Juan Carlos I (edición actualizada)

Paul Preston

Fragmento

1. EN BUSCA DE UNA CORONA perdida, 1931-1954

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EN BUSCA DE UNA CORONA PERDIDA, 1931-1954

Hay dos misterios centrales en la vida de Juan Carlos, uno personal, el otro político. La clave de ambos reside en la definición que hace él mismo de su papel: «Para un político, el oficio de Rey es una vocación, ya que le gusta el Poder. Para un hijo de Rey, como yo, es otro asunto distinto. No se trata de saber si me gusta o no me gusta. Nací para ello. Y desde mi infancia, mis maestros me han enseñado a hacer también cosas que no me gustan. En casa de los Borbones, ser Rey es un oficio».1 En estas palabras radica la explicación de lo que es esencialmente una vida de considerables sacrificios. ¿Cómo explicar de otro modo la aparente serenidad con que Juan Carlos aceptó que su padre le entregara, a todos los efectos, atado de pies y manos al régimen? En 1948, con objeto de conservar la posibilidad de una restauración borbónica en la agenda de Franco, su padre, don Juan, permitió que Juan Carlos fuera llevado a España para ser educado a voluntad del Caudillo. En una familia normal, este acto se habría considerado una especie de crueldad o, en el mejor de los casos, una desaprensiva irresponsabilidad. Es evidente que la familia Borbón no era «normal», y la decisión de enviar a Juan Carlos a España respondía a una «superior» lógica dinástica. Pese a ello, la tensión entre las necesidades del ser humano y las necesidades de la dinastía late en el fondo de la historia de la distancia que separa a Juanito de Borbón, el niño alegre, y al príncipe Juan Carlos, un tanto rígido, con esa mirada perpetuamente triste del comensal que no está seguro de haber sido invitado a la cena. El segundo misterio, algo más impenetrable, es cómo un príncipe salido de una familia con tradiciones considerablemente autoritarias, obligado a actuar dentro de unas «normas» inventadas por el general Franco, y educado para ser piedra angular de un complejo plan para la continuidad de la dictadura, se comprometió firmemente con la democracia.

La misión para la que había nacido, y que tendría prioridad sobre su vida personal, era rectificar el desastre acaecido a su familia en 1931. Cuando Alfonso XIII conoció los resultados de las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, entregó una nota a su presidente del gobierno, el almirante Aznar:

Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo. Mi conciencia me dice que ese desvío no será definitivo, porque procuré siempre servir a España, puesto el único afán en el interés público hasta en las más críticas coyunturas. Un Rey puede equivocarse, y sin duda erré yo alguna vez; pero sé bien que nuestra Patria se mostró en todo momento generosa ante las culpas sin malicia. Soy Rey de todos los españoles, y también un español. Hallaría medios sobrados para mantener mis regias prerrogativas, en eficaz forcejeo con quienes los combaten. Pero, resueltamente, quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro en fratricida guerra civil. No renuncio a ninguno de mis derechos, porque más que míos son depósito acumulado por la Historia, de cuya custodia ha de pedirme un día cuenta rigurosa. Espero a conocer la auténtica y adecuada expresión de la conciencia colectiva, y mientras habla la nación suspendo deliberadamente el ejercicio del Poder Real y me aparto de España, reconociéndola así como única señora de sus destinos. También ahora creo cumplir el deber que me dicta mi amor a la Patria. Pido a Dios que tan hondo como yo, lo sientan y lo cumplan los demás españoles.2

En ese mensaje puede percibirse lejanamente el proceso mediante el cual España perdió una monarquía, padeció una dictadura y recuperó la monarquía. A este respecto, las palabras clave son «Rey de todos los españoles». Estas serían utilizadas con frecuencia por el hijo y heredero de Alfonso, don Juan, y darían pie a la jocosidad sarcástica del dictador. Volverían también a ser utilizadas el día de la coronación del rey Juan Carlos.

El 14 de abril de 1931, el rey salió en su doloroso viaje desde Madrid, vía Cartagena, al exilio en Francia, acompañado por su primo, Alfonso de Orleáns Borbón. Su mujer, Victoria Eugenia, nieta de la reina Victoria de Inglaterra, fue escoltada al exilio por la mujer de Alfonso de Orleáns Borbón, su prima, la princesa Beatriz de Sajonia-Coburgo.3 El gobierno de la República se apresuró a publicar un decreto que despojaba al rey exiliado de la ciudadanía española y a la familia real de sus posesiones en España. Sin el decorado del palacio y el elenco de cortesanos para llenarlo, se hizo cada vez más manifiesta la vaciedad de la relación entre la real pareja. Tras una estancia breve en el hotel Meurice de la rue de Rivoli de París, la familia real se trasladó a una casa en Fontainebleau. Allí, Alfonso XIII recibía delegaciones de conspiradores contra la República a las que prestaba aprobación y aliento.4

Además del golpe del exilio, Alfonso XIII sufrió una gran tristeza personal. Una de las razones del largo deterioro de su relación con Victoria Eugenia era que ella había llevado la hemofilia a la familia, pero había otras. No mucho después de instalarse en Fontainebleau, el rey reprochó a la reina la intimidad de su relación con el duque y la duquesa de Lécera, que la habían acompañado al exilio. El matrimonio del duque, Jaime de Silva Mitjans, con la lesbiana duquesa, Rosario Agrelo de Silva, era una farsa, pero lo mantuvieron porque ambos estaban enamorados de la reina. No obstante los persistentes rumores, que mortificaban a Alfonso XIII, la reina negó siempre con vehemencia que ella y el duque hubieran sido amantes. Sin embargo, cuando el aburrido Alfonso XIII inició una nueva relación amorosa en París y la reina se lo reprochó, intentó desviar el ataque echándole en cara su presunta relación con Lécera. Ella la negó pero, al ir caldeándose el ambiente, Alfonso le exigió que eligiera entre él y el duque. Temiendo perder el apoyo de los duques, del que había llegado a depender, la reina respondió, según propio testimonio, con las fatídicas palabras: «Los elijo a ellos y no quiero volver a ver tu fea cara en la vida».5 Nunca se retractó.

El primogénito del rey, Alfonso, era de salud peligrosamente delicada. Era hemofílico y, según su hermana, la infanta doña Cristina: «Con cualquier golpe tenía unos dolores terribles y se le paralizaba parte del cuerpo». A menudo no podía caminar sin ayuda y vivía en constante temor de algún golpe mortal. Cuando Emilio Mola, recientemente nombrado director general de Seguridad, hizo una visita de cortesía a palacio en febrero de 1930, se quedó impresionado: «También visité al príncipe de Asturias y entonces comprendí toda la tragedia íntima de la familia real y encontré justificado el rostro de dolor de la Reina. Me recibió de pie y quiso tener la deferencia de hacerme sentar; luego intentó levantarse para despedirme, y no le fue posible: una ráfaga, mezcla de angustia y resignación, pasó por su semblante».6 Alfonso había renunciado oficialmente al trono el 11 de junio de 1933 a cambio del permiso de su padre para contraer matrimonio morganático con una muchacha cubana, atractiva pero frívola, que había conocido en la clínica de Lausana donde recibía tratamiento. Edelmira Sampedro y Robato tenía veintiséis años y era hija de un rico terrateniente cubano.

Inmediatamente después de la renuncia de su hijo primogénito a sus derechos dinásticos, Alfonso XIII dispuso que una serie de prominentes monárquicos exhortaran a su segundo hijo, don Jaime, a que siguiera el ejemplo de su hermano. Don Jaime era sordomudo a consecuencia de una malograda operación a la que fue sometido a los cuatro años. Aislado del mundo exterior, tanto en virtud de su categoría regia como de su sordera, era un joven singularmente inmaduro. El líder monárquico José Calvo Sotelo le convenció de que su incapacidad para utilizar el teléfono disminuía considerablemente su posibilidad de participar en conspiraciones antirrepublicanas.7 Alfonso se casó con Edelmira en Lausana en presencia de su madre y sus dos hermanas. Ni su padre ni sus tres hermanos se dignaron asistir. El mismo día, 21 de junio de 1933, en Fontainebleau, don Jaime, que estaba todavía soltero, accedió finalmente a renunciar a sus derechos al trono, así como los de sus futuros herederos. La renuncia era totalmente irrevocable y sería ratificada el 23 de julio de 1945, no obstante lo cual, don Jaime disputaría posteriormente la validez de su renuncia complicando con ello la subida al trono de Juan Carlos.8

En su carta de 1933 a su padre, escribía don Jaime:

Señor. La determinación de mi hermano primogénito de renunciar por sí y su descendencia a sus derechos en la sucesión a la Corona, me ha llevado a medir por mi parte, las obligaciones que, al recaer de manera inmediata en mí el llamamiento que las leyes antiguas, y la Constitución de 1876 contenían a favor de aquel, me estarían trazadas por el amor al pueblo español, y por el interés de que a este, tan necesitado del restablecimiento de la Monarquía, para su paz y prosperidad, le alcance con las mayores seguridades de sucesión idónea. Inspirado en esos sentimientos de que Vuestra Majestad nos ha dado tan altos ejemplos, he decidido, como hago por el presente documento, formal y explícita renuncia, por mí, y por los descendientes que pudiera llegar a tener, a cuantos derechos me asistieran a la sucesión en el Trono de nuestra Patria. Al poner en las augustas manos de Vuestra Majestad esta renuncia, le renuevo, Señor, la expresión del respeto con que soy su amante hijo. Jaime de Borbón. Fontainebleau, 21 de junio de 1933.9

Don Jaime habría perdido, en cualquier caso, sus derechos cuando en 1935 se casó también morganáticamente con una italiana, Emmanuela Dampierre Ruspoli, que aun perteneciendo a una aristocracia menor, no era de sangre real. No fue una unión por amor y terminaría mal.10

En el verano de 1933, durante unas vacaciones de esquí en Istria, el cuarto hijo de Alfonso XIII, Gonzalo —también hemofílico—, sufrió un accidente automovilístico y murió por una hemorragia interna.11 El primogénito no tendría mejor suerte. Después de que su asignación económica fuera drásticamente reducida por el exiliado rey, el matrimonio de Alfonso y Edelmira no duró mucho. Se divorciaron en mayo de 1937. Dos meses después Alfonso se casó con otra cubana, Marta Rocafort y Altuzarra, una hermosa modelo. Este matrimonio apenas sobrevivió seis meses y se divorciaron también en enero de 1938. Enamorado de Mildred Gaydon, vendedora de cigarrillos en un club nocturno de Miami, Alfonso estaba a punto de casarse por tercera vez cuando la tragedia volvió a golpear a la familia Borbón. En la noche del 6 de septiembre de 1938, tras salir del club donde trabajaba Mildred, Alfonso sufrió un accidente de coche y, como su hermano Gonzalo, murió de hemorragia interna.12

Debido a las sucesivas renuncias de Alfonso y Jaime, el título de Príncipe de Asturias recayó en el tercer hijo de Alfonso XIII, don Juan, que tenía entonces veinte años. Cuando este recibió el telegrama de su padre informándole a este respecto, don Juan servía como oficial en el crucero Enterprise de la Royal Navy británica, anclado en Bombay. Don Juan aceptó tras algunas vacilaciones, pues comprendió que ello le obligaría a abandonar su amada profesión naval. En mayo de 1934 don Juan fue ascendido a alférez de navío y en septiembre se incorporó al acorazado británico Iron Duke. En marzo de 1935 aprobó los exámenes de artillería naval y navegación, lo cual le permitió ascender a teniente y poder aspirar a capitán de fragata. Esto implicaría renunciar a su nacionalidad española, algo que no estaba dispuesto a hacer. Su tío, el rey Jorge V, le concedió el rango de teniente honorario de la Royal Navy.13

Don Juan no emuló los desastrosos matrimonios de sus hermanos mayores. El 13 de enero de 1935, en una fiesta ofrecida por los reyes de Italia en vísperas de la boda de la infanta doña Beatriz con el príncipe Alessandro Torlonia, don Juan había conocido a María de las Mercedes Borbón Orleáns, que tenía entonces veinticuatro años. Habiendo tenido que enfrentarse al problema del impropio matrimonio de su primogénito, Alfonso XIII se alegró mucho de que don Juan se hubiera enamorado de una princesa que era descendiente de las casas reales de España, Francia, Italia y Austria. Se casaron el 12 de octubre de 1935 en una ceremonia que devino en reunión simbólica de monárquicos españoles, varios miles de los cuales viajaron a la capital italiana. Por entonces, la reina Victoria Eugenia hacía ya tiempo que no vivía con Alfonso y se negó a ir a Roma para la boda. El recién designado Príncipe de Asturias y su esposa se instalaron en la Villa Saint Blaise de Cannes, al sur de Francia.14 Allí, don Juan entró pronto en contacto con los principales políticos monárquicos implicados en conspiraciones antirrepublicanas.

Como cabía esperar, cuando en la noche del 17 de julio de 1936 se sublevaron contra la República algunas unidades del ejército español de Marruecos, el golpe de Estado fue acogido con entusiasmo tanto por don Juan como por su padre. Ambos siguieron ávidamente por la radio el avance de los militares sublevados, particularmente los comunicados del general Queipo de Llano. Un grupo de seguidores de don Juan, que habían conspirado activamente contra la República, entre ellos Eugenio Vegas Latapié, Jorge Vigón, el conde de Ruiseñada y el marqués de la Eliseda, consideraron que sería políticamente prudente que aquel apareciera luchando en el lado nacional. Don Juan había ya hablado del asunto con su ayuda de campo, el capitán Juan Luis Roca de Togores, vizconde de Rocamora, y marchó por primera vez el 31 de julio de 1936, no obstante el hecho de que el día anterior su esposa María de las Mercedes había dado a luz a su primer descendiente, una niña, Pilar. La madre de don Juan, la reina Victoria Eugenia, estaba presente, habiendo ido a Cannes para el parto. Para deleite de los seguidores de su hijo, declaró: «Me parece muy bien que mi hijo vaya a la guerra. En situaciones extremas, como la actual, solo se me ocurren las palabras de un proverbio inglés: “Las mujeres a rezar, los hombres a luchar”». Gratamente sorprendidos por esta reacción, los juanistas estaban, sin embargo, preocupados por la posible reacción de Alfonso XIII, que estaba de vacaciones en Checoslovaquia. Pero, cuando don Juan le telefoneó, también él se mostró entusiasmado, diciendo: «Me alegro de todo corazón. ¡Ve, hijo mío, y que Dios te ayude!».

Al día siguiente, 1 de agosto, don Juan, un hombre alto y campechano, cruzó efectivamente la frontera francesa y entró en España en un Bentley conducido por su chófer y seguido por una pequeña escolta de coches que transportaba a sus seguidores. Don Juan llegó a Burgos con la determinación de luchar en el bando nacional. El comandante de los sublevados en la zona norte, el general Emilio Mola, ordenó a la Guardia Civil que se encargara de que saliera de España de inmediato. El hecho de que lo hiciera de forma tan brusca y sin consultar a los demás generales revelaba tanto la falta de delicadeza de Mola como sus sentimientos antimonárquicos. Este incidente contribuyó a que los oficiales más monárquicos transfirieran sus perdurables lealtades políticas a Franco.15

Tras regresar a Cannes, la presencia de importantes partidarios del alzamiento militar español atrajo la atención de personas de izquierdas residentes en la localidad. Grupos de militantes del Frente Popular empezaron a congregarse ante la Villa Saint Blaise todas las noches y a gritar consignas prorrepublicanas. Temiendo por la seguridad de su familia —su mujer estaba otra vez embarazada— don Juan decidió trasladarse a Italia. Su padre ya era residente allí y las autoridades fascistas le garantizaban que no se produjeran hechos desagradables como los que habían alterado su estancia en Francia. En un principio vivieron en el hotel Eden hasta que, a comienzos de 1937, se mudaron al último piso del Palazzo Torlonia en via Bocca di Leone. Este palacio era la residencia de la hermana de don Juan, Beatriz, casada con Alessandro Torlonia, príncipe de Civitella Cesi.16

A comienzos de enero de 1938, doña María de las Mercedes se acercaba a la culminación de su embarazo. Sin embargo, cuando don Juan recibió una invitación para una cacería, el médico le aseguró que podía ir tranquilo porque el bebé tardaría al menos otras tres semanas en nacer. Doña María se encontraba en el cine con su tío, Alfonso XIII, cuando empezaron los dolores de parto. Juan Carlos nació prematuramente el 5 de enero de 1938 a las dos y media de la tarde en el Hospital Anglo-Americano de Roma, con un mes de adelanto. Cuando doña María de las Mercedes era transportada al hospital, su dama de honor, Angelita Martínez Campos, vizcondesa de Rocamora, pidió a don Juan que volviera a Roma con un telegrama que rezaba: «Bambolo natto» («El niño ha nacido»). Al recibirlo, se puso en marcha de inmediato conduciendo tan frenéticamente que rompió un cojinete del Bentley. Alfonso XIII, que había llegado antes que su hijo le gastó una broma, recibiendo a don Juan con un bebé chino en los brazos, hijo de una secretaria de la embajada china nacido en la habitación contigua. Don Juan supo de inmediato que ese no era su hijo, pero cuando vio al suyo confesó posteriormente que, por un instante, casi habría preferido al bebé chino. A doña María de las Mercedes, a diferencia de la mayoría de las madres, no le pareció que su niño fuera la criatura más bonita del mundo. Más adelante recordaba que «el pobre nació ochomesino y tenía los ojos saltones. Era feo, feo ¡como un dolor! ¡Era horrible! Menos mal que enseguida se arregló». El bebé rubio pesó tres kilos. Las primeras fotos de Juan Carlos no se hicieron al nacer, sino cuando tenía ya cinco meses.17 Pese a la alarma inicial de su madre, Juan Carlos no siguió siendo «feo» mucho tiempo. Su buena presencia fue siempre una gran baza a su favor; de hecho, sería un factor decisivo para ganarse posteriormente la aprobación de la reina Federica de Grecia, su futura suegra.18

El 26 de enero de 1938, Juan Carlos fue bautizado en la capilla del Gran Maestrazgo de Malta de la via Condotti de Roma. La elección del lugar se hizo por razones prácticas de proximidad al Palazzo Torlonia, donde se celebró la recepción. La ceremonia bautismal estuvo oficiada por el cardenal Eugenio Pacelli, a la sazón secretario de Estado del Vaticano y futuro Pío XII. En el bautizo, la madrina del niño fue su abuela paterna, la reina Victoria Eugenia de Battenberg. Su padrino en absentia fue el infante Carlos de Borbón-Dos Sicilias, su abuelo materno que, siendo general del ejército nacional, que por entonces libraba la batalla de Teruel, no pudo viajar a Roma. En representación suya asistió el hermano de don Juan, don Jaime, segundo hijo de Alfonso XIII. Muy pocos españoles pudieron ir a Roma para la ocasión y el nacimiento del príncipe pasó prácticamente inadvertido en España incluso en zona nacional.19

El niño fue bautizado con los nombres de Juan, por su padre; Alfonso, por su abuelo paterno, el exiliado rey Alfonso XIII, y Carlos, por su abuelo materno, Carlos de Borbón-Dos Sicilias. Sin embargo, la familia y los amigos de Juan Carlos le llamarían habitualmente Juanito, en un principio porque era pequeño y después para diferenciarlo de su padre. Fue solo tras su aparición como figura pública cuando empezó a utilizar el nombre de Juan Carlos. Había, naturalmente, razones políticas tras la elección del nombre público del príncipe. Don Juan de Borbón le dijo a su consejero de toda la vida, el intelectual monárquico Pedro Sainz Rodríguez, que la decisión había sido de Franco. Quizá la idea surgiera del marqués de Casa Oriol, José María Oriol, aunque el futuro rey no lo recordaba con claridad.20 El nombre de «Juan Carlos» distinguiría al príncipe de su padre, don Juan, y quizá le congraciara con los ultraconservadores monárquicos carlistas cuyo pretendiente siempre había llevado el nombre de Carlos. La eliminación de su segundo nombre, Alfonso, habría sin duda complacido a Franco, dado que uno de los elementos centrales de la retórica del Caudillo era que había sido el equivocado liberalismo de Alfonso XIII el que había hecho inevitable la guerra civil española.

Don Juan de Borbón seguía deseoso de participar en el esfuerzo bélico nacional. Escribió por ello al Generalísimo el 7 de diciembre de 1936 solicitando respetuosamente permiso para unirse a la tripulación del acorazado Baleares que estaba por entonces a punto de ser terminado: «Ya que he realizado mis estudios en la Escuela Naval Británica, he navegado dos años y medio en el crucero Enterprise de la cuarta escuadra, he seguido luego un curso especial de artillería en el acorazado Iron Duke, y, por último, antes de abandonar la Marina Inglesa, con la graduación de teniente de navío, estuve tres meses en el destructor Winchester». Aunque el joven príncipe prometía no hacerse notar, no bajar a tierra en ningún puerto español y abstenerse de cualquier contacto político, Franco comprendió al punto los peligros tanto inmediatos como futuros.21 Si don Juan luchaba en el lado nacional, pronto se convertiría, deliberadamente o no, en figura simbólica para el gran número de monárquicos alfonsistas, especialmente del Ejército, que, por el momento, se conformaban con dejar a Franco el mando mientras esperaban la victoria y una posterior restauración. Y había peligro de que los alfonsistas se constituyeran en grupo diferenciado además de los falangistas y los carlistas, añadiendo una voz más a la diversidad política que empezaba a aflorar en la zona nacional. Franco acababa de librarse del problema del líder falangista José Antonio Primo de Rivera, al que habían fusilado en una cárcel republicana, y estaba en proceso de deshacerse del jefe carlista Manuel Fal Conde. Por todo ello, no era muy probable que Franco acogiera a don Juan de Borbón con los brazos abiertos.

Su respuesta fue una obra maestra de duplicidad. Esperó unas semanas antes de contestar a don Juan. «Hubiera sido para mí muy grato el haber podido acceder a vuestro deseo, tan español como legítimo, de combatir en nuestra marina por la causa de España; pero la seguridad de vuestra persona no permitiría el que pudierais vivir bajo el sencillo título de oficial, pues el entusiasmo de unos y las oficiosidades de otros habrían de dificultar tan nobles propósitos; sin contar con que el lugar que ocupáis en el orden dinástico y las obligaciones que de él derivan, imponen a todos, y exigen de vuestra parte, sacrificar anhelos tan patrióticos como nobles y sentidos, al propio interés de la Patria … no me es posible seguir los dictados de mi corazón de soldado aceptando vuestro ofrecimiento.»22 Así pues, con aparente gentileza, rechazó una oferta peligrosa, y disipó la amenaza.

Ahora bien, consiguió también extraer un considerable capital político de su acción pues hizo correr rumores en los círculos falangistas de que había impedido que el heredero de la Corona entrara en España por su propio compromiso con la futura revolución falangista. Dio también publicidad a lo que había hecho y adujo razones cuyo fin era consolidar su propia posición entre los monárquicos: «Mi responsabilidad es muy grande y tengo el deber de no poner en peligro una vida que un día puede sernos preciosa … si alguna vez en la cumbre del Estado vuelve a haber un Rey, tendría que venir con el carácter de pacificador y no debe contarse en el número de vencedores».23 El cinismo de estas palabras solo se advertiría después de pasados casi cuatro decenios durante los cuales Franco dedicó sus esfuerzos a institucionalizar la división de España entre vencedores y vencidos, y no restauró la monarquía. Cuando el Baleares fue hundido el 6 de marzo de 1938, se dice que Franco comentó con una sonrisa irónica, «y don Juan de Borbón quiso servir a bordo del Baleares».24

Entretanto, en el otoño de 1936, creyendo que el alzamiento militar, si salía victorioso, culminaría en la restauración de la monarquía, Alfonso XIII había telegrafiado a Franco felicitándole por sus éxitos. En su suite del Gran Hotel de Roma, el rey había colocado un enorme mapa de España con pequeñas banderas con las que seguía obsesivamente el avance de las tropas rebeldes en los diversos frentes.25 Al confiar en que Franco devolvería anteriores favores restaurando la monarquía, Alfonso erró el juicio sobre este hombre. De haber sido él y su hijo algo más suspicaces, acaso se habrían alarmado al advertir que el recién nombrado jefe del Estado había empezado ya a comportarse como si fuera rey en lugar de simplemente un guardia pretoriano responsable de traer otra vez la monarquía. Con la ayuda de la Iglesia católica, que había dado su bendición a la lucha del lado nacional calificándola de cruzada religiosa, Franco empezó a presentarse como defensor de España y defensor de la fe universal, funciones ambas generalmente asociadas a los grandes reyes del pasado; empleó rituales religiosos para legitimar su poder como habían hecho los reyes medievales; y el ceremonial y la iconografía de su régimen le presentaron como un santo cruzado, tenía un capellán personal y usurpó la prerrogativa regia de entrar y salir de las iglesias bajo palio.

La seguridad en sí mismo y en su autoridad que generaban este tipo de ceremonias se vio claramente cuando Franco celebró el primer aniversario de su «Movimiento». Según su primo, escribió personalmente todo su discurso radiofónico, hablando en unos términos de los que parecía desprenderse que se veía en un lugar muy superior al de la familia Borbón, considerándose una figura providencial, encarnación misma del espíritu de la España eterna. Así, se atribuyó el mérito de haber salvado «la España Imperial, la que engendró naciones y dio leyes al mundo».26 Ese mismo día se publicó una entrevista con el Caudillo concedida al marqués de Luca de Tena, director del periódico monárquico ABC. En ella anunció la inminente formación de su primer gobierno. Al preguntarle si sus referencias a la grandeza histórica de España implicaban una restauración monárquica, respondió verazmente mientras conseguía producir la impresión de que esa era su intención: «Sobre este tema mis preferencias son conocidas de muy antiguo, pero ahora no cabe pensar más que en terminar la Guerra; luego habrá que liquidarla; después construir el Estado sobre bases firmes … Entretanto, yo no puedo ser un poder interino».

Para Franco, y realmente para muchos de sus partidarios de la zona nacional, la monarquía de Alfonso XIII estaba irrevocablemente estigmatizada por su asociación con la monarquía parlamentaria constitucional. En esta entrevista, Franco declaró que «si el momento de la Restauración llegara, la nueva Monarquía tendría que ser, desde luego, muy distinta de la que cayó el 14 de abril de 1931: distinta o diferente en el contenido y, aunque nos duela a muchos, pero hay que atenerse a la realidad, hasta en la Persona que la encarne». Esto significaba una profunda humillación para Alfonso XIII, tanto más porque provenía de un hombre cuya carrera militar había él promovido asiduamente.27

La actitud del Caudillo hacia el rey exiliado, y por implicación hacia la familia Borbón, se manifestó en una carta áspera y desdeñosa que escribió a Alfonso XIII el 4 de diciembre de 1937. El rey, habiendo donado recientemente un millón de pesetas a la causa nacional, había escrito a Franco expresándole su preocupación porque la restauración de la monarquía parecía tener un lugar muy bajo en su lista de prioridades. El Generalísimo respondió con frialdad, insinuando que los problemas que habían originado la guerra civil eran obra del rey y exponiendo tanto los logros de los nacionales como las tareas que habría que cumplir después de la guerra. Abundando en su entrevista de ABC, el Caudillo dejaba claro que Alfonso XIII no podía esperar participación alguna en ese futuro: «La nueva España que hoy forjamos, tiene tan poco en común con la liberal y constitucional en que reinasteis que habrá de constituir para los españoles un motivo de preocupación y recelos vuestra formación y las obligadas prácticas políticas de antaño». La carta terminaba con una petición de que el rey cuidara la preparación de su heredero, «cuya meta presentimos pero que por lo lejana no vislumbramos todavía».28 Este era hasta el momento el indicio más claro de que Franco no tenía la menor intención de ceder el poder, no obstante lo cual la relación epistolar entre Franco y el rey exiliado siguió siendo sorprendentemente cordial. Tanto es así que en diciembre de 1938 Franco revocó el edicto republicano que privaba al rey de la ciudadanía española y a la familia real de sus propiedades. Durante toda la guerra, después de cada victoria, el Generalísimo había enviado un telegrama a Alfonso XIII y, a su vez, recibido mensajes de felicitación tanto del rey exiliado como de su hijo. Pero Franco no lo hizo tras la toma de Madrid. El indignado Alfonso XIII entendió con razón que esto significaba que Franco no tenía intención de restaurar la monarquía.29

Durante los primeros cuatro años y medio de su vida, Juan Carlos vivió con sus padres en Roma. Poco después de su nacimiento su familia se trasladó desde su modesta residencia en los altos del Palazzo Torlonia, en via Bocca di Leoni, a Villa Gloria, una casa de cuatro pisos en el 112 del Viale dei Parioli en el elegante barrio periférico romano de Parioli.30 Este fue un período feliz para los Borbón, un tiempo durante el cual era posible vivir como una familia normal, no como una familia real. La hermana menor de Juan Carlos, Margarita, nació el 6 de marzo de 1939. Con todo, el grado de afecto familiar era limitado. Los tres niños estaban al cuidado de dos institutrices suizas, mademoiselle Modou y mademoiselle Any, supervisadas estas no por su madre sino por la vizcondesa de Rocamora. El joven príncipe salía a pasear con frecuencia con sus padres o sus niñeras, a veces hasta el Palazzo Torlonia, otras al parque particular de la familia Pamphili o al parque de Villa Borghese. Don Juan era muy afectuoso con su hijo mayor, al que a menudo llevaba en sus brazos, cuando visitaban al abuelo del niño, Alfonso XIII, en el Gran Hotel.

Pero el joven príncipe pronto empezó a ser instruido en la dura lección de que su finalidad esencial era cumplir la misión de devolver a la familia Borbón al trono de España. Don Juan había empezado ya a exigir a Juan Carlos cosas difíciles de cumplir para un niño. Miguel Sánchez del Castillo (un actor de cine que trabajaba en Roma en aquel entonces) recuerda que, en una ocasión, la señora Valdecasa le presentó a Juan Carlos un uniforme de caballería, regalo de varias aristócratas españolas. «Durante más de una hora, un fotógrafo italiano estuvo haciéndole fotografías. Don Juan Carlos, que era un niño de cuatro años, aguantó a pie firme subido a aquella mesa, y cuando le llevaron al office una de las institutrices le quitó las botas: tenía los pies en carne viva, porque le venían pequeñas. Entonces fue cuando, tímidamente, se echó a llorar. Luego supe que su padre, don Juan, le había inculcado desde pequeñito que un Borbón no llora más que en su cama31

Pronto, sin embargo, dos acontecimientos vinieron a perturbar la tranquilidad de la familia real: el primero fue la marcha de Roma de la reina Victoria Eugenia; la otra, la muerte de Alfonso XIII. Victoria Eugenia había pasado temporadas cada vez más largas en Roma. Cuando Italia entró en la guerra el 9 de junio de 1940, se complicó su situación como inglesa y dividió su tiempo entre Lausana, en la neutral Suiza, y las afueras de Roma. Ella y su marido habían estado separados de hecho durante más de un decenio pero, a medida que la salud del rey fue deteriorándose, empezaron a pasar más tiempo juntos. En 1941 la reina se trasladó temporalmente a Roma con objeto de cuidar de su marido enfermo de muerte, instalándose en el cercano hotel Excelsior.32

Alfonso XIII murió el 28 de febrero de 1941. Unas semanas antes, el 15 de enero, había abdicado en su hijo y heredero, don Juan. Hablando con el periodista norteamericano John T. Whitaker, poco tiempo antes de morir, el rey exiliado dijo: «Yo destaqué a Franco cuando no era nadie, y me ha traicionado y engañado a cada paso».33 Alfonso tenía razón. Durante su agonía, el rey no cesó de preguntar si Franco se había interesado por su salud. Unos días antes de su muerte, su familia, apenada por su desesperada insistencia, le mintió diciéndole que el Generalísimo había enviado efectivamente un telegrama pidiendo noticias. En realidad, Franco no mostró el más leve interés. Junto al lecho de Alfonso XIII, don Juan le hizo la solemne promesa de que se ocuparía de que fuera enterrado en el Panteón de Reyes de El Escorial. Pero esto no se haría mientras vivió Franco. Los restos de Alfonso XIII permanecieron en Roma hasta su traslado a El Escorial a comienzos de 1981. Franco se resistió incluso a anunciar un período de luto nacional por el rey, y accedió a hacerlo a regañadientes cuando súbitamente aparecieron colgaduras negras en los balcones de las calles de Madrid. Él se limitó a enviar una corona roja y gualda para el funeral. Entre las múltiples coronas que adornaron el funeral de Alfonso XIII el 3 de marzo de 1941 había una de Juan Carlos. Era una sencilla combinación de flores blancas, amarillas y rojas atadas con un lazo negro en el que alguien había bordado con hilo amarillo la dedicatoria: «Para el abuelito».34

La muerte de Alfonso XIII pareció, en sentidos muy diversos, dejar a Franco en libertad para revelar sus propias pretensiones monárquicas. Así, insistió en ejercer el derecho a nombrar obispos, en que se interpretara la marcha real cada vez que él y su mujer llegaban a una ceremonia oficial y abrigó el plan, hasta que su cuñado le disuadió de hacerlo, de instalar su residencia en el inmenso Palacio de Oriente de Madrid. En virtud de la Ley de la Jefatura del Estado publicada el 8 de agosto de 1939, Franco había asumido «el poder supremo para dictar leyes de carácter general» y para emitir determinados decretos y leyes sin someterlos previamente al gobierno «cuando así lo aconsejan razones urgentes». Según los exegetas de la prensa oficiosa, el «jefe supremo» no hacía con ello más que asumir unos poderes necesarios para permitirle cumplir su destino histórico de reconstrucción nacional. Solo los reyes de la España medieval habían gozado anteriormente de semejante poder.35

A los veintisiete años, pues, don Juan —entonces rey Juan III a ojos de muchos monárquicos— tomó el título de conde de Barcelona, prerrogativa del rey de España. Se enfrentaba a toda una vida de lucha por el poder con Franco, que tenía prácticamente todos los triunfos en la mano. Para la tarea de apresurar la restauración monárquica solo contaba con cierto grado de apoyo entre unos pocos altos oficiales del Ejército. Como representante suyo en España eligió al general Juan Vigón Suerodíaz. La Falange, no obstante, era ferozmente contraria a la vuelta de la monarquía y el propio Franco no tenía intención alguna de ceder su poder absoluto. A raíz de la guerra civil, muchos conservadores que en principio habrían apoyado a don Juan fueron reacios a enfrentarse a los riesgos que implicaba tener que quitar a Franco. En consecuencia, don Juan empezó a buscar ayuda exterior. Con una madre inglesa y su servicio en la Royal Navy, todo inclinaba al conde de Barcelona a mirar hacia Gran Bretaña. Pero don Juan era residente en la Italia fascista y el Tercer Reich avanzaba a grandes pasos de triunfo en triunfo. Por todo ello, su consejero más cercano, Pedro Sainz Rodríguez, le presionó para que buscara el apoyo de Berlín o al menos se asegurara su benevolente neutralidad hacia la restauración monárquica de España.36 El 16 de abril de 1941, Ribbentrop encargó al embajador alemán en España, Eberhard von Stohrer, que informara a Franco —no fuera a enterarse por otros canales— de que don Juan de Borbón había intentado ponerse en contacto con los alemanes a través de un intermediario con el fin de obtener su apoyo para una restauración monárquica. El intermediario se había dirigido al periodista alemán Karl Megerle el 7 de abril y otra vez el 11 de abril de 1941. Al comenzar el verano de 1941, el embajador italiano en España, Francesco Lequio, comentaba el rumor que circulaba por Madrid de que don Juan estaba a punto de ser invitado a Berlín para hablar de la restauración. Lequio informaba que la intensificación de los esfuerzos para acelerar la restauración emanaban de la madre de don Juan, «intrigante, ambiziosissima».37

Para responder a las gestiones de los partidarios de don Juan junto a los alemanes, Franco escribió una carta impenetrablemente enrevesada a don Juan a finales de septiembre de 1941. El tono era profundamente condescendiente: «Mucho siento que la distancia me prive de la satisfacción del frecuente diálogo en que poder ilustraros de la real situación de nuestra Patria». El meollo era un resumen tendencioso de la historia reciente de España que permitía a Franco unir el gesto aparentemente conciliatorio de reconocer los derechos de don Juan al trono con la amenaza de que no tendría parte alguna en el futuro del régimen si no se abstenía de presionar a favor de la restauración. Lo que estaba muy claro era la total identificación de Franco con la causa del Tercer Reich, refiriéndose inequívocamente a Gran Bretaña y Rusia cuando hablaba de «cuantos fueron en la cruzada nuestros enemigos … las naciones que ayer jugaron contra nosotros y hoy luchan contra Europa». Advirtiendo a don Juan contra cualquier acción que pudiera menoscabar la unidad española (es decir, amenazar la estabilidad de la posición de Franco), hablaba de la necesidad de «que se desarraiguen para siempre las causas que produjeron la progresiva desestabilización de España», una astuta alusión a los errores del régimen de Alfonso XIII. Esta tarea solo podía cumplirla el Movimiento.

Don Juan quedaba advertido de que solo si se abstenía de hacerle olas a Franco podría, «algún día», ser llamado a poner broche de oro al trabajo del Caudillo con la instauración —no la restauración— de la forma tradicional de gobierno en España: «El único camino por el que, en el día que el servicio de España os llame, para que coronemos la obra con la instauración del Régimen Tradicional del que para mí sois el único y legítimo representante». Con ello ofrecía a don Juan la zanahoria de afirmar que era el único representante legítimo de la monarquía, mientras blandía el palo al referirse a «la ceguera y la torpeza de muchos de los que titulándose monárquicos confunden vuestro interés y el de España con su pasión bastarda y su interés privado», es decir, los partidarios de don Juan empeñados en la restauración de la monarquía borbónica (en lugar de la instauración de una monarquía de nuevo cuño).38

Don Juan dejó pasar tres semanas antes de contestar. Este aplazamiento pudo deberse al hecho de que, el 3 de octubre de 1941, había nacido su segundo hijo, al que llamaron Alfonso en recuerdo del abuelo recientemente fallecido y que pronto sería el ojo derecho de su padre. En su carta al Caudillo, don Juan aprovechaba el reconocimiento de sus legítimos derechos al trono para proponer a Franco que convirtiera su régimen en una regencia como vía hacia la restauración de la monarquía.39 Después de esto, un grupo de generales españoles, comprendiendo que Franco no iba a hacer nada para acelerar este proceso y como parte de su continuada lucha de poder con la Falange, envió un mensaje a Göring en las primeras semanas de 1942 solicitando su ayuda para llevar a don Juan al trono de Madrid a cambio de comprometerse a que España mantuviera su política pro Eje. La presión sobre Franco se mantuvo a comienzos de la primavera de 1942 cuando, invitado por el ministro de Exteriores italiano, conde Galeazzo Ciano, don Juan asistió a una cacería en Albania donde fue recibido por las autoridades italianas con suntuosa hospitalidad y todos los honores. En mayo, incluso se rumoreó en Madrid que el propio Göring había hecho una visita a don Juan en Lausana para expresarle su apoyo a sus aspiraciones. El ministro de Exteriores de Franco, Ramón Serrano Suñer, era cada vez más favorable a la restauración monárquica en la persona de don Juan. Johannes Bernhardt, representante extraoficial de Göring en España, dispuso a finales de mayo que el general Juan Vigón fuera invitado a Berlín para hablar sobre este asunto. En junio de 1942 Serrano Suñer le dijo a Ciano en Roma que, en su opinión, las potencias del Eje debían expresar su respaldo a la restauración monárquica en España con objeto de neutralizar la ayuda británica. Se decía que Serrano Suñer estaba a punto de visitar a don Juan en Lausana. Franco ordenó que se cancelaran las visitas de Vigón a Berlín y de Serrano a Lausana.40 A partir de ese momento finalizó el breve coqueteo monárquico con el Eje. Era evidente que los intereses de la monarquía estarían mejor servidos alineándola con Gran Bretaña.

Poco después de la muerte de su esposo, Victoria Eugenia había regresado a su casa de Lausana, La Vieille Fontaine. En el verano de 1942, don Juan trasladaría también allí a su familia. El conde de Barcelona pronto designó un primer preceptor para Juan Carlos. Su extraña elección fue el intelectual ultraconservador español Eugenio Vegas Latapié. En 1931, consternado por la proclamación de la Segunda República, Vegas Latapié, para quien democracia equivalía a bolchevismo, había sido la luminaria de una asociación que se propuso fundar una «escuela de pensamiento moderno contrarrevolucionario». Esta adoptó la forma del grupo de extrema derecha Acción Española, cuya revista suministraba la justificación teórica de la violencia contra la República mientras que su bien equipado cuartel general en Madrid servía como centro conspiratorio.41 Poco después de la creación de Acción Española, Eugenio Vegas Latapié había escrito a don Juan, que se encontraba en la India, y había surgido una relación de amistad entre ellos. Profundamente reaccionario y autoritario, Vegas Latapié era un hombre de aguda inteligencia pero del todo inapropiado para ser preceptor de un niño. Él había sido uno de los teóricos que habían contribuido a elaborar la idea de que la vieja monarquía constitucional era corrupta y debía ser sustituida por un nuevo estilo de monarquía militar dinámica; esta fue la concepción utilizada por Franco para justificar sus interminables aplazamientos en la restauración de la monarquía borbónica. Irónicamente, tanto se indignó por ello Vegas Latapié, que había servido con las fuerzas nacionales durante la guerra civil, que le convirtió en enemigo de Franco.

En abril de 1942 don Juan había pedido a Vegas que se uniera a un comité secreto con la misión de preparar la restauración de la monarquía. Cuando Franco se enteró de ello ordenó el exilio en Canarias tanto de Vegas como de Sainz Rodríguez. Este último fijó su residencia en Portugal y Vegas huyó a Suiza, donde pasó a ser secretario político de don Juan. En el otoño de 1942, don Juan le pidió que diera clases de español a Juan Carlos porque el chico hablaba este idioma con alguna dificultad, tenía acento francés y utilizaba muchos galicismos. Cuando Juan Carlos cumplió los cinco años empezó a asistir a clase en la escuela Rolle de Lausana. Eugenio Vegas Latapié le acompañaba al colegio por la mañana y le recogía por la tarde, utilizando los viajes de ida y vuelta para dar al niño su visión reaccionaria de la historia de España.42

En realidad, el modo en que evolucionaba la relación entre su padre y Franco iba a dictar la trayectoria de la infancia, adolescencia y edad adulta del pequeño príncipe. En respuesta a las gestiones de don Juan y sus partidarios junto a los alemanes, el 12 de mayo de 1942 Franco escribió una carta de tono condescendiente basada en su pintoresca interpretación de la historia de España. En ella negaba la idea de que hubiera apoyo en España para una restauración y reiteraba su rechazo a todo lo relacionado con la monarquía constitucional que había caído en 1931. Vinculando la grandeza de la España imperial al fascismo vigente, declaraba que la única monarquía permisible era una autoritaria de índole similar a la que él asociaba con Isabel la Católica. Dejaba claro que no habría restauración en el futuro próximo y no la habría en modo alguno si el aspirante no expresaba su compromiso con el partido único de España, FET y de las JONS.43

Hasta pasados diez meses don Juan no respondió a Franco. Su principal consejero, Pedro Sainz Rodríguez, creía que el Eje sería vencido y Franco, desbancado. El estallido de violentos choques entre monárquicos y falangistas —y la consiguiente destitución de Ramón Serrano Suñer—, a mediados de agosto de 1942, reforzó el optimismo de don Juan. Después del desembarco aliado en el norte de África el 8 de noviembre de 1942, don Juan quedó convencido de que lo más conveniente para la restauración monárquica era distanciarse de Franco y persuadir a los aliados de que, después de la guerra, la monarquía traería tanto estabilidad como reconciliación nacional. El grado en que el avance de los aliados dio aliento a los monárquicos se hizo patente el 11 de noviembre de 1942, apenas tres días después de los desembarcos. El partidario más poderoso de don Juan, Alfredo Kindelán, el general de mayor antigüedad en el servicio activo y capitán general de Barcelona, se trasladó a Madrid. Tras comentar los últimos acontecimientos con el resto del alto mando, Kindelán informó al Caudillo en términos inequívocos de que si había comprometido a España oficialmente con el Eje tendría que ser sustituido como jefe del Estado. En todo caso, aconsejó a Franco que declarara a España una monarquía y se proclamara regente de la misma. Franco se tragó su ira y respondió en tono conciliatorio… y falso. Negó cualquier compromiso formal con el Eje, insinuó que estaba deseando entregar el poder y comunicó que quería que don Juan fuera su sucesor definitivo. No obstante su aceptación aparentemente cordial de lo que allí se dijo, Franco estaba furioso. Tras un intervalo prudente de tres meses, sustituyó a Kindelán en la Capitanía General de Cataluña por el pro falangista Moscardó.44

Cuando don Juan respondió al fin a la carta de Franco de mayo de 1942, su tono era mucho más polémico de lo que había sido anteriormente. Ponía en cuestión el derecho de Franco a estar en el poder, transmitiéndole su alarma por que el poder estuviera en manos de un hombre sin ninguna formación institucional o jurídica, por las continuas divisiones dentro de España y por la situación internacional. Decía además a Franco con toda firmeza que su deber patriótico era «abandonar el actual régimen transitorio y unipersonal para instalar definitiva y permanentemente el que, según reiterada frase de V. E., forjó la grandeza histórica de nuestra Patria». Afirmaba don Juan con bastante agresividad que consideraba enteramente inaceptable la vaguedad con que Franco formulaba la vuelta de la monarquía una vez estuviera cumplido su trabajo. Y aún con más rotundidad, en términos que tuvieron que horrorizar a Franco, rechazaba la exigencia del Caudillo de que se identificara con la Falange, afirmando que cualquier vinculación con una ideología específica «implicaría una patente negativa de la esencia misma de la virtud monárquica —radicalmente adversa al fomento de las escisiones partidistas y a la dominación de castas políticas; expresión máxima del común denominador de todos los intereses nacionales y árbitro supremo de las inevitables tendencias antagónicas».

En su carta, don Juan esbozaba la formulación apropiada para la posterior restauración de una monarquía democrática en España sobre la base de la reconciliación nacional, aunque no pudo haber imaginado que tardaría otros treinta y dos años en producirse. Recordando la declaración de Alfonso XIII en 1931 de que era «Rey de todos los españoles», don Juan daba a Franco una bofetada por la que nunca sería perdonado: «Precisamente, mi advenimiento al Trono después de la cruenta guerra civil debería, por el contrario, aparecer a los ojos de todos los españoles —y este es justamente el trascendental servicio que la Monarquía y nadie más que ella puede prestarles— no como gobierno oportunista de un momento histórico o de ideologías exclusivas y cambiantes, sino como símbolo excelso de una realidad nacional permanente y garantía de la reconstrucción, por la concordia, de la España integral y eterna».45

La indignación de Franco puede advertirse en la (para él) desacostumbrada rapidez (diecinueve días) con que respondió y en el desdén apenas disimulado de su tono: «Otras personas pueden hablaros con la sumisión que su celo dinástico o su conveniencia cortesana les dicte; yo cuando os escribo no puedo prescindir de hacerlo como jefe del Estado de la nación española que se dirige al pretendiente al trono». Pasaba después a atribuir condescendientemente a la ignorancia la postura de don Juan y le exponía una petulante lista de lo que él consideraba sus logros.46

Dado el triunfo de los aliados en la expulsión de las fuerzas del Eje del norte de África en junio de 1943, don Juan persistió en su estrategia. Aumentaba su confianza el hecho de que los monárquicos del régimen empezaban a temer por su propio futuro. A finales de junio, un grupo de veintisiete procuradores de las Cortes franquistas apelaron al Caudillo para que zanjara la cuestión constitucional restableciendo la monarquía católica tradicional española antes de que la guerra finalizara con una inevitable victoria aliada. La implicación clara de su petición era que solo la monarquía podía evitar el castigo aliado por la postura pro Eje de Franco durante la guerra. Los firmantes pertenecían a todo el espectro franquista, con representantes de los bancos, las fuerzas armadas, los monárquicos y hasta de la Falange. El Caudillo reaccionó sin tardanza a este reto. Incluso antes de publicarse el manifiesto, había ordenado la detención del marqués de la Eliseda, que era quien estaba reuniendo las firmas. En cuanto fue publicado, demostrando su escaso interés en el tan cacareado «contraste de pareceres» (su versión de política democrática), Franco destituyó de inmediato a todos los firmantes de sus escaños en las Cortes y expulsó a cinco de ellos que eran también miembros del Consejo Nacional del Movimiento.47

La impresión del Caudillo de estar cercado por don Juan se intensificó con la caída de Mussolini el 25 de julio de 1943. Aprovechando esta ocasión, don Juan envió a Franco un telegrama recomendándole la restauración de la monarquía como único modo en que podía evitar el destino del Duce. Esta carta agrió aún más la constante tensión que había entre ellos. Es más, don Juan creía que Franco no le había perdonado nunca: «Él me la tenía guardada desde el telegrama aquel». Es un indicio pintoresco de la alta consideración en que Franco se tenía a sí mismo que calificara la acción de don Juan de alta traición.48 Mortificado, pero guardándose su resentimiento para mejor momento, Franco contestó con una apelación al patriotismo de don Juan, rogándole que no hiciera ninguna declaración pública que pudiera debilitar el régimen.49 El Caudillo tenía razones sobradas para estar preocupado: sus generales de más antigüedad estaban situándose cada vez más tras la causa juanista. Pedro Sainz Rodríguez fue informado de que una serie de generales estaban dispuestos a sublevarse para restaurar la monarquía, siempre que pudiera garantizarse el inmediato reconocimiento de don Juan por parte de los aliados. La preocupación del Caudillo —y su resentimiento contra don Juan— se exacerbaron cuando se descubrió en el transcurso del verano que sus tenientes generales estaban conspirando. Estos, a instancias del representante de don Juan en España, el príncipe Alfonso de Orleáns Borbón, se reunieron en Sevilla el 8 de septiembre de 1943 para hablar sobre la situación y redactar un documento invitando a Franco a entrar en acción para restaurar la monarquía.50

Firmada por ocho tenientes generales —Kindelán, Varela, Orgaz, Ponte, Dávila, Solchaga, Saliquet y Monasterio—, la carta fue entregada al Caudillo por el general Varela en El Pardo el 15 de septiembre. En realidad, Franco había sido ya alertado sobre su contenido por Rafael Calvo Serer, un joven intelectual del Opus Dei, de talento pero algo errático. Calvo Serer se había introducido en el círculo íntimo de Alfonso de Orleáns y cuando se hizo con el documento se apresuró a marchar a la residencia veraniega de Franco, el Pazo de Meirás, en Galicia. Lo cierto es que la carta, respetuosamente formulada, «redactada en términos de vil adulación» según José María Gil Robles, uno de los principales consejeros de don Juan, era más irritante que amenazadora para Franco. Huelga decir que no favoreció precisamente su actitud hacia don Juan.51

Al finalizar 1943 don Juan escribió una carta a uno de sus más prominentes partidarios, el conde de Fontanar. Su incendiario texto calificaba a Franco de «usurpador ilegítimo» y pedía a Fontanar que rompiera públicamente con el régimen. Esta carta cayó en manos de Franco: don Juan había elegido a Calvo Serer como intermediario. Este era un monárquico convencido pero tenía también un puesto elevado en el Opus Dei. Posteriormente, don Juan quedó convencido, erróneamente, de que Calvo Serer había entregado la carta a su padre espiritual, Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, que a su vez la había hecho llegar a Franco. También se ha especulado con que la carta en cuestión fuera entregada por Calvo Serer al subsecretario de la Presidencia, el capitán Luis Carrero Blanco, con la petición de que se atribuyera su «intercepción» a los servicios de inteligencia del régimen, pero parece que Calvo Serer vio por primera vez a Carrero en 1945. Sin embargo, es posible que las especulaciones se hayan basado en la sospecha de que monseñor Escrivá estaba por entonces deseoso de establecer buenas relaciones con el Caudillo y afianzar la posición del Opus Dei dentro del régimen, y mantenía estrechos contactos con Franco, para el cual empezó a organizar ejercicios espirituales en El Pardo desde 1944. Todo esto le procuraría un fácil acceso a los consejeros del dictador. Mirando al futuro, Escrivá de Balaguer procuró también mantener buenas relaciones con don Juan dado que, como muchos franquistas conservadores, tenía esperanzas de que la dictadura fuera en algún momento sustituida por la monarquía.52

El Caudillo respondió a don Juan con imperioso desdén. Tras una mentira poco creíble de que la carta había caído en manos de un agente enemigo «del que pudimos rescatarla», adoptaba un tono condescendiente con el conde de Barcelona en términos ofensivos. El objetivo de su carta era dejar brutalmente claro que su propio derecho a gobernar España era infinitamente superior al de don Juan: «Entre los títulos que dan origen a una autoridad soberana sabéis se encuentran: la ocupación y la conquista; no digamos el que engendra salvar a una sociedad». Con el fin de desvirtuar los derechos de don Juan, Franco alegaba que el alzamiento militar de 1936 no era específicamente monárquico sino en general «español y católico» y que su régimen no tenía, por consiguiente, obligación alguna de restaurar la monarquía, lo cual se compadecía mal con la justificación que públicamente había dado para impedir que don Juan luchara en el lado nacional en 1937. Para mayor defensa de su propia legitimidad, Franco citaba sus méritos, acumulados durante una vida de sacrificios, su prestigio entre todos los sectores de la sociedad y la aceptación pública de su autoridad. A continuación sostenía que lo verdaderamente ilegítimo era lo que hacía don Juan porque estaba obstruyendo la restauración monárquica a la que él en realidad aspiraba, y terminaba recomendándole que le dejara cumplir, sin límite de tiempo, su tarea de preparar el terreno para una posterior restauración.

La respuesta de don Juan fue, en comparación, un modelo de franqueza y no carente de matices irónicos. En respuesta a la insinuación de Franco de que no estaba al corriente de la situación real de España, apuntaba que en trece años de exilio había aprendido más que si hubiera estado viviendo en un palacio donde, dijo con una clara indirecta a la vida en El Pardo, la atmósfera de adulación enturbiaba con tanta frecuencia la visión de los poderosos. En cuanto a sus respectivos análisis de la situación internacional, don Juan señalaba que Franco era una de las pocas personas que en 1943 creía en la estabilidad a largo plazo del Estado Nacional-Sindicalista, y declaraba abiertamente su convicción de que Franco y su régimen no sobrevivirían al final de la guerra. Para evitar una dura alternativa entre el totalitarismo de Franco y una vuelta a la república, don Juan apelaba al patriotismo del Caudillo para que restaurara la monarquía. Una vez más, repetía su argumento —anatema para Franco— de que la monarquía era un régimen para todos los españoles y que, por esa razón, siempre había rehusado las invitaciones de Franco a expresar solidaridad con la Falange.53 La cristalina carta de don Juan rezumaba la lógica, el sentido común y el patriotismo de los que carecía el intrincado esfuerzo de la carta de Franco. Sin embargo, el Caudillo era quien ocupaba la silla y estaba resuelto a que no se la movieran, confiando en que los Aliados tuvieran otras muchas cosas de las que ocuparse. Su optimismo se nutría de la convicción de que los norteamericanos le consideraban una mejor apuesta para la estabilidad anticomunista de España que la oposición republicana y que don Juan.

No obstante su confianza prácticamente ilimitada en su propia superioridad frente a la casa de Borbón, y su creencia en la legitimidad de su poder en virtud del derecho de conquista, Franco se sintió seriamente amenazado por el llamado Manifiesto de Lausana, publicado por don Juan cuando su fe en una victoria del Eje empezó por fin a flaquear. Estando Pedro Sainz Rodríguez y José María Gil Robles en Portugal y siendo las comunicaciones con Suiza extremadamente difíciles, el documento fue en buena medida redactado por el propio don Juan con ayuda de Eugenio Vegas Latapié. Su texto era una denuncia de los orígenes fascistas y el carácter totalitario del régimen franquista: emitido por la BBC el 19 de marzo de 1945, pedía a Franco que se retirase y dejara paso a una monarquía moderada, democrática y constitucional. El documento enfureció a Franco y dio carácter irrevocable a su determinación de que don Juan no fuera nunca rey de España. Solo un escaso puñado de monárquicos respondieron a la llamada del manifiesto para que dimitieran de sus cargos en el régimen.54 Para muchos monárquicos, la estabilidad franquista había llegado a significar más que las incertidumbres de una restauración. Temerosos de que la confianza de don Juan en la ayuda aliada presagiara el derrocamiento de la dictadura y el posible regreso de la izquierda exiliada, no eran proclives a unirse activamente en pro de su causa.

La eminencia gris de Franco, el capitán de navío Luis Carrero Blanco, le previno en contra de un contraataque inmediato a don Juan. Por el contrario, aconsejó un curso de acción mediante el cual el pretendiente sería apartado de sus colaboradores más radicales y atraído al redil del Movimiento. Su memorándum a Franco —si es auténtico, según la versión de Laureano López Rodó— era asombrosamente profético:

Hay que poner a Don Juan en el camino de que cambie radicalmente y pasados los años pueda reinar, o que se resigne a que sea su hijo el que reine. Además, es preciso pensar ya en la preparación para ser Rey del Príncipe niño. Hoy tiene seis o siete años y al parecer buena salud y constitución física; bien formado, principalmente en su moral cristiana y en sus sentimientos patrióticos, podrá ser un buen Rey con la ayuda de Dios, pero empezando ya a abordar este problema. De momento parece prudente: no reaccionar con violencia contra Don Juan, ni desahuciarle, aunque se piense que él ya no puede ser Rey, pues no convienen nuevas estridencias, que nunca habrían de producir beneficio. Que unos cuantos monárquicos de confianza se vayan a Lausana. Que se ponga el mayor cuidado en la elección del preceptor y que se le envíe perfectamente aleccionado. Abordar ya decididamente el problema de las Leyes Fundamentales que faltan, y definir el régimen de España. En orden a lo que debe ser el régimen definitivo, como las naciones no pueden ser más que Repúblicas o Monarquías, y en España hay que desechar la República como sinónimo de desastre, el régimen tiene que ser Monarquía.55

Como primer paso en el cumplimiento de este programa de acción, dos prominentes católicos del régimen, Alberto Martín Artajo, presidente de Acción Católica, y Joaquín Ruiz-Giménez, fueron enviados a comunicar a don Juan que la Iglesia, el Ejército y el grueso del campo monárquico seguían siendo leales a Franco. No tuvieron necesidad de decirle que la Falange era profundamente contraria a la restauración.56 Sin apoyo militar de los Aliados y sin el previo acuerdo de la cúpula militar y la jerarquía eclesiástica, don Juan estaba ingenuamente confiado en que Franco se retiraría obedeciendo a un sentimiento de decoro y buen juicio. La determinación del Caudillo de no hacerlo jamás se manifestó en su comentario al general Alfredo Kindelán: «Mientras yo viva, nunca seré una reina madre».57

Con todo, y a pesar de los consejos de moderación de Carrero, Franco estaba hondamente ofendido por el manifiesto de Lausana. Consciente de la hostilidad de las potencias democráticas y de las ambiciones monárquicas de sus propios generales, empezó a tomar medidas prácticas para dar sustancia a sus pretensiones de ser la esperanza más sólida para la monarquía. Así, montó sin tardanza una operación para neutralizar cualquier reaparición de sentimientos monárquicos en la cúpula militar. Convocó a los generales del Consejo Superior del Ejército a una reunión que permaneció en sesión durante tres días, del 20 al 22 de marzo, en el curso de la cual desestimó una petición de Kindelán a favor de la restauración e hizo frenéticos esfuerzos para justificar el no estar haciendo nada para facilitar la vuelta de la monarquía. Informó a sus generales con todo descaro que eran tales el orden y contento reinantes en España que otros países, entre ellos Estados Unidos, iban a adoptar pronto su sistema falangista. Intentó también alejar a sus generales de cualquier conspiración monárquica agitando el espantajo del comunismo del que hacía responsable a Gran Bretaña, la mejor baza de ayuda internacional para don Juan. Aludiendo al republicanismo del general Mola afirmó, con total desfachatez, que solo gracias a sus propios esfuerzos había entrado la restauración monárquica en los planes para el futuro. Solo Kindelán cuestionó el absurdo de algunas de estas afirmaciones, con comentarios despectivos de Franco por única respuesta. No era buen augurio para la familia Borbón que la mayoría de los restantes generales parecieran dispuestos a aceptar las extravagantes declaraciones del Caudillo.58 Los actos de celebración de la victoria en la guerra civil se organizaron con los ojos puestos en la creciente oposición. La prensa elogió a Franco por haber salvado al pueblo español del «martirio y la persecución», con la implicación de que este era el destino al que le habían expuesto los fallos de la monarquía.59 Este ataque encubierto a don Juan se publicó también en la prensa oficiosa, que dedicó aún mayor espacio del acostumbrado al desfile de la Victoria, que conmemoraba el sexto aniversario del final de la guerra civil, con serviles tributos al triunfo de Franco sobre los «ladrones», «asesinos» y comunistas de la Segunda República, siendo el mensaje apenas disimulado que estos mismos criminales —y con ellos don Juan— estaban conspirando para volver con ayuda de los Aliados.60

La inminente derrota final del Tercer Reich, junto a las presiones de don Juan, impulsaron a Franco a hacer un gesto descarnadamente cínico cuyo fin era minar la posición del pretendiente entre los monárquicos dentro de España. A lo largo de varios días en la primera mitad de abril de 1945, discutió sobre la idea de adoptar una «forma monárquica de gobierno». A los monárquicos dentro del campo franquista se les ofrecía con ello la posibilidad de acallar sus conciencias, además de asegurarles que no tenían necesidad de hacer frente a los riesgos de un cambio inmediato de régimen. Al mismo tiempo, este cambio cosmético pretendía inducir a los Aliados a olvidar que el régimen franquista se había creado con abundante ayuda del Eje. Para determinar la sucesión se crearía un nuevo Consejo del Reino. Ampulosamente presentado como supremo cuerpo consultivo del régimen, su función era simplemente asesorar a Franco, que no estaba obligado a escuchar sus consejos. Además, la vacuidad de este gesto quedó manifiesta con el anuncio de que Franco permanecería como jefe del Estado, y el rey designado por el Consejo no accedería al trono hasta que Franco muriera o abandonara el poder voluntariamente. Se anunció también la próxima aparición de la pseudoconstitución conocida como Fuero de los Españoles.

La implicación del informe de Carrero Blanco sobre el manifiesto de Lausana era que, con objeto de garantizar que Juan Carlos recibiera la instrucción, o indoctrinación, política apropiada, era esencial la aquiescencia de don Juan. Por consiguiente, había que evitar contrariarle excesivamente. El 1 de mayo, cuando Martín Artajo, un hombre de figura rechoncha, hubo regresado de Lausana, Franco le acribilló a preguntas sobre su conversación con don Juan durante dos horas y media. Martín Artajo le ofreció la colaboración de los católicos a los que representaba y de la poderosa red de prensa católica, que podía defender la causa del régimen en el exterior. A cambio, querían que el régimen perviviera con un rostro más católico y menos falangista y, lo antes posible, evolucionara hacia una restauración monárquica. Todavía furioso por el manifiesto de Lausana, Franco se negó a que Martín Artajo actuara como interlocutor de don Juan, exclamando con brusquedad: «Don Juan es un pretendiente. Yo soy el que tiene que decidir». El Caudillo dejó meridianamente claro que no creía en uno de los principios esenciales del monarquismo: la continuidad de la línea dinástica. Con lenguaje zafio que debió de escandalizar al mojigato Martín Artajo, descalificó lo que él consideraba decadente monarquía constitucional aludiendo a la conocida inmoralidad de la reina Isabel II, diciendo que «no podía ser padre de un rey el último con quien se acostaba doña Isabel. Lo que salga del vientre de la reina, ver si es apto». Evidentemente, Franco no creía que don Juan de Borbón fuera apto para ser rey. Hizo algunos comentarios críticos sobre su vida personal y desestimó los esfuerzos de Martín Artajo para defenderle: «No hay nada que hacer… No tiene carácter; se aviene a todo». Franco iba a redactar una ley que convertía a España en reino pero de la cual no se deducía necesariamente la vuelta de los Borbones. Habría restauración monárquica, declaró, «cuando el Caudillo decida y el pretendiente jure las Leyes Fundamentales».61

Dada su visión mesiánica de su propio derecho divino a gobernar España, Franco no podía perdonar a don Juan que intentara aprovechar la situación internacional para acelerar la restauración monárquica. Estaba convencido de que, si podía ganar tiempo frente a sus enemigos extranjeros y sus rivales monárquicos con cambios cosméticos del régimen, el final de la guerra dejaría al descubierto, para propio beneficio, el conflicto subyacente entre los Aliados occidentales y la Unión Soviética. Su confianza era muy fundada. El 19 de junio, en la primera conferencia de las Naciones Unidas, reunidas en sesión en San Francisco desde el 25 de abril, la delegación mexicana propuso la exclusión de cualquier país cuyo régimen se hubiera constituido con ayuda de las fuerzas armadas de los estados que habían luchado contra las Naciones Unidas. La resolución mexicana, redactada en colaboración con republicanos españoles exiliados, solo podía ser aplicable a la España de Franco. La moción fue aprobada por aclamación.62 En el ámbito del régimen todos creyeron que ahora se iniciarían negociaciones para la restauración monárquica.63 Sin embargo, a sabiendas de que en Washington y Londres había quienes temían que una actitud dura contra el régimen pudiera alentar el comunismo en España, Franco y sus portavoces sencillamente se negaron a aceptar que la resolución de San Francisco tuviera alguna relevancia para España, negando de la forma más cínicamente descarada que el régimen se hubiera creado con ayuda del Eje.64 Poco después, Franco adoptó una estrategia que no auguraba nada bueno para don Juan: su pseudoconstitución, el Fuero de los Españoles, fue presentada con un discurso que daba a entender a españoles y diplomáticos occidentales por igual que cualquier intento de eliminar o modificar el régimen abriría las puertas al comunismo.65 En el plazo de un mes había remodelado el gobierno con objeto de eliminar a los ministros más marcados por el estigma del Eje e introducir en él a una serie de cristianodemócratas profundamente conservadores. Estos, y en especial el más prominente de ellos —Alberto Martín Artajo en el Ministerio de Asuntos Exteriores— permitieron a Franco proyectar una nueva imagen de sí mismo como gobernante católico autoritario más que como lacayo del Eje.66

Martín Artajo debía su nombramiento a la recomendación del capitán Carrero Blanco, con quien había pasado casi seis meses, entre octubre de 1936 y marzo de 1937, escondido en la embajada mexicana de Madrid. Aceptó el puesto tras consultar con el primado de España, cardenal Pla y Deniel, y ambos creyeron ingenuamente que podría contribuir a facilitar la transición a la monarquía de don Juan.67 Franco no tenía inconveniente en dejarles creerlo pero tenía intención de mantener un control férreo sobre la política exterior. Artajo sería simplemente utilizado como cara aceptable del régimen para consumo internacional. Este le dijo a José María Pemán que hablaba por teléfono con Franco al menos una hora al día y utilizaba unos auriculares especiales que le dejaban las manos libres para tomar notas. Pemán escribió maliciosamente en su diario: «Franco lleva la política internacional y Artajo es el ministro taquígrafo». En la primera reunión del nuevo gabinete el 21 de julio, Franco dijo a sus ministros que se harían concesiones al mundo exterior solo en asuntos no esenciales y cuando el régimen lo creyera oportuno.68

Pese a su desconcierto por la clara evidencia de que Franco no tenía intenciones inmediatas de restaurar la monarquía, animó a don Juan el nombramiento de Martín Artajo, al que creía partidario suyo. Fue el comienzo de un proceso mediante el cual don Juan iba ser hábilmente neutralizado por Franco. Como parte de un plan para introducir una cuña entre don Juan y sus más abiertos consejeros, Gil Robles, Sainz Rodríguez y Vegas Latapié, Franco alentó a los monárquicos conservadores de probada lealtad a su régimen a que se aproximaran al campo monárquico. Uno de los más oportunistas entre estos fue José María de Areilza, un monárquico vasco íntimamente ligado a la Falange en los años treinta. Areilza había adquirido el título de conde de Motrico por matrimonio y sus impecables credenciales franquistas habían sido recompensadas cuando fue nombrado alcalde de Bilbao tras la toma de la ciudad en junio de 1937. En 1941 escribió junto a Fernando María Castiella el texto ferozmente imperialista de Reivindicaciones de España, y fue aspirante al cargo de embajador en la Italia fascista. Después de la guerra se mudó otra vez al campo monárquico profranquista y en mayo de 1947 sería nombrado embajador en Buenos Aires. Sus visitas a don Juan eran obedientemente informadas a la embajada británica para producir la impresión de que Franco estaba negociando las condiciones de una restauración y ganar tiempo con ello.69

La eficacia de esta política, y el debilitamiento de las perspectivas de don Juan, quedaron ambos de relieve en la relativamente inocua declaración de Potsdam, en la que se reiteró la exclusión de España de Naciones Unidas pero no se hizo propuesta alguna de intervención contra Franco. Las declaraciones del gobierno laborista británico en el sentido de que nada se haría que pudiera fomentar la guerra civil en España alentaron aún más al Caudillo.70 Don Juan se habría sentido todavía más desanimado si hubiera conocido el informe sobre la supervivencia del régimen elaborado en aquel momento por un colaborador de Franco, el cada vez más influyente Carrero Blanco. Era este un documento profundamente cínico que descansaba en la seguridad de que, después de Potsdam, Gran Bretaña y Francia no se arriesgarían nunca a abrir las puertas al comunismo en España apoyando a los republicanos exiliados. Por consiguiente, «la única fórmula para nosotros no puede ser otra que: orden, unidad y aguantar. Buena acción policial para prevenir cualquier subversión; enérgica represión si se produce, sin temor a las críticas de fuera, pues más vale castigar duramente una vez que no dejar de corregir el mal». En este futuro no había sitio para don Juan.71 El 25 de agosto de 1945 Franco destituyó a Kindelán como director de la Escuela Superior del Ejército por un discurso ardientemente monárquico en que pronosticó que el Pretendiente estaría pronto en el trono con pleno respaldo del Ejército.72

Deseoso, por tanto, de afianzar su control sobre don Juan, en el otoño de 1945 Franco sugirió mediante intermediarios que si el heredero de la Corona establecía su residencia en España se le suministraría una Casa Civil digna de un futuro rey. El mensaje, transmitido por Miguel Mateu Pla, embajador español en París, dejaba claro que Franco no tenía pensado ningún cambio repentino, sino que simplemente buscaba un modo de apaciguar tanto a las grandes potencias como a los conspiradores monárquicos del Ejército. Pero don Juan no tenía la menor intención de convertirse en marioneta del Caudillo y no había perdido esperanzas de una acción militar para desbancar al régimen. En consecuencia, rechazó la oferta de plano, comentando: «Soy el Rey y he de entrar en España por la puerta grande». También le comunicó a Mateu Pla su confianza en que Kindelán y otros generales se levantaran contra Franco en razón de que este había sido elegido por sus iguales solo para la duración de la guerra civil. Mateu no transmitió esta parte a Franco. Don Juan corroboró su negativa cuando dijo a La Gazette de Lausana que la necesidad de «reparar el daño hecho a España por Franco» era uno de los factores que hacían de la restauración de la monarquía una necesidad urgente. Denunciaba el régimen de Franco por estar «inspirado por las potencias totalitarias del Eje» y hablaba de su intención de restablecer la monarquía dentro de un sistema democrático similar a los de Gran Bretaña, Estados Unidos, Escandinavia y Holanda.73

Que Franco no tenía intención alguna de dejar paso a don Juan se hizo patente cuando le dijo al general Martínez Campos (duque de la Torre) que «yo no haré la tontería que hizo Primo de Rivera. Yo no dimito. De aquí, al cementerio».74 El 2 de febrero de 1946, don Juan y su mujer se trasladaron a Estoril, un centro vacacional costero, elegante pero aletargado, al oeste de Lisboa. Zona de espléndidas mansiones construidas para banqueros y armadores millonarios de la cercana capital, su tranquilo aislamiento solo era perturbado por el leve resonar de las fichas sobre las mesas de los casinos. Para su considerable tristeza, Juan Carlos, a los ocho años, quedó solo en Suiza para continuar su educación con los padres marianistas de Friburgo. Durante los dos primeros meses en Portugal, su familia vivió en Villa Papoila, una casa prestada por los marqueses de Pelayo, donde permanecieron hasta 1947 cuando se mudaron a Casa da Rocha, hasta que finalmente en febrero de 1949 establecieron su residencia en Villa Giralda. En 1946, a ojos de muchos partidarios de don Juan, esta proximidad a España pareció acortar la distancia que le separaba del trono. Su mera presencia en la península ibérica desató una ola de entusiasmo monárquico. El Ministerio de Asuntos Exteriores español se inundó de solicitudes de visado de monárquicos distinguidos que querían ir a presentar sus respetos a don Juan. Franco se enfureció especialmente por una carta colectiva de recepción, conocida como «el Saluda», firmada por 458 de las figuras más importantes del establishment español, entre ellos veinte ex ministros, los presidentes de los cinco mayores bancos, muchos aristócratas y catedráticos prominentes. En ella expresaban su deseo de ver una restauración monárquica «encarnada en V. M.».75

El embajador de Franco en Portugal, su hermano Nicolás, estableció sin tardanza lo que no pasaría nunca de ser una relación superficialmente cordial con don Juan. Sin embargo, cuando le propuso llevarle en coche a Madrid para una entrevista secreta con el Caudillo, Gil Robles, su principal consejero, se mostró firme: «Vuestra Majestad no puede ir a ver al Generalísimo Franco a territorio español, pues entonces iría como súbdito». Por entonces, don Juan abrigaba todavía esperanzas de que los Aliados forzaran la salida de Franco y facilitaran su regreso a España como rey.76

Previendo tensiones con Franco, don Juan había decidido que quizá fuera mejor que Juan Carlos permaneciera en Suiza. La prudencia de su decisión quedó manifiesta cuando el Caudillo arremetió en respuesta a la publicación del «Saluda», la acogida monárquica a don Juan, el 13 de febrero. Franco reaccionó como si se enfrentara a un motín de subordinados en lugar de un intento de acelerar el proceso con el que públicamente se había dicho comprometido. En un consejo de ministros del día 15 dijo: «Esto es una declaración de guerra. Hay que aplastarlos como gusarapos». Con una frase increíble, declaró: «El régimen tiene que defenderse y clavar los dientes hasta el alma». Y no cedió hasta que Martín Artajo, el general Dávila y otros le hubieron recordado las perjudiciales repercusiones internacionales de semejante actitud. A continuación, Franco repasó la lista de firmantes especificando el mejor modo de castigar a cada uno de ellos, con retiradas de pasaporte, inspecciones fiscales o destituciones de sus cargos. Pese a todo, decidido a vengarse, declaró que Kindelán era el cabecilla y ordenó su encarcelamiento inmediato. Solo después de los ruegos de Dávila alegando la edad y mala salud de Kindelán, accedió a que fuera deportado a Canarias. Sabiendo que había muchos militares que apoyaban la causa de don Juan, aun si no tenían valor para declararlo, Franco había sido durante mucho tiempo comedido en su reacción a los informes de la policía secreta sobre las actividades de Kindelán. Ahora, la escala del respaldo a la restauración le indujo a hacer un ejemplo con Kindelán. El hecho de que su acción no provocara más que alguna protesta sorda entre un número halagadoramente pequeño de generales, no hizo más que confirmar su mala opinión de los monárquicos. Ninguno estuvo dispuesto a compartir la humillación de Kindelán.77

Mientras se sucedían estas sordideces de alta política, el Príncipe era enviado con ocho años al internado de los padres marianistas de Ville Saint-Jean en Friburgo. Juan Carlos recordaría posteriormente su tristeza por tener que separarse de su familia: «Al principio fui bastante desgraciado allí, tenía la impresión de que los míos me habían abandonado, de que mi madre y mi padre se habían olvidado de mí». Todos los días esperaba una llamada telefónica de su madre que nunca llegaba. La situación debió de ser más difícil de soportar aún por la sospecha de Juan Carlos de que el predilecto de sus padres era su hermano menor Alfonso, que vivía en casa con ellos. Hasta más adelante no descubrió que su padre había prohibido a su madre llamarle diciendo: «María, tienes que ayudarle a que se endurezca». Tiempo después, Juan Carlos explicaba así la actuación de su padre: «No era crueldad por su parte, y menos todavía falta de sensibilidad. Pero mi padre sabía, como yo mismo lo supe más tarde, que los príncipes deben ser educados a las duras si se quiere hacer de ellos hombres responsables capaces de soportar algún día el peso del Estado». El precio que tuvo que pagar Juan Carlos fue la terrible carga de la soledad «en Friburgo, lejos de mi padre y de mi madre, aprendí que la soledad es un fardo muy duro de soportar».

Al querer explicar con posterioridad los motivos de su padre, Juan Carlos ilustraba así la dureza de su infancia: «Mi padre tenía un profundo sentido de la realeza. Veía en mí no solamente a un hijo, sino al heredero de una dinastía, y como tal debía yo prepararme para hacer frente a mis responsabilidades».78 Pese a racionalizarlo de esta manera, es evidente que a Juan Carlos le resultaba difícil reconciliarse con esta temprana separación. (Su propio hijo, Felipe, no sería enviado a un internado a tan corta edad y no abandonó el hogar por primera vez hasta los dieciséis años con objeto de pasar su último curso escolar en el Lockfield College School de Toronto, Canadá.) En efecto, en una entrevista de 1978 concedida al periódico conservador alemán Welt am Sonntag, Juan Carlos describía su marcha a Ville Saint-Jean en términos más fuertes y más emotivos: «Mi ingreso en el internado fue el adiós a la niñez, a un mundo sin preocupaciones lleno de calor familiar. Mi padre prohibió a mi madre que me llamara por teléfono en los primeros 14 días. Yo tuve que superar solo esa primera etapa difícil de separación de mi familia».79

Incluso cuando don Juan permitió finalmente las llamadas, estas fueron, durante mucho tiempo, escasas y muy espaciadas entre sí. Este silencio de sus padres debió de ser insoportable puesto que a Juan Carlos no le dieron ninguna explicación al respecto hasta mucho después. No es de extrañar que creyera que sus padres simplemente se habían olvidado de él. Su tristeza en Ville Saint-Jean se intensificó por el hecho de que pronto chocó con la rígida disciplina de la escuela. Sus profesores en Ville Saint-Jean le recordaban como un chico de ocho años guapo pero indisciplinado, de inteligencia normal y con un alegre sentido del humor; su opinión era que había estado muy mimado por institutrices demasiado indulgentes: «Estas le habían permitido prácticamente todo, de modo que se consideraba como dueño y señor allí donde caía». El padre Julio de Hoyos, uno de los profesores de Juan Carlos, recuerda que el Príncipe se negó a asistir a su primera clase en el colegio; tuvo que llevar físicamente al niño hasta el aula y después darle una bofetada para que se sentara callado y prestara atención. Nadie parece haber tenido en cuenta que el comportamiento del niño y sus malos resultados escolares eran síntoma de su desesperada infelicidad por haber sido alejado de sus padres.80

En noviembre de 1980 Juan Carlos relató al biógrafo inglés de su abuela sus vívidos recuerdos de la gran importancia que tuvo para él Victoria Eugenia en este período. Esta le visitaba con frecuencia en el colegio y, aunque plenamente consciente de las responsabilidades de la realeza, mantenía una relación cariñosa con él. Recordando sus propias dificultades con la lengua española cuando llegó a Madrid a comienzos del siglo, estaba decidida a que Juan Carlos no sufriera ni vergüenza ni críticas por su acento extranjero. Habiéndose criado en Italia y Suiza, este hablaba inglés y francés además de español, y tenía un perceptible acento, sobre todo en la esencial pronunciación de la «r». La mayoría de los alumnos de Ville Saint-Jean eran franceses y todas las clases eran en francés. Victoria Eugenia le enseñó a hacer vibrar la «r» al modo español, olvidando esa «r» explosiva francesa que tan cómica suena a los españoles.81

Al comenzar las vacaciones de Navidad de 1946, Victoria Eugenia acompañó a Juan Carlos en su viaje de vuelta a Estoril. Al llegar, le asignaron a Eugenio Vegas Latapié, secretario político de don Juan, como preceptor para instruirle en sus futuras responsabilidades. Increíblemente, Vegas le daba un cachete al príncipe cuando se portaba mal, aunque sin hacerle daño. Entre ellos surgió una relación afectuosa pero Vegas Latapié, un personaje de gran capacidad intelectual y bastante austero, no era precisamente el compañero más indicado para un niño. Además de la insistencia en las antiguas glorias imperiales de España, entre las cosas que le enseñó estaba el «Himno a la Legión», que a partir de entonces sería siempre profundamente emocionante para Juan Carlos.82 En un momento dado, el padre Carles Cardó, el distinguido teólogo catalán exiliado en Suiza, le dijo a don Juan: «Señor, tenga cuidado con Eugenio Vegas, no vaya a hacer del príncipe un nuevo Felipe II». Ya por entonces Juan Carlos empezaba a mostrar una emotiva (si bien ingenuamente expresada) preocupación por los asuntos internos de España. Vegas Latapié recuerda que un día el Príncipe le dijo que había «prometido a Dios no volver a tomar bombones de chocolate hasta que en España se produzca un importante acontecimiento político». Vegas le respondió que le parecía una promesa un tanto excesiva para un niño y que quizá no pudiera comer bombones durante mucho tiempo si la cumplía. Cuando Juan Carlos le preguntó qué debía hacer, Vegas Latapié le contestó que debía confesarse. A continuación le absolvió de su promesa y le prohibió hacer promesas similares en el futuro.83

La ira de Franco ante el entusiasmo monárquico despertado por la llegada de don Juan a Portugal siguió enconándose. Pidió que los militantes del falangista Sindicato Español Universitario perturbaran las clases de los profesores que habían firmado el saludo colectivo; y envió una nota a don Juan rompiendo relaciones con él, alegando que solo había dado permiso al pretendiente para que hiciera una visita de dos semanas a Portugal, no obstante lo cual don Juan y sus consejeros estaban fomentando una conspiración monárquica contra él. Franco actuó por resentimiento, pero en su reacción había un fuerte elemento de cálculo. Los monárquicos más atrevidos empezaron a buscar contactos con la izquierda, pero muchos de los conservadores más oportunistas que habían firmado la carta se apresuraron a volver junto a Franco.84 Como respuesta, don Juan procuró buscar más respaldo para su causa dentro de España.

A finales de febrero de 1946, en un intento de ganarse a un amplio abanico de la opinión pública española, entre otros la de los ultraconservadores carlistas, don Juan emitió otro manifiesto, conocido como las Bases de Estoril. Eran estas un proyecto de constitución para la monarquía preparado por un grupo de consejeros en el que figuraban distinguidos carlistas como el conde de Rodezno, así como Vegas Latapié, Gil Robles y Sainz Rodríguez. Las Bases diferían del anterior manifiesto de Lausana en que prometían una suerte de corporativismo católico. Las Bases de Estoril no consiguieron convencer a los carlistas, pero sí suscitaron la hostilidad de los monárquicos más liberales.85 De hecho, no todo iba bien en el campo juanista. Vegas Latapié tendía a depositar muchas esperanzas en una intervención aliada para restaurar la monarquía. El 4 de marzo de 1946, una Declaración Tripartita de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia anunció que «mientras el general Franco mantenga el mando en España, el pueblo español no puede esperar una plena y cordial asociación con las naciones del mundo que, mediante un común esfuerzo, han causado la derrota del nazismo alemán y el fascismo italiano, los cuales contribuyeron a llevar al poder al actual régimen español y en los cuales se inspira dicho régimen». Pedro Sainz Rodríguez, sin embargo, sostuvo vehementemente que el verdadero significado de la Declaración radicaba en la frase: «No hay intención de intervenir en los asuntos internos de España. Son los propios españoles los que a la larga deben disponer su propio destino». Sainz Rodríguez insistía, frente a la opinión de Vegas Latapié y Gil Robles, en que don Juan debía buscar alguna forma de acercamiento al Caudillo.86

La conciencia de don Juan de la hostilidad que emanaba de Franco y la Falange bastó para que se pidiera a los tutores de Juan Carlos en Ville Saint-Jean que destruyeran cualquier regalo o golosina, bombones y demás, enviados al Prínci

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