PRIMERA PARTE
Fit as a fiddle que es todo lo opuesto a listo para la fiesta. Fit as a fiddle que es vivo como un violín y no violento como una viola. Fit as a fiddle and ready for love, riddle for love que es vole, volé (ve olé), randy for love and feet as two fiddles musicales, y se hizo el destino un desatino porque el hado organiza más mal que la suerte, que se ordena mejor que una frase, Fit as a pit. Iba cantando en buen tiempo y no solo, sino con Raudol al lado, cantando ahora a la rubia cuando la miré todavía sin haberla visto, mi órgano sin registro tocando sonatas Würlitzer antes de comenzar la función, organ in the pit, piano en el pozo, en el foso con toda esa luz de tiza arriba, al lado, al frente, violenta sin hacerse violeta por lo menos en horas.
Fue entonces que la vi sin haberla mirado, sin realmente haberla mirado, sin mirarla apenas y vi que era rubia, rubia de veras aunque parecía pequeña, pero aun sin medirla sabía que estaba hecha a mi medida. ¿Qué buscaba ella? No a mí, ciertamente, porque tenía un papel, un papelito, como un billete suave, en la mano y miraba a cada puerta, cada fachada, cada frontis de ese edificio, y me ofrecí a salvarla de su extravío, esa niña en el bosque de concreto buscando tal vez el absoluto relativo a los dos.
Hay momentos en la vida –yo lo sé– en que el alma está vacía, el corazón desolado y todos esos clichés no sirven para demostrar ese estado de ánimo que una canción americana define como I’m ready for love: listo para el amor sería la traducción pero apenas sirve para mostrar cuándo uno tiene el espíritu y el cuerpo (no hay que olvidar el cuerpo) abiertos al amor. Yo conozco ese estado particular y sé que el que busca encuentra. Así, no me extrañó haberla encontrado ni el amor que ella despertó en mí: más me extraña lo fácil que pude no haberla encontrado o lo fácil que fue el encuentro.
Creo que yo la vi primero. Puede ser que Raudol me diera un codazo, advirtiéndome. Salíamos de merendar y de hacer un dúo de donjuanes de pacotilla en la cafetería que está debajo del cine La Rampa. Cogimos por el pasillo que sube y entra al cine y sale a la calle 23 y por el desvío (¿por qué no salimos directamente a la calle?) atravesando el pasadizo lleno de fotos de estrellas de cine y frío de aire acondicionado y tufo a cine, que es uno de los olores (junto al vaho de gasolina, el hedor del carbón de piedra ardiendo y el perfume de la tinta de imprenta) que más me gustan, esa maniobra casual puede llamarse destino. No recuerdo más que sus ojos mirándome extrañada, burlona siempre, sin siquiera oír mi piropo, preguntándome algo, dándome cuenta yo de que buscaba alguna cosa que nunca había perdido, pidiéndome una dirección. Se la di, la hallé y se la di. ¿Se sonrió o fue una mueca de burla o me agradeció realmente que buscara, que casi creara los números de la calle para ella? Por poco no lo sé jamás.
Raudol puso su Chrysler a noventa por Infanta y llegando a Carlos III se emparejó a un Thunderbird rosado y sonó el claxon. La mujer que iba dentro miró y sonriendo dijo algo. Raudol le hizo señas de que doblara a la derecha y parara. Nos detuvimos detrás de ella. Se bajó, se puso a hablar. Hablarían diez, quince minutos o nada más que tres, pero me estaba cansando ya. Menos mal que dejó el motor encendido y que el aire acondicionado mantenía el carro fresco dentro, aunque afuera el sol de junio, al ponerse, encendía las copas de los flamboyanes y las flores rojas eran otro incendio vegetal sobre las ramas. Se reía todavía cuando volvió después de apretar el brazo rosado que salía fuera como si fuera un extra del carro. Haló la antena. Recorrió con la mano el cuje de metal y dejó un dedo sobre la punta. Para esperar el veintiséis, gritó a la otra máquina o al brazo, que hizo un gesto que en cubano quiere decir «Eres tremendo, muchacho». Montó y arrancó tocando –y ésa es la palabra porque oí las siete, quizá las ocho primeras notas de La Comparsa, una a una– el claxon. Dio la vuelta doblando en U a toda velocidad frente al semáforo y saludó al policía con la mano al pasar y tal vez con el letrero de PRENSA en el parabrisas delantero y atrás.
–¿Viste?
–¿Qué cosa?
–Lo que le grité del veintiséis ahí en la esquina con su guardia y todo.
–No entiendo.
–El radio, hombre.
No entendía. El radio estaba encendido, como siempre, y ahora el locutor recordaba sedosamente después de haber dejado oír un disco popular que no recuerdo. Dedíquenos un botón en la radio de su auto, señor automovilista, por favor.
–No entiendo.
–La antena, chico, la antena. Para coger la Sierra, viejito.
–Qué bien.
Ahí estaba Ramón Raudol, vestido con su camisa de polo color crema, en pantalones beige tenue y mocasines castaño oscuro, siempre bien peinado, siempre con calobares verde botella de día, siempre con un Rolex: siempre elegante y siempre deportivo y siempre conspicuo. Vino de Europa por caminos torcidos. Era español y salió huyendo de España, de Madrid, no sé por qué, aunque él siempre dijo que fueron causas políticas. Contaba que de España pasó a Francia y no sé cómo apareció en los juicios de Nuremberg como MP. De qué manera dejó el escenario en que se montaba el crepúsculo de los dioses sobre el banquillo y vino a Cuba, es algo que solamente un computador IBM podría estricar: el método de una madeja concéntrica de mitos, mentiras y medias verdades. Un día, por broma, Darío Milián cogió lápiz y papel y anotó una a una las aventuras contadas y sumó. Raudol tendría dos años más que yo, quizá tres, pero el total de sus proezas daba sesenta años y lo convertía en un Dorian Gray errante, que dejaba la huella de los años fijada en sus hazañas mientras permanecía eternamente joven en una encarnación de la idea platónica del Héroe. Sin embargo, muchos de sus cuentos eran ciertos y en ellos se mezclaban el heroísmo y el ridículo a partes iguales. Era el protegido del director de la revista, que fue alumno de su padre en Madrid. Creo que su padre era un notable científico español –aunque Unamuno dijera que hay una contradictio in adjecto en los términos. Raudol no heredó el amor por la ciencia, sino un odio a lo exacto, que puede ser o no ser su contrario. Hace seis meses estuvo preso como cosa de dos meses. Todo el asunto es muy turbio y por primera vez Ramón no fue explícito. Dicen que sorprendió en su apartamento a un conocido galán de la televisión ejerciendo ex cátedra su glamour con la mujer de Raudol, que era también estrella de la televisión y del radio y que es una muchacha encantadora, que hablaba en arrullos mucho antes de que Marilyn Monroe se hiciera famosa y tenía una belleza exuberante que hacía al vestido lo que hace la vegetación tropical de la isla al paisaje, que lo desborda. Nunca creí este cuento, pero no hay otro. Lo cierto es que el actor tenía como padrino (las mismas voces que lo situaban en el apartamento de Raudol con su mujer, lo describen en su estudio de soltero, sentado a los pies de su protector, que le acaricia la cabellera fotogénica, mientras oyen la grabación diferida del programa en que el galán es el héroe romántico de mujeres que se llaman Laura de Montesinos, Julieta Montemayor o Virginia de Alvear) a un magnate poderoso y de pronto hubo pistolas en el cuento y la policía ocupó el arma como perteneciente a Raudol. Automáticamente cayó entre los delincuentes de la Ley contra el Gangsterismo, que era una ley hecha para que nadie más que los gángsters pudiera portar armas. Aquí hizo el ridículo y creo que por primera vez lo supo. Cuando el ataque al cuartel de Matanzas (que fue, exactamente, otra matanza, para cerrar el ciclo de los avatares de un nombre: la ciudad se llama así para conmemorar una carnicería gratuita de indios que se hizo en los primeros tiempos de la colonización) fue como fotógrafo, ya que entre sus habilidades estaban no sólo la de haberse hecho crítico de cine en seis meses, que no es cosa difícil, sino un gran reportero, un mediano escritor y un buen fotógrafo en menos tiempo de lo que le costó aprender a decir servesa, grasia y cabayeros –cosa que siempre le reprochaba como arribismo lingüístico el director de la revista. Raudol hizo muy buenas fotos y entre ellas había dos, una de un muchacho asustado, herido, tirado en el suelo, con las manos amarradas, y otra del patio del cuartel en que rodeaban el camión atacante los cuerpos de doce rebeldes muertos. Un capitán del cuartel mató al herido y lo añadió a los doce muertos y tomaron otras fotos. Alguien se dio cuenta de que Raudol había hecho fotos antes y después y le pidieron el film, y Raudol, que pertenecía a la Asociación de Prestidigitadores de Cuba, sacó el rollo que era y con un juego de manos lo transformó en el rollo que no era y lo extrajo a todo lo largo, a la luz, velándolo. Después lo entregó al coronel de la guarnición, que tenía nombre de mujer y que era de una crueldad más allá de la mujer y del hombre, porque no era humana –y Ramón lo sabía, todos lo sabíamos. Algunas de esas fotos, por un acto de prestidigitación periodística, aparecieron en Life con un título que decía «The Mistery of the Thirteenth Corpse», que quería decir que desvelaba el misterio del cadáver número trece, y fue un escándalo político. Ramón se tuvo que esconder dos o tres semanas, pero habían pasado dos años y ahora tenía una máquina nueva, grande, con aire acondicionado, y siempre pagaba él cuando invitaba. No era sólo eso. Ramón era tan falso y tan verdadero como su acento, que tanto podía ser el de un español que quería hacerse pasar por cubano como el de un cubano que se hacía el español, y que en él se hacía auténtico y necesario y dúctil. Además me fascinaba su éxito con las mujeres, con el dinero, con la vida.
–La cojo todas las noches.
–¿Sí?
–Entra clarita, clarita. No tengo más que salir a la carretera, a Guanabo, a Cantarranas o al Cotorro y en el camino la oigo. A veces paramos el carro y la oímos tranquilos y como siempre voy con alguna chiquita, puedo disimular con arrumacos.
A veces dejaba caer en la conversación un término español que lo cogía a uno de sorpresa, lo hacía perder el balance y uno oscilaba entre la noción de que tenía enfrente a un extranjero aplatanado o a un pedante nativo y finalmente aceptaba su forma de hablar como un estilo.
Llegamos a la revista, me dejó en los bajos y arrancó de nuevo.
–Me voy al noticiero.
Había aprendido a decir noticiero en vez de noticiario. No lo vi irse y saludé al guarda jurado en la puerta, pero en vez de entrar di media vuelta y cogí un taxi en la esquina.
–Quiay.
–¿Adónde?
–A Infanta y Malecón.
–¿Cómo anda la cosa?
–Igual que siempre.
–¿Qué se sabe de la Sierra?
–Yo no sé nada. Pregúnteme de cine, de las películas que ponen o de qué artista se casó con quién y le digo enseguida.
Era el chofer que estaba siempre en la esquina. Decían que era un chivato o un 33.33 o un confidente de Ventura, no sé. A mí siempre me parecía un prodigio sexual –al menos en sus cuentos. Me contó que vivía con una mujer, dura ella, pero sabrosa, que tenía una hija que era un cromo y se estaba acostando con las dos. Primero la mujer, la madre, brava ella, protestó, porque los cogió a los dos en su cama y quiso pegarle a la hija, pero él le dijo, Cabrona, después que tú misma la enseñaste, y la botó de la casa. Por la madrugada, la mujer vino y le pidió que la dejara dormir en su cuarto porque, si no, tendría que dormir en el parque. Ahora la cosa estaba arreglada, pero estaba viendo a ver cómo se acostaba con las dos a un tiempo y vamos a ver si las ponemos a hacer sus cositas y eso, aunque eso es más difícil. Tenía la cara tostada, de estar todo el día sentado al timón y darle el sol en la cabeza, quizá cuando niño fue rubio. Con los ojos siempre rojos, irritados, y con el tabaco sempiterno en la boca, parecía un pez sin nombre que mordiera una carnada eterna. Lo llamábamos Desade.
–Mira eso que va por ahí, chico.
Sacó la cabeza fuera del auto para mirar a una mulata grande y gorda que Rubens habría agregado a su esbozo de Los Negros.
–Muy buena, tú, muy buena.
No le dije nada y aproveché para pagarle.
–Deja eso para luego.
Siempre estaba empeñado en cobrarme luego, que era una ocasión que posponía cada vez. Creo que quería que le debiera si no un favor, por lo menos dinero. Insistí, porque ya ir en su máquina era bastante cómplice. Además, quería bajarme rápido y si no le pagaba tendría que despedirme con un hasta luego amable y largo, y con alguna íntima posdata: un café en la esquina, mirar otra mujer los dos.
–Aquí en la esquina.
–Pero esto no es Malecón e Infanta.
–Está bien aquí.
–Compadre, usté siempre apurativo.
Me bajé y corrí hasta el autobús que llegaba a la esquina, porque la había visto.
–No coja ése.
Oí que mi voz sonaba rara y con una autoridad no deseada. Ella me miró con el mismo aire extrañado, pero de veras sorprendida, sin burla esta vez.
–¿Cómo?
–Que no coja ese autobús.
¿Fue mi decisión a su pregunta, a nuestras miradas, lo que hizo que bajara la mano que casi agarraba la manilla, diera un paso atrás y dejara ir el carro? Luego ella me explicó que nunca supo por qué lo hizo.
–¿Qué usted quiere?
–¿No se acuerda de mí?
–Sí, de ahorita cuando buscaba la dirección.
–¿Encontró lo que buscaba?
–Sí, era una oficina en que pedían una muchacha como recepcionista.
–¿Le dieron el trabajo?
–No, porque tenía que saber mecanografía, aunque sea un poco.
–¿Y usted no sabe?
Estábamos en la esquina, en el mismo lugar, casi todavía yo saliendo de la máquina y ella aún con el gesto o con la huella, el recuerdo del gesto de subir al autobús, mirándonos a los ojos. La gente salía de las oficinas, de los comercios, del trabajo, y los autobuses doblaban de la calle 23 hacia Infanta y de Infanta a 23, llenos, ladeados por el peso, soltando humo y ruido y aire caliente, dejando estrías profundas en el asfalto blandito. Las máquinas rodaban Malecón arriba Malecón abajo y algunas doblaban para coger 23, esquivando las pesadas curvas de las guaguas. El bar El Gato estaba abarrotado, con gente bebiendo en la barra y jugando al silo añadiendo al ruido del tránsito y al parloteo de la terraza y el bar, el crótalo de los dados en el cubilete, el golpe seco sobre la madera al vaciar el vaso de cuero con dramatismo de jugador y el rodar de los cinco cubos de hueso sobre el mostrador. A veces, el silbido de la cafetera siseaba por sobre el barullo y se oía a la gente pedir café y pagarlo y tomarlo en el puesto de la misma esquina.
Nosotros no oíamos nada como no veíamos el sol ponerse en la tarde de julio, serena, rápida y ámbar arriba en el cielo y sobre el mar.
Decidimos caminar. Creo que lo decidimos los dos sin decir nada. Lo cierto es que cuando vine a ver cruzaba la calle 23 para caminar por la acera del Ministerio de Agricultura y debajo de los pinos nuevos doblar por O arriba y caminar más allá de la entrada al Nacional, bajando la calle ahora llegamos hasta la placita que está frente al parque del Maine y nos sentamos en los (duros) bancos de mármol. Estuvimos conversando mientras la prima noche se hacía segunda, casi un conticinio excepto por nuestra conversación en voz baja y el rumor aledaño de los autos que pasaban por el Malecón. ¿De qué conversamos? De naderías, seguramente, ya que no recuerdo exactamente la materia de la conversación, sólo su tono, que se fue haciendo más íntimo hasta que en un momento dejamos de hablar.
Ahí estaba ella, debajo de la luna, su cara llena de luna plena, belleza lunar sin historia, muchacha temprana. Esto es como un sueño, creo que dije. Pero lo que dije de veras fue lo juro por la luna y ella casi me dijo no jures por la inconstante luna. El sonido inconstante fue mío. Pero ahí seguía su cara. Ella, que estaba de cara a la luna, la luz reflejada de la luna reflejando en su cara, sus grandes redondos ojos glaucos recibiendo ahora la luz de la luna, su nariz más pequeña que cuando vista al sol, su boca de cupido corito y su barbilla que completaba su cara de luna a la luz de la luna. De pronto hubo una nube, hubo un oscurecer de la luna, hubo un eclipse en su cara y ella se rió al decir: ¿Ya ves? Que quería decir claro nunca jures por la luna, que es inconstante, que es un bolero. Eso es lo que ella quería decir pero sólo dijo ¿Ya ves? Casi como queriendo decir, ya ves.
La luna debía estar brillando en alguna parte del cielo pero no nos importaba mientras yo la miraba intensamente y allí en la media oscuridad ella me devolvía la mirada: ya yo estaba enamorado y al imaginar que la tomaba entre mis brazos y la besaba y al hacer la imaginación real con sólo alargar un brazo y pasarle un dedo por el dibujo de la barbilla me incliné hacia ella, que no dijo nada, que no se movió, que no devolvió mi beso pero lo permitió, y luego cuando insistí sentí que ella también me besaba. Nos estuvimos besando, tiernamente, sin la urgencia de la pasión, hasta que ella se detuvo, se reclinó hacia atrás y dijo:
–¿Qué hora es?
Yo miré el reloj y vi que eran casi las nueve.
–Las ocho y media.
–Me tengo que ir.
–¿Por qué ahora?
–Debía estar en casa hace horas.
–¿Te esperan para comer?
–No, no hay nadie en casa, pero a lo mejor mi madre llama. Ella sabía que yo venía a buscar ese trabajo y que regresaría temprano. Ella está de turno esta noche, de seis a doce. Tú sabes, ella es enfermera.
Ah. No lo sabía, claro que no lo sabía, sabía muy poco de ella, solamente que era inteligente y muy diferente a las otras mujeres que conocía entonces. Ella se levantó y al hacerlo, todavía sin levantarse del todo, le pregunté por qué no se quedaba un rato más y me dijo que no podía pero que yo podía, si quería, acompañarla hasta su casa.
En vez de regresar a Infanta y 23 para coger el autobús, caminamos hasta 23 y L a buscar la ruta 32. Por el camino le cogí la mano y ella lo permitió, por lo que caminamos muy lentamente hacia arriba primero, después O hacia abajo y finalmente Rampa arriba hasta encontrar la calle L junto a la fabricación del edificio que luego sería el Habana Hilton. No tuvimos que esperar mucho: la 32 venía casi vacía y nos sentamos detrás, cerca de la puerta trasera. Todavía recuerdo cómo el aire que entraba por la ventanilla movía su corta melena rubia, ella sin decir nada, mirándome o mirando hacia la calle. Ni siquiera recuerdo cuándo pagué al conductor, solamente recuerdo de ese viaje su cuello largo y bien dibujado bajo la melena y su mirada de ojos casi amarillos como reflejando el color de su pelo. Hicimos un largo viaje por toda la Quinta Avenida hasta el paradero de la ruta 32, y al bajarnos los últimos ella me avisó que todavía teníamos que caminar y caminamos por entre los cabarets de la playa, muy temprano para estar en su esplendor y muy tarde para encontrarlos cerrados, hasta coger la avenida de Santa Fe y un poco más allá de la entrada del Biltmore internarnos por las calles laterales, allí donde todavía no había nada edificado, solamente la parcelación, y caminar en dirección del río Quibús hasta que llegamos a una casa oscura pero nueva, no muy grande, que era su casa.
–Llegamos –dijo ella, abriendo la puerta con su llave.
Creí que me iba a dejar entrar pero se detuvo en la puerta, aguantando la hoja con la cadera, lista para despedirse.
–Tengo algo que decirte –le dije.
Había tenido algo que decirle toda la tarde pero no me decidía a hacerlo o no. Ahora me decidí: era importante conocer su reacción.
–¿Sí? ¿Qué es?
Mi timidez me ayudó a dar el salto.
–Yo soy casado.
Ella apretó los labios hasta hacerlos casi una sonrisa.
–Vaya –dijo–, pero me lo temía.
La otra versión del recuerdo es que le dije que era casado cuando todavía estábamos sentados en el parque y que al regresar a La Rampa la dejé esperando en la calle un momento mientras buscaba un teléfono público. Debí decirle que iba a llamar al trabajo y ella debió saber a quién iba yo a llamar: a mi mujer, que estaba sola en la casa (mi madre se había llevado a mi hija de vacaciones al pueblo) con catarro. Casi me dio pena la voz ronca que me respondió y a la que dije que me quedaba trabajando hasta tarde en la noche. Ella dijo: trata de venir temprano que me siento muy mal. Colgué diciendo que sí, que estaba bien.
–Tenía que decírtelo –le dije–. ¿Es tan importante?
–Eso debes saberlo tú –me dijo ella.
–Quiero decir para ti.
–Podría decirte que no cambia nada porque me lo temía tanto que casi lo sabía, pero también que lo cambia todo.
–¿Todo?
–Todo.
–No, no debes decir eso. No cambia nada. Todavía somos tú y yo.
–Eso es para ti. Pero mejor dejamos para otro día esta conversación.
Ella cerraba la puerta: Elena cerraba la puerta. (Ésa es otra cosa. ¿Cuándo nos dijimos los nombres? ¿Durante la larga conversación en el parque en que me deslumbró su inteligencia? ¿O tal vez antes, frente a El Gato, casi acabado de conocernos?)
–Estoy muy cansada.
–¿Cuándo nos vemos?
–No sé.
Afortunadamente ella, antes de cerrar del todo la puerta, añadió:
–Di tú.
–¿Mañana?
–Está bien. Mañana.
–Por la tarde.
–Está bien.
Era viernes ese día. Al otro día, sábado, yo trabajaba nada más que medio día: prácticamente iba nada más que a cobrar.
–¿Dónde?
–Di tú.
–En 12 y 23. A las cuatro.
–Está bien –dijo ella y acabó de cerrar la puerta.
No hubo un beso de despedida y yo me quedé mirando la puerta cerrada que era como todas las puertas cerradas. Ahora sabía que no la vería más.
Pero al otro día, antes de las cuatro, ya estaba cogiendo sol en la acera del Atlantic, mirando para 23 y 12 para ver si venía o no. Dieron las cuatro en mi reloj y las cuatro y cinco y las y diez. Decidí esperar hasta las cuatro y media y ahora crucé la calle y pasé a la acera de la sombra. Antes de llegar a la otra acera la vi venir desde la esquina, caminando con su paso tan femenino que se haría característico en su lentitud sabrosa y luego pasaría a ser inolvidable. Venía vestida con un vestido floreado (no recuerdo si era seda o algodón) que le llegaba un poco más arriba de los senos y allí terminaba en un escote completo que dejaba casi sus pechos al aire mientras sus hombros desnudos sostenían las dos tiritas multicolores que colgaban el traje al cuerpo. Estaba ravishing, que es el adjetivo que más se ajusta a su recuerdo, ya que decir arrobadora es decir poca cosa de la frescura de su cara, de la línea perfecta de sus labios pintados para levantar su boca carnosa, de sus ojos levemente maquillados, ahora más grandes y redondos y amarillos que anoche: su cabeza casi perfecta enmarcada por la melena rubia para coronar aquel cuerpo al que la juventud añadía una animalidad rampante. Me sonrió. Yo también le sonreí pero tenía ganas de reírme en triunfo: ella estaba allí. La cogí por un brazo y sentí su piel suave y estirada bajo mis dedos ávidos.
–¿Qué tal?
–Muy bien, ¿y tú?
–Yo bien. No iba a venir, tú sabes.
–Pero ¿por qué?
–Hablé con mi tío. Yo lo hablo todo con mi tío y me dijo que cuando un hombre le dice a una mujer que es casado para empezar es que ese hombre no tiene buenas intenciones.
–¿Y cómo sabe tu tío mis intenciones?
Mientras hablaba la llevaba por la calle 10 rumbo a 17, sin siquiera decirle todavía dónde iríamos.
–Él no las sabe. Yo no las sé. ¿Cuáles son tus intenciones?
Me demoré más de un segundo en contestar.
–Yo no las sé tampoco. ¿Qué son intenciones?
–Lo que tú quieres hacer conmigo.
–Pero eres tú la que estás haciendo conmigo: estoy enamorado de ti y tú no lo estás de mí. Me llevas ventaja.
Ella no dijo nada en principio, luego casi musitó un tal vez o casi lo oí yo decírselo.
–¿Adónde vamos?
–A El Atelier, aquí cerca. ¿No te parece?
–Pensé que íbamos a ir al cine.
–¿Quién quiere ir al cine cuando puede estar contigo en la misma oscuridad pero sentados frente a frente, mirándose a los ojos?
¿Le dije yo realmente esa parrafada o me la estoy inventando ahora? Qué importa. Lo importante es que ella iba a mi lado, rumbo a El Atelier, que era un night club abierto por las tardes, y no había puesto objeción alguna. Ella debía –tenía que– saber a qué se iba a El Atelier además de a bailar. Si no lo sabía (lo cierto es que lucía muy joven, inocente, esa tarde, a pesar de la madurez de su cuerpo), pronto iba a saberlo. Cruzaba yo las calles muy orondo con ella y al mismo tiempo cuidando de no atravesar ningún grupo de hombres en las esquinas.
–Hoy tengo que regresar temprano, tú sabes.
–¿Sí?
–Sí. Mi madre tiene el día libre.
–¿Y adónde le dijiste que ibas?
–Le dije que iba a salir con una amiga al cine. ¿Por qué?
–No, por nada.
Habíamos llegado. Afuera había un anuncio imitando una paleta de pintor al tiempo que avisaba que por las noches tocaba allí Frank Emilio. Entramos. De pronto estuvimos en otra dimensión, abriéndonos paso por entre la oscuridad del club, evitando chocar con las pocas parejas que bailaban, caminando rumbo a una mesa libre. Nos sentamos y ella tuvo un leve temblor y se quejó del frío del aire acondicionado. Para mí era una delicia pasar del calor de horno húmedo de la calle al frescor del club, pero ella estaba vestida para la calle mientras que yo llevaba saco y corbata. Pronto vino un camarero y nos preguntó qué queríamos beber y yo a mi vez le pregunté a ella qué quería beber y dijo que no sabía, de momento, no sabía.
–Bueno –dije yo–, dos daiquirís.
Ella hizo un gesto como que estaba bien y al quedarnos solos, alumbradas las caras por la lucecita encima de la mesa, escasa y distante, le cogí una mano. Sus manos eran lo menos perfecto de su cuerpo, ya que eran cortas y gordas, pero a mí no me lo parecieron entonces: en ese momento ella era para mí la perfección. Hablamos pero afortunadamente no volvió a surgir en la conversación el tío aconsejador. Tomábamos los daiquirís, espesos y tan fríos como la atmósfera acondicionada del club. Del tocadiscos venía la voz de Katyna Ranieri, que repetía incansable Acqua di fonte, acqua di fonte y pensé que no sólo las canciones cubanas tienen una letra idiota. Anche l’italiane…
–Anche l’italiane...
–¿Qué?
–Oh, nada –le dije, sonriéndole–, que canta en italiano.
–Sí, ¿te gusta?
–No mucho. ¿Y a ti?
–Esa de ahora no. Otras sí.
La canción cambió para un slow que no tiene memoria pero era justamente lo que yo, que no sabía bailar, necesitaba para bailar.
–¿Quieres bailar?
–Bueno –dijo ella pero no pasivamente.
Salimos a bailar. Ella era bajita: tenía justo el tamaño que me convenía para bailar con ella. Me puso una mano en el cuello y yo la apreté contra mí. Mis piernas se movían con poca habilidad pero ella bailaba bien y disfrutaba a plenitud el doble placer de moverse con la música y de estar adherida –ésa es la palabra– a mí. Sabía gozar del baile y yo decidí unirme a su cuerpo ondulante. En un momento recosté mi bajo vientre a una de sus caderas y me froté contra ella al compás de la música. Ella dejó escapar, junto a mi oído, como un silbido intenso. De seguidas me mordió una oreja. Ella sabía. Sus mordidas tenían la exacta cantidad de herida y caricia. Seguimos bailando hasta que se acabó la pieza, pero hicimos un puente con el próximo disco que comenzó a sonar casi encima del que se acababa. La música era «Les feuilles mortes» convertida ahora en «Autumn Leaves» por Nat King Cole con su escasa pero bien entrenada voz susurrando en un inglés casi demasiado cuidadosamente bien pronunciado. Con auxilio de la música grabé el momento en mi memoria, lo hice expreso porque sabía que un día estaría en la necesidad de recordarlo y sin embargo ahora me es imposible describir la exacta atmósfera en penumbra del club, los rumores de conversación en voz baja mezclados, el trajín de la pareja de la mesa más próxima, el frote de los pies y alguna que otra risa entrecortada, como una suerte de sonrisa sonora, y por sobre todo la música llenando el pequeño local con la tácita invitación a susurrar insinuaciones o francas declaraciones a amar: la canción por sobre todo, rodeándonos, entrando por los poros tanto como por los oídos, pastosa, haciéndose casi sólida la voz musitada de Nat King Cole.
–El viejo Nat King Kong –tuve que decir.
–¿El qué? –me dijo ella.
–Muy bueno Nat King Cole –tuve que rectificar.
–A mí me gusta mucho.
Entonces pensé que ella o no tenía buen oído o ningún sentido del humor. Pero yo no estaba allí para hacer chistes sino para amarla y cuando Nat King Cole dejó de cantar en el tocadiscos decidí que era mejor que nos sentáramos. La mesa estaba fuertemente iluminada por contraste con la oscuridad de la pequeña pista de baile y pude ver su cara redonda y a la vez perfilada y sentí que me estaba enamorando más de lo que debiera.
–¿Tienes un cigarrillo?
–Sí, seguro.
Saqué mi caja de Camel y le ofrecí uno. Pensé en encenderlo en mi boca y pasárselo luego pero cambié de opinión en el momento en que ella tendió la mano para sacar el cigarrillo de la cajetilla. Se lo alargué entresacado y ella lo tomó, yo también cogí un cigarrillo y los encendí casi simultáneamente. Fumamos un rato en silencio, mirándonos por entre el humo. Los daiquirís casi se habían licuado a pesar del frío que había en el club.
–¿No tienes frío?
–No, ya me he acostumbrado.
–No, como estás vestida tan de verano y aquí hay tanto aire acondicionado...
–No, ya se me quitó.
Ahora pienso cuántas veces pronunciamos entonces la palabra no para comenzar cada oración –¿qué pensaría entonces? Cuando acabamos de fumar me acerqué más a ella y le pasé un brazo por los hombros desnudos. Como toda respuesta ella se sonrió y bebió un poco más de su daiquirí. Me acerqué más todavía. Es decir, aproximé mi cabeza a la suya y en un momento estábamos besándonos. Yo la había besado primero, un beso suave, pero ella me respondió entreabriendo los labios y yo abrí los míos para coger su labio inferior entre ellos. De su boca salió el aliento a cigarrillo y alcohol, ese aliento que después se convirtió sólo en olor a humo y en su olor, después, días más tarde, cuando descubrí que ella fumaba un cigarrillo tras otro, en tensión, y su aliento peculiar, a pesar de lo común que es el olor que deja un cigarrillo en la boca, fue una más de sus claves de identidad, su identificación olfativa. Nos besamos, estuvimos besándonos durante un tiempo que ahora me parece breve pero que entonces fue eterno. Dejamos de besarnos para pedir al camarero otro trago, y mientras lo traía volvimos a besarnos y cuando lo dejó en la mesa con toda discreción nos besamos antes de comenzar a beber el segundo daiquirí. No bebimos mucho, mas nos besamos. Volvimos a bailar, esta vez casi clavados en un sitio fijo, moviendo nada más que las caderas, las caras juntas, yo besándole el cuello, una oreja, la cara, y dejándole sentir cuánto me exaltaba ella sexualmente. Regresamos a la mesa y allí por primera vez le puse mi mano en su rodilla y me alegré de que no llevara medias, que siempre me son casi asquerosas al tacto. Toqué sus muslos cortos y gordos y más arriba, pero cuando llegué al pubis apretó sus piernas de manera que sus muslos bloquearon mi avance. La miré, nos miramos y nos volvimos a besar, pero a pesar de que intenté llegar hasta su pubis más de una vez, no pude conseguirlo. Ésa era su zona vedada esta vez. Al poco rato, entre besos, me recordó la hora. Era hora de irse para ella y no pude mentirle y decirle que era temprano todavía.
Cuando salíamos, ya el sol se estaba poniendo por detrás de las azoteas. Caminamos de vuelta hasta 23 y 12 a coger la 32. Llegó y subí junto con ella haciendo el viaje hasta la parada del Biltmore. Esta vez no la acompañé a su casa, sino que nos despedimos cerca de allí, con el sol ya puesto y la noche casi encima de nosotros dos. No nos veríamos al día siguiente, ya que era domingo y su madre se quedaba en la casa, pero ella me iba a llamar el lunes a la revista tan pronto como su madre se fuera a trabajar por la tarde.
El domingo lo pasé con mi mujer que todavía estaba mala con su catarro en la garganta y mientras el día se escurría lentamente me puse a leer, a oír discos y a rogar que no se me pegara el catarro. No tuve que tomar precauciones extras.
El lunes por la mañana fui a la revista como de costumbre aunque esta vez la costumbre estuviera alterada por el viaje a Europa de Wangüemert, el jefe de información, que me dejaba el control de la parte práctica de la revista no sólo como jefe de redacción que yo era sino ocupando también su puesto. Hacía tiempo que yo deseaba hacer cambiar la revista a partir de mi página, que era diferente al resto, para unificarla en un todo más moderno, con más blancos, mayores fotos y menos texto. Ahora estaba enfrentado directamente con Diógenes del Peso, el director artístico. Éste venía a la revista solamente una o dos veces por semana y el resto del trabajo quedaba en manos de segundos y terceros, emplanadores que habían trabajado allí desde antes de su llegada hacía tres años, desde antes de que la revista cambiara de dueño y tuviera una nueva administración. En cierta manera su política artística (era un viejo dibujante devenido director artístico por su amistad personal con el dueño) era un dejar hacer a los emplanadores, mientras que conservaba celosamente su cargo y sus prerrogativas, una de las cuales era pasarse tres días a la semana yendo a la finca de Miguel Ángel Quevedo, el dueño, el magnate de las publicaciones semanales, hombre que él mismo decía ser más que un ministro, ya que los gobiernos pasaban pero su revista, Bohemia, siempre continuaba con su mismo poder público.
Mi plan consistía en modernizar la sección de cuentos cubanos y extranjeros, y mientras Wangüemert estuviera en Europa mostrarle al director, con los hechos consumados, cuánto mejor se veía el interior de la revista (su exterior era invariablemente un dibujo de Andrés y la experiencia había demostrado que ésta era una de sus mejores características) y a partir de allí renovarla toda. Había llevado uno de los cuentos a publicar, una historieta de ciencia-ficción, para que me lo ilustrara y emplanara Ithiel León, que trabajaba en una de las mejores agencias de publicidad y sabía (o yo creía que sabía) mucho de emplanaje. Juntos planeamos cómo cambiar la negrura de la revista con un ataque de blancos alrededor de la ilustración del cuento que consistía en una exótica asamblea de dinosaurios. Vimos, riéndonos, un presagio en la ilustración, diciéndonos que comenzábamos por atacar a los mismos monstruos antediluvianos. El título del cuento había sido cambiado de las compactas letras habituales de la revista por una sobreimpresión de puntos blancos, que usaban mucho en la agencia de publicidad y que se llamaba zip-atone o más familiarmente sipatón.
–Es el corazón del África negra el que atacamos ahora –dijo Ithiel León–. Sujétate el cinturón.
Esto había pasado exactamente el jueves anterior y el cuento ya emplanado fue agregado al resto de la revista. El lunes era el día en que el cuadernillo en que estaba el cuento estaría listo para la inspección del director y del director artístico, que hacía siempre un esfuerzo por estar en la revista los lunes, ya que el martes toda la revista estaba ya tirada y era un hecho consumado. Esa mañana desde mi buró vi pasar a Diógenes del Peso rumbo a la oficina del director donde estuvo encerrado un buen rato. Yo seguí leyendo uno de los cuentos que tenía para verificar su posible publicación y no deseaba más que la mañana pasara y llegara la tarde con la llamada de Elena. Pero el secretario del director, Pepe, al que unos apodaban Pepe el Loco para distinguirlo de otros Pepes posibles y a quien yo llamaba José-Hernández-que-no-escribirá-el-Martín-Fierro, vino a verme desde su rincón, con su típica sonrisa socarrona, para decirme que había una reunión importante. A él no le interesaba ni poco ni mucho el aspecto o el contenido de la revista y su solo intento de influir en la publicación llegó un sábado por la tarde, después de haber cobrado por la mañana y de haber estado bebiendo toda la tarde en La Cuevita, la bodeguita-bar frente a la revista. De buenas a primeras saltó al medio de la calle para dirigirse a los obreros que salían del taller y arengarlos a que tomaran la revista, toda la imprenta, y que se incautaran de ella. Había cogido de tribuna el Cadillac del administrador y desde allí instaba a los obreros a que tomaran el poder. Unos amigos del taller que todavía estaban por allí, y que tal vez habían estado tomando con él, lograron bajarlo del capó y llevárselo. Después de eso, todos acordaron que Pepe el Loco, José-Hernández-que-no-escribirá-el-Martín-Fierro, aunque era rubio, era en realidad un indio al que no se le podía dejar beber. Afortunadamente la policía no intervino y el administrador sólo le dio las quejas al director (cuando vio que su carro estaba intacto a pesar de las trompadas que el orador había descargado sobre él) y el director se limitó a decirle a Pepe que debía tener cuidado cuando tomaba. A lo que Pepe, simulando contrición, añadió que sí, que no iba a beber más. Ese mismo Pepe era el que ahora me advertía que había una reunión adversa en la dirección.
La reunión terminó con la salida de Diógenes y el regreso de Pepe a su rincón de la antesala. Casi al instante, Pepe regresó para decirme que el director quería verme. Tal vez tenga que hablar ahora de mi relación con el director. Yo lo había conocido en 1947 (parece mentira que hubieran transcurrido ya diez años), cuando le llevé a su puesto de jefe de redacción de Bohemia, en su viejo edificio de Trocadero, un cuento que yo había escrito parodiando en serio a Miguel Ángel Asturias. Tenía yo entonces dieciocho años y la timidez acentuada por la adolescencia pero me animé (gracias a la intervención de Franqui, que había leído el cuento y fue quien me aconsejó que lo llevara a Bohemia y hasta me dijo lo que tenía que decir), subí las escaleras corriendo, llegué hasta su buró y le dije muy rápido:
–De un admirador de su cuento «Ready» para que usted me diga qué le parece.
Él me mandó regresar al jueves siguiente en su español tan acentuado y tan rápido y a la semana siguiente me enteraba yo que mi cuento no sólo era publicable, sino que sería publicado: ¡mi primer cuento! Luego me recomendó una lista de lecturas y me dijo que pasara por su casa dentro de unos días para prestarme unos libros que yo debería (tenía que) leer. Así trabé amistad con ese hombre que creó un puesto para mí: ser su secretario particular, y que tanta influencia iba a tener en esos primeros años de mi vida, tanto que muchas veces lo tomé por mi padre. Luego, cuando Quevedo compró Carteles, él pasó a ser el director y creó para mí la página de cine, que comencé a escribir con un seudónimo por el que mucha gente me conoció desde entonces. Ya yo trabajaba en Carteles como corrector de pruebas, antes de ser adquirida por Bohemia, y seguí trabajando en el mismo oficio unos años más, hasta que el director me nombró jefe de redacción. No creo que la ficción deba encubrir su verdadero nombre: Antonio Ortega, que llegó en su relación conmigo hasta a ser padrino de mi primera hija. Ahora yo hablaba con el director.
–Se acaba de ir Carlos de aquí, furioso al ver las páginas que usted emplanó. –Ortega siempre me trató de usted–. ¿Por qué no me consultó antes?
–Quería darle una sorpresa y que viera el resultado usted mismo.
–Sí, pero no olvide que Carlos es el director artístico.
–Si él apenas se ocupa de la revista… Todo el trabajo en realidad lo hacen Domingo y Cardoso. Lo que yo hice fue nada más que emplanar la sección de cuentos extranjeros. El resto de la revista sigue como antes.
–Bueno. Lo mejor es que deje las cosas como están. Ya podremos ocuparnos de un nuevo emplanaje un día de éstos. Contando con Carlos, claro está.
Ortega en realidad era un mediador entre las directrices de Bohemia –que no quería ver a Carteles convertida en un competidor serio– y las necesidades más inmediatas de la revista para seguirse manteniendo como la segunda del país. Conciliador, me dijo:
–¿Viene conmigo?
Yo hacía invariablemente el viaje con él, que todos los días se llegaba a Bohemia camino de su casa y luego me dejaba en la calle 23 y avenida de los Presidentes para coger la guagua hasta mi casa. Esta vez también lo acompañé. Al salir del despacho me esperaba la sonrisa conocedora de Pepe.
A Bohemia yo iba a enterarme, más que de las noticias, de los últimos chismes políticos. Ortega iba por la necesidad de chequear cada día, y por querencia: estaba acostumbrado a esta visita diaria, menos los fines de semana, en que no había nadie. Había varias gentes en la redacción, entre ellos mi amigo Leandro Otro. Estaban contando cuentos verdes y en un momento entre los chistes salió de su despacho Miguel Ángel Quevedo. Todos se detuvieron en su risa y Leandro llegó a ponerse de pie. Siempre me divertía la atmósfera cesarina que reinaba en Bohemia, donde Quevedo era el césar, rodeado de acólitos y hasta con sus favoritos de turno. Se decían muchas cosas de Quevedo, entre otras que, solterón, era en realidad homosexual y que muchos de los empleados, por no decir los periodistas que trabajaban allí, eran en realidad sus amantes. Pero a este rumor, aunque persistente, le faltaba si no veracidad por lo menos comprobación. Lo cierto era que el hombre tenía poder –verdadero poder político, como se demostraría más de una vez: había ministros que le habían hecho antesala– y gozaba de él, evidentemente complacido de su fuerza pública. Estuvimos allí un rato, Ortega hablando brevemente con Quevedo y yo conversando con Leandro: había pocas noticias políticas, la situación seguía igual. Desde el asalto a palacio y su secuela de asesinatos cometidos por la policía, se habían estabilizado las diferentes fuerzas políticas y aun la situación en la Sierra era estable, con los partes contradictorios de las fuerzas del gobierno y las bandas rebeldes.
Nos fuimos al poco rato. Yo llegué a casa para almorzar y apenas si hablé con mi mujer. Salí más temprano que de costumbre y me fui para la revista en taxi, cosa que hacía raramente por las tardes, aunque por la mañana siempre viajaba en máquina de alquiler para poder llegar a tiempo, que era poco antes de la llegada de Ortega a las diez. Por la tarde pasé el tiempo leyendo cuentos para publicar sin encontrar nada publicable. Pasaba el tiempo y no llegaba su llamada: hacía mucho que no me sentía tan ansioso, iba a coger el teléfono cada vez que sonaba y nunca era para mí. Por fin a las cuatro y media me llamó: reconocí su voz enseguida, con sus bordes de falsete que la hacían tan cubana –o mejor, tan habanera. No me podía ver esa noche, su madre trabajaba en turno doble y no vendría hasta tarde, pero ella no podía salir, ya que no tenía permiso.
–Tuve una discusión y todo con mi madre –me dijo. Bueno, estaba bien: si ella no podía venir, yo iría.
A ella le pareció bien.
–¿Tú sabes bien dónde está la casa? –me preguntó.
Por supuesto que yo sabía, de todas maneras ahí estaba el club Quibús para orientarme. Yo tenía que ir al cine, pero iría a la tanda de la tarde y saldría para su casa en cuanto terminara la función. Colgamos, así, sin decirnos más nada.
Fui al cine y salí como a las ocho. Enseguida cogí la ya familiar ruta 32 hasta la playa. Caminé por la avenida de Santa Fe hasta dar con el callejón que era su calle. Cuando llegué a la casa, estaba a oscuras. Toqué el timbre y nadie salió a abrirme. Toqué de nuevo. Nadie. Decidí llegarme hasta el Quibús y llamar por teléfono. Entré en el Quibús, completamente solitario a esa hora, el club de aspecto casi campesino alumbrado por luces de colores en su interior. Vino un camarero a atenderme enseguida: el primer cliente de la noche. Pero cuando le dije que solamente quería llamar por teléfono perdió todo interés en mí y señalándome para una pared me dejó entrever más que ver el teléfono adosado. Llamé y el teléfono sonó y sonó y sonó. Colgué y volví a llamar: me parecía increíble que ella me hubiera hecho venir por gusto –o tal vez pasara algo extraordinario. Finalmente respondieron el teléfono. Por un momento no reconocí su voz y temía que fuera su madre, pero no: era ella. Se había quedado dormida esperándome, me dijo.
–Ven para acá –añadió.
Fui y cuando llegué la puerta estaba entreabierta pero la casa seguía a oscuras. Ella asomó su cabeza por la puerta a medio abrir.
–¿Qué pasa? –le pregunté.
–Nada –me dijo–. Que me acosté. Estoy en ropa de cama.
A la poca luz del portal pude ver que llevaba un bonito transparente y debajo estaba desnuda.
–¿Y no me invitas a pasar?
–¿Por qué no lo dejamos para mañana? Estoy completamente dormida.
–Ah, vamos. Déjate de boberías. Invítame a pasar.
–No, no puedes entrar así como estoy –me dijo–. Espérate ahí –y me señaló uno de los sillones de hierro del portal.
Cerró la puerta. Me senté en el sillón pero inmediatamente sentí tal hambre que decidí llegarme al pickin’ chicken de la avenida de Santa Fe y comprarme un pollo frito. Lo hice. Por el camino iba pensando en lo que ella pensaría cuando saliera a buscarme y me gustó la idea de que ella se creyera que me había ido: eso demostraba que ella tenía que vérselas con un original. Regresé con mi pollo en su caja. La casa seguía a oscuras. Volví a llamar. Ahora salió ella enseguida: estaba de nuevo vestida para dormir.
–Ah –dijo–, yo creí que te habías ido.
–No, fui a comprar un pollo. Vamos a comerlo.
–No, gracias. Ya yo comí. Pero te lo puedes comer tú.
–¿Aquí en el portal?
–No, más vale que pases. Te va a ver algún vecino y después va a venir la comentadera.
Entré a la sala que ella dejaba rápidamente por otra puerta.
El chalet era por dentro tan clase media reciente como por fuera. Me senté en un sillón creo que forrado de nailon y comencé a comerme el pollo, tranquilamente. Estaba delicioso, como nunca había sentido un pollo frito. ¿O era que lo comía en circunstancias que eran favorables al apetito? Todavía estaba comiendo cuando ella regresó vestida y se sentó frente a mí.
–¿Cuándo vuelve tu madre? –le pregunté.
–Alrededor de las doce, ¿por qué?
–Entonces tenemos tiempo.
–No, no quiero que te quedes mucho rato aquí.
–Pero ¿por qué?
–No sé. Ella puede regresar inesperadamente, yo qué sé.
–Está bien. Pero mañana salimos.
–Mañana no, pasado mañana, cuando mi madre esté de nuevo de guardia.
–¿No te puedo ver mañana?
–No, mejor es que no. Ya ella está sospechando.
–¿Sospechando qué?
–No sé, sospechando que salgo mucho, que he cambiado, según ella dice, y cuando ella dice que he cambiado…
–¿Qué pasa entonces?
–Nada, que se pone a vigilarme, a no dejarme ir ni a la esquina y siempre tengo que hacerlo furtivándome, como cuando estaba en la escuela.
Reparé en un retrato de un hombre que había en la mesa de centro.
–¿Quién es ése? ¿Tu padre cuando joven?
–No, ése es un favorito de mi madre. –Siempre decía mi madre y no mamá o su nombre: fue entonces que me di cuenta cómo llamaba a su madre, tal vez fuera por el tono en que lo dijo–. Un verdadero comemierda. Fue mi novio hace como un año.
–¿Sí?
–Sí, ahora está en los Estados Unidos, exilado o yo qué sé. Primero andaba por México. Tú debes haber oído hablar de él. Se llama Simón Sans.
–En la vida he oído hablar de él. ¿Y por qué debía yo de saber quién era?
–No sé, como eres periodista y eso... Él es muy conocido por la gente esa del 26 de Julio.
Era la primera vez que la oía hablar siquiera remotamente de política.
–Pues no lo conozco. Ni lo quiero conocer.
–¿Por qué? ¿Porque es peligroso?
–Para ti, no para mí.
–¿Para mí? Ya te dije que era el perfecto comemierda.
–Bueno, me alegro.
Terminé de comer el pollo.
–¿Qué hago con la caja?
–Dámela, yo la echo a la basura.
–Pero ¿y si tu madre la ve?
–No va a venir a registrar la basura. Además si la ve le digo que tenía hambre y me compré ese pollo en el pickin’ chicken.
Le entregué la caja. Mientras ella iba a la cocina hice una cosa que me era desagradable: limpiarme la mano y la boca con mi pañuelo. Hubiera preferido pasar al baño, pero era demasiada confianza. Ella regresó y se sentó de nuevo. Yo me levanté y fui hasta ella y le acaricié los hombros.
–¿No me das un beso?
Ella casi se puso de pie, pero yo me agaché para besarla. Sus besos tenían la exacta medida de sabiduría y de inocencia y eran a la vez otra caricia.
–Ah –dijo ella, mitad disgustada mitad reconocimiento–, sabes a pollo.
–Ése es el inconveniente del pollo: es delator.
Iba a decir que dejaba una huella delatora pero siempre me sonaba esta frase a un chiste habitual: ¿Qué es lo que deja la vaca al pasar? La huella delatora. Me olvidé del chiste besándola allí en la sala. Nos besamos un rato, luego ella se separó.
–Bueno, ahora vete.
–¿Ya?
–Sí, mejor te vas ahora.
Vi que ella se contenía: también ella deseaba continuar besándome –o al menos eso fue lo que creí.
–Todavía falta mucho tiempo para la medianoche: no se me van a convertir la carroza en calabaza y los caballos en ratones. No soy Ceniciento.
–Ya sé, ya sé. Pero mejor es que te vayas.
Ella no tenía mucho sentido del humor, además se volvía obsesiva, por lo que decidí irme. Ya en la puerta nos dimos un último, alargado beso y ella cerró la puerta. Salí sintiéndome otro hombre: o mejor sintiéndome un hombre. Crucé la avenida de Santa Fe con una curiosa sensación de desafío: esa noche no le temía yo a nada ni a nadie. Y con tal superioridad me fui a coger mi ruta 32, de regreso a La Habana –mejor dicho a El Vedado.
Nada pasó al otro día en la revista, que ya estaba circulando dentro del edificio. La guerra entre los blancos y los negros había terminado en un curioso armisticio: yo debía limitarme a emplanar mi página, a hacer allí lo que me diera la gana, pero tenía que dejar el resto de la revista tal y como estaba, y aunque me sentara ahora en el puesto de Wangüemert, seguía siendo únicamente el jefe de redacción, ocupándome de mi provincia, que era la literatura: el resto de la revista quedaría, en términos de emplanaje, extramuros. Y así el cuento de los dinosaurios bradburyanos fue una rara avis y aunque el sipatón fuera adoptado por el comité de emplanaje práctico, Domingo, Cardoso y Carlos, apodado por sí mismo el Maldito, yo no debía interferir más con la apariencia de la revista, que seguiría negra y conservadora como hasta ayer. Por otra parte, el recuerdo de Elena, que anoche me había hecho inmortal con un beso, todavía me perseguía lo suficiente como para olvidar mi guerra contra lo negro y en favor de los blancos.
Al otro día nos encontramos en el lugar convenido, más tarde que la vez anterior.
–Por poco no puedo venir –me dijo.
–¿Qué pasó?
–Tuve una discusión con mi madre.
Fue entonces (ya en El Atelier o tal vez fuera sentados en un banco de un parque: no recuerdo bien) que me contó su historia. Su madre no era su madre. No había sabido que era hija adoptiva (recogida, dijo ella) hasta hace poco, un año o dos, cuando su madre adoptiva se puso celosa con su marido por la estrecha relación que tenía con la muchacha, que cada día se hacía más mujer. Hubo una discusión entre ellas dos acerca de la forma en que ella, Elena, trataba a su padre, «con tanta confianza», como dijo la madre. Para decirle finalmente que tuviera en cuenta que ella no era su hija verdadera. Esto le causó un shock tremendo a Elena, que demandó que le dijeran toda la verdad. Se la dijo su padre adoptivo, usando el más considerado de los lenguajes. Fue después, por otra revelación, que supo que su madre era una loca de Pinar del Río cuando su padre venía de Oriente. Al decirme el apellido completo de su padre (muerto poco después de esta serie de revelaciones), lo identifiqué como un político menor pero conocido. También se decía que era un drogómano, lo que Elena me confirmó: su clase de vida había acelerado su muerte. Ahora había entre la madre adoptiva y la hija una tensión que se hacía cada vez mayor. Le pregunté a Elena si había conocido a su madre y me dijo que la había ido a ver a Pinar del Río, al manicomio en que estaba recluida, pero que no había tenido ninguna emoción particular ante el encuentro, que fue como si visitara a una loca desconocida –lo que después de todo no era más que la realidad.
–Mi madre me amenazó con cambiarle la cerradura a la puerta.
–¿Para qué? –pregunté yo.
–Entonces no tendré llave para salir y entrar cuando quiera. Ya ella sabe que no me quedo en casa cuando está de turno.
–Bueno –dije yo–, no dejes que eso te amargue el día.
Debía decir la noche, porque ya era tarde cuando terminó sus revelaciones. Mi interés era que ella se concentrara en nuestra relación y mi plan consistía en llevarla a una posada. Sabía de antemano que tendría que vencer una dificultad que era más que aparente.
–¿Por qué no vamos donde podamos estar solos?
–¿No lo estamos aquí? –Entonces era cierto que estábamos en el parque y no en El Atelier.
–Quiero decir los dos solos.
–Ya sé lo que tú quieres decir –dijo ella y se sonrió.
–No lo cojas por lo malo –le dije yo–. Sólo quiero besarte en paz.
–Bueno, vamos –dijo ella de pronto, cogiéndome desprevenido. Ella siempre sorprendente: creí que haría falta más persuasión que una simple invitación. Caminamos hasta 2 y 31, donde estaba el hotelito, que no queda muy lejos de 10 y 17, donde estábamos entonces. Evité la calle 23 y bajamos por todo 25 hasta 2: no quería que nadie nos viera camino de la posada, aunque nuestro paseo no fuera en sí mismo revelador, lo era para mí, y tal vez para algún encuentro fortuito. Llegamos y entramos por la puerta oscura por donde acceden las máquinas. Yo la dejé en la oscuridad y me fui a la taquilla o carpeta, nunca supe cómo se llamaba ese lugar en los hotelitos. Me preguntaron que si por toda la noche o un rato.
–Un rato –dije y pagué.
Entramos en la habitación que me señalaron. Ella la miró, más bien la inspeccionó cuidadosamente: se veía que nunca había estado en una de ellas. Por lo menos no en este hotelito.
–Bastante deprimente –me dijo.
–Sí lo es, con esta luz. Pero déjame apagarla y encender la de cabecera.
Apagué la luz y de seguido encendí la lámpara de cabecera, que era roja. Decidí sentarme en una silla y al mismo tiempo la invité a ella a que se sentara. Pero antes de que yo la invitara ella comenzó a quitarse la ropa, más bien a quitarse el vestido.
Hay que atender a la época y a las cubanas de esa época para saber lo inusitada que fue su acción. Yo venía preparado para un largo interludio de conversación y de reiteradas invitaciones a acostarnos, y he aquí que ella, sin siquiera decirle nada, comenzaba por desvestirse. Yo estaba, más que sorprendido, anonadado. Ella se quedó en refajo y vi que no llevaba ajustadores: otra de sus sorpresas. Se sentó en la cama, yo me senté al otro lado, no sin antes quitarme la chaqueta: no me atrevía a quedarme en calzoncillos porque quizás esto fuera demasiado abrupto para ella, que no se había quitado más que el vestido.
Nos acostamos y empezamos a besarnos; ninguno fue como el beso que me dio a la puerta de su casa anoche o anteanoche, pero nos besamos un largo rato, yo acariciándole los senos y los muslos con mis manos.
–Espérate un momento –le dije y me quité los pantalones y la camisa, quedándome en calzoncillos. Mientras lo hacía podía ver su cuerpo pequeño y compacto y tan femenino, fulgurante de carne joven a la luz roja de la cabecera–. ¿Por qué no te quitas el refajo? –le pedí y ella dijo «Está bien», y se lo quitó, quedándose en sus blúmers, que debían ser blancos porque se veían rosados a aquella luz roja que era como el bombillo revelador de un cuarto oscuro. Sus senos eran pequeños pero compactos y estaban muy de acuerdo con su cuerpo, aunque ella fuera más estrecha arriba que abajo, con sus amplias caderas y sus muslos gordos. Los senos se veían rosados y firmes y los acaricié con mis manos primero y luego bajé para besarlos una y otra vez y finalmente mamarlos. Ella se retorcía en la cama y me acariciaba la cabeza. Seguí bajando hasta su ombligo y más abajo casi hasta llegar al pubis, pero no me dejó llegar, tirándome de la cabeza por el pelo y diciendo: «¡No!», muy firmemente. Yo volví a besarle los senos, a besarla, y ahora, arriba de ella, la besaba en la boca, en los labios, en la cara, y ella respondía a mis besos.
Traté de convencerla de que se quitara los pantaloncitos, pero no quiso y no insistí: ésa era la primera vez que estaba con ella y no iba a echarlo todo a perder con mi insistencia: ésa era su zona prohibida y adopté la paciencia como método. Nos seguimos besando, yo frotándome contra ella una y otra vez hasta que finalmente me vine en los calzoncillos que nunca me había quitado. Ella pareció calmarse al mismo tiempo que yo y aproveché para ir al baño y lavarme y lavar los calzoncillos. Regresé desnudo al cuarto y me volví a acostar a su lado.
–Vámonos –me susurró ella.
–¿Cómo? –pregunté yo, creyendo que no la había oído bien.
–Que nos vayamos –me dijo.
–¿Tan pronto?
–Sí, no soporto más este lugar.
Volví al baño, a ponerme los calzoncillos mojados. Cuando salimos vimos todo mojado: había llovido mientras. Ya en la guagua, casi solos en el carro, le reproché que no hubiéramos consumado el acto.
–Te he hecho un favor –me dijo.
–¿Un favor?
–Sí.
–¿Tú a mí?
–Yo a ti. ¿Tú sabes cuántos años tengo realmente?
–No. –No lo sabía, habíamos hablado de muchas cosas los dos pero nunca hablamos de su edad.
–Todavía no he cumplido dieciséis.
Yo me asusté al saber que andaba saliendo con una menor, pero para no hacer ver que me asustaba no le dije nada. No hablamos más durante el viaje, pero yo le cogí una mano entre las mías.
Nos bajamos de la guagua y cruzamos la avenida. La noche estaba fresca por la humedad que había dejado la lluvia también aquí. Los autos pasaban a nuestro lado, indiferentes, dejando detrás un rocío móvil al que la luz de los faros de los autos que venían hacía arco iris. Me pregunté si en realidad la palabra arco iris tendría plural: la luz de los autos hacía arco irises. Sonaba atroz. En ese momento ella me tiró del brazo.
–Por aquí –dijo.
Me extrañé porque siempre seguíamos por la avenida de Santa Fe hasta doblar por su calle. Ahora caminábamos por una calle curvada y lateral, por entre solares yermos, y apenas alumbrada por una luz distante.
–Vamos por aquí que no habrá nadie –dijo ella.
Sentí, ahora, una nueva sensación de complicidad, que había perdido desde hacía unos días.
–Además –añadió–, nos demoraremos un poco más.
Caminábamos cogidos de la mano. Oía el croar de las ranas y el sonar de los grillos. Al pasar por el poste del alumbrado, ella se rió, sola.
–¿De qué te ríes?
Como hacía siempre, calló un rato antes de responder. Antes no me había dado tanta cuenta de su costumbre, pero esta noche lo noté particularmente.
–Me río de ti –dijo finalmente.
–¿Dije algo?
Ella no dijo nada.
–¿Hice algo que debiera o no debiera hacer?
Ante nosotros saltó una pequeña rana y ella se bajó de un salto de la acera. Yo estaba pensando en lo que ella ideaba para bromear: en su clase de sentido del humor. Pero era en serio: le tenía miedo a las ranas, lo vi bien claro en su cara. Sin embargo fue ella quien sugirió que cogiéramos este camino lleno de ranas. O colmado de croar.
–¿De qué te reías, Elena?
Ella era todavía Elena. Más tarde sería Elenita y, a veces, solamente Ele, pero ahora era Elena.
Me miró a la cara.
–De que eres un cobarde –me dijo, sin pestañear.
–¿Yo? ¿Qué te hace pensar eso?
No estaba yo asombrado de que ella me llamara cobarde: esto no era una noticia. Estaba asombrado de que me lo dijera ahora: hace diez minutos o una hora antes no me habría asombrado, pero ahora sí.
–No me reía de eso exactamente –dijo ella–. No es para reírse. Me río porque pienso que si la gente que te teme te conociera como yo te conozco te despreciaría.
–¿Por qué?
–Porque eres un cobarde y no lo pareces. No lo pareces en absoluto. Supongo que habrá mucha gente que te teme –yo la interrumpí para pensar que tenía razón– y te respeta. Pero es que no te conocen. Cuando te vi por primera vez me dije: «Me va a hacer mucho mal». Y me dije a mí misma: recházalo porque te va a hacer mucho daño, y tenía miedo de volverte a ver. Pero ahora estoy convencida de que no eres capaz de hacerle daño a nadie, porque tienes miedo, no por altruismo, sino porque eres un cobarde.
Ella se detuvo; no sólo dejó de hablar sino que dejó de caminar para mirarme cara a cara. Yo dije, pero lo dije bien para mí solo: «Te equivocas, nena. Al final seré yo quien te haga daño a ti. Ya lo verás. Estarás viva para entonces».
–Pero los cobardes hacen más daño que nadie –dije en alta voz.
–Sí, eso es verdad. Pero ahora no te tengo miedo. Ya no tengo temor de ninguna clase contigo. ¿Y sabes una cosa?
–No. ¿Qué cosa?
–Que te amo.
–Ya lo sé.
–No, sabes que estoy enamorada de ti pero no sabías que te amo. Ahora lo sé yo y es que puedes saberlo tú.
La cogí por sus estrechos hombros y traté de besarla, pero ella rehuyó la boca, ladeó la cara de manera que le besé un cachete y no la boca.
–Ahora no –dijo ella–. Ahora no tengo ganas de besarte ni de que tú me beses. Vamos a acabar de llegar.
Estábamos exactamente detrás de su casa, con el club Quibús alumbrando la noche de rojo y de azul a la izquierda, al otro lado del río. Seguimos caminando, despacio pero seguros hacia su casa, los solares yermos dejados detrás y yendo por entre otras casas vecinas. Ya no íbamos cogidos de la mano. De pronto me preguntó:
–¿Qué tú harías si al llegar a casa te encontraras de buenas a primeras con mi madre?
–¿Yo? Nada. Es decir, le cogería la mano y la estrecharía, que es lo que tiendo a hacer, siempre, mecánicamente cuando estoy en una situación embarazosa y alguien manotea frente a mí. Estoy seguro de que tu madre manoteará al verme. –Ella se sonrió–. El problema estaría en que ella se quedara tan tranquila. Entonces no sabría qué hacer. De veras.
–Hace noches que me pregunto esto: ¿qué irá a hacer él si se enfrenta con mi madre?, y no encuentro respuesta.
–Mejor es que no tenga que enfrentarme con ella.
–Pero tendrás que verla tarde o temprano. Eso ocurrirá más pronto o más tarde.
–Mejor que ocurra más tarde.
Ella bajó de la larga acera de la parcelación y dijo:
–Ya llegamos.
–Casi.
–No, mejor te quedas por aquí y yo entro sola a la casa.
–Pero ¿por qué? Tu madre no va a estar.
–No, ella no va a estar. Al menos yo espero que no esté y así cuando venga me encuentre durmiendo, inocente.
Se sonrió con su sardónica sonrisa.
–Al menos aparentemente. ¿Tú sabes una cosa?
–¿Qué?
Estábamos detenidos en medio de la calle lateral, pero no había cuidado de que viniera ningún automóvil. Ella se demoró bastante en responder.
–No lo vas a creer, pero yo nunca me había acostado con nadie.
–Tú nunca te has acostado con nadie entonces, porque esta noche no nos hemos acostado. Simplemente hemos estado juntos sobre una cama, pero eso no es acostarse. Bueno, sí es acostarse, pero luego no lo es.
–No, ni siquiera eso. Nunca lo había hecho.
–¿Y Simón Sans?
Ella se rió. Ahora pude verle todos sus dientes perfectos.
–Ya te dije que ése era un comemierda.
–Sí –le dije–, pero anche los comemierdas se acuestan.
–Sí, pero no él, que era tan formal. ¿No lo viste en el retrato?
–Lo vi uniformal no formal. Quiero decir, que lo vi de uniforme militar. Es soldado, ¿no?
–No, es aviador, además era, es, el delirio de mi madre. Pero era tan formal que era incapaz de hacer nada conmigo.
–Tal vez le tuviera miedo al año, ocho meses y veintiún días.
–¿Qué cosa?
–Eso es lo que te echan de cárcel por acostarte con una menor, aunque ella consienta.
–¿Ah, sí? No sabía que era tanto. Sabía que te echaban cárcel pero no tanta cárcel.
–Pues puede que a eso le tuviera miedo él.
Sé que esa frase de arriba está mal construida, pero así fue como la construí entonces.
–Él no sabía nada. Nunca le dije nada. Quiero decir, de mi edad, y yo con el pelo más largo entonces parecía mayor que ahora.
–Tal vez adivinó tu edad verdadera. O se lo dijo tu madre.
–No, no era eso. Era que él era un perfecto caballero.
Se rió.
–Él mismo lo decía de él mismo.
–Puede que lo sea.
–Sí, puede.
Se enserió de pronto.
–¿Qué te pasa?
–Nada, que me voy.
–Pero no te vayas así.
–Es que… –Y ella hizo una de sus pausas.
–¿Es que?
–Que en todo caso te has dado por aludido.
–¿Yo? ¿Por qué?
–¿Ves? Ni siquiera te diste cuenta.
–Pero ¿de qué?
–Que te dije que era la primera vez que me acostaba, que estaba en una cama con alguien. Eso es importante, me parece.
–Claro que es importante. Ya yo lo sabía antes de que me lo dijeras.
–No, tú no lo sabías. Tú te creías otra cosa. Seguro que pensaste que me estaba haciendo la difícil.
–No, te juro por Dios que no, que yo nunca pensé que te hacías la difícil.
Ella me creyó, pero en realidad sí había pensado que se hacía la difícil. Es más, cuando la sentí moviéndose debajo de mi cuerpo supuse que ya se había acostado antes. Ahora no sabía si decir que sí o que no al dilema: tal vez ella dijera la verdad. En todo caso me creyó y antes de irse me besó, rápida, en los labios. La vi pasar al portalito de su casa, abrir la puerta y entrar.
Al otro día no nos vimos porque era el día en que yo hacía mi crónica, para hacer la cual tenía todo un ritual, además de que su madre no estaba de turno. Yo comenzaba mi crónica cuando se iba todo el mundo. Antes, cuando Wangüemert no estaba de vacaciones, él era casi siempre el último en irse. Hasta ese momento yo había estado leyendo cuentos o hablando con él o conversando con Pepe en su rincón. Pero cuando ya se habían ido todos, comenzaba a escribir. Empezaba invariablemente por el título, que era casi siempre paródico y alusivo. La primera línea era el título verdadero, que subrayaba cuidadosamente. Después venía el primer párrafo, que era una exposición del argumento. El resto podía seguir o no seguir, de acuerdo a cómo funcionaran los mecanismos de construcción ese día. Ahora, enamorado, resultaba más divertido escribir porque el amor se reflejaba en todo, pero al mismo tiempo había más distracciones, como esperar una llamada por teléfono o recordar un encuentro. Esto se añadió al ritual de la crónica, que se hacía y rehacía casi ella sola por momentos aunque a veces se detenía por completo, con un pretexto cualquiera: buscar un dato en un libro de referencia o en la enciclopedia, recordar un momento dado para relatarlo al lector. Si yo estaba vestido, como casi siempre, de saco y corbata, para entonces ya el saco descansaba en el respaldar de la silla giratoria, acalorado a pesar del aire acondicionado. Luego me desataba la corbata y me zafaba el botón del cuello. Más tarde desaparecía toda la corbata de mi vestimenta para ir a parar a un costado del buró, culebreando fija sobre los papeles ya escritos o por escribir, por este tiempo no quedaba nadie en el edificio más que los bedeles que limpiaban y el guarda jurado de la puerta de entrada, abajo, sentado en su taburete. Tal vez hubiera un linotipista rezagado, esperando mi crónica o adelantando el material para la semana siguiente, ya que para entonces la revista estaba toda parada y hasta emplanada y hechos los negativos, mi crónica era la última en llegar a los linotipos. Para entonces serían las siete o las ocho de la noche. Si estaba con suerte la crónica habría adelantado mucho y a eso de las ocho y media hacía un alto, me arreglaba la camisa, me anudaba la corbata, me ponía el saco y salía a caminar hasta La Antigua Chiquita, donde comía. Invariablemente era un filete, término medio, plátanos verdes fritos y ensalada, un pudín diplomático de postre, café y un tabaco. Luego regresaba a la revista y a mi crónica, que crecía con el tiempo: había empezado a ser unas pocas páginas cada quince días, después cada semana y ahora eran verdaderos mamotretos hasta de veinte cuartillas a la semana. Si la crónica se desenvolvía bien o estaba muy mal, suspendía la salida a comer y seguía trabajando. Últimamente, en vez de escribir la crónica en el salón de redacción, empujaba el satélite hasta el despacho del director, que abría con la llave de Pepe, y allí, en un espacio más concentrado, producía mi prosa a veces recargada y torpe, otras simple y fluida, pero siempre tendiendo a un barroquismo esencial. En otras ocasiones la crónica la terminaba a las doce de la noche o a las tres de la mañana y a esa hora cogía la guagua que me dejaba en 12 y 23 para comer en Fraga y Vázquez: un bisté (una costilla más bien), plátanos fritos a puñetazos y arroz o una ensalada y flan de postre, terminando con los sempiternos café y tabaco. Todavía en otras ocasiones, el pájaro maravilloso del espíritu santo no se posaba en mi hombro, como decía Mendoza mi amigo, y la crónica se demoraba hasta el amanecer, en que me sorprendía por la mañana un linotipista que venía a la redacción a buscar material, o Wangüemert que llegaba, completando yo la crónica en las primeras horas de la mañana, apenas a tiempo para ser puesta en letras de imprenta, corregida, impresa en cromo, emplanada y fotografiada para tenerla lista para el último momento del offset: ahora, con los años, me maravillan la paciencia, casi el amor respetuoso que sentían todos por mi crónica, para comulgar con tanta indisciplina y costosa demora. Era yo el último de los redactores en entregar el material y el primero exigiendo espacio. Cómo pudieron lidiar conmigo en aquellos seis años –«un lustro que dura más de un lustro»– en que escribía mi crónica para Carteles.
Salimos juntos el sábado, tal vez por la tarde, porque recuerdo regresar con ella en la guagua, esperando a que diera la vuelta en la playa, y encontrarme con los únicos pasajeros: el compositor Luzguardo Martí, su señora y sus odiosos hijos, que me miraron (él y su mujer) con ojos abiertos, ya que conocían a mi mujer y aquella muchacha que yo llevaba del brazo no era evidentemente ella. Tácitamente evitamos saludarnos y cuando se lo conté a Elena, camino de su casa, cuando imité los ojos redondos de Martí y describí su enorme bigote, sus entradas en el pelo, con las cuales remedaba al otro Martí, nos reímos de lo lindo de la respetabilidad del artista cuando burgués.
Debimos salir otras veces, pero no las recuerdo: debiera recordarlas pero no las recuerdo por lo que son indistintas, unas igual a otras. Tal vez fuimos al cine o a El Atelier o a algún otro lugar parecido, pero sé que no volvimos a la posada, respetando tácitamente la minoría de edad de Elena y sabiendo sin embargo que la consumación de nuestro acto de amor era la única meta posible, lo único que realmente importaba ahora: romper esa barrera era nuestro destino y tanto pensamos en ello (por lo menos yo) que cuando realmente ocurrió hubo como un anticlímax. ¿Era esto solamente todo?
El lunes me llamó temprano. Teníamos cita esa tarde y me extrañó que me llamara.
–Ah, ¡por fin llegaste! –me dijo–. Te he llamado como diez veces. Ha pasado algo.
–¿Dónde estás?
–Aquí en casa.
–¿Qué pasó?
–Por poco mato a mi madre. Tienes que venir, tienes que venir y sacarme de aquí.
–Bueno, ya voy. No hagas nada hasta que yo llegue.
Colgamos. Salí a la calle y paré el primer taxi que vi, ya que la máquina de alquiler de la esquina no estaba todavía en su piquera. Le dije al chofer que me llevara a la playa y el hombre insistió que a qué playa. Tuve que decirle que no era exactamente a la playa donde yo quería ir sino cerca del club Quibús. Afortunadamente lo conocía. Me dejó en la esquina de su casa. Cuando llegué, ella estaba en el portal, sentada, esperándome. Yo temía encontrarme con su madre malherida o tal vez muerta, pero estaba ella sola.
–¿Qué pasó por fin?
–Ven para que veas –y me hizo entrar en la casa. Me llevó hasta el baño y me señaló la puerta, que tenía varias identaciones–. ¿Ves? Eso lo hice yo con un hacha. La perseguí hasta aquí y se encerró en el baño. Por poco hago añicos la puerta y la mato a ella. Menos mal que me controlé.
–Pero ¿por qué? ¿Qué pasó de nuevo?
–Tuvimos una discusión y ella me puso frenética. Me dijo que sabía que yo salía con un hombre, que seguro me estaba acostando con él y que ella no quería putas en su casa. Eso último fue lo que me puso frenética. No la puedo soportar más. Tienes que sacarme de aquí. Hoy, ahora mismo.
Traté de ser conciliador:
–Pero bueno, vamos a ver. No hay que ser tan extremista. No hay…
–Sácame de aquí, te lo ruego.
–… que llegar a esos extremos.
–Sácame de aquí. Si no me sacas tú, me voy yo de todas maneras.
Me detuve a pensarlo y la miré creo que por primera vez ese día: estaba muy bella. No había llorado pero tenía los ojos húmedos ahora. Volví a descubrir que realmente estaba enamorado de ella y cedí.
–Está bien. Coge toda tu ropa en una maleta.
–No, yo no me llevo nada. No quiero nada de ella. Me voy así como estoy.
Estaba vestida con una bata simple, como de andar por casa.
–Por lo menos cámbiate de ropa.
–No, no quiero pensar en ropa ni en nada. Quiero irme de aquí. Si no me voy de aquí esta noche, cuando ella regrese la voy a matar. La mato y después me mato yo y ya está.
Había una firme decisión en su voz y pensé que era capaz de hacerlo: las dos cosas.
–Ponte otra ropa y nos vamos enseguida.
Ahora pareció reaccionar. Se mordió el labio inferior y dijo:
–Está bien. Pero sácame de aquí.
Se fue hacia uno de los cuartos. Al poco rato regresó vistiendo un sencillo vestido azul marino, que le quedaba un poco chico.
–Este vestido me lo regaló mi padre. Con él estoy bien. Vámonos.
–¿Seguro que no quieres llevarte nada?
–Seguro. No quiero nada de ella y no quiero estar ni un minuto más en esta casa.
–Muy bien.
Salimos a la calle y caminamos hacia la playa. Había una piquera de taxis allí cerca y cogimos uno. Le dije que nos dejara en Carlos III y la calle Infanta.
–Vamos todavía a tropezar con ella –me dijo Elena–. Tú sabes bien que ella trabaja en Emergencias.
Le dije al chofer que nos dejara frente al mercado de Carlos III, que estaba como a tres cuadras del hospital de Emergencias. Yo tenía que volver a la revista, no podía un lunes, que era el día del cierre, alejarme de allí toda la mañana. Por el camino pensé que era mejor dejarla en una biblioteca. La de la Sociedad Económica de Amigos del País estaba en la misma avenida, a unos pasos del mercado. Cuando bajamos del taxi le dije que entrara en la biblioteca, pidiera una colección de periódicos de los años veinte y me esperara allí. Yo regresaría para almorzar con ella. Mientras caminaba hacia la revista pensaba en la ironía de utilizar tan respetable sociedad como los Amigos del País como lugar de rendez-vous. Pero toda la mañana trabajé pensando en ella, deseando nada más que llegara el mediodía. Antes de esa hora, como a las once y media, decidí llamar a mi casa para dar una noticia en la que había meditado. Salió mi mujer pero pedí hablar con Silvina, su hermana, que v
