El Evangelio según santa Terci
Por Carlos Barea
Por lo visto, ser lesbiana en Ávila es algo parecido a que te rompan el corazón: te crees que eres la única persona en el mundo que ha pasado por eso y el desconsuelo se antoja infinito. Estas dos vicisitudes, aunque a priori pueda parecer que nada tienen que ver, están estrechamente ligadas, al menos en este libro. Pero, ojo, que aquí no estamos hablando del desamor romántico, ese sobre el que tanto se ha escrito y que es producto directo de una sociedad cristianocapitalista que nos quiere emparejados, productivos y con una hipoteca variable a cuestas. No. En estas páginas se habla de otras formas de romper corazones, aún más crueles y sangrantes; esas que ponen en práctica ciertas instituciones y que con ellas han conseguido desde tiempos inmemoriales herir casi de muerte algo que es, ni más ni menos, la base de nuestra relación con el mundo: el amor propio.
Pero esto que estoy contando es algo que ustedes, queridos lectores, van a descubrir enseguida y no hace falta, por tanto, que yo lo recalque. Así pues, prefiero dedicar este espacio que me han cedido a alabar uno de los puntos fuertes de la obra que tienen entre sus manos. Y es que el mérito de La única lesbiana de Ávila no reside tanto en lo que se cuenta —por desgracia, se podrían empapelar edificios con historias de vidas jodidas por la religión y el cisheteropatriarcado—, sino en cómo se cuenta. Sepan ustedes que están a punto de adentrarse en un relato personal que no es otra cosa que un desgarro emocional y la culminación de un proceso que, en realidad, nunca dejará de ser un work in progress —y cómo no serlo, cuando levantarse por la mañana y salir a la calle con tu pluma, con tu forma de vestir y con tus opiniones ya se convierte un acto político involuntario—. Sin embargo, Laura tiene la capacidad de mostrarnos aquí, de una forma bastante generosa, el viaje que la ha llevado desde la más profunda de las oscuridades hasta esa luminosidad esperanzadora que ahora, tras mucho trabajo, emana por los cuatro costados. Porque sí, hay gente como ella que, incluso cuando la normatividad intenta apagarlas y robarles la dignidad, son capaces de vencer a las tinieblas y regalar su luz a las demás.
Escribía Teresa de Ávila, santa Teresa para los creyentes, que de pequeña salía a la calle para que los infieles la decapitaran porque creía que era la única forma de acercarse a Dios. Algo parecido le ocurre a Laura Terciado, Terci para las creyentes, en este libro. Desde la primera página nos encontramos con su cuerpo, con su voz y con sus traumas abiertos en canal y puestos al servicio de la comunidad con una única finalidad: la de intentar hacer un poco más vivibles las vidas de aquellas personas que vienen detrás. Es más, nuestra Terci parece no tener miedo alguno a ser decapitada, metafóricamente hablando, si con ello consigue menguar, aunque sea un poco, el sufrimiento de las personas LGTBIQA+ que se sienten únicas en el mundo. Por ende, esta obra no es otra cosa que un sacrificio íntimo, una especie de purificación por los pecados de sus hermanas que, una vez llegados al final, la hace resurgir como una santa —queer, por supuesto.
Decía al inicio de este prólogo que ser lesbiana en Ávila es algo parecido a que te rompan el corazón. Está claro, por tanto, que el final del proceso es también bastante similar. Y es que después de sentirte única en el mundo, comienzas a darte cuenta de que como tú hay muchas otras personas. Es entonces cuando empiezas a sentirte menos sola, a entender procesos y, de una vez por todas, a sanar. Y esto es, precisamente, lo que Laura, santa Terci de Ávila para las creyentes, nos regala en las páginas que siguen: una historia personal convertida en universal. Un manual sagrado para curar corazones (obligados a ser) solitarios.
Introducción
«Yo pensaba que era la única lesbiana de Ávila».
En julio de 2022 corrió como la pólvora por las redes sociales un vídeo en el que yo decía esta frase. Varias personas LGTBIQA+ hablábamos sobre la visibilidad y el Orgullo en un programa mainstream patrocinado por TikTok.
«Soy de Ávila, yo no nací en Madrid. Yo crecí allí y estuve dieciocho años metida en un armario, dentro de un armario, dentro de otro armario, dentro de un castillo…».
No se me ocurrió en ese momento, era algo que había pensado desde que era niña y que llevaba muchos años contándole a la gente como algo anecdótico, incluso como si se tratase de una especie de broma a la que los demás no buscaban ningún trasfondo. Tapando ese trauma con sarcasmo. Pero con Maldito Bollodrama conseguí que ese mensaje llegase a las demás. El pódcast empezó en febrero y en julio ya no tenía ninguna duda. Había otras lesbianas de Ávila que me confirmaban que no solo yo no había sido la única, sino que a ellas les había pasado exactamente lo mismo.
Todo el mundo vio ese corte en Instagram. Llegó al teléfono de muchas personas que nacieron y crecieron en la misma ciudad que yo, no solo al de las lesbianas. Ese fragmento se compartió una y otra vez entre personas que estudiaron conmigo en el mismo instituto. Algunas lo enviaron porque siempre sospecharon de mí, otras lo movieron por puro orgullo y otras por puro cotilleo. Hay quienes lo vieron porque lo compartió una de las presentadoras del espacio y apareció en las stories de centenares de sus seguidores. Entre ellas, había una abulense que yo conocía solo de vista y cuyo nombre no es que no recuerde, sino que juraría no haber siquiera sabido jamás. No había hablado con esa persona en mi vida. Días después, vio a algunas de mis amigas (a las que sí conocía) en un concierto y se acercó a hablar con ellas. Al darse cuenta de que yo estaba en el mismo grupo, se giró hacia mí y me dijo que me había visto en un reel «hablando sobre que pensabas que eras la única… la única… la única… pues eso, la única… de Ávila».
Yo misma tuve que aportar a su frase esa palabra que no se atrevía a decir en voz alta. Esa palabra que, igual que yo, sus oídos habían escuchado miles de veces con tal tono que le había hecho asimilar que tan siquiera sugerir que alguien podía ser una lesbiana era faltarle el respeto enormemente. A ambas nos habían hecho comprender que decirla tenía una carga acusatoria, ofensiva y repugnante. Que insinuar que una mujer no era heterosexual significaba que representaba lo peor que una mujer podía representar. Que era malo. Que daba vergüenza.
Y por eso no fue capaz de pronunciar la palabra lesbiana.
Nací y crecí en Ávila, una ciudad medieval en el centro de la península ibérica, la capital de provincia más alta de España, donde todo es hielo, musgo y piedra gris. Donde hay más horas de silencio que de luz. Una de esas ciudades que conservan el frío dentro, donde el cielo brilla despejado y tramposo, y donde los inviernos son silenciosos, el ambiente siempre está enrarecido y todo el mundo está tenso. Porque es así como te mantiene el frío: rígido, sobrio, tieso. Los inviernos allí eran sinónimo de sabañones, dolor de oídos, castañas en los bolsillos, resbalones, nieve hasta las rodillas y frío hasta los huesos. Y bueno, luego estaba todo aquello de los curas, las monjas y toda suerte de acólitos cristianos susurrando en cada esquina, y lo de tener imágenes de personas ensangrentadas, sufriendo y llorando, mires donde mires.
La primera vez que expresé en voz alta que yo no era creyente, la profesora (de gimnasia) a la que se lo dije me miró en shock y me contestó que yo le daba una pena terrible porque mi vida carecía de sentido y, además, porque «te sentirás siempre muy sola». Y razón no le faltaba, yo me he sentido siempre muy sola… y sí, gran parte de la culpa de esto la tiene dios.[1]
Estuve sola, me sentí sola y creí durante la mayor parte del tiempo no solo que era la única lesbiana de la ciudad, sino que posiblemente lo sería también del resto de España, de Europa y, si me apuras, del planeta entero. Sentí soledad en muchos sentidos. De forma física y literal, y de manera simbólica. En general y por motivos específicos también. Pero lo cierto es que han sido muchas las épocas de mi vida en que esto se ha producido de una manera expansiva y arrasadora. Porque así es la soledad: algo que se expande, que te invade y que arrasa con todo mientras te sacudes creyendo que así te la conseguirás sacar de encima. Como el puñetero frío.
Sentirme sola durante tanto tiempo, sobre todo las primeras décadas de mi vida, me ha costado años de recuperación. Me ha supuesto miedos crónicos, dificultades sociales, incomunicación, autolesiones, una fuerte disonancia cognitiva, una relación pésima c
