Prólogo
Siempre tuve el propósito, hasta donde mi memoria alcanza, de ser escritor. Pero nunca, hasta hace muy pocos años, se me ocurrió ser un narrador de viajes. Mi primer libro viajero surgió de manera espontánea y por casualidad.
Siendo un niño de ocho o nueve años, le dije a mi tía Amelia, una hermana de mi padre, que quería ser misionero, marcharme a África y, a la vuelta, hacerme escritor. Ella me dio un capón cariñoso y me contestó que me olvidase de la idea, que Dios ya estaba muy bien servido. Entonces pensé que sería explorador en lugar de misionero; pero mi tía volvió a propinarme un capón y me informó de que ya no quedaba ningún territorio por explorar en el mundo. Debió de ser en ese momento cuando decidí dedicarme a relatar aventuras imaginarias, copiadas de los libros que leía entonces, tomando la precaución de no decírselo a mi tía, por si acaso trataba de disuadirme a base de capones. Empecé varias novelas sobre piratas y galeones, sobre policías y ladrones, sobre forajidos y sheriffs del Oeste americano, sobre exploradores y tribus salvajes, y sobre cazadores de fieras y buscadores de oro. Cada día comenzaba una novela nueva y al siguiente la abandonaba por otra. No concluí ninguna de ellas.
Por aquellos días los niños viajábamos muy poco y la realidad de nuestro entorno ofrecía escasas emociones. Yo creo que, hasta los once o doce años, no me había alejado de Madrid más allá de ochenta kilómetros. Ni desde luego había visto el mar, ni por supuesto había vivido una verdadera aventura. Pero los chavales de entonces teníamos otra forma de viajar y apasionarnos con la existencia: la imaginación.
En la acera de enfrente de la casa madrileña donde nací, en el número 20 de la calle Joaquín María López, había una pequeña tienda, junto a una carbonería, que guardaba lo que varios de mis amigos y yo considerábamos los mejores tesoros. Era un comercio estrecho y profundo, sin ventanas al exterior. A la entrada se vendían golosinas, y el resto de la oferta la constituían los maravillosos tebeos. Muy viejos casi todos, por lo general gastadísimos, a punto de desencuadernarse la mayoría, incluso algunos con una buena parte de sus hojas comidas por las polillas. El dueño, que se sentaba al fondo, alumbrado por la mezquina luz de una bombilla de pocos vatios, era un hombre grueso y silencioso que nos producía cierto temor. Casi nunca hablaba. Se contentaba con gruñir cuando le cambiábamos nuestros tebeos usados por los suyos, añadiendo unos céntimos de peseta. Me pregunto ahora cómo podían sobrevivir muchas familias de la posguerra española con aquellos misérrimos negocios.
A bordo de los cuadernos de viñetas coloreadas navegué por los Mares del Sur y entré en el corazón de las selvas amazónicas, busqué oro en las minas de Alaska y tesoros en las sierras inaccesibles de los Andes, asalté carruajes al lado de Dick Turpin y acabé con bandas de gánsteres malignos junto a Roberto Alcázar y Pedrín, e incluso recorrí el espacio en la nave de Diego Valor, perseguido por el pérfido Mekong, rey de los marcianos.
Los tebeos llenaban nuestros sueños de paisajes y hechos extraordinarios; pero contábamos además con lo que entonces se llamaba cines «de sesión continua», esto es: las salas que programaban dos películas y, al término de la segunda, volvían a proyectarlas sin apenas interrupción, de tal modo que había una oferta de cuatro películas diarias, si querías repetir, por el precio de una entrada. Estos cines abundaban en los barrios madrileños, en tanto que en el centro de la ciudad estaban los «de estreno», que tan sólo ofrecían un filme y cuyas entradas eran mucho más caras.
Sentados en las butacas o en el «gallinero» (la parte superior del anfiteatro), los chicos podíamos cabalgar con John Wayne por las praderas del territorio indio, o recorrer África cazando animales y combatiendo tribus caníbales junto a Stewart Granger y Deborah Kerr, o vengar las injusticias uniéndote a la tropa de Robin Hood, o asaltar galeones cargados de riquezas enrolado en la banda del pirata Errol Flynn.
Por si fuera poco, cuando yo tenía unos diez años, comencé a asomarme a los libros de aventuras escritos por Edgar R. Borroughs, Zane Grey, Oliver Curwood… Ellos hicieron crecer y ampliar la geografía de mis hazañas imaginarias. Una tarde combatía hasta la muerte contra el gran mono Kerchak, la siguiente defendía Fort Henry junto a los hermanos Zane, enfrentado a los enfurecidos ataques de los indios, y una tercera me internaba en las inmensas soledades nevadas del Yukon, perseguido por miríadas de lobos hambrientos, en busca de una mina de oro. Durante mis primeros años fui educado por libros que narraban historias sencillas en las que se hablaba del honor y del coraje. Después, al crecer, el mundo se volvió más complejo.
Pero el placer de los tebeos, el cine y los libros no terminaba ahí. Al regreso del colegio, los amigos del barrio nos reuníamos en algunos de los desmontes y descampados que abundaban en el Madrid de la posguerra, y jugábamos a ser protagonistas de lo imaginario, representábamos en la realidad las aventuras que habíamos seguido en los tebeos, en los filmes y en los libros. «¿Vale que yo era Dick Turpin?», «¿Vale que tú eras John Wayne en Fort Apache?», «¿Vale que yo era el Corsario Negro?», «¿Vale que tú eras Jonathan Zane?». Entretanto, las chicas de nuestra edad saltaban a la comba en las calles sin tráfico del barrio, ignorantes de que nosotros estábamos jugándonos la vida luchando contra indios, cuatreros, gánsteres y fieras salvajes.
Viajábamos al último rincón del planeta, brincando tan campantes sobre los siglos y las geografías. Y en todas partes nos esperaban aventuras que forjaban nuestro heroísmo.
Años más tarde, cuando comencé a trabajar en el periodismo, fui enviado muy joven al extranjero en calidad de corresponsal y pronto comencé a viajar por el mundo como informador. Muchos de mis viajes resultaron a la postre bastante extraños y en algunos de ellos me sucedieron cosas extraordinarias. De esos viajes quiero hablar en los siguientes capítulos, los viajes extraordinarios, esto es: los que de alguna manera resultaron un poco insólitos y fuera de lo común.
Desde muy pequeño, viajar me parecía la mejor de las aventuras. Después, mi trabajo como periodista convirtió el viaje en una parte de mi oficio. Más adelante, los viajes se hicieron importantes en mi tarea de escritor. Luego, se transformaron casi en una droga. Ahora, los vivo como una aventura. El viejo regresa al lado del niño.
«Dadme el rostro de la tierra en torno y ante mí la carretera», pedía Stevenson en un verso. Es lo único que necesitamos, ciertamente.
1
Olores, visiones, sabores y canciones
Esos días azules, ese sol de la infancia…
Último verso escrito
por ANTONIO MACHADO
El sabor caldorro del agua de una cantimplora y la frescura del agua en las fuentes serranas, el olor a pinos en verano, el gusto de un bocadillo frío de tortilla de patatas, mi visión del mar un día de la infancia y el sonido del cencerro de los bueyes de una yunta constituyen las primeras sensaciones que identifico con el viaje. Hasta los once años yo no me había alejado más allá de ochenta kilómetros de Madrid, mi ciudad natal, y ello tan sólo durante las excursiones que se organizaban en el colegio y en los veraneos. No todos los centros escolares, por supuesto, planeaban jornadas campestres para los alumnos; únicamente lo hacían los de cierto postín, en su mayoría religiosos. Ni tampoco todas las familias podían pagar unas vacaciones de verano a sus hijos. Pero mi padre hacía un esfuerzo que hoy imagino enorme, trabajando en varias empresas periodísticas, para conseguir el dinero suficiente con el que pagar unas vacaciones estivales a sus seis hijos.
Como yo no era un buen estudiante, cada uno o dos cursos mis padres se veían obligados a cambiarme de centro de enseñanza ante mis repetidos fracasos escolares y mi exagerada «mala conducta». Así que unos cursos podía disfrutar de las excursiones y otros no. Mi infancia y mi temprana adolescencia estuvieron marcadas por una suerte de éxodo colegial. Creo que no conservo amigos de la niñez porque, al no durar más que uno o dos temporadas en cada centro, carecía de tiempo para crear la amistad y mantenerla en los años siguientes.
El colegio era la peor de las torturas que sufrí en mi niñez y, quizás, en toda mi vida. Había otras, desde luego, como el frío atroz de los inviernos. Pero también había cosas emocionantes, como el paisaje devastado, inquietante para los niños, de aquel Madrid de la posguerra al que, entre brumas, recuerdo como un campo de ruinas en los barrios cercanos a la Ciudad Universitaria. Yo nací en esa zona y viví allí mis primeros años, cerca de donde se produjeron los cruentos combates de la Batalla de Madrid, aquel Madrid del «¡No pasarán!» del invierno de 1936. Recuerdo los edificios heridos por las bombas, las casamatas, pequeños fortines y nidos de ametralladora en los desmontes, cuevas donde se refugiaban paupérrimas familias de gitanos, bolsas de chabolismo y calles de tierra alisada, que se cubrían de barro en el invierno y de polvo en el verano: ése era el paisaje. Un buen número de hogares no contaban con calefacción y se combatía el frío con estufas de carbón o de leña. Para los niños, aquel Madrid cutre de la posguerra era un universo emocionante, pues nos dejaba ver las trazas de terribles batallas. Y la tristeza de la escasez y el frío los solventábamos con las sesiones en los cines «de sesión continua», los tebeos y los imaginativos juegos de la calle. También, en alto grado, gracias a las excursiones del colegio, un acontecimiento que siempre resultaba extraordinario.
A todos los niños, desde siempre, les han gustado los hechos excepcionales, las sorpresas. Muchos poseen un alma aventurera que suele estar en el primer plano de su personalidad. Lo que suele suceder es que, mientras van creciendo, la sociedad adulta se ocupa de ir desvaneciendo esa sed de aventura, borrándola entre las tinieblas del corazón del niño hasta hacerle creer que ha muerto. Es mentira, porque el niño siempre vive agazapado detrás de la capa exterior que la sociedad le ha obligado a modelar. Y lo probable es que vuelva a asomar en los minutos que preceden a la muerte. Recuerdo ahora que, cuando mis padres murieron, en los instantes anteriores a su fin, sus gestos me parecieron infantiles, me trajeron a la memoria las viejas fotos del álbum familiar que retrataban sus sonrisas más ilusionadas y más jóvenes.
Por mi parte, nunca he dejado que se desvanezca el niño que fui y lo trato de mantener contra viento y marea. Lo que quiero decir es que nací con un alma deseosa de aventura y no he aceptado casi nunca disfrazarla de otra cosa.
Quizás las excursiones eran el acontecimiento más excepcional de aquellos días, superior a todos los otros. Sucedían hacia la primavera y se anunciaban con poco tiempo de antelación. Tal vez los directores de los colegios decidían organizar una jornada campestre cuando, a mitad de curso, se sentían algo fatigados de su trabajo docente, pese a que el quehacer de un buen número de ellos, en aquellos días, no consistiera en enseñar nada, sino tan sólo en reprimir el vehemente instinto de libertad de los alumnos. El caso es que, al proclamarse la excursión para una determinada fecha, los niños brincábamos de gozo.
Un hecho fundamental, creo yo, para comprender el alcance de la ilusión que nos creaban las excursiones era que se producían en días de diario, esto es: ahorrándonos a los chicos una jornada normal de clases. Significaban, pues, un día menos de tortura, un día menos de tener que escuchar cosas incomprensibles, mientras tu mente navegaba por otros universos; un día sin capones en la cabeza, sin bofetones en la cara, sin golpes con la regla de cálculo en la palma de tu mano ni castigos que cumplir en casa, como escribir trescientas veces en un cuaderno, con letra cuidada, «no volveré a distraerme en clase» y llevárselo al día siguiente al profesor. Los días de excursión, además, no tenían nada que ver con las visitas a los museos, que eran mucho más frecuentes.
Estas visitas, que llamaban «culturales», se producían siempre en domingo y te arrebataban un día de libertad antes que darte conocimiento alguno. Yo recuerdo los largos, anchos y helados pasillos de los museos en invierno, con un profesor delante de la tropa que iba dictando lecciones ininteligibles sobre asuntos carentes de interés para la mayoría de los chicos. Debías seguirle en silencio y muerto de frío, bajo la amenaza de nuevos castigos, sintiendo que tu anhelado domingo se esfumaba entre tus dedos, que no podías irte a jugar al fútbol al descampado con tus amigos del barrio, y que al día siguiente tendrías que madrugar de nuevo para acudir a la cárcel del colegio. Los peores museos eran para mí, por este orden, el Geológico y el Arqueológico. Ahora, a mis sesenta años, me sentiría capaz de apasionarme con las piedras, pero a la edad de ocho o nueve dudo bastante de que nadie tenga interés por ellas, salvo para tirarle una a la cabeza a un chaval de la pandilla rival. En cuanto a la arqueología, las momias me producían cierta inquietud, lo mismo que las solemnes estatuas de la Antigüedad preclásica. Y las estelas y pedazos de vasijas rotas no han producido el menor calor en mi ánimo en ninguna época de mi vida.
Era mucho más interesante el museo de Ciencias Naturales, situado en lo que antes se llamaba Altos del Hipódromo, una colina sobre el paseo de la Castellana donde se encuentran también la Escuela de Ingenieros Industriales, la Residencia de Estudiantes y, más atrás, el instituto Ramiro de Maeztu y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. En la sala de mamíferos de la sección de zoología había algunos leones, leopardos, osos y lobos disecados, metidos en grandes urnas de cristal y rodeados por plantas y un decorado que imitaba su hábitat: nieve para los plantígrados polares, jungla para los felinos, tundra y bosques de pinos para los lobos, desiertos para los chacales. Todos los animales estaban hechos una pena, con las pieles devoradas por la polilla y una mirada vesánica en los ojos de cristal amarillo que les habían colocado los taxidermistas y que eran exactamente iguales a las canicas con las que jugábamos en mi barrio. En esa misma zona, también en una urna, el mamífero que más llamaba la atención lucía a los pies un cartelito en el que sencillamente se leía: NATIVO. Era un hombre negro de pequeño tamaño, taparrabos de hojas de palma, una lanza en la mano y ojos también de bolas de cristal amarillo. Estaba a la puerta de una cabaña de paja y le rodeaban algunas plantas tropicales. Cuando hace unos años saltó en los periódicos el escándalo del «negro de Bañolas», nadie se acordó del «nativo» del museo madrileño de los años cincuenta del pasado siglo. Quién sabe adónde habrá ido a parar.
Otra sala que también despertaba la atención de la chavalería era la que contenía el armazón óseo de un dinosaurio. Creaba en nosotros un sentimiento de admiración y miedo mezclados. A mí, imaginarlo vivo y corriendo por los desmontes de la Moncloa me parecía una secuencia de un filme de terror: peor que el primer Frankenstein de Boris Karloff que vimos en la infancia.
Pero fuera de la salas de zoología y del dinosaurio, el de Ciencias Naturales era también un museo solemnemente aburrido, con cientos de urnitas que contenían mariposas, escarabajos, libélulas, arañas y saltamontes acribillados por alfileres. Con decenas de asquerosos reptiles de todos los tamaños, también disecados y con los inevitables ojos amarillos. Y otra vez piedras, por miles, que en este caso contenían los perfiles de fósiles de peces, de insectos y de plantas.
Ya he dicho que, al contrario que las visitas a los museos, la excursión se llevaba a cabo en días de diario. Y cuando nos anunciaban la proximidad de una jornada campestre, la emoción y el nerviosismo nos hacían ir descontando los días del calendario mentalmente: faltan ocho, faltan siete, faltan seis… También rezábamos para que no lloviera, porque incluso si caían cuatro gotas, la excursión quedaba de inmediato suspendida y ese día había que asistir a clase. Además, que yo recuerde, una excursión jamás se atrasaba en el tiempo: moría a secas sin celebrarse; era un día perdido para la felicidad terrenal.
Las excursiones costaban a las familias un poco de dinero, porque el colegio alquilaba un autocar para el desplazamiento. Eso creaba, en algunos centros de enseñanza, pequeños dramas, pues los niños de familias con escasez de recursos económicos, que eran un buen número en la posguerra, no podían ir a la excursión. Los días previos al gran acontecimiento, esos chavales caminaban como sombras entristecidas durante las horas del recreo, avergonzados, solitarios, sin siquiera mezclarse entre ellos, humillados y con el alma de su niñez herida por un alfilerazo parecido al de los insectos secos del museo de Ciencias Naturales.
A veces, el día de la excursión había que madrugar un poco más. ¡Pero a quién le importaba eso! Yo estaba en pie antes de que mi madre me llamase para desayunar. Me tomaba con prisas el tazón de leche caliente y el pedazo de pan o las galletas. Ya tenía preparado el enorme bocadillo de tortilla de patatas, a veces otro más pequeño de chorizo e, incluso, en tiempos de bonanza, un «filete ruso» y un par de plátanos o de naranjas. Y, por supuesto, la imprescindible cantimplora.
Las cantimploras de mi infancia eran todas iguales: hechas de metal y algunas veces cubiertas por una tela de fieltro marrón oscuro, eran planas por un lado y abombadas por el otro. Supongo que cabía en ellas algo más de un litro de líquido, y el tapón enroscable se sujetaba al recipiente por una cadena que podía engancharse al cinturón. Así que te calzabas unas botas, te amarrabas la cantimplora al cinto, te echabas al hombro un morralito con la comida y un jersey de más que tu madre te ponía por si acaso, y salías de casa casi al amanecer, desdeñando el frío, acompañado por algún adulto malhumorado a causa del madrugón. Te hubiera gustado llevar un machete colgando de un tahalí y un salacot en la cabeza. Pero ya que no había ninguno en casa, la cantimplora bastaba para certificar que en tu pecho palpitaba un corazón aventurero. Era una pena que, al salir del portal, no estuvieran las chicas del barrio para verte. Seguro que tu apostura exploradora les habría deslumbrado. Yo estoy convencido de que esa esperanza, el que nos admiren las chicas por nuestro porte y hazañas, la hemos tenido todos los niños con alma de aventura. Y conozco a algunos que todavía se lo creen de mayores, incapaces de asumir que a las mujeres, por lo general, ver a un hombre vestido de explorador les importa un bledo. Si el hombre es apuesto, sospecho que lo prefieren desnudo.
El autocar solía estar esperando a la puerta del colegio desde mucho antes de la hora anunciada para la partida. Y los chóferes, casi sin excepción, mostraban una mirada hostil. Yo creo que eran los únicos que no disfrutaban con las excursiones, quizás porque, al final de la jornada, el suelo del vehículo quedaba cubierto de migones de pan, restos pisoteados de tortilla de patatas, pegotes de tocino de chorizo, charcos de agua sucia, mondas de naranja y pieles de plátano. O tal vez porque regresaba a su casa sordo como una tapia, a causa de la incesante algarabía que debía soportar durante tantas horas.
Casi todos los chicos llegábamos también antes de la hora: nerviosos, gritones, formando de inmediato cuadrillas entre los afines. Mi panda, por lo general, la integrábamos los menos estudiosos, los que siempre estábamos castigados, los que despertaban las iras de los maestros, el desecho de la sociedad colegial, en suma. Antes de que el autocar abriese la puerta a la chavalería, los profesores que nos acompañaban a la excursión, casi siempre dos o tres, trataban de organizarnos en fila para que subiésemos en orden al vehículo. Parecían distendidos ese día, nos sonreían más a menudo, usaban de su autoridad tan sólo en casos extremos y casi nunca amenazaban con correctivos. Incluso, si llegaban a prometerte un castigo para los días siguientes, a la vuelta a Madrid lo habían olvidado. Quizás se debiera al hecho de que, a menudo, los maestros que nos acompañaban eran los más jóvenes y menos intransigentes del colegio. Puede que fueran jóvenes contratados por un bajo salario que sentían, en su corazón, tanto desprecio hacia aquella España negra como el que los niños percibíamos, sin reflexionarlo, en nuestro ánimo.
Casi nunca prosperaba su intento de organizar una hilera para subir al autobús. Y a codazos, las pandas se disputaban la proximidad de la puerta para alcanzar, antes que las otras, los asientos de atrás. Eran los más apreciados, porque se encontraban muy alejados de los profesores, que siempre ocupaban los asientos delanteros, cerca del conductor, y porque a menudo formaban un banco corrido en el que podía caber casi toda la cuadrilla junta. Mis grupos de desalmados camaradas, la hez de cada colegio al que iba, solíamos conquistarlo. Cualquiera que fuese el centro al que yo acudía durante ese curso, el territorio trasero, el más salvaje e irredento, solía caer bajo las nalgas de la escoria de la tierra. Y todos nuestros suspensos, castigos, humillaciones, capones y reglazos de tantos meses, quedaban compensados con aquella victoria. De la mayor parte de las excursiones en que participé siendo un crío, guardo el recuerdo de mis posaderas doloridas por el traqueteo del auto, especialmente duro en la parte de atrás, y de mi espíritu enorgullecido por las conquistas territoriales en el interior de los autobuses.
Comenzaba la marcha. A veces, un profesor se levantaba de su asiento para dictarnos una serie de instrucciones de comportamiento durante el viaje. Incluso algún ceñudo chófer, con el gesto feroz retratado en el espejo retrovisor, amenazaba a quienes se desmandasen con abrirles el cráneo usando la llave inglesa. Así eran de sutiles algunos de los adultos de aquellos tiempos. Saliendo de Madrid, otro profesor intentaba que el viaje discurriese por cauces académicos. Y para lograrlo, comenzaba a cantar, animándonos a que la coreásemos, alguna de las «canciones de excursión», como aquella que decía:
Ahora que vamos despacio (bis),
vamos a contar mentiras, tralalá (bis).
Por el mar corren las liebres (bis).
Por el monte las sardinas, tralalá (bis).
Me encontré con un ciruelo (bis)
cargadito de manzanas, tralalá (bis).
Empecé a tirarle piedras (bis)
y caían avellanas, tralalá (bis).
Al oído de las nueces (bis),
salió el amo del peral, tralalá (bis).
«Chiquillos, no tiréis piedras (bis),
que no es mío el melonar», tralalá (bis).
Mientras en las primeras filas del vehículo los niños más estudiosos y formales, que buscaban siempre el cobijo de los profesores como las crías de los pájaros las alitas de su madre, se unían divertidos a la preciosa canción y repetían con entusiasmo cómplice sus «mentirijillas» —ingeniosa expresión que todavía me encuentro, de cuando en cuando, en algunas novelas de afamados colegas contemporáneos—, los chicos de atrás, rodeados aún por la penumbra de la mañana, dábamos saltos y lanzábamos pedorretas al aire.
Y de cuando en cuando, entonábamos nuestra canción favorita:
Para ser conductor de primera,
acelera, acelera.
Para ser conductor de segunda,
ten cuidado con las curvas.
Para ser conductor de tercera,
salte de la carretera…
El aludido chófer, en esas ocasiones, solía respondernos con insultos lanzados a voz en grito, mientras los profesores intentaban callarnos. Recuerdo uno que incluso llegó a parar el coche: lo arrimó al arcén, se levantó de su asiento, se volvió hacia nosotros con los brazos puestos en jarras y gritó:
—A ver quién es el mocoso hijo de su madre que me canta eso en la cara, que le voy a arrancar la nariz de un bocao.
Daba miedo verlo.
Entre canción y canción, los profesores trataban de imponer el orden. Era inútil: los del fondo, además, íbamos ganándonos la admiración y la complicidad de los de los asientos intermedios, que se unían a nuestra algarabía y a nuestras pedorretas. Por lo general, a la hora de haber salido de Madrid, el reducto delantero del chófer, el de los profesores y los empollones obedientes, se había convertido en una especie de fuerte del Far West rodeado por los sioux o los apaches. Los maestros podían darse por satisfechos si, bajo amenazas bíblicas, conseguían que dejásemos de dar brincos durante un rato.
Las excursiones se organizaban en primavera y, a menudo, con destino a la sierra madrileña. Y aunque las distancias desde la capital eran muy cortas, el estado de las carreteras de la posguerra resultaba tan penoso que un viaje de sesenta o setenta kilómetros podía durar hora y media o dos horas, dependiendo de las averías. El Guadarrama de mi infancia, en aquellos años previos a la voracidad de la especulación inmobiliaria, era mucho más hermoso de lo que es hoy. El aire corría huraño y puro, los cielos lucían jóvenes y gallardos, los perfiles afilados de las cumbres se hincaban recios en el espacio y los pinares pintaban airosos y cargados de lozanía. Volaban grandes pájaros libres en las alturas: buitres, águilas, cigüeñas, y apenas circulaban coches por las maltrechas carreteras. Al cruzar los llanos de Torrelodones y Villalba, con el sol ya un poco encumbrado y el vaho esfumado de los cristales del autocar, asomaba más próxima la línea azul del horizonte de la sierra y podíamos distinguir sus alturas. A la izquierda, el monte Abantos, con el monasterio de El Escorial debajo, y la Cruz de los Caídos a su derecha. Y más al norte, las cumbres de Siete Picos, Navacerrada y Cotos. Atrás, la Mujer Muerta tendida en su lecho azul. No sé si les sucedía a todos los niños, pero mi pecho se ensanchaba al verlas y me invadía una profunda sensación de libertad. Desde aquellos días, amo el macizo del Guadarrama, tan «viejo amigo» mío como lo fue de Antonio Machado. Hoy, lo miro con lástima, veo la sierra herida por el urbanismo dislocado, sus cumbres humilladas, sus pinares agazapados entre miles de viviendas nuevas y los altivos pájaros huidos para siempre.
He leído en alguna parte que al último lobo de estas serranías lo mataron en 1946. Pero desde la ventanilla del autocar, yo imaginaba a mi alrededor un universo salvaje, el espacio para la aventura que me prometían los cerrados pinares y las cordilleras, el universo que era la antítesis de la vida de barrio de mi ciudad. Deseaba escapar a aquellos bosques bravos.
Acercándonos al Guadarrama, algunos chicos empezaban a llenarse la andorga dándole los primeros tientos al bocadillo, y tanto era el vocerío, tal era el desgaste de nuestras gargantas, que el agua comenzaba a escasear en nuestras cantimploras muchos kilómetros antes de alcanzar nuestro destino.
Pongamos que aquel día íbamos a Navacerrada y que eran los comienzos de la primavera, con la espada feroz de los exámenes todavía un poco alejada de nuestros cogotes. El autocar comenzaba a subir la estrecha carretera de montaña, renqueante, como una oxidada lata de conserva repleta de sardinas vivas y enloquecidas, ansiosas por escapar del encierro. A veces, había que parar: o bien a causa de un pinchazo o del reventón de un neumático, cosa frecuente, o bien para que el autobús recuperase el aliento. Si había pinchazo, los chicos y los maestros descendíamos del vehículo mientras el chófer juraba contra todo lo humano —e incluso contra lo divino, aunque llevase ese día chavales de un colegio religioso y, con ellos, algún cura— y procedía a cambiar la rueda, lo que podía llevarle cosa de media hora. Entretanto, los profesores a duras penas se las arreglaban para contener a toda aquella chiquillería desbocada que pretendía lanzarse a trotar los montes, como ardillas y conejos escapados de la jaula. Los acuciados por las aguas menores se arrimaban a las cunetas y algunos presionados por las aguas mayores se perdían en los bosquecillos mientras duraba el cambio de la rueda. Los autocares de entonces no llevaban una sola de repuesto, sino varias, atadas en la baca, porque los pinchazos y reventones eran muy frecuentes.
Cuando lo que sucedía era que el coche había sufrido un calentón, el chófer juraba en menor medida. Los chicos también nos bajábamos. Y había que esperar más o menos otra media hora, con el tapón del radiador abierto, hasta que saliera por completo el vapor del agua hirviendo. Los viejos autobuses parecían jadear como bueyes enfermos o como ancianos atacados por problemas respiratorios. Cuando el vapor se había esfumado, el conductor volvía a llenar de agua el depósito del radiador y continuábamos viaje.
No recuerdo ninguna excursión en la que el vehículo que nos transportaba quedase definitivamente inutilizado. Pero en las carreteras de entonces era muy frecuente encontrarse automóviles con el capó abierto y el conductor hurgando en el motor con la llave inglesa y varios destornilladores. Esa misma escena la he visto innumerables veces, años después, en muchas carreteras africanas. No obstante, los africanos son excelentes mecánicos de la improvisación, al contrario de los torpes conductores ibéricos de aquellos días.
Conozco a viajeros españoles que se asombran al ver, en los países del Sur, esas carreteras de asfalto herido por los socavones, los autobuses renqueantes, los conductores infames que manejan su automóvil jugándose su vida y la tuya, las pensiones del camino con apestosos servicios comunes y camastros desvencijados, las cucarachas, los ratones, los burros que marchan cargados por las carreteras con riesgo de provocar un accidente, la ausencia de orden… Así era España hasta casi ayer mismo y mucha gente parece haber perdido la memoria de los paisajes de entonces. La mía es una generación que ha dado, en pocos años, un salto de siglos en progreso y confortabilidad. Y que aún sigue saltando.
De todos modos, a pesar de los inconvenientes, circular entonces resultaba más agradable que ahora: los atascos y retenciones de hoy me parecen mucho más insufribles que las averías de antaño, cuando te podías bajar al borde del camino, oír el canto de los pájaros, oler los perfumes del tomillo y la jara, y respirar un aire serrano y pulcro que daba vigor a tus pulmones y a tu espíritu. Si el coche tardaba en arreglarse, ¿qué importaba?
Antes de alcanzar los altos del puerto de Navacerrada, nos deteníamos en la Fuente de los Geólogos, en el lado izquierdo de la carretera. Aquella agua de montaña brotaba en un chorro claro y vigoroso por un canalón de cobre, y no recuerdo haber tomado ninguna otra tan sabrosa en toda mi vida. Tenía el frescor justo para calmar la sed, acariciaba el paladar, era casi dulce y yo sentía que me limpiaba la sangre, el estómago e, incluso, quizás, también me aseaba el alma de tanto pecado como arrastraba conmigo por mi rendimiento escolar y mi indisciplina. Vaciábamos de agua madrileña las cantimploras y las llenábamos de nuevo en aquel manantial portador de vitalidad. La de los Geólogos será siempre mi fuente Castalia, mi fuente de la eterna juventud.
Al llegar arriba, el autocar se arrimaba a una cuneta, casi desplomándose junto a la carretera, como un ciclista del Tour de Francia tras el imponente esfuerzo de la ascensión al col del Aubisque. El chófer exhalaba un suspiro y, por vez primera, dejaba escapar una sonrisa, aliviado al ver que su vehículo podía aguantar, al menos, hasta la siguiente excursión, pues muy probablemente el autocar era el único medio de sustento para él y su familia. Bloqueaba las puertas cuando ya habíamos salido y se iba a tomar un bocata y unos cuantos copazos de anís o de coñac al único chiringuito que había entonces en la cumbre del puerto. En aquellos años no existían los controles de alcoholemia.
Los chicos salíamos del autocar como vaquillas de los cajones en un encierro pueblerino y trepábamos por alguna de las sendas que conducían a los cerros, entre los pinares, bajo el cielo terso y claro del Guadarrama. Los profesores nos seguían a duras penas, intentando dominar aquella suerte de manada de jóvenes reses enloquecidas que galopaban en estampida. Al fin, en una pradera, lograban contenernos. Procedían a un rápido recuento para comprobar que ningún chiquillo se había extraviado entre los bosques y, a renglón seguido, trataban de organizar juegos colectivos, como «el pañuelo», o «pies quietos». Poco duraba el orden porque, al rato, ya había grupos de chicos que planeaban sus propias diversiones entre los pinos: por lo general, batallas imaginarias de indios contra blancos, imitando a los westerns. O luchas entre cuadrillas rivales a piñazos, esto es, una especie de «drea» o pedrea callejera, pero con las piñas caídas de los árboles como proyectiles en lugar de piedras, como se hacía en el barrio. Siempre se producía alguna pelea en serio y, de cuando en cuando, algún niño terminaba llorando.
Pero nosotros éramos felices. A mediodía, algo agotados, comíamos los bocadillos bajo los pinos. Y los que llevaban menos alimentos o se habían zampado ya una parte de su ración durante el camino, nos suplicaban a los que conservábamos más provisiones para que les diésemos algún pedazo de pan con tortilla de patatas, o una rodaja de chorizo, o una punta de filete ruso. No recuerdo que nadie me cediera nunca un simple trozo, si yo era el que lo pedía, ni haberle dado jamás un poco de mi bocadillo de tortilla a nadie, si me lo pedían a mí. El hambre acumulada era tal que nos comportábamos como felinos en la sabana africana a la hora de devorar la caza: vigilando furiosos nuestr
