Presentación
La primera vez que oí hablar en serio de Manuel Azaña fue a don Ramón Carande, en alguno de nuestros largos paseos por calles y plazas de Sevilla, hacia mediados de los años sesenta, cuando todavía era costumbre conversar mientras se caminaba. Me decía don Ramón que nosotros, los jóvenes, debíamos conocer a don Manuel Azaña y leer sus obras. Como otra de las incitaciones a la lectura que de don Ramón había yo recibido, Max Weber y su magna obra Economía y sociedad, resultó un verdadero descubrimiento, me animé a comprar en una librería que el mismo don Ramón me recomendó, situada en la calle de Mateos Gago, en la acera de la derecha conforme se sube desde la plaza de la Virgen de los Reyes, la edición recién aparecida de los cuatros volúmenes de Obras completas que el profesor Juan Marichal había preparado para la editorial Oasis de México y que se vendía de tapadillo, a finales de los sesenta o comienzos de los setenta, por el precio de seis mil pesetas.
La lectura de Azaña despertó mi interés por nuestra reciente historia, tan recusada por una generación que había recibido desde escuelas, púlpitos y tribunas el gran relato de la cruzada de una España verdadera contra otra España que no lo era, sino Anti-España. La pregunta que de inmediato suscitaban los discursos y diarios de aquel escritor y político por entonces realmente desconocido, podría resumirse en una simple cuestión: ¿cómo fue posible que en la España de los años treinta, de la República y de la Guerra Civil, alguien dijera esas cosas y las dijera así? Tenía razón don Ramón: merecía la pena leer a Azaña porque un pasado del que nos cortó abruptamente la guerra de nuestros padres, se convertía, al descubrir su palabra, en un tiempo digno de ser descifrado, un pasado en el que era preciso hurgar porque en él podían encerrarse algunas de las claves para una cabal comprensión de la miseria que nos había tocado en el presente.
De ese primer encuentro y de mi primera inmersión en los años treinta ya pude comprobar que la meritoria empresa de Juan Marichal no era todo lo completa que su título sugería. Por ejemplo, faltaban los discursos electorales. En realidad, faltaban todos los discursos que Manuel Azaña no había incorporado en vida a los volúmenes editados por él mismo. Luego, cuando comenzaron a organizarse coloquios y exposiciones y se emprendieron las primeras investigaciones sobre los partidos políticos en la República, fueron apareciendo más piezas, algunas de ellas fundamentales, como El problema español o Apelación a la República, que se daban por perdidas. Por entonces, y después de varios trabajos sobre la izquierda socialista y el Frente Popular en los años treinta, mi interés se centró en el estudio del conflicto social y la lucha de clases en Madrid, quedando siempre Manuel Azaña como a la espera de una ocasión propicia para volver sobre su persona y su acción política.
La ocasión llegó cuando, por la cercanía del cincuenta aniversario de su muerte, Javier Pradera me sugirió la posibilidad de escribir una biografía política para Alianza Editorial. El problema para afrontar ese trabajo consistía en que, habiendo aparecido los papeles de Azaña incautados en Pyla-sur-Mer, el gobierno presidido por Felipe González había decidido entregar a su viuda, doña Dolores de Rivas Cherif, la totalidad del archivo, que salió de España para quedar depositado en lugar hoy todavía ignoto e inaccesible. Se decía que allí había nuevos diarios del tiempo de la guerra y que se estaba preparando una edición que saldría pronto a la calle. Una visita a la directora del Archivo Histórico Nacional interesándome por otro rumor que también corría, que antes de ser entregados a su viuda, los papeles de Azaña habían sido microfilmados, no dio resultado.
Decidí entonces escribir la biografía política, cortando la historia el día en que Azaña fue elegido presidente de la República, el 10 de mayo de 1936, a la espera de las novedades que pudieran producirse en torno a los misteriosos papeles. Fue, claro está, el primer error de aquel libro. Del segundo sólo yo fui responsable: haber creído a Manuel Azaña cuando, en tiempos de la República, repite una y otra vez que llegó al poder sin un pasado político, como si hubiera vivido todo el tiempo encogido hasta que por fin llegó la hora de su estiramiento. Inducido a error por el mismo Azaña, presté una atención muy superficial a los años de su juventud, de su trabajo en el Ateneo, de su militancia en el Partido Reformista, y de su actuación durante la dictadura. Algo intenté indagar en su carrera como funcionario pero, víctima en este caso de un engaño, lo dejé estar.
Por una cosa o por otra, el resultado fue que aquella biografía quedó manca de la guerra y del destierro, coja de juventud e hinchada sobremanera de República: de sus 500 páginas, 450 se dedicaban al periodo que va de enero de 1930 a mayo de 1936, seis años de la vida de Azaña, quedando los cincuenta anteriores mal comprimidos en 50 páginas y los cuatro finales pendientes para otra ocasión. La ocasión llegó con la presencia en la dirección del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales y en la Subdirección de Publicaciones de los profesores José Álvarez Junco y Javier Moreno Luzón, que acogieron con entusiasmo y eficacia el proyecto de editar unas obras de Azaña más completas de las que en su día pudo recopilar el profesor Marichal. Para eso, no bastaba incorporar lo publicado por Azaña y no incluido en aquella edición, que no era poco; sino que era preciso acceder además al contenido del microfilm, que verdaderamente existía aunque nadie hubiera tenido todavía ocasión de consultarlo.
Solventados los problemas de autorizaciones y derechos, mi sorpresa fue mayúscula al comprobar que los documentos microfilmados eran muchísimo más numerosos y de mayor interés de lo que se podía deducir por las noticias y comentarios publicados en su día por los expertos que tuvieron la ocasión de echar un vistazo a los papeles resucitados del armario de la Dirección General de Seguridad antes de que volviera a tragárselos la tierra. Con ellos, más todo lo que había ido recopilando de la prensa diaria y de las revistas, la edición proyectada dejaba de ser un complemento a la aparecida en 1966-1968. Era, en realidad, una nueva edición, que por una parte permitía poner en valor los periodos de la vida de Azaña apenas tocados en biografías anteriores; y, por otra, narrar desde una base documental mucho más sólida la vida entera del personaje, prestando una especial atención a su familia, a su infancia y juventud, a sus amistades, sus aficiones y gustos, al empleo de su tiempo, su trabajo, sus lecturas, los ámbitos de sociabilidad en los que se movía, los debates en los que participaba. Había que desechar la imagen, cansinamente repetida hasta hoy, del solitario, desconocido, frustrado, rencoroso, oscuro funcionario, y comenzar por el principio, a ver qué salía.
Y esto es lo que he intentado con esta Vida y tiempo de Manuel Azaña, amablemente empujado por María Cifuentes y Juan González, desde la editorial Taurus, para acompañar una nueva salida a la calle de la misma edición de 2007. Una compañía no se impone, se ofrece, y esto es lo único que pretende esta biografía: ofrecer a los lectores de sus Obras completas un relato continuado de la vida de su autor que ayude a situar sus textos, desde los recuerdos de su infancia en Alcalá de Henares, su internado en El Escorial, el descubrimiento de Madrid y la escapada a París, hasta su llegada a la presidencia de la República, sus proyectos de poner fin a la guerra y su destierro y muerte en Montauban, dando todo su valor a los años de Ateneo, de militancia en el Partido Reformista y de director de las revistas La Pluma y España. No aspira a retratar de una vez por todas al personaje, ni a dar con una clave explicativa de su «caso»; no divide en periodos con fecha fija el curso de su vida: demasiado complejo fue Manuel Azaña, demasiados golpes recibió de la fortuna, como para decir que fue esto o lo otro, que hay dos, tres o cuatro Azaña, o uno solo, de una pieza.
A Inés Vergara y a Elena Martínez Bavière quiero agradecer muy de veras el interés, la paciencia y el cuidado que han derrochado en la preparación del texto. Y para Carmen, que ha tenido también su parte en esta historia.
1. ALCALÁ DE HENARES, RECUERDOS DE LA CASA TRISTE
Cuando miraba hacia atrás, a los años de su infancia y de su primera juventud, Manuel Azaña siempre evocaba la casa triste, ensombrecida por la presencia de la muerte. Situada en Alcalá de Henares, en la calle de la Imagen, número 3, aquella casa no era, sin embargo, nada triste el 10 de enero de 1880, a las diez y media de la mañana, cuando vio nacer a un niño, inscrito dos días después en el registro civil con el nombre de Manuel María Nicanor Federico Azaña Díaz-Gallo. Era el segundo hijo de Esteban Azaña, que contaba por entonces veintinueve años de edad, de profesión propietario, y de Josefina Díaz-Gallo, de veinticinco años, dedicada a sus labores, según se hizo constar en el registro del recién nacido, en el que también figuraban los nombres de sus abuelos paternos, Gregorio Azaña, de profesión notario y escribano, y Concepción Catarineu, sus labores, domiciliados en la calle Nueva, número 10; y de sus abuelos maternos, Manuel Díaz-Gallo, natural de Escalada, Santander, y Josefa Muguruza, de Madrid, ambos difuntos.
El padre del recién nacido procedía de una familia afincada en Alcalá de Henares al menos desde mediados del siglo anterior, cuando un José Azaña aparecía en el catastro de Ensenada como colono con nueve tierras arrendadas. En la primera década del siglo XIX, la «saga de los Azaña» se había ampliado con un Diego, labrador; un Nicolás, escribano y un Miguel, secretario del Ayuntamiento, cargo que pasó en 1812 a Esteban Azaña Hernández, escribano también, como su padre, y secretario casi permanente del Ayuntamiento, con sólo una breve interrupción, hasta 1844[1]. Había casado este escribano-secretario con Eusebia Concepción Rajas, vínculo por el que emparentó además con la familia Catarineu, pues la hermana de Concepción, Joaquina, había contraído matrimonio con Zenón Catarineu Pujals, hijo de Esteban Catarineu y de Narcisa Pujals, que en la década de 1820 habían llegado a Alcalá procedentes de Arenys de Mar. Y si Esteban Azaña se abrió su camino en la secretaría del Ayuntamiento y en la notaría, su tocayo Catarineu aparecía desde 1826 como fabricante de jabón y vecino del número 8 de la misma calle de la Imagen en la que muchos años después su bisnieto Manuel vería la primera luz del día.
Viviendo tan próximas, nada tiene de raro que este primer vínculo entre las dos familias, procedente una de tierras toledanas y de catalanas la otra, se estrechara con el matrimonio de un hijo de Esteban Azaña con una hija de Esteban Catarineu. En efecto, Gregorio Azaña Rajas, llamado a heredar de su padre la escribanía o notaría y, a la par, la secretaría del Ayuntamiento, en la que muy pronto comenzó a prestar sus servicios, se casó con su vecina Concepción Catarineu Pujals, aportando al matrimonio 30.000 reales. Se unía así en matrimonio una familia de escribanos y secretarios de Ayuntamiento con una de fabricantes, atentas ambas a las oportunidades de ampliación patrimonial que ofrecían las operaciones desamortizadoras, especialmente abundantes en Alcalá por el considerable número de propiedades, tierras y edificios, de manos muertas que los gobiernos liberales sacaron a pública subasta. Gregorio, muy emprendedor, diversificó su actividad haciéndose con unos lotes de la finca llamada «Los Barrancos» y convirtiéndose en un importante propietario agrícola, ganadero y cosechero, a la par que se iniciaba en la industria con una fábrica de baldosines y una cerámica[2]. Su proyección social fue muy destacada desde 1850 como secretario de la comisión que logró salvar del expolio el sepulcro del cardenal Cisneros, trasladándolo de san Ildefonso a la Magistral, y como miembro de la Sociedad de Condueños que, tras varias operaciones de compra y venta, adquirió los antiguos edificios de la Universidad y suscribió con los Escolapios el convenio para su uso como colegio de segunda enseñanza, del que Gregorio, como notario, dio fe.
Del matrimonio de Gregorio y Concepción nacerá, el 16 de mayo de 1850, un niño que nunca gozó de buena salud y que recibió el nombre de sus dos abuelos, Esteban, que será hijo único y que abandonará la ya casi secular dedicación de sus ancestros a la notaría y a la secretaría del Ayuntamiento para quedarse únicamente con la de propietario, cualidad que le permitió dedicar su tiempo y sus afanes a la política local, presentándose a las elecciones municipales recién alcanzada la mayoría de edad. Fue concejal del Ayuntamiento de Alcalá desde 1875 y, reelegido en las elecciones de 1877, con la restauración monárquica ya consolidada, pasó a ocupar la primera tenencia de alcaldía hasta ser designado alcalde interino en la sesión extraordinaria celebrada por el Ayuntamiento el 11 de octubre de 1877. Elegido de nuevo concejal en 1879 y confirmado como alcalde, conoció un momento de gloria cuando, después de exponer sucintamente la historia de la construcción en Florencia, por el señor Nicoll, de una estatua de Cervantes, pronunciar sentidas frases y descorrer la cortina que la ocultaba, apareció la imagen del autor del Quijote y «la multitud aplaudió entusiasmada, repicaron las campanas, se pusieron a sus pies laureles y durante mucho tiempo la emoción fue inmensa»[3]. Con aquel acto, celebrado el 9 de octubre de 1879, Esteban Azaña Catarineu daba cima a su primer empeño por restaurar la memoria del esplendor del pasado de su ciudad natal, arruinado tras el aciago día del cierre de la Universidad Complutense, decidido por el gobierno en 1836.
Alcalde de la ciudad hasta su dimisión el 6 de marzo de 1881, Esteban Azaña dedicó los años siguientes a terminar una Historia de Alcalá de Henares, publicada en dos volúmenes, en 1882 y 1883. Recuperó el bastón de mando cuando volvieron a elegirle alcalde, por una mayoría de diez votos frente a seis abstenciones, en la sesión de instalación del nuevo Ayuntamiento el 1 de julio de 1885[4]. Con eso, los Azaña, que habían iniciado el siglo disfrutando desahogadas posiciones como escribanos y secretarios del Ayuntamiento, y lo habían mediado ampliando sus propiedades agrícolas e industriales, enfocaban su tramo final bien situados en el centro del círculo de notables o poderosos de la villa: una sólida posición económica y una continuada actividad en las instituciones de poder local a la que añadieron su presencia en el medio culto, con una constante ocupación en el cervantismo, el cisnerismo, las lápidas, los cementerios. Alcalá, sin estudiantes y sin su claustro de profesores, con gran parte de su enorme patrimonio inmobiliario expoliado o en la ruina, presentaba todos los rasgos de la ciudad muerta, de «un pueblo encantado, por doquier ruinas, por doquiera edificios abandonados y casas deshabitadas», como lo describía Esteban Azaña, decidido a despertarla de su largo encantamiento[5].
Así, de un Esteban a otro, de una ciudad que presumía de su Universidad y de sus glorias antiguas a una ciudad empobrecida y estancada, el curso ascendente de la familia Azaña resumía la historia política de la clase media del siglo XIX, liberal y revolucionaria en los fundadores, propietaria, conservadora y adicta a la monarquía restaurada, con el liberalismo bien templado por las experiencias acumuladas en un siglo de luchas y decadencia, en los herederos. Más que de su padre, le llegaban a Manuel retazos de esa historia de su abuelo paterno, Gregorio, que por las tardes, siendo él muy niño, le llevaba de paseo por el Chorillo, o el Chorrillo, donde se levantaba una antigua venta, refugio famoso de ladrones, hasta llegar al moto de la legua, como recordará muchos años después, en su visita al frente de Madrid en noviembre de 1937. Fue quizá durante estos paseos cuando el abuelo Gregorio transmitió a su nieto el recuerdo de sus épicas historias de liberal esparterista y de capitán de cazadores de la Milicia Nacional y cuando le contó un suceso singular en la vida de la familia que Manuel leyó también con toda seguridad en la Historia escrita por su padre: «yo he aprendido en las páginas de un libro, escrito por unas manos que para mí eran santas, cuánta gloria, cuánta magnificencia encierra la historia de esta ciudad», dirá Manuel años después en el homenaje a Lucas del Campo, diputado conservador de Alcalá de Henares. Ocurrió aquella historia, contada por el abuelo, escrita por el padre, el 6 de agosto del tristemente célebre año de 1823: las desalmadas turbas absolutistas, excitadas por la predicación de un fraile de la congregación de San Felipe Neri que lanzó la tea incendiaria de la discordia entre los dos bandos políticos, y azuzadas por otro fraile del convento de Mínimos, llamaron al degüello de liberales y, a los gritos de mueran los negros, muera la Constitución, allanaron sus casas, robaron sus pertenencias y arrojaron por las ventanas los muebles, los cuadros y cuanto no les era dable transportar[6]. Dentro de una de esas casas, recordará Manuel Azaña que le contaba su abuelo, una familia copiosa miró por su salvación y se refugió en un aposento recóndito, sin otro acceso que un ojo de buey disimulado por un cuadro de Cristo camino del Calvario.
De su abuela paterna, Concepción Catarineu, a la que alcanzó hasta muy tarde, pues sobrevivió largos años a su marido Gregorio y a su hijo Esteban, recibió Manuel la tradición liberal con los relatos de las primeras guerras contra los absolutistas: eran también negros y bien recordaba la abuela el asalto a la casa por los blancos. Aunque nacida en Alcalá, todavía hablaba catalán, y dejó grabada en la mente del niño una impresión muy vívida de lo que habían sido las guerras civiles y de los Zurbano y demás personajes que cobraban, en aquellos relatos, una presencia actual, retratados en los cuadros que colgaban de las paredes de su casa. De sus abuelos recibió Manuel un eco, una impresión de las emociones que en aquellos días los conmovieron y, entre ellas, muy especialmente, el admirable, el fuerte, el saludable horror y odio a los carlistas, tan dados a la provocación, como había ocurrido un día de Corpus cuando su abuelo Gregorio supo contener a sus hombres de la Milicia. Ya de mayor, cada vez que se agitaban y asomaban su cabeza peluda ideas del mismo jaez, echaba de menos Manuel Azaña aquella predicación de odio a los carlistas, que su generación no había conocido, pero que él recibió en su infancia de boca de sus abuelos[7].
Como seguramente había sido el abuelo Gregorio quien le contó más de una vez el acontecimiento inaugural de la tradición liberal de la familia, que su padre también se complació en recordar al escribir la Historia de Alcalá de Henares: la lectura de la Constitución de Cádiz por el secretario del Ayuntamiento y notario público, Esteban Azaña Hernández, un día de marzo de 1820, cuando volvió al poder el partido constitucional y en Alcalá, sobre la que pendía desde 1814 la gran amenaza de perder su Universidad, se celebró la ceremonia de solemne proclamación del código constitucional. Fue el bisabuelo Esteban el encargado de la doble lectura de la Constitución desde un tablado construido al efecto en la Plaza Mayor y desde el púlpito de la santa Iglesia Magistral, y fue este mismo bisabuelo el que hizo todo lo que de su mano estuvo para que los liberales no trasladasen la sede de la Universidad Complutense desde Alcalá a Madrid, demorada con el retorno del absolutismo, aunque llevada a cabo, a pesar de todas las resistencias, veintidós años después para gran desconsuelo de los liberales alcalaínos.
Los episodios liberales de abuelo y bisabuelo habrían de tener todavía un colofón de distinto signo, siendo Manuel niño de apenas seis años, en su padre, el alcalde. Leal a la monarquía restaurada, y con los carlistas a la fuerza apaciguados tras las sucesivas derrotas, alguna parte debió de tener el alcalde Esteban Azaña en el fracaso de la insurrección republicana del brigadier Villacampa, que se quedó a la espera, en Madrid, cuando iba mediado el mes de septiembre de 1886, de las tropas acuarteladas en Alcalá que nunca llegaron a su destino. Se habló de serios alborotos en torno a la estación de ferrocarril, de la indecisión del general Melero, comprometido a sublevarlas, de que las tropas estaban ya formadas a la espera de subir al tren, de que el tren estaba ya estacionado en el Chorillo, de que el alcalde, a sabiendas de lo que ocurría, acudió presuroso a la estación y abortó su salida hacia Madrid. Todo esto se decía y, también, que impresionada por la lealtad del alcalde, María Cristina, regente del Reino tras la muerte, el año anterior, de su esposo Alfonso XII —que había ido también, no hacía mucho tiempo, de visita a Alcalá— quiso mostrarle su afecto y agradecimiento ofreciendo la creación, para él, del marquesado de Zulema, que Esteban Azaña quizá habría aceptado de buena gana pero que, a requerimiento del abuelo Gregorio, declinó.
De su padre recordaba Manuel, poniéndolo en boca del joven Anguix, protagonista de Fresdeval, último intento de novelar la ciudad de su infancia, un momento que quedó grabado en su memoria. En su casa de la calle de la Imagen se hacían unas obras y al acercarse a hurgar la lumbre, sentado en un cajón, un hombre que le pareció viejo le preguntó: «¿Tú eres el señorito de la casa? ¡Ya serás un escolapio!». Y luego, como hablando para sí mismo, aseguraba el viejo que ponía el libro: «De abuelos muy ricos, nietos muy pobres». Y estando en ésas llegó su padre, que habló animadamente con el viejo y le instó a que se marchara. Creyó el niño percibir cierta ternura en la reprimenda del padre, de quien destacaba desde la distancia su talento y superioridad natural, su melancolía y sus dotes de jefe, manifiestas desde sus veinticinco años; su devoción por los amigos, empeñados en campañas culturales, cultivadores de los restos de una tradición literaria que tuvo en el cervantismo, el cisnerismo y la afición a la colocación de lápidas conmemorativas su limitado marco de actuación: el sepulcro de Cisneros, la estatua de Cervantes y la lápida conmemorativa de Juan Martín, el Empecinado, eran claros testimonios de la afición de su padre por erigir o preservar lugares de la memoria alcalaína.
Esteban se había casado con Josefina, hija de Manuel Díaz Gallo, que procedía de una familia de montañeses con pretensiones nobiliarias y de comercio con escudo en Burgos, Madrid y Alcalá —recordará luego su nieto, que no llegó a conocerlos— y de Josefa Muguruza Gallo de Alcántara, nacida en Madrid, aunque sus abuelos tenían casa en Elgoibar. De familia de escribanos y de fabricantes por su línea paterna, Manuel Azaña procedía así, por la materna, de una familia dedicada al comercio con tienda abierta en la Plaza Mayor. Sus padres, Esteban y Josefina, completaban las fuentes de sus rentas como labradores con las de los Catarineu como fabricantes y las de los Díaz y Gallo, como comerciantes. Del reino de Toledo sus abuelos, «con un cuarterón de sangre vascongada y un entronque en Arenys de Mar»[8], el niño era como un compendio de la burguesía media de la Restauración en una villa que conservaba todavía los rescoldos, mitificados por la memoria, de su pasado esplendor, sostenido a medias por la Universidad y la abundancia de conventos e iglesias, mientras asumía nuevas funciones en el Estado como centro de instalaciones militares y penitenciarías que sirvieron, al menos, para detener su pronunciada decadencia durante la primera mitad del siglo. Con una agricultura tradicional dedicada sobre todo a cereal y a pastos, con un complemento de huerta y de viña y una industria artesanal, de oficios tradicionales, muy dependiente su comercio de la población flotante de estudiantes y religiosos, la población de Alcalá experimentó cierto declive en la primera mitad del siglo, pasando de 1.307 vecinos y 5.097 habitantes que constaban en el Padrón Municipal de 1801 a 1.065 vecinos y 4.151 habitantes, sin contar religiosos ni militares, del Padrón de Vecinos de 1845. Veinte años después, ya se había iniciado cierta recuperación con la presencia de 1.680 vecinos y 6.552 habitantes en el Padrón de Vecinos de 1868, una magnitud muy similar a la que constaba un siglo antes, en el Censo de Floridablanca de 1787[9].
A su madre Josefina la recordaba Manuel entre dos criadas, «anegadas por un mar de ropa blanca [cosiendo] junto al balcón, cambiando de tarde en tarde una palabra», mientras él, apartado, silencioso, juiciosito, ordenaba en batalla una legión de guerreros de plomo o construía fantásticos alcázares con taruguitos labrados. Se sentía aquel niño —o se recordaba y lo escribía el joven veinte años después— acariciado por el ambiente, por los trastos íntimos que le circundaban, por la atención vigilante de su madre que alzando la cabeza le sonreía de vez en cuando. Al anochecer, cuando las sombras invadían la estancia y entablaban su lucha cotidiana con los fulgores del hogar, se iban las domésticas, dejándolos solos. «Era el momento de nuestras expansiones, de nuestros íntimos coloquios. Ella me ponía sobre sus rodillas y me acariciaba de mil modos, besándome, estrechándome contra su pecho, murmurando en mis oídos cosas tiernísimas que me dejaban embelesado y mudo como una música divina». ¿Adónde volaba el pensamiento de aquella mujer? —se preguntará Azaña—. ¿Qué oleada de amargura inundaba su corazón ahogando su voz?[10].
Especial lugar en sus recuerdos, por el papel que la acumulación de desgracias le hará desempeñar en su vida, ocupaba Félix Díaz Gallo, llamado a ejercer con la abuela paterna una función protectora sobre los hijos de la hermana, que era «su devoción». De su tío materno recordaba Manuel la rectitud en la conducta, la firme adhesión a sus creencias, el fondo de seriedad sobre el que florecía su ingenio, cualidades todas que el joven Azaña atribuía también a su abuela Josefa, a la que no llegó a conocer. Había cursado el tío Félix sus primeros estudios en la escuela de don Eduvigis Megía, el maestro que atendía en Alcalá a los niños de familias que podían pagarse los estudios, el bachillerato en Santander y la jurisprudencia en Madrid. Particularmente bien dotado para los idiomas, vivos o muertos, el tío Félix escribía el latín y leía el griego, además de hablar y escribir inglés y francés como su propia lengua y haber aprendido alemán y hasta vascuence, que llegó a conocer en unos meses de vacaciones en casa de sus abuelos de Elgoibar. Era tímido y aprensivo y riñó con su mujer; amigo de cosas francesas, veía con claridad todo lo que en España andaba mal aunque, por sus ideas, le faltaba la segunda parte: el remedio o la solución. Gran aficionado a la lectura, poseía un oído abierto a la filosofía aunque nunca quiso aceptar, recordaba Manuel, cosa alguna que chocara con su ortodoxia católica. Quizá fue con su tío Félix, o tal vez con su madre, con quien, siendo aún niño, estuvo Manuel Azaña «en país montañoso» y se asomó al Cantábrico por vez primera para casi desfallecer de gozo a la vista de un barco de verdad[11].
Paseos con el abuelo, caricias soñadas de la madre, cercana presencia del tío, al cerrar la noche sonaban invariablemente los pasos de Basilio (cochero, mozo de cuadra y encargado de la portería) que subía por la llave del arcón de la cebada. Este Basilio ejercía sobre el niño una fuerte atracción: siempre se obstinaba en acompañarle y era preciso ceder a su capricho. «Juntos —recordará Azaña— medíamos el pienso, juntos íbamos hasta la cuadra; pero yo permanecía arrimado al quicio de la puerta sin atreverme a entrar, absorto en la contemplación de “Mariscal”, que soplaba satisfecho ante la proximidad de la pitanza». Después, Basilio había de sacarle de allí en brazos. Impresionaba a Manolito la bocaza de aquel hombre, su pelo crespo y blanco, sus ojos, que le miraban «con ternura, con extraña ternura producto de su afecto de servidor antiguo y de la irritación y lagrimeo causados por el vino». Como recordará también a otro criado, de apodo Cacharro, primer republicano que encontró en su vida, que le llevaba al colegio diciéndole que algún día no muy lejano oiría repicar las campanas de la ciudad anunciando la llegada de La Niña, una expectativa que poco servía para consolarle: el primer día en el colegio de párvulos no pudieron sacarle de bajo el pupitre de su hermano[12].
En este ambiente nada triste, salvo por los terrores de la luz artificial que se colaba por debajo de la puerta de su alcoba y por alguna enfermedad de la que se negó a curar, transcurrían los días de la infancia de Manuel Azaña, segundo de los cuatro hijos que miran a la cámara en las raras fotografías conservadas del grupo familiar: Esteban y Josefina, los padres; Gregorio, Manuel, Josefa, Carlos, los cuatro hermanos, y detrás del grupo, de pie, como velando sobre todos ellos, Félix, el tío. A diferencia de su hermano mayor, nacido en 1875, que entró a cursar sus estudios de bachillerato en los escolapios, Manuel fue al Colegio Complutense de San Justo y Pastor, que Eduvigis Megía había fundado en 1850 y que dirigía varias décadas después Miguel María Alonso[13]. Allí se impartían clases de párvulos y de primera y segunda enseñanzas y hasta cursos preparatorios de algunas carreras. Situado cerca de su casa, en la calle de los Escritorios, número 6, era un colegio que pasaba por bueno y que Manuel recordará treinta años después como «un caserón prócer, muros desplomados, sobre el dintel armas en berroqueña, suelo de guijas en el zaguán, oscuras salas cuadrilongas, húmedas, a los haces del patio ensombrecido por la pompa rumorosa de laureles y cinamomos»[14].
En el Colegio Complutense comenzó sus estudios de bachillerato en el curso 1888-1889, con exámenes en el Instituto Cardenal Cisneros, de Madrid, al que estaba adscrito su colegio, aunque en la primera asignatura de su expediente, Geografía, y un año después, en Historia de España, se presentó por la modalidad de enseñanza doméstica: desde muy niño, Manuel, de gustos tranquilos, propenso a aislarse, afectuoso, se acostumbró a estudiar solo y a preparar sus exámenes en la alcoba de su casa. De sus años en el colegio recordará sobre todo a don Miguel, su director y a Luis Menes y a otros profesores mencionados en unos apuntes por sus apellidos: Corcoles, Flores, Cifuentes y doña Patricia. Oyó las espumantes explicaciones de Psicología que impartía don Miguel, curioseó en un armario que por todo tesoro conservaba unas piedras, sucinta diputación del reino mineral, y en una alacena en la que descansaban retortas con telarañas, probetas y tubos de ensayo en sus espeteras, desportillados, y cantidad de tarros con sustancias desusadas y temibles, que era toda la dotación del laboratorio de Física y Química. Borrascas de lapos y cachetines imbuían en los torpes la sintaxis del latín; un médico enseñaba Física y la Aritmética y la Geometría corrían a cargo de un capitán retirado. Las lecciones iban por tandas y los estudios en común y a voces. Corcoles apareció un día con un clavel para enseñar a los niños en sus clases de Botánica, mientras en las de Química orgánica y Trigonometría lo que dominaba era el aprendizaje memorístico. En resumen, aridez y turbulenta grosería en el colegio[15].
Fue alumno algo más que aplicado: excepto un aprobado en Historia Universal en los exámenes extraordinarios del curso 1891-1892 y un notable en Agricultura en junio del curso siguiente, en todas las demás asignaturas, fueran de letras o de ciencias, de las que entonces constituían los cinco años de bachillerato recibió la calificación de sobresaliente; así en los dos años de Latín y Castellano y de Francés, pero también en Geografía, Geometría y Trigonometría y en Aritmética y Álgebra, que se estudiaban en tercer y cuarto curso. Sobresaliente fue también la calificación que consiguió en las cinco asignaturas de quinto, cursadas en 1892-1893: Agricultura, Física y Química, Historia Natural y Psicología, Lógica y Ética. Sólo en una asignatura, Retórica y Poética, obtuvo, en el curso 1890-1891, mención honorífica, concedida por el autor de un famoso texto, Narciso Campillo, catedrático del Cisneros, que dejaba helados de espanto a los alumnos de los colegios de segunda enseñanza cuando iban a examinarse al Instituto y a quien los escolapios amansaban a base de comidas pantagruélicas, recordará Azaña. Quizá Narciso Campillo vio en aquel adolescente un retórico en ciernes, lo mismo que las monjas, sus vecinas, que le invitaban cuando era niño a hablar subido a una silla. Memoria y retórica, dos cualidades casi innatas, de las que el maduro Azaña hará abundante uso[16].
Recordaba también Manuel la mala educación de los chicos y el abandono y descuido de la práctica religiosa, a diferencia de lo que ocurría con algunos compañeros de juego matriculados en los escolapios y que, en compensación, recibían azotes con vara, mientras que en su colegio el que más sólo atrapaba media docena de correazos. Creía recordar que un par de veces al año les llevaban al confesor y que por aquellos tiempos el padre Lecanda, célebre predicador de la orden de los filipenses —como aquel padre Laso de encendido verbo absolutista—, le decía: ¡Hola, Manolito!, le saludaba con palabras corteses, le daba algunos pellizcos o tironcitos de orejas y le imponía por toda penitencia el rezo de una salve. Se llevaba Manolito, cuando se acercaba a este fraile, la impresión de haber platicado con un señor misterioso y poderoso que no le había hecho mal y que hasta le había trasmitido cierta tranquilidad, aunque no por eso tomó el niño mucha afición al camino del confesionario. Un día le preguntaron en casa si iba a comulgar. Bueno, les dijo, y comulgó, con gran asombro de su abuela, muy católica, que llegó a temer que la criatura hubiera cometido un sacrilegio, aunque el niño no dio demasiada importancia al hecho de comulgar sin haber confesado. Más le impresionaban los sermones terroríficos que amenazaban a los pecadores con el infierno, una modalidad permanente de la predicación frailuna, incluso cuando aquellos liberales contra los que dirigir las iras divinas habían desaparecido de la escena, convertidos en fervorosos cumplidores de los mandamientos de la Santa Madre Iglesia.
El mismo año en que terminaba su primer curso de bachillerato sucedió la catástrofe. Andaban las gentes de su casa azoradas, de puntillas, mirándose con expresión de tristeza: la madre estaba en cama cuando Manolito vio entrar un hombre implacable, que gustaba de atormentarle introduciendo en su boca y paseándole por la garganta una esponjita atada al extremo de una ballena de corsé mojada en cierto líquido aborrecible, tal vez para aliviarle los dolores de una irregular dentadura que le haría sufrir durante el resto de sus días. Pero en aquella ocasión el hombre implacable no había venido a por él. La criada había entrado en su alcoba a despertarle en medio del sueño para llevarlo a la habitación de su madre y allí estaba él, su verdugo, con otro señor vestido de negro. «Acercáronme a la cama y caí en brazos de mi madre que fue como caer en un lago de aflicción, de amarguísima pena. Yo lloraba también, el pensamiento extraviado, muerto de miedo, sin darme clara cuenta de lo que ocurría...»[17]. Era el 24 de julio de 1889, y aquella joven mujer, que había tenido cinco hijos de los que cuatro le sobrevivían, perdida la vista, se moría. Manuel tenía sólo nueve años, lo llevaron a casa de los abuelos, en la cercana calle Nueva, y cuando volvió a la suya no le sirvió de consuelo que las gentes que le rodeaban le dijeran que no llorase, que mamá estaba en el cielo.
Sólo dos meses después murió el abuelo Gregorio, que le había contado las historias de los carlistas y le llevaba de paseo hasta la venta abandonada. Un primer ataque le había reducido, malhumorado, a moverse en un cochecillo. Nadie le había querido decir que Josefina, su nuera, había muerto, hasta que finalmente un segundo ataque le causó también a él la muerte, mientras su mujer le acariciaba la mano. Para mayor desgracia, el día en que Manuel cumplía los diez años de edad, el 10 de enero de 1890, la criada Gabriela entró de nuevo en su alcoba y lo despertó con abrazos y besos, mientras le decía: «Pobrecito, pobrecito, ya te has quedado sin padre». Quedarse sin padre: un suceso que engrandecía al niño: «por vez primera me creí importante: todos se fijaban en mí», recordará más tarde, cuando regrese a la casa paterna. Pero este aparente despego hacia don Esteban, el alcalde que presidió por última vez un pleno municipal el 6 de diciembre de 1889, pocas semanas antes de morir, no es todo lo que Manuel recordaba de su padre mientras esbozaba en la novela de su vida la figura de un personaje, de nombre Delfín, padre del narrador, que sintiéndose enfermo, lloraba desconsoladamente: «Mis hijos: pienso en mis hijos. ¡Cómo los dejo!» [18].
¿Fue por esta angustia por lo que su padre decidió contraer matrimonio en sus últimos días con María Jesús Vicario Sierra, con quien alguna relación habría mantenido en vida de su mujer, o fue, como Manuel Azaña contó a quien sería íntimo y muy querido amigo, Cipriano de Rivas Cherif, su abuela quien le casó con una señorita, ya nada joven y con quien nada había tenido que ver? Corrieron rumores en los dos sentidos, pero sea lo que fuere de la relación entre Esteban y María Jesús, Manuel Azaña dejó escrito en sus apuntes para unas memorias: «Cómo quedamos. Con un pleito», sin más comentario, refiriéndose al pleito que su tío inició para declarar nulo aquel matrimonio. Lo consiguió después de nueve años de pleitear, aunque a cambio los tres hermanos, Gregorio, Manuel y Josefa, representados por su tutor Silverio García Parra, autorizado por el Consejo de familia, constituyeron una hipoteca sobre la finca llamada «Los Barrancos», por todo su valor, para compensar con una especie de renta vitalicia a María Jesús Vicario por la renuncia que hizo a su cuota viudal. Los hermanos Azaña, después de que este segundo matrimonio fuera declarado nulo por sentencia firme, aunque celebrado de buena fe, contrajeron la obligación mancomunada de abonarle «la cantidad de mil quinientas pesetas anuales, pagaderas en el domicilio de la misma por mensualidades vencidas de ciento veinticinco pesetas cada una, cuya pensión empezará a devengarse desde el diez y nueve de mayo de mil ochocientos noventa y ocho»[19].
Ocho años de pleito, pues, que se resolvió mientras el joven Azaña, en Zaragoza, terminaba sus exámenes de cuarto curso de Derecho. Tan aficionado como era a reconstruir, noveladas, las experiencias de su vida, en ningún papel de los muchos que quedaron inéditos dejó nunca escrito el nombre de la que fue por breves días segunda esposa de su padre y por unos años legalmente su madrastra. Para él, fue como si nunca hubiera existido. En la ficción, Delfín, trasunto de su padre, cuando espera la llegada de la muerte no contrae ningún matrimonio. Al lado del enfermo, además de su hijo, no aparece más que su gran amigo, el duque, que le consuela diciéndole: «Oh, Delfín, mientras mi casa se tenga en pie, a estos chicos no ha de faltarles nada». Y Delfín atrae hacia sí a su hijo besándole muchas veces con fuertes besos, regándole los caballos con sus lágrimas... «Murió aquel mismo año, por la Navidad. Era yo demasiado chico para tomar mucha parte en este acontecimiento, pero ahora, en la madurez, el cultivo de los sentimientos nobles me permite sublimar la figura del que se fue. Deploro su perdurable ausencia».
Como deplorará la muerte, dos años después, de su hermano pequeño, Carlos, alumno como él del Colegio Complutense y matriculado también en el curso 1892-1893 en el Instituto Cardenal Cisneros, en las asignaturas de primero de bachillerato a las que nunca pudo presentarse: «no se examinó», consta en las dos inscripciones de matrícula, en Latín y Castellano I y en Geografía. A Manuel le impresionó el frío de su frente y se echó a llorar. Para entonces, los niños se habían ido a vivir a la casa de su abuela, doña Concepción. Casa lúgubre, llena de luto y lágrimas; casa vacía y sola, enorme, que ofrecía sin embargo a los pequeños el aliciente de la exploración: juguetes, papeles, armas. En ella, mientras exploraba, se entretuvo «en profanar, jugando con él, un morrión de miliciano que tenía un plumero majestuoso y le acompañaba en la panoplia una charretera de plata. El que había portado y lucido aquellos ornamentos cívico-militares me había enseñado en mi niñez los fastos bilbaínos». Y una de las primeras cosas que recordaba de su niñez, dirá Manuel Azaña en un momento de rara expansión ante los socios de la sociedad El Sitio, de Bilbao, en 1933, es «un gran retrato del general Espartero, que tuvo la gloria, no sé si merecida, de representar durante algunos años la causa liberal de España». Y luego, como reconstruyendo para su biografía la significación política que entonces representaba, contó Azaña a los bilbaínos, que le escuchaban algo sorprendidos por aquel tipo de efusiones: «Y de aquella emoción de combates por la libertad y estruendo de batallas, de sangre vertida, que yo aprendí en mi niñez de quien cultivaba el prestigio y la gloria de la libertad como una religión propia... de eso recibí yo la primera simiente liberal que cayó en mi alma. El portador y dueño de aquellos trofeos militares era mi abuelo, y con ellos tengo yo recibido, de los profundos senos del siglo pasado, cuando toda España ardía en contiendas por la libertad, tengo yo recibido ese prestigio épico, indescriptible, imborrable, en el alma del niño, que me ha adherido desde pequeño a los fastos liberales de la patria española»[20].
En casa de la abuela viuda amplió Manuel su afición por las lecturas, rebuscando en el gran armario que guardaba la biblioteca de su abuelo Gregorio, hombre aficionado a los libros: el Quijote y una Historia de la revolución francesa, en primer término; después, una Historia de Espartero, el Viaje de Anacarsi y una colección completa de El Faro Nacional, como correspondía al progresismo del abuelo. Y luego, revueltos en extraña mezcolanza, las Geórgicas, las Cartas persas, las obras de Buffon, la traducción del Emilio por José Marchena, Ivanhoe, el Juicio imparcial sobre el monitorio de Roma, del conde de Floridablanca, y una Vida del ilustre señor Valero. Y seguramente también fue entonces —recordará Azaña— cuando en la gran sala blanca con puertas y balcones pintados de azul, amueblada con una ancha mesa con tabla de nogal y un sillón frailero, comenzó a devorar «con manifiesto estrago de mi paz interior» cuantos libros de imaginación encontró en aquel gran armario: Walter Scott, Alejandro Dumas, Eugenio Sue, Chateaubriand, algo de Victor Hugo, que junto a las novelas de Julio Verne, Mayne Reid, Cooper, «devoradas en la melancólica soledad de una casona de pueblo ensombrecida por tantas muertes, despertaron en mí una sed de aventuras furiosa». Añadió enseguida a esas lecturas las de otros libros que recordaba como más razonables: todos los clásicos castellanos. Su abuelo y su padre, «que fueron hombres letrados, habían dejado una gran biblioteca y yo la devoraba. Me pasaba horas y horas ¡días enteros! leyendo». Siempre, cada vez que evoque su infancia, la misma metáfora: Manuel Azaña se recuerda en los días de su niñez y adolescencia, sobre todo, como un devorador de libros[21].
Sobre todo, pero no sólo. De la casa de la abuela, en la calle Nueva, situada a espaldas de la calle de la Imagen, el niño se asomaba a la plazuela de San Bernardo, que su padre había ordenado adecentar, «plantándola de acacias, adelfas y cedros, cavando un estanque, cuyas aguas oscuras rebosan y sirven de albergue a bulliciosas ranas»; una plaza sepulcral —recordará en otra ocasión— «pegada a los muros de San Bernardo, cedros y tilos entre acacias y un estanque a ras del suelo ceñido de laureles rosa». En ese recoleto espacio transcurrieron los ratos de ocio de su niñez, jugando con los amigos, dando patadas, hasta destrozarlo, al morrión del abuelo, soñando con raptar a alguna niña o disputando el honor de recibir las confidencias de las chicuelas cuando jugaban a «monjas y confesores»[22]. Era el lugar de expansión natural de los niños de la vecindad, en el que se reduplicaba la abrumadora presencia de conventos que dominaba y aún domina la trama urbana de la vieja villa. Al salir a la calle, camino de la plaza, ya se topaba Manuel con la iglesia del convento de las Carmelitas Descalzas, pegada pared con pared a su propia casa y, haciendo esquina con la de Escritorios, pasaba por delante de la iglesia y del convento de la Madre de Dios, y ya en la plazoleta, jugaba a la sombra de la considerable mole del convento y la iglesia de las Bernardas: todo en poco más de cien metros a la redonda. No hay afectación alguna al revivir su infancia en la vecindad de monjas, que rezaban y cantaban. Rezos y cantos que nunca en su vida olvidará.
Todo esto lo recordará Manuel Azaña años después, hacia 1904, cuando regrese a «la casa de sus mayores por cumplir el deber de prosternarse ante los graves y melancólicos espectros que vagan la mansión abandonada»[23]. De momento, desde julio de 1889 y, sobre todo, desde enero de 1890 la casa de la calle de la Imagen, número 3, será la casa triste, ensombrecida por la presencia de la muerte. La abuela, única superviviente, tomó la iniciativa, quizá como parte del pleito emprendido para declarar nulo el matrimonio de su hijo difunto, de solicitar el 16 de abril de 1894 del juez municipal encargado del registro civil de Alcalá de Henares la corrección de un error cometido por Federico García Carballo en el momento de inscribir en el registro el nacimiento de Manuel, al «decir que su segundo apellido era Díaz Gallo, en vez de decir solamente Díaz». El fiscal municipal encontró plenamente justificado que los apellidos de aquel recién nacido eran, como reclamaba su abuela, Azaña y Díaz, y así quedó corregido al margen, estableciendo el juez de una vez por todas, para que en adelante no cupieran dudas, que ese niño, ya un jovencito de catorce años, se llamaba Manuel Azaña Díaz y era «hijo de Don Esteban Azaña Catarineu y de Doña Josefina Díaz Muguruza»[24].
Orfandad prematura y soledad: con estos dos recuerdos cierra Manuel Azaña el primer Alcalá de su vida, la fuente de su primera sensibilidad, impregnada de cierta tristeza su mirada. Sin nadie que le facilite la expansión emocional, Manuel tenderá luego a atribuir su indecisión y su timidez a aquellos años de su infancia alcalaína en la que vivió, huérfano, la experiencia de la soledad. Muchas horas curioseando por la casa de los padres y de los abuelos, perdiéndose en desvanes y cámaras, en los locales abandonados de las fábricas, en la galería alta, donde dejaba pasar las horas; o en los despachos con biblioteca, curioseando en libros o devorándolos. Un afán insaciable de leer, sentado, detrás de la ventana, alzando de vez en cuando los ojos hacia la plazuela de las acacias y los tilos. Y de fondo, los cantos y los rezos de las monjas que llenaban todos los rincones de la casa y de la plaza y de la vida de aquel niño que quedó al cuidado de su abuela cuando cumplía los diez años de edad, huérfano de madre y padre.
2. DEJAR DE SER CATÓLICO, CON FRAILES
Y EN EL ESCORIAL
Hasta que un día, quizá poco después —o tal vez unos meses antes— de culminar sus estudios de bachillerato con la modesta calificación de aprobado, tanto en la sección de letras como en la de ciencias, en los exámenes celebrados los días 10 y 11 de enero de 1894 en el Instituto del Cardenal Cisneros, su abuela doña Concepción, la única que así podía hablarle, le dijo: «Tú vas a ir con los frailucos, nieto»[25]. Fue más grande la sorpresa que el disgusto, recuerda Azaña, que asegura no haber visto frailes hasta aquel momento, aunque poco antes de emprender su primer viaje a El Escorial, a vivir interno con los agustinos, había pasado por la más intensa experiencia religiosa de su vida, inducida, si no por un fraile, por dos jesuitas, dos «misioneros», en todo caso, que se presentaron en el colegio para exhortar a todos los alumnos a que asistieran aquella tarde a la misión. Era la misión, o las misiones, una estrategia pastoral muy en boga a finales del siglo XIX —y hasta bien entrados los años sesenta del siglo XX— que consistía en invadir una determinada localidad con un plantel escogido de predicadores especializados en organizar oficios religiosos «para obtener el máximo efecto psicológico en actos y escenas que “asestaban fuertes golpes contra el pecador rebelde”», recordándole los tormentos que le esperaban en el infierno si no se arrepentía y confesaba sus pecados. Cuando una ciudad o un pueblo, pues no quedaba rincón alguno sin sufrir la experiencia, era declarado en misión, no había manera de eludir el golpe, especialmente si se era niño o adolescente, alumno de primera o de segunda enseñanza. Hasta las aulas llegaban los religiosos con su panoplia de argumentos para convencer a los escolares de la culpa que contraerían ante el Altísimo si no asistían a la predicación: la misión era, en efecto, «el instrumento evangelizador más agresivo que empleaba la Iglesia»[26].
Los jesuitas que recuerda Manuel Azaña prepararon el escenario a conciencia, aprovechando al máximo las facilidades que ofrecía Alcalá de Henares. A la hora de la cita estaba la Magistral tenebrosa; en las esquinas del sarcófago del gran cardenal, guarnecido de paños de luto, cuatro luces cadavéricas llameaban en lo alto de unos mástiles vestidos también de paños plegados, negros. El jesuita que les había exhortado por la mañana comenzó a hablar del infierno entre aquellas tinieblas y descargó tajos de retórica furibunda contra uno que desde la oscuridad había gritado: «¡Eso es mentira!». De pronto, continúa Azaña, novelando sus recuerdos, sentí que todo eso iba conmigo, que el horror venía sobre mí. Cuando acabó la confesión de todos sus pecados, momento y trance culminante de las misiones, era ya muy tarde, la iglesia estaba desierta, y ante semejante decorado no pudo evitar que lágrimas abundantes anegaran sus ojos. ¿Detalles de esta confesión?, apunta en sus notas para unas memorias. «Más que los hechos debió de consistir en la revelación de un espíritu nuevo que inició una época de religiosidad, que se reafirmó con otras confesiones»[27]. En semejante estado de ánimo le sorprendieron, con trece años o quizá catorce recién cumplidos, los preparativos para su internado en El Escorial[28].
«Ay, si el abuelo Gregorio levantara la cabeza», escuchó de boca de algún familiar o de algún criado de la casa, antes de emprender el viaje. Pero ni el abuelo Gregorio, ni el padre Esteban, ni la madre Josefina estaban allí para disponer otra cosa, que el joven iniciara sus estudios de Derecho en la Universidad Central, por ejemplo, como había ocurrido con su hermano Gregorio. Lo que él recordaba de la despedida no fue el abrazo de ningún familiar sino que emprendió el viaje «llevando por viático ósculos de monja»: la provecta superiora del convento de carmelitas descalzas, de faz pachucha y una calidad de carne indecente, le había dado un beso, extraordinaria circunstancia para un joven de trece o catorce años que había recién pasado por la experiencia del carácter terrible de lo sagrado: horror de la culpa en las tinieblas, repugnancia de la carne indecente. Amaneció en El Escorial con la impresión de haber llegado a un país de insólitas dimensiones.
Allí, los frailes agustinos acababan de inaugurar el Real Colegio de Estudios Superiores María Cristina, nombre un tanto rimbombante para una muestra más del creciente poder que las órdenes y congregaciones religiosas venían conquistando sobre la educación de los jóvenes de la clase media y burguesa desde el Concordato firmado por el gobierno moderado de Bravo Murillo y por la Santa Sede en 1851, confirmado y multiplicado por el acuerdo entre el partido de Antonio Cánovas y la Iglesia española tras la restauración monárquica de 1875 y la Constitución de 1876. Interpretando de manera harto arbitraria las limitaciones a la fundación de órdenes y congregaciones religiosas establecidas en el Concordato, y ante la pasividad de los gobiernos conservadores y liberales, una pléyade de nuevas órdenes religiosas, muchas de origen francés, habían abierto casas y colegios por toda España en su intento de recuperar poder e influencia sobre las clases propietarias y sus hijos y de reconstruir la identidad católica de la nación española por medio de una hegemonía bien establecida en el sistema de educación secundaria: Escolapios, Hermanos de las Escuelas Cristianas, Hermanos Maristas, Religiosas de la Compañía de María, Ursulinas, Religiosas del Sagrado Corazón... La lista de órdenes y congregaciones religiosas que edificaron en veinte años, desde 1876 a 1898, para la Iglesia católica un poder sin parangón posible en la enseñanza secundaria es interminable.
En algunas de estas comunidades religiosas, y de escuelas que regentaban, la expansión fue verdaderamente espectacular: los Hermanos de las Escuelas Cristianas contaban en 1878 con una comunidad de 13 miembros y 286 alumnos; en 1900 disponían de 45 escuelas con 346 hermanos para 10.648 alumnos, y treinta años después habían dado el gran salto a 149 escuelas, 1.484 hermanos y 32.000 alumnos. Entre las de mujeres, las Religiosas del Sagrado Corazón, que en 1876 sólo eran 142 en tres fundaciones con 900 alumnas, habían pasado a ser 668 en 17 conventos con más de 6.000 alumnas en 1930[29]. Reivindicando además el origen divino de su derecho a enseñar toda clase de ciencias con independencia absoluta de cualquier autoridad civil, y de vigilar la ortodoxia de las enseñanzas impartidas desde los colegios y universidades del Estado, ningún obstáculo encontraron estas órdenes y congregaciones religiosas para abrir también centros de enseñanza superior pomposamente llamados universidades, aunque no lo fueran porque carecían, como fue el caso de la Orden de San Agustín en El Escorial, de la facultad de expedir títulos de licenciatura, una carencia que intentaron remediar bautizando su institución con el nombre sonoro de Real Colegio de Estudios Superiores.
El joven Manuel, que había cursado el bachillerato en uno de los escasos colegios no regentados por religiosos, comenzó sus estudios superiores en el internado de los agustinos por el curso preparatorio, que constaba de tres asignaturas comunes a las facultades de Filosofía y Derecho: Metafísica, Literatura General y Española, e Historia Crítica de España. De la primera se ocupaba Francisco Valdés, prefecto de estudios a la sazón, consagrado obispo de Jaca unos años después, en 1900, y trasladado en 1906 a la sede de Salamanca, ceremonia que Manuel Azaña no se quiso perder, tal vez por la estima que guardaba hacia aquel fraile ascendido a obispo. Las dos asignaturas restantes del preparatorio corrían a cargo de Francisco Blanco García, autor de una voluminosa historia de la literatura española del siglo XIX, en la que, entre otras perlas de similar calibre, se calificaba a La Regenta, de Leopoldo Alas, como «monstruoso feto, verdadera pelota de escarabajo, amasada sin arte alguno con el cieno de inverosímiles concupiscencias», y al autor de La espuma, Armando Palacio Valdés, se le trata como «un sectario impenitente, rabioso y pérfido». El fraile, aficionado al lenguaje tremendista y faltón, percibió enseguida la afición de su joven alumno a la lectura y quiso encauzar sus gustos dándole a leer a Pereda, a quien juzgaba «príncipe de los novelistas españoles contemporáneos», y, más adelante, en un alarde de confianza, Pepita Jiménez, de Juan Valera, que sin embargo le aburrió[30]. No se lo pasó mal el joven Manuel con este fraile ultramontano, «uno de los brotes más lozanos que ha dado en nuestra época el añoso tronco agustino», como lo dibujará años después, al evocar el jardín de los frailes: en las dos asignaturas a su cargo, obtuvo en los exámenes que rindieron al final de curso en la Universidad de Valladolid sendos sobresalientes, contentándose con un notable en Metafísica. Y es que desde sus primeros lances universitarios, el joven Manuel parecía más aficionado a la historia y a la literatura que a la filosofía, aunque no le disgustara divagar sobre Hegel o probar sus capacidades dialécticas en los debates públicos, organizados por los agustinos como ejercicios escolares, negando la mayor y dando al traste con todo el razonamiento de su adversario en estos juegos didácticos que los frailes más al corriente de las novedades pedagógicas habían importado de Inglaterra.
Pasó, pues, sin problema este curso preparatorio como pasará todos los demás, aunque en primero de Derecho las calificaciones, sin dejar ninguna asignatura para septiembre, fueron menos brillantes, quizá porque en la Universidad de Zaragoza, donde comenzaron a rendir sus exámenes desde ese curso como alumnos libres los estudiantes del Real Colegio, eran algo más severos en las puntuaciones, quizá porque su afición al estudio de las leyes era sensiblemente inferior al de la literatura y la historia. En Elementos de Derecho Natural, impartida por el mismo Valdés, no obtuvo más que un bueno; mejor parado, con notable, salió de Instituciones de Derecho Romano, que enseñaba Jerónimo Montes, otro fraile que volverá a aparecer en momentos posteriores de su vida. En fin, de notable fue también la calificación recibida en Economía Política y Estadística, a cargo de José de las Cuevas. En 1895-1896, segundo curso de Derecho y tercero que pasaba como interno en El Escorial, volvió a ser alumno aventajado, con sendos sobresalientes en Historia del Derecho Español y en Derecho Canónico, a cargo de Rafael Fernández y Anselmo Moreno, respectivamente; y un notable en Hacienda Pública, en la que encontró de nuevo a José de las Cuevas, que debía de ser, entre los frailes, el especialista en cuestiones económicas[31].
Manuel volvió por cuarta vez a El Escorial, en octubre de 1896, con ánimo de prepararse para los exámenes de tercero de Derecho. Tenía ya dieciséis años y aunque con los divinos oficios de la Semana Santa, especialmente el oficio de Tinieblas del Miércoles Santo y la bendición del cirio pascual del Sábado, los cantos en coro de los frailes y la contemplación del paisaje bajo las estrellas desde la ventana de su celda que daba a la calle de los Alamillos, su alma adolescente subía de vez en cuando al cielo, las prácticas religiosas, especialmente la confesión, dejaron de suscitarle aquella emoción sentida tres años antes en la desierta, y sólo iluminada por la vacilante luz de los cirios, iglesia de Alcalá. En todo caso, la ruptura con los frailes y, más allá de ellos, con la práctica religiosa parece haberle sobrevenido durante este curso, cerca ya de las vacaciones de Pascua. No era más que cuestión de tiempo: el delirio religioso que le había captado en su remolino durante aquellas misiones en Alcalá, que le había golpeado y machacado al tomarlo sin defensa, fue disolviéndose con el trato de los frailes agustinos, que le volvieron a la razón por sus pasos contados. Cuando la borrasca sentimental llegó a su declinación sólo quedó la decisión de acompasar los sentimientos a las creencias: del estilo terrorífico y opresor con que los frailes solían acongojar a las almas en estado de misión pasó a abrazar el estilo calmante, el modo sedante al que se aplicaba el padre Valdés. En ese modo, la religión le pareció hueca, vacía, y, para compensar, quiso explorar la contemplación mística, aunque por tal camino no adelantó ni un palmo ni se alzó del suelo una pulgada. Se fue el tiempo en que las funciones de iglesia le producían «pasmo y arrobamiento» y se sometió entonces —recordará luego—, «renca la voluntad», a una religión de observante, por prudencia humana. Nunca volvió a sentir el alzamiento explosivo de los afectos y siempre aborreció las amplificaciones sentimentales y las digresiones poéticas de los libros santificantes. Dicho con otras palabras: después de haber sentido la experiencia religiosa como un delirio o como una violenta efusión sensual entreverada de sentimentalismo exasperado, después de haber probado la terrible fascinación de la vivencia de culpa y reconciliación y de haber fracasado en su primer intento de unión estática con lo divino y, en fin, después de haber mantenido la observancia de la religión por un mero sentimiento de prudencia humana, no quedaba más alternativa que la práctica religiosa como costumbre o la inevitable escisión, el rompimiento[32].
Y ante esta alternativa, ni el canto de coro ni la contemplación de la sierra bajo el cielo estrellado le sirvieron de consuelo ni le señalaron el camino: «Religión y paisaje se me tornaron hostiles». Todo le empujaba a abandonar el Real Colegio: los últimos rescoldos de la religiosidad que le habían infundido los frailes se apagaron sin él sentirlo, sin luchas[33]. Nada le retenía entre los agustinos: capacidad le sobraba para preparar sin ningún problema los exámenes de las asignaturas en su casa, consultando las dudas con su hermano Gregorio o su tío Félix. No fue hostilidad, tampoco rencor, ni alguna especie de «rebeldía impietista», como algún fraile ha dictaminado, confundiendo los sentimientos de un joven de dieciséis años que un día dice que no quiere confesarse con los de un ateo militante: fue sencillamente que la religión, en todas las dimensiones en que la había vivido de niño y adolescente, dejó de tener sentido para él. En lugar de seguir embebido en las estrellas, el joven interno leyó desde su ventana de El Escorial en el horizonte —«neblinas de rosa, borrones de humo negro, chispazos del caserío»— las señales que emitía la ciudad de Madrid: «Allí era el comienzo de la vida», pensó. Se dispuso, pues, a la gran cabalgada. La ocasión pudo haber sido cualquiera, por ejemplo, la bronca de un fraile enrojecido, el inspector Isidoro Martín, que mandó confesar al grupo de amigos sorprendidos, algo bebidos o definitivamente borrachos, la noche en que un condiscípulo se moría, en la celda utilizada como redacción de El Colegial, periodiquillo escrito a mano y difundido entre los mismos colegiales. Anden a confesar, les dijo malhumorado el fraile. Y Manuel: no me confieso. —¿Qué te ocurre? —Que no me confieso. Se acabó: si una confesión general había suscitado en él un torbellino religioso, la negativa a pasar por otra confesión que se le antojó absurda arrambló con los restos de aquella experiencia. La proximidad de la Pascua le abrió la celda. Se despidió de los frailes, sabiendo unos y otros, sin decirlo nadie, que no volvería. El navío frailuno había zozobrado[34].
Podía haber ocurrido por cualquier otro motivo o en cualquier otra ocasión. A Bruno Budia, personaje de Fresdeval, la novela que dejará inacabada en 1931, el rompimiento le llegó en una circunstancia muy diferente, pero con idéntico resultado y quizá como culminación de idéntico proceso: «Un día ferial, en misa mayor, gran regalo de las potencias sensibles de Bruno, la negación, deslumbrante, se reveló en su alma. Recostado en un pilar, veía y escuchaba una misa de gloria». Para Bruno fue el final. ¿Qué quedó después, de El Escorial, del trato con sus frailes, de su experiencia religiosa, en Manuel Azaña? Ante todo, una intermitente comezón por rememorar aquellos años, comprobar qué clase de sentimientos despertaban en él los recuerdos de las vivencias acumuladas durante el tiempo de su internado cada vez que volvía por aquellos parajes, de excursión o de visita con amigos o familiares o cuando pretendía sacar de ellos una obra de creación literaria o, cuando, como en París, se recostará también en una columna para dejarse mecer por el canto de vísperas. Del comienzo de tristeza por el tiempo que allí perdió, evocado en su visita de 7 de marzo de 1915, a la perfecta comunión con aquel lugar, que siente en alguna de las visitas de la primavera de 1931, o al recuerdo en mayo de 1933 de aquellas noches de estudiante que se bebía las estrellas desde la ventana de su celda, sobrecogido por el paisaje; noches encendidas por el deseo, magnificadas por la emoción de la vida eterna, esos estados de ánimo guardarán una estrecha relación con lo que él es cada momento. En 1915 no ha definido todavía, y eso que ha cumplido ya 35 años, su vacilante vocación: visitar el lugar de su experiencia religiosa no puede producirle más que tristeza por el tiempo allí malgastado; en 1931 es ministro de la Guerra y ya ha dejado de obsesionarse por la irresoluble cuestión de si él sirve más para la política que para la literatura: perfecta comunión con el lugar.
En todo caso, desde 1915, algo tiene claro, que se refiere tanto a la enseñanza recibida como a los sentimientos vividos: en uno de sus paseos por El Escorial con García Herreros y Donoso Cortés, no pudo evitar un movimiento de repulsión al escuchar lo que un fraile veterano iba contando a unos novicios, pobres muchachos, acerca de Felipe II, de Herrera, de Antonio Pérez, de lo que dijo aquel rey en tal día y en tal sitio: eran las mismas cosas que les contaban a ellos veinte años atrás. Una idea de España, de su grandeza, de los Austria, de la monarquía católica. Ése fue el legado de El Escorial: una identificación del ser de España con el ser católico realizada en su máximo esplendor por la monarquía austriaca. Pero, por lo que se refiere a la ciencia del Derecho, «íbamos de los recovecos legistas a las abstracciones intencionadas. Aprender derecho era andar al estricote con fórmulas hueras». Y por lo que se refería a la ciencia sin más, de misacantanos, y la historia, proselitismo: hacer católicos fabricando nacionales. Por supuesto, se trata de una racionalización posterior, elaborada veinte años después de abandonar El Escorial, de la que derivará sustanciales consecuencias políticas integradas en una interpretación de la historia en directa contradicción con el proselitismo de los frailes cuando identificaban grandeza de la nación con monarquía austriaca y religión católica. Andando el tiempo, Azaña sacará de este doble trato con la ciencia de misacantanos y con la historia proselitista un firme propósito: impedir que los frailes enseñen ciencia y construir una visión de la historia de España liberada del doble fardo de la Iglesia y de la monarquía.
Si el recuerdo de la experiencia de El Escorial reforzará en su edad madura las convicciones fundamentales de las que extraerá sus propuestas políticas sobre la presencia de las órdenes religiosas en el campo de la enseñanza, no es menos cierto que el entero recorrido de la vivencia religiosa que experimentó en el trato con frailes dejó en su mundo de valores un invariable respeto por la vida y la práctica religiosa en el ámbito y los espacios que le son propios, la conciencia individual y la comunidad de creyentes. Manuel Azaña nunca fue enemigo de la religión; siempre mostró, más que una condescendiente comprensión, un respeto profundo por los creyentes, que no estaba únicamente relacionado con la estética de la liturgia —los cantos de coro, el ceremonial de la Semana Santa, las catedrales, lo bello y lo religioso confundidos en una misma emoción, como le ocurrirá a su personaje Bruno Budia—, sino con una especie de suspensión de juicio ante las manifestaciones de la fe, siempre que de la creencia religiosa no se derivaran implicaciones relativas al Estado o a la moral pública. El tiempo en que la Iglesia católica definía el ser de la nación, imponía su presencia como religión de Estado y pretendía que la sociedad se atuviera a sus mandatos morales pertenecía al pasado, por más que él, y tantos como él, lo sufrieran en el presente. La experiencia del internado, con la forzada unidad de la creencia religiosa, el conocimiento de la historia, el estudio del Derecho, o más ampliamente, de la ciencia, y la condición de ser español, fue el origen de su rechazo de la religión pública aunque mantuviera en su interior el respeto a la religión privada, a lo que en alguna ocasión denominará la «soledad pavorosa del cristiano delante de su Dios»; un pensamiento que recuerda al Max Weber de La ética protestante y el espíritu del capitalismo, aunque, en realidad, la experiencia religiosa católica procura evitar, por medio de su ritual y de su aparato institucional como religión de Estado, esa pavorosa soledad a los creyentes, bien abrigados en una Iglesia que más que una comunidad de creyentes, se organiza como un poder político y social. Hace muchos años, escribirá en 1921, «que por higiene corporal y mental me abstengo de aquellas frecuentaciones a la que mi lozana juventud debió las más violentas efusiones sensuales, entreveradas de sentimentalismo exasperado». Por si no quedara claro, añadía: «Aludo al pasmo y arrobamiento que de mozo me producían las funciones de iglesia». Para él, con la salida de El Escorial, había terminado el pasmo, había desaparecido el arrobamiento, pero no el respeto ni, por momentos, la ternura hacia quienes cultivaban esos sentimientos con la práctica religiosa. La iglesia atrae a Bruno —escribe también en el fragmento de Fresdeval— «porque mueve los resortes de su ternura»[35]. Él había estado dentro del templo, había recorrido todos sus rincones, había sentido fuertes emociones, sabía de qué tipo eran esas experiencias: no era cuestión de liquidarlas o perseguirlas; era cuestión únicamente de que cada cual se las apañara como pudiera con ellas y que no determinaran ni el ser ni la actuación del Estado.
Sea lo que fuere, el rompimiento con la observancia religiosa y la salida del Real Colegio no repercutieron negativamente en su rendimiento escolar, más bien lo contrario. Manuel volvió a Alcalá, a la misma casa en la que durante sus soledades veraniegas pasaba días enteros leyendo en una sala baja, a preparar sus exámenes. De Alcalá viajó de nuevo a Zaragoza para los exámenes que debía rendir durante el mes de mayo o junio en su Universidad y que pasó de nuevo sin ninguna dificultad. Mejor aún, con cierta brillantez, porque en esta ocasión la cosecha fue de tres sobresalientes, en Derecho Civil Español Común y Foral I, en Derecho Penal y en Derecho Internacional Público, y sólo un notable en Derecho Político y Administrativo II. Más relajado o distraído debió de sentirse en el curso siguiente, 1897-1898, primero en que no pisó El Escorial ni anduvo entre frailes, dedicado a preparar en su casa de Alcalá las cinco asignaturas que le faltaban para completar su carrera de Derecho y a probar sus habilidades periodísticas en la revistilla Brisas del Henares, que sacó a la calle con unos amigos entre los que ocupaban lugar preferente José María Vicario y Joaquín Creagh. En Brisas publicó, a partir del 2 de septiembre de 1897 hasta el 2 de marzo del año siguiente, un total de nueve artículos más la respuesta de una línea a la pregunta sobre los regalos que les habían traído los Reyes Magos dirigida a todos los redactores: un frasco de aceite de hígado de bacalao y la correa de un agustino fue lo que a él le trajeron. Se trata de crónicas de un muchacho de diecisiete años, en el que apunta ya un espíritu burlón y un gusto por ocuparse de las cosas que pasan a su alrededor que habrá de acompañarle toda su vida. Firma con el seudónimo Salvador Rodrigo y parece disfrutar, después de sus años de internado, de la libre disposición de su tiempo y de los juegos de risas y miradas propios de su edad: Manuel Azaña con José María Vicario, muy aficionado también a iniciativas periodísticas de ámbito local, convertidos en cronistas de bailes de sociedad y en críticos de la política municipal.
Al tiempo que se entretenía en estos menesteres periodísticos, preparaba las asignaturas correspondientes a su quinto curso de estudios universitarios, cuarto y último de Derecho: Derecho Civil Español Común y Foral, II, Derecho Mercantil de España y de las principales naciones de Europa y América, Procedimientos Judiciales, Práctica Forense y Redacción de Instrumentos Públicos y Derecho Internacional Privado. En mayo de 1898 volvió de nuevo a encontrarse con sus «ex compañeros de presidio»[36] en la Universidad de Zaragoza, para realizar los exámenes del último curso, en los que obtuvo un sobresaliente, un notable y tres bueno, en conjunto, las calificaciones más bajas de su desatentada carrera, pero suficientes para terminarla sin retraso. Dos meses después, el día 3 de julio, pasó su examen de grado de Licenciatura en Derecho, con calificación de sobresaliente, en la misma Universidad de Zaragoza, donde sería testigo de la exaltación patriótica por la victoria inminente y del llanto vertido luego por la derrota y muerte de España, sucesivos estados de espíritu colectivo que acompañaron durante aquellos meses a lo que andando el tiempo el mismo Azaña definirá como la guerra más desesperada emprendida jamás por pueblo alguno, pero que en el mismo momento de su ocurrencia no parece haberle afectado sobremanera: un frívolo comentario sobre el heroísmo de los de Cavite es el único rastro que deja en una carta a Vicario[37].
No mucho después, sin embargo, en un apunte sobre la catástrofe del 98 aborda la cuestión con tono y enjundia muy diferente. Azaña atribuyó el desastre a «la apatía embrutecedora que ha sido el carácter distintivo de los gabinetes de la regencia». Sencillamente, no se había hecho nada cuando aún era posible prevenir los acontecimientos. Las colonias, escribió, nos estorbaban; había que desprenderse de ellas. La cuestión consistía en hacerlo sacando el mayor provecho posible y el único a que se podía aspirar: mercados favorables, repúblicas amigas o aliadas, tratados de propiedad literaria e industrial y de arbitraje. Como nada de esto se hizo, las colonias se perdieron de tan mala manera que «sólo maldiciones merecen los causantes de aquella vergüenza». El único consuelo es que la experiencia vivida sirva de revulsivo para la nueva generación que se está formando, «que ha recibido en su corazón el sello candente de la desgracia en una edad en que las impresiones son muy profundas y que una vez recibidas no se borran ya». Espero en Dios —termina Azaña su juvenil apunte en el que asoman ya temas principales de sus posteriores reflexiones— que este recuerdo ha de inspirar a la nueva generación «aquella austeridad de costumbres y aquel respeto a la ley, primeras bases del verdadero patriotismo»[38].
3. MADRID, COMIENZO DE LA VIDA
De Alcalá y El Escorial, las dos fuentes de su primera sensibilidad, a Madrid: «Ya me tienes instalado en la coronada villa y de verdad te digo que siento no haber venido antes», escribía el joven Azaña a su amigo José María Vicario, en octubre de 1898, en el primero de sus luego frecuentes lamentos por haber llegado tarde a todo, a la literatura, a la política, al amor. En la capital había desembarcado, tras sus vacaciones en Alcalá, dispuesto a preparar el curso de doctorado en la Universidad Central mientras su tío Félix le introducía, como pasante, en el bufete de un célebre abogado, Luis Díaz Cobeña, «feo como un demonio, y con espesas cejas negras, que resaltaban entre una barbita corta y un pelo hirsuto muy blancos». Del tiempo pasado en el bufete recordará que iba por allí de tertulia y que Díaz Cobeña no prestaba ninguna atención a los pasantes, entre los que se contaba un joven andaluz, de blanquísimos dientes, pelo negro muy rizoso y un hablar de facilidad deslumbradora, Niceto Alcalá Zamora. También trabajaba en el bufete Pablo Garnica, que sería en noviembre de 1918 ministro de Abastecimientos con García Prieto, y más adelante, de diciembre de 1919 a mayo de 1920, titular del ministerio en el que Azaña prestaba sus servicios desde 1910, el de Gracia y Justicia, con Manuel Allendesalazar de presidente. Y si a Garnica lo encontrará más tarde en varias ocasiones, muchísimos más tratos habrá de tener con Alcalá Zamora, que también sería ministro con García Prieto, y por dos veces, primero de Fomento durante cuatro meses a contar desde noviembre de 1917 y luego de la Guerra, entre diciembre de 1922 a mayo de 1923. Niceto, dotado como Manuel, de una gran memoria, nunca podrá olvidar, aunque asegura que lo tenía olvidado, a un pasante que comenzó a concurrir por el despacho por el año 1900 y algo de 1901, «que hablaba muy poco, sonriendo de cuando en cuando tras sus cristales recios de miope, con una expresión que intentaba ser amable y no era grata [...] Era de Alcalá de Henares y se llamaba Manuel Azaña»[39].
De los cursos de doctorado, únicamente recordará años después, en el día del entierro del maestro, las clases impartidas por Francisco Giner de los Ríos, y no porque le enseñara algo sino porque ejerció sobre él «un influjo saludable y hondo», resultado de remover y cuartear los posos de la rutina mental en que le habían criado los frailes de El Escorial y de presenciar «el espectáculo de su razón en perpetuo ejército de análisis». Giner impartía sus lecciones tres veces a la semana (martes, jueves y sábado), de tres a cuatro y media de la tarde; dedicaba cada clase a un tema diferente y solía comenzar invitando a alguno de los alumnos a presentar un resumen del trabajo del día anterior. Maestro en el arte mayéutica, «nos acostumbraba a discurrir, y nos infundía confianza y amor a la tarea elegida, sin atosigarnos», recordará otro alumno suyo, Ramón Carande. No eran muchos los asistentes, entre diez y doce, y algunos se apuntaban durante varios años, como Constancio Bernaldo de Quirós, que se matriculó por vez primera en 1893, pero que continuó asistiendo durante seis años más[40]. Las «notas tomadas en clase», que el mismo Azaña recordaba en su diario el 19 de febrero de 1915, escritas en el curso académico 1898-1899, llenan —sin dejar márgenes, como era habitual en todos sus manuscritos— 69 hojas, numeradas, todas encabezadas con el título: «Giner. Esplicaciones». Los nombres de Savigny, Puchta, Wolff, Gierke, Stahl, Zeller, Thomasius o Bakunin, no siempre correctamente escritos, aparecen una y otra vez en esos apuntes y permiten medir hasta qué punto atendió Azaña las explicaciones del maestro, junto con otros compañeros de curso, Guillermo Pedregal, Augusto Barcia, Tomás Elorrieta, José Castillejo, que luego volverá a encontrar en otros ámbitos de aquel Madrid de principios de siglo, recién rebasado el medio millón de habitantes, en el que todo el mundo dedicado a las artes, a las humanidades y a las ciencias se encontraba con sólo salir a la calle[41].
Llegado a Madrid en octubre de 1898, alistado en el reemplazo de 1899 y declarado excedente de cupo, solicitó Azaña la matrícula de doctorado por la modalidad de enseñanza libre en las asignaturas de Literatura y Bibliografía Jurídicas, Historia de la Iglesia y Colecciones Canónicas, Legislación Comparada e Historia de los Tratados, haciendo constar en la solicitud, firmada el 16 de mayo de 1899, que residía en «esta Corte, calle del Desengaño, número 10, cuarto principal», a un tiro de piedra del caserón de San Bernardo, sede de la Universidad Central. Como era ya costumbre, pasó sin problema todas las asignaturas en la convocatoria de junio con tres sobresalientes y un aprobado, éste en Historia de la Iglesia. El curso siguiente, con fecha de 23 de febrero de 1900, solicitó la admisión a los ejercicios de grado; presentó su tesis, La responsabilidad de las multitudes, el 3 de abril y tres meses después, el 26 de junio, obtuvo el título de doctor en Derecho con calificación de sobresaliente concedida por un tribunal del que fue presidente Augusto Comas, y vocales Gumersindo de Azcárate, Alfonso Retortillo y M. de Ureña, que actuó de ponente por enfermedad de Rafael Conde y Luque[42].
La multitud, la masa, fue inquietud constante entre los intelectuales de fin de siglo, aterrados por su presencia, prueba palmaria de la degeneración de la raza, de la decadencia de la nación y de la abyección de los políticos que reclamaban su voto. Más aún, en sus primeros usos como sustantivo, la voz «intelectual» se empleaba como correlato positivo de la negatividad de la masa: si ésta es amorfa, ignorante, pasiva, ineducada y grosera, el intelectual es pura conciencia movida por los altos ideales de la justicia y la libertad, una visión que heredó la segunda generación de intelectuales, cuando definieron su tarea como la de educadores y guías de la masa. Es significativo que José Ortega, tres años más joven que Manuel Azaña, adornara el segundo artículo de su vida con unas observaciones sobre el fenómeno de la multitud, que «como turba, como foule, es impersonal por suma de abdicaciones, involuntaria, torpe como un animal primitivo»; la masa —escribió Ortega— «por ser impersonal no tiene la memoria de su propia identidad»[43]. Preocupado también el joven Azaña por la multitud o la muchedumbre, en lugar de una novela o de un ensayo más o menos filosófico, escribió este breve trabajo de investigación en el que, lejos de considerar a la masa bajo los estigmas de la inercia, la pasividad y la irresponsabilidad, como lo infame, lo cobarde y lo bajo, y de adornarla con los atributos femeninos, recursos muy corrientes entre la juventud literaria de fin de siglo, establecía que cuando actúa en multitud, el individuo es responsable de sus actos y reconocía que cuando las multitudes alzan la voz amenazando con perturbar el orden es para reclamar algo que casi siempre se les debe en justicia.
Pero si esta tesis tiene algún interés en la biografía intelectual de Azaña es sobre todo porque su planteamiento, el hilo de su reflexión y sus referencias bibliográficas muestran un pensamiento independiente del sentir común de la época, basado en un método del que no se apartará en adelante y que le distingue también del espíritu dominante: si, entre los mayores, Miguel de Unamuno presumía de hablar de cuestiones sociales y políticas sin haber investigado nada relacionado con la sociedad y el Estado, si en la literatura de fin de siglo la presencia de la masa, entendida como multitud actuante, se presenta con rasgos impresionistas, Azaña, más joven, más inseguro de su propia posición, no escribirá de política ni de sociedad, menos aún de historia, sin haberse documentado previamente y sin someter su discurso a la fuerza de la razón. Documentarse no significa, ya desde este primer ensayo, seguir a los autores de los que toma abundantes notas, menos aún limitarse a glosar la bibliogra
