Héroes de leyenda

Antonio Cardiel

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Héroes del Silencio es un caso único en el panorama del rock español por su popularidad incombustible y por su persistencia como fenómeno musical. Y las pruebas son abrumadoras: la EMI no solo sigue vendiendo cada uno de sus cuatro álbumes, que superaron los siete millones de copias en todo el mundo, sino que reeditó Senderos de traición por su 25.º aniversario y El espíritu del vino por el 20.º; es el grupo del que más discos piratas se facturaron, decenas y decenas de ellos, un fenómeno que no experimentó ninguna otra banda española ni de su época ni posterior, lo que demuestra el afán que han tenido sus seguidores por poseer grabaciones de sus directos; se mantiene también el coleccionismo de objetos relacionados con el grupo, autógrafos, camisetas, ediciones raras, discos de oro, y existe un activo mercado a través de internet; hay decenas de bandas tributo, tanto en España como en Hispanoamérica, que interpretan sus canciones en innumerables conciertos que se programan cada semana; hoy por hoy, continúa activo el club de fans Las Líneas Del Kaos, fundado en 1994, que editó fanzines y especiales de la banda, preparó viajes y actividades, y mantiene cuentas en redes sociales que informan sobre todo lo que atañe a los cuatro músicos aragoneses; recientemente otra iniciativa se ha sumado al largo listado, el Día H, que organiza cada mes de octubre, desde 2008 y en decenas de ciudades innumerables actos en su homenaje, como en 2019, cuando se hicieron en Argentina, Bolivia, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Guatemala, México, Perú, Estados Unidos y España, actos que culminaron con un concierto a cargo de la banda tributo Maldito Duende y la Joven Orquesta Sinfónica Ciudad de Salamanca. ¿Por qué hay un clamor constante en la red para que vuelvan, para que compongan otro álbum entre los cuatro que, sin ninguna duda, rompería los esquemas del mercado de la música en español?

Un fenómeno sustentado por sus miles de seguidores, que son los verdaderos responsables de que su música continúe estando vigente y su memoria viva. La mayoría de ellos desde el anonimato, aquellos que compraban fielmente cada novedad discográfica y los seguían de ciudad en ciudad, en los calurosos y lejanos veranos de 1988 a 1996, para no perderse ni uno de sus directos. Otros como protagonistas de historias que lindan con lo extraordinario, como la presidenta de un club de fans de Francia que, se dice, despertó del coma escuchando las canciones de Héroes del Silencio, o las decenas de muchachas alemanas que, entre 1992 y 1993, se mudaron a Zaragoza para estar más cerca de sus ídolos. O como el joven de Granada que se aficionó a la música de Héroes del Silencio escuchando El espíritu del vino. Sufría de sonambulismo y no era rara la noche en que sus padres le sorprendían levantado de la cama, deambulando por el pasillo, entretenido en las actividades más extravagantes. Una de esas noches, creyendo que estaba jugando con un amigo, se precipitó a la calle desde el tercer piso de la casa familiar. Había saltado sobre el alféizar de una ventana abierta. Cuando sus padres se dieron cuenta llevaba ya un rato en el suelo, inconsciente. Le llevaron en una ambulancia al hospital más cercano, en cuya UCI quedó ingresado, y le sometieron a numerosas operaciones para recomponer las partes más dañadas de su cuerpo: el brazo izquierdo, la pierna del mismo lado y la cadera. En esas circunstancias de desesperación y dolor, de aislamiento y soledad, un pariente tuvo la ocurrencia de regalarle un walkman y una cinta de casete. La escogida fue El espíritu del vino, de una banda para él desconocida llamada Héroes del Silencio. Enseguida se la puso, en la soledad de la UCI, conectado a los aparatos que mantenían sus constantes vitales. Aquello fue un descubrimiento, un flechazo, la constatación del valor terapéutico que a veces tiene la música. Se la ponía continuamente, era la única manera en que conseguía olvidarse del dolor. Esas canciones le aliviaban más que los sofisticados calmantes que le suministraban. La música de Héroes del Silencio le ayudó a salir adelante. Durante el mes que pasó en la UCI fue la única actividad que le mantuvo despierto y alerta, con ganas de aferrarse a la vida y salir de ese agujero. Se imaginaba a los cuatro músicos entregados a su pasión compositiva en el local de ensayo, dando forma a sus canciones sin ser del todo conscientes de lo que esa labor podría llegar a significar para otros. Para él, desde luego, ese álbum fue su asidero a la vida en el momento más dramático, cuando el dolor y la soledad se hacían más intensos. Todavía conserva ese viejo walkman y esa cinta escuchada miles de veces.

La historia de este libro arranca en el verano de 2017. Joaquín Cardiel, mi hermano, me había dejado la bibliografía sobre Héroes del Silencio que tiene, y pasé las vacaciones leyéndola y valorando la posibilidad de embarcarme en una biografía de la banda. Entre todo aquel material había dos títulos que merecía la pena rescatar: el que escribió el periodista Matías Uribe, Héroes del Silencio. El sueño de un destino, editado por Heraldo de Aragón en 2007, un buen libro escrito con conocimiento de causa por un testigo privilegiado de los sucesos, editado con cuidado e ilustrado con decenas de fotografías; y el de Pep Blay, Enrique Bunbury. Lo demás es silencio, biografía del cantante editada por Random House Mondadori también en 2007, en el que dedica un largo capítulo de más de doscientas páginas a desgranar la historia de la banda. Sin embargo, tuve la convicción de que era posible plantearse la escritura de un libro sobre el grupo más importante de la historia del rock en español. ¿Sería posible enfocarlo de otra manera y dar entrada a una visión intimista, basada en las confidencias de los cuatro músicos? Una historia de la banda contada desde dentro.

Los había tratado muy de cerca desde que Joaquín entró en la banda. Recuerdo que, junto con mi mujer, Ester, ya fuimos invitados al local de la calle Hernán Cortés a presenciar un ensayo. Aquel día de octubre de 1986, mientras interpretaban Héroe de leyenda y Olvidado, o la última composición, El estanque, fuimos conscientes de la calidad de sus canciones, de la fuerza interpretativa de Enrique, que se movía de un lado a otro como si estuviera actuando ante un estadio abarrotado de público, y del gran futuro que les aguardaba. Enseguida empezamos a ir a sus conciertos, algunos en Zaragoza, otros por los pueblos de los alrededores, en una costumbre que se prolongaría hasta 1992, cuando comenzaron a girar por Europa y América y se hizo más difícil verlos en España. Aunque, esporádicamente, también recalaban en Barcelona, ciudad en la que vivimos, en la sala Zeleste, en el Pabellón de Deportes, en el Palau Sant Jordi, y allí nos presentábamos. Fuimos testigos de toda la liturgia que rodea la gira de una banda de rock: los hoteles, los desplazamientos en furgoneta, las pruebas de sonido, los camerinos, la épica del directo, las risas cuando todo había pasado y las cervezas y los canutos comenzaban a circular conforme ellos se distendían y relajaban. Y las charlas. Esas charlas que seguían hasta altas horas de la madrugada en una de las habitaciones del hotel. Cuántas veces sentimos llegar el amanecer a través de las cortinas que tapaban las ventanas. La luz interior se hacía innecesaria conforme salía el sol y se terminaban las bebidas, el tabaco, las ganas de fiesta. Amanecía tan pronto… Era entonces cuando nos despedíamos hasta la próxima. Otro viaje que habría de llevarlos a otra ciudad, a otro escenario, ante otro público. La ceremonia del rock and roll tiene esas pautas. Por eso, por los viajes y la cercanía, porque siempre nos recibían con los brazos abiertos, trabamos una excelente relación con los músicos.

¿Por qué no recuperarla, treinta años después, y proponerles su participación en un libro que habría de reivindicar su legado musical y explicar su ascensión al estrellato y su posterior separación, en el apogeo de su popularidad? Cuatro chicos de Zaragoza que a base de tesón, esfuerzo y talento llegaron a lo más alto y, estando allí, precisamente en la cumbre, vieron cómo todo se desplomaba, igual que un castillo de naipes. Quería preguntarles el porqué. Quería saberlo todo sobre su música, el legado que habían dejado, la forma de componer, grabar e interpretar sus canciones, la repercusión que estas habían tenido en el público y la crítica. Por todos estos motivos me embarqué en este proyecto y comencé a entrevistar a Juan Valdivia, a Pedro Andreu y a mi hermano. Los tres fueron sumamente pacientes al recibirme en sus casas y someterse a mi batería de preguntas. Sus recuerdos serán el material básico de estas páginas.

La primera vez que vi a Juan fue el 5 de agosto de 2018. Quedamos a las cinco de la tarde en el pub irlandés Dan O’Hara de la calle Bretón. Hacía un calor tremendo en Zaragoza. No se veía mucha gente y la poca que transitaba iba buscando las sombras de los edificios, resguardándose de los rayos verticales de sol, sorteando los aparatos de aire acondicionado que expulsaban aire caliente sobre las aceras. Cuando entré en el pub ya estaba sentado ante una mesa con un café. El saludo fue protocolario. Vaya, pensé, la cosa no empieza demasiado bien. Hacía más de diez años que no nos veíamos, apenas habíamos intercambiado cuatro palabras en la gira de 2007. Recuerdo haber charlado con él brevemente durante la fiesta que siguió al segundo concierto de La Romareda, en los salones del hotel Boston; ellos siempre estaban acosados por multitud de gente. Nos pusimos a hablar, primero de generalidades, nuestras familias respectivas, los planes del verano, la vida que pasaba muy deprisa. Su cara reflejaba ese transcurso alocado de los días, supongo que él debió de pensar lo mismo de la mía.

Le planteé a grandes rasgos el proyecto de libro sobre la banda. A pesar de que Juan me había dado el sí por correo electrónico, le encontré dubitativo. El pasado iba a regresar con fuerza, materializado en unas cuantas entrevistas ante una grabadora, y me pareció que esto le producía inquietud. Fue el músico de la banda que menos se expuso ante los medios. Y desde la separación, en octubre de 1996, casi nunca ha querido conceder entrevistas. Se removía sobre su silla, necesitaba fumar. Salimos a la entrada del establecimiento y, a una temperatura de treinta y cinco grados, fumamos sendos pitillos. El declive de la banda había sido doloroso, me dijo, le costaba mucho enfrentarse a los recuerdos, pero, en fin, estaba dispuesto a sumarse si los demás lo hacían. Recordó lo mucho que nos reíamos en los conciertos del pasado. Es verdad, nos reíamos sin freno. ¿No merecía la pena gastar el tiempo para revivir esos recuerdos? Sin embargo, no todo fueron risas, había aspectos de la historia del grupo que sería más difícil abordar. Acabó por reconocer que conmigo sería menos traumático lanzarse a ese ejercicio. Finalmente, fui a su apartamento el 23 de octubre de 2018. Empezamos a hablar de sus primeros recuerdos, la vida en Segovia, la figura del padre detrás de la discoteca familiar y de la primera guitarra española que tuvo. Las paredes de su salón están decoradas con las guitarras que usó durante su carrera musical. Diez veces quedé con Juan en su casa de Zaragoza, las tardes se iban en un suspiro entre recuerdos y cigarrillos constantes, uno tras otro; en esto no ha cambiado un ápice. Antes los llevaba siempre colgados de los labios mientras tocaba, o los ponía sobre los clavijeros de sus guitarras; era una pose muy rockera.

Pedro se puso a mi disposición el mismo día en que le envié el primer correo, que él respondió con un escueto mensaje para que cuadráramos nuestras agendas. Con él me citaba a las diez de la mañana en el restaurante Agudo, en el barrio rural Venta del Olivar, situado a ocho kilómetros de Zaragoza. A mí me resultaba cómodo llegar hasta allí, me bastaba con salir de Barcelona sobre las siete de la mañana. Luego, al final del trayecto, no me hacía falta entrar en la capital aragonesa, solo tomar la circunvalación y salir por la N-232. Así que, después de tomarnos un cortado, nos íbamos hasta su casa, un adosado rodeado de jardín, espacioso y con mucha luz, y nos sentábamos ante la mesa de su salón. La charla solía prolongarse hasta el mediodía. A veces volvíamos al Agudo para tomarnos una caña de aperitivo antes de sentarnos en el comedor a probar el cordero a la brasa, una de las especialidades de nuestra tierra. Así fueron mis citas con Pedro. Con él estuve nueve días.

Pocas personas conozco más inquietas que él. Siempre necesita tener un proyecto en marcha. No le gusta estarse de brazos cruzados ni vacilar. Su trayectoria después del final de Héroes del Silencio lo demuestra con creces. Primero, en 1997, solo un año después de la ruptura, montó la banda Pura Vida, con la que llegaría a grabar el disco Donde el corazón me lleve con Andrew Jackson, el ingeniero de Avalancha, en los estudios flotantes que David Gilmour tiene sobre el Támesis. Le debió de costar una fortuna. La EMI no le apoyó, no veía con buenos ojos su carrera musical en solitario, que solo consentía en el caso de Enrique Bunbury. Como las cosas no le fueron bien, se reinventó con DAB, Digital Analog Band, que montó con Luis Sancho, productor y DJ también aragonés. Nada menos que dos discos editados por Café del Mar Music y otro con Blanco y Negro, entre 2003 y 2011. Y, para terminar, otro proyecto musical con La Red, banda de rock con la que grabó en 2017 Libera la acción, y a la que recientemente ha dado carpetazo. Y entre septiembre de 2018, cuando comenzamos estas entrevistas, y enero de 2020, al terminarlas, ha seguido barajando ideas y viajando. Recientemente ha publicado un libro de recuerdos, En mi refugio interior, vivo y auténtico, como él.

Con Joaquín las entrevistas fueron menos ceremoniosas por razones obvias. Mi hermano siempre ha creído que este proyecto era la oportunidad de contar de una vez por todas la historia de la banda y de sus importantes y nunca bien valorados logros. Él me ayudó especialmente en una comprensión más profunda de las canciones del grupo en el que fue uno de los compositores y bajista. Las pusimos una tras otra, en su equipo de gran potencia, a través de los Yamaha, descomponiendo las pistas, estudiando las estructuras, la intervención de los instrumentos, la voz de Enrique, cualquier añadido que se le hubiera ocurrido a un productor. Era un trabajo que solo podía hacer con él. ¿Cómo se lo iba a pedir a Juan o a Pedro? Hubiera sido abusar de su confianza.

Además, tiene un completo y ordenado archivo de documentos del grupo. Otra de las características familiares, esa tendencia al acopio de recuerdos y al orden que para mí fueron un gran apoyo en este trabajo. Fotografías, carretes de diapositivas, hojas de contacto tituladas. Contratos desde la fundación del grupo ordenados por fechas, con Ego Musical, con Pito, con la EMI. Hojas de derechos de autor, recortes de prensa, revistas de música. Ejemplares de todos los discos de la banda, incluidos los sencillos de promoción y una buena colección de los piratas. Los DAT (Digital Audio Tape) en los que habían grabado desde la mesa de sonido gran parte de los conciertos de las giras por Europa, y los que habían servido para registrar las sesiones compositivas de Avalancha que tuvieron lugar en Benasque, High Wycombe y Los Ángeles. Y dos enormes tomos encuadernados en rojo que una empleada de la EMI había recopilado con paciencia infinita y que la discográfica había regalado a cada uno de los cuatro músicos. Contienen cientos de artículos de prensa en francés, italiano, alemán y español; la prueba más objetiva del éxito que habían vivido en Europa y América.

El lector debe saber que el cuarto componente de Héroes del Silencio, Enrique Ortiz de Landázuri, Bunbury, no aceptó participar. Su negativa final, después de una larga correspondencia por correo electrónico y de no pocas vacilaciones, se produjo en abril de 2019 y a punto estuvo de dar al traste con los esfuerzos hechos hasta ese momento, que no habían sido pocos. Sus razones parecían de peso: continuamente le proponían participar en entrevistas sobre Héroes del Silencio y él no quería mirar hacia el pasado, es un tema que le cansa y le abruma; al fin y al cabo, que se edite otro libro sobre la banda le deja completamente indiferente. Y si había dudado y decidido participar en un primer momento solo se debía a mi condición de hermano de Joaquín y a la buena relación que sostuvimos.

Confieso que pensé en dejarlo. Durante unas semanas me debatí en la duda, reformulando viejas reflexiones sobre si era conveniente o no lanzarse a escribir sin la participación de los cuatro. Siempre había creído que necesitaba la implicación de toda la banda, aunque solo fuera por la relación que me unía a ella en un delgado hilo a través del tiempo, y por la coherencia del proyecto. ¿Escribir sobre Héroes del Silencio sin la colaboración de su cantante? La premisa de partida había sido contar con los cuatro y todo el andamiaje se desmoronaba.

Pero ¿no podía darse la vuelta al argumento? Viéndolo desde otro punto de vista, ¿hubiera sido conveniente enterrar el trabajo hecho con Pedro, Juan y Joaquín, las decenas de horas grabadas durante las charlas, los cientos de páginas que ya formaban un borrador más que sólido? Sus recuerdos y reflexiones eran suficientes para ofrecer un trabajo perfectamente documentado, con multitud de datos desconocidos y jugosas anécdotas. Además, ellos se lo merecían; su voz, en cierto modo, había permanecido apagada durante años. Así que les envié un correo electrónico explicándoles la negativa de Enrique para saber si podía seguir contando con ellos. Sus respuestas fueron rápidas y contundentes: por lo que a ellos concernía, seguían apoyando el proyecto y estaban dispuestos a terminar sus entrevistas. Las consideraciones dieron un giro de ciento ochenta grados. Ahora lo conveniente, lo correcto, era seguir adelante sin Enrique. Me encargaría personalmente de darle entrada gracias a las declaraciones que hizo a los medios de comunicación, procurando en todo momento tratarle con el debido respeto.

Me lo imaginaba en su casa de Los Ángeles, inquieto ante la perspectiva de pasarse varios días conectado mediante videoconferencia con su pasado. No quería. Había dudado, y esto no se lo podía reprochar. Al final, habían podido más las ganas de olvidar que la palabra dada. Había que suplir su ausencia y seguir adelante. Sus tres excompañeros estaban dispuestos a colaborar hasta las últimas consecuencias. Además, si hay algo que me ha sorprendido de las entrevistas que me concedieron Juan, Pedro y Joaquín ha sido su autocrítica. Han sido capaces, desde la madurez y la distancia, de señalar los defectos de sus canciones, de sus álbumes, de reconocer la toxicidad de los excesos a los que fueron tan aficionados, incluso de desentrañar las difíciles relaciones personales que vivieron a partir de la grabación de El espíritu del vino. Es hora de cederles la palabra y que sean ellos los que cuenten la historia de Héroes del Silencio desde dentro.

ANTONIO CARDIEL

El último concierto

El último concierto

Suena bien el equipo de música; al fin y al cabo, son 30 vatios por canal en un espacio perfectamente insonorizado. El ruido del motor tampoco molesta, un ronroneo de fondo; qué diferencia con lo que pasaba en 1989. Todas las canciones están en la tarjeta del móvil, las que dejaron registradas en los álbumes, también aquellas que fueron carne de maqueta, sobre todo al principio, cuando la banda todavía no estaba hecha y sonaba extraña, algo acelerada, tan adolescente como sus mismos integrantes. Además, infinidad de versiones de directo, los discos oficiales y los piratas que me pasó Joaquín. Sí, suena bien la música de Héroes del Silencio y Ester y yo nos sentimos eufóricos, algo nerviosos, expectantes, camino del último concierto.

A la derecha se ve el aeropuerto de Valencia, la torre de control, siluetas de aeronaves posadas sobre el asfalto de la pista dispuestas a alzar el vuelo. Al otro lado hay polígonos industriales, naves, almacenes, todo como abandonado, una imagen de fin del mundo. Pero hoy es sábado, 27 de octubre de 2007, y las empresas están cerradas. La ciudad queda atrás, cada vez más lejana. Solo hace unas horas que hemos dejado las maletas en el hotel Hilton. Mientras comíamos en su restaurante, el asistente de Joaquín nos ha recomendado que saliéramos pronto hacia el circuito. Se preveían retenciones de tráfico. Tenía toda la razón, el tráfico se adensa por momentos, cientos de coches queriendo salir a la misma hora por el mismo lugar.

Deberíamos haber tomado otro camino, cómo no se nos ha ocurrido antes, bastaba con darle la orden al navegador, que buscara una alternativa, pero ya es demasiado tarde, hay cientos de coches como el nuestro, tan parecidos; quizá están escuchando la misma música, no sería extraño, cerca de los cincuenta, encanecidos pero orgullosos, basta con mirarlos a la cara para saber que se dirigen al concierto. En cambio, esos otros no; puede que vayan a su segunda residencia en el campo, a un viaje de fin de semana a Madrid, a un hospital de una capital de provincia donde está internado un pariente, a un asilo de ancianos del extrarradio donde está abandonado un padre, y la presencia de tanto fan les ha arruinado el viaje.

Definitivamente, la autopista A3, colapsada. No puede soportar el creciente número de automóviles, todos en fila de a tres como en aquel cuento del atasco en que las personas convivían, se intercambiaban alimentos, palabras, y luego se volvían a separar, para siempre, conforme el tráfico reanudaba la marcha. Nos quedamos mirando las caras de los otros, los otros nos miran, nos entendemos, vamos a llegar tarde. Una mezcla de abatimiento y resignación nos consume. Hubiera bastado con buscar una ruta alternativa. Hubiera bastado con adelantar todavía más la partida, esta mañana temprano, antes del almuerzo en el Hilton y el vino blanco helado, que ahora nos parecen tan superfluos. La partida de Cheste no queda muy lejos, habrá que tener paciencia y confianza, todavía faltan tres horas para el concierto. El último concierto.

Nunca nos había pasado algo así, y mira que hemos ido a conciertos. ¿Treinta, cuarenta? Bastaría contar los pases de backstage que hay en la caja, deben de estar todos allí, convenientemente archivados, las fotos que dan fe, y los listados que pasaba la agencia, 10/Diez. Aquel Opel Kadet que nos llevaba por carreteras mal asfaltadas, entre pueblos que se cruzaban por la mitad, hacia ciudades en fiestas cuyos concejales se permitían el lujo de pagar el caché de la banda. Ya en 1987, sobre todo desde 1988, cuando las giras se hicieron más estables y nos desplazábamos en un radio de trescientos kilómetros alrededor de Barcelona, Vilanova i la Geltrú, Figueres, El Bruc, también por tierras de Castellón, Benicarló, Villarreal, y en Aragón, durmiendo en los hoteles donde ellos se alojaban. Y las comidas en los Paradores, los camerinos y la gente que nos pedía por favor que los dejáramos entrar con nosotros, las juergas de después, las conversaciones que casi siempre terminaban cuando el sol se colaba por los ventanales y ya no hacía falta dejar encendidas las luces de la habitación. Y las risas.

Una comitiva de automóviles avanza por el arcén de la autopista. Se acercan hasta aquí, pasan junto a nosotros, siguen su camino, coches de la policía, una furgoneta grande y oscura, de cristales tintados. Allí debe de viajar la banda. A ellos también les ha afectado este atasco descomunal; ya podríamos habernos esperado un rato para seguirlos, como formando parte de la comitiva, como cuando pasa una ambulancia que se abre camino entre el tráfico y otros coches se ponen a rebufo, acelerando, aprovechando la circunstancia para ahorrarse unos minutos de retención. Acaba de pasar la banda de mi hermano, ellos también con prisas; se acerca la hora y deben aclimatarse al escenario, al ambiente, a esta noche fresca del último concierto.

Hay coches estacionados en el arcén de la autopista y gente que se dirige hacia el circuito Ricardo Tormo caminando. Aficionados de todas partes, venidos desde lejos; se habla de 90.000 entradas vendidas. 90.000 personas, cada una con las canciones en la mente, el recuerdo de lo que fue, de aquellos conciertos de 1991, aquellos vinilos que se rayaron o se perdieron, que se dejaron y nunca fueron devueltos, aquellos primeros CD que nos hicieron comprar y que, a pesar de todo, sonaban peor. Estos archivos MP3 que todos transportamos y escuchamos individualmente. Al fondo, la entrada del recinto y la gente que se agolpa. Y el aparcamiento vip a la derecha.

Ya estamos dentro. Vallas de metal, corredores llenos de gente que va y viene, que busca sus localidades. Han instalado una hilera de graderías que delimita el espacio y deja en el centro una explanada de 300 metros de profundidad por 150 de ancho. La gente sube por las escaleras y se distribuye. Nos indican que la zona de invitados está hacia el final, muy cerca del escenario, a su izquierda. Efectivamente, han instalado una carpa con la barra bien provista, canapés, sushi, un tipo que corta jamón de pata negra, buen vino; se puede pedir lo que se quiera, cerveza, licores, gin-tonic, y llevarlo a la pequeña grada desde la que hay una vista privilegiada del escenario. La masa humana empieza a adensarse a nuestros pies. ¿Se llenarán los 45.000 metros cuadrados que quedan entre las gradas, frente al escenario? A nada que se congregaran dos personas por metro cuadrado, eso sin contar los que caben en las gradas… Pues eso, 90.000. Apagamos los móviles porque hay música ambiente y dentro de poco sonará Song to the Siren.

Como nos explicó Joaquín, se han vendido más de 90.000 localidades. Y se han instalado 550.000 vatios de luces y 300.000 de sonido, así como 222 cajas entre el escenario y las dos torres de retardo que hay a mitad de la explanada y hacia el final, con sus respectivas pantallas de vídeo, para que los que están más alejados puedan ver y oír el concierto en condiciones. El directo más grande que jamás han ofrecido. Todo un récord, incluso para ellos. El escenario es impresionante, tal y como nos había dicho. Tiene más de veinte metros de altura y cincuenta de ancho. Lleno de focos, de pantallas, de telones, el set de la batería se ve tan pequeño… También nos dijo que hacían falta unas 800 personas para mover todo este tinglado. Que el concierto dura más de dos horas y media, que interpretan veinticinco temas de sus discos y que han llenado todos los recintos hasta ahora, en Guatemala, en Buenos Aires, en Monterrey, en Los Ángeles. En el DF dos veces el Foro Sol, con 130.000 espectadores en total. En Zaragoza, La Romareda llena también dos veces con 80.000 seguidores. Y La Cartuja, en Sevilla, a reventar con 70.000 fans. Y este de Valencia, el último de todos. Lo más grande que han hecho hasta el momento. Y el último concierto, vaya putada.

La gran explanada está ya prácticamente llena, la gente se mueve, se agita. Y eso que el concierto no ha comenzado. Ahora se mueve más, mucho más, pues ha empezado a sonar Song to the Siren. La gente se la sabe, nosotros nos la sabemos de memoria y siempre que la escuchamos, siempre, se nos pone un nudo en la garganta, se nos paraliza el cuerpo y se nos hiela la sangre. Aunque sea en casa en un vinilo, o un MP3 por la calle. Igual que a los cuatro músicos, que deben de estar a punto de salir con el corazón en un puño. Y es que se han apagado las luces en todo el recinto y ha quedado solo iluminado el gran escenario, en tonos azules oscuros.

De repente, una pantalla se enciende en medio del escenario y una silueta queda recortada nítidamente mientras suenan las primeras notas de El estanque. Poco después, otra pantalla y otra silueta, ya son dos guitarras entonando los primeros acordes. Juan y Enrique. Miles de móviles registran el instante. La introducción del tema termina, las pantallas empiezan a elevarse y la banda hace acto de presencia sobre el escenario al ritmo y la potencia del bajo y de la batería. Ya están también Pedro y Joaquín. Los cuatro héroes, a los que acompaña en la rítmica Gonzalo Valdivia, el hermano de Juan, se disponen a interpretar su último concierto. Gracias a los prismáticos los vemos de cerca. Parecen tranquilos. Enrique viste de riguroso cuero negro y rasguea su acústica. Juan lleva un abrigo largo, hasta las rodillas, y fuma sin parar mientras puntea su Fender. Parapetado tras su Sonor, Pedro lleva, como siempre, camiseta sin mangas. Y Joaquín, con su sombrero y también de negro, está tocando el Zon violeta, su bajo favorito.

¿Hay alguien entre los asistentes que no se sepa de memoria las letras de sus canciones? La multitud las canta palabra tras palabra, bailando, agitándose, cerrando los ojos. El estanque, Deshacer el mundo, Mar adentro, La carta, Agosto, La sirena varada, Opio… Ahora, Enrique se dirige caminando por la pasarela, pausadamente, hacia el escenario circular que instalaron entre la multitud, y se planta frente a su público. Parece que quiere hablarle por última vez, como cantante de la banda más importante en la historia del rock en español. Acerca el micro a su boca, se lleva la mano a su melena y, entre el clamor de la masa de fans, dice:

Hoy es un día muy especial para nosotros. Hoy es el último concierto. Y por última vez les quiero presentar a este pedazo de banda. Ustedes la conocen, ustedes saben quiénes somos. En la batería, recíbanlo como ustedes saben: míster Pedro Andreu… El último cheroqui del rock and roll: toca el bajo y se llama Joaquín Cardiel… Valencia, espero que ahora no me defrauden y traten como se merece, como ustedes desean, al maestro: en la guitarra, Juan Valdivia…

Guitarras en el escaparate

Guitarras en el escaparate

Juan Valdivia, embozado en su bufanda y con el gorro calado hasta las cejas, las solapas del abrigo subidas y los guantes puestos, salió del colegio, los Maristas de la calle Rafael Alberti, y se encaminó hacia su casa. La niebla llevaba todo el día extendida a ambos lados del río Ebro, humedeciendo las calzadas y las aceras, oscureciendo la tarde de diciembre, helando la sangre de los escasos transeúntes que se animaban a pisar las calles de Zaragoza. Nada extraño, por otra parte; era algo habitual en esa época del año. Poco después, cruzó el puente de Santiago con una sensación de ingravidez que también se repetía día tras día. Era como caminar en un sueño, allí en medio, sin referencias visuales de los edificios de las inmediaciones, con esa iluminación tan irreal de las farolas que se encendían conforme el crepúsculo avanzaba. A la izquierda debía estar la mole de la basílica del Pilar, pero no se veía bien. Si hacía un esfuerzo y fijaba la vista durante unos minutos, al final podía intuir, borrosas y desmaterializadas, sus cinco torres principales. Tampoco se oía nada, el tráfico era escaso y la ciudad estaba adormecida, como si no hubiera despertado todavía de la siesta. Llegó a la altura de las murallas romanas y, en lugar de seguir recto, decidió girar a su izquierda para internarse en el casco antiguo de la ciudad. Un desvío, es verdad, que le suponía media hora más de trayecto, pero que merecía la pena. Se internó por las callejas, entre iglesias y caserones, esquivando a los pocos viandantes con los que se cruzaba. Llegó a la calle Espoz y Mina y se dispuso a repetir su ritual. Allí estaba la tienda de instrumentos musicales Mariano Biu, ante cuyo escaparate se entretenía un buen rato, pegando su rostro al vidrio empañado. Entonces se quedaba boquiabierto ante ese espectáculo de guitarras eléctricas, amplificadores, pedales de efectos y demás parafernalia roquera, como un niño hambriento ante los merengues de una pastelería. ¿Cuándo podría comprar esa guitarra Stagg, de fabricación japonesa e imitación de Fender Stratocaster, que le había enamorado, pero que tenía un precio casi prohibitivo? El empleado de bata gris le miraba sonriente desde el mostrador. Unos minutos de ensoñación hasta que, con la imagen de la guitarra bien grabada en su retina, volvía sobre sus pasos y llegaba hasta su casa. ¿Cómo reunir semejante cantidad de dinero? Ya se veía subido a un escenario con los demás miembros de su futura banda, tocando ante decenas de personas y luciéndose con un solo arrancado a la Stagg.

Estamos en diciembre de 1981, hace cuarenta años, y todavía tendría que esperar unos meses para conseguirla, al menos hasta que juntara el dinero a base de propinas familiares y préstamos modestos de algunos compañeros de clase, tan locos por la música como él mismo.

Juan nació en Zaragoza en diciembre de 1965, pero la familia tuvo que mudarse a Segovia unos meses después ya que su padre, médico militar, fue destinado a esa localidad castellana tan cerca de Madrid. Entonces, sus primeros recuerdos están ligados a la casa en la calle de los Coches, a los juegos con sus hermanos, a la presencia de la figura paterna. Como su padre era un ferviente melómano, había acondicionado una habitación en la que, además de cómodos sofás y un equipo de alta fidelidad al completo, unas estanterías servían para conservar los cientos de discos que había ido acumulando, entre los que destacaban sus colecciones de ópera y de música clásica. Aunque también los había de otros estilos, como bandas sonoras de películas, canción sudamericana, música folk e incluso pop. Era su sanctasanctórum, el espacio reservado para sus audiciones y que casi siempre estaba cerrado a cal y canto, inaccesible para el resto. Sin embargo, de estos años Juan conserva un recuerdo:

Me regalaron una batería de juguete por Navidad. Tenía un pie de bombo, y le daba al bombo. Y un día me dijo mi padre: «Esta noche te bajas al salón conmigo, que te pongo música y tú la acompañas con la batería». Yo me puse como loco. Recuerdo que era por la noche. Mi padre, aparte de música clásica, también hacía incursiones en música popular. Bajé, me puso música sencilla y me dijo: «Tú haz así, cuando oigas pum-pum-pum, tú le das a la caja». Tendría seis o siete años. La batería también tenía un rascador y me decía: «Coge el palo y haz así, rac-rac-rac». Y me ponía la música y yo iba siguiendo el ritmo.

Son sus primeras referencias, la música que salía del salón de casa, los golpes sobre la batería de plástico, también los acordes extraídos a una guitarra española que le obsequiaron y que sería su compañera inseparable, aunque por poco tiempo.

La vida de los Valdivia iba a sufrir un duro revés con la muerte del padre en septiembre de 1975, cuando Juan tenía nueve años. Entonces, la decisión que tomó su madre fue la más razonable, dadas las circunstancias: volver a Zaragoza en busca del abrigo familiar y emplearse como enfermera en uno de sus hospitales. Empezaba así para Juan una nueva etapa, en una ciudad más grande apenas visitada durante las vacaciones, en un colegio distinto al otro lado del río Ebro, con unas amistades que había que cultivar desde cero. Los Valdivia se instalaron en un piso de la plaza de Miguel Salamero. Durante esos años, el cuarto que compartía con su hermano Pedro se convirtió en el centro de operaciones de sus andanzas musicales. Con la guitarra española traída de Segovia y las baterías que improvisaban con cubos de jabón, cacerolas y cajas, empezaron a dar los primeros pasos en busca del anhelado conjunto de rock, a imitación de las bandas de los discos traídos también de Segovia y que ahora eran asequibles, como el equipo de alta fidelidad, a toda la familia. Entre ellos, enumera Juan, los de Bob Dylan, cuya canción Hurricane, que se editó partida en dos en un estrafalario sencillo, se ponía una y otra vez, de Paul Simon y Cat Stevens, de The Beatles, de John Lennon y Paul McCartney. Incluso el disco Jesucristo Superstar, la ópera rock interpretada por Camilo Sesto y Ángela Carrasco allá por 1975. Y a imitación de los primeros grupos de la Movida madrileña que empezaban a ser populares gracias a las maquetas que eran emitidas por los principales programas de radio de aquellos años, como pasaría en Zaragoza poco después con la movida local. Una formación autodidacta, reafirmada día a día solo por la pasión, como era habitual entre los jóvenes que como él pretendían introducirse en el difícil sector de la música popular.

Había que tocar la guitarra sin descanso. A veces un amigo le enseñaba unos acordes. Otras era la intuición la que hacía su labor y se producían los hallazgos. Era el método en boga, el de ensayo y error. Sin embargo, el sonido de la guitarra española no era del agrado de Juan; evidentemente, no tenía nada que ver con los discos de The Beatles, de Lennon, de Dylan, esos sonaban de otra manera. Allí había desgarro, electricidad, una vibración totalmente distinta, un volumen que no dejaba indiferente, una manera de hacer que le atraía y subyugaba. Bien pronto fue consciente de que el rock and roll se movía en otros terrenos, y él quería explorarlos. Así que compró una pastilla para su guitarra, que enchufaba al amplificador heredado de su padre, cosa que consiguió después de hacer mil pruebas para adaptar el jack a las entradas de audio del aparato. El sonido así logrado, sin embargo, no era precisamente lo que él había imaginado, y en una de esas el equipo no aguantó la potencia de la pastilla y se estropeó. Por si fuera poco, una tarde en que jugaba al ajedrez con su hermano Pedro se completó la tragedia: el jaque mate hizo que el ganador de la partida, en un movimiento reflejo de entusiasmo, tirara al suelo la guitarra española, mal apoyada sobre su base, con tan mala fortuna que se rompió el clavijero y quedó inutilizada.

Hubo un punto muerto en su vocación de guitarrista que solo terminaría, unos meses después, ya en 1982, cuando pudo comprar su primera guitarra eléctrica, la Stagg que le había encandilado en el escaparate de la tienda Mariano Biu. Con ese bagaje, estaba en condiciones de dar el primer paso de la que sería una larga y fructífera carrera musical. Por un lado, contaba con Pedro y el golpe de suerte que les proveyó de la batería. El abuelo de unas primas hermanas por parte de madre, un hombre avanzado a su época, se había comprado una batería completa en los años sesenta, una Hoshino que apenas había tocado un par de veces y que había permanecido todos esos años embalada y guardada. Por otro, también contaba con Javier Rodríguez, amigo de su hermano, que sería el cantante. Ya tenían un lugar donde reunirse a tocar gracias a la comprensión del resto de la familia, que era el dormitorio del piso de la plaza Salamero. Por fin estaban en disposición de hacer versiones de sus canciones favoritas, de componer sus primeros temas y de estar al quite de cualquier ocasión que les permitiera tocar en directo. Solo les faltaba un nombre, y el que Juan escogió fue Autoservicio.

También en la Zaragoza de 1982, al igual que había pasado en Madrid con la Movida y, en menor medida, en otras ciudades del país como Barcelona, Vigo y Bilbao, se iba fraguando una escena musical propia y esperanzadora. La ciudad estaba en ebullición y todo era posible, desde la edición de fanzines hasta la grabación de maquetas, desde los conciertos improvisados en pubs y discotecas hasta la apertura de nuevas tiendas de discos. Innumerables bandas de aficionados de todos los géneros, del punk al rock experimental, del heavy metal al pop, del tecno al jazz rock, comenzaron a competir guiadas por el mismo objetivo: grabar su disco y ganarse la vida girando de concierto en concierto. Una verdadera eclosión de músicos que llevó aparejada la proliferación de negocios del ramo, como las tiendas de instrumentos musicales, o el mercado de segunda mano que alimentaba la sección de anuncios de la prensa local, o los estudios de grabación profesionales, incluso de particulares con sus grabadoras de ocho pistas que facturaban las maquetas de esos grupos, requisito indispensable para darse a conocer. No era raro que esas maquetas, y los mejores discos de la New Wave británica y la Movida española, se pusieran en los numerosos pubs musicales que se abrieron en esos días: Escaparate, BV80, Central, Paradís, KWM, Interferencias y Parrots. Se escuchaban The Jam o The Cure, The Stranglers o Bauhaus, Derribos Arias o Radio Futura, Gabinete Caligari o Glutamato Ye-Yé. Un ambiente de juerga y libertad, de creatividad y camaradería, una eclosión de propuestas musicales alentada también desde las emisoras locales de radio y sus locutores, dispuestas a radiar las maquetas de los grupos de Zaragoza con tanto entusiasmo como si vinieran directamente de Inglaterra o Estados Unidos.

A Enrique le habían dejado ver esa película el sábado por la tarde; a fin de cuentas, eso era lo más normal del mundo, que un chaval de ocho años se sentara sobre la alfombra, frente al televisor en blanco y negro del salón de la casa familiar, junto a sus hermanos, y se dispusiera, como tantas veces antes, a pasar un rato entretenido e intrascendente. Empiezan a pasar las imágenes y no son especialmente llamativas, quizá las calles de Nueva Orleans, las vestimentas de los muchachos, pero algo más tarde se ve un club nocturno, el pequeño escenario, la orquesta situada al fondo y a un joven altivo y dominante, sonriente y bello, con ese tupé de pelo muy negro que le cae sobre la frente. Lleva una guitarra acústica que toca con desenvoltura mientras la blande como si fuera un arma. Apunta a los espectadores de las primeras filas, hacia la cámara, hacia el salón de una casa de clase acomodada de la Zaragoza de 1975, hacia el rostro embelesado de un jovencísimo Enrique Ortiz, que se queda enmudecido y absorto ante ese espectáculo completamente nuevo. Elvis canta King Creole y parece que lo está haciendo solo para él, como si le susurrara al oído con esa voz varonil y limpia, potente y modulada; Elvis toca la guitarra y parece que le está disparando directamente a él con esa arma imbatible y revolucionaria, incruenta y definitiva, transparente y sensual. Era el rock and roll personificado en el pionero lo que entraba por sus oídos y le producía, con toda probabilidad, el primer gran desgarro de su vida. ¿Quién le iba a decir a ese niño que el 19 de diciembre de 1996, veinte años más tarde y nada más disolver la banda de la que sería cantante, Héroes del Silencio, ofrecería un concierto de homenaje a Elvis Presley en el Centro Cultural Delicias, de Zaragoza, en el que cantaría, entre otras, King Creole?

Es el momento en que su pasión por la música parece apuntalarse. ¿Formó, solo un año después, un trío musical con dos compañeros del colegio al que iba por entonces, los Marianistas? Tuvo que encontrar a otros dos fanáticos como él, a una edad tan temprana que parece casi inverosímil. Quizá solo fueron juegos de niños impúberes, cánticos a capela, charlas como pasatiempos de patio de recreo. Acababa de morir el dictador y un cierto espíritu de tolerancia parecía abrirse paso incluso entre la estricta disciplina de los colegios religiosos de la época. ¿Exagera la memoria los escarceos musicales del pasado? Más que escribir canciones, a los once años es probable que el entretenimiento se decantara por la imitación de las voces más queridas, por la ambición de poseer un giradiscos, un amplificador y un par de altavoces, por la ensoñación de ser propietario de una guitarra con la que empezar a aprender. Como hijo de un acomodado empresario, no tuvo que esperar mucho para recibir el gran regalo, la guitarra que le permitiría, sin más dilaciones, formar su primera banda, Apocalipsis, y ponerse a versionar a sus artistas favoritos. ¿Elvis Presley? El rey del rock fue el primero. A base de entusiasmo, de trabajo, de improvisación. A base de repetir sus canciones: Heartbreak Hotel, Jailhouse Rock, Can’t Help Falling in Love, Suspicious Minds, Love Me Tender y King Creole, por supuesto. Tenía la materia prima indispensable para comenzar, la voz, todavía no formada, propia de un adolescente que se avergüenza de su tono, pero también el entusiasmo necesario para pulirla. ¿Eran precisas las lecciones de canto? No, bastaba con la dedicación casi enfermiza, en el dormitorio, escuchando los discos de sus artistas favoritos. Repetir una y otra vez las canciones de Elvis, haciendo poses, moviendo las caderas, cualquier objeto podría hacer de micrófono. Apocalipsis sería, como todas las demás, una banda efímera, pero que ya denotaba su propensión al romanticismo y la oscuridad.

Pasó de la guitarra solista en Apocalipsis a la batería en Rebel Waltz, nombre tomado de una canción del grupo inglés The Clash. Y con su hermano Rafael, compañero de andanzas musicales desde entonces, con el que compartiría protagonismo en los diecisiete conciertos que llegaron a ofrecer en los pubs zaragozanos, como el BV80, o en el Primer Concurso de Rock Ciudad de Zaragoza de 1982. Y las primeras composiciones, canciones como El barco del mal o El príncipe de las tinieblas, esa pulsión suya por el lado oscuro de las relaciones humanas, la religión mal entendida y la poesía más dramática. Y de la batería en Rebel Waltz al bajo en Cultura del Hielo. No importaba, se hacía cualquier cosa por dar aliento a las bandas que se formaban y deshacían con tanta facilidad, tocar la batería, la guitarra o el bajo, atreverse poco a poco a cantar, nombres como Bocata de Cardinale, SBS, Shidarta, Proceso Entrópico. ¿Cuántos meses duraban? ¿Por qué ese afán de cambio? ¿Nadie era capaz de seguirle, de entenderle, más allá de su hermano Rafael? Entonces participaron en la Muestra de Pop, Rock y otros Rollos, en 1984, junto a Zumo de Vidrio y Edición Fría, sin que sus componentes llegaran siquiera a conocerse. Luego, en 1985, en otro de sus proyectos tan pasajeros como pasionales llamado La Censura de los Cuentos, grabó cuatro canciones en un estudio de un piso del barrio de Torrero: La dolorosa, La procesión, La profecía de Simeón y En otro lugar. Las influencias religiosas en esa primera etapa creativa parecen más que evidentes, como se reflejará también en alguna de las letras que escribió para Héroes del Silencio.

Pero Elvis no fue el único. Los discos entraban en casa con regularidad y el espectro de cantantes a imitar se fue abriendo poco a poco. Llegó después David Bowie, el otro gran showman de su vida, en ese momento en que la voz empezaba a cambiar y sonaba más auténtica y varonil, más propia de un tenor dramático, incluso de un barítono lírico. Y Lou Reed, autor de letras inquietantes; Freddie Mercury, el rey del histrionismo; Bono, el líder de la banda que iba a cambiar su percepción del rock. Quizá también poetas como Mario Benedetti, Rafael Alberti o Pablo Neruda, directores de cine como Stanley Kubrick, Ingmar Bergman o Woody Allen. Eran las artes que más le satisfacían, las narrativas, la música, la literatura y el cine, el afán por contar historias y ser capaz de describir las traiciones que empezaba a percibir a su alrededor. Entonces, un buen día, se encontró con Juan Valdivia y el camino se despejó definitivamente. ¿Hubiera triunfado Enrique Bunbury en la escena musical de no haber sido por esa tremenda casualidad?

Si hubo un rasgo de carácter común a los cuatro músicos que formaron Héroes del Silencio fue su voluntad inquebrantable por dedicarse a la música. Resulta asombroso comprobar cómo a esa edad tan temprana, cuando Joaquín, el mayor de los cuatro, tenía diecisiete años, y Enrique, el menor, quince, hacían gala de unas ideas tan claras. Solo había un camino, los demás ni siquiera se contemplaban, y la determinación de seguirlo debía ser suficiente para superar todos los obstáculos, ya fueran personales, como la oposición de la familia, o materiales, como la búsqueda de los elementos imprescindibles del oficio. Era una especie de veneno inoculado por el rock and roll, por esos discos que los hermanos mayores solían comprar y reproducir a todo volumen en las habitaciones compartidas. Tenían a quien imitar, las poses de Elvis Presley, David Bowie o Bono, los riffs de Ritchie Blackmore, Peter Frampton o David Gilmour, un camino que seguir, unos objetivos claros. Se buscaban entre ellos, quedaban en los pubs de la ciudad para escuchar la música más adelantada, ahorraban o trabajaban en cualquier faena que les saliera para comprar sus instrumentos, necesitaban tocar en directo para perfeccionarse y que los vieran, debían encontrar un local de ensayo para que la profesionalización tuviera alguna probabilidad, por ínfima que fuese, de cumplirse. Todo esto buscado como si fuera un mandamiento, como hicieron Juan y Enrique desde Autoservicio y Rebel Waltz, las bandas que tenían en 1982, y Joaquín y Pedro desde Edición Fría y Modos.

Para Juan y Autoservicio tocar en directo no era solo un deseo, sino que lo veían como una obligación si querían perfeccionar su técnica y darse a conocer en los ambientes zaragozanos. Solo requería desplazarse en transporte público, acarrear los instrumentos a mano, aceptar la oferta de cualquier colegio o asociación de barrio, conformarse con el elemental equipo de sonido que ponían a su disposición y con unas cervezas como modo de resarcirse del esfuerzo. Y luego el escaso repertorio que estaban en condiciones de ofrecer, casi todo versiones de grupos pop de la Movida: un poco de Tequila, de Radio Futura, de Kaka de Luxe o Paraíso, quizá el Ataque preventivo de la URSS de Polanski y el Ardor, y algún tema más roquero, como el famoso Las chicas son guerreras, de Coz, que era lo más lejos que llegaban en dureza, canciones que a veces entremezclaban con algunas composiciones propias.

Poco tiempo podían estar sobre el escenario, media hora a lo sumo, como el día 11 de junio de 1982 en que compartieron cartel en el colegio de los Maristas con Rebel Waltz, banda en la que tocaba Enrique la batería de forma contundente, enfundadas sus manos en unos guantes negros. Fue el primer concierto de Juan y la primera vez que se cruzó con Enrique sin conocerse y sin saber todavía el futuro que los iba a unir en Héroes del Silencio.

En septiembre de 1982, ambos grupos participaron en el primer Concurso de Pop Rock Ciudad de Zaragoza junto a otras cuarenta y tres bandas, todo un éxito y la prueba del dinamismo musical que se respiraba. Por su parte, Autoservicio presentó una pésima maqueta grabada con un radiocasete en el cuarto de los hermanos Valdivia. Enviaron la cinta, pero no fueron seleccionados. Mejor suerte corrió Rebel Waltz, que sí fue preseleccionado y acabó tocando en la Casa de Cultura del barrio de Santa Isabel, aunque no llegó a la final disputada en el anfiteatro del Rincón de Goya. Ese primer y único concurso zaragozano de pop rock lo ganaron ex aequo los grupos Ferrobós, de Gabriel Sopeña, y Doctor Simón y sus Enfermos Mentales, de Pepe Orós, que empezarían a destacar en la escena local y que se verían sobrepasados, no mucho tiempo después, por Héroes del Silencio, lo que conllevaría no pocos desencuentros. Esas bandas, de una generación anterior, más curtidas y con mejores instrumentistas, que parecían destinadas al triunfo como máximos exponentes de la movida zaragozana, no verían con buenos ojos que unos adolescentes prácticamente desconocidos les robaran el puesto. Como si fuera un adelantamiento en toda regla, algo que se repetiría en el futuro con otras muchas bandas.

Los ensayos de los grupos de Juan y Enrique se sucedían sin tregua porque había otro objetivo en el horizonte, la Primera Muestra de Pop, Rock y otros Rollos que se iba a celebrar en Zaragoza los días 23, 24 y 25 de marzo de 1984. Sería el momento ideal para darse a conocer ante un público masivo y los medios de comunicación locales, y la oportunidad no podía malograrse. Organizada y patrocinada por la Delegación de Juventud del Ayuntamiento de Zaragoza, pretendía, en un primer momento, presentar al público las propuestas musicales de los grupos locales. Sin embargo, pronto se amplió el espectro de actividades, ya que fue abierta a la participación de las manifestaciones artísticas que eclosionaban en la ciudad en aquellos años: fanzines, cómics y revistas, moda alternativa, fotografía y vídeo, discografía independiente y radios libres. Miles de personas se congregaron en las instalaciones de la antigua Feria de Muestras los tres días que duró el evento, gente joven de las tribus urbanas, una fiesta en toda regla y la constatación de que en la ciudad había una multitud entregada a la creación en sus diversas facetas.

En el apartado musical, el más numeroso y atractivo, cincuenta bandas se dieron cita en el recinto del Pabellón Francés, donde se habían dispuesto dos escenarios para no perder tiempo entre una actuación y otra, dotados de 12.000 vatios de sonido y toda la infraestructura necesaria. Las actuaciones se repartieron en los tres días de aquel memorable y largo fin de semana. Además de los grupos punteros de la movida zaragozana, como Tza-Tza, Doctor Simón y sus Enfermos Mentales, Alta Sociedad, Ferrobós, Golden Zippers, Pedro Botero y Parkinson, subieron al escenario cuatro futuros Héroes del Silencio: Enrique lo hizo con Proceso Entrópico, banda que había fundado junto a su hermano Rafael en octubre de 1983 y que practicaba, como ellos mismos decían, un «pop rock vanguardista con escenificación incluida», y que se presentaron sobre el escenario disfrazados con plásticos y máscaras; Joaquín, que tocó el bajo y cantó con Edición Fría, de estética siniestra y partidaria del rock oscuro, y tan solo el bajo con Tres de Ellos, que versionaba canciones de Lou Reed; y los hermanos Juan y Pedro Valdivia con Zumo de Vidrio, a la postre la banda que salió mejor parada.

Zumo de Vidrio tocó el primer día, el viernes 23 de marzo de 1984, a las doce de la noche, justo después de Alta Sociedad. Su directo tuvo cierta repercusión en la prensa local. Así, Matías Uribe, crítico musical del Heraldo de Aragón, escribió:

De lo nuevo, con respecto al concurso de 1982, lo mejor vino por parte de Tza-Tza, Materia Degenerada y Zumo de Vidrio, a nuestro modo de ver lo mejor de la muestra y contando con dos de los guitarras más creativos (el de Tza-Tza y el de Materia Degenerada) de todos los que pasaron por el entarimado del Pabellón Francés. Lo suyo es de tener en cuenta a la hora de buscar proyecciones externas e incluso de grabar.

Es curioso que no mencionara la guitarra de Juan, de la que sería, poco después, un ferviente defensor. En todo caso, un cierto triunfo en la convención de grupos zaragozanos que reforzaría la autoestima de Zumo de Vidrio y serviría para que, apenas unas semanas después, dos talentos de la música llegaran a conocerse y a iniciar una etapa de colaboración que los llevaría a lo m

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