1996
2 de enero
Anoche no hubo fiesta en casa, ya casi nunca la hay, me emocionan poco los cambios de hoja de calendario, y despedí al 95 sin pena ni gloria, mirando la televisión con Goyo, tras un encuentro de baja frecuencia con la shakti, Mónica en casa de su amiga PG, yo con mis acostumbradas perplejidades, cavilando que aquí lo que más nos traiciona es el lenguaje, particularmente ese constructo del año de la nana que separa todavía sujeto, verbo y predicado, un constructo completamente inadecuado para expresar el flujo no fragmentado de la existencia, como si el yo y el mundo pudiesen separarse.
12 de enero
Fui a la tele a hablar de eutanasia. ¿Merecía la pena haber ido? Pues no sé, quizá, depende. Juraría que algo de lo que dije, y el modo en que lo dije, ha sonado a verdadero. Lo cual ya es un punto de partida. Un colocarse en el lugar geométrico de los hombres y mujeres de buena voluntad. Por así decirlo.
Era una mesa redonda. El bioético y jesuita Francesc Abel, un hombre honesto y algo colérico, sostiene una postura no muy distante de la mía; al final, lo que nos separa es su temor a los posibles abusos en caso de despenalización de la eutanasia voluntaria. Contraste con la rigidez ideológica de Montse M., del Opus. Me siento especialmente incómodo con esa gente del Opus, con sus sonrisas ortopédicas y su aire falso. En el tema de la eutanasia esgrimen argumentos aparentemente secularizados, pero en cuyo origen está un integrismo religioso puro y duro. Y está claro que carecen de la más mínima empatía compasiva hacia los enfermos que sufren. Que sufren sin esperanza. Piensan: Ante todo, los principios. Yo estoy en las antípodas. Al diablo los principios, y disminuyamos el horror del mundo.
13 de enero
Dice JX que estos últimos días ha leído a Rupert Sheldrake, lo cual le ha servido para iluminar nuestra relación y para explicar ciertas pautas de conducta que tienden a autorreforzarse. Y añade:
–Estoy escribiendo mucho sobre esos temas.
JX (la shakti) trabaja con ordenador, no tiene que usar tippex como yo, y para que no le husmeen sus textos guarda los disquetes bajo siete llaves. A mí no me han convencido todavía para que use ordenador; y me las apaño, más o menos malamente, con mi vieja Olympia. Trabajan de muy distintas maneras los escritores. Juan Carlos Onetti escribía con bolígrafo sobre agendas; Pablo Neruda a mano y con tinta verde; Jack Kerouac sobre un rollo de papel sin fin. Paul Auster sólo usa lápiz. Günter Grass utiliza la Olivetti-Lettera sobre soportes altos porque trabaja siempre de pie. Graham Greene se ponía a la faena de mañana, no sé si a pluma o a máquina, antes de la hora de la sensualidad y el whisky: sobre unas treinta líneas en los días fértiles. Hemingway escribía los diálogos de sus novelas a mano (con lápices recién afilados), las descripciones a máquina, de pie frente a un atril. Azorín se ponía a trabajar al alba, dicen que a máquina. Nabokov tomaba notas en tarjetas de 3 por 5 pulgadas, que luego su mujer pasaba a máquina. W. H. Auden solía meterse en faena tapando previamente las ventanas de su apartamento con lienzos negros. Husserl escribía en taquigrafía, y sus textos eran difíciles de descifrar. John Keats se ataviaba con sus mejores ropas antes de sentarse a componer un poema. Truman Capote trabajaba en posición horizontal, Virginia Woolf lo hacía de pie, Voltaire sobre la espalda desnuda de su amante.
–También he leído a Karen Horney, La personalidad neurótica de nuestro tiempo, un libro antiguo y todavía estimulante.
–Karen Horney me influyó en un tiempo –comento yo– por aquello de la «neurótica necesidad de ser querido». Me sentía retratado. Por cierto, que Karen Horney estudió Zen, y falleció el año en que yo me casé. Aunque también es verdad que el que se casó era otro.
Mientras hablamos, y por alguna razón que se me escapa, me vuelven a la memoria ciertos temores de la víspera, no importa ahora cuáles. Lo cual me desconcentra. Soy un hombre que, de alguna manera, necesita tener las cuentas siempre saldadas, los cabos sueltos bajo control. Si una idea, una emoción, lo que fuere, algo que se vuelve sólido, intercepta mis fluidos mentales, me quedo como bloqueado, sin poder seguir avanzando hasta haber tomado alguna decisión al respecto. Mi mente puntillosa necesita tener controlados todos los detalles. Lo cual es tanto un germen de eficacia como de ansiedad. La terapia Gestalt habla de «unfinished business». Es por esto que escribo un diario y, a ratos, practico una cierta meditación heterodoxa. Porque meditar es desobturar caminos, o algo así, cuando al final ya no hay caminos y uno deja de pensar.
Se lo explico a JX.
–Ayer –le digo– me entró una cierta aprensión, nada importante, pero que todavía me dura e interfiere, y una vez más compruebo mi necesidad de horizontes despejados, «la mesa vacía de papeles», un campo de conciencia libre.
–Tú lo que tienes –dice ella– es mucha voluntad de sistema.
–Colocar las piezas en un cierto orden, sí. Aunque el orden sea siempre provisional, porque yo soy un tipo humano bastante influenciable. En el terreno intelectual, por ejemplo, me ocurre lo que a Leibniz, que de todo gran autor, por alejado que se encuentre de mí, recibo siempre alguna lección.
Tras una discreta pausa, la shakti se despereza en el sofá.
–Estaba pensando –dice– en aquella mujer que en un tiempo fui, y que contigo hoy es diferente.
–Es que nosotros tenemos poco que ver con los que fuimos.
–Un cierto parecido, quizá.
–Un cierto parecido, sí.
El pasado como paisaje extranjero, el pasado cuyo sentido puede alterarse desde el presente, el pasado que fue ayer mismo. Ella y yo: habrá que convenir en la gran ventaja de tener la edad que ya tenemos. Porque ninguno de los dos, por la edad y la madurez, está, ni puede estar, achantado por el otro, y eso es una garantía de espontaneidad. Y así vuelve a mí la idea de entregarle a ella mis diarios. ¿No sería esto un acto de inocencia y perversión? Recién casado, Tolstói le dejó leer su diario a su joven esposa y ésta quedó horrorizada. El aristocráticamente candoroso Bertrand Russell también pensaba (en un tiempo) que entre amantes no debería haber secretos. Yo, a estas alturas de mi vida, me siento menos ingenuo. Si le entrego mi diario a JX, seleccionaré previamente el material.
–¿Qué te parece, JX, si te entrego mi diario de estos últimos años?
–Ya me hablaste una vez de ello.
–Sería una especie de riesgo calculado para seguir explorando juntos.
–Conmigo corres pocos riesgos.
–Últimamente he estado leyendo ese libro tan melancólico de Ken Wilber, Gracia y coraje, en el que se reproducen diálogos entre él y su esposa, unos diálogos que me han hecho pensar en algunos de los nuestros, aunque los suyos sean más espiritualistas. Tiene un trasfondo muy cristiano el libro de Wilber, me recuerda aquellas biografías de santos que nos leían durante los ejercicios espirituales con los jesuitas. Ciertamente, Wilber y su esposa enferma ya no son oficialmente cristianos, su «santidad» es ecléctica, están impregnados de Freud y de Buda y de la gran tradición mística, pero el timbre de su voz sigue siendo cristiano. Tú y yo navegamos por otras aguas, y, con todo, también perseguimos una cierta transparencia.
–En mi opinión –dice JX–, la permeabilidad del uno al otro, llevada al límite, aboca a la penetrabilidad total.
–Precisamente porque soy un hombre sin identidad fija, puedo ser relativamente transparente, y estoy dispuesto a correr el riesgo de entregarte mi diario. Porque la imagen que pueda darte, vía diario, no es estrictamente la mía.
–Es que tampoco yo tengo identidad fija.
–Claro. Sólo los monigotes tienen identidad fija.
Y el amor, pienso yo, también funciona sin identidad fija. Funciona incluso mejor. Porque precisamente la identidad fija es el obstáculo, y, en el límite, el amor ya no es un sentimiento sino, más bien, pura apertura.
–Hace unos días, en Sitges –dice ella–, ya me hablaste de la posible entrega de tus diarios; viniste a decir que puesto que te encontrabas en la fase final de tu vida, no te importaba suprimir defensas, o algo así, y por la noche, recordando tus palabras, sentí un sufrimiento intenso y extenso, casi orgánico; me dolía la idea de que un ser tan vivo y supervivo como tú pudiese desaparecer, y cuando digo vivo y supervivo quiero decir siempre receptivo, siempre procesando estímulos, con esa mente tan rápida que tienes, con esa magia colindante con la superstición.
Va cayendo la tarde. Se adelgaza la luz. Los objetos de mi estudio han quedado como sedimentados en la penumbra. Nada es urgente. «Puesto que el mundo no va a ninguna parte, no hay prisa.» Se me han desvanecido los temores de la víspera, no importa cuáles temores. El horizonte vuelve a estar abierto. Sensación de libertad, incluso de paz.
–Musicalmente –digo–, ahora sería un buen momento para hacer mutis.
Ella hace un gesto con los brazos. Como si cayese el telón.
14 de enero
Ha muerto François Mitterrand, personaje que no era santo de mi devoción (su rostro de mascarilla, su falta de simpatía natural, su carácter reservado), pero con el cual me identificaba en un aspecto: la ambigüedad. Lo expresó él mismo en cierta ocasión: «Sólo se sale de la ambigüedad en detrimento de uno mismo». Correcto, monsieur. Salir de la ambigüedad –pluralidad de significaciones posibles– es ponerse a simplificar malamente.
Busco una referencia literaria en Segunda memoria y no la encuentro; pero, en compensación, me topo con unas páginas muy plausibles sobre mi relación con Nuria en la época en que ella y yo formábamos una pareja real. «Mientras viví con N. –escribo–, todo cuanto me ocurría a mí era algo que nos ocurría a ambos, y viceversa.» Y añado: «Hay un acoplamiento simbiótico permanente en toda pareja real, una ley de confluencia que hace difícil delimitar la frontera entre uno y otro. Incluso en las infidelidades participa el otro».
15 de enero
¿Desde dónde escribo? ¿Desde el sujeto? No, yo no escribo desde el sujeto. ¿Cómo iba a hacerlo después de Nietzsche, después de Marx, después de Freud, después de Lévi-Strauss? Para Nietzsche, el sujeto no es más que una máscara que oculta impulsos vitales hondos; para Marx, la conciencia es una superestructura ideológica; para Freud, lo que cuenta es el inconsciente; para la etnología estructuralista, todo es objeto. También la posmodernidad reclama la «muerte del sujeto». No sólo el sujeto burgués es cosa del pasado, sino que nunca ha existido.
Y sin embargo, cabe hablar de un margen. Un margen de indeterminación donde conviven las diversas fuerzas que nos condicionan. Un margen a la vez individual y transindividual. Un margen donde perpetuamente se ajustan y desajustan los valores. Un margen para que cada cual pueda escoger el menú de su propia identidad. O el menú de las identificaciones sucesivas, que diría Lacan.
Le dedico al margen todo un capítulo en mi libro Aproximación al origen. Tengo escrito allí: «Vivir desde uno mismo, no ser un puro títere de los condicionamientos, a sabiendas de que todo en el hombre son condicionamientos; vivir desde el presente, reinventando perpetuamente el mundo, escapando al campo gravitatorio del pasado; vivir originariamente (y precisamente por ello despreocupado de la originalidad): todo esto es vivir desde el margen».
Pues bien, yo escribo desde el margen. Forcejeo desde el margen. Levanto acta de la disolución del sujeto desde el margen. Mantengo mi ambigüedad desde el margen.
Éste no es el diario de mi yo, sino el diario de mi margen.
El margen es lo que uno consigue salvar del alud de enajenaciones que nos condiciona. El margen, biológicamente, tiene relación con la complicada maquinaria del cerebro humano, donde conviven circuitos inconscientes que a menudo entran en conflicto entre sí. El margen es combinación sui géneris de contradicciones. El margen es libertad-en-el-condicionamiento, la toma de conciencia de que no somos libres. Porque ésta es nuestra paradójica libertad, o mejor dicho, metalibertad, la que nace de nuestro saber que no somos libres.
A partir de ahí, construye uno.
20 de enero
Pasaron ayer por la tele una entrevista que me grabaron hace unas semanas. Contemplar la propia imagen en pantalla siempre produce un cierto sobresalto. El de ayer no fue desagradable. Me vi como un hombre de edad madura, desenvuelto, distanciado, un punto sarcástico, todavía con cierta energía, incluso dignidad. Y de pronto pensé: Yo soy un explorador y no un payaso. Si a veces puedo resultar provocador, no es por voluntad explícita de ello. Nada más lejos de mí que lo que Lluís Maria Todó ha llamado «el artista como gamberro».
Baudelaire habría sido un prototipo de esa especie en extinción. Baudelaire se disfrazaba, el desencanto estaba en el aire, y el romanticismo tardío era su caldo de cultivo. Hoy nuestro paradigma es más complejo y fatigado. Hicimos ya el duelo de la muerte de Dios. El shock de la lucidez puede conducir a la anestesia consumista o a ciertas místicas de pacotilla. Digamos, en general, que hoy somos todos posrománticos, posmarxistas, posmodernos, pos-casi todo. No hay razón para disfrazarse de nada, toda vez que todo es disfraz.
2 de febrero
Decidimos ir a cenar al restaurante del pasaje Mercader, aquel al que me llevó una vez el cónsul de México. JX se trinca un whisky de aperitivo; yo llevo en el cuerpo una ración intramuscular de vitamina C. Luego de cenar paseamos por el Ensanche y en algún momento nos abrazamos cual novios adolescentes. Después vamos a mi casa, y una vez más se cumple la ecuación antigua: cuando las sexualidades sintonizan caen las defensas. Caen también las vestimentas. Queda un margen disponible. Para la efusión, la zalamería, el desvarío, la unión tántrica. La emergencia de una felicidad de espectro amplio. O algo así relativamente raro. Aunque más raro es todavía andar por la vida con las emociones medio muertas, bloqueado el sistema límbico. Con la pasión, en cambio, se alumbra el cerebro antiguo. Fenomenología del infantilismo, el candor, la perversión, la agilidad, la risa. La presión del vientre sobre el pubis. La tercera ley de Newton. El rumor literario del aire, a veces, ô saisons, ô châteaux. Una cierta pausada violencia.
Anoche llovía, y mientras sonaba el agua del cielo, nosotros distendíamos los gestos, ralentizábamos el tiempo, olíamos a sexo y a deseo, recordatorio de una muy precisa bioquímica, mecidos por el asombro, porque ninguno de los dos ha inventado al otro, porque un enjambre de terminales nerviosas genera una temperatura donde no hay fronteras, un lío anatómico sobrecargado de significados, no sé cuáles significados, los significados están siempre dentro y fuera de los signos, y los signos al final naufragan.
¿Ella?, ¿yo? La gramática se retira de escena en esta zona borderline del paroxismo controlado, donde hay un vaivén de límites, donde ni ella es ella, ni yo soy yo, aunque sigamos siendo ella y yo. Un vaivén que va del anonimato a la identidad. Y no me desconciertan esos vaivenes: todos somos, a la vez, genéricos e individuales. El arte está en el juego.
3 de febrero
Decíamos ayer –es decir, decíamos a principios de año– que aquí lo que más nos traiciona es el lenguaje, quiero decir, el lenguaje aristotélico convencional hecho de sujeto, verbo y predicado; un lenguaje que camufla que las cosas separadas sólo son reales en un sistema de abstracciones. Así, por ejemplo, incurrimos en la falacia de creer que hay mente cuando lo único seguro es que hay actos mentales.
Procede, pues, huir de la trampa de este lenguaje aristotélico convencional que inventa sustancias allí donde sólo hay actos y relaciones. Sin llegar a alcanzar fórmulas de fluidez no disociada (una especie de lenguaje hecho de verbos sin sujetos), algunos artistas han ensayado ya desde hace tiempo sus propios tanteos de emancipación. Naturaleza muerta con una silla de paja, primer collage cubista, Picasso, 1912. Tierra baldía, T. S. Eliot, 1922, que el propio autor calificó de «gruñido rítmico». En música, desde principios del siglo XX, se produce lo que Arnold Schönberg ha llamado la emancipación de la disonancia, y que conducirá a la crisis del sistema tonal. Lo que ocurre es que todo esto ha sido ensayado ya, y que aquellos estilos anteriormente subversivos constituyen hoy lo establecido; quedan como admirables monumentos de una vanguardia que ya es «clásica». Actualmente, el capitalismo de la sociedad de consumo alimenta una cierta degradada dispersión. Ocurre también que en el género filosófico que uno practica caben pocas florituras, a pesar de que la filosofía tiende hoy a confundirse con la literatura. ¿Cuál es la salida? ¿Un nuevo lenguaje literario a la vez preciso y flexible? ¿La permanente yuxtaposición de unos estímulos puntuales? ¿El retorno a la poesía? ¿El collage y el pastiche? ¿El flujo cambiante de unas relaciones sin sustancia? Walter Benjamin ya ensayó la estrategia del collage y quiso escribir un libro hecho exclusivamente con citas. William Burroughs probó la técnica del cut-up. Gregory Bateson solía decir que hay que acostumbrarse a una nueva forma de pensar que sustituya los objetos por relaciones. Pero sustituir los objetos por relaciones es contar historias. Bien, yo escribo un diario. Con todo, permanece incólume la cuestión primera: ¿cómo captar con un lenguaje dualista una realidad no-dual? El caso es que en todo lo que uno escribe, la sensación de antigualla es permanente.
6 de febrero
Fuimos a pasear por la ribera de Calella de Palafrugell, soplaba un vientecillo apenas perceptible del oeste, el aire era transparente y el paisaje extraordinariamente sereno. Calella estaba prácticamente vacía. Había unas mesas, al aire libre, desocupadas, en un café de la plaza de Port Bo. JX se sentó en una de ellas y encargó un aperitivo, yo decidí seguir caminando, solo, y finalmente me detuve junto a una roca, contemplando el mar calmado, el acantilado, las islas Formigues, el poblado en segundo plano, imágenes de mi adolescencia, todo repentinamente en paz, como aposentado, o quizá sedimentado, el paisaje absorbiendo al yo, el yo transfigurado en paisaje, y tuve un pensamiento naïf; pensé: necesito un cómplice a quien comunicar lo que siento, lo que se siente a través de mí, un dios, una diosa, nada que ver con el invento de los teólogos, algo más real, más íntimo e incluso sucio, también inagotable, concreto, más allá del panteísmo, ese instante de paz entre las asimetrías, lenguaje sin palabras de las cosas, todo. Permanecí un buen rato apoyado en la roca, a la vez atento y absorto, a punto de sonreír, y, de pronto, el cómplice, la cómplice, se hizo tan real como el paisaje, y me sentí vagamente feliz.
19 de febrero
«Cuánta animalidad en nuestra relación», dice JX, a conciencia de que la animalidad, en este caso, ennoblece. Y yo pienso que, en efecto, cuánta animalidad en nuestra relación mental, cuánta mente en nuestra relación animal. Maneras de expresar, mediante un lenguaje convencional y fragmentante, lo que en sí mismo es un fluir indivisible.
–Quizá algún día la atracción entre nosotros se vaya atemperando, y entonces habrá que acomodarse a eso –dice ella.
–Pues no sé –contesto yo.
Porque tampoco veo claro cómo una relación tan milagrosa pueda sobrevivir a una atemperación del deseo. Sempiterna y viciosa confusión: pensar que más que a la otra persona está uno apegado a la relación misma. Pues claro que sí, y claro que no. Procede superar las antinomias. La felicidad surge siempre de la espontaneidad, nunca del empeño por ser feliz.
–Con algunas otras mujeres –le digo– la creatividad emocional era, ante todo, mía; contigo sé que es asunto de ambos.
Parafraseando a Karl-Otto Apel, se me ocurre pensar en una teoría consensual del amor. O digamos que el amor es un fenómeno de reciprocidad profunda. Los amores no correspondidos (que tanto inquietaban a Stendhal) pertenecen a la patología. Hablo de comunicación profunda. «Comunicación», del latín communicare, es poner en relación, compartir, en suma, recuperar la comunidad de origen. Y es tanta la necesidad que tenemos de ello que cuando no puede cumplirse la suplimos con unos extraños inventos que llamamos proyecciones. Así, la llamada proyección positiva –la que se da cuando creemos encontrar en el otro cualidades que sólo están en uno mismo– es muy frecuente entre amantes.
Y hay que añadir que toda nuestra cultura está cargada de esa patología. Existe un malestar egocéntrico, la angustia de estar encerrados en nuestra propia mente. Una angustia característica de la modernidad. Así, nos preguntamos hasta qué punto es posible la famosa empatía, la capacidad de identificarse con otra persona sin el concurso de conceptos. Ponerse en la piel de otro, la apertura isomórfica a «lo otro», ¿qué alcance tiene esto?, ¿cómo se hace esto?, ¿es esto posible? Los neurocientíficos hablan de neuronas-espejo, nuestra sociabilidad biológica.
En lo cual somos todos muy diferentes. Hay personas espontáneamente capaces de salirse de sí mismas, hay otras que apenas lo consiguen. Sostenía Jean Piaget que sólo a partir de los siete u ocho años adquiere el niño la capacidad de ponerse «en la piel de los demás». Bien; a partir de aquí, en grados diferentes, cada cual articula el narcisismo con la curiosidad, el egocentrismo con la empatía. Quizá hubiera que hablar de una escala en los narcisismos de base. En todo caso, el malestar egocéntrico ha sido fértil, pues ha hecho que se sofisticara el aparato lingüístico/conceptual que cubre la fisura sujeto-objeto. (Toda «cultura» es, ante todo, un sistema de comunicación.) Y así se llega al famoso «giro lingüístico» de la filosofía que, entre otras cosas, es una manera de escapar al solipsismo cartesiano de la pura conciencia. El siguiente paso ha de ser retroprogresivo: seguir sofisticando el lenguaje y, a la vez, recuperar el origen perdido donde quedan superadas las dualidades. El origen y el Umwelt. Lo cual, de alguna manera, ya se insinúa en el tránsito que va del análisis del lenguaje a la hermenéutica, pasando por la pragmática.
En el tema del amor, no sabe uno muy bien quién es la otra persona, y, al mismo tiempo, lo sabe. Y así se concilian la sorpresa y el reconocimiento. Hay una complementariedad dialógica entre proyección y vislumbre. La proyección hace posible interesarnos por lo que, de otro modo, nos resultaría completamente opaco. Al otro, en tanto que otro, de entrada, se le «desconoce» siempre. Y comenzamos a iluminarlo con la luz de nuestras propias proyecciones. Pensamos que el otro se nos parece. Y no. Pero también y sí. Y en ese margen discurre el delicado juego amoroso, que si se lleva con arte puede ser siempre distinto. Y en ocasiones, trascendiendo simultáneamente los egos. Recuerdo un comentario de la shakti una mañana de resaca: «Todavía algo me queda de esa suspensión de los sentidos de la que hablaba san Juan de la Cruz; en realidad, sientes tanto que diluyes cualquier sentir concreto». Habíamos restablecido la divina androginia original, que es la esencia del tantra sexual.
27 de febrero
De repente, contemplando unas fotos, he pensado que fue una lástima no haber grabado en vídeo el acto de presentación de mi libro Segunda memoria (Barcelona, abril de 1988), porque aquel día se dijeron cosas atinadas y divertidas dentro de un clima amable y distendido. En fin, no se grabó. (Pero Teresa Pàmies ha glosado Segunda memoria, y el acto de su presentación, en unas generosas páginas de su libro Primavera de l’avia. Gracias, Teresa.)
Levantar acta, sí. Tener duplicados de la vida, dado lo efímero que es todo. El caso es que dispongo de una nutrida colección de fotografías, recortes de prensa, vídeos sacados de mis intervenciones en la tele. Habría que montar, quizá, todo ese material. La vida de uno. Las comedias de uno. Los forcejeos de uno. Este diario sin ir más lejos. Este diario que es la memoria de lo que me está pasando, y de lo que no me está pasando, una divagación permanente que nunca permito que se deslice hacia la ficción. Este diario que es, o debería ser, el testimonio de los citados y siempre insuficientes forcejeos, el enfrentamiento con los cabos sueltos, lo que Fritz Perls llamaba «gestalts inconclusas», el lenguaje demasiado manso asomándose apenas a la fiesta del presente. Porque me dejé llevar por la pendiente de lo inteligible, harto consciente de que el lenguaje ya es social, y dejando relativamente inexplorada la amplia franja de lo poético.
28 de febrero
El monoteísmo, el culto al Uno, también es un mito. Tan mito es el Uno como la tortuga que aguanta al mundo.
Lo que ocurre es que el mito del Uno es un mito todavía útil, sobre todo para la ciencia, bajo la forma de unidad: es el mito de la inteligibilidad.
A señalar que el «uno sin segundo» (ekam eva advitiyam) del hinduismo no es una categoría numérica. Tampoco advaita es sinónimo de monismo.
1 de marzo
Barbara (BK) me manda unas orquídeas blancas desde Alemania. Hoy cumplo años.
Por la tarde, grandes abrazos con Edgar Morin en el Instituto Francés: presentamos su libro Mis demonios, que ha editado Kairós. En mi discurso rememoro las ideas que ya expuse hace un par de años cuando a Morin le concedieron el Premio Internacional Cataluña. A saber, que Morin es un hombre de «la Resistencia»: primero al nazismo, luego al comunismo, siempre a la crueldad del mundo; un filósofo generalista no totalizador que, a diferencia de Sartre, ha recorrido todos los territorios de la ciencia, sin ocultar nunca su subjetividad, sin reprimir las grandes preguntas de su infancia; que perdió a su madre a los nueve años, lo cual le condujo a buscar una Matria más que una Patria; que cada libro suyo es como un holograma: en él están todos sus demás libros; articulando siempre la ciencia antropo-social con la ciencia de la naturaleza.
A menudo he reconocido que Morin es uno de mis pocos maestros. Sucede que también es mi hermano. En Mis demonios Morin pone de manifiesto un cierto resentimiento en relación a sus colegas, los mal llamados intelectuales. Le comprendo, aunque sin compartir rencor alguno. Algunos de esos «intelectuales» son tipos humanos de caricatura, mezquinos y dogmáticos. Otros no. Todo influye. Morin, como he dicho, perdió a su madre siendo niño, yo tuve una infancia feliz. Ésa es una importante diferencia. Morin quedó maravillado con Dostoievski, yo con Homero. A ambos, siendo adolescentes, nos impresionó Beethoven. Él buscó el sentido de la vida en el marxismo, yo en el cristianismo. Descubrimos muy pronto que las consecuencias de una acción escapan a las intenciones de su autor. (Morin teorizaría esto con el nombre de «ecología de la acción».) Morin fue un omnívoro cultural que leyó muchísimo, yo (en mi juventud) leí poco. Él es más intramundano que yo; tiene un penchant hacia la biología como yo lo tengo hacia la metafísica. Ambos descubrimos la emergencia de movimientos neoarcaicos que nos conducen a asumir la ecología. (Yo, además, teorizo el modelo retroprogresivo.) Tendencia común a integrar cultura y vida. La transdisciplinariedad que también enseñaba otro maestro, Jean Piaget. El pensamiento «complejo». Que los diferentes saberes «comuniquen» sin «reducirse» los unos a los otros. Ni todo es física, ni todo es biología, ni todo es sociología, ni todo es antropología; pero cabe enlazar estas áreas cibernéticamente. ¿Enciclopedismo? Más bien puesta en ciclo del bucle físico/biológico/social/antropológico. En fin, Morin, vital y entregado, ha podido quemar su vida en su indagación; yo, más frágil e inestable, apenas le he dedicado algunos ratos.
En todo caso, ya digo, somos hermanos.
2 de marzo
Por la noche, a última hora, conversación distendida con JX. Dice ella que la lectura de mi diario le da claves explicativas, a veces le crea grietas coyunturales y, en general, le produce una sensación de novación, de work in progress, que hace surgir la pregunta: ¿qué nuevas habilidades tendremos que ir creando? Advierte, además, que mi diario es una comprobación de mi alto grado de egocentrismo.
Le digo que, por definición, la prosa de un diario es egocéntrica. Yo soy el personaje que tengo más a mano. (Montaigne: «Je suis moi-même la matière de mon livre».) En contrapartida, espero que se pueda calibrar mi profundo deseo de trascender y no hacer trampas.
–¿Qué entiendes por trascender y no hacer trampas?
–Por ejemplo, y en relación a ti, nada de instrumentalizar al otro, sino encontrarse en una zona trascendente donde no hay dualidades. Aunque las dualidades y las pillerías, la comedia y el disfraz, puedan y deban mantenerse en los niveles penúltimos de la convivencia.
–¿Sinceridad?
–Conviene no confundir espontaneidad con sinceridad. La espontaneidad es una gracia. La sinceridad es una comedia. La sinceridad es el pretexto de los torpes; ya decía Oscar Wilde que la mala poesía siempre es sincera.
Al cabo de un rato pregunta JX:
–Cuando escribes tu diario, ¿piensas alguna vez en su posible publicación?
–Nunca. Uno escribe, o se deja escribir, por la necesidad inmanente de atar cabos, de reinventar la fiesta, de ritmar la sordidez del tiempo. La escritura es entonces la otra faz de la misma vida. Y me pregunto si puede vivir intensamente alguien que carezca de lenguaje.
4 de marzo
Elecciones generales en España. Ganó Aznar, pero por muy poco. Y qué más quisiera uno que Aznar fuera un miembro de una derecha secularizada y moderna; pero ya se sabe, Aznar es Aznar, un político de orígenes neofranquistas, un tipo acomplejado y correoso, rezumando tópico.
5 de marzo
Hace un tiempo muy seco, aquí en Pals, y yo me siento cómodo, superado el bache de la semana pasada, entrando a mi manera en la famosa mindfulness, la atención plena al presente, aquí y ahora. Algunos le llaman a eso meditar.
Meditar es, en cierto modo, un acto antinatural. Lo normal es estar ocupado en algo, charlar con el vecino, escuchar la radio, divagar, estar enajenado. Ahora bien, ocurre que se puede conducir el acto de estar ocupado en algo hasta llegar al límite, y, un poco más allá del límite, dejar de «pensar». La plena atención puede llegar a ser entonces una conciencia no conceptual, una observación sin juicios, un escuchar nuestros pensamientos sin quedar atrapados por ellos, algo así como un estado de no-mente, como una conciencia sin contenido, o, si se prefiere, una conciencia desidentificada de su propio fluir, una conciencia que es puro testigo. En sánscrito, samadhi.
Es el más genuino sabor de la meditación, la «desidentificación» con todo, incluyendo los propios procesos psicológicos.
Personalmente, sólo en contadas ocasiones me pongo a meditar, y siempre de manera informal, cautelosa y poco ortodoxa. Me da vértigo la autoconciencia, y entiendo que los estados meditativos han de evitar esa autoconciencia. En contra de lo que suele decirse, pienso que meditar no ha de ser una actividad costosa y difícil encaminada a conseguir algún objetivo. Uno es partidario de la técnica pasiva. Uno medita cuando la meditación surge espontáneamente. Hasta diría que meditar –al final– tiene poco que ver con la concentración, porque no hay un sujeto que se concentre, ni un acto de voluntad, sino un abandono espontáneo, una acción mental/corporal que trasciende el esfuerzo y la dualidad. (Incluso en el budismo Theravada se distingue entre vipassana y samatha.) Quien medita no debe preocuparse siquiera por meditar. Tampoco por evitar las distracciones mentales. Como le dijo un maestro tibetano a Arnaud Desjardins, deja que las distracciones se presenten, igual que vienen se van (let them come, let them go).
Decía Alan Watts que la gente que va con prisa pierde la capacidad de sentir. Pues bien, meditar es sacudirse toda prisa. Hay mil maneras de meditar, y cada cual ha de encontrar el camino que mejor se le acomode. Puede incluso superarse la necesidad de meditar, como he apuntado antes, y como enseña la doctrina budista del dzogchen (que sostiene que la pureza inherente a la naturaleza de la mente se halla siempre presente). En todo caso, meditar no es tanto poner la mente en blanco como liberarse del apego, es decir, del miedo. Meditar es quizá la única actividad humana carente de propósito: quien medita no va a ninguna parte. Es la vida sin finalidad del sabio zen.
Meditar es el mero acto de existir sin esfuerzo. Por el gozo puro de existir.
¿Meditar filosofando? A primera vista parece una contradicción; lo que ocurre es que cabe utilizar el intelecto para ir más allá del intelecto. Veamos. La razón crítica nos hace agnósticos; pero la misma razón crítica, conducida hasta su límite, nos abre a lo místico. Por ejemplo, conforme a la lógica de Tarski, ningún sistema semántico puede autoexplicarse; conforme al teorema de Gödel, ningún sistema formalizado complejo puede encontrar en sí mismo la prueba de su validez; según Wittgenstein, es imposible hablar de lo que más importa. Todo lo cual nos conduce al límite, y en el límite está lo místico.
Hay varias maneras de enfocar lo místico: ya reduciéndolo a la fase narcisista de la unión con la madre, ya considerándolo como una iluminación que viene después de haber topado con las paradojas del lenguaje racional. En el primer enfoque, el místico es alguien que siente el mundo exterior como una prolongación de su propio cuerpo. El místico es alguien que ha descubierto que el sentido de estar vivo es sencillamente estarlo. Lo cual no puede expresarse con palabras. (Recordemos que la palabra «misticismo» proviene del griego mýein, que significa «guardar silencio».) En el segundo enfoque, el místico es ante todo un personaje lúcido. Rudolf Otto pensaba que la mística era el elemento irracional de la religión. Pero Rudolf Otto se equivocaba. La mística viene conectada con la racionalidad a través del dinamismo crítico, al margen de cualquier religión. La verdadera filosofía tropieza siempre con los límites de la racionalidad, y la apertura a lo místico se produce cuando la razón postula su autoinsuficiencia: su incompletitud. Se trata de recoger la lección central del budismo Zen, heredero del taoísmo, donde se guía al principiante hasta el punto en que éste se abandona, y en el mismo abandono supera la trampa (la fisura, la disociación sujeto/objeto) de la finitud. Lo cual no tiene nada de irracional. Al contrario. Según se mire, los famosos koans del Rinzai Zen son un ejemplo del teorema de Gödel en acción: la mente discursiva pensando sobre sí misma y frustrándose. El koan nos sitúa frente a la naturaleza no-dual de la realidad, desenmascara la contradicción de observarse uno a sí mismo. Entonces puede producirse la genunina «aproximación al origen», el salto místico espontáneo, la acción no-dual, el wei-wu-wei de los taoístas, cuando, en palabras de Wang Pi, «si uno se esfuerza fracasa».
6 de marzo
Gran difusión en los medios del testamento vital que hemos redactado en la asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD), especialmente para enfermos irreversibles. El País le dedicaba ayer una página entera al tema con grandes titulares, incluyendo unas declaraciones mías y una sugestiva foto. Todo sea por la causa.
11 de marzo
Amando de Miguel, sociólogo (y sin embargo amigo), en declaraciones hechas poco antes de las recientes elecciones generales, afirma que «el PP ganará, como mínimo, por quince puntos de diferencia». Se pregunta Manuel Vicent: ¿Hay alguien más desprestigiado, en estos momentos, que los periodistas, sociólogos, analistas y encuestadores? Bien. A uno le parece que lo que lleva muchos años de desprestigio son las ciencias sociales en general, enzarzadas siempre en disputas ideológicas y de espaldas a las otras ciencias y al concepto de «naturaleza humana». No previeron la crisis del petróleo de los años setenta, no previeron el capitalismo chino, no previeron el derrumbe del Imperio soviético ni su secuela de guerras étnicas, no aplicaron la teoría del caos a la realidad histórica y social. En el caso reciente de nuestro país, resulta obvia la influencia del clima de crispación y encono. Así, Fernando Sánchez Dragó declara: «Combato al PSOE por las mismas razones por las que combatí al franquismo; confío en que sus votantes se vayan muriendo de uno en uno en los próximos años». Y uno piensa: Caramba, Fernando, amigo mío, seguro que se irán muriendo, de uno en uno, o hasta de tres en tres; pero la cuestión no es ésta. La cuestión es: ¿qué mosca os ha picado? ¿Tan alta puede ser la calentura que os haga perder todo vestigio de ponderación? Sí, ya sé, ya sé, conozco el memorial de agravios referido al PSOE, los abusos de poder, la mediocridad de algunos, los jueces sometidos al ejecutivo, la financiación, las corruptelas; pero mucho me temo que el PP vendrá con los mismos vicios, sólo que con un plus añadido de franquismo residual. Qué más quisiera uno que la derecha española fuera como la francesa, una derecha laica, civilizada, escéptica, dialogante; pero aquí todo huele, todavía, a reacción, a caciquismo, a sacristía y a Opus Dei.
Tocante al resultado concreto de las elecciones (victoria por los pelos del PP, excelente porcentaje del PSOE, estancamiento de IU, aguante de Convergència i Unió) uno tiene sus dudas sobre lo que vaya a ponerse en marcha. En España rige el «sistema proporcional», y no el mayoritario, con una cierta corrección mediante la regla de D’Hondt. Se trata de que gobierne alguien. La alternancia. Perfectamente. Uno es partidario de la alternancia, y, a pesar del tufo general de la derecha española, uno no duda de que haya personas muy respetables dentro del Partido Popular. (Aunque me temo que a algunos de los mejores, como Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, los tienen marginados.) Pero en estos momentos resulta más decisivo para la gobernabilidad del Estado el señor Pujol (5 por ciento de los votos) que el PSOE (40 por ciento). Y eso tampoco tiene mucho sentido. Ciertamente, el momento no demanda (todavía) gobiernos de coalición, y, sin embargo, el momento es complejo. La época reclama debates serenos alrededor de mesas de trabajo (más que farsas histriónicas en el Parlamento). Surgen retos inéditos. Por ejemplo, Jeremy Rifkin (The end of the work: the decline of the global force and the dawn of the post-market era, el título casi lo dice todo) estima que el problema del paro no es un asunto coyuntural. El empleo, según Rifkin, irá cayendo inexorablemente, y a lo sumo se crearán trabajos temporales y permanentemente amenazados por la introducción de nuevas tecnologías. Lo cual conduce a una «sociedad angustiada». De hecho, ya lord Keynes había pensado que llegaría un momento en que la mayoría de las personas tendrían que trabajar sólo quince horas a la semana para producir todo lo que necesitamos. La profecía no se ha cumplido. Ciertamente, el «desempleo tecnológico» ha ido en aumento, pero todavía la mayoría de las personas tiene una semana laboral de cuarenta horas y los niveles de pleno empleo de las décadas de 1950 y 1960 se han perdido. Por otra parte, es difícil localizar hoy al viejo proletariado. Recordemos que ese concepto de proletariado fue inventado por los románticos entre 1820 y 1840, años en los que apareció un nuevo tipo de gente amontonada y miserable en algunos barrios de ciudades como Londres, Manchester o Liverpool. Friedrich Engels (La condición de la clase obrera en Inglaterra) los retrató filosóficamente. Charles Dickens los noveló. Pues bien, hoy los miserables no forman ya una clase definida, y la precariedad en el trabajo destruye la vieja ecuación marxiana entre trabajador e identidad social. Las nuestras son sociedades de clases medias, débilmente ideologizadas y con valores transversales. Salarios razonables, pensiones garantizadas, seguro médico público, capacidad de consumir: todo esto ha terminado con la esencia mística del proletariado. ¿Será perdurable esta nueva sociedad de clases medias? En todo caso, los mensajes políticos y electorales vienen muy desperdigados. Decía que se habla de «crecimiento sin empleos», y nace una nueva clase de trabajadores cualificados, los analistas simbólicos, los proveedores del flujo de informaciones que estructuran la economía mundial, etcétera. Lo cual incide, en España, con nuestra proverbial escasa productividad. En fin, ahora se trata de consolidar el Estado de bienestar, más allá de los cambios de gobierno, porque es lo más importante que tenemos después de haber ganado la libertad política. En consecuencia, insisto, es la hora de debatir serenamente, la hora de un cierto consenso. (Felizmente, al menos, el PP no ha conseguido mayoría absoluta.)
12 de marzo
He hablado en distintas ocasiones de esa confianza infantil en la realidad que también podría llamarse fe. Fe sin conceptos. Fe «como un rayo de tinieblas», que decía mi madre. Esa fe, esa confianza, ese sentimiento casi ontológico de «poder fiarse», asentado probablemente en la relación madre-hijo durante la lactancia, es también la piedra angular de la salud mental, como ha señalado Erik Erikson. Esa fe/confianza es, en cierto modo, el único antídoto contra el nihilismo posnietzscheano que impregna nuestra cultura. Esa fe/confianza es no aferrarse a nada. Es casi lo contrario de tener creencias. Así, a veces nos tenemos en pie desde la pura fe, sin necesidad de ningún argumento. (Incluso dentro del catolicismo, el cardenal Newman ya entendía la fe como aquello que nos permite vivir dudando.) Así, hoy sólo constato en mí mismo un cierto mínimo asentimiento, sin ápice de realismo ingenuo. El mundo «tal como es» sencillamente se nos escapa. Ya decía Niels Bohr que incluso la física «no trata de cómo es el mundo, sino de qué podemos decir acerca del mundo». Navegamos sobre interpretaciones penúltimas, adaptaciones cerebrales para la supervivencia.
Asentimiento, meditación, confianza son aproximaciones a la experiencia directa del presente.
Los budistas dicen: estar despierto. Atención plena al presente. En inglés: mindfulness. Meditación vipassana<
