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El árbol genealógico de Clint
1930
El Hombre Sin Nombre tiene un pasado tan misterioso como su alias. Harry el Sucio estuvo casado, pero su esposa murió y apenas se menciona en las películas. Los personajes interpretados por Clint Eastwood suelen padecer inquietantes pesadillas de acontecimientos anteriores, aunque solo existan en la acción acelerada del presente. Surgen de nieblas remolineantes, saldan ambiguas deudas pendientes desde hace mucho tiempo (haciendo girar sus armas como magos) y se alejan cabalgando en el ocaso, o bien en coches relucientes.
Al igual que los personajes que interpreta, Clint se muestra reservado sobre su persona, su pasado, su vida privada. No tanto reservado como selectivo, pero es un número que representa bien de cara a la galería. Su memoria es perfecta en ocasiones, conveniente en otras. Le gusta saber, pero no revelar. El actor, como los personajes que encarna, prefiere saber algo que el público ignora.
Es imposible que el público conozca la saga familiar de los Eastwood, paralela a la historia de Estados Unidos. Probablemente ni el propio Clint la conoce en toda su extensión. En entrevistas, la estrella de la pantalla ha mencionado solo de pasada su árbol genealógico, chismes útiles para su imagen. (En la biografía autorizada de Richard Schickel, Clint Eastwood, se omite por completo.) Pero la herencia es fascinante, los genes se cuelan en sus películas, y la epopeya de los Eastwood antes de que Clint naciera proporciona, en este libro, una majestuosa obertura a una vida que es la historia triunfal de un éxito genuinamente americano (aunque no del todo dorado).
Para algunos la obertura, que suena tras los títulos de crédito iniciales, resultará sorprendente, con toques tanto festivos como de jazz, profusos instrumentos de cuerda y un banjo juguetón, fragmentos de melodías y ritmos dispares que se integran de manera asombrosa en una composición roja-blanca-azul digna de Copland o Ives.
No es del todo cierto, como escribió Richard Schickel, que «no haya ningún Eastwood en la Sociedad de los Descendientes del Mayflower», aunque eso bruñe el aura de un desamparado. El primer antepasado por vía paterna llegó a América a principios del siglo XVII. Los Eastwood se contaban entre los primeros pioneros que se dirigieron al Oeste. Originalmente yanquis, puritanos y establecidos en el Este, los miembros de la familia se dispersaron y desplazaron hasta Nueva York, Ohio, Michigan, Virginia, Illinois, Luisiana, Kansas, Colorado, Nevada, California y Alaska, y entretanto inscribieron sus nombres en los anales de la guerra de Independencia, los primeros conflictos por la formación de los diversos estados, la guerra de 1812, la guerra de Secesión y la fiebre del oro. Fundaron ciudades, erigieron iglesias en pleno campo, ocuparon cargos municipales, portaron placas de las fuerzas de la ley, acumularon tierras y propiedades. Constituían un clan con aptitudes para los negocios, y fueron granjeros, carreteros, constructores de barcos, tenderos, viajantes de comercio, propietarios de hoteles y bares, mineros… y, sí, muy al principio, los Eastwood demostraron cierto talento para el negocio del espectáculo.
Clint es como una semilla plantada a la sombra que crece hasta convertirse en el orgullo del bosque, la secuoya más alta. Pero el éxito y la prosperidad caracterizaron a su linaje mucho antes de que él viniera al mundo.
El primer varón nacido en América con su apellido fue Lewis Eastwood, que vio la luz más de un cuarto de siglo antes de la guerra de Independencia, en 1746, en Long Branch (Nueva Jersey).1 Los padres de Lewis habían viajado al Nuevo Mundo desde Inglaterra, donde los Eastwood eran respetables terratenientes que afirmaban que sus antepasados se remontaban hasta el siglo XVII y eran originarios de Dublín y Louth, en Irlanda.
La vida de Lewis ofreció un ejemplo perfecto a los futuros Eastwood. Granjero y transportista (de bienes comerciales), Lewis Eastwood se trasladó libremente de un lugar a otro y residió durante cierto tiempo en Allentown (Nueva Jersey), así como en Goshen, Schenectady, Ballston Lake, Kinderhook, Catskill y Red Hook, en el estado de Nueva York.2 En algunos lugares solo vivió unos meses; en otros, varios años. Invirtió sus ganancias en tierras —una afición de los Eastwood—, y el optimismo posterior a la guerra de Independencia le llevó a Nueva York, donde fundó una curtiduría.
Eso sucedía hacia 1792. Aparte de la curtiduría, Lewis Eastwood continuó siendo propietario de una compañía de transporte bastante grande. Un directorio de Nueva York le situó en el puesto 103 de mil doscientos transportistas, lo que indica que poseía un número considerable de carros. Los carreteros dominaban todo el transporte interurbano de Nueva York a principios del siglo XIX y controlaban el comercio y la venta de muebles, productos mercantiles, leña, heno y alimentos. A cambio de comprometerse a acatar las ordenanzas municipales, tenían el monopolio de la expedición de licencias y, en consecuencia, llegaron a acumular una gran influencia local.
Los inmigrantes advenedizos tenían prohibido el acceso a la asociación de carreteros, a los que se acusaba continuamente de inflar los precios. En general los carreteros apoyaban al partido de la clase dirigente, el Republicano Demócrata, en aquellos tiempos todavía el partido de Thomas Jefferson, quien hizo lo posible por limitar las intromisiones y regulaciones de los estamentos gubernamentales. Aunque Clint ha dicho con frecuencia a sus entrevistadores: «Soy el primero de la familia que ha triunfado», los carreteros «triunfaron», y los primeros Eastwood estaban muy unidos a los privilegios y el poder.
Según la Encyclopedia of New York, un carretero era «fácil de reconocer por su levita blanca, el sombrero de granjero y la pipa de cerámica». Es poco probable que el Lewis Eastwood de la levita blanca condujera sus carros; debía de contratar a otros para transportar las mercancías. Vivió sucesivamente en Eagle Street (más tarde bautizada Hester) y Henry Street, ambas situadas en barrios con edificios de ladrillo del distrito 7 (lo que más tarde se conocería como Lower East Side), el más populoso de la ciudad a principios de siglo. Ambas direcciones se encontraban muy próximas a los muelles y terminales de transbordadores del río East.
También se hallaba cerca el templo de la Tercera Iglesia Presbiteriana, al que los Eastwood debían de acudir, pues eran personas piadosas, una de las características familiares que evolucionaría hasta desaparecer en Clint. Lewis Eastwood aparece en documentos en los que se compromete a entregar quince chelines para el sueldo de un pastor de Allentown (Nueva Jersey), en 1784.
La vida ordenada de Lewis empezó a derrumbarse cuando su primera esposa falleció. Aunque parece que contrajo segundas nupcias, no volvió a ser el hombre respetable de antes. Se dio a la bebida y durante sus últimos años consiguió dilapidar «todas sus propiedades», según su hijo Asa. Cuando Lewis se retiró a Allentown, cerca de donde había nacido, y donde moriría en 1829, su alcoholismo se convirtió en una advertencia para los futuros miembros de la familia.
Lewis tuvo cinco hijos, entre los cuales se contaban John, un constructor de barcos que vivió en Sackets Harbor (Nueva York); Enos, un capitán de barco que transportaba ostras en Shrewsbury (Nueva Jersey); y Asa, nacido en Allentown en 1781. A los Eastwood les gustaban los nombres bíblicos, muy comunes entre los puritanos que emigraban a América.
Asa, padre del tatarabuelo de Clint, era el hijo menor de Lewis y el más avispado: ahorrador, trabajador, preocupado por los intereses de la comunidad y con una capacidad inagotable de adaptarse a los retos de la vida. Los Eastwood creían que la experiencia era el mejor maestro. Asa no terminó sus estudios y se convirtió en el alumno más aventajado de su padre en el negocio del transporte. En 1800 se alistó en la Marina, fue destinado a la fragata Constitution y combatió en la guerra de Trípoli, librada entre Estados Unidos y los Estados del norte de África, recibiendo elogios por su valiente conducta. Nueva York era su puerto de origen, y allí se casó con Mary Doxsey en 1801, en Long Island, cuando ella tenía diecinueve años y él acababa de cumplir veinte.
Después de la boda ofrecieron a Asa un cargo de oficial en un buque de guerra holandés, que aceptó de inmediato. «Tras combatir en todos los rincones del mundo durante varios años y padecer todas las vicisitudes de la fortuna, el joven aventurero regresó a Nueva York, donde su joven esposa le esperaba pacientemente», según una crónica publicada de la vida de Asa Eastwood, tan idealizada como algunos artículos posteriores sobre Clint. Asa no debió de padecer vicisitudes durante mucho tiempo, pues en 1802 el alcalde de Nueva York, Edward Livingston, le concedió una licencia de carretero. «Estas licencias se las consiguieron amigos del señor Eastwood mientras este se encontraba en alta mar», según la crónica publicada, que pasa por alto el hecho de que la influencia paterna garantizó un puesto para Asa en la élite de los carreteros. Pero los primeros Eastwood también preferían la mística del «hecho a sí mismo».
El Directorio Longworth de Nueva York demuestra que Asa siguió los pasos de su padre mientras se instalaba en el Lower East Side. Muchos otros Eastwood, según los archivos, trabajaban en el lucrativo negocio de los carros. Pero Asa tenía otros intereses: también dirigía un hotel y bar cerca de los muelles (precursor del Hog’s Breath Inn de Clint), y fue el primer Eastwood que participó en política. Al igual que su padre, Asa era republicano demócrata, miembro prominente de la Sociedad Tammany (más tarde famosa por su corrupción), y ejercía varios cargos públicos.
Hacia 1807 Asa entró como alférez en la infantería ligera de la ciudad. Pronto le nombraron teniente y oficial de reclutamiento. Desde 1807 hasta 1822 fue uno de los agentes de policía sin sueldo de la ciudad, que eran nombrados por el alcalde con la responsabilidad de reprimir disturbios, mantener la paz en las calles y actuar como funcionarios de los tribunales. Estos agentes de policía y comisarios de Nueva York —los primeros Harry el Sucio de la nación— también encendían las farolas por las noches, estaban atentos por si se producía algún incendio y vigilaban Potter’s Field, el cementerio de los pobres, para que los estudiantes de medicina no fueran a robar cadáveres. No llevaban un uniforme especial, aparte de los cascos de piel, y por eso se les bautizó como «cabezas de piel».
«Los nombramientos se sucedieron —escribió un tal Horatio Alger sobre la vida de Asa—, y el ex militar se convirtió en uno de los políticos más serios del antiguo Nueva York. Con un hotel, una panadería, la vieja curtiduría, cargos municipales y estatales, y un empleo de recaudador de impuestos federal, cuyo cometido consistía en obligar a los cuáqueros a pagar los impuestos de guerra, Asa Eastwood no tardó en llegar a ser un hombre rico y un líder político de Manhattan.»
Reveses y contratiempos eran consustanciales a la mitología de los Eastwood. Después de la guerra de 1812 Asa «había tocado fondo», aunque todavía se hallaba en posesión de una fábrica de barriles y otros negocios. La vida metropolitana estaba plagada de tensiones, y Asa fue el primer Eastwood que obedeció a la llamada de la naturaleza. Se mudó al norte de Nueva York. A principios de abril de 1817 adquirió una granja de cuarenta hectáreas en el condado de Onondaga, después zarpó en dirección a Albany en una barca de fondo plano y desde allí atravesó los «bosques sin caminos» durante nueve días, acompañado de su esposa y la familia, compuesta por tres hijas y cinco hijos, entre ellos un bebé de cinco meses.3
Nos encontrábamos a cinco kilómetros de nuestro destino cuando la noche se nos echó encima —escribió Asa Eastwood en su diario—. Estaba oscuro, llovía y hacía frío, no había camino que seguir. Avanzábamos guiados por la intuición, el hombre al que había contratado y los niños en la carreta, mi esposa en una calesa y yo a la cabeza a tientas. Estaba oscuro como boca de lobo, y la carreta se atascó en un enorme bache lleno de barro. Lo primero que exclamé fue: «¡Dios mío, mis hijos!». Los sacamos por fin y utilizamos la cubierta de la carreta para montar una tienda. Improvisamos camas sobre una alfombra y nos acostamos hambrientos, ateridos y manchados de barro. No teníamos nada de comer, ni para los hombres ni para las bestias. Encendimos un fuego como mejor pudimos con una vieja caja de madera. Los lobos aullaban a un ritmo espantoso, pues los bosques estaban plagados de dichos animales.4
Esa tensión centrada en la familia nunca aparecería en los westerns de Clint Eastwood. Para empezar, los personajes de Clint pocas veces están «con la esposa», y por lo general inician sus aventuras más al oeste, al otro lado del Mississippi, con la frontera ya establecida. Los colonos necesitaban sus armas para protegerse de los humanos más que de los peligros de la naturaleza. El principal problema de Asa y su familia, no obstante, se presentó en cuanto llegaron a su destino: la granja, que habían comprado se hallaba en la orilla meridional del Oneida, a unos dos kilómetros al este de South Bay, pero los Eastwood, acostumbrados a las comodidades urbanas de los edificios de ladrillo rojo, se encontraron con una «miserable chabola» que necesitaba reparaciones con urgencia.
Los vecinos se congregaron para ayudar a restaurar la casa. Los hombres añadieron una espaciosa ala, mientras sus esposas daban de comer a los voluntarios, que se iban turnando. Pusieron persianas en las elegantes ventanas. Quemaron robles para despejar el terreno. La cercana Cicero bullía de rumores acerca del hombre rico que se había trasladado a la ciudad. Una de las primeras cosas que hizo Asa Eastwood fue engrosar el número de los feligreses locales.
Asa afirmó en una ocasión que «sabía un poco de todo, pero no era experto en nada». Se puso a cultivar verduras y hortalizas para transportarlas al mercado a través del riachuelo del bosque y el río Mohawk, con el fin de aprovechar la proximidad de Syracuse. Compró ganado, caballos y heno, participó durante un breve tiempo en una empresa dedicada al comercio de sal y abrió además unos almacenes de utensilios domésticos. Sin embargo, como era un hombre muy recto, Asa «descubrí que había que mentir tanto para vender productos que no lo pude soportar», y no le gustaba dirigir la tienda ni ocuparse de las tareas agrícolas. Sintió la necesidad de regresar a Nueva York para dedicarse a la política y las inversiones. Su esposa tendría mucho trabajo durante su ausencia: Mary Doxsey Eastwood tuvo que supervisar todas las labores de la granja, criar a once hijos y, en los ratos libres, ganar un poco más de dinero tejiendo e hilando lana.
Bajo la supervisión de su madre, los hijos mayores cortaban leña, cultivaban los campos y se ocupaban de los caballos y el ganado. Asa volvió a Nueva York en 1821, y durante la siguiente década dividió su tiempo entre el campo y la ciudad. En el condado de Onondaga ejercía de juez de paz, y en Nueva York continuaba siendo comisario. Tal era su posición social en Nueva York que fue nombrado ciudadano de honor mediante un decreto de la junta de concejales, por recomendación del alcalde Stephen Allen.
Se hospedaba a menudo en Tammany Hall, sede de la sociedad de dicho nombre, y escribía a su esposa largas cartas llenas de consejos prácticos. Se quejaba del ritmo acelerado de la vida urbana y afirmaba que suspiraba por su familia y la existencia bucólica. «Es un hecho cierto que las bellezas de Nueva York no sean [sic] iguales a las de las orillas del Oneida», escribió Asa Eastwood. Coogan —el personaje interpretado por Clint en La jungla humana— demuestra ser un verdadero descendiente de Asa cuando, plantado en una colina que domina los rascacielos de Manhattan, musita: «Estoy intentando imaginar cómo era, solo los árboles y el río, antes de que la gente llegara y lo echara todo a perder».
En 1821 Asa fue elegido delegado para asistir a un congreso cuyo cometido era revisar la Constitución del estado. En 1833 fue elegido miembro de la asamblea del estado de Nueva York en representación del condado de Onondaga. Aunque educado en la fe de Jefferson, en esa época Asa empezaba a decantarse hacia los liberales. Se había «opuesto con firmeza a la invasión del poder esclavista», y se negó a seguir al Partido Demócrata «cuando abandonó sus antiguos objetivos y cayó en una ciénaga de esclavismo y propagandismo», según una fuente. Después de votar por John C. Frémont, el candidato antiesclavista a la presidencia, el primero que presentaba el recién fundado Partido Republicano, en 1856, Asa se cambió de chaqueta. Posteriores generaciones de Eastwood (incluido Clint) se mantendrían fieles a los republicanos y defenderían ideas conservadoras.
Mary Eastwood murió en 1862, después de sesenta años de matrimonio. Asa, que vivió hasta 1872,5 mantuvo contacto con su prole por carta y siguió escribiendo su diario personal hasta pocos días antes de fallecer. Los hijos de Asa se dispersaron. Su hija Mary se había casado y trasladado a Indiana, Lucinda fue a Michigan, Samuel a Nebraska, y Elisha terminó en Luisiana, donde continuó siendo un empecinado unionista durante la guerra de Secesión y más tarde llegó a ser un juez de paz bastante respetado. Otros hijos, en cambio, manifestaron pocas ansias de viajar y se quedaron en el norte de Nueva York. Entre ellos se encontraban John, Benjamin, Nelson, Enos, William y Lewis. Este último aparece en este libro como el tatarabuelo de Clint por parte de padre.
Nacido en la ciudad de Nueva York en 1810, cuando la familia vivía en Front Street, Lewis Washington Eastwood era el tercer hijo de Asa. Era uno de los Eastwood satisfechos con su suerte y se contentó con vivir en el condado de Onondaga. Se casó con Margaret A. Sullivan, tuvo cinco criaturas y fue el primer hijo de Asa en morir, en 1863, en Cicero. El menor de sus cinco vástagos era Asa Bedesco, bautizado con el nombre del patriarca y nacido en Cicero en 1846. Asa B. sería el bisabuelo de Clint. Según los datos del censo, Asa permaneció en la ciudad durante un tiempo después de la muerte de su padre, y fue el primer Eastwood que se dirigió al Oeste, entre 1872 y 1879. Entonces ya había cambiado la agricultura por la minería y la ingeniería.
Las ciudades están sucias y atestadas. La belleza y la soledad de las tierras salvajes resultan estimulantes. En los mejores westerns de Clint, los personajes que interpreta carecen de hogar. Huyen, persiguen. Viajan a lo largo de kilómetros y años para satisfacer su deseo de dejar atrás su vida atribulada.
La siguiente documentación disponible muestra a Asa B. trabajando de minero en Nevada, antes de que le nombren capataz de la mina Hathaway, en Placer (California), uno de los condados situados en la vertiente occidental de la sierra que se extienden por el centro y norte de California. Este territorio fue uno de los primeros que se vieron invadidos durante la fiebre del oro de 1849, y con posterioridad tanto buscadores de oro como grandes empresas abrieron minas y canteras con regularidad.
Ambas ramas de la familia de Clint tenían antecedentes mineros. En sus películas, el actor también muestra cierto afecto por el ambiente de los campamentos y ciudades mineros, aunque sus parientes jamás alcanzaron la riqueza, a diferencia de Pardner, el personaje que encarna Clint y canta «Gold Fever» en La leyenda de la ciudad sin nombre. Una fiebre del oro menos armoniosa inyecta emoción en los sangrientos argumentos de Infierno de cobardes y El jinete pálido.
En la mina Hathaway, situada a un kilómetro al sudoeste de la ciudad de Ophir, Asa B. Eastwood tenía a su cargo a unos treinta hombres cuyo trabajo consistía en explorar una veta de mineral de menos de un metro de anchura donde había galena argentífera, blenda y piritas que contenían cobre, hierro y arsénico. Como muchos Eastwood, Asa B. mantenía al menos dos residencias: una, por motivos de trabajo, en una aldea dedicada al cultivo y transporte de fruta llamada Newcastle, y otra en el cercano y floreciente San Francisco.
Cuando el bisabuelo de Clint murió de neumonía el 2 de abril de 1908, a la edad de sesenta y dos años, el Placer Herald se deshizo en alabanzas describiéndolo como «un valiosísimo ciudadano. No solo en un sentido moral y patriótico, sino también en lo tocante a los negocios. […] Era un gran hombre de anchas miras, honorable y respetado». El Placer County Republican admitía que Asa B. era «uno de los ciudadanos más leales del condado de Placer. Era un hombre dedicado a la minería, y en los últimos años había trabajado mucho con el fin de preparar la mina Hathaway para operaciones a gran escala. Era un ciudadano muy respetado por todos cuantos le conocían, así como un hombre honrado, recto y sencillo, y la comunidad en que vivió le echará mucho de menos».
Después del funeral, los restos de Asa B. partieron en el tren número 5 para ser incinerados en Oakland, que hacia 1908 era el centro neurálgico de la familia, al menos para la rama de los Eastwood que había emigrado al Oeste. El bisabuelo de Clint dejaba esposa, Mabel, una hija que vivía en Los Ángeles y dos hijos: Orlo, de Corte Madera, en el condado de Marin, y Burr Eastwood, nacido en 1871, el benjamín, a quien el destino había elegido para ser el abuelo de Clint Eastwood.
La señora de Asa B. Eastwood y sus tres hijos se habían instalado en la calle Siete de San Francisco hacia la década de 1880, cuando la ciudad de la bahía estaba convirtiéndose en el puerto y el centro financiero más importantes de la costa del Pacífico americana. Asa B., cuyas responsabilidades incluían el transporte y la venta de minerales extraídos en Hathaway, pasaba bastantes temporadas en San Francisco. Tal vez Mabel Eastwood y sus hijos preferían el clima templado de la ciudad. No cabe duda de que un caballero adinerado como Asa B. gustaba de la alta sociedad.
Hacia 1888, Burr, que contaba entonces diecisiete años, y Orlo, el hermano mayor, trabajaban de dependientes en Holbrook, Merrill y Stetson, una tienda de venta al detalle situada en la esquina de Market Street y Beale Street, que tenía lazos comerciales con las empresas mineras. Importadores y mayoristas pioneros, Holbrook, Merrill and Stetson ofrecían artículos de estaño, y ferretería, herramientas y máquinas, bombas de agua, aparatos eléctricos, hornos, cocinas y estufas, complementos del hogar y, más adelante, accesorios de automóviles. Sus ventas ascendían a millones de dólares al año.
Los Eastwood llevaban el arte de la venta en las venas. Burr consiguió un ascenso en Holbrook, Merrill and Stetson y abandonó el hogar familiar para vivir solo en 1900. Ese mismo año Burr se casó con Jessie Anderson, una de las cuatro hijas de Matthew y Lois Anderson. Son los Anderson, emigrados de Escocia, los que aportan las primeras inquietudes culturales a la rama Eastwood del árbol genealógico de Clint. Ambos Anderson eran profesores de piano, y la madre legó su piano vertical de fabricación alemana («el piano de la abuela Andy») a su hija Jessie. El instrumento ocupó un lugar destacado en el hogar de Clint cuando era pequeño, y se dice que todavía sigue en la familia, una reliquia bien conservada que aún funciona.
El primer vástago de Burr y Jessie Eastwood, Burr hijo, vino al mundo dos años después de la boda, en 1902, y en 1906 nació el segundo, Clinton. Para una familia con debilidad por los nombres de pila breves, el de Clinton representaba un cambio, el primero en los anales de los Eastwood. Parece razonable conjeturar que era el apellido de soltera de Helen Anderson, la madre de Jessie, que nació en Vermont, de donde procedía la familia.
Mientras que Orlo no tardó en abandonar Holbrook, Merrill and Stetson para aceptar un empleo de gerente en la Mechanical Installation Company, Burr padre fue uno de los Eastwood poco dados a los cambios y trabajó toda su vida para la empresa de venta al detalle, que le empleó durante cuarenta años en sus diversas encarnaciones, hasta que acabó de director de departamento en Tay-Holbrook, que en la época en que se jubiló Burr padre había abierto oficinas, plantas y almacenes en ocho ciudades.
Tan sólida era la posición de Burr padre que en 1908 pudo trasladarse con su familia al otro lado de la bahía de San Francisco, a Piedmont, un pequeño municipio rodeado, tanto entonces como ahora, por Oakland. Piedmont, cuyo nombre procede del latín y significa «pie de montaña», era una localidad de colinas sembradas de robles y arroyos centelleantes, con una vista espectacular de San Francisco y el mar. Magnates de la banca, el ferrocarril, la energía, las inversiones, la industria maderera y la minería que desdeñaban el bullicio y frenesí de San Francisco huían a Piedmont. Allí podían criar a sus hijos en magníficas casas enclavadas en fincas rústicas con extensos jardines. En la ciudad recién fundada empezaban a aparecer «cochecitos de gasolina», se había mejorado el sistema de abastecimiento de agua y la luz eléctrica comenzaba a llegar a las viviendas.
La primera casa de Burr padre en Bonita Avenue se encontraba en el límite de Piedmont con Oakland, pero en un hermoso emplazamiento. La trágica muerte de su esposa tuvo lugar en 1925. Jessie Eastwood falleció, cuando solo tenía cuarenta años, víctima de las complicaciones de un cáncer de mama. El hijo menor de Burr, Clinton, contaba entonces casi veinte años, y no cabe duda de que echó en falta a su madre, pero esta hija de profesores de piano ya le había enseñado a amar la música.
Clinton era «intelectualmente perezoso» como estudiante, recordaba un compañero de clase, y mostraba cierta «arrogancia despreocupada» acerca de su apostura y su posición social. Era un atleta alto, guapo y robusto en Piedmont High, donde jugaba a fútbol americano de delantero. Los amigos de la familia creían que tenía posibilidades de ir a la universidad con una beca deportiva. Pero en 1925 abandonó Berkeley al cabo de uno o dos semestres y, siguiendo la tradición familiar, optó por la escuela de la vida.
Burr volvió a casarse enseguida, en 1927, el mismo año en que su hijo Clinton contrajo matrimonio con Margaret Ruth Runner. Cuando se desposó Burr hijo, sus nupcias hicieron furor en las páginas de sociedad de la prensa local: la novia era la hija del doctor M. O. Forster, presidente del Instituto Indio de Ciencias de Bangalore (India), una joven que destacaba en la alta sociedad, mientras que el novio era «bien conocido entre la juventud» de Piedmont. Clinton, sencillo y sin pretensiones, quedó eclipsado por su hermano mayor; su boda fue modesta y los periódicos no la mencionaron.
Los Runner no eran tan conocidos como los Eastwood. No obstante, Margaret Ruth Runner, a quien todos llamaban Ruth, aportaría una columna vertebral de hierro a la unión. Más de una persona entrevistada para este libro ha afirmado que la discreta Ruth Eastwood no era lo que parecía. Lo mismo puede decirse de muchas mujeres Eastwood, que disfrutaban de la fama de sus maridos con un aire elegante que disimulaba el nervio que en realidad tenían.
El famoso hijo de Ruth, que dedicó su Oscar a la mejor película por Sin perdón a su madre, sentada entre el público la noche de los premios, se sentía en ocasiones más dispuesto a hablar sobre su padre en las entrevistas. Pero puede afirmarse que Ruth Eastwood ejerció una influencia igual, si no mayor, sobre Clint, y que la mitad de su árbol genealógico aportó cualidades impresionantes, pintorescas y a veces peculiares al linaje.
Los antepasados de Clint por parte de madre se encontraban entre los primeros colonos de Nueva Inglaterra, donde organizaron su vida alrededor de la tierra, la comunidad, la autoridad y el culto público.
William Bartholomew —el primer antepasado norteamericano del que se tiene constancia en la rama Runner del clan— era hijo de una familia de Burford (Inglaterra). El primero de una larga estirpe de Bartholomew norteamericanos, llegó de Londres al Nuevo Mundo en 1634, con treinta y dos años, y se estableció como comerciante en Ipswich. Más tarde residiría en Marblehead y Charlestown. Fue enterrado en el cementerio de Charlestown al lado de John Harvard.
William engendró a William hijo, tal vez el primer Bartholomew nacido en el Nuevo Mundo, en 1640 o 1641. William hijo se casó con Mary Johnson y el vástago de ambos, Andrew, contrajo matrimonio con Hanna Frisbie, de Branford (Connecticut, estado al que se había mudado antes de 1729). La familia estaba bien afianzada en América cincuenta años antes de la guerra de Independencia.
Los Bartholomew poseían en Branford varios molinos que Andrew administró hasta la muerte de su padre, tras la cual tanto él como su hermano Benjamin se convirtieron en sus propietarios y administradores. Durante su vida Andrew logró amasar grandes cantidades de bienes raíces en Branford, Wallingford y ciudades cercanas. Era muy conocido en la zona por su participación en las actividades de la iglesia y los asuntos locales, y también fue comandante de los voluntarios militares de la zona.
Joseph (nacido en 1721), hijo de Andrew, engendró a Andrew (nacido en 1744), quien se casó con Rachel Royce, de Wallingford. Andrew, que vivía en una extensa granja de Wallingford situada en la carretera del norte que comunicaba con Durham, fue también comandante de voluntarios, lo cual explica por qué los vecinos le conocían como capitán Bartholomew. Una crónica de la genealogía de los Bartholomew afirma que él y sus vástagos eran (como Clint) «de tez morena y alta estatura». Aunque tenía fama de tacaño (como Clint), se mostraba derrochador con su prole. Y entre los diez hijos que Andrew Bartholomew tuvo con dos esposas sucesivas había un tal Noyes Dana Bartholomew.
Noyes Dana —el tatatatarabuelo de Clint por parte de madre— nació en Wallingford el 2 de abril de 1785. Liberal hasta 1856 y, al igual que los Eastwood, miembro incondicional del Partido Republicano a partir de ese momento, «era un granjero trabajador y concienzudo —según una crónica de su vida—, que realizaba las labores del campo en las estaciones pertinentes». Después de participar en la guerra de 1812, Noyes Dana Bartholomew se trasladó, durante la presidencia de Martin van Buren, desde Wallingford a Elmwood, en el norte de Illinois, al este de Peoria. Se llevó consigo a su esposa, Elizabeth Hall, y a sus diez hijos, de los que tres habían nacido en Wallingford: Luzerne (el mayor, nacido en 1812), Noyes Ellsworth (el 17 de junio de 1826) y Edward Franklin (el 8 de agosto de 1828). Otros parientes Bartholomew le siguieron.
Elmwood había crecido al amparo del proyecto de construcción de la línea del ferrocarril de Peoria y Oquawka, que atravesaría la zona central de Illinois. En 1835 se descubrió carbón en las colinas cercanas, y las perspectivas de expansión y desarrollo parecían atractivas.
El 3 de abril de 1838, cuatro hombres —Noyes Dana Bartholomew y su hijo mayor Luzerne, Calvin Cass y Frederick Kellogg— dibujaron el trazado de la ciudad de Newburg, un kilómetro al oeste de Elmwood. Los Kellogg fueron otra familia fundadora de Newburg; las gemelas Cornelia y Cordelia Kellogg (nacidas en 1829) eran hijas de Edward y Jane Kellogg, cuya casa con jardín de North Street se encontraba a dos kilómetros de la granja de los Bartholomew. Las gemelas se casaron con los hermanos Noyes Ellsworth y Edward Franklin Bartholomew,6 que tenían más o menos su misma edad y habían recibido una educación parecida en 1848 y 1853, respectivamente.
La unión matrimonial de los Bartholomew y los Kellogg da a Clint sobrados derechos para pertenecer a la Sociedad Mayflower. Los primeros Kellogg habían llegado a América durante el auge de la emigración puritana, entre 1620 y 1640, con abundante cantidad de dinero, bienes y ganado. Myles Standish y el gobernador Bradford eran antepasados directos. Casi todos los estados de Estados Unidos pueden jactarse de tener a un Kellogg entre sus pioneros y ciudadanos destacados. Un descendiente famoso fue W. K. Kellogg, de Michigan, el rey de los cereales.7
Los Kellogg y los Bartholomew erigieron las primeras escuela e iglesia de Newburg. Noyes Ellsworth Bartholomew envió la primera partida de ganado de la ciudad a Chicago. Su hermano mayor, Luzerne, reunió noventa y siete hectáreas de tierra, donde se construyeron una fábrica de tejidos de lana, una noria, un molino de viento para bombear agua y un matadero, desde el cual enviaba barriles con carne de cerdo que se transportaban en barco por el río Illinois hasta el mercado de San Luis.
Newburg era una localidad pequeña, con muchos ciudadanos unidos por lazos de parentesco. «Eran tiempos en que lo más importante era la comunidad, cuando ser pionero en Illinois significaba sacrificio, penalidades, soledad, compensados solo por la promesa de grandes beneficios, el amor de los vecinos y el reparto de las responsabilidades —según el relato de uno de los pioneros de Newburg—. Eran los tiempos del colegio construido con troncos, los concursos de ortografía, las escuelas de canto y la pequeña iglesia de la comunidad.»
La esposa de Luzerne era Betsy Yale Bartholomew, descendiente directa de la familia Yale de Connecticut, una mujer muy culta que, según se decía, escribía tanto en prosa como en verso con facilidad. Luzerne debía de ser el más pintoresco de los antepasados de los Runner. No solo era granjero, maquinista e inventor —a principios del siglo XX, su hijo John dirigiría la Bartholomew Co., que fabricó el automóvil Glide de un solo cilindro y ocho caballos de fuerza, también conocido como «el Bartholomew»—, sino además un valiente aventurero. Cuando los Illinois Jayhawkers,8 un grupo de hombres de diversas procedencias, decidió partir de Illinois en busca de oro, Luzerne se distinguió como uno de sus líderes. Convertido en otro «capitán Bartholomew» (en referencia al pirata galés Bartholomew Roberts), Luzerne ejerció de guía de un contingente de quince carretas entoldadas y veintiún hombres que se dirigían hacia lejanos horizontes.
Después de abandonar Galesburg (Illinois), en abril de 1849, el grupo al mando de Bartholomew llegó a Salt Lake City en septiembre, demasiado tarde para explorar la helada ruta del norte que atravesaba las montañas. Un rastreador se ofreció a conducirles hacia el sur siguiendo la Old Spanish Trail.
Había división de opiniones sobre si continuar hacia el oeste o pasar el invierno en Salt Lake City, porque la estación estaba demasiado avanzada —explica Manley Ellenbeckan, historiador de los Jayhawkers—. Un anterior desastre invernal en el paso Donner era el culpable de las vacilaciones. Ante esta disyuntiva, Luzerne y su hermano Edward Franklin se separaron. Luzerne se encontraba en el grupo minoritario. Tomó la carreta número 9 de los Bartholomew y siguió la ruta Lossen, paralela al río Humboldt. Llegaron a Sacramento el 3 de noviembre con todos los miembros del grupo sanos y salvos.
El hermano menor de Luzerne, Edward Franklin, que contaba entonces veintitrés años, condujo al equipo que viajó siguiendo la ruta del valle de la Muerte y llegó a la zona de Sacramento más adelante, en la primavera de 1850. Edward Franklin tendría buena suerte como minero, mientras que Luzerne se cansó de buscar oro después de conseguir unos noventa centavos de polvo centelleante. Luego conoció por casualidad a un ranchero del río Sacramento cuyo ganado era pasto de cazadores furtivos y, llevado por un impulso, le compró la propiedad. Luzerne estaba rastreando la cordillera para investigar el misterio cuando descubrió al culpable: un oso gris.9 Con la ayuda de un herrero del grupo, Luzerne construyó una gran jaula de hierro con una puerta de guillotina activada por un resorte y, utilizando un venado como cebo, capturó al oso, el de mayor tamaño visto en cautividad en aquel tiempo. Se calculó que, erguido, medía un metro y medio hasta el hombro, y pesaba más de ochocientos kilos.
Demostrando un instinto para la explotación en el más puro estilo de Bronco Billy, Luzerne puso al oso el nombre de Bruin y lo transportó, primero en una jaula provista de ruedas y luego en barco, a lo largo del istmo de Centroamérica y el golfo de México en dirección a Nueva Orleans, y después Mississippi arriba hasta Elmwood, donde Bruin pasó el invierno, antes de ser exhibido la siguiente temporada ante el público boquiabierto de todo el Este y Canadá. Más adelante Luzerne hizo una gira con el oso en los espectáculos de variedades de P. T. Barnum, y presentó al animal en las principales ciudades europeas. Con posterioridad el oso se convirtió en una atracción para los turistas en Central Park.
Entretanto, un enriquecido Edward Franklin Bartholomew regresó a Illinois, se casó y se dedicó a la tarea de fundar una familia. El segundo de sus cuatro vástagos, e hija mayor, nacida en 1859, fue Sophia Aurelia Bartholomew, bisabuela materna de Clint. Edward Franklin era propietario de unos grandes almacenes, hasta que fue llamado a filas como «jefe de caravana» para la causa de la Unión. Sirvió en la caballería durante un año, hasta que una herida en el pie le obligó a darse de baja del ejército.
Con la guerra de Secesión todavía en pleno apogeo, Edward Franklin planeó mudarse al condado de Linn (Kansas), tal vez seducido por las cartas de sus compañeros buscadores de oro que habían emigrado allí. En aquel momento, trasladarse a Linn equivalía a ondear la bandera abolicionista, pues el condado había sido un sangriento campo de batalla del movimiento antiesclavista. Los abolicionistas habían derrotado a los esclavistas en las elecciones de 1857, que proclamaron Kansas estado libre, pero militantes y activistas proesclavistas todavía se oponían a la decisión. El feroz cruzado antiesclavista John Brown y el igualmente feroz coronel James Montgomery eran los héroes del condado de Linn.
A principios de 1863 una caravana de los Bartholomew partió en dirección a Mound City (Kansas),10 capital del condado y principal encrucijada para residentes temporales en la frontera. Hay indicios de que Edward Franklin pasó primero por San Luis, con el fin de llenar los carromatos de provisiones para la apertura de unos nuevos grandes almacenes. Su esposa Cordelia y los niños le siguieron por tren en el invierno de 1863-1864. En esa época Edward Franklin ya había comprado una casa de troncos de una habitación y un corral para el ganado. Había abierto una tienda de artículos de ferretería y herramientas, Bartholomew & Smith, en la Tercera con Main Street. Y el negocio florecía: los periódicos daban cuenta del creciente número de carromatos que llegaban procedentes del Este.
El hermano mayor, Noyes Ellsworth, en otro tiempo un granjero próspero cuyo negocio se había visto sacudido por la depresión de la posguerra, le siguió con su esposa e hijos en 1866, al frente de mil cien cabezas de ganado. Un tercer hermano, Samuel Dana, también se mudó a Kansas. Los hermanos Bartholomew fueron miembros fundadores de la sociedad que en 1866 construyó la primera iglesia congregacionalista de la ciudad. Noyes Ellsworth fue el primer diácono de la iglesia y ejerció de tal durante veinticuatro años.
En los westerns de Clint, las actrices suelen interpretar personajes secundarios poco definidos que se mueven por su sentido del deber: dueñas de saloons, prostitutas de ciudades fronterizas, avejentadas esposas de granjeros. Las mujeres de carne y hueso de las que desciende la estrella de cine llevaron vidas más complicadas, y la esposa de Edward Franklin, Cordelia Kellogg Bartholomew, un ejemplar de la saga, constituye una figura sobresaliente en la historia del condado de Linn.
El condado de Linn contó con una de las primeras asociaciones en favor de los derechos de la mujer, y Cordelia Bartholomew se encontraba entre las que contribuyeron a organizar el que debió de ser el primer club femenino al oeste del Mississippi, la Ladies’ Enterprise Society de Mound City, que tenía como objetivo la construcción del Centro de Reunión Libre de Mound City, dedicado al culto religioso y la celebración de reuniones educativas y conferencias científicas, literarias y políticas. Cordelia fue una de las primeras presidentas del club.
La asociación estaba compuesta sobre todo por madres jóvenes que habían dejado las comodidades, la cultura y el refinamiento de la vida civilizada para fundar un hogar en este nuevo país salvaje —según se lee en Linn County, Kansas, A History, de William Ansel Mitchell—. Puesto que las familias con hijos pequeños iban creciendo (las familias numerosas eran corrientes en aquel tiempo, las mujeres daban a luz cada dos años), asuntos tales como un nuevo edificio para el colegio, la escuela dominical, la iglesia o la sala de conferencias eran de vital importancia para ellas. Esta tarea interesaba a sus maridos y hermanos, pero la vida durante el último año de la guerra de Secesión, e incluso en los años inmediatamente posteriores, era demasiado agotadora para encargarse de dicha labor.
Edward Franklin poseía como mínimo setenta y tres hectáreas en el límite sudoccidental de Pleasanton, y los documentos demuestran que realizaba constantes transacciones de tierra. Entre 1874 y 1878 también se dedicó a viajar para una agencia, que algunos parientes creían que era la Wells Fargo. Estos viajes le llevaron a Colorado, donde se buscaba oro desde 1860 en Oro City. Las cantidades de este metal habían empezado a disminuir, pero se descubrió que las arenas de la minería de placer se componían de carbonato de plomo con un elevado contenido en plata, lo cual condujo a la fundación de la cercana ciudad de Leadville (lead significa «plomo»).
Durante casi catorce años los Bartholomew se habían comportado como ciudadanos destacados de Mound City. No obstante, algunos antepasados11 Eastwood sentían una inquietud que la vida hogareña convencional no lograba aplacar. En 1878, el año del alboroto de Leadville, Edward Franklin Bartholomew se mudó de nuevo, esta vez al centro de Colorado. Nada más llegar a Buena Vista, compró un edificio a un tal Charles Claude (C. C.) Runner, propietario de terrenos y minas en la zona. Los demás miembros de la familia Bartholomew llegaron un año después en tren a Canon City, el final de la línea. Allí los esperaba Edward Franklin, que los trasladó en un carromato de carga hasta Buena Vista, al sudoeste de Denver. En una fotografía aparece a las riendas de un carromato delante del recién inaugurado Bartholomew Bros. Store, en Gunnison Street.
Buena Vista ardía en deseos de que llegara la primavera de 1880, cuando se construiría la línea férrea que atravesaría la ciudad camino de Leadville. Los Bartholomew arrimaron el hombro y cortaron leña para las traviesas. Colocando raíles con ellos estaba C. C. Runner, a quien puede vislumbrarse en una fotografía antigua, tomada hacia 1880, con el hijo de Edward Franklin, Edward Albert Bartholomew (hermano de Sophia), un sobrino Bartholomew y otro hombre.
El Bartholomew Bros. Store (propiedad conjunta de Edward Franklin y su hermano Samuel Dana) esperaba aprovechar la circunstancia de que la estación de Buena Vista se perfilaba como una escala importante. Los anuncios de Bartholomew Bros. en el periódico del condado de Laffee prometían comida de calidad y equipo de minería, además de «un elegante surtido de excelentes muebles, vajillas y artículos para el hogar. Tenemos el mayor almacén de la ciudad y podemos ofrecer alicientes inigualables a los compradores». Más adelante Edward Franklin emprendería otros muchos negocios complementarios, incluido un vivero de plantas en el cercano Pueblo.
C. C. Runner12 era uno de los granujas de la dinastía; según la tradición familiar, un bribón cuya sola presencia seducía al personal. Estaba emparentado con otra familia bien arraigada en América que se remontaba al siglo XVII en Virginia. C. C. había nacido en 1857, probablemente en Virginia. Era inevitable que se enamorara de la hija mayor de Edward Franklin, Sophia, con quien se casó en 1881, tal vez en la iglesia congregacionalista de Buena Vista, donde Samuel Dana Bartholomew, el tío de la novia, acababa de ser nombrado diácono. Su primer hijo nació en Buena Vista (Colorado) el 17 de febrero de 1882. Fue Waldo Errol Runner, el abuelo materno de Clint.
Sophia, que añoraba el lugar donde se había criado, deseaba regresar a Mound City. La joven pareja se mudó allí poco después del nacimiento de Waldo, y su segundo hijo nació en Mound City en 1885. Los periódicos de la ciudad indican que C. C. Runner se dedicó enseguida a los negocios. Abrió la tienda de comestibles y carnicería Wolf and Runner (Joe Kidd, uno de los personajes fronterizos que Clint interpretó en una película, era uno de esos «proveedores de carne» fundamentales para una empresa como Wolf and Runner).
Los Runner vivieron en Mound City desde 1882 hasta 1889, un período rico en experiencias. C. C. se convirtió en hombre de negocios, personaje destacado de la comunidad y artista local. Marido y mujer aparecían una y otra vez en los periódicos: C. C., ocupado en organizar la feria de verano y presidente de la comisión encargada de los preparativos de la celebración anual del Cuatro de Julio; Sophia, fundadora del Club de la Biblioteca y siempre dispuesta a ofrecerse voluntaria para dirigir diversas actividades en la localidad.
La seña distintiva de C. C. eran sus inclinaciones teatrales: era actor y músico. Está documentado que interpretó el papel de Livingston en la popular obra Streets of New York, montada en mayo de 1884 por la Watson’s Independent Hook and Ladder Co. en la Mound City Opera House, con el fin de recaudar fondos para los nuevos uniformes de los bomberos. El crítico del Mound City Progress quedó impresionado y tomó nota, como harían después algunos críticos en el caso de Clint, de lo bien que le sentaba el personaje ficticio a la persona real conocida por todos: «Y pronunció las palabras: “No puedo ayudarle, estoy sin blanca, pero nunca había sido consciente de mi pobreza hasta ahora”, de forma elocuente y apropiada. Tal vez el señor Runner tuvo ocasión en otro tiempo de emplear dichos términos en serio».
Tal vez porque C. C. tenía un sueldo de mil dólares al año como representante de una tienda de instrumentos musicales, también se ofrecía como músico. En artículos periodísticos se menciona que tocó el órgano durante unos ejercicios militares llevados a cabo por el Cuerpo de Limpieza de Mound City (mayo de 1884), y que fue uno de los cinco músicos que amenizaron un baile a beneficio del Cuerpo de Extinción de Incendios (también en mayo de 1884). No solo era conocido como actor y músico, sino también como bailarín, y lo bastante bueno al menos para dar clases del arte de Terpsícore en tres escuelas de Mound City. Como a los Eastwood les gustaba combinar los negocios con el placer, C. C. tuvo, durante un breve período, su propia escuela de baile en Strong’s Hall.
C. C. tenía muchos asuntos entre manos. Es asombroso que encontrara tiempo para dormir. También abrió el Oyster Lunch Room en el edificio Hulland & Curry, donde, dicho sea de paso, por Navidad se regalaban pavos a los jugadores, y con un socio dirigía una fábrica de ladrillos que consiguió cocer doscientos cincuenta mil ladrillos en un espacio de cuarenta días.
Cuando a principios de 1885 «dos negros borrachos» armaron un alboroto en el Oyster Lunch Room, C. C. escribió una carta abierta al periódico, quejándose de que el jefe de policía de la ciudad no cumplía con su deber. Sin embargo, no hay que imaginar a C. C. ciñéndose un revólver de seis balas para tomarse la justicia por su mano, pues cuando el jefe de policía le contestó con otra carta abierta, acusó a C. C. de promover con su ejemplo personal el consumo de alcohol y tabaco, la blasfemia, el juego y la caza en domingo.
Puede que este escándalo vergonzoso animara a C. C. y a Sophia a regresar a Pueblo (Colorado), donde en 1889 aparecen empadronados de nuevo. Los Runner tendrían dos hijas más, y otros cinco años de matrimonio no del todo feliz. Las minas se habían agotado y C. C. había probado, sin que llegara a gustarle, la aburrida vida de comerciante y ciudadano recto. Viajaba con regularidad para promocionar un órgano que vendía una tienda de instrumentos musicales de Pueblo, y cuyas virtudes mostraba en recitales públicos celebrados al aire libre en ciudades cercanas.
Sophia se convirtió a la ciencia cristiana, que no representaba un cambio muy radical respecto del congregacionalismo, pero, según los parientes, sus fervientes creencias causaron problemas a la familia. En un momento dado, siguiendo los dictados de la ciencia cristiana, se negó a llamar al médico para que atendiera a una hija gravemente enferma, la cual murió con posterioridad. A C. C. la religión no le atraía y la paternidad había perdido su lustre para él. La fiebre del oro del Yukón emitió su canto de sirena y hacia 1898 encontramos a C. C. en Alaska, en compañía de una mujer llamada Lizzie Burke. Su abandono indignó de tal manera a Sophia que empezó a inscribir a C. C. en los registros oficiales como «fallecido». Es dudoso que volviera a ver al vagabundo de su marido. Y cuando un hijo viajó a Alaska para reunirse con C. C., el reencuentro debió de ser lo bastante desagradable para que, al regresar jurara que, en adelante, evitaría todo contacto con su padre.
En Skagway (Alaska), C. C. y Lizzie Burke vivían en el hotel Fifth Avenue, del que, según los directorios de la ciudad, fueron propietario y gerente, respectivamente, durante los diez años siguientes. Con el tiempo C. C. llegaría a administrar una cadena de catorce hoteles en Alaska. La vía férrea que atravesaba Skagway era la principal puerta de entrada al Yukón y gran parte de Alaska, y el frenesí de los descubrimientos de oro inyectaba emoción y vitalidad en la ciudad. El hotel Fifth Avenue fue el antecedente del actual Mission Inn de Carmel, propiedad de Clint. Por lo visto, era un establecimiento de primera categoría: cien habitaciones, todas encaladas, provisto de luz eléctrica y un sistema de timbres de llamada también eléctricos, baños privados, agua fría y caliente, y perreras para que los mineros alojaran a los canes que cargaban con sus provisiones.
En plena fiebre del oro, la población de Skagway ascendía a más de diez mil personas. Hacia 1910, había disminuido a un millar. Entonces C. C. ya se había separado de Lizzie Burke y trasladado a una de las últimas fronteras norteamericanas, Los Ángeles (California), donde acabaría su vida trabajando para compañías mineras a la sombra de la floreciente industria cinematográfica. Cuando C. C. Runner murió en 1936, firmó el certificado de defunción un tal Val Burke, aunque en aquel tiempo C. C. tenía varios parientes cercanos en California, entre ellos un nieto de seis años llamado Clinton hijo. Lo más probable es que Val Burke fuera un hijo ilegítimo.
En julio de 1903 Waldo Errol Runner (el primogénito de C. C. y Sophia) se casó con Virginia May McClanahan en una ceremonia presidida por el pastor de la Primera Iglesia Metodista Episcopal de Pueblo (Colorado).
Virginia May era producto de los Boyle de Pensilvania y St. Joseph (Missouri), y de los McCorkles y McClanahan de Virginia.13 Los Boyle estaban emparentados con los Beyl de Alemania, quienes llegaron a América a mediados del siglo XVIII y, convertidos ya en los Boyle de Virginia, fueron notables médicos, predicadores y legisladores. Virginia May era la hija de Matilda, también conocida como Mattie Bell, cuyo marido dicen que fue el primer médico que estudió en la Universidad Johns Hopkins. Por aquel entonces tenía la consulta al oeste del Mississippi. Su padre era supervisor de condado de escuelas públicas en Missouri. Dos de sus tíos eran William Boyle, maderero pionero de Indiana, y Henry Green Boyle, uno de los primeros ciudadanos de San Bernardino, también maderero, que compró un aserradero y fue dos veces representante en la asamblea legislativa de California.
Los Boyle eran personas duras y honradas, que se comportaban como algunos personajes de Clint. Henry Green Boyle, nacido metodista, se hizo mormón; a principios de la década de 1840 se topó con un agente de policía de una ciudad de Virginia, conocido por ser un «hombre malo» y llamado Henry McDowel, quien empezó a echar pestes de los mormones y se burló de él. «No quería tener problemas con él y así se lo dije, pero nada excepto una pelea iba a satisfacerle», escribió en su diario.
Después de un acalorado intercambio de insultos, Boyle derribó de un puñetazo al agente de policía.
Se levantó —escribió Boyle— y le derribé por segunda vez después de golpearle tres veces. Le pegué en la cara y los ojos y la boca hasta que sangró, pero consiguió aguantar (porque era un hombre fornido y pesaba 81 kg) y me arrojó sobre una silla de la esquina del mostrador entre algunos barriles de clavos y piezas fundidas.
Cuando McDowel se disponía a sacar el cuchillo para utilizarlo contra mí, cogí una tapa de horno que había cerca y golpeé a McDowel tres veces. […] Esto le dejó inconsciente…
Yo no tenía ni un rasguño; en cambio, McDowel tardó mucho tiempo en recuperar el sentido. No habló durante dos días y no se encontró bien durante seis meses. Casi toda la gente de la comunidad se alegró de que le hubiera atizado.
El matrimonio de Waldo Errol Runner y Virginia May McClanahan dio como fruto tres hijos: la primera, Virginia Bernice (nacida en 1904), vino al mundo en Pueblo (Colorado), pero los dos siguientes, Melvin (1906) y Margaret Ruth (1909), vieron la luz en California, adonde los Runner se habían trasladado hacia 1904.
Los había acompañado Sophia Bartholomew, la bisabuela de Clint, quien aparece en el directorio de Oakland en 1910 y que consignó como ocupación «practicante del cristianismo científico», además de identificarse tozudamente como «viuda», aunque C. C., su marido, estaba muy vivo. Su hijo Waldo trabajó un tiempo para la Southern Pacific Railroad, y después fue oficinista y contable en la zona de Oakland, antes de aparecer en los años veinte como ejecutivo de la Gray Bumper Manufacturing Co., que fabricaba elegantes parachoques traseros (rejillas que albergaban neumáticos de repuesto y un «maletero») de automóviles.
Waldo y Virginia May vivieron al principio en barriadas de Oakland, pero su suerte mejoró poco a poco y en los años veinte residían en el número 169 de Ronada, en Piedmont,14 a unas seis manzanas de distancia de la casa de Burr Eastwood. Los Runner y los Eastwood no solo tenían antepasados que se habían dedicado a la minería y los negocios, sino que además sus hijos asistían a las mismas iglesias del barrio y confraternizaban en la escuela.
Tanto Clinton como Ruth Eastwood iban al instituto de Piedmont, aunque Ruth siempre se encargó de subrayar que lo abandonó antes del último año y que acabó sus estudios en la famosa Anna Head School de Berkeley, colegio con y sin internado, que educaba y preparaba a las jóvenes damas para conducirse de forma apropiada. Aunque los Runner eran de Piedmont, no podían permitirse todavía enviar a sus hijas a Anna Head, pero Ruth estaba decidida a estudiar allí por el prestigio social, según un pariente, al contrario que Melvin, su hermano mayor, que se conformaba con las escuelas públicas de Piedmont. También al contrario que Ruth, Melvin prefirió continuar su educación y se licenció en ingeniería.
La bonita y menuda Ruth, aunque era inteligente, no estaba interesada en ir a la universidad. Tenía un novio más bien por razones de conveniencia social, pero había echado el ojo a Clinton Eastwood, que era más conocido y apreciado, dejando aparte que los Eastwood gozaban de una posición social más elevada. Uno de los motivos por los que Clinton no duró mucho en la universidad, dicen unos parientes, fue que Ruth, dos y años y medio menor que su amado, tenía prisa por casarse lo antes posible tras acabar sus estudios en el instituto.
«Creo que Ruth persiguió al padre más que al revés —afirma un pariente que habló con la condición de conservar el anonimato—. Creo que Clinton padre estaba demasiado pagado de sí mismo para perseguir a alguien.» Ruth era más ambiciosa. No solo persiguió a Clinton y conquistó su afecto, sino que además los parientes le conceden el mérito (y también la familia Runner) de conducirle al éxito. «Hay personas que toman y otras que dan —dice un pariente— y Ruth era de las que tomaban. Creo que Clint [su hijo actor] se rige por la misma regla.»
Waldo, el padre de Ruth, había seguido los pasos de C. C. cuando Ruth tenía unos dieciséis años. Abandonó a su esposa y se separó de ella geográficamente, pues se trasladó a Los Ángeles. Virginia May Runner continuó residiendo en los alrededores de Piedmont, pero Ruth Runner se quedó sin padre, del mismo modo que Clinton, cuya madre había muerto en 1925, se había quedado sin madre. La falta común de un progenitor debió de forjar un lazo entre ambos, así como influir en los puntos fuertes y débiles de su papel como padres.
Según el certificado del matrimonio Eastwood-Runner, del 5 de junio de 1927, Ruth, de dieciocho años, trabajaba de contable en una compañía de seguros y Clinton de cajero. El pastor que presidió la ceremonia fue el reverendo Charles D. Milliken, pastor de la Iglesia Interdenominacional de Piedmont. Tres años después, la documentación muestra que Clinton se había sumado a la larga tradición familiar de los viajantes de comercio, en este caso de acciones y bonos.
Su primer hijo, un niño grandote, nació el 31 de mayo de 1930, por algún motivo no aclarado, en el hospital Saint Francis de San Francisco.15 «Asumió de inmediato su condición de estrella —explicaba su madre en una entrevista para el periódico inglés News of the World— por ser el bebé más rollizo, más de seis kilos. Las enfermeras se divertían mucho enseñándoselo a las otras madres y le llamaban Sansón porque era muy grande.» También recordaba que, después de dos semanas en el hospital, cuando las madres recientes se reunían para aprender a cambiar pañales y dar de comer a sus hijitos, el recién nacido más grande del pabellón consiguió su primer papel de protagonista: el «modelo de los pañales» de las enfermeras.
Al muchacho, producto evolutivo de este pasado genuinamente americano de ascensión lenta y abundante en avatares, lo llamaron Clinton por su padre. No le pusieron segundo nombre. A veces le llamaban Sonny, o solo Junior. Aunque fue Clinton padre el primero a quien sus amigos llamaron Clint, hoy día el hijo que lleva su nombre es conocido en todo el mundo por este diminutivo de una sola sílaba. Algunas viejas amistades, sin embargo, llevadas por la costumbre, todavía llaman Clinton a la estrella del cine.
2
«Los años de mierda»
1930-1953
Las películas que se proyectaron en Oakland y San Francisco la última semana de mayo de 1930 estuvieron precedidas por números teatrales y se anunciaron como «totalmente sonoras». Eran filmes interpretados por Clara Bow y Ramón Novarro, antes estrellas «mudas» que no tardarían en desaparecer de la pantalla, así como Estrellados, un desafortunado intento de Buster Keaton, un genio ya pasado de moda, de adaptar sus comedias a la era del cine sonoro.
Los periódicos del Área de la Bahía de San Francisco estaban plagados de atracos a bancos, redadas contra el tráfico de estupefacientes, homicidios morbosos, linchamientos de negros y sabrosos casos de divorcio. Las noticias de gran alcance reflejaban la angustia de una nación enfrentada a una revolución tecnológica. Se publicaban reportajes sobre los primeros buques refrigerados que transportaban fruta fresca de California a Extremo Oriente, el primer uso transcontinental de un radioteléfono en un avión y las especulaciones de científicos norteamericanos sobre viajes a la Luna en un futuro lejano. El puente Golden Gate, que permitiría cruzar la bahía de San Francisco en 1933, era todavía objeto de un enconado debate ciudadano.
Aunque la Gran Depresión había golpeado el Área de la Bahía de San Francisco tan duramente como el resto del país, la cobertura informativa era escasa y el enfoque de la prensa local, en manos de intereses conservadores, optimista. Mientras que en la página tres de un periódico de San Francisco se recogían las declaraciones del escritor Theodore Dreiser, quien afirmaba que la democracia era un chiste y que era Wall Street el que en realidad ejercía el poder en Estados Unidos, la página uno se reservaba al banquero más importante de California, A. P. Giannini, el cual aseguraba a los lectores que las condiciones eran adecuadas para una «lenta pero continua recuperación de los negocios durante los próximos meses».
No obstante, el desempleo en el estado de California alcanzó el 28 por ciento en 1932, y se destruyeron puestos de trabajo en fábricas, empresas de transporte, comercios y casi todos los sectores económicos. En 1934, las huelgas salvajes de los estibadores culminaron en una huelga general que paralizó la actividad económica en el Área de la Bahía. Los tiempos eran difíciles y la gente corriente lo pasaba mal.
Si bien la Depresión no era una broma en Piedmont, tampoco era un factor determinante en la vida cotidiana. Piedmont era una zona pija, un barrio residencial elitista de Oakland, tan elitista que mantuvo una rigurosa segregación de negros, judíos y asiáticos hasta una resolución del Tribunal Supremo de 1948. Si bien la Depresión hizo mella en las cuentas bancarias de Piedmont, muchos continuaron disfrutando de sus caras aficiones y siendo miembros de los clubes de campo.
Durante cuarenta años la publicidad de Clint afirmó (él mismo lo subrayó en entrevistas) que su ciudad natal era Oakland, cuya imagen de clase trabajadora daba lustre a sus triunfos arquetípicos. Probablemente, dijo Clint en una ocasión, el motivo de que llamara «capullo» a la gente con tanta frecuencia en sus películas era que había nacido en Oakland.1
Richard Schickel situó a Clint por primera vez, en la biografía del actor, como ciudadano de Piedmont. El libro de 1996 admitía que durante la Segunda Guerra Mundial los Eastwood residían en una «modesta casa de tejado de tablillas» de Piedmont, aunque Schickel se apresuraba a añadir que la vivienda «estaba cerca del límite de Oakland, y fue a esta ciudad obrera, portuaria e industrial, siempre comparada envidiosamente con la glamurosa San Francisco, al otro lado de la bahía, y no a la conservadora Piedmont, a la que guardó lealtad».
De hecho, cuando Clinton Eastwood padre contrajo matrimonio con Ruth Runner en 1927, las familias de ambos residían en Piedmont. Al principio los recién casados vivieron en el Beacon, una casa de apartamentos situada a una manzana de distancia de Lakeshore Avenue, una zona bonita y muy solicitada, a un kilómetro de distancia de Piedmont, y por lo tanto fuera de sus fronteras. Más tarde los Eastwood se mudaron a Woodhaven Way, unas cuantas manzanas al norte de los límites de Piedmont. Por consiguiente, es cierto que Clint pasó la infancia en las cercanías de Piedmont, y sus primeros recuerdos guardan relación con lugares de Oakland.
En 1933-1934, el peor momento de la Depresión, Clinton padre y Ruth desaparecieron de la zona. Clinton padre había trabajado como viajante de comercio para East Bay Refrigeration Products antes del peor período de despidos. Ahora, según la publicidad de Clint, tenía que buscar empleo de lo que fuera y donde lo hubiera. «La joven familia viajaba en un coche viejo, con todas sus pertenencias en un remolque de una sola rueda», según uno de los muchos relatos de las desgracias de los Eastwood. Este remolque de una sola rueda —«un carrito de dos ruedas», según otra versión— recorrió California de arriba abajo atravesando zonas de chabolas construidas con latas aplastadas de tabaco Prince Albert.
El padre de Clint era joven y, al contrario que otros ciudadanos de Piedmont, carecía de una licenciatura y de aptitudes profesionales. Melvin, el hermano mayor de Ruth, tuvo que ayudarles económicamente en más de una ocasión. Graduado en la Universidad de Washington, Melvin tuvo empleos bien remunerados en multinacionales y capeó la Depresión. Además, su esposa era de una familia acaudalada. Cuando Clinton padre perdió su empleo, Melvin le ofreció trabajo en una empresa de refrigeración de Spokane. Ruth calculaba que la familia había vivido un año en Spokane, aunque debió de ser menos. Según los parientes, Clinton padre se mostraba inseguro en el trabajo y carecía de ambiciones. Necesitaba toda la ayuda y empuje posibles: de Melvin, de su hermano mayor Burr y, sobre todo, de Ruth.
Después de Spokane, los amigos le encontraron un empleo en una gasolinera de Standard Oil en Sunset Boulevard, en el punto en que se encuentra con la autopista Pacific Coast, al norte de Santa Mónica. La familia podía costearse «la mitad de una casa doble» —en palabras de Richard Schickel— en Pacific Palisades, lo cual les permitía ir con regularidad a las playas cercanas, donde un día Clint, a los cuatro años, se libró de una muerte casi segura cuando estuvo a punto de arrastrarlo una ola gigantesca.
En Pacific Palisades la familia pasó apenas un año, seguido de una estancia aún más breve en un bungalow del centro de Los Ángeles, una manzana al sur de Olympic en Curson Avenue, donde la familia se empadronó cuando nació Jeanne, la hermana de Clint, el 18 de enero de 1934. En la partida de nacimiento, la madre de Clint puso como ocupación «ama de casa», lo que indica que no había trabajado fuera del hogar desde su matrimonio.
Jeanne es la Eastwood olvidada y discreta. Aunque ha aparecido en público en acontecimientos celebrados en honor de su famoso hermano, jamás ha concedido una entrevista sobre él. Clint era solo cuatro años mayor que su única hermana, y cabe pensar que debían de ser felices compañeros de juegos. Sin embargo, cosa curiosa, tal como Clint se ha encargado de dejar claro, el chico no congeniaba mucho con su hermana durante la niñez.
La gasolinera cerró y los Eastwood tuvieron que seguir adelante, pero la imagen edificante de Clint criado «entre inmigrantes que recorrían California en busca de trabajo», tal como lo expresó Norman Mailer en la revista Parade,2 ya puede olvidarse, y hay que perdonar a Mailer por leer las mismas notas de prensa que todo el mundo. «Jamás hubo pánico ni desesperación en esos traslados —rectificó Schickel en su libro—. El padre de los Eastwood siempre tenía un empleo asegurado antes de que la familia empezara a hacer las maletas. Y Clint jamás se sintió abandonado o falto de amor durante este período.»
Los Eastwood casi siempre se mantenían cerca de familiares que podían proporcionarles contactos laborales. Se movían entre ciudades como Redding y Sacramento, en la parte norte del estado. Aunque el padre desempeñaba a menudo tareas de oficinista, preconizaba los «valores de la clase trabajadora», tal como a Clint le gustaba expresarlo. Sacramento, la capital del estado, es donde los Eastwood aparecieron en 1936, y de nuevo en 1939. En ambas ocasiones Clinton trabajó de agente de cambio y bolsa, y en ambas ocasiones la dirección de la familia aparecía seguida de una h en el directorio de la ciudad, lo cual indica que eran los dueños de la vivienda (householders) en barrios respetables.
Hacia finales de los años treinta Clinton encontró una colocación en Shreve, Crump & Lowe, joyeros de San Francisco, «controlado entonces por la familia de un joven con el que en otro tiempo había jugado a fútbol americano», en palabras de Schickel. Poco después, mientras leía un día en el periódico la sección de bienes raíces, Ruth se fijó en un anuncio: una de sus tías ponía en venta su casa de Piedmont. «Conocíamos muy bien la casa —explicó de buena gana la madre de Clint—. En Piedmont apenas se vendían viviendas, de modo que la compramos con una entrada muy pequeña y unos plazos mensuales muy pequeños.»3
En total, los Eastwood se habían trasladado de un lado a otro, aceptando empleos reservados de antemano para el padre de Clint, durante menos de seis años. «Fueron años de mierda»,4 declaró Clint al Village Voice en 1976, con la clase de vocabulario que empleaba según el lugar. «No éramos itinerantes —contó en Rolling Stone más adelante—. No era Las uvas de la ira, pero tampoco los barrios residenciales.»5
Exagerar los «años de mierda» resultaba oportuno en algunas entrevistas, pero el ambiente de la Depresión que aparece en El aventurero de medianoche es un mero decorado para la persistente tragedia del personaje interpretado por Clint, la vida autodestructiva del músico y vaquero Red Stovall. El ambiente del período es poco convincente y acelerado, en su mayor parte vislumbres de ferrotipos al estilo de Walker Evans,* como aquellas aldeas de chabolas que, según Clint, veía en la carretera entre parada y parada de la familia.
Hacia 1940 la familia de Clint volvía a residir en el barrio de Ardley Avenue, al sur de Piedmont, cerca de donde Sophia Runner, la bisabuela de Clint, había pasado sus últimos días. Otros Eastwood no se habían movido de la zona de Piedmont. El hermano mayor de Clinton, Burr hijo, permaneció en su casa de Clarendon Crescent durante toda la Depresión; prosperó como administrador de un plan de venta de acciones suscrito con bancos californianos y, más tarde, de Franklin Wulff Co. Clint lo visitaba con frecuencia, y es probable que, de todos los parientes, Inez, la hija de Burr, prima carnal de Clint, fuera el más allegado a la futura estrella de cine.
Otra persona a la que Clint iba a ver con regularidad en los años treinta era Virginia May Runner, madre de Ruth, y matriarca del clan Runner tras el fallecimiento de Sophia en 1928. La abuela Runner residió en la zona de Oakland-Piedmont hasta 1936 o 1937, cuando una serie de mudanzas la llevaron a áreas rurales cada vez más alejadas de la zona este de Oakland. Sus otros hijos vivían a mayor distancia. Sola en la vida, la abuela Runner adoraba a su primer nieto.
«En ocasiones los tiempos eran tan difíciles que la familia tenía que separarse»,6 reza un bulo repetido con frecuencia acerca de los Eastwood durante esa época. Los padres de Clint lo enviaban al rancho de su abuela, cercano a Sunol, durante largos períodos de tiempo. Fue la abuela Runner quien, según versiones ansiosas por explicar las aptitudes de vaquero de Clint, le enseñó a montar y a cuidar de los caballos. El muchacho trabajaba en el rancho para su abuela y aprendía valores tales como el deber y el sacrificio. «La abuela influyó en mi forma de ser más que cualquier proceso educativo —afirmó Clint en una entrevista—. Vivía sola y era autosuficiente.»7
Tal vez la abuela Runner fuera una persona excepcional e independiente, pero, al igual que a otros Eastwood «autosuficientes», no le faltaba el dinero; de hecho, tenía una herencia, además de contar con una asignación de su marido y el apoyo económico de su hijo Melvin, cada vez más próspero como ingeniero trotamundos. Hay quien dice que la madre de Clint, al oír anécdotas sobre las temporadas que Clint vivió con la abuela Runner, murmuraba que no recordaba que hubiera pasado más de un par de semanas con ella alguna que otra vez. Sin embargo, proporcionaba mejor publicidad decir que las estancias eran más prolongadas y que contribuyeron a «forjar su carácter».
Clinton hijo no tenía ni diez años cuando Clinton padre encontró un empleo más lucrativo como agente de seguros en la Connecticut Mutual Life Insurance Co. Cuando estalló la guerra, como cabía la posibilidad de que lo llamaran a filas, Clinton padre también trabajó de fontanero en los astilleros. Hacia 1942, sin embargo, las necesidades bélicas habían infundido nuevo vigor a la economía y los Eastwood habían salido favorecidos. En esa época la familia residía en el número 107 de la elegante Hillside Avenue, en una casa de dos plantas con un gran patio trasero, que no desmerecía de las demás de la manzana, a escasa distancia de las escuelas de Piedmont.
Los «años de mierda» fueron breves y concluyeron de una vez por todas. Teniendo en cuenta la época, Clint recibió una educación de clase media superior a la media, pero los seis años que permaneció alejado de Piedmont casi le despojaron de ese derecho. Fueron el Rosebud de la historia de su vida, la pérdida de los lazos con la familia y el hogar, y tal vez el principio de una fantasía romántica.
Aunque parezca extraño, pese a ser una familia cuyo árbol genealógico está salpicado de constructores de iglesias y religiosos devotos, Clint no aparece en los registros de bautismo ni de las escuelas dominicales del Área de la Bahía de San Francisco. Tantos desplazamientos crearon una laguna también en este aspecto.
Si bien más tarde intentó definirse como un héroe moralmente complejo en sus películas, Clint tendría que admitir que no pertenecía a ninguna religión organizada. No iba a la iglesia ni siquiera de niño. Cuando David Frost reflexionó sobre el tema de Dios con Clint en una de sus prestigiosas entrevistas televisivas, el actor farfulló que la naturaleza era su principal fuente espiritual.
«¿Es importante para usted [la religión]? —preguntó Frost—. ¿O Dios?»8
Para mí es algo muy personal —contestó Clint—. No soy miembro de ninguna religión organizada, pero creo que siempre he sentido algo muy fuerte acerca de las cosas. Sobre todo cuando estoy en plena naturaleza. Supongo que por eso he rodado tantas películas en la naturaleza. Pero la religión es, creo yo, algo muy personal. Nunca he filosofado en voz alta al respecto.
En cuanto a mí. […] Estás sentado en lo alto de una hermosa montaña, en las Rocosas, donde sea, y tú […] el Gran Cañón es algo […] y de repente no puedes evitar sentirte conmovido. Ha transcurrido un montón de tiempo en este planeta, y lo que ha ocupado la humanidad es algo así [chasquea los dedos]. Y piensas: «¿Cómo ha podido ocurrir?». Y así puedes seguir sin parar, en tu mente, pero es divertido filosofar sobre eso, siempre que no te impulse a arrojarte al abismo.
Cuando a principios de los años cuarenta, los Eastwood se establecieron en Hillside Avenue, el barrio era de categoría y la casa de dos pisos, pintoresca, con el piano de la abuela Andy en la sala de estar y un juego de pesas en el amplio patio trasero. Al cabo de pocos años se trasladarían a residencias todavía más espaciosas, con piscinas en el patio trasero. Era una familia que disfrutaba con las actividades recreativas, jugaba a tenis y golf en clubes exclusivos (Clint ganó algo de dinero para gastos personales como caddy durante una breve temporada). Hasta tenían una cabaña a orillas de un lago cercano a Fresno, para las vacaciones.
Piedmont era la buena vida para un adolescente. Había un embalse y riachuelos donde los niños se bañaban, se tiraban al agua desde una cuerda o pescaban róbalos y mojarras. Los parques eran perfectos para ir de excursión o acampada. En esa unida comunidad todo el mundo se conocía y los niños podían jugar al escondite hasta el anochecer.
El joven Clinton fue a ocho o diez escuelas, dato este utilizado en entrevistas para subrayar el carácter desarraigado y «de clase obrera» de aquellos años de la década de 1930. En aquellos tiempos la mayoría de los niños cursaban los estudios primarios y secundarios en escuelas distintas. Al menos en una ocasión el cambio de escuela de Clinton no tuvo que ver con cambios de domicilio, y fue cuando tras el primer año de secundaria dejó un instituto para matricularse en otro.
Glenview (cerca de Ardley Avenue), Crocker Highlands (que llevaba el nombre de la banca Crocker, la cual cedió el solar) y Frank Havens (llamada así en honor de uno de los próceres de Piedmont), tres de las escuelas de enseñanza primaria a las que asistió el muchacho, estaban cerca de Piedmont. Havens era ya una institución local, y un día, en la Crocker Highlands, el chico de cabello revuelto posó para una fotografía con sus compañeros de clase, entre los cuales se encontraba Jackie Jensen, el futuro jugador estrella de los Boston Red Sox.*
Las escuelas de Piedmont superaban a las demás del país por sus modernas instalaciones, la planificación de las clases, e incluso por la atención que prestaban a la salud y la nutrición. Animaban a los padres a imponer a sus hijos enérgicos regímenes de mantenimiento físico, que incluían mucho descanso, aire puro y juegos al aire libre, y los fundamentos de una dieta equilibrada («mucha leche, verduras, cereales, huevos, fruta y agua», según el manual de una escuela).
Dado que Clint era el primogénito y heredero masculino del apellido familiar, consiguieron que se sintiera, como comenta Francesca en otro contexto en Los puentes de Madison, como el «príncipe del reino». Era un príncipe afortunado: afortunado por su educación y entorno, afortunado por su físico y vitalidad. Cuando era pequeño, su madre lo alzaba por encima de la cerca del patio de atrás y decía a sus vecinos: «¿A que es guapo?». Y, en efecto, lo era. Incluso antes de llegar a la adolescencia, Clint, camino de alcanzar el metro noventa y dos, ya sacaba una cabeza a casi todos los muchachos de su edad. Era famoso en todo el barrio por sus largas zancadas. Tenía el cabello rebelde, ojos verdes centelleantes y, ya entonces, una amplia sonrisa cautivadora. Una sonrisa que conectaba como por arte de magia con la gente e iluminaba sus rostros con tanta facilidad como el de él.
Sin embargo, cuando entró en el centro de enseñanza secundaria, era poco lo que diferenciaba a Clint de los demás chicos. No era el único que repartía periódicos —en su caso, entregaba el Oakland Tribune a los suscriptores de Piedmont Avenue—. También cortaba el césped, cargaba con las bolsas de la compra, participaba en actividades de los boy scouts y recogía chatarra en el vecindario como parte de la movilización doméstica durante la guerra.
Si tenía madera de actor, no saltaba a la vista. Al analizar los orígenes de su vocación, su madre ha declarado que, de niño, Clint se inventaba compañeros de juego y representaba escenas con sus juguetes. «A Clint le gustaba estar solo —dijo Ruth Eastwood—. Todos sus juguetes poseían personalidad propia. Hablaban con él y representaban sus ideas.»9 Además contó la anécdota —corriente en la infancia de muchos norteamericanos, no solo en la de Clint— de que su hijo y un amigo se salpicaban con ketchup a modo de sangre cuando jugaban a vaqueros en el patio trasero.
«Como casi siempre era el chico nuevo del barrio —declaró Clint a McCall’s en 1987—, a menudo jugaba solo, y en tal situación la imaginación se activa mucho. Creas pequeñas mitologías en tu mente…»10 Puede que una de esas pequeñas mitologías fuera la imagen exagerada del «solitario»: Ruth Eastwood ha dicho que ni siquiera ella había sido consciente. Y tampoco el grupo de amigos en el que estaba bien integrado el «lobo solitario Clint», varios de los cuales le siguieron en su periplo vital, algunos desde la escuela secundaria hasta el mismísimo Hollywood.
Clint gusta de decir que su primer contacto con la interpretación tuvo lugar en el centro de enseñanza secundaria de Piedmont, donde habían estudiado sus padres, además de otros Eastwood. Era uno de los colegios envidiables de la zona, contiguo al instituto, con un extenso campus y una piscina y un gimnasio modernos.
De forma inesperada, Gertrude Falk, su profesora de lengua de octavo, lo eligió para interpretar el papel protagonista en una obra de un solo acto («supongo que para echarme una mano, porque yo era un chico introvertido en clase»). No era nada importante, solo parte de un trabajo de lengua. Harry Pendleton, un amigo de Clint, también debía interpretar un papel, y compartió los recelos de Clint. Para agravar el problema, la señora Falk anunció que la obra se representaría en el auditorio de la escuela.
Clint estaba «tan asustado que casi falté a clase aquel día», dijo en una ocasión. En 1974 contó a Playboy que la obra fue «un desastre» y «nos saltamos un montón de diálogo».11 Harry Pendleton manoseaba su copia de la obra, oculta entre las páginas de un periódico, mientras Clint no paraba de tropezar con los muebles del escenario. Después empezaron a relajarse y fueron recompensados con carcajadas. La dura experiencia terminó al cabo de pocos minutos.
Para su biógrafo autorizado, esto le proporcionó «un inusitado momento de reconocimiento en su trayectoria escolar, por lo general anónima», y Clint aprendió «una pequeña lección sobre la vida». Una de las lecciones que Clint aprendió fue «¡Nunca más!». Su aparición en otra obra teatral sería excepcional, pero había comprendido que el destino elegía al chico más alto y guapo del grupo para ofrecerle una oportunidad única.
En ninguna de sus numerosas entrevistas menciona Clint haber ido al teatro o visto alguna obra. Las películas son siempre su principal marco de referencia. Como todos los chicos de su edad, Clint iba los sábados a las sesiones de tarde con programa doble, aunque en ningún momento pensó que dirigir películas podía ser una posible profesión o una forma de arte. Las uvas de la ira, Blancanieves y los siete enanitos, Lo que el viento se llevó, Yanqui Dandy y El sargento York —las películas que le impresionaron en la infancia— fueron los mayores éxitos de los años treinta y cuarenta, y podrían aparecer en la lista de cualquiera.
No fue hasta que la Universal lo contrató cuando Clint conoció muchas de las películas clásicas gracias a las proyecciones que el estudio ofrecía con regularidad. Aprendió entonces el nombre de directores como Howard Hawks y John Ford, con los cuales sería comparado un día (le gustaba compararse disimuladamente con ellos). Sin embargo, Clint tenía que ponerse al día en lo tocante a historia del cine, y era muy capaz, cuando se hacía el cinéaste, de alabar al director George Cukor por sus luminosos primeros planos de Greta Garbo en La reina Cristina de Suecia… cuando el director, en realidad, era Rouben Mamoulian.12
La música era una de las artes populares por las que Clint se mostraba entusiasta. Su padre tocaba la guitarra y cantaba en bandas improvisadas para amenizar acontecimientos sociales. Ruth Eastwood, que coleccionaba discos de jazz, les acompañaba a veces con la mandolina. Clint creció, como los personajes de Los puentes de Madison, escuchando jazz y rhythm and blues en KWBR, una emisora de radio de Oakland. Probó a tocar el fiscorno y el clarinete antes de decantarse por el piano de la abuela Andy e imitar a los favoritos de su madre, gigantes del jazz como Art Tatum y Fats Waller. Clint, autodidacta por encima de todo, recibía mas adelante clases de piano de un profesor que vivía en la cercana Berkeley.
Gracias a la influencia de su madre, Clint conoció el jazz. Durante su adolescencia se celebraban en la Filarmónica de Oakland unos conciertos llamados Jazz Night, recordados con mucho cariño. El jazz era una afición que se transformaría en una pasión. Daba la impresión de que Clint no era nunca tan feliz como cuando se perdía en la música («sus ojos reflejaban la fascinación de su mente —como escribió un reportero del San Francisco Chronicle cuando observó a la estrella en un concierto de Oscar Peterson, muchos años después—, su concentración era absoluta, interrumpida solo entre pieza y pieza por una o varias exclamaciones de incredulidad»).13
Pero había otro motivo por el que interpretar riffs al piano le proporcionaba tal placer, y que agradecían sus amigos. «Si sabes tocar un instrumento —explicaba Don Loomis, uno de los amigos de Clint en la escuela—, puedes ligarte a chicas muy guapas. Al menos, abre la primera puerta.» «Yo era un chico muy cohibido en aquella época —declaró Clint a Rolling Stone en 1985—, pero podía sentarme al piano en una fiesta y tocar blues. Las chicas se arremolinaban alrededor del piano y, de repente, había ligado.»14
La torpeza de Clint era auténtica y fingida al mismo tiempo. «En lugar de hablar cuando te veía, alzaba y bajaba la barbilla en tu dirección, o se introducía el pulgar en la cinturilla del pantalón y te señalaba con el índice —observó Ross Hughes, un vecino de Piedmont—. Le he visto tragar saliva dos veces antes de dirigir la palabra a una chica.»
A las jovencitas les gustaba su timidez, aunque fuera falsa. Clint ha admitido que empezó a ser sexualmente activo antes que la mayoría: perdió la virginidad a los catorce años. A Richard Schickel solo le contó: «Tenía vecinas simpáticas», lo cual condujo a su biógrafo a comentar que «es lo único que reconocerá sobre aquella trascendental ocasión. Era entonces, y nunca ha dejado de serlo, sumamente discreto, por no decir reservado, acerca de sus aventuras sexuales».
Ni tan discreto ni tan reservado, en realidad. Sus amigos siempre se jactaban de sus novias y sus aventuras sexuales, y cuando estaba con ellos Clint hacía lo mismo. También en Hollywood sus mejores amigos se enterarían de sus conquistas, junto con todos los detalles salaces, mucho antes que los tabloides.
De la escuela secundaria de Piedmont Clint pasó, como tantos otros, al instituto, donde estudió al menos desde enero de 1945 a enero de 1946, cuando surgieron problemas.
Las fuentes indican que a Clint ya no le interesaban los estudios y que tuvo que asistir a clases de recuperación durante el verano para aprobar los cursos. Aunque era un muchacho bien educado y de buena posición social, iba adoptando cada vez más la pose de un inadaptado, al estilo James Dean, del rebelde, que, en cierto sentido, sería la primera imagen que ofrecería el futuro actor y que llegaría a dominar.
No es del todo cierto, como se afirma en tantos artículos, que el joven Clint fuera introvertido. Aunque en ocasiones se mostraba reservado y se limitaba a escuchar a los demás, otras veces era sorprendentemente locuaz. Tampoco es del todo acertado calificarle de solitario. La lista de buenos amigos de aquellos tiempos es larga e incluye, entre otros, a Fritz Manes, Don Kincaid, Don Loomis, Jack McKnight, Harry Pendleton y Milt Young. Formaban una pandilla.
Clint no era un muchacho gregario, carecía de espíritu de equipo y tampoco era el líder de su círculo. Aunque sabía tocar instrumentos musicales, se negó a formar parte de la banda escolar. A pesar de su constitución atlética, nunca participó en las actividades deportivas de la escuela. En sus primeras notas promocionales (durante la fase en que representaba al hombre típicamente americano de Universal) se fomentó el cuento de que Clint era «una estrella» en el equipo de baloncesto del instituto, lo cual se convirtió en dato recurrente de su biografía que, transmitido con variaciones a lo largo de los años en artículos y libros, llegó a aparecer incluso en una obra tan reciente y fidedigna como Current Biography (Yearbook, 1989).
A Clint no le importaba seguir con esta pequeña farsa, así que en las entrevistas decía que había jugado «un poco al baloncesto» en el colegio y «un poco al fútbol americano en la escuela secundaria». Era la típica publicidad halagadora de las estrellas de cine. Pero no jugó lo bastante al baloncesto o al fútbol americano para que su nombre constara en los anuarios del instituto. «No participé demasiado en los deportes de equipo porque nos mudábamos a menudo», informó a Rolling Stone,15 aunque los traslados terminaron en 1940.
Sus amigos más antiguos rechazan la idea de que Clint fuera un deportista en el instituto. Los únicos deportes que le gustaba practicar eran los individuales, el golf y el tenis, típicos de la clase media. «De hecho, Clint es un tipo con una buena coordinación —comentaba Don Kincaid—. Es un buen deportista. Habría destacado en el baloncesto porque es muy alto, pero no parecía interesarle.»
El trabajo en equipo es algo que la gente ensalzaría, años después, a propósito de la organización de Malpaso. Sin embargo, en Malpaso la labor de equipo consistía en delegar responsabilidades, pues Clint, aun siendo el líder indiscutible, se mostraba reacio a asumir el papel, una situación que tiene su reflejo en muchas películas en las que ha interpretado a héroes antisociales enfrentados a circunstancias difíciles que exigían acción.
Algunos de sus amigos eran deportistas y miembros activos de clubes sociales. Otros procedían de barrios de baja estofa. Estos últimos se enorgullecían de hacer novillos y competían entre sí gastando bromas pesadas a los profesores. Clint tenía la rara habilidad de caer bien a todo el mundo, y ambos grupos le aceptaban, aunque solo se integraba a medias en ambos.
Al igual que sus amigos ricos, el adolescente Clint podía permitirse camisas Pendleton y Levi’s nuevos. A diferencia de algunos —que «conducían coches mejores que los de mis padres», en sus propias palabras—,16 tuvo que conformarse con deportivos descapotables de segunda mano. Mientras que los amigos ricos le aceptaban debido a su apostura y posición social, a los otros les gustaba su actitud rebelde.
Ya durante su primer año en el instituto dio la impresión de que su pose rebelde se estaba imponiendo, aunque el motivo exacto por el que Clint abandonó el instituto de Piedmont continúa siendo un misterio. Las primeras notas promocionales de Clint alimentaron la caprichosa idea de que el adolescente se pasó a la Oakland Tech para convertirse en una estrella de su departamento de arte dramático, que era mejor que el del instituto. Aun en la época de El aventurero de medianoche, sus comunicados de prensa insistían en que «Clint se resistió a los esfuerzos de los profesores de arte dramático de la Oakland Technical High School para que participara en obras escolares». Hasta los antiguos alumnos de ese centro empezaron a tragarse el bulo de que Clint ya era una estrella en las obras del instituto. Un compañero de clase de la Oakland Tech escribió a este autor, en respuesta a una pregunta: «No le conocía bien personalmente, pero era muy famoso en todo el instituto como estrella de varias de nuestras obras de clase».
Esto provoca grandes carcajadas a los viejos amigos de Clint. El departamento de arte dramático del instituto de Piedmont era excelente, aun cuando el programa del Oakland Tech (donde Clint terminó) fuera mejor. De hecho, Oakland Tech contaba con uno de los departamentos de arte dramático más destacados de la ciudad, si no de todo el norte de California, y tenía un ambicioso programa que incluía obras de Broadway recicladas, Shakespeare, espectáculos anuales y teatro infantil. No obstante, Sally Rinehart Nero, profesora de lengua y de arte dramático en undécimo y duodécimo del Oakland Tech, insistió en que Clint Eastwood no asistió a ninguna de sus clases o talleres. Nunca se presentó a las pruebas para conseguir un papel ni actuó en ninguna obra. Nero declaró que estaba harta de que le preguntaran por él personas convencidas, debido a la publicidad, de que Clint había estado bajo su tutela. «Nadie se acuerda de Clint», afirmó Nero con rotundidad.
La afirmación en su biografía oficial de que abandonó Piedmont porque «había tomado conciencia de que no había negros en Piedmont, ni asiáticos, tan solo una o dos familias judías» (es decir, porque había empezado a despreciar tal intolerancia), también invita a la carcajada a sus antiguos compañeros; todos ellos blancos y de clase media como él.
El hecho de que Clint abandonara las escuelas de Piedmont no tiene nada que ver con una toma de conciencia social. Muchos años después un periódico de Oakland afirmó que Clint abandonó el instituto de Piedmont porque «se lo pidieron». «Clint no solo escribió una frase obscena acerca de una autoridad del instituto en el marcador del campo de deportes, sino que además enterró a alguien en efigie en el césped del instituto.»17 Según su madre, eso llevó a una autoridad de Piedmont a señalar que a Clint tal vez le iría mejor en otra parte. En el expediente del instituto no se recogen esos incidentes y solo se indica que Clint dejó el centro.
Oakland Tech se convertiría en parte de la mística del Clint de clase obrera, repetida hasta la saciedad en los comunicados de prensa, de modo que hasta un periódico tan prestigioso como el New York Times ha señalado una y otra vez en sus artículos que la estrella «creció en un vecindario multirracial de Oakland (California), entre familias negras, asiáticas y mexicanas» (17 de octubre de 1996), y fue al instituto de un barrio «del que también surgió Billy Martin, el mánager de béisbol, y otros Harry el Sucio» (24 de febrero de 1985).
El término «Technical» ocultaba el verdadero carácter de la escuela. El Oakland Tech ofrecía clases de comercio y talleres de formación profesional, pero también una serie de cursos de arte, literatura, idiomas, ciencia, educación cívica, historia y matemáticas avanzadas. Su currículum académico era exigente, el centro estaba vinculado a la Universidad de California y se esperaba que la inmensa mayoría del alumnado acabara en la universidad. Era un instituto de los más reputados, pero muy diferente del de Piedmont, pues se preciaba de que, entre sus dos mil estudiantes de los barrios de Oakland, se daba una verdadera mezcla racial y social.
Cuando se acercaba a su último curso, Clint tenía dos prioridades en la vida: «los coches veloces y las mujeres fáciles», según sus propias palabras.18 Antes de alcanzar la edad legal para conducir tuvo su primer coche, que utilizaba para repartir periódicos, siguiendo una arraigada tradición de Piedmont. Después llegaron una serie de Fords y Chevies. Sus amigos se divertían dando vueltas en vehículos robados, participando en carreras ilegales de coches y haciendo el amor con chicas en automóviles.
Una vez al frente de la producción de sus películas, Clint volvería en repetidas ocasiones a historias construidas alrededor de su eterno amor por los viajes en coche, moto u otros vehículos (Un botín de 500.000 dólares, Ruta suicida, El aventurero de medianoche, El Cadillac rosa, El novato y Un mundo perfecto, entre otros claros ejemplos), tanto mejor si el argumento daba pie a un despliegue de persecuciones y colisiones.
¿Cuáles eran sus otros intereses? En el Oakland Tech Clint no se dedicaba al arte dramático, la orquesta o los deportes, sino que asistía a los talleres de formación profesional y a cursos de mecánica. También se matriculó en un curso de mantenimiento de aviones («Las películas bélicas de aviones despertaban en él un anhelo romántico de volar», escribió Richard Schickel). «Reconstruí un motor de avión, y también un motor de coche —declaró Clint a Crawdaddy en 1978—. Nunca tenía pasta, de modo que no podía comprarme nada bonito. Creo que los chicos pasan por ciertas etapas, en ciertas ciudades, en que los coches son toda su vida. Primero los coches, luego las chicas.»19 Después de las clases, mientras algunos de sus conocidos jugaban a fútbol americano o estudiaban para mejorar sus notas, Clint, con su tupé y su chaqueta de cuero, mataba el tiempo lubricando el motor de su coche en una gasolinera cercana, donde trabajaba un amigo.
Coches, chicas, cerveza: Clint no pensaba en el futuro. Sus amigos y él se limitaban a pasar el rato en el Coffee Dan, donde escuchaban a un joven pianista llamado Merv Griffin, cuya música formaba parte del repertorio de la emisora de radio KFRC; en un garito de blues llamado Hambone Kellys, en El Cerrito; en el Omar, una pizzería del centro de Oakland, donde Clint se sentaba a veces al piano y tocaba a cambio de «pizza y propinas», y «la pizza era mejor que las propinas».
«Le he oído contar esta anécdota y yo mismo la he contado un millón de veces, de modo que ignoro si gana o pierde algo repitiéndola —recordaba Fritz Manes, un miembro de su pandilla—, pero Clint tocaba el piano hasta que le sangraban los dedos.»
El unido grupo de amigos era siempre más o menos el mismo, pero las chicas iban y venían según su capacidad de perdurar. Estaban de moda las fiestas desenfrenadas con litros y litros de cerveza. Clint tenía una vena voyeurista, como los personajes que encarna en En la cuerda floja y Poder absoluto. En una ocasión, según un amigo que pidió mantener el anonimato, se escondió en el armario del dormitorio para ver a su amigo fornicar con la novia, pero fue incapaz de reprimir las carcajadas y en plena faena salió por la puerta como una exhalación.
A la primera experiencia sexual de Clint siguieron muchas más. Ya en el instituto, según su biografía oficial, «empezaba a hacerse una idea de lo atractivo que era», y por supuesto eso se combinaba con «una sensación todavía más perentoria de lo atractivos que le resultaban ciertos miembros del sexo opuesto».
Según Fritz Manes, Clint mantuvo una tórrida e intensa relación con una chica de Piedmont mayor que él, perteneciente a una familia adinerada que tenía amistad con los Eastwood. «Fue una vergüenza para ambas familias», dijo Manes. El temor no verbalizado de los progenitores de los jóvenes era el embarazo, y aunque Clint manifestaba a veces su deseo de casarse, a duras penas se mantenía a flote en el instituto. En consecuencia, sus padres y los de la chica intervinieron para romper la relación.
Nadie que conociera a los Eastwood puede imaginar, mirando hacia atrás, cómo de esta familia sencilla salió uno de los mayores iconos estadounidenses de la pantalla, y mucho menos uno con los singulares rasgos de Clint, entre ellos el donjuanismo, que llegó a dominar su vida privada.
Todo el mundo opinaba que, si había una familia ideal en cuyo seno nacer, eran los Eastwood. Los amigos de Clint le envidiaban por tener un hogar en apariencia ideal y unos padres que disfrutaban de un matrimonio feliz. Consideraban que Ruth era dulce e incansable en su esfuerzo por apoyar a la familia, y que Clinton padre era «un tipo estupendo», en palabras de Don Loomis. El hombre llegaba al extremo de llevar a casa un paquete extra de seis botellas o un barril de cerveza para Clint y sus amigos, aunque fueran menores de edad. Si bien ambos progenitores procedían de buenas familias, al parecer trabajaban con ahínco, y siempre se mostraban hospitalarios con los amigos de Clint y tolerantes con sus travesuras.
Cuando sus hijos se hicieron mayores, Ruth aceptó varios empleos de oficinista, y en un momento dado trabajó para IBM, mientras que Clinton padre no encontró un trabajo fijo hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Entonces se colocó en la California Container Corporation, una empresa de cajas de cartón corrugado con tres fábricas en la Costa Oeste —Los Ángeles, Emeryville (California) y Seattle (Washington)—. Empezó en la sucursal de Emeryville por el nivel más bajo, como aprendiz en un campo nuevo para él, según Donald Pooley, un compañero de trabajo.
El hijo heredó los rasgos físicos tanto de Clinton padre como de Ruth, y de mayor adoptó sus propias características distintivas. Clinton padre era alto, aunque algo más corpulento que Clint. Su sonrisa y su paso cansino eran similares a los de este, y poseía la misma sociabilidad despreocupada. «No podía decirse que [Clinton padre] fuera extravertido —dijo Al Naudain, un ejecutivo de una papelera que conoció al padre de Clint después de la Segunda Guerra Mundial—. Tampoco era introvertido. Era una persona discreta. Nunca le vi nervioso. Era tranquilo.»
Las cajas de cartón corrugado eran la bestia de carga del sector del transporte, imprescindibles para la industria conservera de la Costa Oeste. Clinton padre empezó de contable en la California Container Corporation. A primera vista era «un trabajador lento y diligente, pero no se mataba», en palabras de Donald Pooley; sin embargo, el padre de Clint tenía la suerte de la familia. Cuando una nueva compañía matriz tomó el control en 1948 y redefinió la actividad empresarial, muchos trabajadores de Emeryville se marcharon o fueron despedidos. Los universitarios obtuvieron mejores puestos. «Uno de los tipos que no entraron en el programa fue Clint Eastwood [padre] —dijo Pooley—. Se quedó. Se le abrían toda clase de oportunidades, porque no quedaba nadie. Creo que en aquella época le nombraron jefe de ventas.»
Entonces Clinton padre tenía cuarenta y pocos años. Se adaptó con celeridad a la industria papelera y se creó una reputación de eficiente jefe de ventas, bien considerado en la profesión por establecer una relación estrecha con los clientes. No obstante, como vendedor se mostraba también curiosamente retraído, rasgo que se reflejaría en el tipo de personalidad pasiva-agresiva de su hijo. Clinton prefería el trato social que comportaba su trabajo y s
