La guardia del alba

Maya Jasanoff
Maya Jasanoff

Fragmento

Prólogo. Uno de los nuestros

Prólogo

Uno de los nuestros

No era fácil llegar al Congo. Con una guerra civil en el este, un «gobierno en la sombra» títere de las multinacionales mineras en el sur, y la capital, Kinsasa, sumida en disturbios, la República Democrática del Congo era, en una diversidad de indicadores, uno de los estados más disfuncionales del mundo. A pesar de que el país tiene una gran abundancia de recursos naturales, ocupa las últimas posiciones del índice de desarrollo humano de Naciones Unidas y ostenta el segundo menor ingreso nacional bruto estimado per cápita del mundo.[1] Según contaban las páginas de mi guía de viaje: «Es una enorme zona llena de rincones oscuros, tanto en un sentido geográfico como mental […] donde el hombre ha luchado sin cesar contra sus propios demonios y, más ampliamente, contra los elementos de la naturaleza».[2] Era, en otras palabras, el corazón de las tinieblas. Y precisamente por eso deseaba ir.

Lo primero que me hacía falta era un visado, y para obtenerlo precisaba una carta de invitación de parte de alguien del Congo. A través de un intermediario de Kinsasa, recibí finalmente un documento en papel amarillo plagado de sellos y firmas en violeta, verde y azul. Pude contar hasta dos docenas de ellos: del Ministerio del Interior, del Ministerio de Asuntos Exteriores, del director general de Inmigración, de la Oficina de Servicios Públicos, de la Policía de Inmigración, de la Alcaldía, y de múltiples notarios, administradores y jefes de sección. Algunos de estos sellos tenían dibujos de panteras y lanzas. Tuve que pagar más de quinientos dólares para conseguirlo.

Envié mi solicitud de visado a Washington y reservé un billete de avión para más de dos meses después. Luego me puse a planear todo lo que iba a hacer allí. Me puse en contacto con toda la gente en la que pensé que tuviera alguna conexión con el Congo y, después, con todas las personas que estas me sugirieron. Organicé un itinerario con un intrépido turoperador que iba a llevarme al interior del país, hasta Kisangani, desde donde recorrería más de mil seiscientos kilómetros en barco, trazando la gran curva del río Congo hasta volver a Kinsasa. El viaje, a pesar de las condiciones extremadamente básicas, iba a costarme un montón de dinero, pero eso es lo que me habían dicho que necesitaba una turista occidental para viajar de forma segura (con acompañante todo el tiempo) a uno de los destinos menos turísticos del mundo.

Fui a una oficina de mi universidad llamada Global Support Services donde me recibió un hombre parapetado tras un escritorio cubierto con la bandera de Zimbabue. Me entregó un informe de seguridad y un plan de evacuación médica. Me aconsejó que comprobara dos veces que todo era realmente impermeable, que llevara el dinero sujeto al tobillo, que no bajara la guardia en ningún momento y que diera por hecho que me lo iban a robar todo. Después abrió un armarito y regresó con un regalo: un mosquitero.

Finalmente, tenía todo preparado. Pero tras meses de trámites seguía sin tener mi visado. En la embajada de Washington me decían que estaban esperando la aprobación del Ministerio de Asuntos Exteriores, en Kinsasa; pagué para conseguir otro sello más. Mis contactos presionaron a sus contactos. Ningún movimiento. Alguien me contó que aquel retraso era deliberado y que no estaba entrando en el Congo nadie de Estados Unidos.

Cuando por fin llegó mi visado, gracias a un conocido que apareció de pura chiripa con una persona que trabajaba en la embajada congoleña, ya era el día que empezaban las clases, de modo que, para poder viajar, tuve que esperar a que terminara el semestre. Mientras tanto, el Congo iba de cabeza a una crisis política. El mandato del presidente Joseph Kabila estaba llegando a su fin, pero este se negaba a convocar elecciones. Kinsasa se vio sacudida por protestas en contra del Gobierno y las fuerzas de seguridad mataron a casi cincuenta personas, por disparos, hachazos o quemadas vivas.

Los taxistas se negaban a hacer el trayecto desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad por temor a ser atacados. El Departamento de Estado de Estados Unidos ordenó a los familiares de los trabajadores del Gobierno que salieran del país, la Unión Europea anunció una serie de sanciones.[3] Si seguía decidida a hacer aquel viaje, me advirtió el turoperador, tenía que salir antes de que el presidente dejara el cargo (o más bien, antes de que no lo dejara, cosa que desencadenaría una violencia aún peor).

Eso me dejaba un plazo de exactamente tres semanas. Metí el mosquitero y la guía en la maleta, me embutí el dinero en los zapatos, me hice una playlist de rumba congoleña (soukous) y salí para el aeropuerto.

Más de cien años atrás, un marinero polaco de nombre Konrad Korzeniowski hizo también un viaje al Congo que, al principio, parecía haberse estancado para siempre y de pronto se puso en marcha de forma inminente. En noviembre de 1889, el marino se había entrevistado con una empresa de Bruselas para ocupar el puesto de capitán en un vapor que hacía la travesía del río Congo. Le prometieron el puesto, pero después no respondieron a ninguna de las cartas que les envió preguntando por la marcha del proceso, y cuando volvió a preguntar en persona, le dijeron que había que esperar. Después de seis meses de incertidumbre y silencio, Konrad recibió una notificación de la empresa avisándole de que se había abierto una vacante. Tenía una semana para partir hacia África.

«¡Si supieras la prisa diabólica con la que tuve que actuar! —le escribió a uno de sus amigos—. Si vieras la cantidad de latas y revólveres, botas de caña alta y despedidas sentidas […] la cantidad de frascos medicinales y afectuosos buenos deseos que me llevé conmigo».[4] En principio, Konrad iba a quedarse en el Congo por tres años, pero tras hacer su primer viaje río arriba y río abajo entre Kinsasa y Kisangani, renunció. Lo que vio en el Congo era un régimen europeo de inenarrable codicia, violencia e hipocresía, y se fue de África en un estado de absoluto descorazonamiento psicológico y moral. Nueve años más tarde, ya instalado en Inglaterra y cambiado su nombre por el de Joseph Conrad, canalizó aquella experiencia en una novela titulada El corazón de las tinieblas (1899).

Yo me disponía a viajar al Congo porque deseaba ver cuanto pudiera de aquello que había visto Conrad, porque lo que él había visto ha modelado, a su vez, lo que tantas otras personas han visto desde entonces. El corazón de las tinieblas sigue siendo una de las novelas más leídas en inglés; y la adaptación cinematográfica, Apocalypse Now, ha llevado el relato de Conrad a un número aún mayor de gente. La propia frase ha cobrado vida propia. El libro de Conrad se ha constituido como una piedra angular para pensar acerca de África y Europa, la civilización y la barbarie, el imperialismo, el genocidio, la locura… sobre la naturaleza humana misma.

Y también constituye un punto de ignición. En la década de 1970, el novelista nigeriano Chinua Achebe declaró que El corazón de las tinieblas era «un libro ofensivo y totalmente deplorable», que estaba sembrado de estereotipos degradantes sobre África y los africanos.[5] Conrad, decía Achebe, era «un condenado racista». No mucho después, un estudiante universitario mitad estadounidense mitad keniano de nombre Barack Obama se vio interpelado por sus amigos para que les explicara por qué estaba leyendo «este panfleto racista». «Porque… —balbuceó Obama—, porque este libro me enseña cosas […] Quiero decir, sobre los blancos. Mira, este libro no es realmente sobre África. O sobre los negros. Es sobre el hombre que lo ha escrito. Sobre los europeos. Sobre los americanos. Una manera concreta de ver el mundo».[6]

La primera vez que yo leí El corazón de las tinieblas, en clase de Lengua inglesa en mi instituto de Ithaca, la mirada crítica y cínica que Conrad arroja sobre el imperialismo europeo me pareció excitante y valiente. Cuando, más tarde, volví a leerlo junto con el ensayo de Achebe y con mis propios alumnos, en Harvard, acabé apreciando la perspectiva de Conrad por los mismos motivos que Obama: no a pesar de sus puntos ciegos, sino precisamente por ellos. Conrad había captado algo sobre la forma en la que opera el poder a lo largo y ancho de los continentes y las razas, algo que hoy parecía igual de urgente abordar que cuando él empezó a escribir.

Y El corazón de las tinieblas solo fue el principio. Según fui leyendo más y más libros de Conrad, ninguna vez dejaba de sorprenderme el alcance profético de su «manera concreta de ver el mundo». Después del 11 de Septiembre y con el crecimiento del terrorismo islamista, me vi recordando con sorpresa que el mismo autor que había condenado el imperialismo en El corazón de las tinieblas había escrito también El agente secreto (1907), que gira en torno a un complot terrorista y un atentado con bomba que sucede en Londres. Con la crisis económica de 2008, encontré al Conrad de Nostromo (1904) elaborando el retrato de un capitalismo de multinacionales entregado a los mismos trucos sobre los que yo estaba leyendo cada día en la prensa. Al tiempo que la revolución digital aceleraba el paso, yo descubría a Conrad escribiendo —en Lord Jim (1900) y muchas otras obras— de forma conmovedora sobre las consecuencias que había dejado la disrupción tecnológica en la industria que él mejor conocía: el transporte marítimo. Mientras los debates en torno a la inmigración provocaban turbulencias en Europa y en Estados Unidos, yo no dejaba de maravillarme una y otra vez por cómo había sido capaz Conrad de escribir cualquiera de aquellos libros en inglés, su tercera lengua, idioma que no había aprendido hasta la edad adulta.

La pluma de Conrad era como una varita mágica con la que conjuraba a los espíritus del futuro.[7] ¿Cómo lo hacía? ¿Cómo se las había apañado Conrad para —tal como observó una vez el escritor caribeño V. S. Naipaul— «estar en todas partes antes que yo»? ¿Cómo se las arregló, hace cien años, para «reflexionar sobre mi mundo, un mundo que yo reconozco hoy»?[8] Si consiguiera entenderlo, llegaría a aprender algo importante sobre su época… y sobre la mía.

Me encontraba en mitad del océano Índico cuando di con la respuesta. Iba desde Hong Kong hasta Inglaterra a bordo del CMA CGM Christophe Colomb, un carguero francés que hace una ruta de once semanas entre China y el norte de Europa llevando 13.344 contenedores de seis metros a bordo. Hoy no hay apenas viajeros que quieran pasarse cuatro semanas haciendo en barco un trayecto que en avión le llevaría menos de catorce horas. Yo había decidido hacer aquel viaje por mar como un deliberado salto al pasado, para lograr comprender mejor una parte fundamental tanto de la vida como de los escritos de Conrad.

Conrad, que nació en 1857 en la actual Ucrania de padre y madre polacos, dejó aquella tierra del corazón de Europa que carecía de salida al mar para hacerse marinero a los dieciséis años. Durante los veinte años siguientes, antes de escribir una sola palabra, trabajó como marino profesional y navegó por el Caribe, el Sudeste Asiático, Australia y África. Todos aquellos viajes inspiraron hasta tal punto su obra de ficción posterior que a menudo se le ha descrito como un «escritor del mar», a la altura de Herman Melville.

En el Christophe Colomb dejé atrás la velocidad y la conectividad de mi existencia del siglo xxi (sin internet, ni teléfono, ni noticias) y me incorporé a una comunidad exclusivamente masculina no demasiado distinta de aquellas de las que Conrad había formado parte. El buque contaba con unos treinta oficiales europeos y tripulantes asiáticos cuyas vidas a bordo se medían por una rotación de guardias y por la cuenta atrás de los días que faltaban hasta el siguiente puerto de escala. Íbamos siguiendo una de las rutas comerciales más antiguas del mundo, pero en vez del cargamento de té, porcelana, seda y especias de antaño, lo que llevábamos eran contenedores repletos de productos electrónicos baratos, artículos de plástico y comida ultracongelada. Atracamos en Singapur, donde estuve deambulando río arriba y río abajo y vi una placa dedicada a Conrad en el exterior de la antigua Oficina General de Correos. Surcamos con suavidad el mismo océano cálido y sereno que solían navegar los barcos de vapor de hace un siglo, y a aproximadamente su misma velocidad, en dirección al canal de Suez, que fue abierto en 1869. Frente al Cuerno de África navegaban las patrullas antipiratería de la Unión Europea, en unas aguas que en la época de Conrad estaban vigiladas por la Royal Navy británica.

Cuantos más paralelismos detectaba, más caía en la cuenta de que había planteado las cosas al revés. No se trataba tanto de que mi viaje en el Christophe Colomb fuera un anacronismo, sino más bien que Conrad había ido a la vanguardia. Desde la cubierta de un barco, había contemplado el surgimiento del mundo globalmente interconectado por el que yo navegaba hoy.

La historia opera como una terapia para el presente: le pone a hablar de sus padres. Dado que el término «globalización» se popularizó en la década de 1980, es fácil dar por sentado que la mayoría de las características que le asociamos datan también de esa misma época o de algún momento posterior: la interdependencia económica, la apertura de fronteras, la diversidad étnica de unas poblaciones interconectadas, la internacionalización de instituciones y estándares, lo compartido de las referencias culturales. Pero fue durante la juventud de Conrad, no de la mía, cuando «tres grandes logros del presente», en palabras de Walt Whitman, transformaron tanto la velocidad como el alcance de las conexiones globales: «En el Viejo Mundo, al oriente, el canal de Suez, / el Nuevo, atravesado por un ferrocarril formidable, / los mares incrustados de flexibles cables elocuentes».[9] Conrad atracó junto a unos buques de vapor transoceánicos que transportaban emigrantes de Europa y Asia en una escala nunca vista, ni antes ni después. Surcó las aguas sobre unos cables telegráficos transoceánicos que transmitían las noticias, por primera vez en la historia, a mayor velocidad de la que podían llevarlas las personas. Entre sus viajes, estableció su hogar en Londres, el corazón de un mercado financiero global que, en vida de Conrad, estuvo más integrado de lo que volvería a estarlo hasta la década de 1980.[10]

A Conrad no le habría sonado el término «globalización», pero con sus viajes, desde las provincias de la Rusia imperial, surcando los mares y hasta los condados de Gran Bretaña, fue su encarnación. Volcó su perspectiva global en sus novelas basándose mayoritariamente en sus experiencias personales y en anécdotas reales. Ese don de Conrad lo describió a la perfección Henry James: «Nadie ha conocido de verdad (para hacer de ellas uso intelectual) las cosas que tú conoces, y tienes, en tanto que artista de la materia, una autoridad a la que nadie ha llegado ni a acercarse».[11] Y esa es la razón por la que el mundo sobre el que Conrad escribe tiene un aspecto tan distinto al de sus contemporáneos. A Conrad se lo ha comparado con frecuencia con Rudyard Kipling, el poeta laureado extraoficial del Imperio británico, cuyos relatos acontecen en aquellas zonas del mundo que estaban coloreadas de rojo en los mapas para señalar el dominio británico. Pero Conrad no situó ni una sola de sus novelas en una colonia británica, y hasta en las obras que transcurren en Inglaterra o en barcos británicos, los personajes, por lo general, no son británicos. Conrad extendió su red por Europa, África, América del Sur y el océano Índico y, después, se coló por sus agujeros. Llevó a sus lectores a lugares «más allá del final de los cables telegráficos y de las líneas de los buques», en veleros que navegan lentamente junto a los veloces vapores y entre los «humanos marginales que uno se encuentra en los rincones perdidos del mundo».[12]

Redes imperiales y globales en 1900.

Sombreadas en gris, las colonias británicas.

El Imperio británico desapareció hace mucho tiempo y ya no queda mucha gente que lea a Kipling. Pero el mundo de Conrad aún destella por debajo del nuestro. Hoy, los cables de internet discurren por el fondo del océano junto a los viejos cables telegráficos. Los personajes de Conrad susurran al oído de las nuevas generaciones de manifestantes antiglobalización y de los paladines del libre comercio, defensores del intervencionismo liberal y terroristas radicales, activistas por la justicia social y nativistas xenófobos. Y no hay emblema de la globalización mayor que el barco portacontenedores, que ha abaratado tanto el transporte que, en pro de la reducción de costes, sale más a cuenta pescar en Escocia, enviar el pescado a China para filetearlo y volver a llevarlo después a Europa para su venta que contratar trabajadores in situ. El 90 por ciento del comercio mundial se transporta por mar, y esto hace que tanto los barcos como los marinos adquieran más centralidad hoy que nunca para la economía mundial.[13]

Lo que yo hallaba en la vida y en la ficción de Conrad era, en resumen, una historia de la globalización vista desde dentro hacia fuera. Lo siguiente era encontrar una forma de describirlo.

En este libro me dispongo a explorar el mundo de Conrad empleando una brújula de historiadora, la gráfica cronológica de una biógrafa y el sextante de navegación de una lectora de ficción. A través de la narración de la historia de su vida deseo entrelazar las historias de Europa, Asia, África y Latinoamérica —y los océanos entre ellas—, y reflexionar acerca de lo que Conrad explicó sobre estas regiones en cuatro de sus novelas más conocidas: El agente secreto, Lord Jim, El corazón de las tinieblas y Nostromo.

«Todo lo que tiene que ver con mi vida en el ancho mundo puede encontrarse en mis libros», dijo Conrad en una ocasión.[14] Ya durante su vida, y con la aquiescencia de Conrad, los críticos Richard Curle y Gérard Jean-Aubry publicaron un recuento de sus primeros viajes en el que señalaban la influencia que cada uno de ellos había dejado en su obra. Posteriormente, los más sagaces conocedores de Conrad, Edward Said e Ian Watt, también supieron reconocer que la clave para interpretar su obra de ficción era hacer una lectura con perspectiva biográfica. No es que Conrad lo pusiera fácil. Permitió que la gente creyera que algunas historias eran autobiográficas cuando no lo eran, y ocultó otras partes de su pasado que sí habían influido en sus obras.[15]

No obstante, quien escribe una biografía a menudo no tiene mucho más en lo que basarse. La compilación de la correspondencia completa de Joseph Conrad —Collected Correspondence of Joseph Conrad— ocupa nueve volúmenes que han sido meticulosamente editados, unas cinco mil páginas en total. De ellas, apenas doscientas páginas corresponden al periodo que va desde su nacimiento, en 1857, hasta la publicación de su primera novela en 1895. Es solo el 4 por ciento y se ocupa de documentar más del 50 por ciento de su vida, la totalidad de esa «vida en el ancho mundo» que según él mismo dijo había inspirado toda su obra. En la década de 1960, el historiador literario Norman Sherry emprendió una labor heroica dedicándose a rastrear todas las fuentes concretas de sus obras de ficción.[16] Pero no es de extrañar que las muchas grandes biografías de Conrad —escritas por Jocelyn Baines, Frederick Karl, Zdzisław Najder y John Stape— estén centradas, todas ellas, en los detalles mucho mejor documentados de su carrera literaria: su proceso de escritura (tortuoso), su situación económica (precaria), sus amistades literarias (cálidas), su vida doméstica (tranquila), sus relaciones con su agente y sus editores (ambivalentes), y su salud física y mental (terribles ambas).[17]

En mi caso, para investigar la «vida en el ancho mundo» de Conrad, he seguido una pista distinta. «La historia es hecha por los hombres, pero no se hace en sus mentes», dice un filósofo de salón en El agente secreto. La frase parafrasea con un giro satírico la observación de Karl Marx acerca de que «Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio».[18] La diferencia entre biografía e historia es que quienes escriben una biografía empiezan, generalmente, por la persona, y los que indagan en la historia empiezan, generalmente, por las condiciones. Si contemplar a Conrad como sujeto biográfico nos abre una historia de la globalización desde dentro hacia fuera, acercarme a él como objeto histórico me ha permitido trazar una biografía desde fuera hacia dentro, con la capacidad de distinguir entre las elecciones que hizo él y las que hicieron por él sus circunstancias.

Normalmente, la diferencia entre historia y ficción suele entenderse como una cuestión de hechos probados: los novelistas se inventan cosas y los historiadores no. Sin embargo, una forma mejor de plantear esa diferencia podría ser en términos de puntos de vista. Los historiadores no entran allí donde las fuentes no los llevan, lo que significa que suelen detenerse a las puertas de la mente del sujeto. Aun en los casos en los que existen diarios y cartas que parecen «contarlo todo», los historiadores habitualmente tratan aquello que sucedió como una cosa y la vivencia de esa persona como otra distinta. Los novelistas, en cambio, flanquean esa puerta y deambulan con libertad por los sentimientos, impresiones y pensamientos del individuo. Lo que sucedió es en realidad tu experiencia de ello. Esto, según afirmaba Conrad, podría hacer que la ficción fuera el registro más verdadero de la experiencia humana. «La ficción es historia, historia humana, o no es nada —afirmó—. Pero es también mucho más que eso; se asienta sobre un terreno más firme, pues se basa en la realidad de las formas y la observación de los fenómenos sociales, mientras que la historia se basa en documentos […] en impresiones de segunda mano».[19]

Las novelas de Conrad también son mucho más que eso, y ese es el motivo por el que él detestaba que lo etiquetaran como un escritor del mar. (A Conrad no le gustaba Melville, tampoco, y tildó a Moby Dick de «rapsodia bastante forzada sobre la caza de ballenas sin una sola línea sincera en sus tres volúmenes»).[20] «Yo soy algo distinto, y quizá algo más, que un escritor del mar, o aun de los trópicos», insistía.[21] En todas sus obras, dondequiera que transcurrieran, Conrad indaga en las ramificaciones que comporta vivir en un mundo globalizado: los impactos morales y materiales de la dislocación; las tensiones y las oportunidades que entrañan las sociedades multiétnicas; las disrupciones que acarrean las transformaciones tecnológicas. Lo que Conrad creía —en lo que supone una enmienda implícita al ideal liberal occidental de la libertad individual— es que, en realidad, las personas no tienen en ningún caso escapatoria de las limitaciones que les imponen fuerzas mayores que ellas mismas, y que hasta el más libre de los libres albedríos puede verse constreñido por lo que él habría llamado destino. Muy a menudo, sus libros giran en torno a personajes que deben hacer frente a una decisión crítica y acaban encontrándose con consecuencias de mucho mayor envergadura de lo que podían haber imaginado. Las novelas de Conrad son mandatos éticos. Meditan acerca de cómo comportarse en un mundo globalizado en el que los viejos manuales están quedando obsoletos y aún no ha escrito nadie otros nuevos.

Todo gran escritor suscita un buen número de interpretaciones y recepciones diversas y Conrad no es una excepción. Se han escrito libros enteros acerca de facetas de su vida y de su ficción que yo apenas toco aquí, en concreto sobre sus influencias y sus relaciones literarias. Es muy posible que tu Conrad no sea el mismo que el mío. A lo mejor es tu escritor favorito, a lo mejor no puedes ni verlo, a lo mejor nunca has oído hablar de él o no has leído ni una sola palabra suya.

Yo misma me he cuestionado bastantes veces qué sentido tenía mi apego a este hombre blanco muerto: perpetuamente deprimido, irremediablemente cínico, alarmantemente prejuicioso para los estándares actuales. Como mujer, me problematizaba dedicar tanto tiempo a un autor cuya obra incluye tan pocos personajes femeninos creíbles que parece que apenas tenía consciencia de que las mujeres también son personas. En tanto que persona de ascendencia asiática, me generaban rechazo las representaciones exotizantes y, con frecuencia, denigrantes que hace Conrad de la gente asiática; como persona de ascendencia judía, me irritaba su ocasional pero innegable antisemitismo. En Polonia, me quedé coja yendo tras los pasos de Conrad y en un velero de mástiles altos que navegaba tras su estela me mareé terriblemente. Y todo eso fue antes de lo que me esperaba en el Congo. Fracasé estrepitosamente en mi primer intento de leer Nostromo, y pasé tantas noches sin dormir intentando dar forma a este libro que temí que el mismo espíritu maligno que había hecho de la escritura una agonía para Conrad hubiera venido también a por mí.

Después, recordé los días cálidos y tranquilos que había pasado en el Christophe Colomb, cuando la mera belleza del amanecer sobre el mar me impulsaba a madrugar cada mañana para contemplarlo. Me imaginaba a Conrad a bordo de un barco, inteligente, ingenioso, erudito, observador, amigo generoso, devoto hombre de familia y, en ciertos aspectos, inusualmente tolerante para los estándares de su época. Esté o no de acuerdo con él, estar en su compañía siempre me ha merecido la pena. En sus páginas plasmó una diversidad de voces de carácter más internacional y multiétnico que cualquier otro escritor de su época que yo conociera. Igual que yo, Conrad fue un privilegiado por pertenecer a la clase media de la primera potencia mundial de su época, y sus libros encarnan un compromiso reflexivo con las responsabilidades y los desafíos que ello conlleva. No tenía miedo de enmendar clichés ni de denunciar la explotación, la tiranía y la hipocresía allá donde las encontrara. Recordé una frase que se repite como un mantra por todo Lord Jim: «Él era uno de los nuestros». Para bien y para mal, Joseph Conrad era uno de los nuestros: un ciudadano de un mundo global.

Primera Parte

Nación

Partición de Polonia el año del nacimiento de Conrad.

1

Ni hogar ni país

Tres semanas antes de la Navidad de 1857, un monje del monasterio carmelita de Berdichev, en Ucrania, caminó sobre la tierra escarchada con sus sandalias para bautizar a un primogénito.[22] Roció al niño tres veces con agua bendita, y lo cristianó con los nombres del padre de su madre, Józef, el padre de su padre, Teodor, y uno de los héroes de la literatura patriótica polaca, Konrad. Dios te ha regenerado, le dijo el sacerdote a Józef Teodor Konrad Korzeniowski, ungido con la historia y las esperanzas de toda una familia.[23]

El padre del niño, Apollo Korzeniowski, se sentía henchido por una sensación de acontecimiento. El nacimiento de un primer hijo es histórico para cualquier progenitor, y Apollo lo vivía también de forma profundamente política: como un momento de reflexión acerca del destino de su país, Polonia, que había dejado de existir como Estado. Berdichev había formado parte de la Mancomunidad de Polonia-Lituania, una organización política independiente que, a finales del siglo xviii, fue engullida por sus vecinos en tres grandes bocados. Desde entonces, Austria gobernaba la provincia meridional de Galitzia, Prusia gobernaba el noroeste, y Rusia se había apoderado de todo lo demás, un territorio de enorme extensión que abarcaba casi toda Lituania, Bielorrusia y Ucrania: según Catalina la Grande, eran tierras rusas recuperadas; según los polacos, «tierras robadas».[24] Casi de un día para otro, los polacos de Ucrania se convirtieron en una piedra en el zapato del imperio más autocrático de Europa.

Apollo era un escritor vocacional; lo político lo transformaba en poético. Compuso una canción con ocasión del día del bautizo. «A mi hijo —comenzaba—, nacido en el año 85 de la opresión moscovita»:

Hijito mío, duerme sin miedo.

Canción de cuna, el mundo está oscuro,

No tienes ni hogar ni país…

Hijito mío, dite esto,

estás sin tierra, sin amor,

sin país, sin gente,

mientras Polonia, tu Madre, yace en su tumba.

La alegría, el orgullo, el alivio o cualquier otro sentimiento dichoso que cabría que un padre expresara ante la llegada sin contratiempos de un niño sano brillan por su ausencia. La nana de Apollo era un canto fúnebre para un bebé que nacía huérfano, ya en duelo antes de haber tenido siquiera oportunidad de vivir. Apollo contemplaba el futuro como a través de un túnel. Había unos muros restrictivos, la dominación imperial rusa; había una luz al final, la independencia polaca; y el reto estaba en seguir adelante hasta alcanzar esa luz. Por eso le gustaba el lema «ubi crux, ibi poesia»: donde hay una cruz, hay poesía, o tal como él lo usaba, donde hay una causa, hay esperanza. Le inspiraba valentía y resiliencia, devoción y paciencia. «Llegará el momento, pasarán los días», concluía, y por la gracia de Dios, Konrad vería a Polonia resucitar.[25]

Apollo deseaba que sus versos fueran una inspiración. Pero, mientras acunaba a aquel cálido fardito de puñitos apretados y ojos cerrados, no podía anticipar la resonancia que acabarían teniendo sus palabras: el modo en el que la oscuridad psicológica torturaría a Konrad, cómo lo perseguiría la soledad, lo lejano de las tierras a las que habría de viajar antes de encontrar cualquier clase de hogar. Apollo no podía imaginarse que, en retrospectiva, su estímulo podría leerse más como una maldición.

Hay una antigua expresión polaca que tiene que ver con la ciudad en la que nació Konrad Korzeniowski el 3 de diciembre de 1857. Cuando le dices a alguien «manda una carta a Berdichev», lo que le estás diciendo es «manda una carta a ninguna parte», no me va a llegar nunca.[26] El dicho juega con la posición que, en el siglo xix, había ocupado la ciudad en calidad de «alguna parte», en particular para la entonces mayoría de población judía que vivía allí. Berdichev acogía cada año un buen número de ferias comerciales, lo que convertía la localidad en parada habitual para los vendedores ambulantes, sin dirección establecida. Cuando decían «manda una carta a Berdichev», querían decir envíala a un sitio al que sin duda voy a ir, me llegará sin falta.

El mundo está hecho de lugares que son «ninguna parte» y lugares que son «alguna parte», pero su clasificación en una de las dos categorías depende de desde qué «parte» se esté mirando. La historia de la vida de Konrad y del mundo en el que vivió es una historia en la que las ningunas partes y las algunas partes colisionan. Por la época en la que nació, la quiebra de un banco de Ohio desató un pánico financiero que hizo quebrar a negocios de Hamburgo.[27] Los soldados británicos luchaban para reprimir una rebelión en la India. Las tropas indias navegaron hasta Cantón para amenazar a los funcionarios imperiales chinos.[28] Los colonos chinos se rebelaron en un río en Borneo, un Estado malayo gobernado por otro europeo.[29] En la cuenca del Congo, aldeanos que no habían visto nunca a una persona blanca intercambiaban telas y armas europeas por marfil.[30] Un filibustero estadounidense fue expulsado de Nicaragua. Barcos de vapor de fabricación estadounidense surcaban los ríos de América del Sur y una locomotora construida en Leeds tiraba del primer tren de Buenos Aires.[31]

Aunque después Konrad acabaría siguiendo rutas en creciente extensión y aceleración para el comercio, el dinero y las personas por todos los continentes, su viaje se inició en un lugar, Polonia, que no estaba, literalmente, en ninguna parte en los mapas de Europa, pues había sido borrada por las particiones de 1772, 1793 y 1795.[32] Pero para los padres de Konrad, Apollo y Ewa, fervientes nacionalistas, Polonia era la única «alguna parte» que importaba. Y la visión del mundo que transmitieron a su hijo era semejante a una especie de visión de túnel.

La historia se asienta pesadamente sobre algunas espaldas y la familia de Konrad entró en el siglo xix bajo su peso. Pertenecían a una clase privilegiada de nobleza terrateniente, la szlachta, que remontaba su ascendencia a los fundadores míticos de la nación polaca. Los miembros de la szlachta —a la que pertenecían uno de cada diez polacos— podían ser ricos como un príncipe o pobres como un campesino, pero todos ellos disfrutaban de una serie de derechos que iban desde la tenencia de un escudo de armas hasta quedar libres de arrestos arbitrarios. Todos los varones szlachcic podían ser elegidos para ocupar cargos gubernamentales y tenían derecho a votar para elegir a los miembros del Parlamento, que, a su vez, elegía al rey.[33] Con el Imperio ruso, la szlachta, que en su momento se consideraba el pilar vertebral cívico de la Mancomunidad de Polonia-Lituania, una «república de nobles», perdió todos sus privilegios y sintió una responsabilidad particular de restaurar un Estado polaco independiente.

Los padres de Konrad crecieron bajo la sombra de una derrota. En 1830, los nacionalistas se habían alzado en una gran insurrección en el núcleo de mayoría polaca que formaban los territorios en torno a Varsovia (la llamada Polonia del Congreso), pero, en 1831, fueron derrotados por el ejército ruso. El zar abolió el Parlamento de la provincia, instauró una ocupación militar e impuso políticas de rusificación en la educación, la religión y las leyes. El régimen confiscó las propiedades de cinco mil szlachta, deportó a ochenta mil civiles a Siberia y algunos territorios del este y obligó a cien mil soldados polacos a realizar un servicio militar brutal en el Cáucaso. Más afortunados fueron los aproximadamente diez mil insurrectos que emigraron y pasaron a engrosar las filas de la nación polaca en el exilio: capital, París. Allí, los políticos planeaban su regreso entre la resonante cadencia de la poesía del refugiado Adam Mickiewicz y las melodías de las mazurcas y polonesas del emigrado Fryderyk Chopin.[34]

¿Qué se puede hacer cuando tu historia ha sido secuestrada, tu lengua, suprimida, tu religión, marginada y tu forma de vida, despreciada y constreñida? Los dos hombres más importantes de la vida de Konrad (su padre Apollo Korzeniowski y su tío materno Tadeusz Bobrowski) dieron dos respuestas distintas. Por el lado Bobrowski de la familia, Konrad conoció a los antepasados que habían intentado jugar lo mejor posible una mala mano. Su abuelo materno había considerado que la insurrección de 1830 era «el colmo de la locura» y se quedó en Ucrania mientras sus amigos, más temerarios, se apresuraban a unirse a ella.[35] Su recompensa fue una relativa riqueza. A su muerte, en 1850, dejó dos mil quinientas hectáreas y trescientos sesenta siervos varones para compensar sus deudas, así como una destilería, una taberna, molinos y un establo con unos caballos de elegancia excepcional.[36] El tío de Konrad, Tadeusz, que entonces solo contaba veintiún años, asumió el papel de cabeza de familia de los Bobrowski. Tadeusz odiaba a los rusos tanto como los demás, pero aceptaba la autoridad zarista como una dura realidad e invertía su energía política en cuestiones prácticas como la reforma agraria o la emancipación de los siervos.[37]

Por el lado Korzeniowski, Konrad conoció a la parte de su familia que daba la batalla. En 1830, su abuelo paterno, veterano de las guerras napoleónicas, reunió por su cuenta un regimiento de caballería y partió a luchar contra los rusos. Su castigo fue la ruina económica. La familia tuvo que dejar su espléndido hogar ancestral e instalarse en otro distrito, donde el abuelo de Konrad se las apañaba como podía trabajando para el Gobierno como gestor de las tierras confiscadas a otro polaco.

El padre de Konrad, Apollo, que no tenía más que once años cuando, en 1831, fracasó la rebelión, vivía la derrota nacional como una calamidad personal. Buscaba consuelo en los versos de poetas románticos como Mickiewicz, que cantaban a Polonia refiriéndose a ella como «el Cristo de las naciones» y colmaban a toda una generación de jóvenes szlachta de odas a la fe, el valor, la resistencia y el amor.[38] Durante su veintena, Apollo fue estudiante de lenguas en la Universidad de San Petersburgo, y allí se incorporó a una próspera clandestinidad literaria en la que los estudiantes polacos se pasaban unos a otros textos censurados en reimpresiones extranjeras de contrabando (llamadas «ediciones de papel secante») o en copias que realizaban laboriosamente a mano.[39] Apollo empezó a publicar sus propios textos: una obra de teatro, un volumen de poemas y una traducción de su autor francés favorito, Victor Hugo.[40] La literatura le daba lo que el ejército había dado a su padre: un lugar en el que encontrar su sentido, actuar según sus creencias, cumplir un deber. Si no tenías poder político, podías emplear el poder de los poemas, y si los autócratas trataban de censurar tus palabras, podías plantarles resistencia hablando en páginas silenciosas, escondidas en cubiertas falsas y distribuidas furtivamente entre las amistades.

Tadeusz Bobrowski, siempre pragmático, detectó en Apollo los signos del utopismo fantasioso que había sido la ruina de su padre, «siempre dispuesto, sin pensarlo un momento, a montar en su caballo para expulsar al enemigo de nuestra tierra […]. Todo el mundo sabía que, un tiempo atrás, este szlachcic había luchado bien, pocos se paraban a preguntarse si era capaz de pensar bien».[41] Para Tadeusz, pertenecer a la nobleza era heredar una fantasía política. El deber de uno era hacerse cargo de la realidad. Se burlaba de Apollo por ir pregonando su condición de szlachta en toda ocasión, incluyendo «de forma más bien pretenciosa» el nombre de su noble clan, Nałęcz, cada vez que firmaba su nombre.[42] Pero si lo hacía así no era por mero esnobismo. Para él, pertenecer a la nobleza era heredar una tradición de libertad política. Y el destino de uno era reclamarla.[43]

En 1846, Apollo volvió de San Petersburgo al tedio cotidiano de la administración de una hacienda en la Ucrania rural. Aborrecía la vida entre unos provincianos rústicos que no estaban politizados.[44] «A veces creo haber aterrizado en los bosques salvajes de América, donde hordas de monos se mofan del ser humano que se extravía», se lamentaba.[45] Dos objetos de amor lo sostenían.

El primero de ellos era Ewa Bobrowska, hermana de Tadeusz. Nacida en 1831, cuando se conocieron no tenía más que dieciséis años, pero mostraba ya una gran belleza y además estaba «educada en un nivel superior de lo que era común en nuestras mujeres durante su época». Se enamoró fulminantemente. Ella era «su Beatriz […], rebosante de encanto e inteligencia, una refinada muchacha ucraniana con un corazón de ángel».[46] Apollo, con su conversación aguda, sus gustos urbanitas y su llamativa apariencia (algunos decían fea), llamaba la atención en los salones provinciales. Pero una cosa era invitarlo a tomar el té y otra muy distinta dejar que cortejara a tu hija. La madre de Ewa «sospechaba que era un hombre de temperamento frívolo y hábitos inconstantes», y su padre le «encontraba falto de practicidad y de ingenio», con toda probabilidad más tendente a perder el tiempo «leyendo, escribiendo y montando a caballo que trabajando». Para distraer a Apollo de la pista de Ewa, el padre lo llevaba de visitas sociales por el distrito, con la esperanza de que se enamorara de otra joven, pero el hijo «siempre manejó las cosas con suficiente inteligencia para que ni la chica ni sus padres se ofendieran». Aunque su familia aún no lo había detectado, Ewa también había quedado cautivada por Apollo y «rechazó todas las insinuaciones de los demás pretendientes» por él.[47]

Izquierda: Ewa Korzeniowska, de soltera Bobrowska. Derecha: Apollo Korzeniowski.

Apollo se mantuvo igual de firme en el empeño con respecto a su otra gran pasión: Polonia. Escribió, observó y aguardó el momento del levantamiento. ¿Sería en 1848, cuando las revoluciones democráticas se extendieron por toda Europa? Aún no. ¿1854, cuando Gran Bretaña y Francia lanzaron una campaña de guerra contra Rusia en Crimea? Apollo instó entonces a una insurgencia liderada por los szlachta en Ucrania, dando por hecho que los siervos se pondrían del lado de sus terratenientes polacos. Todavía no, fue la orden de los poderosos emigrados polacos en París.[48]

Años de paciencia le concedieron el primero de sus objetivos. Ewa Bobrowska había mantenido las distancias por respeto a los deseos de su familia, pero para cuando entró en la veintena su añoranza de Apollo era tan manifiesta que su madre y su hermano Tadeusz temieron que «su salud y su futuro se vieran amenazados». Si no se casaba con Apollo, no se casaría con nadie. La familia concedió tácitamente a Apollo el permiso para reemprender su cortejo y la pareja se casó en la primavera de 1856.[49] Él tenía treinta y seis años, ella veinticuatro y habían demostrado su compromiso mutuo durante toda una década de distancia. Cogidos de la mano, caminaron hacia una causa compartida: una Polonia libre.

Cuando nació su hijo, en diciembre de 1857, Apollo y Ewa honraron a sus padres respectivos poniéndole sus nombres en primer lugar, pero el tercero, Konrad (que era, en realidad, por el que todos lo llamaban), manifestaba su posicionamiento con respecto a la dominación rusa. Habían sacado el nombre de la obra de Adam Mickiewicz que, en su poema Konrad Wallenrod, de 1828, narra la venganza de un guerrero lituano sobre los conquistadores teutónicos infiltrándose en su más alto rango y haciéndolos marchar deliberadamente a una muerte segura.[50] Mickiewicz volvió a usar el nombre de Konrad también en 1832, en la tercera sección de su obra Dziady, «La víspera de los antepasados». «Ahora mi alma está encarnada en mi país —canta Konrad—, y en mi cuerpo habita su alma. / Mi patria y yo somos un gran todo». Mira a Polonia «como miraría un hijo / a su padre destrozado en la rueda» y grita: «¡Sálvanos, Señor!».[51]

Durante el primer año o dos de la vida de Konrad, Apollo hizo el papel de terrateniente szlachta llevando la gestión de una finca que había arrendado a una familia más acaudalada. Sin embargo, tal como sospechaba su cuñado Tadeusz, Apollo no era muy ducho en aquella actividad. «Los poetas —declaró Tadeusz, siempre presto a emitir su juicio—, hombres de imaginación e ideales, no son capaces de formular planes claros y concretos para la vida; harían mejor en no involucrarse en esos asuntos y dejar estos trabajos a otras almas menos puras e ideales, más conscientes de las cuitas y las necesidades de la vida mundana».[52] Salía el dinero y no entraban demasiados ingresos, y volvía a salir más dinero. Para 1859, los Korzeniowski habían perdido toda su inversión y también parte del dinero de la madre de Ewa.

Apollo se llevó a su familia a la ciudad de Zhitómir, donde intentó ganarse la vida como escritor. «Tengo que escribir porque, por el momento, no hay otra cosa que pueda hacer».[53] Sus traducciones del francés al polaco (más Victor Hugo y una versión de Chatterton de Alfred de Vigny) le reportaron algo de dinero. Mientras, él vertía su nacionalismo romántico en poemas, obras de teatro y artículos periodísticos. Con Alejandro II, zar de mentalidad reformista, la emancipación de los siervos se estaba volviendo una cuestión política de calado, y la szlachta aprovechó la «cuestión campesina» como una posible herramienta para impulsar los intereses polacos. Los grandes de Varsovia fundaron la Sociedad Agrícola para debatir los asuntos relacionados con la gestión de las tierras que no tardó en convertirse en una coordinadora de la szlachta nacionalista.[54] Es muy posible que el vínculo entre política y asuntos agrarios fuera la razón por la que, cuando Apollo y Tadeusz Bobrowski, en un raro momento de colaboración, propusieron la publicación de un boletín agrícola semanal destinado a la nobleza local, las autoridades rusas les negaron el permiso.[55]

Apollo estaba perdiendo la fe en la reforma agraria. Le desesperaba ver que los terratenientes iban abandonando en número creciente la agricultura en favor de las refinerías industriales de azúcar de remolacha. «Pongamos la agricultura y todo lo que a ella compete por delante de todo lo demás —insistía en un artículo que escribió para un periódico de Varsovia—. La manufactura, la industria y el comercio no deberían opacar a nuestra agricultura sino mantenerse como sus humildes servidores».[56] Acusaba a sus pares de emular sin pudor las costumbres de la Inglaterra industrial y vaticinaba un empobrecimiento y una degeneración física y moral generalizados.[57] Canalizó su amargura en la escritura de una obra de teatro titulada Por amor al dinero —una sátira sobre la szlachta codiciosa y mezquina— que contó con representaciones en Kiev y Zhitómir.[58] Poco a poco, Apollo empezó a decantarse por soluciones más radicales para el problema de la opresión polaca.

No estaba solo. En Varsovia, los nacionalistas habían empezado a organizar grandes manifestaciones públicas en los aniversarios históricos polacos. Las multitudes coreaban himnos patrióticos. «Polonia aún no ha perecido», cantaban, y «Dios proteja a Polonia», con un nuevo estribillo: «¡Devuélvenos la libertad y la patria, oh, Señor!». En febrero de 1861, cuando la Sociedad Agrícola celebraba su reunión anual en Varsovia, se formó en la calle una concentración masiva. Soldados rusos abrieron fuego contra la multitud y mataron a cinco civiles. Los patriotas respondieron declarando un «luto nacional» y vistiendo totalmente de negro en señal de protesta. Las iglesias de todas las provincias polacas celebraron servicios en memoria de las víctimas. Después, en abril, hubo otra manifestación y otro tiroteo. Un centenar de civiles (niños, mujeres y hombres) vertieron su sangre o murieron en los adoquines ante el Castillo Real.[59]

Las perturbadoras noticias de lo ocurrido en Varsovia tuvieron eco en todas las provincias. En Zhitómir, Ewa también se vistió de luto nacional y alentó a los demás a que hicieran lo propio. Apollo, que para entonces ya era «un conocido agitador» entre sus pares y estaba «sin duda sometido a vigilancia policial», organizó una reunión política en su casa para debatir la formulación de una petición al zar. En el instituto de bachillerato, los estudiantes cantaron himnos nacionalistas. Los activistas movilizaron a los terratenientes para que contribuyeran con su dinero a formar un ejército en la Polonia del Congreso, prometiendo «marcar las fronteras con sangre».[60]

Cundía una sensación de que los muros se estaban cerrando, los caminos estrechándose, la luz al final del túnel haciéndose más refulgente y atractiva cada vez. Los Korzeniowski echaron a correr hacia ella.

Konrad correteaba por el jardín de la mansión de su abuela Bobrowski en Terekhove, a unos ocho kilómetros de Berdichev, en el campo. «Aquí estoy bien —informó a su padre—, corro por el jardín, aunque cuando me pican los mosquitos no me gusta mucho».[61] La abuela lo llevaba a pasear y le contaba historias. La madre impartía las lecciones y lo llevaba a la iglesia y, después, lo dejaba salir a dar limosna a los mendigos que esperaban en la puerta. Konrad hablaba con ellos todo lo que podía y, de camino a casa, le contaba a su madre todo lo que le hubieran contado, y todo lo que sabía sobre caballos y osos. «Sospecho que nuestro querido Konradzio llegará a ser un hombre excepcional con un gran corazón», declaró su consentidora abuela.[62]

Era la primavera de 1861 y, con tres años y medio, Konrad estaba en la edad en la que se empiezan a formar unos recuerdos que perduran para toda la vida. La memoria de un niño atrapa las cosas de refilón. Es posible que las impresiones más vívidas que Konrad guardase de aquella época en Terekhove fueran la imagen de un mosquito que se posa sobre su suave pierna amelocotonada, o estar jugando con el látigo que le regaló un amigo, vestido con su nuevo traje negro para la iglesia.

Probablemente no recordaría las cosas sobre las que su madre se esforzaba por dejar registro: que ella le hizo aquel traje negro, especialmente, porque Konrad no dejaba de insistirle en que quería «ponerse de luto», como toda la gente que veía a su alrededor; de luto por la Polonia asesinada; y que todos los días preguntaba: «¿Cuándo vamos a ver a papá?».[63]

En mayo de 1861, Apollo había sido «llamado a servir en Varsovia por los hombres del movimiento».[64] Su misión oficial era publicar una revista llamada Dwytygodnik (La Quincenal), inspirada en la influyente revista francesa de política y cultura, Revue des deux mondes.[65] Pero «su objetivo principal», tal como contaba uno de sus amigos más cercanos, un colega escritor y compañero patriota llamado Stefan Buszczyński, era contribuir a la coordinación de los esfuerzos nacionalistas en Varsovia, «y así dotar al movimiento de una dirección común».[66]

Hasta entonces, polacos de todo el espectro religioso y social habían mostrado su apoyo a una mayor autonomía, pero ahí era donde la «dirección común» acababa. Apollo se sumergió en un laberinto de organizaciones clandestinas, cada una de ellas con visiones distintas de la liberación nacional y de los distintos medios para lograrla. Algunos de sus viejos amigos pertenecían a los «blancos», un grupo compuesto en su mayoría por notables szlachta, que apoyaban más una «revolución moral» que una literal. Apollo apoyaba a los «rojos», una facción radical que defendía, además de la independencia, la revolución social radical. Manifestaba sus simpatías paseándose por Varsovia tocado con un sombrero de campesino y se ganó el apoyo de los radicales más jóvenes y de los estudiantes que habían estado implicados en la organización de las manifestaciones callejeras de principios de aquel año.[67] Tampoco en el seno de los mismos rojos era fácil el consenso. Algunos apostaban por participar en las elecciones municipales, mientras que otros deseaban boicotearlas; algunos querían aprovechar las redes revolucionarias rusas, y otros estaban a favor de los atentados terroristas. Apollo se adhería a una versión idealizada de una «república de nobles» liderada por la szlachta, en la que se aboliría la servidumbre y se restauraría la histórica Mancomunidad de Polonia-Lituania. «El pueblo de Polonia —proclamaba en uno de sus muchos panfletos— sigue de luto; rueguen por la misericordia de Dios en la iglesia; guarden cada centavo y acumulen fondos para tenerlos listos cuando llegue el momento».[68]

Ewa y Konrad se quedaron en Ucrania, rotando entre las casas de distintos parientes, hasta que Apollo les hizo llegar un mensaje para que fueran a reunirse con él. En unas cartas enviadas con la mayor frecuencia posible por medio de mensajeros, para evitar los ojos indiscretos de los censores postales, Ewa ponía al día a Apollo acerca de la situación política local. «El duelo se está extendiendo», contaba con orgullo, y en la iglesia se entonaban himnos patrióticos. También se extendía la represión. Las autoridades rusas cerraron el instituto de bachillerato de Zhitómir durante un año y deportaron a los estudiantes problemáticos, enviándolos a servir en el ejército. La policía acosaba a los clérigos, llevaba a cabo arrestos por supuestos discursos sediciosos y cerraba la vigilancia sobre los activistas.

Si la policía zarista fuera a registrar su casa, decía Ewa: «Estoy preparada para ello, no lo dudes». Desde el momento de la marcha de Apollo, las autoridades habían estado hostigando a los vecinos y sirvientes para que revelaran su paradero. El propio jefe de policía de Berdichev «apareció disfrazado, sin tocar el timbre, por la puerta de Terechowa e interrogó a los trabajadores de los establos», haciéndose pasar por amigo de Apollo. «Por último, explícitamente» preguntó «si ya había regresado a Varsovia». Ewa daba consejos a su marido acerca de cómo mantener su paradero en secreto. Debía utilizar un nombre falso para comunicarle dónde estaba, enviarle las cartas a través de otras ciudades. Aunque ambos sentían la separación como si se tratara de un miembro fantasma —«me extrañas, y no quiero hablar de mi añoranza porque sé que aun sin palabras debes de sentirla»—, él debía tener paciencia con ella por no escribirle muy a menudo, pues «la gente con experiencia dice que de ese modo la seguridad para ti es mayor».[69]

Las cartas de Ewa laten con pasión y determinación. «Dime cómo amar para protegerte de la desgracia. Dime cómo hacer que mis oraciones sean escuchadas para que Dios te inspire y proteja».[70] Ella estaba impaciente por reunirse con él, por volver a encontrarse juntos en una causa común: «Mi alma anhela esa “Joven Polonia” de nuestros sueños, que tú crearás, despertarás a la vida y llevarás hacia el futuro».[71] Los días sin él se hacían un lento goteo. «Dame algo que hacer mientras estamos separados —le rogaba—. He intentado ponerme a practicar con el piano, pero desde hace seis meses faltan treinta cuerdas […] Dame alguna traducción [del francés], algo nuevo y legible».[72] Ingenió una forma de distribuir sus pertenencias entre sus amistades, de forma que Konrad y ella pudieran partir en el momento en que él los llamara.

A principios de octubre de 1861, Ewa y Konrad se reunieron con Apollo en Varsovia, en un pequeño apartamento alquilado en Nowy Świat. Faltaban solo unas semanas para el lanzamiento del periódico, que se esperaba fuera la voz del movimiento. El 15 de octubre se convocaron manifestaciones con motivo del aniversario de la muerte del héroe nacional Tadeusz Kościuszko que, en la década de 1790, había liderado la última resistencia de Polonia contra las potencias particionistas. Las tropas cosacas irrumpieron en las iglesias para interrumpir las misas; sacaron a rastras a los fieles y detuvieron a más de mil quinientas personas en su batida.[73] Apollo congregó a un grupo de unos dieciocho activistas rojos en su apartamento para debatir los siguientes pasos que habría que dar. Se constituyeron en un Comité de Acción, y se declararon prestos para una insurrección, «para actuar como si el levantamiento fuera a ocurrir mañana y a alzarnos cuando podamos estar seguros de la victoria; hacer mucho y hablar poco».[74]

Algunas noches después, ya a altas horas, Ewa y Apollo estaban despiertos, leyendo y escribiendo en silencio, y Konrad debía de estar durmiendo. Era más de medianoche. Se oyó un golpe seco en la puerta. En el apartamento entraron unos hombres uniformados. Acusaron a Apollo de conspiración, lo arrestaron y se marcharon con él bajo su custodia. «Seis minutos después de que sonara el timbre, ya no estaba en casa», contaba Ewa. Le parecía «una acción de bandidaje».[75]

Apollo fue detenido bajo una acusación de cuatro cargos: formar una organización conspirativa llamada Los Rojos de Mierosławski, con estudiantes de la Escuela de Arte y el Gimnasio; provocar peleas en el café Wedel; publicar un panfleto incendiario llamado ¡Nación, atenta!, y actividades de agitación en Zhitómir a principios de año, donde «había organizado […] plegarias colectivas por las personas asesinadas en Varsovia» y donde «su esposa se encargaba de distribuir crespones negros como signo de luto». Los cargos demostraban una curiosa combinación de conocimiento e ignorancia por parte de la policía. Apollo sí había conspirado con activistas estudiantiles rojos, había publicado panfletos nacionalistas anónimos y había apoyado el duelo y las plegarias nacionales en Zhitómir. Pero su grupo no se llamaba Los Rojos de Mierosławski, no se había dedicado a alborotar en los cafés, no había escrito el panfleto del que le acusaban y tampoco está claro si había sido el principal organizador de los disturbios de Zhitómir. Negó su culpabilidad de los cuatro cargos.[76]

Lo llevaron a la Ciudadela de Varsovia y lo encerraron en el Pabellón X, célebre sección reservada para los prisioneros políticos. «La Ciudadela de Varsovia es la máquina de destrucción siempre a punto de la ciudad y, al mismo tiempo, una inmensa mazmorra donde el zarismo entierra el patriotismo polaco —escribiría después Apollo—. Ahoga a una generación tras otra de patriotas polacos». El simple hecho de estar un tiempo en aquellas celdas frías y húmedas suponía una sentencia de muerte para muchos reclusos que enfermaban durante la espera de un veredicto. Periódicamente, sacaban a Apollo de su celda para interrogarlo. Pero, una semana tras otra, seguía preso, sin indicación alguna de en qué momento podría abrirse su caso. La reclusión le carcomió el cuerpo. Le sangraban las encías, se le inflamaron las articulaciones y sufría dolores a causa del reumatismo y el escorbuto. Desde su litera podía oír el golpe metálico de las puertas de las celdas, los chasquidos y chirridos de los cerrojos de hierro, el arrastrar de las cadenas. Podía escuchar los pasos de los nuevos prisioneros políticos detenidos en las incesantes redadas y, finalmente, podía oírlos también salir en dirección al exilio, hacia los trabajos forzados en las minas, hacia la muerte en la horca, hacia el pelotón de fusilamiento…, o, «lo peor, por ser la condena más infame de todas», a servir en el ejército ruso, vistiendo el uniforme del enemigo.[77]

Fuera de la Ciudadela, Ewa se quedó con Konrad en Nowy Świat, tratando de averiguar qué estaba sucediendo con su marido. La policía volvió al apartamento, lo registró y se incautó de los papeles de Apollo y de las cartas que ella le había escrito desde Zhitómir. También se llevaron a Ewa para interrogarla y le preguntaron por el contenido de las misivas. Esa no es mi letra, insistió. Yo no he escrito esas cartas.[78] Igual que Apollo, permaneció «en completa ignorancia del destino [de su familia]».[79]

La madre de Ewa llegó a toda prisa desde Berdichev para prestar su ayuda. Con toda probabilidad se quedaría cuidando de Konrad cuando Ewa marchaba cada día a la Ciudadela para unirse a la multitud de mujeres que se congregaba ante las puertas en busca de noticias sobre sus familiares allí presos. Todos los días se veían rechazadas. «A veces nos quedamos allí el día entero, bajo la lluvia y el frío, aguardando una breve nota, alguna noticia, y otras veces esperamos en vano. Una vez, para entrar en calor y para pasar el tiempo, nos contamos: éramos bastantes más de doscientas». La multitud iba creciendo a medida que los arrestos continuaban: sacerdotes, rabinos, pastores, «personas de todos los estamentos, riqueza, edad y situación; entre ellas varias mujeres», encerradas todas tras los sordos muros de ladrillo. Sin poder ver a su marido, Ewa insistía a los guardias para que le dieran actualizaciones sobre su salud. Le enviaba sábanas limpias y comida y, después de muchas gestiones, se le permitió entregarle «un libro de oraciones y el manual de Robertson para aprender inglés». Cada diez días se le permitía escribirle una breve nota; si los censores la aprobaban, él podía leerla y escribirle a ella una línea.

Nochebuena de 1861, dos meses después de la detención. En casa se habían ido acumulando cartas para Apollo, regalos de amigos y familiares

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