Canción de amor definitiva

Jorge Martí Aguas

Fragmento

Declaración de intenciones

Declaración de intenciones

¿Ser honesto es engañarse a uno mismo? ¿Hasta qué punto uno puede contar la verdad y nada más que la verdad? ¿Se puede decir hasta la última palabra y llegar hasta las últimas consecuencias cuando lo que vas a contar puede implicar a terceras personas? Todas estas dudas me asaltan cuando decido adentrarme en asuntos que me producen una gran aflicción. No quiero dar protagonismo a quienes me la provocan. No quiero ajustar cuentas ni convertir este libro en una retahíla de reproches y quejas. Cuando leí la autobiografía de Morrissey sentí cierta lástima de que su rencor respecto a algunos episodios de su carrera empañara una historia única y excepcional. Sí, todos hemos tenido nuestros más y nuestros menos, y, acertadamente o no, hemos intentado que nuestra razón y nuestras convicciones prevalecieran por encima de las de los demás, pero uno se pregunta a veces si el mal y la mala intención anidan innatas en el corazón de algunos sujetos. Una cosa es hacer daño sin querer y otra es hacerlo intencionadamente. No puedo pasar de puntillas por episodios que no dejan de sangrar. Hablo con Xoel López y me dice que lo deje estar. Me gusta lo que casi me susurra con su cariñoso acento gallego. Sus dulces palabras sanadoras las interpreto a mi manera. Como si un niño negara la existencia de los fantasmas que le acechan en la noche y los ahuyentara espetándoles a la cara: «Desapareced, marchaos de aquí, no creo en vosotros». Es una posibilidad. Tal vez así se esfumen. No en vano viven de nosotros. Algunos incluso se alimentan de su odio y su rencor: «Don’t feed the troll» sería el resumen en nuestros días. Hablo con Iván Ferreiro y él es más vehemente: «Acabemos con esa gente que no respeta la música ni a los que la crean». A las barricadas siempre, Iván. Miren Tulsa, angustiada porque las injusticias son de por vida, se levanta y sentencia: «No pasarán». ¿Qué me diría Antonio Luque? ¿«Si no puedes con ellos únete a ellos», tal vez? Richi Vicente, afincado en Florida, filosofa con certeros textos de rapero de vuelta de todo y nos invita a expresar lo que sentimos que es verdad y nos representa con flow. Alberto de Viva Suecia, cheque en mano, compra su libertad. Rodrigo de Triángulo se desgañita con rabia porque le han robado su tiempo y su dinero, y mi querido Deu Txakartegi, exhausto, se queda tendido on the floor porque le han arrancado su gran corazón con forma de sueño.

En casa de mis padres me encuentro con algunas cajas llenas de polvo y viejos papeles enmohecidos que revelan el paso del tiempo. Hay textos de mi puño y letra, viejas canciones, algunas de las cuales se han convertido en clásicos de La Habitación Roja. Correos electrónicos impresos que nos enviábamos Pau y yo desde cuentas de correo ajenas porque por aquel entonces nosotros ni siquiera teníamos. Soy consciente del paso de los años, y de la ilusión y el empeño dedicados a construir un futuro ligado a la música y la composición de canciones. Me asombra el entusiasmo que destilan ciertos escritos, el tesón que subyace en cada hoja de papel manuscrito. Inocencia, juventud y ríos de tinta, ahora desvaída, que trataban de aglutinar la pasión desenfrenada del amor y las ganas de crear una realidad paralela brillante, llena de utopías.

Toda esa energía, suficiente para dar varias vueltas al mundo con una guitarra colgada al cuello, será fagocitada por gente que no tiene el menor de los escrúpulos. Y no, no pretendo generalizar, pero ay de ti si el destino te junta con la persona equivocada y no te das cuenta, hasta que los años te sepultan, de que has entregado lo mejor de tu vida y tu talento al peor postor. Obviamente, el público y la gente que te siente, te quiere y te respeta estará de tu parte. Has intentado ser siempre justo y honesto, y otros se lo están llevando crudo por los siglos de los siglos.

Te abres en canal, vas a tumba abierta, te juegas la vida en la carretera y alguien, desde su cómoda silla ergonómica de despacho con pretensiones ejecutivas, te hace saber que tu entrega nunca es suficiente, mientras agita ante ti con su amenazante palo aleccionador una zanahoria a la que jamás podrás hincarle el diente. Me asombra lo confiados e infantiles que podemos llegar a ser los músicos. Nos dibujan un castillo en el aire y se nos antoja plausible y lo creemos a nuestro alcance solo a base de talento y tesón. Luego la realidad nos muestra que no hay piedad para los inconscientes, ni abogados que uno se pueda costear para deshacer lo firmado entre risas en un camerino rebosante de sudor, cervezas y gin-tonics y el furor de un concierto que ha terminado felizmente. De estos finales felices, estos principios desdichados. De repente, una mano que consideras amiga desliza ante tus narices un contrato que tú crees inofensivo e inerte y estampas tu firma sin leer no ya la letra pequeña, ni siquiera la grande, porque la persona que maneja tus designios te dice que te ha conseguido, o «concedido», según los casos, lo mejor a lo que podrías aspirar. Y ahí dejas tu garabato, y con él legas los mejores años de tu vida y tus sentimientos más íntimos a alguien que más tarde descubres que carecía de escrúpulos. Entonas el mea culpa de tu irresponsabilidad de dimensiones inimaginables cuando ya es tarde y, horrorizado, te das cuenta de que como cantaban The Smiths en «Paint a Vulgar Picture»: «…you could have said no / If you’d wanted to. / You could have walked away… / Couldn’t you?».[1]

¿Cómo es posible que ese error se repita una y otra vez a lo largo de la historia? Que en la necesidad se conoce la amistad es algo tan viejo como la humanidad, y no siempre esa mano amiga que se presenta cuando escasea la abundancia es tal cosa. Los grupos de música son conjuntos imperfectos y desestructurados de los que pueden surgir el caos más maravilloso y la magia más cautivadora, pero casi nunca he visto, por no decir nunca, que posean la virtud de la eficiencia y la buena administración.

Varias veces firmamos contratos a lo largo de nuestra carrera y nunca nos asesoramos más allá del endeble consejo de mantequilla de personas que, o no tenían ni pajolera idea de lo que nos jugábamos, o simplemente eran arte y parte y tenían espurios y ocultos intereses en que nuestras firmas acabaran garabateadas en un papel. Su papel, claro está. Uno echa la vista atrás y siente hasta vergüenza por haber sido tan ingenuo, pero, por otra parte, esa ingenuidad es parte de la pureza con la que hemos afrontado cada uno de nuestros pasos. Gracias a esa ingenuidad estábamos dispuestos a embarcarnos en batallas contra gigantes que no eran sino molinos con cuyas ruedas jamás habríamos comulgado conscientemente. El desgaste y el esfuerzo titánico de recorrer todos los antros de esta España nuestra, y también de América, jamás despertará la menor de las empatías en ciertas personas. La inmaculada ilusión contra la codicia de los ladrones de guante blanco que se hacen pasar por tus aliados. Pero eso lo descubres demasiado tarde, cuando cae la noche y los focos no se encienden porque ni siquiera está ya permitido que lo hagan.

No había plan más allá de registrar nuestras canciones y verlas plastificadas en discos de los de verdad, como los que nos comprábamos de chavales y a los que nos aferrábamos con lealtad y devoción. Una vez en nuestras manos, tan solo cerrando los ojos acariciábamos la idea de salir a ese lejano escenario mitificado, imaginando viajes eternos a través de carreteras infinitas, sonando en emisoras de alcance estatal donde las voces de los locutores se amplifican con las ondas hertzianas tanto como nuestras canciones podrían haberlo hecho, de darse el espejismo del éxito fugaz y pasajero. Al encuentro, como hemos ido siempre, de cuantos quisieran escucharnos cantar o tocar en vivo, hoy decenas, mañana centenas, pasado miles, hasta despertarnos sorprendidos y solitarios, abandonados en la estacada, presas de las gigantes arañas que, como a Robert Smith en «Lullaby», nos perseguirán hasta el fin de los tiempos. Miedos ancestrales de músico ambulante.

0. Aún recuerdo esa mirada, nadie me igual

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Aún recuerdo esa mirada, nadie me ha mirado igual

Es la noche del sábado 2 de marzo de 1996, tengo veintitrés años y está a punto de ocurrirme lo que cuenta esa bonita canción de Pulp titulada «Something Changed». Podría estar en otro lugar, pero me encuentro en Molde, Noruega.

Molde es una pequeña ciudad de la costa oeste del país que está rodeada de montañas y fiordos imponentes. He llegado hasta aquí por los azares del destino con una beca Erasmus y me encuentro callejeando junto con un par de chicas de Barcelona, unos estudiantes holandeses que acabo de conocer y algunas jóvenes locales que se nos han unido y nos hacen de cicerones. Es la semana de bienvenida para los que empezamos el curso este semestre, y hay varias fiestas programadas. Es la primera vez que salimos por la ciudad. Aunque he de decir que para mí más bien es un pueblo, pues aunque tiene aeropuerto y varias escuelas universitarias, no es mucho más grande que L’Eliana, la población de la que yo provengo.

La «ciudad», como llaman al centro, la forman apenas unas cuantas calles sin demasiado glamour. La mayoría de los edificios, austeros e insípidos, se construyeron después de que los nazis arrasaran con sus bombardeos Molde a principios de la Segunda Guerra Mundial. Por los bosques de los alrededores se escondió el entonces rey de Noruega, Haakon VII, de los envites del ejército invasor en su huida hacia Inglaterra.

Solo las imponentes vistas al fiordo dotan a la ciudad de un halo de magnificencia y magnetismo que seduce sin pestañear. Parece que el agua salada de los fiordos, ese mar que penetra en la tierra y baña valles y costas, va a salirse de su lecho e invadir el asfalto gris, que contrasta con el blanco de la nieve acumulada en las montañas y algunos restos de la misma amontonados en las esquinas.

Callejeo junto a mis nuevos compañeros Erasmus buscando algún local en el que cobijarnos del frío y compartir unas cervezas. Hacemos cola en una especie de discoteca de nombre Ludvig, la cual ocupa la segunda planta de un edificio insulso. Torill, una de las noruegas que nos acompañan, se para a saludar a una conocida nada más entrar al local. Es una chica rubia, muy guapa, de facciones nórdicas, alta, con ojos grandes, largas pestañas y una sonrisa cautivadora. Mientras hablan, me hago a un lado y me quedo contemplándola con la extraña sensación de haberla visto antes. Su cara me es familiar y no puedo dejar de mirarla preguntándome dónde puede haber sido. De pronto, veo que ella se ha dado cuenta de que la estoy observando sin disimulo, de manera que nuestras miradas se cruzan y una leve sonrisa asoma en sus labios, sutil, pero al mismo tiempo reveladora. Mis amigos holandeses dicen que cambiemos de bar. Accedo a regañadientes. En el siguiente local, pedimos unas cervezas y la gente empieza a hablar de sus cosas, aunque yo no consigo integrarme en ninguna de las conversaciones. Mi cabeza se ha quedado enganchada en la mirada de la chica del Ludvig y me planteo la posibilidad de volver allí por mi cuenta y riesgo. Pasados unos minutos de vacilación, les digo a mis compañeros de velada que vuelvo al otro local para comprobar «una cosa» y que nos veremos más tarde. Encamino mis pasos hacia el bar con nombre de músico, o tal vez de gato, un bar que ya no existe y que hoy, si no me equivoco, es un simple almacén de comestibles. Espero que guarde las mercancías a buen recaudo, porque ahí tengo algunos de mis recuerdos más preciados. La chica sigue en el mismo lugar, charlando con sus conocidos, y al instante se percata de mi vuelta. Me quedo otra vez cerca de ella, mirándola fijamente a los ojos, y me corresponde con una nueva sonrisa. Me estremezco y aparto la mirada de golpe intentando disimular. Me dirijo hacia el fondo del local, perdido en una especie de sueño, deslizándome como un fantasma entre la muchedumbre. Recorro el local aturdido, pasando desapercibido entre el jolgorio y los bailes del personal, ya borracho a estas alturas de la noche. Pienso para mis adentros si seré capaz de armarme de valor y hablar con ella: «¿Me ha sonreído a mí o me estoy imaginando algo que no es?».

Decido regresar a la entrada tras esa especie de vuelta al ruedo anónima y me dirijo a donde se encuentra la chica, que me sonríe otra vez, ahora de manera más flagrante y concreta, a lo cual yo correspondo, no sin cierta sorpresa. «No es cosa de mi imaginación», me digo. Doy una segunda vuelta al local con cierto temblor en las piernas parapetado tras una mueca que alberga inocencia e ilusión, esperando que ésta no me delate y eche a perder el cortejo que parece que hemos establecido. «¿Me estaré viniendo demasiado arriba? ¿En realidad existe un atisbo de reciprocidad?». Paso de nuevo delante de ella y, de repente, siento una fuerza y una atracción irrefrenables, así que, haciéndole un quiebro al destino, me desvío de mi camino y encaro nuestro encuentro con la ilusión de un principiante que nunca ha conocido la derrota. Inocencia y juventud, divinos y efímeros tesoros. Reparo entonces en que lleva un vestido vintage que me recuerda a los trajes de época que llevan las damas de los cuadros de Madame Le Brun. Parece como salida de María Antonieta, la película de Sofia Coppola que interpretaba Kirsten Dunst. La observo de arriba abajo y me detengo en su singular calzado. Siempre me fijo en el calzado, porque creo que define bastante el estilo y la personalidad de la gente. Compruebo que el suyo va a juego con el vestido: unos zapatos negros con una gran hebilla metálica en el empeine a modo de broche y con un tacón ancho, más bien alto. Lleva el pelo teñido de rubio platino. Hasta ahora no he sido consciente de que en conjunto es ciertamente extravagante, pero el embrujo del momento me hace caer hechizado ante tal atrezo y no le doy la menor importancia. En realidad me parece especial y me siento parte de la escena.

La arrincono apoyando uno de mis brazos en la pared y ella se dirige a mí en noruego. No sé lo que dice, así que le contesto en inglés y le digo que no hablo su idioma.

Ella sonríe de nuevo y me mira de una manera que ya sé a ciencia cierta que me inspirará para escribir montones de canciones. Tal vez estoy exagerando, pero seguro que al menos una sí que saldrá de este encuentro al filo de la medianoche. En ese instante creo que nunca nadie me ha mirado igual. Hablamos y el tiempo se detiene. He bebido algo, pero tampoco demasiado. Aun así, me invade una sensación profundamente embriagadora.

—¿Y tú de dónde has salido? ¿Eres amigo de Torill?

—No, la he conocido esta noche. No soy de aquí. Soy extranjero, de España, y es la primera vez que salgo en Noruega.

—Pues yo creo que te he visto antes en algún lugar.

—¡Qué raro! Tú a mí también me suenas. Tu cara me es familiar, pero supongo que será porque te pareces a alguien.

—¿Y cómo has venido a parar a un sitio como Molde?

—Pues un poco por casualidad, la verdad. Por cierto, ¿cómo te llamas?

—Me llamo Ingrid, ¿y tú?

—Yo me llamo Jorge.

—¿Cómo? Uf, qué nombre más difícil de pronunciar. JOR-GE.

—Bueno, es como George pero en español. Algo así. Y tú, ¿eres de Molde?

—Sí, pero ahora mismo estoy de visita. Estoy estudiando en Trondheim y he venido el fin de semana para ver a mis padres y de paso aprovechar para salir con mi amiga Camilla. ¡No siempre vamos vestidas así!, ¿sabes?

Yo muestro mi sorpresa:

—¿Qué quieres decir?, ¿a qué te refieres?

—Pues a que llevamos estos vestidos antiguos por una apuesta. Vamos, que normalmente no visto así.

—¡Vaya, qué decepción! Pensaba que sí. ¡La verdad es que mola! ¿Y qué haces en Trondheim? ¿A qué te dedicas?

—Estoy estudiando Antropología Social y Cultural. Empecé en enero y vivo allí con mi amiga, que también es de Molde.

Conversamos de manera banal al principio, pero poco a poco nos vamos soltando. Cuando conoces a alguien interesante, vas como tanteando el terreno e intentando no pasarte de listo, pero tampoco quedarte corto. Es en este tipo de instantes cuando uno se juega el que las cosas prendan o no. La química y el discurso desempeñan un papel decisivo para dejar respirar la historia y que ésta pueda seguir escribiéndose.

Uno de los problemas que tengo, o tal vez una de las virtudes, es que cuando me emociono, me vengo arriba y me cuesta muchísimo disimularlo. Entonces pongo la directa, me abro a tumba abierta y desciendo hasta las profundidades. «Tengo que ser yo mismo», pienso, pero para qué nos vamos a engañar: yo soy un tipo que suele rayar en lo abisal. Me cuesta horrores ocultar la emoción, y hablo y hablo sin parar mientras ella asiente con una sonrisa en la boca. No todo el mundo aguanta con una sonrisa semejante chaparrón un sábado por la noche de fiesta. Llega un momento en que no me es posible posponerlo más, necesito ir al baño o mi vejiga explotará allí mismo. Así que la profundidad sucumbe a la fisiología y me pone en mi sitio. Le digo a Ingrid:

—Perdona, pero tengo que ir al baño. ¿Me prometes que no te marcharás? ¿Me esperas aquí?

—Sí, claro, ¿por qué? ¿Te marchas?

—Necesito ir al aseo, es una emergencia. La cerveza, ya sabes…

—Tranquilo, te esperaré justo aquí —me responde ruborizada.

Sé que acabo de provocar una situación anticlimática, pero lo de la emergencia es literal.

Cuando vuelvo, respiro aliviado, Ingrid me espera con su vestido de época. Vuelvo a la carga con más «romances» e historias hasta que, al cabo de un rato, totalmente al margen del espacio y del tiempo, me sorprendo cuando las luces del bar se encienden. Es como si alguien gritara eso de: «¡Corten, corten!».

La toma, al parecer, se ha terminado de rodar y sin embargo ahí seguimos nosotros como si nada. El personal empieza a invitar a la gente a que abandone el local y yo, apurando los últimos segundos de la escena que cambiará mi vida para siempre, miro a Ingrid y le digo:

—Me he enamorado de ti. Te quiero.

Ella pone cara de sorpresa y me contesta:

—Yo también te quiero.

Nos apresuramos a dejar el bar y salimos al encuentro de la fría noche invernal. Cogidos de la mano, caminamos hacia la parada del autobús nocturno que ha de llevar a Ingrid a casa de sus padres. Me embarga una sensación de felicidad tan grande que me siento como si flotara en el aire.

—He de coger el autobús que sale en diez minutos —me explica.

—Bueno, puedo acompañarte.

—¿Hasta la parada del bus?

—También puedo acompañarte hasta la casa de tus padres, me encantaría hacerlo. —Tengo miedo de que todo sea un espejismo y acabe esfumándose en la oscuridad—. Yo vivo por aquí, cerca del centro, así que no me importa acompañarte y volver dando un paseo hasta mi residencia —argumento.

—Ya, pero… El último autobús sale en breve y mis padres viven a siete kilómetros del centro. Tardarías casi una hora en volver. Además, mañana tengo que pasar el día con ellos, que al fin y al cabo se supone que he venido a verlos.

—En serio, que no me importa subirme al autobús contigo y luego volver andando. Así te acompaño y podemos estar un rato más juntos.

—No vale la pena, con el frío que hace a estas horas de la noche.

—Insisto, a mí me parece el mejor de los planes.

—No te preocupes, nos veremos mañana. Bajaré a la ciudad y podemos tomar algo y charlar un rato antes de que emprenda el viaje de vuelva a Trondheim.

Mi sensación es que Ingrid respira verdad y autenticidad a raudales.

Aun así contesto titubeando:

—Pero ¿cómo vamos a quedar y dónde? ¿Y si cambias de opinión o pasa algo y no te vuelvo a ver?

—Prometo que te llamaré por la mañana y ya quedamos en algún sitio.

—No sé… Creo que lo mejor será que te llame yo. Sí, mejor te llamo yo, si no, no voy a poder despegarme del teléfono. Solo hay uno en la residencia de estudiantes y no se oye desde mi habitación, así que tendría que estar pendiente hasta que llamaras. Dame tu teléfono y yo te llamaré.

Saca de su bolso un lápiz de esos que sirven para pintarse la raya de los ojos y me escribe el número de teléfono de sus padres en un trozo de papel.

A los pies de la puerta del autobús nos abrazamos y nos besamos tratando de estirar los minutos de esa madrugada de marzo hasta el fin de los tiempos. No quiero dejarla marchar y que se nos esfume este momento perfecto. El conductor se disculpa por interrumpir, pero ya es hora de ponerse en marcha. Vuelvo a decirle que la quiero y ella, ¡qué remedio le queda!, me dice que también. Nos damos un último beso y la veo subir al autobús, donde paga su billete. Mientras cruza el pasillo hacia su asiento, la gente, que a esas horas va bastante borracha, empieza a aplaudir y a jalearnos, haciendo que Ingrid se ruborice. Pero lo va a hacer todavía más.

En el cristal empañado de su ventana escribo con el dedo «I love you» y dibujo un corazón alrededor. Ella se sonroja ante mi atrevimiento, pero yo, como un Cyrano de Bergerac de medio pelo, con el alcohol y un cóctel letal de hormonas corriendo por mis venas, no siento la menor de las vergüenzas. Me ha salido del alma lo de escribir en la ventana, y en la noche fría los cristales empañados del autobús no hacen sino invitarme a que cometa tan inocente delito. Mientras digo adiós con la mano veo alejarse el autobús en la brumosa noche y enfilo mis pasos hacia mi residencia. Camino, casi levitando, con una sonrisa de oreja a oreja. Mi corazón late firme y valiente, y el vaho de mi respiración, exhalado a cada paso que doy, insufla esperanza y calor a la oscuridad. Me siento el hombre más afortunado sobre la faz de la tierra. Tengo su teléfono, cual zapato de Cenicienta, y la forma en que me mira clavada en el pecho. Lo único que tengo que hacer es llamarla. Llego a mi habitación a altas horas de la madrugada y me pongo a escribirle una carta en inglés. La meto en un sobre y decido que se la daré al día siguiente para que la abra en su viaje de vuelta a Trondheim.

Me tumbo en la cama, pero no consigo dormir. Estoy totalmente drogado de amor y me es imposible desembarazarme de la excitación. A la mañana siguiente, tras haber pasado horas en una especie de duermevela, me levanto e intento hacer tiempo. No puedo llamar muy pronto, es domingo y además, de hacerlo, desvelaría mi desesperación. A eso de las doce salgo de la residencia camino del hospital donde realizo mis prácticas de enfermería. Allí hay un teléfono desde el que puedo llamar con monedas. Es un día gris, y aunque no nieva, una fina lluvia chispea mientras las nubes bajas se arremolinan en el horizonte. Al entrar en el vestíbulo del hospital veo la cabina y solo pienso en efectuar la llamada que tan ansiosamente he estado posponiendo. Saco mi preciado mapa del tesoro de papel arrugado y marco el número que está apuntado en él. Descuelga el teléfono un hombre de voz profunda que imagino que es su padre y me pasa con Ingrid.

—Pensaba que no ibas a llamar —me confiesa.

—Bueno, no quería molestar y… que se notara mi desesperación. Por mí hubiera llamado a las nueve de la mañana —digo, y a continuación suelto una ridícula carcajada nerviosa.

Quedamos en vernos en Dockside, un bar que está en el muelle, a orillas del fiordo de Molde y al que suelen ir alcohólicos y bebedores empedernidos. Es un local un tanto sórdido, no por el sitio en sí, sino por la cantidad de corazones solitarios que lo suelen frecuentar. No es raro avistar algún alma perdida apestando a alcohol de guardia a las puertas, siempre con un cigarrillo de liar en la mano y los dedos amarillos de nicotina. Es de esos pocos lugares que abren en domingo en Molde. Como en «Everyday Is Like Sunday», es un domingo como otro cualquiera para la mayoría de la gente, en una pequeña ciudad costera y olvidada, bajo una lluvia fina, helada y constante, a merced de un viento desapacible. Pero en este caso, en una ciudad que no se olvidaron de bombardear.

Tomamos un té y, avergonzados, hablamos ensimismados del presente sin mirar más allá de estos instantes preciosos. Trato de adivinar el futuro en los posos de la taza de té y, mientras doy vueltas a mi cucharilla, solo deseo con todas mis fuerzas que sea brillante, porque el pálpito que tengo ahora deshace toda la desazón que mis relaciones anteriores han ido acumulando en mi equipaje.

Llega la hora de despedirnos y saco de mi mochila una vieja cámara réflex de mi hermano que le he cogido prestada para el viaje. Le pregunto a Ingrid algo inseguro si podemos salir al exterior para hacerle una foto. A lo que ella responde ruborizada:

—¿De verdad quieres hacerme una foto?

—Sí, por favor, quiero inmortalizar estos momentos por si no volviéramos a vernos —confieso.

La única forma que tenemos de comunicarnos son las cartas escritas de nuestro puño y letra, y las cabinas de teléfono, así que para mí la foto es la prueba de que todo ha sido cierto y no un sueño condenado a pasar a la historia del olvido.

Hago la foto, y entonces ella me pregunta si puede hacerme una a mí.

—Yo también quiero una foto tuya.

Sus palabras resuenan con fuerza en mi cabeza y me hacen albergar la esperanza de que nos veremos en un futuro no demasiado lejano. Ingrid se ofrece a acercarme a mi residencia y yo me ofrezco a enseñarle el lugar en el que tendré que vivir durante cerca de cuatro meses. Una vez allí, blandiendo mi desvencijada guitarra acústica, que he tenido a bien llevarme a Noruega, le hablo de mi grupo, de que acabamos de ganar un concurso de bandas en mi tierra y que mi sueño es dedicarme a la música. Le toco una canción de mi grupo favorito en ese momento: «Mellow Doubt» de Teenage Fanclub. La letra de la canción anticipa la nostalgia que voy a sentir cuando ella desaparezca por la puerta camino de Trondheim: «It gives me pain, when I think of you, / And the things together that we’ll never do».[2]

Me mira con pasión y nos fundimos en un abrazo besándonos a modo de despedida. Me aferro a ella y apoyo mi cabeza en su hombro, abro los ojos y pierdo la mirada en la nada. Mientras acaricio su espalda y su pelo con mis manos, pienso en voz alta, susurrando:

—No puede ser verdad, no puede estar pasándome esto. Es tan hermosa, es todo tan perfecto.

Me dan ganas de pellizcarme para despertar del sueño en el que me hallo imbuido. Pero sí, es verdad. Me está pasando lo que solo he visto, leído y escuchado en películas, libros y canciones, y el protagonista soy yo.

Reparo en la carta que aguarda en mi bolsillo. Se la entrego y le pido que me prometa que no la abrirá hasta que no esté en el autobús de camino a Trondheim.

A los dos días de nuestra despedida recibo una suya por respuesta, a la cual contesto de inmediato con ansia desbordada. Nuestra historia no ha hecho más que comenzar y ya tengo la firme convicción de que esta vez no es como las demás.

1. Jose y yo

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Jose y yo

Tengo cuatro años cuando empiezo preescolar en el colegio público Virgen del Carmen de L’Eliana. Al salir de casa me aferro al regazo de mi madre con fuerza. Mis abrazos de despedida gritan desesperados que preferiría quedarme en casa con ella. Una vez en el aula, me toca compartir pupitre con un niño cuyo apellido empieza por la misma letra que el mío. Se llama Jose. «Sin acento en la “e”», me dice. Tiene los ojos rasgados, y le saco unos dedos de estatura, por lo que parece más pequeño que yo. Lleva el pelo peinado con la raya a un lado y siempre huele a la colonia Royale Ambree. Parece tímido y de hecho lo es, pero conforme lo voy conociendo se me descubre como alguien a quien le gusta hacer reír a los demás. Nos hacemos muy amigos y un día al salir del colegio preguntamos a nuestras madres si podemos ser hermanos: «Claro que sí, podéis ser lo que queráis», contestan. Lo tomamos al pie de la letra y, como una promesa que te marca de por vida, nos convertimos en inseparables. Nos miramos a los ojos y sonreímos mientras saboreamos la dulzura de nuestras meriendas.

En 1974 mis padres compran un solar en una urbanización que hay entre los pueblos de Riba-roja de Túria y L’Eliana, donde empiezan a construir nuestra casa. No tenemos vecinos, pues nos rodean segundas residencias de gente que vive en València y solares vacíos. En algunos de ellos predominan los pinos y el romero, los cuales, tras los días de lluvia, desatan sus efluvios cuando el casi omnipresente sol vuelve a acariciarlos y a reinar con la confianza que da la costumbre. Entre nuestra casa y Riba-roja se encuentra el río Túria, mágico entorno en el que viviremos aventuras como si fuéramos los personajes de una novela de Mark Twain. Hasta llegar al mismo, se suceden terrazas de monte llenas de algarrobos y vegetación autóctona. A continuación, y casi hasta el lecho del río que riega muchos episodios de mi juventud, las huertas y los árboles frutales parecen animar al curso del agua en su camino descendente con la vista puesta en el Mediterráneo y la ciudad de València.

Los veranos traen consigo grandes expectativas, esperanza e ilusión, pues nuestros intermitentes vecinos vienen a pasar las vacaciones, pero cuando éste palidece, la melancolía y la desazón enseñan sus dientes. Todo queda en punto muerto. No hay vecinos, no hay amigos, no hay ruidos que denoten la existencia de actividad humana más allá de nuestros muros.

Para ahorrar costes en la casa, mi padre hace muchas cosas él mismo y nada termina de rematarse al cien por cien. Pasamos calor en verano, y el frío y la imparable humedad se presentan implacables en invierno. Nuestra casa no luce el acabado de los chalets que nos rodean.

—No hace falta depuradora para una piscina tan pequeña —nos dice siempre mi padre, un hombre entusiasta y desacomplejado.

Yo le miro avergonzado mientras observo el agua turbia y los insectos que siempre flotan en la superficie.

Encajonada en la parcela, también ha construido una pista de tenis de cemento, pero no hay casi márgenes, por lo que a veces uno estampa la raqueta en la tela metálica que la envuelve al intentar conectar un golpe apurado. Un saque largo también te hace tropezar con la espalda en la valla. La superficie de la pista no es demasiado lisa y las grietas en el cemento son como venas hinchadas en el suelo, pero es más que perfecta para jugar al fútbol. Cada tarde juego solo partidos imaginarios y los postes de la tela metálica hacen las veces de portería.

Nuestra casa tiene un aspecto más bien desvencijado y parece que andamos siempre en obras, como si nada acabara de estar terminado.

Vivimos alejados del núcleo urbano y es necesario tener más de un vehículo, porque mi padre se pasa el día fuera de casa y no hay nada cerca. Él conduce modelos de la época: un Seat 1430, un 131 después, cuando ya casi somos adolescentes, un Peugeot 505. Los coches que mi madre conduce a lo largo de los años siguen siempre el mismo patrón: viejos cacharros que muchas veces no arrancan. Cuando eso sucede, mi madre deja caer el coche por la rampa de la entrada con una marcha puesta pisando el embrague hasta que, una vez en la calle, lo suelta y consigue hacer rugir el motor. Pero en ocasiones avanzamos unos cientos de metros cuesta abajo y dejamos el coche allí varado porque no hay manera de ponerlo en marcha. Nuestra madre, apurada, nos hace volver a casa con prisas para que mis hermanos y yo cojamos nuestras bicis y lleguemos al cole a tiempo. Mi padre, siempre jovial al volante de esas tartanas destartaladas, nos dice:

—¡Este coche está perfecto y funciona de categoría!

En la televisión salen actuando grupos de niños como Parchís. Cantan y bailan como los ángeles, tienen desparpajo y gracia. Vienen a tocar a las fiestas del pueblo y consigo ponerme en primera fila. Mientras los veo me imagino subido a un escenario como ellos algún día. Este sueño me parece inalcanzable y solo para unos pocos privilegiados, como los carismáticos chicos y chicas que actúan desacomplejados ante nosotros. Me siento paralizado, pequeño y gris ante su talento y su magnetismo. «Nunca seré uno de ellos», me digo con resignación.

A principios de los ochenta invitan a mi padre a jugar un partido de fútbol en Madrid. Hace veinticinco años que jugó un Europeo Sub-18 con la selección española y el seleccionador de entonces ha reunido a todo el equipo para un partido amistoso. Cristian y yo acompañamos a mis padres a la capital y los convencemos para que nos lleven a la sección de discos de El Corte Inglés. Mi hermano se compra el primer LP de Visage y yo uno de The Moody Blues. Extraña elección la mía, pero en la radio siempre suena una canción que se llama «Gemini Dream» y, no sé por qué, me decido por ese disco, aunque luego no me gustan demasiado el resto de las canciones. Con el tiempo, desarrollaré una regla de oro que intento llevar siempre a la práctica. Si me voy a comprar un LP, tienen que gustarme como mínimo tres canciones, así que me las ingenio para ir escuchando los singles que los grupos van sacando de sus álbumes y cuando hay al menos tres que me convencen, ese disco se convierte en candidato para comprármelo.

La nuestra es una familia de clase media, no sé hasta qué punto acomodada, porque mi padre es austero y vivimos sin excesivos lujos. No nos vamos de vacaciones a lo grande pero sí, aunque de manera esporádica, hacemos pequeños viajes a finales de verano, rayando el mes de septiembre. Para un niño como yo, esas escapadas son siempre estimulantes. Siento fascinación por Benidorm: su casco antiguo lleno de turistas, sus edificios altos y sus rascacielos, sus tiendas y sus atracciones de feria, sus cines y sus inmensas playas con todo ese muestrario de comida rápida que me parece sofisticada y moderna, por sus impolutas y resplandecientes fotos de hamburguesas y platos combinados que nunca hacen justicia al original. Hemos estado algunas veces de minivacaciones, nunca más de tres o cuatro días, recogiendo el guante de alguna invitación que le hace a mi padre el propietario de un modesto hotel que le conoce de sus años de futbolista. ¿Cómo no iba a ser modesto si se llama Hotel Paca?

Mi padre jugó en el Valencia CF, pero su paso por el primer equipo fue algo fugaz. Era un jugador muy inteligente y muy bien dotado técnicamente, pero en el aspecto físico tuvo problemas. Mi madre solía decirme: «Tu padre siempre estaba lesionado o enfermo». No era un tipo duro. En eso nos parecemos bastante. Como dice una canción que escribí hace muchos años, «me ha dado la espalda hasta mi espalda». He tenido siempre dolores de espalda, vivo con ello, qué remedio. En mi tumba, como epitafio podría poner perfectamente: «Le dolió la espalda todos los días de su vida». En eso he sido un tío constante, no cabe la menor duda.

Aunque para constante, mi madre. Siempre entregada y renunciando a todos sus anhelos para cuidar de sus tres hijos y su marido. Nunca la vi quejarse y parecía feliz con el papel que le había tocado en el reparto. Siempre lo hizo con cariño, amor y genio, porque genio sí que tenía. Siguió a mi padre durante toda su carrera y apechugaba con lo que él decidiera. Creo que hoy en día las cosas habrían sido distintas y ella sería tan independiente como lo es ahora a sus setenta y cinco años.

Las lesiones y algunas decisiones equivocadas lastraron la carrera futbolística de mi padre. Él se hizo a sí mismo y no tenía a nadie con experiencia que velara por sus intereses. A veces tengo la extraña sensación de estar repitiendo los pasos de su carrera, solo que yo lo hago en el mundo de la música. Eso de llegar a ser profesional, pero no conseguir consolidarte a ese nivel en el que uno dice su nombre y que todos lo conozcan. Solo a los más veteranos seguidores del Valencia les suena su nombre. «Ah, sí, ese que debutó sin pasar siquiera por el Mestalla», dicen algunos. Su carrera no luce con letras de oro, pero es digna de reconocimiento. Valencia CF, CD Mestalla, Sabadell, Elche, Lérida, Atlético Baleares y Alcoyano son algunos de los equipos en los que militó. El fútbol corría por sus venas y el germen me fue inoculado de manera natural. Le pasó casi lo mismo en su faceta de entrenador y, siendo como era una persona preparadísima, se quedó a las puertas de las máximas categorías y no llegó a entrenar en primera división. Un conocido periodista valenciano que fue director de comunicación del Valencia CF, cuando el equipo vino a jugar una eliminatoria de Champions League a Trondheim, en Noruega, me dijo:

—¿Tú sabes por qué tu padre no ha llegado más lejos en el mundo del fútbol? Porque no es un hijo de puta como yo.

Yo me quedé sorprendido y le miré con los ojos bien abiertos, como diciéndole: «Explícate mejor, anda».

A lo que él replicó:

—Tu padre es una buena persona, una bellísima persona, y las personas como él lo tienen difícil para abrirse camino y hacer dinero en un mundo tan despiadado y en el que existen tantos intereses como el del fútbol.

No solo en el mundo del fútbol, diría yo.

Cuando terminó su carrera futbolística, además de sacarse el título de entrenador nacional de fútbol y ejercer como tal, se licenció en el INEF de Madrid y se dedicó a la docencia, llegando a ser profesor en la Facultad de Ciencias de la Actividad Física y el Deporte de la Universitat de València.

A medida que avanzan los años, y con ellos los cursos, la amistad entre Jose y yo va creciendo, pero yo no acabo de encajar al cien por cien en ninguno de los mundos que me rodean. Para los niños del pueblo soy como los chavales que solo vienen en verano porque vivo en la zona de los chalets, aunque esté todo el año. Supongo que soy como un fantasma que aparece de vez en cuando, pues mi urbanización está vacía y silenciosa como un cementerio. Jose, sin embargo, aunque es tímido, es bastante gracioso y tiene carisma. La suya es una de las familias con más ascendencia en el pueblo, lo que le hace ser popular entre el resto de los niños. Sus padres regentan un bar muy frecuentado en la localidad, el Bar Marco, en el centro de L’Eliana, así que lleva los mejores almuerzos al colegio. Sus bocatas de tortilla son tremendos y yo siempre le acabo pidiendo un bocado a la hora del recreo. Él pone los dedos para que no me pase y a mí me dan ganas de mordérselos también. El padre de Jose, José María, es un entusiasta y un padrazo, por lo que no tiene reparos a la hora de volcarse en cualquier iniciativa que dé un poco de vidilla e ilusión a su hijo y los amigos de éste, así que el Bar Marco patrocina un equipo de fútbol del cual Jose es el capitán. Aunque su influencia es determinante, él mantiene su humildad y nunca se aprovecha de su popularidad y su estatus para sacar ventaja. Su timidez no le deja. Su pandilla está compuesta básicamente por sus primos y casi todos los chicos del equipo de fútbol. Ellos son «los de la plaza» y siempre están pululando por allí con sus petardos, sus golosinas y sus ocurrencias de niños de principios de los ochenta. Yo no soy uno de ellos, eso lo tengo claro, pero me gusta jugar con Jose. Le invito a mis cumpleaños y él a mí a los suyos. A veces me quedo a dormir en su casa. Él nunca viene a dormir a la mía. Supongo que no hay nada que hacer en una urbanización de casas vacías. Nos gusta ir diciendo por ahí que somos hermanos. Me siento bien teniendo un amigo del alma, pero a veces nuestra amistad y cercanía se diluye entre tanta chavalería y me quedo un poco marginado si su presencia no es constante. Para el resto de los chicos yo solo soy el amigo «chaletero» de Jose. Puedo estar con ellos porque soy su amigo, pero no por mí mismo. Me toca lidiar con cierta indiferencia y eso me hace sentir en ocasiones un alma solitaria. Cuando visito a mi primo Salva en Riba-roja, se repite la historia. Su pandilla me acepta porque soy su primo pero, de nuevo, no soy uno de ellos. Crezco con esa sensación de no pertenecer a ningún lugar, de vivir en una trinchera entre L’Eliana y Riba-roja, una especie de cuerda floja entre dos mundos. Esa sensación de desarraigo nunca me abandonará. Es como el preludio de lo que será mi vida, que siempre tendrá dos caras: España y Noruega.

Con los años soy cada vez más consciente de que mi vida está partida en dos y, como si de un trastorno bipolar se tratase, cambio de humor, de país, de profesión, según las circunstancias y los días. Esa existencia dual, esas dos personalidades, esos dos mundos, son como dos caras de una misma moneda que soy yo.

La barrera que me separa de la gente del pueblo comienza a romperse cuando Jose me ofrece entrar en el equipo de fútbol, donde por fin me siento integrado y parte de algo colectivo. Empiezo a soñar con ser futbolista como mi padre. De mis tres hermanos, soy el único que se lo toma realmente en serio y mi padre, consciente de ello, me lleva con él a Mestalla, o a los partidos que juegan los múltiples equipos a los que él va entrenando. Mientras lo veo en el banquillo desgañitarse y sufrir con los resultados, yo fantaseo con ser uno de esos jugadores que entrena. A veces, me imagino que salto al terreno de juego cual espontáneo y consigo el gol de la victoria que redime a mi padre, salvándole de la siempre temida destitución. Soy testigo del sufrimiento en los banquillos y de esa afonía pospartido tras cada jornada que delata el estrés a lo largo de toda la temporada.

Un domingo de fútbol, mi padre me lleva a Mestalla a ver al Valencia y pasamos a saludar al túnel de vestuarios a Pasieguito, figura mítica del valencianismo, parte de la famosa «Delantera Eléctrica» de los años cuarenta y secretario técnico del Valencia CF en esos momentos. Había sido entrenador de mi padre en el CE Sabadell en la década de los sesenta y ambos se profesan mutuo cariño. Al verme tan ilusionado entre bastidores, Pasieguito me coge de la mano y me dice:

—¿Tú sabes quién es a Kempes?

—Claro que sí, es mi jugador favorito —digo, y asiento con decisión.

—Pues ven que te lo voy a presentar.

Entro en el vestuario en los minutos previos a la celebración de un partido de primera división y «Pasiego», como le llama mi padre, grita:

—¡Mario, Rainer! Venid a saludar a este chico que es hijo de un ex del club.

Mario Alberto Kempes y Rainer Bonhof, ambos campeones mundiales con sus respectivas selecciones, acuden raudos a su llamada, me estrechan la mano y me dan una palmada afectuosa en mi joven cabecita. Al llegar a clase al día siguiente, intento trasladar con palabras a mis amigos la magnificencia del momento, pero esto es tarea imposible sin foto mediante. Mario Kempes es nuestro ídolo y queremos imitarlo hasta en la melena. Lástima que nuestros padres siempre nos obliguen a cortarnos el pelo.

El fútbol ocupa un lugar preferente en nuestras vidas y yo soy del Valencia CF a muerte. Se presenta la oportunidad de ir a probar a las categorías inferiores del club y estoy entusiasmado con la idea de vestir la elástica valencianista. Llega el día de la prueba y mi padre me dice que me va a llevar a la misma mi prima Elena, y que cuando me pregunten por mi nombre diga que me llamo Jorge, nada de Martí. No logro entender que mi padre no me quiera acompañar y que ni siquiera pueda llevar el mismo nombre futbolístico que él, pero, resignado, hago lo que me dice. Juego un partido con un montón de chavales que persiguen el mismo sueño que yo y al terminar el mismo viene uno de los entrenadores a preguntarme cómo me llamo. Jorge, le digo. «Pues enhorabuena, Jorge, vas a formar parte del Valencia CF». Mi padre le explica a mi madre que quiere que si valgo me fichen por mí y no por ser su hijo. Así es mi padre. El sueño dura casi tres años, pero me deja marcado para siempre. Cuando salgo del club lo hago también porque mi padre me dice que si estoy chupando banquillo y no juego cada fin de semana no voy a mejorar. Le hago caso y me voy a jugar a la SD L’Eliana, el equipo de mi pueblo. Vuelvo a recuperar la ilusión y a jugar con Jose y los de la plaza como en los tiempos del Bar Marco.

Los sábados por la mañana, cuando no estoy jugando al fútbol, paso las horas en casa pegado al televisor viendo La bola de cristal. Me cautivan Alaska, Kiko Veneno, Pablo Carbonell, Javier Gurruchaga, Loquillo y demás, pero por encima de todos: Santiago Auserón. Su magnetismo, su voz, sus movimientos, su look. Todo en él es excitante para mí. La radio es la banda sonora de nuestros días, sobre todo en verano, y no paran de sonar canciones que al final acabas por reconocer y tararear. De todo ese muestreo de la actualidad que ofrecen las emisoras comerciales, uno va tomando partido y eligiendo bando. En mi caso no me cuesta mucho decidirme: Radio Futura, desde bien pronto, es mi grupo favorito.

Mi hermano mayor, Cristian, y yo nos apuntamos a clases de solfeo. Quiero aprender a tocar un instrumento. Jose es fallero, toca el tambor con sumo tempo en la banda de cornetas y tambores de su falla, pero yo quiero unirme a una banda musical de las que tanto abundan en la Comunitat Valenciana. «Los que tocan ahí son músicos de verdad», pienso. Mi prima Elena toca el clarinete en la banda de Riba-roja y siempre la veo pasar con su uniforme y su boina en los pasacalles. Me da envidia ver cómo leen sus partituras, cogidas al filo de su instrumento para poder otearlas mientras tocan esas bellas y clásicas melodías recorriendo las calles del pueblo en los días señalados. Empezamos las clases de música con ímpetu y con muchas ganas de ser unos alumnos brillantes y aventajados, pero esas ganas se diluyen y se transforman en desánimo y apatía a medida que avanza el curso. Resulta que hay que ir dos años a clase y leer partituras antes de empezar a tocar un instrumento. ¿Quién puede aguantar eso sin morirse de aburrimiento? Desde luego, yo no, así que al cabo de un curso tiro la toalla y mi primera experiencia con la música se va al traste. Mi hermano Cristian, una vez entrado en la adolescencia, empieza a interesarse por la música del momento. Mientras le voy controlando de soslayo, porque uno siempre tiene un ojo puesto en lo que hacen sus hermanos mayores, yo voy siguiendo mi camino.

Llegadas las vacaciones de verano, el chalet de Eva María, una amiga que tiene en su casa un frontón, es el punto de reunión de algunos chicos y chicas de los alrededores. Allí nos solemos dirigir con nuestras bicicletas y nuestras raquetas a eso de las once y media. A mí, en general, los deportes se me dan bien, incluso el tenis, pero el frontenis es la excepción. Siento impotencia porque golpeo la pelota sin control y con menos fuerza que el resto, así que mientras la mayoría se pasa la mañana dándole a la pelotita con la raqueta, yo utilizo ésta a modo de guitarra. Busco un lugar visible para los demás a modo de escenario y me lanzo a cantar y a imitar a Santiago Auserón con Radio Futura. «Semilla negra» es mi canción favorita, rezuma romanticismo por los cuatro costados y yo me siento el protagonista, solo en la selva, esperando a que mi amor verdadero venga para rescatarme y me lleve con ella. Tras las partidas de frontón, acabamos muchas veces en la piscina de mi gran amiga Laura; en su casa hay una especie de altillo que limita con la piscina y que a su vez es el tejado del garaje. Me subo y canto como Santiago Auserón. Hago lo mismo con Jim Kerr, cantante de la banda escocesa Simple Minds, que tiene un gran predicamento por tierras valencianas y cuyo hit «Don’t You (Forget About Me)» se ha convertido en un himno en medio mundo, e intento también imitar los ensimismados movimientos de otro de mis ídolos: Robert Smith.

La música es una constante durante esos años escolares y una banda sonora que acompaña a cada momento vivido. Durante los meses de colegio el autobús que nos lleva y nos trae siempre tiene la radio encendida. Por las mañanas, por el sueño y el cansancio, no presto demasiada atención a lo que suena por los altavoces, pero por las tardes, de vuelta a casa, la música se eleva por encima del murmullo y el griterío de una jauría de niños que la monitora que nos acompaña intenta calmar con aspavientos. El conductor siempre tiene sintonizada Radio Popular, y la gente llama para pedir canciones o para dedicárselas a alguien, así que yo me imagino a esas chicas solitarias y apasionadas que desde su casa empuñan el teléfono y marcan el número de la emisora, ilusionadas recordando momentos de su vida. El poder de la música es tal que cada canción es un recuerdo y evoca preciosos instantes de sus vidas.

También descubro canciones en el coche de mi tío Juanvi. Él todavía no tiene descendencia y mi hermano Cristian y yo somos los sobrinos apadrinados a los que muchas tardes lleva al cine y a merendar. A veces salimos del colegio y está allí esperándonos y nos dice que nos vamos con él a la ciudad, a la sesión de tarde de alguno de los cines de València: el Serrano, el Rex, el Oeste, el Tyris Vistarama y tantas otras salas míticas que ya no existen a día de hoy. En esos viajes en coche a la ciudad, suenan las cintas de casete de Julio Iglesias, Mocedades, Víctor Manuel y, sobre todo, un par de discos recopilatorios de Los Beatles, el rojo y el azul, la biblia en verso de la música pop. Los Beatles me conquistan desde la primera escucha y se convierten en un referente indispensable para mí.

Ricardo, un compañero de clase, se trae al colegio un radiocasete y en el recreo sintonizamos la radio en busca de canciones que hacen volar nuestra imaginación. Espero impaciente que llegue ese momento deseando que a esa hora pinchen «West End Girls» de Pet Shop Boys. Paseamos por el patio con el aparato a cuestas como si fuéramos unos raperos del Bronx.

En el colegio, ese interés por la música pop se convierte en una forma de diferenciación. Para la función de final de curso que se celebra en el salón de actos, Jose y yo, junto con algún amigo más, preparamos playbacks de canciones que nos gustan, caracterizándonos como los miembros de esos grupos que ya nos han empezado a marcar. Jose es bastante tímido y reservado en este tipo de circunstancias, pero yo me las ingenio para seducirle y arrastrarle al «escenario» del salón de actos.

Llegado el momento, siento la necesidad de dejar de fingir que canto y toco y me empeño en volver a intentar tocar un instrumento, pero esta vez dejando la teoría y el solfeo a un lado. En el campamento de verano de la parroquia de Riba-roja, mi prima Loles, algo mayor que yo, toca la guitarra en el coro de las misas de campaña, las cuales me aburren soberanamente y en las que mi atención se pierde entre las copas de los pinos o buscando a la chica más guapa del lugar. Veo al grupo del coro rasgar sus guitarras españolas y cantar «The Sound of Silence», versión padrenuestro, y no puedo dejar de pensar en que si tocase la guitarra podrían ser más llevaderas esas tediosas misas y sacaría algo de provecho de las mismas. Así que durante ese campamento estival le digo a mi prima que me enseñe a tocar algunos acordes, con la idea de empezar a tocar por mi cuenta cuando termine el campamento.

Vuelvo a casa emocionado, deseando ver a Jose para contarle que he aprendido a tocar un poco la guitarra. Cuando hicimos la comunión a él le regalaron dos guitarras. A mí ninguna. Las guitarras yacen olvidadas y muertas de tristeza en sus fundas en algún armario trastero de su casa, hasta que me decido a rescatarlas y le pido que me preste una para encerrarme en mi habitación a practicar los acordes que he aprendido. Escribo torpes rimas y letras que intentan imitar a los grupos que me gustan: Golpes Bajos, La Dama se Esconde, Gabinete Caligari, Los Ronaldos, El Último de la Fila, La Granja y, por supuesto, Radio Futura.

Una tarde, al salir de clase, veo en la plaza uno de esos anuncios con un número de teléfono en tiras pegado en la puerta del Bar Torrent de L’Eliana. En él se ofrecen clases particulares de guitarra. Arranco uno de los papelitos y me voy al bar de Jose. Su padre me ve entrar atropelladamente y me sonríe.

—¿Qué pasa, Jorge? ¿Dónde vas con tanta prisa?

—¿Está Jose? —respondo ansioso con otra pregunta.

Grita su nombre desde detrás de la barra, como se hace en los bares cuando pides una tapa. Jose sale del comedor, donde a menudo se sienta a hacer los deberes, y me mira con cara de extrañeza:

—Jose, tenemos que apuntarnos a clases de guitarra. Mira. —Le tiendo el papelito y continúo emocionado—: Si aprendemos, podríamos formar un grupo y hacer actuaciones de verdad, delante de la gente de nuestra clase. Pero aprender bien, no solo unos pocos acordes.

Todavía no puedo dec

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