El Valero
—A ver, creo que no me he explicado bien —dije cuando transitábamos por una carretera más tras una hilera de casas encaladas—. ¡No quiero vivir aquí, por el amor de Dios! Quiero vivir en las montañas, no a las afueras de un pueblo perdido en un valle.
—Cállate y sigue conduciendo —me espetó Georgina, la mujer que iba sentada a mi lado.
Encendió otro de sus fuertes cigarrillos negros y me envolvió en una nube de humo.
Había conocido a Georgina aquella misma tarde, pero no había tardado mucho en ponerme en mi sitio. Era una joven inglesa muy segura de sí, con una manera muy mediterránea de sentirse cómoda y a sus anchas en su entorno. Llevaba los diez últimos años viviendo en la Alpujarra, una zona situada en las estribaciones de Sierra Nevada, al sur de Granada, y se había hecho un hueco como intermediaria entre los granjeros que querían vender sus cortijos en las montañas y mudarse a los pueblos y los extranjeros que querían comprarlos. Era un trabajo duro, pero nadie que la viera cerrar tratos con el campesino más tosco o discutir sobre derechos de riego con el burócrata más tozudo dudaría que era la mujer ideal para llevarlo a cabo. Si tenía algún punto débil era que no soportaba a los imbéciles e indecisos.
—¿Intimidas de esta manera a todos tus clientes? —protesté.
—No; sólo a ti. Dobla a la izquierda.
Obediente, giré el volante y dejamos atrás las últimas casas de Órgiva, el pueblo en el que mi agente me había adoptado. Descendimos dando tumbos por un camino de tierra en dirección al río.
—¿Dónde están las montañas? —me quejé.
Georgina no me hizo ningún caso y se puso a mirar los naranjales y olivares que flanqueaban el sendero. Se veían casas de paredes blancas cubiertas por raquíticos parrales del año anterior y adornadas con geranios y buganvillas de vivos colores; mulas que araban; campesinos con pantalones de peto que se inclinaban, trasero en alto, entre perfectas hileras de hortalizas. Unas gallinas picoteaban en el polvo del camino a la sombra de una palmera. En el camino, los perros dormitaban en la parte umbría y los gatos en la parte soleada. El coche parecía ser la criatura con menos preferencia en aquel camino. Me detuve y di marcha atrás para no chafar un limón.
—Pasa por encima de los limones —ordenó Georgina.
La verdad es que había una barbaridad de limones por todas partes. Los arrastraba un arroyo que burbujeaba allí cerca, y en algunas partes el camino se había convertido en un felpudo de fruta machacada, y debajo de los árboles, la tierra relucía de esferas amarillas caídas. Me vino a la cabeza una canción medio olvidada sobre un gitano perdidamente enamorado que arrojaba limones al río Grande hasta que sus aguas se volvían de oro.
Los limones, los animales y las flores me reconfortaron un poco. Atravesamos una llanura alfombrada de repollos y judías, al final de la cual se alzaba un monte. Tras descender por un platanar, giramos a la derecha y ascendimos una ladera escarpada de roca rojiza horadada por profundas grietas.
—Esto ya pinta mejor.
—Espera y verás, aún no hemos llegado.
Subimos más y más, doblamos una curva tras otra, siempre con el valle del río desplegándose a nuestros pies como si se tratara de una foto aérea. Atravesamos un cañón y de pronto aparecimos en otro valle. La llanura se desvaneció a nuestra espalda, oculta por la mole de la montaña, pero no el estruendo del río que discurría por el fondo de la garganta.
Junto al río, en un valle con forma de herradura vislumbré una pequeña casa abandonada que se alzaba sobre un peñasco cubierto de cactus; a su alrededor se extendían campos abandonados y bancales de olivos antiquísimos.
—Es la Herradura —anunció Georgina—. ¿Y bien? ¿Qué te parece?
—Qué quieres que te diga, soñar está muy bien, pero no creo que tengamos bastante para pagarla.
—Tienes de sobra para comprarla, y aún te quedaría algún dinero para arreglarla un poco.
—No te creo. Me estás tomando el pelo.
La verdad, aquella casa superaba de lejos mis expectativas más descabelladas. El dinero con que había llegado a España apenas habría alcanzado para comprar el cobertizo de un jardín en el sur de Inglaterra, así que me conformaba con encontrar, como mucho, una casa en ruinas con quizá un pequeño terreno.
—Bueno, no hace falta que continuemos. Me la quedo. Vayamos a verla.
Dejamos el coche en la cuneta y descendimos por un sendero. Estaba tan contento y excitado que hasta sentía mareos. Al pasar junto a un árbol, arranqué una naranja: era la primera vez en mi vida que lo hacía. Nunca había probado una naranja tan asquerosa.
—Es una naranja dulce —explicó Georgina—. Abundan en la zona... van bien para hacer zumo. Y a los viejos desdentados les gustan.
—Esto es lo que estaba buscando, Georgina. Es el paraíso. Lo quiero. O sea, que lo compro ahora mismo.
—Con estos asuntos más vale no precipitarse. Iremos a ver otras casas.
—No pienso ir a ningún sitio. Quiero vivir aquí; además, el cliente soy yo. ¡Haremos lo que yo diga, no lo que quieras tú! ¿O no?
Volvimos al coche y nos internamos en el valle, donde Georgina me mostró una casa de piedra en ruinas que parecía deslizarse lentamente ladera abajo hacia un precipicio. Estaba rodeada de cactus podridos, y a su lado se alzaba una colina sombría cubierta de árboles muertos. En un extremo de la finca, entre matorrales de espino, corría un arroyo con muy mala pinta.
—Ni lo sueñes. ¿Para qué me has traído aquí?
—No está tan mal.
—Aparte del hecho de encontrarse a muchos kilómetros del campo de golf más cercano, no le veo ninguna ventaja más.
Continuamos nuestro recorrido y echamos un vistazo a una caseta construida con bloques de hormigón, un gallinero con jaulas dispuestas en batería, una mugrienta casucha plagada de murciélagos y una especie de cueva alfombrada de excrementos y papel de periódico.
—Ya basta; no quiero ver más. Volvamos a La Herradura.
Eso hicimos, y al llegar me senté en una piedra caliente del lecho del río y me sumí en uno de esos raros sueños que, de pronto, empiezan a hacerse realidad, hasta que Georgina lo interrumpió.
—Ya sé que La Herradura es muy bonita, Chris, pero hay algunos problemas. Es de varios dueños, y no todos quieren vender. Y uno de los que no quieren vender tiene acceso a una habitación justo en el centro de la casa. Eso podría resultar un pelín incómodo, por no decir francamente desagradable. Y luego está la cuestión del agua...
Se interrumpió al oír una voz de barítono que cantaba en el río, y ambos nos volvimos. Distinguí palabras como «rana» y «copas de cristal», pero nada más. Una cabra roja con un solo cuerno apareció por detrás de una roca. Nos miró de hito en hito unos instantes, y a continuación hizo esa gracia por la que, desde la noche de los tiempos, la cabra se ha ganado el cariño de la humanidad: soltó un eructo y se tiró un pedo a la vez.
—Qué bien lo hacen, ¿eh?
Georgina ni me miró.
—Ese hombre que se acerca —susurró en tono de apremio— es el propietario de la finca que hay al otro lado del río, y me parece que tiene intención de venderla.
Detrás de la cabra de un solo cuerno había aparecido un hombretón barbudo y rubicundo a lomos de un caballo. Era él quien cantaba, presumiblemente para distraerse mientras vigilaba a la cabra y sus acompañantes, que incluían un par de vacas, un choto, una oveja sucia y dos perros. Detuvo el caballo, se inclinó en la silla y nos observó bajo un mugriento sombrero playero de algodón al tiempo que soltaba un juramento para detener su séquito.
—Buenas tardes —saludó Georgina—. Usted debe de ser Pedro Romero, el propietario del cortijo que hay al otro lado del río.
El hombre soltó un gruñido.
—He oído decir que está pensando en venderlo.
—Es posible.
—Si es así, nos gustaría verlo.
—¿Cuándo?
—Mañana por la mañana.
—Ahí estaré.
—¿Cómo se llega hasta la casa?
Siguió una enrevesada explicación de la que sólo capté alguna referencia a árboles, zarzas y piedras, y que por lo demás me pareció innecesaria, puesto que veía el cortijo a unos centenares de metros de donde estábamos.
—¿Y este extranjero quiere comprar mi finca? —El tipo me dirigió una mirada burlona y me inspeccionó de arriba abajo.
—Tal vez.
—Hasta mañana, pues.
—Hasta mañana.
Dicho esto, la pequeña procesión se alejó entre tintineos río abajo. Romero había dejado de cantar y se lo veía pensativo. Observé ensimismado cómo el sol de la tarde iluminaba las nubecillas de polvo dorado que levantaban las patas de los animales.
—Vale la pena echarle un vistazo a ese cortijo —afirmó Georgina—. Se llama El Valero. Créeme, sé lo que me digo.
A la mañana siguiente, mientras tomábamos café antes de emprender camino hacia el valle, Georgina me observó con aire pensativo.
—Oye, a menos que te haga alguna pregunta, tú no abras la boca. Déjame a mí.
—Vale. Pero espera un momento. ¿Te he dicho que quiero comprar El Valero? Perdona, pero me parece recordar que me había decantado por La Herradura.
Me miró a los ojos.
—He estado dándole vueltas al asunto, y he decidido que tú y El Valero tenéis mucho en común. Lo verás cuando lleguemos allí.
Subimos al coche y nos dirigimos al valle bajo un cálido sol de enero. Los granjeros trabajaban en sus huertos; los perros y los gatos habían vuelto a ocupar sus puestos en el camino. En esta ocasión todo me resultó familiar. Cuando pasamos ante La Herradura dirigí una mirada esperanzada a la casa, y luego observé con recelo la finca al otro lado del río.
Llevábamos un rato andando cuando el camino se interrumpió, y tuvimos que quitarnos los zapatos para vadear el río. La corriente era muy fuerte en algunos puntos y el agua nos llegaba a la rodilla, por no mencionar que estaba helada.
—Me parece una forma espantosa de llegar a un sitio, si no te importa que lo diga.
Subimos por la ribera entre eucaliptos y cruzamos un campo, y desde allí seguimos un angosto sendero entre bancales llenos de flores a las que daban sombra naranjos, limoneros y olivos. Aquí y allá fluían acequias de agua clara entre las piedras que regaban los bancales de árboles frutales y hortalizas. El sendero cruzó un arroyo y dobló un recodo a través de un campo de almendros en flor. Georgina se volvió hacia mí y sonrió.
—¿Qué te parece?
—Imagínatelo... ¡en mi vida había visto nada igual!
—Ahí está la casa.
—¿La casa? Pero si parece un pueblo. ¡No tengo dinero para comprar un pueblo!
Construidas a diferente nivel en un peñasco escarpado, había dos casas con sus respectivos establos, corrales para cabras, gallineros y cobertizos. Un poco más abajo, una manguera goteaba en un bidón de aceite junto a un granado.
Pedro Romero nos esperaba frotándose las manos y sonriendo al lado de una de las casas, o quizá era un establo.
—¡Hombre! Habéis venido. Sentaos, que beberéis vino y comeréis jamón.
Nos sentamos en unas sillas tan bajas que las rodillas casi nos tocaban las orejas, y disfrutamos del espectáculo de dos perros copulando con entusiasmo en el centro del corrillo que formábamos. Cuando estaba preguntándome qué sería mejor: hacer algún comentario sobre su actividad o fingir que no me daba cuenta, Georgina me fulminó con la mirada y me quedé callado, tal como habíamos acordado.
De pronto apareció una mujer muy menuda y con la cara llena de arrugas, la esposa de Romero. Se llamaba María, y, ante un ademán imperioso del hombre de la casa, sirvió un vino marrón de una botella de plástico de Coca-Cola y nos echó unos gruesos tacos de jamón sobre la caja que servía de mesa. El sol brillaba, las moscas zumbaban. Bebimos vino y comimos jamón y contemplamos la amorosa actividad de los perros sumidos en un sopor cada vez más etílico.
Georgina y Romero empezaron a charlar animadamente sobre vecinos, líneas divisorias de fincas, suministro de agua, porcentajes y derechos, mientras yo me mecía en la silla y esbozaba una sonrisa bobalicona. Los perros se habían quedado quietos, como resultado de la fusión, y miraban con timidez en direcciones opuestas, quizá deseando no haber empezado siquiera aquel desdichado asunto. El vino y el jamón se terminaron, y cabeceé hasta que me quedé dormido, pero al notar un codazo de Georgina en las costillas levanté un pesado párpado.
—Ponle esto en la mano como si hablaras en serio. —Me pasó un grueso fajo de billetes—. Acabas de convertirte en el feliz propietario de El Valero, y esto es la paga y señal.
Dado que no tenía sentido discutir con Georgina, hice lo que me decía y compré la finca. A continuación nos dimos un montón de palmadas en la espalda, apretones de manos y sonreímos sin parar.
—Es una ganga —se lamentaron los Romero—. Estamos en la ruina y tenemos que vender la casa... Acabas de comprar un paraíso por cuatro cuartos, pero ¿qué otra cosa podíamos hacer?
Estaba a punto de ofrecerles más dinero cuando Georgina me fulminó otra vez con la mirada; así pues, por menos de cinco millones de pesetas, había comprado un cortijo que antes ni me habría atrevido a mirar por encima de la verja. En cuestión de minutos, había dejado de ser un esquilador de ovejas itinerante y el inquilino de una casa de campo en Sussex situada en la trayectoria de aterrizaje de un aeropuerto, para convertirme en el propietario de una finca en las montañas de Andalucía. Tendría que acostumbrarme a la idea.
Apenas capaz de contener la emoción, conduje hasta el bar más cercano para telefonear a Ana, mi mujer, a Inglaterra... y entonces me detuve en seco. ¿Cómo le contaría lo que acababa de hacer? Removí las monedas sobre la mesa y busqué inspiración en los posos del vaso de vino. Estrictamente hablando, mi cometido consistía en echar un vistazo a unas cuantas fincas en Andalucía y barajar la posibilidad de comprar una casa y un terreno donde labrarnos un futuro. No podía evitar la sensación de que me había pasado un poco de la raya. Por supuesto, como dijo Shakespeare, hay una marea en los asuntos de los hombres que no conviene dejar pasar. Pero ¿lo vería Ana de la misma manera?
No lo hizo. Es verdad que en su lugar yo probablemente habría reaccionado igual. Sin embargo, por suerte para los dos, Ana nunca ha sido de las personas que pierden el tiempo haciendo reproches, y no tardó en recurrir a la cautelosa línea de investigación que emplean los médicos en cuanto llegan a la escena de un accidente.
—¿A qué distancia está de la carretera más cercana? —fue su primera pregunta.
Al ver que pasábamos a los aspectos prácticos suspiré aliviado.
—Pues más o menos a la misma distancia que hay desde nuestra casa a la pocilga. —Traté de imaginarme a Ana escrutando el campo de Sussex más allá del corral—. No está muy lejos, ¿verdad? Quiero decir que no se tarda mucho en llegar a la pocilga... No, no hay agua corriente... Espera, miento... En realidad hay una manguera de la que sale agua todo el rato... que va a parar a un bidón de aceite a unos veinte metros de la casa.
Hablé largo y tendido sobre los rojos pétalos de geranio que flotaban en el agua del bidón, de las mansas bestias que abrevaban allí y de las brillantes flores que alfombraban el suelo que rodeaba ese precioso estanque. Pero Ana no iba a cambiar de tema tan fácilmente.
—Sí, hay un cuarto de baño, y tiene bidet, sí... No, pero es verdad que el agua no llega hasta allí... El problema es que el manantial no está bastante alto... Y si levantas la manguera del bidón, el agua deja de gotear... Quiero decir, de salir a chorro... No, no se puede beber, no es potable. Tampoco la usan para lavarse... Se lavan el pelo en el río, lo que me parece bastante encantador. Me han dicho que si riegas demasiado las plantas con esa agua se mueren... ¡No, no sé para qué han puesto entonces ahí esa manguera! No puedo adivinarles el pensamiento, ¿sabes? Los animales sí la beben... Sí, eso es, esa agua es para que beban los animales. Y no, no sé por qué los animales no beben del río... ¡supongo que porque la gente se lava el pelo en él!
Me estaba metiendo en aguas turbulentas. Probé con otra táctica.
—Hay electricidad... Una placa solar, así no hay que pagar facturas de luz y puedes consumir toda la que quieras. Tienen un televisor y unas cuantas bombillas, incluyendo un interruptor que las enciende y apaga desde la cama, ¿te imaginas? Por lo visto, la cosa no da para mucho y en verano hay que economizar... ¿En invierno? Bueno, supongo que en invierno ni siquiera funciona, pero uno no puede tenerlo todo, ¿no?
Aunque no parecía compartir mi visión romántica de los encantos de El Valero, Ana dijo que estaba dispuesta a aceptar todo aquel espanto con tal de que no hiciese viento. Para ella, el viento era lo peor del mundo.
—La casa está en un sitio resguardado —la tranquilicé—, en un recoveco del valle.
En realidad no es así. El Valero se alza sobre un peñasco, y está totalmente expuesta a los vientos que soplan desde dos ríos y dos grandes sierras. Sin embargo, con aquel mínimo ajuste de la verdad, conseguí despertar el entusiasmo de Ana a tal punto que prometió mostrarse ecuánime cuando llegara en el siguiente vuelo chárter disponible.
Entretanto, me quedé allí para contemplar mi nueva propiedad desde todos los ángulos. Me encaramé a lo alto de una de las cimas gemelas de la sierra al otro lado del río y miré a través de los secos matorrales y los pinos hacia El Valero, que parecía un pequeño oasis con sus oscuros árboles frutales y sus relucientes riachuelos. Vi a Romero en el lecho del río, montado en su caballo y rodeado por sus poco agraciadas bestias, y a su esposa y su hija, que sembraban encorvadas en un bancal de ajos.
Trepé por la escarpada ladera que hay detrás de la finca y llegué a un punto tan alto que dejé de oír el rumor del río; sin otros sonidos que el viento ululando entre la retama y el chillido de pájaros desconocidos, me encontré perdido entre el romero y el tomillo. Desde allí se contemplaba el valle entero; en las suaves laderas de un extremo crecían verdes campos y huertos que desaparecían en la profunda hendidura de la montaña por donde corría el río; y en el otro extremo se estrechaba para formar un desfiladero rocoso en El Granadino, la pequeña población al sur del valle. La finca se veía minúscula allí abajo, al pie del gran cerro, que tenía un montículo en la cima que recordaba la nariz de un rinoceronte.
Bajo la luz cada vez más suave de la tarde, fui con el coche hasta lo alto de la sierra de la Contraviesa, el gran contrafuerte de roca que queda al sudoeste, y me detuve en un punto desde el que se veía el valle entero, verde y precioso y en apariencia inaccesible, perdido entre áridos cerros llenos de matorrales y espinos.
Estaba tan excitado que la cabeza me daba vueltas; me asaltaban los sueños y las ideas más peregrinas. La vista desde allí era asombrosa. No importaba hacia dónde caminara ni desde qué perspectiva la contemplara: la belleza de los dos ríos que confluían en el amplio valle y del alto y angosto desfiladero en su extremo me tenía maravillado. Entonces caí en la cuenta de que aquél era el emplazamiento ideal para un embalse. Con una presa de sólo cincuenta metros de ancho en la boca del desfiladero el valle se llenaría en pocas semanas. Dos ríos, un angosto desfiladero, un puñado de campesinos analfabetos a quienes no resultaría difícil trasladar a otro lugar, reflexioné, y por otro lado los pueblos de la costa, a sólo veinte kilómetros al sur, donde la gente bebía agua salobre que sacaban de pozos casi secos. Todo encajaba. Por eso todo el mundo vendía sus fincas. Al cabo de unos años, todo el valle estaría sumergido.
Cuando aquella idea espantosa hizo presa en mí, unas sombras oscuras empezaron a cernerse sobre mi nuevo mundo. ¿Qué demonios le diría a Ana? Quizá en ese preciso momento mi mujer estaba volando hacia el sur de España. Eché a correr ladera abajo como un demente en busca de Romero y sus animales.
—¿Van a construir una presa aquí? ¿Inundarán el valle?
Mi futuro, por no mencionar mi matrimonio, dependía de su respuesta. Me miró con cierta sorpresa, y una sonrisa maliciosa asomó a su feo rostro.
—Por supuesto.
—¿Me está diciendo —chillé— que acaba de venderme un sitio que dentro de un par de años estará a veinte metros bajo la superficie de un embalse?
—Claro.
—¿Cómo ha podido...?
—Descuida, no pasará nada; te pagarán una buena indemnización por la finca.
—Pero yo no la he comprado para que me den la maldita indemnización, yo quiero vivir aquí...
—Lo veo un poco difícil con agua por todas partes. Tengo que irme. He de llevarme a los animales.
Dicho lo cual, azuzó al caballo con un palo y desapareció río arriba.
El paraíso sumergido
Cuando irrumpí en el bar Retumba, Georgina estaba apoyada contra una máquina tragaperras, leyendo un libro sobre alquimia.
—Georgina, ¿qué rayos es eso de la presa? —espeté.
—¿Presa? ¿Qué presa? —Su perplejidad me pareció sincera.
—Pedro Romero acaba de decirme que van a construir una maldita presa y a inundar el valle.
—Ah, eso.
—¿Qué quieres decir con «Ah, eso»?
Mi expresión de angustia debió de conmoverla, pues suavizó un poco la voz.
—Bueno, sí, hace unos veinticinco años hubo un proyecto de edificar una presa en el desfiladero e inundar el valle, pero hicieron pruebas y llegaron a la conclusión de que no era rentable. La roca circundante es como una esponja. Además, en caso de que pusieran en marcha el proyecto, te pagarían una buena indemnización. No te preocupes, de verdad.
—¿Podemos estar seguros de eso? ¿Absolutamente seguros, quiero decir?
Meditó unos instantes, antes de cerrar el libro y tender la mano hacia su bolso.
—Te diré lo que haremos: iremos a ver a Domingo. Es tu vecino más cercano en el valle. Vive en La Colmena, en el extremo norte. Su familia lleva años allí. Él tiene que saberlo. Antes he visto su coche, de modo que debe de andar por aquí.
Y ni corta ni perezosa echó a andar por la calle mayor de Órgiva a su enérgico paso habitual, mientras yo la seguía correteando detrás.
—Estate atento —ordenó—. Es fácil distinguirlo, es uno de los hombres más guapos que verás por aquí. Ronda los treinta, es bajo, aunque aquí todos lo son, y se está quedando un poco calvo...
—No es que sea un retrato muy alentador —comenté, con la sensación de que en aquellas circunstancias podía mostrar un poco de irritación.
—Ah, espera y verás. Tiene cuerpo de boxeador y la sonrisa más maravillosa que puedas imaginar.
No me cupo duda de que el tipo había conquistado a Georgina con sus encantos.
Sin aflojar el paso, dejamos atrás el Museo del Jamón, que a pesar de su nombre grandilocuente no era más que un pequeño supermercado, y el ayuntamiento, con sus banderas de Andalucía y España, y llegamos a la calle mayor, donde había unos cuantos bares.
Allí encontramos a mi vecino apoyado en una farola y hablando tranquilamente con un gitano. Al parecer, quería venderle una vaca. Deseosos de que la transacción llegara a buen puerto, nos pusimos a esperar, pero, aunque parecían llevar un buen rato, ninguna de las partes se dejaba convencer por la otra. Alrededor se habían detenido algunos transeúntes, ávidos de intervenir en la discusión.
Georgina me condujo al bar de enfrente y le hizo señas a Domingo para indicarle que se uniera a nosotros cuando hubiese acabado.
Sentado a la mesa del bar, observé cómo se desenvolvía Domingo. Todos escuchaban con atención lo que él tuviera que decir. Al parecer, estaba acostumbrado a llevar la voz cantante. Iba vestido con unos pulcros vaqueros, una camisa blanca desabotonada en el cuello y zapatillas de deporte. Georgina tenía razón: la coronilla de Domingo parecía una avellana reluciente.
Por fin se unió a nosotros. Nos estrechó la mano, sonrió tímidamente y se puso a escudriñar algún punto debajo de la mesa mientras Georgina hacía las presentaciones.
—¿Vendrás sólo en vacaciones? —quiso saber.
—No, qué va. Vamos a vivir aquí y a cultivar la tierra.
Domingo levantó la cabeza un instante y sonrió. Una vez más, Georgina estaba en lo cierto. Cuando sonreía era un tipo muy guapo.
—¿Sabes algo de la presa en el valle de La Colmena? —preguntó Georgina—. Pedro Romero le ha dicho a Cristóbal que hay un proyecto...
—No le hagas caso —dijo Domingo en voz baja—. Hubo un proyecto hace muchos años, pero la cosa quedó en nada. No hay peligro de que lo pongan en marcha otra vez.
—¿Estás seguro? —farfullé—. Verás, para nosotros es muy importante saberlo. Queremos vivir aquí el resto de nuestros días; la indemnización nos importa un bledo.
—Sí, claro que estoy seguro, pero, si quieres oír la versión oficial, hablaremos con el alcalde.
Y sin pensarlo dos veces, fuimos a ver al alcalde. En vaqueros y zapatillas de deporte, Domingo entró por la puerta abierta del despacho del alcalde.
—Hola, Antonio. Éste es Cristóbal, un extranjero que ha comprado la finca vecina a La Colmena, y le preocupa lo de la presa. Le he dicho que se tranquilice, pero creo que le gustaría oírlo de boca del alcalde. Anda, cuéntaselo tú.
Antonio repitió todo lo que Domingo acababa de referirme. Pero en ese momento yo ya no pensaba en la presa. Me estaba felicitando por tener un vecino tan digno de estima.
En cuanto me hube quitado ese peso de encima, fui a buscar a Ana al aeropuerto, y sin más dilación salimos con rumbo a Granada en la chatarra que había alquilado. Entre la neblina azul suspendida sobre la ciudad asomaron las blancas cumbres de Sierra Nevada, que los últimos rayos del sol invernal teñían de un rosa encendido. Ana estaba deslumbrada, y también yo me sentí un poco abrumado por toda aquella belleza. ¡Vaya sitio habíamos escogido para vivir! Dejamos atrás Granada y ascendimos por el puerto de El Suspiro del Moro, donde el último rey musulmán se había vuelto por última vez hacia su adorada ciudad y, acongojado por el destierro, se había echado a llorar. No era de extrañar.
Pedro y María Romero nos habían invitado a pasar la noche en su casa, así que a última hora de la tarde nos dirigimos al valle para que Ana viese cuanto antes el que sería nuestro nuevo hogar. Iluminados por el ocaso, los campos que flanqueaban la carretera aún se veían más bonitos de lo que recordaba. Ana parecía encantada, y yo, hinchado como un pavo, le señalaba aquí y allá: aceitunas, naranjas, limones... repollos... patatas...
Emprendimos el ascenso del desfiladero y poco después llegamos al valle.
—¡Ahí la tienes!
El Valero se vislumbra brevemente al entrar en el valle, antes de que desaparezca de nuevo tras un muro de roca.
—¿Dónde?
—Allí, ¿la ves? En lo alto de ese peñasco al otro lado del río.
—¿Eso?
—¿Qué quieres decir con «eso»?
—Pues eso.
—Bueno, pues «eso» es la finca. El Valero. ¿Qué te parece?
—Desde tan lejos no me parece nada. Me reservo mi opinión para cuando estemos más cerca.
Continuamos internándonos en el valle y nos detuvimos en un mirador cercano a la finca.
—Bueno, la verdad es que me parece bastante bonita.
Miré a Ana estupefacto y feliz. Mi mujer no es proclive a esos arranques de entusiasmo.
Seguimos un poco más y cuando terminó el camino aparcamos el coche. A partir de ahí tendríamos que ir andando.
—¿La pocilga? —inquirió Ana. Sin duda era una pregunta.
—¿Qué?
—¿La pocilga? —repitió.
—¿Qué pocilga? Aquí no hay pocilgas.
—Me dijiste que desde la carretera a El Valero había la misma distancia que a la pocilga.
—¿Ah, sí?
Empezaba a oscurecer, y sabía que aún nos quedaba un buen trecho de camino de cabras hasta la granja. Así que emprendimos la marcha colina abajo, atravesamos un cenagal donde el sendero confluía con un arroyo, y a continuación nos internamos en un bosque de enormes eucaliptos que desprendían un aroma dulzón y susurraban en la brisa del atardecer mientras los pájaros cantaban. Aparecimos en la ribera del río, que descend
