¿Qué sentido tiene el mundo
mientras el canalla inmundo,
el vil asesino viva?
¿Y para qué la tibia tarde,
si el que se cargó a mi madre
anda libre, el fascista?
Quizá, puede que aún viva,
acaso come y respira
bajo el sayo del cura.
Fantasmas no le persiguen,
dulces cantos le sonríen,
disfruta de la luz pura.
¿Para qué los poetas,
los sabios y los profetas?
¿Para qué ansiar la bondad?
En vano paren las madres,
si en las cámaras de gas ves
a sus bellos críos ahogar.
El canalla sigue riendo,
el gas está ya fluyendo,
otro cruel infierno acecha.
La daga y el átomo,
caminan lomo a lomo,
todo vuelve a la palestra.
Fuera, no queda esperanza,
adiós, tiempos de bonanza,
el aire apesta a sangre.
La culpa se ha borrado,
de uniforme ha mudado
el verdugo de mi madre.


PRIMERA PARTE
1
El largo tren de bajos vagones de mercancías y con distintivos alemanes se detenía.
—Estamos parando. —La voz corrió entre una muchedumbre apenas consciente y débil.
Sospechábamos que nos íbamos aproximando a nuestro destino. Nos habían metido en el vagón dos días y medio antes, en Topolya, y desde entonces solo nos habíamos detenido dos veces, durante algo más de uno o dos minutos. En una de las ocasiones nos entregaron un caldo diluido a través de un agujero por el que apenas cabía la mano que sostenía el cuenco. La segunda vez, el tren frenó en una vía abierta. Los cerrojos rechinaron al abrirse y los gendarmes de campaña alemanes, enfundados en uniformes verde hierba, ordenaron chillando:
—Aussteigen! Zur Seite! Los! Los!
Estábamos al borde de un bosquecillo cubierto de flores. A saber dónde habríamos parado, en Hungría, en Eslovaquia o quizá ya en tierras polacas. Los esbirros verde hierba anunciaron que podíamos hacer nuestras necesidades.
—Prohibido entrar en el bosque. Un movimiento sospechoso y disparamos.
Cientos de personas corrieron a trompicones hacia el minúsculo terreno designado.
La mirada desvaída de las ancianas eran grotescos espejos llenos de terror. Apenas seis días antes, estas mujeres, sentadas en sus agradables y vetustas butacas, conversaban sobre la comida del domingo. Escuchaban la radio en el salón de su casa, mirando al jardín, y aguardaban noticias de sus nietos, obligados a cumplir trabajos forzosos.
Mujeres jóvenes y casadas. El día anterior todavía se rociaban el pecho y los brazos con agua de colonia y al sentarse se cubrían discretamente las rodillas con la falda.
Niñas, de quince, dieciséis, diecisiete años. Habían aprendido a hacer una reverencia educada. Habían dejado en casa sus libros de texto y quizá unas tímidas cartas de amor en cajas de chocolate adornadas con papel de encaje y cintas. Flores de campo prensadas entre hojas de álbumes de recuerdos.
Hombres. Viejos y jóvenes. Pequeños colegiales curiosos, adolescentes despeinados. Hombres. Maduros, entrados en años, ancianos. Corren y corren. Hace dos días que no han tenido la oportunidad de hacer sus necesidades. Abren las piernas, se acuclillan. Orinan impasibles, agazapados como animales. La orina forma charcos. Alrededor de ellos los doce gendarmes con flamantes uniformes verde hierba no les quitan ojo de encima. Ni una facción de sus recién afeitados rostros se altera. No son humanos. Tampoco lo son ya los que están en cuclillas.
Creo que la asombrosa metamorfosis se produjo allí, en aquel punto desconocido de Europa del Este, al borde de un frondoso bosque, junto al terraplén. Fue allí donde las personas de aquel tren infernal se convirtieron en animales. Como todos los demás, los cientos de miles de personas que la locura había expulsado de quince países hacia fábricas de la muerte y pabellones de gas.
En ese instante nos ordenaron por primera vez ponernos a cuatro patas.
* * *
El tren frena…
En la oscuridad de los vagones se agita la vida que queda. De los sesenta seres humanos apelotonados en nuestro vagón en Topolya, cincuenta y seis muestran una tímida señal de estar vivos. La mayoría somos del sur y del centro de la región de Bácska. Los cadáveres se amontonan en un rincón del vagón. El terror animal, el hambre, la sed y la falta de aire han acabado ya con cuatro personas. El primero fue el señor Mandel, el viejo carpintero, amigo de mi padre. El señor Mandel fabricó los muebles para varias muchachas casaderas de Bácska, siempre con esmero y decencia.
Tengo la impresión de que el viejo carpintero murió porque le despojaron de sus cigarrillos. Su ración había sido, durante sesenta años, de cincuenta cigarrillos diarios. Ningún mortal había visto al señor Mandel sin un cigarro encendido. En el campo de Topolya le habían confiscado, junto con las joyas y el dinero, su reserva de tabaco. Durante veinticuatro horas, el señor Mandel no hizo sino mirar hacia delante, obstinado, enloquecido. Se sumergió en la niebla, en la vaporosa mezcla que emanaba de todos aquellos cuerpos malolientes. Su vieja mano, teñida de caoba y ajada por sesenta años de trabajo con la madera, se movía mecánicamente de vez en cuando. Lo hacía como si elevara un cigarrillo. Sosteniendo el vacío entre el dedo índice y el corazón, el señor Mandel se llevaba el cigarrillo imaginario a sus labios marchitos. Como un niño que imita fumar, incluso fruncía los labios para exhalar el humo inexistente. Tras dejar atrás Érsekújvár, la cabeza del anciano cedió. Su muerte no fue ningún acontecimiento. Aquí, la muerte ya no podía serlo. El doctor Bakács, de Újvidék, inclinó por un instante su atormentada cabeza sobre la gastada zamarra e hizo un ademán de resignación. Él mismo tenía ya mala cara. A lo mejor pensaba que al cabo de doce horas otro médico del vagón estaría diagnosticando su propia muerte.
Dos personas enloquecieron y se tiraron largas horas bramando sin cesar. De sus rostros, pálidos como la cera, sobresalían unos ojos inyectados en sangre. Salpicaron de espumosa saliva a todos a su alrededor, arañaron la cara y trataron de sacar los ojos a más de uno. Cuando nos detuvimos para hacer nuestras necesidades, los gendarmes de campaña los empujaron sin rodeos al bosque, junto a otros a los que habían sacado de los demás vagones. Tras unos minutos oímos los disparos de las metralletas. Uno de los de verde soltó una carcajada amplia y repugnante y escupió.
No, no nos miramos. Llevábamos ya demasiado tiempo de trayecto para eso.
De trayecto… ¿hacia dónde…?
De alguna manera, me sorprendí de mí mismo. Aquel viaje… Szabadka, Budapest, Érsekújvár. Vaya, pensé fugazmente, aún sigo con vida y encima sin haberme vuelto loco. Por lo demás, no pensaba mucho. Pensar. Para pensar —por mucho que hubiera conservado mi entereza— yo también habría necesitado un cigarrillo. Pero no tenía.
Tras la minúscula ventanilla del vagón aparece el lago Balaton, de un verde inquieto, espumoso. En este ventoso y lluvioso primero de mayo, unas olas que parecen lenguas vomitan nauseabundas hacia el tren. Diviso Nagykanizsa. Pasamos de largo la ciudad, aunque en Topolya el policía número 6626 nos había dicho que nos llevaban ahí a trabajar.
—No hay nada que temer —nos susurró en secreto el 6626—; van a Nagykanizsa, y harán labores agrícolas.
El número 6626 era un amable campesino húngaro con sentido común. Pegaba fuertes gritos a los internos que vagaban por el patio cargados con calderos y sacando agua de la fuente o deambulaban fatigados por allí, y al mismo tiempo, cuando el centinela alemán miraba para otro lado, nos guiñaba un ojo y negaba con la cabeza, como un verdadero pícaro.
Corría el mes de mayo de 1944, y en aquellos tiempos pocos campesinos húngaros seguían aún tan embriagados por el vaho nazi como para no ver que políticos como Sztójay, Baky, Endre, Imrédy y los demás verdugos habían perdido la partida. Alguien tenía que pagar por la sangre y las lágrimas vertidas, por las patadas recibidas.
Con todo, 6626 estaba equivocado. No íbamos a Nagykanizsa.
El espejo del río Drava brilla absurdamente. En la otra orilla está la Croacia de Pavelić 0107 - . Es decir: la muerte. Así, sin más, vista desde el medio de la vida. Hago un gesto de resignación, como el que hizo hace diez días mi antiguo profesor de griego, el señor Lendvai, desde la ventana de la sala de profesores, que da a la calle, del instituto de Zombor. Nos metieron en los camiones ahí delante. Yo estoy de pie en la parte trasera, con una mochila a la espalda y, cosida en el abrigo, una estrella amarilla de tamaño reglamentario que yo mismo confeccioné. El profesor Lendvai, con el que en 1924 saqué un sobresaliente, y también los demás profesores, miran helados el camión y a los apiñados allí. Nuestras miradas se cruzan y el profesor Lendvai hace un gesto apenas perceptible. Lo comprendo.
El mundo se ha acabado, todo se ha acabado, eso dice el gesto del profesor Lendvai.
Nenikekas Judaiae… Nenikekas Judaiae…
* * *
Paseo de prisioneros en el amplio patio del campo de internamiento de Topolya. Los de mayor edad caminan a paso moderado, con las manos entrelazadas a la espalda. Algunos se reconocen con lacrimosa sonrisa. Aquí está prácticamente el equipo editorial completo del que fuera el mayor diario húngaro de Yugoslavia: redactores y colaboradores, viejos y nuevos. Ocultamos nuestra desesperación con cinismo. La eterna sonrisa de Lajos Jávor, rechoncho y enfermo del corazón, se le ha helado en la cara.
—Ayer se llevaron a las mujeres y a los niños —dice, y sus exangües labios se estremecen extrañamente—, en Szabadka, Zombor, Újvidék, en todas partes. Se han llevado a todo el mundo.
El ex redactor jefe, János Móricz, al que en su día entregué mis primicias nervioso e ilusionado, limpia sus binóculos y refunfuña dirigiéndose a mí:
—Si eres traductor, traduce esto al húngaro.
En los ojos se desnuda la desesperanza. En el interior del feo edificio de piedra roja yacen colchones húmedos y gastados. Los perseguidos se sientan sobre pilas de maletas y mochilas, mirando hacia delante. Algunos aún tienen cigarrillos, han logrado ocultarlos a ojos de los carceleros. Ahora fuman sin escatimarlos. Aquí nadie se preocupa por el mañana. Ni siquiera por el cuarto de hora siguiente. La desesperación no consulta agendas y no conoce la planificación. El mañana se vislumbra en la distancia, nebulosa y descorazonadora, como el próximo milenio, cuando la gente a lo mejor llevará falda o túnica, no habrá campos de concentración y quizá el inocente no sea castigado.
Mañana… ¿A quién le preocupa el mañana si ayer se llevaron incluso a las mujeres? Y a los niños. Pero ¿por qué? ¡Locura creadora!, ¿por qué? No nos atrevemos a seguir el pensamiento hasta el final. En Topolya, algunos habíamos oído de Auschwitz. Ciertamente, de vez en cuando nos habían llegado escalofriantes rumores de los horrores de los guetos de Polonia y recordábamos castañeteando los dientes las deportaciones de mujeres en Eslovaquia, pero ayer todo aquello parecía aún lejano e increíble. Y ahora tampoco nos atrevíamos a pensar que nos iban a llevar a la fuerza a través de fronteras, a miles y miles de personas inocentes. Tratábamos de consolarnos a nosotros mismos y a los otros imaginándonos dificultades técnicas.
—Ahora los nazis tienen otros problemas. ¿Dónde van a conseguir carbón, vagones, locomotoras y personal para sacar adelante una migración de tal envergadura? —preguntó en tono tajante el abogado y periodista Béla Maurer.
Sin duda, las noticias que llegaban de los frentes eran alentadoras. La mente de los obreros y los campesinos húngaros aún no estaba del todo nublada por la locura parda. Intuían que los señores se hallaban con la soga al cuello. Los más osados pregonaban en las tabernas que se estaban cometiendo atrocidades brutales. La gente sonreía incluso al oír los grandilocuentes informes de guerra o las expresiones forzadas formuladas en eufemismos tales como «maniobras de separación», «retirada flexible», «reubicación» o «reposicionamiento».
En tierras húngaras a los arrogantes alemanes les llovían miradas sombrías. El pueblo ya veía lo que sus señores no querían ver: a los soldados rasos de la Wehrmacht, extenuados y sin afeitar, a los impasibles y alelados agentes de las SS, con sus crueles ojos ya bien hundidos bajo los cascos de acero encajados en la cabeza, a los desenfrenados chavales de quince, dieciséis años, enfundados en sus camisas de lona; el ejército, con el que sus «aliados», los alemanes, habían ocupado el país. Veían que había que volver atrás, pero sabían que no era posible. Calles despobladas, ventanas cerradas, rostros tercos y huraños. El mudo e inevitable horror estaba al acecho también en los pueblos de Bácska. El silencio de la tormenta pasaba de puntillas.
Cuando nos pusimos a caminar desde el patio del campo de Topolya hacia la estación de tren, un trayecto de cuatro kilómetros, ninguno de nosotros —ni los hombres con fardos y mochilas, ni los niños con sus pasitos menudos, ni las exhaustas mujeres— sabíamos nada sobre Auschwitz. En cambio, los policías húngaros armados con bayonetas y situados por los alemanes a cincuenta metros de distancia unos de otros a ambos lados de la carretera bien que lo sabían.
Los ojos de los policías ardían de odio. De ese odio esmeradamente plantado, sobre cuyo porqué «el público» adiestrado para obedecer voces de mando raras veces indaga. Sin embargo, la inconcebible experiencia resucitó en algunos su sobrio humanismo de campesinos. Los labios de alguna que otra estatua armada se abrieron para decir:
—Dios los proteja.
La muchedumbre medio desfallecida, que avanza dando tumbos, ni siquiera los mira, pero en mi interior aún retumba la aciaga frase de despedida cuando mucho más allá de la estación de ferrocarril, en una vía de maniobras, avisto nuestro tren. Los vagones, con la enseña DR, que indica la compañía nacional de ferrocarriles alemana, hablan un alemán más alemán que los gendarmes de campaña alemanes que nos escoltan. Así que, a fin de cuentas, nos van a deportar. En el mejor de los casos: a la cámara de gas. En el peor: a trabajar como esclavos hasta la extenuación.
¡Y nosotros, despreciando a nuestros ocho compañeros que se suicidaron cuando llegó la orden de partida y quedó patente que el campo húngaro no era sino un lugar de concentración provisional! Mientras abrazábamos la ilusión de que nos iban a dejar allí o que nos destinarían a otro lugar en Hungría, todo aquello parecía, al fin y al cabo, más llevadero. ¡Topolya, Bácska…! Esos dos conceptos unidos y tan familiares, esa idea, lograron ahuyentar de alguna manera el espectro de la absoluta falta de esperanza. Topolya era aún un pedazo de mi hogar.
Ante nuestras miradas, buscando esperanza, todavía resplandecían en los cinturones de los policías húngaros las cuatro cifras de la Gendarmería Real Húngara, promesas dudosas, y aún no del todo disipadas, de nuestra integridad personal. Nos aferrábamos al paisaje familiar como a un clavo ardiendo, teníamos la esperanza de no haber quedado todavía completamente al margen de la ley. Los nazis húngaros podían ser igual de crueles que los alemanes. E incluso igual de decididos. Sin embargo, su ingeniosidad, así nos parecía, aún no se había deformado hasta llegar al sadismo de las cámaras de gas.
2
El tren frena lentamente…
Nos apiñamos de puntillas ante la ventanilla enrejada. La ventanilla ha vuelto a cobrar importancia. En las últimas veinticuatro horas apenas hemos mirado por ella. ¿Qué podía habernos interesado? Únicamente Rubinfeld ha echado vistazos por ella de vez en cuando.
Rubinfeld llegó a nuestro vagón en circunstancias insólitas la noche anterior. El tren fue frenando también entonces, hasta que se detuvo en seco. Se abrió la puerta, y unas manos desconocidas empujaron al interior a un hombre cubierto de sangre. Acto seguido, partimos. Resultaba obvio que él era la única razón de la parada.
De madrugada se filtró dentro del vagón un poco de luz, del tamaño de la palma de una mano, y algunos reconocimos a Rubinfeld. Era un judío fugitivo de Leópolis, uno de los muchos miles de desgraciados expulsados de sus hogares y perseguidos a través de media Europa por la expansión hitleriana. A lo largo de su calvario había recorrido Viena, Praga, Varsovia, Belgrado y Budapest. Y había acabado en Bácska. Llevaba viviendo o, mejor dicho, escondiéndose allí, en Újvidék, varios meses. En parte engañaba, en parte sobornaba a los detectives responsables de controlar a los extranjeros.
Tardó unas dos horas en volver en sí y contarnos lo que había ocurrido. En Topolya los alemanes habían asignado jefes de coche para cada vagón, lo que llamaban wagenälteste, comandantes de vagón. La investidura del cargo consistió en gritarle al interno tembloroso más cercano en los siguientes términos:
—Cerdo judío, tú serás el wagenältester. A ver, ¿qué serás, cerdo judío? —añadieron en tono aleccionador.
—Wagenältester.
—Muy bien. ¿Sabes qué es eso?
—No.
—Ven, ya te lo explico yo. —El gendarme verde hierba se hizo el amable—. El wagenältester responde con su propia cabeza por cada cerdo judío del vagón. Como alguno se escape durante el viaje, te fusilamos de inmediato. Ist es jetzt klar? ¿Está claro?
—Jawohl —farfulló el desgraciado.
En nuestro vagón, fue Sonnenthal, un viejo agente comercial con arterioesclerosis avanzada, a quien le tocó semejante «honor». Ya en casa apenas quedaba algo de vida en el desgraciado, pero resultó estar más cerca de la puerta cuando el de verde hierba irrumpió para llevar a cabo «la investidura». Sonnenthal no discutió. Se contentó con pasear por todos nosotros sus ojos, suplicantes y bañados en lágrimas, y farfullar:
—No vais a cometer ningún disparate, ¿verdad? Porque entonces…, ya sabéis…, me fusilan a mí.
En nuestro vagón, en efecto, nadie cometió ningún «disparate». Había una única forma de escapar, la cual equivalía prácticamente a la muerte segura. Forzar la reja de la minúscula ventanilla cuadrada ubicada a la altura de una persona y, si era lo bastante delgado para tal acto, uno quizá podía escurrirse a través del estrecho hueco. Así que, en teoría, existía la posibilidad de que un ser humano pudiera abandonar aquel infierno traqueteante. Lo que pasaría a continuación era obvio, pues no había forma de planificar el salto con anterioridad. Todo dependía del ángulo del terreno en el que se llevara a cabo la incontrolable caída. En nuestro vagón nadie lo intentó, pero en aquel en el que el wagenältester era Rubinfeld, un muchacho de dieciséis años, aterra
