Índice
Portadilla
Índice
Dedicatoria
Introducción
Capítulo 1. 1917. Jorge V, rey de Inglaterra, ya no es de origen alemán
Capítulo 2. 1918-1935. Jorge V o la unión nacional
Capítulo 3. Un extraño príncipe de Gales
Capítulo 4. Del 20 de enero al 10 de diciembre de 1936. Los trescientos veinticinco días de Eduardo VIII
Capítulo 5. 10 de diciembre de 1936. La abdicación, una tragedia y un trauma
Capítulo 6. 1937-1939. Windsor contra Windsor o los desafíos de Jorge VI
Capítulo 7. 1940-1945. Los Windsor en guerra
Capítulo 8. 1945-1952. El final del Imperio
Capítulo 9. 1952-1955. El aprendizaje de una reina
Capítulo 10. 1956-1965. El tiempo de las crisis
Capítulo 11. 1965-1997. Bodas, entierros, traiciones y... ‘annus horribilis’
Capítulo 12. 1998-2011. Isabel II, ¿la serenidad a pesar de todo?
Genealogía
Fotografías
Notas
Agradecimientos
Índice onomástico
Sobre el autor
Créditos
Grupo Santillana
Para Victoria, mi reina
Introducción
El 29 de abril de 2011, gracias a cien cámaras y quinientos técnicos de la BBC, dos mil millones de telespectadores de ciento ochenta países siguieron la boda del príncipe Guillermo de Gales, nieto de la reina Isabel II, con miss Catalina Middleton. Una audiencia cuatro veces mayor que la de la boda de Carlos y Diana en 1981. Según dijo el presidente Obama durante su visita oficial a Londres poco después, «la ceremonia fascinó a América».
Era difícil sustraerse al acontecimiento. Desde que se anunció la boda los medios acosaban a los novios y los internautas colgaban en la red toda clase de parodias. Ninguna de esas bromas —algunas muy atrevidas— fue censurada, lo cual demuestra que la monarquía no es incompatible con la democracia. Los republicanos, que son pocos, prometían protestar, y los bookmakers, según una muy arraigada tradición británica, cobraban sus apuestas... incluso para pronosticar quién sucedería en el trono a Isabel II, si su hijo Carlos o su nieto Guillermo, el popularísimo novio. Un rumor afirmaba que el 76 por ciento de los británicos creía que Guillermo sería mejor rey que su padre. Los sondeos, implacables para Carlos y muy halagadores para Guillermo, no llegaban sin embargo a considerar la posibilidad de que el heredero abdicase en favor de su hijo, ya que esto provocaría una crisis constitucional comparable a la que se vivió en 1936 cuando Eduardo VIII renunció a ser rey para casarse con una americana divorciada en dos ocasiones con el agravante de que sus dos ex maridos aún estaban vivos.
Pero de todos modos la cuestión se plantea, ya que la soberana, que sucedió a su padre Jorge VI en 1952, reina desde hace cincuenta y nueve años. Y hay una pregunta subsidiaria: ¿Podrá Isabel II superar el récord de la reina Victoria? Ésta, que subió al trono en 1837 y murió en 1901 y fue además emperatriz de las Indias, reinó sesenta y cuatro años; una duración comparable a la del reinado del emperador Francisco José, el monarca Habsburgo que reinó sesenta y ocho años; sin olvidar a Luis XIV de Francia, campeón occidental absoluto con un reinado que duró setenta y dos años.
Aquel 29 de abril de 2011 Isabel II, con vestido, sombrero y guantes de color amarillo canario, exhibía a sus 85 años una sonrisa de oreja a oreja. Estaba visiblemente satisfecha y además lo demostraba, lo cual es rarísimo. Su Majestad, por una vez muy graciosa como afirma el God save the Queen, podía saborear la prueba de que la monarquía había recuperado un prestigio que se había visto mermado de gravedad tras la muerte globalizada, el 31 de agosto de 1997, de su ex nuera, la mítica e incómoda Diana. Había hecho falta tiempo para reconquistar el respeto del pueblo tras la oleada de descontento desatada por una opinión pública profundamente contrariada por la aparente indiferencia de la soberana. La reina no comprendió que aquella muerte brutal —misteriosa para muchos— había convertido a Diana en un icono universal. La princesa había sido «sacrificada», el pueblo estaba «destrozado» y la soberana se mostraba «ajena a un intenso dolor». La gente había llegado a la conclusión de que la reina, obligada a no manifestar jamás sus sentimientos ni sus emociones en público, no tenía corazón ni era capaz de sentir piedad. Esos Windsor parecían impermeables a la emoción.
Más tarde la impresionante película The Queen (La reina), de Stephen Frears, mostró cómo el colosal homenaje del pueblo había obligado a la reina a salir de su aislamiento afectivo gracias a los consejos apremiantes de su primer ministro Tony Blair. Al dolor popular se contraponía la frialdad real. El prestigio de Isabel II se vio empañado. Se llegó incluso a pensar que la monarquía estaba amenazada... a causa de un gigantesco malentendido. Luego el príncipe Carlos, que había rehecho su vida, se mostró como un padre solícito y se ocupó de sus dos hijos huérfanos de madre. Recuperó la estima del público, lo cual contribuyó a mejorar la imagen de los Windsor.
¿Por qué aquel enlace del 29 de abril de 2011 (llamada de forma abusiva «la boda del siglo») suscitó tanto interés, tantas pasiones, tantas discusiones, y provocó toda clase de reacciones empezando por un cariño espectacular del pueblo hacia la familia real, y por lo tanto hacia la monarquía que ésta encarna? ¿Por qué la boda de una pareja moderna —los futuros esposos, cuyo romance había sido revelado por The Sun en 2004, se conocían bien, ya habían vivido rupturas y crisis en medio de los fastos de un reino que pasaba a su vez por diversas turbulencias económicas—, entre un idilio romántico y un espectáculo perfectamente orquestado, provocó tantos sueños? Porque esa boda era la ocasión ideal para la monarquía de escenificar una de esas representaciones que sólo ella puede ofrecer. Sin duda también porque al contrario que la unión de conveniencia entre Carlos y Diana, el público presintió que esta vez se trataba de una boda por amor que devolvía a la Corona su parte de ilusión. Esa boda representa la unión entre la casa de Windsor y la familia Middleton, los primeros «plebeyos» que merecen tal honor en trescientos cincuenta años. Y eso significa que hoy los herederos de las coronas al casarse buscan el amor y no el interés dinástico, diplomático o político, como solía ser hasta principios del siglo XX. Si está en juego el amor, la opinión es por tanto de una exigencia mayor y cualquier ruptura es más dramática que antes de 1914. En el transcurso de la década de 1990 la ruptura matrimonial de los tres hijos de Isabel II causó graves perjuicios a la notoriedad de los Windsor, comparables (en intensidad, aunque no en sus consecuencias) a la conmoción que provocó Eduardo VIII cuando abdicó en 1936 para casarse con Wallis ex Simpson. Después de sólo nueve meses de reinado el primogénito de Jorge V renunció a todos sus derechos. Le adjudicaron un nombre que era como una especie de síntesis británica: duque de Windsor. Fue el primero en llevar ese título, y sin duda será el único, pues su vida se vio rodeada de elementos novelescos, qué duda cabe, pero también de escándalos, de componendas y hasta de traiciones antes y durante la Segunda Guerra Mundial. La enigmática duquesa de Windsor jamás tuvo derecho al tratamiento de Alteza Real, una humillación que le costó mucho aceptar.
La esencia de la realeza es su duración. Pero la longevidad, aunque respetable e impresionante, también es una trampa. «Para que todo cambie es preciso que nada cambie», escribía el príncipe de Lampedusa, el autor de Gatopardo. En la primavera de 2011 los Windsor debían cambiar sin hacer destrozos. Sobre todo no debían desaprovechar ese encuentro entre su secular razón de ser y el orgullo nacional. Fue tanto más esencial cuanto que paradójicamente la importancia que se concede a las bodas reales (cobertura mediática obliga) ha aumentado paralelamente al declive del poder efectivo de la monarquía. La imagen compite por no decir que ha sustituido al poder objetivo. Es una influencia inmediata difícil de controlar. Hace soñar, sí, pero puede trocarse en pesadilla.
En vísperas de la boda de Guillermo y Catalina todos los sondeos confirmaban el apego de los británicos (más del 76 por ciento) a la Corona, porque contribuye a la unidad del país y da de él una buena imagen, sobre todo en el extranjero. Incluso The Guardian, el diario de centroizquierda y de referencia fundado en 1821, mientras que constataba que la monarquía seguía siendo intocable en el corazón de la gente, resumía el sentimiento y decía que «Reino Unido no está por la revolución». La única revolución que tuvo éxito se remontaba a más de tres siglos y medio. Fue el intento republicano de Oliver Cromwell sobre un fondo de guerra civil que acabó con la ejecución del rey Carlos I el 30 de enero de 1649. Desde entonces al otro lado del canal de la Mancha se han conformado con cambiar de dinastía.
En esa primavera de 2011 la familia real, llamada «la firma» por envidia o en son de mofa, ya no tenía derecho a equivocarse. No era una coronación, y por lo tanto no era una celebración de Estado, sino una ceremonia por así decir «familiar» a escala planetaria bajo la protección vigilante de cinco mil policías y soldados y la atención indiscreta de miles de periodistas. Por consiguiente se esperaba mucho del acontecimiento. Ciertos aguafiestas, siempre los mismos, y entre ellos algunos corresponsales y unos cuantos enviados especiales al acecho de fracasos y catástrofes, denunciaban sarcásticos una puesta en escena escandalosa, mientras el fervor nacional, en todos los sectores de la sociedad, era entusiasta y se obstinaba en serlo. Es más, la gente estaba empeñada en mostrarse satisfecha.
Fue majestuoso, imponente, con el indispensable detalle humano y de humor british para que decenas de millones de sonrisas acompañasen las cinco horas de festividades públicas. Algunos vieron en el apellido de soltera de Catalina (a quien le gustaría que recordasen que su verdadero nombre de pila se escribe con C...) un signo de equilibrio. Nacida Middleton, es la muchacha del «término medio», ni demasiado guapa ni demasiado exuberante ni demasiado brillante, pero simpática, sana y espontánea. Tiene el don de hacer lo correcto en el lugar adecuado y en el momento oportuno.
En la ceremonia de la boda del príncipe Guillermo con la bonita Catalina no hubo el más mínimo tropiezo. Todo salió a pedir de boca. Ni el más mínimo retraso sobre el horario previsto por el protocolo (en su boda con Felipe en 1947 Isabel, todavía princesa heredera, llegó un minuto tarde). A la llegada del primer ministro David Cameron y su esposa a la abadía de Westminster el jefe de gobierno fue aplaudido. Esto sorprendió sobre todo porque el inquilino del número nº 10 de Downing Street acababa de anunciar severísimas restricciones presupuestarias y una cura de austeridad difícil de soportar. Pero ¡ese 29 de abril la crisis no estaba invitada a la boda! La jornada era un paréntesis que ninguna hada malvada vendría a estropear. Otras noticias negativas y otros escándalos político-mediáticos serían revelados días más tarde.
No hay boda real sin carroza. A la salida de Westminster, la carroza iba descubierta, pues el cielo se mostró clemente. Ese 29 de abril la monarquía supo combinar la tradición con la innovación: ante un millón y medio de personas reunidas delante de Buckingham Palace, al llegar al balcón engalanado de rojo y oro, la novia, radiante, murmuró waow!, a menos que fuera un más protocolario oh my God! —no se sabe a ciencia cierta—, pero se sintió deslumbrada y sin duda agradecida ante semejante entusiasmo popular. Los novios intercambiaron dos besos, el segundo de los cuales, muy amoroso, a las 13.27 hora local. ¿Dijo Guillermo Kiss me, Kate, título de una famosa canción de comedia musical? Aquel beso provocó una oleada de bravos y hurras, y es una de las imágenes que conservará la historia. Ocupó las portadas de muchos periódicos. Más de seiscientas mil personas habían acudido, algunas de muy lejos, para vivir ese momento en la plaza. Después, como innovación, la pareja se fue en un magnífico Aston Martin descapotable propiedad del príncipe Carlos (no era exactamente el de James Bond, pero casi), con una placa de matrícula trasera donde sólo se leía Just wed («recién casados») y sin el habitual estruendo de cacerolas atadas al parachoques, sino en medio de una suelta de globos rosas, algunos en forma de corazón. Al pueblo le encantó, se identificó, vio en ello sus propios recuerdos, sus sueños y sus nostalgias. Un entreacto en las preocupaciones del día a día. Todo fue impecable, simpático, sin errores, solemne pero sin rigidez, algo que no estaba garantizado de antemano. Un cóctel juicioso como saben prepararlos al otro lado del canal. Y los comentaristas que afirmaban que dos tercios de los británicos eran indiferentes a la ceremonia quedaron desmentidos. Guillermo y Catalina, en adelante llamados el duque y la duquesa de Cambridge, un título que se remonta al siglo XVII, han aprobado su primer examen de pareja ante el público. ¡Y qué público! Sin duda el hecho de que Catalina, graciosa y sencilla, elegante y risueña, sea una británica sin ascendencia aristocrática es parte esencial del éxito. Lo complicado obviamente queda por hacer. Lo más difícil será llevar una vida tan sencilla como sea posible.
Como era de esperar el recuerdo de Diana no estuvo ausente, ya que había sido la esposa del príncipe Carlos y por lo tanto la madre del novio. Su sombra estuvo presente en la memoria de todos los asistentes. Era imposible olvidar las desdichas de la «princesa de corazones», como la llamó Tony Blair, el primer ministro en el momento del drama, su muerte trágica y el dolor de sus hijos tan jóvenes. Se comparó el vestido de Catalina, muy depurado y sobrio, muy ajustado al cuerpo, con el que lució la difunta Diana. La cola del vestido de Catalina era más corta (2,70 metros) que la de Diana, que era interminable. Recordaba un poco la de Grace Kelly cuando se convirtió en princesa de Mónaco en 1956. El encaje fue bordado en Caudry, en el norte de Francia, un pequeño guiño a un siglo largo de entente cordiale. Al día siguiente a los tullistes de Caudry empezaron a lloverles los pedidos de encajes de alta gama y gracias a Internet en pocas horas estaban disponibles al precio de 2.700 euros las copias del vestido que hasta entonces había sido un secreto de Estado. ¡Una ganga comparada con los 45.000 euros del original! Sin duda no habrá copias de la diadema que lució Kate. Prestada por la reina fue diseñada en 1936 por Cartier. Jorge VI se la regaló a su esposa Isabel, futura reina madre, y esa joya fue transmitida a su hija el día en que cumplió 18 años. Que Kate la llevara era la demostración de que la soberana aprobaba esa unión.
En cuanto al espectáculo popular y mediático, una boda como ésta sólo es un éxito si reserva alguna sorpresa bien preparada y de buen gusto. La aparición de Pippa, guapísima hermana menor y dama de honor de la novia, fue un buen golpe. Su belleza representó una muy seria competencia para Kate. Que un soldado, agotado, se desmayase forma parte de la tradición, aunque ese desmayo no sea nada glorioso. Pero que un futbolista ose llevar una condecoración en un chaqué y encima en la solapa derecha (!) es imperdonable. ¿No había nadie en el protocolo para impedir esa metedura de pata? En su descargo podemos decir que David Beckham es un deportista poco familiarizado con los usos cortesanos. Pero de todas formas merece una tarjeta roja.
Hacía falta una pizca de originalidad. Se encargó de ello Elton John, que asistió con su marido. Entonces la gente se preguntó por qué la estrella de la canción no se había puesto un vestido. No importa. En cualquier caso, ¡fue so british! La palma del mal gusto se la llevó sin duda el tocado de las dos hijas del príncipe Andrés. El sombrero surrealista que llevaba Beatriz de York parecía una mezcla de trofeo de caza y chimenea. Afortunadamente fue puesto a subasta en e-bay y, según The Daily Telegraph, la suma obtenida —93.579 euros— fue a parar a una asociación benéfica... Lo verdaderamente asombroso del programa fue la transformación sin precedentes de una parte de Buckingham Palace en discoteca para trescientos invitados, con una bola de luces reclamada por Pippa y un DJ contratado por Enrique, el hermano de Guillermo. Se bailó hasta el amanecer. Hubo que servir litros de café muy concentrado para despejar a los supervivientes a la hora del breakfast.
Se quiera o no la vieja monarquía, que ha visto tantas cosas, se ha rejuvenecido, se ha regenerado, se ha humanizado. Inevitablemente se criticó el coste de los festejos, pero la impresión habría resultado desastrosa si la ceremonia hubiese sido pobretona, y la familia de Kate tuvo el detalle de pagar las facturas del hotel y el restaurante. Los uniformes, los señores elegantes, a la moda de Saville Row, la calle de los grandes sastres londinenses, los inverosímiles bibis como únicamente en la corte de Saint James (su nombre oficial) es costumbre que lleven las mujeres, todo aquel fasto ¿no estaba acaso fuera de lugar? Por supuesto que no. Hay que saber que aunque la lista civil de la Corona pueda parecerle elevada para el contribuyente británico, la monarquía es un gran negocio para la economía de Reino Unido: proporciona más de 500 millones de euros anuales. Los turistas (cerca de 30 millones al año) son atraídos por el espectáculo, en particular el espectáculo inmutable del relevo de la guardia de Buckingham Palace y los desfiles a caballo. Cabe señalar además que, contrariamente a una idea muy extendida, esos soldados con su casaca roja y su gorro de pelo de oso como los Royal Scots no son figurantes de opereta, sino verdaderos combatientes cuyos regimientos tienen, por turno, el honor de asegurar el servicio de orden del soberano, cuando no están participando en guerras lejanas, por ejemplo en Afganistán.
Digámoslo con claridad: la elección de un presidente de la República también es cara, pero compensa menos desde el punto de vista estrictamente económico. El general de Gaulle, que confirió al cargo presidencial un prestigio digno de la realeza, gustaba de señalar una paradoja: los franceses guillotinaron a su rey, pero les encantan tanto los príncipes que van a buscarlos al extranjero y quieren recibirlos dignamente. Un diputado laborista, Tristram Hunt, también historiador, declaró en el Figaro: «El mundo ha podido admirar a una Gran Bretaña orgullosa de sus instituciones y de su pasado. Nadie domina como los británicos el esplendor y las tradiciones de este tipo de bodas». Sólo podemos objetar que el día de fiesta concedido a los súbditos de Su Majestad (cierre de fábricas, oficinas y comercios) afectó el crecimiento del segundo trimestre, pero sería injusto y estúpido echarle la culpa a la joven pareja. La fiesta fue perfecta, y esto es lo que cuenta.
Si la cobertura mediática fue tan amplia, siendo el príncipe Guillermo nada más que el segundo en la lista de sucesión al trono, y por lo tanto el heredero del heredero, también es porque la reina Isabel II sigue siendo el jefe de Estado de dieciséis países de los cincuenta y tres que componen la Commonwealth, algunos inmensos, como Canadá y Australia, otros más reducidos, como Nueva Zelanda, Lesotho, Brunéi o las Bermudas, Su Majestad está representada por gobernadores o por gobernadores generales[1]. Aunque el Imperio Británico haya sido sustituido por la Commonwealth Británica de Naciones, aunque la época de los dominios autónomos, que tan próximos se mantuvieron a la Gran Bretaña durante las dos guerras mundiales, se acabara después de 1945 todavía hay colonias. Gibraltar es en este sentido emblemático. ¡Desde 1704! El sol no se pone en los territorios donde la influencia británica ha dejado su huella inimitable, más o menos visible, lejos de Londres, aunque sólo sea por su lengua y su conducción por la izquierda. Y si ninguno de estos países ha decidido por ahora enviar esa influencia al museo de la Historia, es porque la monarquía aporta moralmente mucho al pueblo. Con los fallecimientos, las bodas, las coronaciones y las entronizaciones que se van sucediendo, los monarcas ostentan un prestigio mágico que vale tanto como el poder político: garantizan la unidad de su pueblo. Es la fuerza de los símbolos. Como contrapartida los royals, como se les conoce en el país de Albión, tienen que ser ejemplares, irreprochables, no escandalizar ni decepcionar. De lo contrario la sanción es la picota mediática: sabido es con qué diligencia los temibles tabloides de gran tirada venden sus informaciones y sus juicios en portada. Tienen una facilidad notable para los titulares. Esa prensa que asume riesgos es implacable, a veces a sus expensas, y sus métodos no siempre son recomendables. Lo hemos visto recientemente con los periódicos del grupo Murdoch.
En la boda de Guillermo y Kate, el más inspirado, el más divertido y el más insolente de todos los comentaristas francófonos en las cadenas de televisión francesas fue Karl Lagerfeld. Con impertinencia y exactitud, pero también con afán de veracidad histórica, recordó, con su acento germánico del que tanto jugo sacan los imitadores, que los Windsor, esa familia que encarna a la perfección al Reino Unido en sus alegrías y sus desdichas, no son de origen inglés, ni galés, ni escocés, ni siquiera irlandés, sino... alemán. Y esto no es nuevo. En efecto, tras las dinastías normandas de los Plantagenet, Lancaster, York, Tudor y Estuardo, en 1714, con el rey Jorge I accedió al trono la casa de Hannover. Luego, en 1840, la boda de la joven Victoria con el príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha refrescó la parentela germánica de la monarquía inglesa.
Sajonia-Coburgo-Gotha es un patronímico difícil de llevar y de hacer aceptar cuando estalla la Primera Guerra Mundial y Reino Unido lucha contra el imperio del káiser. Además, la guerra también es un conflicto familiar, ya que Guillermo II es por su madre nieto de la legendaria reina Victoria. Había que hacer algo para disipar las sospechas de simpatía germánica y despejar cualquier ambigüedad. Cambiar de nombre sin cambiar de familia fue el truco ideado por el rey Jorge V. Se imponía un nombre, uno solo: Windsor, el de un extraordinario castillo al sur de Londres, en la orilla derecha del Támesis, ni demasiado cerca ni demasiado lejos. ¿Por qué Windsor? Porque desde hace diez siglos es sinónimo de Inglaterra con una historia particularmente compleja. Windsor es la mayor fortaleza del mundo que sigue estando habitada y la única de las Islas Británicas que jamás ha dejado de estarlo. Con sus ochocientas habitaciones, de las que doscientas veinticinco son dormitorios, más ciento cincuenta y una escaleras y pasillos, por no hablar de sus tesoros, Windsor engloba, resume, reconstruye y escenifica toda la historia de Inglaterra desde Guillermo el Conquistador. A finales del siglo XVI, el teatro de Shakespeare lo usó como escenario prestigioso; luego hacia 1599 el nombre de Windsor se hizo inesperadamente famoso merced a la comedia Las alegres comadres de Windsor. El protagonista, sir John Falstaff, que encontramos en otras obras y tragedias shakesperianas, es un personaje bufo que esta vez se enamora de dos burguesas. Burlado por estas dos mujeres, también es hostigado en el bosque de Windsor por la población, que apoya a las comadres, todo ello en un ambiente a la vez cómico y de cuento de hadas.
En la noche de ese 29 de abril de 2011, como las comadres ya no tenían nada que decir, la reina se fue a descansar a Windsor, su residencia favorita. Le gusta pasar esa época del año en Windsor, y también el mes de junio, para asistir a las carreras de Ascot, el hipódromo de las elegancias, no lejos de allí. Cuando la reina reside en Windsor a título oficial o privado su pabellón es izado en el antiguo torreón macizo, en lugar de la Union Jack de Reino Unido. Allí Isabel II recupera el silencio que imponen varios siglos de historia. Ella es la cuadragésima segunda monarca británica, y treinta y nueve reyes antes que ella han habitado con regularidad ese castillo. En Windsor es donde late el corazón de la monarquía inglesa.
Capítulo 1
1917
Jorge V, rey de Inglaterra, ya no es de origen alemán
Londres, martes 17 de julio de 1917. El gabinete de trabajo del rey Jorge V. La Primera Guerra Mundial había empezado hace casi tres años. Estamos en el 348 día de combates, sufrimientos, esfuerzos, victorias pagadas muy caras y trágicos fracasos. Del 21 de febrero al 15 de diciembre de 1916 la batalla de Verdún —trescientos días de lucha sin cuartel— ya se ha cobrado la vida de trescientos mil hombres, franceses y alemanes. Varios acontecimientos ligados al conflicto han agravado la situación de los aliados antes de modificarla en un sentido positivo. En Francia se han producido movimientos pacifistas, motines y huelgas en las fábricas de armamento, sobre todo en enero y en mayo, que han socavado la moral de la tropa y que han comprometido la estrategia de las operaciones. Varios cabecillas han sido ejecutados en los regimientos de Infantería. En Irlanda el levantamiento popular del 24 de abril, día de Pascua, liderado por nacionalistas contra Gran Bretaña, se ha reprimido a sangre y fuego. En esa insurrección el gobierno de Londres ha denunciado una maniobra de Berlín. Esos movimientos son consecuencia de la Revolución rusa, que ha estallado a principios de marzo y que ha provocado la abdicación del zar Nicolás II, cuya esposa es una nieta de Victoria y cuyo imperio se había comprometido desde el verano de 1914, tal como estaba acordado, al lado de los franceses, pero también de los británicos. Un mes más tarde, a principios de abril, Estados Unidos ha entrado en guerra contra Alemania y sus primeros contingentes han llegado en junio. En cierta forma la guerra deja de ser europea, puesto que América viene a combatir al Viejo Continente, especialmente a Francia al grito de La Fayette, nous voilà![1].
Pero desde el comienzo de las hostilidades la opinión pública británica sentía un fuerte rechazo hacia todo lo germánico, incluidos los perros, los famosos pastores alemanes. Como durante la ocupación de Alsacia y Lorena por el imperio de Guillermo II, comer chucrut podía considerarse un acto de sabotaje... La misma palabra Sauerkraut había sido sustituida por una expresión sorprendente, liberty cabbage, «la col de la libertad»: ¡un destino inesperado para ese modesto vegetal! De entrada un allegado de la familia real había sido víctima de este boicot: el primer lord del Almirantazgo, el almirante Battenberg, padre del futuro virrey de las Indias, lord Louis Mountbatten. El nombre del comandante en jefe de la Royal Navy sonaba demasiado germánico. Y en todo el imperio parecía absurdo que el soberano que residía en Buckingham Palace fuese de origen alemán. Además era el colmo que la guerra opusiera directamente a dos de los nietos de la legendaria reina Victoria: en efecto, ¡Guillermo II y Jorge V eran primos hermanos!
En el verano de 1914, décadas de resentimiento y desconfianza, envueltas en alianzas circunstanciales con algunas bodas incluidas, habían sido pulverizadas por los intereses superiores de los estados, por no mencionar el interés de los «fabricantes de cañones». Esa extraña situación no era más que la prolongación de un embrollo dinástico que cuando estalló la Primera Guerra Mundial se mantenía desde hacía exactamente dos siglos.
DESDE 1714 LOS REYES DE INGLATERRA SON... ALEMANES
En su larga historia la Corona británica ha conocido varias dinastías desde Guillermo el Conquistador, el vencedor de Hastings en 1066. A los reyes normandos les sucedieron las casas de Plantagenet, Lancaster, York, Tudor y Estuardo hasta 1714. En esa fecha es un elector de Hannover, lugar en el que nació en 1660, quien ocupa el trono de Inglaterra con el nombre de Jorge I. Este monarca es biznieto de Jacobo I, un Estuardo, y representa el linaje protestante más próximo a la dinastía anterior, pero sólo Jacobo I había sido católico. Jorge I no domina la lengua inglesa y se interesa más por su país de origen que por Inglaterra, donde procura residir lo menos posible. De su reinado data la tradición según la cual el gabinete depende esencialmente del Parlamento en vez de estar sometido a la voluntad del rey. El desarrollo del parlamentarismo al otro lado del canal nace en esa época. Cuatro soberanos más tarde, la reina Victoria sólo tiene 18 años cuando en 1837 sucede a su tío Jorge IV, un dandi aquejado de todos los vicios y desacreditado por completo a causa del aroma a escándaloa escándalo que rodea su vida. Del reinado prestigioso y excepcionalmente largo de Victoria, lo que debemos retener aquí es que estabiliza la monarquía y que el castillo de Windsor se convierte en su remanso de paz, aunque desde su acceso al trono en 1837 Victoria ha convertido Buckingham Palace en la residencia oficial del soberano británico[2]. En Windsor vive y recibe. A la fortaleza muy restaurada le confiere una celebridad definitiva. Ese castillo, único en todos los sentidos, está tan ligado a su felicidad como a su autoridad. En el momento de su entronización Victoria es considerada caprichosa y un poco alocada, lo cual perjudica al prestigio de la monarquía, que es frágil y controvertida. ¿Acaso no es la nieta del «rey loco», Jorge II, otro Hannover, que había perdido a la vez la razón y las colonias de América en el transcurso de su guerra de independencia apoyada por Luis XVI?
Victoria es pequeña, pero su metro cincuenta es un concentrado de energía e inteligencia. Rápidamente la soberana se propone y consigue ser amada y respetada. Se impone por su autoridad, su trabajo de representación y sus cualidades. A los 11 años había escrito: «Seré buena». Presentía que sería reina, ya que, al subir al trono su tío Jorge IV, Victoria de Hannover se convirtió en presunta heredera. Coronada en la abadía de Westminster el 28 de junio de 1838, la joven reina se arroga tres derechos esenciales que ningún gobierno, sea conservador o liberal, le podrá retirar: «el derecho a ser consultada, el derecho a impulsar y el derecho a advertir». Sin ser personalmente todopoderosa, encarnará el poder.
Tras los lamentables errores de sus predecesores Victoria dará un nuevo rostro a la Corona y le aplicará un adjetivo: existe una era victoriana igual que hubo una época isabelina. Si la monarquía victoriana nos parece mecánica y a veces impersonal, es porque tenía que ser estirada para protegerse y fortalecerse, en dos palabra para imponerse.
LA REINA VICTORIA LANZA UNA MODA: ¡SE CASA DE BLANCO!
La joven Victoria libra un combate para borrar de su reino toda huella continental. Por esa razón la reina expulsa de la corte a su madre, que sigue siendo demasiado alemana. Son muchos los pretendientes que la cortejan, pero la joven apodada «rosa de Inglaterra» sólo se puede casar con un protestante. Es Leopoldo I, el primer rey de los belgas, el que mueve los hilos. También él procede del rico vivero de Sajonia-Coburgo-Gotha, que ya ha trenzado varias alianzas con la Casa Real de Gran Bretaña. Y antes de ser elegido rey de los belgas en 1830, Leopoldo había sido el esposo fugaz de la princesa Carlota Augusta, hija única del príncipe regente, el futuro Jorge IV. En Windsor fue donde Victoria cayó rendida a los encantos de su primo Alberto, el 10 de octubre de 1839, y escribió en su diario: «Alberto es asombrosamente guapo. Es muy amable y nada afectado. En una palabra: fascinante».
El domingo 10 de febrero de 1840 Victoria se casa con Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha después de una indispensable formalidad en el registro civil, ya que el gobierno y el Parlamento se han apresurado a votar un bill de naturalización del marido. La reina no se casa con un extranjero, sino con uno de sus súbditos. Introduce una novedad al darle el título de Alteza Real y el rango de mariscal, pero también al reducir su lista civil de 50.000 libras anuales a 30.000, que era la cantidad concedida hasta entonces a las esposas de los anteriores monarcas. Victoria, que simbolizará tantas tradiciones, empieza transgrediéndolas: envuelta en satén y encajes, la reina se casa de blanco, inaugurando esta moda en Occidente. Y para decidir de una vez por todas el estatus protocolario de su esposo decreta que vendrá inmediatamente detrás de ella, «salvo que el Parlamento le asignase otro rango». Si bien, oficialmente, Victoria se casa con un inglés, la corona de rosas y flores de azahar entreveradas con una brizna de mirto que lleva es una vieja costumbre alemana. Por primera vez una reina de Inglaterra se casa según el rito anglicano, puesto que María Tudor era católica, Isabel I se mantuvo soltera y Ana Estuardo ya era la esposa de Jorge de Dinamarca cuando accedió al trono en 1702.
Fue en Windsor donde la joven reina quiso pasar unos días de luna de miel con su querido Alberto, una innovación para la época. A pesar de una migraña tenaz a la mañana siguiente escribe: «¡Qué felicidad tener un marido como él!». Se comprende por qué Windsor fue desde entonces tan apreciado por la familia real...
El 10 de octubre de 1844 Victoria recibió a Luis Felipe de Francia, y al día siguiente se sirvió un gran banquete en la sala de Saint George. El rey de los franceses le regaló a la soberana la carroza de asientos azules en la que había llegado y este carruaje tirado antaño por cuatro caballos se conserva hoy en los establos reales de Buckingham Palace. Nicolás I de Rusia, el «zar de hierro», que se consideraba el gendarme de Europa, llegó en visita oficial y, afectado a su vez por la anglomanía entonces muy de moda, se fue con la idea de construir un cottage en el parque de su palacio de Petrovoretz a orillas del mar Báltico.
EN WINDSOR NAPOLEÓN III JURA FIDELIDAD A LA REINA DE INGLATERRA
Tras algunas reticencias, pero seducida al final por el encanto de Napoleón III y la elegancia de la emperatriz Eugenia, Victoria los invitó a Windsor el 18 de abril de 1855, una época en que Inglaterra y Francia eran aliadas en la guerra de Crimea contra Rusia. En la magnífica capilla de San Jorge la reina Victoria honró al emperador de los franceses otorgándole la cinta azul de la Jarretera, la más distinguida de las condecoraciones, que se remonta al siglo XIV y cuya divisa, no menos distinguida, es Honni soit qui mal y pense. ¿Qué pensaría el tío del recipiendario, es decir Napoleón I? Su sobrino prestó juramento de fidelidad... a la reina de Inglaterra, y en aquella época, el último monarca francés que entró en esa orden, que se reúne una vez al año en Windsor, fue un Borbón, Luis XVIII, entonces exiliado. Al menos Napoleón III estaba en el poder... y era sinceramente anglófilo.
Pero ofrecer luego a los soberanos franceses un baile en la espléndida sala gótica contigua (30 metros por 14) de los años 1820-1830 planteaba un serio problema diplomático, ya que el nombre oficial de la sala es «Waterloo» y está decorada con los retratos (pintados por Thomas Lawrence) de los principales reyes, dirigentes políticos y jefes militares que contribuyeron a la derrota final de Napoleón en 1815. Recibir allí al sobrino del adversario más conspicuo de Inglaterra recordando su derrota en Waterloo era algo embarazoso. Los servicios del protocolo borraron el insulto que representaba el nombre de «sala Waterloo», y mientras duró el acto ésta se convirtió en la «sala... histórica». La denominación era hábil y no podía ofender a nadie, puesto que toda cena en Windsor es una página de historia[3].
La unión de Victoria y Alberto fue dichosa, bendecida por nueve hijos, pero quedó rota por la muerte prematura del príncipe consorte en 1861. Victoria se mostró inconsolable y cayó en una apatía rayana en la sinrazón. Envolviendo en adelante su figura oronda en crepé negro, Victoria, la reina viuda, que su primer ministro favorito Disraeli hizo proclamar emperatriz de las Indias en 1877, era un formidable ejemplo de estabilidad del Estado. Garante del equilibrio de las instituciones y respetuosa de la alternancia, a veces desautorizaba a sus primeros ministros, como Palmerston y Gladstone. Durante los sesenta y cuatro años en que el reino estuvo bajo su cetro, Francia conoció doce jefes de Estado, dos dinastías y tres revoluciones, Prusia cinco monarcas, España cuatro soberanos, dos dinastías y varios golpes de Estado en una interminable guerra civil, la primera. Merced a la longevidad de su reinado, Victoria no sólo estabilizó la monarquía, sino logró además volverla magistralmente inglesa. Fue la edad de oro del castillo de Windsor; con ella, aquel vasto lugar de veraneo se transformó en un magnífico palacio para alojar a los jefes de Estado extranjeros. Próxima a Londres, Windsor se había convertido, a mediados del siglo XIX y por voluntad de la reina, en una verdadera embajada de las tradiciones inglesas al servicio de las relaciones exteriores, a las cuales la soberana prestaba especial atención.
Victoria tiene unas dotes psicológicas poco frecuentes. Lord Salisbury, sucesor de Disraeli de 1885 a 1892, confiesa: «Cuando conocía el pensamiento de la reina estaba casi seguro de conocer la opinión de sus súbditos y en particular la opinión de la clase media»[4].
Para afirmar sus costumbres británicas, Victoria aconsejaba a su hija Vicky, convertida en princesa heredera de Prusia, que no bebiera más que té inglés en su castillo de Potsdam, cerca de Berlín. Hasta el final de sus días, la reina desconfió de Guillermo II, ese Hohenzollern, rey de Prusia y emperador de Alemania, que era su nieto. Y le transmitió este consejo de prudencia a su hijo el príncipe de Gales al que siempre mantuvo apartado de los asuntos de Estado. Eduardo había sido muy paciente, puesto que su madre no falleció hasta los albores del siglo XX, el 22 de enero de 1901. Él ya tenía 60 años cuando se convirtió en el rey Eduardo VII.
EDUARDO VII, UN REY DE INGLATERRA ALEGREMENTE FRANCÓFILO
El nuevo soberano, de una jovialidad contagiosa y entusiasta, desarma a sus adversarios con sus comentarios sensatos. Inteligente y visionario, está bien informado de la situación internacional. Bon vivant, amante de todos los placeres, es famoso por sus aventuras parisinas. Una noche, durante una de sus irrupciones en el Moulin Rouge, cuando todavía era príncipe de Gales, invitó a un magnum de champagne a la reina del cancán, la célebre Goulue. La bailarina lo había abordado con toda la guasa de la que era capaz: «¡Eh, Gales! ¿Invitas a champán?». Las aventuras galantes del príncipe y su desenvoltura alegraban los cabarets de Montmartre. Otra noche, el hijo de Victoria estaba sentado a una mesa del Chat noir, un famoso establecimiento del bulevar de Rochechouart cuyo dueño, Rodolphe Salis, solía insultar a los clientes. Llamado a capítulo por un par de policías con sombrero hongo, el hombre consintió en limitarse a la longevidad de la reina: «¿Qué tal, monseñor? ¿Y mamá? ¿Sigue bien de salud?». El ilustre interpelado respondió sonriendo: «Sí, gracias a Dios. Le agradezco su interés».
Cuando por fin accedió al trono, Eduardo VII no se interesaba sólo por las francesas y por la disoluta «vida parisina». Aquel francófilo estaba preocupado por el papel que Alemania pretendía desempeñar en el mundo. De su corto pero decisivo reinado (1901-1910) la historia recuerda sobre todo que aquel monarca amable, que se expresaba en un francés perfecto, sedujo a los «comedores de ranas», y entre ellos al presidente de la República Emile Loubet, un meridional rechoncho más bajito que el rey, a quien recibió el viernes 1 de mayo de 1903 en la estación del Bois de Boulogne. Eduardo VII venía a imponer la negociación de la futura entente cordiale. Pero el asunto pintaba mal. En efecto, cuatro años antes, la conquista de África central por parte de Inglaterra había obligado a los franceses a evacuar Fachoda, en el Sudán. En Francia el incidente se vivió como una humillación. La reina Victoria había aplazado sine die su estancia anual en la Costa Azul. Y lo que aún era más grave, se temía que los ingleses renunciasen a su paseo en Niza. Finalmente muchos franceses se habían alistado con los bóers en la guerra del Transvaal.
El primer día de la visita de Estado de Eduardo VII en París se caracterizó por toda una serie de gestos hostiles. En el bulevar Flandrin se oyeron vivas a Juana de Arco, un contencioso de cuatrocientos años. Por la noche, a su llegada a la Comédie Française, el monarca fue recibido con silbidos por los anarquistas. Cuando hizo su aparición en el palco oficial, el rey sufrió la afrenta de una sala llena, puesta en pie, pero silenciosa y glacial. No hubo ni un solo aplauso, excepto los de la clac, desenmascarada y ridiculizada. Su Majestad no era bienvenido. Durante el entreacto el ambiente dio un vuelco. Eduardo VII fue al vestíbulo a fumar un cigarro, una de sus costumbres principescas; vio a la encantadora Jeanne Grenier y le dijo con su voz fuerte y bien timbrada: «Señorita, recuerdo haberla aplaudido en Londres. Allí fue usted la representante de toda la gracia y el ingenio de Francia».
El cumplido —como era de prever— se repitió por todo el teatro. Cuando el soberano volvió a su palco, la sala, de nuevo puesta en pie, lo aplaudió calurosamente, sin la ayuda de los miembros de la clac. En una hora, todo París estaba al corriente. A la mañana siguiente, la República fue informada por los periódicos de la cortesía que había tenido el rey de Inglaterra y de su talante reconciliador. Al día siguiente, en el Hôtel de Ville, el visitante declaró incluso que en París se sentía como en casa. Lo cierto es que sus visitas eran frecuentes. Aquel tercer día, en la estación del Bois de Boulogne, su tren especial partió en medio de las muestras de entusiasmo. Convertido en favorito de los parisinos cuyas aclamaciones ya se sabe que son caprichosas, Eduardo VII resultó ser un experto en relaciones públicas. Incluso se planteó la idea —¡antigua!— de construir un túnel bajo el canal de la Mancha.
SIN EDUARDO VII LA ‘ENTENTE CORDIALE’ NO SE HABRÍA PODIDO FIRMAR
El rey desempeñó un papel de catalizador. Sin su habilidad y su personalidad expansiva, la entente habría sido teórica. Pero todavía fueron necesarios once meses más de arduas negociaciones y la devolución de la visita por parte del presidente Loubet para concretar el acuerdo. La entente cordiale fue firmada el 8 de abril de 1904 con el ministro francés de Asuntos Exteriores Théophile Delcassé, pelo cortado a cepillo, monóculo y bigote, un ex periodista tranquilo y prudente, que entró en política en 1889. Aunque el embajador de Francia, el apasionado pero astuto Paul Cambon, había sido muy apreciado por el Foreign Office y por su ministro lord Lansdowne —que contaba a Talleyrand entre sus antepasados, cosa no desdeñable—, Eduardo VII tuvo que hacer valer su influencia, su amor por Francia y su temor de Alemania para lograr acabar con el aislamiento diplomático francés.
La entente cordiale, un pacto que consta de cuatro artículos, era más una liquidación de los conflictos coloniales que un tratado de alianza, pero tenía la ventaja de ratificar el papel internacional de Francia tras la alianza franco-rusa. Paralelamente, un acercamiento anglorruso permitía esbozar una Triple Entente entre el Reino Unido, la República francesa y el Imperio de los zares. Los despachos enviados por los embajadores de Alemania en París y en Londres daban cuenta de esa estrategia destinada a aniquilar la obra de Bismarck.
Eduardo VII, de verbo claro e inteligencia fina, había convencido a los republicanos galos. En la Cámara de los Comunes, un parlamentario, celebrando la perspicacia del monarca, dijo que había triunfado la «dictadura del tacto». Diez años más tarde se transformaría en una acción concertada y en un inmenso sacrificio[5].
Desde el verano de 1914, la entente cordiale se había convertido en una alianza estratégica y táctica, aunque los objetivos y los medios seguían sin estar armonizados. La guerra hacía estragos en Europa. Una guerra fratricida, casi tribal en muchos aspectos. ¿Quién podía preverla? ¿Quién hubiera podido impedirla?
BERLÍN 1913. EL ÚLTIMO ENCUENTRO ENTRE LOS SOBERANOS ANTES DE LA GUERRA
Catorce meses antes, el miércoles 21 de mayo de 1913, el hijo de Eduardo VII, convertido en el rey Jorge V, y su esposa la reina María fueron a Berlín a la boda de la hija única del káiser. A su llegada en barco, y antes de subir a un tren especial, el soberano iba vestido de paisano, elegante, tocado con un sombrero hongo y empuñando un paraguas. Un gentleman. Luego, para honrar al káiser, se puso el uniforme de general prusiano atravesado por el cordón anaranjado del Águila Negra. Guillermo II no se quedó atrás en cuanto a cortesía indumentaria: llevaba el uniforme escarlata de los Royal Dragoons, tocado con un casco de oro con barboquejo y crinera negra. Le gustaban los uniformes, todos... Aquellos intercambios de buenos modales eran un ejercicio un poco forzado de diplomacia entre parientes. Pronto se revelaron como irrisorios e impotentes para impedir el engranaje de la guerra y para sustituir los parentescos a veces incómodos por las alianzas militares.
El zar Nicolás II, otro pariente, se reunió con ellos al día siguiente. El inglés y el ruso tenían un gran parecido; en cuanto a Guillermo II se distinguía por sus bigotes, que parecían dibujar la inicial de su nombre, una amplia «W». Tres soberanos que reinaban sobre la mitad del mundo, tres primos. Una fastuosa fiesta de familia, la última en su género. «Ellos todavía lo ignoraban, pero esa boda sería la última ocasión de reunirse antes de la Primera Guerra Mundial»[6].
Las hostilidades entre Londres y Berlín no eran nuevas, pero la obsesión de Guillermo II por construir una flota importante las había avivado. No soportaba que el control de los mares estuviese en manos de Inglaterra. Esa ambición, cuya realización había confiado al almirante Tirpitz, envenenó las relaciones germano-británicas mucho antes del atentado de Sarajevo, el 28 de junio de 1914. La competencia armada no impide algunos gestos de apaciguamiento por parte del káiser. Así, en 1908, en una entrevista muy comentada que publicó el muy conservador The Daily Telegraph, Guillermo II había manifestado su apoyo al Reino Unido en la guerra de los bóers, contradiciendo el respaldo manifestado a Kruger en 1896, cuando éste quiso expulsar a los colonos británicos del Transvaal. El espectacular viraje del emperador, de pronto favorable a Londres, exasperó a la opinión pública alemana y debilitó la autoridad del soberano, abandonado por su canciller von Bülow. La actitud contradictoria del káiser, alternando las amenazas y las sorprendentes manifestaciones de simpatía, pone en evidencia el sufrimiento psicológico del monarca, causado o agravado por su complejo físico, su brazo atrofiado que disimula con toda clase de artificios indumentarios. Al káiser, que a menudo lleva un casco alado sacado de la mitología de las óperas wagnerianas y que exagera ostensiblemente la forma circunfleja de sus bigotes, le gustan las apariciones ceremoniales, teatrales y de un romanticismo exacerbado. Su padre, Federico III, yerno de la reina Victoria, que falleció por enfermedad tras sólo noventa y nueve días de reinado, consideraba que su hijo Guillermo era inmaduro. De hecho, el primo de Jorge V no es incompetente; es más torpe que belicoso, pero de él se puede esperar todo... ¡y no comprender por qué lo hace!
Martes, 17 de julio de 1917, Buckingham Palace. Jorge V, nieto de Victoria y segundo hijo de Eduardo VII, trabaja en la redacción de una inminente declaración histórica, sopesando cada palabra. Reina desde hace siete años, tres de los cuales en plena guerra denominada mundial, la primera. De todos los monarcas británicos del siglo XX, sigue siendo sin duda el menos conocido por los franceses. París honra su memoria dándole su nombre a una avenida y a una estación de metro. Y los deportistas se acordarán de qu
