Prólogo
Escribir y nadar
¿Qué interés puede tener anotar estas cosas? Pero me obligo a ello, esperando encontrar en el mismo aburrimiento que siento en repasar estos días tan monótonos algún arma contra mí mismo.
ANDRÉ GIDE,
Diario, 20 de noviembre de 1912
Las cartas boca arriba. Es la única forma de proceder con un libro como este, de naturaleza tan vitriólica.
En primer lugar: aunque con toda suerte de dudas y reservas, Juan Marsé optó por sacar a la luz los textos que se presentan a continuación, que tuvo oportunidad de revisar y corregir con vistas a su publicación. De modo que no se trata aquí, en absoluto, de uno de esos documentos póstumos que los albaceas de un escritor célebre, aprovechándose de las expectativas que genera su muerte reciente, rescatan apresuradamente de sus cajones, desentendiéndose de las razones por las que no quiso publicarlos. Marsé contempló y autorizó la publicación de los materiales que aquí se editan, cuya transcripción él mismo revisó en dos ocasiones. Y más que eso: si bien su salud estaba muy mermada cuando este libro se proyectó, en ningún momento se dio por sentado que su edición fuera a ser póstuma.
Importa tener esto último muy presente a la hora de considerar el alcance de los desahogos, de las pullas, de tantas y tantas declaraciones políticamente incorrectas como prodiga Marsé a lo largo de estas páginas. Pero sobre esto se volverá más adelante. Ahora se impone, antes que nada, informar sobre el origen de estos textos, y sobre las razones tanto de su escritura como de su publicación.
DIARIO DEL AÑO 2004
A finales de 2003, una imprecisa cifra de aburrimiento, fastidio y fatiga precipitó en Marsé la decisión de imponerse —a despecho de su escasa predisposición a hacerlo— la escritura de un diario. Para acotar su compromiso, y sortear el vértigo de la hoja en blanco, recurrió a una agenda de la Academia de las Ciencias y las Artes de la Televisión de España del año 2004 que había llegado a sus manos. Era una agenda de trabajo de veinte por veintiocho centímetros, en la que se reservaba una doble página para cada una de las semanas del año. Como es corriente en estos casos, la doble página aparece dividida en seis columnas, tres por cada página; las cinco primeras, de izquierda a derecha, para los días lunes a viernes, y la última, en la derecha de la página impar, partida en dos, para el sábado y el domingo, días en que se presume que la actividad es menor. Todas las columnas están alineadas, y en su parte inferior, demarcada por una raya de color, llevan impresos los nombres de los miembros de la Academia que ese día cumplen años. Como sea, para cada día laboral se dispone de apenas cuarenta líneas cortas, de un ancho de cinco centímetros y medio, lo que da para escribir, como mucho —al menos con la caligrafía de Marsé—, entre cien y ciento cincuenta palabras, que los días del fin de semana se reducen a la mitad (véase, en uno de los cuadernillos gráficos que incluye este volumen, la reproducción de varias páginas de la agenda). Una extensión, como se ve, poco comprometedora, que limitaba de antemano el alcance de la obligación que se autoimponía Marsé, quien a pesar de todo incumple algunos días su disciplina, y muchos otros apenas llena el escaso espacio disponible.
Todo el diario del año 2004 está atravesado por el escepticismo que no deja de producir en su autor su propio propósito de escribirlo. Son frecuentes las anotaciones en que Marsé se pregunta por el interés que pueda tener cuanto apunta. Pese a lo cual, persevera en su empeño: «Persiste la convicción de que escribo por escribir, y que esto no tiene el menor interés. Pero me prometí a mí mismo seguir» (2 de febrero).
Muchos años después, hablando con su biógrafo, Josep Maria Cuenca, Marsé le confesaría que empezó el diario «porque quería ver si, escribiéndolo, me pasaba algo interesante; pero no me pasó nada de ese tipo. Fue inútil». La ironía de esta declaración no aspira a disimular la desazón con que Marsé cumplió su tarea. El 12 de febrero se lee: «Esta especie de diario sigue adelante porque me he propuesto una especie de penitencia, pero la verdad es que no le veo ningún valor... Realmente me he emperrado en garabatear algunas cosas, pero ¿para mí? No vivo una vida intensa, y no pocas cosas que me pasan me aburren a mí el primero, así que ¿para qué trasladarlas al papel, cuando por otra parte me paso el día escribiendo otras cosas, más alimenticias cuando menos?». Apenas una semana después, el 18 de febrero, Marsé insiste: «Vuelvo a preguntarme por qué escribo este diario. Respuesta: me he impuesto una disciplina. Tenía que haberlo hecho hace años».
Esta última frase alienta la sospecha de que la idea de llevar un diario no era nueva para Marsé, quien debió de acariciarla en otras ocasiones. Al fin y al cabo —y como demuestra el contenido de las libretas que acompañan a esta edición del diario, de las que nos ocuparemos más adelante—, Marsé tenía el hábito adquirido de tomar notas, no solo relativas a ideas para posibles relatos o ligadas a proyectos narrativos en marcha, sino también sobre toda clase de asuntos. Lector asiduo y voraz de varios periódicos, no resistía el impulso de anotar las reacciones a según qué noticias, declaraciones, opiniones, como no se privaba, tampoco, de apuntar recuerdos, vivencias, impresiones de todo orden, en particular acerca de las personas que conocía o con las que trataba. No es tan raro, así, que pensara en más de una ocasión en servirse de un diario como cauce para todo este material.
Tenía cercano, además, el ejemplo de Jaime Gil de Biedma, su amigo del alma, cuyo recuerdo planea insistentemente a lo largo de este diario del año 2004. Una de las anotaciones en que lo evoca, la del 5 de mayo, resulta altamente expresiva del crepuscular estado de ánimo que embargaba a Marsé a sus setenta y un años, edad que cumplió a los pocos días de comenzarlo: «Apenas nada que consignar hoy. [...] Las cosas que más me importan, el amor, la amistad, el sexo, la escritura, el paso del tiempo, siento a menudo que tienen los días contados. Pienso ahora que eran también las cosas más importantes para Jaime Gil, incluido el paso del tiempo y sus agravios. ¿Cómo preservar estos tesoros del moho del tiempo y de la vejez? Jaime estuvo interrogándose acerca de eso hasta el final».
En estas líneas cabe entrever una de las motivaciones que deciden a Marsé a imponerse a sí mismo la escritura de un diario: retener siquiera los flecos de una experiencia que se escurre de forma acelerada, robar al tiempo algunas pepitas del oro de los días pasados, de los días que pasan.
Si bien la motivación más profunda podría ser, en cierto modo, la contraria: servirse de la escritura para engendrar esa experiencia, para revelarla, para sacarla a la luz. «Estos últimos días tengo demasiadas cosas en la cabeza, y, a ratos, la impresión de que se me olvida lo más importante, suponiendo que haya algo importante en mi vida, todavía. Qué podría ser, es un misterio», anota Marsé el 8 de marzo. Y a continuación: «El amor ya no; la literatura..., después del fracaso, quizá todavía... Pero ya casi no queda tiempo».
Marsé es, ante todo, un narrador, y a diferencia de su amigo Jaime Gil de Biedma apenas se adiestró en la introspección, apenas se interesó, en el transcurso de su vida, en el escrutinio y en el análisis de su propio yo. De ahí ese sentimiento de llegar tarde a la tarea, de haber fracasado en su propósito. La última entrada de este diario es bien concluyente al respecto: «Y termino este sonso diario convencido más que nunca de la persistencia de mi desidia, mi absoluta desgana en bucear dentro de mí mismo. Queda bien demostrado que no hay asunto que me aburra tanto como hablar de mí mismo» (5 de enero de 2005).
Bien demostrado, sí. Porque no se puede decir que el suyo sea, propiamente hablando, un diario íntimo, ni mucho menos. Es más bien una bitácora, un inventario de pequeñas tareas, observaciones, reacciones a los acontecimientos de la actualidad. Hasta el punto —y con ello se cierra este círculo especulativo— de que por momentos parece que la sola justificación del diario sea la escritura misma, el impulso de aferrarse a ella.
El diario como fórmula para seguir escribiendo aun cuando no se tiene nada que escribir, incluso cuando se ha dejado de escribir.
«Una vez más insisto en la inutilidad intelectual de este diario —se lee en la entrada del 25 de abril—. No es más que una autodisciplina que me hace bien, me centra, me ata al bolígrafo y al papel.»
ESCRIBIR Y NADAR
Por chocante que pueda resultar, el impulso que mueve a Marsé a emprender un diario, y su empecinamiento en escribirlo, cabe asociarlo al que lo incita a practicar una de sus actividades favoritas: nadar. Tan frecuentes como aquellas en que se pregunta sobre el sentido de llevar un diario, son, a lo largo del mismo, las anotaciones en que se refiere a esta afición suya, la de nadar, muy arraigada en él. Escritura y natación, de hecho, aparecen explícitamente asociadas en el diario en numerosas ocasiones. «Natación y escritura, el dúo perfecto» (24 de junio), «Nadar y escribir es la solución» (27 de junio), «Escribir y nadar» (15 de julio), «Escritura y natación» (16 de julio), «Natación y escritura, no hay mucho más» (22 de julio), «Sigue la rutina: escritura y natación» (3 de agosto), «Escribir y nadar, la combinación perfecta» (15 de septiembre), etcétera, etcétera. Por supuesto que cuando Marsé habla de «escribir», o de «escritura», no está pensando en el diario, sino en la escritura de ficción, más en concreto en la novela que en ese mismo momento lo ocupa: Canciones de amor en Lolita’s Club. Pero, por muy reticente que se muestre respecto a la escritura del diario, esta no deja de ser, al cabo, escritura: una disciplina que, como la de nadar, él mismo se impone con el objeto de dinamizar tanto su espíritu como su cuerpo.
«He soñado que nadaba en un lago, nadaba sosegado, interminablemente. Nadar así es un sueño feliz que me acompaña desde la infancia. Nadar y nadar y nadar. Nadar y nada más. Vivir para nadar», se lee en la entrada del 10 de abril.
Vivir para nadar. Vivir para escribir. También escribir para vivir... El mismo Marsé explora esta asociación entre escritura y natación, que documenta en algunos de los autores que determinaron su vocación. Francis Scott Fitzgerald, por ejemplo, de quien cita esta frase: «Toda buena escritura es nadar bajo el agua y contener la respiración». O Cesare Pavese. En una anotación suelta del 2 de enero de 2009, incluida en una de las libretas cuyo contenido se recoge aquí, se lee: «Dice Pavese que la belleza de la natación es precisamente la monótona recurrencia de una posición, y compara el acto de nadar con el de narrar; ambos ejercicios, dice, se basan en una cadencia significativa que comprende la diversidad de lo real, una cifra no resuelta del misterio, “la reducción de una verdad siempre al borde de la revelación y siempre huidiza. La monotonía es prenda de sinceridad”, añade».
Parece legítimo reconocer en estas palabras la poética latente en la determinación de escribir un diario, por mucho que Marsé, narrador genuino, se revele incapaz de sacar mayor provecho de ella. En cualquier caso, rellenar día tras día el pequeño espacio reservado en la agenda para las sucesivas jornadas del año sería comparable al esfuerzo que supone recorrer a nado, uno tras otro, como si de líneas se tratase, los «largos» de una piscina, rondando, a través de esa «monótona recurrencia», una «verdad siempre al borde de la revelación y siempre huidiza».
Por lo demás, hay indicios patentes de que desde la publicación, el año 2000, de Rabos de lagartija —probablemente la última de las grandes novelas de Marsé— este se hallaba sumido en un marasmo creativo. Tardará todavía siete años más en sacar a la luz Caligrafía de los sueños (2011). En 2005 publicará, es cierto, Canciones de amor en Lolita’s Club, que escribe a lo largo de todo este año 2004. Pero no hay agravio alguno en sostener que, aun provista del encanto que nunca dejan de tener los relatos de Marsé, se trata de una obra menor, surgida casi por azar de la adaptación de un guion previo, escrito por encargo.
La escritura del diario, así como, de forma paralela, la reescritura del guion, cumplen en cierto modo, salvadas las distancias, funciones de «mantenimiento», por así decirlo. En una etapa de abulia y de relativo desconcierto de su propia imaginación, que con el tiempo va ciñéndose cada vez más a su propia experiencia personal, biográfica, constituyen «ejercicios de escritura», una «disciplina diaria», que contribuyen a vencer, en tiempos de postración, su «eterna falta de disciplina para el trabajo» (así lo expresa en la entrada del 6 de enero).
«En realidad no tengo ganas de contar nada, y menos si tiene que ver conmigo», anota Marsé el 15 de diciembre. La paradoja del caso reside en que, conforme envejece y —como suele ocurrir— le pasan cada vez menos cosas, es él mismo, el material cada vez más desnudo de su propia memoria, lo único que tiene para contar. De ahí que, a pesar de evitar la introspección, e incurrir muy pocas veces en confidencias y confesiones, este diario contenga el más íntegro y despiadado autorretrato del escritor.
«AÑO BISIESTO, AÑO SINIESTRO»
«Termina un año trufado de horrores.» Así concluye la última entrada del año 2004, del 31 de diciembre. Unos días antes, el 27, escribe Marsé: «Que acabe el año, que acabe. Estoy cansado». Y el 29: «... espero el fin de este Año Maldito».
«Año bisiesto, año siniestro», reza un refrán popular. Y 2004, año bisiesto, parece haberlo sido, en efecto, para Marsé, o al menos él lo experimentó como tal.
Es cierto que fue un año jalonado —pero ¿cuál no?— por algunos acontecimientos especialmente macabros: el salvaje atentado de la estación de Atocha de Madrid, el 11 de marzo; la prolongada carnicería de la guerra de Irak; el tsunami que arrasó las costas del sudeste asiático. Pero no cabe pensar que, por penosos que sean, hechos de esta naturaleza afligieran a Marsé hasta el extremo de deprimirlo.
Tampoco parece que nada de lo que ese año le ocurrió en el plano personal revistiera tanta gravedad como para justificar un balance tan negativo. Es cierto, sí, que en el ámbito privado, familiar, padeció un disgusto importante, a consecuencia de una revelación que afectaba a alguien para él muy cercano. Y que en el ámbito profesional supuso una decepción, o más bien un contratiempo, la negativa de Fernando Trueba a rodar el guion que Marsé había escrito por encargo del productor Andrés Vicente Gómez, ofendido el director por unas declaraciones de Marsé acerca de su adaptación de El embrujo de Shanghai. Otro disgusto le vino dado por su participación como jurado del Premio Planeta, y sentirse partícipe de las componendas que suelen esconder este tipo de convocatorias. Pero ninguna de las tres cosas, ni siquiera las tres sumadas, parecen suficientes para ensombrecer un año que por lo demás discurre —al menos para un observador corriente— con bastante normalidad.
Las dolencias cardiacas que venían menoscabando la salud de Marsé desde años atrás no le ocasionaron en 2004 ningún episodio desagradable. El lector de este diario asiste a las rutinas de un escritor reconocido, de vida acomodada, que reparte sus días entre su piso de Barcelona y su casa de veraneo en Calafell, en la Costa Dorada de Cataluña, con viajes ocasionales a distintas capitales europeas —Lisboa, Londres, Berlín, Varsovia— o a localidades españolas —Madrid, Cáceres, Granada, Almería, Murcia— para participar en actos culturales, la mayor parte dedicados a su obra y trayectoria, razón por la que, allá adonde va, es celebrado y agasajado.
Los paseos por el barrio, en compañía de su perro Simón, para ir a comprar a diario los tres periódicos que luego lee con tanto interés como irritación, incrementada esta por los informativos de la televisión; el frecuente visionado de películas, ya en solitario, ya en compañía de su mujer, Joaquina, o en la de su nieto Guille, con el que pasa entretenido muchas horas, dibujándole sus superhéroes favoritos; las copas y las risas en el hotel Majestic, con los amigos; las comidas y las cenas, ya en familia, ya en casa de Carmen Balcells, ya con cualquier pretexto, no pocas veces la visita de escritores de paso por la ciudad; la lectura de libros y de manuscritos; la música —clásica y jazz— que escucha sin parar; la participación, siempre con desgana, en la vida literaria; y, por supuesto, las sesiones de escritura y de natación...
En 2004 Marsé publica dos libros, los dos sobre cine: La gran desilusión (Seix Barral) y Momentos inolvidables del cine (Carroggio). Concluye la escritura de un guion y emprende y finaliza su conversión en novela (Canciones de amor en Lolita’s Club). Sus libros son traducidos a diferentes lenguas europeas, y su reputación no deja de aumentar de manera perceptible. La traducción al inglés de Rabos de lagartija concurre con buenas expectativas al Independent Foreign Fiction Prize, y su nombre suena con insistencia para el Premio Cervantes, cosa que, mientras no lo reciba finalmente, en 2008, será un motivo de frustración. Entretanto, recibe ese año uno de los premios Extremadura a la Creación, concedido anteriormente a Ernesto Sabato y a Rafael Sánchez Ferlosio.
De la lectura del diario, pues, no se desprenden muchas razones que justifiquen que 2004 fuera para él un año «maldito». El negro balance que hace Marsé del año transcurrido parece decir más de su propio estado de ánimo —esa mencionada cifra de aburrimiento, fastidio y fatiga— que de los hechos vividos y sufridos. Un estado de ánimo que cabe relacionar, antes que nada, con el agudo sentimiento de pérdida que le infunde el paso del tiempo y el ingreso en la vejez, conforme se ha visto.
Ya en la primera entrada del diario, la del 1 de enero, se menciona el «perfume de la infancia», que impregnará el texto entero con creciente intensidad. «¿Por qué perviven en la memoria con tanta insistencia, nitidez y detalle los paisajes de la infancia? ¿Por qué esos escenarios permanecen incólumes, luminosos, imborrables?», escribe Marsé el 12 de mayo. Y el 25 de agosto anota, concluyente: «Mis amigos de la infancia en el Penedés, unos muchachos desnudos bajo el sol y entre viñedos, nadando en las albercas con runas, y unos paisajes. Esa es mi patria».
Si algo ilustra este diario, impregnado de abatimiento, es de qué modo esa patria irradia una luz cuyos destellos apagan, por contraste, toda otra experiencia, sumiendo en la grisura y la sordidez los días del presente.
En la primera entrada del diario, tomada al comenzar la tarde de una jornada soleada transcurrida en su casa de Calafell, evoca Marsé la que fue la última anotación de Antonio Machado en el exilio de Colliure, muy poco antes de morir: «Estos días azules y este sol de la infancia».
Desde el exilio de la vejez en que se adentra, Marsé convertirá la añoranza de su propia infancia en su centro secreto. «Pienso en los chavales desamparados de mis novelas. ¿Por qué con ellos y a través de ellos me reconozco más vivo y auténtico, y no cuando me miro en el espejo o cuando me miran mis semejantes, y veo esos despojos del niño que fui?», anota el 13 de mayo.
No es de extrañar que su siguiente novela, Caligrafía de los sueños, tenga por protagonista a un niño ya casi adolescente en el que se reconoce un explícito autorretrato de Marsé a esa misma edad, en esa misma época. Lo dejará dicho en un apunte del 1 de diciembre de 2015: «La infancia es el campo nutricional de los escritores de ficción que más aprecio».
TRES LIBRETAS
El diario del año 2004 se presenta aquí acompañado del contenido de tres pequeñas libretas (de nueve por catorce centímetros) en que Marsé realizaba anotaciones sueltas, a menudo fechadas pero desprovistas de toda articulación cronológica, mucho menos narrativa. Se trata de una práctica común a muchos escritores que Marsé adoptó en distintos momentos de su vida. Josep Maria Cuenca, el biógrafo de Marsé, da cuenta de la existencia de dos gruesos blocs en los que, muy a comienzos de los sesenta, el escritor fue trazando las líneas básicas de Últimas tardes con Teresa. Las libretas que se presentan aquí tienen un carácter muy diferente, y en absoluto orgánico. Contienen capturas rápidas de recuerdos, de citas, de apuntes y retazos narrativos (gérmenes de posibles relatos, títulos tentativos, breves diálogos, materiales de toda índole susceptibles de ser más adelante aprovechados). Incluyen aforismos, chistes privados, juegos de palabras, poemitas bufos, listados, reflexiones ensayísticas, observaciones críticas, desahogos, declaraciones y comentarios políticos. También anotaciones propiamente diarísticas, siempre aisladas.
El arco cronológico que comprenden las libretas va del año 2006 al 2019. La práctica totalidad de las anotaciones, pues (excepción hecha del puntual rescate de alguna anotación antigua, repescada muy probablemente de otras libretas más viejas), son posteriores a las del diario, del que vienen a constituir una especie de prolongación, mucho más conforme con el carácter y con las aptitudes de Marsé. Lejos de constituir una penosa disciplina autoimpuesta, las libretas absorben sus tendencias más lúdicas y humorísticas. Marsé se entretiene ilustrando las páginas con dibujos y recortes de fotografías, con los que a menudo forma collages. Una de las maneras que tiene de comentar satíricamente la actualidad, sobre todo la relativa a la deriva soberanista de Cataluña (agudizada en esos años), consiste en recortar fotografías de los líderes de procés, añadiéndoles breves comentarios, o atribuyéndoles manifestaciones cómicas por medio de «bocadillos» característicos de las tiras cómicas. Lo mismo hace con otras personalidades de la política española o de las altas jerarquías eclesiásticas. Pero los dibujos y recortes de Marsé no tienen siempre, ni mucho menos, intencionalidad gamberra. Muchos son simplemente decorativos, y revelan un innegable talento artístico. Otros —muchos, también— dan cauce a la irresistible e indisimulada atracción que Marsé, mujeriego impenitente, sintió siempre por los cuerpos femeninos. El conjunto posee una gracia notable y contribuye a diluir el regusto más bien amargo que deja el diario. Liberado del imperativo de autorreferencialidad, Marsé deja entrever facetas más festivas de su carácter y de su inteligencia siempre díscola y aguda.
Quizá no esté de más añadir que desde niño Marsé dio muestras de talento para el dibujo, lo que le abrió las puertas para trabajar en el taller de joyería en el que se empleó a los treces años, por mediación de un amigo de su madre. Josep Maria Cuenca cuenta cómo, en el curso 1948-1949, Marsé se matriculó en la Escuela de Artes y Oficios de Barcelona con la intención de estudiar Dibujo Artístico. El mismo Cuenca informa de que «entre los cuantiosos viejos papeles que el novelista guarda se halla una pequeña libreta de diez por quince centímetros y medio, con tapas acartonadas de color marrón oscuro y papel interior blanco cuadriculado, que contiene diversos textos manuscritos y dibujos variados, trazados, unos y otros, a lápiz. Se trata de una libreta de notable interés en términos de arqueología literaria, en cuya cubierta interior se puede leer, después de la firma del joven Marsé [...]: “1947-48. Diario o lo que salga”. Una gran parte de su contenido, sin embargo, es posterior a esas fechas». No cabe duda de que la libreta en cuestión es un remoto antecedente de las tres cuyo contenido se recoge aquí, y que todas ellas —antiguas y nuevas— acreditan cierto hábito del que arrancaría, como ya se ha sugerido, la determinación de escribir el diario.
«SEÑORAS Y SEÑORES»
Tanto el diario como las libretas abundan en observaciones críticas de toda índole, muy en particular de personajes de la vida pública, pero también de tantas personas a las que Marsé conoce y trata en las más diversas circunstancias. La aptitud que Marsé tenía para el dibujo encuentra un correlato en su muy ejercitado talento como retratista literario, patente en una de sus más logradas series periodísticas: la titulada Señoras y señores, de 1974, cuyo éxito determinó una segunda «temporada» en 1987. También como novelista Marsé desarrolló una gran habilidad para la representación de sus personajes, los rasgos psicológicos de los cuales siempre traza con muy convincente plasticidad.
Sorprende, en una de las entradas finales del diario (la del 3 de enero de 2005, dedicada a autoflagelarse como escritor), leer que es «poco observador». Tímido, reservado, esquinado, no muy dado a las abiertas manifestaciones de simpatía, inepto en general para la vida social (otra cosa era la charla confiada con amigos y amigas), Marsé se veía forzado, mucho más a menudo de lo que él hubiera deseado, a asistir a toda suerte de reuniones, celebraciones, presentaciones y veladas. En esas ocasiones no era raro que se mantuviera en silencio, whisky en mano, escrutando atentamente a unos y otros. Son precisamente sus dotes de observador las que abonan su talento como novelista y nutren su humor siempre cáustico.
Esa causticidad forma parte de la idiosincrasia de Marsé, y la vuelca allá adonde dirige la atención o la mirada. Se alimenta de sus propias inseguridades, de cierto resentimiento social (también de orden cultural) y de una irresistible propensión —entre la travesura y el gamberrismo— a la caricatura. Se alimenta asimismo, y sobre todo, de sus juicios como lector severo, intransigente con todo asomo de fatuidad, de falsedad y de tontería. Y se alimenta, además, de su condición de ciudadano apátrida y desclasado, crecido en un entorno humilde, alineado desde siempre con la izquierda, alérgico a todo vestigio del franquismo y a toda exaltación nacionalista, del signo que fuera, con más motivo por cuanto sufrió en carne propia, y por doble partida, las actitudes doctrinarias y excluyentes que suelen derivarse de aquella.
Importa recordar en este punto la muy activa participación de Marsé en semanarios satíricos como Por Favor, en los que tuvo sobradas ocasiones de afilar su pluma. Y en general su tendencia, cada vez más acusada, a la sátira literaria y no solo periodística, observable tanto en sus novelas (desde Últimas tardes con Teresa hasta Esa puta tan distinguida, pasando por títulos como La muchacha de las bragas de oro, El amante bilingüe y El embrujo de Shanghai) como en sus relatos (baste pensar en Teniente Bravo).
No es de extrañar, así, que muchas de las anotaciones del diario, y muchas más de las libretas, contengan rápidas y a menudo gruesas calificaciones ya sea de los protagonistas de la actualidad política y cultural, ya de las personas con las que por cualquier motivo se relaciona, buena parte de ellas escritores y escritoras.
Políticos, cineastas, actores y actrices, artistas plásticos, presentadoras y presentadores de la televisión, columnistas, periodistas culturales, editoras y editores... Marsé prodiga sobre unos y otros juicios sumarísimos y temperamentales, que no se esfuerza en argumentar, pues se sustentan en su propio escalafón de simpatías y de manías, a menudo instintivas, y no pocas veces recurrentes (como su ya proverbial tirria a Baltasar Porcel, convertida en leitmotiv cómico de su literatura). Por ofensivos que a veces puedan resultar, estos juicios no son de naturaleza agresiva sino más bien reactiva: todos sumados configuran una especie de cartografía moral que, antes que informar sobre las personas de que se ocupa, traslucen la personalidad del mismo Marsé.
Por muy políticamente incorrectas que sean, constituiría un error leer estas páginas guiándose por el morbo que suscitan muchos de sus comentarios. Bastante más interés tiene reparar en las posiciones ideológicas —dicho sea en el más amplio sentido— que Marsé está defendiendo de este modo.
APOLOGÍA DE LA FICCIÓN
Esparcidas entre sus páginas, el presente volumen contiene una explícita y apasionada apología del arte de la ficción, y una doliente reivindicación, por parte de Marsé, de su lugar como escritor, tanto más significativa en cuanto son conocidas su escasa afición a figurar y la severidad con que se juzgaba a sí mismo.
«Me encuentro ya en la antesala del olvido, respirando un venenoso silencio y un doloroso ninguneo, pero me esfuerzo por vivir sin lamentos ni rencores», anota Marsé el 30 de diciembre de 2007. No mucho después, en un apunte del 7 de septiembre de 2008, confiesa sentirse «agraviado» por un artículo de Antonio Muñoz Molina en que decía que, hasta hacía muy poco, en España no se había podido «escribir y casi ni hablar de la Guerra Civil o de la posguerra desde el punto de vista de los vencidos». «¡Vaya con la desmemoria de Muñoz Molina!», exclama Marsé. «Desde Encerrados con un solo juguete (1961) no he hecho otra cosa que escribir ficciones sobre los vencidos en la posguerra», recuerda. Y a continuación añade: «Supongo que me merezco el ninguneo y lo estoy asumiendo desde hace algún tiempo como algo necesario, algo que tarde o temprano tenía que llegar».
La susceptibilidad que delatan estas palabras resulta tanto más llamativa si se piensa que, apenas tres meses después de anotadas, Marsé iba a ser distinguido con el Premio Cervantes. ¿Ninguneo? Sorprende que Marsé, de quien mal puede decirse que no recibió reconocimientos, se sintiera objeto de algo así.
El diario de 2004 proyecta la imagen de un escritor continuamente reclamado por entrevistadores, doctorandos, editores, universidades, organizadores de eventos, programadores televisivos, jerarcas culturales... Y pese a la bien labrada fama de autor reservado, esquivo, renuente a salir en los medios («La palabra es NO. En relación con mi vida social y mi actividad pública como intelectual, la palabra favorita, la que desde hace ya mucho tiempo vengo utilizando —y lo seguiré haciendo hasta que muera—, es el monosílabo NO», anota el 14 de mayo), lo cierto es que buena parte de su tiempo lo emplea Marsé, aunque sea a regañadientes, en atender a periodistas y a estudiosos de su obra, en responder encuestas, en formar parte de jurados de premios literarios (al menos tres en solo un año: el Premio La Sonrisa Vertical, el Mario Lacruz y el Planeta, lo que le obliga a leer más de una decena de manuscritos), en concurrir a eventos, en —como ya se ha dicho— viajar de un lado a otro para participar en actos culturales en los que recibe homenajes públicos.
No cabe presumir que esta actividad cesara en los años siguientes, mucho menos súbitamente. Así pues: ¿ninguneo? Pese a lo cual, el 9 de octubre de 2018 insiste: «Empiezo a sentirme desleído, desencuadernado y descatalogado».
Las razones de esta impresión por parte de Marsé deben buscarse en la polémica que en su fuero interno mantiene con las tendencias literarias que él estima hegemónicas del momento, muy en particular la metaliteratura, la narrativa de no ficción, la autoficción y la novela negra.
A lo largo del diario y de las libretas Marsé desgrana continuamente agrias refutaciones de esas tendencias. «La ficción no aspira a suplantar la realidad; quiere representarla, pero no suplantarla. Los metaliterarios todavía no lo han entendido y por eso siempre andan encandilados con los reflejos cegadores de la literatura de ficción» (19 de mayo de 2004), «Vuelvo a sentir en torno el creciente descrédito de la ficción. En la crítica literaria y en el espíritu del hombre de la calle, en su sensibilidad» (26 de agosto de 2004), «¡Estoy del coñazo ese de la novela negra hasta el gorro!» (7 de febrero de 2012), «Lo de la autoficción me tiene más que harto. Es la palabreja de moda de los críticos más incompetentes. ¿Hasta cuándo habrá que repetir que en literatura lo verosímil es más valioso que lo real?» (12 de enero de 2017)... Estos y otros muchos exabruptos de este tipo convergen todos en una defensa a ultranza de la ficción, cuyo desprestigio siente Marsé casi como una cuestión personal.
Así se deja ver en esta rotunda declaración del 21 de diciembre de 2004: «De nuevo reflexiono sobre la arrogante estirpe de los detractores —críticos y escritores que suponen estar a la moda— de la ficción, arrimando su ascua a la sardina podrida de lo “real” y “documentado”. Y me digo una vez más que estos son tiempos de descrédito para la ficción, y me pregunto por qué. Porque yo sigo en mis trece: el único camino que me lleva a ser un poco distinto al pobre sujeto que soy es el camino que conduce a la ficción literaria, a la novela entendida como un desahogo de la imaginación, es decir, un ajuste de cuentas con la “realidad real”».
Palabras que deben ser tenidas muy en cuenta a la hora de calibrar los «ajustes de cuentas» que parecen constituir los numerosos improperios y aguijonazos que llenan estas páginas. Como concluye Marsé en uno de los más tardíos apuntes aquí reunidos, del 16 de marzo de 2019: «Lo real puede no ser verdad; la ficción sí puede».
«AL CONTRARIO»
«—Yo, señor, soy español y catalán, pero no ejerzo ni de español ni de catalán. Mi única patria es la ficción literaria. ¿Usted es catalán, señor?
»—Al contrario.»
Al comienzo de la primera de las libretas cuyo contenido reproduce este volumen, esta humorada señala la otra polémica que Marsé sostiene a lo largo del diario y de las tres libretas: la que alienta su condición de escritor fronterizo, «en Catalunya ninguneado por escribir en castellano, y en el Reino no me quieren porque soy catalán» (21 de enero de 2004). De nuevo supura aquí la susceptibilidad de quien se siente desplazado, ahora por razones políticas.
En este caso, la polémica viene de muy lejos, pues desde muy pronto, aun sin serlo estrictamente, Marsé se perfiló como paradigma de escritor charnego. Un título que él asumía con cierta jactancia, simpatizando con su más célebre personaje, el Pijoaparte, «el charnego irreductible», como lo califica en un apunte del 21 de febrero de 2014, en oposición al «charnego domesticado» encarnado a sus ojos por Francisco Candel.
Desde esta perspectiva desplazada, la del charnego, o más precisamente la del escritor catalán que escribe en castellano, Marsé contempla con ironía, acidez y creciente irritación el teatro de la política nacional, progresivamente acaparado por el proceso soberanista catalán. No le inquietan ni le enojan las aspiraciones independentistas (su padre lo fue), sino el modelo de «Catalunya excluyente, patriotera, insolidaria y beatorra» que postula (20 de octubre de 2010). Le divierten y exasperan a partes iguales los «delirios nacionalistas» y la «boba retórica» que cunden en los dos bandos enfrentados, y muy en particular el «oportunismo» y la «desvergüenza intelectual» de tantos políticos y periodistas. Unos y otros reciben las pullas más ensañadas e hirientes de estas páginas, dictadas por quien afirma con cómica solemnidad: «No soy nacionalista, no soy patriota, no soy catalanista ni españolista, no soy nada de eso. Solo soy —para entendernos— un rendido admirador del trasero de Jennifer López» (14 de octubre de 2014).
Dado que las libretas comprenden el arco temporal en que se despliega el llamado procés catalán, es explicable que en ellas menudeen cada vez más las alusiones a este y a sus protagonistas. Las bromas al respecto van subiendo de tono conforme pasa el tiempo, pero conviene tener en cuenta, al leerlas, que las críticas de Marsé al nacionalismo tienen doble dirección: «El fraude es tan evidente que clama al cielo: tanto el gobierno de Madrid como el de Cataluña atropellan una y otra vez la legalidad y se burlan de ella, desprecian a los ciudadanos y degradan la democracia. Me he cagado en todos ellos y me seguiré cagando, en público y en privado» (17 de mayo de 2017).
Por lo demás, en el rechazo a unos y a otros es tanto el ciudadano como el escritor quien reacciona. Lo que le alarma en el discurso nacionalista es que se revele «tan corrompido y mistificado, jamás el lenguaje, el sentido de las palabras, su naturaleza y su función habían sido tan falseados y convertidos en embustes», anota en una entrada sin fechar pero sin duda de 2017.
Años antes, el 27 de septiembre de 2012, ha dejado escrito: «La patria, para mí, es un artefacto sentimental y peligroso que me tiene ya muy harto». Y a continuación: «En cuanto a mí, creo haber hecho méritos suficientes para ser despreciado y ninguneado por unos y otros. Es mi motivo de orgullo».
DIARIO, AGENDA, APUNTES
Ya se ha dicho que, desde el instante mismo de emprenderlo, Marsé se cuestionó el sentido de llevar un diario. El 18 de enero anota: «No me pasa nada especial ni singular, nada importante, así que me pregunto una vez más qué interés pueden tener estas anotaciones para un hipotético lector». Además del escepticismo que le produce su iniciativa, esta anotación revela que Marsé no dejó de tener presente la posibilidad de que su diario terminara constituyendo un material susceptible de atraer la curiosidad de un «hipotético lector». Ya al final de todo, cuando en los primeros días del año 2005 hace balance del resultado, vuelve a hacerse la misma pregunta: «¿Pensaba tal vez que estas desmayadas anotaciones podrían interesar a alguien en el futuro?» (4 de enero de 2005). De nuevo emerge, aunque borrosa, la presencia de ese «hipotético lector», que todo invita a pensar que Marsé no consiguió quitarse de encima, lo cual sería una de las razones por las que la escritura diarística no consiguió «prender» en él; demasiado tímido, demasiado reservado, demasiado inseguro del interés de lo que estaba haciendo, y sin ninguna experiencia en las artes de la introspección, como no fuera a través del rodeo de la ficción.
La cautela con que Marsé se entregó al experimento de llevar un diario constituía ya, de partida, un presagio de su relativo fracaso. En un notable ensayo en el que discurre extensamente sobre la escritura diarística, Elias Canetti comienza por deslindar netamente los diarios propiamente dichos de los «apuntes» y de las «agendas». Echando mano de su propia experiencia, dice sobre estas últimas: «Habitualmente suele confundirse agenda y diario. Yo los distingo en forma clara. En las agendas, que casi siempre son calendarios pequeños, anoto brevemente lo que me llama la atención o satisface de modo especial. [...] Todo es mencionado en tres o cuatro palabras solamente; los nombres son lo principal; se trata de fijar el día en el que cosas y personas nuevas ingresan en nuestra vida, o bien en que reaparece, como algo nuevo, lo que ya había desaparecido». Respecto a los apuntes, el mismo Canetti dice que «son espontáneos y contradictorios, contienen ideas que a veces brotan de una tensión insoportable, pero a menudo también de una gran ligereza».
Las palabras de Canetti sirven para caracterizar la escritura tanto del diario de Marsé del año 2004 como la de las tres libretas que aquí lo acompañan. Ya se ha dicho que, para el diario, Marsé emplea una agenda más o menos convencional, en la que se reserva un reducido espacio para cada jornada. Dice Canetti que «en cuanto se rebasan ciertos límites, en cuanto empieza la reflexión sobre las cosas, las agendas salen del ámbito del calendario de notas e ingresan en el del diario». Pero en el caso de Marsé no cabe que esto ocurra, dado que no hay margen para que esos ciertos límites sean rebasados. En su deseo de limitar los alcances de la disciplina que él mismo se imponía, poseído como estaba por una «absoluta desgana» para bucear dentro de sí mismo, Marsé boicoteó la posibilidad misma de llegar a superar esa desgana. Boicoteó, de hecho, la posibilidad misma de que su relato lo fuera realmente. Todavía Canetti: «En el diario uno habla consigo mismo. Quien no logra hacerlo, quien ve frente a él un auditorio, aunque sea futuro, después de su muerte, está falseando». Pero ya se ha visto que Marsé nunca prescinde del todo de esa eventualidad, lo cual no deja de obrar a su vez en perjuicio de su propósito.
El mismo título escogido por Marsé para titular su diario es indicativo de sus reticencias respecto a la adscripción genérica de su texto. Notas para unas memorias que nunca escribiré denota que, lejos de adentrarse en ese «diálogo con el interlocutor cruel» que al decir de Canetti es todo diario, Marsé consigna simplemente —como es más propio de las agendas— algunos datos para él relevantes del día, a menudo anecdóticos, que en efecto le servirían, llegado el caso, de puntual recordatorio con vistas a un relato de su vida que por otro lado nunca, ni remotamente, consideró emprender. A finales del año, haciendo «limpieza de papeles, recortes y viejas revistas», se pregunta Marsé por qué ha guardado «tantas tonterías que dicen (y digo) sobre mí». A lo que se responde: «¿La vanidad? ¿La creencia de que algún día pueda este material servirme de algo, como recordatorio, por ejemplo, para unas memorias...? Nunca escribiré memorias». El título finalmente escogido por Marsé para su diario, en consecuencia, ironiza abiertamente —y advierte al lector— acerca del sinsentido que para él tiene la empresa emprendida y tan esforzadamente cumplida.
Pero, entonces, ¿por qué sacar a la luz el resultado? Se impone en este punto dar cuenta del modo en que se concretó la publicación del presente volumen.
«EN REALIDAD TENGO ALGO»
Desde finales de los años noventa, los derechos de publicación de las nuevas obras de Marsé pasaron a manos de la editorial Lumen, por entonces encuadrada en el grupo Random House Mondadori (actualmente Penguin Random House). La veterana editora Silvia Querini se hizo cargo de la edición de sus textos, y estableció con el escritor una buena relación, en cuyo marco se fraguó la publicación no solo de sus últimas cuatro novelas —Rabos de lagartija, Canciones de amor en Lolita’s Club, Caligrafía de los sueños y Esa puta tan distinguida—, sino también de Noticias felices en aviones de papel (2014) y de Colección particular (2017), una selección de sus cuentos y relatos.
Silvia Querini se jubiló en la primavera de 2018 y fue la escritora, periodista y editora María Fasce quien la sustituyó como directora literaria de Lumen. El traspaso de funciones incluyó la visita a Juan Marsé, uno de los autores estrella de la editorial, por quien las dos editoras sienten gran admiración. Cuando María Fasce lo conoció, sin embargo, Juan Marsé ya daba por concluida su carrera de escritor. Con la salud muy quebrantada, se sentía incapaz de acometer la escritura de nuevas novelas, ni siquiera de relatos. El único que publicó en los dos años y medio que le restaban de vida, «El moco nacional» (El País, 7 de julio de 2018), es una pieza satírica escrita, como quien dice, a brochazos. Asumiendo que nada nuevo iba a recibir de él, María Fasce no perdió ocasión de preguntar a Marsé si conservaba algún material susceptible de ser rescatado sin que le supusiera un esfuerzo excesivo armarlo. Por esas fechas se resolvió Marsé a sacar a la luz el borrador de Viaje al sur, reportaje crítico de un recorrido que hiciera por Andalucía en el año 1962. Josep Maria Cuenca lo había exhumado de entre los archivos de Marsé, cuando este le permitió consultarlos para su biografía. Sobre este extraordinario material, y sobre el sensacional descubrimiento en Amsterdam durante los trabajos de edición del texto de la versión original, que se daba por perdida, el lector dispone de toda la información relevante en el extenso prólogo que Andreu Jaume antepuso a su impecable edición de este libro, publicado por Lumen en 2020. Con este precedente, María Fasce siguió inquiriendo a Marsé si tenía más materiales guardados. Marsé empezó respondiendo de manera negativa hasta que, en una de estas, hizo memoria y le dijo: «En realidad tengo algo...». Tras buscar un rato entre sus papeles, extrajo una carpeta corriente de cartón ilustrada con un collage de chicas en bikini en la que destacaba el rótulo «Diario de un año». La carpeta contenía una agenda con todas sus páginas llenas de anotaciones. Era la misma de la que también daba noticia Josep Maria Cuenca en su biografía. Allí dice que por entonces (correría el año 2013) Marsé había asignado a ese diario el título Las horas muertas, que, si bien consta al frente del original, luego desestimó. Pese a estar escrito «con una prosa inventarial ajena por completo a cualquier tentación estilística (con la excepción de algunas entradas iniciales), con una melancolía muy contenida y con una franqueza a veces descarnada», Cuenca definía ese diario —que describía con detalle, y del que espigaba abundantes citas— como «un documento informativamente impagable desde diversos puntos de vista». A esta misma conclusión llegó María Fasce después de leerlo.
Durante las negociaciones del contrato correspondiente, Fasce siguió sondeando a Marsé —siempre muy desmemoriado en lo relativo a sus papeles— para averiguar si conservaba algo más en una línea semejante. Fue entonces cuando Marsé le habló de unas libretas que había ido llenando en los últimos años de manera muy desordenada, entreteniéndose en mezclar apuntes con dibujos, recortes y collages. Marsé entregó a Fasce tres, las que aquí se transcriben. Pero consta que conservaba bastantes más, que en aque
