Introducción
A las siete de la tarde del miércoles 13 de abril de 2022, en la parroquia San Bartolomé Apóstol de Elgóibar, se oficiaba el funeral por Asensio Otegi. Le quedaban unos días para cumplir noventa y seis años. La esquela de este obrero metalúrgico de la generación de la guerra, católico y con simpatías socialistas, la firmaba su único hijo, Arnaldo, su nuera, Mari Juli Arregi, sus nietos, Hodei y Garazi, y su pequeña biznieta. Ocho años antes, Otegi había despedido a su ama, Lolita Mondragón. Coincidió con su última estancia en la cárcel, de la que saldría en 2016. «Si la cárcel tiene alguna ventaja, es que tienes mucho tiempo para pensar. Sobre todo para pensar cómo luchas mejor contra el enemigo», señaló entonces en un mitin multitudinario en Anoeta, el lugar emblemático donde doce años antes había lanzado la propuesta para negociar con el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, larvada largo tiempo con su amigo Jesús Eguiguren, el que fuera presidente de los socialistas vascos, en un caserío de Txillarre, en el paisaje montañoso de la infancia de ambos en Guipúzcoa. Años atrás, en un frío chalet de Burgos, mantuvo un único encuentro con emisarios de José María Aznar, durante la tregua de ETA de 1998, que no tardaría en romperse de manera sangrienta. Había alcanzado poco antes el liderazgo de Batasuna, el brazo político de la banda terrorista, justo cuando empezaron las actuaciones contra el entramado etarra y, paradojas del destino, gracias a ellas. En toda biografía humana, como plasmó Woody Allen en su película Match Point, hay algún momento decisivo en el que la pelota puede caer, por apenas milímetros, de uno u otro lado del campo. Si el juez Baltasar Garzón no hubiese encarcelado a la Mesa Nacional del partido de la izquierda abertzale a mediados de los años noventa tras ceder sus espacios electorales a ETA —la primera de una serie de actuaciones que acorralarían al entramado etarra y que culminarían años después con la ilegalización de Batasuna— probablemente Arnaldo Otegi Mondragón habría tenido que esperar unos cuantos años más para convertirse en el líder de ese movimiento, si es que hubiera llegado a alcanzar ese puesto en algún momento. Pero una vez que vio en marcha ese tren de la oportunidad, no lo dejó escapar. La pelota, tras suspenderse algunos instantes en lo alto de la red, cayó de su lado.
Llevaba por entonces tiempo fajándose como correoso portavoz en el Parlamento vasco. En una sonada intervención, llegó a amenazar al peneuvista Juan María Atutxa, a la sazón consejero de Interior, sobre las consecuencias para los agentes de la Ertzaintza si actuaban para sofocar los disturbios provocados en manifestaciones de la izquierda abertzale. «Es su responsabilidad que no llegue el momento en que esos miles de hombres y mujeres que funcionan en la Ertzaintza y sus familiares entren en un callejón sin salida», le espetó a principios de 1997, cuando ETA mantenía secuestrado al funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara y llevaba varios años cometiendo sonados asesinatos, como el del concejal del Partido Popular (PP) en San Sebastián Gregorio Ordóñez, en 1995, o el del socialista Fernando Múgica en 1996. La expresión «callejón sin salida» en esas circunstancias no necesitaba demasiada explicación.
Radical en los planteamientos («su vida es la política, y Euskal Herria» señaló en cierta ocasión su mujer) y pragmático, camaleónico incluso, en la estrategia. Así es el hombre que en 2024, con la edad legal de jubilación ya cumplida, tiene un elevadísimo poder decisorio en el País Vasco, en Navarra y en el resto de España como coordinador general de Bildu. Socio preferente del Gobierno de Pedro Sánchez desde 2020, bajo su liderazgo la izquierda abertzale —ese espacio que ha ido mutando de siglas desde la Transición (Herri Batasuna, Euskal Herritarrok, Batasuna y ahora Sortu, partido nodriza de la coalición Bildu)— aspira a disputarle al centenario Partido Nacionalista Vasco (PNV) la hegemonía política en Euskadi. Y esto preocupa, y mucho, a los peneuvistas. Tanto, que su líder, Andoni Ortuzar, advirtió en el Aberri Eguna de abril de 2023 contra «los transformistas en política», reivindicando a su formación como «auténtica» frente a Bildu. «Son los de la mani, aunque se vistan de Armani», señaló con sarcasmo ante las carcajadas de sus simpatizantes. Tres meses después, en las elecciones generales del 23 de julio, Bildu obtenía por primera vez más escaños que el PNV en las provincias vascas. Y lo que es más importante, o más alarmante para los peneuvistas, empieza a sustituirles en el imaginario en su tradicional rol de «conseguidores» de la política en Madrid, sobre todo mientras en la Moncloa siga pernoctando un presidente socialista.
Aunque al mismo tiempo, y no solo por las inexorables razones biológicas, a Otegi le va tocando la hora de la retirada, a la que se resiste. Al menos hasta 2028, cuando cumpla setenta años, pretende seguir al frente de Bildu. «Tengo un problema, y es que la gente me vota», proclamó ufano el 27 de noviembre de 2023, cuando anunció que no concurriría esta vez como candidato a lehendakari en las elecciones de 2024, como sí hizo en 1998 y en 2001, pero que, por el contrario, sí se presentaría para revalidar su cargo orgánico en septiembre de 2024. Luego, en diciembre, designó como candidato a lehendakari a Pello Otxandiano, un ingeniero de cuarenta años sin mayor pasado que el de su currículum académico de excelencia, algo que «impresiona de saque», dijo su jefe de filas, y su vinculación desde la juventud a Sortu. Nada más. Su perfil es muy distinto al de un Otegi lastrado siempre por el más profundo y oscuro de sus pasados, el que le pone sobre los hombros una mochila de la que nunca se podrá liberar: su paso por ETA entre finales de los años setenta y los primeros ochenta, cuando le apodaban «el Gordo». Y cuando empuñó las armas para secuestrar, por ejemplo, al industrial Luis Abaitua, una acción por la que fue condenado, aunque presumiblemente participó en otras como miembro de ETA-pm (político-militar), primero, y luego de ETA-m (militar), pues ya entonces renunció a la vía de hacer política solo con la palabra, como eligieron entonces los polimilis, algunos tan célebres como Mario Onaindia y Eduardo «Teo» Uriarte, ambos condenados a muerte en el Proceso de Burgos en 1970. Polimili fue también Joseba Pagazaurtundúa, alguien de la misma generación, y su apuesta por las vías exclusivamente democráticas le costó ser asesinado por ETA en Andoain en 2003. Otegi no corrió ese riesgo. El difunto ex ministro del Interior socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, le llegó a transmitir en su día una clara disyuntiva. «O bombas o votos», le dijo. Otegi nunca renunció a lo primero, ni dejó de ampararlo, mientras buscaba lo segundo. Y así construyó su ascenso hasta la cúspide de su organización, que ahora pretende prolongar siguiendo el modelo bicéfalo que implantó en el PNV su histórico líder, Xabier Arzalluz, separando la figura del lehendakari (o del aspirante al puesto) de la del líder del partido. En 1995 estuvo con el sector mayoritario de Herri Batasuna que respaldó la ponencia «Oldartzen» que propugnó la llamada «socialización del terror». La que sirvió de base para una ofensiva etarra que abarcó desde los citados Ordóñez y Múgica hasta el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco en el verano de 1997, que provocó la mayor reacción ciudadana contra los terroristas, con España entera inundada de manos blancas pidiendo la liberación del joven concejal del Partido Popular de Ermua. En la minoría batasuna que no estuvo de acuerdo con Oldartzen figuraba en un lugar destacado el abogado navarro Patxi Zabaleta, que terminó liderando la escisión de Aralar, reintegrada desde del fin de ETA en 2011 en Bildu. Le costó vivir amenazado por la banda terrorista. Lo contrario que Otegi.
El influjo del hacha y la serpiente, símbolo de ETA, nunca ha desaparecido de su vida, ni de su acción política. Ni tampoco su ambición de la gran Euskal Herria, con capital en Pamplona —la «Jerusalén» vasca, como él mismo ha proclamado en infinidad de ocasiones— y siete territorios, incluidas tres provincias del sur de Francia.
Otegi nació en Elgóibar en 1958, apenas unos meses antes de que se fundase ETA, a finales de aquel año, a muy poca distancia de su localidad natal, en el barrio donostiarra de Gros, donde hoy se sitúa el Kursaal. Su cosmovisión hunde sus raíces en la mística de Euskal Herria como un lugar montañoso y rural, ajeno desde tiempo inmemorial a las influencias externas, ya sea la romanización o la relación con el resto de las provincias de España. En su cabeza, el vasco vive en el caserío, subsiste cultivando sus productos y es impermeable a lo que venga de fuera; aun cuando históricamente haya sido un pueblo de grandes marinos que han ido muy lejos y que se han mezclado con el exterior, aspecto que el nacionalismo suele desdeñar. En 2003 Otegi fue uno de los protagonistas destacados de un documental que ahondaba en esa visión, La pelota vasca. La piel contra la piedra, dirigido por el director vasco Julio Medem. Ante su cámara, y sentado en un frontón, explicó cuál era su mundo: «El día que en Lekeitio o en Zubieta se coma en hamburgueserías y se oiga música rock americana, y todo el mundo vista ropa americana, y deje de hablar su lengua para hablar inglés, y todo el mundo, en vez de estar contemplando los montes, esté funcionando con internet... pues para nosotros ese será un mundo tan aburrido, tan aburrido, que no merecerá la pena vivir». El enunciado bebe de la estirpe del nacionalismo vasco que alumbrase Sabino Arana, fundador del PNV. No obstante, con el tiempo Otegi ha renegado de Arana, optando por otros referentes históricos: «El gran error, que no fue tanto suyo como de su época, fue no entender que los vascos ya habíamos tenido un Estado, el Estado de Navarra. La evolución del abertzalismo habría sido sustancialmente diferente si en vez de partir de Sabino Arana hubiera partido de Arturo Kanpion, pero eso ya probablemente no tiene remedio». Difícilmente un reino medieval puede equipararse al concepto de Estado moderno, aunque difícilmente Otegi podría presentarse ante sus bases (y ante sí mismo) defendiendo una monarquía. Kanpion (Pamplona, 1854-San Sebastián, 1937) fue uno de los intelectuales del siglo XIX que introdujo en el nacionalismo vasco la reivindicación de Navarra. En 2017, la entonces presidenta de la Comunidad Foral, Uxue Barkos, de Geroa Bai (la marca del PNV en Navarra), le concedió la Medalla de Oro de la comunidad, lo que provocó fuertes protestas de Izquierda-Ezkerra, parte de la coalición de Gobierno, y del Partido Socialista de Navarra (PSN), que acusaron al homenajeado de haber apoyado el golpe fascista de 1936. En una carta al Diario de Navarra fechada en septiembre de aquel año, Kanpion afirmó: «Tengo el gusto de hacer constar que, liberada esta ciudad de la tiranía roja, quiero manifestar, a la vez que mi protesta más enérgica por el incalificable proceder del nacionalismo vasco, mi adhesión inquebrantable a la Junta Nacional de Burgos». Es decir, a Franco.
El día de noviembre de 2023 en el que anunció que seguiría como líder de Bildu pero no sería candidato a lehendakari no pudo evitar una pregunta de un periodista sobre su pasado como integrante de ETA. Con una sonrisa
