De puertas adentro

Amalia Avia

Fragmento

PRÓLOGO

Un día de 1980 estaba comiendo con mi familia en casa. En algún momento me levanté por algo —no recuerdo qué—, enganché el pie en la pata de la silla y con toda la torpeza del mundo me fui como un saco contra el suelo. El resultado: dos vértebras aplastadas y varios meses de reposo forzoso en cama. En ese momento, imposibilitada por completo para la pintura, decidí acometer un sueño mil veces anhelado: la redacción más o menos ordenada, más o menos exhaustiva, de los recuerdos de mi vida.

Ya en la adolescencia sentía yo la necesidad de escribir lo que había vivido. Después también, pero nunca me veía capaz del todo, pues mi mundo era evidentemente el de la pintura. En alguna ocasión alguien se ofreció a hacerlo en mi nombre: la idea no me gustaba. Así que, gracias a esas dos vértebras lumbares que tanto me hicieron sufrir, aquel proyecto utópico comenzó a hacerse realidad. Supongo que en ello influyó de manera importante el amor desmedido que tengo por los libros de memorias y biografías, que salvo en contadas excepciones, me han interesado y entretenido mucho más que las novelas. Nunca he conseguido que una vida de ficción me interese más que una vida real.

No sé si mi vida será interesante o no. Lo que yo siento es que, a pesar de haberse desarrollado prácticamente en los mismos lugares, es tal la diferencia que existe entre el mundo de mi infancia y juventud, y el mundo que por mi profesión conocí después —el mundo de la cultura, por llamarlo así, de los artistas, los músicos, los escritores...—, que es como si por mí hubieran pasado muchas vidas, vidas que me interesan y en las que siempre me he encontrado a gusto. De todas ellas y de todas las personas a quien he querido y que tanto me han enseñado, quería dejar, aunque no fuera más que para mí misma, un testimonio escrito.

He trabajado en estas memorias durante años, con muchas interrupciones y compaginándolas siempre con mi trabajo de pintora. Para mí ha sido una dedicación verdaderamente placentera, una de esas tareas que una hace sin obligación y con mucho entusiasmo. Recuerdo tardes enteras en el jardín de mi casa, en el sillón de mi habitación, en la cama; todavía conservo los cuadernos garabateados de principio a fin, o la máquina de escribir donde, con mucho dedo índice, pasé a limpio la primera versión, mucho más extensa que la actual. La verdad es que nunca he tenido dificultades de redacción, lo cual no deja de sorprenderme. A mí nunca me había gustado particularmente escribir, aunque a mis amigas del colegio les encantaban mis cartas y se reían mucho con ellas. Descubrirme tan relajada y tan a gusto escribiendo fue, por tanto, una grata sorpresa que nunca llegué a tomarme muy en serio, pero que me estimulaba lo suficiente para continuar. Eso sí, podía estarme un día entero pintando y no cansarme; pero si en una tarde escribía tres horas seguidas, acababa agotada.

El largo proceso que ha requerido la redacción de estas memorias hace que hayan sido escritas en momentos muy distintos, como el lector tendrá ocasión de comprobar. Por razones diversas el epílogo ha sido redactado casi veinte años después que la presentación de mis antepasados con que comienza el libro. Esto hace que en ocasiones hable en presente de acontecimientos y personas que se sitúan en momentos temporales bastante lejanos.

Publicar mis escritos... eso sí que no formaba parte de mis expectativas iniciales. Para mí ya era un regalo imprevisto que tanto a Lucio como a otras personas cercanas que leyeron las primeras versiones les gustaran tanto. Entre esas personas debo mencionar a mi sobrina Maria Dolores Avia, que me subió enormemente la moral. Puede que a raíz de estas reacciones empezara yo a contemplar la posibilidad de publicarlas, pero nunca demasiado en serio. Me daba mucha vergüenza, y temía que resultara pretencioso por mi parte y que algunos episodios y opiniones pudieran molestar a cierta gente. Por ello, las memorias han pasado largos periodos guardadas en un cajón de mi estudio.

La persona realmente determinante en su publicación, y a quien, más allá de la admiración que siento por él, y de la amistad que nos une, quiero mostrar todo mi agradecimiento, es Javier Tusell. Todo empezó con la exposición Otra realidad. Compañeros en Madrid, de la que él fue comisario en 1992, y que reunía el trabajo de una serie de pintores, tanto realistas como abstractos, que desde siempre habíamos compartido amistad, experiencias e inquietudes. Un día en que, para la preparación del catálogo, Javier vino a vernos a casa, se enteró de que había escrito mis memorias y quiso que se las enseñara. Fuimos a mi estudio, por entonces situado en el jardín, y se las enseñé. Entonces, cuando vio el grosor de los dos volúmenes que tenía, él, tan elegante como es, se puso de rodillas en el suelo para que se las dejara, a pesar de lo sucio y frío que debía de estar aquel terrazo, y a pesar de que en aquel momento apenas nos conociéramos. Las leyó esa misma noche, le encantaron, y seleccionó algunos fragmentos para el catálogo. Desde entonces no ha dejado nunca de alentarme a su publicación y se ha convertido, para mí, en el verdadero padrino de esta obra.

Pienso que no ha habido una sola causa concreta que me haya empujado definitivamente a la publicación de estos escritos. Creo que ha sido más bien un proceso de maduración lenta con el paso de los años. Han jugado a favor varios factores, entre otros la desaparición de algunos fragmentos susceptibles de ser mal comprendidos por algunas personas, y también la desaparición, lenta y triste, pero real, de muchas de esas personas concernidas. Aunque en última instancia quiero decir que una de las bazas que más ha contribuido a desequilibrar la balanza la ha jugado mi hermana Maruja. He tardado muchos años en darle a leer estas páginas, supongo que por miedo a su opinión, pero el entusiasmo que ella mostró tras leerlas y su posterior empuje para la publicación han sido para mí especialmente importantes. También lo ha sido la ayuda de Rodrigo, el pequeño de mis hijos, que además de conocer mucho mejor que yo el mundo editorial, me ha apoyado con la misma perseverancia con que, tanto él como sus hermanos, me alientan cada día a que siga pintando.

El grueso de mis memorias podría dividirse en dos partes. Muchas veces he dicho que he tenido dos vidas: una antes de Peña y otra después. Eduardo Peña fue el profesor de pintura a cuyas clases comencé a acudir a los 23 años. Antes de este punto de inflexión mi vida difícilmente salió del ámbito familiar, que, por la época que nos tocó vivir, estuvo demasiado teñido de tristeza. Después, tanto en el terreno de la realización personal como en el descubrimiento de otras realidades, mi vida cambió absolutamente. Creo que la lectura de estas páginas lo deja suficientemente claro.

Por otra parte hay otro criterio que me parece igualmente válido para dividir mi vida: la muerte de Franco también marca un antes y un después. La primera redacción de estas memorias concluía precisamente en ese momento, o mejor dicho, en el momento de la coronación del Rey y el anuncio de una nueva época. Después, tras el paso de los años, decidí no obviar tantos y tan felices años de mi existencia y escribí las páginas que hoy constituyen el epílogo. Esas páginas hablan de acontecimientos y personas mucho más recientes, pero, aunque a lo mejor no tengan la pátina que el paso del tiempo otorga a las cosas, para mí son igualmente importantes, si no más.

Es evidente que cuando hablamos de la memoria —y la mía fue siempre muy grande, aunque ahora me falle más de lo que deseo— no se puede aspirar a la integridad. Tampoco lo he pretendido. Sé que falta mucha gente y que olvido con seguridad muchos episodios que hubiera sido interesante o divertido contar. Yo simplemente me he limitado a extraer los recuerdos que más perduraban entre grandes lagunas de olvido.

También quiero aclarar que aunque Lucio Muñoz, mi marido, está muy presente en todos estos recuerdos, y en ocasiones con mucho protagonismo, no he querido hacer un retrato de su persona, como sí hago con otras muchas personas infinitamente menos importantes en mi vida. Ya explico en su momento que es una mera cuestión de cercanía y de pudor, y creo que es suficiente. De igual manera la muerte de Lucio y todo lo que la rodeó es algo en lo que ni se me ha ocurrido entrar. Mi naturaleza no puede aceptar que la muerte de Lucio sea una vivencia más de mi vida. Así de fácil.

Ahora ya, no sin cierta vergüenza, dejo ver lo que ha sido mi vida de puertas adentro. Una vida, desde luego, llena de puertas: las puertas de las casas que veía y cuyo interior siempre quería conocer, las puertas de las tiendas y de los garajes que no me he cansado de pintar, las puertas de tantas casas donde he vivido, las puertas de las habitaciones que tristemente fueron clausurándose en la casa de mi madre, o en fin, todas las puertas que, espero que por mucho tiempo, aún me quedan por rebasar.

Madrid, 2004

I. MIS ANTEPASADOS

I

MIS ANTEPASADOS

El veintitrés de abril, día de mi cumpleaños, las calles de Madrid se llenaban de libros. Yo me ponía muy orgullosa de haber nacido ese día —fecha señalada en mi familia, pues también cumplían años mi abuela paterna y uno de mis hermanos— como si el mérito de aquel despliegue fuera mío.

Mi madre y toda su familia eran de Santa Cruz de la Zarza, pueblo de la provincia de Toledo en el que también nací yo. Pero, antes de que yo cumpliera un año, nos vinimos a vivir a Madrid: mi infancia y mis primeros recuerdos son, por tanto, madrileños. Cuando nací, mis padres no eran ya jóvenes —tenían más de cuarenta años—. Esto y ser la última de seis hermanos creo que siempre me ha condicionado.

No tengo conocimiento de antepasado alguno de mi madre que no fuera de Santa Cruz. Mi abuelo materno, don Leodegario, era allí un rico terrateniente. Aunque no creo que tuviera muchos estudios, su aspecto en las fotografías es el de un viejo intelectual de mirada inteligente. Sé poco de él. Mi madre contaba que todas las noches, después de leer el periódico a la luz de una capuchina, se paseaba por la inmensa casa, incluida la cueva que ocupaba toda la superficie del edificio, con una pistola en la mano. Si no lo hacía, no podía dormir (en aquellos años no había bancos en el pueblo y todo el mundo guardaba el dinero en las casas). También contaba que los hombres se quitaban la gorra a su paso por las calles, y que era muy alegre y vital. Vivió más de ochenta años.

De mi abuela sé aún menos, pues murió cuando mi madre tenía sólo dieciséis años. Había sufrido mucho por la pérdida de dos hijas de cinco y siete años de edad, que en una semana murieron de difteria. Al quedarse solamente con mi madre, que por entonces tenía tres meses, se encerró en un camarón sin querer ver a nadie. Sólo admitía la visita de una niñera que le llevaba a mi madre para que le diera el pecho y vivió ya para siempre con un tremendo miedo hacia la enfermedad. Crió a mi madre y a otro hijo que tuvo después, mi tío Semorino, con toda clase de cuidados y también de temores. Mi madre heredó sus prevenciones y no nos ha dejado nunca ni respirar por miedo a que cogiéramos frío, que cogiéramos calor o que cogiéramos algo. Fueron tantos los cuidados y preocupaciones de mi abuela con mi madre que, por temor, no la dejó nunca salir a recibir en Madrid o Toledo la clásica educación que entonces se daba a las señoritas de su clase. No tuvo más estudios que los de la escuela del pueblo, de cuyas maestras hablaba mi madre siempre con mucho cariño, y los de música que le dio un viejo sacristán de la iglesia de San Miguel. Llegó a tocar el piano como todas las señoritas de su época, lo suficiente como para hacerlo en las fiestas familiares, e incluso, en una ocasión, delante del Santísimo en la procesión del Corpus, con el balcón de su casa abierto y toda la comitiva parada. Yo nunca la oí tocar; decía que lo había olvidado. Sólo una vez, siendo ya muy mayor y estando prácticamente ciega, de pie delante del viejo y desafinado piano de mi casa, buscó tanteando con mano temblorosa las teclas indicadas para tocar, con una sola mano, unas cuantas notas de aquella melodía que había interpretado cuando era una adolescente rica y mimada. Entre estos dos momentos de su vida se encerraban muchos años: unos de gran felicidad; otros, los más, de inmensos sufrimientos que sólo su vitalidad y fortaleza hicieron soportables.

Cuando murió la abuela, mi madre tuvo que hacerse a sus dieciséis años cargo de la casa y de su padre y hermano, rodeada, por supuesto, de bastante servidumbre a la que siempre supo mandar. Contaba con frecuencia cómo en el entierro y funerales de su madre, las mujeres del pueblo le decían aquello de que «los duelos con pan son menos», causándole gran indignación con su comentario. Comprobó después, en otros de sus duelos en que además le faltó el pan, que aquellas mujeres tenían razón. Hablaba poco de su juventud, sólo de los viajes que hacían todos los años a San Sebastián, ciudad que adoraba y de la que conocía todos sus rincones. Cuando era niña, antes de que el tren llegara a Santa Cruz, iban en galera o coche de mulas hasta Aranjuez, y allí tomaban el tren para Madrid, donde a su vez cogían el de San Sebastián. El viaje debía de durar unos tres días, pero mi madre hablaba siempre de ellos como de un recuerdo maravilloso. Hasta su muerte, pasó siempre que pudo unos días de verano en San Sebastián.

Mi padre era de Leganiel, pueblo de la provincia de Cuenca a sólo cuarenta kilómetros de Santa Cruz, pero muy distinto de él tanto en sus gentes como en sus calles y campos. Sus padres, mis abuelos paternos, eran maestros de escuela y ejercieron allí su labor durante más de cuarenta años. A pesar de su humilde sueldo, consiguieron dar brillantes carreras a sus cuatro hijos, todos varones, el segundo de los cuales era mi padre. Aunque mi madre hablaba de este abuelo paterno con cariño y respeto, tampoco contaba demasiadas cosas de él. Si he podido conocer algo más, ha sido a través de un libro que en su homenaje editaron, cuando murió, sus alumnos y el pueblo de Leganiel. He leído este libro muchas veces; por él he sabido que el apellido Avia no viene de Leganiel, sino en todo caso del pueblo de mis bisabuelos, Uclés, también de Cuenca, donde se encuentra ese gran monasterio que llaman «El Escorial de La Mancha». Más allá de la generación de mis bisabuelos ya no tengo noticia alguna.

Mi abuelo realizó una importante labor en su escuela. De ella salieron muchos universitarios, algunos incluso de gran renombre, cosa rara en un pueblo pequeño y con un nivel económico tan bajo dada la pobreza de sus tierras. En el libro le rinden homenaje muchos de sus alumnos. Se hizo además un acto en su memoria, con discursos y adhesiones; se pusieron placas en las casas en que vivió y murió, y hoy día una calle y un grupo escolar llevan aún su nombre. Después, cuando se jubiló, fue profesor de ciegos y sordomudos en Madrid hasta que murió. Debió de ser un hombre bueno y amante de la cultura.

Mi abuela paterna, la única que he conocido de los abuelos, murió cuando yo ya tenía diecisiete años. Fue quizá la más inteligente y con mayor personalidad de los cuatro, aunque puede ser gratuito decir esto no habiendo conocido a los otros y teniendo de ellos tan pocas noticias. Era una mujer alta, seca y seria. Fue, como mi abuelo, maestra en Leganiel durante muchos años. Tenía fama de lista: ella era la lista y mi abuelo el bueno —como si ambas virtudes no pudieran darse juntas—. No sé si sería verdad. Mi madre, con la humildad que la caracterizaba, hablaba siempre de ella con admiración. Sin embargo, creo que entre las dos hubo siempre algo de conflicto. La personalidad de mi abuela era muy fuerte. Mi madre era completamente distinta: como decían las crónicas de su boda en el periódico provinciano, era «hija del acaudalado propietario don Leodegario Peña»; y aun cuando nunca fue una señorita en el sentido peyorativo de la palabra, necesariamente tenía que sentirse lejos de mi abuela, una mujer trabajadora. No sé si tengo demasiados motivos para pensar así, pues ya digo que mi madre hablaba muy bien de mi abuela. Sin embargo, a través de estas alabanzas se percibía algo; incluso cuando comentaba mi parecido con ella, lo hacía con frecuencia casi como un reproche, para resaltar un defecto mío o de mi hermana mayor, que también se le parecía. De todas formas, también solía decir: «Son tan listas como la abuela». Las relaciones, siempre difíciles, entre mi madre y mi hermana mayor han sido, seguramente, las que me han llevado a estas deducciones.

Cuando nació mi hermana Josefa, primera hija del matrimonio, mi abuela, que no había tenido más que hijos varones, y toda la familia de mi padre hicieron de la niña algo suyo; mi madre no supo defenderse y volcó todo su cariño en su segundo hijo, mi hermano Manuel. Cuando llegó el momento, mi abuela decidió que mi hermana estudiara el bachillerato y después una carrera universitaria, cosa que en aquellos tiempos y en el ambiente ignorante y caciquil de Santa Cruz no podía ser más disparatada. Mi madre no estaba de acuerdo, pero aceptó, supongo que sin rechistar, y como consecuencia el distanciamiento hacia mi hermana aumentó. Ella quería una señorita que se arreglara, que vistiera muy bien, que pensara en su ajuar y se casara. No pudo salirle nada más opuesto: mi hermana era poco presumida, y en sus cajones, en vez de mantelerías y sábanas para su ajuar, se amontonaban libros y apuntes de Derecho Procesal o de Derecho Civil. Pero de mi hermana, tan importante para mí, tendré que hablar más adelante. Ahora sigo con la abuela.

Mi recuerdo de ella es el de una mujer muy alta. Quizá no lo fuera tanto, pero su delgadez y la comparación con las demás mujeres que me rodeaban hacía que a mí me lo pareciera. El recuerdo más impresionante que tengo de ella la sitúa en la estación de Madrid, cuando, tras ser obligada a quitarse el vestido, siempre negro, para que una miliciana la registrara, quedó puesta en pie con sus enaguas blancas. No puedo recordar nada más de ese día: ni el tren, ni a los otros miembros de mi familia, ni la llegada a la casa de Madrid, nada. Sólo la figura blanca y grande de mi abuela temblando bajo sus enaguas. Se venía a Madrid con mi madre y sus seis nietos, cuando en la guerra nos echaron de Santa Cruz después de matar a su hijo, mi padre. La pobre había escondido entre su ropa interior el dinero que tenía. Por supuesto, se lo quitaron.

No era cariñosa; no fue en absoluto la abuela tierna que cuenta historias a los nietos. Este juicio puede ser injusto, teniendo en cuenta las circunstancias que se daban en los años que más conviví con ella. Desde la muerte de mi abuelo se había instalado en Granada con el mayor de sus hijos, mi tío Teófilo, que era cura y catedrático del Seminario de esta ciudad. El verano del 36 se había venido a pasarlo a Leganiel y Santa Cruz: en Leganiel vivió la persecución de mi tío, que estuvo muchas veces a punto de ser fusilado; en Santa Cruz, la trágica muerte de mi padre. Es por tanto difícil hacer un juicio ponderado sobre su manera de ser.

Hacía unas labores muy bonitas y nos enseñaba a coser a mi hermana y a mí. También recuerdo cómo leíamos juntas la cartilla. Tenía, como toda la familia de mi padre, un gran pudor para manifestar sus sentimientos; pudor que han heredado todos sus nietos, menos yo, que tanto dicen que me parezco a ella. He sabido muchos años después de que muriera que sentía por mí una especial predilección y que tenía muchas esperanzas en mis posibilidades. Al final de la guerra se rompió la cabeza del fémur y sólo pudo volver a andar con dos muletas que hacían más grande e impresionante su figura. Cuando terminó la guerra no quiso volver a Granada con su hijo y se fue a vivir sola a su modesta casa de Leganiel. Allí murió en 1947. De esta casa, de su muerte, del pueblo y de las visitas que le hacíamos desde Santa Cruz, hablaré en su momento.

II. UNA FAMILIA FELIZ

II

UNA FAMILIA FELIZ

Mi infancia fue madrileña. Los primeros recuerdos, muy vagos, son de mi casa de la calle Torrijos. Me acuerdo sobre todo del comedor, lleno de sol: mi madre cosiendo junto al balcón, mientras mi hermana y yo hacíamos barquitas de papel y las colocábamos en la alfombra roja, alrededor de la mesa; montones y montones de barcas puestas en filas. No sé si esto lo hacíamos muchas veces, pero lo recuerdo como si fuera un quehacer cotidiano. Empezábamos por las barcas más grandes; toda una fila de barcas grandes, seguida de otras que iban disminuyendo de tamaño hasta terminar en la última fila con unos barcos pequeñitos, minúsculos, que nos costaba mucho trabajo hacer. Parábamos el juego sólo para merendar y seguir luego. Mi madre se levantaba, dejaba la costura a un lado y abría uno de los grandes aparadores para sacar de él la merienda: el clásico pan con chocolate, esas onzas de chocolate cuadradas que tenían, alternándose, en una, escrito en diagonal, «Elgorriaga» y en la otra, el dibujo de una niña sonriente con un tazón que se suponía lleno de chocolate. Mi hermana y yo nos peleábamos porque las dos queríamos la onza con la niña. A mi madre se le ocurrió la elemental solución de dársela un día a cada una; la afortunada se la comía dando mordisquitos pequeños alrededor hasta que quedaba sólo la silueta de la niña con la taza perfectamente dibujada. Entonces te daba pena seguir comiéndola, pero por fin te decidías, le dabas un mordisco a la cabeza y dejabas a la niña decapitada.

Uno de los días, cuando mi madre fue a cerrar el aparador después de darnos la merienda, tenía yo mi mano derecha justo en la parte de los pernios y dos de mis dedos, el anular y el corazón, quedaron atrapados. Sangraba mucho, pero no recuerdo sentir dolor. Sólo re cuerdo con una claridad absoluta la alta mesa cubierta de una sábana blanca en la que me tumbaron, en casa de un médico que vivía justo en el piso de abajo. Me dieron cuatro puntos en un dedo y uno en el otro, lo que no es poco para unos dedos tan chicos. Tampoco recuerdo que llorara en ese momento; sí, en cambio, que me pesaba la mano después y la sensación tan rara de tenerla toda vendada. La tuve mucho tiempo así. Después me fueron quitando poco a poco los vendajes hasta que únicamente me quedaron cubiertos de blanco los dos dedos heridos y luego ya sólo uno. Fue un acontecimiento de mi niñez. No recuerdo que nadie le diera importancia, porque en realidad no la tenía; pero sí la tuvo para mí. Me acostumbré a jugar, a hacerlo todo con la mano izquierda, y muchas veces me he preguntado si no habrá venido de ahí mi zurdera —zurdera que, por no haber sido nunca total, bien pudo tener ese origen—. Por otra parte, las cicatrices que me quedaron en los dedos me han servido toda la vida para saber cuál es mi mano derecha. Nunca he comprendido cómo los demás podían distinguir una mano de otra sin necesidad de palparse una cicatriz o una huella, lo que indica que eso de la lateralidad, de la que tanto hablan ahora los psicólogos en los colegios, es algo que yo no tenía, ni tengo, demasiado claro.

Éramos unas niñas tímidas y muy buenas. Digo éramos porque toda mi infancia va unida a la de mi hermana Maruja, apenas año y medio mayor que yo y bastante distanciadas las dos en edad del resto de los hermanos. Nosotras éramos «las chicas»: siempre nos llamaban así. Aparte quedaban todos los demás. Con mi hermana he vivido todas las tristezas, alegrías, opresiones y represiones. Juntas fuimos al colegio, juntas hicimos la primera Comunión, juntas estamos en las pocas fotografías que tengo de mi niñez y juntas hemos estado siempre a pesar de que la vida nos ha llevado por caminos diferentes.

De la casa de Torrijos, pocas cosas más recuerdo. Algo el pasillo —qué importantes son los pasillos— y una ventana que daba a un patio y a la que un día, cogiéndome en brazos, me asomó una de las criadas para enseñarme lo que se veía en el piso de en frente: a saber, un gran envoltorio blanco encima de la mesa. Me dijeron que era un señor muerto. No le di importancia pues no me parecía que ellas se la dieran, pero algo hizo que guardara para siempre esa imagen en mi memoria.

Como también la de la tienda de comestibles el «Verato» que estaba justo debajo de mi casa. Puede que éste no sea un recuerdo, ya que ahora paso con frecuencia por allí y veo que se mantiene con todo su carácter, con el mostrador de mármol, el aparato de partir el bacalao y las largas estanterías llenas de botellas. Hasta el rótulo de la calle me parece que sigue siendo el mismo. Evaristo, el dueño de la tienda, era un personaje importante en casa y del que se hablaba siempre; al menos lo hacían las muchachas, con las que yo pasaba mucho tiempo. Hace seis o siete años, un día que iba por la calle Conde de Peñalver, me paré justo enfrente del «Verato» y después de contemplar largo rato la casa y la tienda me decidí a cruzar la calle y a entrar. Allí estaba Evaristo. Al verle le recordé perfectamente. Yo creía que habría muerto de viejo, pues para mí era un hombre ya mayor en el año 33 o 34 —así es de distinto el mundo de los niños—. Ahora Evaristo no aparentaba más de sesenta y cinco años, los mismos con los que yo le recordaba de niña. Compré unas magdalenas y le pregunté —con gran vergüenza de mi hijo Diego, que me acompañaba— si se acordaba de don Félix Avia, un señor que había vivido hacía muchos años en la casa y que era mi padre. Claro que se acordaba. Se acordaba de todo: de mi madre, de mis hermanos, de las criadas con sus nombres y hasta de Faustino el chófer. Se deshizo alabando a la familia, sobre todo a mi padre, un señor tan bueno y tan sencillo. Yo, por mi parte, exageré lo que quise sobre lo que me gustaba su tienda y lo bien que había hecho conservándola sin tratar de modernizar la. Los dos nos quedamos tan contentos. Cuando veo algo que se conserva con todo su carácter, me gusta tanto que, si tengo ocasión, no puedo evitar decírselo a su propietario. España es, quizá por incultura, el país menos conservador del mundo; la consecuencia es que sus ciudades se están despersonalizando por completo. Aquí sólo se conserva lo que se declara monumento nacional. Cuando una localidad tiene pocos de éstos, como le pasa a Madrid, el papanatismo y el afán de modernizarse consiguen el resultado de esta maltratada ciudad.

Enfrente de mi casa estaba el colegio de Calasancio, al que iban mis tres hermanos. El patio del colegio daba directamente a la calle, separado sólo por una tela metálica. Mi hermana y yo, cuando veníamos de la compra con Dolores, una de las criadas de mi casa, o de paseo con La Leo, la niñera, nos parábamos delante del gran patio y metiendo los dedos por los agujeros de la tela metálica pasábamos muchos ratos viendo jugar a mis hermanos durante el recreo. Era difícil arrancarnos de allí.

No sé si fue en el año 34 o 35 cuando nos cambiamos de casa. La nueva estaba en la calle General Díaz Porlier 3 —después Hermanos Miralles y ahora de nuevo General Díaz Porlier—, en el tramo comprendido entre Goya y Alcalá, un poco antes de que las dos calles se unan. Desde nuestros balcones se veían ambas, y a pesar de la poca distancia que las separaba, su ambiente era muy distinto, cosa frecuente en Madrid. Alcalá era una calle alegre, soleada, popular y taurina, y una no se extrañaba de que la florista fuera y viniera repartiendo nardos. Goya, por el contrario, era seria, residencial y aristocrática, llena de distinguidas señoras que con su velo puesto y el misal en la mano regresaban de la cercana iglesia de la Concepción. La recuerdo sombría, con mucho menos sol que Alcalá, aunque la realidad no tenga por qué ser así.

El piso nuevo era inmenso. Tenía trece habitaciones y una despensa, lo que le permitía a mi madre, que era muy supersticiosa, decir que eran catorce. Esta casa debió de ser tan importante en mi infancia que ha supuesto una verdadera obsesión durante toda mi vida. Cuando paso por allí, aún sigo mirando sus balcones, y daría lo que fuera por pasearme otra vez por sus habitaciones y pasillos. Lo primero por el recibimiento, lo que ahora llaman hall, bastante pequeño. Enfrente de la puerta, una mesa estrecha y alargada, imitación de español antiguo, atravesada por una tela roja con ribetes dorados que no la cubría por entero —«camino de mesa», así me parece que se llamaban estas telas—. Sobre ella había chocolateras, almireces y otros cacharros de cobre; debajo, un inmenso asador, también de cobre, y arriba, cubriendo toda la pared, un gran tapiz. A derecha e izquierda partían dos largos pasillos; para separarlos e independizar un poco la entrada colgaban dos cortinas, una a cada lado. Si tuviera que elegir un símbolo de mi infancia, serían estas cortinas. Sus dibujos, sus colores, están grabados en mi memoria. Me veo siempre junto a ellas, rodeándome con una mientras mi hermana lo hacía con la otra, y dando después muchas vueltas hasta quedarnos envueltas por completo; volviendo a girar luego en sentido contrario para soltarnos. Alrededor de esas cortinas jugábamos a perseguirnos, y detrás de ellas fisgábamos a las visitas que llegaban o que se despedían sin terminar nunca de marcharse.

Al pasillo de la derecha daban el comedor y el cuarto de estar; la cocina, la despensa, el cuarto de las muchachas y el de la plancha; el dormitorio de mis padres, con un gabinete delante; y el cuarto de baño, el único para esa inmensa casa y familia.

La cocina era pequeña, fea y triste, iluminada casi siempre con luz eléctrica. El fogón tiraba mal y las muchachas estaban siempre removiendo el carbón con un gancho que con frecuencia salía al rojo vivo, lo que a mí me impresionaba mucho. El cuarto de estar, en cambio, era grande y alegre, con un gran balcón que daba a la zona de la calle más cercana a Alcalá. La parte lindante con el pasillo, muy cerca de la cocina, sólo recibía la luz del balcón de la parte delantera. En este primer espacio había un aparador vertical, de color canela, con puertas de cristales verdes. Al aparador iba todo: comida, papeles, juguetes, cacharros, cubiertos; por ello siempre lo llamamos «el acaparador». Era muy feo, pero yo no lo notaba; al contrario, lo sentía tan mío como si fuera un miembro más de mi familia.

Ahora, el cuarto de estar suele ser la habitación más cómoda y acogedora de la casa. Entonces era la leonera; allí iba a parar lo que ya no servía para otro sitio, sin tener siquiera pretensiones de cierta comodidad: las sillas pegadas a la pared, con asientos de madera y sin cojines; en el centro, una gran mesa cuadrada cubierta con un hule, pues en esta habitación comíamos; la máquina de coser en uno de los rincones, y un sofá desvencijado cerca del balcón. En las paredes, unas cuantas fotografías colgando de un cordón.

En el balcón de este cuarto nos pasábamos mi hermana y yo las horas muertas, mirando con la nariz aplastada contra el cristal la casa de los enanitos. No sé lo que albergaba aquel edificio, puede que no fuera más que una casa particular. Pero, para los niños, esta torre que todavía existe en la esquina de General Díaz Porlier con Alcalá se prestaba a toda clase de fantasías. Tenía un aire muy misterioso, con su forma redonda y unas ventanitas estrechas, como árabes; debajo de cada ventana había media bola bastante grande, de diferentes colores brillantes y vivos, iguales que esos bombones de licor gordos y redondos, envueltos en papel de plata. Nosotras estábamos convencidas de que no eran otra cosa, y que dentro los enanitos tendrían dulces de todos los tamaños, turrones, caramelos y toda clase de maravillas. Podíamos pasar mañanas o tardes enteras pegadas al cristal, con la ilusión de ver a un enanito asomarse. Nos decían que sólo lo hacían de noche, cuando todo el mundo dormía, porque no les gustaba que las personas normales los vieran. De tanto mirar y hablar se hacía vaho en el cristal y acabábamos siempre haciendo monigotes, letras y números con los dedos.

El suelo de todas las habitaciones era de baldosas con dibujos y colores distintos en cada habitación. ¡Qué importancia tuvieron los suelos en mi infancia! Supongo que en esto influyó bastante la guerra, porque nos obligó a permanecer en casa más tiempo de lo normal en un niño de nuestra edad. En esos años, además, tienes los suelos muy cerca. Al crecer y alejarte pierden importancia, aunque para mí siempre serán algo muy evocador. Entonces formaban un pequeño mundo de colores y formas. Me entretenía viendo cómo en un baldosín solo no se veía casi nada, y cómo al unirlo con los demás se formaban unos dibujos muy bonitos. En las habitaciones en que apenas se entraba, había alfombras que nosotras convertíamos en sitio seguro o tierra firme en nuestros juegos. Los niños de ahora, con las confortables y aburridas moquetas, han perdido en diversión lo que han ganado en comodidad, y los que no tienen ni moqueta lo han perdido todo.

El cuarto de estar se comunicaba con el comedor por unas grandes puertas de cristales. El comedor, por el contrario, era lujoso y confortable. No se comía en él más que en contadas ocasiones, pero en cambio se recibía allí a las visitas. Los amigos de mi padre y las visitas profesionales pasaban al despacho; las amigas íntimas o familiares de mi madre se sentaban con ella en el gabinete que tenía delante de su dormitorio; pero a las visitas, lo que se llamaba una visita, esas que llegaban ceremoniosamente sin avisar y que a veces se quedaban durante horas, a ésas se las recibía siempre en el comedor, sentados todos muy tiesos, unos enfrente de otros y llamándose de usted. Podían ser muy amigos, verse con frecuencia, gastarse bromas y darse palmaditas en el hombro, pero se llamaban de usted y con el don por delante: «No me diga, doña Laura...». «Que sí, doña Donatila, que se lo aseguro a usted...». Nosotras, después, jugábamos a las visitas, imitándolas, y con el tiempo acabó pareciéndonos que eran ellas las que nos imitaban a nosotras.

El comedor, que tenía una entrada independiente desde el pasillo, se comunicaba con el cuarto de estar, y por la pared de enfrente con el gabinete de mi madre. Este gabinete, en vez de balcón, tenía cuatro o cinco ventanas seguidas haciendo mirador, con una sola persiana grande, atravesando toda la habitación y separada de las ventanas unos sesenta centímetros, dejando un espacio muerto cuando se cerraba. En este espacio se metía, en la guerra, con una silla, mi tío Teófilo el cura, dejando la persiana sin cerrar del todo para que quedaran unas rendijas a modo de rejilla. Al otro lado, de rodillas sobre un cojín, se iban poniendo los miembros de la familia, los evacuados y gran parte de los vecinos para que mi tío los confesara. Por fortuna yo era lo suficientemente pequeña para no haber tenido que pasar por tan ridículo trance. Ahora lo veo con toda la tragicomedia que aquello encerraba, pero recuerdo que ya entonces percibía algo.

En el pasillo de la izquierda estaban los dormitorios de todos los hermanos y el despacho de mi padre, con la oficina de sus secretarios, que siempre llamábamos Botoneras, porque cuando vivíamos en la casa anterior esta oficina la tenía mi padre en la calle de Botoneras, cerca de la plaza Mayor.

Las dos partes de la casa, izquierda y derecha, eran completamente gemelas. Doblando el plano casi todo coincidía. Esto era así porque ocupaba todo el espacio que en otras plantas estaba destina do a dos viviendas. Nuestro cuarto era el último de ese lado, el más próximo a Goya. Estaba dividido en dos habitaciones separadas por un arco. La primera entrando desde el pasillo recibía la luz de la segunda, que tenía un balcón y se comunicaba con el despacho de mi padre, de la misma manera que el cuarto de estar y el comedor en la parte de la derecha; el despacho, a su vez, se comunicaba con el gabinete del falso confesionario, con lo cual, si se abrían todas las puertas de cristales de doble hoja, la casa se convertía en una inmensa habitación en la que casi no se veía el final.

El despacho me parecía muy bonito, con esos muebles complicados y negros que tenían tantas cosas: cabezas de dragones, bocas abiertas, patas torneadas que daba gusto acariciar y esos asientos de piel rematados con tachuelas en forma de margaritas. Pero más aún me gustaba el papeleo de encima de la mesa: cartas con sellos distintos; sobres nuevos de todos los tamaños; tarjetas de visita, unas normales y otras con un filo negro; el tintero con sus tapas doradas; la gran carpeta en el centro llena de papeles escritos, papeles sin escribir, papeles transparentes, papel de calcar negro o azul marino, cuartillas con distintos membretes de las anteriores direcciones de mi padre; el cuchillito dorado típico de Toledo para abrir las cartas, la taladradora de papel, que al abrirla estaba llena de papelitos redondos de diferentes colores, como si fueran papelillos de carnaval... Todo lo que había en el despacho me gustaba y atraía.

Sólo podía competir con el despacho la oficina donde trabajaba Isidoro, secretario de mi padre. En las paredes del despacho, en vez de cuadros co

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