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A pocos pasos del museo, preparados para la cacería, Stéphane Breitwieser va de la mano con su novia, Anne-Catherine Kleinklaus, y juntos se encaminan al mostrador y saludan, como una pareja de enamorados. Compran dos entradas en efectivo y entran.
Es la hora del almuerzo, la hora del robo, un domingo de mucho movimiento en Amberes, Bélgica, en febrero de 1997. La pareja se pierde entre la multitud de turistas en la Rubenshuis, señalan con el dedo y asienten ante cada escultura y pintura al óleo. Anne-Catherine va vestida con un conjunto exquisito de Chanel y Dior adquirido en tiendas de segunda mano y un bolso grande de Yves Saint Laurent al hombro. Breitwieser lleva una camisa de cuello abotonado metida por dentro de los pantalones de vestir, un abrigo demasiado holgado por encima y una navaja suiza escondida en el bolsillo.
La Rubenshuis es un museo con clase ubicado en la antigua residencia de Peter Paul Rubens, el gran pintor flamenco del siglo XVII. La pareja se pasea por el salón, la cocina y el comedor mientras Breitwieser memoriza las salidas y no pierde de vista a los guardias. En su mente ya maquina distintos planes de fuga. La pieza que buscan se halla en la parte trasera del museo, en una galería de la planta baja con una araña de latón y unos ventanales enormes, algunos de los cuales están cerrados para proteger las obras del sol del mediodía. Sobre una recargada cómoda de madera se halla una caja de exposición de plexiglás sujeta a una base robusta. Dentro de la caja hermética hay una escultura de marfil de Adán y Eva.
Breitwieser descubrió la figura en una de sus salidas de reconocimiento en solitario y se quedó prendado; una escultura tallada de cuatrocientos años de antigüedad que todavía conserva ese brillo interior tan particular del marfil y que para él transmite trascendencia. Tras esa salida, no ha podido parar de pensar en la escultura, de soñar con ella, por lo que ha vuelto a la Rubenshuis con Anne-Catherine.
Todas las medidas de seguridad tienen algún punto débil. El defecto de la caja de plexiglás, del que se había percatado en su salida de reconocimiento, es que la parte superior puede separarse de la base retirando dos tornillos. Sí, son unos tornillos complicados. Y es difícil acceder a ellos en la parte posterior de la caja, pero solo son dos. El defecto de los guardias de seguridad es que son humanos. Les entra hambre. Según había observado Breitwieser, la mayor parte del día hay en cada galería un guardia que vigila desde una silla. Excepto a la hora del almuerzo, cuando las sillas se quedan vacías mientras el escaso personal de seguridad cambia de turno para comer y los que permanecen de servicio pasan de estar sentados a patrullar y entran y salen de las salas a un ritmo predecible.
Los turistas son una variable molesta. Incluso al mediodía hay demasiados dando vueltas. Las salas del museo más concurridas son las que exhiben cuadros de Rubens, pero esas obras son demasiado grandes para robarlas sin correr riesgos o tienen una temática religiosa demasiado sombría para el gusto de Breitwieser. En la galería que alberga la escultura de Adán y Eva se exponen piezas que Rubens coleccionó en vida, como bustos de mármol de filósofos romanos, una escultura de terracota de Hércules y varios óleos holandeses e italianos. La escultura de marfil debió de ser un regalo del tallista alemán Georg Petel al pintor flamenco.
Mientras los turistas dan vueltas, Breitwieser se coloca delante de un óleo y adopta una postura propia de estar admirando obras artísticas. Con las manos en la cadera, los brazos cruzados o la mano sujetando la barbilla. Tiene un repertorio de más de doce poses, con las que transmite una contemplación serena, aunque el corazón le vaya a mil por hora por la emoción y el miedo. Anne-Catherine se queda cerca de la entrada, a veces de pie, a veces sentada en un banco, siempre con un aire informal de indiferencia, para asegurarse de que tiene una visión clara del pasillo. No hay cámaras de seguridad en la zona. Solo hay unas cuantas desperdigadas por todo el museo y se ha fijado en que cada una cuenta con su propio cableado; en ocasiones, en museos pequeños, estas son de pega.
Pronto llega el momento en que la pareja se queda a solas en la sala. La transformación es explosiva, una llama que aviva el fuego: Breitwieser abandona la pose contemplativa, salta por encima del cordón de seguridad y se dirige a la cómoda de madera. Saca la navaja suiza del bolsillo, escoge el destornillador y se pone manos a la obra con la caja de plexiglás.
Bastan cuatro vueltas de tornillo, quizá cinco. La talla le parece una obra maestra; con apenas veinticinco centímetros de altura, tiene unos detalles deslumbrantes; es la representación de los primeros humanos mirándose y a punto de abrazarse, la serpiente enroscada al árbol del conocimiento tras ellos y el fruto prohibido recogido, que no mordido: la humanidad al borde del pecado. Al oír una tos suave, de Anne-Catherine, Breitwieser se aparta de repente de la cómoda, con paso ligero y fluido, y recupera la pose de espectador cuando aparece el guardia. La navaja suiza está de vuelta en el bolsillo, aunque el destornillador sigue extendido.
El guardia entra en la sala y se detiene, examina minuciosamente la galería. Breitwieser contiene el aliento. El vigilante se da la vuelta y, apenas cruza la entrada, se reanuda el robo. Así avanza Breitwieser, a trancas y barrancas, a zancadas de un lado al otro de la galería, un par de vueltas de tornillo, luego una tos, un par más y otra.
Aflojar el primer tornillo en mitad de una afluencia constante de turistas y guardias requiere al menos de diez minutos de máxima concentración, incluso con un margen de error mínimo. Breitwieser no lleva guantes, pues se arriesga a que aparezcan huellas dactilares a cambio de mayor destreza y tacto. El segundo tornillo no opone menos resistencia, pero acaba cediendo ante la llegada de más visitantes, lo que le obliga a alejarse de nuevo con el par de tornillos en el bolsillo.
Anne-Catherine establece contacto visual con él desde el otro lado de la sala y él se posa la mano sobre el corazón en señal de que está listo para el paso final y de que no le va a hacer falta el bolso grande. Ella se dirige a la salida del museo. El guardia de seguridad ya ha pasado en tres ocasiones y, aunque ambos se han colocado en lugares distintos de cada entrada, Breitwieser está tenso. En su día trabajó de guardia en un museo, justo después de acabar la enseñanza secundaria, y, aunque sabe de primera mano que casi nadie se percataría de un detalle tan insignificante como que falte o sobresalga un tornillo, todos los guardias se fijan en la gente. Seguir en la misma sala cuando el de seguridad pasa por segunda vez consecutiva y después perpetrar un robo es desaconsejable. Tres veces ya roza la temeridad. Una cuarta, que, según calcula, está a poco más de un minuto de suceder, no debe tener lugar. O actúa o se retira de inmediato.
El problema es el grupo de turistas que hay ahora. Les echa un vistazo. Están apiñados cerca de un cuadro y todos llevan auriculares que reproducen la audioguía. Breitwieser considera que están lo bastante distraídos. Este es el momento decisivo, una sola mirada de un visitante y su vida podría terminar de manera definitiva, así que no se lo piensa. Un ladrón no acaba en la cárcel por sus acciones, sino por dudar.
Breitwieser se acerca a la cómoda, separa la caja de plexiglás de la base y la coloca a un lado con sumo cuidado. Agarra la escultura de marfil, aparta los faldones del abrigo y se introduce parcialmente la pieza por la cinturilla del pantalón, por la parte inferior de la espalda, y luego se recoloca bien el amplio abrigo de modo que la escultura permanezca oculta. Se forma un pequeño bulto, pero habría que ser un observador extraordinario para notarlo.
Deja la caja de plexiglás a un lado, pues no quiere perder ni un valiosísimo segundo en volver a colocarla, y se aleja a grandes zancadas, con movimientos decididos, pero sin prisa aparente. Sabe que un robo tan llamativo no tardará en ser detectado, lo cual desencadenará una respuesta de emergencia. Se presentará la policía. Podrían cerrar el museo y registrar a todos los visitantes.
Aun así, no corre. Correr es para carteristas y ladrones de bolsos. Sale de la galería y se escabulle por una puerta cercana que ya tenía localizada, reservada para el personal y que no está cerrada con llave ni tiene alarma, y sale al patio central del museo. Avanza sobre piedras blanquecinas y bordeando un muro cubierto de enredaderas, con la escultura golpeándole la espada, hasta que llega a otra puerta, la cruza y accede de nuevo al museo, cerca de la entrada principal. Pasa por delante del mostrador y sale a las calles de Amberes. Es probable que se encuentre con policías, por lo que se asegura de mantener un ritmo sosegado, arrastrando sus lustrosos mocasines, hasta que localiza a Anne-Catherine y se encaminan a la calle tranquila en la que tienen aparcado el coche.
Abre el maletero de un pequeño Opel Tigra azul marino y deja en él la escultura de marfil. Ambos están sumidos en una euforia desbordante; él toma el volante y Anne-Catherine se sienta en el asiento del pasajero. Tiene ganas de pisar a fondo el acelerador y que las ruedas chirríen contra el asfalto, pero sabe que debe conducir despacio y detenerse en todos los semáforos hasta salir de la ciudad. Nada más llegar a la carretera y pisar el acelerador, cualquier preocupación se desvanece y se convierten en un par de veinteañeros que circulan a toda velocidad muy felices, sanos y salvos.
2
La casa es humilde: un cubo blanquecino de hormigón estucado repleto de ventanitas y cubierto por un tejado escarpado de tejas rojas. En la parte trasera, un par de pinos dan sombra a una parcela alfombrada de césped. Está situada en una calle llena de casas similares, en plena expansión suburbana de Mulhouse, una ciudad dedicada a la fabricación de automóviles y productos químicos que está ubicada en el cinturón industrial del este de Francia, una de las zonas menos llamativas de un país que rebosa belleza.
La mayor parte del espacio habitable está en la planta baja, pero hay una escalera estrecha que conduce a dos habitaciones, una sala de estar y un dormitorio, que quedan encajadas bajo las vigas, con el techo bajo y todo apretujado. La puerta que da a esas habitaciones siempre tiene echada la llave y las contraventanas están cerradas de manera permanente. En el dormitorio, metida a presión, hay una cama majestuosa con dosel, la cual queda cubierta por unas cortinas de terciopelo dorado atadas con cintas granate y unas sábanas de satén rojo con montones de cojines por encima. Aquí, entre toda esa extraña opulencia, es donde duerme la pareja de jóvenes.
Cuando Breitwieser abre los ojos, una de las primeras cosas que ve es el Adán y Eva. Había colocado a propósito la escultura de marfil en la mesilla de noche para que así fuera. A veces acaricia la talla con la yema de los dedos, por donde las manos del artista trabajaron con esfuerzo en su día: por el pelo ondulado de Eva, por las escamas de la serpiente o por el tronco rugoso del árbol. Es una de las obras más hermosas que jamás ha visto; su valor podría superar el de todas las casas que hay en el barrio juntas, multiplicado por dos.
En la mesilla de noche también hay una segunda talla de marfil, una figura de Diana, la diosa romana de la caza y la fertilidad, con el brazo derecho levantado y sujetando unas flechas doradas. Y justo al lado hay otra, una estatuilla de Catalina de Alejandría, una de las primeras santas cristianas. Y otra más, un Cupido de pelo rizado que tiene un pie apoyado sobre una calavera, lo cual representa al amor imponiéndose a la muerte. ¿Acaso hay algo más conmovedor que despertarse todos los días con el resplandor etéreo de semejante colección de piezas de marfil?
Pues, al parecer, sí. Junto a las esculturas hay una reluciente tabaquera dorada, con detalles esmaltados en un azul intenso, que fue un encargo del mismísimo Napoleón. Sostenerla en las manos es como viajar en el tiempo. Al lado hay un jarrón para flores, prismático y curvilíneo, obra de Émile Gallé, el maestro soplador de vidrio francés de finales del siglo XIX. A continuación, hay una pieza más antigua, una gran copa de plata con grabados de guirnaldas y espirales; Breitwieser se la imagina en los banquetes de la realeza a lo largo de los siglos, cómo la alzan y sirven el vino. Después le siguen unas latitas de tabaco redondas, muy cucas, y una sección de piezas de bronce al lado de una figura de porcelana junto a un cáliz de Nautilus. Con tan solo el contenido de la mesilla de noche ya se podría montar una exposición de museo.
Anne-Catherine también tiene una mesilla de noche al lado de la cama. Y un gran armario con estantes y puertas de cristal a modo de vitrina. Y un escritorio y una cómoda. Todas las superficies planas del dormitorio están ocupadas. Fuentes de plata, boles de plata, jarrones de plata y tazas de plata. Juegos de té dorados y miniaturas de peltre. Una ballesta, un sable, un hacha de guerra y una maza. Piezas de mármol, de cristal y de nácar. Un reloj de bolsillo de oro, una urna de oro, un frasco de perfume de oro y un broche de oro.
La segunda habitación del escondrijo de la pareja alberga más cosas. Un retablo de madera, una plancha de cobre, un cepillo para limosnas de hierro y una vidriera. Tarros de boticario y tableros de juego antiguos. Otra colección de tallas de marfil. Un violín, un clarín, una flauta y una trompeta.
Hay más piezas apiladas en sillones, apoyadas contra la pared, colocadas en el alféizar de las ventanas manteniendo el equilibro, perdidas entre montones de ropa sucia, escondidas bajo la cama y acumuladas en el armario. Relojes de pulsera, tapices, jarras de cerveza, pistolas de chispa, libros encuadernados a mano y más obras de marfil. Un casco de caballero medieval, una estatua de madera de la Virgen María, un reloj de mesa enjoyado y un devocionario ilustrado de la Edad Media.
Todo esto queda en segundo plano en comparación con las auténticas maravillas. Las piezas más grandiosas y valiosas son, de lejos, las que están colgadas en las paredes: óleos, en su mayoría de los siglos XVI y XVII, de maestros de finales del Renacimiento y principios del Barroco, con muchos detalles y llenos de movimiento y vida. Retratos, paisajes, marinas, bodegones, alegorías, escenas campestres y de temática bucólica. Están expuestos de suelo a techo, de izquierda a derecha, de sala a sala; dispuestos por temática, por ubicación geográfica o por capricho.
Las obras son de docenas de artistas célebres de la época, como Cranach, Brueghel, Boucher, Watteau, Goyen y Durero. Son tantas que parece que las habitaciones estén dentro de un remolino de colores, el cual se intensifica con el resplandor del marfil, combinado con el brillo de la plata y multiplicado por el fulgor del oro. Los periodistas expertos en arte calculan que el valor total asciende a dos mil millones de dólares y que todo está escondido en la buhardilla de una casa insulsa cerca de una ciudad inhóspita. La pareja de jóvenes se ha inventado una realidad que supera cualquier fantasía. Viven dentro de un cofre del tesoro.
3
En realidad, Stéphane Breitwieser no es un ladrón de arte. Al menos, así lo cree él, aunque tal vez sea el ladrón de arte más exitoso y prolífico que haya existido. No niega que haya robado las piezas que acumula en sus habitaciones secretas, a menudo con la ayuda de Anne-Catherine Kleinklaus. Sabe perfectamente lo que ha hecho; puede señalar hasta el número exacto de pasos que le bastaron para sacar una obra de cierto museo.
Lo que le molesta es el resto de los ladrones de arte. Casi todos le dan asco, incluso los más hábiles. Como los dos hombres que se disfrazaron de policías y fueron al Museo Isabella Stewart Gardner de Boston la noche del día de San Patricio de 1990. Les abrieron los guardias nocturnos, a los cuales inmovilizaron enseguida. Les taparon los ojos y la boca con cinta americana y los esposaron a las tuberías del sótano.
Un atraco violento y nocturno es un insulto al concepto que tiene Breitwieser de robar arte, ya que debería ser una acción diurna de sigilo refinado en la que nadie ni siquiera huela el miedo. Pero esta no es la razón por la que aborrece el caso Gardner. Es por lo que sucedió después. Los ladrones se dirigieron a la primera planta y se llevaron la obra más magnífica del museo, un Rembrandt de 1633, La tormenta en el mar de Galilea. Acto seguido, uno de los hombres atravesó el lienzo con un cuchillo.
Breitwieser no puede ni imaginárselo; cómo la cuchilla desgarró los bordes, cómo saltaron las escamas de pintura, cómo saltaron los hilos del lienzo, cómo cortaron los casi seis metros de perímetro hasta que la obra, una vez liberada del bastidor y del marco, se retorció en agonía y cómo la pintura se agrietó y se desconchó aún más. Y luego los ladrones pasaron al siguiente Rembrandt y le hicieron lo mismo.
Breitwieser no actúa así. Por muy depravada que sea la moral de un delincuente, rajar o romper adrede un cuadro debería ser inmoral. Breitwieser sabe que el marco puede complicar el robo de un cuadro, así que lo primero que hace después de descolgar la pieza de la pared es darle la vuelta e intentar sacar las grapas o clavos de la parte posterior para liberar el marco, que deja en el museo. Si no hay tiempo para actuar con semejante esmero, abandona el delito, pero si lo hay es consciente de que en ese momento el cuadro es tan vulnerable como un recién nacido y hay que protegerlo de rasguños, deformaciones, arrugas o suciedad.
Para Breitwieser, los ladrones del Gardner son unos salvajes; vandalizaron sin miramientos las obras de Rembrandt. ¡Rembrandt! Un virtuoso de la emoción humana y la luz divina. Los ladrones siguen en paradero desconocido, junto con las trece obras que se llevaron, las cuales están valoradas en quinientos millones de dólares. Sin embargo, aunque se encontraran los cuadros, jamás los recuperarían enteros. Como ocurre con la mayoría de los ladrones, a los del Gardner les daba igual el arte. Lo único que lograron fue dejar más feo el mundo.
Breitwieser insiste en que la única motivación que tiene para robar es rodearse de belleza, atiborrarse de ella. Muy pocos ladrones de arte han alegado alguna vez que la estética sea el incentivo, pero Breitwieser lo ha recalcado en repetidas ocasiones. En numerosas entrevistas con los medios de comunicación, en las que no ha tratado de ocultar su culpabilidad, ha descrito sus delitos y emociones en tiempo presente y, según parece, con una precisión milimétrica. En alguna ocasión ha ido más allá para aportar exactitud. Cuando le presionaron para que contara los detalles del robo de Adán y Eva, Breitwieser improvisó un disfraz, se puso una gorra de béisbol con la visera cubriéndole parte del rostro y unas gafas falsas, y volvió a la escena del crimen para intentar recordar cada decisión, cada tornillo que desatornilló y cada pose contemplativa. Ha hecho cosas parecidas para otros atracos. Hay cientos de informes policiales que confirman los hechos generales de sus relatos.
Solo se lleva obras que le despiertan alguna emoción y rara vez se trata de la pieza más valiosa del lugar. No siente remordimientos cuando roba porque, según su retorcido punto de vista, los museos son cárceles para el arte. Suelen estar abarrotados y ser ruidosos, tienen unos horarios de visita limitados y unos asientos incómodos que no invitan a la reflexión ni al descanso. Los grupos de las visitas guiadas, armados con paloselfis, parece que recorran las salas como una cadena de presos.
Breitwieser asegura que todo lo que te gustaría hacer en presencia de una obra que te ha cautivado está prohibido en un museo. Aconseja que lo primero que hay que hacer es relajarse, recostarse en un sofá o un sillón. Tómate una copa, si es lo que te apetece. Cómete un tentempié. Acércate y acaricia la obra cuando quieras. Así verás el arte con otros ojos.
Tomemos como ejemplo la escultura de marfil de Adán y Eva. Contiene una gran cantidad de simbolismo inserto en la pieza, el cual realza la coherencia notable de las proporciones y el perfecto equilibrio de la pose. O eso te dirá cualquier guía de museo, aunque las posibilidades de emocionarte de verdad vayan decayendo con cada palabra.
Ahora roba la talla, sigue los consejos de Breitwieser y obsérvala bien: el brazo izquierdo de Adán rodea los hombros de Eva y la otra mano está en contacto con el cuerpo de la mujer. La primera pareja, recién creada por Dios, tiene un aspecto impecable; son musculosos y esbeltos, gozan de buena salud y lucen una melena espléndida. Tienen los labios carnosos y Eva ladea la cabeza con coquetería. Están desnudos. El pene de Adán está a la vista; parece circuncidado. Puedes mirar fijamente, no pasa nada. Eva apoya la mano derecha sobre la espalda de Adán, como instándole a acercarse, y la mano izquierda descansa en la entrepierna, con los dedos enroscados hacia dentro.
Muchas obras de arte son tan excitantes desde el punto de vista sexual que, según Breitwieser, lo mejor es colocar una cama cerca, quizá una con dosel, para cuando también esté tu pareja y se dé el momento. Cuando Breitwieser no está en la cama, está pendiente de las obras que atesora en las habitaciones como si fuera el mayordomo, ya que controla la temperatura, la humedad, la luz y el polvo. Dice que sus piezas están en mejores condiciones que en el museo y que compararle con esos salvajes es cruel e injusto. En lugar de como un ladrón de arte, Breitwieser prefiere que lo describan como un coleccionista de arte con un método de adquisición poco ortodoxo. O, mejor dicho, le gustaría que lo considerasen un liberador de arte.
¿Y qué hay de Anne-Catherine? Sus sentimientos son más difíciles de evaluar. No está dispuesta a hablar con periodistas. Sin embargo, algunas de las personas que han pasado tiempo con ella, entre ellas abogados, conocidos y detectives, han hablado largo y tendido. Se han hecho públicos fragmentos de los informes psicológicos, tanto de ella como de Breitwieser, junto con transcripciones de interrogatorios y testimonios. Además, se conservan vídeos caseros de la pareja y partes de cartas personales. También hay imágenes de las cámaras de seguridad de los museos, informes de los medios de comunicación y declaraciones de agentes de policía, fiscales y varias personas del mundo del arte.
Se ha estudiado todo para ofrecer una descripción precisa de los robos de obras de arte, aunque los detalles más íntimos sobre el romance y la actividad delictiva de la pareja solo se conocen a través de Breitwieser. Podría ser esclarecedor oír la versión completa de Anne-Catherine sobre su experiencia, pero sus respuestas a ciertas preguntas la pondrían en una tesitura en la que se incriminaría a sí misma, con posibles repercusiones punitivas, o bien significaría mentir descaradamente. Ante estas opciones, el silencio parece la opción más prudente.
Lo que es evidente, a pesar de las escasas declaraciones públicas de Anne-Catherine, es que ella no se describiría como una liberadora de arte. Tampoco excusaría los delitos con cualquier justificación de moralidad barata. Es la más pragmática y racional de los dos. Ella tiene los pies en el suelo y él, la cabeza en las nubes. Breitwieser proporciona el empujón para que dejen volar la imaginación y, en cambio, ella ofrece el lastre para traerlos de vuelta a casa sanos y salvos. Anne-Catherine, según dicen las personas en las que ha confiado, admira sus piezas robadas con una ambivalencia cautelosa; las considera hermosas y mancilladas a partes iguales. Breitwieser tiene la conciencia tranquila. Para él, la belleza es la única moneda verdadera del mundo, la cual siempre enriquece sea cual sea su origen. Por lo tanto, la persona más bella es la más rica. Y, alguna vez, se ha considerado una de las personas más ricas del mundo.
Anne-Catherine tampoco se describiría como una persona rica, y con razón. La pareja está siempre a dos velas. Breitwieser asegura que no busca beneficios y nunca roba con la intención de vender algo, ni una sola pieza. Esto también le diferencia de casi cualquier otro ladrón de arte. Breitwieser tiene tan poco dinero que incluso en las fugas evita pagar los peajes de la autopista. De vez en cuando consigue un trabajo temporal —de reponedor, de camarero en una pizzería, en una cafetería o en un restaurante—, pero sobre todo vive de las prestaciones del Estado y los regalos de su familia. Anne-Catherine trabaja a tiempo completo de auxiliar de enfermería en un hospital, pero no está bien pagado.
Por eso la galería secreta de la pareja está en un sitio tan inusual. Breitwieser no se puede permitir un alquiler, por lo que vive con su madre y no paga nada. Las habitaciones de la señora están en el primer piso, pero su hijo insiste en que ella respeta su intimidad y nunca sube. Le explica que las piezas que Anne-Catherine y él traen a casa son hallazgos que han hecho en el mercadillo o imitaciones para darle vidilla a la buhardilla.
Breitwieser es un gorrón en paro que se esconde en la casa de su madre. Y él lo reconoce. El acuerdo le permite vivir con muy poco dinero y conservar todas sus obras de arte sustraídas sin necesidad de pensar siquiera en convertir el botín en efectivo. Dice que robar arte por dinero es vergonzoso. Se puede ganar dinero sin correr tantos riesgos. Pero ya hace tiempo que sabe que liberar por amor le hace sentirse eufórico.
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