Los rostros que tengo

Nélida Piñon

Fragmento

Prefacio

Prefacio

Rodrigo Lacerda

«En medio del torbellino, escruto la raíz poética del texto. La carne verbal que define al prójimo, que es una réplica de mí. En un intento de familiarizarme con los fundamentos del mundo». Así define Nélida Piñon en Los rostros que tengo su relación con la literatura. Es difícil encontrar una formulación más completa y sintética en la obra de cualquier gran artista.

Nélida publicó su última novela, Un día llegaré a Sagres, en 2020. Tenía entonces ochenta y tres años. Durante los dos años siguientes, sostuvo una intensa actividad, como de costumbre, hasta el 17 de diciembre de 2022, fecha en la que falleció, a los ochenta y cinco. Asistió a presentaciones de ediciones extranjeras de sus obras y a entregas de premios de su nuevo libro; asimismo, estuvo presente en los lanzamientos de las obras de sus compañeros, dio conferencias por todo el mundo, participó en congresos y fue jurado de importantes galardones literarios, y participó en las ceremonias de la Academia Brasileña de las Letras. Y, por supuesto, concedió entrevistas, muchas entrevistas. E incluso, pese a estar tan solicitada, todavía encontró tiempo para pensar en aquello que prevalecería a su muerte. «Entendí desde niña que tenía que dejar mi huella. Es fundamental para la existencia en sí misma, para el arte en sí mismo, para lo que una es», decía.[1]

Por una parte, se propuso conservar su memoria material. Para ello, el primer paso fue organizar su biblioteca y su inmenso acervo de fotografías, de documentos, de cartas y de originales manuscritos y mecanografiados. En noviembre de 2021, esta labor concluyó con la entrega oficial de un conjunto de documentos al Instituto Cervantes de Madrid, con el objeto de conservarlos en la llamada Caja de las Letras. Semejante honor, reservado a los máximos exponentes de la cultura hispánica, ha permitido que una pequeña parte de su memoria esté ahora protegida en una auténtica caja fuerte ubicada en la sede de la institución, un edificio que otrora albergó el Banco Central. Por último, en junio del año siguiente, pocos meses antes de fallecer, Nélida inauguró la Biblioteca Nélida Piñon en el Instituto Cervantes de Río de Janeiro. Esta aloja unos ocho mil volúmenes, la mayoría de literatura hispánica, hispanoamericana y brasileña.

Por otra parte, Nélida se ocupó de preparar su testamento literario, Los rostros que tengo. Mientras escribía su última novela, tomaba notas y hacía breves grabaciones sobre temas que quería abordar en el futuro. En cuanto Un día llegaré a Sagres se publicó, Nélida comenzó a reunir y a ultimar material ya esbozado, de manera que produjo un buen volumen de textos nuevos que complementaban el conjunto de su obra, y que además le permitían crear una secuencia libre y coherente a la vez. En octubre de 2022, todavía bajo el título provisional de Andanças de Nélida, el libro estaba listo, con un total de 147 capítulos. Tras un rápido intercambio de ideas con la editorial, que sugirió alternativas para el título, extraídas del propio texto, se decidió por Los rostros que tengo, que da nombre al capítulo 46.

En cierta medida, la composición fragmentaria de Los rostros que tengo guarda semejanza con el formato de un diario. De este modo, la fluidez de la lectura no se debe a la estructura del texto, ni a una concatenación lineal de los temas abordados, sino a la costura invisible que une los fragmentos. Dicha costura surge a partir de algo que va más allá de la estructura y que atraviesa el conjunto, y es la subjetividad de quien escribe su propia biografía. Pero en este caso, al contrario de lo que acostumbra a suceder en un diario, el texto no se pierde en ningún momento en un tratamiento superficial de los recuerdos, de las personas y de los hechos que se mencionan. Nélida no tenía tiempo que perder, pues sentía la muerte próxima, de modo que en este texto se ocupa de lo verdaderamente importante, extrae de cada recuerdo, por trivial que parezca, la máxima emoción.

Los temas que más aparecen en esos capítulos/fragmentos configuran los grandes ejes del libro. Cuando menos, hay tres que destacan. El primero, que resultará familiar a los lectores de su obra, es el origen gallego de sus abuelos y su vínculo umbilical con la cultura española (Nélida vivió en España entre los diez y los doce años de edad). Brasileña y carioca nacida en Vila Isabel, el «promontorio de Brasil»,[2] esta doble cara de sus referencias culturales definió a Nélida. Tenía la plena certeza de que su condición de hija de inmigrantes había sido decisiva en su formación: «Empecé a leer muy pronto novelas y poesía en español. Una lengua que entró en mi imaginario para hacerlo universal». La lengua portuguesa, a su vez, «esponja de hiel, miel y plata», siempre sería la base de su vida y de su literatura: «E incluso noto el sabor de las palabras en la boca, entre los dientes, triturando sin piedad mis sentimientos».

La condición de nieta de inmigrantes también se aborda en bellos retratos familiares, recuerdos personales de su infancia y juventud, reflexiones culturales e históricas. Pese a examinar diversos aspectos de este y demás ejes temáticos y biográficos, que desarrolla con cada alusión, Nélida no lo hace en una secuencia metódica y previsible, menos aún con la intención de agotar sus significados. El pensamiento de la escritora parece fluir a lo largo del libro, mientras esos temas y digresiones van y vienen.

Un segundo eje ineludible es la relación de Nélida con la literatura. Este también se configura y se desdobla a partir de innumerables fragmentos, que, aunque en apariencia son distintos, están unidos por el tema principal. Algunos de los subtemas son sus lecturas fundacionales: la Biblia, Homero, Machado, Quevedo, Shakespeare, Camões, Dostoievski, Gregório de Matos y, entre otros, José de Anchieta, que, «recién llegado al nuevo territorio, introdujo en el imaginario de Brasil un concepto estético original»; la mirada retrospectiva sobre algunas de sus obras más destacadas: Guía-mapa de Gabriel Arcanjo (su primer libro), La república de los sueños (una versión novelada de la historia de la inmigración gallega en Brasil) y Voces del desierto (un enfoque feminista de la clásica historia de la princesa Scherezade); sus principios estéticos: el ideal humanista de conjugar la grandeza de los clásicos con la relevancia de los modernos, lo erudito con lo popular, lo grande con lo pequeño, «la lujuria del cuerpo y del espíritu»; la esencia de la creación, «sensible o dolorosa», y el «deber de crear»; su propia carrera literaria, repleta de premios y amistades, como Clarice Lispector, Rubem Fonseca, Susan Sontag, García Márquez, Vargas Llosa y Eduardo Lourenço, entre otras; y, por supuesto, su experiencia como primera presidenta en la historia de la Academia Brasileña de las Letras en 1996 y 1997.

El último eje temático que cabe resaltar en Los rostros que tengo es de carácter más personal y confiere el tono grave que predomina en el conjunto. Trata del equilibrio de la vida ante la proximidad de la muerte, momento en el que ella misma reconoce hallarse: «Sé lo mucho que duele ser mujer y mortal». O, como afirma en otro pasaje: «Me esfuerzo para que mis días sean alegres. Solo por estar viva, aun sin un motivo concreto, alzo la copa de la ilusión. Sin olvidar que, al estar cerca del fin, me resigno a aceptar mis regresiones, las ruinas de mi cuerpo actual, un esqueleto que, sin embargo, todavía se alimenta y tiene sed».

Los rostros de Nélida se suceden, pero no se limitan a arrojar luz sobre distintos ángulos de los tres grandes temas del libro. Hay apariciones fugaces de rostros quizá menos esenciales, o menos dominantes, pero arraigados a la subjetividad de la autora. La música es uno de ellos. Con la primera alusión directa a esta, menciona un sueño que apenas le duró unas horas: haber tenido la voz de Maria Callas, esa cantante de ópera con «más de dos mil años de tragedia griega en las cuerdas vocales», y, a pesar de ser fiel al oficio de la escritura, reconoce sentirse atraída por el canto lírico, «parte del espectáculo humano». Más adelante, regresa a este tema, describiendo lo que para ella representó en su juventud en el Teatro Municipal de Río de Janeiro: «El escenario de una iniciación que despertó en mí emociones y el espíritu de la fe. [...] En aquel teatro el horizonte se ensanchaba para envolverme. Todo mi ser cabía en él. Allí llamaba a las puertas del cielo para conversar con un Dios sencillo que a menudo descendía a la tierra para entretenerse con los seres humanos». En otro fragmento, Nélida cuenta la entrañable historia de su fracaso como alumna de canto coral, en las clases de la primera esposa de Villa-Lobos cuando, por ser todavía pequeña, es relegada a la condición de cuarta voz con «las del fondo» de la coral: «La cuestión es que quedé apartada, como si no existiera. Aun así, yo cantaba, desafiaba, sufría». Cabe resaltar aquí el sutil guiño que la escritora hace al lector al escoger el verbo «desafiar», y no «desafinar», opción que, aparte de ajustarse perfectamente a la frase, resuena en nuestra cabeza. Con esto pone de relieve el fuerte temperamento y la obstinación de la joven que era, características (como bien saben los que la conocieron o estudiaron su trayectoria) típicas de Nélida a cualquier edad.

Los demás rostros fugaces que giran en torno a los temas centrales tratan asuntos diversos: la dimensión física y espiritual de la comida, los cinco sentidos y la materialidad de las cosas, la religiosidad, el feminismo, la naturaleza humana y la «estética del destino». Los subtemas también se combinan. Así, en ciertos momentos equipara su sensibilidad por las lenguas y la música, las vincula a los sentimientos, el sello de autenticidad para cualquier medio de expresión. De ese lugar central de la emoción en su forma de entender el mundo y las artes se desprende el aliento universalizador de Nélida como escritora —«La cultura de cada individuo es asombrosa»—, pero también su capacidad para detectar, en lo elevado y en lo cotidiano, los indicios de humanidad que le interesaban para crear sus historias y personajes: «Amor y cacerolas vienen a ser la misma cosa».

Los rostros que tengo también encierra algunas sorpresas en torno a temas de actualidad en Brasil. Aunque ensalza la universalidad del pueblo brasileño —«Siendo brasileña soy griega, romana, egipcia y hebrea. Soy todas las civilizaciones que inexplicablemente llegaron a este reducto brasileño»—, Nélida, conocida por su amabilidad y diplomacia, es bastante dura con las contradicciones históricamente mal resueltas de la civilización nacional: «Nacimos del mestizaje. De un universo impregnado de ficción, de fingimiento. Sin saber a quién debemos la idea de realidad que concebimos como una invención personal que rechaza los proyectos colectivos. Un realismo marcado por una alta dosis de ilusión que forma parte del carácter social. // Para los brasileños, aparentar lo que no somos, presumir de lo que no tenemos, es fundamental. Mientras fingimos poseer unos bienes que, en realidad, pertenecen al vecino, aseguramos ser amigos del rey, comensales en la mesa del poder. Qué fácil nos resulta insinuar que somos íntimos de aquellos que gozan de fama. Y todo para ostentar un arrojo del que carecemos. // Esa danza de las apariencias lleva tiempo instalada en el alma nacional. Influencia que quizá provenga de la península ibérica del siglo XVI, antes incluso de que existiéramos como nación. Lo cierto es que esta conducta, pese a venir de lejos, tuvo efectos persuasivos. Y, en un intento de interpretarla, nos obliga a viajar al interior de la historia de los países de los que procedemos».

Nélida parecía haber resuelto desde hacía tiempo, en su fuero interno, el conflicto entre la independencia crítica y el respeto a las tradiciones. Como si el interés por el debate, la acción pública y la defensa de la libertad individual o colectiva proviniera precisamente de los principios esenciales de las tradiciones religiosas, sociales o estéticas, y no de tergiversaciones limitantes. Esto se explica, por ejemplo, en los capítulos 53 y 59. El carácter esencialista del arte, sobre todo (y varios pasajes lo reafirman en Los rostros que tengo), es para Nélida aquello que permite a la humanidad superar las diferencias y los traumas históricos, conservar lo positivo del pasado y corregir lo negativo del presente. Sin perder de vista que la literatura es una pieza esencial del proyecto civilizador. Basta con volver a la cita que abría el presente texto para comprobar que el lenguaje, «la carne verbal» que define al prójimo, es el medio para garantizar una humanidad compartida y para acceder a los «fundamentos del mundo».

Podría decirse mucho más sobre el legado literario de Nélida Piñon y sus rostros mutantes o, como dice en el capítulo 46, sus «máscaras». Pero es mejor dejar que los lectores se sorprendan con el libro. Que se emocionen con las últimas preguntas que Nélida deja en el aire, cuando ve próximo el final de una vida entera dedicada al poder de la invención y la reinvención por medio de las palabras. «Dios mío, ¿qué sucederá con el portugués que ahora hablo? ¿Quién acabará con mi lengua en un futuro próximo, envejeciéndola hasta que ya no se entienda? ¿Cómo detener el impulso destructivo que todos llevamos dentro?».

1. La eternidad

Dios es igual de tangible que un pedazo de pan. Cuando nos impone su intransigente decálogo, se apiada del hambre humana. Y promulga la existencia de un paraíso que, en el futuro, nos acogerá. De manera que merece la pena creer en dicha divinidad.

No obstante, yo sé que a mí me educó el mundo. Como maestro y verdugo, dictó las reglas que me llevarían a hacer progresos, retrocesos y extenuantes negociaciones. En virtud de un código imperfecto dispuesto a inmolarme, a imponerme un falso ajuste a la realidad. Que, sin embargo, al arrastrarme hasta el borde del abismo, me enseñó a retroceder.

Sé que vivo sin malla de seguridad, guiada por el veneno de la pasión que la vida nos inyecta. Esa poción mágica que Tristán e Isolda ingirieron en el barco, de camino a su encuentro con el rey, que los sumió ipso facto en un delirio, que quedó legitimado para siempre en el imaginario del amor en Occidente. En consecuencia, yo asumo mi condición de peregrina que, con la ayuda de un bordón de roble, recorre el Camino Francés, la Vía Láctea, para llegar al fin a la ciudad de Compostela, a la plaza del Obradoiro, desde donde contempla la fachada de la catedral consagrada a Santiago, cuya ruta de milagros desafía la imaginación humana. Ahora bien, la construcción gótica es una recompensa para el alma. Y, en particular, para la mía. Esta alma brasileña y melancólica que busca la grandeza en una hormiga.

Sin embargo me pregunto, en momentos de fortaleza, ¿no será un retroceso para mi búsqueda del cielo recorrer el mismo paisaje que me conducirá a la muerte?

Comoquiera que sea, me resigno mientras me tomo un café con leche y mojo el pan en el líquido caliente. Aprendí este gesto de los campesinos de Borela cuando, las mañanas de invierno, saboreaban los frutos de la tierra con media sonrisa en el rostro y un cigarrillo colgando de la comisura de los labios.

En este instante de mi vida, ante la inminencia de partir hacia un lugar ignoto, me bautizo a mí misma, inclinándome sobre la pila de mármol de una capilla que visito por la tarde. Mientras me pregunto si estoy preparada para morir y quién llevará mi ataúd con celo y lo depositará en una tierra santa que no será Jerusalén. Antes iré a parar al sepulcro de mi familia, situado en un pasaje justo a la entrada del cementerio São João Batista, donde esparcimos los huesos calcinados de mis muertos. Pero aún más probable es que me lleven al mausoleo de la Academia Brasileña de las Letras, donde me aguardan los restos mortales de mi madre, Carmen.

Sin embargo, no me detengo. Esto es, me valgo de mi imaginación ágil, errante, sin rumbo exacto. Pero, con el esfuerzo, encojo mi alma para que deje de perturbarme. Mi alma indomable, cuyos excesos rechazo. De este modo aplaco el ímpetu de la aventura que me sobreviene desde la infancia. Esa manía mía de estar en un lugar donde no estoy. De recorrer la sabana, atravesar las Montañas Rocosas, como aquellos hombres peludos, no por el vello natural de su cuerpo, sino por las pieles de animales abatidos con que se vestían.

Pero ¿cómo salvarme de la condición de mujer y escritora? La prudencia, que es beneficiosa, además de respetable, me aconseja que me refugie en alguna cueva, lejos de los animales que buscan cobijo en mis entrañas. Temo a los bárbaros, que avanzan en números crecientes. Como aquellos liderados por el visigodo Alarico, que en pleno siglo IV se dirigieron a Roma, aterrorizando el centro de poder del mundo. Hasta el punto de intimidar a Agustín, el obispo de Hipona, cuya sentencia, que leí de adolescente, me alivió del peso del deseo de la carne, exclamando: «¡Señor, hazme casto, pero no todavía!». Con la entrada de los bárbaros, abandonó la ciudad que congregaba a senadores y esclavos. La invasión de semejante horda obligó al teólogo, autor de La ciudad de Dios, a huir.

No me desentiendo de los eventos históricos. Son didácticos. Me invitan a aproximarme al corazón del prójimo, que para mí tiene nombre y apellido, donde reside la esperanza de los días soleados, donde hay sombra y un destello de amor.

2. La estética

La estética tiene rostro, puedo verlo. Es el lado expuesto del arte. Es lo que vemos y lo que imaginamos. Una matriz primordial amparada por el conjunto de los actos humanos. Al auspicio de la cultura, argamasa común a todas las manifestaciones creativas, también es adversa, va contra ciertos intereses, como los de la vanguardia y los clásicos. Modela un carácter que oscila entre lo favorable y lo insidioso. Así, en el ejercicio del arte, la estética es difusa, inconsútil, arcaica, carnal, mística, trascendente, arqueológica, vasta, profunda, tradicional, contemporánea y, sobre todo, mestiza. Rige una imaginación propicia a expresar las contradicciones que impregnan el inquieto e insensato corazón humano, constantemente al borde del naufragio ante tanto subterfugio en torno al arte y a la existencia de Dios.

Hay que decir que, desde tiempos remotos, los fundamentos indisciplinados de esta creación proceden del caldo de la experiencia vivida y de la exacerbación del caos. Sin embargo, es la responsable de la lengua, de las cosechas de patatas, de alimentar nuestra atracción por lo cósmico. Y de inventariar lo cotidiano y las diversas formas que existen de amar y odiar. El hambre de pan y de oro.

Dondequiera que nos hallemos, ya en Micenas, bajo la égida de Agamenón, ya en Río de Janeiro, el arte siempre ha provocado agitación. Superó el momento álgido de la tragedia griega, la deslumbrante explosión panteísta que dejó a los hombres a merced de los dioses, hasta que Cristo llegó con su discurso revolucionario. En el transcurso de esta gesta de carácter poético, inherente a su origen, el arte rechazaba expurgaciones, la frontera entre lo sagrado y lo profano, y abrazaba lo fáustico, lo contencioso, lo lúbrico, la carnalidad abrasiva. Y es que, por ser la moral del arte fundamentalmente espuria, prestaba un servicio indistinto a todos los pueblos, todas las clases, todos los tiempos, a todas las civilizaciones habidas y por haber.

El arte, que se expresaba por medio de la estética, siempre ha estado presente en el mundo. Desde sus albores ha sido un salvoconducto para accionar actividades que redoblaran el repertorio de ideas y acontecimientos. Yo misma he acabado haciendo uso de sus sagradas escrituras, de sus beneficios, de la plenitud de un oficio que me ha llevado hasta la esencia del conocimiento. Me ha llevado a comprender que no corresponde a la creación difundir falsos conceptos paradisíacos, ni mitigar oposiciones, ni erradicar divergencias, ni facilitar reconciliaciones. Dado que el arte es volátil, y habiendo surgido de condiciones desfavorables, del arsenal de metáforas, fabulaciones y sentimientos inaugurales, su función ha consistido en abarcar lo sublime, lo monstruoso, lo onírico y lo perverso. Y a la vez proporcionar, con el propio acto de crear, la turbulencia anímica necesaria para metabolizar la existencia. De implantar en el espíritu del creador la semilla de la inquietud, de la inconformidad, de la perennidad de la palabra. Y, en definitiva, permitir la adopción de una creencia que ahuyentara la mezquina realidad para proyectarla hacia el centro del mundo. Hete aquí la estética del alma.

3. El inventario del hombre

¿A quién debo presentar el balance final de este año, como si fuese una persona jurídica, y no una simple mujer? ¿A quién exponer mis hechos, temiendo que me corten la cabeza, cuando solo estoy dispuesta a ceder mi corazón?

¿Quién llamará a mi puerta pidiendo cuentas de mis desaciertos, señalándome ante un público de hombres y de lobos, criaturas que carecen de compasión o afecto? ¿Quién, que conozca las derrotas humanas, el triunfo del mal, se apiadará de la intricada historia de nuestra especie?

¿Quién me dirá, ante el espejo y el reflejo de mi inhóspita agonía, que me encierro en mí misma, que no sé protegerme de los escollos de una vida cotidiana fugaz, banal y despiadada? ¿Y que, como las demás personas, desciendo con incertidumbre al valle de las tribulaciones humanas?

¿Quién es ese hombre de barba hirsuta, apoyado en un bastón y con aspecto de profeta, que desentraña mis misterios, eleva la voz y proclama mi irrenunciable condición de hija de Dios, del mundo, de los conflictos que azotan a la tierra desde hace milenios?

¿Quién repetirá, junto a mi cama, palabras que, desde luego, no surgieron del ingenio ni de las carencias del hombre? ¿Quién me visitará con el ímpetu de un ángel de alas redentoras, dispuesto a abandonarme tan pronto entra en casa, para pedirme que recuerde bien el vivo contraste del rostro del mal y su melancólica belleza? Solo así podré protegerme contra el falso mecanismo del universo contemporáneo.

¿Quién me susurrará historias forjadas a partir de la memoria de los pueblos, que entre otras hermosas intrigas aún hoy aluden a las Bodas de Caná? ¿Ese momento en que Jesús, a instancia de una voz femenina, asumió por primera vez su condición de hijo de los hombres?

¿Quién me enseñará las reglas de oro de la cortesía humana? ¿Abrirá en mi nombre las puertas del pecho ajeno para que pueda desfilar por las arterias del amor, de las incertidumbres que persiguen a los hombres desde los tiempos de Mesopotamia?

¿Quién me dará la mano para conducirme a mi lugar en la mesa del Señor, junto a los demás comensales, asimismo guiados por Él, que es puro misterio gozoso? Cuando, protegida por la fortuna en forma de vituallas, de vino y de frutos secos, buscaré a mi alrededor a quien me condujo hasta allí, a sabiendas de que corro el riesgo de no volver a encontrarlo.

¿Quién me consolará en momentos de peligro? Para que, cuando me vea rodeada de sombras y las tinieblas ofusquen los senderos del mundo, prestas a arrojarme al abismo, ese alguien me envuelva en su manto de afecto, como una red de malla fina hilada para capturar criaturas y peces. Y que en ese instante me enseñe la misma forma de contemplación que otrora alentaba a los místicos a levitar en nombre de la fe.

¿Quién me mostrará los decálogos de los hombres, y a la vez me instará a respetar aquellos que surgieron de mis propias convicciones? No debo permitir que me domine la sabiduría que me hunde en el pesimismo y la incredulidad.

¿Quién pronunciará mi nombre con la dulzura de los mártires? Esa voz rendida, que sobreviene después de conocer a Dios. En el momento en que desaparece de la memoria el dolor padecido por defender el nombre del Señor ante hombres sin fe.

¿Quién me dirá: te quiero, hija mía, y bajo mi protección no conocerás la desgracia? ¿Y en el futuro me susurrará que, llegada mi hora, no tema a la oscuridad? Que siempre existe una promesa de luz. Que poco a poco aprenderé a renunciar a la condición humana. El viaje más arduo y extenuante de todos.

4. El ideal y el pan

Suelo excederme al hablar de comida. El alimento que garantiza nuestra supervivencia y nos recuerda que, sin pan, devoraríamos la carne del prójimo como ávidos caníbales. Simples bárbaros que, víctimas del hambre, borrarían los vestigios de la civilización.

El alimento al que me refiero encarna el ideal de la vida. En el centro de una mesa rústica, a la vista de todos, conservado en una cesta de mimbre, parece asegurar que la finitud es cierta. Y eso que cada vez tengo menos hambre. Me encanta una mesa abundante, un placer que heredé de mi abuelo, aunque evito tomar varias porciones seguidas. Prefiero que la sopa me exima, porque es líquida. Evoca el sacrificio de los cistercienses que estaban dispuestos a morir, ciñendo a su cuerpo el cilicio para sentir el dolor redentor de los pecados, y se saludaban entre ellos, diciendo:

—Morir habemos.

Y respondían:

—Ya lo sabemos.

Entonces busco un paño que me sirva para guardar el sudario, una réplica del de Cristo. Un rostro estampado con sangre y agonía. Pero, al no ser suficiente, se tumbaban sobre un catre con clavos en los bordes, esperando hallar así, ellos y los anacoretas del desierto, una santidad que no corrompiera sus almas.

Me esfuerzo para que mis días sean alegres. Solo por estar viva, aun sin un motivo concreto, alzo la copa de la ilusión. Sin olvidar que, al estar cerca del fin, me resigno a aceptar mis regresiones, las ruinas de mi cuerpo actual, un esqueleto que, sin embargo, todavía se alimenta y tiene sed. Voraz, arbitra fuera de sus límites usando, con cierta elegancia a mi favor, las palabras de la lengua lusa. También sigo creando sin miedo a posibles desastres. Y hasta publico libros, indiferente a si me aplauden o no. Ya he cumplido con mi casi evangélica misión. Me da igual cómo me vean, me vale con cómo me miro en el espejo. Ese cristal que me devuelve, complaciente, el rostro que ofrezco al mundo. Mi banquete histórico. Mis ojos que todo lo observan, la cara que otros desfiguran con la intención de mortificarme.

A medida que avanzan las horas, van imprimiendo arrugas, cicatrices en todo mi ser, muestras arqueológicas que algún día se estudiarán.

5. Dondequiera que vaya

Dondequiera que vaya, aunque sea al infierno, llegaré intacta, tal como soy. Como dueña de recursos que expongo sobre bandeja de plata.

En un despacho abarrotado de personajes ficticios, se acumulan tramas rebosantes de conflictos que devoro fascinada. Son fruto de mi invención, y también me angustian. Aun así, escribo cada frase, pues siempre me podrán servir. Aunque confío en mi memoria, sé que esta tergiversa, que tiende a la traición.

A veces, en mitad de la jornada, pienso en los salmos del rey Salomón, que se repartían entre la sabiduría y la lujuria. Hijo de David, predicaba cautela para gobernar, y se cuidaba de los peligros de la vanidad, que vaticinaba la ruina.

En este despacho con vistas sobre las aguas de la Lagoa me distraigo, como es inevitable. Paso de Salomón a Nabucodonosor, un nombre que siempre me ha gustado. Vivo, si bien no de forma simultánea, saqueando cuanto necesito de metáforas y adornos del lenguaje. Para poner de relieve el ingenio humano contenido en los incunables. Puesto que mis bosquejos provienen de aquellos, se empeñan en pisar el suelo sagrado de mi poética.

Los papeles me rodean. Poseen cierta vanidad. Sin embargo, con su solemne mutismo afirman que, tal vez, de alguna hoja en blanco brote un arte alentado por el espíritu de la palabra.

Así he actuado siempre, distraída, si bien con confianza. Recorriendo laberintos humanos, con monarcas y mendigos a cuestas, concediéndoles la existencia. Ahora bien, quien me anime en este esfuerzo creativo, ¿será mi cómplice, me ayudará? ¿O habré de soportar sola esos días inestables que me exhortan a renunciar?

Sea como sea, antes de partir purificaré mis sentidos, el malévolo juego de la pasión, que es mi desmesura. Pero ¿cómo lo haré? ¿Y tendré tiempo?

6. Música

Escucho música y siento que estoy a salvo. Las notas musicales me golpean con secreta misericordia, afinan mis sentimientos. Entonces escojo un compositor que alivie la incertidumbre que me abrasa. Me dispongo a ser todos los linajes del mundo a la vez. Recientemente, durante una temporada en Portugal, instalada en una

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos