores de la corona, Juan Carlos y Sofía, habían acudido en las horas previas a la capilla fúnebre, instalada en el Salón de los Pasos Perdidos, por cuyas alfombras el personaje desaparecido había recorrido en sus veintiún años como diputado kilómetros y kilómetros con el teléfono al oído, practicando su afición predilecta: conversar. Todas las demás autoridades del país se sumaron al homenaje: el presidente del Senado, los presidentes del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional, ministros, diputados, líderes políticos. Millones de personas siguieron el acontecimiento en sus casas, a través de las muchas horas de retransmisión que le dedicaron todos los canales de televisión. Se declaró una jornada de luto oficial y las banderas ondearon a media asta. Todos los partidos, con excepción de Vox, suspendieron la campaña que en esos días se celebraba para las elecciones municipales, autonómicas y europeas del 26 de mayo. Por un rato, España olvidó la enorme polarización que ya dominaba la vida política en esos años para recordar a una figura que, inesperadamente, suscitaba el reconocimiento general. Fue la última contribución de Rubalcaba a la convivencia nacional.
«Me impresionó especialmente cuando bajamos las escaleras del Congreso», recuerda Pilar Goya. «Cuando apareció el féretro, la gente empezó a gritar, a gritarme, empezaron a llamarme: “¡Pilar, Pilar!”. Y eso que a mí nadie me conocía. Ahora me conocen un poco más. El otro día, una señora se me acercó en el autobús, me dio un beso y me dijo: “Tú ya sabes por qué”. Otra mujer en el supermercado me decía: “Yo no soy socialista, pero es que tu marido era admirable...”. Al Congreso se acercó todo tipo de gente, muchos le llevaban rosas, otros levantaban el puño, había quien se santiguaba y se arrodillaba, había quien le daba un beso, había quien se me acercaba, había quien ni se atrevía a acercárseme, había gente mayor, gente joven, nadie por obligación, nadie por cotilleo o por curiosidad. Me impresionaron mucho sus alumnos, estaban absolutamente desconsolados, se me abrazaban, lloraban. Y gente de la calle, que me decía: “Yo no le conocía personalmente, pero siento un gran respeto por él... Mucho ánimo”. Me impresionaron los mandos de la Policía Nacional y de la Guardia Civil, todos tan emocionados y tan respetuosos. Y luego me contaron, porque yo no me moví en todo el tiempo del lado del féretro, pero me contaron que la cola en la calle era espectacular, que había un silencio impresionante, que hubo gente que hizo hasta tres horas de cola. Me dijeron que no se había visto nada igual. Fue como una especie de catarsis, una catarsis colectiva.»
No se había visto desde luego nada igual. Más de ocho mil personas contó la Policía Municipal de Madrid que habían desfilado delante del féretro durante las menos de ocho horas que permaneció expuesto. Otras tantas se concentraron en la puerta y a lo largo del recorrido del cortejo fúnebre hasta el cementerio de Tres Cantos. Aquello solo podía compararse con el funeral, cinco años antes, de Adolfo Suárez, quien, como Rubalcaba, había conseguido sumar afectos de todas las ideologías políticas o de ninguna ideología en particular. Pero, a diferencia de Suárez, el primer presidente de la democracia, una de las figuras míticas de la Transición, Rubalcaba ni siquiera había llegado a ser jefe del Gobierno; se reconocía simplemente su trabajo, su persona. Su aportación al socialismo y a España fue extensa y decisiva en muchos frentes y a lo largo de muchos años, como se comprobará en las páginas que siguen, pero nunca alcanzó la cúspide del poder, y su propio partido lo reconoció con los honores del máximo cargo, el de secretario general, únicamente durante tres muy difíciles años.
Los méritos que reconocían en Rubalcaba los miles de personas que se concentraron para despedirle no eran, por tanto, los de su rango o títulos, sino los de su obra y su figura. Sus méritos fueron sus logros, su servicio a la sociedad y su conducta personal. Tardó en entenderse esto. La magnitud del duelo por Rubalcaba sorprendió a todo el mundo. De hecho, es posible que la clase política no se hubiera volcado como se volcó si no hubiera percibido, como se percibió desde el anuncio de su muerte, el sentimiento de pérdida y dolor que se había apoderado de una gran parte del país, un país que llevaba años asistiendo a la degradación del debate político, a la explotación electoral del odio contra el adversario, al crecimiento del sectarismo y de la mediocridad, al ascenso de la demagogia y la superficialidad.
En medio de la ciénaga en la que se estaba convirtiendo la política en España, Rubalcaba, el recuerdo de Rubalcaba, emergió de repente para los ciudadanos como un gigante. En comparación con las figuras que cada día aparecían en los telediarios, Rubalcaba surgió súbitamente como un ejemplo de aquellos otros tiempos y aquellos otros políticos, de sólida formación y principios, que ponían al Estado como prioridad y eran capaces de entenderse con el adversario en un propósito supremo. En el reconocimiento a Rubalcaba había, por tanto, un reconocimiento a una generación de políticos que ya es historia, a una generación de dirigentes del Partido Socialista Obrero Español que también quedó ya en el pasado y a un tiempo de la historia de España en el que fuimos capaces de entendernos y de progresar en beneficio de la gran mayoría.
Rubalcaba fue un protagonista destacado de ese tiempo y un excelente ejemplo de lo que hemos dejado atrás. Químico y profesor universitario, entró en la política por convicción, por su deseo de participar en la construcción de un país libre y justo, que en aquellos primeros años setenta del siglo pasado todavía parecía remoto. Ascendió lentamente, pasando de un cargo a otro superior tras haber demostrado en cada uno su extraordinaria capacidad para obtener resultados por medio del trabajo, la perseverancia y la negociación. Triunfó en Educación, desde antes de ser ministro, con la Ley de Reforma Universitaria y la LOGSE, las leyes que modificaron el sistema educativo de la dictadura. Triunfó en Interior con el final de ETA, diseñado y ejecutado gracias a la mano firme y el talento excepcional de Rubalcaba. Triunfó en la oposición como un contrapunto —y, cuando fue necesario, un complemento— imprescindible del jefe del Gobierno, a quien criticó pero también aconsejó en momentos delicados, con el convencimiento siempre de que los intereses de España estaban por delante de cualquier otro. Bajo ese principio, sacrificó incluso sus planes personales para contribuir a la estabilidad del país durante la abdicación del rey Juan Carlos, sobre la que, como veremos más adelante, existían en su momento dudas y temores. Rubalcaba sabía que la monarquía no era popular entre los militantes de su partido y pudo en aquel momento elegir entre sacrificar a la Corona para ganar popularidad entre los suyos o renunciar al aplauso fácil de los militantes para ayudar a la estabilidad del sistema. Escogió esto último.
Muchos de los reconocimientos posteriores al trabajo de Rubalcaba se le negaron en vida. De hecho, su carrera política no fue precisamente apacible. La derecha, consciente de la enorme capacidad de su rival, le temía y trató de destruirle en muchas ocasiones, a veces de forma abyecta. Su propio partido, al que nadie desde Felipe González ha contribuido tanto como Rubalcaba, tampoco le correspondió siempre adecuadamente. Aunque disfrutó de la amistad y el apoyo de muchos de sus compañeros socialistas, de militantes anónimos que le querían y admiraban, también sufrió la envidia, las afrentas y los desprecios de algunos de sus dirigentes en otros momentos.
Supo soportar unos y otros ataques con humildad —su mayor virtud— y con deportividad, como la consecuencia natural de la actividad política, a la que se dedicó —como todo lo que hacía— en cuerpo y alma, y de la que llegó a saber al menos tanto como el que más. Como buen político que era, entendía que no estaba en ese mundo para recibir palmadas y sonrisas, que suelen llegar de la mano de algún interés espurio. Y como buen político, sabía también pasar sin vacilación a la ofensiva cuando la situación lo requería. Se ha hablado mucho de su inteligencia, pero se han exagerado sus dotes maquiavélicas. En un país poco dado a la planificación y al orden, cualquier mente medianamente metódica parece maquiavélica. Se le atribuían a Rubalcaba una astucia y un carácter taimado que, en realidad, eran simplemente las cualidades de un hombre que se esforzaba en contemplar con meticulosidad toda la gama de opciones —incluidos los probables movimientos del rival— antes de tomar una decisión.
Quizá se sorprenderá el lector si digo que, lejos de ese supuesto personaje astuto y algo perverso que a veces se dibujó —con la complicidad de su sonrisa pícara—, yo conocí a una persona tierna y con cierta propensión al sentimentalismo. Lo mismo dirán todos quienes le trataron más o menos íntimamente. Tuve muchas conversaciones con él en sus últimos años, ya lejos de la política activa, aunque nunca alejado de la política, cuando participó en el Comité Editorial de El País durante el periodo en el que fui director del periódico. En ninguno de sus comentarios percibí rencor —mucho menos odio— hacia ninguna figura sobre la que nos tocó conversar o criticar. Sus consejos siempre fueron de prudencia y moderación, invitándonos permanentemente a un esfuerzo de comprensión de los errores y defectos de los demás.
Hasta los últimos días de su vida, hablamos mucho y sobre muchas cosas. Sus consejos me ayudaron en momentos de indecisión y su estímulo me levantó en momentos de decaimiento. «Hoy es jueves, mañana hay puente y a juzgar por la asistencia a clase, los chicos han decidido extenderlo un poco. Hacen bien, ¡que disfruten de la vida todo lo que puedan! Lo mismo deberíamos hacer nosotros», me escribía en uno de los últimos cruces de mensajes.
Esas conversaciones, esos mensajes, han estado en mi cabeza durante todo el proceso de redacción de este libro. Han sido un buen sustituto al diario personal que Rubalcaba no tenía. Tampoco he podido recurrir en mi investigación a una agenda pormenorizada de sus actividades públicas, que nunca creyó necesario elaborar. El material utilizado para este libro son los testimonios de las personas que estuvieron a su lado a lo largo de su vida, tanto personal como profesionalmente, así como algunos de los documentos que él elaboró, los discursos que pronunció y el extenso reflejo que su larga actividad tuvo en los medios de comunicación. Todas las personas a las que se solicitó contribuir con su versión para estas páginas aceptaron, con excepción de Pedro Sánchez, que no respondió a las solicitudes hechas a través del secretario de Estado de Comunicación, Miguel Ángel Oliver. No se agota en este volumen, por supuesto, el material para el mejor conocimiento de Rubalcaba. Nuevas y valiosas aportaciones para la construcción de su legado surgirán cuando la Fundación Felipe González pueda abordar la ordenación y el análisis del archivo que le donó Pilar Goya.
Habrá elementos y puntos de vista en las páginas que siguen para que el lector se forme su propia opinión sobre Rubalcaba. Ninguna vida es plana. Y ninguna biografía debería, por tanto, serlo. En Rubalcaba hay claros y oscuros, aciertos y errores. Trataremos de hacernos eco de unos y de otros. Pero me parece honesto advertir con anterioridad que escribo este libro desde el reconocimiento y la gratitud con Rubalcaba, más aún con la persona que con el político. Con el político estuve de acuerdo unas veces —las que más— y otras no. Pero Rubalcaba como persona será siempre un modelo de integridad y generosidad para generaciones sucesivas. Para mí, desde luego. A lo largo de los próximos capítulos nos extenderemos mucho más, por supuesto, en el político que en la persona, entre otras razones porque así lo hubiera querido con seguridad el propio Rubalcaba, quien siempre se esforzó en separar su vida privada de su dimensión pública y jamás confundió ni permitió que otros confundieran la una con la otra. Por lo demás, su vida personal, como tantas cosas en él, era de lo más sencilla, como atestiguarán en las páginas siguientes su mujer, sus familiares y sus amigos, muchos de ellos los mismos de su juventud.
No hablaba mucho Rubalcaba de su vida privada, pero le dedicó más tiempo del que puede imaginarse en una persona con tantas responsabilidades políticas durante tanto tiempo. Su hiperactividad —que pagó con su salud— le permitía sacarle treinta horas al día, y era capaz de estar siempre cuando su familia le necesitaba. Igual que estaba a la orden cada vez que la política le reclamaba un servicio. Por sentido del deber, y por vocación también. Rubalcaba disfrutaba de la política, aun en los momentos más difíciles y también en su versión más mundana. Sabía moverse en las intrigas, conocía los laberintos de las conspiraciones y era capaz de anticipar los peligros antes de que estos resultaran obvios.
Todo eso lo convirtió desde muy al principio de su carrera en un gran consejero, lo que, añadido a su lealtad a prueba de bomba, hizo de él también el mejor escudero. «Yo siempre le decía: “Es que tú eres fantástico para resolver problemas”», recuerda Felipe González entre alguna de sus innumerables conversaciones con Rubalcaba. «Daba gusto conversar con él porque siempre hablábamos de los problemas y de sus soluciones. No importaba en qué posición estuviera cada uno. Yo le decía: “Eres muy táctico, tienes la capacidad de regate y de resolver los problemas inmediatos. Pero, claro, para ser como Messi hay que levantar la cabeza para ver dónde está el cielo”. Y a él le hacía mucha gracia. Como era tan del Madrid...»
Se le describía a veces en su entorno, en efecto, como un político con mejores dotes para la solución de los problemas inmediatos que los de largo plazo. Él lo asumía con bastante naturalidad, casi como si se tratara de una broma. En una de sus conversaciones con González, al poco de entrar a formar parte del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero como ministro del Interior, el expresidente recuerda que Rubalcaba le comentó: «Tú que siempre dices que soy muy táctico, espérate, ahora que estoy en este Gobierno, que no es como los tuyos, yo aquí en este Gobierno soy Mao Tse-Tung en la Larga Marcha. ¿Tú crees que yo miro corto? Pues aquí yo soy Mao Tse-Tung».
En todo caso, su fama de poseer más cualidades para la táctica que para la estrategia responde solo parcialmente a la verdad. La mayor obra de su vida, el final de ETA, fue la consecuencia de una delicada planificación estratégica que exigió la coordinación de múltiples factores durante mucho tiempo y en muy diversas circunstancias. Lo mismo puede decirse de su papel en la crisis de Cataluña o de su implicación en la abdicación del rey Juan Carlos. Pero también es cierto que brilló más como número dos que como número uno, aunque, como veremos más adelante, las condiciones en las que asumió el liderazgo de su partido prácticamente lo condenaban de entrada al fracaso. Rubalcaba tomó el mando de un PSOE en pleno proceso de transición y bastante hizo con sostenerlo mientras estuvo el frente. Como se vería pocos años después, ese partido de Felipe González que Rubalcaba consiguió extender en el tiempo hasta 2014, estaba condenado a dejar de existir, al menos en la versión que conocimos.
Este libro también es, en ese sentido, una historia del PSOE, porque esas siglas son indisociables de la figura de Rubalcaba. Militante con carnet del PSOE desde 1974 —aunque en realidad se incorporó al partido en 1977— hasta su muerte, su huella ya es visible en algunos de los principales acontecimientos de los primeros diez años de ese periodo y aparece prácticamente en todo lo relevante ocurrido en los veinte últimos. Ninguno de los grandes sucesos en el Partido Socialista en esas dos últimas décadas puede explicarse sin acudir a Rubalcaba, cuya ausencia definitiva en el partido, a partir de la victoria de Pedro Sánchez en las primarias de 2017, supone también el final de un periodo histórico. Hasta Sánchez, todos los líderes del moderno Partido Socialista —Felipe González, Joaquín Almunia y José Luis Rodríguez Zapatero— habían contado con Rubalcaba para misiones de alta responsabilidad. En el caso de Zapatero, prácticamente como un segundo presidente del Gobierno, seguramente como la figura que le dio consistencia a ese Gabinete.
Algo similar puede decirse de la reciente historia española. Tanto desde el Gobierno como desde la oposición, el nombre de Rubalcaba aparece relacionado con casi todos los episodios relevantes de las dos décadas pasadas. Sin duda, el final de ETA y el relevo en la Corona son los hechos que han quedado en la memoria colectiva. El primero porque constituye un hito que permitió normalizar definitivamente nuestra democracia. El segundo porque se percibió como un acto de generosidad y de responsabilidad extraordinario por parte de alguien con convicciones republicanas, dirigente de un partido de ideas republicanas y que era consciente de que se tendría que enfrentar a la incomprensión de muchos de sus compañeros y de otros en la izquierda.
Los próximos capítulos abordarán esos acontecimientos, pero también se mencionará a Rubalcaba en relación con otros asuntos de gran relevancia a los que estuvo vinculado de forma decisiva y en ocasiones muy polémica, como la negociación del Estatuto de Cataluña durante el periodo de Pasqual Maragall, los atentados islamistas del 11 de marzo de 2004 que provocaron un vuelco en los resultados electorales o, más recientemente, la crisis de Cataluña tras la decisión inicial de Artur Mas de renunciar a la vía constitucional y optar por la independencia.
Aunque su entierro fue el que merecía, nadie hubiera podido imaginarlo poco tiempo antes. Rubalcaba pasó los últimos meses de su vida encerrado en su facultad y en su vida privada, rodeado de sus familiares, sus amigos y sus alumnos. Estaba satisfecho con lo que hacía porque se conformaba con poco y nunca fue un hombre de grandes ambiciones personales ni era partidario de llamar la atención con conflictos de carácter personal. Pero los últimos contactos con los nuevos líderes de su partido habían sido tensos y frustrantes. Vio con decepción cómo castigaban a sus amigos por el simple delito de serlo y cómo a él mismo lo ignoraban sin explicación alguna.
Fue el último, pero no el único contratiempo que tuvo en la política. Siempre recordó como especialmente dolorosas las manifestaciones que el Partido Popular organizó en su contra durante la negociación que dio lugar al anuncio del final de las actividades terroristas de ETA. El hostigamiento del PP durante todo aquel proceso complicó enormemente el trabajo de Rubalcaba y enrareció mucho el clima político. En uno de los debates en el Congreso en 2007, con ocasión de la huelga de hambre que mantenía en prisión el etarra De Juana Chaos, Rubalcaba, entonces ministro del Interior, pronunció, en medio de un intercambio de acusaciones muy áspero, una frase que representa muy bien su filosofía política: «Y le diré más, yo no renuncio a que alguna vez ustedes [dirigiéndose al portavoz del PP, Eduardo Zaplana], nosotros y el resto de los grupos podamos sentarnos y recuperar esa unidad. No renuncio porque, créame, lo peor de todo no es para el Gobierno, aunque es malo que se rompa la unidad, faltaría más, lo peor es, de verdad, que debilita al Estado, nos debilita frente a aquellos que son sus enemigos y los nuestros».
La carrera de Rubalcaba no fue un camino de rosas. Conoció más derrotas que victorias, aunque estas siempre fueron más trascendentes. Aunque gozaba de un excelente sentido del humor, su figura política siempre estuvo rodeada de un halo levemente trágico. Nunca encarnó la imagen de un triunfador. En parte porque siempre permitió que otros se adueñasen de sus triunfos. Nunca se esforzó en poseer carisma ni se prestó, como hacen gran parte de sus compañeros de oficio, a someterse a los humillantes requerimientos de los jefes de imagen y gurús del marketing. Gustaba a los que gustaba y con eso le era suficiente.
Con su muerte, España reconoció la figura política descomunal que sobrepasó con mucho su propia voluntad de éxito. Él no se vio nunca a sí mismo como un presidente del Gobierno, pero no había ni en su generación ni en la que le ha sucedido nadie más dotado para ese cargo, un personaje de su talla, con similar conocimiento del Estado, con semejante sentido de la responsabilidad.
Habrá quienes se nieguen a abordar la lectura de estas páginas simplemente porque el protagonista es un socialista. Quizá habrá otros que busquen en ellas argumentos para justificarlo todo en nombre de la defensa del socialismo o de la izquierda. Tanto unos como otros se equivocan. Sí, Rubalcaba era un socialista, aunque es verdad que se sentía últimamente más cómodo con la denominación «socialdemócrata». Quiso ser socialista en su juventud porque entendía que era el mejor camino hacia la libertad, primero, y hacia la igualdad y la justicia social, después. Pero despreciaba el sectarismo en un político tanto como la arbitrariedad o la frivolidad.
Por significativa que sea la contribución de Rubalcaba a la historia de España, él se hubiera resistido a toda pomposidad. Excesivamente modesto, de haber podido, se hubiera resistido, incluso, al entierro que se le organizó. Entendía la política como un servicio a la comunidad y nunca esperó recompensa por ello. Por tanto, este es, en definitiva, un libro sobre un hombre decente y un político honesto. También sobre un gran profesional, un buen político, un político con mayúsculas, de los que dignifican una profesión tan maltratada por otros. Un político que no todo lo hizo bien, pero que hizo muchas cosas bien, en beneficio de sus compatriotas. Rubalcaba pronunció una vez esa frase célebre y premonitoria de que «en España se entierra muy bien». En su caso, con todo merecimiento.
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Del Colegio del Pilar a la agrupación de Chamberí
¿Los líderes nacen o se hacen? ¿Cuál es el mayor legado de un líder, su vida o su obra? ¿Cómo es el buen líder? No son dudas fáciles de resolver. Hay líderes que descuellan pronto, en su juventud, por temperamento y actitud. Hay líderes sorprendentes, con los que nadie hubiera contado. Hay líderes que sufren reveses y desengaños continuos antes de triunfar. Los hay que se encuentran con el éxito casi por accidente o por los errores de todos a su alrededor. Hay líderes efímeros, oportunistas, y los hay imperecederos. Hay líderes artificiales, falsos, y los hay cercanos, reales, reconocibles; los primeros suelen ser arrogantes e insolentes, los segundos, sencillos. Hay líderes que, en realidad, nunca lo fueron, y otros que lo fueron casi sin querer. Hay líderes que, teniendo todas las cualidades de un líder —inteligencia, fuerza, capacidad de sacrificio y de empatía—, se reservan en un segundo plano, y otros que, sin poseer ninguna de ellas, se lanzan sin recato hacia la gloria. Hay líderes contradictorios, inconsecuentes, y los hay sólidos, permanentes. Todos conocemos líderes osados hasta la temeridad y otros prudentes; unos vanidosos y otros humildes. Ciertos países son víctimas en algún momento de un mal líder y otros tienen en ocasiones la fortuna de contar con el mejor. El destino de una nación depende a veces de eso.
¿Qué clase de líder fue Alfredo Pérez Rubalcaba? Para responder a esto, es conveniente atender primero a otra pregunta que nos hace la historiadora norteamericana Doris Kearns Goodwin: «¿Es posible el liderazgo sin un propósito mayor que la ambición personal?». El verdadero liderazgo, el liderazgo positivo, no lo otorga la consecución de un título, de un rango, de un cargo, la victoria en una batalla individual, sino la construcción de un ejemplo imperecedero. No es un líder simplemente el que alcanza el poder, todo el poder, sino el que administra con desprendimiento y buen juicio el que le ha correspondido ejercer. El liderazgo de Rubalcaba estuvo siempre inspirado en el servicio a los demás, a su familia, a sus jefes, a su profesión, a su partido, a su país. En ninguna de las grandes decisiones a lo largo de su carrera antepuso jamás el interés propio sobre el beneficio colectivo. No trabajó en la defensa de su ambición personal ni siquiera cuando debió hacerlo.
Rubalcaba alcanzó con su muerte el reconocimiento que se otorga a los más grandes por sorpresa, casi por aclamación popular, sin haber alcanzado la cumbre de su carrera y sin que la historia oficial lo hubiera previsto así. No respondía al patrón ni reunía las cualidades de un líder político convencional. Le sobraba prudencia y le faltaba temeridad para serlo. Su naturaleza no le permitió jamás comportarse como un líder y su inteligencia le impedía verse a sí mismo en ese papel. Cada vez que a lo largo de su carrera se le dio la oportunidad de asumir el protagonismo, lo dudó o acabó negándose. Cuando finalmente estuvo al mando fue porque ya no le quedaba más remedio. Como aspiración lógica de quien tantos años se dedicó a la política, se alegró de ser secretario general de su partido, y estoy convencido de que le hubiera gustado también llegar a ser presidente del Gobierno, pero ni una cosa ni otra las buscó con el afán ilimitado con el que seguramente hay que hacerlo. Las comparaciones que se le hicieron con Maquiavelo son de las más desafortunadas que puedan haberse concebido jamás porque no había ser más contrario que Rubalcaba a la teoría del líder amoral que se siente por encima del bien y del mal. Se veía a sí mismo incluso por debajo de los méritos que otros le reconocían. No llevaba anotaciones de su actividad cotidiana, simplemente porque no creía que esta constituyera el preludio de su futura notoriedad, ni pensó jamás en escribir sus memorias. Cuando en una entrevista le preguntaron si contemplaba esa posibilidad, contestó: «No, lo olvidaré todo». A quienes trataron de convencerle, una vez acabada su actividad política, de que reuniese su legado en una fundación o algún otro instrumento que permitiera conservar su memoria, les respondió con escepticismo sobre su verdadera contribución a la vida pública y sobre la trascendencia de su propia figura. Sus parientes y amigos más cercanos saben que le hubiera ruborizado el funeral con el que le obsequiaron y muchos de ellos dudaron incluso sobre su contribución a este libro, conscientes de que muy posiblemente el propio biografiado no lo hubiera permitido.
La mayor parte de su vida estuvo cómodo en el papel de número dos, lo que hizo que algunos de los que fueron sus jefes a lo largo de su vida no llegasen a valorar adecuadamente todas sus virtudes. Bien sea por sentido de la responsabilidad o por timidez, se mantuvo la mayor parte de su carrera en segunda línea. Aunque quizá eso fuera también una prueba de su astucia, puesto que, desde esa posición, llegó a veces a ejercer más influencia y a tener más poder que alguno de quienes estaban formalmente por delante de él. Le gustaba el poder, entre otras razones porque siempre sostuvo que no existía otra vía para cambiar verdaderamente las cosas, pero prefería ejercerlo antes que exhibirlo. Le gustaba mandar, pero era partidario de hacerlo discretamente, procurando generar el menor ruido y, siempre que fuera posible, buscando aliados. Aunque era capaz de entender la necesidad de adaptarse a los tiempos, odiaba el marketing en la política tanto como a los asesores de imagen, a los que siempre mantuvo a una prudencial distancia. Sabía que la fotogenia no era su fuerte, pero tampoco intentó nunca mejorar, ya fuera ligeramente, sus condiciones naturales. No creía en la erótica del poder ni le interesaba la política como un instrumento para el ascenso personal. Eso del carisma le parecía una patochada y una frivolidad. Él creía en el trabajo y en el talento; lo demás solo eran trampas y pretextos. Su ambición no era, desde luego, figurar en un póster colgado en una pared, sino en los libros de historia como un hombre que contribuyó a hacer la vida mejor para todos. Esa era su concepción de la política, la del servidor público que, como dice su amigo Manolo López, se sentía obligado a no llegar a casa antes de las nueve de la noche porque entendía que estaba robando el dinero del contribuyente. Poseía esa cualidad de viejo militante de izquierdas de la honestidad con el trabajo. «Tenía una ética del trabajo bien hecho que yo lo entiendo como respeto con los ciudadanos», dice López.
LA CONDICIÓN DE UN BUEN POLÍTICO
La verdadera trascendencia de Rubalcaba es su calidad como político. Ese es un valor imperecedero, no la fama ni la adulación que acompañan frecuentemente a los líderes políticos. Es por su condición de gran político por lo que su huella en el Partido Socialista y en la política española es profunda e imborrable. Es por eso por lo que, a medida que vamos conociendo otros estilos y otros políticos, su figura crece y seguirá creciendo aún más con el transcurso del tiempo. «La ausencia de Alfredo hace descollar las carencias de los demás», dijo Alfonso Guerra en un acto de homenaje.
Precisamente porque Rubalcaba no fue un político común, conseguía desorientar a sus colegas, tanto compañeros como rivales, que confundían frecuentemente su discreción y mesura con intriga y sagacidad. Ciertamente no era un ingenuo. Sabía que la política implicaba ganar, derrotar y hacer enemigos, por mucho que él procurara que estos últimos fueran los menos posibles. A lo largo de su dilatada trayectoria tuvo que tomar muchas decisiones difíciles, algunas de las cuales han sido con todo merecimiento motivo de controversia y de crítica. Aunque buscaba siempre la opción más segura, también tomó algunos riesgos, acertó a veces y se equivocó otras muchas. Con su muerte parece haberse olvidado que estuvo con asiduidad en el centro de la diana, en ocasiones con razón y otras sin ella. Cuando se retiró, dejó muchos más amigos que enemigos en la política. Incluso los diputados con los que más feroces fueron sus disputas en la Carrera de San Jerónimo, lamentaron después sus rencillas, se reconciliaron con él y mostraron lo que parecía sincero dolor al conocerse su muerte.
La personalidad de Rubalcaba tenía algo de camaleónica. Al ser, quizá por su formación científica, eminentemente práctico, intentaba adaptarse a las situaciones que se le fueron presentando y a las personas con las que le tocó ir trabajando con el propósito de que los resultados fueran siempre los mejores posibles. Era un gran ejecutor. Resolvía los problemas. Pero también era lento para decidir y observaba cada asunto desde mil perspectivas y con todas las derivadas posibles antes de optar por una solución. El proceso de toma de decisiones le atormentaba. El miedo a fracasar, a no estar a la altura, al escarnio público, lo perseguía día y noche antes de cada decisión, a veces de forma obsesiva. Siempre conseguía reponerse y avanzar, pero a costa de un gran sufrimiento y desgaste.
Un adjetivo muy unido durante mucho tiempo al nombre de Rubalcaba ha sido el de «conspirador». Hasta algunos de sus compañeros y amigos lo mencionan aludiendo a su gusto por el intercambio constante de información y de ideas —también de chismes— sobre determinados acontecimientos. Era, dicho llanamente, de los que les gustaba estar en la pomada, de los que no quería quedarse fuera de juego. Disfrutaba de una sobremesa bien cargada de especulaciones y escenarios variopintos. Era también un maestro de la retórica y el análisis político, y es fácil que eso conduzca a la imagen de un conspirador. Como político, Rubalcaba era indudablemente un personaje complejo, con muchas aristas, fruto de las muchas y muy diferentes circunstancias en las que había tenido que actuar.
La biografía de Rubalcaba, como dice Miquel Iceta —un amigo al que respetaba por su talento pese a lo mucho que discrepaban—, «es un océano». «Rubalcaba ha sido bombero, ha sido arquitecto, ha sido maestro, ha sido policía, ha estado en todos los líos y, efectivamente, en todas las conspiraciones. Pero, por encima de todo, ha sido un buen político, que no es fácil. Si tú preguntas a la gente que te diga el nombre de un buen político, no vas a obtener una respuesta fácil. Te pueden decir el nombre de un político por el que han votado, de un político al que siguen, pero es difícil dar el nombre de un buen político. Rubalcaba era eso, un buen político, y ha quedado para siempre el sentimiento de que hemos perdido a un buen político.» Para Eduardo Madina —el heredero que no llegó a serlo—, era incluso más que un buen político, era el mejor político: «La mejor cabeza que ha dado la política seguramente en los últimos treinta o cuarenta años, en el sentido de una cabeza completa. Porque Felipe [González] es un genio, pero Felipe no te negocia una Proposición No de Ley [PNL] y una enmienda. Alfredo sí. Felipe no te prepara una rueda de prensa. Alfredo sí. Ni ayuda a un portavoz de cuarta a que prepare su comparecencia en el Congreso. Alfredo sabe hacer eso. Tiene en la cabeza setenta variables. Y todas muy altas».
La experiencia me ha llevado a pensar que es muy difícil ser una buena persona y un buen periodista al mismo tiempo. Probablemente, lo mismo puede decirse de la política. En el caso de Rubalcaba, a menos que las personas que le conocieron de cerca mientan mucho, sí se produjo esa coincidencia. «Era el mejor amigo posible, mi mejor amigo», afirma José María Maravall, que fue quien lo ganó para la causa del servicio al Estado. «Es un político con gran capacidad táctica y comunicativa, pero sobre todo es un hombre honesto a carta cabal, sencillo, no preocupado de las parafernalias del poder, ni muchísimo menos del dinero», opina Joaquín Almunia. «Es un político que ha ido acumulando convicción en torno a unos valores, los propios de un partido socialista, socialdemócrata, a la vez, sin ser un ideólogo, con gran empatía con la gente, con capacidad de establecer relaciones de amistad con gente que no era exactamente de su cuerda, un trabajador infatigable, un político de primer nivel.» Representante y heredero, además, de una generación extraordinariamente brillante, la mejor generación política del siglo XX en España. «Mucha gente como Alfredo, como yo», añade Almunia, «como tantos otros, que en un momento determinado nos fuimos metiendo en la actividad política por estar contra Franco, y de repente te encuentras con que te has convertido en político, y empiezas a tener responsabilidades, responsabilidades que no has buscado, pero por las que tienes que responder. Ahora la gente se mete en política, incluso aquellos que dicen que están en contra de los políticos tradicionales, incluso aquellos que dicen “¡vaya personal político que tenemos!”, lo buscan, deciden meterse en política desde antes de acabar los estudios. No me gusta llevar al extremo una teoría generacional, pero esa generación de Alfredo es irrepetible. Eso no vuelve a existir.»
Tanto Maravall como Almunia, lo mismo que Madina, hablan de Rubalcaba en tiempo presente, igual que muchas de las personas entrevistadas para este libro, no solo por lo reciente de su desaparición, sino por lo extraña que se les hace la vida sin él. ¡Tanto se habían acostumbrado a su presencia! ¡Tanto se habían acostumbrado a que siempre estuviera disponible! Lo dijo su sobrina Alicia en su funeral: «Era la persona a la que siempre podías llamar». Lo dice Felipe González: «Siempre estaba, su disponibilidad era de 24 horas sobre 24 horas». Lo dice Elena Valenciano, su amiga del alma, su más fiel colaboradora: «Sigo sin saber qué hacer sin él». Lo dice Goyo Martínez, su mano derecha en el Ministerio del Interior y estrecho colaborador y amigo el resto de su vida: «Era un hombre que se preocupaba por ti, que siempre estaba dispuesto para ti». Lo dice Iceta: «Lo primero que pensé cuando murió es: ¿ahora a quién vamos a llamar?». Ramón Jáuregui, otro de los admiradores de Rubalcaba y al mismo tiempo admirado por él, destaca que «fue un hombre que, literalmente, allí donde estuvo, donde el partido le pidió estar, acabó convirtiéndose en un personaje necesario, imprescindible. Ningún jefe podría prescindir de él. Ningún número uno podía serlo sin que él fuese su número dos».
Esa disponibilidad era en gran parte la consecuencia de su modestia y de su carácter. Siempre fue así, ya desde su niñez y mucho más a lo largo de su carrera como político. La serenidad con la que Rubalcaba fue ejerciendo los papeles que le tocó interpretar, fueran estos más grandes o más pequeños, la resignación con la que asumió sus derrotas y el escepticismo con el que recibió sus victorias son pruebas inconfundibles de su inteligencia, pero también una consecuencia del equilibrio emocional del que disfrutó prácticamente durante toda su vida.
Aunque su carácter era inquieto y su personalidad algo desasosegada, Rubalcaba fue, al mismo tiempo, un hombre de espíritu tranquilo; mejor, de conciencia tranquila. Era capaz de disfrutar de lo que tenía sin mirar con celos los éxitos de los demás. No buscó el dinero ni la fama ni la aventura. Vivió felizmente la vida que le tocó y supo sacar lo mejor de cada circunstancia que se le cruzó por delante. De hábitos sencillos, casi espartanos, era de los que prefería una cena con sus sobrinos a una gala en el Palacio Real. Rechazó el lujo, la pompa, cualquier comportamiento pretencioso. Sus vicios se limitaban al buen vino y los buenos puros. Sus aficiones más extravagantes eran la música y el deporte, ambas disfrutadas, además, desde el sillón de su casa, no en la sala de conciertos o el estadio. Gozaba como nadie de una larga tarde de waterpolo, esgrima, hockey o cualquiera de esos deportes minoritarios que dan por la televisión cada vez que se celebran los Juegos Olímpicos.
Mantuvo hasta el final los amigos de su juventud. Con ellos compartió desde su etapa universitaria largas veladas los sábados por la noche en el restaurante Arrumbambaya, en la calle Libertad, y después en Sazadón, en la calle Gaztambide. Con ellos viajó por toda Europa y disfrutó de veranos en Asturias, con Jaime y Pilar, con Jose, con Herrero, con Chichi, con Estrella, Margarita, Odón, Teresa, Rosa, Manolo, Joaquín, con Ana, con Lourdes y otros muchos que le garantizaron a lo largo de los años una vida plagada de conversaciones y buena compañía, gente de confianza a la que quería sin nada a cambio.
Siempre estuvo casado con la misma mujer, su novia de la universidad, Pilar Goya, científica como él. Siempre vivió en la misma casa, en Majadahonda, y pasó casi todas sus vacaciones veraniegas en el mismo concejo de Asturias, el concejo de Llanes, donde alquilaba casi siempre la misma casa hasta que no fue posible y tuvo que trasladarse a otra muy similar que estaba a tiro de piedra. Estrenó pocos coches en su vida, entre su primer y legendario Citroën 2CV y el último, un Skoda Fabia. No le atraían los últimos modelos de teléfono ni las últimas tendencias en el vestir, ni siquiera, para pesadilla de sus asesores, cuando una campaña electoral recomendaba una cierta modernización del atuendo. Frugal en el comer —especialmente desde que le diagnosticaron el mal de anisakis, después de probar unos boquerones en vinagre—, le escandalizaban los excesos gastronómicos de los demás.
Hacía cola en el cine, esperaba mesa en los restaurantes y su casa estaba reservada exclusivamente para los amigos de verdad, entre los que no figuraban famosos ni poderosos de ningún género. Jamás hizo uso de las prebendas de sus cargos. Utilizó el Falcon oficial del que dispuso durante años solo cuando sus colaboradores eran capaces de convencerle de que resultaba más barato que un vuelo comercial. No permitió que se cambiara el mobiliario o la decoración de las oficinas públicas a las que accedió para no gastar en lujos superfluos el dinero de los ciudadanos. Obligaba a sus acompañantes a utilizar solo en viajes oficiales los puntos que obtenían por vuelos financiados con recursos del Estado. No se prestaba a las fascinaciones que rodean al poder ni aceptó nunca otro trabajo al margen de la política que no fuera el de su aula en el curso de Química Orgánica I en la facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Complutense de Madrid. Como dice Elena Valenciano, «solo le atormentaban la vejez y la muerte; el paso del tiempo, en realidad».
UN CHICO EJEMPLAR
Hijo de Alfredo Pérez Vega y de María Dolores Rubalcaba Cabarga, cántabros ambos, el político a quien siempre conocimos por el apellido de su madre nació en Solares en 1951, por voluntad del matrimonio, que para entonces ya se había trasladado a Madrid, pero prefirió que el niño viera la luz por primera vez en el pueblo del que su madre procedía y donde se sentía más acompañada y protegida, algo bastante frecuente en esa época. Alfredo era el segundo de cinco hermanos, dos de ellos —primera y cuarta— mujeres, Mariló y Elena, y dos chicos, tercero y quinto, Alejandro y Javier. Con todos jugó intensamente en la infancia y con todos mantuvo estrecha relación en su vida adulta. Tras unos primeros años en un piso de la calle Santa Cruz de Marcenado, en el barrio de Argüelles, la familia se trasladó a la que sería su residencia para el resto de su vida en la calle del General Oráa, número 69, cuarto derecha, en el madrileño barrio de Salamanca. Alfredo pasó el parvulario en un colegio de monjas próximo a la vivienda, hasta que a los siete años ingresó en el célebre Colegio del Pilar, centro de formación de destacados dirigentes políticos y económicos de esos tiempos. Su compañero de partido Javier Solana había pasado por esas aulas unos años antes, como lo hicieron, entre otros, José María Aznar, Juan Luis Cebrián y Luis María Anson, con quienes le tocaría lidiar intensamente a lo largo de su vida.
Aún les cuesta un enorme esfuerzo a sus hermanos abrirse a relatar públicamente la infancia de Alfredo, quien siempre procuró que su actividad no interfiriera en la vida del resto de la familia y les recomendó a todos la máxima discreción con la vida privada. De hecho, esta era la primera vez que su familia hablaba con un periodista. Los primeros recuerdos que se les vienen a la cabeza son los de sus vacaciones en El Escorial. Alfredo era de la pandilla de los mayores, en la que, por supuesto, no dejaban entrar a los más pequeños, por lo que recaía sobre él la responsabilidad de ocuparse de sus hermanos menores, de entretenerlos y asegurarse de que estaban bien.
Era muy protector, los llevaba al pico de Abantos y a hacer excursiones. Fueron unos años fantásticos. Para los cinco fueron los mejores años de sus vidas. Para Alfredo también. «Eran veranos idílicos», cuenta Elena, una de las hermanas, «con una libertad brutal, veranos llenos de juegos, de pinos, de tortilla por la tarde en medio del campo. A la piscina íbamos solo cuando venía nuestro padre porque la casa que alquilábamos, siempre la misma, no tenía piscina, así es que teníamos que ir a una piscina que había en El Escorial de abajo, la Prado Tornero, a donde solo podíamos ir en el coche de nuestro padre cuando venía de viaje.»
El propio Rubalcaba reveló a José Luis Barbería en El País una aventura de los veranos de El Escorial, cuando se levantaba algunos días a las siete de la mañana para ayudar a decir misa en el convento de las Carmelitas Descalzas: «Eran monjas de clausura, pero el otro monaguillo, que creo que se llamaba Santi, y yo las veíamos cuando iban a comulgar. Jugábamos a ponerles cara a sus voces y un día se nos ocurrió colarnos en el torno del convento para ver a la monja de una voz muy dulce que atendía aquellos días. Santi se metió primero, yo lo hice girar, pero él dio la vuelta sin haber visto a nadie. Luego me tocó a mí y yo me encontré ante una monja horrorizada que exclamaba: “¡Qué malos, qué malos sois!”. Nunca hubiéramos acertado con su cara porque, pese a aquella voz angelical, era la mayor del convento».
Otro recuerdo muy importante de la familia evoca la fiesta de Reyes. Era el día que más le gustaba del año. Le gustaba mucho la Navidad, incluso ya de mayor le gustaba, nadie sabe por qué. El padre, que era piloto de Iberia, decidió en esos años montar una papelería. En esos tiempos las revisiones médicas a las que se sometía a los pilotos eran muy estrictas y Alfredo Pérez Vega quería garantizar el bienestar de la familia. Abrió su negocio en la plaza de Quevedo, donde se reunía toda la familia cada noche de Reyes, según recuerdan los hermanos. «Teníamos costumbre de juntarnos todos en la tienda, que entonces abría hasta las doce de la noche, y nos íbamos después a cenar con los empleados a Casa Adolfo [un restaurante que aún existe en la calle de Bravo Murillo]. Estuvimos haciendo eso un montón de años. Cuando llegábamos a casa después de cenar, los hermanos mayores se quedaban preparando los regalos. Alfredo era el encargado de escribir las notas que se dejaban con los juguetes, notas de esas de “hay que aplicarse más en matemáticas” y cosas así. Es un recuerdo muy valioso para todos los Pérez Rubalcaba.» Alfredo era muy familiar, muy tradicional, «de esos a los que les encantan las luces navideñas», corrobora Pilar Goya.
Todos recuerdan a su hermano como un niño con el que era fácil llevarse bien, colaborador, independiente y tranquilo, aunque tenía su carácter a veces y se enfadaba en ocasiones por cosas de la familia o por otras preocupaciones que él traía a casa. Era concienzudo y aplicado. Y tierno. Curiosamente, esta es una faceta que destacan muchos de quienes le conocieron más íntimamente, su propensión a la emoción espontánea por los motivos más vulgares. Fue un gran atleta. Desde los dieciséis años acudía casi todas las tardes y algunos fines de semana a entrenar al estadio Vallehermoso de Madrid, donde llegó a correr los 100 metros en 10,9 segundos en 1971 y los 200 metros en 22,4 segundos un año después. Estuvo preseleccionado para los Juegos Olímpicos de 1968 en México, aunque no consiguió ser incluido en la lista final. Poco después sufrió una rotura fibrilar en un entrenamiento y, aunque intentó volver más tarde, ya no consiguió nunca repetir su mejor rendimiento anterior y acabó dejándolo. Después de haber formado parte del deporte de élite, perdió interés por su práctica como aficionado. Nunca volvió a vestir un chándal para trotar por las calles, como se hizo posteriormente tan habitual, aunque sí jugó al fútbol con sus amigos durante muchos años y practicó algún otro deporte más reposado como la natación o el ping-pong.
En aquellos fines de semana, Rubalcaba sumaba al atletismo su afición por el Real Madrid, que terminó siendo una de sus pasiones eternas, primero compartida con el resto de sus hermanos, con quienes a veces acudía al Bernabéu, y después con su más íntimo amigo, Jaime Lissavetzky. «Ese era el único tema con el que perdía el control», comenta este. Durante muchos años los dos tuvieron abonos juntos en el segundo anfiteatro del estadio, junto a su gran amigo Jose, que era del Barcelona, pero cuando ambos se fueron haciendo más conocidos y más cómodos, prefirieron ver los partidos en la televisión, con mejor vino, menos ruido, pero no menos intensidad. Su madridismo era tan conocido y tan innegociable que el presidente Florentino Pérez le ofreció trabajar para el club en una posición institucional cuando dejó la política. Como a otras propuestas de buenos empleos, Rubalcaba dijo amablemente que no.
Los años adolescentes de Rubalcaba fueron una combinación de estudio y deporte, muy acorde con el entorno conservador y ordenado en el que creció. Pero le empezaron a rondar enseguida por la cabeza otras preocupaciones, otros intereses que no estaban previstos. En esa época la palabra «política» era tabú, por lo que cualquier motivación distinta a la que se le suponía a un niño de catorce años solía confundirse con vocación religiosa. Así, durante varios años Alfredo estuvo yendo los fines de semana al barrio de Orcasitas a dar clases, como labor social, a la mujer y los hijos de un ordenanza que Alfredo había conocido en algún momento. Era el tiempo en el que escuchaba a los cantantes protesta de la época en el tocadiscos familiar. Vivió en la casa de los padres hasta su matrimonio, y aún después dejó durante muchos años su habitación ocupada con algunas de sus cosas, sus libros —entre ellos la famosa colección de Los Cinco de Enid Blyton— y su extensa colección de jarras de cerveza.
Los recuerdos de su hermana Elena saltan de la adolescencia a la campaña electoral de 2011, cuando Rubalcaba era el candidato a la presidencia del Gobierno. Elena trabajó como parte de su equipo más cercano en esa ocasión sin que casi nadie conociera su verdadera identidad. Fue la primera y única vez que participó en la actividad política de Rubalcaba. Elena trae ahora a la memoria una conversación con Alfredo, un poco alarmada por el ambiente que se vivía esos días en la sede del PSOE, algo que no sorprendería a quienes conozcan de cerca el mundo de la política, pero que sí llamó la atención de una aficionada que estaba allí fundamentalmente por amor a su hermano. Elena disfrutó mucho de esa experiencia y conoció a gente interesante, distinta a la que había tratado hasta ese momento. Pero también fue testigo con cierto espanto de las habituales rencillas internas en un partido, de los celos y las tensiones comunes en la política.
Su hermano Javier, el pequeño de la familia, cree haber descubierto las cualidades de Alfredo desde muy pequeño, casi desde que lo conoció. Javier cuenta una anécdota que en su opinión ilustra lo que su hermano mayor representó para él en su vida. «Mi hija tenía muchas dudas con su química del bachillerato y yo, que no sé mucho de ciencia, no podía ayudarla. Llamé, como siempre, a mi hermano y, como siempre, obtuve respuesta rápida: “Vente”. Comenzó la clase a mi hija y yo, que había sido un simple chófer, abrí mi ordenador con el firme propósito de no molestar. Acabé escuchando una lección magistral de mi hermano mayor a su sobrina. Me di cuenta de su enorme talla y de su inmensa humildad. Aquello fue un ejercicio ejemplar de capacidad didáctica, paciencia, sensibilidad, profundidad, un glosario de las virtudes que en mayor o menor medida deberían de tener todos los docentes. Todo ello con la sempiterna muletilla de Alfredo: “Lo ves, ¿no?”.»
«Lo ves, ¿no?» No recurría a esa pregunta retórica, que todos quienes le conocían le han escuchado tantas veces, porque tuviera dudas sobre la claridad de su exposición, sino porque quería estar absolutamente seguro de que su interlocutor le había entendido correctamente. No cejaba hasta convencerse de que su explicación había servido para algo. «Lo ves, ¿no?» Porque si no acababas de verlo, te lo volvía a explicar. Igual que lo dio todo para resolver las dudas de su sobrina sobre su asignatura de química, lo dio todo siempre para alcanzar la excelencia en cualquier orden de su vida. Dicen que eso era una de las secuelas del Pilar.
JAIME Y EL CAMINO
Rubalcaba conservaba un buen recuerdo de su paso por el Colegio del Pilar. Allí conoció desde el primer día de clase a Jaime Lissavetzky. Ambos estaban asignados al grupo A y, por lo visto, en ese centro pertenecer a la misma letra marca mucho. Se hicieron enseguida amigos inseparables, de los que estaban juntos en el recreo y se juntaban después de clase en la casa de alguno de ellos para merendar y hacer los deberes. Jaime aún recuerda la voz de Alfredo en el patio del colegio pidiéndole compartir la pelota al grito de «¡Pasa, Lisa, pasa!». Juntos escribieron un pequeño cuento titulado El Camino que obtuvo el premio nacional de redacción. «Desde los primeros años en el colegio, Alfredo era un referente. A donde llegaba era el centro de la reunión. Siempre tenía algo interesante que decir, siempre conseguía que cualquier cosa que contaba interesara a la gente. Tenía un magnetismo especial. Era, ya desde niño, una persona muy atractiva intelectualmente», recuerda Lissavetzky.
Ni Alfredo ni Jaime eran conscientes en esos años de pertenecer a un colegio que instruía a las élites. Ellos no se creían élite. Ellos iban al colegio, punto; iban a ese colegio en particular, punto. Más o menos fueron entendiendo que el hecho de estar allí los convertía en miembros de una especie de corriente de pensamiento, lo que se llamaba «el pilarismo». Soy Pilarista era el nombre de la revista del colegio. Pero ninguno de los dos sabía muy bien lo que significaba eso ni se tenían por unos privilegiados. Tampoco se sintieron nunca objeto de adoctrinamiento ni apreciaron una particular orientación ideológica en las enseñanzas que recibían. Las rutinas del colegio, incluida la misa semanal obligatoria hasta los catorce años, les parecían entonces las normales de la época. Y los profesores del Pilar no les dejaron una huella muy distinta a la que cualquier otra persona pueda guardar de su paso por el colegio. Jaime aún conserva en la memoria el nombre de Juan de Isasa, el profesor de Física de ambos y, posteriormente, muy amigo de Alfredo, así como también recuerda la relación que estableció Alfredo con el sacerdote Luis Castro. El colegio era para ellos el lugar en el que estudiaban y se divertían, poco más. Salieron del Pilar sin rencor al acabar el PREU y no volvieron a tener relación con él hasta que ambos acudieron en 2018 junto al resto de sus compañeros de entonces a la comida por el 50.º aniversario de su graduación.
Más o menos influido de alguna forma por la educación del Pilar, Rubalcaba conservó un firme sentimiento religioso hasta los dieciséis años, tal como él mismo contó en varias entrevistas. Era, desde luego, un acercamiento a la religión más social que místico, como muestra su labor en Orcasitas, y una alternativa lógica en un chaval con inquietudes y talento. Y era también la consecuencia natural del ambiente en el que creció en la España de los años sesenta. Al adentrarse en la adolescencia sufrió una crisis de fe y se trasladó ya para siempre al terreno de la laicidad, mucho más acorde con un cerebro exageradamente racional. Esa experiencia de la niñez seguramente facilitó en años posteriores su tolerancia con las ideas religiosas y, en general, con otras que él no compartía o a las que se oponía.
Casi al mismo tiempo que el abandono de la religión, surgieron los primeros encontronazos con su padre, por cuestiones nimias como la longitud del pelo, la vestimenta y algunos detalles sobre la forma en que se suponía que debía comportarse un chico como él. Nada que pasara a mayores, pero sí lo suficiente como para que Alfredo tuviera que hacer el esfuerzo de entenderse con su padre. Alfredo Pérez Vega era entonces un hombre más bien conservador, un típico producto de su tiempo. Llegó a ser piloto de Iberia tras haberse formado en el Ejército. La Guerra Civil le agarró con apenas dieciocho años en el bando franquista y durante diez meses formó parte, según averiguó el periodista Julio Somoano para su libro El monje del poder, del III Batallón de Bailén en la IV División de Navarra, donde obtuvo algunas condecoraciones. Antes del final de la guerra consiguió incorporarse al Ejército del Aire como cabo telegrafista, para inscribirse posteriormente en las escuelas de piloto de Salamanca y San Javier. Fue esa formación y su conocimiento del inglés lo que le permitió en 1946 empezar a trabajar en Iberia, primero como radiotelegrafista de vuelo y luego como piloto. Para entonces, el matrimonio Pérez Rubalcaba había fijado ya su residencia en Madrid.
Un piloto de Iberia pertenecía a lo que en el lenguaje de entonces se llamaba «clase acomodada» y se pudo permitir tener una familia extensa a la que dejó en buena situación económica. Alfredo Pérez Vega no fue un padre especialmente estricto para los cánones de la época, aunque un poco más con las chicas. Pero sus hijos recuerdan que le gustaba que hubiera orden en la casa; había que sentarse a comer a su hora y no podían levantarse de la mesa hasta terminar primer plato, segundo plato y postre. El joven Alfredo, a su vez, empezaba a ser víctima de su tiempo: años sesenta, rock and roll, aires de rebeldía que empezaban a soplar cerca. Las fricciones entre padre e hijo fueron inevitables, pero nunca llegaron a crear un clima de tensión familiar. En alguna ocasión esas tensiones se resolverían con un trato favorable para todas las partes, como cuando Alfredo y Jaime aceptaron una recompensa cada uno de parte de su padre a cambio de afeitarse la barba y la cabeza, lo que les obligó por un tiempo a hacer uso de las capuchas de sus trencas para pasar algo más inadvertidos en el campus universitario.
Por lo general, Alfredo fue capaz de mitigar con facilidad las clásicas discrepancias familiares, no solo con un incipiente don para el compromiso, sino con su brillante expediente académico y, enseguida, con sus primeros éxitos en la política. Años después, en un giro de sus preferencias ideológicas, el padre incluso presumió ante sus compañeros de cabina de votar por el partido de su hijo, el PSOE, donde ya empezaba a despuntar. Alfredo Pérez Vega dejó de volar en 1984 y murió en 2005.
La madre, Lolita, como la llamaba su marido, se ajustó milimétricamente al papel de lo que entonces se llamaba «ama de casa». Había nacido en Solares, donde daría a luz a su hijo Alfredo y donde la familia poseía una carnicería conocida como Carnicería Rubalcaba. Su padre había pertenecido al bando republicano durante la Guerra Civil y pasó después varios años en el penal de El Dueso, en Santoña, algo que Rubalcaba descubrió siendo ya un adulto y sobre lo que obtuvo más información después, cuando ya era ministro del Interior. En ese cargo le encontró la muerte de su madre en 2009. Fueron momentos muy duros, no solo por las razones más fáciles de entender, sino porque entonces Rubalcaba estaba atravesando por un verdadero calvario político en el Ministerio y a esa muerte se sumaron, casi de forma coincidente, las de sus cuñados Luisa y Nacho, el padre de Alicia, y casi un hermano para Alfredo, que fue quien tuvo que darles la noticia a los hijos. El duro ministro del Interior se desmoronó al llegar al funeral de su madre y se echó a llorar.
