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Caerse del caballo
Si esto es café, tráigame, por favor, un poco de té, y si es té, tráigame un café.
ABRAHAM LINCOLN
Yo siempre creí que los diplomáticos eran unos mamones.
Claramente mamones. De verdad. Mariposones atildados flotando de cóctel en cóctel. Gente afectada, bien planchada, que sólo bebía té, whisky de doce años —el Johnny Walker normal era una horterada—, ginebra de nombre extraño o un jerez amontillado muy raro, de una bodega diminuta pero fabulosa que embotellaba para ellos unas cajas especiales que hacían las delicias de las baronesas británicas y de otros forasteros de prosapia; personas que intercalaban displicentemente palabras en inglés o francés en el curso de cualquier conversación, aunque se tratase de cómo castraban a los cerdos en Asturias o cómo Di Stéfano remataba con el tacón; en una fingida complicidad contigo («très primitif» o «¡quite amazing!» proferían con espanto), mientras tú no tenías ni idea de lo que estaba marmullando y te apetecía decirle: «Has soltado cuatro o cinco palabras extranjeras en tres minutos y no sé si eres, o si es usted —en los cincuenta el “usted” aún existía— un fantasma o un mamón integral».
No lo decías, pero salías corriendo. Me pasó en Murcia cuando iba yo por tercero de Derecho. Alguien nos presentó a un diplomático relativamente joven que parecía un pincel y que portaba chaleco en el tórrido junio murciano. Iba total para el verano de la tierra del Segura. Dio una charla no sé dónde, ¿en el Casino de Trapería?, en la que dejó caer los inevitables galicismos —en aquella época el francés era el idioma de la «Carrera»—, pontificó que De Gaulle era un personaje insufrible pero que las francesas tenían mucho «charme» (encanto) y que Juliette Greco era «divina», aparentemente fría pero sensual, «muy francesa, en definitiva», subrayaba. Todo esto sazonado con pinceladas que intentaban mostrar su cercanía a los personajes que nombraba, y, en el caso de la Greco o de la novelista Françoise Sagan, que pienso también mencionó, incluso su intimidad.
Yo saqué la impresión de que a De Gaulle a lo sumo lo había visto en la tele, que empezaba a extenderse en Europa, o en una recepción el 14 de Julio en la que habría unas setecientas personas y en la que él quizá había estado a unos treinta metros del «insufrible». Y que en lo tocante a la cantante y a la novelista, había, a mucho tirar, entrado en la tienda en la que había leído que la Greco y la Sagan compraban sus sujetadores y pedido ver y tocar uno —entre los diplomáticos también hay fetichistas— para tener ensoñaciones voluptuosas y poder inspirarse para su charla en Murcia o Logroño. Su fijación podía estar precozmente justificada: recordemos que a principios de 2016 Givenchy manifestaba que su colección de ropa interior de la temporada se inspiraba en las religiones mundiales y H. Ackerman encontraba igual motivo en la falta de humanidad en el mundo (sic).
Fuera falso o remotamente cierto —no podemos descartar que también supiera dónde compraba su ropa interior Brigitte Bardot—, los diplomáticos estamos al tanto de los meandros políticos y económicos de los países en los que estamos acreditados y la Bardot, después de todo, era una fuente de divisas para el país vecino —y que nuestro hombre, para enriquecer su acervo cultural, hubiese realizado una estudiada y audaz incursión soñadora en esa «boutique» (¡ostras, ya he pecado yo con un galicismo!; cuarenta y cuatro años de carrera no pasan en balde) para contemplar de cerca aquellos sujetadores de la rubia bomba francesa que elevaban el pecho lo justo, ¡quién sabe!—; la cuestión es que yo colegí que el disertante era un fantasma y nunca me cruzó por la cabeza intentar entrar en su profesión.
Yo, por tradición familiar y por la obsesión de mi enérgica madre, que, cuando terminé el bachiller en los jesuitas, me quitó de un plumazo de la cabeza cualquier frívola veleidad de hacer periodismo, iba, no sabemos si con éxito final, para notario. Lo que había sido mi padre y adonde se encaminaba mi hermano Mariano. A éste le había impedido hacerse cura («primero termina Derecho, después hablamos, y ahí ya…»). En aquella época, una madre de carácter, viuda por más señas, era inapelable en sus decisiones. La relación de fuerzas paternofiliales ha cambiado.
Aproximándose el fin de recorrido universitario, mis intenciones no habían mudado. Mi remota percepción de los diplomáticos seguía inalterable. Cuando alguno de mi curso apuntó la posibilidad de preparar la oposición a esa profesión, alguien comentó convincentemente en el Club Universitario murciano que lo tendría crudo: no entraría, fundamentalmente por no ser hijo de papá; había que saber separar el dedo meñique con naturalidad de la taza en que sorbías pausadamente tu té inglés; te suspendían si pronunciabas los idiomas con acento de Murcia; en el examen oral, en el llamado tema libre, te podían pedir arteramente que expusieras las maldades y bondades del comunismo (esto en la época de Franco tenía forzosamente que tener trampa) o defendieras los pros y los contras de cambiar de parejas si en un guateque sofisticado algún progre proponía que lo llevarais a cabo esa noche tú y su mujer con él y la tuya; que tu mesa de comedor tenía que ser rectangular y medir un mínimo de 2,45 metros; que había que ir a muchos cócteles con zapatos impecables aunque te apretasen; que, cuando te casaras, el Generalísimo debía darte la autorización; que toda tu vida tendrías jefe, al que llamarías de usted…
El pobre debió de quedar anonadado. Personalmente, el tema me resbaló, yo estaba en otros rollos cavilando sobre un inminente examen de Civil, tema importante por ser una buena base para Notarías, y reafirmando mi convicción de que esa profesión era lo que siempre había pensado, una frivolidad. Los escollos suscitados me parecieron un disparate y consideré inicialmente raro que lo del cambio de parejas resultase dificultoso para un alevín de diplomático. Yo, surgiendo esa propuesta en un guateque, pensé que salvaría la situación pidiendo que tocasen una cosa lenta, siempre he sido un patoso en las piezas modernas; me caí del burro: no era nada de bailar, cuando alguien del grupo contó que lo había visto en una película francesa y que allí las parejas intercambiadas se comportaban, o fingían hacerlo, con naturalidad, al meterse en dormitorios diferentes. Deduje, entonces, que se trataba de un ejercicio propuesto por un depravado miembro del Tribunal o una trampa saducea ideada por un franquista para calibrar la moralidad del futuro defensor de nuestro acendrado catolicismo.
Me extrañó que no le mencionasen que había que saber mucho de relaciones internacionales. Era un tema que me picaba la curiosidad desde que a los diez años leía en la prensa, el Ideal de Granada o el ABC que recibía mi padre, las vicisitudes de la guerra de Corea en la que el falaz Mao Tse Tung ayudaba en su invasión al rojerío norcoreano frente a los buenos del Sur y al intrépido americano MacArthur al que el ABC y la prensa del Movimiento ponían por las nubes. Había cosas que con diez o doce años no entendía bien. ¿Por qué Estados Unidos parecía luchar solo contra los invasores coreanos si todas las Naciones Unidas estaban en contra de la invasión? ¿Por qué España estaba ausente de todo el asunto si se luchaba contra los rojos? Mi padre no estaba para contármelo porque acababa de fallecer y terminé por no darle excesivas vueltas dado que, en las mismas fechas, la prensa y la radio traían noticias que me excitaban más. España había acudido al Mundial de fútbol de Río y el ataque norcoreano había ocurrido, a fines de junio de 1950, entre los dos primeros partidos de España, contra Estados Unidos y contra Chile, si recuerdo bien. En todo caso, ganamos los dos y yo empezaba el periódico, superando mi curiosidad coreana, por la sección deportiva, claro.
El hecho, volviendo a lo de los diplomáticos, es que las cuestiones indicadas como posibles preguntas en un examen resultaban descabelladas para un aspirante plebeyo.
En aquellas fechas en que era obligatorio leer a Ortega para no quedar mal en la universidad, hacía un lustro que el pensador había regresado y —aunque mucha gente del régimen no lo perdonaba, había dejado de ser una bestia negra— leí una frase suya que resultaba condescendientemente lapidaria: «Estos hombres de la “Carrière” son el universal casi. Son casi elegantes, casi aristocráticos, casi funcionarios, casi inteligentes y casi donjuanes, pero el casi es el sinónimo de la ausencia». Una definición del diplomático que constituía una puya en todo lo alto a la profesión que yo abrazaría más tarde, pero a la que no concedí mayor importancia en ese momento.
EL CLICHÉ DEL CINE
El cine tampoco ayudaba a atraerte. Los relatos novelescos o las películas que ves en tu mocedad no sólo crean modas o tics (pienso que mi afición a la pajarita la despertó algún periodista en un film americano en blanco y negro) sino que despiertan vocaciones. La escena de la oscarizada Sucedió una noche en la que el premiado Clark Gable se despoja de la camisa y muestra que no lleva camiseta interior hizo que al año siguiente se vendieran muchos menos millones de esta prenda en Estados Unidos; Gable era el Rey, el deseado aunque orejudo protagonista de Lo que el viento se llevó, y varios films con un médico o sacerdote de protagonista (La mies es mucha, con Fernando Fernán Gómez y tantos otros) han creado vocaciones para esos dos menesteres.
Con los diplomáticos, nada de nada. Es difícil recordar un film de los cincuenta en que aparezca uno como héroe o como un personaje simpático o atractivo. Como apunta Amador Martínez Morcillo (Cine y diplomacia, Ocho y medio, 2013), el cine ha tratado mal a los diplomáticos y ha «dado una visión negativa de ellos, en la mayoría de los casos son tontos y los que escapan a esa valoración son personas dedicadas a malvadas y retorcidas maquinaciones».
En otras ocasiones en que había amplio motivo de lucimiento, los diplomáticos han sido ignorados o ninguneados. Cita M. Morcillo Cincuenta y cinco días en Pekín, una peli rodada en España cuando nuestro país era un adecuado decorado natural en el que el productor Bronston (La caída del Imperio romano —el mayor plató de la historia hasta los noventa—, El Cid) y otros colegas suyos se aprovechaban de nuestro sol, nuestros competentes técnicos y la rentabilidad de nuestros extras (Espartaco, Doctor Zhivago, Lawrence de Arabia, El bueno, el feo y el malo, etc., y unas 650 cintas hechas sólo en Almería). En los Cincuenta y cinco días…, con Charlton Heston y una bellísima Ava Gardner, se narra un episodio de la guerra de los bóxers en la que los revolucionarios chinos de principios del XX cercaron a varias legaciones occidentales. Resulta que el decano del Cuerpo Diplomático era el embajador de España, el ministro plenipotenciario don Bernardo de Cólogan y Cólogan. Jugó el papel importante en las negociaciones que acabaron con el cerco de las embajadas y trajeron la tranquilidad. En la película, Alfredo Mayo, intérprete del diplomático español, figura como un mero comparsa que se pasea con un abanico; la gloria se la lleva el embajador británico, interpretado por el impecable David Niven.
Añado yo otro caso notable, el film italiano Perlasca, que aborda otra situación también histórica. Durante la Segunda Guerra Mundial, el embajador español Sanz Briz protegió a centenares de judíos en Hungría que estaban a punto de ser deportados hacia los campos de concentración por los nazis. Alquiló pisos en que los acogió poniendo la bandera española en la puerta, con lo que eran inviolables (las autoridades locales no podían entrar en ellos), expidió pasaportes y salvoconductos a cualquier judío que tuviera un apellido que pudiera parecer español… Inventó —a veces sin instrucciones expresas de Madrid— que miraba para otra parte tratando de no sucumbir ante las presiones de los nazis, un esquema que salvó la vida de muchos judíos.
Cuando los rusos, muy avanzada la contienda, estaban a punto de entrar en Budapest. (España no tenía relaciones con la Unión Soviética y Franco había mandado la División Azul a luchar contra los soviéticos), Sanz Briz recibió la orden de destruir cualquier documento confidencial y de abandonar el país. Dejó encargado de proseguir su obra humanitaria a un empleado de nuestra legación llamado Perlasca, un italiano que había luchado en nuestra Guerra Civil en el lado nacional. Éste lo hizo con eficacia. En una película, realizada por los italianos, el héroe indiscutible y omnipresente es Perlasca. Emerge como el gran muñidor del asunto. El personaje de Sanz Briz, el verdadero inventor, sale unos minutos, una figura un tanto ridícula precisamente con pajarita.
Hace unos años, cuando yo estaba en la ONU, la comunidad judía de un acomodado pueblo cercano a Nueva York me invitó a ver la cinta en una sesión especial. Me quedé pasmado ante la difuminación de la personalidad de mi colega Sanz Briz. Cuando me hicieron hablar, no tuve más remedio que decir: «Sabía que los italianos en este país nos habían robado a Cristóbal Colón y después, el aceite de oliva. Ahora veo que, y no quiero restarle méritos a Perlasca, también nos han escamoteado a Sanz Briz y todo lo que mi colega con gallardía e inventiva hizo por seres humanos que no eran españoles».
Volvamos a mi dentera de lo diplomático. Yo no conocía aquella frase curiosa de Henry Wotton que decía que «un diplomático es una persona enviada al extranjero para mentir para el bien de su país», pero, por el cine o por comentarios aislados, los enfocaba también como personas elitistas, distanciadas de su patria, más interesadas en la literatura británica que en la española, más elogiosos del «lenguado meunière» que de la paella o de la fabada y más conocedores del béisbol yanqui o del críquet que de la zafiedad de la Liga española en la que sólo se primaba la furia y no algo tan sofisticado como el toque o la técnica. Vamos, que les nombrabas a los leones vascos y arrancabas con Iriondo, Venancio, Zarra…, hacías una pausa y no sabían continuar con los dos que faltaban. Y si les nombrabas El pescador de coplas o El pequeño ruiseñor igual creían que era una ópera de Massenet o una opereta de Lehár, el de La viuda alegre, lo que resultaría insultante para Antonio Molina y el mismísimo Joselito, con los que yo, de mozalbete, estaba familiarizado.
Ese desapego de tu país, vivir en una burbuja extranjera, me resultaba condenable y ahora lo sería más desde que existe internet. Hay temas que con la globalización y la persistente labor de nuestras televisiones se han convertido en inevitables y que resultan difíciles de ignorar.
Ahora, si no quieres que la jet viajera o incluso la mujer de tu dermatólogo te fulmine con la mirada, puede resultar imperativo, por mucho que estés en nuestra embajada en Australia, cursar, al menos, el segundo o tercer curso de Hola o de Lecturas: saber no sólo quién es Toño Sanchís, sino colegir vagamente por qué no le entrega ciertos documentos a «la princesa del pueblo»: ¿actúa con mala fe o es verdad que se está mudando y no ha tenido tiempo de desembalar para buscarlos? ¿Ha violado la intimidad de Belén Esteban, como afirma Makoke? ¿Por qué Cuqui Fierro no ha sido invitada a ninguna de las tres bodas de los hijos de don Juan Carlos y doña Sofía? ¿Y Tita Thyssen, a pesar de todo lo que ha hecho por España? ¿Era, tal como pintan, tan feliz con su embarazo Anne Igartiburu o su estado de complacencia es el normal en cualquier mujer en su situación que tenga los riñones económicamente bien cubiertos?
Por otra parte, hay que saber entre qué famosos hay «complicidad» en un momento determinado (hace unos años, no sé si recuerdan, existía una enorme complicidad entre la reina Sofía y doña Letizia); la complicidad se ha extendido y nadie sabe cómo ha sido. No puedes recibir a cenar en la embajada en Tokio o en Santiago de Chile a una delegación, con señoras, del alcalde de Barcelona o de la Comunidad de Castilla-La Mancha y tú osar preguntar ingenuamente si tal famosa tiene una buena relación con tal otra cuando todo el mundo en España sabe que hay una enorme complicidad entre ambas. Tu mujer ha podido esforzarse para preparar la cena. El pato y la tarta, que ha hecho ella misma, pueden estar riquísimos, pero corres el riesgo de que los invitados regresen al terruño diciendo que sois unos elitistas que no os enteráis de lo que ocurre en España porque habitáis otro mundo.
El busilis es que yo consideraba nefasto ese desapego de nuestros representantes en el exterior que serían capaces, pensaba horrorizado, de no reconocer a los personajes de tres portadas seguidas de Hola si se les tapaban los titulares, y esto influía en mi convicción de que eso de la diplomacia, y la afectación, no era para mí.
(Esa prevención hacia los diplomáticos, ahora no bromeo, estaba prístinamente plasmada en una ley de 1940 en la que el régimen de Franco, a la hora de limitar los casos de matrimonios con extranjeras, decía textualmente: «Es defecto tradicional de la profesión diplomática, salvo casos de especial relieve, la atenuación de esa pasión nacional por circunstancias diversas, tales como el alejamiento constante de la Patria —que desfigura el conocimiento de sus problemas reales y sus más hondas transformaciones— y la creación de enlaces matrimoniales con extranjeras que, en ocasiones, por el natural influjo consorcial, coadyuvan a acelerar y agravar aquel proceso de descolonización». La ley prohibía el matrimonio con extranjeras a excepción de las iberoamericanas y filipinas.)
SUEÑOS DE SEDUCTOR
No es que me disgustase el extranjero ni la actividad exterior, en realidad seguía con asiduidad los acontecimientos internacionales, y desde que estuve en París e Italia en esos años me picaba la curiosidad por las gentes de otras latitudes, pero, puestos a escoger algo que haría con fruición en el tablero internacional, me inclinaba —tirón del cine, en este caso— por el espionaje. Me habría encantado trabajar para mi país sin horario y haciendo labores arriesgadas, aunque con carta blanca económica (¿cuántas facturas debe presentar un espía? Pocas) y con algunas compensaciones más carnales.
Me veía seduciendo a la joven esposa del embajador búlgaro, una atractiva rubia casada con un esbirro de Stalin, y acariciándole parsimoniosamente los senos cuando estábamos en su bañera mientras su cascado marido había ido a Sofía a recibir instrucciones malévolas contra Occidente. Algún plan maquiavélico de cuyos prolegómenos yo la sonsacaba mientras le servía, entre la espuma, su tercera copa de vodka, y ella, en mal francés, me repetía que yo era un caballero español elegante y viril. Dos horas más tarde, la dejaba durmiendo en la cama junto a la estatua de Lladró que la había subyugado (en mi ofensiva sobre la torneada búlgara, la figurita de la pastora me había resultado más rentable que varios ramos de flores), y marchaba presuroso a mi hotel a transmitir en dificultosa clave a Madrid las insidias del rojerío; disfrazado de periodista español de La Vanguardia, un diario que, conocido por su buena cobertura extranjera, convertía en viable mi disfraz. En ocasiones mi contacto, al viajar a la Alemania del Este, que también cubría informativamente, era un sacerdote al que entregaba mis notas a través de la rejilla del confesionario.
Eran visiones, las del espionaje, totalmente quiméricas. Yo sabía que mis impulsos para entrar en ese circo no estaban basados en ninguno de los integrantes del DICE (Dinero, Ideología, Coacción, es decir, chantaje, y Ego), sólo eran ganas de servir a mi país en un cometido excitante, poco burocrático, y hambre de aventura. Pero ¿cómo se metía a espía un joven de diecinueve años en la Murcia de fines de los cincuenta? Nadie vino a darnos charlas a la universidad, como ocurría en Gran Bretaña o Estados Unidos. La mayor parte de los sabuesos británicos de esa época procedían de Oxford y Cambridge; por ejemplo, Kim Philby, quizá el doble agente más famoso de la Guerra Fría, que moriría, después de desertar, en la Unión Soviética, o el novelista John Le Carré, que espiaría a sus compañeros de facultad para el Servicio de Inteligencia británico.
Por otra parte, estaba doña Encarnación (mi respetable madre). ¿Qué reacción habría tenido si, pasado el ecuador de la carrera, le digo que se me había pasado de la cabeza lo de periodista pero que me tentaba lo de espía? Es fácil imaginarlo: escasamente positiva.
QUINCE BAJO LA LONA
Seguía, por lo tanto, transitando por la senda del aspirante a notario cuando llegó algo que me cambió milagrosamente la vida. No es que hubiera ido a Fátima a enterarme de lo que la Virgen había anunciado años antes a los pastorcitos al dar a entender que Rusia se convertiría (no estuve en Fátima). No decidí que tenía que contribuir desde la diplomacia a que la Guerra Fría se calmara y a que los rusos volvieran a las iglesias (esto último lo ha logrado el otrora ateo Putin, que se hace cruces en voz alta ante el espectáculo de la disolución moral de la sociedad occidental). Tampoco conocí a una dulce joven de extracción rusa que, haciendo caritas bailando, me confesó que me veía realizado en la Carrera (esto, en lo tocante a las caritas y al hacer manitas, fue después). Fue algo más simple, más prosaico y más tosco. Hice el servicio militar.
En aquella época, alguien no me creerá, todos los españoles estaban obligados a hacer el servicio militar. Bastantes años antes existían los llamados soldados de cuota; es decir, gente con posibles económicos que pagaba una contribución monetaria —imagino que las arcas del Estado debían de estar tiesas— y se libraba de la mili. El sistema, obviamente, era totalmente injusto y se implantó que todos los jóvenes, no las «jóvenas» por entonces, tenían que servir a la patria al cumplir los veintiún años. En cada provincia se sorteaban los quintos (jóvenes soldados) por arma (Tierra, Marina, etc.) y también el azar decidía a qué regimiento iban destinados.
El franquismo, con todo, había creado una mili algo más corta para los universitarios. Pasabas los dos últimos veranos de la carrera universitaria en un campamento militar situado no excesivamente lejos de tu universidad; a Ronda, donde yo fui, acudían los universitarios de Valencia, Murcia, Sevilla, Granada, Cádiz y Córdoba. Había otros en Montelarreina… Otra sorpresa: en aquellos años prehistóricos e incultos en España no había tropecientas universidades, sólo doce cuyos egresados no salían peor preparados, ni mucho menos, que ahora. Después de esos dos veranos y realizados unos exámenes que no revestían excesivas dificultades, eras nombrado alférez, es decir, la categoría más baja de los oficiales del ejército.
La desaparecida mili, junto a diversas pejigueras, tenía más de una cosa útil. Tenías el primer conocimiento de la jerarquía y la disciplina, entablabas amistades (yo hice allí alguna destacada; entre otras, el que sería mi cuñado) y los jóvenes veían algo de mundo y salían del ensimismamiento local. La mili, con frecuencia denostada, encontró un justo defensor en el perspicaz Luis Carandell. Daba un enfoque atinado de la mili cuando escribió en 1968 (Los españoles, Estela): «Para cualquier persona acostumbrada a vivir en una ciudad es difícil comprender la importancia que el servicio militar tiene para el hombre del campo. Es en el fondo la única aventura de su vida y, para los habitantes de determinadas zonas, una de las pocas oportunidades que tienen de salir del pueblo. El motivo inmediato de la emigración de una familia de una zona pobre a una zona rica de la península es a menudo el hecho de que el hijo fue a hacer el servicio militar a esa región y allí encontró trabajo y mandó llamar a los suyos».
Que la mili abría muchos ojos es un hecho. Un chaval de Lorca conocía el País Vasco; por ejemplo, se daba cuenta de que era algo más que el Atlético de Bilbao (lo digo sin retintín, porque Zarra era a esa edad mi ídolo incontestado), de que se comía muy bien, que había muchos apuestos chicarrones del norte pero también hombres bajitos con calva…, y un catalán de Gerona comprobaba que los de Cáceres o Salamanca tenían bastantes más cosas en común con él de lo que nunca hubiera imaginado. Daban el callo igual, se reían con parecidos chistes, cuando cruzaban a Ceuta en días de asueto intentaban traer de matute los mismos transistores o los mismos cartones de tabaco si la Guardia Civil estaba ese día voluntariamente distraída; en Torremolinos, los domingos, miraban en la playa más a las jóvenes de revolucionarios biquinis que a las que llevaban un bañador de una pieza con púdicos volantes que tapaban parte de lo que prometía ser un prometedor muslo y en los que para intuir el pecho de la chica que charlaba contigo no valía mirarla de frente sino echar miradas furtivas desde un plano superior y pedirle que nos alargara la Coca-Cola. En conversaciones con castellanos, andaluces o canarios se percataban de que muchos de sus padres practicaban el deporte de escabullirse de Hacienda igual que similar número de los de sus nuevos compañeros.
El flamante alférez, consumidos los dos estíos, debía entonces pedir destino en cualquier regimiento de su cuerpo donde haría, ya como oficial con mando, unas prácticas que duraban cuatro meses. Vida normal, en un cuartel normal, con instrucción, guardias y maniobras. Perteneciendo a la gloriosa Infantería, mi madre pretendía que pidiera el regimiento de Lorca, muy cercano a su pueblo, Vélez-Blanco, donde residíamos. Divagué y aunque incluí Lorca, ciudad agradable, en mi quiniela, antepuse Palma de Mallorca y Madrid. Aterricé en Madrid en el regimiento de Infantería Motorizada Asturias 31 con base en el Goloso, es decir, en las afueras de la capital y pegadito ahora al vivero del bueno del padre Mundina.
Lo pasé bien. Los oficiales y Jefes eran gente cortés, varios de ellos buenos conversadores y su casi totalidad con una evidente vocación. Algo importante en nuestra época en que un porcentaje elevado de la gente trabaja en algo que no le hace ni fu ni fa. El trato con los reclutas procedentes de toda España —eran chavales casi de mi edad— era estimulante.
Voluntarié para dar clases a un pequeño puñado de analfabetos, recuerdo un par de gitanos que habían sido movilizados cuando rozaban la treintena y que con lágrimas en los ojos, mientras yo insistía en que las letras con esfuerzo al final entran, casi gemían, «Esto no es pa mí, mi alférez, que esto no es pa mí». También me ofrecí para traer desde Badajoz a todos los reclutas del siguiente reemplazo destinados en los regimientos de Madrid. Eran unos 217, y cuando llegamos a Madrid me faltaban cuatro. Habían saltado del tren en estaciones intermedias porque probablemente tenían pánico a los rigores de la mili. Quizá sus padres o tíos les habían recordado las penalidades extremas de la Guerra Civil en la que ellos, en uno u otro bando, habrían servido, y de los años del hambre que siguieron en los que la larga estancia en un regimiento no debía de ser precisamente confortable.
En los cuarenta, el período de servicio militar, con dudas de si España entraba en guerra, si Alemania o los Aliados nos invadían, con la existencia de maquis republicanos, etc., duraba en ocasiones tres años y el rancho de los cuarteles no estaba preparado por ningún master chef.
El primer número del noticiario cinematográfico Nodo que se proyectó en los cines de España en enero del 43 mostraba el palacio de El Pardo donde Franco dedicaba «su inteligencia y esfuerzo, su sabiduría y prudencia de gobernante a mantener nuestra patria dentro de los límites de una paz vigilante y honrosa».[1]
Un amigo de uno de los fugados del convoy me comentó tímidamente que en su pueblo les habían inculcado que la mili era la mayor de las privaciones.
Mi etapa de alférez se pasó volando. Si no tenías guardia, volvías a Madrid a las tres y te sobraba el tiempo para leer, hojear algún tema de Notarías que me había pasado mi hermano e ir al teatro. Creo que vi todas las obras que había en cartelera en ese año 62. Una de las tardes libres, acudí al Colegio Mayor César Carlos, cuna de la intelectualidad «opositora» (no me daba cuenta de que estaba trotando sin percatarme por mi camino de Damasco), para saludar a Juan Manuel Egea, un buen amigo de la facultad de Murcia que, a pesar de su sensatez, se había animado a intentar entrar, haciendo la prescriptiva oposición, en la fauna diplomática, en la denostada casta atildada.
EL CAMINO DE DAMASCO PASA POR EL CÉSAR CARLOS
Allí, como san Pablo, vi la luz y me caí del caballo. El colegio, un tanto elitista y ombliguista —luego yo ingresaría en él— era, en buena medida, una isla de libertad política en la época. Albergaba sólo a opositores, a judicaturas, cátedra, notarías, diplomáticos, etc., y Egea me presentó a varios colegiales opositores a la Escuela Diplomática. Me sorprendió. Detecté pronto el halo de un mamón; era inconfundible; palabras en otro idioma, condescendencia hacia un chico de provincias, aires de suficiencia, una cita desganada de Marcuse o de Sartre, etc., pero la mayoría era gente normal. Preparaban diplomáticos pero eran gente normal, normal. Simpáticos, nada afectados, naturales, cultos sin pedantería, no parecían hijos de papá, pensaban que Mozart era cojonudo y que Di Stéfano (don Alfredo, no Giuseppe) era excelso, etc.
Uno de ellos hizo unas observaciones que picaron mi curiosidad sobre lo que parecía el próximo fin de la guerra de independencia de Argelia que afectaría a miles de españoles que vivían sobre todo en la zona de Orán y que eran oriundos de mi zona levantina. En efecto, por esas fechas, el gobierno insurgente argelino había aceptado la primera propuesta de paz del general De Gaulle y el general seguía recibiendo rotundas amenazas de muerte de los franceses de la OAS, la Organización del Ejército Secreto, opuestos a la independencia de Argelia. «Sí, vamos a matar a De Gaulle, ese viejo perverso inspirado por el demonio», rezaba una carta enviada por un capitán de la OAS a un conocido comentarista americano el 13 de junio. Se equivocaba. La paz con Argelia se firmó el 4 de julio y empezó el éxodo de los europeos pieds-noirs hacia Francia y hacia España (De Gaulle, que había llegado al poder para resolver el problema argelino, pronto, para decepción de bastantes, se convenció de que la independencia era inevitable y al final abandonó hasta la quimérica idea de crear zonas en Argelia en las que se reagrupasen los franceses).
En fin, me percaté de que se podía convivir con aquellos aspirantes a diplomáticos, que ninguno alardeaba de clase, de títulos nobiliarios, si es que alguno lo tenía, o de los millones que iba a heredar. Y eso a pesar de que residían en un colegio mayor que se creía entonces el ombligo del mundo mundial. Evidentemente había, como apunto, un pedante fantasmal, un «avión» que se diría en Vélez-Blanco, flotando por allí, pero había otros ocho o nueve totalmente asequibles o corrientes. Volví otras tardes e hice mis cálculos. Una proporción de diez afectados por cada cien, cuando yo creía que sería del 80 por ciento, era perfectamente soportable; en notarios, catedráticos de Civil o cirujanos o hasta en cantantes de boleros de postín, el número de fantasmas o pedantes no sería inferior. La duda empezó a reconcomerme.
DUELO EN LA CUMBRE
Pasaron unos meses con cierto desasosiego; leía con detenimiento el pulso de Kruschev a Kennedy sobre Berlín: habían tenido una tensa entrevista en Viena y, según trascendió más tarde, el ruso salió convencido de que el americano era un pardillo sin agallas. Más tarde se supo que el ruso regresó eufórico a Moscú; en una fiesta en honor del presidente indonesio Sukarno, Kruschev cantó, bailó y hasta tocó el tambor. El ambiente en la delegación americana era, por el contrario, sombrío. Kennedy dio una entrevista al famosísimo periodista James Reston y le comentó que había sido la cosa «más desagradable de su vida». Un colaborador de Kennedy comentaría en el viaje de vuelta que era como regresar a casa montado en el autobús del equipo que ha perdido una final. (Sé muy bien lo que quiere decir eso: estuve en Milán el día en que le hicieron 5-0 al Real Madrid. Noche triste donde las haya.)
El presidente americano, se sabría posteriormente, volvió tan impresionado de la agresividad de Kruschev que, nada más llegar a la Casa Blanca, pidió una estimación de cuántas vidas americanas podían perderse si se entraba en guerra (nuclear) con los soviéticos. Cuando el Pentágono le dijo que setenta millones, es decir, la mitad de la población estadounidense de la época, parece que quedó anonadado.
Devoré la prensa cuando hablaba de que los alemanes de la Alemania comunista cruzaban en agosto por miles la frontera, pasándose a la Alemania occidental capitalista. Los chistes dentro del país repetían que, a ese ritmo, en poco tiempo sólo quedarían allí el líder Ulbricht y su puñado de amantes. Empecé a hacerme preguntas (¿serían verdad las cifras de fugados que nos daba la prensa española o mera propaganda anticomunista interesada con consignas del Ministerio de Información de Franco?). La realidad de los hechos quedó patente creo que a mediados de agosto, sé que era verano y fin de semana. Para parar la sangría —resulta que el paraíso comunista no era tal; si lo fuera, ¿por qué los ciudadanos ponían pies en polvorosa?—, los gobernantes de Alemania del Este habían cerrado la frontera e instalado alambradas que serían el preludio de la construcción del Muro. La Unión Soviética enseñaba los dientes y se hablaba de guerra mundial.
LA DUDA
Mi desazón se ahondaba. Daba vueltas en la cabeza a mi inminente futuro y al final ya me mesaba los cabellos. ¿Qué era más atractivo, estudiar la Ley Hipotecaria o la Revolución francesa de 1789, aquella de la que casi dos siglos más tarde el chino Chou en Lai, al ser preguntado si creía que había cambiado la historia, contestó que era muy pronto para responder? ¿Desmenuzar los requisitos de un testamento o analizar las características de las elecciones estadounidenses, que, en aquel momento, el ya mitificado Kennedy había puesto de moda y que habían despertado en mí un enorme interés? ¿Vivir de forma trashumante en pueblos de nuestra geografía que no eran el tuyo y en los que, lógicamente, no habría teatro, conciertos, etc., o, también dando saltos con tu familia, en capitales como Santiago de Chile, Viena o El Cairo? ¿Dónde estaba claro que yo iba a sacar muy probablemente notarías (¡cuánta gente bien preparada caía en una u otra prueba de esa oposición!) y, sin embargo, resultaba obvio que tropezaría en los
