Índice
La forja de un rebelde
La forja
Introducción
Primera parte
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Segunda parte
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
La ruta
Primera parte
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Segunda parte
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
La llama
Primera parte
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Segunda parte
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Notas
Biografía
Créditos

INTRODUCCIÓN
Arturo Barea nació en Badajoz el 20 de septiembre de 1897. La muerte súbita de su padre, un miembro del servicio de reclutamiento del ejército, a los 34 años, provocó la marcha de la familia, su madre y sus tres hermanos, a Madrid cuando él contaba sólo dos meses. Allí se establecieron en el barrio del Avapiés (actualmente, Lavapiés), donde la madre tuvo que trabajar como lavandera y sirvienta. Arturo, a diferencia de sus hermanos, fue criado por unos tíos acomodados sin hijos que le enviaron a una escuela religiosa. En aquel momento, el joven Arturo aspiraba a ser ingeniero, pero la muerte prematura del tío le obligó a dejar los estudios a los 13 años y a tener que trabajar como aprendiz en una tienda. Más adelante, en agosto de 1911, Arturo entró en el banco Crédit Lyonnais como mensajero, donde ascendió hasta llegar al puesto de oficinista. Mientras trabajaba allí ingresó en la UGT.
Justo antes del estallido de la primera guerra mundial, en agosto de 1914, Barea abandonó el banco. Pasó brevemente por una agencia de patentes, antes de trabajar como agente comercial en España y Francia para un vendedor alemán de diamantes, una ocupación muy bien remunerada para un joven de su edad. Con el dinero ahorrado y el legado del tío muerto, Arturo Barea montó, a los 18 años, su propia fábrica de juguetes, pero el negocio fracasó debido al desfalco provocado por un pariente suyo. Por aquel entonces consideró la posibilidad de ingresar en un circo, pero finalmente consiguió empleo como secretario del administrador de Hispano-Suiza, una empresa que fabricaba aviones en Guadalajara.
Después de dos años en Guadalajara, en 1920, Barea fue llamado a filas. Le destinaron a Marruecos como sargento. Después de la terrible derrota de Annual en 1921, Arturo participó en la recogida y entierro de cadáveres, una experiencia que le marcaría para siempre. En esta etapa también contrajo el tifus, el cual le dejó de por vida con un corazón debilitado. Después de haber participado en un total de 81 operaciones, y haber sido condecorado en dos ocasiones, Barea dejó el ejército en 1924 como oficial de reserva. Ese mismo año se casó con Aurelia Grimaldos, con la cual tuvo cuatro hijos. En esta época, Barea volvió a trabajar en el sector de las patentes. La naturaleza infeliz de su matrimonio le hizo dedicar cada vez más tiempo a su trabajo. Se convirtió así en director técnico de una de las empresas de patentes más importantes de España, lo cual le permitió gozar de una situación económica acomodada.
Tras el advenimiento de la Segunda República, en abril de 1931, Barea se reincorporó activamente a la vida sindical de la UGT. Poco después del inicio de la guerra civil, en julio de 1936, pasó a formar parte de la Oficina de Censura de Prensa Extranjera del Ministerio del Estado del Gobierno republicano. Cuando éste se trasladó a Valencia en noviembre de 1936, Barea se quedó en Madrid como jefe de censura. A partir de mayo de 1937 comenzó a dar charlas por la radio, de naturaleza propagandística y literaria, bajo el seudónimo de «La voz incógnita de Madrid». Su subordinada era la políglota socialista austriaca Ilsa Kulcsar, con la cual se casaría en 1938, después de divorciarse de Aurelia. El impacto de la guerra, junto con el apoyo activo de Ilsa, le impulsó a comenzar su andadura como escritor. En 1938 publicó una colección de cuentos, Valor y miedo, la cual, según su autor, fue el último libro publicado en Barcelona antes de la entrada de las tropas nacionales. En septiembre de 1937 Barea dimitió como jefe de censura debido, en parte, a la crisis nerviosa ocasionada por los bombardeos y, también, a su creciente enfrentamiento con los comunistas. El 22 de febrero de 1938, Arturo e Ilsa abandonaron España a través de Francia. Un año después llegaron a Inglaterra, donde Barea pasaría el resto de su vida como exiliado republicano.
Es en Inglaterra donde Barea, ya con más de cuarenta años, se dedicará plenamente a la literatura y al periodismo. Allí, en «la paz del country» (como relata él mismo), terminó en 1944 la trilogía La forja de un rebelde, que había empezado en Francia. Escribiría una novela más, La raíz rota, la cual fue publicada en inglés en 1951 (con el título The Broken Root) y en castellano cuatro años más tarde. Junto a sus actividades como novelista se dedicó también a la crítica literaria, siendo su trabajo más notable el ensayo Not Hemingway but Spain (Hemingway y su España, 1941), y el libro Lorca, the poet and his people (Lorca, el poeta y su pueblo, 1944). Más adelante, en 1952, pasaría seis meses en Estados Unidos como profesor invitado de la Universidad estatal de Pensilvania. Además, durante diecisiete años escribió y presentó charlas radiofónicas sobre su vida en Inglaterra para el servicio de América Latina de la BBC. Bajo el seudónimo de «Juan de Castilla», Barea realizó un total de, aproximadamente, novecientas alocuciones. Su gran popularidad como locutor desembocó en una gira de conferencias, organizada por la BBC, por Argentina, Chile y Uruguay en 1956. Ocho años antes Barea había adquirido la nacionalidad británica. En 1960, después de su muerte, apareció otra colección de cuentos, El centro de la pista. Arturo Barea murió de un infarto cardíaco el 24 de diciembre de 1957.*
La forja de un rebelde, de Arturo Barea, se compone de tres novelas autobiográficas: La forja, La ruta y La llama. El primer tomo cubre su infancia y juventud; el segundo, sus primeras experiencias literarias y, sobre todo, su servicio militar en Marruecos; el tercer tomo, por último, trata del período justamente anterior a la guerra civil y de la misma.
La forja de un rebelde no apareció inicialmente en español, sino en inglés. El libro fue publicado por Faber & Faber de Londres en tres tomos, entre 1941 y 1946. La trilogía, y las posteriores publicaciones de Barea con Faber & Faber, se beneficiaron de la dirección personal del editor más prestigioso de la casa, el poeta y escritor de origen estadounidense T. S. Eliot. La forja (The Forge) apareció el 12 de junio de 1941 en formato de pasta dura. La traducción fue de sir Peter Chalmers-Mitchell, el ex cónsul británico en Málaga, el cual había recomendado también el libro. La obra tuvo un éxito inmediato entre los críticos. Se imprimió de nuevo en 1943 y un año más tarde. En ese mismo año se publicó una edición especial para la Reader’s Union (Unión de Lectores) de 20.000 ejemplares. La ruta (The Track), traducido por la esposa de Barea, Ilsa, salió a la venta el 9 de julio de 1943. Esta versión reapareció en el mercado en 1944 y en 1946. La llama (The Clash), también traducido por Ilsa, se publicó el 22 de febrero de 1946 y vendió más de 6.000 ejemplares en los tres primeros meses; en gran parte, sin duda, porque trataba de la guerra civil.* En su reseña de La llama, George Orwell concluyó que era «un libro excepcional» y «de un interés histórico considerable».* Una reseña posterior de La forja de un rebelde la juzgó como «una obra maestra española que ilumina toda una época histórica».* Otro crítico llegó a decir que la trilogía «es tan esencial para entender la España del siglo XX como indispensable es la lectura de Tolstói para comprender la Rusia del siglo XIX ».*
En 1946, una nueva y mejor traducción de La forja, hecha por Ilsa Barea, apareció en el mercado. En noviembre de 1946, la editorial estadounidense Reynal & Hitchcock, de Nueva York, publicó las tres novelas en un solo tomo con el título La forja de un rebelde (The Forging of a Rebel). La trilogía fue aclamada como «obra maestra» y «contribución invalorable para nuestro conocimiento de la España moderna, así como libro de enorme mérito literario».* En particular, Bertram Wolfe alabó «su sinceridad excepcional y su franqueza inquebrantable», considerándola como «una de las grandes autobiografías del siglo XX».* Durante el primer mes, la trilogía vendió en Estados Unidos más de 4.000 ejemplares.*
La primera versión de la trilogía en castellano no salió hasta 1951, en la editorial Losada de Buenos Aires, que publicó los tres tomos por separado. La versión en castellano tiene tres capítulos más que la versión inglesa, todos los cuales pertenecen a La ruta: el capítulo IX de la primera parte, y los capítulos III y VII de la segunda parte. En total, se ha traducido La forja de un rebelde a diez idiomas, incluyendo francés, alemán e italiano.* De hecho, las ventas de Barea entre 1948 y 1952 le convirtieron en el quinto autor español más traducido del mundo, detrás de Cervantes, Ortega y Gasset, Lorca y Blasco Ibáñez, pero por delante de Cela, San Juan de la Cruz y Unamuno.*
En España, la trilogía circuló durante la dictadura franquista de forma clandestina.* La forja de un rebelde no se publicaría en el país hasta una vez comenzada la transición, en 1977, treinta y seis años después de su aparición en inglés. Curiosamente, una colección de cuentos de Barea, El centro de la pista, había sido publicada en España con anterioridad, en 1960. Pero eso ocurrió después de que Barea —poco conocido en la España de entonces— hubiese muerto. Además, los cuentos no tenían el mismo contenido crítico y político que La forja de un rebelde. La edición de 1977 fue de Turner (Madrid), que publicó los tres tomos por separado, reimprimiéndolos en 1984. Además, Plaza y Janés de Barcelona publicó la trilogía, también en tres tomos, en 1985-1986, la cual reaparecería en 1990. En 1993, la misma editorial publicó La forja de un rebelde dentro de su serie Biblioteca de Autor.
Se ha criticado La forja de un rebelde por sus errores gramaticales, por sus «le-ismos», «la-ismos» y por el uso de «esto» en vez de «eso».* Sin embargo, como ha subrayado Michael Eaude, muchos de estos fallos constituyen coloquialismos intencionados.* Los errores que permanecen se deben a la curiosa historia de la publicación de La forja de un rebelde. Como es de suponer, Barea escribió la versión original del libro en castellano, traduciéndose después esa misma versión al inglés. Cuando por fin se preparaba la trilogía para su publicación en castellano, se descubrió que Barea —un auténtico desastre a la hora de organizar sus papeles— había perdido todo, o al menos la mayor parte, del manuscrito original. Es decir, la versión de Losada es en gran medida una «re-traducción» de la versión inglesa hecha por Barea en colaboración con su esposa. Es evidente que Barea no tuvo el mismo cuidado con esa versión que con la original.* En esta edición se han eliminado, por primera vez, los errores de redacción que aparecían en las anteriores ediciones de La forja de un rebelde. Finalmente, se detectan en el texto diversos anglicismos, tales como «realizarse» (traducción literal de realize), en vez de «darse cuenta», y «malamente» (traducción de badly) para «urgentemente». Un total de diecinueve de esos anglicismos, que pueden ser atribuidos a la mala traducción de la versión inglesa, han sido corregidos en el ejemplar actual de La ruta. A pesar de estas pequeñas imperfecciones, La forja de un rebelde sigue siendo uno de los testimonios más valiosos sobre la guerra civil y sus antecedentes. Este rasgo se debe en gran parte al intento descomunalmente sincero por explicar los acontecimientos dramáticos de su época a través de su propia vida.* No es una casualidad que, inicialmente, Barea pensara titular la trilogía Las raíces. La honradez y franqueza de la obra explican el que, más de cincuenta años después de su publicación, La forja de un rebelde siga siendo la versión más viva del conflicto central en la historia de la España contemporánea.*
NIGEL TOWNSON
A dos mujeres:
la señora Leonor (mi madre)
e Ilsa (mi mujer)
PRIMERA PARTE
Capítulo I
Los doscientos pantalones se llenan de viento y se inflan. Me parecen hombres gordos sin cabeza, que se balancean colgados de las cuerdas del tendedero. Los chicos corremos entre las hileras de pantalones blancos y repartimos azotazos sobre los traseros hinchados. La señora Encarna corre detrás de nosotros con la pala de madera con que golpea la ropa sucia para que escurra la pringue. Nos refugiamos en el laberinto de calles que forman las cuatrocientas sábanas húmedas. A veces consigue alcanzar a alguno; los demás comenzamos a tirar pellas de barro a los pantalones. Les quedan manchas, como si se hubieran ensuciado en ellos, y pensamos en los azotes que le van a dar por cochino al dueño.
Por la tarde, cuando los pantalones están secos, ayudamos a contarlos en montones de diez hasta completar los doscientos. Los chicos de las lavanderas nos reunimos con la señora Encarna en el piso más alto de la casa del lavadero. Es una nave que tiene encima el tejado doblado en dos. La señora Encarna cabe en medio de pie y casi da con el moño en la viga central. Nosotros nos quedamos a los lados y damos con la cabeza en el techo. Al lado de la señora Encarna está el montón de pantalones, de sábanas, de calzoncillos y de camisas. Al final están las fundas de las almohadas. Cada prenda tiene un número, y la señora Encarna los va cantando y tirándolas al chico que tiene aquella docena a su cargo. Cada uno de nosotros tenemos a nuestro lado dos o tres montones, donde están los «veintes», los «treintas» o los «sesentas». Cada prenda la dejamos caer en su montón correspondiente. Después, en cada funda de almohada, como si fuera un saco, metemos un pantalón, dos sábanas, un par de calzoncillos y una camisa, que tienen todos el mismo número. Los jueves baja el carro grande, con cuatro caballos, que carga los doscientos talegos de ropa limpia y deja otros doscientos de ropa sucia.
Son los equipos de los soldados de la Escolta Real, los únicos soldados que tienen sábanas para dormir.
Todas las mañanas pasan por el Puente del Rey los soldados de la escolta, a caballo, rodeando un coche abierto, donde va el príncipe y a veces la reina. Primero sale del túnel un caballerizo que avisa a los guardias del puente y éstos echan a la gente. Después pasa el coche con la escolta, cuando el puente ya está vacío. Como somos chicos y no podemos ser anarquistas, los guardias nos dejan en el puente cuando pasan. No nos asustan los soldados de la escolta a caballo, porque estamos hartos de ver sus pantalones.
El príncipe es un niño rubio con ojos azules, que nos mira y se ríe, poniendo cara de bobo. Dicen que es mudo y que se pasea en la Casa de Campo entre un cura y un general con bigotes blancos, que le acompañan todos los días. Estaría mejor aquí, en el río, jugando con nosotros. Además, le veríamos en pelota cuando nos bañamos, y sabríamos cómo es un príncipe por dentro. Pero, parece que no le dejan. Una vez se lo dijimos al tío Granizo, el dueño del lavadero, porque él tiene confianza con el guarda mayor de la Casa de Campo que a veces habla con el príncipe. El tío Granizo nos lo prometió y luego nos dijo que el general no le dejaba.
Estos militarotes son todos igual. A casa de mi tío José va un general que estuvo en las Filipinas. Se trajo de allí un chino muy viejo que me quiere mucho, un bastón de una madera de color rosa, que él dice que es la espina de un pescado que llaman manatí y que mata al que dan un palo con ella, y una cruz que no es una cruz, es una estrella verde con muchos rayos. La lleva en todas partes: bordada en el chaleco y en la camisa, y además en un botón de esmalte en la solapa de la americana.
El general, cuando va a casa, gruñe carraspeando y me pregunta «si soy un hombrecito». En seguida me empieza a regañar: «Niño, estate quieto, los hombrecitos no hacen esto». «Niño, deja el gato, ya eres un hombre.» Me suelo sentar entre las piernas de mi tío y ellos charlan de política y de la guerra de los rusos y los japoneses. La guerra acabó hace años, pero al general le gusta hablar de ella, porque ha estado en China y en el Japón. Cuando hablan de esto, los escucho, y cada vez que oigo cómo los japoneses les zumbaban a los rusos, me alegro. Tengo una rabia loca a los rusos. Tienen un rey muy bestia que es el zar, y un jefe de policía que se llama Petroff, «el Capitán Petroff», y es un bárbaro que lleva a la gente a latigazos. Todos los domingos, mi tío me compra las Aventuras del capitán Petroff. Le tiran muchas bombas, pero no le matan.
Cuando no hablan de la guerra, me aburro y me pongo a jugar, tumbado en la alfombra del comedor.
Este general que va con el príncipe debe ser igual. Es el que le va a enseñar a hacer la guerra cuando sea rey, porque todos los reyes necesitan saber cómo hacer la guerra. El cura le enseña a hablar. Esto no lo entiendo, porque si es mudo, no sé cómo va a hablar; puede que hable por ser príncipe, porque de los mudos que yo conozco ninguno habla más que por señas y no será por falta de curas.
Me estoy aburriendo porque no baja ninguna pelota y nos hace falta una para jugar esta tarde. Es muy sencillo pescar una pelota.
Delante de la casa del tío Granizo hay un puentecillo de madera, hecho con dos rieles del tren atravesados y cubiertos de tablones, con su barandilla y todo, pintado de verde. Allí pasa un río negro que sale de un túnel debajo del Puente del Rey; este túnel y este río son la alcantarilla de Madrid. Todas las pelotas que pierden los chicos en las calles de Madrid, porque se les cuelan por las bocas de las alcantarillas, bajan flotando, y nosotros, desde lo alto del puente, las pescamos con una manga hecha de un palo largo y la alambrera vieja de un brasero. Una vez cogí una de goma pintada de colorado. Al otro día, en el colegio, me la quitó Cerdeño y, como es mayor que yo, me tuve que callar. Ahora que le costó caro: le metí una pedrada desde lo alto de la Corrala; ha llevado una venda tres días y le han tenido que coser los sesos con hilo. Claro que no sabe quién ha sido; pero, por si se entera, llevo siempre una piedra de puntas en el bolsillo, y como me quiera pegar, le van a coser otra vez.
Antonio, el cojito, se cayó una vez desde el puentecillo y por poco se ahoga. Le sacó el señor Manuel, el mozo del lavadero, y le apretó la tripa con las dos manos. Comenzó a echar agua sucia por la boca; luego le dieron té y aguardiente. El señor Manuel, como es un borrachín, se bebió un trago grande de la misma botella, porque se había mojado los pantalones y decía que tenía frío.
Nada, que no baja ninguna pelota; me voy a comer, que me está llamando mi madre. Hoy comeremos al sol sobre la hierba. Esto me gusta más que los días que no hay sol y hace frío; entonces comemos dentro de la casa del tío Granizo. Es una taberna con un mostrador de estaño y unas mesas redondas que todas están cojas: se cae la sopa y además el brasero da un tufo inaguantable. No es un brasero, es un anafre muy grande, con una lumbre en medio y con los pucheros de todas las lavanderas alrededor. El puchero de mi madre es pequeño, porque no somos más que dos, pero el puchero de la señora Encarna parece una tinaja. Son nueve y tienen por plato una palangana pequeña. Se sientan todos alrededor y van metiendo la cuchara por turno. Cuando llueve y comen dentro, se sientan en dos mesas y reparten la comida entre la palangana y una cazuela de barro muy grande que el tío Granizo tiene para guisar caracoles los domingos. Porque los domingos no hay lavadero y el tío Granizo guisa caracoles; por la tarde bajan hombres y mujeres a bailar aquí y meriendan caracoles y vino. Un domingo nos convidó a mi madre y a mí, y yo me hinché de comer. Los caracoles se cogen aquí mismo entre la hierba, sobre todo después que ha llovido, cuando salen a tomar el sol. Nosotros los chicos, los cogemos, les pintamos la cáscara de colores y jugamos con ellos a las carreras de caballos.
El cocido sabe aquí mejor que en casa: se pica una sopa de pan muy delgadita y luego se vierte encima el caldo del cocido, amarillo de azafrán. Se come uno la sopa, luego los garbanzos, y por último la carne, con tomates cortados por la mitad, espolvoreados de sal. De postre, la ensalada: unas lechugas jugosas con un cogollo muy tierno, como no las hay en Madrid. Las cría el tío Granizo aquí, al lado de la alcantarilla, porque dice que con el agua de la alcantarilla crecen mejor; y es verdad. Esto parece que es una porquería, pero también se echa la basura en los campos y las gallinas se la comen. Sin embargo, el pan y las gallinas están muy ricos.
Las gallinas y los patos conocen la hora de la comida. En cuanto han visto que mi madre volcaba la banca han comenzado a venir. Debajo de la banca había una lombriz muy grande y muy larga, y un pato la ha visto en seguida. Se la ha comido igual que me como yo los fideos gordos: la ha dejado colgando del pico y después la ha sorbido, haciendo «paff» y, ¡adentro! Después se ha picoteado las plumas del cuello como si le hubieran quedado migas y ha esperado a que le eche un cacho de pan. No se lo doy en la mano, porque es muy bruto: pica los dedos y, como tiene el pico muy duro, hace daño.
Con la banca boca abajo como mesa, comemos los dos, mi madre y yo, sentados en el suelo. Mi madre tiene las manos muy pequeñitas; y como toda la mañana desde que salió el sol ha estado lavando, los dedos se le han quedado arrugaditos como la piel de las viejas, con las uñas muy brillantes. Algunas veces las yemas se le llenan de las picaduras de la lejía que quema. En el invierno se le cortan las manos, porque cuando las tiene mojadas y las saca al aire, se hiela el agua y se llenan de cristalitos. Le salta la sangre como si la hubiera arañado el gato. Entonces se da glicerina en ellas y se curan en seguida.
Cuando acabemos de comer vamos a hacer la carrera de autos París-Madrid con las carretillas de llevar la ropa. Le hemos quitado cuatro al señor Manuel, sin que se entere, y las tenemos escondidas en la Pradera. No quiere que juguemos con ellas, porque pesan mucho y dice que nos vamos a romper una pierna; pero es muy divertido. Tienen una rueda de hierro delante que chirría al rodar; uno de nosotros se monta encima y otro empuja a todo correr, hasta que se cansa; entonces vuelca de repente la carretilla y el que va encima se cae. Una vez hicimos así el choque de trenes y el cojito se machacó un dedo. El pobre es un desgraciado: su padre le dio un palo y le dejó cojo; como he dicho, se cayó de la alcantarilla; como es cojo y no desgasta más que una bota, su madre le hace ponerse las dos botas del mismo par, una cada día, para que las desgaste por igual. Cuando le toca la del pie izquierdo, que es el que le falta, se queda cojo de los dos pies y tiene mucha gracia verle correr colgado de las muletas.
Yo he visto la carrera París-Madrid en la calle del Arenal, en la esquina de la calle donde vive mi tío. Habían puesto muchos guardias para que no atropellaran a la gente, pero no los dejaron llegar corriendo hasta la Puerta del Sol como ellos querían. La meta estaba en el Puente de los Franceses, y allí se espachurraron cuatro o cinco autos. Yo no había visto nunca un auto de carrera, porque los que hay en Madrid parecen coches sin caballos; pero éstos son diferentes. Son muy bajitos y muy largos y el hombre va metido dentro, tumbado, y sólo se le ve la cabeza, con una gorra de pelos y unas gafas grandes con cristales, como las de los buzos. Los autos llevan unos tubos muy grandes y por allí van soltando explosiones como cañonazos, con mucho humo que huele muy mal. Los periódicos decían que habían corrido a noventa kilómetros por hora. El tren a Méntrida, que no está más que a 37 kilómetros de Madrid, tarda desde las seis de la mañana hasta las once, así que no tiene nada de extraño que se hayan saltado los sesos en el camino.
A mí me gusta correr así. En el barrio tenemos los chicos un auto. Es un cajón con cuatro ruedas y las dos de delante tienen un guía con una cuerda. En él bajamos corriendo la cuesta de la calle de Lepanto, que es muy larga. Cuando llegamos abajo, con la velocidad seguimos corriendo por el asfalto de la Plaza de Oriente. El único peligro es que abajo, en la esquina, hay un farol; Manolo, el chico del tabernero, se pegó un día contra este farol y se rompió un brazo. Pegaba muchos gritos, pero no debió de ser una cosa muy grave, porque le pusieron el brazo en escayola y sigue montando en el auto. Sólo que ahora tiene miedo: cuando llega al final de la cuesta, frena con el pie contra la acera.
La pradera donde hacemos la carrera de autos se llama el Paseo de la Virgen del Puerto. Es una pradera toda llena de hierba, con muchos álamos y castaños de Indias. A los álamos les arrancamos la corteza y debajo les queda una mancha verde clara que parece que suda; los castaños dan unas bolas llenas de pinchos que tienen dentro las castañas, pero no se pueden comer, porque duelen las tripas. Nosotros, cuando cogemos algunas, las escondemos en el bolsillo, y cuando vemos que otro está agachado se la tiramos al trasero. Los pinchos se le clavan y le hacen saltar. Una vez partimos una por la mitad y metimos la cáscara, partida en dos, debajo del rabo de un burro que estaba comiendo hierba en la pradera. El burro corría por todas partes soltando coces y no se dejaba coger ni por el amo.
No sé por qué llaman a esto la Virgen del Puerto. Claro que hay una virgen en una ermita pequeñita. Vive allí un cura muy gordo que algunas veces viene a pasear por la alameda y se sienta debajo de un árbol. Vive con una muchacha muy guapa que las lavanderas dicen riendo que es su hija, pero que él dice es su sobrina. Un día le he preguntado al cura por qué se llama la Virgen del Puerto y me ha dicho que por ser la virgen de los pescadores, y cuando éstos naufragan, rezan y se salvan; o si se ahogan, van al cielo. No sé por qué la tienen en Madrid y no la llevan a San Sebastián, donde hay mar y pescadores. Yo los he visto hace dos años cuando me llevó el tío en el verano. Aquí en el Manzanares no hay lanchas, ni pescadores, ni se puede ahogar nadie, porque el agua llega a mi cintura en lo más hondo.
Parece que la virgen la tienen aquí para todos los gallegos que hay en Madrid. En agosto, los gallegos y los asturianos vienen a la Pradera y cantan y bailan al son de las gaitas; meriendan y se emborrachan. Sacan la virgen en procesión por la Pradera y van detrás tocando sus gaitas. Los chicos del hospicio bajan también y tocan la música en la procesión. Éstos son unos chicos sin padre ni madre; los tienen allí asilados y les enseñan a tocar música. Cuando no tocan bien la trompeta, el que les enseña les da un puñetazo en ella y les rompe todos los dientes. He visto a uno que no los tenía, pero que tocaba muy bien el cornetín; sabía hasta tocar las coplas de la jota solo. Se callaban todos los demás y entonces él, con la trompeta, cantaba la jota y la gente aplaudía. Saludaba y luego las mujeres y algunos hombres le daban perras a escondidas, para que el director de la banda no lo viera y se las quitara. Cuando tocan así en las procesiones, les pagan. Los cuartos se los guarda el profesor, y a ellos no les dan más que las sopas de ajo del hospicio. Además tienen piojos, y los ojos con una enfermedad que se llama tracoma, que es como si se los hubieran untado con grasa de salchicha; algunos tienen calvas de tiña en la cabeza.
A muchos de ellos les echó su madre a la Inclusa cuando eran de pecho. Ésta es una de las cosas por que yo quiero mucho a mi madre. Cuando murió mi padre, éramos cuatro hermanos y yo tenía dos meses. Le aconsejaban a mi madre —según me ha contado— que nos echara a la Inclusa, porque con los cuatro no iba a poder vivir. Mi madre se marchó al río a lavar ropa. Los tíos nos recogieron a mí y a ella; los días que no lava en el río hace de criada en casa de los tíos y guisa, friega y lava para ellos; por la noche se va a la buhardilla donde vivo con mi hermana Concha. A mi hermano José —el mayor— le daban de comer en la Escuela Pía. Cuando tuvo once años se lo llevó a trabajar a Córdoba el hermano mayor de mi madre, que tiene allí una tienda. A mi hermana le dan de comer en el colegio de monjas, y mi otro hermano, Rafael, está interno en el Colegio de San Ildefonso, que es para los chicos huérfanos que han nacido en Madrid.
Yo voy a la buhardilla dos días por semana, porque mi tío dice que tengo que ser como mis hermanos y no creerme el señorito de la casa. No me importa; me divierto más que en casa de mis tíos, porque aunque mi tío es muy bueno, mi tía es una vieja beata muy gruñona que no me deja en paz. Por las tardes me hace ir al rosario con ella a la iglesia de Santiago y esto es ya demasiado rezo. Yo creo en Dios y en la Virgen, pero me paso el día rezando: a las siete de la mañana, todos los días, la misa en el colegio. Antes de la clase, a rezar; después, la clase de religión y moral; antes de salir de clase, a rezar otra vez. Por la tarde, al volver a clase, y al salir, vuelta a rezar y después, cuando estoy tan contento jugando en la calle, me llama la tía y me hace ir al rosario; también me hace rezar por la noche y por la mañana, al acostarme y al levantarme. Cuando voy a la buhardilla, ni voy al rosario ni rezo por la mañana ni por la noche.
Ahora en el verano, como no hay colegio, estoy en la buhardilla los lunes y los martes, que son los días que mi madre baja al río, y me voy con ella para pasar el día en el campo.
Cuando mi madre acabe de recoger la ropa, nos iremos a casa por la Cuesta de la Vega. Me gusta el camino, pues pasamos bajo el Viaducto, un puente de hierro muy grande que cruza por encima de la calle de Segovia. Desde allá arriba se tira la gente para matarse. Yo sé dónde hay una losa en la acera de la calle de Segovia que está partida en cuatro pedazos, porque se tiró uno y pegó con la cabeza. La cabeza se hizo una torta y la piedra se rompió. Han grabado una cruz pequeñita para que se sepa. Cuando paso por debajo del Viaducto, miro a lo alto por si se tira alguno, porque no tendría gracia que nos aplastara a mi madre y a mí. Todavía si cayera encima del talego que lleva el señor Manuel, no se haría mucho daño, porque es un talego muy grande, más grande que un hombre. Como yo hago la cuenta de la ropa con mi madre, sé lo que cabe: 20 sábanas, 6 manteles, 15 camisas, 12 camisones, 10 pares de calzoncillos, en fin, una enormidad de cosas. El señor Manuel, el pobre, cuando llega a lo alto de la buhardilla, se tiene que agachar para entrar por la puerta. Deja caer el saco despacito para que no estalle, y se queda arrimado a la pared respirando muy de prisa y cayéndole el sudor por la cara. Mi madre le da siempre un vaso de vino muy lleno y le dice que se siente. Si bebiera agua, se moriría, porque se le cortaría el sudor. Se bebe el vaso de vino y luego saca un montón de colillas del bolsillo y un librillo de papel de fumar de hojas muy grandes, y se hace con las colillas un cigarrillo muy gordo y muy mal hecho. Una vez le robé a mi tío un puro con sortija y se lo traje. Él le contó a mi madre y ésta me regañó. Luego mi madre se lo contó a mi tío y éste también me regañó, porque no se deben robar las cosas; después me dio un beso y me llevó al cine, porque dijo que tenía buenos sentimientos; y en realidad no sé si he hecho bien o mal dándole el puro al señor Manuel. Aunque creo que he hecho bien, porque el hombre se alegró mucho; se lo fumó un día, después de comer, y luego se guardó la colilla; la picó y se hizo cigarrillos con ella. Ahora, algunas veces, el tío me da alguno de sus cigarros para que se los dé al señor Manuel. Antes, no me los daba.
El Viaducto está hecho todo en hierro, igual que la torre Eiffel de París, pero claro que no es tan alto. La torre Eiffel es una torre de hierro muy grande, que hizo un ingeniero francés en París, para una exposición que hubo allí cuando yo nací. De esto estoy muy bien enterado, porque mi tío tiene La Ilustración y allí está la torre y el retrato del ingeniero, un señor con una barba muy grande como todos los franceses. Luego, parece que cuando se acabó la exposición no pudieron desatornillar la torre, y la han dejado allí hasta que se hunda. El día que se hunda, se caerá sobre el Sena, el río que pasa por París, y hundirá muchas casas. Parece que las gentes de París tienen mucho miedo y algunos se han mudado para que no les aplaste.
El Viaducto, el mejor día le pasa lo mismo y se hunde, porque cuando pasan los soldados a caballo por él, les hacen ir al paso y aun así se mueve el piso del puente. Se pone uno en medio y sube y baja como si hubiera un terremoto. Mi tío dice que si no se cimbreara así, se hundiría: pero es claro que si se cimbrea demasiado, se romperá, y esto es lo que va a pasar cualquier día. No me gustaría que me pillara debajo, porque al que pille le mata, pero sería bonito verlo hundirse. El año pasado el Día de Inocentes, el ABC, que trae unas fotos muy buenas, trajo una con el Viaducto hundido. Era una broma de inocentes, pero mucha gente fue a verlo, porque como estaba retratado creyeron que era verdad. Se enfadaron mucho con el periódico, pero creo que les pasó lo que a mí, que se enfadaron porque no era verdad.
Arriba, a lo largo de la barandilla de cada lado, se pasea una pareja de guardias para que la gente no se tire. Así, cuando alguno se quiere tirar, tiene que esperar a que sea de noche y muy tarde; y cuando los guardias están dormidos, se tira. Hasta que se duermen los guardias, los pobres deben aburrirse horriblemente, dando vueltas por las calles sin poderse matar. Luego tienen que gatear por la barandilla. Los viejos no se pueden tirar por el Viaducto, porque no pueden gatear. Se ahorcan o se tiran al Estanque Grande del Retiro. De aquí los sacan casi siempre y les aprietan la tripa, como al cojito, para que echen el agua y no se ahoguen.
Mi madre dice que se matan porque no tienen dinero para comer, pero yo no me mataría. Robaría un pan y saldría corriendo. Como soy un chico no me pueden llevar a la cárcel. Y si no, ¡que trabajen! ¿No trabaja mi madre y es una mujer? El señor Manuel, que ya es muy viejecillo, trabaja también subiendo los sacos de ropa, a pesar de que tiene una quebradura por la que se le salen las tripas. Una vez llevó a casa un talego y cuando llegó arriba, se puso muy malo. Mi madre le echó en la cama y le bajó los pantalones; estaba muy asustada y llamó a la señora Pascuala —la portera— y entre las dos, muy de prisa, le quitaron del todo los pantalones y las bragas. Tiene una tripa muy negra llena de pelos casi todos blancos, y en sus partes le salía un bulto como el de los bueyes. Mi madre y la señora Pascuala, con los puños, le metieron el bulto dentro de la tripa y encima le pusieron el braguero, un cinturón que tiene una almohada para tapar el agujero por donde se salen las tripas, y se lo apretaron muy bien. Luego, el señor Manuel se vistió y se tomó una taza de té con una copita de aguardiente. La señora Pascuala me dio un par de cachetes porque había estado mirando sin que ellas se dieran cuenta, y me dijo que estas cosas no deben verlas los niños. Pero yo me alegro, pues si un día se le salen las tripas al señor Manuel y estoy yo solo, ya sé cómo metérselas. Lo malo es si un día se le salen en la calle, porque entonces se muere.
Pues bien, el señor Manuel, con su tripa rota y fumando colillas, no quiere morirse. Está siempre tan alegre, juega conmigo, me lleva a caballo y me dice que tiene unos nietos como yo en Galicia. Fuma colillas para poder ir a verlos todos los años. Mi tío le proporciona un billete que llaman de caridad, y va sin pagar casi nada. Cuando vuelve, le trae a mi tío manteca en una tripa redonda que es la vejiga de la orina de los cerdos. Una manteca muy rica que luego meriendo yo, untada en pan y espolvoreada con azúcar. Una vez le he preguntado por qué no se suicidaba, y me ha dicho que se quiere morir allí, en Galicia. No sé si algún verano se suicidará allí, pero no lo creo. Además, me dijo que todos los que se suicidan van al infierno; y esto también lo dicen todos.
La buhardilla está en la calle de las Urosas, en una casa muy grande. Abajo están las cocheras donde hay más de cien coches de lujo y todos los caballos. El jefe de las cocheras es un viejo que tiene una nariz aplastada muy rara; mi madre dice que tenía el vicio de hurgarse las narices como yo, y una vez, por andarse con las uñas sucias, se le pudrió la punta de la nariz. Tuvieron que cortársela y del trasero le sacaron un cacho de carne y se la cosieron allí. Una vez, para hacerle rabiar, le pregunté si era verdad que llevaba el trasero cosido a la nariz, y me tiró un calzo de los coches, que es un tarugo de madera muy grande que ponen bajo las ruedas para que los coches no se vayan cuesta abajo. Pero el calzo no me dio y se coló por la ventana en la imprenta de enfrente. Dio en uno de esos armaritos donde tienen los cajones con las letras, y tiró un cajón entero. Se mezclaron las A y las T y todos los chicos de la vecindad nos sentamos allí a separarlas en montoncitos.
El portal de la casa es tan grande que podemos jugar en él al paso y a las bolas, cuando no está la señora Pascuala. La portería es muy pequeñita, debajo de la escalera, y la escalera es tan grande como el portal. Tiene ciento un escalones y yo los bajo de tres en tres. Algunas veces bajo montado en la barandilla, pero una vez se me fue la cabeza y me quedé colgando por la parte de afuera en el piso segundo. No se enteró nadie, pero me dio un susto que parecía que se me iba a romper el corazón y me temblaban las piernas. Si me caigo, me hubiera pasado lo que al botijo.
En la buhardilla no hay fuente y hay que bajar por el agua a la cochera. Mi madre había comprado un botijo muy grande, y cuando yo bajaba por el agua, me pesaba mucho; tenía que subir parándome en todos los descansillos. Un día, desde el segundo, lo dejé caer al portal y explotó como una bomba. Desde aquel mismo sitio por poco me caigo yo. Ahora, cuando paso, me separo de la barandilla.
Arriba hay una ventana redonda muy grande, con cristales, como esas ventanas grandes de las iglesias. Cuando estalló el polvorín en Carabanchel todos los cristales se cayeron rotos por la escalera abajo. Era muy pequeño, pero me acuerdo que mi madre me bajó en brazos a la calle, corriendo porque no sabía lo que pasaba. La gente estaba por entonces muy asustada, porque hacía muy pocos años que había caído un gran bólido cerca de Madrid. Luego hubo una erupción enorme en un volcán que hay en Italia, que se llama el Vesubio, y además vino el cometa Halley. Luego hubo un terremoto en San Francisco de California, un pueblo mucho mayor que Madrid, y otro terremoto en Messina. Mucha gente creía que, al acabarse el siglo XIX, se tenía que acabar el mundo. Yo he visto el cometa Halley, pero no me daba miedo; al contrario, era muy bonito. Desde la Plaza de Palacio le veíamos el tío y yo, como una bola de fuego que corría muy de prisa en el cielo con una cola de chispas. Mi tía no venía, porque le daba mucho miedo. Tenía encendidas todas las velas de una virgen que guarda en casa, y todas las noches rezaba allí; al acostarnos, cerraba muy bien las maderas de los balcones y mi tío le preguntaba si tenía miedo de que entrara allí el cometa. También había explotado en Santander un barco cargado de dinamita, el Machichaco, que voló media población. Una viga de hierro atravesó dos casas y se quedó clavada. Los Sucesos publicaron un dibujo en colores de la explosión, donde se veían los trozos del barco y las piernas y los brazos por el aire.
Enfrente de esta ventana grande de la escalera empieza el pasillo donde están todas las buhardillas. La primera es la de la señora Pascuala, la portera, que es también la más grande, pues tiene siete habitaciones; después, la de la señora Paca, y enfrente la de la señora Francisca, que no tiene más que una habitación, como todas las demás. Paca y Francisca es el mismo nombre, pero una cosa es la señora Paca y otra la señora Francisca; la señora Francisca es una señora muy vieja que se quedó viuda hace muchos años; como no tenía dinero, se puso a vender cosas para los chicos en la Plaza del Congreso: cacahuetes, avellanas, cajas de sorpresas, bengalas, en fin, un montón de cosas de cinco y diez céntimos, pero a pesar de esto sigue siendo una señora. La otra, la señora Paca, es una mujerona gruesa que siempre anda en chambra por la que se le transparentan los pechos con unos botones muy negros. Un día he visto que le salían unos pelos largos a través de la tela de la chambra, y desde entonces, cuando veo los pelos del tocino me acuerdo de ella. No me importa mucho, porque no me gusta el tocino; si no, me daría asco comerlo. Siempre anda pegando voces, y la señora Pascuala, que también sabe chillar, le ha dicho que va a echarla a la calle. Es también lavandera, pero no va al lavadero del tío Granizo, sino a unos lavaderos que hay en la Ronda de Atocha, donde no hay río y se lava en unas pilas de cemento que llenan de agua con grifo. Una vez he estado allí, no me gustó; parecía una fábrica con las pilas llenas de la colada, el humo flotando por encima y las mujeres apelotonadas, unas al lado de otras, chillando como locas. Además, no había sol ni hierba y la ropa olía que apestaba. El tendedero, que es donde están las cuerdas para colgar las ropas lavadas, es un solar que hay detrás de las pilas. Los golfos saltan la valla del solar y roban las ropas. Claro que en el río también se la llevan a veces, pero como es campo, tienen miedo, porque las mujeres los corren a pedradas y siempre los cogen. Total, en el río, frente a la Casa de Campo, hay lavanderas decentes; desde el Puente de Toledo abajo y en los lavaderos de las Rondas las lavanderas son unas tías.
El pasillo da la vuelta y viene un trozo muy largo que tiene treinta y siete metros. Los he medido yo con el metro de goma de mi madre, uno por uno. En el rincón hay una ventanita pequeña por la que entra el sol, y en medio otra grande, en el techo. Cuando llueve entra agua por la grande; si hace mucho aire y da de cara, también entra la lluvia por la pequeña, y así, cuando llueve, se forman dos charcos en el pasillo. En las buhardillas también, cuando falta una teja; entonces el agua cala el techo y se forman goteras. Cuando esto pasa, ponemos un cacharro para que caigan las gotas allí. El piso es de ladrillos, igual que en las buhardillas; mejor dicho, son unas baldosas de barro de ladrillo, pero más grandes. En el invierno son muy frías, pero nuestra buhardilla tiene una estera rellena de paja debajo y se puede jugar en el suelo.
En el pasillo está la buhardilla nuestra que tiene el número 9; al lado está la buhardilla de la polvorista, una mujer que hace cohetes y garbanzos de pega para los chicos. Los vecinos dicen que sabe fabricar bombas y que es una anarquista. Tiene muchos libros y es muy buena. Una noche vino la policía y se marchó sin detenerla; aunque a nosotros nos despertaron, porque le registraron la casa y lo tiraban todo.
En la buhardilla siguiente viven la señora Rosa y su marido. Él es guarnicionero y ella es muy miope; no ve a siete en un burro. Son los dos muy pequeñitos y muy delgados y se quieren mucho. Siempre hablan en voz muy baja y apenas se les siente. Querrían mucho tener un niño y su casa siempre es el refugio de todos nosotros cuando hay golpes. La señora Rosa se pone en la puerta y no deja entrar a nadie ni nos deja salir a nosotros hasta que no le han prometido que ya no nos pegan. Es una mujer con una cara muy pequeñita y muy blanca; tiene los ojos azules muy claros, con unas pestañas rubias que casi no se le ven. Lleva unas gafas de cristales gordos, y mi madre dice que ve muy bien en la oscuridad. Cuando le mira a uno, sus ojos parecen los ojillos de un pájaro.
Después hay una buhardilla, la más pequeña de todas. Allí vive una mujer vieja que se llama Antonia y nadie sabe nada de ella, porque nadie la trata. Pide limosna por las calles y vuelve a las once de la noche, un poquito antes de que cierren el portal. Siempre viene hablando sola, borracha de aguardiente. Se encierra y empieza a hablar con su gata. Una vez vomitó en la escalera y la señora Pascuala se la hizo fregar de arriba abajo.
Al final del pasillo vive la cigarrera. Trabajan ella y su hija juntas y hacen los cigarrillos para la reina Victoria. Unos cigarrillos muy largos con una boquilla de cartón que meten dentro, pegada con un pincelito untado de goma que mojan en un tarro lleno de polvo. Esto luego lo chupa la Reina. Es un tarro de cristal verde. A fuerza de escurrir el pincel en el borde, se caen las gotas de goma por fuera y se quedan duras, como las gotas de cera de los cirios de la iglesia. Cuando se acaba la goma en el tarro, la señora María rasca los pegotes de goma de fuera, los mete dentro y echa un poco de agua caliente; un día que no tenía agua caliente, echó caldo del puchero y tuvo que tirar todo, porque se le manchaban de grasa los pitillos.
Luego, en un rincón, está el retrete; un cuarto donde me da miedo ir de noche, porque hay unas cucarachas gordas que salen de allí y se van por el pasillo a comer en los cubos de la basura que todas las vecinas dejan en la puerta de la buhardilla. En el verano, cuando están las puertas abiertas, se las siente andar por el pasillo, haciendo un ruidito como cuando se estrujan papeles. En casa no entran porque mi madre ha clavado en el borde de la puerta una tira de linóleum —eso que usan para los suelos en las casas ricas— y no pueden pasar. Pero en casa de la señora Antonia, la borracha, entran muchas, porque su puerta está al lado del retrete y no tiene linóleum; su gata se las come y es una cosa que da asco. Al masticarlas suena como cuando se parten los cacahuetes.
De la cochera suben ratas muy gordas por la escalera y a veces llegan hasta las buhardillas. En la cochera tienen muchas ratoneras y perros de los que llaman ratoneros. Por las mañanas sacan las ratoneras a la calle; a veces, con cuatro o cinco ratas. Unas veces abren las ratoneras en medio de un corro que hacemos los chicos y los vecinos, y sueltan los perros, que las cazan y las matan. Otras veces las rocían con petróleo y las queman dentro de las ratoneras que son de alambre, pero esto lo hacen pocas veces porque la calle se llena de muy mal olor con el humo de los pelos quemados. Una vez, una rata mordió a un perro en el hocico y se escapó; al perro desde entonces le falta un cacho de nariz. Es el perro del señor Paco, el que tiene el trasero cosido a la nariz. Ahora, como los dos están iguales, los obreros de la imprenta los llaman «los chatos».
Hemos llegado a casa y mi madre está muy cansada. Abajo, en la lechería, le dan un cacharro para subir la leche y que no tenga que volver a bajar, y en cuanto llegamos a la buhardilla se pone a hacer la cena. Vamos a comer patatas fritas con sardinas y un huevo, y luego un poco de café, yo con leche, mi madre puro y abrasando; no sé cómo lo puede tomar así. Mientras ella hace la cena, me siento a leer Los hijos del capitán Grant, de Julio Verne. De vez en cuando me levanto de la silla y quito a mi madre unas patatas de las que ha acabado de freír. Después fríe las sardinas que huelen muy bien; pero no me deja robarle una, porque hay pocas.
Capítulo II
EL CAFÉ ESPAÑOL
Cuando mis tíos llegan al portal desde el tercer piso, yo he bajado ya, corriendo, las escaleras, he dado un portazo a la vidriera, contestado con una blasfemia del portero; he llegado, corriendo, hasta la puerta del Café Español, le he anunciado a Ángel que bajo en seguida, y he regresado a tiempo para que mi tía me coja de la mano, y recorro con ellos, muy modoso, el mismo camino.
Encima del portal hay un farol de gas, de llama libre, que parece una raja de melón chiquita. En la acera, un poco más abajo, una boca de riego, sin tapa, desborda su agua. Le doy un pisotón, ajustando la suela del zapato a la boca circular. El agua revienta en chispas que salpican las medias de mi tía y la ponen furiosa. Es una noche clara, con una luna de hoja de lata pulida que alumbra las calles de blanco y negro. En la calle del Arenal hay nuevos faroles de gas con mechero de camisa, y es como si toda la calle estuviera llena de luna. En nuestra calle, los antiguos faroles se ven en la acera blanca de luna como cerillas amarillentas; en la acera sin luna, como rincones temblorosos de luz.
Cuando llegamos a la esquina, Ángel deja de gritar sus periódicos con su voz ronca y se acerca a nosotros para dar las «buenas noches» a mis tíos, la gorra en la mano, al aire la cabeza apepinada de pelos largos y lacios, haciendo gestos de viejo. Da el periódico a mi tío que, como siempre, le regala la perra chica de vuelta. Ángel y yo nos guiñamos los ojos: estamos de acuerdo de cómo y cuándo nos reuniremos para jugar.
A mi tía le irrita que juegue con Ángel, y a su madre le molesta durante las horas de venta, porque deja de vocear los periódicos. Nuestros mejores ratos son las noches que bajo al café antes de que salga el Heraldo. Cuando llega el periódico húmedo y oliente de la imprenta, ya he arrancado a mi tía el permiso de acompañar a Ángel, después de haberla llevado al último grado del mal humor. Mi tío termina la discusión diciéndole invariablemente: «Deja al chico que corra por ahí». Yo salgo corriendo, mientras ella le gruñe a mi tío todos sus temores de que me atropelle un coche o me pierda, y toda su repugnancia de que me vean con un chiquillo vendedor de periódicos, que, al fin y al cabo, es un chico de la calle, un golfo, que sabe Dios qué cosas me podrá enseñar.
Ángel coge el mazo de periódicos, y mientras su madre se queda voceando en la puerta del café, nosotros emprendemos la excursión a través de las calles del barrio, casi solitarias. Vamos corriendo porque ha de aprovecharse el tiempo y vocearle antes de que los competidores lleguen. De los portales van saliendo criadas que nos gritan en la noche: «¡Aquí, el Heraldo!» y Ángel y yo corremos, cruzando las calles de pared a pared y volviendo veinte veces sobre nuestros pasos. Los clientes fijos esperan el periódico en sus casas. Ángel penetra en los portales y sube corriendo las escaleras, mientras yo espero abajo. De otros portales siguen saliendo criadas que llaman al Heraldo y entonces voy yo, que me he quedado con el brazado de periódicos. Si yo tuviera que vender periódicos, me daría vergüenza, pero como no soy yo quien vende, esto me divierte. La mayoría de las criadas me conocen y saben nuestra amistad, pero las nuevas me ponen una cara asustada al encontrarse con un vendedor de periódicos con cuello almidonado, chalina de seda, blusita de marinero con bordados de oro y zapatos brillantes de charol. Éste es el traje obligado por mi tía para bajar al café, donde todos los que se reúnen son señores, y es uno de los motivos de su oposición a que vaya con Ángel. Durante el día, cuando bajo a la calle a jugar, vestido con el delantal de dril y las alpargatas, no le enfada que juegue con Ángel, vestido con su americana grande, una americana vieja de hombre, arreglada, que le regaló un cliente, de bolsillos caídos por el peso de la calderilla, que arrastran por el suelo cuando se agacha.
La vuelta al barrio en la noche es una aventura. Cuando vamos corriendo, saltan de pronto los gatos que atraviesan la calle como balas, asustados de nuestra carrera y de las palmadas que damos para hacerlos correr más. Gatean por la pared y se cuelan de cabeza en sus casas por las ventanas. En las esquinas hay montones de basura, y alrededor de ellos perros flaquísimos que nos miran, regruñen y nos hacen desviarnos. A veces salen corriendo detrás de nosotros y nos tenemos que parar y asustarlos a pedradas. En la escalera de piedra de la iglesia de Santiago los golfos preparan su alcoba: los chicos van trayendo los carteles de los teatros, arrancados de las vallas, que les sirven de colchón. Los hombres están sentados en los escalones esperando que los chicos hagan la cama. A veces forman un corro apretado y en cada esquina se pone uno de los chicos de guardia. Están jugando a las cartas, y los chicos les avisan si vienen los guardias o el sereno. Otras veces tienen en el suelo un periódico lleno de comida que les han dado en alguna casa, y se la comen entre todos, metiendo los dedos o cucharas de rabo corto, de cárcel o de cuartel. En invierno encienden una hoguera con paja y con tablas que arrancan de las vallas de los solares. Se sientan alrededor, y muchas veces el sereno o la pareja de guardias viene a calentarse un rato. Cuando llueve mucho, alguien les abre la verja de la iglesia y duermen en el atrio. Nosotros no nos paramos nunca con ellos, porque muchas veces roban chicos.
Los lecheros pasan al galope de su caballo, sonando los cántaros de leche. Y nos parecen los vaqueros americanos de los cuentos. A veces, nos encontramos con el viático. Delante va el cura con la capa bordada, y al lado el sacristán con un gran farol cuadrado. Detrás, una hilera de vecinos, siempre muchas viejas, con una vela encendida en la mano. También van los golfos que estaban en la puerta de la iglesia. Luego se guardan el cacho de vela que les han dado y lo venden al cerero de enfrente de la iglesia, para gastárselo en vino. Así que, cuando alguno se está muriendo en el barrio, ellos se alegran mucho. También roban la madera de la valla de los solares. La arrancan y la llevan a un horno de bollos que hay en la calle del Espejo. El dueño la aprovecha para encender el horno y les da montones de «escorza», que son todos los bollos y bizcochos que se rompen. Como todo el mundo sabe que son los golfos quienes se llevan la madera de las vallas, los chicos del barrio la arrancamos también y la llevamos al mismo horno. Luego ellos son los que se llevan la culpa.
Hoy ya ha salido el Heraldo y no hay aventuras. Es una lástima, porque la noche está hermosísima.
Entre la puerta de entrada del café y la segunda puerta interior que da al salón, hay un espacio cuadrado de unos dos metros de lado. Contra una de las paredes, un armario rojo con vidrieras, lleno de cajas de cerillas, de cigarros puros, de cajetillas y de mazos de palillos. En la parte baja hay dos tableros, donde se amontonan los periódicos. Los cristales de la puerta de entrada están cubiertos de periódicos ilustrados y de cuadernos de novelas para chicos. La señora Isabel, la madre de Ángel, se sienta en una sillita baja, entre el armario y la puerta exterior. En aquel rincón prepara la comida con una lamparilla de alcohol, remienda los pantalones de Ángel o las camisas de ella, cuenta los periódicos y fabrica los palillos, desgastando, una a una, astillitas de madera con una navaja muy afilada que saca unas virutas pequeñitas como queso rallado. Aunque no cabe apenas en el rincón, cuando vienen a verla su hija mayor y su yerno, con un niño de pecho y dos de la mano, se meten todos allí para no estorbar el paso. Y caben. Es un manojo de nervios la madre de Ángel, y cuando está sola, no para de hacer gestos, de hablar consigo misma y de blasfemar. Cuando se pone furiosa, parece un gato rabioso, y entonces Ángel no entra por allí, para evitarse una paliza.
Cuando pasamos ante ella, nos saluda y me da un montón de cajas de cerillas, con fototipia, para mi colección. En nuestra mesa —una mesa de mármol blanco, circular, alrededor de la cual pueden sentarse doce personas— está ya la mayoría de la tertulia. Don Rafael, el arquitecto, que tiene la manía de limpiar sus lentes con un pañuelo que lleva en el bolsillo del pecho de la americana. Cuando discute, el pañuelo y las gafas están constantemente entre su bolsillo, su nariz y sus manos. Don Ricardo —el maestro Villa—, director de la Banda Municipal de Madrid, bajito y tripudo y siempre alegre; todos toman café con leche menos él, que bebe cerveza. Don Sebastián, el padre de Esperancita, una niña que juega con Ángel y conmigo. Don Emilio, el párroco de la iglesia de Santiago, un señor gordo lleno de pelos —en los dedos de las manos le hacen ricitos que parecen manchas de tinta—, que me pincha los carrillos cuando me da un beso. Doña Isabel y su hermana doña Gertrudis: su criada, porque cuando se quedó viuda, su hermana la recogió en su casa y la mantiene. Doña Isabel se viste con trajes de seda de colores y lleva siempre un boa de piel o de pluma. Su hermana va vestida de luto. Doña Gertrudis grande con unas plumas de colores, que las llaman «lloronas». Cuando habla y mueve la cabeza, las plumas bailan como las de un plumero. La cara de doña Isabel es redonda, llena de bolsas de pellejo. Se da muchos polvos blancos y encima colorete, y se pinta también los labios y los ojos. Tiene un escote redondo muy grande con la pechuga al aire; y la garganta la forma un saco como el buche de las palomas. Doña Gertrudis tiene la cara como un cirio, larga y amarilla. Las dos viven en el mismo piso que mis tíos. Y por último, Modesto y Ramiro, el pianista y el violinista del café, los dos ciegos. Tocan muy bien y les han dado un premio en el Conservatorio. En el café les pagan un duro diario, la cena y el café con leche.
El más inteligente de los dos es Ramiro, el violinista. Sabe andar entre las mesas sin guiarse con el bastón, y cuando va hasta el piano, nadie diría que es ciego. Conoce a todo el mundo por la voz y por la manera de andar, y con los dedos distingue las monedas falsas. Yo le quiero mucho, pero cuando se quita las gafas negras me da miedo, porque tiene los ojos como la clara del huevo, sin niñas. Claro que lleva las gafas para no asustar a la gente. Tiene unas manos pequeñas y regordetas que parece le registran a uno. Algunas veces me llama y me pasea las manos por la cabeza, por la cara y por el cuerpo. Y con las yemas de los dedos, me toca las pestañas, la nariz, los labios, las orejas, el cuello, el pelo, y me da la impresión de que tiene en la punta de los dedos ojos pequeñitos que me van mirando la piel de cerca. Después me dice muy convencido que soy muy guapo, y le creo porque no se equivoca nunca. Yo tengo dos chalinas de seda iguales, una es azul y otra roja, las dos con redondelitos blancos; pues Ramiro sabe con los dedos cuándo llevo una u otra.
Modesto tiene los ojos vacíos y lleva dos ojos de cristal que, cuando le miran a uno, molestan porque no se mueven. Es muy serio, mientras que Ramiro es muy alegre. Es alto y delgado. Y parecen un Don Quijote y un Sancho Panza ciegos. Me acaricia muchas veces, pero nunca me mira con las manos.
Mi tía se sienta al lado de don Emilio, el cura, y empieza a hablarle de la Iglesia. Los demás hombres están hablando de política y mi tía no deja a don Emilio hablar con ellos. A todas las cosas que le dice le contesta: «Sí, doña Baldomera; no, doña Baldomera», hasta que al fin mi tía le deja y se pone a hablar con doña Isabel de las vecinas de la casa. Mientras, prepara mi taza de café. Ésta es una combinación de mi tía para ahorrarse los cuartos. El camarero pone un vaso a mi tío y otro a mi tía, y dos copas para agua. A mí me pone una taza muy gorda de las que se usan para el chocolate. Luego viene Manolo, el echador, con sus cafeteras grandes, y llena los vasos de mi tío y de mi tía. A mi tío le echa café solo y a mi tía leche sola. Después, en las copas del agua echa un poco de café y un poco de leche en cada una. Y mi tía le da una perra gorda. En seguida mi tía, con las dos copas y los dos vasos, se pone a mezclarlo todo, y cuando está por igual, llena mi taza de café con leche y les quedan a ellos los vasos llenos.
Cuando acaba de hacer la mezcla, me tomo de un trago el café y me voy con Esperancita, que está ya detrás de mi silla, tirándome pellizcos para que nos vayamos a jugar. Nos disparamos a través del laberinto de veladores, de sillas y de divanes. Unos divanes de terciopelo rojo, puestos a lo largo de la pared, sobre los que nos gusta correr a cuatro patas en la calle que forman su respaldo y el borde de la mesa. Algunas veces nos damos con una mesa y nos hacemos un chichón. Nos ponemos de pie en los divanes y asomamos la cara a los espejos de la pared. Después se queda marcada en los divanes la suela de nuestros zapatos, y el señor Pepe, el camarero, viene a regañarnos. Empezamos a dar palmadas para quitar las manchas y salen nubes de polvo, y en el terciopelo rojo las manos se quedan marcadas en colorado con el blanco del polvo alrededor. El señor Pepe se enfada más y quita el polvo con el paño, sin golpear. Otras veces pasamos las uñas a contrapelo y dibujamos letreros y caras que luego se borran alisando el pelo con la palma de la mano. Al dibujar, los pelillos raspan el dedo como si le lamiera un gato; al borrar se convierten en el lomo del gato.
Cuando no nos mira el amo del café que está detrás del mostrador nos filtramos por la escalerilla que lleva a los billares. Abrimos la puerta de paño verde y entramos despacito en el salón.
Veo hoy la escena con ojos que entonces no tenía.
El salón enorme, lleno de ventanales en tres de sus lados, con sus arcos voltaicos, deslumbrantes en su globo de cristal alambrado, con su chisporrotear de carbones y el chirriar de sus mecanismos, susto de mariposas; y la luz amarilla de los viejos faroles de gas de la calle de Vergara, con sus llamas de raja de melón y su soplo silbante. Las ocho mesas macizas de sombras cuadradas, espesas, bailoteantes a los reflejos cambiados de las luces, chispeantes de barniz, dormidas en el verde secante de sus tableros forrados de paño. Las sombras largas de los ventanales con sus cruces negras, de ángulos rotos, tendidas por el suelo, reptantes por las mesas y las paredes. Todo dormido, en el silencio. Tan sonoro que, al hablar en voz baja, se levantaba el murmullo de sus rincones. Nos sobrecogíamos un momento, temerosos, en el umbral de la puerta de paño que se cerraba blandamente a nuestras espaldas. Y oíamos, en el fondo del inmenso salón, las blandas patas que huían.
La visión de las bolas de la mesa más cercana, brillantes en su cajón abierto a un costado, nos animaba a proseguir la aventura. El sonido de las primeras cogidas rompía la pesadez del ambiente y diluía nuestra tensión. Arrebatábamos las bolas de los bolsillos triples de las mesas y las volcábamos entre risas en la mesa central, la más grande, la madre de todas las mesas. Corríamos alrededor de ella, agarrando al pasar sus patas de elefante, las manos perdidas en el mar vivo de bolas que corrían sobre el tapete verde con reflejos blancos y rojos y sonar de huesos de sus cabezas calvas.
El incendio de todos los focos del salón encendidos de golpe; la mancha negra, espesa, de los bigotes gordos y puntiagudos del dueño nos sorprendía encaramados en lo alto de la pradera verde. Nos inmovilizaba, mientras las bolas terminaban sus carreras chocando con las vecinas, cuando nosotros quisiéramos hacerlas callar y que se estuvieran tan quietas como nosotros. Saltábamos de la mesa como monos huidos. Bajábamos de tres en tres la estrecha escalera que habíamos subido de puntillas, perseguidos por los denuestos del ogro. Caíamos en el salón con la cara roja de la excitación y del miedo.
Ha venido mi madre. Cuando vamos hacia nuestra mesa, Esperancita echa a correr y se esconde detrás de la cortina roja que tapa la vidriera de entrada. Yo entro detrás de ella a prenderla y, a través de los cristales, veo a mi madre hablando con la madre de Ángel y con el señor Pepe. Como Esperancita está también en el secreto de las cosas, nos ponemos rápidamente de acuerdo: salimos de detrás de la cortina, ella delante, corriendo en dirección de la otra puerta del café que está allá abajo, al lado del mostrador. Esperancita desaparece detrás de esta otra cortina y yo también, pero en vez de quedarnos allí salimos corriendo a la calle y volvemos por el exterior a la entrada donde están los periódicos. Todavía está mi madre allí. Nos besamos y nos abrazamos y le cuento atropelladamente la astucia de que nos hemos valido para venir a darle un beso, sin que lo vea mi tía. Y nos volvemos otra vez corriendo por el mismo camino, para seguir correteando por el salón, como si no hubiera pasado nada.
Una vez más le explico a Esperancita:
—¿Tú sabes? Mi tía se enfada mucho cuando me ve besar a mi madre, porque quiere que sólo la bese a ella y que no quiera a mi madre. Cuando se enfada, me dice que soy un desgraciado, porque es ella quien me mantiene, y después la regaña a mi madre, diciéndole que parece que tiene miedo de que me roben. Así que mi madre y yo, cuando nos queremos besar, nos escondemos.
Entretanto mi madre ha entrado y se ha sentado al lado de mi tía. Pepe ha traído un vaso y su platillo de azúcar y entonces voy a la mesa, nada más que para darle un golpecito en el hombro, decirle «¡hola!» y robarle un terrón de azúcar. Inmediatamente me marcho de nuevo a jugar. Mi tía se queda satisfecha.
En una mesa cerca hemos encontrado un juego de dominó y nos ponemos a hacer construcciones con las fichas. Desde aquí veo a mi madre tomando su café silenciosamente y a mi tía discutiendo con doña Isabel, seguramente aún sus chismes de vecinos. Mi madre es una mujer pequeñita, un poquito redonda, rápida en sus movimientos. La piel muy blanca, los ojos grises, como los gatos, y el pelo castaño, con muy pocas canas en las sienes, disimula sus cincuenta años y pico. Viste una falda negra, una blusa de percal gris, y lleva un pañuelo de rayas a la cabeza y un delantal también de rayas a la cintura. Mi tía es una señora de sesenta años, vestida con un traje negro de flores bordadas, cubierto el pelo, completamente blanco, con un velo negro. Tiene una cara de vieja como de porcelana fina y presume del color de sus carrillos, que es natural, y de la finura de sus manos que parecen de seda. Pero mi madre tiene las manos tan finas como ella y aún más pequeñitas. Esto algunas veces le da rabia a mi tía, que se unta crema en las manos y se da limón y glicerina, y le dice a mi madre que no comprende cómo, trabajando, puede tener las manos así. Mi tía es la señora y mi madre la criada, igual que doña Isabel y su hermana. Ahora viene a tomar café con nosotros, después que ha recogido la mesa de la cena en casa de los tíos, ha fregado los cacharros y ha barrido el comedor y la cocina. Algunas veces interviene en la conversación de los demás, porque todos la quieren mucho y le hacen preguntas, pero en general se queda callada y busca la ocasión de irse a charlar con la madre de Ángel y el señor Pepe.
A las once de la noche se deshace la reunión, y nos volvemos a casa, mi tía y yo delante, mi tío y mi madre detrás. Se ha adelantado la marcha y nos hemos quedado sin jugar con Ángel, que termina a esta hora su venta y nos mira marcharnos con la cara triste, porque ahora se queda solo hasta que cierren el café.
Mañana tenemos que madrugar mucho, pues por la tarde mis tíos y yo nos vamos al pueblo a pasar el verano. Aunque el coche no sale hasta la tarde, mi tía necesita preparar todas sus maletas y la merienda antes del mediodía. No nos dejará parar en toda la mañana con sus impaciencias. Claro que, como siempre, mi madre es la que tendrá que aguantarla, porque mi tío me llevará a ver la parada y no volveremos hasta la hora de comer. Éste es el sistema que tiene los domingos para no oírla.
Cuando llegamos a casa mi gato y yo nos tomamos juntos mi leche en la mesa del comedor, como todas las noches. Mi tío se sienta enfrente de nosotros, mientras mi tía anda en la alcoba inmediata al comedor, arreglando la lamparilla que servirá para tener luz toda la noche y a la vez para alumbrar a la Virgen que tiene allí. Entonces se me ocurre decirle a mi tío:
—Como nos vamos mañana, esta noche yo quiero dormir con mi madre.
Mi tío me contesta:
—Bueno, acuéstate con ella.
Mi tía estalla, saliendo de la alcoba:
—El niño se acostará en su cama como todas las noches.
—Pero, ¡mujer! —dice mi tío.
—No hay mujer, ni hay pero. El niño duerme mejor solo.
—Pero si el chico se va mañana y quiere dormir con su madre, ¿por qué no le has de dejar? ¿No duerme otras veces con nosotros porque se te antoja a ti? Y me parece que dormirá peor con dos que con uno —responde mi tío.
Mi tía se encrespa y empieza a chillar:
—Pues, he dicho que no, y que no. Al niño no se le ocurre dormir con su madre; eso son cosas de ella, que ya lo habrá aleccionado.
Y agrega, llamando a mi madre a voces:
—¡Leonor, Leonor! El niño duerme en su cama, porque ¡lo mando yo! Son ya muchos mimos y este niño está demasiado consentido.
Mi madre, que ignora la causa de estas voces, se le queda mirando asombrada, y responde:
—Bueno, ya tiene la cama preparada.
Mi tía, ante el tono tranquilo de mi madre, se deja caer en una silla. Se pone a llorar copiosamente sobre la mesa:
—Os habéis propuesto matarme a disgustos. Estáis todos de acuerdo para hacerme sufrir. Hasta tú —se vuelve a mi tío—. Eres cómplice de ellos. Claro, tú dices que sí y ya la cosa no tiene remedio. Os habéis puesto de acuerdo los tres, y mientras, una tiene que aguantarse y callar.
Mi madre me coge de un brazo, nerviosa de rabia, y me dice:
—Anda, despídete de los tíos hasta mañana, y vete a la cama.
Mi tía vuelve a estallar:
—Eso, ¡ya está todo arreglado! Pues el niño no se va a la cama. Hoy se acuesta conmigo.
Mi tío suelta un puñetazo en la mesa y se levanta furioso:
—¡Esta mujer está loca y nos va a volver locos a todos!
Yo reacciono violentamente y me agarro a las faldas de mi madre chillando:
—¡Yo me quiero acostar con mi madre esta noche!
El llanto y los gritos de mi tía recrudecen y por último se sale con la suya, ayudada de mi madre, que me empuja hacia ella, conteniendo su excitación.
Ya en la alcoba, yo lloro, abandonado de mi madre y odiando a mi tía, que se empeña en desnudarme entre lágrimas y pellizcos, alternando explosiones de cariño que me llenan la cara de babas y lágrimas, con arrebatos de furia en los que me zarandea. Mi tío acaba de perder la poca paciencia que le queda y le manda callarse enérgicamente. Nos metemos en la cama, yo entre los dos, y allí empieza mi tía a rezar el rosario y yo tengo que acompañarla. Mi tío lee el Heraldo a la luz de una vela sobre la mesilla de noche. Como siempre, antes de llegar al segundo diez del rosario, mi tía se queda dormida con la boca entreabierta, dejando ver el agujero de los dos dientes de arriba que le faltan, y que están en un vaso en la mesilla de noche. Al cabo de un ratito, me vuelvo despacio hacia mi tío y le digo en voz baja:
—Ya se ha dormido. Yo me quiero ir con mi madre.
Mi tío se pone un dedo en la boca y me dice, también bajito, que me espere. Apaga la luz y nos quedamos los dos despiertos en la semioscuridad de la lamparilla que hace unas sombras miedosas en el lecho. Al cabo de un rato grande, mi tío me coge con mucho cuidado, me deja en el suelo, y me da un beso y me dice que me vaya sin meter ruido.
Me voy despacio por el pasillo a la alcoba de mi madre que está al lado de la cocina, y entro allí a oscuras, tocando la ropa de la cama y diciéndole que soy yo, para que no se asuste. Me dice muy nerviosa que me vuelva. Pero yo le cuento cómo me ha ayudado el tío a salir, y entonces me deja un sitio en la cama. Y yo me quedo, hecho una bola, de espaldas a ella, en el hueco de sus brazos. El gato salta y empuja con la cabeza el embozo para meterse dentro como todas las noches. Los tres nos quedamos así, muy callados para dormirnos.
Sobre el cogote me cae una gota, y el gato me lame la cara.
Capítulo III
RUTAS DE CASTILLA
Hoy nos vamos al pueblo. Todos los años, cuando llegan mis vacaciones, vamos al pueblo, mejor dicho, a los pueblos. Primero vamos a Brunete, mis tíos y yo, porque ellos han nacido allí. También mi padre era de allí. Estamos quince días o cosa así, y después mis tíos me acompañan a Méntrida, de donde es mi madre. Me quedo con mi abuela y los hermanos de mi madre un mes. Después mi madre va dos o tres días para ver a su familia y me recoge. Tomamos el tren para Madrid, pero yo me quedo en Navalcarnero, donde mi otra abuela, la de mi padre, me espera en la estación. Mi madre sigue a Madrid pero yo me quedo en Navalcarnero unos quince días. Después, mi abuela me lleva a Madrid. Llegamos al fin de septiembre y al día siguiente, o dos días después, vuelvo al colegio. Éste es mi veraneo, menos una vez que fui con mis tíos a San Sebastián.
Para ir a Brunete no hay tren. Se va en un coche como las diligencias antiguas; un coche con seis mulas pintado de amarillo y rojo. Delante va el cochero y el mozo de mulas y a su lado caben dos personas más. Algunas veces van tres, y entonces el mozo se monta en una de las mulas de delante. Detrás del pescante va el coche propiamente dicho, donde caben ocho personas. Los chicos como yo pagan la mitad y no tienen derecho a sentarse. Han de ir en las rodillas de los de su familia, hasta que en alguno de los pueblos por donde pasa el coche, queda un sitio libre. Esto ocurre casi siempre en Villaviciosa. Arriba van los equipajes y ocho asientos de madera, numerados, en dos bancos, que se llaman la «baca». También llevan un saco con los colores nacionales donde van las cartas para estos pueblos.
El coche sale de la Cava Baja, de una posada muy antigua que se llama de San Andrés.
La Cava Baja es como una calle del siglo XVII que se hubiera quedado enquistada en la ciudad. Comienza en la Plaza de Puerta Cerrada, donde como único recuerdo de los tiempos viejos queda una cruz de piedra monumental, cuyo origen se ignora, pero que la tradición afirma se levantó en memoria de los miles que allí fueron ahorcados, en uno de aquellos patíbulos de la Edad Media. Y termina en la Plaza de la Morería, entre varias cárceles del Santo Oficio y el antiguo patíbulo de la Plaza de la Cebada, donde se quemaron millares de herejes y se ahorcaron hombres célebres en la historia, como Riego. Sin embargo, la calle es alegre y encierra dentro de sí un mundo.
Se multiplican en ella las posadas centenarias con sus portalones grandes de vigas de madera, sus patios enormes para los carros, y sus techados para las mulas, llenos de estiércol, de tiestos de flores y de gallinas desvergonzadas; con sus escalerillas de madera, pulidas por el pasar de las manos de diez generaciones; con sus tabernitas al lado del portal, donde se beben los vinos directamente de los pellejos tripudos, tumbados en un tablero y atadas sus bocas con una lía de esparto, cuyo otro extremo se sujeta a una escarpia de la pared, para que la boca del pellejo quede siempre alta y no rezume el vino. Sus parroquianos, carreteros y campesinos, saben desbocar los pellejos y beber a chorro en ellos los vinos broncos de 15 y 18 grados, que dejan la garganta seca de tanino y los labios morados de color. Son sus clientes pueblerinos, mujeres de sayas incontables y pomposas, muchachas quemadas del sol de las eras, con sus trajes de fiesta en sedas de colores rabiosos, y hombres cachazudos, con pantalón de pana que cruje al andar y zamarra de paño gordo con vueltas de piel de oveja; sobre la camisa deslumbrante de blanca, la faja negra, bolsillo que guarda un pañuelo verde, grande como vela de barco, una navaja ancha y corva como cuerno de toro, un pedernal, un eslabón y un cordel gordo de yesca, que con la petaca mugrienta y el librillo de papel de fumar como un breviario, constituyen los utensilios de fumar. En la punta interior de la faja hay un nudo que encierra el bolsillo que guarda las monedas de plata del viaje; un bolsillo de lana de colores, a punto de media, que cierra un cordel más largo que el hombre, que ata y reata la boca del saco y se enrolla sobre ella misma convirtiéndose en ovillo.
Cuando yo era niño, era para mí motivo de asombro ver estos labriegos, sentados a la mesa de encina, con el jarro de flores azules de Talavera lleno de vino, desliarse la faja, dejando sus calzones caídos; desatar el nudo que encerraba el tesoro; deshacer las vueltas del cordel, y arrancar con sus uñas los nudos finales para volcar sobre la mesa el importe de la transacción.
El huésped desliaba su faja múltiples veces, sin salir de la calle, porque allí se encuentran todas las industrias que surten los pueblos:
El almacén de hierro, de techo agobiante, donde se compra el hierro en barras para forjar herraduras, y la reja de arado en bruto, que luego se aguza en la fragua a golpes de macho.
El fabricante de harneros, con sus tambores de agujeros para simientes de todos tamaños, que fabrica en su misma tienda con un arte heredado.
El tonelero con sus puertas abiertas, en mangas de camisa, ajustando las duelas a golpe de mazo y con su fogata encendida en mitad de la calle para cerrar un tonel.
El pastelero, que conserva el arte misterioso de los caramelos pegajosos, de rojos, azules y verdes de veneno, las tortas macizas y negras de puro tostadas, las galletas diminutas que entran centenas en un kilo, y los turrones de almendra y de miel que arrancan los dientes de las encías.
El comerciante de cuadros con marcos y flores dorados y cromos de santos y purísimas con caras dulzonas y trajes azules y rojos; con paisajes maravillosos que contienen el río, el bosque, la montaña con nieve, el molino de viento, la carreta de bueyes, la casita con chimenea humeante, y un senderito donde suele haber un niño con una cesta que viene hasta el espectador.
La tienda de loza, con sus potes vidriados y sus decoraciones barrocas e ingenuas de flores policromas y formas rebuscadas; con floreros, azucareros y vasos de cristal bañados en purpurina, con líneas azules y rojas y leyendas de «Recuerdo» en góticas viejas, contrahechas.
El botero, que fabrica las botas de vino con pieles de gato y los pellejos con pieles de cabra, y que aparece tripudo en la puerta de su taller, sudando, entre sus piernas la panza negra de un pellejo inflado que rasca con una cuchilla para arrancarle los pelos, sus brazos membrudos tatuados de la pez que usa para bañar las tripas del pellejo.
El cordelero, con su tienda olorosa de cáñamo, donde flota un polvillo que hace llorar los ojos y carraspear, y donde el patrón, hombre seco, de pulmones roídos, termina siempre sus tratos en la taberna de enfrente, para arrancar de su garganta los pelillos de la mercancía que le dan sed eterna.
El talabartero, con su arte primitivo de guarnicionero, trenzando la paja para formar los collarones para burros y mulas, alegres de campanillas de bronce diminutas o de cascabeles gordos como nueces doradas; cosiendo los cueros sujetos en las tenazas de palo que oprime con las rodillas, en un movimiento rítmico de sus brazos que se abren en cruz, anudando los hilos cruzados de la costura; o tejiendo las cinchas de cuerda, de colores vivos, o los cabezales con floripondios de lana roja que agitarán orgullosos los animales.
El tendero en su tienda menuda, abarrotada de bacalao seco y de sardinas prensadas, sardinas en cuba, que forman círculos plateados en toda la tienda, que huele a cala de barco pesquero.
El lencero, que vende los paños gordos y las sábanas tiesas de lino crudo, que se vuelven blancas con los años y el sol, y que vende las blusas de seda baratas, con brillos de acero, y las faldas de flores chillonas, las pellizas con mangas y cuello de «caracul» de oveja, los mantones de lana pesados y peludos, que abrigan a las mujeres y a sus crías, las camisetas y los calzoncillos de paño amarillo que protegen al hombre en los duros inviernos de Castilla.
De la calle salían los coches a los pueblos limítrofes de Madrid, mediada la tarde, para terminar su viaje en el último pueblo del trayecto, a la luz de la luna. Y en la hora de las despedidas, la calle se llenaba de labriegos cargados de fardos y herramientas y rodeados de sus deudos: las hijas —criadas de servir en Madrid— y los hijos —soldados—. Era un mundo de risas de la gente moza y de llantos de chicos y viejos, en un coro de blasfemias y de picardías como sólo ya se podían encontrar allí, o en los libros tan viejos como la calle. Los padres compraban al hijo mozo su primer cigarro puro por ser soldado —es decir, ya hombre— y le regalaban la petaca profunda que su abuelo les dio en ocasión semejante. Había alguna criadita con el vientre inflado que aguantaba en un rincón de la taberna de la posada las iras desatadas de la madre y la mano dura del padre ante la «deshonra». Se enseñaban unos a otros, con miedo y con murmullos de voz, el portalón de piedra de la casa del Santo Oficio: un dintel de la puerta de tres bloques de granito, dos de pie y el tercero atravesado sobre ellos como un monumento druídico, con una leyenda en el frontispicio de saludo al Ave María, un anagrama primitivo y una fecha en números arábigos —1642— y una caja de portal de losas cuadradas grandes como ruedas de molino, entre las cuales, de pie en el muro, se habían encontrado incrustadas dos momias de mujeres en hábito monjil. Como vieja hidrópica, la casa había abombado sus muros y se esperaba verla estallar de un momento a otro y parir sus muertos en mitad de la calle.
Una hora antes de que salga el coche, estamos ya en la posada mis tíos y yo, sentados en un rincón de la taberna, con dos maletas y una cesta al lado. La cesta lleva la merienda y una provisión de agua, porque, luego, no hay en el camino más que agua de pozo. Mi tío ha sacado del bolsillo su grueso reloj de plata que tiene una llavecita diminuta, y ha mostrado la hora a mi tía.
—¿Ves cómo eres una testaruda? Falta aún cerca de una hora.
—Bueno, pero yo ya estoy tranquila.
Yo me he ido a la puerta de la posada donde está el coche, aún sin las mulas, con sus ruedas llenas de pegotes de barro de la carretera. En la acera, arrimados a la pared, están ya esperando la mayoría de los viajeros, con sus cestas y sus alforjas repletas de paquetes. Todos son gente de pueblo: un hombre gordo al que las alforjas hacen más gordo aún; una viejecita renegrida; una mujerona gorda y además preñada, con una muchacha y una niña; y unos cuantos hombres y mujeres. No puedo saber cuáles van al coche y cuáles han bajado a despedir a sus parientes. Por el portalón de la posada van sacando las mulas dos a dos y enganchándolas al coche. Las de varas entran a reculones en su sitio y quedan sujetas con una cantidad de correas a la lanza del coche. Es curioso ver la dificultad que todos los animales tienen para andar hacia atrás.
En cuanto las mulas están enganchadas, el techo se llena de todas las maletas y de todos los paquetes, y la gente empieza a entrar en el coche. Como es natural, mi tía es de los primeros y quiere que subamos también mi tío y yo. Mi tío acaba dejándola allí dentro que gruña, y nos vamos a la pastelería a comprar caramelos para mis primos del pueblo. Compramos muchos caramelos de menta, verdes, que destiñen y manchan los dedos como si fueran pintura y que escuecen en la boca de fuertes que son. Pero a la gente del pueblo son los que más le gustan. Compramos también un kilo de «paciencias», unas galletas redondas, pequeñitas, del tamaño de una peseta, de las que entran muchísimas en un kilo; nos dan una bolsa grande llena. Llevamos a mi tía los paquetes y vuelve a gruñirnos para que nos metamos dentro, de miedo que el coche se vaya y nosotros nos quedemos en Madrid. Mi tío no le hace caso y nos volvemos a la taberna a beber cerveza con limón.
Entre toda la gente que hay allí, mi tío es el único señor de Madrid. Todo el mundo viste traje de campo menos nosotros: mi tío lleva su traje de alpaca negra, su camisa de cuello y pechera duros y su sombrero hongo. La tía lleva su traje bordado y su mantilla negra. Yo, mi traje marinero. Mi tío ha tenido una bronca esta mañana con mi tía por los trajes. Él quería llevarse una americana y un pantalón viejos que tiene e irse con una gorra y unas zapatillas en el coche, y que yo llevara mi delantal y mis alpargatas. Pero ella ha empezado a protestar y a decir que «gracias a Dios no somos unos pordioseros». Como siempre, se ha salido con la suya. Mi tío está gordo y se ha tenido ya que meter un pañuelo de seda, para que el sudor no le moleste con el cuello duro. De vez en cuando se quita el sombrero y se limpia el sudor de la calva. Con los puños duros de la camisa, la pechera también dura, y el cuello además, está renegando de lo que él llama «las estupideces de tu tía». La verdad es que, si yo fuera él, iría como me diera la gana y si se enfadaba, ya se contentaría. Pero él es un buenazo que, por no disgustarla, le aguanta todas sus exigencias.
Por último, montamos en el coche. Acoplarse dentro es un problema. Los asientos están ya llenos, menos el sitio de mi tío, y tenemos que pasar entre medio de todos para llegar allí. Yo me quedo entre las piernas de él y esperamos que el coche se ponga en marcha. Dentro, el calor es inaguantable, todos apretados en el coche, tan bajo que las cabezas de las personas sentadas dan en el techo. Arriba, están atando los bultos y cargando los que faltan, y cada pisotón del mozo nos llena de polvo y parece que se van a hundir las tablas.
El coche va lleno y el mozo de mulas ha tenido que montarse en la primera mula de la izquierda, porque el cochero lleva a su lado tres mujeres apretadas como sardinas. Además, en el estribo se han puesto de pie dos hombres, que van hasta Campamento y que han pagado dos reales por ir allí.
Bajamos la cuesta de la calle de Segovia, chirriando el coche: la cuesta es tan pina que los frenos aprietan hasta que no ruedan las ruedas, y aun así el coche se echa encima de las mulas. Algunas veces ha volcado en mitad de la calle y no se ha podido hacer el viaje. Al final cruzamos el puente de Segovia y empezamos a subir la carretera de Extremadura que también es muy pendiente. En el Puente de Segovia termina Madrid y empieza el campo. Esto del campo es una manera de decir, porque no hay más, a los lados de la carretera, que unos arbolitos secos, sin hojas, llenos de polvo, unos campos de hierba amarilla con manchones negros de lumbres, y unas cuantas casitas de traperos, hechas de chapa, con montones de basura a la puerta que huelen hasta la misma carretera.
Dentro del coche, mi tía ha hecho lo de siempre. Cuando el coche ha empezado a andar, se ha persignado y ha comenzado a rezar el rosario. Tiene un rosario de madera de olivo, de Palestina, del Huerto de los Olivos, bendecido por el Papa; tiene otro que es de plata; y otro aún de una piedra que se llama ágata. Éste lo trajo una vez que fue a Lourdes, en Francia, y tiene una cruz con un cristal en medio, que se mira por él y se ve la virgen en la caverna.
La carretera está llena de baches y de polvo; así que el coche da barquinazos y el polvo que entra por las ventanillas forma una nube dentro. Cuando se mueven los dientes, se mastica la arena. Pero el sol da de lleno y no se pueden cerrar las ventanillas, porque entonces nos ahogaríamos. Una de las mujeres se ha mareado ya y se ha puesto de rodillas en el asiento, para sacar la cabeza por la ventanilla y vomitar. Cuando no vomita, la cabeza le baila en la ventanilla como si fuera la cabeza de un pelele. Cuando lleguemos, habrá echado fuera el forro de las tripas, porque no hace veinte minutos que hemos salido de Madrid y aún tenemos viaje para más de cuatro horas. Yo empiezo a tener hambre, porque no he merendado, con la prisa de llegar al coche y no tener asiento. Se lo digo a la tía, y se enfada. Me dice que me espere a que termine el rosario; y le falta más de la mitad. Enfrente de mí va el hombre gordo. Ha sacado una libreta con una tortilla dentro que huele muy bien. Va cortando trozos con la navaja y se los va comiendo, y a mí, de verle, me entra un hambre feroz. De buena gana le pediría un cacho. Vuelvo a pedir la merienda a mi tía, pero ahora en voz alta. Si no me da de merendar, seguro que este hombre me da un cacho de tortilla. Quiero enfadarla y que no me dé la merienda, porque lleva pan y chocolate y lo que yo quiero es tortilla. Mi tía se enfada, me da un pellizco en el muslo, y no me da de merendar. El hombre gordo corta una rebanada de pan muy grande y un cacho de tortilla que parece medio ladrillo, y me los da. Mi tío deja que los coja y, además, le regaña a mi tía. «Siempre tienes que hacer el ridículo.» Entonces mi tía saca el pan y el chocolate, pero ahora no los quiero. La tortilla está estupenda y el hombre me da además unas rajas de chorizo. Me sabe mejor porque me he salido con mi idea, y además me ha dado la razón mi tío. Mi tío saca la bota del vino que llevamos para la cena, coge también un cacho de tortilla, y comemos y bebemos los tres. Los dos hombres se ponen a hablar de mí. El hombre cree que mi tío es mi padre.
Nos cuenta que tiene un hijo mayor que yo, que está estudiando en Madrid para abogado, pero que no ha aprobado en los exámenes y ha tenido que quedarse estudiando para volver a examinarse en septiembre. Mi tío le cuenta que yo soy muy buen estudiante, y el hombre replica que su chico es un golfo que le cuesta todo el dinero que gana labrando el campo. Entonces comienzan los dos a hablar de la cosecha del año. El hombre tiene muchas tierras en un pueblo cerca de Brunete y conoce a todos los de mi familia y conoció al padre y a los abuelos de mi tío.
Con el enfado de la merienda, mi tía ha empezado a contar a la mujer que va enfrente con la niña los disgustos que yo le doy. No quiero escuchar, porque entonces yo tendría que contestarle y contar las latas que me da ella a mí. Estamos bajando la cuesta del río Guadarrama, un río que le pasa lo que al Manzanares, que no tiene agua, nada más que arena y un arroyito entre juncos. La cuesta baja dando vueltas desde Móstoles hasta el río y luego hay que cruzar un puente de madera muy viejo, donde la gente tiene que apearse para que el coche no pese y el puente no se hunda. Después viene otra cuesta larga que termina en Navalcarnero.
Cuando se pasa por Móstoles, se encuentra en la plaza un monumento en construcción, lleno de andamios y tapado con una tela blanca. Es una estatua que están haciendo al alcalde de Móstoles para inaugurarla el año que viene, que es el centenario de la guerra de la Independencia. El alcalde de Móstoles fue un alcalde que había cuando Napoleón quiso apoderarse de España. Era un tío viejo con una capa de paño de color café, con esclavinas, un sombrero grande de alas redondas y una vara muy alta. Cuando se enteró que los franceses estaban en Madrid, llamó al pregonero y le dio un bando para que se lo leyera a los del pueblo. En este bando él —el alcalde de Móstoles— declaraba la guerra «al Napoleón». Claro que era una tontería que un pueblo tan pequeñito quisiera hacer la guerra con los ejércitos de Napoleón. Pero si Napoleón hubiera ido a Móstoles y el alcalde le hubiera cogido por su cuenta, seguro que le mata a palos con su vara de alcalde.
En mi Historia de España hay un dibujo de él leyendo el bando, y también un retrato de Napoleón con su casaca de militar, con las solapas blancas, el pantalón también blanco y la mano metida entre los botones de la casaca. El padre Joaquín, un vasco muy grande, que es mi profesor de historia, nos cuenta que Napoleón no pudo apoderarse de España porque hubo mucha gente como el alcalde de Móstoles, que no le tuvieron miedo: en Madrid fueron dos tenientes de artillería, Daoíz y Velarde, que cogieron un cañón y se pusieron a la cabeza del pueblo. En Zaragoza fue una mujer, Agustina de Aragón, que empezó a animar a los hombres y a tirar cañonazos contra los franceses. En Bailén se reunieron todos los garrochistas, que son los pastores que guardan los toros bravos y que van a caballo con una garrocha, y se fueron a buscar a los coraceros que llevaban lanzas muy grandes de hierro. Además, llevaban una coraza de hierro plateado y un casco, también de hierro, con muchas plumas. Los vaqueros no llevaban más que la chaqueta puesta y los sombreros cordobeses, y eran muchos menos. Bueno, pues les dieron una paliza a los coraceros de Napoleón, que un inglés que vino a España a ayudarnos, y que se llamaba Wellington, se asustó y luego no le creían en su tierra cuando lo contaba.
Mi abuela, la madre de mi madre, era muy pequeñita cuando las tropas de Napoleón anduvieron por estos pueblos. Para que no la mataran, porque los franceses mataban a los chicos con las bayonetas, clavándoselas en el trasero, la metieron en una cesta y la bajaron al pozo de la casa que tiene dentro una mina. La dejaron allí y su madre bajaba a darle de mamar cuando no la veían. Mi abuela tiene ahora más de 99 años. Nosotros, yo y mis hermanos, le llamamos «la abuela chica», porque es una viejecita arrugada, con la cara y las manos llenas de manchas color café. A la otra abuela la llamamos «la abuela grande», porque es mucho más alta que un hombre y muy grande. Ahora la encontraremos en Navalcarnero.
Cuando llegamos a Navalcarnero, mi abuela Inés nos está esperando. Hay allí una posada y el coche cambia las mulas. Mientras, la gente cena en la posada, bien las cosas que lleva o bien la comida que hacen allí. Nosotros tenemos merluza frita rebozada y chuletas empanadas con pimientos fritos, y como nos hemos comido la tortilla del hombre gordo, mi tío le invita. Tenemos también café puro que ha traído mi tío en una botella envuelta en muchos periódicos y que todavía está caliente.
Mi abuela se sienta con nosotros, teniéndome a mí en sus rodillas. Se está allí como en un sillón. Mi tía y ella se ponen a hablar. Y como siempre, acaban regañando, porque las dos son contrarias. Cuando eran chicas, han jugado juntas en el pueblo, y se llaman de tú y se dicen lo que les viene a la boca. Mi tía es una beata y mi abuela es atea. Cuando las dos eran chicas, de doce años o así, sus padres las mandaron a Madrid a ser criadas de servir. Mi abuela estuvo en muchas casas hasta que se casó. Mi tía, en una sola. Mi tía come pizquitas y mi abuela traga como está tragando el hombre gordo, que no parece se haya comido la tortilla y la libreta. Mientras tanto discuten de mí.
—Buena falta le hace al chico tomar un poco el aire y salir de tus faldas. Con tanto cura y tanto rezo, le estáis atontando. Mírale la cara de «gilí» que tiene. Menos mal que estará conmigo unos días y yo le espabilaré —dice mi abuela.
—Pues, al niño no le falta nada —se encrespa mi tía—. Lo que tiene son muchas picardías y por eso no engorda. Porque, en la educación no sé qué puedes decir. Claro que tú quisieras que el chico fuera un descreído como tú. Más valía que pensaras que eres una vieja, como yo, y que si sigues así, irás al infierno.
—Mejor, más caliente. Además, mira: al infierno va toda la gente de buen humor y al cielo todas las beatas aburridas como tú. Y francamente, prefiero la gente divertida. Tú no hueles más que a cera.
—¡Jesús, Jesús! Tú siempre dices blasfemias y acabarás muy mal.
—¡Recorcho! Las blasfemias sólo las digo cuando me pisan un callo o me pillo un dedo contra una puerta, porque al fin y al cabo, una es una mujer y no un carretero. Lo que no soy ni quiero que sea el chico, es un espiritado como tú, que no sabes salir de las faldas de curas y sacristanes.
A mi tía le entra el hipo y entonces mi abuela se siente completamente feliz. Acaban haciendo las paces y mi abuela le dice finalmente:
—Mira, Baldomera, yo sé que tú eres muy buena y que el chico está muy bien con vosotros. Pero le estáis volviendo idiota. Tú reza lo que quieras, pero déjale al chico que juegue. ¡Verdad —agrega dirigiéndose a mí— que tú lo que quieres es jugar!
Para no disgustar más a mi tía, le digo que me gusta mucho la iglesia. Y entonces ella explota:
—¡Tú lo que eres, es un marica! —y me zarandea entre sus brazos y sus pechos, como si estuviera en un colchón que me fuera a aplastar. Me callo, dolorido, pero se me caen dos lagrimones. Entonces mi abuela pierde la cabeza, me coge en brazos, me besa, me estruja y me sacude como un muñeco. Por último, me hace prometer que iré a Navalcarnero en septiembre y que no me he enfadado con ella.
Me lleva al mostrador de la taberna, me llena los bolsillos de alcahueses y torrados, me abruma con sus preguntas rápidas, y sólo se calma cuando le afirmo repetidas veces que no me he enfadado, pero que yo no soy un marica. Y que, si vuelve a llamármelo, no iré más a Navalcarnero.
Llegamos a Brunete a las diez de la noche, yo completamente rendido y con ganas de acostarme.
El pueblo es un grupo de casas que hacen unas sombras muy negras con la luna, o paredes muy blancas que brillan con la misma luz de la luna. En las puertas de las casas están las gentes tumbadas en el suelo, tomando el fresco, algunos charlando y la mayoría durmiendo. Cuando salimos del coche y vamos a través del pueblo hasta la casa del tío Hilario —el hermano de mi tío José—, las gentes se levantan a saludarnos y algunos nos dan bollos de aceite y aguardiente. Yo no tengo gana, lo único que tengo es sueño. El sereno del pueblo viene, saluda a mi tío dándole un cachete en la espalda, y me acaricia diciendo:
—¡Está ya hecho un hombre!
Después se empina como los gallos, se pone una mano al lado de la boca y grita:
—¡La once... y serenoooo...!
Capítulo IV
TIERRAS DE PAN
Encima de la cabecera hay una ventanita cuadrada por la que entra un chorro de sol lleno de moscas. La habitación huele a pueblo: un olor de granos secos del sol, que viene del granero abierto frente a mi cuarto, de retamas quemadas en la cocina, de estiércol de la cuadra, del vaho pegajoso del gallinero, y de las paredes de adobes de la casa, retostadas del sol y cubiertas de una blanca capa de cal. Me visto y bajo la escalera maciza, de troncos labrados con la azuela.
La planta baja de la casa es una sala enorme, empedrada de pequeños cantos de río. Al lado del portalón están las aguaderas de madera, con sus ocho cántaros panzudos, de barro blanco, sudoso, cubiertos con una cortina de tela blanca que tiene en medio iniciales de un palmo de altas, bordadas en hilo rojo. En el centro de la sala, la mesa, de tablones completos, blanca de fregarla con arena. Alrededor de ella pueden comer toda la familia y todos los criados, unos veinte. En su tablero se vierten las semillas para escogerlas. Y otras veces sobre una manta, que sólo cubre una esquina, la tía Braulia plancha la ropa de la casa. A lo largo de las paredes hay una multitud de sillas de paja trenzada, una cómoda pesada, de caoba, y un arcón de cubierta redonda, forrado de piel con pelo rubio y grandes clavos dorados, con una cerradura que parece el aldabón de una puerta. Sobre el arcón, colgado en la pared, el reloj de cu-cu, sus pesas de latón colgando de las cadenas doradas, su péndola corriendo de un lado a otro sin tropezar nunca con la pared, su esfera de madera con sus cuatro esquinas llenas de ramitos de flores, y encima la ventanita del cu-cu, un pajarito de madera que canta las horas y las medias. Cuando la manilla va a llegar a las horas, se para y parece que encuentra una china en el camino. De repente da un brinco sobre la esfera, y entonces se cae de golpe una de las pesas que baja muy de prisa hacia el suelo, haciendo rodar toda la maquinaria que suena como una caja de clavos. El cu-cu se asusta del ruido, abre la puerta de su casita y empieza a cantar, haciendo referencias y asomando la cabeza para ver si la pesa se estrellará contra el suelo. Cuando ha cantado la hora, se mete dentro y cierra su puerta hasta la media, en que sale una vez sólo, a dar un solo grito, con bastante mala gana, como si le molestaran para una cosa que no tiene importancia.
El reloj de cu-cu me recuerda siempre al sereno del pueblo y el sereno del pueblo al reloj de cu-cu. Durante toda la noche se pasea el sereno por las calles del pueblo con un farol, mirando al reloj de la torre de la iglesia y al cielo. Cada vez que el reloj da la hora, él la canta y dice el tiempo que hace: «¡Las dos y... sereno! ¡Las dos y... nublado! ¡Las dos y... lloviendo!». Cuando hay sequía y las gentes del pueblo temen perder la cosecha, si el sereno canta la hora y llueve, los vecinos se despiertan unos a otros y se asoman a los portalones para mojarse ellos también. Algunos se van a sus campos, para ver si es verdad que en ellos cae el agua y no sólo en los de los vecinos.
En el fondo de la sala está el hogar, con su despensa a un lado y la puerta de la cuadra al otro. Es un redondel de losas con los bancos de piedra a los lados y una chimenea de campana encima, tapizada de humo, con un agujero arriba por el que se ve el cielo. En la pared están colgados los cacharros, unos antiguos cacharros de cobre y de hierro, las jarras de Talavera blancas y azules y los hierros de la cocina. El reborde de la chimenea es un vasar ancho lleno de platos, de escudillas y de cazuelas, con una gran fuente redonda puesta de canto en medio, que parece un sol. Es una fuente de barro amarillo verdoso, con flores de un azul sucio y un reborde de azul metálico ancho como un dedo. Es el cacharro más viejo de la cocina y en el culo tiene un signo raro como un tatuaje y en letras viejas, azules, dice: «Talavera 1742». Las cosas de metal las limpia la tía Braulia con ceniza de estiércol que hace lejía, y el hierro parece de plata y el cobre de oro. La lumbre es un montón muy grande de estiércol encendido por dentro, de día y de noche. Si se mete dentro la badila, se ve una bola de fuego, roja como una granada... Se sopla en ella con un fuelle grande, metiendo allí dentro su pico de hierro, y sale una llama. Encima se echa retama que arde con la llama y sobre ella se coloca la sartén de tres patas para hacer los guisos. Después, se cierra el agujero con la badila y queda sólo el montón amarillo de estiércol, humeante, con los pucheros alrededor donde se cuece la olla lentamente. Dentro de la campana de la chimenea están colgados los chorizos rojos y las morcillas negras, que así se resecan y se curan al humo.
Cuando bajo, está sola la tía Braulia, sentada en una silla baja al lado del fuego. Lo primero que hace es afirmar que tengo hambre y que me va a preparar el desayuno en seguida. Ésta es una manía de todos cuando vengo al pueblo. Se empeñan en que tengo que comer mucho y en que tengo que engordar. Pero en Brunete hay muchas menos cosas que en Madrid. No hay más fruta que las uvas de parra, que ahora no se pueden comer aún. Carne no hay más que de cordero y la de cerdo de la matanza conservada en adobo y curada al humo. Así que la comida me la sé de memoria: por la mañana el desayuno de huevos fritos, a mediodía la olla con garbanzos, tocino, chorizo y carne de carnero, y por la noche las patatas guisadas con carne y con bacalao. Viene algunas veces un hombre con un burro que trae de Madrid dos o tres cajas de sardinas y de merluza. Pero en el verano no puede venir porque el pescado se pudre en el camino. El único pescado que hay son las sardinas de cuba de la tienda, unas sardinas resecas, con los ojos y la panza amarillos de aceite, y el bacalao. Verduras no hay. Porque Brunete está en una llanura seca, sin árboles y sin agua, donde no crece más que trigo, cebada, garbanzos y algarroba. Hay que ir a buscar el agua con burros a tres kilómetros del pueblo, a un barranco —que es una grieta en el campo— que se pierde a lo lejos, camino de la sierra.
Para comer, prefiero Méntrida y Navalcarnero, pero más Méntrida. En Méntrida hay muchos árboles frutales y muchas huertas. Hay también caza —perdices y conejos—, y en un río cercano, el Alberche, se pescan peces muy ricos y anguilas. De Madrid trae pescado el tren y en el pueblo hay siempre uvas muy buenas, tomates riquísimos, pepinos, lechugas; y además hay un sitio que se llama Valdehiguera, donde se encuentran cientos de higueras muy antiguas que dan unos higos gordos con la carne encarnada, que se llaman melares y son como miel. Cada familia tiene dos o tres higueras y cuando yo voy allí, en todas las casas me invitan a ir a coger los higos por la mañana temprano, que es cuando están fríos de la noche. Todas estas cosas las hay en Méntrida, porque el pueblo está en un valle por el que corre un arroyo que va al Alberche. Hay además una alameda llena de álamos y de huertas a todo el largo del arroyo. Aquí en Brunete, los pocos pozos que hay son muy hondos y dan un agua salada. En Méntrida hay pozos en todas las casas y en muchas de ellas tienen que hacer una reguera desde el pozo a la calle, porque en invierno el agua se sale por encima del brocal. Además, el agua es muy fría y muy buena.
Navalcarnero es aún diferente. Está en lo alto de un cerro y en el pueblo realmente no hay nada, pero los campos, como caen todos a la orilla del Guadarrama, producen también uvas, frutas y cosas de huerta. Además, como está muy cerca de Madrid, hay casi todas las cosas que se encuentran allí.
Sin embargo, quien más presume con la comida es la tía Braulia. En Brunete la mayoría de la gente sólo come una cebolla con pan por las mañanas cuando se van al campo, un gazpacho a mediodía y la olla por la noche, pero hecha sólo con garbanzos y un cacho de tocino. El tío Hilario, que es el marido de la tía Braulia y el hermano mayor de mi tío José, es ahora uno de los más ricos del pueblo.
Eran seis hermanos y todos se libraron de ser soldados, menos el más pequeño que era mi tío José. Entonces los soldados estaban ocho años en el cuartel. Cuando se marchó de quinto era, como todos, un patán que no sabía leer ni escribir. Como eran muchos hermanos, la familia era muy pobre y no comía más que los garbanzos con tocino, y éstos, los peores, porque los otros, los escogidos, se pagaban más. En el cuartel aprendió a leer y escribir; y mientras tanto se murieron sus padres y los hermanos trabajaron las tierras todos juntos y se casaron. Con las mujeres y los chicos, que empezaron a nacer en seguida, aunque el tío José les había dejado su parte de tierra, estaban todos muertos de hambre. En aquel tiempo, algunas veces, por no tener dinero para alquilar mulas y burros para la labranza, tiraban del arado los hombres y las mujeres. La tía Braulia ha tirado muchas veces. Mientras tanto, mi tío José que no pensaba volver a arar, se había hecho sargento y cuando se licenció, se colocó en el Ministerio de la Guerra, porque tenía muy buena letra y sabía muchas cuentas. Empezó a ahorrar dinero para prestarlo a sus hermanos, que ya no tuvieron que pedir dinero prestado al usurero del pueblo, pagándole una peseta por cinco. Cuando recolectaban el trigo tampoco se lo vendían al usurero, sino que mi tío se encargaba de vendérselo en Madrid. Las ganancias se las repartían entre todos. Así pudieron comprar mulas y ya vivían bien. Después, cuando la guerra de Cuba, mi tío había prestado algún dinero a otros del pueblo y un día se presentó allí, reunió a todos los parientes y a los más viejos del pueblo y les dijo que si le dejaban el trigo él se lo vendía a todos en Madrid para el ejército, mucho más caro que como se lo pagaba el usurero. Entonces se hicieron ricos y mi tío les dio dinero suficiente para que se compraran más tierras y más mulas. Así, la mitad de las tierras del pueblo eran de los hermanos de mi tío. Todos trabajaban bajo las órdenes del tío Hilario, pero mi tío era el que mandaba. La otra mitad de las tierras del pueblo eran de la otra gente del pueblo que estaba entrampada con el usurero.
El usurero es un pariente lejano, don Luis Bahía, que se marchó de niño del pueblo y después se hizo millonario con los jesuitas. Era el administrador de ellos y mi tío decía que él no tenía dinero, y que lo que prestaba era dinero de los jesuitas, que así se apoderaban de las tierras del pueblo.*
Yo le conozco de Madrid, porque se trata con mi tío José, y algunas veces he ido a su despacho, pero es un hombre que me da miedo. Es un viejo calvo, con una cabeza grande y una nariz de pico de loro muy carnosa, que le mira a uno frío. La piel la tiene completamente amarilla, de cera, y viste siempre trajes negros, con unos manguitos también negros hasta por encima del codo, y un gorro redondo de seda con una borla. El despacho está empapelado en verde oscuro y el balcón tiene visillos de crochet también verdes, de manera que, como todo está oscuro, su cara parece la cabeza de un bicho en un rincón. En Méntrida vi un sapo muy grande entre las hierbas del arroyo, y me acordé de él.
Me como los huevos fritos y la longaniza que me ha preparado la tía Braulia para desayuno, y me voy a las eras. El pueblo es una calle única por la que pasa la carretera. Los campos, segados ya, están amarillos de la raíz seca de las espigas, y en un sitio donde sube un poco la tierra, están las eras. Son unas plazoletas empedradas con cantos redondos que se barren muy bien antes de echar sobre ellas las espigas.
Sobre la alfombra circular de espigas da vueltas, arrastrado por una mula, el trillo, una tabla gorda llena de pedernales cortantes, que pasa sobre el trigo y separa el grano de la paja.
Los chicos se montan sobre la tabla del trillo, uno para conducir y todos para jugar. Nos empujamos unos a otros para hacernos perder el equilibrio sobre la plancha en movimiento y caer en el colchón de espigas. El único peligro es caer por la parte delantera de la tabla y que el trillo le pase a uno por el cuerpo. A uno de mis primillos le pasó esto y tiene la espalda llena de rayas, como si fuera un tatuaje de los indios. Más allá, los hombres voltean la paja y el trigo triturados, lanzándolos contra el aire para que éste se lleve la paja y quede sólo el grano. Los chicos pasamos corriendo a través de la nube de paja, manoteando con los ojos cerrados, para llenarnos de agujas pequeñitas que se clavan en la piel y no dejan dormir. Después nos revolvemos en los montones de trigo limpio y se nos llenan los oídos, la boca y las narices de los granos duros que se meten también entre los calcetines y en los bolsillos. Claro que estas cosas no me ocurren más que a mí, porque mis primos tienen la piel curtida del aire y el sol y el polvo, y las pajas no les hacen ningún efecto. Tampoco tienen calcetines, ni alpargatas, porque casi todos van descalzos, y menos aún bolsillos en el delantal como yo. Llevan una camisa y un pantalón atado con un cordel, y el pantalón es de los de «trampa». Pero lo que más me molesta es el sol. Los primeros días, la piel se me pone roja y se me pelan la nariz y los carrillos y voy cambiando pellejos como las culebras, hasta que, cuando vuelvo a Madrid, estoy casi tan negro como mis primos. Pero nunca como el tío Hilario.
El tío Hilario es un viejo alto y reseco, de huesos muy grandes. Tiene una cabeza completamente calva, llena de jorobas, con un lobanillo en todo lo alto que parece una ciruela, pero la piel de la calva es tan oscura que no se le nota la falta de pelo. En el cogote la piel es gorda y seca y está dividida en arrugas profundas que parecen cortadas por un cuchillo. Se afeita los jueves y los domingos, como los curas, y entonces, la parte que le han afeitado parece que se la han frotado con papel de lija, porque está mucho más blanca que el resto de la cabeza. Algunas veces coge una de mis manos —que son muy finas y delgadas— y la pone sobre una de las suyas que son grandes y anchas, con las uñas aplastadas, y se asombra. Suele apretarme la mano entre las dos suyas, y entonces pienso que, con los callos que tiene en las palmas, si se frotara sus manos, me despellejaría completamente la mía. El mango del arado tiene la madera reluciente como el pasamanos barnizado de la escalera de casa, y esto lo ha hecho el tío Hilario a fuerza de frotar sus callos sobre el mango.
A las doce suena la campana de la iglesia avisando el mediodía. Entonces nos volvemos todos a la casa a comer. Cuando llegamos, la tía Braulia ha puesto ya la mesa con una fuente muy honda en medio en la que vierte la olla, un puchero de hierro que tiene más de cien años. A fuerza de quemarse en la lumbre, parece enteramente de barro negro. A cada lado de la mesa hay un porrón grande de vino y sólo a mis tíos y a mí nos han puesto vasos. Los demás beben en los porrones a chorro. Igual hacen con la comida; a los chicos les ponen una fuente para los seis que son, y allí van metiendo la cuchara. Las personas mayores comen todas en la fuente grande, pero como estamos nosotros, han puesto platos para nosotros tres y para el tío Hilario y la tía Braulia. Sus hijos y los criados comen lo que hemos dejado después de servirnos.
Después de comer no se puede trabajar por el calor que hace, y todos se echan un rato a dormir la siesta. Unos se tumban simplemente en las piedras del portal que está muy fresco, porque las puertas de la calle y de la cuadra están cubiertas con una cortina gorda que no deja pasar el sol, pero sí una corriente de aire. Aunque parezca mentira, un sitio fresco son los bancos de piedra al lado de la lumbre. Por el agujero de la chimenea sale una corriente de aire muy fuerte, y alrededor de la lumbre parece que hay un ventilador. A las dos, los hombres vuelven al campo, pero a mí me dejan en la casa porque hace demasiado sol y yo no estoy acostumbrado. Así que no me despiertan hasta las cinco, que me despierto yo solo.
En el portal están mis tías y tres mujeres más, contándose todas las historias del pueblo desde que ellas eran chicas. Me gustaría poder irme a jugar, pero mis primos ahora están trabajando y además da miedo salir a la calle. Como no hay ningún árbol en el pueblo, y las casas son todas blancas, la calle es un horno y no se puede ni tocar las piedras. Así que me dedico a recorrer toda la casa.
En el granero, que aquí llaman «sobrado», hay tres montones de trigo, de cebada y de algarroba, que llegan hasta las vigas del techo. Hay unas telarañas grandes y espesas, y durante un rato me entretengo cazando moscas. Después de arrancarles las alas, las echo en las telas de araña. La mosca se enreda en la tela, y entonces la araña asoma la cabeza en su agujero. Al cabo de un momento sale corriendo, con su cuerpo como un garbanzo negro, sostenido en el aire por las patas que parecen alambres doblados. Rodea la mosca con todas las patas y se la lleva. Cuando sale corriendo por la tela, me parece que va a saltar sobre mí y me va a morder. Entonces, me da asco y miedo y con una escoba empiezo a romper las telas de araña. De una de ellas cae al suelo una araña grande, amarilla, con el cuerpo como una almeja cocida, que se pone a correr por las tablas y por último viene hacia mis pies. La aplasto de un pisotón y bajo corriendo la escalera del sobrado. Abajo, froto la suela del zapato contra las piedras del hogar y todavía salen cachos de patas peludas que se mueven.
En el portal, en las vigas del techo, hay nidos de golondrinas. Me subo en una silla puesta sobre el arcón, para ver de cerca uno de estos nidos. No comprendo cómo se los pueden comer los chinos, porque son como un pucherito de barro muy duro. Dentro está lleno de pajitas de trigo. A las golondrinas no se les hace daño, porque se comen los bichos del campo, y porque cuando crucificaron a Cristo, fueron a quitarle las espinas de la cabeza con el pico. En el invierno se van al África y vuelven en el verano. Un año mi tío cogió una y le puso un hilito de plata en una pata, y al año siguiente volvió. Después no volvió más. Debió morirse, porque las golondrinas viven poco tiempo. Pero las cigüeñas viven mucho. Esto de la golondrina lo hizo mi tío por la historia de la cigüeña del pueblo.
En lo alto de la iglesia hay un nido de cigüeñas que parece un montón de leña. Una vez, un cura muy viejo que había en el pueblo, y que coleccionaba insectos del campo, cogió una cigüeña y le puso en una pata un anillo grande de cobre con un letrero que decía «España». Al año siguiente, la cigüeña trajo otro anillo de plata en la otra pata, con un letrero que nadie sabía leer, pero que, según un profesor que vino de Madrid a verlo, era árabe y decía «Estambul», que es una provincia de Turquía. Después, el cura cada año ataba al anillo una cintita con los colores nacionales y la cigüeña volvía con una cintita roja. La cigüeña murió en Brunete y el cura guardó en la sacristía los dos anillos y siete cintitas coloradas.
Pero hay también en Brunete otros pájaros, aunque ninguno de ellos se come. Hay maricas, que son unos pájaros blancos y negros que gustan de salir y pasear a la carretera y andan como si fueran mujercitas. Y hay grajos, que son unos cuervos pequeños que vienen en bandadas, dando unos gritos: «¡ca-ca-ca!». Vienen cuando han tirado alguna mula muerta al barranco y se la comen. Porque en el pueblo, cuando se muere alguna mula o algún burro, le llevan al barranco de la fuente y le tiran en un sitio que está hondo. Está muy lejos de la fuente del pueblo, pero una vez he ido allí y está lleno de esqueletos blancos de burros y mulas. Los grajos se quedan alrededor del barranco y charlan. Parecen viejas criticonas. Cuando se acerca alguien allí, se levantan volando y se ponen a dar vueltas por encima de la cabeza de uno, dando gritos hasta que se marchan. Son pájaros de mal agüero.
Los otros pájaros que hay son los murciélagos. Vienen al atardecer y empiezan a volar por las calles del pueblo y a tropezar con las paredes porque son blancas. Los chicos los cazamos con un mantel, o con un trapo blanco atado entre dos palos que se extienden por encima de la cabeza. Los murciélagos pegan contra la tela y entonces se juntan los dos palos y se les coge dentro. Después, se les clava por las alas a la pared. Tienen unas alas como una tela de paraguas peluda, que se rompe sin echar sangre, como un pingajo, y el cuerpo parece el de un ratón, pero con un hociquillo de cerdo y orejas puntiagudas como las del demonio. Cuando se arropan en sus alas, parecen viejas envueltas en su mantón, y cuando duermen colgados de las vigas, parecen los niños pequeñitos que traen las cigüeñas en el pico. Cuando los han clavado en la pared, los hombres encienden un pitillo y los hacen fumar. El murciélago se emborracha con el humo y hace gestos raros con la nariz y con la tripa, y los ojillos se les llenan de agua. Nos reímos mucho. Pero cuando los veo así, clavados en la pared, borrachos de humo, me dan lástima y les encuentro algo de niño colgando de las mantillas con la tripilla al aire. Una vez les quise explicar lo que en el colegio me habían enseñado: que los murciélagos se comían los insectos del campo; pero se rieron mucho y me contaron que eran unos bichos muy malos que, cuando la gente está dormida, le chupan la sangre, mordiéndola detrás de la oreja. Una muchacha se murió así; bueno, no se murió. Se fue quedando blanca, blanca, sin sangre, y nadie sabía lo que tenía, hasta que una noche le encontraron un murciélago en la cama y en la oreja una gotita de sangre. Quemaron el murciélago y las cenizas se las dieron a la chica en ayunas, mezcladas con vino. Y se puso buena. Por eso matan todos los murciélagos que pueden.
Pero después, cuando se cansaron de martirizarle, un mozo le arrancó de la pared de un manotón y el pobre bicho se quedó caído en la reguerita de piedras, moviendo las alas de trapo, rotas, y haciendo gestos con su hociquillo, y yo no pude creer que fuera capaz de matar a nadie.
Brunete es un pueblo aburrido. No hay campos con árboles, ni con frutas, ni con flores, ni con pájaros, y los hombres y los chicos son callados y brutos. Sólo ahora, cuando han cogido el trigo y han ganado dinero, se divierten con las fiestas. Pero, aun así, son las fiestas más pobres que yo conozco. En la plaza se ponen unos feriantes con puestos de cosas de perra gorda, alumbrados con farolitos de aceite o con velas. Y como la gente no compra, todo lo rifan a perra chica, que es la única manera de vender sus cacharros. Viene un polvorista que desde el atrio de la iglesia tira todas las noches, desde las diez hasta las doce, quince o veinte cohetes; y sólo el último día quema unos «árboles», cinco o seis, como final. Lo único que les divierte son los toros.
Y en esto demuestran lo brutos que son.
La plaza del pueblo es casi cuadrada, con piso de tierra, lleno de baches; en medio, una farola de hierro sobre un pedestal de piedra. Alrededor de la plaza instalan los carros de todos, las varas del uno a caballo en el piso del otro, y atados con cuerdas para que no se separen. Queda así una barrera que rodea la plaza, y un pasillo con el piso desigual de todos los carros. El pasillo se llena de gente. Los mozos y los chicos se meten debajo entre las ruedas, donde a veces penetra la cabeza del toro, y desde allí salen a torearle o miran.
En la plaza hay un callejón sin salida, donde se abre la puerta del corral del carnicero del pueblo, y allí se encierran los toros. Lo llaman «el callejón del Cristo».
La fiesta comienza el primer día de feria con lo que llaman el «toro del aguardiente», porque le sueltan casi al amanecer, cuando la gente se toma la copita de aguardiente de la mañana. Los carros se llenan de mujeres, de viejos y de chicos que gritan pidiendo la salida del toro, un choto que sirve para que le toreen los muchachos.
En principio el animalito embiste y revuelca a los mozos. Pero después, como es tan chico, los mozos le sujetan de los cuernos, le tiran al suelo, le pegan con las botas gordas y con las varas y a las once de la mañana el animal se tambalea sobre sus patas, y ya no embiste; huye de la banda de mozos y chicos, que ya se atreven a bajar todos a la plaza, y se acula contra las ruedas de los carros. Entonces, allí le pinchan con las navajas y los viejos le acercan la lumbre del puro al culo, para que el bicho embista ciego de rabia. Así, hasta las doce. Nosotros estamos en el balcón del Ayuntamiento con el alcalde, el médico, el boticario y el cura. El alcalde y el cura, que son dos hombres gordos, se ríen a carcajadas y se golpean los hombros uno al otro, llamándose la atención sobre los detalles.
A las cuatro de la tarde empiezan los toros de verdad. Primero, los mozos del pueblo torean dos novillos, corridos ya en otros pueblos, resabiados; que tiran a la gente contra los carros como si quisieran vengar al becerro de por la mañana. Los tienen mucho tiempo en la plaza; hasta que ya no hay más mozos que se atrevan a torearlos, y entonces los vuelven a meter en el corral y sueltan al toro de muerte. Para matarle, ha venido una cuadrilla de muletillas, que son los aprendices de torero que van toreando por los pueblos, muertos de hambre. Como no son del pueblo, el Ayuntamiento ha comprado un toro grande y viejo con unos cuernos enormes, que tiene la cabeza más alta que ninguno de los «maletas». Cuando sale a la plaza, los pobres se asustan de ver aquella mole. Y entonces la gente del pueblo comienza a gritar y algunos mozos saltan al ruedo armados de varas, amenazándoles.
Es triste ver a los muchachos vestidos con trajes de luces incompletos y remendados, descoloridos, saltadas las lentejuelas doradas, dar carreritas cortas hasta la cabeza del toro y sacudirle en los morros con la capa para salir huyendo y trepar a la farola, porque de las ruedas de los carros les echan a palos. Pero esto no tiene importancia. El cornetín de la banda de música toca a banderillas y entonces la gente ruge de alegría. Aquí no cabe dar carreritas al toro, hay que clavarle las banderillas y para ello llegar a los cuernos del toro. Además, los maletas saben que la ganancia está allí y en la suerte de matar.
Es costumbre brindar cada par de banderillas a uno de los ricos del pueblo. Si se ponen bien, es decir, si se clavan en lo alto del morrillo del toro, el rico se suelta dos y a veces cinco duros, y la gente llena de perras gordas y alguna que otra peseta la capa que pasean delante de los carros para hacer la colecta. Si no las clava, no hay dinero, y si todos los banderilleros fallan, suele haber piedras en lugar de monedas.
La figura flaca y hambrienta del torerillo se sitúa en el otro extremo de la plaza, con la cara pálida, mirando, con recelo a sus espaldas donde están las varas de los mozos, algunas de ellas con clavos y aun con navajas en la punta, y con pánico delante de él, a la fiera hasta cuyos cuernos ha de llegar, para allí levantar los brazos, sacar el vientre y el pecho en un estirón, y clavar los palitroques, sin que los cuernos le claven a él.
Y queda la suerte de matar: el «maestro» suele ser un chaval de 17 o 18 años, más suicida que sus compañeros, con cara de iluminado. Ha de poseer toda una ciencia infusa para torear en los pueblos. Si matara al toro de una estocada seca, y le hiciera rodar sin puntilla, la gente se consideraría estafada. Debe torear al toro con la muleta largo rato, y después entrar a matar varias veces, muchas veces, pero con ciencia y valor. No dando pinchazos en las costillas o en los brazos del toro, sino volcándose sobre los cuernos; y cuando ya ha demostrado perfectamente su valor y ha hecho gritar de miedo diez veces a las mujeres, entonces debe coger la estocada, hasta la mano si puede ser, hiriendo al toro en los pulmones para que se quede allí en la plaza, de pie sobre sus cuatro patas abiertas, vomitando chorros de sangre negra en golpetones bruscos, para derrumbarse por último con la tripa al aire y las patas agitándose en el vacío.
Entonces la gente se vuelve loca de entusiasmo y llueven las monedas de plata y los cigarros puros y los cachos de longaniza y las botas de vino destapadas, que vomitan vino sobre la gente, a sacudidas como el toro su sangre, y que el maletilla está obligado a beber para calmar su sed y para hacer volver el color a su cara.
Para cuando el toro taladra la carne joven, hay una puerta pequeña en la casa del Ayuntamiento con un letrero que dice: «Enfermería». Dentro hay una mesa de pino fregada con arena y lejía, y unos barreños con agua caliente. En un rincón sobre una silla de paja, la maleta del médico con unos cuantos hierros viejos, y por si acaso, las cuchillas y la sierra del carnicero. Sobre la mesa de pino se deja en pelota al mozo y se le cura como se puede, taponando la herida con pelotones de algodón, empapados en yodo como bizcochos y comprimidos con los dedos, y se cose el desgarro con agujas gordas e hilos de seda de ovillo, trenzados, gruesos, que fabrican las viejas del pueblo, igual que los cordoncillos para los partos. Después se tiende al herido en un colchón sobre un carro y se le envía a Madrid, a través del camino lleno de sol y de polvo.
De niño, callado, subido en la silla donde estaba la caja del médico, yo he visto una vez una cura atroz, de éstas, a un muchachillo con la cabeza colgando fuera de la mesa, los ojos vidriados y el pelo goteando sudor, cuyo traje de luces se había rasgado a punta de navaja para operar un boquete en el muslo donde cabía la mano del médico.
Cuando acaban los toros, se baila y se bebe.
Capítulo V
TIERRAS DE VINO
El eje es una barra cuadrada de hierro que atraviesa el carro de lado a lado. Como no tiene ballestas, todos los baches y todos los cantos de la carretera son golpes secos que sacuden los huesos. El tío José y el tío Hilario van en los dos extremos de delante y se cambian las riendas de la mula de vez en cuando. En los dos asientos de detrás vamos mi tía y yo. El carro es una tartana pequeña con dos asientos laterales de madera, forrados con una estera de esparto, y un techo curvado de cañas, cubierto por fuera de lona blanca. Delante y detrás lleva cortinas, también de lona. Vamos hasta Méntrida. El tío Hilario se volverá hoy mismo con el carro para dormir en Brunete.
Cuando se llega a lo alto de la cuesta, se encuentra la casilla de peones camineros y al lado un pozo cubierto de un techo cónico. En la pared blanqueada de cal se abre una ventana con una verja de hierro. Dentro está el cubo con la cadena, y el pozo sirve para que beban todos los que pasan por el camino. Después comienza la cuesta abajo. Desde allí, desde lo alto, se ve el pueblo. Detrás, quedan los campos amarillos y grises de terrones secos, sin árboles y sin agua; y allí comienza la tierra verde. Desde los montes del Escorial que se ven morados allá a lo lejos, hasta los montes de Toledo, que terminan la media herradura de montañas del fondo, la tierra es completamente verde. Verde de árboles y verde de huertas. Las tierras de trigo ponen manchas amarillas y las de viñas manchas blancas moteadas de verde: la tierra de las viñas es más blanca y más arenosa que la tierra de trigo. Entre las cepas, en muchos campos, hay olivos, que son como macetas grandes de un verde pálido entre el verde vivo de la viña.
Méntrida está rodeada de cerros, todos ellos agujereados, que forman las bodegas. Porque Méntrida, al contrario de Brunete que es tierra de pan, es tierra de vino. Cuando se miran los cerros desde lejos, parecen llenos de agujeros negros. Cada agujero tiene una puertecita de encina con un candado y en la puerta una ventanilla cuadrada, pequeña, con dos hierros cruzados por la que respira el vino que está dentro de tinajas tripudas, metidas en nichos en la pared. Cuando se acerca la nariz a una de estas ventanas, el cerro huele a borracho.
Las calles del pueblo están en la ladera de los cerros. En medio se forma un barranco que atraviesa el pueblo y sirve de alcantarilla. Dentro del pueblo hay un cerro y en lo alto de él está la iglesia. Se llega hasta allí por una calle que no pueden subir los carros. Cuando se termina la cuesta, se desemboca en una plaza que es el atrio de la iglesia. Allí está la casa de mi abuela, y para llegar hasta ella tenemos que rodear casi todo el pueblo. Es una casita que, vista desde la plaza, tiene un piso; y vista desde la cuesta, tiene dos. Si entráis por la puerta de la plaza, la casa tiene sótano. Si se entra por la puerta de la cuesta, la casa tiene dos pisos. Así que nunca se sabe cuál es el piso de encima. La puerta de la cuesta está siempre cerrada, y la puerta de la plazoleta es una puerta de trampilla, encima de la cual, atravesado en la pared, hay un letrero, con una bota de mujer muy alta, con muchos botones, que dice: «Zapatero».
El zapatero es mi tío Sebastián, un viejecillo pequeño y arrugado —pero no tanto como mi abuela—, que está casado con la tía Aquilina, la hermana de mi madre. El tío Sebastián se dedica a hacer y a componer calzado, aunque ya el pobre trabaja muy poco, padece fatiga. Con ellos viven mi abuela y la hija de los tíos, mi prima Elvira, con su marido Andrés y sus dos niños, mucho más pequeños que yo. Ahora viven también allí mis dos hermanos, Rafael y Concha.
Cuando el carro para en la plazoleta delante de la puerta, salen todos: mis dos hermanos corriendo a ver a los tíos y a ver qué les traen de Madrid. Los dos primillos pataleando, como dos bichos raros; uno de ellos es un chico que se llama Fidel, muy flaco, tripudo y cabezota, amarillo, con unas orejas sin sangre, que parecen de cera; y el otro, una chica que se llama Angelita, haciendo sonar en chirridos las articulaciones de las botas y el corsé de hierro que lleva puesto. Sus padres: él un hombre fuerte, y ella una mujer siempre enferma, que cojea por una úlcera que tiene en una pierna. La tía Aquilina y el tío Sebastián salen cogidos del brazo, dos viejecitos alegres, siempre contentos. Y por último la abuela Eustaquia con su traje negro, su garrota nudosa, sus ojos grises, su nariz y su barbilla casi tocándose, con la piel de pergamino oscuro arrugada como un higo seco. El año que viene cumplirá cien años, si no se muere antes. Pero seguramente enterrará a todos. A las cinco de la mañana ya está barriendo la casa, haciendo la lumbre y preparando el desayuno. No puede estar quieta un momento y zascandilea de un piso a otro, haciendo sonar el tacón de su garrota y no dejando dormir a nadie. En cuanto ve que tenemos los ojos abiertos, nos echa de la cama, llamándonos holgazanes y diciendo que la cama se ha hecho sólo para dormir. Hay que levantarse de prisa y corriendo, porque si no se corre el riesgo de que le dé a uno un trastazo con la garrota.
Mis tíos dormirán hoy aquí, y mañana a las seis de la mañana irán en el tren a Madrid. Como se les considera unos señores de Madrid, hoy el día es aburridísimo. No salimos de casa. Mis hermanos están vestidos de limpio y la tarde entera se la pasan las personas mayores mandándonos por turno que nos estemos quietos y que no demos guerra. Nosotros estamos deseando echar a correr y desaparecer de allí. Como no podemos, estallan entre nosotros cuatro o cinco broncas que se terminan dándoles unos cachetes a mis hermanos, porque claro es que tienen ellos la culpa. Nadie se atrevería a pegarme delante de mi tía. Pero mi hermana me da un pellizco y me dice muy bajito:
—Mañana te voy a hinchar los morros. Ahora te puedes aprovechar de que está aquí tu tiíta.
Yo me aprovecho contando en voz alta la amenaza, lo que le vale unos cachetes más a mi hermana. Por último acaban por echar a los dos a la calle, para que nos dejen en paz. Yo me quedo en la casa muy enfadado de no haber podido ir con ellos y a la vez contento de que todo el mundo me defienda.
Andrés es maestro albañil, y le cuenta a mi tío el desarrollo que va tomando su trabajo. Mi tío Sebastián está sentado en su banquillo de zapatero y no hace más que toser y gruñir. Como me quiere mucho y yo le quiero mucho a él, me voy a su lado y le pregunto qué le pasa:
—Esta maldita tos me ahoga —me dice entre dos hipos—, y tu tía se empeña en no dejarme fumar, que es lo único que me calma la tos. —Y agrega—: ¡Como si para los años que le quedan a uno de vida importara mucho!
Me voy al tío José y le digo:
—Dame un pitillo para el tío Sebastián.
Protestan todos, pero les convenzo que los pitillos del tío, que son unos pitillos muy suaves de Cuba, no le pueden hacer daño, y le dejan fumar. Se le calma la tos y entonces me tienen que dar la razón. El tío José le da un paquete de cigarrillos. Se los va fumando con hambre uno detrás de otro, y a la caída de la tarde le da un ataque violentísimo de tos, no sé si porque se le han acabado ya los pitillos y quiere más, o porque se los ha fumado tan de prisa.
A la mañana siguiente bajamos a la estación a despedir a los tíos. La estación está a una legua del pueblo, y vamos en la tartana del tío Neira, que es el encargado del correo y de llevar y traer a los viajeros a la estación. Tiene también una posada y carros para llevar vinos a Madrid. Tenemos que levantarnos casi de noche, porque el tren pasa a las seis y media, así que el viaje a la estación lo hacemos amaneciendo.
Verdaderamente, tengo ya ganas de que se marchen los tíos. Me gustaría que se quedara el tío solo, pero la tía es inaguantable. Al mismo tiempo tengo miedo, porque mis hermanos se van a cobrar los golpes de ayer. A última hora, mi tía comienza a hacer recomendaciones a mí y a la tía Aquilina: sobre la comida del «niño»; lo que le gusta al «niño»; lo que le sienta mal, la ropa que se tiene que poner, que vaya a misa los domingos, que rece por las noches y por las mañanas, que tenga mucho cuidado que no me aplaste un carro; que no me muerda un perro... Yo creo que cuando el tren se va se quedan todos tan contentos de verla perderse, todavía dando recomendaciones desde la ventanilla del vagón.
Cuando volvemos al pueblo, el tío Neira nos para en la carretera al lado de una huerta que tiene, y nos trae un montón de pepinos, tomates y cebollas dulces, moradas. De las alforjas del carro saca pan, longaniza y una bota de vino. Desayunamos allí en la huerta. Los pepinos y los tomates están fríos de la madrugada y da gusto comerles, espolvoreados de sal. Si mi tía me viera, pondría el grito en el cielo, porque ya me he comido cinco o seis pepinos y creería que me iba a morir de repente.
Apenas hemos vuelto a la casa, cuando entra mi tía Rogelia, la otra hermana de mi madre, muy excitada:
—¡Parece mentira que no hayáis ido por casa! Una cosa es que usted no pueda ver a Luis —dice, encarándose con su madre— y otra que no le dejen al chico ir a ver a su tía.
Le explican que la culpa no es de ellos. Que mis tíos no han salido en toda la tarde de casa y que acabamos de despedirlos para Madrid; yo hubiera ido hoy mismo a ver a toda la familia. Mi tía Rogelia, que es una mujer regordeta, fuerte y enérgica, me coge de la mano y dice imperativamente:
—Bueno, pues entonces, se viene a comer conmigo.
La tía Aquilina protesta, diciendo que ya tiene preparada la comida, pero no valen razones. Yo me alegro, porque la casa del tío Luis es maravillosa. Nos vamos trotando a través del pueblo, parándonos en cada casa, para exhibirme mi tía a no sé cuántos parientes y no sé cuántas vecinas. Cuando llegamos a la casa, el tío Luis está rodeado de mozos del pueblo, aguzando rejas de arado, y no interrumpe el trabajo. Tenemos que dar la vuelta al corro de hombres, con cuidado de que no nos dé en la cabeza uno de los martillos que cada uno tiene. Entramos en la casita que está en el fondo. Allí no hay más que mis dos primas que están arreglando la casa y que me abrazan y me besan. Mi tía saca unos bollos y después de comerme un par de ellos, me escapo a la fragua.
El tío Luis con sus dos hijos, Aquilino que tiene 19 años y Feliciano que tiene 16, es el herrero del pueblo. Un hombretón alto y gordo, con un mandil de cuero y los brazos remangados, muy blancos de piel, pero siempre tiznados de negro. En una mano las tenazas largas con el hierro al rojo, cogido en la punta, y en la otra el martillo pequeño, con el que lleva el compás de los machos que manejan Aquilino y los mozos y con el que, de vez en cuando, golpea él solo el hierro caliente y le transforma. Esto era para mí lo maravilloso.
Metía en la fragua un trozo de hierro, y Feliciano y yo tirábamos a compás de la cadena del fuelle —un fuelle en el que cabíamos los dos— que soplaba en el carbón y hacía salir el trozo de hierro encendido, blanco, echando chispitas a los lados. Colocaba el hierro sobre el yunque; y entonces, los mozos golpeaban con los machos pesados, uno tras otro, aplastando y estirando el hierro que hacía saltar trozos encendidos y se ponía primero rojo y después morado. El tío Luis movía las tenazas para ponerlo en el punto exacto. De repente daba unos golpecitos en el pico del yunque que sonaba como una campana, y empezaba a martillar él solo el trozo de hierro que cambiaba de forma, se curvaba, se afinaba por las puntas y se convertía en una herradura. Al final, en la curva de la herradura sacaba un pellizco de hierro que se convertía en el reborde para el casco que llaman «callo». Con otras tenazas cogía el punzón y, entonces, Aquilino de cada golpe de macho hacía un agujero para los clavos. Siempre hacía siete agujeros, porque decía que encontrarse una herradura con siete agujeros era la fortuna; y el tío Luis quería repartir la fortuna a todo el mundo.
El tío Luis pertenecía a una raza de hombres que casi ha desaparecido: era artesano y señor. Enamorado de su oficio, para él el hierro era algo vivo y humano; a veces le hablaba. Le encargaron una vez la verja y las rejas del palacio —así llamaban la casa de los más ricos hacendados del pueblo—. En medio de la fachada, sobre la puerta, había de colocarse la obra maestra, una verja volada para un ventanal grande como un balcón. Aquella reja no la cobró, para tener el derecho de soltar su fantasía sobre el martillo y labrarla a su gusto. Volcó en ella toda una teoría de hojas y lanzas enroscadas a los barrotes redondos, tal vez bajo la influencia de sus visitas a la reja de la catedral de Toledo, que conocía en todos sus detalles.
En lo físico era castellano viejo, de estómago de bronce. Se levantaba con el alba y «mataba el gusanillo» con un vasito de aguardiente hecho por él mismo, en una alquitara de cobre llena de remiendos, con el orujo de sus uvas, con las que se hacía su vino. Y se ponía a trabajar. A las siete desayunaba, en general, un conejo guisado, dos palomas o algo así por el estilo, y una gran fuente de ensalada. Seguía machacando hierro hasta el mediodía y cuando sonaban las campanadas de las doce, aunque el hierro estuviera recién salido de la fragua, paraba el trabajo para comer.
O bien era el cocido castellano, empedrado de tocino, chorizo, jamón, trozos de gallina, huesos de vaca con tuétano ancho y grasiento, o los guisos copiosos de carne y patatas en que se encontraban más tajadas que otra cosa. Su medio melón de postre —y en Méntrida el melón corriente es de dos kilos— o su kilo de uvas o su fuente de tomates abiertos. A las cinco merendaba, una merienda tan sólida como el desayuno, tal vez para abrir el hambre a la cena, tan copiosa como la comida. En el día, la cuartilla de vino rojo y espumoso estaba al lado del yunque y evitaba a su dueño probar el agua, que, según su decir, «criaba ranas».
Tenía una tierra de trigo, un trozo de huerta, un trozo de viña y seis higueras. En el curso del año, encontraba tiempo y manera de labrar sus tierras, moler su trigo, hacer su vino y secar higos al sol para el invierno. La casa siempre era despensa enorme. Para aumentar sus riquezas y regalarse el paladar, solía salir de noche y regresar en las primeras horas del día con dos o tres conejos en el zurrón o con la cesta de mimbres llena de peces aún vivos del Alberche.
Se casó con tía Rogelia en contra de la opinión de las dos familias, porque entonces era un semimuerto de hambre. Se pusieron los dos a trabajar como burros para convertirse en los de posición más desahogada de la familia. La mujer, pequeña de estatura pero fuerte de cuerpo, hizo frente, con una actividad y una alegría inagotable, a la tarea que le había caído encima. Sólo preparar la comida para él, parecía un milagro. Pero ella atendía la comida y la casa, las gallinas y los cerdos, el amasar el pan y cuidar los cuatro chicos que, para no perder el tiempo en parirlos, nacían todos en un rato. Nunca se acostó mi tía para parir. Cuando su vientre avanzaba, seguía como siempre lavando, fregando y guisando, incansable. De repente le decía al marido: «Tú, ya está eso aquí». Se echaba en la cama, mientras él salía a llamar a una vecina que entendía de esas cosas. Al día siguiente, un chocolate y un buen caldo de gallina, espeso como si tuviera harina, la ponían de pie y seguía guisando y fregando como si tal cosa.
Era una pareja feliz que nunca tuvo problemas. Ella se bastó siempre para calmar las exigencias del macho forzudo; y en sus años mozos, cuando los dos solos levantaron a pulso la herrería, no era raro que se cerrara la puerta y la pareja se hiciera sorda a las llamadas de los clientes. Cuando volvían a abrir él encuadraba la puerta con su figura maciza y se sonreía socarronamente de las bromas de los vecinos. Solía plantar su manaza ancha en el hombro redondo de ella, en un cachete rudo, y guiñando un ojo, decía a su interlocutor: «Mírala, tan pequeña y redonda, pero ¡tal como la pimienta!».
Cuando salgo a la fragua, el corro de hombres sigue golpeando la ancha hoja de hierro del arado y Feliciano tira sin cesar de la cadena del fuelle, para que una segunda reja esté a punto cuando acaben con aquélla. Como sé que ahora no existo para nadie, me agarro yo también a la cadena, acompasando mis tirones a los de Feliciano, que con la mano libre me da un cachete y me dice: «¡Hola, madrileño!». No habla más, porque creo que en su cabeza no caben tres palabras juntas. Es el más bruto de toda la familia.
Cuando acaban con la reja que hemos calentado, mi tío empuña con una mano la cuartilla de vino y llena un vaso gordo y grande con el que corre la ronda a todos los mozos, que se van secando los labios uno detrás de otro con el dorso de la mano sucia. Por últim
