INTRODUCCIÓN
La Madre que yo conocí
Si no se vive para los demás, la vida carece de sentido.
—MADRE TERESA
13 de septiembre de 1997
Eran las dos de la mañana cuando llegué a la Iglesia Santo Tomás, en Calcuta, el día del funeral nacional de la Madre Teresa. Yo había arribado unas horas antes con otros miembros de la delegación oficial de EE. UU., presidida por la primera dama, Hillary Clinton. Los otros delegados se habían retirado para dormir un poco, pero dos Misioneras de la Caridad (MC) que habían volado con nosotros fueron directo a la Casa Madre para unirse a los cientos de otras hermanas que habían venido a la ciudad.
Reinas, presidentes, dignatarios y celebridades de todo el mundo, habían viajado para asistir al servicio fúnebre, incluyendo los presentadores de las tres cadenas televisivas más importantes de Norteamérica y CNN (las mismas agencias de prensa que habían cubierto el funeral de la Princesa Diana una semana antes). Cada hotel de lujo de la ciudad estaba lleno al tope. La delegación de EE. UU. se dividió entre los dos más finos —el Oberoi y el Taj Bengal—, pero yo no tenía intenciones de dormir. Quería estar tan cerca de la Madre como fuera posible.
Incluso a esa hora tan temprana, había una multitud dando vueltas afuera de la vieja iglesia de ciento cincuenta años, y docenas de hermanas conversaban por lo bajo cerca de la entrada. La Madre yacía en la capilla ardiente, envuelta en una bandera india, por el término de una semana, y cientos de miles de personas desfilaron junto a su cuerpo. Ella iría a su destino final de descanso en la misma carroza que había transportado el cuerpo de Mahatma Gandhi en 1948. El personal militar y la policía de la ciudad estaban preparados, aunque las hermanas estaban haciendo un buen trabajo protegiendo a la Madre. Entré al santuario de la iglesia y divisé a un buen número de ellas guardando vigilia, y me uní. Había muy pocos ojos secos en ese santuario.
El cuerpo de la Madre Teresa se veía muy bien preservado. El equipo de embalsamadores de Bombay, que había llegado a Calcuta inmediatamente después del deceso, podía sentirse orgulloso. Sus esfuerzos se vieron asistidos por seis aires acondicionados que habían instalado a toda velocidad y que luchaban para vencer al intenso calor subtropical. Aun así, su rostro estaba de algún modo pálido, y sus manos y pies lucían un poco descoloridos.1
Su tez más oscura le hacía parecer india. Estaba vestida con su sari típico y su rosario —el que en tiempos pasados intercambiaba con el mío cuando orábamos en algún viaje— que asomaba de sus manos entrelazadas y reposadas sobre su estómago. Su cuerpo parecía sagrado. La noche en que la Madre murió, la hermana Gertrude había tomado cuidadosamente los viales de sangre de la Madre para preservarlos como reliquias. (Más tarde me entregaron uno de esos a mí). Una hermana me había dado varias medallas cuando llegué por primera vez al pie del cajón de la Madre. Yo las tomé, junto con mi rosario, y acaricié con ellas sus pies descalzos. Ahora, arrodillado ante su cuerpo, podía llorar su muerte con libertad, y así lo hice. Pero no eran lágrimas de tristeza; estaba envuelto en gratitud a Dios y a esta mujer que me había brindado tanto gozo.
Así como el calendario romano se separa en dos eras, antes y después del nacimiento de Cristo, también mi vida puede dividirse en dos períodos diferentes: antes y después de la Madre. Haberla conocido no solo moldeó mi forma de pensar y de actuar, sino que en definitiva determinó cada elección importante que tomé, desde los empleos que acepté hasta la mujer con la que me casé, la casa en donde viví, y la forma en que paso mis días. Conocí a la Madre durante los últimos veinte años de su vida, desde 1985 hasta su muerte en 1997. Yo fui su abogado y el consejero legal de las Misioneras de la Caridad (y continúo siéndolo). Pero más importante que eso, fui su amigo, y la Madre fue mi amiga. Ella me guio en asuntos grandes y pequeños, y me permitió ayudarla en lo que podía. Me enseñó que los momentos cotidianos nos brindan las mayores oportunidades de servir a Dios haciendo “pequeñas cosas con mucho amor”. No es exagerado decir que ella me enseñó a vivir y a amar.
¡Tantos recuerdos vinieron a mi mente mientras estaba arrodillado a los pies de la Madre en la Iglesia Santo Tomás! Toda la alegría que he vivido con mi esposa e hijos se puede remontar a ese afortunado día de 1985, cuando la Madre me dio la bienvenida a Calcuta y me envió a Kalighat, su hogar para los enfermos terminales. Ella me llevó a Jesús, no al concepto de Jesús, la figura histórica de hace veinte siglos, sino al Dios vivo al cual podía acceder por medio de la fe.
Pensé también en todos los amigos que pude hacer gracias a ella. Muchas de las personas que más aprecio las conocí porque eran cercanas a la Madre: Sandy McMurtrie, por ejemplo, y el cineasta Jan Petrie. Naresh y Sunita Kumar, la pareja de Calcuta que eran como la familia de la Madre, se había convertido también en una familia para mí. Pensé en muchas de las Misioneras de la Caridad (MC) que había llegado a conocer y amar con el correr de los años, así como en los Padres MC con quien había vivido en Tijuana, y que eran mis hermanos en la vida.
Pero, sobre todo, pensé en los “más pobres entre los pobres”, desde los hombres y mujeres moribundos que llegué a conocer en el hogar Regalo de Paz (Gift of Peace en inglés), para enfermos con sida, a los que frecuentaban los comedores comunitarios en la ciudad, y de quienes conseguí hacerme amigo. La Madre se refería a los más necesitados como “Jesús en su angustiante disfraz de pobre”. Ella basaba su creencia en la presencia real de Dios en la persona del pobre, conforme las enseñanzas de Jesús registradas en el evangelio de Mateo:
Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber…; [estaba] enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver… Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo.2
Este pasaje fue central en la misión de las Misioneras de Caridad, y la Madre enseñaba a vivir las palabras “por mí lo hicieron” en casi todos los discursos públicos o privados que le escuché dar. Su fe demostraba que ella interactuaba con Dios cuando ayudaba a los pobres, que es la razón por la que se diferenciaba el trabajo que ella y las hermanas hacían, de acción social. Una vez dijo en una entrevista: El trabajo es solo la expresión de amor que tenemos para Dios. Tenemos que derramar nuestro amor sobre alguien. Y las personas son nuestro medio para expresar ese amor.
Mis relaciones con las personas a las que las Misioneras de la Caridad servían tenían las huellas de la Madre Teresa. No hay chance de que yo alguna vez las conociera si no hubiera sido por la invitación de la Madre a alcanzar a “Jesús en su angustiante disfraz de pobre”, cosa que, gradual y lentamente, comencé a comprender.
Los recuerdos de ellos constituyen algunas de las pruebas más gráficas para mí de la amorosa presencia de Dios en el mundo, del mar de misericordia que envuelve a los dispuestos e indispuestos por igual y de mi deuda con la Madre Teresa por haber cambiado por completo el curso de mi vida. Esta comprensión descendió sobre mí en olas de gratitud ese día en la Iglesia Santo Tomás, pero también de tristeza. Ella se había marchado para siempre; ya no habría más llamadas telefónicas o viajes en avión.
Mientras oraba en las primeras horas de ese 13 de septiembre, me perseguía la simple pregunta que me había estado dando vueltas por algún tiempo: ¿por qué yo? ¿Cómo fue que llegué a tener esa relación privilegiada con la Madre Teresa? Ciertamente no me la merecía. El día en que la conocí supe lo pecador que era, y cómo me sentí en Kalighat, ayudando a un enfermo no por un buen propósito, sino porque era demasiado orgulloso como para reconocer ante la hermana que estaba a cargo que, en realidad, no quería ni tocarlo. Y todavía sigo siendo ese pecador. Entonces, ¿por qué yo? No tuve respuestas esa noche, pero ahora sí las tengo.
Creo que Dios me dio a la Madre Teresa por tres razones. Primero, porque la necesitaba con desesperación. Yo era un pecador que amaba los placeres terrenales y que podría haber pasado estos últimos treinta y cinco años siendo indulgente conmigo mismo, de no haber sido por la Madre y las gracias de lo alto que ella me reveló. Mi vida carecía de propósito, y ella me acogió. Su amor y bondad durante esos primeros años me ayudaron a reconocer mi propio quebranto y necesidad de Dios, y su toque sanador. En un sentido, ella me devolvió la vida. Me enseñó a orar, a amar la palabra de Dios y a frecuentar los sacramentos de la Iglesia, porque sabía que, si no lo hacía, me perdería nuevamente.
Y ella me entregó las Misioneras de la Caridad, los pobres de los que ellas cuidaban y la maravillosa gente que servía como voluntaria, para que yo estuviera en buena compañía y no me desviara. El amor de la Madre me reveló mi vocación; su corazón maternal me ayudó a abrazarla. Y esta es la segunda razón por la que Dios trajo a la Madre a mi vida: para poder ayudar a las MC una vez que ella se hubiera ido. Guardé la promesa que le hice cuando la visité en el hospital y la guardaré hasta que mis servicios ya no sean necesarios o valiosos.
Finalmente, estoy convencido de que mis experiencias con la Madre y mis observaciones de los últimos doce años de su vida tenían como fin ayudar a otros. Las lecciones que aprendí de ella sobre vivir, amar y envejecer, y cómo acercarse a Dios, merecen ser compartidas.
La gente necesita conocer a la Madre que yo conocí.
Este libro es la historia de la Madre Teresa que yo observé y estudié durante los últimos doce años de su vida. Muchas otras personas fueron cercanas a ella, especialmente los miembros de su familia de Misioneros de la Caridad. Y yo soy particularmente consciente de que registrar mi relación con la Madre pueda parecer como si yo estuviera explotando nuestra amistad (que conste, yo no tendré rédito económico por este libro; las regalías serán donadas a las hermanas, sacerdotes y otras obras de caridad alineadas a su obra). Mi propósito al escribir este volumen es mostrarla tal como yo la conocí, no como una santa de plástico, perfecta, que de manera inevitable viene a la mente de algunas personas, sino como una persona real que tenía amigos, le gustaba el chocolate, hacía bromas y, ocasionalmente, se enojaba. Ver su humanidad, con toda la dulzura y fragilidad que eso conlleva, hace su vida y obra mucho más extraordinaria.
He guardado los diarios personales de toda mi vida, y tomé abundantes notas durante mis años de amistad con la Madre. Quería recordar y ser capaz de contarle a mis hijos mi experiencia. También conservo cajas de correspondencia y otro material que surge de mi representación legal de ella (el Centro Madre Teresa, la organización de las Misioneras de la Caridad, encargadas de promover y proteger su legado, me concedieron permiso para divulgar esta información). Las historias contenidas aquí están basadas en esos diarios y archivos, así como también las horas de entrevistas que conduje con sus amigos y hermanas, especialmente los que estuvieron con ella en la fundación de las Misioneras de la Caridad.
Han pasado veinticinco años desde que la Madre nos dejó, y este libro tiene la intención de ser un testigo de la persona que ella fue. Espero que captes el sentido de lo que significa haber sido amigo de una santa viviente, cómo me enseñó la humildad y a veces me desafió —otras veces me frustró—, lo que fue estar en presencia de alguien tan enamorada de Dios. Ella era una mujer santa y la más tierna de las madres, y fue la mayor bendición de mi vida conocerla y servir junto con ella.
CAPÍTULO 1
Calcuta
Los pobres son la esperanza y la salvación de la humanidad.
—MADRE TERESA
La manera más simple de entender a la Madre Teresa es a través de Calcuta. El siglo XX fue un siglo de mucha agitación política en la vasta metrópolis india, plagado de inundaciones, hambre y numerosas crisis de refugiados. Durante la primera década de la Madre en la ciudad, la población casi se duplicó; para el tiempo en que falleció, en 1997, casi se había vuelto a duplicar.3 Calcuta ha avanzado mucho en los últimos veinticinco años, pero millones de personas aún viven en la pobreza, sin el alimento o el cuidado médico necesarios, en condiciones sanitarias inimaginables para la mayoría de los norteamericanos.
Donde otros vieron mugre, miseria y carencias, la Madre Teresa vio hijos de Dios, creados a su imagen. Ella vio dignidad —algo precioso— en cada uno de ellos. Incluso en la parte más pobre de Calcuta, pudo reconocer el anhelo de ser amados. La necesidad desesperada de la ciudad hizo de la Madre Teresa lo que ella fue. Sus niños abandonados y sus leprosos pedían ayuda, y ella fue una madre para todos ellos. Calcuta, con todo su sufrimiento, fue su hogar espiritual, el lugar donde ella creó algo bello para Dios.
Yo tenía veintiocho años, era abogado y asesor sénior del senador de Oregón, Mark Hatfield, cuando conocí a la Madre Teresa. Mi jefe era presidente del Comité de Asignación de Recursos del Senado, y una posición tan influyente brinda algunos beneficios al equipo. Durante el receso de verano de 1985 fui enviado a una misión de reconocimiento a Malasia, Hong Kong y la frontera tailandesa-camboyana. Hatfield había sido el único senador que votó contra la acción militar de EE. UU. en Vietnam y, luego que la guerra finalizó, lideró el tema de la protección y reubicación de los refugiados en el Congreso. Él sentía que nuestro país tenía una deuda moral con aquellos que habían sufrido persecución por ayudar al ejército norteamericano. Yo fui enviado a visitar los campos de refugiados indochinos, donde estábamos procesando miles de peticiones de reasentamiento y gastando cientos de millones de dólares.
Hatfield era un bautista del sur muy devoto y había sido amigo de la Madre Teresa desde inicios de la década de 1970, mucho antes de que se hiciera famosa. Ella había visitado su oficina en el Capitolio justo antes de que yo empezara a trabajar allí. Dado que mis asuntos oficiales se desarrollaban en su vecindario, no fue difícil acordar una reunión en Calcuta, y mi jefe hizo las presentaciones necesarias.
Al igual que todos, la conocía como una mujer santa que vivía entre los pobres, ayudando a las personas desesperadas que pocos se molestaban en observar. El Papa Juan Pablo II, a quien admiré grandemente, se había interesado especialmente en su obra, y a menudo se tomaba fotografías junto a ella. Además, yo tenía unos amigos en Washington, Jan y Randy Sterns, que habían adoptado un niño del orfanato de la Madre Teresa en la India. Natasha Gabriela era una niña enérgica y alegre, y verla era rememorar el trabajo de la Madre Teresa. Por recomendación de Jan, leí el libro de Malcolm Muggeridge sobre ella, llamado Something Beautiful for God [Algo hermoso para Dios]. Muggeridge tenía una mirada un tanto cínica sobre la religión organizada —con la cual me identifico— de modo que su admiración por la Madre Teresa me resultaba aún más curiosa. La respuesta de este agnóstico a su estadía con ella fue conmovedora: Para aquellos que nos resulta difícil captar con nuestra mente la grandiosa propuesta del amor de Cristo, alguien como la Madre Teresa es un regalo del cielo. Ella es este amor personificado; a través de ella podemos alcanzarlo, aferrarnos a él e incorporarlo en nuestra vida. La Madre y su misión en la India claramente lo conmovieron en lo profundo.
Ansiaba decirle a la gente que había estado en Calcuta y había conocido a la Madre Teresa. Esa era la razón aparente de mi viaje de pasada. Pero, secretamente, yo esperaba que pudiera sanarme, como Jesús había sanado a los ciegos. A pesar de mi trabajo genial y mi amplio círculo de amigos, sentía que mi vida en Washington estaba vacía. Era todo lo contrario a lo que Muggeridge había escrito sobre la vida de esta nueva amiga: ella estaba llena de gozo, y vivía el evangelio cristiano y la fe católica con entusiasmo. Yo deseaba verla en persona y que ella pudiera reavivar mi vida espiritual y reencauzarme, tal como parecía que lo había hecho con Muggeridge.
Siempre me había considerado católico. La religión fue lo que me mantuvo a flote durante una niñez turbulenta. Mis padres se separaron cuando yo estaba en cuarto grado. Mi madre crio cinco hijos en Jacksonville, Florida, y se aseguró de que fueran a escuelas católicas y concurrieran a la misa dominical. Su fe sincera y su agradable piedad dejaron una fuerte marca en mí. Para el tiempo en que ingresé a la Universidad de Florida en 1974, ser católico e ir a la iglesia semanalmente tenía más que ver con buscar chicas que con tener una relación sincera con Dios. Aquellas enseñanzas de la Iglesia que me imponían demandas, sencillamente las ignoraba. Decía malas palabras si eso me hacía reír; me gustaba apostar, beber y tener placer sexual, y no tenía problemas en mentir para salir de algún apuro.
Todo sentido de pecado estaba apagado por mi familiaridad con él. Pascal lo describe muy bien: Los pecadores lamen la tierra, es decir, aman los placeres terrenales.4 Y yo la había lamido. En la búsqueda de mis intereses egoístas había lastimado a personas que me amaban de manera genuina, incluyendo a mi novia de la universidad, cuyo corazón rompí al no casarme con ella. Era un católico cultural, cómodo, que tenía a Dios bajo sus órdenes. Bob Dylan cantó acerca de almas como la mía:
¿Te has preguntado alguna vez lo que Dios requiere?
Piensas que Él es solo un niño recadero que satisface tus deseos vagabundos.
¿Cuándo vas a despertar, cuándo vas a despertar?
¿Cuándo vas a despertar y fortalecer las cosas que quedan?5
Nueve meses antes de mi viaje al sudeste asiático, Dios me despertó. Mi amigo Jimmy se suicidó. Él era un verdadero contrincante: un alero de 6,6 pies (1,98 m) del equipo de básquet de la Universidad Estatal de Florida [FSU, por sus siglas en inglés], pero además un estudiante 4.0 de filosofía. Era amante de la literatura clásica y un católico practicante, y nos conectábamos bien a todo nivel. Éramos inseparables. Íbamos a las discos y a pubs, jugábamos golf y tenis, tomábamos sol en la playa y salíamos juntos con chicas. Éramos miembros de la misma fraternidad, vacacionábamos juntos e intentábamos superarnos el uno al otro con un humor excéntrico. Yo fui su padrino de bodas cuando se casó con su novia de la facultad. Un poco menos de cinco años más tarde, en un ataque de desesperación, se arrojó desde una pasarela sobre la Interestatal 95 en Lantana, Florida, sobre el tráfico con dirección al sur.
Yo le había fallado a mi amigo. Sabía que Jimmy estaba luchando; estaba bebiendo demasiado, y su última visita al D. C. había sido un desastre. Todo le resultaba oscuro y deprimente, desde su reciente divorcio a sus fallidos intentos por conseguir un empleo como entrenador principal de un equipo de básquet. Se encontraba sumido en una montaña rusa que no lo soltaría. En un momento estaba de rodillas clamando y pidiéndole ayuda a Dios y al siguiente volvía a obsesionarse con su exesposa y su carrera, que se estaba yendo a pique. Llegó a mi departamento en un caos y se fue a los pocos días en peores condiciones. Pero en vez de ir directo a Florida cuando Jimmy me llamó desesperado, despotricando incoherencias, una semana antes de suicidarse, me quedé en Washington. Y ahora lo había perdido para siempre. Me sentía perseguido por la culpa y mi fe fue sacudida. ¿Cómo un Dios amoroso pudo permitir que todo esto sucediera? ¿Dónde estaba Él cuando Jimmy sufría? ¿Por qué no me envió a rescatarlo?
En los meses posteriores a su muerte, me aboqué de lleno al trabajo. Oraba menos y bebía más. Cultivé un cinismo insidioso, que crecía alimentado por los falsos rituales sociales y las amistades mercenarias del Capitolio. Mi propia hipocresía me permitió identificarla enseguida en los demás. Por fuera yo debo haber parecido un hombre magnífico: exitoso en el trabajo, divertido para salir y aparentemente religioso. Hasta me aventuré a mentorear niños de zonas carenciadas una vez por semana, lo cual calmaba mi conciencia e impresionaba a la gente. Era el protector de los más débiles durante dos horas semanales. Engañaba a todos, pero no podía engañarme a mí mismo.
Este era el hombre que buscaba a la Madre Teresa en agosto de 1985. Ella estaba viviendo el evangelio y practicando la fe que me habían enseñado de niño. Tenía esperanzas de que, al conocerla, ella pudiera aliviar mi culpa respecto a Jimmy y guiarme a una vida más significativa. Pensé que podía llegar a decirme que me hiciera sacerdote. La mayoría de mis amigos estaban casándose, y como yo no tenía deseos de comprometerme con una mujer de por vida, me pregunté si acaso Dios quería que yo ingresara al seminario. Tales pensamientos demuestran lo perdido que estaba. Yo estaba buscando respuestas de manera desesperada, y cada vez me convencía más de que si tan solo pudiera estar con la Madre Teresa por un momento, ella podría dármelas.
Necesitaba ir a Calcuta.
Agnes Gonxha Bojaxhiu nació el 26 de agosto de 1910 en Skopje, al norte de Macedonia, que para entonces formaba parte del Imperio otomano. La pequeñita conocida por su segundo nombre, Gonxha (que significa ‘capullo en flor’), se sentía atraída por las historias de misioneros desde temprana edad, y tenía tan solo dieciocho años cuando le informó a su madre que sentía el llamado de Dios para su vida. Deseaba ser misionera en la India “para ir y entregar la vida de Cristo a las personas”. Eso requeriría gran coraje y sacrificio, pero ella poseía una fortaleza nacida de la tragedia.
Gonxha había crecido siendo una albanesa multicultural y católica en una comunidad mayormente musulmana y cristiana ortodoxa en el norte de la actual Macedonia. Su madre, Drana, era una mujer profundamente religiosa y muy disciplinada que bien se había ganado la reputación de cuidar a los pobres. Ella nunca les había vuelto la espalda a los necesitados, y a menudo les daba comida, explicándoles a sus hijos que los pobres también eran parte de su familia. El padre de Gonxha financiaba de buena gana tal generosidad. Nikola era un comerciante exitoso cuyas actividades comerciales lo llevaban hasta Egipto. También era un apasionado nacionalista albano, y estaba activo en el movimiento que exigía la independencia del gobierno turco. Ese pasatiempo no estaba exento de riesgos: la política en el Imperio otomano a fines de la Primera Guerra Mundial era muy volátil. En 1919 viajó a una cena de activistas políticos en Belgrado, donde fue envenenado. Cuando llegó a su casa gravemente enfermo, Gonxha, que tenía ocho años, fue enviada a buscar un sacerdote para administrarle la extremaunción a su padre agonizante. El religioso llegó a la casa de los Bojaxhiu justo a tiempo para ungir a Nikola antes de que lo llevaran al hospital, donde finalmente falleció.
Inmediatamente después de la muerte de Nikola, la familia se encontró con nada más que un techo sobre su cabeza, ya que todos los activos provenientes de los negocios del padre se los quedó su socio italiano. Solo la fortaleza y actitud emprendedora de Drana pudo sacar la familia adelante. Ella vendía sus bordados artesanales y otros materiales confeccionados en tela para proveer a la familia en sus necesidades, y proveer también a los pobres que continuaban golpeando a su puerta.
Después de muchas pérdidas, Gonxha supo que su elección sería una pesada cruz para su madre, pero la mujer le dio su bendición y le dijo: Pon tus manos sobre las manos de Jesús y camina sola con Él. Camina sola hacia adelante, porque si miras hacia atrás, volverás. Su hija nunca olvidaría su valor o sus consejos.
Gonxha lloraba mientras el tren dejaba atrás Skopje el 26 de septiembre de 1928. Su madre la acompañó hasta Zagreb, donde se dieron el último adiós. Nunca más se volverían a ver. Años más tarde, la Madre Teresa dijo que cuando le llegara el tiempo de morir y ser juzgada, sería medida por qué tan bien había honrado el sacrificio que su propia madre había hecho: Mi madre me juzgará. Ella no aceptó mi partida. Pienso en ella cada vez que soy tentada, pienso en qué diría ella.
Luego de una breve parada en París para entrevistarse con una monja de Loreto por recomendación de un sacerdote de Skopje, Gonxha arribó a la sede central de las Hermanas de Loreto en Dublín. El Instituto de la Santísima Virgen María, conocido como la Hermandad de Loreto, es una orden religiosa enfocada en la enseñanza y la evangelización. Gonxha se quedó en Irlanda por seis semanas para estudiar inglés, y el 1 de diciembre de 1928 inició su viaje de cinco semanas hasta India, donde las hermanas ya tenían una presencia de larga data.
Mientras se alejaba de su vida en Europa, compuso un poema llamado Adiós. Ella se describe a sí misma como “la pequeña prometida de Cristo” que viaja hacia la cálida Bengala y la tórrida India. La estrofa final nos da un indicio del alto precio que tuvo que pagar al dejar a todos sus seres amados para ir a una tierra desconocida:
Y pequeñas, puras como rocío estival,
fluían suavemente las cálidas lágrimas,
confirmando y consagrando,
el duro sacrificio, ahora ofrecido.6
Pasó la Navidad sin participar de la misa, ya que no había ningún sacerdote a bordo del barco, pero en el puerto de Sri Lanka uno abordó, e hizo que la celebración de Año Nuevo estuviera rodeada de oraciones. Gonxha puso sus pies en suelo indio en Madrás. Nada en su niñez la había preparado para el choque de lo que vio. Así registró sus primeras impresiones para la revista diocesana de su hogar:
Allí contó que muchas familias vivían en la calle, arrimadas a las murallas de la ciudad, incluso en lugares atestados de gente. Día y noche estaban a la intemperie, en colchones que habían hecho con grandes hojas de palmera o, muchas veces, directamente sobre el suelo. Andaban casi desnudos, si acaso cubiertos con un taparrabos andrajoso en el mejor de los casos. Andando por la calle se toparon con una familia que estaba reunida alrededor de un familiar fallecido, envuelto en unos harapos de color rojo, cubierto con flores amarillas, el rostro pintado con rayas de colores. La escena le resultó aterradora. Quiso que su gente viera eso, para que dejaran de quejarse de sus desgracias y agradecieran a Dios por haberlos bendecido con abundancia.
Llegó a Calcuta el 6 de enero de 1929, para la festividad del Día de los Reyes Magos, el día en que los cristianos celebran la universalidad del nacimiento de Cristo y su mensaje. Esta coincidencia era apropiada para la muchacha que se convertiría en la misionera más aclamada de la época.
Sus primeros años en la India los pasó en un convento en Darjeeling, en las laderas del Himalaya, donde estudió las Escrituras, teología y las enseñanzas católicas. Tomó sus primeros votos en mayo de 1931 y se convirtió en la hermana Teresa, nombre que eligió por Santa Teresa de Lisieux. Apodada “la pequeña flor”, Santa Teresa tenía —según la Madre Teresa dijo después— una manera de hacer cosas pequeñas con gran amor, de manera que fue un modelo para su vida.
En 1932, la hermana Teresa fue enviada a la comunidad de Loreto en Calcuta, a un barrio llamado Entally, para enseñar en el Colegio Santa María. En una carta que envi
