Farah
Al enfrentarme una vez más ahora, al cabo de veinticinco años, con los episodios de mi vida en África, una figura erguida, cándida y de aspecto gratísimo aparece dándoles paso: es Farah Aden, mi criado somalí. Si algún lector me pregunta por qué no escojo un personaje más relevante, le habré de responder que tal cosa es imposible.
Farah entró a mi servicio en Aden, en 1913, antes de la primera Guerra Mundial. Por espacio de casi dieciocho años se cuidó de mi casa, mis cuadras y mis safaris. Hablaba con Farah tanto de mis preocupaciones como de mis éxitos, y no había cosa que yo hiciera o pensara de la que él no estuviera al corriente. Cuando tuve que dejar la granja y abandonar África, Farah vino a Mombasa para decirme adiós. Mientras veía su inmóvil silueta oscura en el muelle hacerse cada vez más pequeña hasta por fin desaparecer, sentí como si estuviera perdiendo una parte de mí misma, como si me estuvieran cortando la mano derecha y a partir de aquel momento no pudiera ya montar a caballo, disparar un rifle o escribir, como no fuera con la mano izquierda. Desde entonces no he vuelto a montar a caballo ni a tirar con arma de fuego.
Para formar y componer una unidad, sobre todo una unidad creadora, los componentes individuales han de ser por fuerza de naturaleza diferente; en cierto sentido deberían incluso ser opuestos. Dos factores homogéneos jamás podrán formar un todo o, en el mejor de los casos, el todo que formen resultará estéril. El hombre y la mujer llegan a ser uno, una unidad creadora tanto en lo físico como en lo espiritual, en virtud de su desemejanza. Un gancho y un ojal son una unidad: un broche, un corchete; pero con dos ganchos no se puede hacer nada. Un guante de la mano derecha junto con su contrapartida el guante de la mano izquierda constituyen un todo: un par de guantes; en tanto que si tenemos dos guantes de la mano derecha habremos de tirarlos. Un número de objetos perfectamente semejantes no constituyen un todo: un par de cigarrillos es lo mismo que tres o nueve. Un cuarteto es una unidad porque está compuesto de instrumentos diferentes. Una orquesta es una unidad, y como tal puede ser perfecta; en cambio, veinte contrabajos dando la misma nota son el caos.
Una comunidad de un solo sexo sería un mundo ciego. En 1940, hallándome en Berlín encargada de escribir acerca de la Alemania nazi para tres periódicos escandinavos, la mujer —y con ella todo su mundo— se hallaba sojuzgada de manera tan absoluta que yo tenía la impresión de estar moviéndome en el seno de una comunidad unisexual. Sólo sentí alivio al ver a los jóvenes soldados marchar hacia el Oeste, hacia la frontera, ya que en una contienda los adversarios se hacen uno, los dos contendientes componen una unidad.
Ya en África, la entrada en mi vida de otra raza, esencialmente diferente de la mía, supuso para mí una expansión misteriosa de mi mundo. Mi propia voz, mi cántico en la vida obtuvieron allá su réplica, y el dúo ganó en riqueza y plenitud.
En la literatura de todas las épocas se da una unidad peculiar, integrada por partes esencialmente distintas, que hace su aparición, desaparece y retorna siempre: la de amo y servidor. Los encontramos a los dos en rima, en verso libre y en prosa, ataviados con las variables indumentarias de los siglos. Aquí surge el profeta Eliseo con su criado Gehazi, formando ambos una asociación cuyo fin cabría suponer a raíz de la aventura con Naamán, pero a quienes, no obstante, volvemos a encontrar en un capítulo posterior, por lo que se ve, en la mejor de las armonías. Aquí hace salir Terencio a Davus y a Simo, Plauto a Pseupolo y Calidoro. Aquí cabalga don Quijote con Sancho Panza en su rucio pegado a la grupa de Rocinante. Aquí sigue el Bufón al rey Lear por la espesura de la noche negra y tormentosa; aquí Leporello aguarda en la calle, mientras dentro del palacio don Juan «recoge su dulce recompensa». Phileas Fogg se pavonea por el escenario con una idea fija en su mente y con el industrioso Passepartout a sus talones. En las mismas calles de nuestro viejo Copenhague se pasean del brazo Jerónimo y Magdelone, mientras que a sus anchas y dignas espaldas Henrik y Pernille se hacen señas mutuamente.
Si a veces el criado es el más apasionante de los dos, también es cierto que, de figurar él solo, este juego de colores perdería fulgor y resonancia, tanto en lo que atañe a él como a su amo. Necesita de un amo para ser él. Leporello, después de haber presenciado el espeluznante final del truhán de su amo, seguirá todavía, pienso yo, mostrando de vez en cuando en un corro de amigos la lista de las víctimas de don Juan y leerá en alta voz y con triunfante acento: «¡Sólo en España fueron 1003!» El Bufón, a quien mata la interminable noche en la ciénaga, no hubiera alcanzado la inmortalidad de no ser por el viejo rey loco, a cuyo rugido de león él une su mofa lúgubre, amarga y tierna. Henrik y Pernille, de haber sido dejados por Holberg en su propio ambiente de ayudas de cámara y doncellas de compañía en el Copenhague natal, no habrían chispeado y centelleado como lo hacen, teniendo como telón de fondo el sosiego de Jerónimo y Magdelone y el pálido idilio de Leandro y Leonor.
En África he tenido muchos criados, a quienes siempre recordaré como parte de mi existencia en aquellas tierras. Uno era Ismael, mi armero, excelente cazador crecido y adiestrado exclusivamente en el mundo de las cacerías, gran rastreador y conocedor del tiempo, que se expresaba en términos de cazador y hablaba de mi rifle «mayor» y de mi rifle «joven». Fue Ismael el que al regresar a Somalia me dirigió una carta a nombre de «Leona Blixen», carta que empezaba con las palabras: «Honorable leona». Otro era el viejo Ismael, cocinero y fiel compañero de safaris, especie de santón mahometano. Y otro era Kamante, pequeño de cuerpo, pero grande, incluso formidable, en su aislamiento total. Pero Farah era mi criado por la gracia de Dios.
Farah y yo ofrecíamos todos los contrastes necesarios para integrar una unidad: diferencia de raza, sexo, religión, ambiente y experiencia. Sólo en una cosa éramos iguales: habíamos convenido en tener la misma edad. Con todo, nunca pudimos precisarlo, ya que los mahometanos cuentan por años lunares.
Recorremos una larga galería de retratos de interés histórico: retratos de reyes y de príncipes, de grandes estadistas, poetas, marinos. Un rostro entre todos nos sobrecoge, un personaje anónimo, reposado, seguro de su condición, independiente de los que lo rodean. El catálogo indica: «Retrato de un caballero». Mi capítulo sobre Farah lo titularé modestamente así: «Retrato de un caballero».
En nuestros días la palabra «caballero» se toma menos en serio que antes, si bien pudiera ser que en otros tiempos se haya tomado con excesiva seriedad. De ser así, debo decir que con la misma seriedad se tomaba Farah a sí mismo.
Si esta palabra se emplea para describir o definir a la persona que tiene en la masa de su sangre el Código de Honor de su época y de su ambiente, a modo de un instinto —de la misma manera que las reglas del juego están en la sangre del verdadero jugador de cricket o de fútbol, a quien en ningún caso se le ocurriría lanzar la pelota contra la cabeza de su adversario—, Farah era el más perfecto caballero que jamás conocí. La única dificultad radicaba en decidir, para empezar, en qué consistía el Código de Honor para un mahometano de alcurnia que vivía en la casa de una pionera europea.
Farah era somalí, lo cual quiere decir que no había nacido en Kenia, sino que procedía de Somalia, que está más al Norte. En mis tiempos había en Kenia gran cantidad de somalís. Eran muy superiores a la población nativa en inteligencia y en cultura. Tenían sangre árabe y se consideraban árabes de pura raza, en algunos casos hasta descendientes del Profeta. En general, tenían un alto concepto de sí mismos y todos eran mahometanos fanáticos.
Los nativos del país, los kikuyus, wakambas, kawirondos y masais, conservan sus propias tradiciones ancestrales simples y misteriosas que parecen perderse en la oscuridad de tiempos remotísimos. Nosotros mismos hemos llevado muy tarde al país las luces europeas, pero encontramos medios de propagarlas y establecerlas con rapidez. Mientras tanto, una civilización oriental violenta, cruel y extraordinariamente pintoresca ha puesto el pie en las tierras altas, merced al comercio de esclavos y marfil.
Del África Oriental procede el mejor marfil del mundo, y el antiguo comercio de esclavos tenía ya lugar a lo largo de estos litorales mucho tiempo antes del descubrimiento de América. Aquí se embarcaban negros para Oriente —Arabia, Persia, India, China—, así como para el Norte, para las tierras del Levante, como demuestra la presencia de pajes negros en las viejas pinturas venecianas. De aquí salieron los cuarenta esclavos negros que, junto con cuarenta blancos, llevaron al Sultán sobre sus cabezas las joyas de Aladino. Zanzíbar era el gran centro de la trata. El sultán de Zanzíbar, según me dijeron cuando estuve allá en 1916, seguía percibiendo una regalía de 5.000 libras esterlinas como indemnización por la pérdida de los ingresos provenientes de la trata de esclavos. En Zanzíbar he llegado a ver el mercado y la plataforma donde los esclavos eran expuestos para la venta.
Las viejas relaciones comerciales han dejado su impronta en el idioma del país. Cada una de las tribus del África Oriental tiene su idioma propio, pero en todas las tierras altas se habla una lingua franca primitiva y sin reglas gramaticales: el suaheli, la lengua de las tribus costeras. Hasta los niños pequeños, las cabras de los rebaños y las ovejas de los llanos entendían y contestaban cuando se les preguntaba en suaheli por el camino a seguir o dónde hallar agua o caza. De ordinario, yo hablaba suaheli en la granja con mis criados y mis jornaleros nativos, pero como mi hacienda se hallaba en el territorio de los kikuyus, nuestra jerga local privativa contenía abundancia de giros y términos kikuyus.
El comercio fue además lo que trajo al país a los somalís. Era más que probable que los antepasados de Farah hubieran sido mercaderes avispados, probablemente también cazadores y merodeadores en las tierras altas, y, posiblemente, piratas en el mar Rojo.
Los somalís son gente muy hermosa; delgados y esbeltos como todas las tribus del África Oriental, tienen ojos sombríos y altaneros, piernas rectas y dientes de lobo. Conocen la vanidad y entienden de paños finos. Cuando no iban vestidos a la europea —pues muchos de ellos llevaban trajes desechados por sus amos, trajes de los mejores sastres de Londres y que les sentaban muy bien—, lucían largas túnicas de seda cruda, con negros chalecos sin mangas adornados con un complicado bordado de oro. A fuer de mahometanos ortodoxos se tocaban siempre con turbantes de preciosa cachemira de distintos colores, pudiendo ser verde el turbante de los que habían ido en peregrinación a La Meca.
Las oscuras naciones de África, sorprendentemente precoces como niños, parecían alcanzar a edades diferentes un punto muerto en su crecimiento mental. Los kikuyus, wakambas y kawirondos, gentes que trabajaban a mis órdenes en la granja, estaban en la primera infancia mucho más adelantados que los niños blancos de la misma edad, pero se estacionaban de pronto al nivel correspondiente a un niño europeo de nueve años. Los somalís habían llegado más lejos y alcanzaban la mentalidad de los muchachos de nuestra raza cuya edad oscilara entre los trece y los diecisiete. También en estos jóvenes europeos el Código de Honor, la devoción ciega a la frase y al gesto grandilocuentes, constituye una pasión que los espolea a hazañas heroicas y heroicas abnegaciones y que también los sume a veces en una tenebrosa melancolía y en un resentimiento incomprensibles para los mayores. La mujer somalí parecía llevar algo de ventaja sobre el hombre, pues desde que da los primeros pasos hasta que alcanza una edad venerable ofrece la viva imagen de la clásica jeune fille de Europa: es coqueta, artera, increíblemente codiciosa y, en el fondo, generosa y dulce.
De niña había leído las sagas nórdicas, y ahora, al entrar en contacto con los somalís, me sorprendía su se
