Prólogo
Un sábado de noviembre de 1964, estaba sentado a la caída de la tarde en el velador de un café de Madrid que ya no existe, junto a una chica que me gustaba mucho y que tenía diecinueve años, uno menos que yo. Me armé de valor y le pregunté si quería ser mi novia. Dijo que sí. Añadí que lo decía en serio y ella respondió que le sucedía lo mismo. Cuando la acompañé a su casa, acerqué con timidez mis labios a los suyos. Fue un beso leve, pero lleno de calor. Todavía puedo recuperar la sensación de esa tibieza algo húmeda que me transmitió. En los años siguientes, hemos ido a menudo y siempre juntos, más allá de los labios.
La noche del día de Navidad de 1970, el suelo del parquecillo que daba frente a la casa de mis padres, en la madrileña calle del General Perón, aparecía cubierto por una fina capa de nieve y yo paseaba con mi padre. Tan sólo diez horas antes había nacido mi primer hijo, Ismael, que ahora se movía como una rana junto a su madre, la chica del café, en la clínica en donde se produjo el parto. Yo cumplía dos años de casado y me confortaba encontrarme junto a mi padre, hablarle de mis sentimientos, intentar saber si eran los mismos que él tuvo cuando yo nací, el primero de seis hermanos. Porque yo percibía que, de pronto, estaba de verdad en la tierra, que formaba parte de una suerte de sinfonía, que era semejante a los árboles, como la nieve, como el frío, y que, antes de ese día, mi existencia había transcurrido igual que un sueño, como si cabalgara en los aires sin pisar el suelo. Creí entonces que comenzaba a pertenecer a la vida. Mi padre me dijo que él había notado, cuando vine al mundo, algo parecido, pero quizá más intenso todavía: tres años antes había regresado indemne de la segunda de las dos guerras en las que combatió y tener un hijo significaba para él apartarse de la obsesión de la muerte y creer un poco más en la existencia. Me confortó escucharle. Yo guardaba la impresión de que ese pequeño ser que acababa de nacer movía el universo entero y lo explicaba, al tiempo que me convertía en un hombre responsable de alguien. Cuando nació mi segundo hijo, Álvaro, regresó con él la misma emoción y revivió el mismo amor; pero el sentimiento ya era reconocible.
En abril de 1991, mi madre, que llevaba varios meses enferma de un cáncer incurable, gritó desde la cama de su habitación y todos sus hijos acudimos a su alrededor. Sentada en la penumbra, sabiendo que iba a morir, buscaba en el aire las manos de alguno de nosotros y balbuceaba el nombre de mi hermano José Manuel, el que me sigue en edad. Después de apretar la de él entre las suyas, se calmó, volvió a tenderse y a dormir otra vez, doblegada por la morfina. Unas pocas horas más tarde, expiraba sin haber recuperado la conciencia. Yo percibí entonces que pertenecía a la muerte, que haber vivido al margen de esa conciencia durante tantos años era algo así como abrazar el vacío. ¿Por qué pasamos parte de la existencia conscientes de que vamos a morir y, sin embargo, cabalgando sobre una absurda sensación de eternidad? Cuando mi padre falleció, cuatro años más tarde, sentí igual dolor; pero ya conocía esa pavorosa emoción.
Esos tres instantes, que me dieron la conciencia del amor, de la vida y de la muerte, han esculpido una buena parte de lo que soy. Creo que ahora sigo aquí, en cierta medida, porque hay otros que necesitan de mí: los que me aman, quiero decir. Existo porque ellos están a mi lado, de otro modo quizá me iría, pues a veces, pocas, detesto la existencia con la misma pasión con que casi siempre la venero. Y no encuentro otra razón mejor para quedarme que el cariño a los míos. Ni siquiera amo tanto la literatura, que he considerado la más hermosa de las ocupaciones desde que tengo uso de razón.
Hay, sin embargo, algo importante que agregar a lo anterior. Con nueve años de edad, en el instituto al que me enviaron mis padres a estudiar, me hice amigo de mi compañero de pupitre en los primeros días del curso. A partir de ahí, durante los recreos jugábamos juntos, peleábamos unidos contra otros chavales, queríamos siempre integrarnos en el mismo equipo de baloncesto o de fútbol e imaginábamos que corríamos grandes aventuras en selvas y mares lejanos. ¡Qué bonita palabra esa de «recreo»! Definía el espacio entre clases, por lo general de una hora de duración, en que los chicos podíamos salir al patio a correr, jugar, gritar, zurrarnos formando bandas y comernos el apetitoso pedazo de pan untado en aceite que nos habían preparado en casa. Los profesores nos controlaban poco o nada en esa hora y recuperábamos el estado de salvajismo que es la esencia natural de la infancia.
Mi amigo y yo éramos inseparables, tanto en los recreos como al salir del colegio. Creo recordar que habíamos hecho una especie de juramento de confraternidad eterna y siempre caminábamos con los hombros cogidos, bien apretados el del uno contra el del otro. Era una manera, para la chavalería, de exhibir nuestra camaradería. Pensaba entonces que Juan Antonio Madrigal Parrilla —mi amigo del Instituto Ramiro de Maeztu— y yo habríamos dado la vida el uno por el otro, unidos frente a lo adverso.
Apenas compartimos pupitre dos años. A mí me echaron del instituto, como casi siempre me sucedía fuera cual fuese el colegio al que me enviaran mis padres, y nos perdimos de vista para siempre: no sé qué habrá sido de él. Pero con Madrigal descubrí la amistad, uno de los más limpios de todos los sentimientos que podemos alimentar los humanos. Porque es gratuita, no exige obligaciones de ninguna clase, se expresa como un estado de ánimo más próximo a la alegría y excluye el aburrimiento, lo que más detesto junto con la disciplina impuesta por otros.
Un par de años después, en otro colegio, en este caso un centro de religiosos, hice amistad en parecida emoción con otro chaval de mi curso. A los pocos meses de iniciarse nuestra fraternidad, sentí que me utilizaba para sus propios fines, que se reía de mí a mis espaldas, haciendo ver que yo era como una suerte de escudero suyo, confundiendo fidelidad con vasallaje. Dejé de ser su amigo y sufrí entonces la inmensidad del dolor que produce el engaño de alguien a quien quieres. Ya hablaré de ello con más detalle.
Desde aquel día, siempre he pensado que el valor opuesto a la lealtad no es la enemistad, sino la traición. No hay mayor perfidia que la que cometes contra un camarada o él comete contra ti. Nunca he cerrado la puerta a la amistad, pero he aprendido a detectar a los impostores. Dar la lista a estas alturas me parece banal y una pérdida de tiempo y energías, porque detestar a la gente fatiga mucho. Además, estoy envejeciendo tan deprisa que se me olvida a quiénes tengo que odiar. Pero no he arrinconado el recuerdo de aquellos a los que quise, muchos de los cuales ya están muertos..., mis queridos camaradas...
Es probable que esta suerte de autobiografía se publique cuando yo ya haya dejado este mundo. Pero no he querido aprovechar la ocasión para hacer daño a quien no lo merezca sobradamente.
Y ahora empecemos por hablar de los anchos y luminosos días de la niñez.
PRIMERA PARTE
INFANCIA
La verdadera patria del hombre es la infancia.
RAINER MARIA RILKE
1
Hijos del gran desastre
Yo nací en un tiempo extraño: fue en el verano de 1944, en julio, cuando los Aliados luchaban en Normandía y en Italia, y los rusos en las fronteras del Este europeo, para conquistar y liberar Europa de Hitler y poner fin a la gigantesca carnicería de la Segunda Guerra Mundial. Y en ese mismo mes de julio los nazis iniciaban en el campo de Auschwitz su proyecto de extermino total de los judíos húngaros —medio millón en unas pocas semanas—, trasladados en trenes directamente a los crematorios. De modo que asomé a la vida en los días quizá más pavorosos de la historia de Europa, sobre los que, al mismo tiempo, soplaban los primeros vientos liberadores tras cinco años de crimen y opresión. Por supuesto que yo no tenía ni idea sobre cuál era aquel territorio en donde aterrizaba, porque, de haberlo sabido, quizá hubiera cortado las cinchas de mi paracaídas.
En España, en ese mes de julio había un hambre atroz, decenas de personas, y a menudo centenares, eran fusiladas a diario por sus ideas políticas y miles de soldados republicanos derrotados en la Guerra Civil se pudrían, devorados por la tuberculosis, el tifus, la desnutrición, la pulmonía, la malaria y los piojos en los campos de concentración abiertos por todo el país. El día que eligió mi madre para echarme al mundo, el 16, a última hora de un domingo, se conmemoraba la fiesta de la Virgen del Carmen y, en los mares de España, los marineros celebraban con jolgorio a su patrona sacando los barcos del puerto, bebiendo vino y asando sardinas. De modo que nací en un tiempo de balazos y exterminios, y rasgueo de guitarras, canciones y borracheras. Supongo que no era el mejor de los momentos, pero así acontecían las cosas en esos días.
Resultó un extraño modo de venir al mundo, en todo caso. Y en cierta manera, el mío fue un principio erróneo, pues eché a andar en la vida en un instante poco oportuno y en un lugar equivocado: la España de Franco. Mientras los países europeos se iban librando de la lacra del fascismo y del nazismo en medio de una terrible y costosa guerra, el mío, España, había sufrido poco antes también una espantosa contienda, con la diferencia de que, aquí, el fascismo había vencido. Y esa victoria no la iban a pagar solamente los muertos, los deportados, los fusilados, los encarcelados y los exiliados, sino también las generaciones siguientes al conflicto, la mía entre ellas. En cierta forma, yo soy hijo de una triste derrota que, al paso de los años, los hombres y las mujeres de mi tiempo convertimos en victoria. O quién sabe si, a la larga, en un nuevo fracaso, aunque de diferente signo.
Pertenezco, además, a un linaje que ha vivido con asombro un gran salto tecnológico: mi abuelo paterno, Mariano, jamás vio el mar; mi abuela materna, Clotilde, nunca subió a un avión; mi abuelo materno, Manuel, fue un periodista que siempre escribía sus crónicas a mano y que carecía de carnet de conducir automóviles, mientras que su esposa Juana ni una sola vez salió de España. En cuanto a mí, he cambiado unas veinte veces de coche, he navegado todos los océanos y los principales ríos del planeta, conozco los cinco continentes, he volado en cientos de aviones, me manejo con cierta soltura en internet y fui testigo, a través de un televisor, de cómo el hombre pisaba la Luna.
La Guerra Civil española había supuesto una suerte de sangrienta liberación de fuerzas enfrentadas durante siglos. Fue una verdadera tragedia, en el sentido más arcano, trágico y temible de la palabra, una desdicha colectiva que venía tejiendo sus hilos desde siglos atrás, o dicho en forma más terminante: una especie de catarsis. España no había experimentado en el siglo XIX el proceso que arrastró a casi toda Europa hacia la modernidad ni había apenas recorrido un camino parecido al de la Revolución industrial de los países vecinos. No había creado tampoco una burguesía de corte liberal que cimentara la democracia, con el respeto a los derechos del hombre proclamados por la Revolución francesa en 1789. Y el país vivía partido en dos: de una parte, una población mayoritaria hundida en la miseria y el analfabetismo, cuyos únicos alimentos espirituales eran la resignación o el rencor; y de otra, una minoría anclada en conceptos feudales y cuyo poder omnímodo componían una Iglesia reaccionaria defensora de criterios medievales, un ejército zafio e ignorante, con constantes tentaciones totalitarias, y una nobleza latifundista y cerril que daba la espalda a los valores de la Ilustración.
La Guerra Civil fue el estallido de los odios que se acumulaban desde siglos. Y la victoria de Franco y las fuerzas conservadoras supuso, en la posguerra, una persecución implacable contra la España perdedora de la contienda. Los intelectuales hubieron de exiliarse para salvar la vida, multitud de libros fueron prohibidos, se persiguió cualquier forma de asociación política que no mostrara la lealtad ciega al régimen franquista, se abrieron campos de concentración y presidios políticos, y miles de oponentes al nuevo sistema fueron fusilados. El propio dictador asumía la tarea de firmar las sentencias de muerte y, como gustaban de decir sus orgullosos adláteres, «sin que le temblara el pulso».
En esa España atemorizada y convertida en un páramo intelectual asomó a la vida mi generación. Y en ella se forjaron nuestra infancia y nuestra adolescencia.
Pero en los años setenta del pasado siglo, por el impulso del desarrollo económico y por el empuje cultural que se vivía en España, la rebelión de mi quinta se hizo imparable y desbordó las barreras del franquismo. Vencimos.
Ése ha sido el recorrido de la historia de mi vida y de mi gente.
Pese al franquismo, mi infancia, por lo general, no resultó del todo infeliz, como tampoco la mayor parte de mi existencia. No puedo quejarme, ciertamente. Y creo que, aunque hay acontecimientos que no me apetece demasiado revivir, ello se lo debo en buena parte a mis padres. A pesar de todos sus defectos y errores, que fueron muchos, compartían algo muy hermoso: eran alegres y muy niñeros. Gracias a ellos, mis hermanos y yo somos casi todos gente jaranera.
Mi padre se llamaba Jesús Martínez Tessier, había nacido en Valladolid en enero de 1915 pero, siendo muy pequeño, la familia se trasladó a Madrid por razones políticas. Mi abuelo, nacido en 1878 en un pequeño pueblo riojano, Aguilar del Río Alhama, se instaló en Valladolid de joven, en donde trabajaba en un periódico como linotipista —un oficio ya desaparecido con el fin de la imprenta tradicional— y ejercía como dirigente provincial de la UGT de la sección de Artes Gráficas, en los tiempos en que este sindicato era radicalmente marxista. Durante una huelga, en 1916, fue apresado y condenado a muerte en un juicio contra los principales líderes obreros de la protesta. Quienes le conocían, según me contó una de mis tías, afirmaban que «a Mariano Martínez Camino, si le dejaban hablar, no había ya quien le matara», no sé si por su extraordinaria retórica o porque les aburría hasta agotarles (he tenido familiares que poseen una u otra cualidad). Y los jueces cometieron el error de dejarle defenderse una segunda vez. El resultado fue que la pena capital se le conmutó por la de destierro. Así que, a los seis meses de edad, mi progenitor ya estaba en Madrid, junto con mi abuela y sus tres hermanos mayores, Daniel, Araceli y Amelia, mientras que el quinto vástago, mi tía Pilar, nacería en la capital. Al año y medio de llegar a la ciudad, Mariano murió de un infarto. Al pobre no le dio tiempo a celebrar el triunfo de la Revolución rusa de octubre de 1917. Guardo una foto de él, con grandes mostachos oscuros y mirada viva, y un texto de dos hojas que tituló «Detalles de la familia», en el que anotó minuciosamente, con letra elegante y excelente sintaxis, las fechas de su nacimiento y el de su esposa, además de las de los padres de ambos y de sus hijos. Por ese pequeño documento sé que mi padre vino al mundo en el número 14 de la calle vallisoletana de San Isidro, en enero de 1915.
Mi abuela, Carmen Clotilde Tessier, había nacido en Francia en enero de 1880, en el pueblo bretón de Villedieusur-Indre, pero se crio en París. Sus orígenes tenían puntos oscuros para la época. Su padre y bisabuelo mío, Leopoldo Tessier, en origen carpintero, consiguió convertirse en un artista algo bohemio, virtuoso del violín, que según sospecho mantenía dos familias: una, la oficial, con una esposa francesa cuyo nombre ignoro, y la otra, extramarital, con mi bisabuela Carmen Tinoco, una malagueña que, por razones que desconozco, de joven se fue a vivir a París: siempre he querido pensar que era bailarina en un cabaret. Clotilde tuvo un hermano del que no sé nada, salvo el nombre: Federico. En cuanto al violinista Leopoldo, no olvidó a la malagueña, que suelen ser más sandungueras que las parisinas, pues, según cuenta mi padre en su libro póstumo Soldado de poca fortuna, siendo un niño y cuando vivía con sus hermanos y su madre bastante pobremente, todos los meses recibían la visita de un tío suyo —un hermanastro de Clotilde, probablemente, llamado Leopoldo— que dejaba algo de dinero a mi abuela. Con ese estipendio, la familia sobrevivió a duras penas y los chicos pudieron tener estudios elementales. Mi tercer apellido es Tessier.
A Clotilde, que murió en abril de 1958, todos sus hijos la querían con locura, y creo que más que ninguno mi padre, que la veneraba. Era una mujer pequeña, digna y serena, de ojos negros, muy vivos y profundos, rostro enérgico, dulce cuando sonreía o te daba un beso liviano, muy baja de estatura y dotada de una enorme personalidad. Los nietos la llamábamos «la abuelita chiquitita». A su lado yo me sentía seguro, más que con nadie, pues la adoraba y estaba convencido de ser su nieto favorito. Sin darme cuenta, creo que con Clotilde aprendí a respetar inmensamente a las mujeres. Cuando mi padre nos llevó a mí y a mis hermanos para despedirnos de ella en su lecho de muerte (no nos lo dijo así), yo tenía trece años y me di perfecta cuenta de que era la última ocasión en que iba a verla con vida. Era la primera vez que lloré por alguien querido que moría.
Mis tías y mi padre recordaban (mi tío Daniel falleció joven y le conocí muy poco) que, en las noches frías y con poca comida, en las viviendas humildes en donde mi abuela encontraba alojamiento —se mudaba mucho de barrio—, Clotilde les alegraba la vida y, para hacerles olvidar la escasez, les enseñaba canciones. Muchas las recuerdo todavía y la mayoría eran insólitas, surrealistas, sacadas de quién sabe dónde.
Hay una que fue siempre una suerte de himno familiar para mis hermanos y mis primos paternos, los hijos de Pilar. La letra dice así:
Como era tuerta y patituerta
porque a su padre no conoció,
él la quería, la acariciaba
y la adoraba con todo amor.
(Estribillo)
Yo, a ti, jamás te olvidaré:
eres un vividor, nunca te he podido ver.
Podría ser que los versos del estribillo hubieran sido compuestos por mi bisabuela Carmen, la malagueña, harta de las jugarretas del frívolo violinista Leopoldo Tessier.
Por cierto que, como gran hazaña de mi bisabuela, se cuenta que, en una ocasión, viajó desde Madrid hasta París andando para cumplir una penitencia. Imagino que su pecado no podía ser otro que haberse encamado con un músico francés con el que no estaba casada.
Mi madre nació en Murcia en enero de 1917 y se llamaba Josefa Reverte Ferro. Pero odiaba el nombre y lo cambió rápidamente, en el trato, por Josefina, Fina o la Pepa. También se trasladó muy joven a Madrid, con poco menos de seis años, aunque siempre se enorgulleció de sus orígenes levantinos. Su padre, Manuel Reverte Castillo, que comenzó estudiando para marino, en Murcia había dirigido siendo muy joven el periódico El Tiempo, mientras hacía pinitos como actor en el teatro Romea. En 1919 le contrató el ABC de Madrid, adonde se trasladó para escribir crónicas taurinas, críticas de teatro y, ocasionalmente, para realizar trabajos de reportero o comentarios de política internacional; era, por lo que se ve, lo que en el mundo de la prensa se llamaba entonces un todoterreno. Mi familia materna estaba muy orgullosa de que el rey Alfonso XIII le reconociese siempre entre los periodistas si acudía a algún acto oficial como cronista —quizá le veía el primero, porque mi abuelo era muy alto— y le llamara cariñosamente «Revertito». Yo, cuando fui informador, conocí bastante al rey Juan Carlos I y, si me hubiese llamado como su abuelo al mío, le hubiera respondido tildándole de «Borboncito». No hubo caso.
De modo que tuve dos abuelos bien distintos: uno, bajito y marxista, y el otro, alto y monárquico. Los dos, eso sí, dominaban el arte de la retórica.
Al principio de la Guerra Civil, mi abuelo Manuel, sin otro delito que ser un hombre de derechas, fue encerrado en la cárcel de Porlier, en donde permaneció unas semanas. Durante una «saca» de presos estuvo a punto de ser llevado a Paracuellos del Jarama y fusilado junto su hijo Manolo, hermano de mi madre, y también encarcelado en Porlier. Por fortuna, un miliciano amigo de mi tío le reconoció en el camión que iba a llevárselos a los dos y ordenó que los bajaran, salvándoles la vida. Libres, ambos volvieron a casa. Y Manolo fue movilizado poco después, integrado en las filas republicanas, a las órdenes del entonces famoso Valentín González «el Campesino». Las guerras crean situaciones surrealistas.
Hace unos años, un tal César Vidal publicó, entre los miles o quizá millones de libros de los que es autor —creo que tiene incluso editadas una guía de teléfonos y una antología de los mejores textos del Boletín Oficial del Estado—, uno dedicado a las víctimas del llamado «terror rojo». En la lista de muertos que ofrecía a los lectores figuraban mi tío Manolo y una hermana de mi abuelo, María, prisionera durante un tiempo en una cárcel de mujeres. Lo cierto es que ambos sobrevivieron varios años a la guerra y mi primo Manuel —heredero del nombre de nuestro abuelo y de su padre—, que es un gran lector y un hombre de creencias conservadoras, gusta de bromear y reírse diciendo que a su padre lo mató un escritor: un tal César Vidal.
Con el fin de la contienda, Manuel Reverte volvió al ABC, a los teatros y a las corridas de toros. Y se le ocurrió escribir un libro sobre la Segunda Guerra Mundial según el conflicto se iba desarrollando, una suerte de lo que hoy podría llamarse instant book. El trabajo se editó en tres tomos, de los que yo conservo el primero y el último, y que, la verdad, no he leído completos porque me resultan algo pesados. Pero recuerdo que el primero, publicado en 1940, era abiertamente partidario del eje italo-alemán, mientras que el último, poco después de terminar la guerra, era resueltamente proaliado. Muy periodístico todo, en el sentido del periodismo entendido a la española.
Mi abuelo materno murió en octubre de 1945, a los sesenta y cuatro años, poco después de concluir la Segunda Guerra Mundial, de un ataque al corazón. Creo que era muy querido en la redacción de ABC, en donde llegó a ocupar el cargo de redactor-jefe de ediciones, que ignoro lo que significa.
Como diría mi primo Manuel, el hijo de mi tío Manolo, que es aficionado a indagar en el pasado familiar, mi abuelo Manuel Reverte «casó» con Juana Ferro Soro, hija de un genovés y de una murciana. Los antepasados de los Ferro eran condes o algo parecido y grandes terratenientes en la zona del campo de Cartagena, adonde por lo visto habían emigrado muchos italianos venidos de Génova desde el siglo XVI. De hecho, hay un pueblo en la región que se llama Lo Ferro, que era la finca principal de mis ancestros, en donde se levanta todavía su casa solariega. Hay algunos Ferros enterrados en un panteón de su cementerio y creo que parte de las tierras —no sé la razón— pertenecen hoy a la Universidad de Murcia. Todos los años se celebra en la localidad un festival de cante flamenco. Mi cuarto apellido es Ferro. De modo que tengo ancestros castellanos, levantinos, bretones y genoveses, además de algunas gotas de sangre andaluza y riojana. Soy, pues, un «mil leches» madrileño; en suma, una especie de perro callejero. Eso significa que poseo sobradas razones para sentirme indiferente ante el nacionalismo.
Juana no tenía nada que ver con Clotilde, eran como el huevo y la castaña. Al morir mi abuelo Manuel, cuando yo tenía un año, Juana se vino a vivir con mis padres y mi infancia transcurrió junto a ella. En aquellos años, las familias acogían a las tías solteras y a las madres y suegras viudas, y era habitual que cada núcleo familiar contara con una o dos de estas mujeres. Los hombres constituían un caso mucho más raro: si no eran de derechas, o bien habían muerto en la guerra, o estaban en la cárcel o en el exilio, o pudriéndose con sus familias miserables en los arrabales. No recuerdo abuelos viudos o tíos solteros acogidos por sus parientes.
Aquellas relaciones familiares podrían ser tildadas de mucho más solidarias que las actuales. También era algo tradicionalmente muy español, como lo es en las sociedades poco desarrolladas, en las que ayudar al otro no es una cuestión de generosidad de ánimo, sino de supervivencia, ya que si tú echas una mano al vecino, algún día, se supone, él te devolverá el gesto. Los clásicos lo llamaban la virtud de la hospitalidad.
Pero esas situaciones, por otra parte, producían odios, frustraciones y amarguras que hacían de los hogares, a menudo, lugares infelices. Siempre he pensado que nunca seré un viejo acogido por los míos: si llega el caso, estoy solo y tengo algo de dinero, me pagaré una residencia; y si no tengo medios, subiré a lo alto de un monte a dejarme morir de frío. Dicen que es el más dulce final.
Juana me detestaba y yo le correspondía con la misma moneda. Era una mujer seria, de alto moño, casi siempre vestida de negro y sospecho que infinitamente triste y carente casi por completo de inteligencia. No cantaba, no recuerdo de ella una sola sonrisa, era beata hasta aburrir y creo que sólo se divertía en los entierros. No soportaba a mi padre y mi padre no podía verla ni en pintura; pero la costumbre y los hábitos de la época que he mencionado los obligaban a convivir con el odio. A pesar de ella y gracias a Clotilde, mi respeto hacia las mujeres permaneció y permanece vivo. Juana murió con noventa y cuatro años, en 1987, y no creo necesario hablar mucho más de ella. Su madre, Luisa, mi bisabuela, a quien recuerdo vagamente con el pelo teñido de colorado, había muerto con ciento uno. Según me contó una vez mi encantadora tía segunda Angelita, prima hermana de mi madre por la rama de mi abuelo Manuel, entre los Ferro eran frecuentes las mujeres locas.
Manuel y Juana tuvieron tres hijos: María Luisa, la mayor; Manuel, el segundo, y Josefa, mi madre, la tercera.
Para terminar de hablar de ascendencia y parentescos, diré que, de los hijos de Clotilde y Mariano, Daniel casó con Julia Sánchez y tuvo tres hijos: Jesús, un tipo alegre y divertido, que murió demasiado joven; Mariví, que era muy guapa, y Juan Antonio, al que perdí de vista casi desde la adolescencia. Mi padre, ya lo he contado, tuvo seis, que fuimos: yo, el primero, seguido de José Manuel, Jorge, Cristina, Isabel y María José. Y la tercera hija, Pilar, casó con Antonio Castro y tuvo tres hijos, mis primos: Mari Celi, que murió hace poco afectada por la pandemia del coronavirus, Antonio y María Elena. Mis tías Araceli y Amelia, hermanas de mi padre, permanecieron solteras y vivieron siempre en casa de Antonio y Pilar. Tenían trabajo y ayudaban a sacar adelante la casa. Amelia era muy antipática y creo que estaba algo grillada, pero Araceli era una mujer maravillosa y casi desempeñó para mí, en ocasiones, el papel de segunda madre.
Tuve varios tíos y tías, todos ya desaparecidos, y numerosos primos, muchos de los cuales ya han muerto a estas alturas: Fernando, Juan Manuel, Luis, Jesús, Mari Celi y María Reyes, que padecía el síndrome de Down. Juan Manuel, que era cámara de TVE y enviado especial, se libró por los pelos de que le mataran en la guerra de Vietnam y en la de la independencia del Congo, y fue a morir en un pueblo manchego de un bobo accidente de coche en 1981, cuando tenía treinta y cinco años. Fernando, que falleció a finales de 2018, fue mi gran amigo de la infancia: con él planeé a menudo fugas a África, al Oriente y a Alaska en busca de aventuras. Al final, ya entrado en años, me fui solo. Manolo ha sido y es todavía uno de mis primos más próximos.
Un dato curioso sobre este paseo por mis orígenes. He contado antes que mi abuelo materno fue periodista y que el paterno trabajó como linotipista en los talleres de un periódico. De la generación siguiente, además de mi padre, mis tíos Daniel, Manuel y Fernando fueron periodistas. Y ese mismo fue el trabajo de mis primos Jesús, Luis y Juan Manuel. A ellos hay que añadir a mis hermanos Jorge e Isabel y a mí mismo. Por alguna razón que ignoro, la tradición ha quedado rota y en la generación siguiente no hay un solo periodista. Cuando esto escribo, a excepción de Jorge, Isabel y yo, que ya nos hemos jubilado, todos los otros están muertos.
2
Los míos
Además del frío de la posguerra en una ciudad en la que apenas había calefacciones, yo recuerdo mi niñez como un tiempo de adultos amargados, enfadados por lo general a todas horas y, en su mayoría, tristes y doblegados por la desdicha. Los míos más cercanos no eran así, sino todo lo contrario, lo que no quiere decir que no hubieran pasado también las de Caín: en particular, como ya he dicho, mi padre, quien, junto a una infancia de extrema escasez, había tenido que combatir en dos guerras. De modo que, en cierta manera, éramos la envidia de la mayor parte de mis amigos y de mis primos por algo, en apariencia tan sencillo, como disfrutar de la alegría en días de desánimo.
Yo admiré a mi padre, de niño y de adolescente, a ojos cerrados, sin asomo de duda, tanto como un hombre es capaz de admirar a otro. En la juventud traté de mirarle con ojos críticos, pero no lo logré más que en muy pequeña medida. Hoy, todavía venero su memoria después de los veinticinco años que han transcurrido desde que murió. Su voz alegre y pausada, así como el sonido de su risa, están firmemente hincados en mis oídos y en mi alma, como las de mis amigos que se fueron, tantos ya... Resulta curioso: soy capaz de olvidar los rostros de quienes ya no están, pero nunca su habla o su manera de reír.
Mi padre era un hombre muy singular. Casi siempre tenía una sonrisa en la boca y muy pocas veces se tomaba algo en serio. Le gustaba bromear en todo momento y la vida le parecía un escenario en donde era mejor disfrutar que llorar. Había participado en dos conflictos bélicos, como he contado, pero siempre se lo tomaba a guasa: «Nunca más me van a contratar de soldado, porque fui a dos guerras y las perdí». Y se burlaba con frecuencia de la retórica militarista de la época franquista. «Yo ya he muerto demasiadas veces por mi patria», decía.
Era muy parco en caprichos, pero gastaba en trajes, zapatos y corbatas todo cuanto le sobraba. Y más que ninguna otra cosa, le gustaban las mujeres. «El pudor es una virtud que los hombres creemos que poseen ellas», afirmaba.
Y adoraba a los niños y a los jóvenes, en tanto que casi siempre ignoraba a los adultos (no tanto a las adultas). En todas las celebraciones familiares —en mi casa o en la de cualquiera de mis tíos— huía de los mayores, que charlaban con seriedad de sus asuntos en alguna sala, y se reunía a jugar con los críos: mis primos y mis hermanos. Yo presumía de padre delante de todos ellos. Cada cumpleaños o comunión o bautizo, se venía con nosotros a inventar emocionantes diversiones: el escondite, por ejemplo; o buscar monedas de una peseta que había ocultado antes (una para cada chaval), o imitar voces de animales, hacer burla de los grandes...
Era elegante, caballeroso, no hablaba jamás de cuestiones fisiológicas y no decía nunca una palabra considerada malsonante o gruesa. «¿Para qué emplear términos rudos y palabrotas si nuestro idioma es rico en expresiones refinadas?» Andaba derecho como una vara, lo que le hacía parecer un hombre más alto de su 1,75 de estatura. Y nunca le vi despeinado, ni siquiera en la piscina. Como apenas sabía nadar, se movía en el agua en la zona en donde no cubría, con la cabeza fuera, apoyando un pie en el fondo y su pelo negro de sienes canosas brillando al sol, liso y peinado siempre hacia atrás. Era elegante incluso en lo que ignoraba.
Sin duda resultaba un hombre atractivo para las mujeres. Porque, además, las piropeaba constantemente, las lisonjeaba tuvieran la edad que tuvieran y extremaba su cortesía con ellas. «¿Quieres que te sigan las mujeres? Pues haz caso de Quevedo: ponte delante», me decía en ocasiones. Y a menudo me aconsejaba el mejor método, según él, para ligar, dicho en la única frase que yo creo que sabía en lengua francesa: «Femme que rit, femme au lit». Cuando empecé a salir con chicas, me recomendaba sitios refinados a los que llevarlas y me daba dinero para que les comprase una flor. Supongo que algunas se reían de mí, por aquello que cantaba Javier Krahe: «Y yo allí con mi flor hecho un gilipollas, madre». Y, desde luego, nunca lograba lo que la estrategia de mi padre prometía.
Era un ávido lector de los clásicos españoles y, entre ellos, de Cervantes. Y el primer libro que me regaló, con nueve o diez años, fue una edición infantil de la Odisea. Cuando cumplí los doce, me dio el original homérico, pero me advirtió: «Sáltate los cuatro primeros cantos; son un rollo, sólo les gustan a los especialistas. Y empieza a leer cuando Ulises cuenta su viaje». Fue un estupendo consejo, sin duda.
También le fascinaba la poesía y sabía muchos versos de memoria. Sus favoritos entre los vates eran Quevedo y Lorca. Pero no desdeñaba poemas menores siempre que sonaran bien rimados, como «Diligencia de Carmona», de Fernando Villalón, que se refería a Los Siete Niños de Écija, una cuadrilla de bandoleros capitaneada por un tal Luis de Vargas, famosa banda en el siglo XVIII. El poema concluía con estas palabras: «... Echa vino, montañés, / que lo paga Luis de Vargas, / el que socorre a los pobres / y a los ricos avasalla».
Claro está que, puesto que era un bromista, mi padre trucaba el final de verso, diciendo: «el que socorre a los ricos y a los pobres avasalla». Como el exministro de Hacienda Cristóbal Montoro, originario de sierras de trabucos.
Su humor tenía un punto de surrealismo, extraído quién sabe de dónde. Recuerdo que, a veces, cuando alguien trataba de explicar largamente, dando muchos rodeos, algún tipo de historia o de reflexión, le cortaba y decía muy serio: «A lo que estamos, Fernanda». Me enseñó, pues, a ser sintético y a no convertirme en un pesado, una tendencia tan humana como habitual. Ese surrealismo suyo le llevaba en ocasiones al absurdo. Cuando yo era un niño, solía llamarme «Chiti Cañamones, campeón de Valladolid». Vete a saber por qué.
Otra de sus bromas consistía en atarnos a los niños a una silla —livianamente— y recitarnos un verso que le parecía horroroso y a nosotros también: «El Piyayo», de José Carlos de Luna. Mientras los niños pataleábamos y aullábamos fingiendo dolor y espanto, él recitaba el poema entero, que era muy largo. El principio decía:
¿Tú conoces al Piyayo,
un viejecillo renegro, reseco y chicuelo;
la mirada de gallo
pendenciero
y hocico de raposo
tiñoso
que pide limosna por «tangos»
y maldice cantando «fandangos»
gangosos?
¡A chufla lo toma la gente,
y a mí me da pena
y me causa un respeto imponente!...
Para él, lo esencial en los hombres era su valentía. Pero no se refería a un valor físico, sino al coraje para vivir y para enfrentarse a lo injusto. Tenía algo de Quijote. Le abochornaban la mala educación y el mal gusto. En mi casa nunca se hablaba de ir al váter y los verbos referidos a la micción y la defecación no existían.
Murió en 1995 y todavía siento un nudo en la garganta cuando le recuerdo, que es todos los días.
Hace unos años, le dediqué una elegía en uno de mis libros de versos. Ahí va:
I
No he aceptado que has muerto, viejo tunante.
Y me queda el consuelo del sueño de las siestas:
que te has ido de viaje y pronto estás de vuelta.
¡Ah, cara de niño pícaro al mirar de soslayo!,
como si lo supieras todo,
sabiendo que sabías
que nadie sabe nada.
Siempre sueño, en la tarde,
que apareces de pronto
sin advertirlo a nadie,
cargado de sonrisas,
con tu mirada de oro
y con tu voz que brota
como surgía la risa de mi infancia
cuando estaba a tu lado
buscando mariposas, libélulas y truchas
en las charcas de un río al pie del Guadarrama:
aquellos arroyuelos perdidos en la sierra,
cumbres de blanco y negro en postguerras de hambre
que tú hacías alegres.
Creías en los niños, sólo en ellos.
Y ellos te admiraban.
Asomabas de pronto,
a todos nos besabas:
el primer beso, el mío,
lo digo aún con orgullo.
Y cantando, cantando a toda hora.
II
Pocas veces el mundo alcanzó a ser tan cálido
como los días en que tú lo habitabas.
¡Ah, padre mío! Veladas luminosas,
canciones sin sentido,
tus miradas de seda
sobre la bulla disparatada de los niños.
¡Ah, gran tunante!
Esa sonrisa tuya, invulnerable.
Hace ya veinte años que no estás a mi lado
y el mundo me parece una fiera crecida
en ausencia de risas y alegría.
Si te llegó la muerte a su debido tiempo,
a los ochenta años,
